Qué es la política

¿Qué es la política? La respuesta que a esta pregunta da el marxismo es tan radical que la inhabilita como otro simple “enfoque” en el estudio de la política. El marxismo (a lo largo del ensayo emplearé ese término para abreviar lo que ha llegado a conocerse como el marxismo clásico de Marx y Engels, Lenin y Trotsky, Luxemburg y Gramsci) [1] niega que la política sea una característica persistente de toda forma de sociedad. Además, afirma que la política, donde si exista, no puede estudiarse aislada del resto de la sociedad. Por último, el marxismo, por cuanto es un programa práctico tanto como un cuerpo de análisis teórico, busca la abolición de la política. Obviamente, estas afirmaciones son incompatibles con la noción de una disciplina autónoma de la Política.

ALEX CALLINICOS (1984)

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Para apreciar la fuerza de la opinión marxista de la política, puede resultar útil considerar primero otros enfoques más convencionales. Es costumbre pensar que la política surge y se ocupa de un conjunto de instituciones políticas formales, que en nuestra propia sociedad son el Parlamento, el Gabinete, las elecciones, etc. Se supone que estas instituciones son relativamente autónomas del resto de la vida social, y por esto se considera que la política está sustraída del todo social.

La disciplina de la política tiende a reflejar esta opinión. Así pues, la teoría política intenta resolver cuestiones tales como la naturaleza de la sociedad justa y los derechos y deberes de los ciudadanos. Los métodos que emplea son los del análisis conceptual y la reflexión a priori de los primeros principios. La suposición subyacente es que existe un conjunto de problemas políticos que es tan universal que resulta común a todas las formas de la sociedad, que la teoría política puede resolver sin llevar a cabo una investigación empírica de los rasgos específicos de cualquier sociedad en particular. De manera notoria, esto ha llevado a los pensadores políticos una y otra vez a tratar los problemas peculiares de su propia época y lugar como si fueran problemas de cualquier sociedad.

La ciencia política se centra en las instituciones políticas. Intenta revelar la distribución del poder dentro de los sistemas políticos actuales, pero este estudio prosigue sin ningún intento coherente de relacionar la distribución del poder político con patrones más amplios de desigualdad social y económica. Las fuerzas sociales sólo figuran cuando chocan contra estas instituciones desde fuera, como en el caso de los grupos de presión. El tema de moda de los estudios de comportamiento electoral cataloga obsesivamente las preferencias políticas de los ciudadanos. Sin embargo, sus intentos por relacionar, por ejemplo, el fenómeno de “infidelidad partidaria” en Gran Bretaña, con las crisis sociales, económicas y políticas de los últimos veinte años, son superficiales e indiferentes.

El marxismo desafía la suposición básica que está tras la disciplina de la Política, es decir, que hay un rasgo permanente y autónomo de la sociedad llamado política. En primer lugar, en la tradición realista de Maquiavelo y Hobbes, el marxismo insiste en que la política no se ocupa tanto de los derechos como del poder. “Empezando con Maquiavelo, Hobbes, Spinoza, Bodinus y otros de los tiempos modernos”, Marx escribió con aprobación, “la fuerza se ha representado como la base del derecho… si se toma el poder como la base del derecho… entonces el derecho, la ley, etc., son sólo el síntoma, la expresión de otras relaciones sobre las que descansa el poder estatal”. [2]

De este modo, Marx declaró su falta de simpatía por la teoría política como se practica en la actualidad. La tarea de la teoría no es encontrar una justificación moral o jurídica para el ejercicio del poder político, sino entender los procesos sociales que generan y sostienen a las instituciones y prácticas políticas. Se rechaza cualquier distinción marcada entre la teoría política y la ciencia política, entre la teorización a priori y la investigación empírica. El estudio de la política procede a la manera de otras ciencias, a través del descubrimiento de patrones causales.

Por el mismo motivo, ninguna ciencia observa sencillamente al mundo, sin ninguna suposición acerca de lo que es probable que descubra. El papel de la teoría es el de sentar las bases para el estudio empírico, sugiriendo las direcciones en las que la investigación puede ser más productiva.[3] De este modo, el marxismo niega que pueda estudiarse la política aislada del resto de la sociedad. Su objeto es lo que Marx llamó “el conjunto de las relaciones sociales”.[4] Así, la sociedad puede entenderse únicamente como un todo estructurado, como una totalidad. Las diversas formas de la vida social, la política inclusive, son comprensibles como aspectos de este todo. Lo que determina la naturaleza de la política es su papel dentro de la totalidad social.

Como ya lo señalé, tal enfoque socava el concepto mismo de una disciplina aparte de la Política. Si el marxismo está en lo cierto, el comportamiento político sólo puede estudiarse con la ayuda de una variedad de disciplinas: la economía, la sociología, la antropología, la historia, etc. En verdad, uno podría ir más lejos y decir que, de acuerdo con el marxismo, sólo hay una ciencia social que abarca e integra todas estas disciplinas supuestamente distintas. El nombre que los marxistas por lo general dan a esta ciencia unificada es el materialismo histórico, el estudio sistemático de las formaciones sociales fundado por Marx. Esta opinión de la ciencia social no excluye la posibilidad de especializarse en áreas particulares, pero sí sugiere que todo estudio limitado debe buscar constantemente colocar sus investigaciones en el contexto del conjunto social.

La fuerza de un enfoque tan integral al estudio de la sociedad es que desafía la fragmentación de las ciencias sociales existentes. El intento por separar las distintas disciplinas lleva a la creación de divisiones artificiales. Resulta imposible entender la política británica contemporánea sin un conocimiento profundo de la historia económica y social del país, pero esto significa inmediatamente el traspasar los limites de la política hacia la economía, la sociología y la historia. La misma censura se aplica a las otras ciencias sociales que pretenden serio. El intento por reducir la economía a un cuerpo de técnicas matemáticas carente de toda relación con el estudio de las fuerzas sociales y políticas ha contribuido a los desastres del monetarismo.

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Desde un punto de vista marxista, la política debe considerarse solamente como un aspecto del conjunto social, a estudiarse como parte de un análisis integrado de esa totalidad. De un modo más especifico, en los términos de Lenin, “la política es la expresión más concentrada de la economía”.[5] Las instituciones y luchas políticas surgen, y sólo pueden entenderse en el marco de los conflictos básicos del conjunto social. Estos conflictos se generan en el nivel de lo que Marx llamó fuerzas productivas y relaciones de producción. La opinión de Marx del conjunto social queda expresada de la manera más sucinta, en estas famosas líneas escritas en 1859:

En la producción social de su vida, los hombres entran en relaciones definidas que son indispensables  e independientes de su voluntad, relaciones de producción que corresponden a una etapa definida del desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. La suma total de estas relaciones de producción constituye la estructura económica de la sociedad, el verdadero fundamento del que surge una superestructura legal y política, y al que corresponden formas definidas de conciencia social. El modo de producción de la vida material condiciona el proceso vital social, político e intelectual en general. No es la conciencia de los hombres lo que determina su ser, sino al contrario, es su ser social lo que determina su conciencia.[6]

Así pues, la producción es el “verdadero fundamento” de la vida social. La política, la ley y la cultura surgen de esta base, pero la producción en sí tiene dos aspectos, el material y el social. El aspecto material es lo que Marx llama fuerzas productivas. Estas corresponden a grandes rasgos, a lo que hoy llamamos tecnología. Los instrumentos de los que nos valemos con el fin de producir objetos, sean la piedra del habitante de las grutas o los robots en las modernas plantas automotrices, y la fuerza física, la habilidad y el conocimiento que se emplean para poner en movimiento estos instrumentos, son lo que constituye las fuerzas productivas de la humanidad. En su aspecto más básico, la historia es el registro de la capacidad cada vez más sofisticada de los seres humanos, para producir. Este proceso es lo que Marx describió como el desarrollo de las fuerzas productivas. Desafortunadamente, la historia no acaba ahí:

En la producción los hombres entran en relación no sólo con la naturaleza. Producen sólo cooperando de determinada manera e intercambiando sus actividades. Con el fin de producir, entran en contacto y relación definida entre si y sólo dentro de estos contactos y relaciones sociales tiene lugar su relación con la naturaleza, su producción.[7]

Estas relaciones sociales de producción han dado lugar, durante los últimos dos milenios, a la división de la sociedad en clases. Una minoría puede adquirir el control de los medios de producción, es decir, de la tierra y de los instrumentos de producción. Se vale de este control para forzar a los productores directos, la masa de la población que en realidad efectúa el trabajo de producir la riqueza de la sociedad, a llevar a cabo trabajo excedente. En otras palabras, los productores directos, sean ellos o ellas esclavos, campesinos o asalariados modernos, se ven obligados a trabajar, no sólo para satisfacer sus necesidades y las de cualquier persona que pueda tener a su cargo, también para satisfacer las necesidades (incluyendo los lujos y los medios de librar una guerra) del dueño de los medios de producción, sea éste amo de esclavos, señor feudal o capitalista. “Lo que distingue a las diversas formaciones económicas de la sociedad es el modo en que este trabajo excedente le es arrebatado al productor inmediato, al trabajador”.[8]

Tal opinión de la sociedad de clases coloca a la explotación, la extracción del trabajo excedente, en su centro. “La clase”, escribe el antiguo historiador G.E.M. de Ste. Croix, “es esencialmente el modo en que se refleja la explotación en una estructura social”.[9] El capital de Marx es sobre todo una demostración del modo en que el capitalismo se basa en la explotación. El origen de las ganancias de las que depende el capitalismo como sistema económico, es la plusvalía extraída de los trabajadores dentro de la producción. El capitalismo no es sino la más reciente forma de la sociedad de clases.

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¿Qué implicaciones tiene este análisis de la sociedad para el estudio de la política? En primer lugar, sólo puede entenderse la política en el contexto de un proceso de cambio histórico. La explicación de Marx de las fuerzas productivas y las relaciones de la producción es dinámica. Estas dos entran en conflicto y al hacerlo, las formaciones sociales se ven obligadas a pasar por un cambio: “Las relaciones sociales en las que producen los individuos, las relaciones sociales de producción y cambio, se transforman, con el cambio y desarrollo de los medios materiales de producción, las fuerzas productivas”.[10]

Este conflicto entre fuerzas productivas y relaciones de producción encuentra su expresión en la lucha de clases. Las relaciones de explotación de la producción que forman la base de cada sociedad de clase obligan a la clase explotada a resistirse. De este modo, la explotación da lugar a la lucha de clases, la lucha constante entre el explotador y el explotado. La oración inicial del Manifiesto comunista declara: “La historia de todas las sociedades que hasta ahora han existido, es la historia de la lucha de clases”.[11] Esta lucha de clases es “la fuerza motriz inmediata de la historia”.[12] La explotación y la lucha de clases son las que proporcionan la clave para cualquier comprensión auténtica de la política:

La forma económica específica en que se extrae el trabajo excedente no pagado de los productores directos, determina la relación de los gobernantes y los gobernados… siempre es la relación directa de los dueños de las condiciones de producción con los productores directos… lo que revela el secreto más íntimo, la base oculta de toda la estructura social, y con ella… la forma especifica correspondiente del Estado.[13]

Siempre debe rastrearse la política hasta su “base oculta” en la lucha de clases. Marx mismo observó este precepto con el mayor éxito, en sus escritos sobre Francia, que incluyen obras maestras de análisis histórico-político tales como El dieciocho brumario de Luis Bonaparte. Sin embargo, y más que eso, precisamente porque la política surge de la lucha de clases, es un fenómeno histórico transitorio.

Para ver por qué es adyacente la existencia de la política con la de las clases, consideremos algunas de las decisiones rivales de la política. Una definición así, expresada por Albert Weale, es la de la política como un proceso de elección colectiva, como una actividad en la que se combinan los individuos para llegar a una decisión. Sin embargo, tal definición no deslinda la política, como de todas maneras se entiende por lo general, de otros procesos de elección colectiva. Weale no afirma otra cosa. Simplemente sugiere que concebir la política como una elección colectiva, aclarará algunos problemas distintivos. Existen, sin embargo, características de la política diferentes a la toma de decisiones. Una, la existencia de conflictos de interés entre los individuos o grupos, puede llegar a caber en la definición de Weale. Una segunda, la fuerza o coerción, no puede, y Peter Nicholson sugiere que la fuerza es lo que distingue a la política como actividad social. Concebir la política como coerción destaca marcadamente un tercer punto, las desigualdades de poder entre los diferentes individuos y grupos.

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Estos tres puntos, el conflicto, la fuerza y el poder, se centran en un cuarto, el Estado, puesto que, como lo subraya Graeme Moodie, el proceso de la toma de decisiones políticas se centra en las instituciones de poder del Estado. Además, finalmente, el Estado es una institución coercitiva, según la definición clásica de Max Weber, que depende del monopolio de la fuerza legítima en un territorio particular, y los conflictos entre los diversos grupos tienden a girar en torno al objetivo de tomar, o influir en el ejercicio del poder del Estado.

La política está, pues, inextricablemente asociada con la existencia de los Estados. Sin embargo, si el Estado se concibe como un apartado especializado de coerción, que implica la existencia de lo que Lenin llamó “organismos especiales de hombres armados” (ejércitos permanentes, fuerzas policíacas, etcétera), entonces es, como las clases, un fenómeno relativamente nuevo en la historia de las sociedades humanas. En verdad, alegan los marxistas, y existe gran cantidad de evidencia antropológica e histórica que los apoya, la formación de los Estados es parte del mismo proceso por medio del cual la sociedad se divide en clases.

“El Estado –escribió Engels en su clásico ensayo Los orígenes de la familia, la propiedad privada y el Estado– es producto de la sociedad en cierta etapa de desarrollo. Es la admisión de que la sociedad se ha enmarañado en una contradicción imposible consigo misma, de que se ha separado en antagonismos irreconciliables que no puede disipar”.[14] El surgimiento de la explotación de las clases significa que ya no es posible, como no era en las sociedades anteriores a las clases, que todos los miembros (varones) de la sociedad tomen las armas. La conservación del dominio de clases requiere del “establecimiento de un poder público que ya no coincide con la población que se organiza como una fuerza armada… Este poder público existe en cada Estado. Consiste no sólo en hombres armados, sino también en aditamentos materiales, prisiones e instituciones de coerción de todos los tipos”.[15] Las diferentes modalidades de Estado son sencillamente formas distintas del dominio de clases: “El poder político, así bien llamado, es sólo el poder organizado de una clase para oprimir a otra”.[16]

Tal opinión de la política no involucra la creencia ingenua y utópica de que es sólo en las sociedades de clases donde se encuentra la coerción. Existe abundante evidencia de violencia dentro y entre las sociedades “primitivas” anteriores a las clases. Cualquier sociedad puede verse en la necesidad de recurrir a la fuerza cuando los individuos no observan las decisiones que se han tomado de manera colectiva. No obstante, la “coerción” adquiere un significado distinto cuando existen aparatos especializados separados de la masa de la población y que monopolizan el empleo legitimo de la fuerza. La tesis marxista central respecto a la política es que las sociedades estatales también lo son de clases, o más bien, que son sociedades estatales porque son sociedades de clases.

Se sigue que no hay “problemas políticos” universales. Adrian Leftwich sugiere, por ejemplo, que la política existe en cualquier lugar donde los seres humanos tomen decisiones concernientes al uso y distribución de los recursos. La implicación es que la política se encuentra en todas las sociedades, y que existe en el micronivel de las familias y comunidades, así como en el macronivel de las instituciones del Estado. Tal opinión de la política es muy distinta de la adoptada por el marxismo.

En primer lugar, al seguir el rastro de la política hasta las decisiones que debe tomar cada sociedad acerca del uso y distribución de los recursos, Leftwich ofrece un modelo de acción social muy semejante al proporcionado por la economía neoclásica. En ésta, se trata a los jueces humanos como agentes económicos racionales, guiados por el motivo de llevar hasta el máximo sus utilidades independientemente de su situación específica en cuestión. La objeción que el marxismo siempre ha hecho a este modelo es que los intereses de la gente varían de acuerdo con su posición en las relaciones sociales de la producción.

En las sociedades de clases, sus intereses serán antagónicos, porque estarán generados por una estructura de explotación de clases. El curso de acción racional que tome un individuo que se enfrenta a los eternos problemas del empleo y distribución de los recursos, dependerá de los intereses específicos de su clase. Dependerá, asimismo, del poder del individuo para satisfacer sus necesidades, y esto, de nuevo, estará condicionado a su vez, por la posición de clase que ocupa ese individuo. Cualquier estudio de los procesos de toma de decisiones de una sociedad, debe empezar con una evaluación de la estructura de las fuerzas y relaciones de producción que prevalecen en esa sociedad.

El punto de vista de Leftwich sugiere, más específicamente, que la política existe en las sociedades sin clases en un sentido análogo al modo en que existe en las sociedades estatales. El peligro de una definición tan general es que hace a la política un proceso en esencia benigno. Las decisiones que se toman en las sociedades de cazadores y recolectores y en las familias, ninguna de las cuales se caracteriza por el antagonismo de clases o por la coerción por parte del Estado, se tratan como la misma clase de actividad que la política en las sociedades de clases, en la que ambos predominan. Los hechos brutales de la desigualdad, la coerción y el poder que preocuparon a los grandes teóricos políticos desde Platón y Aristóteles hasta Hegel y Marx, son borrados del cuadro.

Además, un enfoque sobre la “micropolítica” de las familias y las comunidades puede ser igualmente engañoso. Como ya hemos visto, el marxismo insiste en colocar a la política en el contexto del conjunto social. Sin embargo, las instituciones de poder del Estado son las que constituyen el centro de la lucha política. Marx escribió acerca de la “concentración de la sociedad burguesa en la forma del Estado”.[17] Más recientemente, Nicos Poulantzas ha expresado el mismo pensamiento llamando al Estado la “condensación específica materializada de una relación de fuerzas entre clases”.[18] En otras palabras, mientras el Estado no es autónomo de fuerzas sociales más amplias, es en sus estructuras donde maduran, se concentran, los antagonismos de la sociedad de clases. La política trata del Estado, porque la garantía final de la dominación de una clase en particular yace en su monopolio de la fuerza. Cualquier estudio de política que separe los aparatos del poder del Estado de sus “fundamentos reales” en las fuerzas productivas y las relaciones de producción sólo puede ofrecer penetraciones parciales y unilaterales, pero cualquier estudio que pase por alto estos aparatos sencillamente no la entiende.

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Una implicación de este argumento es que el marxismo tiene una teoría del conflicto político. La política es el proceso a través del cual las clases que tienen intereses antagónicos luchan por obtener, retener o influir sobre el poder del Estado. El marxismo no está solo siguiendo la pista de la política en esta forma hasta el conflicto social, pero difiere de otras explicaciones en dos aspectos importantes.

Primero, es común ver a la política como el mecanismo a través del cual se resuelven los conflictos de intereses, y de este modo se asegura el equilibrio social. Esta opinión se encuentra, por ejemplo, en los escritos políticos de Talcott Parsons y en el trabajo de Andrew Dunsire. El marxismo niega que la política pueda resolver los conflictos que la generan. Por el contrario, como producto del antagonismo de las clases es, según palabras de Engels que ya cité, “La admisión de que la sociedad se ha enmarañado consigo misma en una contradicción insoluble”, contradicción que puede resolverse sólo por medio de la transformación de esa sociedad, esto es, mediante la revolución social.

En segundo lugar, las explicaciones de la política que ubican su origen en los conflictos sociales tienden a tratar estos conflictos como si fueran rasgos permanentes e indelebles de la vida humana. Un liderazgo político hábil, lo que Graeme Moodie llama el arte de gobernar, puede manejar, e incluso quizá superar algún conflicto en particular, pero nunca podrá eliminar el conflicto social como tal. El conflicto, la lucha entre grupos rivales, es endémico a la sociedad humana, y por esto seguirá generando a la política, sean cuales fueren las transformaciones por las que pasan las disposiciones económicas y sociales.

Una vez más, tal opinión de la vida social (cuyos mayores exponentes quizá sean Thomas Hobbes, Fredrich Nietzsche y Max Weber) está en contra del marxismo, puesto que si la política es un producto del antagonismo de clases, entonces es un fenómeno limitado por la historia, en dos aspectos. La política no sólo tiene orígenes relativamente recientes, en los últimos milenios de división de clases y formación de Estados, sino que no puede sobrevivir a la eliminación de los antagonismos de clase.

El mismo Marx alegaba que su mayor originalidad radicaba en haber establecido la sociedad de clases misma como un fenómeno transitorio. “Mi propia contribución fue 1) demostrar que la existencia de clases está sólo ligada a ciertas fases históricas en el desarrollo de la producción, 2) que la lucha de clases lleva necesariamente a la dictadura del proletariado, 3) que la dictadura misma constituye nada más que la transición a la abolición de todas las clases y a una sociedad sin clases”.[19]

La principal obra de Marx, El capital, está dedicada a demostrar que el capitalismo se distingue de otras formas de sociedad con clases en que crea tanto el material como las condiciones sociales, de una sociedad sin clases, comunista. Hace esto aboliendo materialmente la escasez. La existencia de clases depende finalmente de la baja productividad del trabajo, que permite a una minoría vivir del trabajo del resto de la gente, pero que condena a la mayoría a llevar una vida de trabajo fatigoso. El capitalismo, cuyo carácter dinámico y revolucionario alaba Marx hasta los cielos en el Manifiesto comunista, desarrolla de tal manera las fuerzas productivas que la base material de las clases ya no existe. Hoy en día, encontramos que hasta la producción que hay de alimentos es suficiente para mantener a la población mundial en un nivel de vida adecuado. La “escasez” gracias a la cual 800 millones de personas en el Tercer Mundo pasan hambre, es artificial, producida por las relaciones capitalistas de producción que hacen que resulte improductivo alimentar a los pobres.

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El capitalismo también crea las condiciones sociales para el comunismo. Lo hace al crear la clase trabajadora, “una clase que es cada vez mayor en número, y que está capacitada, unida y organizada por el mecanismo mismo del proceso capitalista de producción”.[20] El capitalismo explota a los trabajadores colectivamente, reuniéndolos en grandes unidades de producción, donde están involucrados en procesos de trabajo cada vez más socializados. Como consecuencia, cuando los trabajadores se resisten a ser explotados, lo hacen de manera colectiva, creando organizaciones tales como los sindicatos, cuyo poder depende de la fuerza que los trabajadores comparten dentro de la producción. Marx creía que la lucha de clases entre el trabajo y el capital se desarrollaría de un conflicto puramente económico, de sindicatos, a la lucha política, orientada en el Estado y que culmina en su derrocamiento, y el establecimiento de instituciones de poder de los trabajadores, en las que, por vez primera, la mayoría ejercería un control político directo. No obstante, incluso esta forma de Estado, nueva y radicalmente democrática, a la que Marx llamó la dictadura del proletariado, sería un fenómeno temporal (los dictadores romanos sólo gobernaban durante seis meses). En la fase más alta del comunismo, en la que el desarrollo posterior de las fuerzas productivas erradicaría al fin los antagonismos de clase, ya no existiría la base social para ninguna forma de aparato represivo especializado. El Estado –en la famosa frase de Engels– se marchita.

El marxismo es, pues, una teoría de la abolición de la política, ya que anticipa e intenta lograr una sociedad comunista en la que no existen ni las clases ni el Estado. De un modo aún más paradójico, busca la abolición de la política por medios políticos, pues la precondición de la creación de una sociedad sin clases es la conquista del poder político por parte de la clase trabajadora. Esta paradoja aparente se resuelve por el hecho de que el Estado creado por esta revolución, la dictadura del proletariado, como lo expresó Lenin, “ya no es un Estado en el verdadero sentido de la palabra”.[21] El modelo de Marx para tal Estado fue la Comuna de París, en la que “organismos especiales de hombres armados”, el ejército y la policía, fueron disueltos y reemplazados por personas armadas. Se destruye el Estado en el sentido de “un poder público que ya no coincide directamente con la población que se organiza como una fuerza armada”, y es sustituido por instituciones de poder de la clase trabajadora organizadas democráticamente.

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Sería una declaración demasiado modesta decir que la opinión marxista de la política es controversial, y en verdad no es una opinión ampliamente compartida por los profesionales de la disciplina de la Política. Esta opinión parece tan escandalosa, tan improbable, que incluso muchos marxistas se sienten obligados a rechazar o al menos a modificar sus proposiciones principales.

La razón más común que se da para estar en desacuerdo con la teoría marxista de la política yace en su supuesta integración de todas las formas de conflicto social y desigualdad en el antagonismo de clase. Esta objeción central está detrás de muchas de las críticas más familiares al marxismo, de las que las siguientes son algunos ejemplos. ¿Qué hay de las sociedades sin Estado, que seguramente implican conflictos? El Estado, ¿se ha marchitado en el “socialismo realmente existente” de Europa oriental? ¿Pueden reducirse las desigualdades raciales y sexuales a la explotación de las clases? El Estado moderno democrático liberal (o en realidad su predecesor absolutista), ¿es sólo una institución coercitiva de las clases? Obviamente, es imposible responder aquí de una manera adecuada a la acusación de “reduccionismo de clase” que está en el centro de todas estas objeciones. Me limitaré a dos aclaraciones.

La primera es que el marxismo no está obligado a asegurar que no existirá ningún conflicto en una sociedad sin clases, sin Estado. Trotsky alegaba que, bajo el comunismo

habrá lucha por la propia opinión, por el proyecto de uno, por el gusto de uno. En la medida en la que se eliminen las luchas políticas, y en una sociedad donde no hay clases, no habrá tales luchas, las pasiones liberadas se canalizarán en técnicas, en construcción, que también incluye al arte… La gente se dividirá en “partidos” por la cuestión de un nuevo canal gigantesco, por la distribución de los oasis en el Sahara (también existirá ese problema), por la regulación del tiempo y del clima, por un nuevo teatro, por hipótesis químicas, por las tendencias rivales de la música, y por un mejor sistema en los deportes.[22]

Así, la afirmación no es que no habrá conflicto en una sociedad comunista, sino más bien que tas luchas sociales como las que ocurren no serán generadas por conflictos de intereses antagónicos que surjan de las relaciones de explotación de clases y así no requerirán de un aparato especializado de represión para regular su resultado. En realidad, algunos marxistas han ido más allá y alegan que, lejos de suprimir la individualidad, una sociedad comunista sería la primera en permitir verdaderamente su expresión plena. Tal sociedad ideal sería, en las palabras del filósofo Theodor Adorno, “una en la que la gente podría ser distinta sin temor”.[23]

El segundo punto es éste. Si bien el marxismo no afirma que todo el conflicto sea producto del antagonismo de las ciases, sí trata de explicar las profundas y penetrantes desigualdades que son características de la sociedad moderna en términos de su lugar en un sistema de explotación de clases. Esto incluye desigualdades tales como la opinión racial y la sexual que, en apariencias no tienen nada que ver con la clase. Muchos de los viejos reproches que se han hecho al marxismo en este aspecto, han recibido una fuerza adicional por el surgimiento en años recientes, de movimientos nacionalistas, feministas y de gente de color, que rechazan con fuerza todo “reduccionismo de clase”.

Sin embargo es precisamente la insistencia del marxismo en explicar las desigualdades sociales y las luchas políticas (incluyendo las que ocurren entre naciones-estado) en términos de los conceptos maestros de las fuerzas y relaciones de producción, la que lo hace una hipótesis tan audaz y desafiante. En realidad puede parecer contraintuitivo decir que la opresión de las mujeres debe su persistencia en la actualidad al modo capitalista de producción. Con todo, es característico de cualquier teoría científica seria que vaya contra algunas instituciones de sentido común.

Una analogía histórica puede ayudar a hacer que la fuerte afirmación marxista parezca menos escandalosa. En el siglo XVII un puñado de pensadores desarrolló lo que Bernard Williams ha llamado un “concepto absoluto de la realidad”.[24] Afirmaban ellos que muchas de las propiedades de un objeto físico que son sumamente importantes para la experiencia cotidiana de los seres humanos, sus usos potenciales, su ubicación, sus cualidades táctiles y visuales, etcétera, eran cuando mucho secundarias para entender su comportamiento. Para los fines de la ciencia, lo que contaba eran las propiedades que podían analizarse por medio de conceptos matemáticos. Los autores de esta opinión profundamente desagradables que expulsaron del universo físico el significado la cualidad y el propósito fueron los fundadores de la física moderna. Tres siglos y medio han dado testimonio de la corrección de sus creencias altamente contraintuitivas.

Esta analogía en sí misma no da ninguna credibilidad a la afirmación central del marxismo, pero nos recuerda que la prueba de esta afirmación, como de cualquier hipótesis científica, está en el grado en que logre explicar y anticipar sucesos en el mundo. El marxismo es una teoría empírica y como tal debe juzgarse. Una vez expuesta la cuestión en estos términos, entonces lo que impresiona es la tradición tan formidable del análisis político que ha desarrollado el marxismo. Los escritos de Marx acerca de Francia; las discusiones de Luxemburg acerca de la Revolución rusa de 1905 y la Revolución alemana de 1918; el extenso trabajo en el que Lenin emprendió el “análisis concreto de situaciones concretas”; los análisis de Trotsky de las fuerzas impulsoras de la Revolución rusa, de las causas de su deformación posterior, y del surgimiento del fascismo alemán; y los estudios de Gramsci acerca de la manera en que se tiene el poder político y se derroca éste, todos estos actos dejan en la sombra a todo lo que los científicos o teóricos políticos convencionales han podido inventar.

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Pero, por supuesto, las tradiciones sólo viven si se continúan. Deben renovarse y rehacerse continuamente con trabajo que, a la vez que construye sobre los logros del pasado, busca ir más allá de ellos. Durante una generación, primero los triunfos del estalinismo y del fascismo, y después la estabilización del capitalismo en la posguerra, aseguraban que la tradición marxista clásica se limitaba a los márgenes de la vida política e intelectual. Ha sido sólo durante las últimos quince años, con el retorno de las crisis económicas y de los conflictos sociales y políticos en Occidente, que el marxismo ha disfrutado de un renacimiento. El reto es desarrollar el enfoque marxista de la política, uno que sea integral e histórico, que se dedique a estudiar tanto a las instituciones políticas como a los procesos en su especialidad histórica, y dispuesto a relacionarlos con el conjunto social y las contradicciones que lo constituyen.

No obstante, el tema no puede descansar aquí. El escándalo del marxismo para la disciplina de la Política no yace en sus afirmaciones teóricas. El marxismo no es solamente un programa de investigación científica, sino un movimiento práctico cuya meta es la revolución socialista, como momento anterior a la creación de una sociedad sin clases. El marxismo pone en tela de juicio la separación de la teoría y la práctica característica de la academia burguesa. “Los filósofos sólo han interpretado el mundo de diversas formas –escribió Marx en la decimoprimera tesis sobre Feuerbach– pero lo importante es cambiarlo”.[25] El marxismo no sólo niega a la disciplina de la Política un fundamento epistemológico. Intenta abolir la política misma, erradicando los antagonismos de clase que la generan. Los más grandes estudiosos marxistas de política también fueron profesionales de la política: Marx y Engels, Lenin y Trotsky, Luxemburg y Gramsci. En tanto exista la política, no puede pasarse por alto.

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Notas

Alex Callinicos nació en Harare (Zimbabwe) el 24 de Julio de 1950. En 1973 se licenció en filosofía, política y economía en la Universidad de Oxford, y en 1979 obtuvo de la misma universidad un postgrado en literatura y humanidades. Entre sus libros más conocidos figuran Marxism and Philosophy (1983), Las ideas revolucionarias de Karl Marx (1983), Making History (1987), The Revenge of History (1991), Contra el Postmodernismo. Una crítica marxista (1991), Social Theory. A historical introduction (1999), Igualdad (2000), Contra la tercera vía (2001) y Un Manifiesto Anticapitalista (2003). Escribe regularmente en el semanario británico Socialist Worker, la revista mensual Socialist Review y la revista trimestral International Socialism, de cuyo consejo editorial forma parte. Es miembro de la dirección del Socialist Workers Party de Gran Bretaña. La primera edición de este folleto fue realizada durante Marzo de 2006 pero este trabajo fue publicado por primera vez como ‘Marxism and Politics’, en A. Leftwich, ed., What is Politics?, Oxford: Blackwell, 1984.

1. Véase “What is the Real Marxist Tradition?”, de J. Molyneux, en International Socialism 2:20 (1983).

2. De K. Marx y F. Engels, Collected Works (50 vols., Londres, 1975) (En adelante citado como CW), V. pp. 322 y 329.

3. Véase Philosophical Papers, de I. Lakatos (Cambridge, 1978).

4. CW, V, p. 4.

5. De V.I. Lenin, Collected Works (Moscú, 1965), XXXII, p. 32.

6. De K. Marx y F. Engels, Selected Works (3 vols., Moscú, 1973) (en adelante citado como SW), I, p. 503.

7. CW,  IX, p. 211.

8. De K. Marx, Capital I (Harmondsworth, 1976), p. 325.

9. The Class Struggle in The Ancient Greek World, de G.E.M. de Ste. Croix (Londres, 1981), p. 51.

10. CW, IX, p. 212.

11. Ibid., VI, p. 483.

12. SW, III, p. 94.

13. De K. Marx, Capital III (Moscú, 1971), p. 791.

14. SW, III, pp. 326-327.

15. Ibid., p. 327. Para una discusión acerca de la evidencia arqueológica contemporánea que apoye los argumentos de Engels, vase “The Theory of the Origin of the State”, de R. Carneiro, Science 169 (1970).

16. CW, VI, p. 505.

17. Grundrisse, de K. Marx (Harmondsworth, 1973), p. 108.

18. State, Power, Socialism, de N. Poulantzas (Londres, 1978), p. 129.

19. CW, XXXIX, pp. 62 y 65.

20. De K. Marx, Capital I (Moscú, 1971), p. 929.

21. Collected Works, de Lenin, XXV, p. 468.

22. Literature and Revolution, de L. Trotsky (Ann Arbor, 1971), pp. 230-231.

23. Minima Moralia, de T.W. Adorno (Londres, 1974), p. 103.

24. Descartes, de B.A.O. Williams (Harmondsworth, 1978).

25. CW, V, p. 5.

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