Lenin. Socialista revolucionario

¿Por qué Lenin es todavía relevante? La mayoría de historiadores nos explican que Lenin y el leninismo fueron cosas negativas. De Lenin, se dice que gobernó de manera dictatorial su propio partido y, después, el Estado creado por la Revolución Rusa. Él fue responsable, nos explican, de la muerte de miles de personas y de la creación de una sociedad totalitaria. Stalin sencillamente siguió sus pasos. Está allá arriba, en un pedestal con Hitler y Saddam Hussein, como uno de los grandes tiranos de la historia moderna. En un libro recientemente editado y ampliamente publicitado, Martin Amis hizo un descanso de su habitual escritura de novelas sentimentales cargadas de sexo y violencia para desplegar sus vastos conocimientos sobre historia rusa, llegando a la conclusión de que Lenin y Trotsky “no sólo precedieron a Stalin. Crearon un estado policial funcionando perfectamente que después él utilizó.”(1)

IAN BIRCHALL (2006)

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La gente de izquierdas critica también a Lenin por reprimir la revuelta de los trabajadores de Kronstadt, por oponerse al movimiento anarquista independiente Ucraniano y destruir los comités de fábrica que surgieron tras la revolución.

El Lenin real era bastante más complejo. Evidentemente, cometió errores. Podía ser implacable —a favor de una causa, no por llenarse los bolsillos— y luchó incansablemente por todo aquello en que creía. Por encima de todo, jugó un papel clave para hacer posible la Revolución Rusa de octubre de 1917. La Revolución abría paso a la posibilidad —rápidamente ahogada por Stalin— de un mundo en el cual la producción se dirigiera a las necesidades humanas y no a la obtención de beneficios, un mundo en el cual aquellos que trabajan, no los que poseen, tomaran las decisiones; los seres humanos de todas las etnias y naciones cooperarían en vez de luchar, y a los niños se les enseñaría sobre la guerra y la pobreza en las clases de historia, dejándolos perplejos al pensar que tales atrocidades pasaron realmente.

El mundo actual es muy diferente del que Lenin conoció. Los primeros folletos de Lenin fueron escritos a mano; hoy, las ideas circulan por el planeta con la rapidez del clic de una tecla. Sin embargo, si volviera a la vida, Lenin reconocería enseguida algunas cosas: las guerras inacabables, las diferencias entre ricos y pobres que no paran de crecer, la represión estatal despiadada, el pillaje de las grandes corporaciones en los países pobres, la corrupción o la impotencia de los políticos que siguen la tendencia oficial.

Otro mundo es posible, y además necesario, si la humanidad quiere sobrevivir. Para conseguir el cambio necesitamos organización. Nuestros enemigos son poderosos, por lo que también debemos serlo nosotros.

El tema central de la vida de Lenin fue la necesidad de la organización. La manera de concebir esta organización varió mucho de una época a otra: no planteó nada semejante al mítico “partido leninista”. La obra de Lenin no es una compilación de libros de recetas, y el mejor leninista no es el que cita a Lenin con más frecuencia. Un análisis de la experiencia y de los triunfos de Lenin nos puede ayudar a entender sus métodos, y de esta manera facilitarnos el desarrollo de las formas de organización que necesitamos hoy en nuestras propias luchas.

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1. ¿CÓMO SE CONVIRTIÓ LENIN EN REVOLUCIONARIO?

Vladímir Uliánov, después conocido como Lenin, nació en el año 1870, hijo de un inspector de escuela. Rusia era, a la sazón, un vasto imperio en el cual la mayoría de la gente vivía y moría como campesinos analfabetos, condenados al desgaste físico y al hambre, conociendo poco más que su pueblo natal, a no ser que fueran enviados a luchar como soldados a la carnicería del frente. La servidumbre, que en la práctica convertía los campesinos en una posesión de los terratenientes locales, no fue abolida hasta el año 1861. El emperador —conocido como el Zar— gobernaba según su voluntad sin la intervención de ninguna institución parlamentaria. En esta época, la mayor fuerza de la izquierda eran los narodniks (populistas). Actualmente, se les denominaría “terroristas”. Eran básicamente estudiantes e intelectuales que creían que tenían la misión de liberar a los campesinos oprimidos. Sus métodos incluían el uso de bombas y el asesinato. Demostraron un gran coraje, pero su acción tuvo poco impacto. El hermano del mismo Lenin estuvo involucrado en estas acciones y murió en la horca en 1887.

Esto fue lo que convirtió a Lenin en revolucionario. Durante un tiempo buscó una estrategia para cambiar el mundo y al final se decantó por la obra de Karl Marx. Marx decía que el capitalismo explotaba a los obreros, que recibían mucho menos del valor de aquello que producían. Pero estos trabajadores explotados se convertirían, a través de una revolución que había de establecer una sociedad basada en la propiedad común, en los sepultureros del sistema. Los obreros, no los campesinos, eran la llave para el cambio social. Los campesinos que se deshacían del terrateniente podían dividir la tierra entre ellos, pero los obreros no podían dividir una fábrica: para ellos, sólo era posible una solución colectiva. Marx insistía en que los trabajadores no serían liberados por pequeños grupos de revolucionarios heroicos: “La emancipación de la clase trabajadora debe ser un acto de los mismos trabajadores.”

Para Lenin, los revolucionarios debían estar allá dónde estaban los trabajadores. En los inicios de la década de 1890 había pequeños círculos de estudio, constituidos por intelectuales, individuos decididos a adquirir conocimientos, pero todos ellos alejados de sus compañeros obreros. Lenin afirmaba que los socialistas se tenían que involucrar en luchas reales sobre salarios y condiciones de trabajo, por muy limitadas que parecieran. En su actividad inicial en San Petersburgo durante la década de 1890, Lenin decía que la tarea más importante en aquel momento era entrenar agitadores. Su propia actividad incluía el estudio de las condiciones en las fábricas y la elaboración de folletos que después se hacían circular entre los obreros. El año 1899 publicó un libro, ‘El desarrollo del capitalismo en Rusia’. Era el fruto de un trabajo de investigación de tres años, hecho desde la prisión y el exilio. Estaba lleno de detalles y tablas estadísticas, pero el punto básico era sencillo: Rusia era todavía, mayoritariamente, un país campesino, pero la industria moderna estaba creciendo, y con esta, la clase trabajadora. Los narodniks estaban equivocados: el futuro de Rusia estaba en manos de la clase trabajadora.

Este desarrollo tenía dos vertientes. Hombres y mujeres eran brutalmente explotados, pero la industria los sacaba de su ignorancia y del aislamiento del campo, introduciéndolos en fábricas dónde la sublevación colectiva era posible. No se podía volver a una época dorada de vida campesina pre-industrial: “Sólo se debe ver la increíble fragmentación de los pequeños productores […] para convencerse del progresismo del capitalismo, que está destruyendo las antiguas formas de vida y economía desde sus fundamentos”.(2)

En la fábrica, decía Lenin, los obreros empezaban a desarrollar una conciencia socialista: “A la fuerza, con cada huelga deben venir a la cabeza de los trabajadores pensamientos socialistas”.(3)

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2. BOLCHEVISMO: ¿QUÉ HACER?

El año 1898, un congreso en Minsk con sólo nueve delegados fundó el Partido Obrero Socialdemócrata Ruso (POSDR). Lenin no estaba; había sido desterrado a Siberia debido a sus actividades revolucionarias. Bajo el régimen zarista, las actividades socialistas eran ilegales o semilegales. Pocos revolucionarios disfrutaban de más de un año de libertad antes de ser arrestados y encarcelados en Siberia. Entre 1900 y 1905, Lenin se exilió en Londres, Múnich y Ginebra. El 1902 publicó ‘¿Qué hacer?’, exponiendo sus pensamientos sobre la organización. Muchos críticos de Lenin, y también algunos de sus defensores, usan este libro como una afirmación de sus puntos de vista sobre cómo debería ser una organización revolucionaria en cualquier momento y parte del mundo. Esto no tiene sentido. Lenin escribió el libro pensando en unas determinadas circunstancias; ‘¿Qué hacer?’ es un documento histórico, no una fórmula universal. Aun así, el libro contiene argumentos importantes que todavía son relevantes hoy.

Unos cuantos años antes, Lenin había afirmado que la actividad de los sindicatos dirigía a los trabajadores para alcanzar el socialismo. Ahora decía lo contrario: “El sindicalismo significa la esclavitud ideológica de los trabajadores en manos de la burguesía”.(4) Esto era una gran exageración, pero Lenin quería decir que los sindicatos existían para mejorar las condiciones de los trabajadores dentro del capitalismo, no para deshacerse del sistema.

El objetivo del partido revolucionario era luchar por el socialismo, y el sindicalismo era un medio para conseguir este fin, pero no un fin en sí mismo. Las ideas socialistas no se podían desarrollar automáticamente. Los más grandes pensadores socialistas, de Marx a Engels hasta el mismo Lenin, no habían sido obreros. Los obreros de las fábricas, que a menudo trabajaban once horas diarias, a duras penas tenían tiempo libre para leer, y todavía menos para escribir. En este contexto escribió Lenin la afirmación siguiente, con frecuencia citada fuera de contexto: “La conciencia política de clase sólo se puede traer a los obreros desde fuera, o sea, desde fuera de la lucha económica y de la esfera de relaciones entre trabajadores y patrones”.(5)

Lenin seguía indagando, y se preguntaba por qué las ideas burguesas dominaban en la sociedad. La respuesta a su propia pregunta era: “Por la simple razón de que la ideología burguesa es mucho más antigua por su origen que la ideología socialista, porque su elaboración es más completa; porque posee medios de difusión incomparablemente más poderosos”.(6) ¿Qué diría ahora si pudiera ver los mass media modernos?

Los trabajadores no desarrollarían “espontáneamente” ideas socialistas. El orden existente tenía medios poderosos para defenderse. Los socialistas necesitaban armas igualmente poderosas para luchar por una alternativa.

Un aspecto vital respeto a este punto era el surgimiento de un periódico socialista. La última sección de ‘¿Qué hacer?’ reclamaba la creación de un periódico que cubriera todo el territorio ruso. Para Lenin, la publicación debía ser también un medio de organización colectiva. El mencionado periódico tendría la necesidad de contar con una “red de agentes”, un equipo disciplinado y bien organizado de personas. Tal actividad “fortalecería nuestros contactos con la capa más importante de las masas trabajadoras”.(7)

Diarios como Iskra (“Chispa”) (a cuya junta editorial pertenecía Lenin) se imprimían en el extranjero y se introducían de contrabando en el país, o se producían clandestinamente en imprentas ilegales, en sótanos.

Lenin afirmaba que el partido no tenía que estar abierto a todos los que, de manera genérica, simpatizara con sus ideas, sino que debía ser una organización de revolucionarios profesionales, preparados para dedicar todas sus energías a la lucha y actuar de manera disciplinada. Tal y como indicó, en las condiciones represivas imperantes en Rusia, “una amplia organización obrera […] supuestamente más accesible a las masas” simplemente hacía a “los revolucionarios más accesibles a la policía”.(8)

En ¿Qué hacer?, Lenin ponía el énfasis en la necesidad de tener una organización centralizada: “una organización estable, centralizada y militante de revolucionarios”.(9)

Sólo una organización centralizada podía hacer frente a la amenaza de la policía política y trabajar en un periódico nacional que planteara las mismas cuestiones en todas las áreas. El socialismo ruso estuvo marcado por un debate vigoroso a lo largo de toda su historia, pero una vez que se tomaba una decisión, todos la debían poner en práctica. Las políticas podían entonces ser probadas en la práctica y, si era necesario, corregidas.

Este era el principio que se acabó conociendo como “centralismo democrático”. Esta idea no tiene ningún misterio. Existe en cualquiera forma de organización en la cual las personas se unen para conseguir un objetivo y no sólo para debatir.

El año siguiente a la publicación de ¿Qué hacer?, en 1903, el POSDR se escindió. El movimiento socialista había sufrido demasiadas escisiones. Aún hoy hay quien cree que practicando escisiones de forma repetida está demostrando su leninismo. Pero detrás de aquello había una cuestión importante. Lenin quería personas que trabajaran según la disciplina del partido, no que se limitaran a expresar su acuerdo con éste. La escisión final surgió en torno a una cuestión organizativa menor, pero reflejaba importantes diferencias. Los seguidores de Lenin obtuvieron mayoría y pasaron a denominarse bolcheviques (de la palabra rusa “mayoría”), mientras el sector derrotado pasó a denominarse mencheviques (“minoría”). Esto era sólo el principio de la escisión; muchas organizaciones locales permanecieron unidas durante los hechos de 1905. Hubo varios intentos de reunificación y la separación definitiva no se produjo hasta 1912.

Los principios organizativos de Lenin sirvieron para mantener a los bolcheviques unidos durante un periodo difícil. Pero pronto el curso de la lucha haría necesario un tipo de organización completamente diferente.

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3. EL GOBIERNO PROVISIONAL DE 1905

El enero de 1905 una gran manifestación en San Petersburgo, dirigida por un cura, el padre Gapón, fue tiroteada por el ejército. Centenares de personas murieron. Se abría un nuevo periodo; las ideas de ‘¿Qué hacer?’ quedaron olvidadas. Ahora el partido debía ocuparse de impulsar el movimiento en contra del Estado zarista, y para hacer esto se necesitaba, más que un pequeño grupo de revolucionarios, tantos activistas militantes de la clase trabajadora como fuera posible.

En una carta escrita el mes siguiente, Lenin pedía a los bolcheviques que “reclutaran a personas jóvenes ampliamente y sin miedo […] Estamos en tiempo de guerra. Los jóvenes —los estudiantes, y todavía más los trabajadores— decidirán el devenir de toda esta lucha”.(10)

En septiembre de 1905, los impresores de San Petersburgo iniciaron una huelga, pidiendo cambios en el pago de su trabajo: querían que se les pagaran los signos de puntuación. La acción se extendió rápidamente hasta acabar en una huelga general. Los puestos de trabajo en huelga enviaron delegados a un comité central de huelga conocido como soviet (palabra rusa que significa “consejo”): se trataba de una nueva forma de organización. Después de unas semanas, el soviet tenía 562 delegados, que representaban a 200.000 trabajadores. Se convirtió en un cuerpo político para defender los intereses de la clase trabajadora. Los viejos prejuicios desaparecieron: aunque el antisemitismo era algo vigente y extendido, los obreros escogieron a un joven judío como líder principal del soviet. Se llamaba León Trotsky.

Los años anteriores de actividad clandestina habían hecho aparecer hábitos conservadores y sectarios entre los activistas bolcheviques, y no fue fácil adaptarse a la nueva situación. Para empezar, muchos bolcheviques de San Petersburgo desconfiaban de los soviets, pero en Moscú y en todas las otras ciudades los bolcheviques jugaban un papel clave en estos organismos. Lenin entendió que el partido se encontraba en una situación totalmente nueva. Inmediatamente, viajó a San Petersburgo con un pasaporte falso. Afirmaba que el partido tenía que estar arraigado entre los obreros revolucionarios, entre todos aquellos que quisieran luchar. Por ejemplo, a los obreros cristianos se les debía permitir unirse al partido. Lenin decía que aquellos que querían luchar y tenían creencias religiosas eran “inconsistentes”. Él creía que “la lucha real, el trabajo con las bases, convencerá a todos los elementos con vitalidad de que el marxismo es la verdad, y apartará a todos aquellos sin vitalidad”.(11)

Una cosa que diferenciaba a los bolcheviques de otras corrientes políticas era la insistencia en que los trabajadores debían estar armados. Lenin explicaba cómo había participado en una discusión con unos cuántos liberales, y uno de ellos dijo: “Imagínese que hay un animal salvaje delante nuestro, un león, y nosotros somos dos esclavos a quienes han lanzado a su jaula. ¿Sería adecuado empezar una discusión? ¿No es nuestro deber unirnos para luchar contra el enemigo común?” Lenin contestó: “Pero qué pasa si uno de los esclavos aconseja obtener armas y atacar al león, mientras el otro, en plena lucha, ve un rótulo que dice “Constitución” colgado del cuello del león, y empieza a gritar: “Me opongo a la violencia, tanto desde la derecha como desde de la izquierda?”.(12)

Todas las revoluciones son sorpresas. El desafío para los revolucionarios no es predecir las explosiones sociales, sino encontrar maneras de responder a las nuevas situaciones. Para poder sobrevivir en periodos sin demasiado movimiento, los partidos revolucionarios necesitan organización, disciplina y rutina. Pero estas cualidades se pueden convertir en obstáculos en un periodo de cambios rápidos. Antes de 1905 los bolcheviques eran una pequeña minoría que intentaba llevar las ideas socialistas a los trabajadores. En 1905 su tarea cambió radicalmente: entonces tenían que escuchar a los obreros y aprender de ellos cómo se podía impulsar el movimiento hacia adelante. Pese a algunos errores, la acción de los bolcheviques en 1905 impulsó al partido y la afiliación se disparó en los dos años siguientes, llegando a los 40.000 miembros. Una nueva generación de militantes tendría que jugar un papel clave en las luchas que vinieron a continuación.

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4.  MANTENIENDO EL PARTIDO UNIDO

El zar recuperó el poder y Lenin se vio forzado a marchar a Finlandia, y más tarde, a finales de 1907, se trasladó a Suiza. Había entre los trabajadores una intensa pérdida de confianza. En lugar de manifestaciones masivas ahora había pequeños grupos que discutían sobre las lecciones que podían aportar las experiencias vividas. Precisamente porque el Partido bolchevique se había arraigado en la clase trabajadora no fue inmune a la desmoralización. En el año 1907 los bolcheviques contaban con 40.000 miembros. En 1910, se habían reducido hasta unos cuantos centenares.

Lenin sabía que la mala época no duraría demasiado: tarde o temprano, el capitalismo fuerza a los trabajadores a luchar. La tarea del partido, en aquel momento, debía ser la de mantenerse unido y prepararse para la próxima oleada del movimiento. Como sabe cualquier forofo al ciclismo, no tiene sentido llegar al punto más alto de una montaña si luego no sabes cómo bajar por el otro lado. La supervivencia de grupos locales, aunque pequeños, significaba que el partido sería capaz de responder a la recuperación cuando ésta tuviera lugar.

Lenin era una persona particularmente decidida y concentrada en su causa. Comparado con Marx y Engels, o con Trotsky, da la impresión de ser un individuo de mentalidad muy estrecha. Sus escritos muestran poco interés en el amplio abanico de temas culturales, literarios y científicos que trataron ellos. Lenin se apartó deliberadamente de toda experiencia cultural. Gorki recordaba una vez que Lenin había oído una pieza de Beethoven y después había dicho que la música era tan espléndida que le venían ganas de dar palmaditas en la espalda de la gente, “cuando en realidad se les debería dar una bastonazo”.(13)

Se concentró obsesivamente en la construcción del partido, mientras otros revolucionarios intentaban encontrar atajos. Gorki fue amigo de Lenin; se había unido a los bolcheviques en 1905 y había retratado magníficamente el movimiento revolucionario en su novela La Madre (1906). El 1909, Gorki organizó una escuela educacional a la cual asistieron sólo 13 activistas rusos. Lenin rehusó participar por diferencias filosóficas con Gorki. Cuando cinco estudiantes y un organizador discutieron con Gorki y se marcharon, Lenin los invitó inmediatamente a encontrarse con él en París: cada individuo para él era muy valioso.

Algunos bolcheviques abandonaron la ardua tarea de construir el partido y se dedicaron a alimentar ideas místicas, hablando de la construcción “de un dios”. Lenin atacó estas ideas. En tiempos de escasez de miembros era importante que la base filosófica del marxismo estuviera muy clara. Había, también, discusiones para decidir las tácticas. El zar había instaurado un falso parlamento, la Duma, que no tenía ningún poder real. El sistema de voto estaba articulado de forma que el voto de un terrateniente valía lo mismo que 45 votos de trabajadores. Pero había oportunidades para los candidatos obreros de ser elegidos. Algunos bolcheviques, como Bogdánov, el autor de la espléndida novela de ciencia ficción ‘Estrella Roja’, decían que el partido no debería tener nada a ver con la Duma. Lenin se oponía ferozmente a esta opinión. Los bolcheviques debían utilizar la Duma para la propaganda y la agitación. Uno de sus diputados, Bádeyev, escribió: “utilizábamos el estrado para hablar a las masas, por encima de las cabezas de los parlamentarios de diferentes tonos políticos”.(14) Después, los diputados bolcheviques salían del falso parlamento e iban a apoyar las huelgas y a participar en las manifestaciones por las calles de la ciudad.

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5. 1912: UN PERIÓDICO DE LOS TRABAJADORES

En 1911, tras las grandes manifestaciones de estudiantes de 1910, el número de huelgas creció en Rusia rápidamente. El movimiento de la clase trabajadora, adormecido desde hacía unos cuántos años, se despertaba de nuevo.

Los bolcheviques decidieron lanzar un periódico. En vez de seguir en la línea de los pequeños periódicos que habían editado con anterioridad, a menudo dedicados a polémicas más o menos oscuras contra otros socialistas, el nuevo periódico debía dirigirse a los trabajadores y hablar de los problemas reales en sus vidas. El periódico Pravda (“verdad” en ruso) apareció en abril de 1912, con el ánimo de contrarrestar las mentiras del gobierno.

No podía haber aparecido en mejor momento. Algo antes, durante aquel mismo mes, los huelguistas de las minas de oro que había cerca del río Lena habían sido atacados por la policía y centenares murieron o resultaron heridos. Una oleada de huelgas se extendió por Rusia. Durante años, los bolcheviques se habían organizado en secreto. Este hábito, absolutamente necesario para protegerse de la policía, debía dejarse atrás rápidamente. Los revolucionarios se habían acostumbrado a nadar contracorriente pero ahora tenían que aprender a nadar siguiendo la corriente.

El periódico se imprimía en Rusia y se vendía abiertamente en fábricas y calles. El régimen zarista no podía deshacerse del periódico, pero lo perseguía y lo amenazaba constantemente. Los activistas se inventaron todo tipo de estratagemas para engañar a las autoridades. A veces el periódico se prohibía e inmediatamente reaparecía con un nombre diferente; por ejemplo, Verdad del Norte.

Para Lenin era vital que el periódico sirviera como organizador. Pravda asignó una serie de corresponsales-obreros que proporcionaban información sobre sus puestos de trabajo, sus problemas y sus luchas. El periódico permitía que los lectores aislados aprendieran de las experiencias de toda la clase trabajadora.

El dinero era una cuestión política. El periódico estaba financiado por los lectores. Muchos trabajadores vivían en condiciones de pobreza, pero Lenin decía que se les había de animar a contribuir como mínimo con un kopek (la centésima parte de un rublo) cada día de paga. Lenin no habría despreciado un contribuyente rico, pero las contribuciones regulares de los trabajadores eran más importantes. Gracias a ellas, los trabajadores veían en Pravda a su periódico, que dejaría de existir sin su apoyo.

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6. GUERRA Y ZIMMERWALD

En 1914 estalló la guerra entre las mayores potencias europeas: Gran Bretaña, Francia, Rusia, Alemania y Austria. Esta posibilidad se había discutido ampliamente en el movimiento obrero. En 1910 y 1912, habían surgido resoluciones en conferencias de la Segunda Internacional (en la cual se integraban todos los partidos socialistas europeos) que orientaban a los socialistas a actuar con decisión para prevenir la guerra.

Pero en agosto de 1914, sólo los partidos socialistas de Rusia y de los países balcánicos se oponían a la guerra. En los otros países, los partidos y los sindicatos que antes habían mantenido posiciones anti-guerra ahora apoyaban el esfuerzo bélico nacional. En Gran Bretaña y en Francia, los líderes socialistas dieron respaldo al gobierno, animando a sus compañeros trabajadores a ir a morir a las trincheras. Pequeños grupos militares se oponían a la guerra, arriesgándose a la represión estatal y a sufrir la ira de un público entregado a la guerra. Para aquellos que se oponían, fue un verdadero golpe encontrarse, de pronto, totalmente aislados.

Al inicio, Lenin no creyó los informes sobre la traición de las organizaciones socialistas. Pero pronto, al darse cuenta de que eran ciertos, intentó movilizar y unir las minúsculas fuerzas de los grupos anti-guerra. Al mismo tiempo, se sumergía en la lectura de tratados filosóficos, especialmente en la obra del filósofo alemán Hegel, que había inspirado al joven Marx.

Lo que Lenin aprendió de Hegel fue que cada situación se debía considerar como un todo interconectado, un todo lleno de contradicciones que hacían posibles cambios rápidos y repentinos. Describió las características principales del método hegeliano como “el salto. La contradicción. La interrupción de la gradualidad.”(15) Con Lenin, la filosofía siempre conducía otra vez a la acción.

En septiembre de 1915, una pequeña conferencia anti-guerra tuvo lugar en Zimmerwald, Suiza. Entre todos los delegados asistentes no ocuparon más de cuatro coches de caballos: eran los únicos que quedaban de la Segunda Internacional, que había llegado a representar a millones de trabajadores.

Lenin creía que había dos tareas principales. El movimiento requería unidad, pero también claridad. Algunos de los presentes en Zimmerwald creían que era posible acabar con la guerra sin un desafío revolucionario al capitalismo y que la poco fiable Segunda Internacional se podía hacer revivir. Para Lenin, la única manera de avanzar era rompiendo completamente con la Segunda Internacional y destruyendo el viejo orden que había producido la guerra.

Preocupado porque no se rompiera el movimiento anti-guerra que apenas nacía, Lenin votó a favor de la resolución principal, que describió como “un paso adelante hacia la lucha real contra el oportunismo”.(16) Él y cinco asistentes más firmaron un documento dejando claras sus reservas respeto a la posición mayoritaria.

Lenin afirmaba que, en Rusia, los trabajadores debían entender que “la derrota de la monarquía zarista […] es el mal menor.”(17) Para los socialistas, la clase era más importante que la nación: su objetivo principal debía ser atacar a la propia clase dirigente. En palabras de un contemporáneo de Lenin, el socialista anti-guerra alemán Liebknecht, “el mayor enemigo está en casa.” Pero Lenin fue incapaz de convencer incluso a los miembros de su propio partido de una posición tan radical.

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7. IMPERIALISMO

A lo largo de la guerra, Lenin continuaba insistiendo en la necesidad de percibir las cosas con mayor claridad. En 1916 escribió un libro breve, que tituló ‘Imperialismo’, analizando las causas de la guerra, con la intención de oponerse de una manera más efectiva.

Marx ya había demostrado que el capitalismo se basaba en la competición. Todas las empresas capitalistas necesitan luchar para superar a sus rivales, producir de una manera más barata y vender en mercados más grandes. Aun así, lejos de ser un principio eterno, como afirman los defensores del capitalismo, la competición produce lo contrario: los monopolios. Las empresas más competitivas desplazan a las empresas rivales del mercado y se apoderan de sus activos, o se fusionan con ellas para formar empresas más eficientes en la obtención de beneficios. El mundo acaba, así, dominado por grandes compañías.

En particular, Lenin observó que al hacerse más grandes, las empresas capitalistas necesitaban más materias primas y mercados más grandes en los que vender. No podían existir dentro de las fronteras nacionales y estaban siempre expandiéndose para abarcar el resto del mundo. En el último cuarto del siglo XIX, los poderes imperiales europeos colonizaron buena parte de África, imponiendo sus gobiernos a las civilizaciones nativas. Esta era la lógica del sistema; un capitalismo más humano no era posible. Lenin escribió: “El capitalismo divide el mundo; no por ningún plan malévolo definido, sino porque el grado de concentración al cual se ha llegado le fuerza a adoptar este método para obtener beneficios.”(18)

Algunos pensadores de la Segunda Internacional, como Karl Kautsky, habían afirmado que al desarrollarse, el capitalismo reducía la tendencia a la guerra. Este mito todavía circula hoy. Hay quien cree que la globalización puede acabar con la guerra. Lenin sostenía que las guerras continuarían siendo recurrentes mientras el capitalismo existiera. Hoy, el capitalismo es más multinacional que nunca, pero esto no quiere decir que las relaciones entre las grandes superpotencias sean más armoniosas; al contrario: la competición y el conflicto son más intensos.

Muchas cosas han cambiado desde la época de Lenin. El colonialismo prácticamente ha desaparecido, pero el imperialismo, en general, explota a los países del Tercero Mundo con suficiente eficiencia y sin necesidad de gobernarlos. Pero, en el punto esencial, se ha probado que Lenin tenía razón: los periodos de cooperación internacional sólo son interludios. “Las alianzas pacíficas preparan el terreno para las guerras; las mismas alianzas, en su día, surgieron de las guerras,” escribió.(19) El capitalismo todavía nos conduce a la guerra, tal y como podemos ver cada día en las noticias.

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8. 1917: REVISANDO PERSPECTIVAS

El enero de 1917 Lenin asistió a un mitin en Zúrich, donde afirmó: “Nosotros, los de la vieja generación, quizás no viviremos para ver las batallas decisivas de la revolución que viene”.(20) Muy pronto lo sorprenderían los hechos.

Rusia, con su economía subdesarrollada, estaba sufriendo mucho más que otras naciones. En febrero de 1917 las trabajadoras textiles de Petrogrado (cómo pasó a conocerse Petersburgo) iniciaron una huelga, aun cuando los bolcheviques habían aconsejado evitar las huelgas en aquel momento. El movimiento de los trabajadores se estaba adelantando al partido. Las huelgas se extendieron, y una semana más tarde el Zar huía del país. Se formó un gobierno provisional, que prometió establecer el sufragio universal y una constitución. Durante las huelgas, los trabajadores habían hecho revivir las organizaciones de 1905, los soviets.

Lenin, que todavía estaba en Suiza, entendió que se estaba abriendo una nueva fase histórica. Hacía casi diez años que no pisaba Rusia, pero en aquel momento decidió volver. Ideó un plan en el cual se hizo pasar por sueco, aun cuando no hablaba ni una palabra de la lengua de aquel país. Así, el gobierno alemán accedió a dejarlo atravesar Alemania en tren. En abril llegó a Petrogrado y, encontrándose con una situación inesperada, reconsideró todas las ideas fundamentales sobre la que se basaba su estrategia política. Hasta entonces, Lenin siempre había sostenido que Rusia no estaba preparada para una revolución socialista. Como no existía una democracia parlamentaria en el país, creía que Rusia necesitaba una revolución democrática como la Gran Revolución Francesa de 1789 (que los marxistas denominaban “revolución burguesa”).

No obstante, Trotsky afirmaba que Rusia podía encaminarse directamente hacia una revolución socialista. Había desarrollado la teoría de la revolución “permanente”, que sugería que una revolución en Rusia podría llegar a otorgar el poder a la clase trabajadora, siempre que la revolución se extendiera rápidamente a otros países. Los bolcheviques consideraban a Trotsky un hereje. Ahora Lenin defendía una posición similar a la suya: afirmaba que era posible que los bolcheviques se hicieran directamente con el poder en un futuro próximo. Los miembros de su propio partido estaban consternados, y lo primero que se debía hacer era convencerlos.

Lenin necesitaba también una estrategia para el campesinado. La clase trabajadora era insignificante comparada con la enorme población campesina. Una revuelta masiva de los campesinos se desató al poco de iniciarse la Revolución de Febrero. Lenin se dio cuenta de que era necesario vincular este movimiento con la lucha de los obreros en las ciudades. Esto significaba apoyar la demanda de los campesinos de una división igualitaria de la tierra entre aquellos que la trabajaban. Los bolcheviques adoptaron entonces el antiguo programa de los socialistas revolucionarios (los sucesores de los narodniks) a este respecto.

Los ejércitos, principalmente compuesto por campesinos, querían la paz. Durante 1917 más de un millón de soldados desertaron. Los campesinos querían tener la propiedad de sus tierras. Los obreros de las ciudades querían alimentos. La consigna de los bolcheviques fue: “Paz, tierra y pan”.

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9. PODER DUAL

La revolución empezó espontáneamente, pero no podía acabar del mismo modo. Algunos trabajadores eran más combativos que otros, y la vieja clase dirigente aprovechaba ávidamente estas divisiones. El partido debía luchar por los intereses de la clase en su conjunto. Como escribió Víctor Serge, “el partido es el sistema nervioso de la clase trabajadora, su cerebro”.(21)

Lenin afrontaba una doble tarea durante este periodo. Había que vinculase al partido y animarlo a incrementar su influencia, pero al mismo tiempo éste debía dirigir su atención a las masas de trabajadores no afiliados al partido, porque sin ellos no habría revolución. El partido había podido crecer porque los trabajadores recordaban el papel que había tenido en luchas anteriores. Pero, al estar el partido fuertemente arraigado entre los trabajadores, se movía y divergía entre diferentes tendencias dentro de la clase: Lenin debía decidir qué tendencias aprobar y cuáles desaprobar.

El primer paso de Lenin fue conseguir poner el partido en condiciones para poder afrontar la lucha. Como en 1905, el objetivo era atraer al mayor número posible de los mejores militantes. El partido creció así rápidamente. A principios de año tenía unos 4.000 miembros, y al final del año llegaba quizás a los 250.000. En la ciudad de Ivanovo-Voznesensk, la afiliación pasó de diez personas a más de 5.000 en pocos meses.

Los bolcheviques no constituían una organización burocrática en la cual todo el mundo obedecía órdenes. En la primavera de 1917 las oficinas del partido eran dos pequeñas habitaciones, y el personal de secretaría, unas seis personas. A menudo la actividad era caótica: los miembros debían tomar la iniciativa, más que esperar a recibir órdenes.

Hacia el mes de mayo, Trotsky volvió a Rusia. Durante los 15 años anteriores Lenin y Trotsky se habían dirigido el uno al otro con comentarios más bien crueles, pero con la revolución cada vez más cerca estas disputas habían pasado a ser irrelevantes. Lenin sabía cuando escindirse, pero también cuando unirse para hacer frente común. Durante el verano, Trotsky y sus seguidores se unieron a los bolcheviques, y casi inmediatamente, Trotsky fue elegido miembro del Comité Central del Partido.

Incluso el Partido bolchevique, que crecía rápidamente, necesitaba aliados. Había pocas esperanzas respecto a los mencheviques, que creían que el poder debía permanecer en manos de la burguesía, y que constantemente vacilaban cuando el apoyo del que disfrutaban disminuía. Pero los socialistas revolucionarios estaban cada vez más divididos respecto a su actitud hacia el Gobierno Provisional, y su ala izquierda se aproximó a los bolcheviques.

La situación tenía un equilibrio precario. Lenin se refirió a él diciendo que había un “poder dual”.(22) No había una autoridad única que controlara la sociedad. El Gobierno Provisional no tenía ninguna intención de desafiar el poder económico de los capitalistas. En los puestos de trabajo y las localidades, los soviets dirigían las cosas con eficiencia. En algunas fábricas, los obreros habían puesto a los directivos en carretillas y los habían transportado hasta las puertas de la fábrica como muestra de su poder.

El partido debía luchar por sus ideas en las organizaciones de la clase, ya que en los soviets había seguidores de todos los partidos. Lenin remarcó la importancia de explicar pacientemente la posición de los bolcheviques: debían usar la “persuasión de la camaradería” y descartar la “orgía prevaleciente de charlatanería revolucionaria”.23 No fue hasta finales de agosto que los bolcheviques consiguieron ser mayoría en el soviet de Petrogrado, una de sus áreas más fuertes.

Durante el verano, Lenin y los bolcheviques tuvieron que afrontar dos pruebas difíciles. En julio, una gran manifestación de obreros en Petrogrado pedía que los soviets tomaran el poder inmediatamente. Los bolcheviques sostenían que para dar este paso se tenía aún que esperar: si los obreros más militantes derrocaban el gobierno por su cuenta, no serían lo suficientemente fuertes para mantenerse en el poder. Se necesitaba más tiempo para que todos los obreros estuvieran a punto.

Tras este acontecimiento, un oficial del ejército de derechas llamado Kornilov intentó dar un golpe de estado para derrocar al Gobierno Provisional y restablecer un régimen autoritario. Los bolcheviques movilizaron a miles de trabajadores para defender Petrogrado. Los obreros del ferrocarril arrancaron vías y desviaron trenes, mientras otros trabajadores fraternizaban con los soldados de Kornilov. Sus tropas se negaron a atacar Petrogrado, y Kornilov fue arrestado. Lenin dejó claro que los bolcheviques actuaban contra Kornilov, pero en ningún caso en apoyo del Gobierno Provisional. De hecho, estos acontecimientos debilitaron al Gobierno y reforzaron considerablemente la credibilidad de los bolcheviques.

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10. ESTADO Y REVOLUCIÓN

Para Lenin la teoría y la práctica iban siempre juntas. Ocuparse de las ideas era inútil a no ser que condujeran a la acción. Pero la actividad más entusiasta era absurda si no la guiaba una comprensión de los cambios de la sociedad.

En julio, Lenin pasó a la clandestinidad. Aprovechó la paz relativa de aquellas pocas semanas para escribir su libro más importante, El Estado y la revolución (si sólo lees un libro de Lenin, que sea éste.) Cuando fue publicado causó consternación entre muchos marxistas “ortodoxos”, aún cuando los anarquistas lo valoraron muy positivamente. Sobre la cuestión del Estado, Lenin llegó hasta el fondo del argumento que aborda qué es el socialismo. Los oponentes del socialismo (y muchos de sus seguidores) han identificado el socialismo con la propiedad estatal. Hay sociedades que han sido descritas como “socialistas” sólo porque grandes partes de su economía estaban nacionalizadas. Lenin puso en entredicho este punto de vista vigorosamente. Él sostenía que en una sociedad dividida en clases, el Estado es un órgano de represión de una clase sobre otra”.(24) Esto engloba todo el cuerpo de instituciones represivas que se utilizan para prevenir que los habitantes de una nación desafíen la estructura de propiedad existente y las formas de explotación vigentes: El estado “consiste en cuerpos especiales de hombres armados que tienen prisiones, etc., bajo sus órdenes”.(25) Estas instituciones no son neutrales. La ley no trata del mismo modo a los ricos y a los pobres: está diseñada para defender a los ricos y los poderosos. Lenin seguía a Marx, que escribió en su Manifiesto Comunista: “El ejecutivo del Estado moderno no es nada más que un comité para gestionar los asuntos comunes de toda la burguesía.” O sea que los socialistas, decía Lenin, no podían tomar el Estado desde dentro, utilizando las instituciones existentes. Descartó el parlamento, diciendo que era “una corte de cerdos”, y que sólo servía “para decidir una vez cada pocos años qué miembro de la clase dirigente queremos que someta y reprima al pueblo a través del parlamento”.(26) Lo que distingue los revolucionarios de los reformistas, escribió, es el hecho de que los primeros creen que se debe destruir la maquinaria del Estado.(27) Para hacer esto se necesitaba una “revolución violenta”.(28)

Aun así, ¿qué debía sustituir al Estado? Los anarquistas pensaban que el Estado existente se podía abolir y que una sociedad libre y sin Estado se establecería inmediatamente. Lenin creía que, desafortunadamente, esto no era posible. Si la clase trabajadora lograba el control de la sociedad, las otras clases lucharían despiadadamente por recuperar sus privilegios. La clase trabajadora necesitaría un estado propio para resistir la contrarrevolución. Lenin lo denominó “la dictadura del proletariado”.(29) Sería más sencillo denominarlo simplemente “poder de la clase trabajadora”.

Finalmente, decía Lenin, la sociedad se podía reorganizar y la riqueza, redistribuirse. El derroche capitalista se sustituiría por una producción más efectiva y dirigida a satisfacer las necesidades humanas. Las viejas clases desaparecerían y todo el mundo sería al mismo tiempo un trabajador -haciendo una tarea útil a la sociedad- y un gobernante que participaría en el proceso democrático de decidir cómo hacer uso de los recursos de la sociedad. El Estado devendría innecesario y se iría “marchitando”.(30) Lenin sintetizó este argumento con las siguientes palabras: “Mientras haya Estado no hay libertad. Cuando haya libertad, no habrá Estado”.(31) El objetivo de Lenin era el mismo que el de los anarquistas, pero él pensaba que el camino para llegar sería más complejo.

Lenin recurrió a muchos ejemplos históricos. En particular se referí a la Comuna de París de 1871, cuando la clase trabajadora tomó la ciudad y la gobernó durante diez semanas, antes de que fuera masacrada por las tropas desde fuera. Todos los miembros del gobierno de los trabajadores recibían la paga de un trabajador medio, y aquellos que los habían elegido podían decidir retirarlos en cualquier momento: la misma forma de democracia que en los soviets. Antes de 1917, éste era el único ejemplo de trabajadores que habían tomado el poder en la sociedad, aunque de manera breve, y era importante aprender sobre aquel acontecimiento.

‘El Estado y la revolución’ no se llegó a acabar nunca: Lenin tuvo que volver a la actividad. Como dejó escrito en las conclusiones, “es mucho más agradable y provechoso vivir ‘la experiencia de la revolución’ que escribir acerca de ella”.(32)

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11. ESCOGER EL MOMENTO DE LA INSURRECCIÓN

En el verano de 1917 Lenin se opuso a aquellos que querían tomar el poder prematuramente. Pero en otoño, la situación estaba a punto de madurar hasta el punto necesario. Era vital que los revolucionarios aprovecharan sus oportunidades antes de que fuera demasiado tarde. En cada artículo que escribía, Lenin recalcaba que no había tiempo que perder, que era necesario preparar la insurrección inmediatamente. En octubre escribió al comité central, insistiendo en que “esperar sería un crimen”.(33) En las calles, el sentimiento predominante era el de expectación: los trabajadores leían los artículos de Lenin, como “La crisis ha madurado”,(34) y sabían que el cambio era inminente, pero necesitaban una fuerza centralizadora que hiciera posible una acción conjunta.

Dos miembros del comité central, Zinoviev y Kamenev, se opusieron a los planes de Lenin, y escribieron un artículo criticándolo en un diario no bolchevique. Esto podía haber hecho que se tambalearan todos los planes. Pero al contario del mito que sostiene que Lenin era un tirano implacable, no pudo convencer al comité central para que los expulsaran del partido.

En Petrogrado se constituyó un comité militar, que dirigía Trotsky. Entre sus 60 miembros, había 48 bolcheviques, unos cuántos socialistas revolucionarios de izquierda, y cuatro anarquistas.

Lenin, que a lo largo de toda su vida se dedicó a la tarea de construir el partido, creía que era el partido mismo el que debía hacer el llamamiento a la insurrección. Trotsky, que tenía más experiencia en los soviets que Lenin, tuvo que persuadirle de que el apoyo únicamente del partido no era lo suficientemente amplio, y que el llamamiento debería venir de los soviets. Lenin no era un tirano: era su voluntad de aprender la que lo hizo un gran líder.

Al contrario que el Zar, que envió millones de hombres a morir a la guerra, Lenin no dilapidó las vidas de sus seguidores. Como los revolucionarios estaban decididos y demostraron que utilizarían cualquier fuerza a su disposición, el número de bajas en Petrogrado fue muy pequeño. Diez años después, el gran director Eisenstein rodó una película sobre la Revolución de Octubre. Se dice que murió más gente durante el rodaje que en la insurrección real de Petrogrado.

En un día el Gobierno Provisional se desmoronará y los bolcheviques obtendrán el poder. A diferencia de lo ocurrido en Petrogrado, en todos los otros lugares, sobre todo en Moscú, la resistencia fue más enconada y se produjeron más víctimas. El día tras la revuelta, Lenin declaró al soviet de Petrogrado: “Ahora nos debemos poner a trabajar para construir un estado socialista proletario en Rusia”.(35)

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12. LOS FRUTOS DE LA VICTORIA

Se formó una nueva estructura estatal, basada en los soviets. Lenin se convirtió en la cabeza del nuevo gobierno. Aún cuando a menudo se le acusa de codiciar el poder, la verdad es que él no quería el cargo e intentó persuadir a Trotsky para ocuparlo de forma que él se pudiera concentrar en el partido, pero Trotsky rehusó la oferta.(36)

El nuevo régimen revolucionario empezó a introducir inmediatamente un programa de reformas radicales y de gran alcance. Uno de los primeros decretos instituía medidas de control obrero en las fábricas.

La propiedad privada de la tierra se abolió, sin compensaciones. El derecho al uso de la tierra se otorgó a aquellos que la trabajaban. Después de un debate feroz, se firmó un tratado de paz en Alemania: Rusia estaba fuera de la guerra.

A las naciones que hasta entonces habían estado oprimidas por el Imperio Ruso se les dio la posibilidad de independizarse. En los años siguientes se crearon cinco estados independientes, y dentro de la nueva federación rusa se establecieron 17 repúblicas autónomas y regiones.

El viejo código legal también se abolió y el sistema jurídico fue reformado totalmente. Se constituyeron tribunales populares con jueces electos.

Las mujeres adquirieron el derecho a voto y la plena ciudadanía, un salario igualitario y derechos laborales. Los cambios legales empezaron a transformar la naturaleza de la familia desde sus cimientos. El divorcio por mutuo acuerdo se legalizó. Como afirmó un legislador, el matrimonio “debe dejar de ser una jaula en la cual marido y mujer viven como prisioneros”. La discriminación contra los hijos ilegítimos se suprimió. En 1920, Rusia fue el primer país en legalizar el aborto. La homosexualidad ya no era un crimen. Estos cambios situaron a Rusia muy por delante de las naciones occidentales europeas que supuestamente estaban más avanzadas.

En un año, el número de escuelas aumentó un 50 por ciento y se organizaron campañas para enseñar a leer y escribir. Las tasas de las universidades se abolieron para dar más facilidades de acceso a la enseñanza superior. Se acabaron los exámenes y el aprendizaje basado primariamente en la memorización perdió mucho peso. Los estudios en la escuela se combinaban con trabajo manual práctico y se establecieron medidas de control democrático que tenían en cuenta a todos los trabajadores de la escuela y a los alumnos mayores de 12 años. Lenin, personalmente, puso mucha atención en la expansión de las bibliotecas.

Estos elementos eran los que podían cambiarse con decretos. La tarea de erradicar la ignorancia, la superstición y las actitudes reaccionarias requeriría más tiempo. Lenin remarcó la importancia de la autoemancipación de la clase trabajadora, diciendo que la revolución debía “desarrollar esta iniciativa independiente de los obreros, y de todos los que trabajan y son explotados en general, desarrollarla tan ampliamente cómo sea posible en trabajo organizativo creativo. Cueste lo que cueste, debemos deshacernos del viejo, absurdo, salvaje, vil y asqueroso prejuicio en el que sólo las denominadas ‘clases altas’, sólo los ricos, y aquellos que se han educado en escuelas de ricos, son capaces de administrar el Estado y dirigir el desarrollo organizativo de la sociedad socialista”.(37) Pese a las durísimas pruebas del periodo post-revolucionario, muchos trabajadores se sintieron liberados de su vida anterior. Hay testimonios de la época de trabajadores que, tras la jornada laboral en la fábrica, improvisaban y producían obras de teatro o asistían a clases para aprender a escribir poesía.

La Rusia revolucionaria vio cómo florecía la innovación y la experimentación en la literatura, la pintura y el cine. La posición del artista en la sociedad se transformó. Como escribió Maiakovski, “A modo de pinceles emplearemos las calles / Nuestras paletas, serán las amplias y abiertas plazas”.(38)

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13. EL FRÁGIL ESTADO DE LOS TRABAJADORES

La nueva sociedad tuvo que hacer frente a muchos problemas. La guerra y el mal gobierno del Zar habían dejado la economía en un estado caótico y la clase trabajadora rusa era muy joven. La mayoría de los trabajadores eran hijos de campesinos que habían venido a trabajar a las ciudades; muchos de ellos eran analfabetos. La clase trabajadora era una insignificante minoría comparada con el vasto campesinado.

Lenin entendió desde el principio que una economía planificada no era posible sin la intervención de la masa de los trabajadores. Tal y como recogió sus palabras un periódico, “no había ni podía haber un plan definido para la organización de la vida económica. Nadie podía proporcionar uno. Pero podía realizarse desde abajo, desde las masas, a través de su experiencia. Se darían instrucciones, por supuesto, y se indicarían maneras de proceder, pero era necesario empezar simultáneamente desde arriba y desde bajo”.(39)

Dicho de otra manera, no podía haber “planificación económica” separadamente de la democracia de los trabajadores. La historia ha demostrado hasta qué punto Lenin tenía razón. Siempre que la planificación se ha impuesto desde arriba, sin que se implicara la masa de trabajadores, lo que se denominaba “socialismo” ha acabado convirtiéndose en una grotesca parodia autoritaria.

No obstante, los trabajadores con los que contaba Lenin habían crecido en una sociedad que había pervertido y atrofiado su desarrollo. Tal y como dijo en 1919, el socialismo se debía construir con “hombres y mujeres que han crecido en el capitalismo, que los ha viciado y corrompido”.(40) Rusia estaba menos desarrollada industrial y culturalmente que los países europeos occidentales y su economía había quedado arruinada tras la guerra mundial. Desde el mismo principio, el Partido Bolchevique tuvo que sustituir, hasta cierto punto, a la masa de los trabajadores.

Los activistas revolucionarios con experiencia en tareas administrativas eran escasos. Aquellos que las podían realizar a menudo se encontraban haciendo varios trabajos al mismo tiempo. Víctor Serge, un revolucionario belga que vino a Rusia para ayudar a hacer la revolución, se encontró trabajando simultáneamente como periodista, maestro, inspector de escuela, traductor, traficante de armas y archivero.

Esta falta de experiencia era especialmente grave en la maquinaria de seguridad estatal. El nuevo régimen creó una organización denominada Cheka (abreviatura de Chrezvychaynaya Komissiya; “Comisión Extraordinaria” en ruso, que combatía la contrarrevolución y el sabotaje). Esto era, sin duda, necesario: muchos de los privilegiados por el orden anterior querían sabotear el nuevo régimen y se les tenía que parar. Pero a menudo ocurría que los miembros de la Cheka tenían un compromiso insuficiente con el socialismo e hicieron un mal uso de su autoridad. Muchas personas inocentes sufrieron en sus manos. Se aceptó que aquello había sido una medida de emergencia: en 1922, a petición de Lenin y de otras personas, la Cheka se sustituyó por un cuerpo con poderes más limitados.

Algunos revolucionarios esperaban demasiadas cosas y demasiado pronto. En 1917, muchos trabajadores habían formado comités de fábrica donde los bolcheviques a menudo jugaban un papel clave. Pero estos colectivos a menudo representaban los intereses de un grupo particular de obreros más que de la clase trabajadora globalmente. En marzo de 1918, un informe de Shliápnikov (que más adelante fue líder de la Oposición Obrera) describía el caos producido por el control obrero en los ferrocarriles.(41) Esto iba en contra de los intereses de los trabajadores en general, que necesitaban un sistema de transporte eficiente. Aún cuando como principio estaban comprometidos con el control obrero, los bolcheviques incorporaron los comités de fábrica a los sindicatos.

Si Rusia hubiera existido dentro de una burbuja hermética, estos problemas se habrían podido solucionar en pocos años. Pero las grandes potencias europeas no querían que la revolución sobreviviera. Sabían como era de popular la Rusia revolucionaria entre los obreros cansados de la guerra y les atemorizaba la posibilidad de que el ejemplo ruso se extendiera.

El día antes del armisticio de 1918, Winston Churchill dijo al consejo de ministros británico que podía ser necesario reconstruir el ejército alemán para luchar contra el bolchevismo. Dos semanas después, en un mitin, afirmaba: “La civilización se está extinguiendo completamente en áreas inmensas, mientras los bolcheviques se pasean como beduinos feroces entre las ruinas de las ciudades y los cadáveres de sus víctimas”.(42)

Hasta 1920, una cruenta guerra civil asoló todo el territorio ruso. En realidad, “guerra civil” no es un término que describa con claridad los hechos. En Rusia había tropas británicas, francesas, canadienses, norteamericanas y de 17 países más, que fueron estableciendo vínculos con los diversos líderes rusos, corruptos y brutales, que la revolución había apartado del poder.

Petrogrado estuvo a punto de caer en manos de los reaccionarios en dos ocasiones. Lenin discutió la posibilidad de que los bolcheviques volvieran a convertirse en una organización clandestina.(43)

Aquellos que intentan infamar la figura de Lenin, como los autores del Libro negro del comunismo, citan palabras de Lenin de una manera que lo hacen parecer un individuo sanguinario y brutal. En agosto de 1918, Lenin envió un telegrama en el qué indicaba como gestionar una revuelta de los kulaks (que eran campesinos relativamente acomodados y enemigos de los campesinos más pobres): “La revuelta kulak en vuestros cinco distritos se debe reprimir sin compasión. Los intereses de toda la revolución requieren tal acción porque la lucha final con los kulaks ha empezado.1) Envía a la horca al menos 100 de estos kulaks, que no son más que unos malparidos ricos y unos chupasangres a los ojos de todo el mundo (y quiero decir que los cuelgues públicamente para que la gente lo vea). 2) Publica sus nombres. 3) Confisca todo el grano que hayan producido. 4) Escoge a los rehenes según mis instrucciones en el telegrama de ayer”.(44)

Esto es estremecedor si la cita se saca de contexto. Una guerra salvaje estaba sacudiendo el país y los contrarrevolucionarios eran mucho más brutales que los bolcheviques. El comandante de los Estados Unidos en Siberia en 1919, el general William S. Grabas, testimonió: “estoy completamente seguro de decir la verdad cuando declaro que por cada persona muerta a manos de los bolcheviques en Siberia, los anti-bolcheviques mataron cien”.(45) Lenin no era precisamente un pacifista e hizo todo lo que pudo para asegurar la victoria de los bolcheviques. Los autores del Libro Negro no son demasiado ruidosos cuando se trata de criticar la violencia de George Bush, Tony Blair o Ariel Sharon: les es más fácil tener la conciencia tranquila denunciando a Lenin.

Las fuerzas contrarrevolucionarias eran corruptas y antisemitas, y no tenían nada que ofrecer más allá del regreso al viejo orden desacreditado. Finalmente, la guerra se ganó gracias a la gran determinación y al coraje mostrado por los bolcheviques.

Lenin jugó un papel crucial al dar un rumbo político al partido. Pero no era un tirano. En los meses que siguieron a la revolución, el liderazgo bolchevique a menudo estaba dividido en lo tocante a asuntos mayores. Lenin se encontró, a veces, defendiendo las ideas de la minoría y tuvo que luchar ferozmente por hacer valer su posición.

No consideraba que ninguna tarea fuera demasiado insignificante para él. Dedicó, de hecho, mucho tiempo a detalles administrativos menores. Comparado con los dictadores modernos, su seguridad era muy modesta. En una ocasión, unos ladrones atacaron su coche y lo forzaron a bajar para llevarse el vehículo. Pasó bastante tiempo antes de que recibiera ninguna asistencia.

No buscaba privilegios para sí mismo. En 1918 reprendió severamente al Consejo de Comisarios del Pueblo cuando le aumentaron su sueldo.(46) Hay una carta escrita por Lenin en 1920, dirigida a un bibliotecario, en la cual pedía, muy educadamente, si se podía hacer una excepción a las reglas de forma que pudiera tomar algunas obras de referencia a condición de devolverlas al día siguiente a primera hora de la mañana.(47) Es difícil imaginarse a Stalin o Saddam Hussein mostrando este respeto por la normativa bibliotecaria.

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14. EL MOVIMIENTO INTERNACIONAL

Lenin siempre había pensado que no había esperanzas de mantener una revolución en Rusia a no ser que se extendiera rápidamente al resto del mundo. En diciembre de 1917 escribió: “La revolución socialista que ha empezado en Rusia es, pues, sólo el principio de la revolución socialista mundial”.(48) Una Alemania de los trabajadores, particularmente, podía haber ayudado a Rusia económicamente. La esperanza de Lenin de que la revolución se extendiese era realista: la posibilidad de una revolución era importante en la Europa de la posguerra. Tras cuatro años, los trabajadores estaban cansados de un sistema que había causado tanta muerte y destrucción. De 1918 a 1920 hubo huelgas y motines, ocupaciones de fábricas y consejos de trabajadores y de soldados por todas partes. En la Alemania derrotada principalmente, la revolución parecía que debiera empezar de una manera inminente. El problema era el liderazgo. Casi todos los viejos líderes del movimiento obrero habían apoyado la guerra. Una nueva generación de militantes había surgido durante la guerra, pero no tenían experiencia. No había en ninguna parte un partido como el de los bolcheviques, con unos líderes experimentados y raíces reales entre los trabajadores. En enero de 1919, la socialista alemana Rosa Luxemburgo fue asesinada por sus enemigos políticos. Luxemburgo era la única líder en Europa que podría haber discutido con Lenin en términos de igualdad.

Lenin afirmaba que no tenía sentido intentar hacer revivir la Segunda Internacional: era necesario construir una nueva Internacional. En marzo de 1919, una conferencia en Moscú proclamó la Tercera Internacional, la comunista. Durante los tres años siguientes se celebraron más conferencias y más organizaciones se unieron a la nueva Internacional.

Antes de 1914 había habido una gran división en el movimiento obrero, con los marxistas de una parte y los anarquistas y los sindicalistas por la otra. Tras la Revolución Rusa, muchos anarquistas y sindicalistas dieron su apoyo a la revolución. Lenin se volcó para unirlos a la causa: pasó horas discutiendo con anarquistas como Emma Goldman, de los Estados Unidos, y con Makhno, de Ucrania. En 1920 muchos sindicalistas europeos hicieron el camino hasta Moscú, a menudo con grandes dificultades, y una vez allí algunos líderes bolcheviques les trasmitían discursos sobre la necesidad de un partido revolucionario. Lenin adoptó una estrategia muy positiva. Adujo que la idea sindicalista de la minoría “organizada” de los trabajadores más militantes y la idea bolchevique del partido eran, en realidad, la misma cosa.(49) En este plan Lenin contaba con el apoyo de Trotsky; otros muchos bolcheviques adoptaron posiciones más sectarias.

Lenin se dio cuenta de que había un problema importante con aquello que él denominó el “comunismo de ala izquierda”. En un periodo de lucha creciente, muchos nuevos militantes eran captados para el activismo. Como estos no tenían ninguna derrota en su memoria a menudo subestimaban la dificultad de convencer a una mayoría de trabajadores. Muchos de estos nuevos activistas creían que, del mismo modo que ellos habían descubierto que la democracia parlamentaria era un fraude, el resto de trabajadores podían ser convencidos fácilmente de lo mismo y que los revolucionarios debían rehusar participar en las elecciones. Lenin les recordó que millones de trabajadores todavía creían en el parlamento: “No debemos pensar que lo que está obsoleto para nosotros lo está también para las masas”.(50)

Lenin instó al Partido Comunista británico a que se afiliara al Partido Laborista de forma que pudiera ganarse a la masa de trabajadores que todavía eran fieles a este partido por muy a la derecha que estuviesen sus líderes. Insistió en que los comunistas deben conservar “la libertad necesaria para exponer y criticar a los traidores de la clase trabajadora”, concluyendo que si los expulsaban, sería “una gran victoria”.(51) Lo que importaba no era una solución organizativa sino asegurarse de que las ideas comunistas llegaban a tantos trabajadores como fuera posible.

Algunos trabajadores querían dejar incluso los sindicatos porque los burócratas eran corruptos y reaccionarios. Lenin llegó a decir que los revolucionarios amenazados de expulsión debían “recurrir a varias estrategias, artificios y métodos ilegales, hasta evasiones y subterfugios” para permanecer en los sindicatos.(52) Esta declaración, a menudo sacada de contexto, parece demostrar que Lenin abogaba por la deshonestidad en general, pero era al contrario: Lenin siempre había dicho que los revolucionarios debían decir la verdad a los trabajadores. Simplemente postulaba que si la burocracia de los sindicatos hacía una caza de brujas y, en contra de las normas, expulsaba a los revolucionarios, estos deberían mantener en secreto su afiliación al partido para poder permanecer en el sindicato: “Si quieres ayudar a las ‘masas’ y ganarte su simpatía y su apoyo no puedes tener miedo de las dificultades, ni de las puñaladas por la espalda, ni de las estafas o la hipocresía, ni de los insultos o la persecución por parte de los ‘líderes’… se debe seguir trabajando, siempre, allá dónde están las masas”.(53)

Lenin podía discutir pasionalmente para defender sus ideas, pero también sabía cómo aprender del movimiento. El sindicalista francés Alfred Rosmer describió su primer encuentro con Lenin, que había escrito un artículo pidiendo una ruptura inmediata en el Partido Socialista francés para formar un nuevo Partido Comunista. Rosmer le explicó que sería mucho mejor esperar unos meses para ganarse a la mayoría y Lenin inmediatamente respondió: “Me parece que he escrito una estupidez”, y modificó su artículo.(54) Lenin era un líder que sabía escuchar y cambiar, cuando hacía falta, de opinión. Era totalmente diferente de los políticos actuales, para los cuales reconocer un error parece que signifique admitir un fracaso.

En su último discurso a la Internacional Comunista, a finales del año 1922, Lenin avisó de los peligros de imponer la experiencia rusa a otros países. Los revolucionarios de cualquier parte del mundo habían de aplicar sus principios a las circunstancias específicas de su propia experiencia: “La resolución es demasiado ‘rusa’, refleja la experiencia rusa. Por eso es por lo que resulta ininteligible para los extranjeros que no pueden contentarse con colgarla en un rincón como un icono y rogarle”.(55)

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15. RETIRADA Y NEP

El Partido Comunista alemán, que no disponía de un liderazgo estable y con experiencia, fue virando de izquierda a derecha y fracasó en el intento de transformar la larga crisis social en una revolución exitosa. Rusia se quedará aislada. Los bolcheviques ganaron la guerra civil y permanecieron en el poder, pero a un precio altísimo. La economía estaba bajo mínimos y la misma clase trabajadora declinaba masivamente: en 1921 era aproximadamente un tercio de la que había sido en 1917. Muchos trabajadores militantes habían dejado las fábricas para unirse al ejército; un número importante de estos nunca regresaron. Otros, enfrentados con la carencia de trabajo y el hambre, volvieron con sus familias que vivían en el medio rural dónde al menos había algo de comida. Los soviets estaban desiertos.

Los bolcheviques no podían simplemente entregar el poder. Una acción como ésta habría dado plena libertad a la vieja clase dirigente para masacrar la poca organización de la clase trabajadora que quedaba. No tenían ninguna otra alternativa que permanecer en el poder y esperar un giro revolucionario en Occidente.

No es de extrañar que entre la gente hubieran muestras de descontento. La más grave se dio la primavera de 1921. Los marineros de la fortaleza naval de Kronstadt, en las afueras de Petrogrado, se rebelaron; algunos de ellos pedían una “tercera revolución”. Muchas de sus críticas eran justificadas, pero una “tercera revolución” era una mera fantasía y la rebelión amenazaba el régimen bolchevique. Si los bolcheviques hubieran sido desbancados del poder, el resultado no habría sido una sociedad más democrática sino el regreso al viejo régimen. Se decidió, pues, sofocar la revuelta militarmente. Este episodio fue un punto muy bajo para el bolchevismo, pero no había alternativa.

Lenin sabía que las medidas militares no podían resolver los problemas reales. Describió los hechos de Kronstadt como “el destello de un relámpago que lanzaba más luz sobre la realidad que cualquier otra cosa”.(56) Otra vez mostró su habilidad para enfrentarse a una realidad imprevista y adoptar la solución necesaria. La economía rusa estaba fallando porque los funcionarios del partido que se ocupaban de varias tareas no las sabían gestionar de manera eficiente. No se había llegado a lograr un equilibrio adecuado entre las ciudades y el campo.

Lenin introdujo la Nueva Política Económica que pronto se conoció como NEP (de las siglas rusas, Novaya Ekonomicheskaya Politika). La requisa de grano a los campesinos se sustituyó por una tasa que los animaba a producir más. Se recuperó un cierto nivel de propiedad privada y las nuevas oportunidades en comercio privado e industria a pequeña escala hicieron emerger una clase comerciante de empresarios (conocidos como los “hombres de la NEP”).

Esta política evitó un desastre económico. Víctor Serge argumentaba: “La Nueva Política Económica estaba dando, al cabo de pocos meses, resultados maravillosos. En el espacio de una semana, se vio que el hambre y la especulación habían disminuido de manera considerable”.(57)

Esta solución escandalizó a muchas personas. El compromiso profundo de Lenin con los principios socialistas le permitía defender su estrategia de retirada. Admitió que el análisis clave era: “¿Podemos hacer funcionar la economía igual de bien que los otros? El viejo capitalista sí que puede: nosotros no.” Como resultado, “los capitalistas actúan junto a nosotros. Operan como ladrones, haciendo beneficios, pero saben cómo hacer las cosas”.(58)

La NEP fue una estrategia a corto plazo, no una reconciliación a largo plazo con el capitalismo. Lenin todavía tenía esperanzas de que la revolución en otras partes del mundo sacara del asedio a Rusia.

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16. LA ÚLTIMA LUCHA DE LENIN

El 1922 Lenin estaba muy enfermo. Una sobrecarga de trabajo agobiante y las heridas que le provocó un atentado le habían dejado exhausto. Él mismo sabía que no sobreviviría para dirigir la revolución en su fase más difícil.

También estaba muy preocupado por la manera como se estaba desarrollando la revolución. Al estar la clase trabajadora bajo mínimos, la burocracia había empezado a crecer dentro y fuera del partido, a menudo adoptando métodos ajenos a los principios de la democracia trabajadora. También se estaba desarrollando de manera peligrosa el nacionalismo.

Lenin dedicó las fuerzas que le quedaban a luchar contra la creciente burocracia. En uno de los sus últimos artículos, “Mejor pocos pero mejores”, admitía que, tras cinco años de revolución, el aparato del Estado estaba “en condiciones deplorables” y “miserables”.(59) No había un remedio rápido posible, sólo una lucha paciente por una democracia trabajadora genuina con la introducción de más trabajadores en la maquinaria del estado: “Con este propósito, los mejores elementos de nuestro sistema social -cómo, en primer lugar, los trabajadores adelantados, y en segundo lugar, los elementos más ilustrados de quienes podamos estar seguros que no tomarán las palabras como si fueran hechos y que no dirán ni una sola palabra que vaya en contra de su conciencia- no deben retroceder delante de ninguna dificultad ni de ninguna lucha para conseguir el objetivo que firmemente se han propuesto conseguir”.(60)

La honestidad y el espíritu crítico de Lenin contrastaban enormemente con la complacencia y la arrogancia que caracterizaría, después, el Estado ruso bajo el mandato de Stalin y sus sucesores.

Lenin se vio forzado a pensar en quién designaría como sucesor. Escribió un documento breve en el cual repasaba las capacidades de los otros líderes bolcheviques. Fue muy crítico con todos ellos, pero distinguió a Stalin a la hora de realizar las críticas más duras, recomendando que se le apartara de su cargo como Secretario General del partido.(61)

Desde mediados de 1922 en adelante, Lenin sufrió una serie de embolias. A principios de 1923 ya no pudo participar en los debates del partido que él mismo había creado. Cuando murió, en 1924, su cuerpo fue embalsamado, transformándose en una especie de santo, algo que habría horrorizado a Lenin. Su viuda, Krupskaia, que había compartido con él sus muchas luchas, se mostró reiteradamente en contra de este tipo de homenaje: “No levantáis monumentos en su memoria […] a ellos siempre les otorgó muy poca importancia durante su vida […]. Si queréis honrar el nombre de Vladimir Ilich, construid orfelinatos, guarderías, casas, escuelas, bibliotecas, centros médicos, hospitales, hogares para los discapacitados, etc., y sobre todo, poned sus preceptos en práctica”.(62)

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17. ¿LENIN CONDUJO A STALIN?

Muchos académicos, políticos y periodistas afirman que los métodos y las políticas de Lenin condujeron directamente a las brutales atrocidades de la era de Stalin. Pero esta es una manera poco escrupulosa de explicar la historia que no llega a examinar el complejo proceso histórico que condujo hasta Stalin. Así se promueve la idea de que la historia sólo consiste en la labor de grandes individuos y que lo único que necesitamos es entender la psicología de un par de líderes.

Desde luego, todo puede ser probado con hechos seleccionados y fragmentados sacados de contexto. Víctor Serge, que se unió a los bolcheviques en plena guerra civil y fue más tarde una de las víctimas de Stalin, resumió lo que falla en este tipo de interpretaciones: “Se dice a menudo que ‘el germen de todo el estalinismo se encontraba en el bolchevismo desde sus inicios’. Bien, no puedo hacer ninguna objeción. Simplemente diré que el bolchevismo contenía otros muchos gérmenes, una infinidad de otros gérmenes, y aquellos que vivieron el entusiasmo de los primeros años de la primera revolución socialista victoriosa no lo deberían olvidar”.(63)

Toda la estrategia de Lenin se fundamentaba en el principio de que la Revolución Rusa se extendería al resto de Europa y después al resto del mundo. Pero la revolución falló a la hora de extenderse y, tal y como sabía Lenin, no se podía exportar. El aislamiento fue la causa fundamental de los fracasos rusos. Rosa Luxemburgo, que a menudo se mostró muy crítica con Lenin, escribió: “Los rusos […] no serán capaces de mantenerse en este pandemónium porque la socialdemocracia en los países occidentales altamente desarrollados no va más allá de un grupo de cobardes y miserables que se quedarán tranquilamente mirando lo que pasa y dejarán que los rusos se vayan desangrando”.(64)

Los verdaderamente culpables fueron los líderes occidentales como Winston Churchill, que lanzó ataques armados sobre el estado post-revolucionario; y los líderes de la clase trabajadora que defendieron la Revolución sin entusiasmo o que no la defendieron en absoluto.

Evidentemente, es imposible saber qué habría hecho Lenin si hubiera sobrevivido en 1924, pero podemos estar lo suficiente seguros de lo que no habría hecho.

La solución de Stalin, puesta en marcha cuando Lenin ya no estaba, fue el “socialismo en un solo país”. En lugar de animar los movimientos revolucionarios cuando estos surgían en algún lugar del mundo, Stalin decididamente los desalentaba.

La Internacional Comunista, que fue en la época de Lenin un foro vivo donde se debatían diferentes estrategias, se convirtió en un aparato burocrático jerarquizado en el que todos seguían la misma línea. En la China de 1927, Stalin ordenó a los comunistas que cedieran su independencia a Chiang Kai-Shek, el cual los utilizó y después los masacró. En Alemania, les dijeron a los comunistas que los socialdemócratas eran iguales que los fascistas, por lo que no se generó una oposición unitaria contra Hitler. Durante la Guerra Civil Española, los comunistas volvieron las armas contra los trabajadores que querían convertir la guerra en una revolución.

Stalin decidió que Rusia había de industrializarse con sus propios medios. Sostenía que el país tenía que avanzar en este sentido hasta llegar al nivel que los países occidentales habían tardado muchos años en alcanzar: “Estamos 50 ó 100 años por detrás de los países más adelantados. Debemos solventar esta diferencia en el lapso de diez años. O lo hacemos o nos aplastan”.(65)

El proceso de industrialización en el Reino Unido durante el siglo XIX fue considerablemente brutal. En Rusia este proceso fue mucho más rápido y, en consecuencia, provocó más padecimientos. Lo que muchos críticos del estalinismo no quieren ver es que el sistema que causaba estos sufrimientos era esencialmente el mismo: a pesar de que la propiedad era estatal, las leyes que regían la economía rusa eran las mismas que en el capitalismo.

Muchos de los avances de la revolución se perdieron. Los sindicatos independientes y el derecho a huelga desaparecieron y los salarios se redujeron. El aborto y la homosexualidad volvieron a ser crímenes; la innovación artística fue sustituida por la gris doctrina conservadora del “realismo socialista”.

La política brutal de Stalin de colectivizar la agricultura a la fuerza era totalmente contraria a lo que Lenin había defendido. Lenin había intentado, en todo momento, conservar una alianza con los campesinos. Una nueva clase de burócratas, con sus propios intereses, empezó a emerger. El Partido Comunista, que estaba constituido por los militantes más comprometidos (hasta 1929 los miembros del partido sólo ganaban el equivalente a la paga de un trabajador cualificado, independientemente de su cargo), se convirtió en una organización de la élite, que miraba hacia Stalin para que defendiera sus intereses.

A Lenin se le acusa a menudo de introducir el estado de partido único. Pero los bolcheviques no tenían demasiadas alternativas respecto a este asunto. Tras la revolución triunfante, los mencheviques y los socialistas revolucionarios propusieron una coalición de gobierno de unidad, siempre que Lenin y Trotsky fueran excluidos, una condición que era claramente inaceptable. Los socialistas revolucionarios se decantaron entonces por la violencia contra el nuevo régimen: en agosto de 1918, una socialista revolucionaria intentó asesinar a Lenin.

A menudo, Lenin era muy duro cuando discutía con sus oponentes. Pero él discutía sobre ideas y políticas, no acusaba a sus oponentes de crímenes que nunca habían cometido. En 1921 el Partido Bolchevique prohibió la organización de facciones pero Lenin insistió que “no podemos privar al partido y los miembros del comité central del derecho de apelar al partido en el caso de desacuerdo en cuestiones fundamentales”.(66) Durante las purgas y los juicios falseados de los años treinta, las víctimas de Stalin eran acusadas de crímenes ficticios —y muchas veces absurdos— como, por ejemplo, de colaborar con los nazis.

Ciertamente, durante los años de la guerra civil hubo una represión severa pero no es comparable en absoluto al salvajismo del régimen estalinista. Víctor Serge, que se encontraba allí y sabía de lo que hablaba, afirmó que “en la teoría y en la práctica, el estado-prisión [de Stalin] no tenía nada a ver con las medidas de seguridad pública del estado comunal durante el periodo de los enfrentamientos”.(67)

Para poder consolidarse en el poder, Stalin tuvo que eliminar a las personas más próximamente asociadas con Lenin: Zinoviev, Kamenev, Radek y Bujarin. Agentes estalinistas persiguieron a Trotsky por medio mundo y, finalmente, le asesinaron en México. Miles de viejos militantes bolcheviques fueron eliminados.

El 1944, Stalin se sentó con Winston Churchill, que había ayudado a organizar la invasión de Rusia en 1918. Se dividieron Europa, creando “esferas de influencia” y acordando así el destino de millones de personas sin ningún tipo de consulta a la población. Churchill no era estúpido: sabía quiénes eran sus verdaderos enemigos.

Los oponentes más consistentes de Stalin eran aquellos que recordaban a la época de Lenin, y que criticaban a Stalin basándose en los valores que habían compartido con Lenin. Principalmente, estaba Trotsky y su pequeño grupo de seguidores, pero también valientes escritores como Víctor Serge y Alfred Rosmer. Todos ellos proporcionaron la base para que un movimiento socialista genuino pudiera resurgir cuando el estalinismo empezara a tambalearse.

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18. EL LENINISMO HOY

Lenin consideraba que las dos cosas más importantes, por encima de todo, eran la unidad y la claridad. Sin la unidad más amplia posible entre la clase trabajadora la acción para cambiar el mundo es imposible. Pero esta acción es fútil si no se tiene una idea clara de cómo está organizada la sociedad. Estos dos principios pueden parecer, a veces, contradictorios entre sí: de ahí los cambios de posicionamiento e incongruencias aparentes en los escritos de Lenin. La unidad sin claridad conlleva que los revolucionarios estén a mereced de los altibajos en el movimiento de masas, sin posibilidad de influir en él. La claridad sin unidad dejaría los revolucionarios predicando para ellos mismos, sin tener tampoco ninguna posibilidad de influir sobre los acontecimientos.

Muchas cosas han cambiado desde 1917 y Lenin siempre nos recordó que debíamos pensar por nosotros mismos. Pero tres temas básicos que están presentes en la obra de Lenin siguen siendo vitales en nuestros días.

La independencia de la clase trabajadora. Nuestro mundo hoy sigue estando basado en la explotación y sólo se puede contar con aquellos que son explotados para levantarse y cambiar las cosas. No podemos tener la ilusión de que Barak Obama o Gordon Brown harán ningún cambio real. La clase trabajadora necesita sus propias políticas y sus propias organizaciones.

No podemos tomar las instituciones estatales, ya sean el parlamento o los ayuntamientos (aunque los podemos utilizar como plataforma). La guerra contra el terror, su uso de las armas en cualquier parte del mundo y el ataque a las libertades civiles en casa demuestran más claramente que nunca que la maquinaria estatal es una arma dirigida contra la clase trabajadora. Debe ser destruida y sustituida.

El bando opuesto tiene una cantidad inmensa de recursos y está extremadamente bien organizado. Nosotros también necesitamos organización. Necesitamos una organización centralizada porque nos enfrentamos a un enemigo altamente centralizado. Pero también debe ser democrática y hacer suya la experiencia de aquellos que luchan. Los detalles de las formas de organización deben ser revisados constantemente de acuerdo a las tareas de cada momento. Pero la necesidad fundamental de contar con una organización revolucionaria es tan urgente hoy como lo era en 1902.

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NOTAS

Ian Birchall es militante del Socialist Workers Party de Gran Bretaña —y de sus antecesores— desde hace medio siglo. Es autor de numerosos libros y artículos, especialmente sobre la izquierda francesa. Era profesor de francés en la Universidad de Middlesex. Es miembro de la junta editorial de Revolutionary History, una revista que recupera la historia de la izquierda revolucionaria internacional. La primera edición en castellano fue realizada en Enero de 2010 por nuestro grupo hermano en el Estado español (www.enlucha.org). Título original: A rebel’s guide to Lenin. Bookmarks, Londres, 2006.

Nota del autor. Las Obras Completas de Lenin (Lenin Collected Works, Moscú, 1960) se publicaron en 46 volúmenes. He dado las referencias entre paréntesis siempre que se ha citado material de la obra, con la abreviatura LCW, para que los lectores puedan buscarlas si quieren. He añadido también unas cuantas referencias en algunos puntos por si se quieren investigar las fuentes que he utilizado.

En un folleto corto no he podido abarcar muchos de los debates que surgen en torno a la vida de Lenin. Quien quiera profundizar más debería consultar la obra de Tony Cliff, Lenin, Londres, 1985-86, 3 volúmenes. En ella se desarrollan las mismas líneas argumentales que en este folleto. Otros libros útiles son:

Historia de la Revolución Rusa, L. Trotsky, Sarpe, Madrid, 1985

Lenin in 1917, V. Serge (dentro de Revolutionary History 5/3, 1994)

Lenin’s Moscow, A. Rosmer, Londres, 1987

Año uno de la revolución rusa, V. Serge (edición digital en: http://www.marxismo.org/?q=node/1560)

El último combate de Lenin, M. Lewin, Lumen, Barcelona, 1970

Leninism Under Lenin, M. Liebman, Londres, 1975

Russia: Class and Power in the Twentieth Century, M. Haynes, Londres, 2002

De los escritos de Lenin, el más importante es El Estado y la Revolución. Otros que vale la pena conocer son: Socialismo y guerra, Tres fuentes y tres partes integrantes del marxismo, Imperialismo y Más vale poco y bueno. Muchos de los libros y folletos más conocidos de Lenin fueron publicados en ediciones de bajo coste en Moscú antes de 1991. Hay todavía muchas copias de segunda mano circulando.

Una gran selección de los escritos de Lenin, que se encuentra en proceso de expansión, está disponible en: http://www.marxists.org/archive/lenin

Nota de la redacción. Las referencias se han dejado igual que en la edición inglesa. La edición en castellano de las obras de Lenin es más completa que la edición inglesa a la que el autor hace referencia. La gran ventaja de la edición inglesa es que se encuentra casi entera en Internet, en el sitio citado arriba.

Una colección de textos de Lenin en castellano se encuentra en: http://www.marxists.org/espanol/lenin/obras

Arriba, se han puesto los títulos de la edición en castellano de algunos de los libros referenciados por Ian Birchall. A esta lista añadimos el siguiente:

Rusia 1917: La revolucion rusa y su significado hoy, David Karvala, Ed. Tempestad, Barcelona 2007.

Notas

1. Amis, Koba the Dread, Londres, 2002, p.248

2. LCW, 3:382

3. LCW, 4:315

4. LCW, 5:384

5. LCW, 5:422

6. LCW, 5:386

7. LCW, 5:515-516

8. LCW, 5:460

9. LCW, 5:450

10. LCW, 8:146

11. LCW, 10:23

12. LCW, 10:234

13. Lenin and Gorky, Letters, Reminiscences, Articles. Moscú, 1973, p.289

14. A. Y. Badeyev, Bolsheviks in the Tsarist Duma, Londres, 1987, p. 184

15. LCW, 38:248

16. LCW, 21:387

17. LCW, 21:32-33

18. LCW, 22:253

19. LCW, 22:295

20. LCW, 23: 253

21. V. Serge, Year One of the Russian Revolution, Londres, 1992, pp. 57-58

22. LCW, 24:60

23. LCW, 24:63

24. LCW, 25:387

25. LCW, 25:389

26. LCW, 25:422

27. LCW, 25:478

28. LCW, 25:400

29. LCW, 25:402

30. LCW, 25:397-398

31. LCW, 25:468

32. LCW, 25:492

33. LCW, 26:140

34. LCW, 26:74-82

35. LCW, 26:240

36. I. Deutscher, The Prophet Armed, Londres, 1970, p.325

37. LCW, 26:409

38. ‘Orden del día del Ejército de las Artes’, 1918

39. LCW, 26:365

40. LCW, 29:69

41. T. Cliff, Lenin, vol. III, Londres, 1978, pp. 119-120

42. M. Gilbert, Winston S. Churchill, vol. IV, Londres, 1975, pp. 226-227

43. V. Serge, Memoirs of a Revolutionary, Londres, 1963, p. 92

44. S. Courtois et al, The Black Book of Communism, London and Cambridge Mass, 1999, p. 72.

45. W. P. y Z. K. Coates, Armed Intervention in Russia 1918-1922, Londres, 1935, p. 209.

46. LCW, 35:333

47. LCW, 35:454

48. LCW, 26:386

49. LCW, 31:235-236

50. LCW, 31:58

51. LCW, 31:262-263

52. LCW, 31:55

53. LCW, 31:53

54. A. Rosmer, Lenin’s Moscow, Londres, 1987, p.53

55. LCW, 33:431

56. LCW, 32:279

57. V. Serge, Memoirs of a Revolutionary, Londres, 1963, p. 147

58. LCW, 33:273

59. LCW, 33:487

60. LCW, 33:489

61. LCW, 36:594-596

62. Pravda, 30 de enero de 1924.

63. New International, febrero de 1939

64. Carta a Luise Kautsky, 24 de noviembre de 1917.

65. I. Deutscher, Stalin, Londres, 1961, p. 328

66. LCW, 32:261

67. V. Serge, Russia Twenty Years After, New Jersey, 1996, p. 93

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