Una sociedad socialista

En las luchas cotidianas la gente se plantea la cuestión de si es posible cambiar esta sociedad por una diferente, o solo puede resistirse lo peor del capitalismo pero estamos condenados a vivir en él. Desafortunadamente el concepto de socialismo que domina, refleja las experiencias históricas que adoptaron tal denominación, aunque nada tuvieran que ver con su original significado: por un lado el “comunismo” de la Unión Soviética y Europa Oriental, y por otro el “socialismo” de los partidos y gobiernos socialdemócratas de Europa Occidental. El objetivo del presente folleto es recordar que el socialismo verdadero será una sociedad sin explotación ni opresión y de libertades individuales y colectivas plenas. Al tiempo de que la crítica de la sociedad capitalista no es suficiente para armarnos de ideas; siendo igual de necesaria una visión clara del socialismo que queremos.

JOHN MOLYNEUX (1987)

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Introducción

“¿Cómo serán las cosas después de la revolución? ¿Cómo nos enfrentaremos a tal o cual problema bajo el socialismo? ¿Cómo se organizará esto o lo otro…?”

Este tipo de preguntas se plantea a menudo a los marxistas y hay que decir que las respuestas que se dan suelen ser vagas. Y es cierto que los escritos de Marx en este campo son escasos si se comparan con su monumental análisis del capitalismo y sus trabajos sobre historia y política contemporánea. Aunque todo cuanto Marx dijo sobre esta cuestión posee la agudeza habitual y ha formado la base para todo el pensamiento Marxista posterior sobre socialismo, sigue siendo cierto que se trataron los problemas principales de una forma muy esquemática. Esto tiene una explicación.

La escuela dominante de socialismo anterior a Marx, fue la de los “Utópicos”, como Saint-Simon y Fourier en Francia y Robert Owen en Inglaterra. Los Utópicos se especializaron en presentar planes grandiosos de la futura organización de la sociedad pero no prestaron tanta atención a la estrategia para hacerlos realidad, limitándose a apelar a la buena voluntad de la clase dirigente.

Marx estaba decidido a diferenciar su socialismo científico de aquellos sueños de clase media. Hizo hincapié en que el socialismo sólo podía surgir como resultado de las contradicciones intrínsecas al capitalismo (la anarquía en la producción capitalista y el antagonismo entre la clase trabajadora y la burguesía). Esto impuso unos límites muy estrictos a las predicciones sobre la organización de la sociedad socialista, límites que excluían cualquier intento de hacer proyectos detallados. En gran parte, estos límites continúan existiendo hoy en día.

El socialismo surge del capitalismo como resultado del triunfo de la lucha de la clase trabajadora en su contra. Como consecuencia, las medidas específicas que introduzca el gobierno socialista revolucionario dependerán de las condiciones particulares que se den en el momento, tanto en el ámbito económico como en el social o político.

No podemos saber por adelantado cuáles serán estas condiciones, así como tampoco podemos prever la fecha de la revolución. Además, puesto que el objetivo final de la revolución socialista es colocar a la sociedad bajo el control consciente de la clase trabajadora, hay muchas preguntas que es inútil tratar de contestar por adelantado y que, simplemente, debemos dejar que las contesten los trabajadores del futuro. Por ejemplo, no tiene sentido tratar de planificar las necesidades de vivienda en la futura sociedad socialista. Todo dependerá del tipo de casas en que la gente decida vivir en el futuro.

Sin embargo, continuamos haciéndonos preguntas. Si la gente va a emprender la lucha por el socialismo, querrá saber por qué está luchando. Y esto es más cierto si tenemos en cuenta que la cuestión ha quedado marcada por el fenómeno del estalinismo en Rusia y Europa del Este y por tantos otros regímenes por todo el mundo que se autodenominan “socialistas”.

Es necesario que la propaganda socialista lleve a cabo una denuncia implacable del capitalismo. También es necesario un análisis profundo de la estrategia y táctica del movimiento de los trabajadores. Pero también es necesario algo que nos inspire, la visión de un objetivo que haga que la lucha merezca la pena.

Además, en algunos aspectos tenemos una posición privilegiada respecto a la de Marx para responder a algunas de estas preguntas. Un siglo de desarrollo capitalista, transcurrido desde entonces, ha preparado el camino para el socialismo de forma involuntaria y hace que sea más fácil visualizar cómo algunos objetivos establecidos por Marx, tales como la consecución de la abundancia material o la superación de la división del trabajo, pueden conseguirse en la realidad.

También tenemos la ventaja de un siglo de luchas de los trabajadores. No tenemos la experiencia del socialismo total en el sentido marxista. Pero sí que tenemos la experiencia de unos pocos años de revolución socialista en Rusia y numerosos casos en que ésta estuvo a punto de producirse, como los del Estado español en 1936 o la de Hungría en 1956, que contenían las semillas del socialismo.

Por estas razones este escrito intentará dar, con cierto detalle, una visión marxista de la futura sociedad socialista. Hacemos hincapié en la idea de intentar porque, aparte de los errores y apreciaciones personales que puedan colarse en la descripción del autor, una cosa sí que es verdad: la realidad del socialismo será notablemente diferente de lo que se pueda anticipar. Esto, sin embargo, no quita valor a la empresa: tratar de mostrar de forma concreta cómo es posible para la humanidad, mediante el socialismo, erradicar los problemas fundamentales que la asedian bajo el capitalismo y conseguir, además, la libertad real.

Hay que hacer una precisión más antes de comenzar. El socialismo, o comunismo, para usar el término que Marx empleó originalmente, no es un estado de la sociedad prefabricado, que pueda ser introducido sencillamente el día después de la revolución. Sólo estará completo cuando una sociedad completamente sin clases se haya conseguido a escala mundial. Es decir, cuando todo el género humano, de forma colectiva, dirija sus asuntos sin antagonismos de clase o lucha de clase.

Entre el derribo del capitalismo y la sociedad sin clases se extiende un período de transición. Llamado por Marx “la dictadura del proletariado”, también se le denomina “el poder de los trabajadores”. A la hora de discutir el futuro socialista, hay que tener esto presente. Y es que lo que pueda hacerse y se haga en la fase inicial, cuando la clase trabajadora, aunque ejerciendo el poder, aún esté comprometida en la lucha con la burguesía desposeída, no es de ninguna manera lo mismo que las posibilidades que surgirán cuando la humanidad esté, por fin, totalmente unida.

La conquista del poder político

La primera tarea, y la más inmediata, a la que se enfrentará la revolución después de su triunfo, es la de consolidar su poder y defenderse contra la contrarrevolución capitalista. Esto es crucial, cuestión de vida o muerte en realidad, ya que la experiencia de todas las revoluciones, desde la Comuna de París en adelante, nos muestra que la burguesía está dispuesta a recurrir a la violencia más despiadada para conservar su poder o recuperar el perdido.

Con el fin de romper la feroz resistencia de la clase dominante desposeída, que tendrá el apoyo del resto del capitalismo internacional, la clase trabajadora tendrá que crear su propio Estado. Este Estado, como todos, será una organización centralizada que ejercerá la autoridad suprema en la sociedad y que tendrá a su disposición a unas fuerzas armadas.

Pero aquí es donde comienza y acaba el parecido entre el nuevo Estado de los trabajadores y el Estado capitalista que lo precedió. Las antiguas fuerzas armadas y policía capitalistas serán desmontadas (de hecho esto ya habrá ocurrido en la práctica para que la revolución haya podido triunfar). Serán reemplazadas por organizaciones de trabajadores armados (las milicias obreras).

Los cimientos de estas milicias se crearán, probablemente, en el transcurso de la revolución y es probable que surjan de las fábricas y otros centros de trabajo más importantes, y que continúen ligadas a éstos.

Si exceptuamos el caso de que la revolución tenga que combatir en una guerra civil generalizada o una invasión, el servicio en las milicias tendrá carácter rotativo de modo que en ellas se formen y participen el máximo número de trabajadores en la defensa armada de su propio poder, al tiempo que se garantiza que las milicias no se separen del conjunto de la clase trabajadora.

Las milicias también se encargarán de asegurar el mantenimiento diario del orden, una tarea que, al estar arraigadas en la comunidad, llevarán a cabo de una manera mucho más efectiva que la policía capitalista.

Todos los oficiales de las milicias serán elegidos, y sometidos a reelección de forma regular y cobrarán el sueldo medio de un trabajador, principios que serán de aplicación a todos los cargos del nuevo estado.

No obstante, las instituciones más importantes del nuevo estado no serán las milicias obreras, sino la red de consejos de trabajadores. Los consejos de trabajadores son órganos regionales de delegados elegidos en los centros de trabajo que, a su vez, enviarán delegados al consejo nacional de trabajadores. Este último órgano constituirá el máximo poder en el territorio. El gobierno, las milicias y todas las restantes instituciones del estado serán responsables y responderán ante el consejo nacional de trabajadores.

Los distintos partidos políticos, siempre que acepten el marco básico de la revolución, actuarán libremente dentro de los consejos, siendo el partido que tenga el apoyo mayoritario de los trabajadores el que formará el gobierno. Con toda probabilidad éste será el partido que ha liderado la revolución.

La razón de que podamos predecir el papel que desempeñarán los consejos de trabajadores no es porque haya sido labrado en piedra por Marx (de hecho, Marx no mencionó nunca los consejos de trabajadores), sino porque todas las revoluciones de los trabajadores y cada intento de revolución en este siglo han creado estos órganos o embriones de los mismos. El primer consejo de trabajadores o soviet, como fue denominado, surgió en San Petersburgo, en Rusia, durante la revolución de 1905. Los siguientes ejemplos son los soviets rusos de 1917, los consejos obreros de Alemania en 1918-19 y el Consejo Central de los Trabajadores de Budapest en 1956. Ejemplos embrionarios de los consejos con los consejos de fábrica en Italia, en 1919-20 y los cordones en Chile, en 1972.

Por razones parecidas, sería inútil intentar dar más detalles sobre la organización de los consejos de trabajadores. Dichos consejos no surgen tras la revolución, siguiendo algún plan preestablecido, sino en el transcurso de la revolución para que la clase trabajadora pueda coordinar sus fuerzas. Como órganos de lucha, su estructura inicial tendrá que ser necesariamente improvisada para cubrir las necesidades del momento, de modo que variará muchísimo dependiendo de las circunstancias.

Llegados a este punto, se plantea una pregunta vital. ¿Qué grado de democracia tendrá el poder de los trabajadores? Es cierto que, en términos formales, el gobierno de los trabajadores no será una democracia absoluta. No existirá el sufragio universal total porque la naturaleza del sistema excluirá a la vieja burguesía y sus principales socios del proceso electoral. Pero las carencias en términos formales se verán más que compensadas en términos de verdadera participación democrática por parte de la inmensa mayoría de la gente.

La democracia de los consejos de los trabajadores se basará en el debate y discusión colectivos y en la capacidad de los electores, puesto que son un colectivo, de controlar a sus representantes. El mecanismo de este control será muy sencillo. Si los delegados no representan la voluntad de sus electores serán retirados y sustituidos mediante asambleas en los centros de trabajo.

Naturalmente, este tipo de control es imposible en un sistema parlamentario, con representación de base geográfica. En lugar de democracias de un día cada cinco años, en una sociedad socialista la gran mayoría estará involucrada de forma constante en el verdadero gobierno del estado.

A veces, la gente muestra la preocupación de que un sistema basado en los centros de trabajo excluya a secciones de la clase trabajadora, tales como las amas de casa, los pensionistas y los desempleados, que no están en centros de trabajo. Sin embargo, una de las principales virtudes de los consejos de trabajadores es su flexibilidad y adaptabilidad a la estructura cambiante de la clase trabajadora.

Durante la revolución en el Estado español, en 1936, por ejemplo, entre los órganos clave del poder de los trabajadores se encontraban los comités de vecinos, establecidos en cada uno de los barrios obreros de las principales ciudades. Estos órganos, que representaban a toda la población del barrio, organizaban y controlaban las milicias de los trabajadores, la distribución de alimentos, la educación y muchos otros aspectos de la vida diaria.

Siempre que la estructura básica esté arraigada en los centros de trabajo, no hay ninguna razón por la que otros grupos no puedan formar colectivos y que sus delegados se incorporen en los consejos. El rasgo fundamental del Estado de los trabajadores será que se fundamentará en la propia actividad, la capacidad de organización y la creatividad de la inmensa mayoría de la clase trabajadora para construir la nueva sociedad desde la base hacia arriba. De esta manera, será mil veces más democrática que la más liberal de las democracias burguesas que, sin excepción, se basan en la pasividad de la gente trabajadora.

Todo esto suena maravilloso, y lo será como lo han demostrado los breves períodos en que los trabajadores han tomado el control. Es interesante leer, por ejemplo, el relato de John Reed sobre Rusia en 1917 en Diez días que estremecieron al mundo o el Homenaje a Cataluña de George Orwell. Pero, ¿Cuánta represión tendrá que haber? ¿De cuánta libertad disfrutarán aquéllos que piensen de forma diferente?

Represión y libertad bajo el poder de los trabajadores

Debido a la propaganda de la clase dominante, la revolución está relacionada, en la mente de muchas personas, con la guillotina y los pelotones de fusilamiento. Como resultado del estalinismo, tendemos a pensar en el régimen posterior a la revolución como una uniformidad gris y represiva, en la que cualquiera que no siga la línea del partido recibe una visita a las cuatro de la madrugada.

Pero estas imágenes están relacionadas con circunstancias históricas específicas: el corto período del terror durante la revolución francesa y la derrota de la revolución rusa. Como quedó claro en el apartado anterior, la concepción marxista del poder de los trabajadores es la de una vibrante democracia que incrementaría enormemente el poder, los derechos y las libertades de la gente trabajadora.

No obstante, hay que decir con franqueza que cierta represión, determinado uso directo de la fuerza, será necesario, no sólo para acabar con el Estado capitalista, sino para mantener el poder de los trabajadores tras la revolución. La lucha de clases no tiene su fin con la victoria de la revolución, especialmente cuando, por el momento, estamos hablando sólo de la victoria en un solo país.

Además, la propia novedad del Estado de los trabajadores hará de su gobierno algo frágil durante un período. La antigua clase dirigente y algunas secciones de la clase media contemplarán el régimen de los trabajadores como una aberración temporal y, especulando sobre su rápido fracaso, no aceptarán ni su legitimidad ni su autoridad. Sin lugar a dudas, intentarán bloquear y sabotear la construcción de la nueva sociedad y, si tienen oportunidad, destruirlo por la fuerza. No hay que darles esta oportunidad. La resistencia capitalista debe romperse con firmeza y con toda la fuerza que sea necesaria.

Pero, tratar de ir más allá de afirmaciones generales y especular sobre cuánta represión será necesaria, tratar de especificar quién será juzgado por adelantado, qué se hará con ellos, etc., parece inútil. Dependerá del equilibrio de fuerzas entre las clases. Cuanto más débil sea la posición de la clase trabajadora y mayor la resistencia burguesa, se necesitará usar la fuerza revolucionaria de forma más directa. Si la fuerza de la clase trabajadora resultara abrumadora, sería suficiente con meras sanciones legales.

Por esta razón la única experiencia de poder de los trabajadores de que disponemos —los primeros años de la revolución rusa— no puede ser tomada como modelo para la práctica del futuro. La situación de la clase trabajadora rusa como una pequeña minoría en un país económicamente atrasado, devastado por la guerra y enfrentado a una contrarrevolución armada y a la intervención extranjera a escala masiva, era extremadamente difícil. Los bolcheviques no tuvieron otra elección más que introducir un régimen muy autoritario.

Puede afirmarse que hoy en día, en cualquier país importante —incluyendo todos los países del tercer mundo más desarrollados, donde el nivel de las fuerzas productivas, el nivel de vida y el tamaño de la clase trabajadora son mucho más mayores de lo que eran en Rusia— la situación de la clase trabajadora sería mucho más favorable. En estas circunstancias sólo será necesaria la represión de una pequeña minoría por parte de la inmensa mayoría y por tanto, será mucho menos dura, no sólo de lo que fue el caso de Rusia, sino también de lo que requiere el mantenimiento del poder de los explotadores en la actual sociedad capitalista.

Además, siempre que la revolución se extienda a otros países (una cuestión de la que nos ocuparemos más tarde), la necesidad de represión desaparecerá rápidamente, a medida que la burguesía pasa a la historia y la restauración del capitalismo se convierte en un sueño de lo más absurdo.

En lo relativo a libertad de expresión, de prensa y de organización política, sí que podemos decir unas cuantas cosas. La burguesía habla mucho de su compromiso con estas libertades pero en la práctica, la estructura económica del capitalismo restringe su uso a la mayoría de la gente corriente. Por el contrario, el poder de los trabajadores significará, desde el primer día, un enorme incremento de la auténtica libertad en todos estos campos para todos los sectores de la población, excepción hecha de la antigua clase dirigente y de todos aquellos que quieran provocar la contrarrevolución.

El Estado de los trabajadores se apropiará de los medios y hará posible que el conjunto de la gente disponga de tiempo para hacer realidad su participación en el debate público. Sobre todo, los centros de trabajo, donde la libertad de expresión bajo el capitalismo está fuertemente limitada por el omnipresente poder de los jefes para contratar, ascender y despedir, se convertirán en centros de discusión democrática. A esto hay que añadir que la gente querrá participar en la discusión porque lo que allí se trate, en lugar de ser protestas inútiles, tendrá un efecto directo a la hora de determinar cómo se organizan su vida diaria.

Bajo el capitalismo, la libertad de prensa es un mito. Al tratarse de un negocio, la edición de periódicos está controlada por los grandes negocios, es decir, por la clase dirigente. Bajo el poder de los trabajadores, la maquinaria de imprimir, el papel, etc., serán nacionalizados, pero su uso se pondrá al alcance de los grupos y organizaciones de la población trabajadora de acuerdo con el grado de apoyo que éstos tengan. Esto conducirá a una mucho mayor diversidad de puntos de vista y a un debate mucho más vigoroso del que existe hoy en día.

La televisión, la radio y otros medios de comunicación de masas, también estarán abiertos al uso público. Estas instituciones suponen un inmenso potencial, casi totalmente inaccesibles, bajo el capitalismo, a la participación del pueblo. En lugar de canales que comunican en una dirección, de ellos hacia nosotros, la retransmisión se transformará en un medio a través del cual los diferentes grupos de la clase trabajadora comunicarán al resto sus problemas, opiniones y propuestas.

El Estado de los trabajadores no será un Estado de partido único. La propia clase trabajadora, con toda probabilidad, dará lugar a una serie de partidos que competirán representando diferentes tonalidades de intereses y opiniones y también debería haber lugar para partidos que no sean de la clase trabajadora, siempre que no sean contrarrevolucionarios.

Las organizaciones sindicales florecerán y jugarán un papel primordial en la dirección de la economía y el Estado. Pero los sindicatos conservarán el derecho a la huelga, puesto que incluso bajo el estado de los trabajadores, algunos sectores de la clase trabajadora podrían necesitar defender sus intereses contra el abuso y deberían mantener esta arma decisiva.

En resumen, el poder de los trabajadores significará una verdadera explosión de libertad para los explotados, los oprimidos y los marginados.

La conquista del poder económico

El fundamento del socialismo, como el de cualquier otra forma de sociedad, se encuentra en la economía.

Por consiguiente, la clase trabajadora pondrá inmediatamente manos a la obra, usando su poder político, para lograr la conquista del poder económico, es decir, para tomar en sus manos los principales medios de producción que existen en la sociedad. Si esto no se hace rápidamente, los trabajadores no podrán mantener su dominio político.

El mecanismo formal mediante el cual se establecerá el poder económico es bien conocido: la nacionalización. El proceso es probable que comience como en la revolución rusa, con la nacionalización de toda la tierra. Puesto que la tierra no puede trasladarse, ésta es una medida extremadamente sencilla y puede ser llevada a cabo por decreto el primer día de la revolución. También son urgentes la nacionalización de los bancos y la imposición de controles estrictos acompañados de otras medidas revolucionarias para evitar la fuga de capital al extranjero.

A partir de aquí, el Estado de los trabajadores avanzará hacia la apropiación progresiva de las principales empresas e industrias. Los pequeños negocios, que emplean a uno o dos trabajadores pueden dejarse para después. La tarea más urgente es hacerse con el control de los motores decisivos del poder económico, de los “centros de mando”.

Sin embargo, llegados a este punto, se hace necesario distinguir claramente entre esta nacionalización revolucionaria y la que se puso en práctica en el pasado por gobiernos socialdemócratas e incluso conservadores. Ambas son formas de propiedad estatal. Pero en este caso el Estado en cuestión es una organización del conjunto de la clase trabajadora, algo opuesto a las nacionalizaciones del pasado bajo un Estado capitalista, una organización de la clase capitalista.

En primer lugar, la nacionalización no será simplemente una medida tomada desde arriba por el poder central del Estado. Combinará la apropiación legal desde arriba con la acción de los trabajadores en la base, en muchos casos mediante ocupaciones de fábricas.

En segundo lugar, la nacionalización no conllevará una compensación, puesto que el objeto de esta práctica es, precisamente, acabar con el poder económico de la burguesía.

En tercer lugar, algo muy importante: la nacionalización se llevará a cabo bajo el control de los trabajadores. Es imposible predecir la forma con precisión, pero probablemente cada fábrica o centro de trabajo será dirigido por un consejo elegido que tendrá que responder ante asambleas periódicas de los trabajadores. Un sistema similar se adoptará para la dirección de industrias en su conjunto, pero con representantes de los sindicatos y del gobierno de los trabajadores.

El control de la industria por los trabajadores es esencial. Una clase trabajadora incapaz de controlar los centros de trabajo no será capaz de controlar su propio Estado. Si el control de las nuevas industrias del Estado se transfiere a una burocracia privilegiada, como sucedió en Rusia, más pronto o más tarde ésta comenzará a ejercer una influencia decisiva en la sociedad y las divisiones de clase volverán a establecerse.

Por supuesto, con frecuencia se duda de la capacidad de los trabajadores para dirigir la industria. “Tendrá que haber expertos” o “Son los expertos quienes controlan realmente las cosas” se dice. Esto supone subestimar la capacidad de la clase trabajadora y no entender el papel jugado por los expertos técnicos. Incluso bajo el capitalismo, son generalmente los trabajadores, no los directivos, quienes realmente dominan el proceso inmediato de producción. Muchas de las técnicas de dirección tienen poco que ver con la producción y más relación con la mercadotecnia y el mantenimiento de los niveles de explotación, técnicas que no pintarán nada en la nueva sociedad.

En lo que respecta al estamento de los expertos técnicos, serán necesarios durante un período, hasta que se mejore radicalmente la formación de los trabajadores. Pero trabajarán sencillamente bajo la dirección del consejo de fábrica y para él, exactamente igual que hoy en día trabajan para los jefes. Si practican la obstrucción y el sabotaje, se tomarán las mismas medidas disciplinarias que tomaría una empresa capitalista ante la obstrucción y el sabotaje.

Si fuera absolutamente necesario, tendrán que trabajar con las armas de los trabajadores apuntándolos, pero es más razonable pensar que una revolución socialista victoriosa ganará a sus filas a la mayoría de estas personas.

Una vez establecidos la propiedad y el control de la industria por parte de los trabajadores, será posible proceder a la introducción de una economía planificada. Nuevamente es necesario distinguir entre la planificación socialista y la planificación capitalista, o la del capitalismo de Estado, a la que estamos acostumbrados. La planificación no será un proyecto rígido impuesto desde arriba. La clase trabajadora debe ser el sujeto, no el objeto del plan.

El proceso de planificación comenzará en la base, en las asambleas de los centros de trabajo, los consejos de fábrica y consejos de trabajadores, determinándose las necesidades y las prioridades de la gente y una valoración de la capacidad productiva de cada centro de trabajo. Tomando como base esta información que viene desde abajo, el gobierno tendrá que diseñar un plan coherente que tenga en cuenta la necesidad y la capacidad. El conjunto del plan será presentado a la clase trabajadora para debatirlo y a sus representantes en los consejos de trabajadores para enmendarlo y aprobarlo.

Este proceso será intensamente democrático y sus esperanzas de éxito se basarán en este carácter democrático. Y es que, como nos ha mostrado la experiencia de la Rusia estalinista, la planificación burocrática y autoritaria lleva a la difusión de información falsa desde abajo y a que el cumplimiento de los planes sea más formal que real. La consecución de una economía planificada de los trabajadores no sólo resolverá los peores problemas del capitalismo (desempleo, inflación, etc.) sino que abrirá inmensas posibilidades para el futuro.

Llegados a este punto es imposible posponer por más tiempo la cuestión de la extensión de la revolución a otros países, ya que hasta que no se solucione este problema todas las esperanzas y planes de socialismo se quedarán en nada.

Extendiendo la revolución: la dimensión internacional

Sería una enorme ventaja para el socialismo y la clase trabajadora que la revolución socialista tuviera lugar más o menos simultáneamente en varios países. No obstante, hasta ahora, en este folleto hemos dado por supuesto que la revolución tendría lugar primero en un solo país. La experiencia de las revoluciones hasta la actualidad sugiere que, pese al acercamiento entre naciones en el mundo moderno, las diferencias en la forma que toma la lucha de clases a escala nacional son tales que es probable que el estallido revolucionario, en un principio, se limite a un solo país.

Si éste fuera el caso, la extensión de la revolución más allá de sus fronteras será una tarea de importancia primordial para el joven Estado de los trabajadores. No se trata solamente de una cuestión de deber internacional, sino que será absolutamente vital para preservar la revolución.

El socialismo no puede construirse en un solo país. Está claro que un Estado de los trabajadores no puede sobrevivir indefinidamente en un país solamente. Por supuesto, es posible resistir durante un tiempo la presión del capitalismo internacional, de la misma manera que los trabajadores pueden mantener la ocupación de una fábrica o un levantamiento en una sola ciudad durante un tiempo. Pero, más tarde o más temprano, si la revolución no se extiende, acabará en derrota. Existen dos posibilidades: o bien que el capitalismo, que mientras siga existiendo será más fuerte que el Estado de los trabajadores aislado, aplaste la revolución mediante una intervención militar, o bien que la amenaza de intervención, combinada con la intensa presión económica, termine por obligar al Estado revolucionario a competir con el capitalismo siguiendo las reglas del juego capitalistas. Esto significaría una lucha competitiva por la acumulación de capital.

Si se produce esta última variante, como fue el caso de Rusia a final de los años 20, en ese caso surgirá una nueva clase de explotadores como agentes de la acumulación de capital y el capitalismo será restaurado por la contrarrevolución interna.

Acabar con el capitalismo en su conjunto, puede parecer una tarea ingente. Así que la pregunta que debemos hacernos es si esto es posible. En este, como en otros aspectos de la lucha de clases es imposible ofrecer garantías. Pero existen una serie de factores que nos permiten decir con confianza que es posible.

La naturaleza internacional de la economía capitalista hace que sus crisis sean también internacionales. Es así como la crisis que está detrás de la revolución en un país también estará afectando otros países. En el caso de que el primer brote revolucionario se produzca en una de las economías más importantes, la crisis será mucho más profunda.

La revolución en Sudáfrica, por ejemplo, no sólo tendrá un efecto devastador en los mercados mundiales del oro y los diamantes, sino que transformará por completo la situación en toda África del Sur. Todo el poder económico usado en la actualidad para mantener sometidos a Zimbabwe, Botswana y Mozambique se convertirá en un factor en favor del progreso de la revolución. Una revolución en Brasil tendría un efecto similar en el conjunto de América Latina.

El impacto político de la revolución será incluso más importante que el impacto económico, como mostraron las ondas revolucionarias que dieron la vuelta al mundo tras 1917, dando lugar a huelgas y levantamientos en lugares tan alejados como Glasgow y Seattle. El mero hecho de la existencia de un ejemplo de verdadero poder de los trabajadores y democracia obrera causará una crisis ideológica en las clases dominantes del Este y del Oeste. En el Oeste desafiará de forma dramática la identificación que hacen nuestros gobernantes, hasta ahora con éxito, de socialismo con tiranía y en el Este, minará hasta las raíces la reivindicación de las burocracias estalinistas de representar al auténtico socialismo.

Al mismo tiempo, la revolución será la inspiración para los movimientos de los trabajadores por todas partes. Mostrará que la clase trabajadora puede tomar el poder en sus propias manos y favorecer infinitamente la defensa de los argumentos del socialismo revolucionario. Además, muchas de las escisiones y divisiones en el seno de los movimientos socialista y revolucionario desaparecerán, ya que habrá pruebas concretas de la estrategia y tácticas necesarias para alcanzar la victoria.

Las comunicaciones modernas serán de gran ayuda para todo lo anterior. Tras la revolución rusa (la última vez que existió una oportunidad real de revolución internacional) transcurrieron meses sin que ni siquiera los revolucionarios más comprometidos de otros países tuvieran una idea clara de lo que había pasado. Después de una revolución en el futuro, la realidad del poder de los trabajadores se transmitirá inmediatamente a todo el mundo a través de las pantallas de televisión.

Pero, por supuesto, la revolución triunfante no se limitará a quedarse sentada a la espera de que esto ocurra. Se harán todos los esfuerzos para acelerar el proceso.

No es una cuestión de intentar imponer la revolución invadiendo otros países (aunque, por supuesto, el nuevo Estado de los trabajadores estará preparado para proporcionar ayuda militar a otras luchas revolucionarias). Significa que el Estado de los trabajadores usará su autoridad para hacer una llamada a los trabajadores de todo el mundo para que éstos derroquen a sus propios gobernantes. También significa organizar un movimiento revolucionario a escala internacional. El nuevo Estado de los trabajadores formará, si es que aún no existe, una internacional de los trabajadores, para construir, coordinar y unir los partidos de los trabajadores revolucionarios en todos los países.

Además, una vez que el poder de los trabajadores se extienda a varios países, todos los factores subrayados más arriba se verán aumentados de forma importante. Surgirá un ímpetu irresistible. En los años 60, los estrategas del imperialismo de los EE.UU. temían el “efecto dominó” del Vietnam y otras luchas de liberación nacional. El efecto dominó de las revoluciones de los trabajadores, con una proyección internacionalista, será mucho mayor.

Llegados a estas alturas, demos un salto y tomemos como un hecho la victoria de la revolución socialista a nivel mundial. Es ésta una suposición de gran envergadura, pero no es, como hemos tratado de demostrar, una suposición utópica. Vale la pena repasar algunas de sus implicaciones.

Significará que la amenaza de una contrarrevolución capitalista habrá terminado de una vez por todas y que la amenaza de la destrucción nuclear ha dejado de flotar sobre el género humano. Significará que las guerras nacionales que se han cobrado más de 100 millones de vidas en el siglo XX, cesarán.

Significará que los problemas de pobreza y subdesarrollo en el mundo pueden solucionarse y ser superados de forma coordinada; que la gente se moverá con libertad sobre la superficie de la tierra y que las raíces del racismo quedarán destruidas.

Significará que el socialismo internacional, el aprovechamiento de todos los recursos del mundo para el beneficio de la humanidad unida, se hará realidad.

Produciendo para las necesidades: avanzando hacia la abundancia

El establecimiento de una economía planificada socialista a escala internacional pondrá fin a las crisis recurrentes del capitalismo, que traen como consecuencia la destrucción y despilfarro de recursos productivos a través de bancarrotas, falta de inversiones, sobreproducción y desempleo masivo. Significará que los inmensos recursos científicos, tecnológicos, económicos y humanos dedicados en la actualidad a la preparación y mantenimiento de la guerra se reconducirán hacia fines de utilidad social. Si tenemos en cuenta que un tanque moderno cuesta más de 250 millones de pesetas, que el sistema Trident de misiles nucleares costó unos cuatro billones, la guerra de las galaxias de Reagan más de 16 billones, podremos hacernos una idea del potencial económico que quedará disponible.

El socialismo también terminará con el enorme despilfarro inherente a la producción capitalista debido a la duplicación de esfuerzos; la manufactura de numerosos, aunque similares en lo básico, detergentes, coches, radios, etc. Pondrá punto final a las enormes sumas gastadas en publicidad y producción de lujos superfluos para los ricos. La calidad y productividad del trabajo se incrementarán de forma considerable, ya que los productores tendrán, por primera vez, un interés directo en la producción y serán más sanos y estarán mucho mejor formados.

En pocas palabras, el socialismo internacional traerá consigo un desarrollo impresionante de las fuerzas productivas que eclipsará rápidamente todo lo que se ha conseguido en este campo en el conjunto del pasado histórico. Es este avance económico lo que sentará la base material para la transición a una sociedad totalmente sin clases. En primer lugar hará posible proporcionar alimentación, vestido y vivienda adecuados —las necesidades básicas— a todo el mundo en la superficie del planeta. Nunca más morirá ningún niño por malnutrición o por alguna enfermedad que pueda prevenirse. Sólo esto sería más que suficiente para justificar el socialismo, pero, de hecho, se trata sólo del comienzo de lo que el socialismo puede ofrecer. Más allá de la consecución de un nivel de vida decente para todos, se encuentra el camino hacia la abundancia y la distribución libre de acuerdo con las necesidades.

Este es un aspecto fundamental de la concepción marxista del estadio superior del socialismo, o comunismo como Marx lo llamó y requiere una explicación más detallada.

Desde el comienzo, la revolución socialista producirá una gran igualdad en la distribución de bienes comparado con las desigualdades generalizadas existentes en el capitalismo. Las enormes acumulaciones de riqueza que derivan de la explotación y del disfrute de la propiedad serán expropiadas y los salarios inflados que se paga a sí misma la clase dirigente, así como a una parte de la clase media, desaparecerán. Los sueldos de la clase trabajadora, y especialmente los peor pagados, subirán rápidamente.

No obstante, al comienzo, puesto que el socialismo comienza con los recursos que hereda del capitalismo, el aprovisionamiento de bienes continuará limitado y los trabajadores aún trabajarán a cambio de sueldos que, a su vez, utilizarán para adquirir dichos bienes. Sin embargo, progresivamente, el socialismo incrementará la producción de un surtido incluso mayor de bienes hasta el punto en que la oferta supere la demanda. En este momento será posible dejar de vender estos bienes y comenzar entonces a distribuirlos en base a la necesidad.

Para ilustrar cómo puede hacerse esto, tomemos el ejemplo del agua. En muchas partes del mundo hoy en día, el agua, especialmente el agua potable, continúa siendo enormemente escasa. Pero en todos los países industrializados avanzados el problema del agua se ha resuelto, incluso bajo el capitalismo. Hay agua más que suficiente, de modo que todo el mundo puede tener acceso a ella con sólo abrir el grifo. Esto no trae como resultado que la gente se ponga a consumir agua como locos. Dejando aparte una cierta cantidad desperdiciada, que podría ajustarse fácilmente, la gente sólo consume lo que necesita.

Lo que el capitalismo ha sido capaz de hacer con el agua, el socialismo, con el crecimiento de las fuerzas productivas que se señalaba más arriba, será capaz de hacerlo a todos los niveles. La vivienda es uno de los sectores por el que habría que empezar. Simplemente construiremos más casas que gente hay en busca de vivienda y las distribuiremos en función de las necesidades. A la hora de trasladarse, la gente se cambiará, bien a viviendas desocupadas o cambiará casas en lugar de comprarlas y venderlas. Esta fórmula no sólo resolverá el problema de los sin techo sino que además funcionará de una manera infinitamente más sencilla que el actual sistema de compra de casas.

Ni que decir tiene que la educación y la sanidad serán completamente gratuitas. Lo mismo que el transporte público que experimentará una expansión masiva hasta el punto de que probablemente el coche particular resulte innecesario.

A medida que cada uno de los servicios se hacen gratuitos, el trabajo de todas las personas que se dedican al cobro de dinero, desde los agentes inmobiliarios hasta los cobradores o revisores del transporte, dejará de tener sentido. Con el tiempo, el principio de distribución gratuita se hará extensivo, desde el agua, vivienda, salud, enseñanza y transporte, hasta la comida, vestido, comunicaciones, ocio, etc., hasta que lo abarque todo. La compra y la venta desaparecerán. El dinero, al parecer el dios todopoderoso de la sociedad capitalista, pero en realidad simplemente la manera mediante la cual se intercambian los productos del trabajo humano, poco a poco perderá su utilidad hasta el punto de que pueda prescindirse del todo de él.

Gracias al adoctrinamiento capitalista que todos nosotros recibimos desde el nacimiento, esto podría parecernos una alucinación. Pero, dada la premisa de que el socialismo internacional liberará las fuerzas productivas hasta ahora limitadas y restringidas por el capitalismo, no hay nada irreal en ello. De hecho sólo hay un argumento serio en contra: si todo es gratuito, nadie se molestará en trabajar.

La transformación del trabajo

El trabajo tiene una gran importancia para la vida humana, tanto del individuo como de la sociedad. Ha sido a través del trabajo productivo como la especie humana se diferenció desde el principio del resto de los animales. La experiencia del trabajo es el factor principal a la hora de formar la personalidad de cada individuo. La manera en que una sociedad trabaja para producir bienes es la base de todas sus relaciones sociales y políticas.

No obstante, bajo el capitalismo el trabajo es, de una forma abrumadora, una experiencia negativa para la inmensa mayoría de la gente, es decir, para la clase trabajadora. Es destructivo para la salud y para el espíritu. El trabajo ha sido fragmentado hasta el punto en que se exige a la gente que se especialice durante toda su vida en la repetición interminable de tareas mecánicas muy limitadas. Es agotador, humillante y, sobre todo, aburrido. Produce lujo, ocio y cultura para los capitalistas, pero personalidades y vidas truncadas para los trabajadores. La transformación del trabajo es, por tanto, una tarea fundamental de la revolución socialista. A largo plazo es la tarea más importante de todas.

Los primeros pasos de la revolución, la nacionalización de la industria bajo el control de los trabajadores, sentarán las bases para esta transformación, al poner fin a la explotación y a la búsqueda de ganancias que hacen que el trabajo sea como es en la actualidad. Desde el comienzo, la experiencia de trabajo será cambiada mediante el control de los trabajadores. Acabará con las humillaciones diarias que los trabajadores sufren a manos de los jefes, gerentes y supervisores de todo tipo. Pondrá la seguridad en el trabajo como principal prioridad y tratará de añadir interés al trabajo.

Pero en los primeros momentos, el trabajo real que se lleve a cabo —el control de maquinaria, la extracción de carbón, el uso del ordenador, etc.— será necesariamente muy parecido a cómo es bajo el capitalismo. Sin embargo, a medida que se desarrollen las fuerzas productivas, todo esto cambiará por completo, un cambio que implicará tres procesos interrelacionados.

En primer lugar, la semana laboral será reducida sistemáticamente. Bajo el capitalismo, los avances tecnológicos se usan para despedir a los trabajadores. Asistimos a una combinación de millones de trabajadores haciendo horas extras y millones en paro. Con la planificación socialista, la cantidad total de trabajo requerido será compartida en igualdad y todos los adelantos tecnológicos harán disminuir la cantidad de trabajo necesario. Esto es fundamental, no sólo porque reducirá la dureza de las condiciones físicas, sino también porque liberará a los trabajadores para que se desarrollen a nivel de formación y cultura y para que tomen un papel activo en la dirección de la sociedad en todos sus aspectos.

En segundo lugar, la automatización será utilizada para eliminar los trabajos más desagradables y serviles. Puesto que bajo el capitalismo ya es posible enviar cohetes a la luna o a Marte, no es necesaria mucha imaginación para ver cómo pueden automatizarse la recogida de basuras, la limpieza de calles y oficinas, la mayor parte del trabajo doméstico, la minería y las cadenas de montaje.

En tercer lugar, la división del trabajo será superada de forma progresiva. La división del trabajo presenta dos aspectos principales. Por una parte se encuentra la división tan asumida entre el trabajo mental y manual —entre planificadores y planificados, entre controladores y controlados— que surgió con la división de la sociedad en clases de explotadores y explotados y coincide con ella. Por otro lado, está la fragmentación del proceso productivo en tareas cada vez más pequeñas que no necesitan habilidad alguna y carecen de interés o creatividad, que es producto de la industrialización capitalista.

La combinación de estos tres factores señalados anteriormente: el control de los trabajadores, la reducción del horario de trabajo obligatorio y la automatización, erradicarán ambos aspectos de la división del trabajo. Todo el mundo se convertirá al mismo tiempo en productor y planificador de la producción. Todo el mundo tendrá tiempo, energía y formación para participar en la transformación colectiva del entorno, un trabajo que requerirá la fusión de conocimientos artísticos, científicos, técnicos y sociales y que será un proceso colectivo y creativo.

En estas condiciones, el trabajo se convertirá, en palabras de Marx, “no sólo en un medio de vida, sino en el principal deseo de la vida”. Dejará de ser una necesidad cansina para convertirse en un placer positivo, un medio humano de expresión individual y colectiva.

Los seres humanos no son perezosos por naturaleza. Observando a un bebé o un niño pequeño, lo más cercano que puede haber a ese ser mítico, a la persona “natural”, veremos cómo están llenos de curiosidad, energía y entusiasmo por aprender, por la actividad y por la vida. Es el capitalismo, la opresión y el trabajo alienado lo que agota a la gente, los desmoraliza, destruye su energía y los convence de que la vida es mejor si la pasas con los pies en alto en frente del televisor.

Miremos al inmenso esfuerzo que muchas personas de la clase trabajadora ponen en sus aficiones o trabajando en el movimiento sindical. No es difícil imaginarse cómo, cuando el trabajo sea para ellos y no para una clase de explotadores, y cuando sea variado e interesante, llegará un momento en que no será necesaria la obligatoriedad para asegurar que el trabajo socialmente necesario se lleva a cabo.

El socialismo unirá, en su estadio más evolucionado, el hábito de realizar trabajo creativo y estimulante, la planificación de la producción para cubrir las necesidades humanas, el desarrollo de la ciencia y la tecnología y la distribución gratuita de abundantes bienes. Cuando esto se lleve a cabo, no existirán obstáculos para que la sociedad escriba en sus pancartas el último principio socialista: “De cada uno según su capacidad, a cada uno según sus necesidades”.

La liberación de las mujeres

Entre las feministas se da por hecho que una revolución socialista no liberaría automáticamente a las mujeres. Por supuesto, tienen razón ya que incluso tras la revolución nada sucede de forma automática. La historia está hecha por los seres humanos y la lucha para superar la opresión de las mujeres hay que hacerla y ganarla.

No obstante, la revolución socialista iniciará el proceso que acabará con una larguísima opresión de las mujeres y la transición al socialismo lo completará. La razón de ello es sencilla. El socialismo es, ante todo, la autoemancipación de la clase trabajadora y la mayoría de la clase trabajadora son mujeres. De este modo, sin la completa emancipación de las mujeres es imposible hablar de la completa emancipación de la clase trabajadora y, por tanto, imposible hablar de socialismo.

Esto no hace algo automático de la liberación de las mujeres pero convierte la lucha por la liberación de la mujer en una tarea primordial en la transición al socialismo. Además, exactamente igual que las mujeres de los mineros que lucharon en la gran huelga de 1984-85 cambiaron a lo largo de la experiencia, del mismo modo las mujeres de clase trabajadora que hagan una revolución nunca querrán volver a aceptar el papel de ciudadanas de segunda clase.

Entonces, ¿cómo se conseguirá la liberación de las mujeres?

Primero se producirán una serie de medidas legales que son muy directas y que pueden ser tomadas inmediatamente por el Estado de los trabajadores. Entre éstas se incluyen la abolición de cualquier vestigio de desigualdad entre hombres y mujeres y la ilegalización de cualquier forma de discriminación contra las mujeres; el establecimiento del derecho a anticonceptivos y aborto gratuitos, a petición de las interesadas; el derecho al divorcio inmediato y el derecho a igual paga y oportunidades laborales.

Podría objetarse que muchas (aunque no todas) estas medidas ya se han tomado en muchos países capitalistas y no han surtido efecto. En este caso debemos recordar el cambio de contexto. El hecho de que el Estado de los trabajadores se convertirá inmediatamente en el empleador principal, y más adelante en el único empleador, y de que todas las instituciones de más importancia en la sociedad se encontrarán bajo el control democrático de los trabajadores, garantizará que estas leyes sean puestas en práctica.

Muchos otros cambios sociales también contribuirán a la liberación de la mujer y la facilitarán. Habrá enseñanza antisexista en las escuelas y allí donde los profesores sigan siendo sexistas, sin duda serán corregidos con firmeza por sus alumnos. La transformación en la propiedad y el control de los medios significará que también estos se conviertan en una fuerza antisexista, en lugar de serlo del sexismo como ocurre en la actualidad.

Puesto que con la abolición de la competencia capitalista, la publicidad en su forma presente desaparecerá, lo mismo ocurrirá con el uso de las imágenes explotadoras de las mujeres para promocionar productos. Todas las formas de violencia contra las mujeres serán combatidas con todo el rigor.

Sin embargo, con todo lo importantes y necesarias que puedan ser estas medidas, ninguna de ellas llega al meollo de la cuestión. Tratan los síntomas y efectos de la opresión de las mujeres y no su origen. Este origen se encuentra en la posición de las mujeres dentro de la familia y el papel que la familia ha jugado en la sociedad de clases en conjunto y en la sociedad capitalista en particular.

En el capitalismo de hoy en día, el cuidado de los niños y de la generación actual —en términos económicos, la reproducción de la fuerza del trabajo— es fundamentalmente responsabilidad de la familia nuclear privatizada. Dentro de la familia, esta carga de trabajo recae sobre todo en las mujeres. Las ventajas de este estado de cosas para el capitalismo son obvias: obtiene la reproducción y renovación de la fuerza de trabajo a un mínimo coste y divide y fragmenta a la clase trabajadora. Las desventajas para las mujeres son igualmente claras. Su acceso al empleo pagado es interrumpido y restringido; sus perspectivas laborales son menoscabadas; tienden a estar aisladas en el hogar y, en mayor o menor medida, dependen económicamente de sus maridos.

Es éste el problema clave que tendrá que ser resuelto para alcanzar la liberación completa y permanente de las mujeres como parte de la transición al socialismo. Pero la familia no es una institución que pueda ser abolida de la noche a la mañana por decreto. Tiene que ser sustituida. Es más, las instituciones que la reemplacen tendrán que ser más eficientes a la hora de cubrir las verdaderas necesidades humanas que hasta hoy ha cubierto la familia, de modo que la gente las adopte de forma voluntaria.

La tarea clave es la socialización eficiente y humanizada del trabajo doméstico y del cuidado de los niños. Esto significa crear una red de restaurantes de la comunidad que sirvan una serie de comidas a bajo precio, gratuitas con el tiempo, variadas y de calidad. También significa proporcionar un servicio de lavandería y de limpieza de casas. Y, sobre todo, significa proporcionar buenas instalaciones de guardería para todos los niños más pequeños, además de servicios de canguro a disposición de todos las madres y padres.

A medida que se desarrollan modelos de vida comunitaria, lo que parece probable, ésta será una ayuda considerable para todos estos problemas. Cuando esto se consiga, el cuidado de los niños dejará de ser una carga socialmente negativa, para convertirse en una experiencia positiva que se compartirá de buena gana entre hombres y mujeres en igualdad.

Del mismo modo, con quién viva la gente y durante cuánto tiempo será una cuestión de elección únicamente personal, que no se verá afectada por presiones económicas o por los viejos códigos religiosos y convencionalismos sociales que reflejan dichas presiones. Las mujeres serán, por fin, libres de la subordinación que han sufrido desde el comienzo de la sociedad de clases, hace seis o siete mil años.

Está claro que para poner en práctica este programa serán necesarios grandes recursos económicos, firmes decisiones políticas e involucración de toda la gente. Ningún gobierno capitalista lo intentaría, ni podría conseguirlo. Pero es por eso que sólo mediante el socialismo podrán las mujeres conseguir su liberación.

Y de la mano de la liberación de las mujeres llegará la liberación de gays y lesbianas. Está claro que las medidas legales y educativas que se emprendan para combatir la opresión de las mujeres serán aplicadas también en este campo. Pero, finalmente será el paso a mejor vida de la familia burguesa y la obtención de la verdadera igualdad por parte de las mujeres lo que pondrá fin a la base en que se apoya la homofobia. Un mundo en que la familia ya no necesita ser defendida, y donde ser “un hombre” deja de significar ser superior a las mujeres, será un mundo donde los hombres gays y las mujeres lesbianas dejarán de ser vistos como una amenaza por nadie.

El final del racismo

El racismo es uno de los rasgos más horribles y perniciosos de la sociedad capitalista. Las generaciones futuras que vivan bajo el socialismo tendrán que hacer un esfuerzo de imaginación considerable para conseguir entenderlo. No sólo los grandes crímenes del racismo, como el holocausto nazi y el apartheid, sino también sus manifestaciones relativamente “menores” tales como los pánicos que se crean periódicamente contra los inmigrantes. Sin lugar a dudas, tales episodios les parecerán una clara prueba de que la sociedad en que se produjeron estaba podrida hasta sus raíces, ya que el socialismo erradicará el racismo.

Con ello, no sólo queremos decir que el socialismo combatirá el racismo. Por supuesto que la revolución socialista declarará la guerra más encarnizada contra cualquier forma de racismo. El Estado de los trabajadores tratará como la ofensa más seria cualquier tipo de discriminación racial, acoso por razones de raza y todas las expresiones de la ideología racista. Sus escuelas y medios de comunicación se combinarán para educar a la población en un espíritu de antirracismo militante.

Pero queremos ir mucho más allá que esto. Queremos decir que la revolución socialista acabará con las raíces del racismo de manera que con el tiempo se convierta en una reliquia histórica tan anacrónica, y absurda como la persecución de brujas. Para ver cómo sucederá esto primero es necesario entender cuáles son estas raíces.

El racismo, al contrario de lo que dicen las teorías elaboradas por personas que en realidad hacen apología del racismo, no es una reacción “natural” ni “instintiva” hacia los “forasteros”. Tampoco es un residuo de la superstición primitiva basado en la ignorancia. A diferencia de la opresión de las mujeres, ni siquiera es producto de una sociedad dividida en clases en general. El racismo es un producto específico del surgimiento y desarrollo del sistema económico capitalista. No era un rasgo de las sociedades precapitalistas, ni siquiera de las antiguas sociedades esclavistas de Grecia y Roma. En estas últimas sociedades, los esclavos, y los propietarios de esclavos, eran indistintamente blancos o negros. Aunque las ideas contrarias a los esclavos —que los esclavos eran inferiores por naturaleza, etc.— estaban por doquier, no tenían una connotación racial o de color de piel. El origen del racismo se encuentra en el comercio de esclavos, en la práctica de hacer prisioneros y embarcar por la fuerza a millones de negros africanos hacia América para trabajar como esclavos en las plantaciones.

[Esta afirmación ha causado cierta controversia. Se ha argumentado que la existencia de antisemitismo en la Edad Media parece contradecir la idea de que el racismo es un producto del capitalismo. No obstante, tal como mostró Abraham Leon en su libro La cuestión judía, el antisemitismo de aquel período era esencialmente un antisemitismo religioso y no una persecución racial. Los judíos que se convertían al cristianismo podían escapar de él. Esto no es justificación de ninguna manera para los horrores que se cometieron, sino para insistir en que hay que contemplarlo como las igualmente horribles persecuciones que sufrían algunas sectas cristianas minoritarias durante el mismo período. Nota del autor.]

Este comercio y la esclavitud que lo siguieron fueron emprendidos por razones económicas. Produjeron inmensas ganancias y jugaron un papel primordial en la ascensión del capitalismo. Pero, como todas las formas de explotación, requerían una justificación ideológica, y ésta fue proporcionada por el racismo. El tratamiento inhumano de millones de personas quedó legitimado mediante la teoría de que aquellas personas eran infrahumanas.

El racismo que se desarrolló a partir del comercio de esclavos fue más adelante reforzado y catapultado por el imperialismo en su conjunto. El capitalismo, que primero apareció en Europa occidental, fue conducido, dada su naturaleza competitiva, a recorrer la tierra en busca de mercados para sus productos; de materias primas; y más tarde de colonias, como salidas para la inversión y fuentes de mano de obra barata. Esto, inevitablemente, llevó a los mercaderes, misioneros, hombres de negocios, políticos y soldados del capitalismo europeo a entrar en conflicto con los pueblos indígenas de América, Asia y África, es decir con los pueblos negros y de color del mundo.

De nuevo se necesitaba una justificación. Nada más adecuado para el caso que la noción de que estas gentes eran infantiles, primitivas e incapaces y que todo el proceso de robo y pillaje se hacía en realidad por su bien, que era la “pesada carga de los hombres blancos” conducirlos poco a poco hacia la “civilización”.

El racismo no es solamente el legado del imperialismo, sino que es algo continuamente regenerado por el capitalismo contemporáneo. Y es que el capitalismo se basa, no sólo en la competencia entre capitalistas, sino también en la competencia entre trabajadores. La estructura de la economía capitalista fomenta que los trabajadores vean a otros trabajadores como rivales para conseguir puestos de trabajo, casas, etc. Tan sólo superando esta competencia entre ellos mismos, los trabajadores son capaces de luchar contra el sistema. Por consiguiente, ideas tales como el sexismo, nacionalismo y, sobre todo el racismo, que enfrentan a unos trabajadores con otros y rompen su unidad, sólo dan ventajas a los jefes. El racismo también proporciona al sistema y a su clase dirigente un chivo expiatorio de lo más conveniente para explicar el desempleo y todas las demás enfermedades sociales producidas por el capitalismo.

Por todas estas razones, el capitalismo, de forma más o menos descarada, pero persistente en cualquier caso, alimenta el fuego del racismo de tal manera que la carta racista siempre está ahí para ser jugada cuando sea necesario.

Nada de todo esto quiere sugerir que los problemas de racismo se resolverán fácilmente, menos aún que desaparecerán de la noche a la mañana con la revolución. Por el contrario, las raíces del racismo son muy profundas. La clave es que son raíces capitalistas y, en el momento en que el capitalismo sea destruido se verán privadas de su fuente de alimento y comenzarán a marchitarse.

Además, el propio proceso de la revolución dará unos buenos puñetazos al racismo. En primer lugar, porque a buen seguro, los mismos trabajadores negros jugarán un papel poderoso y protagonista en la revolución. Segundo, porque si no se consigue la unidad entre sectores importantes de la clase trabajadora negra y blanca —sobre la base de la total oposición al racismo— la revolución puede olvidarse de conseguir la victoria. Tercero, porque una clase trabajadora victoriosa y segura, que haya atravesado por la esclarecedora experiencia de la lucha revolucionaria, ya no necesitará más chivos expiatorios.

Construyéndose sobre esta firme base, una sociedad socialista, que une a los trabajadores como propietarios colectivos y controladores de la producción en lugar de dividirlos, que es capaz de resolver los problemas de desempleo, falta de vivienda y pobreza, y que se extiende mediante la solidaridad internacional en lugar de la conquista imperialista, conseguirá eliminar de forma progresiva los últimos vestigios del racismo.

Aprendiendo para el futuro

La revolución socialista despertará entre la clase trabajadora y entre todos los oprimidos una enorme sed de conocimientos y formación. Sabemos esto por experiencias pasadas: de la revolución rusa, en la que los trabajadores llenaban los grandes estadios para escuchar conferencias sobre drama griego, de la revolución portuguesa de 1974, en la que, durante un período, el libro de Lenin Estado y revolución ocupó los primeros puestos de la lista de ventas y de muchos otros ejemplos.

Millones de personas, durante generaciones, han llegado a convencerse de que tener un conocimiento más sofisticado del mundo no tiene sentido porque “no se puede hacer nada” y “las cosas no cambiarán nunca”. Pero, de repente, en una revolución, se encuentran a sí mismos llevando las riendas. Se les llama para dirigir y controlar todo en la sociedad. “Cualquier cosa” parece posible y quieren saberlo “todo”.

La tarea del Estado de los trabajadores será crear un sistema educativo que impulse y desarrolle este deseo de aprender. Esto será lo opuesto al actual sistema de educación capitalista que absorbe niños de cinco años curiosos y dispuestos y los despide 11 años más tarde amargados y cínicos.

Lo que realmente destroza y distorsiona la educación en la actualidad no es solamente la falta de financiación, aunque es muy importante, sino el estado de guerra que existe, más o menos escondido, entre profesores y alumnos. A su vez, esto es consecuencia del papel de las escuelas bajo el capitalismo, que es el de reproducir la estructura de clases de la sociedad. Las escuelas van haciendo una criba, seleccionando a los que están destinados a los puestos de clase media y dominante —la verdadera función de los exámenes— y preparan al resto para la explotación y el trabajo alienado. Un sistema cuya estructura inevitablemente condena a la mayoría al fracaso, no puede mantener el entusiasmo y cooperación de sus víctimas, independientemente de lo bueno de las intenciones de muchos de los profesores. Sólo puede funcionar por imposición autoritaria.

En contraste, la educación socialista preparará a todos no sólo a unos pocos elegidos, para que tomen un papel activo, planificador y administrador. Su objetivo será el desarrollo integral de la personalidad humana. Las escuelas enseñarán a colaborar, no a competir. Y serán escuelas democráticas y no autoritarias. El control del director dará paso al consejo escolar elegido formado por representantes de los estudiantes, personal y de los consejos de los trabajadores. Los maestros serán los ayudantes, de alguna manera los servidores de sus alumnos. La disciplina será colectiva en lugar de ser impuesta. Aquellos que piensen que esto llevará a la desaparición de cualquier orden ignoran lo que ocurre en la mayoría de las clases hoy en día y subestiman la presión del grupo que siempre gana al castigo y al palo.

A medida que se reduce la semana laboral y los trabajos más duros se van automatizando, la enseñanza se convertirá en algo que no termina a los 16, 18 o 21 años. Continuará como un proceso de toda la vida, mucho más relacionado con la solución de tareas prácticas y problemas planteados por la nueva sociedad.

Lo que sirve para la enseñanza también será válido para la cultura en general. La sociedad postrevolucionaria producirá un gran florecimiento de las artes, al proporcionar a los artistas multitud de nuevos e inspiradores temas. También creará una nueva audiencia para el arte, como parte del despertar general de la personalidad, que tendrá lugar cuando la clase trabajadora se mueva desde el extrarradio de la sociedad hasta el centro del escenario.

Sin lugar a dudas, la música, la pintura, la poesía, el teatro, el cine y el resto de las artes tendrán un papel que jugar, tanto en la lucha revolucionaria como en la construcción del socialismo. Pero ni el Estado de los trabajadores ni el partido revolucionario intentarán dictar o controlar las artes creativas. No habrá una repetición de la desastrosa política estalinista de prohibir determinadas formas artísticas o proclamar que un solo estilo de arte, sea el llamado realismo socialista o cualquier otro, sea el que tenga validez. Aparte de reservarse el derecho de prohibir la propaganda contrarrevolucionaria, el gobierno revolucionario promoverá la máxima libertad en este campo. Sin una crítica vigorosa, debate, experimentación y la rivalidad de diferentes escuelas, el desarrollo artístico es imposible.

Obviamente, es imposible predecir con precisión la naturaleza del arte en el futuro. Sin embargo, creemos que es posible la predicción a rasgos generales de un cambio fundamental de la relación entre arte y sociedad.

La sociedad capitalista, con su división entre el trabajo mental y manual, su fragmentación y alienación, da lugar a la separación del arte y el artista del conjunto de la gente, por un lado, y del trabajo productivo, por el otro. Además, ambas separaciones se refuerzan mutuamente. El arte se convierte en un espacio privilegiado en el que una minoría se expresa de forma creativa, mientras la mayoría se ven condenados a un trabajo mecánico, no expresivo y no creativo. El arte, reflejando la división de la sociedad en clases, se divide en “arte mayor” y “arte menor”. El artista, con mayúsculas, se convierte en miembro de una élite, al servicio de las élites.

El socialismo superará estas separaciones, no forzando a los artistas a ser “populares”, ni siquiera elevando el nivel cultural de la mayoría, aunque esto, por supuesto, ocurrirá. El socialismo hará de cualquier trabajo una actividad creativa, de modo que cada productor se convierta de alguna manera en artista. Igualmente, las técnicas de pintura, diseño, arquitectura, literatura, de todas las formas de arte, formarán parte integral del trabajo colectivo de dar forma al entorno humano. De la misma manera que el productor se convierte en un artista, el artista se convertirá en un productor.

De la necesidad a la libertad

El último objetivo del marxismo, del socialismo y de la lucha de la clase trabajadora es la libertad. La burguesía, por supuesto, se llena la boca con sus proclamas de compromiso con la libertad: libertad de expresión, de prensa, del individuo para hacer lo que quiera con su propio dinero, etc. Saben perfectamente bien que, mientras controlen los medios de producción y, por tanto, la riqueza, los medios de comunicación y el Estado, estas libertades seguirán enormemente restringidas y casi sin ningún significado para la mayoría de la gente. También saben que tienen el poder para limitar o pisotear dichas libertades siempre que lo encuentren necesario.

Por el contrario, los marxistas reconocen que en una sociedad dividida en clases antagonistas, basada en la explotación y gobernada por el capital, ni hay ni puede haber libertades absolutas. Ponemos en evidencia la fraudulenta y abstracta libertad ofrecida por la burguesía porque lo que queremos es libertad real y concreta. Liberación del hambre y la pobreza —sin la cual el resto de las libertades no significan nada—, liberación de la guerra, del trabajo interminable, de la explotación, de las opresiones raciales y sexuales. Éstas son las libertades por las que luchamos. Pueden hacerse realidad con sólo establecer la libertad positiva de la clase trabajadora para dirigir la sociedad.

Sin embargo, en el proceso de conseguir esto, la clase trabajadora está preparando el camino para una libertad con la que la burguesía ni se atreve a soñar, hablamos de la libertad de vivir sin la vigilancia del Estado.

Normalmente se proclama que los marxistas “creen” en el Estado. Es justo todo lo contrario. Nos oponemos al Estado. El Estado, por naturaleza, es un instrumento de dominación y opresión, mediante el cual un sector de la población somete a otro por la fuerza. Los Estados no pueden ser otra cosa que instituciones de violencia. Esencialmente, como lo describió Engels, están integrados por “cuerpos de hombres armados”. La gente porta armas o bien para matar a otra gente o para forzarles a hacer cosas contra su voluntad, es decir, para privarles de su libertad.

Todo esto puede aplicarse al nuevo Estado de los trabajadores surgido tras el triunfo de la revolución al igual que puede aplicarse al Estado capitalista. Por supuesto, hay una diferencia. El Estado capitalista es un instrumento para mantener la explotación de la mayoría por unos pocos. El Estado de los trabajadores será un instrumento de la mayoría para suprimir a la minoría de explotadores. No obstante, incluso siendo tan democrático, el Estado de los trabajadores continúa siendo una institución que limita la libertad humana de varias maneras. Aunque el Estado de los trabajadores represente e involucre a la mayoría de la clase trabajadora, no sólo suprime la vieja clase dominante, sino que establece ciertas restricciones en las libertades de la propia clase trabajadora. El Estado de los trabajadores es un arma de la guerra de clases y una declaración de guerra significa no sólo atacar al enemigo, sino mantener la disciplina de las propias fuerzas, al igual que un piquete es un arma de la lucha contra los empresarios que funciona a través de disciplinar a los trabajadores menos conscientes.

Por esto no se puede hablar de libertad total, de libertad para todos, hasta que el Estado de los trabajadores haya sido desmontado. Y éste siempre ha sido el objetivo final de los marxistas, reafirmado repetidas veces por Marx, Engels, Lenin y Trotski. Y, sin embargo, no hay otra de las propuestas marxistas que haya sido tan sistemáticamente tachada de utópica como la desaparición del Estado. Sería conveniente repasar los argumentos.

En primer lugar, dejemos claro que los marxistas no plantean que el Estado sea eliminado inmediatamente —ésta sería la visión anarquista— sino sólo sobre la base de ciertas condiciones previas. Hemos tratado sobre ellas anteriormente en este escrito: la victoria internacional de la revolución socialista y la derrota total de la burguesía contrarrevolucionaria; la abolición desde las raíces de toda explotación y divisiones de clase; la consecución de la abundancia material, en que los bienes se distribuyan de acuerdo con la necesidad.

En estas circunstancias el Estado habrá perdido sus funciones esenciales. No habrá clase opresora que defender ni clase oprimida que someter. Tampoco habrá, al ser el socialismo mundial, intereses nacionales o imperialistas que defender o intereses extranjeros que combatir.

¿Y qué sucede con el papel del Estado a la hora de combatir el crimen y dirigir la economía?, preguntarán los escépticos. En una sociedad totalmente socialista el crimen desaparecerá a todos los niveles, no porque bajo el socialismo todo el mudo se vuelva “bueno” o moralmente perfecto, sino porque los motivos y oportunidades para cometer delitos desaparecerán. Podemos ilustrar la cuestión con una de las formas de delito más extendidas, el robo de coches. Una sociedad socialista avanzada probablemente resolverá el problema del transporte de una de estas dos maneras: o bien se proporciona a cada individuo un medio de transporte adecuado, o bien el transporte público alcanzará un nivel en el que el transporte privado sea innecesario. En cualquiera de los casos, el mercado de coches robados y el motivo para robarlos habrán desaparecido. El ejemplo de los coches puede hacerse extensivo a cualquier tipo de producto.

Esto deja abierta la cuestión de los crímenes contra las personas: asaltos, asesinatos, crímenes sexuales, etc. Éstos ya suponen una mínima proporción de los delitos y una sociedad socialista no competitiva que se ocupa por igual de todos sus miembros los reducirá sin duda en gran medida. Las organizaciones colectivas de las comunidades locales se harán cargo de cualquier comportamiento antisocial que aún pudiera producirse. La intervención del Estado no será necesaria.

En cuanto a dirigir la economía, tenemos que decir que son las economías quienes dirigen los Estados, no al contrario. Hasta ahora, la dirección de la economía por parte del Estado ha aumentado en el mundo moderno por dos razones: para intentar —sin ningún éxito— de mitigar las contradicciones internas del capitalismo y para organizar las fuerzas de los capitalismos nacionales en competencia con otros. Con el socialismo estas dos necesidades desaparecerán.

De este modo, en la sociedad socialista del futuro, el Estado desaparecerá. Esto marcará la desaparición del último vestigio del terrible legado de la sociedad de clases y completará el salto de la humanidad desde el reino de la necesidad al reino de la libertad, que es la esencia del socialismo.

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Notas

John Molyneux es profesor en la Universidad de Arte y Diseño de Portsmounth en Inglaterra, y militante del Socialist Workers Party (SWP) de Gran Bretaña. Es autor de numerosos folletos de divulgación política, entre los que destacan: ¿Cuál es la tradición marxista? y Argumentos para el socialismo revolucionario. Y libros, de los que Rembrandt y Revolución (2004) es el último editado en español, según sabemos. La primera edición en Uruguay de este folleto fue realizada en Marzo de 2001.

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