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		<title>Gramsci. Socialista revolucionario</title>
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		<pubDate>Thu, 23 Jun 2011 21:14:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Socialismo Internacional</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://socialismointernacional.files.wordpress.com/2011/06/gramsci.png"><img class="alignleft size-full wp-image-491" title="Gramsci" src="http://socialismointernacional.files.wordpress.com/2011/06/gramsci.png?w=190&#038;h=270" alt="" width="190" height="270" /></a>Antonio Gramsci murió hace más de 70 años, el 27 de abril de 1937. Su deceso fue consecuencia de años de maltratos en las prisiones de Mussolini. No obstante, de algún modo sufrió más infortunios después de su muerte, debido a la distorsión de sus ideas. Gramsci fue un revolucionario de tiempo completo desde 1916 hasta su muerte. Durante todo este período insistió siempre en la necesidad de la transformación revolucionaria de la sociedad. El juez fascista que encabezó el proceso judicial contra Gramsci, exigió su prisión &#8220;para que, durante 20 años, este cerebro deje de trabajar&#8221;. Los fascistas no consiguieron esto, pero al cortar los lazos de Gramsci con la participación directa en la lucha de clases, sí consiguieron impedir que su marxismo realizase plenamente su potencial. Este folleto presenta de manera sintética y accesible la riquísima herencia de Antonio Gramsci.</p>
<h6><strong>CHRIS HARMAN (1983)</strong></h6>
<p><strong><span id="more-482"></span></strong></p>
<p><strong>_____</strong></p>
<p><strong>EL PRIMER PERÍODO DE DISTORSIÓN</strong></p>
<p>El primer período de distorsión de las ideas de Gramsci comenzó en cuanto murió. Pocas semanas después el líder estalinista del PCI, Palmiro To­gliatti, tenía en sus manos los Cuadernos de la Cárcel. Togliatti los dejó sin publicar durante diez años.</p>
<p>Cuando los Cuadernos finalmente comenzaron a apa­recer en 1947, fue de forma truncada y censu­rada. Salvatore Secchi mostró las formas que tomó esta censura:</p>
<p>1. Borrar referencias a varios marxistas –Bordiga, Trotsky, e incluso Rosa Luxemburgo– que eran presentados como &#8220;fascistas&#8221; por Togliatti en aquella época;</p>
<p>2. Ocultar el hecho de que Gramsci había roto con la línea política del PCI en 1931;</p>
<p>3. Presentar la vida privada de Gramsci como basada en un casamiento perfecto, &#8220;un mito útil para hacer creer a las personas, con base en un ejemplo concreto, en la lealtad comunista en relación a la familia nuclear, un instrumento de la política de colabo­ración con los Cató­licos que el PCI adoptó en el período posguerra&#8221;;</p>
<p>4. Suprimir el hecho de que Gramsci intentara repe­tidamente obtener los libros que le darían acceso al pensamiento de Trotsky después de su expulsión de Rusia en 1929.[1]</p>
<p>El objetivo de tales distorsiones era presentar a Gramsci como el estalinista leal por excelencia. Presentado así, Gramsci podía proveer de un instrumento extremamente útil a una ideología que virtualmente no había inspirado a pensadores sociales de importancia; un instrumento que podía ser usado para impresionar a otros intelectuales italianos con la rica herencia teórica del PCI, y ocultar la pobreza intelectual del Kremlin y de sus seguidores. Un instrumento, además, para ser usado contra la izquierda, para mostrar que el PCI que gober­nó Italia en alianza con los demócrata-cristianos después de 1945, era el mismo partido que rompió en 1921, con los maximalistas –grupo refor­mista que era la extrema izquierda del Partido Socialista Italiano.</p>
<p>La censura y la distorsión de su pensamiento eran ne­cesarios porque Gramsci, en realidad, no encajaba en el mito estalinista. Su última carta antes de ser hecho prisionero, había sido una protesta dirigida a Togliatti acerca del tratamiento burocrático dado por Stalin a la &#8220;Oposición de Izquierda&#8221; en Rusia. Togliatti simplemente rompió la carta.[2]</p>
<p>En 1931 el hermano de Gramsci le visitó en la pri­sión. Gramsci le contó haber rechazado la política estalinista ultraizquierdista del &#8220;Tercer Período&#8221; que Togliatti, por su parte, estaba implementando. (Togliatti había expulsado a tres miembros del Comité Central por haberse opuesto a esta línea política, y él mismo, bajo el seudónimo de Ercoli, estaba en la primera línea de aquéllos que defendían la política del &#8220;Tercer Período&#8221; contra las críticas hechas por Trotsky.) El hermano de Gramsci sintió demasiado temor en transmitir las noti­cias a Togliatti; sabía que esto significaría el abandono por parte del partido, de la defensa de su hermano contra sus carceleros fascistas.</p>
<p>Gramsci se dio por vencido en sus tentativas de dis­cutir con otros prisioneros comunistas porque algunos de ellos, siguiendo fielmente a Togliatti, denunciaron a Gramsci como un &#8220;socialdemócrata&#8221; (en esa época la línea de la Comintern y de los PCs estalinistas descarta­ba cualquier colaboración con reformistas porque les consideraban &#8220;socialfascistas&#8221;). Una de las últimas afirmaciones políticas de Gramsci a amigos suyos antes de morir, expresaba su descreencia en las pruebas presentadas contra Zinoviev en los procesos de Moscú. Mientras tanto, Togliatti estaba en Moscú apoyando los procesos.[3]</p>
<p>Después de la muerte de Gramsci, Togliatti intentó pre­sentarse como su gran confidente político durante su vida. No obstante, aunque habían trabajado juntos en 1919‑1920 y en 1925‑1926, frecuentemente estuvieron distantes acerca de cuestiones relacionadas con la estrate­gia y táctica revolucionarias durante esos años de inter­vención política. Y no hubo ningún contacto entre ellos después del encarcelamiento de Gramsci en 1926.</p>
<p><strong>EL PERÍODO &#8220;EUROCOMUNISTA&#8221; DE DISTORSIÓN</strong></p>
<p>A pesar de todo, al final, fue el propio Togliatti quien permitió que la verdad sobre las distorsiones pasadas viese la luz, al publicar las cartas y ano­taciones censuradas hasta entonces. En parte, porque estaba siendo forzado a hacerlo una vez que otros viejos comunistas comenzaron a &#8220;verter&#8221; informa­ción sobre lo que Gramsci de hecho pensó. Y en parte, también porque el paso del tiempo hizo de Gramsci una figura más lejana y menos peligrosa para ellos. Pero por sobre todo, el objetivo era inaugurar un nuevo período de distorsión de las ideas de Gramsci. El PCI estaba dando el primer paso en la ruptura de los partidos comunistas occidentales en relación a Moscú, lo que sería llamado más tarde &#8220;eurocomunismo&#8221;.</p>
<p>A principios de los años 60 el PCI comenzó a alejarse de Moscú. Sus líderes soñaban con ser readmitidos en el gobierno burgués italiano, de donde les expulsaron en 1947. Para conseguir esta meta intentaron mostrar a los partidos burgueses que ya no dependían del Kremlin. Togliatti, uno de los principales colaboradores de Stalin en los años 30, se convirtió en uno de sus principales críticos después de 1956.</p>
<p>El cambio en la línea llevó a amargas disputas con los defensores de Stalin a nivel internacional y con los estalinistas del propio PCI. Era una batalla en dos fren­tes: afirmar la independencia del partido en relación a los herederos de Stalin en el Kremlin, y probar que un gobierno con la participación del PCI no significaría un cambio drástico en la máquina del Estado. La crítica anteriormente censurada de Gramsci a Stalin, se volvió una arma en el primer frente. Y una distorsión de las ideas de Gramsci sobre el Estado fue útil en el segundo.</p>
<p>De patrono del estalinismo italiano, Gramsci pasó rápidamente a ser el patrono del eurocomunismo. Se invocaron sus ideas para justificar el “compromiso histórico” del PCI con la democracia cristiana. En Gran Bretaña la derecha intelectual del Partido Comunista Británico adoptó a Gramsci. ¡Llegó a ser citado para justificar la política salarial del gobierno![4]</p>
<p>La estrella del eurocomunismo pronto menguó. Pero la interpretación de Gramsci fomentada por este movi­miento, continúa viva: divulgada por revistas como Marxism Today, en un torrente aparentemente intermi­nable de obras académicas,[5] y cada vez más como parte de la terminología habitual de la intelectualidad de izquierda del Partido Laborista.[6]</p>
<p>Sin embargo, ha habido pocos pensadores marxistas cuyo espíritu discrepara tanto con el del reformismo como el de Gramsci. Sus ideas se basaron en nociones que hoy en día el reformismo desprecia como &#8220;insurreccionistas&#8221;, &#8220;obreristas&#8221;, &#8220;espontaneístas&#8221; y &#8220;basistas&#8221;.</p>
<p><strong>&#8220;INSURRECCIONISMO&#8221;</strong></p>
<p>De su participación inicial en el movimiento socialis­ta, Gramsci adquirió un amargo desprecio por los parla­mentaristas. En 1918 les equipa­ró a &#8220;un enjambre de moscas en una taza de crema, donde se clavan y mueren sin gloria&#8221;. Con palabras que po­drían aplicarse a la Italia de hoy, argumentó:</p>
<p><em>&#8220;La decadencia política que trae la colaboración de clases se debe a la expansión espasmódica de un partido burgués que no sólo está satisfecho en aferrarse al Estado, sino también hace uso del par­tido que es antagónico al Estado</em> [el Partido Socialis­ta]<em>&#8220;.</em></p>
<p>El énfasis de Gramsci en la construcción de los conse­jos de fábrica en 1919 emergía de su convicción de que solamente con instituciones nuevas, no parlamentarias, la clase trabajadora podría realizar con éxito su revolu­ción:</p>
<p><em>&#8220;Los socialistas han con harta y supina frecuencia, aceptado la reali­dad histórica dimanante de la iniciativa capitalista; …han creído en la perpetuidad de las instituciones del Estado democrático, en su perfección fundamental. Según ellos, la forma de las instituciones democráticas puede ser corregida, es susceptible de ser retocada aquí y allá, pero tiene que ser fundamentalmente respetada&#8221;.</em></p>
<p><em>&#8220;…</em>[Nosotros] <em>estamos persuadidos de que el Estado socialista no puede encarnarse en las instituciones del Estado capitalista, sino que aquél es una creación fundamen­talmente nueva con respeto a éste&#8221;.</em>[8]</p>
<p>La hostilidad de Gramsci hacia el reformismo aumentó aun más en los años siguientes. Esta hostilidad se dirigió no sólo hacia los socialdemócratas de derecha, partidarios de Turati, sino también a los socialdemócra­tas de izquierda, dirigidos por Serrati –los llamados maximalistas– que utilizaban una terminología que hoy produciría infartos en los intelectuales &#8220;marxistas&#8221; se­guidores de Gramsci. Primero, esos reformistas, por omisión, permitieron que los trabajadores de Turín quedasen aislados y fuesen derrotados por los patrones en una gran huelga en abril de 1920. Después rehu­saron proporcionar una dirección revolucionaria al amplio auge de la militancia que produjo la ocupación de las fábricas en el norte de Italia en setiembre de 1920. Esas traiciones llevaron a Gramsci a unirse a aquéllos que abandonaron del Partido Socialista y fundaron el Partido Comunista Italiano en 1921.</p>
<p>La hostilidad de Gramsci en relación tanto a los re­formistas de derecha como a los de izquierda, no era síntoma de una &#8220;inmadurez política&#8221; que más tarde habría superado, como pretenden muchos de los actua­les intérpretes de Gramsci.[9] Este sentimiento perma­neció como una marca indeleble en su último gran esfuerzo para construir el Partido Comunista; las Tesis presentadas al Congreso de Lyon del PCI en 1926.</p>
<p>Las Tesis de Lyon[10] fueron el escrito más maduro de Gramsci publicado en su vida. Las Tesis se dirigían principalmente contra el grupo ultraizquierdista de Bordiga, que hasta entonces dominaba el PCI. El princi­pal punto de desacuerdo era la insistencia de Gramsci en desenmascarar a los dirigentes reformistas, proponiéndoles acciones de frente único en cuestiones específicas. Pero al mismo tiempo, Gramsci era inflexible insistiendo en que:</p>
<p>&#8220;la socialdemocracia, aunque conserve en gran medida su base social en el proletariado, debe ser considerada, en lo que se refiere a su ideología y el papel político que cumple, no como la ala derecha del movimiento obrero, sino como la ala izquierda de la burguesía, y como tal, debe ser desmascarada delante de los ojos de las masas&#8221;.[11]</p>
<p>Esta definición es muy próxima a la definición de Lenin sobre los partidos reformistas como “partidos obreros burgueses”.</p>
<p>No es sorprendente que aunque estén entre los mejo­res análisis hechos por Gramsci, las Tesis de Lyon fueran uno de sus últimos escritos accesibles.</p>
<p>La hostilidad de Gramsci hacia el reformismo reflejaba un claro entendimiento de la necesidad de la insurrección armada. Según las Tesis de Lyon:</p>
<p><em>&#8220;La derrota del proletariado revolucionario en este período decisivo (1919‑20) fue debida a deficiencias políticas, organizativas, tácticas y estratégicas del partido obrero. Como consecuencia de estas defi­ciencias, el proletariado no consiguió colocarse a la cabeza de la insurrección de la gran mayoría de la población, y canalizarla en dirección a la creación de un Estado obrero. En cambio, el propio proletariado fue influenciado por otras clases sociales, lo que acabó por paralizar su actividad&#8221;.</em>[12]</p>
<p><em>De ahí la necesidad de un Partido Comunista, entre cuyas &#8220;tareas fundamentales&#8221; estuviese la de &#8220;plantear al proletariado y sus aliados el problema de la insurrección contra el Estado burgués y de la lucha por la dictadura del proletariado&#8221;</em>.[13]</p>
<p>Obviamente no hay mención abierta a la insurrec­ción armada en las anotaciones de los Cuadernos de la Cárcel, escritas bajo los ojos vigilantes de los carceleros fascistas. Pero Gramsci demostró en una de las pocas conversaciones que tuvo en la prisión, que no había abando­nado su &#8220;inmadura&#8221; insistencia en la insurrección:</p>
<p><em>&#8220;La conquista violenta del poder necesita la creación de un partido de la clase obrera con un tipo de organización militar, ampliamente difundido y enraizado en cada célula del aparato estatal burgués, y capaz de golpear e infligirle serias bajas en el mo­mento decisivo de la lucha&#8221;</em>.[14]</p>
<p><strong>&#8220;OBRERISMO&#8221;</strong></p>
<p>Para Gramsci, la clave de la lucha por el poder era la clase obrera; los trabajadores de carne y hueso que se afanaban en las fábricas de Turín, no los míticos e idealizados trabajadores de extracción estalinista o maoísta. <em>&#8220;La concentración capitalista&#8221;, </em>escribió Gramsci en 1919,<em> &#8220;produce una correspondiente concentración de masas humanas trabajadoras. Éste es el hecho que está en la base de todas las tesis revolucionarias del marxis­mo&#8221;.</em>[15]</p>
<p>Este énfasis en el papel central de la clase trabajadora fue la base de la participación de Gramsci en los consejos de fábrica de Turín en 1919 y 1920, y también está presente en las Tesis de Lyon.</p>
<p><em>&#8220;La organización partidaria debe ser construida sobre la base de la producción y, por tanto, a partir del local de trabajo (células). Este principio es esencial para la crea­ción de un partido &#8220;bolchevique&#8221;. Depende del hecho de que el partido debe estar armado para dirigir el mo­vimiento de masas de la clase obrera, que es naturalmente unificada por el desarrollo del capitalismo a partir del proceso de producción. Situando la base de organización en el lugar de la producción, el partido hace una elección con relación a la clase sobre la cual se apoya. Se proclama partido de clase y partido de una sola clase, la clase obrera.</em></p>
<p><em>&#8220;Todas las objeciones al principio que fundamenta la organización del partido sobre la base de la produc­ción proceden de concepciones propias a clases ex­trañas al proletariado… y son la expresión del espíri­tu anti-proletario del pequeño‑burgués intelectual, que se considera &#8220;la sal de la tierra&#8221;, y ve en el obrero el instrumento material de la transformación social y no el protagonista consciente e inteligente de la revolución&#8221;.</em> [16]</p>
<p>En el partido deben caber intelectuales y campesinos, pero:</p>
<p><em>&#8220;es preciso rechazar vigorosamente como contrarrevolucionaria cualquier concep­ción que haga del par­tido una &#8220;síntesis&#8221; de elementos heterogéneos, en vez de sustentar, sin ninguna concesión de ese tipo, que es una parte del proletariado; que el proletariado debe imprimir en ello la marca de su propia organi­zación; y que el proletariado debe tener garantizada una función dirigente dentro del propio partido&#8221;</em>.[17]</p>
<p>La razón es simple; la fuerza revolucionaria decisiva es la clase obrera:</p>
<p><em>&#8220;La práctica del movimiento de las fábricas (1919‑1920) demostró que sólo una organización implantada en el local y en el sistema de producción permite establecer un contacto entre las capas supe­riores e inferiores de la masa trabajadora (obreros cualificados, no‑cualificados y braceros).’&#8221;</em>[18]</p>
<p>Gramsci estaba lejos de negar la importancia vital de ganar a los trabajadores agrícolas no propietarios y a los campesinos para la revolución. También consideraba que sería muy favorable para la clase trabajadora la conquista de sectores de la clase media. Pero para él esto significaba que la clase trabajadora tendría la dirección, sin ocultar sus metas socialistas. Los revolucionarios tenían que estar dispuestos a luchar junto con no revolucionarios en torno a objetivos no necesariamente socialistas, tales como la reivindicación por una Asamblea Constituyente más democrática. Pero debería quedar claro que:</p>
<p><em>&#8220;…no hay posibilidad de una revolución en Italia que no sea la revolución socialista. En los países capita­listas, la única clase capaz de realizar una transfor­mación social profunda y real es la clase trabajadora&#8221;.</em>[19]</p>
<p>Sobre esta base, incluso después de haber roto con el ultraizquierdismo de Bordiga, Gramsci continua­ba en firme oposición a la corriente de derecha en el Partido Comunista dirigida por Tasca (cuya política hoy los situaría a la izquierda de los euroco­munistas). Gramsci insistió en que era &#8220;pesimismo&#8221; y &#8220;desviación&#8221; pensar que:</p>
<p><em>&#8220;…ya que el proletariado no puede derrumbar el régimen pronto, la mejor táctica es aquella cuya meta sea, si no un verdadero bloque bur­gués‑proletario para la eliminación constitucional del fascismo, al menos una pasividad de la vanguar­dia revolucionaria y la no intervención del Partido Comunista en la lucha política inmediata, que permitía así a la burguesía utilizar el proletariado como tropa electoral contra el fascismo. Este pro­grama se expresa en la fórmula de que el Partido Comunista debe ser el “ala izquierda” de una opo­sición que reúna a todas las fuerzas que conspiran para derribar el régimen fascista&#8221;.</em>[20]</p>
<p><em>El Partido Comunista tenía que encabezar algunas de las reivindicaciones democráticas de los partidos burgueses de oposición, pero para que &#8220;esos partidos, así sujetos a la prueba de las acciones, se desenmascaren delante las masas y pierdan su influencia sobre ellas&#8221;.</em>[21]</p>
<p>No hay ninguna duda de que si Gramsci estuviese vivo hoy, sus pretendidos admiradores en el PCI y en los demás partidos reformistas le insultarían por no entender la necesidad de una &#8220;amplia alianza democrática&#8221; de todas las fuerzas “antimonopolistas”.</p>
<p><strong>&#8220;ESPONTANEÍSMO&#8221;</strong></p>
<p>El área más acabada del pensamiento de Gramsci concierne a la lucha para desarrollar una consciencia revolucionaria en la clase obrera.</p>
<p>Parte de la insistencia de que la clase obrera no puede ser entrenada mecánicamente para la lucha, como si fuese un ejército. Su disciplina depende de su conscien­cia. Y ésta, a su vez, crece conforme a la experiencia práctica de lucha.</p>
<p>Las ideas de Gramsci sobre esta cuestión se desenvuel­ven a partir de una polémica contra las otras tres princi­pales corrientes de la izquierda italiana en el primer año después de la Primera Guerra Mundial.</p>
<p>La mayor de ellas, dirigida por Serrati, veía al Partido Socialista como la encarnación de la consciencia de clase. La dictadura del proletariado sería, según sus pala­bras, la &#8220;dictadura del Partido Socialista&#8221;. Para él la consciencia de clase se identificaba con la tarea lenta y metódica de construir el partido. La segunda corriente, la de los revolucionarios ultraizquierdistas agrupados en torno a Bordiga, pensaba que el partido de Serrati jamás se atrevería a tomar el poder. Pero ellos también veían la consciencia de clase personificada en un Partido, el Partido Comunista, concebido como un pequeño grupo de élite, formado por cuadros altamente entrenados y disciplinados. Solamente después de que el partido hubiese tomado el poder en nombre de la clase serían formados los soviets (consejos obreros).[22]</p>
<p>La tercera corriente, el ala derecha del Partido Comunista, dirigida por Tasca, acentuaba por un lado, la educación de los trabajadores, y por otro, los acuerdos con los dirigentes sindicales &#8220;de izquierda&#8221;. Todos los grupos a pesar de sus divergencias, compartían la noción de que correspondía a los dirigentes del partido &#8220;dar&#8221; la consciencia de clase a los trabajadores, así como se dan migas a los pájaros.</p>
<p>Para Gramsci por el contrario, lo que determinaba el crecimiento de la consciencia obrera era la naturaleza y la dirección que se daba a las luchas e instituciones que se desarrollaban espontáneamente. Para él como para Lenin y Trotsky, el soviet no era una abstracción a ser creada por el partido en un cierto momento, sino algo nacido como un órgano de la lucha de los trabajadores en la fábrica, iniciándose, eventualmente, en torno a alguna cuestión aparentemente insignificante. Por ejemplo, la ocupación semi-insurreccional de setiembre de 1920 fue provocada por el fracaso de las negociacio­nes entre el sindicato y la patronal sobre el acuerdo salarial nacional de los metalúrgicos.[23] El soviet tenía que desarrollarse como una organización que vincu­lase a los trabajadores en torno al lugar de producción, cualquiera que fuese la categoría profesional, cualquiera que fuese el sindicato, estuviesen o no sindicalizados. Una organización que uniese sus luchas con las de otros trabajadores vinculados a ellos en el proceso productivo, una organización que expresase su creciente consciencia de unidad, fuerza y capacidad de controlar la producción.[24]</p>
<p>Los consejos obreros de Turín no surgieron de la nada. Nacieron como &#8220;comisiones internas&#8221; en las fábricas, con funciones semejantes en muchos sentidos, a las cumplidas por los comités de delegados sindicales en Inglaterra (shop stewards’ committees). Gramsci pensaba que su papel y el de sus camaradas de <em>L’Ordine Nuovo</em>, el periódico que editaban en Turín, era promover este desarrollo espontáneo, generalizar las comi­siones internas, ampliar sus bases, animarlas a arrancar cada vez más poder a la gerencia, y crear vínculos entre sí.</p>
<p>En palabras de Gramsci:</p>
<p><em>&#8220;El problema del desarrollo de las comisiones internas se volvió el problema central, la idea de L’Ordine Nuovo. Llegó a verse como el problema fundamental de la revolución obrera; era el proble­ma de la &#8220;libertad&#8221; proletaria. Para nosotros y nuestros seguidores, L’Ordine Nuovo se volvió el &#8220;periódico de los Consejos de Fábrica&#8221;. Los obreros adoraban L’Ordine Nuovo, y ¿por qué?</em></p>
<p><em>Porque en sus artículos descubrían una parte –la mejor parte– de sí mismos. Porque sentían que los artículos estaban impregnados del mismo espíritu de indagación íntima que ellos experimentaban: &#8220;¿Cómo podemos liberarnos? Como podemos volver a ser nosotros mismos?&#8221; Porque sus artículos no eran estructuras frías e intelectuales, sino que brotaban de nuestras discusiones con los mejores obreros; elabo­raban los verdaderos sentimientos, metas y pasiones de la clase obrera de Turín, los cuales nosotros mis­mos habíamos provocado y puesto a prueba. Porque sus artículos eran, prácticamente, un &#8220;tomar nota&#8221; de los eventos reales, vistos como momentos de un proceso de liberación interior y de autoexpresión por parte de la clase obrera. He ahí por qué los tra­bajadores adoraron L’Ordine Nuovo y como su idea llegó a ser &#8220;formada&#8221;.&#8221;</em>[25]</p>
<p>Cuando Gramsci escribió esas líneas en 1920 aún era miembro del Partido Socialista. Fue solamente más tarde, durante el mismo año, después de la derrota de las ocupaciones, cuando vio la necesidad de romper con el reformismo y formar un partido revolucionario homogé­neo. Sus escritos sobre los consejos de fábrica, por tanto, carecen de cualquier discusión explícita de la noción de cómo un partido revolucionario debe trabajar en ellos. Pero esos escritos enfatizan de qué modo los individuos revolucionarios y el periódico revolucionario deben actuar para captar los elementos embrionarios de orga­nización y consciencia comunistas, a medida que esos elementos surjan espontáneamente, para genera­lizarlos y articularlos, para hacer a los trabajadores conscientes de ellos.</p>
<p>Gramsci volvió a las mismas cuestiones en 1923, cuando criticó su propia disposición, durante tres años, a enterrar sus opiniones sobre el dogmatismo de Bordi­ga.</p>
<p><em>&#8220;No hemos considerado el partido como el resultado de un proceso dialéctico en el cual el movimiento espon­táneo de las masas revolucionarias y la voluntad organi­zativa y directiva del centro converjan, sino sólo como algo flotando en el aire, que se desenvuelve en y para sí mismo, y el cual las masas han de alcanzar cuando su situación sea favorable y la onda revolucionaria haya llegado a su punto máximo&#8221;</em>.[26]</p>
<p>Construir el partido revolucionario no es una cuestión de inculcar ideas en los trabajadores a través de propa­ganda abstracta. Tampoco es una cuestión de esperar hasta que los trabajadores actúen, impulsados por los efectos de la crisis económica. Se trata de relacionarse con cualquier lucha espontánea, parcial, e intentar generalizarla. Gramsci retomó exac­tamente el mismo tema, expresado en terminología más abstracta, en los Cuadernos de la Cárcel. Aquí escribe que el trabajo de un partido debe ser el de extraer los elementos de &#8220;teoría&#8221; implícitos en las luchas colectivas de la clase obrera, y contraponer esta &#8220;teoría&#8221; a todas las otras &#8220;teorías&#8221; atrasadas, preexistentes en la cabeza de los trabajadores.</p>
<p><em>&#8220;Se plantea el problema de… construir sobre una determinada práctica una teoría que, coincidiendo e identificándose con los elementos decisivos de la práctica misma, acelere el proceso histórico en acto, haciendo la práctica más homogénea, coherente y eficiente en todos sus elementos, es decir, potenciándola al máximo&#8221;</em>.[27]</p>
<p>Esto está muy lejos de la visión reformista de los eu­rocomunistas y de algunos de la izquierda laborista británica, que ven la lucha por el socialismo como un proceso de educación lento, puramente ideológico, que lleva los trabajadores a votar en número cada vez mayo­r a favor de la combinación precisa de parlamentarios y dirigentes sindicales.</p>
<p><strong>&#8220;BASISMO&#8221;</strong></p>
<p>Los políticos reformistas inspiraban en Gramsci nada menos que desprecio, en tanto procura­ban restringir el desarrollo de la lucha de clases a cana­les estrechos y preconcebidos, &#8220;para obstruir su curso arbitrariamente, a través de síntesis preestablecidas&#8221;.[28] En 1919 comenzó a analizar la fuente de esta obstrucción, localizándola en los parlamentarios del Partido Socialista y en la burocracia sindical. Remarcó la alienación que muchos trabajadores sentían en relación a sus propios sindicatos, y pasó a analizar los orígenes de ese fenómeno, explicándolo por el hecho de que los sindicatos funcionan con la finalidad de conseguir re­formas dentro del capitalismo, y tienen un cuerpo admi­nistrativo y una estructura adaptados a esta finalidad.</p>
<p>Los sindicatos, explica Gramsci:</p>
<p><em>&#8220;constituyen el tipo de organización proletaria espe­cífico del periodo de historia dominado por el capi­tal… En tal periodo, en el que los individuos valen tanto más cuanto mayor sea la cantidad de mer­cancías que posean y mayor sea el tráfico que con ellas hagan, también los obreros se han visto constreñidos a obedecer las férreas leyes de la necesidad general y se han convertido en comerciantes de su única propiedad, de su fuerza de trabajo… han creado ese enorme aparato de concentración de carne y fatiga, han fijado precios y horarios, y han organizado el merca­do… La naturaleza esencial del sindicato es competitiva; no es, en manera alguna, comunista. El sindicato no puede ser, pues, un instru­mento de renovación radical de la sociedad&#8221;.</em> [29]</p>
<p><em>&#8220;De esta manera se viene creando una verdadera casta de funcionarios y de periodistas sindicales, con un espíritu de cuerpo en absoluto contraste con la mentalidad obrera&#8221;.[</em>30]</p>
<p>Este análisis, y la experiencia de los consejos de fá­brica de Turín, llevaron a Gramsci progresivamente a ver a la burocracia sindical como un saboteador activo de la lucha de clases: <em>&#8220;El funcionario sindical concibe la legali­dad industrial como una perpetuidad. Y con demasiada frecuencia la defiende desde un punto de vista idéntico al del propietario&#8221;</em>.[31] Después de la traición de 1920, Gramsci quedó plenamente convencido del papel contra­rrevolucionario de la dirección sindical.</p>
<p><em>&#8220;La huelga general de Turín y del Piamonte chocó contra el sabotaje y la resistencia de las organi­zaciones sindicales… puso de manifiesto la urgente necesidad de luchar contra todo el mecanismo burocrático de las organizaciones sindicales, que son el más sólido apoyo para la labor oportunista de los parlamentaristas y de los reformistas, labor tendiente a la sofocación de todo movimiento revolucionario de las masas trabajadoras&#8221;.</em>[32]</p>
<p>De la misma manera, Gramsci escribió en las Tesis de Lyon que:</p>
<p><em>&#8220;El grupo que dirige la Confederación del Trabajo [la principal confederación sindical italiana al prin­cipio de los años 20] también debe ser considerado de ese punto de vista, en otras palabras, como el vehículo de una influencia desagregadora de otras clases sobre la clase obrera&#8221;</em> [33]</p>
<p>Recordemos que el Gramsci de los Cuadernos de la Cárcel no abandonó estas opiniones &#8220;inmaduras&#8221;, &#8220;obreristas&#8221;, y &#8220;basistas&#8221;. En 1930 escribió:</p>
<p><em>&#8220;Descuidar o, aún peor, despreciar los llamados mo­vimientos “espontáneos”, esto es, no darles una dirección consciente, o dejar de elevarlos a un nivel superior articulándolos con la política, frecuentemente puede llevar a consecuencias extremamente graves&#8221;.</em></p>
<p>Para Gramsci la derrota de 1920, que preparó el ca­mino para el golpe de Mussolini en 1922, tenía que ver con la incapacidad de Serrati, Bordiga y Tasca para ofrecer tal dirección a los movimientos espontáneos de obreros y campesinos:</p>
<p><em>&#8220;Ocurre casi siempre que un movimiento &#8220;espontáneo&#8221; de las clases subalternas</em> [los trabaja­dores y campesinos] <em>coincide con un movimiento reaccionario de la derecha de la clase dominante, y ambos por motivos concomitantes: por ejemplo, una crisis económica determina descontento en las clases subalternas y movimientos espontáneos de masas, por una parte, y, por otra, determina complots de los grupos reaccionarios, que se aprovechan de la debili­dad objetiva del gobierno para intentar gol­pes de estado. Entre las causas eficientes de estos golpes hay que incluir la renuncia de los grupos res­ponsables</em> [el Partido Socialista] <em>a dar una dirección consciente a los movimientos espontáneos para con­vertirlos así en un factor político positivo&#8221;</em>.[34]</p>
<p>Evidentemente Gramsci no era un &#8220;obrerista&#8221;, &#8220;espontaneísta&#8221;, o &#8220;basista&#8221; propiamente dicho, en el sentido de menospreciar la importancia de la intervenci­ón de los marxistas en la lucha de clases. Todo lo contrario. Su propia actividad en 1919‑20 y en 1924‑26 fue un ejemplo brillante (aunque no perfecto, claro) de tal intervención.</p>
<p><strong>EL ARGUMENTO CENTRAL</strong></p>
<p>La base de las distorsiones reformistas del pensamien­to de Gramsci se resume en lo siguiente:</p>
<p>Gramsci demuestra que las sociedades occidentales son bastante diferentes de la Rusia zarista. El poder de la clase dominante en Occidente se asienta principalmente, no en el control físico a través del apa­rato policial‑militar, sino en la dominación ideológica ejercida a través de una red de instituciones voluntarias que se extienden a través de la vida cotidiana (&#8220;sociedad civil&#8221;): los partidos políticos, los sindicatos, las iglesias, los medios de comunicación. El aparato represivo del Estado es apenas una entre las muchas defensas de la sociedad capitalista.</p>
<p>Se desprende de esto que la lucha clave para los revolucionarios no es un asalto directo contra el poder estatal, sino la lucha por el dominio ideológico, por aquello que Gramsci llama &#8220;hegemonía&#8221;. La hegemonía se conquista a través de un proceso prolongado por muchos años, y exige paciencia y sacrificios ilimitados por parte de la clase obrera. En particular, la clase trabajadora puede hacerse &#8220;contrahegemónica&#8221; sólo conquistando las principales secciones de la intelectualidad y las clases que ésta representa, a causa del papel decisivo que desempeñan al manejar los aparatos de dominación ideológica. Para conseguir esto, la clase trabajadora tiene que estar dispuesta a sacrificar sus intereses económicos inmediatos. Y en tanto no haya realizado esta tarea, o sea, en tanto no se haya convertido en clase &#8220;hegemónica&#8221;, las tentativas de tomar el poder estatal no acabarán sino en derrota.[35]</p>
<p>La justificación para esta posición se asienta en la dis­tinción que Gramsci hace en los Cuadernos de la Cárcel entre dos tipos de guerra:</p>
<p>(1) La guerra de maniobra o movimiento, que implica el movimiento rápido por parte de los ejércitos enemi­gos, con repentinos avances y retrocesos, en que cada uno procura desbordar el flanco del otro ejército, y cercar sus ciudades;</p>
<p>(2) La guerra de posición, una lucha prolongada en que los dos ejércitos en batalla llegan a un impase, cada uno casi incapaz de avanzar, como en las guerras de trinchera de 1914‑18.</p>
<p><em>&#8220;Los técnicos militares… </em>[consideran]<em> que en las gue­rras entre los Estados más adelantados industrialmente y en civilización, la guerra de movimiento tiene que con­siderarse como reducida ya a una función táctica más que estratégica&#8221;…</em></p>
<p><em>&#8220;La misma reducción hay que practicar en el arte y en la ciencia de la política, al menos por lo que hace a los Estados más adelantados, en los cuales la &#8220;sociedad civil&#8221; se ha convertido en una estructura muy compleja y resistente a los &#8220;asaltos&#8221; catastróficos del elemento económico inmediato (crisis, depresiones, etc.)&#8221;</em>.[36]</p>
<p>El último ejemplo victorioso de la aplicación de la guerra de movimiento, o sea de un asalto frontal contra el Estado, fue la Revolución de Octubre de 1917:</p>
<p><em>&#8220;Me parece que Ilich</em> [Lenin]… <em>había comprendido que era necesario pasar de la guerra de movimiento, victoriosamente aplicada en Oriente el año 17, a la guerra de posición o de trinchera, que era la única posible en Occidente&#8221;.</em>[37]</p>
<p>La base para este cambio en la estrategia se asentaba en las diferentes estructuras sociales de la Rusia zarista y de Europa occidental:</p>
<p><em>&#8220;En Oriente, el Estado lo era todo, la sociedad civil era primaria y gelatinosa; en Occidente… detrás del tem­blor del Estado podía de todos modos verse en segui­da una robusta estructura de la sociedad civil. El Estado era sólo una trinchera avanzada, detrás de la cual se encontraba una robusta cadena de fortalezas y fortines&#8221;.</em>[38]</p>
<p>La fórmula de la revolución permanente:</p>
<p><em>&#8220;pertenece a un período histórico en el cual los gran­des partidos políticos de masas y los grandes sindica­tos económicos aún no existían, y la sociedad estaba aún, por decirlo así, en un estado de fluidez en mu­chos aspectos… En el período después de 1870… las relaciones organizativas internas e internacionales del Estado se volvieron más complejas e imponentes, y la fórmula de 1848 de la &#8220;Revolución Permanente&#8221;</em> [Marx adoptó este slogan después de la revolución de 1848] <em>es ensanchada y superada en la ciencia política mediante la fórmula de la &#8220;hegemonía ci­vil&#8221;</em>.[39]</p>
<p>Las formulaciones de Gramsci no deben ser aceptadas acríticamente, como mostraré más adelante. Pero primero debe quedar claro que no permiten, en modo alguno, conclusiones reformistas.</p>
<p>En primer lugar, la guerra de posición es una guerra. No es colaboración de clases, como se está practicando actualmente por el Partido Comunista Italiano. El des­precio de Gramsci por los reformistas, que predicaban la colaboración de clases, no disminuyó en absoluto en la prisión. Comparaba su pasividad frente a los fascistas al <em>&#8220;castor</em> [que], <em>seguido por los cazadores que quieren arrancarle los testículos de los que se extraen medicamentos, para salvar la vida se los arranca él mismo&#8221;</em>.[40]</p>
<p>En segundo lugar, no es una revelación sorprendente afirmar que la política revolucionaria se dedica por mucho tiempo a la &#8220;guerra de posición&#8221;. Después de todo, Lenin y Trotsky defendieron en el Tercer Congreso de la III Internacional Comunista en 1921, a partir de la experiencia de los bolcheviques rusos, la forma­ción de frentes únicos con partidos reformistas, para conquistar la mayoría de la clase trabajadora para el comu­nismo. Ellos lucharon duramente contra la ultraiz­quierdista &#8220;teoría de la ofensiva&#8221;, muy en boga entonces, particularmente en el Partido Comunista de Alemania: la visión de que los Partidos Comunistas podían simple­mente lanzarse al asalto del poder, sin el apoyo de la mayoría de la clase, a través de repetidas aventuras insurreccionales. Gramsci reconocía el papel de Trotsky en el viraje de la Internacional Comunista a la táctica del frente único obrero. [41]  E identifica explícitamente la &#8220;guerra de posición&#8221; con &#8220;la fórmula del frente único&#8221;.[42]</p>
<p>En las Tesis de Lyon Gramsci intentó aplicar la tác­tica del frente único obrero a Italia. La adopción de esta táctica (a la cual se había opuesto inicialmente, si­guiendo a Bordiga) no representaba ninguna disminu­ción de la hostilidad de Gramsci hacia los re­formistas. Describió la táctica del frente único como <em>&#8220;actividad política (maniobra) cuya finalidad es desen­mascarar a los partidos y grupos llamados proletarios y revolucionarios que tienen una base de masas&#8221;.</em>[43] La táctica se adopta con respecto a las <em>&#8220;formaciones inter­medias que el Partido Comunista combate, como obstá­culos para la preparación revolucionaria del proleta­riado&#8221;.</em>[44]</p>
<p>En tercer lugar, la batalla por la hegemonía no es simplemente una batalla ideológica. Es cierto que Gramsci rechaza continuamente la opinión de que el deterioro de las condiciones económicas de los trabajadores lleva automáticamente a la consciencia revolucionaria. Subraya este punto porque en los Cua­dernos de la Cárcel lo que le interesa es refutar las tesis estalinistas del &#8220;Tercer Período&#8221;, que sostenían que la crisis mundial por sí sola llevaría a la revolución mun­dial. Gramsci &#8220;forzó el argumento&#8221; para contrarrestar esta deformación mecanicista del marxismo.</p>
<p>Pero Gramsci nunca niega el papel determinante de la economía en la vida política. Así, en cuanto <em>&#8220;puede excluirse que las crisis económicas inmediatas produz­can por sí mismas acontecimientos fundamentales; sólo pueden crear un terreno más favorable para la difusión de ciertos modos de pensar, de plantear y de resolver las cuestiones que afectan a todo el desarrollo ulterior de la vida nacional&#8221;.</em>[45] Formuló la relación entre la economía y la ideología en los siguientes términos:<em> &#8220;los hechos ideológicos de masas van siempre retrasados respecto de los fenómenos económicos de masas&#8221;, y entonces &#8220;en ciertos momentos el empuje automático debido al factor económico se frena, se detiene, o hasta queda momentá­neamente destruido por elementos ideológicos tradicio­nales&#8221;.</em> Era precisamente por causa de ese atraso de la ideología en relación a la economía por lo que la intervención del partido revolucionario en las luchas económicas de los trabajadores era necesaria, para arrancarles de la influencia reformista.</p>
<p><em>&#8220;Por eso tiene que haber una lucha consciente y pre­parada para hacer &#8220;comprender&#8221; las exigencias de la posición económica de la masa que puede contradecirse con las directivas de los jefes tradicionales. Una iniciati­va política adecuada es siempre necesaria para liberar el empuje económico de los obstáculos de la política tradicional&#8221;</em>.[46]</p>
<p>Y en uno de los pasajes centrales de los Cuadernos de la Cárcel, Gramsci volvió a la experiencia del mo­vimiento de los consejos de fábrica de Turín de 1919‑20, para contraponer de un lado, la convergencia que allí se daba entre la teoría marxista y las luchas espontáneas de los trabajadores, y de otro, tanto las luchas económicas estrechas, seccionales y &#8220;corporativistas&#8221;, como una actitud puramente intelectual y &#8220;voluntarista&#8221;, que predi­ca la política a los trabajadores desde fuera:</p>
<p>&#8220;El movimiento torinés fue acusado al mismo tiempo de ser &#8220;espontaneísta&#8221; y &#8220;voluntarista&#8221;… La acusación contradictoria muestra, una vez analizada… [que la] dirección no era &#8220;abstracta&#8221;, no consistía en una repeti­ción mecánica de las fórmulas científicas o teóricas. No confundía la política, la acción real, con la disquisición teorética. Se aplicaba a hombres reales, formados en determinadas relaciones históricas, con determinados sentimientos, modos de concebir, fragmentos de con­cepción del mundo, etc., que resultaban de las combina­ciones<em> &#8220;espontáneas&#8221; de un determinado ambiente de producción material, con la &#8220;casual&#8221; aglomeración de elementos sociales dispares. Este elemento de &#8220;espontaneidad&#8221; no se descuidó, ni menos se despreció: fue educado, orientado, depurado de todo elemento extraño que pudiera corromperlo, para hacerlo homogé­neo, pero de un modo vivo e históricamente eficaz, con la teoría moderna </em>[el marxismo].<em> Los propios dirigentes hablaban de la &#8220;espontaneidad&#8221; del movimiento, y era justo que hablaran así: esa afirmación era un estimulan­te, un energético, un elemento de unificación en profun­didad; era ante todo la negación de que se tratara de algo arbitrario, artificial, y no históricamente necesario. Daba a la masa una consciencia &#8220;teórica&#8221; de creadora de valores históricos e institucionales, de fundadora de Estados. Esta unidad de la &#8220;espontaneidad&#8221; y la &#8220;dirección consciente&#8221;, o sea, de la &#8220;disciplina&#8221;, es precisamente la acción política real de las clases subal­ternas&#8221;.</em> [47]</p>
<p>En cuarto lugar, la lucha para ganar políticamente a otras clases oprimidas (sin hablar de las capas más atrasadas de la clase obrera) no significa que la clase obrera abandone la lucha por sus propios intereses. Cuando Gramsci contrastaba la actitud &#8220;corporativista&#8221; con la &#8220;hegemónica&#8221;,[48], estaba diferenciando a aquéllos que sólo defienden sus intereses particulares dentro de la sociedad capitalista (como hacen los sindicalistas re­formistas) de los que presentan sus luchas como la clave para la liberación de todos los grupos oprimidos.</p>
<p>En la Italia de los años 20 y 30 la lucha por la hege­monía implicaba la ruptura con la estrategia de los viejos reformistas de intentar ganar concesiones para los traba­jadores del norte del país, consintiendo en el empobre­cimiento del Sur dominado por los propietarios de tierra y el clero.[49] En cambio, la clase trabajadora, además de luchar por mejoras en sus propias condiciones, tenía que ofrecer tierra a los campesinos y la perspectiva de una sociedad digna a la intelectualidad.</p>
<p>Así como en la lucha por la consciencia de la clase trabajadora, la clave para ganar el campesinado se encontraba en la vinculación de las cuestiones políticas con las reivin­dicaciones prácticas. Repetidas veces Gramsci critica a los radicales extremistas (el Partido de la Acción), en la lucha para unificar a Italia en el siglo XIX (y por impli­cación a los socialistas reformistas del siglo XX), por dejar de tomar la única acción que podía romper el dominio de la reacción y del catolicismo en el Sur: la lucha para dividir las grandes propiedades entre los campesinos. Porque veía la lucha por la hegemonía como una lucha puramente intelectual, el Partido de la Acción no consiguió aprovechar la situación. &#8220;La incapacidad de resolver el problema agrario llevó a la casi imposibilidad de resolver el problema del clerica­lismo&#8221;.[50]</p>
<p>La clase trabajadora puede tener que hacer ciertos<em> &#8220;sacrificios de orden económico‑corporativos&#8221;</em> para ganar el apoyo de otras clases. <em>&#8220;Pero también es indudable que tales sacrificios y el mencionado compromiso no pueden referirse a lo esencial, porque si la hegemonía es éti­co‑política no puede no ser también económica, no puede no tener su fundamento en la función decisiva que ejerce el grupo dirigente </em>[la clase trabajadora]<em> en el núcleo decisivo de la actividad económica&#8221;.</em>[51]</p>
<p>No hay indicación alguna de que Gramsci hubiera abandonado en los Cuadernos de la Cárcel la posición defendida en las Tesis de Lyon, según la cual los trabajadores tenían que hacer grandes esfuerzos para ganar a los campesinos, pero se podía hacerlo sólo a través de la construcción de comités de trabajadores basados en su posición económica en las fábricas, usándolos para estimular la formación de comités de campesinos. Lo interesante es que, aunque Gramsci hablaba de &#8220;bloques dominantes&#8221;, y aunque enfatizaba la necesidad de que la clase trabajadora ganase al campesinado, no usó la jerga estalinista en boga en la época, de &#8220;bloques obrerocampesinos&#8221;. Menos aún concebía a los intelec­tuales de clase media como aliados en pie de igualdad con la clase trabajadora. No se les podía ganar para seguir la dirección de la clase trabajadora a no ser en el curso de la lucha.[52]</p>
<p>En quinto y último lugar, Gramsci nunca sugiere en los Cuadernos de la Cárcel que la lucha por la hegemo­nía pueda resolver por sí sola el problema del poder estatal. Incluso en un período en el que la &#8220;guerra de posición&#8221; cumple un papel predominante, Gramsci habla de un &#8220;elemento &#8220;parcial&#8221; de movimiento&#8221;,[53] y dice que la<em> &#8220;guerra de movimiento&#8221; cumple &#8220;más una función táctica que una función estratégica&#8221;</em>.[54]</p>
<p>En otras palabras: la mayor parte del tiempo los revolucionarios se ocupan de la lucha ideológica, usando la táctica del frente único en luchas parciales para arre­batar la dirección de las manos de los reformistas. Toda­vía hay momentos periódicos de violenta confrontación, en los que uno de los lados intenta romper las trincheras del otro por medio de un ataque frontal. La insurrección armada seguía siendo para Gramsci, como dejó claro en las conversasaciones que tuvo en la prisión, &#8220;el momento decisi­vo de la lucha&#8221;.</p>
<p>El énfasis en la &#8220;guerra de posición&#8221; en los Cuader­nos de la Cárcel debe situarse en su contexto histórico. Es una metáfora cuya intención es la de dejar definitiva­mente clara una cuestión política concreta: la voluntad revolucionaria de unos pocos millares de revolucionarios en un momento de crisis no crea las condiciones para una insurrección exitosa. Estas condiciones tienen que ser preparadas por un largo proceso de intervención política y lucha ideológica. Pensar de otro modo, como hicieron Togliatti y otros estalinistas del &#8220;tercer perío­do&#8221; en el inicio de los años 30, era una completa locura. En aquellas circunstancias, Gramsci estaba menos preocu­pado en argumentar a favor de la necesidad de la insur­rección armada –dado que los estalinistas estaban en la época totalmente decididos a organizar levantamientos armados, por poca posibilidad de éxito que hubiera– que en enfatizar, como lo hizo Lenin en julio de 1917 y nuevamente en el caso de Alemania en 1921, que una insurrección sólo puede triunfar con el apoyo activo de la mayoría de la clase trabajadora.</p>
<p>Es erróneo por lo tanto, aplicar la metáfora como si tuviese validez universal, independientemente de su contexto histórico. Después de todo, incluso en términos puramente militares, la &#8220;guerra de posición&#8221; estática no siempre es apropiada, como aprendió para su desgra­cia, el Estado Mayor francés cuando los tanques alema­nes superaron la línea Maginot en 1940.</p>
<p><strong>AMBIGÜEDADES EN LAS FORMULACIONES DE GRAMSCI</strong></p>
<p>Cualquier metáfora tan sujeta a interpretacio­nes erróneas como la distinción gramsciana entre la &#8220;guerra de posición&#8221; y la &#8220;guerra de maniobra&#8221; debe ella misma, estar abierta a la crítica. Perry Anderson en un interesante ensayo, señaló que las metáforas de Gramsci envuelven una serie de ambigüedades y contradicciones, un &#8220;deslizamiento&#8221; conceptual, que los reformistas pueden aprovechar para deformar la esencia revolucio­naria de la obra de Gramsci.[55]</p>
<p>Sin duda, el contraste entre la &#8220;guerra de posición&#8221; y la &#8220;guerra de maniobra&#8221; es un poco impreciso. En un punto de los Cuadernos, Gramsci sitúa la transición de la &#8220;guerra de posición&#8221; política en el período posterior a 1871; en otro punto, no obstante, se desplaza al período de estabilización de la economía capitalista mundial, en el comienzo de los años 20. Esta confusión sobre el momento de transición es importante, porque deja por resolver la cuestión si la &#8220;guerra de posición&#8221; es una estrategia eterna o una estrategia apropiada sólo en ciertos períodos. Algunas de las formulaciones de Gramsci apuntan a la primera interpretación. Pero de­bemos necesariamente rechazar esta interpretación si atendemos a su repetida insistencia en la interacción entre el partido revolucionario y las &#8220;luchas espontáneas&#8221; de la clase, y a su creencia en la necesidad de la insurre­cción armada.</p>
<p>Una segunda confusión reside en el contraste entre Rusia y Occidente. El contraste implica una interpreta­ción incorrecta del movimiento revolucionario ruso. De hecho, las primeras tentativas de &#8220;guerra de maniobra&#8221; –los ataques armados al régimen zarista por los de­cembristas, en los años 20 del siglo pasado, y por los populistas, que consiguieron asesinar el zar en 1881– fallaron. Generaciones posteriores de revolucionarios tuvieron que adoptar una estrategia diferente. La derrota de la autocracia exigió una prolongada &#8220;guerra de posi­ción&#8221;; diez años de círculos de discusión marxista y otros diez años de agitación &#8220;economicista&#8221;, antes de que el partido de masas pudiera surgir en 1905, y después 12 años más de recuperación de fuerzas. Esta &#8220;guerra de posición&#8221; fue necesaria para preparar el terreno para la &#8220;guerra de maniobra&#8221; en 1905‑1906 y 1917.</p>
<p>Extendamos la metáfora de Gramsci: la guerra de posición militar se vuelve obsoleta y peligrosa con el descubrimiento de una nueva arma que puede romper las defensas adversarias, como en el caso de los tanques al final de la Primera Guerra Mundial (aunque no fuesen utilizados con resultados efectivos) y al principio de la Segunda Guerra Mundial. El equivalente político del tanque es el repentino, espontáneo y revolucionario &#8220;impulso de abajo&#8221; (en palabras de Gramsci) de las masas, que cogieron por sorpresa incluso a Lenin en febrero de 1917. Los revolucionarios no pueden adap­tarse a estos repentinos cambios sin un salto rápido de una postura defensiva a una postura que concuerde con la nueva &#8220;guerra de maniobra&#8221;, intentando guiar e influenciar a la vanguardia. La grandeza de Lenin reside en su habilidad en comprender exactamente cuando se debe hacer el cambio estratégico de la &#8220;guerra de posición&#8221; a la &#8220;guerra de maniobra&#8221;.</p>
<p>Lo que Lenin (así como Trotsky y Rosa Luxemburgo) comprendió fue que es necesaria la lucha prolongada por la hegemonía, por la organización y consolidación de las propias fuerzas, en ciertas etapas de la historia del mo­vimiento revolucionario. Pero este proceso contiene un peligro: el propio éxito organizativo en una determinada etapa de la lucha lleva al conservadurismo cuando se da un cambio en el estado de ánimo de las masas.</p>
<p>A fin de cuentas, el arquetipo del partido que proseguía la &#8220;guerra de posición&#8221; en la Europa anterior a la Primera Guerra Mundial era el Partido Socialdemó­crata Alemán (SPD). Este partido construyó una inmensa red de &#8220;fortificaciones&#8221; en el interior de la sociedad burguesa: centenares de periódicos, cientos de miles de militantes, cooperativas y clubes locales, un movi­miento de mujeres, una poderosa máquina sindical, y hasta una revista teórica capaz de granjearse la admiración de algunas secciones de intelectuales de gran reputación. Su tentativa de mantener estas &#8220;posiciones&#8221; cuando la Guerra Mundial estalló le llevó a pasar de la oposición a la colaboración de clases. (Es interesante recordar que la metáfora de &#8220;guerra de posi­ción y guerra de maniobra&#8221; fue empleada por Kautsky, en términos muy próximos a los de Gramsci, contra los ataques dirigidos por Rosa Luxemburgo a la dirección reformista del SPD en 1912).[56]</p>
<p><strong>RUSIA, ITALIA Y OCCIDENTE</strong></p>
<p>Italia es tomada por Gramsci como el prototipo de sociedad en la cual es necesaria la &#8220;guerra de posición&#8221;. Pero Italia en los años 20 y 30 de este siglo estaba lejos de ser una típica sociedad capitalista avanzada. Aquello que Gramsci considera característico de la &#8220;sociedad civil –la iglesia, las asociaciones culturales y políticas urbanas, los múltiples partidos burgueses y pe­queño‑burgueses, la influencia de &#8220;intelectuales funcio­nales&#8221; tales como profesores, abogados y sacerdotes–  parece hoy un fenómeno histórico transitorio, sintomáti­co del atraso de Italia de los años 20 y 30, de la prepon­derancia numérica del campesinado, del lum­penproletariado y de la pequeña burguesía. Incluso las asociaciones políticas y culturales urbanas tienden a declinar en importancia en las sociedades capitalistas más avanzadas.</p>
<p>En Gran Bretaña, tanto como en los otros países capi­talistas avanzados, el período de posguerra se ve carac­terizado por el fenómeno de la &#8220;apatía&#8221;; una caída de la participación de masas en asociaciones políticas y culturales, tales como el Partido Laborista y la Workers’ Educational Association,[57] el declive de la influencia política de los Orange Lodges[58] en Liverpool y Glasgow, una reducción de cincuenta por ciento, en un período de diez años, en el número de miembros religiosos activos. Los &#8220;intelectuales funcionales&#8221; –los abogados, profeso­res, sacerdotes, médicos– han dejado de desempeñar un papel clave en la formación local de opinión pública.</p>
<p>El capitalismo avanzado lleva a una centralización del poder ideológico, a la atomización de las masas –con la excepción decisiva de las organizaciones sindica­les basadas en el lugar de trabajo– y a un debilitamien­to de las viejas organizaciones políticas y culturales.</p>
<p>Esto se debe por un lado, a la intensificación del pro­ceso de trabajo –el trabajo por turnos dificulta la organización de asociaciones políticas o culturales locales. Por otro lado, la comercialización de la vida social, la llegada de la radio y de la televisión, la concen­tración del control sobre los medios de comunicación de masas, han debilitado el interés en otras actividades de ocio. La cantidad de estructuras efectivas de la &#8220;sociedad civil&#8221; entre el individuo y el Estado ha diminuido. Cada vez más los medios de comunicación de masas ofrecen una intermediación directa. Al mismo tiempo, la impor­tancia de la organización sindical basada en los lugares de trabajo ha crecido dramáticamente, convirtiéndose en la única institución de la &#8220;sociedad civil&#8221; no subverti­da por la atomización.</p>
<p>En estas circunstancias, la &#8220;red defensiva de trinche­ras&#8221; de que dispone la clase dominante en un tiempo de crisis llega a ser muy débil, cuando los trabajadores comienzan realmente a luchar. En efecto, la burguesía, para contener a la clase trabajadora, viene a depen­der crucialmente de la burocracia sindical, y en grado menor, de las organizaciones políticas reformistas. Pero con el paso del tiempo esto lleva a un desgaste de la con­fianza en los líderes reformistas y a explosiones espontá­neas de los trabajadores que ni aquellos líderes pueden controlar. En tales circunstancias se puede desarrollar una verdadera &#8220;guerra de maniobra&#8221;, en la cual los trabajado­res, a pesar de su falta de conciencia revolucionaria, se encuentran en conflicto directo con el Estado capitalista.</p>
<p>Como señaló Tony Cliff, en un artículo muy impor­tante fechado en 1968, el capitalismo avanzado crea &#8220;privatización&#8221; y &#8220;apatía&#8221;. Pero <em>&#8220;el concepto de apatía no es un concepto estático. Cuando el camino de la reforma individual es bloqueado, la apatía puede trans­formarse en su opuesto, en acción directa de masas. Trabajadores que han perdido su lealtad a las organiza­ciones tradicionales se encuentran impulsados, por cuenta propia, a luchas extremas y explosivas&#8221;.</em>[59]</p>
<p>Las metáforas de Gramsci se aplicaban en los años 30 para tratar de problemas concretos relacionados con la estrategia. Quienes ahora dicen ser sus seguidores intentan utilizarlas de un modo grosero para impedir la discusión actual, sin darse cuenta que desde entonces la sociedad se ha modificado en determinados aspectos decisivos. Se trata de un dogmatismo idéntico al que Marx, Lenin o Trotsky sufrieron en muchas ocasiones.</p>
<p><strong>LAS DEBILIDADES DE GRAMSCI</strong></p>
<p>Las limitaciones inherentes al pensamiento de Gram­sci se deben a las condiciones en las que vivió y escribió. En el caso de los <em>Cuadernos de la Cárcel</em>, estas limitaciones sientan la base para la distorsión de sus ideas.</p>
<p>La primera y más obvia limitación era la de que el Estado fascista le vigilaba noche y día y leía cada pala­bra que escribía. Para evitar la censura de la prisión tenía que ser vago cuando se refería a algunos de los más relevantes conceptos del marxismo. Tenía que usar un ambiguo lenguaje esopiano que ocultaba sus reales pensamientos, no sólo de sus carceleros, sino también frecuentemente de sus lectores marxistas y, a veces, se sospecha, de sí mismo.</p>
<p>Para tomar un punto decisivo: Gramsci frecuentemen­te usa la lucha de la burguesía por el poder, contra el feudalismo, como una metáfora para referirse a la lucha de los trabajadores por el poder y contra el capitalismo. Pero la comparación es peligrosamente engañosa. Puesto que las relaciones de producción capitalistas tienen como punto de partida la producción de mercancías –la producción de bienes para el mercado– que puede desarrollarse dentro de la sociedad feudal, la burguesía puede utilizar su creciente dominio económico para construir su posi­ción ideológica dentro de la estructura del feudalismo, antes de tomar el poder. En cambio, la clase trabajadora puede llegar a ser económicamente dominante sólo a través del control colectivo de los medios de producción, lo que requiere la toma, por medio de las armas, del poder político. Sólo entonces los trabajadores controlarán las imprentas, las universidades, etc., mientras que los capitalistas fueron capaces de comprarlos mucho antes de llegar a ser políticamente dominantes. Gramsci tenía necesaria­mente que most­rarse ambiguo en este punto. Pero hoy esta ambigüedad ofrece una excusa para presuntos intelec­tua­les que pretenden practicar la lucha de clases a través de una &#8220;práctica teórica&#8221;, &#8220;una lucha por la hegemonía intelectual&#8221;, cuando de hecho, no hacen más que avanzar en sus propias carreras académicas.</p>
<p>Además, Gramsci no podía escribir abiertamente so­bre la insurrección armada. Esta laguna en los Cuader­nos de la Cárcel ha dado a sus supuestos seguidores la posibilidad de ignorar la dura realidad del poder estatal que mantenía a Gramsci en sus garras.</p>
<p>Pero Gramsci tenía otras limitaciones, no sólo las físicas. Le encarcelaron justo cuando Stalin estaba ampliando su dominio sobre Rusia. Su incapacidad para com­prender plenamente este proceso marcó su pensamiento más profundamente de lo que puede parecer a primera vista.</p>
<p>Gramsci declaró su apoyo al bloque Stalin‑Bujarin formado en 1925. Parece haber aceptado el intento de construcción del &#8220;socialismo en un solo país&#8221; a través de concesiones a los campesinos, como parte de una &#8220;guerra de posición&#8221; a nivel internacional. Así, identificaba la oposición de Trotsky respecto al &#8220;socialismo en un solo país&#8221; con un rechazo ultraizquierdista del frente único, aunque sabía bien que Trotsky había sido uno de los principales responsables de la táctica del frente único.</p>
<p>Gramsci, como hemos visto, era muy consciente y muy crítico con el sofocante burocratismo estalinista. Pero su aceptación de la versión bujarinista-estalinista (1925‑28) del &#8220;socialismo en un solo país&#8221; le impidió entender los fracasos que se dieron en Rusia. Escribió en los <em>Cuadernos de la Cárcel: &#8220;La &#8220;guerra de posición&#8221; exige enormes sacrificios por parte de infinitas masas de personas. De modo que es necesaria una concentra­ción sin precedentes de hegemonía, y de ahí, un gobierno más &#8220;intervencionista&#8221;, que tome la ofensiva contra los oposicionistas…&#8221;.</em>[60]</p>
<p>Pero esta semidisculpa para las tendencias totalitarias es seguida por una cita de Marx, a modo de adver­tencia: &#8220;Una resistencia demasiado prolongada en un campo sitiado es desmoralizante en sí misma. Implica sufrimiento, fatiga, pérdida de descanso, enfermedad y presión continua, no del agudo peligro que tempera, sino del peligro crónico que destruye&#8221;.</p>
<p>Gramsci parece querer al mismo tiempo criticar este estado de cosas, y decir que está basado en una estrategia correcta. Esta contradicción no puede sino ejercer efectos debilitadores en otros aspectos de su teoría.</p>
<p>En 1919‑20 comprendió mejor que nadie en Europa Occidental la interrelación entre la lucha en la fábrica y la creación de los elementos de un Estado obrero. Tam­bién llegó a comprender la interacción dialéctica entre el desarrollo de la democracia obrera y su propulsor, el partido revolucionario. Este entendimiento sigue presen­te en gran parte de los Cuadernos de la Cárcel, pero en ciertos lugares está corroído por la tendencia a consi­derar el &#8220;socialismo en un solo país&#8221; como un método de la &#8220;guerra de posiciones&#8221; aplicable en otros países.</p>
<p>Gramsci no fue el único en no enfrentar la realidad del estalinismo. En la época en que estaba encarcelado y sin contacto con el movimiento internacional, los horrores del estalinismo aún estaban por acontecer. En esa época, futuros trotskistas como Andreu Nin y James P. Cannon, aún apoyaban a Stalin contra Trotsky. Pero en el caso de Gramsci este error dejó un elemento de confusión en su teoría, del cual se valen aquéllos que intentan justificar políticas reformistas hoy en día.</p>
<p>Hay aún una deficiencia más fundamental en Gram­sci. Aunque hace una exposición correcta a nivel abstracto, de la relación entre lo económico y lo político, Gramsci está solo entre los grandes marxistas, al no integrar una dimensión económica concreta en sus escritos políticos. Esto produce una arbitrariedad en sus escritos que no existe en Marx, Engels, Lenin, Rosa Luxemburgo o Trotsky. Por ejemplo, en 1925 pensaba que el fascismo estaba al borde de la ruina. Pero en los Cuadernos de la Cárcel, pocos años después, habló como si el fascismo tuviese una larga vida por delante. Habla aún del peligro de una integración &#8220;corporativista&#8221; de la clase trabajadora en el sistema, sin examinar las condicio­nes económicas que podrían hacerla posible.</p>
<p>En general, no llega a mostrar la verdadera interrela­ción entre una situación económica particular y las luchas políticas e ideológicas de individuos por ella afectados. En los años 1918‑26 puede cubrir esta laguna, en cierta medida, apoyándose en su experiencia directa de la lucha de clases. Por tanto, sus mejores escritos son aquéllos en que, asociándose con los trabajadores e intentando guiarlos, trata de problemas centrales de las luchas en curso.</p>
<p>Pero en 1926 el Estado fascista le separó brusca­mente de cualquier contacto con las masas. Gramsci era muy consciente de lo que esto significaba:</p>
<p><em>&#8220;Los libros y revistas contienen nociones generales, y apenas esbozan el curso de los eventos en el mundo, en la medida de lo posible: ellos nunca te dejan tener una idea directa, inmediata y vívida de la vida de José, Juan y María. Si no eres capaz de entender los individuos reales, no eres capaz de entender lo que es general y universal&#8221;.[</em>61]</p>
<p>Esto puede aplicarse al propio Gramsci, que fue inca­paz sin la experiencia personal directa, de entender la interrelación concreta entre la situación económica y la reacción política de los individuos afectados por ella. Pero no lo fue en el caso de Marx que, en el exilio, pudo escribir El 18 Brumario, ni en el caso de Trotsky que exiliado en Turquía, pudo producir textos profundos sobre el desarrollo diario de los hechos en Berlín.</p>
<p>Los <em>Cuadernos de la Cárcel</em> sufren por encima de todo, de la incapacidad de pasar de los conceptos abstractos a los análisis concretos de situaciones concretas. Es este hecho, evidentemente, el que atrae a aquellos burócratas y académicos que quieren un &#8220;marxismo&#8221; reformista, divorciado de las luchas de masas de los trabajadores.</p>
<p>Aunque tal proyecto sea contrario al principal im­pulso de la vida y del pensamiento de Gramsci, no por esto debemos ignorar la deficiencia de los Cuadernos, deficiencia ésta que surge de su falta de concrección. Aunque tienen un discernimiento penetrante, no se igualan a la grandeza de los mejores trabajos de Marx, Lenin o Trotsky.</p>
<p>El juez fascista, en el proceso judicial de Gram­sci, exigió su prisión &#8220;para que, durante 20 años, este cerebro deje de trabajar&#8221;. Los fascistas no consiguieron esto. Pero al cortar los lazos de Gramsci con la participación directa en la lucha de clases, sí consiguieron impedir que su marxismo realizase plenamente el potencial ma­nifestado en <em>L’Ordine Nuovo</em> y en las Tesis de Lyon.</p>
<p>_______</p>
<h3>Notas</h3>
<p><strong>Chris Harman </strong>fue editor de la <em>International Socialist Journal</em>, revista teórica y política marxista publicada en Gran Bretaña por el Socialist Workers Party (SWP). Y también autor de numerosos libros, entre los que se destacan <em>Economics of the Madhouse</em> (1995), <em>The Lost Revolution: Germany 1918 to 1923</em>(1997), <em>A People’s History of the World</em> (1999) y <em>Explaining the crisis. A marxist re-appraisal</em> (2001). Además de ser un dirigente revolucionario excepcional y militante del movimiento anticapitalista y del movimiento antiguerra. Falleciendo cuando todavía tenía mucho para brinda al movimiento obrero internacional, a la edad de 67 años el 7 de Noviembre de 2009. La redacción de este folleto data de 1983, mientras que la primera edición en Uruguay de Octubre de 2001.</p>
<p>AGA &#8211; Antonio Gramsci Antología, M Sacristán (Ed), siglo XXI, México 1970.</p>
<p>CF &#8211; Consejos de fábrica y Estado de la clase trabajadora, Antonio Gramsci, Ed Roca, México 1973.</p>
<p>IFP &#8211; Introducción a la filsofía de praxis, Antonio Gramsci, Ed Península, Barcelona 1972.</p>
<p>PP &#8211; Pasado y Presente, Antonio Gramsci, Ed Granica, Buenos Aires, 1974.</p>
<p>PW  1910‑20 &#8211; A Gramsci, Selections from the Political Writings 1910‑1920, Londres [Selecciones de los Escritos Políticos 1910‑1920]</p>
<p>PW 1921‑26 &#8211; A Gramsci, Selections from Political Writings 1921‑1926 [Selecciones de los Escritos Políticos 1921‑1926]</p>
<p>PN &#8211; A Gramsci, Selections from the Prison Notebooks [Selecciones de los Cuadernos de la Cárcel]</p>
<p>1 &#8211; <em>Spunti Critici sulle ‘Lettere dal Carcere’ di Gramsci</em>.</p>
<p>2 &#8211; A Davidson, <em>Antonio Gramsci</em> (Londres 1977), p. 240.</p>
<p>3 &#8211; Davidson, p. 269.</p>
<p>4 &#8211; Ver el discurso de David Purdy en la Conferencia sobre Gramsci, Polytechnic of Central London, 6 de marzo de 1977.</p>
<p>5 &#8211; Un reciente ejemplo representativo y particularmente grotesco es el libro de Roger Simon, <em>Gramsci’s Political Thought</em> [<em>El pensamiento político de Gramsci</em>] (Londres 1982).</p>
<p>6 &#8211; Ver por ejemplo el discurso hecho por el parlamentario británico Stuart Holland en el ‘Debate de la Década’ en Londres en el año de 1980, en <em>The Crisis and Future of the Left</em> (Londres 1980), p. 21.</p>
<p>7 &#8211; PW 1910‑20, p. 45.</p>
<p>8 &#8211; CF, pp. 30-31.</p>
<p>9 &#8211; Ver, por ejemplo, la reseña de Betty Matthews de PW 1910-20 en el <em>Morning Star</em> [periódico del Partido Co­munista de Gran Bretaña], 3 de marzo de 1977.</p>
<p>10 &#8211; Las <em>Tesis de Lyon</em> salen enteras en inglés en PW 1921‑26, p340-375. [Agradeceríamos notificación de donde se puede encontrar la traducción en castellano. N del T]</p>
<p>11 &#8211; PW 1921‑26, p. 359.</p>
<p>12 &#8211; PW 1921-26, p. 349.</p>
<p>13 &#8211; PW 1921-26, p. 357.</p>
<p>14 &#8211; Relato de una conversación con Gramsci por Athos Lisa, Rinascita.</p>
<p>15 &#8211; PW 1910-20, p. 93.</p>
<p>16 &#8211; PW 1921-26, p. 362.</p>
<p>17 &#8211; PW 1921-26, p. 363.</p>
<p>18 &#8211; PW 1921-26, p. 363.</p>
<p>19 &#8211; PW 1921-26, p. 343.</p>
<p>20 &#8211; PW 1921-26, p. 359.</p>
<p>21 &#8211; PW 1921-26, p. 375.</p>
<p>22 &#8211; Ver los artículos de Bordiga en PW 1910-20.</p>
<p>23 &#8211; Ver P Spriano, <em>The Occupation of the Factories</em> [La Ocupación de las Fábricas] (Londres 1975).</p>
<p>24 &#8211; Ver CF y PW 1910-20, Sección II.</p>
<p>25 &#8211; PW 1910-20, p. 293‑4.</p>
<p>26 &#8211; Citado en Davidson, p. 208.</p>
<p>27 &#8211; IFP, p. 66.</p>
<p>28 &#8211; PW 1910-20, p. 46.</p>
<p>29 &#8211; CF, p. 37.</p>
<p>30 &#8211; CF, p. 46.</p>
<p>31 &#8211; CF, p. 117.</p>
<p>32 &#8211; CF, p. 160.</p>
<p>33 &#8211; PW 1921-26, p355.</p>
<p>34 &#8211; AGA, p. 311-312. Gramsci ilustra su argumento con un ejemplo de la historia medieval italiana, pero queda claro que tiene en mente la derrota de las ocupaciones de fábri­cas y la ascensión del fascismo. Ver también PN, p. 225.</p>
<p>35 &#8211; Para ejemplos de su argumento ver Roger Simon, <em>Gram­sci’s Political Thought</em>, y <em>‘Gramsci´s Concept of Hege­mony’</em>, Marxism Today, marzo de 1977.</p>
<p>36 &#8211; AGA, p. 420-421.</p>
<p>37 &#8211; AGA, p. 284.</p>
<p>38 &#8211; ibid.</p>
<p>39 &#8211; PN, p. 243.</p>
<p>40 &#8211; PP, p. 80.</p>
<p>41 &#8211; PN, p. 236: aunque Gramsci, por razones propias, a las cuales haremos referencia más abajo, en otro lugar iden­tifica a Trotsky con la ‘teoría de la ofensiva’.</p>
<p>42 &#8211; AGA, p. 284.</p>
<p>43 &#8211; PW 1921-26, p. 373.</p>
<p>44 &#8211; PW 1921-26, p. 373.</p>
<p>45 &#8211; AGA, p. 417.</p>
<p>46 &#8211; AGA, p. 408.</p>
<p>47 &#8211; AGA, p. 310-311.</p>
<p>48 &#8211; Gramsci, no obstante, no inventó esta terminología, a pesar de lo que piensan muchos ‘especialistas’ que no han estudiado la historia de la III Internacional Comunista. Véase, por ejemplo, G. Zinoviev, ‘La política campesina de la NEP es válida universalmente’ en H. Gruber (ed.) <em>Soviet Russia Masters the Comintern</em> (New York, 1974).</p>
<p>49 &#8211; Véase el artículo de Gramsci sobre ‘Algunos temas de la cuestión meridional’ en PW 1921-26, p. 441‑62. Hay frag­mentos del artículo en AGA, p. 192-199</p>
<p>50 &#8211; PN, p. 101.</p>
<p>51 &#8211; AGA, p. 402.</p>
<p>52 &#8211; Frases sobre tales ‘bloques’ han sido atribuidas a Gramsci como parte de la fraseología ‘gramsciana’ de moda. No obstante tales referencias raramente aparecen en sus es­critos, y cuando la palabra ‘bloque’ es usada, aparece ge­neralmente entre comillas y se refiere a coaliciones de fuerzas de la burguesía.</p>
<p>53 &#8211; PN, p. 243.</p>
<p>54 &#8211; PN, p. 243.</p>
<p>55 &#8211; Perry Anderson, ‘The antinomies of Antonio Gramsci’, <em>New Left Review</em> Nº 100. El artículo es muy interesante porque derrumba muchas posiciones defendi­das por Anderson en el pasado.</p>
<p>56 &#8211; Ver Anderson, pp. 61‑69. Ver también Lelio Basso, <em>Rosa Luxemburg</em> (Londres, 1975), pp. 152‑153 nota 148.</p>
<p>57 &#8211; <em>Workers’ Educational Association</em>: Asociación Educativa de los Trabajadores, fundada en el inicio de este siglo, por intelectuales de la burguesía liberal, y financiada directa e indirectamente por el Estado. Para muchos de sus inte­grantes, la WEA ha sido una respuesta efectiva a la ver­dadera carencia de acceso de los trabajadores a un buen nivel de educación. No obstante, su principal finalidad es convencer la clase trabajadora a procurar mejoras en sus condiciones de vida individualmente, a través de la edu­cación, en vez de hacerlo a través de la lucha de clases. [N del T]</p>
<p>58 &#8211; Logias Orangistas: confrarias laicos protestantes estable­cidas en la década de 1880, pero significativas sobre todo a partir de los años 1920. [N del T]</p>
<p>59 &#8211; Tony Cliff, ‘On perspectives’ en <em>International Socialism</em> Nº 36. Reimpreso en T. Cliff, <em>Neither Washington nor Moscow</em> [<em>Ni Washington ni Moscú</em>] (Londres 1982) p. 234.</p>
<p>60 &#8211; PN, pp. 238‑239.</p>
<p>61 &#8211; Carta a Tatiana, noviembre de 1928, citado en Carl Boggs, <em>Gramsci’s Marxism</em> (Londres 1977) p. 62.</p>
<p>______</p>
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		<title>Luxemburg. Socialista revolucionaria</title>
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		<pubDate>Wed, 09 Mar 2011 10:14:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Socialismo Internacional</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><span style="font-size:13px;font-weight:normal;"><a href="http://socialismointernacional.files.wordpress.com/2011/03/rosa-socialista-revolucionaria.jpg"><img class="alignleft size-full wp-image-461" title="Rosa. Socialista revolucionaria" src="http://socialismointernacional.files.wordpress.com/2011/03/rosa-socialista-revolucionaria.jpg?w=190&#038;h=270" alt="" width="190" height="270" /></a></span>Rosa Luxemburg es una figura clave del marxismo revolucionario pero poco conocida. El primer objetivo de este folleto es difundir sus ideas. El segundo objetivo, es evaluar su obra. El dilema <em>&#8220;socialismo o barbarie&#8221;</em> propuesto por ella, ya no se refiere solo a la matanza en las trincheras, como en su época, sino a la limpieza étnica, los “bombardeos inteligentes”, y a la muerte lenta del desastre medioambiental. Por otra parte, lo que Luxemburg criticó dentro del movimiento obrero y de la izquierda, las burocracias sindicales y las dirigencias reformistas, tampoco ha desaparecido. Y  por suerte, tampoco lo han hecho, las huelgas de masas y las revueltas populares que le inspiraron, y de las cuales ella misma participó. La contribución de Luxemburg es fundamental y este folleto es un excelente punto de partida para su estudio.</p>
<h6><strong>TONY CLIFF (1959)</strong></h6>
<p><strong><span id="more-460"></span>_____</strong></p>
<p><strong>INTRODUCCIÓN</strong></p>
<p>El 15 de enero de 1919 el culatazo de rifle de un soldado destrozó el cráneo de Rosa Luxemburg, luchadora, pensadora y genio revolucionario. Personificación de la unidad entre la teoría y la práctica, la vida y la obra de Rosa Luxemburg requieren una descripción tanto de sus actividades como de su pensamiento: ellos son inseparables. No obstante, dentro del marco de un folleto, no podemos hacer justicia a ambos. Para evitar nadar entre dos aguas, este ensayo se concentra principalmente en la doctrina de Rosa Luxemburg ya que ésta contiene su permanente contribución al movimiento internacional socialista. Una socialista científica, como Rosa Luxemburg, cuyo lema fue<em> “dudar de todo”</em>, no podría haber deseado nada mejor que una evaluación crítica de su propio trabajo. Con ese espíritu de admiración y de crítica ha sido escrito este ensayo.</p>
<p><strong>_____</strong></p>
<p><strong>Capítulo 1</strong></p>
<p><strong>ESBOZO BIOGRÁFICO</strong></p>
<p>Rosa Luxemburg nació en la pequeña población polaca de Zamosc, el 5 de marzo de 1871. Desde muy joven fue activista del movimiento socialista. Se unió a un partido revolucionario llamado <em>Proletariat</em>, fundado en 1882, alrededor de 21 años antes de que se fundara el Partido Obrero Social Demócrata de Rusia (bolcheviques y mencheviques).</p>
<p><em>Proletariat</em> estuvo desde sus comienzos, tanto en principios como en programa, señaladamente adelantado con respecto al movimiento revolucionario en Rusia. Mientras el movimiento revolucionario ruso estaba todavía restringido a actos de terrorismo individual llevados a cabo por una heroica minoría de intelectuales, <em>Proletariat </em>organizaba y dirigía a miles de trabajadores en huelga. No obstante, en 1886, Proletariat fue prácticamente decapitado por la ejecución de cuatro de sus líderes, el encarcelamiento de otros veintitrés bajo largas condenas a trabajos forzados y el destierro de otros doscientos. Sólo se salvaron del naufragio pequeños círculos, y a uno de ellos se unió Rosa Luxemburg a los 16 años. Alrededor de 1889, su actuación llegó a oídos de la policía y tuvo que abandonar Polonia, ya que sus camaradas pensaron que podría realizar tareas más útiles en el exterior que en prisión. Fue a Zurich, en Suiza, que era el centro más importante de emigración polaca y rusa. Ingresó en la universidad, donde estudió ciencias naturales, matemáticas y economía. Tomó parte activa en el movimiento obrero local y en la intensa vida intelectual de los revolucionarios emigrados.</p>
<p>Apenas dos años más tarde, Rosa ya era reconocida como líder teórico del partido socialista revolucionario de Polonia. Llegó a ser colaboradora principal del diario del partido, <em>Sprawa Rabotnicza</em>, publicado en París. En 1894, el nombre del partido, <em>Proletariat</em>, cambió por el de Partido Social Demócrata del Reino de Polonia; muy poco después, Lituania se añadió al título. Rosa siguió siendo líder teórico del partido —el SDKPL— hasta el fin de su vida.</p>
<p>En agosto de 1893, representó al partido en el Congreso de la Internacional Socialista. Allí, siendo una joven de 22 años, tuvo que lidiar con veteranos muy conocidos de otro partido polaco, el Partido Socialista Polaco (PPS), cuyo principio más importante era la independencia de Polonia, y que demandaba el reconocimiento de todos los miembros de mayor experiencia del socialismo internacional.</p>
<p>La ayuda para el movimiento nacional en Polonia tenía tras de sí el peso de una larga tradición: también Marx y Engels habían hecho de esto un principio importante en su política. Impertérrita ante todo esto, Rosa cuestionó al PSS, acusándolo de tendencias claramente nacionalistas y de propensión a desviar a los trabajadores de la senda de la lucha de clases; se atrevió a tomar una posición diferente a la de los viejos maestros y se opuso al slogan de <em>“independencia para Polonia”</em> (Para una elaboración de la posición de Rosa Luxemburg sobre la cuestión nacional, véase el Capítulo 6.) Sus adversarios acumularon injurias sobre ella: algunos, como el veterano discípulo y amigo de Marx y Engels, Wilhelm Liebknecht, llegó a acusarla de ser agente de la policía secreta zarista. No obstante, ella se mantuvo en sus trece.</p>
<p>Intelectualmente crecía a pasos agigantados. En 1898, se dirigió al centro del movimiento obrero internacional en Alemania, que la atrajo irresistiblemente.</p>
<p>Comenzó a escribir asiduamente, y después de un tiempo llegó a ser uno de los principales colaboradores del periódico teórico marxista más importante de la época, <em>Die Neue Zeit</em>. Invariablemente independiente en el juicio y en la crítica, ni siquiera el tremendo prestigio de Karl Kautsky, su director —“Papa del marxismo”, como se le llamaba—, lograba apartarla de sus opiniones elaboradas, una vez que estaba convencida de ellas.</p>
<p>Rosa entregó cuerpo y alma al movimiento obrero en Alemania. Era colaboradora regular de numerosos diarios socialistas —y en algunos casos directora—, dirigió muchos mítines populares y tomó parte enérgicamente en todas las tareas que el movimiento le requería. Desde el principio hasta el fin, sus disertaciones y artículos eran trabajos creativos originales, en los que apelaba a la razón más que a la emoción, y en los que siempre abría a sus oyentes y lectores un horizonte más amplio.</p>
<p>En este momento, el movimiento de Alemania se dividió en dos tendencias principales, una reformista —con fuerza creciente— y la otra revolucionaria. Alemania había gozado de creciente prosperidad desde la crisis de 1873. El nivel de vida de los trabajadores había ido mejorando ininterrumpidamente, aunque en forma lenta: los sindicatos y cooperativas se habían vuelto más fuertes. En estas circunstancias, la burocracia de estos movimientos, junto con la creciente representación parlamentaria del Partido Social Demócrata, se alejaba de la revolución y se inclinaba con gran ímpetu hacia los que ya proclamaban el cambio gradual o el reformismo como meta. El principal vocero de esta tendencia era Eduard Bernstein, un discípulo de Engels. Entre 1896 y 1898, escribió una serie de artículos en <em>Die Neue Zeit</em> sobre “Problemas del Socialismo”, atacando cada vez más abiertamente los principios del marxismo. Estalló una larga y amarga discusión. Rosa Luxemburg, que acababa de ingresar en el movimiento obrero alemán, inmediatamente salió en defensa del marxismo. De forma brillante y con magnífico ardor atacó el propagado cáncer del reformismo en su folleto<em> ¿Reformismo o revolución?</em>. (Para una elaboración de su crítica del reformismo, véase el Capítulo 2).</p>
<p>Poco después, en 1899, el “socialista” francés Millerand participó de un gobierno de coalición con un partido capitalista. Rosa siguió atentamente este experimento y lo analizó en una serie de brillantes artículos referentes a la situación del movimiento francés en general, y a la cuestión de los gobiernos de coalición en particular (véase el Capítulo 2). Después del fiasco de Macdonald en Gran Bretaña, el de la República de Weimar en Alemania, el del Frente Popular en Francia en la década de los 30 y los gobiernos de coalición posteriores a la Segunda Guerra Mundial en el mismo país, queda claro que las enseñanzas impartidas por Rosa no son únicamente de interés histórico.</p>
<p>Entre 1903-1904, Rosa se entregó a una polémica con Lenin, con quien disentía en la cuestión nacional (véase el Capítulo 6), y en la concepción de la estructura del partido y la relación entre el partido y la actividad de las masas (véase el Capítulo 5).</p>
<p>En 1904, después de <em>“insultar al Káiser”, </em>fue sentenciada a nueve meses de prisión, de los cuales cumplió solo uno.</p>
<p>En 1905, con el estallido de la primera Revolución rusa, escribió una serie de artículos y panfletos para el partido polaco, en los que exponía la idea de la revolución permanente, que había sido desarrollada independientemente por Trotsky y Parvus, pero sostenida por pocos marxistas de la época. Mientras que tanto los bolcheviques como los mencheviques, a pesar de sus profundas divergencias, creían que la revolución rusa había de ser democrático-burguesa, Rosa argüía que se desarrollaría más allá del estadio de burguesía democrática y que podría terminar en el poder de los trabajadores o en una derrota total. Su slogan era “dictadura revolucionaria del proletariado basada en el campesinado”.[1]</p>
<p>Sin embargo, pensar, escribir y hablar sobre la revolución no era suficiente para Rosa Luxemburg. El <em>motto </em>de su vida fue: <em>“En el principio fue el acto”.</em> Y aunque no gozaba de buena salud en ese momento, entró de contrabando en la Polonia rusa tan pronto como pudo (en diciembre de 1905). En ese momento el punto culminante de la revolución había sido superado. Las masas todavía estaban activas, pero ahora vacilantes, mientras la reacción alzaba su cabeza. Se prohibieron todos los mítines, pero los obreros todavía los celebraban en sus fortalezas: las fábricas. Todos los periódicos de los trabajadores fueron suprimidos, pero el del partido de Rosa seguía apareciendo todos los días, impreso clandestinamente. El 4 de marzo de 1906 fue arrestada y detenida durante cuatro meses, primero en la prisión y posteriormente en un fuerte. A causa de su mala salud y de su nacionalidad alemana, fue liberada y expulsada del país.[2]</p>
<p>La revolución rusa dio vigor a una idea que Rosa había concebido años atrás: que las huelgas de masas —tanto políticas como económicas— constituían un elemento cardinal en la lucha revolucionaria de los trabajadores por el poder, singularizando a la revolución socialista de todas las anteriores. A partir de allí elaboró aquella idea en base a una nueva experiencia histórica. (Véase el Capítulo 3)</p>
<p>Al hablar en tal sentido en un mitin público fue acusada de<em> “incitar a la violencia”, </em>y pasó otros dos meses en prisión, esta vez en Alemania.</p>
<p>En 1907, participó en el Congreso de la Internacional Socialista celebrado en Stuttgart. Habló en nombre de los partidos ruso y polaco, desarrollando una posición revolucionaria coherente frente a la guerra imperialista y al militarismo. (Véase el Capítulo 4)</p>
<p>Entre 1905 y 1910, la escisión entre Rosa Luxemburg y la dirección centrista[3] del SPD —del que Kautsky era el portavoz teórico— se hizo más profunda. Ya en 1907, Rosa había expresado su temor de que los líderes del partido, al margen de su profesión de marxismo, vacilarían frente a una situación que requiriera acción. El punto culminante llegó en 1910, cuando se produjo una ruptura total entre Rosa y Karl Kautsky por la cuestión de <em>la vía de los trabajadores hacia el poder</em>. Desde ese momento, el SPD se dividió en tres tendencias diferenciadas: los reformistas, que progresivamente fueron adoptando una política imperialista; los así llamados marxistas de centro, conducidos por Kautsky (ahora apodado por Rosa Luxemburg “líder del pantano”), quien conservaba su radicalismo verbal pero se limitaba cada vez más a los métodos parlamentarios de lucha; y el ala revolucionaria, de la que Rosa Luxemburg era la principal inspiradora.</p>
<p>En 1913, publicó su obra más importante: <em>La acumulación de capital. (Una contribución a la explicación económica del imperialismo). </em>Ésta es sin duda, desde <em>El Capital </em>una de las contribuciones más originales a la doctrina económica marxista. Este libro —como lo señalara Mehring, el biógrafo de Marx— con su caudal de erudición, brillantez de estilo, vigoroso análisis e independencia intelectual, es de todas las obras marxistas, la más cercana a<em> El Capital</em>. El problema central que estudia es de enorme importancia teórica y política: los efectos que la expansión del capitalismo en territorios nuevos y atrasados, tiene sobre sus propias contradicciones internas y sobre la estabilidad del sistema. (Para un análisis de esta obra véase el Capítulo 8.)</p>
<p>El 20 de febrero de 1914, Rosa Luxemburg fue arrestada por incitar a los soldados a la rebelión. La base de esta acusación fue una arenga en la que declaró: <em>“Si ellos esperan que asesinemos a los franceses o a cualquier otro hermano extranjero, digámosles: ‘No, bajo ninguna circunstancia’”. </em>En el Tribunal se transformó de acusada en acusadora, y su disertación —publicada posteriormente bajo el título <em>Militarismo, guerra y clase obrera</em>— es una de las más inspiradas condenas del imperialismo por parte del socialismo revolucionario. Se la sentenció a un año de prisión, pero no fue detenida ahí mismo. Al salir de la sala del tribunal fue de inmediato a un mitin popular, en el que repitió su revolucionaria propaganda antibélica.</p>
<p>Cuando estalló la Primera Guerra Mundial, prácticamente todos los líderes socialistas fueron devorados por la marea patriótica. El 3 de agosto de 1914, el grupo parlamentario de la socialdemocracia alemana decidió votar a favor de créditos para el gobierno del Káiser. Sólo quince de los ciento once diputados mostraron algún deseo de votar en contra. No obstante, después de serles rechazada su solicitud de permiso, se sometieron a la disciplina del partido, y el 4 de agosto, todo el grupo socialdemócrata votó por unanimidad en favor de los créditos. Pocos meses después, el 3 de diciembre, Karl Liebknecht ignoró la disciplina del partido para votar de acuerdo con su conciencia. Fue el único voto en contra de los créditos para la guerra.</p>
<p>La decisión de la dirección del partido fue un rudo golpe para Rosa Luxemburg. Sin embargo, no se permitió la desesperación. El mismo día que los diputados de la socialdemocracia se unieron a las banderas del Káiser, un pequeño grupo de socialistas se reunió en su departamento y decidió emprender la lucha contra la guerra. Este grupo, dirigido por Rosa, Karl Liebknecht, Franz Mehring y Clara Zetkin, finalmente se transformó en la Liga Espartaco. Durante cuatro años, principalmente desde la prisión, Rosa continuó dirigiendo, inspirando y organizando a los revolucionarios, levantando las banderas del socialismo internacional. (Para más detalles de su política antibélica, véase el Capítulo 4.)</p>
<p>El estallido de la guerra, separó a Rosa del movimiento obrero polaco, pero debe de haber obtenido profunda satisfacción, porque su propio partido en Polonia permaneciera en todo sentido leal a las ideas del socialismo internacional.</p>
<p>La Revolución rusa de febrero de 1917 concretó las ideas políticas de Rosa: oposición revolucionaria a la guerra y lucha para el derrocamiento de los gobiernos imperialistas. Desde la prisión, seguía febrilmente los acontecimientos, estudiándolos a fondo con el objeto de recoger enseñanzas para el futuro. Señaló sin vacilaciones que la victoria de febrero no significaba el final de la lucha, sino solo su comienzo; que únicamente el poder en manos de la clase trabajadora podía asegurar la paz. Emitió constantes llamamientos a los trabajadores y soldados alemanes para que emularan a sus hermanos rusos, derrocaran a los junkers y al capitalismo. Así, al mismo tiempo que se solidarizarían con la revolución rusa, evitarían morir desangrados bajo las ruinas de la barbarie capitalista.</p>
<p>Cuando estalló la Revolución de octubre, Rosa la recibió con entusiasmo, ensalzándola con los términos más elevados. Al mismo tiempo, no sustentaba la creencia de que la aceptación acrítica de todo lo que los bolcheviques hicieran fuera útil al movimiento obrero. Previó claramente que si la Revolución rusa permanecía en el aislamiento, un elevado número de distorsiones mutilarían su desarrollo; bien pronto señaló tales distorsiones en el proceso de desarrollo de la Rusia soviética, particularmente sobre la cuestión de la democracia. (Véase el Capítulo 7.)</p>
<p>El 8 de noviembre de 1918, la revolución alemana liberó a Rosa de la prisión. Con todo su energía y entusiasmo se sumergió en la lucha revolucionaria. Lamentablemente las fuerzas reaccionarias eran poderosas. Líderes del ala derecha de la socialdemocracia y generales del viejo ejército del Káiser unieron sus fuerzas para suprimir al proletariado revolucionario. Miles de trabajadores fueron asesinados; el 15 de enero de 1919 mataron a Karl Liebknecht; el mismo día, el culatazo de rifle de un soldado destrozó el cráneo de Rosa Luxemburg.</p>
<p>El movimiento internacional de los trabajadores perdió, con su muerte, uno de sus más nobles espíritus. <em>“El más admirable cerebro entre los sucesores científicos de Marx y Engels”, </em>como dijo Mehring, había dejado de existir. En su vida, como en su muerte, dio todo por la liberación de la humanidad.</p>
<p><strong>_____</strong></p>
<p><strong>Capítulo 2</strong></p>
<p><strong>REFORMA O REVOLUCIÓN SOCIAL</strong></p>
<p><strong>En defensa del marxismo</strong></p>
<p>A través de toda la obra de Rosa Luxemburg se manifiesta la lucha contra el reformismo, que reducía los fines del movimiento obrero al regateo con el capitalismo en lugar de intentar derrotarlo por medios revolucionarios.</p>
<p>Eduard Bernstein —el más prominente vocero del reformismo (o revisionismo, como se lo conocía entonces)— fue el primero contra quien Rosa alzó las armas. Ella refutó sus puntos de vista, en forma especialmente incisiva, desde su folleto<em> ¿Reformismo o Revolución?, </em>que nació de dos series de artículos publicados en el<em> Leipziger Volkszeitung</em>; la primera, de septiembre de 1898, era una respuesta a los artículos de Bernstein de <em>Die Neue Zeit</em>; la segunda, de abril de 1899 fue escrita en respuesta a su libro <em>Las precondiciones del socialismo y las tareas de la socialdemocracia</em>.</p>
<p>Bernstein redefinió el carácter fundamental del movimiento obrero como, <em>“un partido de reforma democrática socialista” </em>y no como un partido de revolución social. Oponiéndose a Marx, arguyó que las contradicciones del capitalismo no se vuelven más agudas, sino que se mitigan continuamente: poco a poco el capitalismo se vuelve más tratable, más adaptable. Cártels, trusts e instituciones crediticias van gradualmente regularizando la naturaleza anárquica del sistema, así que en lugar de continuas crisis, tal como lo describía Marx, hay una tendencia hacia la prosperidad permanente. Las contradicciones sociales también se han debilitado, por la viabilidad de la clase media y la distribución más democrática de la propiedad del capital mediante sociedades anónimas. La adaptabilidad del sistema a las necesidades del momento también se muestran en la mejora de las condiciones económicas, sociales y políticas de la clase trabajadora, como resultado de las actividades de los sindicatos y las cooperativas.</p>
<p>De este análisis, Bernstein concluyó que el partido socialista debía dedicarse a mejorar gradualmente las condiciones de la clase trabajadora y no a la conquista revolucionaria del poder político.</p>
<p><strong>Contradicciones en el capitalismo</strong></p>
<p>En oposición a Bernstein, Rosa Luxemburg sostenía que las organizaciones monopólicas capitalistas (cártels y trusts) y las instituciones de crédito tendían a profundizar los antagonismos en el capitalismo y no a mitigarlos. Rosa describe su función:</p>
<p><em>“En conjunto puede decirse que los cártels… son fases determinadas del desarrollo que, en último término, sólo aumentan la anarquía del mundo capitalista y manifiestan y hacen madurar sus contradicciones internas. Los cártels agudizan la contradicción entre el modo de producción y el modo de intercambio en la medida que intensifican la lucha entre productores y consumidores… agudizan asimismo la contradicción entre el modo de producción y el modo de apropiación por cuanto enfrentan de la forma más brutal al proletariado con la omnipotencia del capitalismo organizado y, de esta manera, elevan al máximo la oposición entre el capital y el trabajo; agudizan, por último, la contradicción entre el carácter internacional de la economía mundial capitalista y el carácter nacional del estado capitalista en la medida en que van siempre acompañados del fenómeno complementario de una guerra arancelaria general y de esta manera intensifican al máximo la oposición entre los estados capitalistas concretos. A todo esto, hay que añadir el efecto directo y altamente revolucionario de los cártels sobre la concentración de la producción, el perfeccionamiento técnico, etc.”</em></p>
<p><em>“Por tanto, los cártels y los trusts no son «medios de adaptación» en su acción definitiva sobre la economía capitalista que hagan esfumarse las contradicciones en el seno de ésta, sino que son precisamente uno de los medios que la economía capitalista se ha procurado para aumentar la anarquía misma, para extender las contradicciones y acelerar su hundimiento.”</em> (RR pp52-53).</p>
<p>Dice Rosa que también los créditos, lejos de evitar la crisis capitalista, en realidad la profundizan. Las dos funciones más importantes del crédito son expandir la producción y facilitar el intercambio, y ambas agravan la inestabilidad del sistema. La crisis económica capitalista se desarrolla como consecuencia de las contradicciones entre la permanente tendencia de la producción a expandirse, y la limitada capacidad de consumo del mercado capitalista. El crédito, al estimular la producción, fomenta la tendencia a la superproducción, y ésta, sujeta a seria inestabilidad en circunstancias adversas, tiende a hacer vacilar la economía y a profundizar la crisis. El rol del crédito, al fomentar la especulación, es otro factor que aumenta la inestabilidad del modo capitalista de producción.</p>
<p>La carta de triunfo de Bernstein, en apoyo de su argumento de que las contradicciones del capitalismo estaban decreciendo, era que durante dos décadas, desde 1873, el capitalismo no había sufrido ninguna crisis económica importante. Pero, dice Rosa:<em> </em></p>
<p><em>“Apenas se había deshecho Bernstein de la teoría marxista de las crisis en 1898, cuando estalló una fuerte crisis general en 1900, y, siete años después, en 1907, una crisis nueva procedente de los Estado Unidos afectó al mercado mundial. Los hechos incontrovertibles destruían la teoría de la «adaptación» del capitalismo. Al mismo tiempo, podía comprobarse que quienes abandonaban la teoría marxista de las crisis, sólo porque había fracasado en el cumplimiento de dos de sus «plazos», confundían el núcleo de la teoría con una pequeñez externa e inesencial de su forma, con el ciclo decenal. La formulación del ciclo de la industria capitalista moderna como un período decenal, sin embargo, era una simple constatación de los hechos por Marx y Engels en 1860 y 1870, que, además, no descansaba en ley natural ninguna, sino en una serie de circunstancias históricas siempre concretas que estaban en conexión con la extensión intermitente de la esfera del capitalismo juvenil.”</em> (RR, p54n).</p>
<p>De hecho, <em>“estas crisis pueden producirse cada 10 o cada 5 años o, alternativamente, cada 20 y cada 8 años… La suposición de que la producción capitalista pueda «adaptarse» al intercambio presupone una disyuntiva: o el mercado mundial crece infinita e ilimitadamente o, por el contrario, se interrumpe el crecimiento de la fuerzas productivas, a fin de que éstas no superen los límites del mercado. La primera parte es una imposibilidad física y la segunda se enfrenta con el hecho de que continuamente se producen nuevas transformaciones técnicas en todas las esferas de la producción, que originan nuevas fuerzas productivas día a día.”</em> (RR p56)</p>
<p>En realidad, argüía Rosa, lo fundamental para el marxismo es que las contradicciones en el capitalismo —entre las crecientes fuerzas de producción y las relaciones de producción— se agravan progresivamente. Pero que tales contradicciones deban expresarse en forma de crisis generales catastróficas es algo meramente<em> “inesencial y accesorio”</em> (RR p46). La forma de expresión de la contradicción fundamental no es tan importante como su contenido. (De paso, algo que Rosa seguramente no discutiría es la idea de que una de las formas en que las contradicciones básicas pueden expresarse es en la permanente economía de guerra con su enorme desperdicio de las fuerzas productivas).</p>
<p>Rosa sostenía que cuando Bernstein negaba las cada vez más profundas contradicciones del capitalismo, mutilaba la base de la lucha por el socialismo. De esa manera el socialismo se transformaba, de una necesidad económica en una esperanza idealista, en una utopía. Bernstein preguntaba: <em>“¿Por qué razón hay que derivar el socialismo de la necesidad económica?” “¿Por qué razón hay que degradar la inteligencia, la conciencia jurídica, la voluntad del hombre?” </em>(<em>Vorwärts</em>, 26 de marzo, 1899). Rosa comentó: <em>“Por lo tanto, la distribución justa que propone Bernstein ha de hacerse merced a la voluntad libre del hombre, no condicionada por la necesidad económica, o, más precisamente, como quiera que la voluntad misma no es más que un instrumento, merced a la comprensión de la justicia, en resumen, por la idea de la justicia” .</em></p>
<p><em>“Hemos alcanzado aquí con toda felicidad el principio de la justicia, el rucio viejo sobre el que cabalgan desde hace milenios todos los reformadores del mundo a falta de medios de fomento más seguros y más históricos, el Rocinante achacoso sobre el que han marchado todos los Don Quijotes de la historia para realizar la reforma mundial, sin sacar nada en limpio más que algunos palos.”</em> (RR p86)</p>
<p>Haciendo abstracción de las contradicciones del capitalismo, la urgencia por el socialismo se vuelve meramente una quimera idealista.</p>
<p><strong>El papel de los sindicatos</strong></p>
<p>Como ya hemos señalado, Eduard Bernstein (y muchos después de él), consideraba a los sindicatos como un arma para debilitar al capitalismo. A diferencia de Bernstein, Rosa sostenía que, si bien es cierto que los sindicatos pueden afectar de alguna manera el nivel de los salarios, no pueden por sí mismos derrotar al sistema de salarios, ni a los factores económicos objetivos fundamentales que determinan el nivel de salarios.</p>
<p><em>“Los sindicatos tienen la misión de emplear su organización para influir en la situación del mercado de la mercancía fuerza de trabajo; esa organización, sin embargo, se quiebra de continuo a causa del proceso de proletarización de las capas medias, que hace afluir ininterrumpidamente nueva mercancía al mercado de trabajo. En segundo lugar, los sindicatos se proponen la elevación del nivel de vida, el aumento de la parte de la clase obrera en la riqueza social; pero esta parte aparece reducida de continuo con la fatalidad de un proceso natural, debido al aumento de la productividad del trabajo” …</em></p>
<p><em>“En el caso de estas dos funciones económicas principales, la lucha sindical se transforma en una especie de trabajo de Sísifo,</em>[4] <em>debido a ciertos procesos objetivos de la sociedad capitalista. Sin embargo, este trabajo de Sísifo resulta imprescindible si el trabajador quiere alcanzar la tasa de salario que le corresponde, según la situación correspondiente del mercado, si la ley salarial del capitalismo se ha de cumplir y la tendencia descendente del desarrollo económico se ha de paralizar en su eficacia o, más exactamente, se ha de debilitar.”</em> (RRp85)</p>
<p>¡Tarea de Sísifo! Esta expresión enfureció a los burócratas de los sindicatos alemanes. No podían admitir que el esfuerzo de los sindicatos —aunque útil para proteger a los trabajadores de la inminente tendencia del capitalismo a rebajar progresivamente sus salarios— no fuera un sustituto de la liberación de la clase trabajadora.</p>
<p><strong>Parlamentarismo</strong></p>
<p>Para Bernstein, al mismo tiempo que los sindicatos (y también las cooperativas) eran la principal palanca económica para lograr el socialismo, la democracia parlamentaria era la palanca política para esta transición. De acuerdo con su criterio, el parlamento era la encarnación de la voluntad de la sociedad, es decir, era una institución de carácter universal, al margen de las clases sociales.</p>
<p>No obstante, Rosa dice: <em>“El Estado actual no es «sociedad» ninguna en el sentido de la «clase obrera ascendente», sino el representante de la sociedad capitalista, o sea, un estado de clase” </em>(RR p61). <em>“En conjunto, el parlamentarismo no aparece como un elemento socialista inmediato que va impregnando poco a poco a la sociedad capitalista, como supone Bernstein, sino, por el contrario, como un medio específico del estado burgués de clase” </em>(RR p67).</p>
<p><strong>Gobiernos de coalición</strong></p>
<p>En el momento en que la discusión sobre la vía parlamentaria hacia el socialismo estaba en su apogeo en Alemania, fue alcanzado por primera vez por socialistas franceses lo que ellos suponían era la conquista del poder político a través del parlamento. En junio de 1899, Alexandre Millerand integró el gobierno radical de Waldeck-Rousseau, al lado del General Galliffet, principal responsable de la sangrienta represión de la Comuna de París. Este hecho fue considerado por el líder socialista francés Jaurés y por los reformistas del ala derecha como un punto decisivo altamente táctico: el poder político ya no lo esgrimía solamente la burguesía, sino que era compartido por la burguesía y el proletariado, situación que —de acuerdo con ellos— era expresión política de la transición del capitalismo hacia el socialismo.</p>
<p>Rosa siguió con toda atención este primer experimento de gobierno en coalición entre partidos capitalistas y partido socialista, haciendo una cuidadosa y profunda investigación. Ella señaló que esta coalición, que ataba de pies y manos a la clase obrera al gobierno, impedía a los trabajadores mostrar su poderío real. Y de hecho, lo que los oportunistas llamaron <em>“árida oposición” </em>era una política mucho más útil y práctica: <em>“lejos de hacer la obtención de reformas auténticas, inmediatas y tangibles, de carácter progresivo, imposible, una abierta política opositora es la única vía por la cual los partidos minoritarios en general y los partidos socialistas minoritarios en particular pueden obtener éxitos prácticos”.</em>[5] El Partido Socialista sólo debe adoptar aquellas posiciones que extienden la lucha anticapitalista: <em>“Por supuesto, con el objeto de ser eficaz, la Social Democracia debe apropiarse de todas las posiciones asequibles en el actual Estado e invalidarlo todo. No obstante, el prerrequisito es que estas posiciones hagan posible profundizar la lucha de clases, la lucha contra la burguesía y su Estado.”</em> (AR)</p>
<p>Rosa finaliza: <em>“En la sociedad burguesa, el papel de la Social Democracia es el de partido de oposición. Como partido gobernante sólo puede surgir de las ruinas del Estado burgués.” </em>(AR).</p>
<p>Fue señalado el peligro final inherente al experimento de coalición:<em> “Jaurés, el infatigable defensor de la república, está preparando el camino para el cesarismo. Suena como un mal chiste, pero el curso de la historia está sembrado de tales chistes”.</em>[6]</p>
<p>¡Qué profética! El fiasco de MacDonald en Gran Bretaña, el reemplazo de la República de Weimar por Hitler, la bancarrota del Frente Popular en los años 30 y los gobiernos de coalición en Francia después de la Segunda Guerra Mundial, que condujeron hasta De Gaulle, son algunos de los frutos postreros de las políticas de los gobiernos de coalición.</p>
<p><strong>Violencia revolucionaria</strong></p>
<p>A los reformistas, que creían que el parlamentarismo y la legalidad burguesa significaban el fin de la violencia como factor del desarrollo histórico, Rosa les oponía: “¿Cuál es la función real de la legalidad burguesa? Si un <em>‘ciudadano libre’</em> es detenido por otro contra su voluntad y confinado por un tiempo en un cuarto cerrado e incómodo, todos notan inmediatamente que se ha cometido un acto de violencia. No obstante, cuando el mismo proceso tiene lugar de acuerdo con el libro llamado código penal, y el cuarto en cuestión se encuentra en la cárcel, inmediatamente todo el asunto se considera pacífico y legal. Si un hombre es impulsado por alguien a asesinar a otros hombres, esto es evidentemente un acto de violencia. No obstante, en cuanto el proceso se llama<em> ‘servicio militar’</em>, el buen ciudadano se conforta con la idea de que todo es perfectamente legal y ajustado a un orden. Si un ciudadano es despojado contra su voluntad de una parte de su propiedad o de sus ganancias, es obvio que se ha cometido un acto de violencia, pero si el proceso se llama ‘impuestos indirectos’, todo está bien.</p>
<p><em>“En otras palabras, lo que se nos presenta bajo el barniz de la legalidad burguesa no es más que la expresión de la violencia de clase, elevada a norma obligatoria por la clase dominante. Una vez que el acto de violencia individual ha sido de esta manera elevado a norma obligatoria, el proceso se refleja en la mente del abogado burgués (y también en la del socialista oportunista) no tal como es, sino patas arriba: el proceso legal aparece como una creación independiente de ‘justicia’ abstracta, y la composición del Estado aparece como una consecuencia, como mera ‘sanción’ de la ley. En realidad, la verdad es exactamente todo lo contrario: la legalidad burguesa (y el parlamentarismo como legislatura en proceso de desarrollo) no es más que la forma social particular bajo la cual se expresa la violencia política de la burguesía, desarrollando sus bases económicas específicas.”</em> (GW, III, p361-2).</p>
<p>Por lo tanto, es absurda la idea de desplazar al capitalismo por medio de formas legales establecidas por el mismo capitalismo, que desde un principio no son más que la expresión de la violencia burguesa. En último análisis, para derrotar al capitalismo es necesaria la violencia revolucionaria:<em> “El uso de la violencia siempre será la última ratio para la clase trabajadora, la ley suprema de la lucha de clases siempre presente, algunas veces en forma latente, otras en forma activa. Y cuando tratamos de revolucionar la mente por medio de la actividad parlamentaria, es únicamente con la idea de que en caso de necesidad, la revolución puede mover no sólo la mente, sino también la mano.”</em> (GW, III, p366).</p>
<p>Qué proféticas suenan ahora, después de la desaparición de la República de Weimar, las palabras que Rosa escribiera en 1902: <em>“Si la Social Democracia tuviera que aceptar el punto de vista oportunista, renunciar al uso de la violencia y prometer a la clase trabajadora no apartarse nunca del camino del legalismo burgués, entonces todo su parlamentarismo fracasaría miserablemente tarde o temprano, y dejaría el campo libre arbitrario de la violencia reaccionaria.”</em> (GW, III, p366).</p>
<p>Pero, aunque Rosa sabía que los trabajadores estaban obligados a recurrir a la violencia revolucionaria contra la explotación y la opresión, sufría profundamente por cada gota de sangre derramada. En medio del desarrollo de la revolución alemana, escribió: <em>“Durante los cuatro años de matanza imperialista entre naciones, corrieron ríos de sangre. Ahora debemos asegurarnos de preservar con honor y en copas de cristal cada gota de este precioso líquido. Desenfrenada energía revolucionaria y amplios sentimientos humanos: éste es el verdadero aliento del socialismo. Es cierto que todo un mundo debe ser derrocado, pero cada lágrima que pudiera haberse evitado es una acusación; cada hombre que en su apresuramiento por cumplir un acto importante aplasta impensadamente una lombriz que se cruza en su camino, está cometiendo un crimen”.</em>[7]</p>
<p><strong>Hambre y revolución</strong></p>
<p>Entre los reformistas y también entre algunos que se llaman revolucionarios, prevalece la teoría de que sólo el hambre puede llevar a los trabajadores a seguir la ruta revolucionaria: los aventajados trabajadores de Europa Central y Occidental, argüían los reformistas, tienen muy poco que aprender de los hambrientos y arruinados trabajadores rusos. Rosa puso mucho empeño en corregir este erróneo concepto, escribiendo en 1906:</p>
<p><em>“hay mucha exageración en la idea de que el proletariado del imperio ruso antes de la revolución vivía en paupérrimas condiciones. Precisamente la capa de obreros de la gran industria y de las grandes ciudades, la más activa y enérgica tanto en las luchas económicas como políticas del momento actual, se encontraba, desde el punto de vista de su existencia material, apenas por debajo de la correspondiente capa del proletariado alemán, y en ciertos oficios se pueden encontrar salarios iguales e incluso superiores a los de Alemania. También en relación a la jornada de trabajo, la diferencia que existe entre las empresas de la gran industria de los dos países carece apenas de importancia. De ahí que la idea de un presunto ilotismo material y cultural de la clase obrera rusa no repose sobre ninguna base sólida. Si se reflexiona un poco, esta idea se refuta ya por el hecho mismo de la revolución y por el papel predominante que en ella desempeña el proletariado. Revoluciones con semejante madurez y lucidez políticas no se hacen con un subproletariado miserable; y los obreros de la gran industria que encabezaron las luchas en San Petersburgo, en Varsovia, en Moscú y en Odesa, están mucho más próximos al tipo occidental, en el plano cultural e intelectual, de lo que se imaginan los que consideran al parlamentarismo burgués y a la actividad sindical regular como la única e indispensable escuela del proletariado.”</em> (HM p172.)</p>
<p>Aún más, los estómagos vacíos, además de impulsar a la rebelión, conducen al sometimiento.</p>
<p><strong>¿Reformismo o revolución?</strong></p>
<p>Basándose en la lucha de clases del proletariado, tanto latente como abierta, tanto dirigida hacia la obtención de concesiones de la clase capitalista como a su derrocamiento, Rosa apoyó igualmente la lucha por las reformas sociales y por la revolución social, considerando a la primera sobre todo una escuela para la segunda, cuya importancia histórica ella aclaraba analizando las mutuas relaciones entre ambas.</p>
<p><em>“La reforma legal y la revolución no son, por tanto, métodos distintos del progreso histórico que puedan el elegirse libremente en el restaurante de la historia, como si fueran salchichas calientes y frías, sino que son momentos distintos en el desarrollo de la sociedad de clases que se condicionan y complementan uno a otro y, al mismo tiempo, se excluyen mútuamente, como el polo norte y el polo sur, o la burguesía y el proletariado&#8221;.</em></p>
<p><em>“Toda constitución legal no es más que un producto de la revolución. Así como la revolución es un acto creador de la historia de clases, la legislación implica la perpetuación política de la sociedad. La labor de la reforma legal no posee impulso ninguno por si misma, que sea independiente de la revolución, sino que en cada período de la historia se mueve en la línea del puntapié que le dio la última revolución y mientras dura su impulso; o, expresado más concretamente, sólo se mueve en el contexto del orden social establecido por la última revolución. Éste es, precisamente, el punto crucial de la cuestión” .</em></p>
<p><em>“Es absolutamente falso y completamente antihistórico imaginarse la labor de reforma legal como una revolución ampliada y, a su vez, la revolución como una reforma sintetizada. Una revolución social no se distingue por la duración de la reforma social, sino por la esencia de los dos momentos. Todo el secreto de las revoluciones históricas a través del empleo del poder político reside en la transformación de los cambios meramente cuantitativos en una calidad nueva, o, más concretamente, en la transición de un periodo histórico, de un orden social, a otro&#8221;.</em></p>
<p><em>“Por lo tanto, quien se pronuncia por el camino reformista en lugar y en contra de la conquista del poder político y de la transformación de la sociedad, en realidad no elige un camino más tranquilo, seguro y lento hacia el mismo objetivo, sino, también, otro objetivo; en lugar de la implantación de un nuevo orden social, unas alteraciones insustanciales en el antiguo. De este modo, al considerar las concepciones políticas del revisionismo se llega a la misma conclusión que al estudiar las económicas, es decir, que no buscan la realización del orden socialista, sino tan sólo la reforma del capitalista, o la eliminación del sistema de salariado, sino el más o el menos de la explotación, en una palabra, que buscan la abolición de las aberraciones capitalistas y no las del propio capitalismo.” </em>(RR pp92-93).</p>
<p><strong>_____</strong></p>
<p><strong>Capítulo 3</strong></p>
<p><strong>HUELGAS DE MASAS Y REVOLUCIÓN</strong></p>
<p><strong>Las huelgas políticas de masas</strong></p>
<p>En mayo de 1891, una huelga de masas de alrededor de 125.000 trabajadores belgas demandó reformas en el sistema electoral. En abril de 1893 estalló otra huelga que abarcó alrededor de un cuarto de millón de trabajadores, por una demanda similar. El resultado fue el voto universal, pero injusto, privilegiado: los votos de los ricos y <em>“cultos” </em>valían dos o tres veces más que los de los trabajadores y campesinos. Los trabajadores, insatisfechos, llevaron adelante otra huelga de masas nueve años más tarde, solicitando una completa revisión de la Constitución.</p>
<p>Estas huelgas de masas de carácter político produjeron gran impresión sobre Rosa. Dos artículos dedicados a la cuestión —<em>“El experimento belga”</em>, NZ, 26 de abril de 1902, y<em> “La tercer vez acerca del experimento belga”</em>, NZ, 14 de mayo de 1902— señalaban la naturaleza revolucionaria de la huelga política de masas como un arma específica de la lucha proletaria. Para Rosa, las huelgas de masas, tanto políticas como económicas, constituyen un factor muy importante en la lucha revolucionaria de los trabajadores hacia el poder.</p>
<p>El entusiasmo de Rosa Luxemburg por este método y su incisiva comprensión del mismo alcanzan nueva altura luego de la revolución rusa de 1905:</p>
<p><em>“En las anteriores revoluciones burguesas, en las que, por una parte, la educación política y la dirección de la masa revolucionaria estaban a cargo de los partido burgueses, y en las que, por la otra, se trataba simplemente del derrocamiento del viejo gobierno, la breve batalla de barricadas era la forma adecuada de la lucha revolucionaria. Hoy en día, cuando la clase obrera debe educarse, unirse y dirigirse a sí misma en el curso de la lucha revolucionaria, y cuando la revolución se dirige tanto contra el viejo poder estatal como contra la capitalista, la huelga de masas se presenta como el medio natural para reclutar a las más amplias capas del proletariado en la acción misma, para revolucionarlas y organizarlas, como el medio para socavar y derrocar el viejo poder estatal y eliminar la explotación capitalista… para poder realizar cualquier tipo de acción política directa como masas, el proletariado debe reunirse primero como masa, y para ello es necesario que salga de las fábricas y de los talleres, de las minas y de los altos hornos, y que supere esa dispersión y derroche de fuerzas a que le condena el cotidiano yugo del capitalismo. La huelga de masas es, pues, la primera forma natural y espontánea de toda gran acción revolucionaria del proletariado, y cuanto más la industria se convierta en la forma predominante de la economía social, mayor será el papel desempeñado por el proletariado en la revolución, más aguda la contradicción entre el capital y el trabajo, y mayor importancia y amplitud adquirirán necesariamente las huelgas de masas. La en otro tiempo forma principal de las revoluciones burguesas, el combate en las barricadas, el enfrentamiento abierto contra el poder armado del Estado, es sólo el punto más extremo de la actual revolución, un momento en todo el proceso de la lucha proletaria de masas.”</em> (HM p183)</p>
<p>¡Budapest, 1956!</p>
<p>Contrariamente a todos los reformistas, que ven una muralla china entre las luchas parciales para la reforma económica y la lucha política para la revolución, Rosa señaló que en un período revolucionario la lucha económica crece hasta hacerse política y viceversa.</p>
<p><em>“Sin embargo, el movimiento en su conjunto no se encamina únicamente a partir de la lucha económica hacia la política, aquí ocurre también lo contrario. Cada una de las grandes acciones políticas de masas se transforma, una vez alcanzado su punto culminante político, en toda una serie confusa de huelgas económicas. Y esto no se refiere únicamente a cada una de las grandes huelgas de masas, sino, incluso, a la revolución en su conjunto. Con la extensión, clarificación y potenciación de la lucha política, no sólo no retrocede la lucha económica, sino que se extiende, se organiza y se intensifica en igual medida. Entre ambas existe una completa acción recíproca”.</em></p>
<p><em>“Toda nueva iniciativa y toda nueva victoria de la lucha política se transforma en un impulso potente para la lucha económica, ampliando, al mismo tiempo, tanto sus posibilidades externas, como el deseo íntimo de los obreros por mejorar su situación, aumentando su combatividad. Cada encrespada ola de la acción política deja tras de sí un residuo fecundo, del que brotan al instante miles de tallos de la lucha económica. Y a la inversa. El permanente estado de guerra económica entre los obreros y el capital mantiene alerta la energía militante durante los momentos de tregua política; constituye, por así decirlo, el constante y viviente depósito de la fuerza de clase proletaria, de donde la lucha política extrae siempre nuevas fuerzas, conduciendo, al mismo tiempo, la lucha económica infatigable del proletariado, unas veces aquí, otras allá, a agudos conflictos aislados que engendran insensiblemente conflictos políticos en gran escala”.</em></p>
<p><em>“En una palabra, la lucha económica es la que conduce de una situación política a otra; la lucha política produce la fertilización periódica del terreno en el que surge la lucha económica. Causa y efecto permutan sus posiciones en todo momento, y de este modo el elemento económico y el político, lejos de diferenciarse nítidamente o de excluirse recíprocamente, como pretende un pedante esquema, constituyen dos aspectos complementarios de las luchas de clase proletarias en Rusia.”</em> (HM pp165-166)</p>
<p>El clímax lógico y necesario de la huelga de masas es <em>“una rebelión general que, sin embargo, sólo puede producirse después de una experiencia adquirida en toda una serie de rebeliones parciales y preparatorias, que desembocan temporalmente en «derrotas» exteriores y parciales, pudiendo aparecer cada una de ellas como «prematura».”</em> (HM pp160-161)</p>
<p>De las huelgas de masas resulta un resurgimiento de la conciencia de clase: <em>“Lo más preciado, precisamente por ser lo duradero, en este brusco flujo y reflujo de la revolución es su sedimento intelectual: el impetuoso desarrollo intelectual y cultural del proletariado, que ofrece una garantía inquebrantable para su imparable avance ulterior tanto en las luchas económicas como en las políticas.” </em>(HM pp155).</p>
<p>¡Y a que idealismo se elevan los trabajadores! Dejan de lado los temores sobre si tendrán o no los medios para mantenerse ellos y sus familias durante la lucha. No se preguntan si han sido cumplidos todos los preparativos técnicos preliminares:</p>
<p><em>“En el momento en que comienza en serio un verdadero período de huelgas de masas, todos los «cálculos de costos» equivalen a la pretensión de querer dejar el océano sin agua con un vaso. Pues es realmente un verdadero océano de terribles privaciones y sufrimientos el precio que tiene que pagar la masa proletaria por cada revolución. Y la solución que le ofrece un período revolucionario a esta dificultad, aparentemente insuperable, es que desencadena, al mismo tiempo, tal cantidad de idealismo en las masas, que se hacen insensibles a los más agudos sufrimientos.” </em>(HM p169)</p>
<p>Lo que justifica la confianza de Rosa es que vislumbró la magnífica iniciativa revolucionaria y la capacidad de autosacrificio expresada por los trabajadores durante una revolución.</p>
<p><strong>_____</strong></p>
<p><strong>Capítulo 4</strong></p>
<p><strong>LA LUCHA CONTRA EL IMPERIALISMO Y LA GUERRA</strong></p>
<p><strong>Aumento de la marea proimperialista en el movimiento obrero</strong></p>
<p>Durante las dos décadas que precedieron al estallido de la Primera Guerra Mundial, el apoyo al imperialismo fue desarrollándose lentamente dentro de la Internacional Socialista.</p>
<p>El Congreso de Stuttgart de la Internacional de 1907 lo mostró claramente. La cuestión colonial se tuvo en cuenta porque en ese momento el empuje de un número de fuerzas imperialistas en África y Asia se estaba volviendo feroz. Los partidos socialistas protestaron contra la rapacidad de sus propios gobiernos, pero como demostró la discusión en dicho Congreso, una posición anticolonialista consistente estaba lejos del pensamiento de muchos de los líderes de la Internacional. El Congreso designó una Comisión de Colonias, cuya mayoría presentó un informe señalando que el colonialismo tenía algunos aspectos positivos. Su proyecto de resolución señalaba: “[El Congreso] <em>no rechaza por principio y para siempre toda política colonial”. </em>Los socialistas deberían condenar los excesos del colonialismo, pero no renunciarlo totalmente. En su lugar, <em>“deben abogar por reformas, mejorar la suerte de los nativos… y educarlos para la independencia por todos los medios posibles&#8221;.</em></p>
<p><em>“Con tal propósito, los representantes de los partidos socialistas deben proponer a sus gobiernos la firma de un tratado internacional y la creación de una Ley de Colonias que proteja los derechos de los nativos y que esté garantizada por todos los Estados firmantes.”</em></p>
<p>Este proyecto de resolución fue rechazado, pero sólo por una pequeña mayoría de ciento veintisiete contra ciento ocho. Así, prácticamente la mitad del Congreso estaba abiertamente del lado del imperialismo.</p>
<p>Cuando estalló la Primera Guerra Mundial en 1914 —esencialmente una lucha entre las fuerzas imperialistas para la división de las colonias—, el apoyo de la mayoría de los líderes de la Internacional Socialista no fue inesperado.</p>
<p><strong>La lucha de Rosa Luxemburg contra el imperialismo capitalista</strong></p>
<p>En el Congreso de Stuttgart, Rosa se pronunció claramente contra el imperialismo, proponiendo una resolución que delineara la política necesaria para enfrentar la amenaza de la guerra imperialista. <em>“En el caso de una amenaza de guerra, es obligación de los trabajadores y de sus respectivos representantes parlamentarios en los países implicados, hacer todo lo posible para evitar su estallido, tomando las medidas adecuadas, que por supuesto pueden cambiar o agudizarse, de acuerdo con la intensificación de la lucha de clases y la situación política general&#8221;.</em></p>
<p><em>“En el caso de que de todos modos estallara la guerra, es su obligación tomar las medidas que la hagan terminar lo más pronto posible, y utilizar la crisis política y económica consecuente para insurreccionar a las masas populares y acelerar la caída del dominio de la clase capitalista.”</em></p>
<p>Esta resolución demostraba claramente que los socialistas debían oponerse al imperialismo y a su guerra, y que el único camino para acabar con ambos era la derrota del capitalismo, del que ambos surgen.</p>
<p>Dicha resolución logró la aprobación, pero aun así cada vez se hacía más evidente que muchos de aquellos líderes que no apoyaban abiertamente al colonialismo, tampoco concebían la lucha contra el imperialismo en términos revolucionarios.</p>
<p>Estos líderes, cuyo principal vocero era Kautsky, adoptaron el punto de vista de que el imperialismo no derivaba necesariamente del capitalismo, sino que era un absceso que la clase capitalista en su totalidad quería sacarse de encima. La teoría de Kautsky era que el imperialismo era un método de expansión apoyado por ciertos grupos capitalistas, poco numerosos pero poderosos (los bancos, los grandes fabricantes de armas), lo que era contrario a las necesidades de la clase capitalista en su totalidad, ya que las erogaciones en armamentos reducían el capital disponible para inversiones en el país y en el exterior, y en consecuencia afectaban a la mayor parte de la clase capitalista, la que progresivamente aumentaría su oposición a la política de la expansión imperialista armada. Haciéndose eco de estas ideas, Bernstein sostuvo confidencialmente en 1911 que el deseo de paz se estaba volviendo universal y que la guerra no estallaría. La carrera armamentista, de acuerdo con el marxismo centrista dirigido por Kautsky, era una anomalía que podía superarse por medio de un acuerdo de desarme general, Cortes de arbitraje internacional, alianzas para la paz, y la formación de los Estados Unidos de Europa. En una palabra, el marxismo centrista confiaba en los poderes fácticos para traer la paz a la tierra.</p>
<p>Rosa hizo mil pedazos este pacifismo capitalista brillantemente:</p>
<p><em>“…la creencia de que es posible un capitalismo sin expansión es la fórmula teórica para cierta tendencia táctica definida. Este concepto tiende a considerar la fase imperialista no como una necesidad histórica, no como el encuentro final entre capitalismo y socialismo, sino más bien como maliciosa invención de un grupo de partidos interesados. Trata de persuadir a la burguesía de que el imperialismo y militarismo son deletéreos, aun desde el punto de vista de los intereses de la burguesía, con la esperanza de que entonces ésta sea capaz de aislar al conjunto de partidos interesados y formar así un bloque entre el proletariado y la mayor parte de la burguesía, con vistas de «desviar» al imperialismo, «rendirlo» mediante el desarme parcial, y «apartar su aguijón». De la misma manera que el liberalismo burgués en su período de decadencia apelaba, de los «ignorantes» monarcas a los «esclarecidos» monarcas, ahora el marxismo centrista propone apelar de la burguesía «irrazonable» a la burguesía «razonable» con el objeto de disuadirla de una política de imperialismo con todos sus catastróficos resultados, hacia una política de tratados desarmamentistas internacionales; de una lucha armada por el dominio del mundo, hacia una pacífica federación de estados democráticos nacionales. El rendimiento general de cuentas entre el proletariado y el capitalismo, la solución de las grandes contradicciones entre ellos, se resuelven solas en un idílico compromiso para la «mitigación de las contradicciones imperialistas entre los estados capitalistas».” </em>(GW, III, p481).</p>
<p>Estas palabras son aptas no sólo para el pacifismo burgués de Kautsky y de Bernstein, sino también para todos aquellos que adhieren a la Liga de las Naciones, a las Naciones Unidas, a la Seguridad Colectiva, o a las Conferencias Cumbre.</p>
<p>Rosa demostró que el imperialismo y la guerra imperialista no podían superarse en el marco del capitalismo, ya que surgían de los intereses vitales de la sociedad capitalista.</p>
<p>Los Principios directores, redactados por Rosa, establecían:</p>
<p><em> “el imperialismo, última fase y más alto desarrollo del dominio político del capitalismo, es el enemigo mortal de los trabajadores de todos los países…La lucha contra el imperialismo es al mismo tiempo la lucha del proletariado por el poder político, el conflicto decisivo entre capitalismo y socialismo. La meta final del socialismo sólo puede lograrse si el proletariado internacional lucha intransigentemente contra el imperialismo como totalidad, y se apropia de la consigna «guerra contra guerra» como una guía práctica para la acción, apelando a toda su fuerza y a toda su capacidad de autosacrificio.”</em> (Dokumente, I, pp280-281).</p>
<p>Así, el tema central de la política antiimperialista de Rosa era que la lucha contra la guerra es inseparable de la lucha por el socialismo.</p>
<p>Con gran pasión, Rosa culmina su folleto antibélico más importante, La crisis de la socialdemocracia (más conocido como el Folleto Junius, ya que lo escribió con el seudónimo de Junius):</p>
<p><em>“Pero la actual furia de la bestialidad imperialista en los campos de Europa produce, además, otra consecuencia que deja al “mundo civilizado” completamente indiferente: la desaparición masiva del proletariado europeo… Es nuestra fuerza y nuestra esperanza la que es sesgada diariamente, hilera tras hilera, como la hierba bajo la hoz. Son las mejores, las más inteligentes, las más preparadas fuerzas del socialismo internacional, los portadores de las más sagradas tradiciones y del más audaz heroísmo del moderno movimiento obrero, las vanguardias de todo el proletariado mundial: los obreros de Inglaterra, de Francia, de Bélgica, de Alemania y de Rusia los que ahora son amordazados y asesinados en masa… Es mucho más grave que la atroz destrucción de Lovaina y de la catedral de Reims… Es un golpe mortal contra la fuerza que lleva en su seno el futuro de la humanidad y que puede salvar todos los valiosos tesoros del pasado en una sociedad mejor. Aquí el capitalismo descubre su cabeza cadavérica, aquí confiesa que ha caducado su derecho histórico a la existencia, que su dominación ya no es compatible con el progreso de la humanidad&#8221;.</em></p>
<p><em>“¡Alemania, Alemania por encima de todo! ¡Viva la democracia! ¡Viva el zar y el eslavismo! ¡Diez mil tiendas de campaña, garantía estándar! ¡Cien mil kilos de manteca, de sucedáneos de café, a entregar inmediatamente…! Los dividendos suben y los proletarios caen. Y con cada uno de ellos cae un combatiente del futuro, un soldado de la revolución, un salvador de la humanidad del yugo del capitalismo&#8221;.</em></p>
<p><em>“La locura cesará y el fantasma sangriento del infierno desaparecerá cuando los obreros de Alemania y de Francia, de Inglaterra y de Rusia despierten una vez de su delirio, se tiendan las manos fraternalmente y acallen el coro bestial de los factores imperialistas de la guerra y el ronco bramido de las hienas capitalistas, con el viejo y poderoso grito de batalla de los obreros: ¡Proletarios de todos los países, uníos!” . </em>(FJ pp106-108)</p>
<p>Con poder de visionaria Rosa señala:</p>
<p><em>“la sociedad burguesa se encuentra ante un dilema: o avance hacia el socialismo o recaída en la barbarie. …nos encontramos, como Federico Engels pronosticaba ya hace una generación, hace 40 años, ante la alternativa: o el triunfo del imperialismo, el ocaso de toda civilización y, como en la vieja Roma, despoblamiento, degeneración, desolación, un enorme cementerio; o victoria del socialismo, es decir, de la lucha consciente del proletariado internacional contra el imperialismo y su método: la guerra. Éste es el dilema de la historia mundial; una alternativa, una balanza cuyos platillos oscilan ante la decisión del proletariado con conciencia de clase.” </em>(FJ p20)</p>
<p>Y nosotros, que vivimos a la sombra de la bomba atómica…</p>
<p><strong>_____</strong></p>
<p><strong>Capítulo 5</strong></p>
<p><strong>ROSA LUXEMBUG, EL PARTIDO Y LA CLASE</strong></p>
<p><strong>El hombre hace la historia</strong></p>
<p>Rosa ha sido acusada de materialismo mecanicista, una concepción del desarrollo histórico en el que las fuerzas económicas objetivas son independientes de la voluntad del hombre. Tal acusación es totalmente infundada. Han sido muy pocos los grandes marxistas que han puesto mayor énfasis que Rosa en la actividad del hombre como factor determinante del destino de la humanidad. Rosa escribió:</p>
<p><em>“Los hombres no hacen su historia libremente. Pero la hacen ellos mismos. El proletariado depende en su acción del grado de madurez correspondiente al desarrollo social, pero el desarrollo social no se produce al margen del proletariado, es en igual medida tanto su motor y causa, su producto y su resultado. Su propia acción es parte codeterminante de la historia. Y si bien no podemos saltar por encima de ese desarrollo histórico más que lo que cualquier hombre puede pasar por encima de su propia sombra, podemos acelerarlo o retardarlo… La victoria del proletariado socialista… es resultado de ineluctables leyes de la historia, de millares de escalones de una evolución anterior penosa y demasiado lenta. Pero nunca podrá ser llevado a cabo si, de todo ese substrato de condiciones materiales acumuladas por la evolución, no salta la chispa incandescente de la voluntad consciente de la gran masa del pueblo.”</em> (FJ pp19-20).</p>
<p>Siguiendo la línea de pensamientos propugnada por Marx y Engels, Rosa sostenía que la conciencia de los fines del socialismo por parte de la masa de trabajadores es un prerrequisito necesario para el logro del socialismo. El Manifiesto Comunista establece: <em>“Todos los movimientos han sido hasta ahora realizados por minorías o en provecho de minorías. El movimiento proletario es un movimiento propio de la inmensa mayoría en provecho de la inmensa mayoría”</em>.[8] En otra ocasión Engels escribió: <em>“La época… de las revoluciones hechas por pequeñas minorías conscientes a la cabeza de las masas inconscientes, ha pasado. Allí donde se trata de una transformación completa de la organización social, tienen que intervenir directamente las masas, tienen que haber comprendido ya por sí mismas de qué se trata, por qué dan su sangre y su vida”.</em>[9]</p>
<p>En el mismo sentido, Rosa escribió:<em> “Sin la voluntad consciente y la acción consciente de la mayoría del proletariado no puede haber socialismo…”</em> (AR, II, p606).</p>
<p>Otra vez en el Programa del Partido Comunista de Alemania (Espartaco), redactado por ella misma, Rosa señala:</p>
<p><em>“La Liga Espartaco no es un partido que pretenda alcanzar el poder por encima o a través de las masas trabajadoras. La Liga Espartaco es únicamente la parte más consecuente del proletariado, que, en cada momento, señala a las masas amplias de la clase obrera sus tareas históricas y que en cada estadio particular de la revolución defiende el fin último socialista, igual que en las cuestiones nacionales defiende los intereses de la revolución mundial”…</em></p>
<p><em>“La Liga Espartaco únicamente tomará el poder cuando ello se derive de la voluntad clara y explícita de la gran mayoría del proletariado en toda Alemania, esto es, únicamente como resultado de la aprobación consciente por parte del proletariado de los criterios, los objetivos y los métodos de lucha de la Liga Espartaco”.</em></p>
<p><em>“La revolución tan sólo puede alcanzar claridad y madurez completas de un modo paulatino, a lo largo del camino del Calvario de las experiencias amargas, las derrotas y las victorias”.</em></p>
<p><em>“La victoria de la Liga Espartaco no es el comienzo, sino el fin de la revolución y coincide con la victoria de los millones de proletarios socialistas.”</em> (QP pp160-161).</p>
<p><strong>La clase y el partido</strong></p>
<p>El proletariado como clase debe ser consciente de los objetivos del socialismo y de los métodos para lograrlo, pero aún así, necesita de un partido revolucionario que lo dirija. En cada fábrica, en cada muelle, en cada obra en construcción, hay trabajadores más avanzados —es decir trabajadores más experimentados en la lucha de clases, más independientes de la influencia de la clase capitalista— y trabajadores menos avanzados. Corresponde a los primeros lograr la organización en un partido revolucionario y tratar de influir y dirigir a los segundos. Como dijo Rosa: <em>“Este movimiento de masas del proletariado necesita la dirección de una fuerza organizada basada en fuertes principios.”</em> (AR, I, p104).</p>
<p>El partido revolucionario, aunque consciente de su papel dirigente, debe cuidarse de no caer en una línea de pensamiento que lo lleve a creer que el partido es la fuente de toda corrección y virtudes, mientras que la clase trabajadora permanece como una masa inerte y sin iniciativas:</p>
<p><em>“Por supuesto, a través del análisis teórico de las condiciones sociales de la lucha, la Social Democracia ha introducido hasta un grado sin precedentes el elemento de la conciencia en la lucha de clase proletaria; dio a la lucha de clases su claridad de fines; creó, por primera vez, una organización permanente de las masas trabajadoras, configurando así la columna vertebral de la lucha de clases. No obstante, sería para nosotros un error catastrófico pretender, de ahora en adelante, que toda iniciativa histórica del pueblo deba pasar por las manos de la organización socialdemócrata únicamente, y que las masas desorganizadas del proletariado se hayan convertido en una cosa amorfa, en el peso muerto de la historia. Por el contrario, las masas populares continúan siendo la materia vívida de la historia mundial, aun en presencia de la Social Democracia; y sólo si hay sangre circulando entre los núcleos organizados y las masas populares, sólo sin un latido de vitalidad a ambos, puede la Social Democracia mostrar que es capaz de grandes hazañas históricas.”</em> (Leipziger Volkszeitung, págs 26-28, junio de 1913)</p>
<p>En consecuencia, el partido no debe extraer tácticas del aire, sino imponerse como primera obligación aprender de la experiencia de los movimientos de masas y después generalizar teniendo en cuenta esa experiencia. Los grandes acontecimientos de la historia de la clase trabajadora han demostrado más allá de toda duda el acierto de poner el acento en este punto. En 1871 los trabajadores de París establecieron una nueva forma de estado —un estado sin ejército permanente ni burocracia, con la elegibilidad y la amovilidad de los funcionarios, quienes recibían el salario promedio de un trabajador— antes de que Marx empezara a generalizar acerca de la naturaleza y estructura de un estado obrero. Nuevamente en 1905, los trabajadores de Petrogrado establecieron un Soviet independientemente del Partido Bolchevique, de hecho en oposición a la dirección bolchevique local, y enfrentando por lo menos las suspicacias, si no la animosidad, del propio Lenin. Por lo tanto, no podemos dejar de estar de acuerdo con Rosa cuando escribe, en 1904:<em> “Los rasgos generales de la táctica de lucha de la socialdemocracia no los «inventa» nadie, sino que son el resultado de una serie ininterrumpida de grandes actos creadores de la lucha primitiva de clase de carácter experimental. También aquí lo inconsciente precede a lo consciente y la lógica del proceso histórico objetivo a la lógica subjetiva de los actores.”</em> (PO, p119-120).</p>
<p>No es mediante las enseñanzas didácticas de los líderes del partido que los trabajadores aprenden. Como dijo Rosa, contradiciendo a Kautsky y Cía: <em>“Piensan que educar a las masas proletarias en el espíritu socialista significa darles conferencias, distribuir panfletos. ¡No! La escuela proletaria socialista no necesita de eso. La actividad misma educa a las masas.”</em> (Discurso en el Congreso de fundación del Partido Comunista Alemán).</p>
<p>Finalmente, Rosa llega a esta conclusión: <em>“Los errores cometidos por un movimiento obrero verdaderamente revolucionario son infinitamente más fructíferos y valiosos desde el punto de vista de la historia que la infalibilidad del mejor «comité central».”</em> (PO, p130).</p>
<p>Colocando tal énfasis (muy acertadamente) sobre el poder creativo de la clase trabajadora, Rosa estaba, no obstante, inclinada a subestimar el efecto retardatario y perjudicial que una organización conservadora podía tener sobre la lucha de masas. Creía que el repentino ascenso de las masas barrería con tal liderazgo, sin que el movimiento mismo sufriera serios daños. En 1906 escribió: <em>“Si por cualquier motivo y en cualquier momento, se producen en Alemania grandes luchas políticas y huelgas de masas, se iniciará, al mismo tiempo, una era de gigantescas luchas sindicales, sin que los acontecimientos se pregunten si los dirigentes sindicales aprueban o no el movimiento. Si se mantuvieran apartados o trataran de oponerse a la lucha, la consecuencia sería simplemente que los dirigentes del sindicato, al igual que los dirigentes del partido, en caso análogo, serían marginados por el desarrollo de los acontecimientos, y las luchas, tanto las económicas como las políticas, serían llevadas adelante por las masas, se prescindirían de ellos.” </em>(HM, p189). Este era el tema que Rosa reiteraba una y otra vez.</p>
<p><strong>Raíces históricas de los criterios de Rosa Luxemburg</strong></p>
<p>Para alcanzar las raíces de la posible subestimación de Rosa respecto del rol de la organización y de su posible sobreestimación del papel de la espontaneidad, es necesario observar la situación en que ella trabajaba. En primer lugar, debía luchar contra la oportunista dirección del Partido Social Demócrata Alemán. Esta dirección privilegiaba desproporcionadamente el factor organizativo, y no tenía en cuenta la espontaneidad de las masas. Aún allí donde aceptaba, por ejemplo, la posibilidad de una huelga de masas, la dirección reformista razonaba así: las condiciones en que se encarará la huelga, y también el momento adecuado —cuando las arcas del sindicato estén repletas, por ejemplo— serán determinados únicamente por el partido y por la dirección del sindicato, y también ellos fijarán la fecha. Además se arrogaban la tarea de determinar las metas de la huelga, que eran, según Bebel, Kautsky, Hilferding, Bernstein y otros, lograr alguna concesión o defender al Parlamento. Sobre todo, una regla era inviolable: los trabajadores no debían hacer nada que no fuera ordenado por el partido y su dirección. Fue con esta idea del partido poderoso y de las masas impotentes que Rosa libró la batalla. Pero al hacerlo quizá inclinó demasiado la balanza.</p>
<p>Otra ala del movimiento obrero con la que Rosa tuvo que lidiar era el PPS polaco. El PPS tenía una organización chauvinista, siendo su fin reconocido la independencia nacional de Polonia. Pero no había una base social de masas para su lucha: los terratenientes y la burguesía permanecían apartados de la lucha nacional, en tanto que el proletariado polaco —que consideraba a los trabajadores rusos sus aliados— no sentía ningún deseo de luchar por un estado nacional (véase el Capítulo 6, Rosa Luxemburg y la cuestión nacional). Bajo estas condiciones, el PPS adoptaba actividades de carácter aventurero, tales como la organización de grupos terroristas y cosas semejantes. La acción no se basaba en la clase trabajadora como una totalidad, sino únicamente en las organizaciones del partido. Aquí tampoco contaba para nada el proceso social, sino la dirección. Aquí también —en su larga lucha contra el voluntarismo del PPS— Rosa puso el acento en el factor de espontaneidad.</p>
<p>Una tercera corriente del movimiento obrero contra la que Rosa luchó fue el anarcosindicalismo.[10] La base principal de esta tendencia estaba en Francia, donde echó sus raíces en el fértil terreno del atraso industrial y la falta de concentración. Cobró fuerzas después de la serie de derrotas sufridas por el movimiento obrero francés en 1848 y 1871, y de la traición de Millerand y del partido de Jaurés, que despertaron la suspicacia entre los trabajadores de todas las actividades y organizaciones políticas. El anarcosindicalismo, fuertemente influido por tendencias anarquistas, identificaba la huelga general con la revolución social, en lugar de considerarla sólo como un elemento fundamental de la revolución proletaria moderna. Estaban convencidos de que la huelga general podía empezar mediante una simple orden, y que a ella le seguiría la derrota del gobierno de la burguesía. Una vez más acentuaban y al mismo tiempo simplificaban el factor revolucionario: es decir, que la voluntaria y libre decisión de los líderes, independiente de la compulsión del ascenso repentino de las masas, podría iniciar acciones decisivas. Los reformistas alemanes, al mismo tiempo que rechazaban este voluntarismo, desarrollaban una tendencia similar. Mientras los sindicalistas franceses hacían una caricatura de la huelga de masas y de la revolución, los oportunistas alemanes, al reírse de ella, excluían la idea general de las huelgas de masas y de las revoluciones. Rosa batallaba al mismo tiempo contra la rama alemana del voluntarismo y contra la edición francesa en su forma sindicalista; ambas mostraban ser, esencialmente, una negativa burocrática de la iniciativa de los trabajadores y de la automovilización.</p>
<p><strong>Juicio crítico de los criterios de Rosa acerca de las relaciones entre la clase y el partido</strong></p>
<p>La principal razón de la sobreestimación que hacía Rosa del factor espontaneísta y de la subestimación que hacía del factor organizativo, reside probablemente en la necesidad, en la lucha inmediata contra el reformismo, de poner el acento sobre la espontaneidad como primer paso de toda revolución. A partir de este primer paso en la lucha del proletariado, Rosa hizo una generalización demasiado amplia como para abarcar la lucha en su totalidad.</p>
<p>Verdaderamente, las revoluciones comienzan con hechos espontáneos sin la dirección de un partido. La Revolución francesa empezó con la toma de la Bastilla. Nadie la había organizado. ¿Había un partido a la cabeza del pueblo en rebelión? No. Ni siquiera los futuros líderes del jacobinismo, por ejemplo Robespierre, se habían opuesto aún a la monarquía, ni se habían organizado como partido. El 14 de Julio de 1789 la revolución fue un acto espontáneo de las masas. La misma verdad se aplica a la Revolución rusa de 1905 y a la de febrero de 1917. La de 1905 comenzó a raíz de un choque sangriento entre los ejércitos del Zar y la policía por un lado, y la masa de trabajadores, hombres, mujeres y niños por el otro, dirigidos por el cura Gapón (quien era en realidad un agente provocador al servicio del Zar). ¿Estaban los trabajadores organizados por una dirección clara y decisiva con una política socialista propia? Por cierto que no. Arrastrando iconos, fueron a rogar a su amado “Padrecito” —el Zar— que les ayudara contra sus explotadores. Este fue el primer paso de una gran revolución. Doce años más tarde, en febrero de 1917, las masas —esta vez más experimentadas y con mayor número de socialistas que en la revolución anterior— nuevamente se levantaron espontáneamente. Ningún historiador ha sido capaz de señalar al organizador de la Revolución de febrero, sencillamente porque no había sido organizada.</p>
<p>Sin embargo las revoluciones, después de haber sido impulsadas por un levantamiento espontáneo, se desarrollan de distintas maneras. En Francia, la transición entre el gobierno semirrepublicano de la Gironda y el gobierno revolucionario, que aniquiló por completo las relaciones feudales de propiedad, no fue llevada a cabo por masas desorganizadas sin ninguna dirección de partido, sino bajo la decisiva dirección del Partido jacobino. Sin tal partido en el timón, este importante paso que exige una lucha sin tregua contra los girondinos, hubiera resultado imposible. El pueblo de París podía, espontáneamente, sin líderes, después de décadas de opresión, levantarse contra el rey; pero la mayor parte del pueblo era demasiado conservadora, demasiado carente de experiencia histórica y conocimientos como para distinguir, después de dos o tres años de revolución, entre quienes deseaban conducirla hasta sus últimas instancias y quienes apuntaban a alguna componenda. La situación histórica requería un esfuerzo sin tregua contra el partido pactador, que había sido aliado. La conducción consciente de esta gran empresa fue cumplida por el Partido jacobino, que fijó la fecha y organizó la caída de la Gironda hasta el último detalle, para el 10 de agosto de 1792. De la misma manera, la revolución de octubre no fue un acto espontáneo, sino organizado por los bolcheviques prácticamente en todos sus detalles de importancia, incluso la fecha. Durante los zigzags de la revolución entre febrero y octubre —la demostración de junio, los días de julio y su consecuente retirada, el rechazo del putsch del derechista Kornilov, etc.— los trabajadores y soldados fueron aceptando cada vez más la influencia y guía del Partido bolchevique. Y este partido fue esencial para elevar a la revolución desde sus primeros pasos hasta la victoria final.</p>
<p>Al aceptar que quizá subestimó la importancia del partido, no debemos ignorar el verdadero mérito histórico de Rosa Luxemburg al luchar contra el reformismo reinante, poniendo el acento en la más importante fuerza que podía quebrar la corteza conservadora: la espontaneidad de los trabajadores. La constante pujanza de Rosa residía en su absoluta confianza en la iniciativa histórica de los trabajadores.</p>
<p>Al señalar algunas de las deficiencias en la posición de Rosa, con respecto a los vínculos entre espontaneidad y dirección en la revolución, debemos cuidarnos de no llegar a la conclusión de que sus críticos en el movimiento revolucionario —sobre todo Lenin— estaban en todo sentido más próximos a un análisis marxista correcto y equilibrado.</p>
<p><strong>La concepción de Lenin</strong></p>
<p>En tanto Rosa había trabajado en un ambiente en el que el principal enemigo del socialismo revolucionario era el centralismo burocrático, con el resultado de que ella constantemente acentuaba la actividad primaria de las masas, Lenin había tenido que lidiar con la calidad amorfa del movimiento obrero en Rusia, donde el mayor peligro era la subestimación del elemento organizativo. De la misma manera que no se pueden comprender los criterios de Rosa si se los aísla de las condiciones de los países y de los movimientos obreros en que ella trabajó, es difícil entender la posición de Lenin sin la debida referencia a las concretas condiciones históricas del movimiento obrero en Rusia.</p>
<p>Lenin vuelca su concepción de la relación entre espontaneidad y organización principalmente en dos obras: <em>¿Qué hacer?</em> (1902) y <em>Un paso adelante, dos pasos atrás</em> (1904). En el momento en que fueron escritas, el movimiento obrero ruso no podía compararse en potencia con el de Europa Occidental, especialmente con el de Alemania. Se integró con grupos aislados, pequeños, más o menos autónomos, sin una política convenida en común, y sólo bajo la influencia tangencial de líderes marxistas que estaban en el exterior: Plejanov, Lenin, Martov, Trotsky. Estos grupos, por debilidad y aislamiento, apuntaban bajo. Mientras los trabajadores rusos se elevaban a un alto nivel de combatividad en las huelgas de masas y manifestaciones, los grupos socialistas sólo propugnaban demandas económicas inmediatas viables; la llamada tendencia “economicista” era la predominante en dos grupos socialistas. El <em>¿Qué hacer?</em> era un ataque despiadado al “economicismo” o al sindicalismo puro. Lenin argüía que la espontaneidad de la lucha de masas —tan obvia en Rusia en ese momento— debía complementarse con la conciencia y organización de un partido. Decía que debía crearse un partido a nivel estatal con un diario propio, a fin de unificar las agrupaciones locales e infundir en el movimiento obrero una conciencia política. Sostenía que la teoría socialista debía llevarse al proletariado desde afuera: ése era el único camino por el que el movimiento obrero podía encaminarse a la lucha por el socialismo. El proyectado partido debía estar formado, en su mayoría, por revolucionarios profesionales, que trabajaran bajo una dirección centralizada al máximo. La dirección política del partido debía formar el comité editorial del diario. La dirección tendría autoridad para organizar o reorganizar las ramas del partido en el interior del país, admitir o rechazar miembros, y designar comités locales. En 1904, Lenin escribió, criticando a los mencheviques: <em>“La idea básica del camarada Martov… es justamente falso «democratismo», la idea de la construcción del partido de abajo hacia arriba. Mi idea, por el contrario, es el «burocratismo», en el sentido de que el partido debe construirse de arriba hacia abajo, del Congreso a la organización del partido individual.”</em> (Lenin, <em>Obras</em> [en ruso], VII, pp365-366).</p>
<p>¡Cuántas veces los estalinistas, y muchos de los llamados no-estalinistas, los tantos epígonos de Lenin, citan a <em>¿Qué hacer?</em> y a<em> Un paso adelante, dos pasos atrás</em>, como si fueran aplicables a todo, en todos los países y movimientos, cualesquiera que sea su estado de desarrollo!</p>
<p>Lenin estaba muy lejos de estos llamados leninistas. Ya en 1903, en el Segundo Congreso del Partido Social Demócrata Ruso señaló algunas exageraciones aparecidas en <em>¿Qué hacer?</em>: <em>“Hoy todos sabemos que los «economistas» han torcido la barra de un lado. Para enderezar la barra, alguien tenía que torcerla del otro, y eso fue lo que yo hice.” </em>(Lenin, <em>Obras Completas</em> [en castellano], Tomo VII, p288). Dos años después en un proyecto de resolución escrito para el Tercer Congreso, puso de relieve que sus puntos de vista organizativos no eran aplicables universalmente: <em>“En condiciones políticas de libertad, nuestro partido puede y debe rehacer enteramente las leyes electorales. Bajo el absolutismo, esto es irrealizable…”. </em>Durante la revolución de 1905, con el gran aumento de miembros en el partido, Lenin dejó de hablar de revolucionarios profesionales. El partido había dejado de ser una organización elitista:<em> “En el III Congreso del Partido expresé el deseo de que en los comités del Partido hubiera aproximadamente ocho trabajadores por cada dos intelectuales. ¡Cómo ha envejecido esta sugerencia! Hoy sería de desear que en las nuevas organizaciones del Partido, por cada miembro procedente de la intelectualidad socialdemócrata correspondieran varios centenares de obreros socialdemócratas.”</em> (Lenin, <em>Obras Completas</em> [en castellano], Tomo XII, p91n).</p>
<p>En <em>¿Qué hacer? </em>Lenin escribió que los trabajadores, mediante su propio esfuerzo, alcanzarían únicamente una conciencia trade-unionista; luego escribe: <em>“La clase obrera es instintiva y espontáneamente socialdemócrata”. </em>(Lenin, <em>Obras Completas</em> [en castellano], Tomo XII, p86).<em> “La especial condición del proletariado en la sociedad capitalista conduce a un esfuerzo de los trabajadores hacia el socialismo; en los primeros estadios del movimiento creció espontáneamente su unión con el partido Socialista.” </em>Mientras en 1902 quería que el partido fuera un pequeño grupo cerrado, con miembros de un nivel exclusivo, en 1905 escribió que los trabajadores debían incorporarse <em>“de a cientos de miles a las filas de las organizaciones del partido.” </em>(<em>Obras</em>). En 1917, en una introducción de la colección Doce años dijo nuevamente: <em>“El error básico de aquellos que polemizan hoy con ¿Qué hacer?, es que separan este trabajo del contexto de un determinado medio histórico, de un largo período de desarrollo del partido, hoy ya superado… El ¿Qué hacer? rectificó, por medio de la polémica, al economismo, y es falso considerar el contenido del folleto fuera de su conexión con esta tarea.” </em>(<em>Obras</em>). No deseando que ¿Qué hacer? fuera mal interpretado, Lenin vio con disgusto, en 1921, la traducción a idiomas no rusos. Dijo a Max Levien: <em>“no es deseable; la traducción debería editarse por lo menos con buenos comentarios, que tendrían que ser escritos por un camarada ruso muy enterado de la historia del Partido Comunista Ruso, con el fin de evitar su mal empleo”.</em>[11]</p>
<p>Cuando la Internacional Comunista discutía sus estatutos, Lenin se oponía a los propuestos, porque decía que eran<em> “demasiado rusos”</em> y sobreacentuaban la centralización, aunque proveyeran libertad de crítica dentro de los partidos, y control de la dirección del partido desde abajo. Lenin argüía que el exceso de centralización no se adaptaba a las condiciones de Europa Occidental. (Es cierto que en el propio partido de Lenin, la organización era en ese momento de alta centralización, casi semimilitar, pero esta situación estaba forzada por las horrendas condiciones de la guerra civil).</p>
<p>Los criterios de Lenin acerca de la organización, su inclinación al centralismo, deben considerarse en el marco de las condiciones imperantes en Rusia.</p>
<p>En la retrógrada Rusia zarista, donde la clase obrera era una pequeña minoría, la idea de que pudiera liberarse a sí misma podía dejarse de lado con mucha facilidad; tanto más teniendo en cuenta que Rusia tenía una larga tradición de organizaciones minoritarias que trataban de ser reemplazadas por la actividad primaria de las masas. En Francia fue el pueblo quien derrotó a la monarquía y al feudalismo; en Rusia los decembristas y los terroristas de Narodnik tomaron a su cargo esta tarea.[12]</p>
<p>La aseveración de Marx acerca de la naturaleza democrática del movimiento socialista, citada anteriormente, y la de Lenin de que la socialdemocracia revolucionaria representa<em> “el jacobinismo indisolublemente conectado con la organización del proletariado”</em>, son decididamente contradictorias. Una minoría consciente, organizada, a la cabeza de una masa del pueblo desorganizada, se adapta a la revolución burguesa, que es, después de todo, una revolución en interés de la minoría. Pero la separación entre una minoría consciente y una mayoría inconsciente, la separación entre el trabajo manual y el trabajo mental, la existencia de directores y regentes por un lado y de una masa de trabajadores obedientes por el otro, sólo puede implantarse en el<em> “socialismo”</em> si se mata su verdadera esencia: el control colectivo de los trabajadores frente a su destino.</p>
<p>Sólo mediante la yuxtaposición de los conceptos de Rosa y los de Lenin podemos intentar evaluar las limitaciones históricas de ambos, que se adaptaban inevitablemente al ambiente en que cada uno de ellos trabajó.</p>
<p><strong>Contra el sectarismo</strong></p>
<p>Categórica como era al afirmar que la liberación de los trabajadores sólo podría llevarse a cabo por la propia clase trabajadora, Rosa se impacientaba con todas las tendencias sectarias, que se expresaban mediante desprendimiento de los movimientos de masas y de las organizaciones de masas.</p>
<p>Aunque en desacuerdo durante años con la dirección mayoritaria del Partido Social Demócrata Alemán, seguía insistiendo que la obligación de los socialistas revolucionarios era permanecer en la organización. Aún después que el SPD se colocó del lado de la guerra imperialista, después que Karl Liebknecht fuera expulsado del grupo parlamentario del SPD (12 de enero de 1916), Rosa y Liebknecht seguían adhiriendo al partido, sustentando la teoría de que un desprendimiento convertiría al grupo revolucionario en una secta. Ella mantuvo este punto de vista no sólo cuando era líder de un reducido e insignificante grupo revolucionario; por el contrario, se mantuvo fiel a este pensamiento cuando la Liga Espartaco cobró influencia llegando a ser una fuerza bastante reconocida, a medida que la guerra se prolongaba.</p>
<p>Como hemos visto, el 2 de diciembre de 1914, un solo diputado, Liebknecht, votó contra los créditos de guerra. En marzo de 1915, se le unió otro, Otto Rühle. En junio de 1915, unos mil funcionarios del partido firmaron un manifiesto de oposición a la política de colaboración de clases, y en diciembre del mismo año, veinte diputados votaron en contra de los créditos de guerra en el Reichstag. En marzo de 1916, el grupo parlamentario del SPD expulsó de su seno a la creciente oposición, pero no tuvo poder para expulsarla del partido.</p>
<p>Lo que ocurría en el Parlamento era reflejo de lo que estaba ocurriendo fuera, en las fábricas, en las calles, en las ramificaciones del partido y en la organización de la Juventud Socialista.</p>
<p>El periódico antibélico <em>Die Internationale</em>, dirigido por Rosa y Franz Mehring, distribuyó en sólo un día 5.000 ejemplares de su primer y único número (fue inmediatamente cerrado por la policía) (Dokumente II, p135). La Juventud Socialista, en una conferencia secreta celebrada en semana santa de 1916, se declaró fervientemente a favor de la Liga Espartaco. El 1 de Mayo de 1916, alrededor de diez mil trabajadores realizaron una manifestación antibélica en la Postdamer Platz, en Berlín. En otras ciudades, como Dresden, Jena y Hanau, también se hicieron manifestaciones con el mismo sentido. El 28 de junio de 1916, el mismo día que Liebknecht era condenado a dos años y medio de trabajos forzados, cincuenta y cinco mil trabajadores de fábricas de municiones de Berlín se declararon en huelga en un acto de solidaridad con él. Ese mismo día se cumplieron manifestaciones y huelgas en Stuttgart, Bremen, Braunschweig y otras ciudades. En abril de 1917, bajo la influencia de la Revolución Rusa, se desató una gran ola de huelgas en las fábricas de pertrechos de guerra de todo el país; solamente en Berlín, se plegaron alrededor de trescientos mil trabajadores. Otra ola de huelgas similares que englobó un millón y medio de trabajadores se desató en febrero de 1918.</p>
<p>Estas huelgas eran, en gran medida, de naturaleza política. La huelga de alrededor de medio millón de trabajadores en Berlín exigía la paz inmediata sin anexiones ni indemnizaciones, y el derecho a la autodeterminación de las naciones; como slogan principal surgió el grito revolucionario de<em> “Paz, libertad, pan”</em>. Seis trabajadores fueron asesinados durante la huelga, y muchos de ellos heridos. Miles de huelguistas fueron reclutados forzosamente por el ejército.</p>
<p>En esta situación Rosa Luxemburg seguía argumentando quedarse dentro del SPD, hasta abril de 1917, cuando el Centro, dirigido por Kautsky, Bernstein y Hasse, se escindió de la Derecha y formó un nuevo partido, el Partido Social Demócrata Independiente (USPD). El USPD fue un partido puramente parlamentario, que no quería incitar a los trabajadores a hacer huelgas de masas y manifestaciones contra la guerra, sino que se planteaba presionar a los Gobiernos de los países beligerantes para que negociasen la paz. La Liga Espartaco, formada en enero de 1916 como fracción dentro del SPD, ahora se vinculó tenuemente al USPD, manteniendo su propia organización y su derecho de actividad independiente. Sería sólo después del estallido de la revolución alemana —el 29 de diciembre de 1918— que la Liga Espartaco, por fin, rompería sus lazos con el USPD para establecer un partido independiente, el Partido Comunista de Alemania (Espartaco).</p>
<p>Entre los revolucionarios de rango hubo constantes presiones para abandonar el SPD y más tarde el USPD. Pero Rosa se oponía. Hubo un precedente; un conato de rompimiento en 1891, cuando un grupo bastante amplio de revolucionarios se separó del SPD acusándolo de reformismo, y fundó un Partido Socialista Independiente, de muy corta vida antes de su completa desaparición.</p>
<p>El 6 de enero de 1917, Rosa expuso sus argumentos contra los revolucionarios que deseaban separarse del SPD:</p>
<p><em>“Aunque sea loable y comprensible la impaciencia y amargura que lleva a tantos de los mejores elementos a abandonar al partido ahora, una huida es siempre una huida. Es una traición de las masas que, vencidas a la burguesía, se retuercen y ahogan por el avasallador dominio de Scheidemann y Legien. Uno puede apartarse de pequeñas sectas cuando ya no le satisfacen, con el fin de fundar nuevas sectas. Desear liberar a las masas proletarias del terrible y pesado yugo de la burguesía mediante una simple ruptura, y dar así un ejemplo de valentía, no es más que una fantasía inmadura. Quitarse de encima el carnet como una ilusión de liberación, es nada más que el reflejo de la ilusión mental, de que el poder es inherente al carnet. Ambos son diferentes polos del cretinismo organizativo, de la enfermedad constitucional de la vieja social democracia alemana. El colapso de la social democracia alemana es un proceso histórico de enormes dimensiones, una lucha general entre la clase trabajadora y la burguesía, y no debemos abandonar este campo de batalla con el fin de respirar aire más puro detrás de un arbusto protector. Esta batalla de gigantes debe librarse hasta el fin. La lucha contra la influencia paralizadora de la social democracia oficial y de los sindicatos libres oficiales, que fue impuesta por la clase dominante a la despistada y traicionada clase trabajadora, debe hacerse hasta el final y con todo esfuerzo. Debemos permanecer hasta el fin, al lado de las masas, aún en las más terribles luchas. La liquidación de este «montón de corrupción organizada» que hoy se llama a sí misma social democracia, no es una cuestión privada de unos pocos, o de unos pocos grupos… El destino decisivo de la lucha de clases en Alemania, será durante décadas la lucha contra las autoridades de la social democracia y de los sindicatos, así que estas palabras se aplican a cada uno de nosotros hasta el final: «Aquí estoy, no puedo hacer otra cosa».” </em>(Dokumente, II, p525)</p>
<p>Su oposición a abandonar al partido de las masas trabajadoras no hacía ninguna concesión al reformismo. Así fue como en una conferencia de Espartaco, celebrada el 7 de enero de 1917, se aprobó la siguiente resolución, inspirada por ella:<em> “La oposición permanece en el partido con el objeto de desbaratar y luchar en contra de la política de la mayoría a cada paso, para defender a las masas de una política imperialista disfrazada bajo el manto de la social democracia, y para usar al partido como campo de nucleamiento de la lucha de clases proletaria y antimilitar.” </em>(Dokumente, II, p528).</p>
<p>La renuncia de Rosa a formar un partido revolucionario independiente era consecuencia lógica de su lentitud para reaccionar frente a circunstancias de cambio. Este era un elemento central en la tardanza en construir un partido revolucionario en Alemania. En esto, de todos modos, no era la única. Lenin no fue más veloz que ella en romper con Kautsky. No hay fundamento en la historia estalinista que hace suponer que Lenin se opusiera a la adhesión de la izquierda revolucionaria al SPD y a continuar la asociación con Kautsky. En realidad, Rosa hizo una crítica más clara de Kautsky y Cía., y rompió con ellos mucho antes que Lenin. Durante alrededor de dos décadas, Lenin consideró a Kautsky como al más grande marxista viviente. Unos pocos ejemplos: en el que ¿Qué hacer? cita a Kautsky como la mayor autoridad en su tema central, y ensalza al Partido Social Demócrata Alemán como modelo para el movimiento ruso. En diciembre de 1906 Lenin escribió: <em>“Los obreros avanzados de Rusia conocen desde hace tiempo a K. Kautsky como a su escritor”; describe a Kautsky como “el dirigente de los socialdemócratas revolucionarios alemanes.”</em> (Lenin, <em>Obras Completas</em> [en castellano], Tomo XIV, p232, p184). En agosto de 1908, señala a Kautsky como la máxima autoridad en cuestiones de guerra y militarismo. En 1910, mientras Rosa discutía con Kautsky la cuestión de la vía hacia el poder, Lenin estaba de su lado en contra de Rosa. Y todavía en febrero de 1914, Lenin invocaba la autoridad de Kautsky como marxista en su disputa con Rosa sobre la cuestión nacional. Sólo el estallido de la guerra y la traición de Kautsky al internacionalismo, quebraron su confianza en él. Entonces Lenin admitió: <em>“Rosa Luxemburg tenía razón; hace tiempo que ella se dio cuenta de que Kautsky era un teórico contemporizador, al servicio de la mayoría del partido, en una palabra, al servicio del oportunismo.” </em>(<em>Carta a Shliapnikov</em>, 27 de octubre de 1914).</p>
<p><strong>En conclusión</strong></p>
<p>La forma de organización del movimiento de trabajadores socialistas, en todas partes y en cualquier grado de desarrollo de la lucha por el poder, tiene importante influencia en la formación del propio poder de los trabajadores. Por lo tanto, un debate sobre la forma de organización del partido revolucionario tiene una importancia que va más allá del grado en que se aplica una cierta forma de organización aceptada. El debate sobre el problema de la organización no adquirió en ningún país un tono tan agudo como en el movimiento obrero ruso. Gran parte de ello se debió a la enorme distancia existente entre la meta final del movimiento y la autocrática realidad semifeudal de que procedía, una realidad que impedía la libre organización de los trabajadores.</p>
<p>Donde la posición de Rosa relativa a la relación existente entre la espontaneidad y la organización era reflejo de las necesidades inmediatas que enfrentaban los revolucionarios en un movimiento obrero controlado por una burocracia conservadora, la posición original de Lenin —la de 1902 a 1904— era reflejo de la ausencia de organización de un movimiento revolucionario vital y luchador, en el primer estadio de su desarrollo bajo un régimen retrógrado, semifeudal y autocrático.</p>
<p>No obstante, cualesquiera que fueran las circunstancias históricas que moldearon el pensamiento de Rosa con respecto a la organización, tal pensamiento evidenció gran debilidad en la revolución alemana de 1918-1919.</p>
<p><strong>_____</strong></p>
<p><strong>Capítulo 6</strong></p>
<p><strong>ROSA LUXEMBURG Y LA CUESTIÓN NACIONAL</strong></p>
<p><strong>Marx y Engels en la cuestión nacional</strong></p>
<p>Rosa Luxemburg, como líder de un partido de trabajadores en Polonia, un país dividido entre tres imperios —Rusia, Alemania y Austria— debía tomar, necesariamente, una posición con respecto a la cuestión nacional. Rosa adhirió a esta posición, desde su formulación en 1896, en su primer trabajo de investigación científica, <em>Desarrollo industrial de Polonia</em>, hasta el fin de su vida y a pesar de los agudos conflictos con Lenin sobre esta cuestión.</p>
<p>Su actitud era tanto una continuación como una desviación de las enseñanzas de Marx y Engels sobre la cuestión nacional, y para entenderla correctamente es necesario echar una ojeada —aunque sea por encima— a la actitud de ellos en esta cuestión.</p>
<p>Marx y Engels vivieron durante el crecimiento del capitalismo en Europa, un período de revoluciones democrático-burguesas. El marco de la democracia burguesa era el Estado Nacional, y la obligación de los socialistas, de acuerdo con ellos, era luchar <em>“al lado de la burguesía… contra la monarquía absoluta, la propiedad territorial feudal y la pequeña burguesía reaccionaria”.</em>[13] Señalaron en 1848, que el mayor enemigo de las revoluciones democráticas era la Rusia zarista, y en segundo lugar, la Austria de los Habsburgo. Rusia, el esclavizador de Polonia, fue el primer sanguinario de la revolución democrática de Kossuth en Hungria (1849); Rusia y Austria juntas, mediante la intervención directa e indirecta en los asuntos internos de alemanes e italianos, impidieron la completa unificación de estas naciones. Consecuentemente, Marx y Engels apoyaron todos los movimientos nacionales dirigidos contra el Zar y los Habsburgo. Al mismo tiempo, y utilizando el mismo criterio, se oponían a los movimientos nacionales que objetivamente hacían el caldo gordo a los zares o los Habsburgo.</p>
<p>La independencia de Polonia, decían Marx y Engels, tendría que tener enormes repercusiones revolucionarias. En Primer lugar, se levantaría una muralla entre la democrática-revolucionaria Europa Occidental y Central y el <em>“gendarme de Europa”</em>. En segundo lugar, el Imperio de los Habsburgo, sacudido como estaría por un levantamiento nacional de los polacos, sucumbiría por los consiguientes movimientos nacionales de otras naciones; todas las naciones de este imperio serían entonces libres, y los austroalemanes podrían unirse con el resto de Alemania; esto constituiría la solución democrático-revolucionaria más consistente para la cuestión alemana. En tercer lugar, la independencia de Polonia sería un rudo golpe contra los junkers prusianos, reforzando así las tendencias democrático-revolucionarias de Alemania como totalidad.</p>
<p>Marx y Engels exhortaron a todos los movimientos democráticos de Europa a hacerle la guerra a la Rusia zarista, principal enemigo de todo progreso. Específicamente exhortaron a la Alemania revolucionaria a tomar las armas para la emancipación de Polonia. Una guerra democrática contra el zarismo salvaguardaría la independencia nacional de Polonia y Alemania, adelantaría la caída del absolutismo en Rusia y estimularía a las fuerzas revolucionarias de toda Europa.</p>
<p>Si bien apoyaban a los movimientos nacionales polaco y húngaro (magyar), Marx y Engels no apoyaban a otros. Así, por ejemplo, durante la revolución de 1848, condenaron los movimientos nacionales de los eslavos del sur: croatas, serbios y checos. Adoptaron esta actitud porque pensaban que objetivamente estos movimientos ayudaban al principal enemigo; las tropas croatas, que odiaban a los magyares más que al Imperio de los Habsburgo, apoyaron a las tropas del Zar cuando se encaminaban a Hungría; las tropas checas contribuyeron a reprimir a la Viena revolucionaria.</p>
<p>En todas las guerras en que estuvo envuelta la Rusia zarista, Marx y Engels no adoptaron una posición de neutralidad o de oposición a ambos campos en contienda, sino de oposición militante a Rusia. Así, criticaron a los gobiernos británico y francés durante la guerra de Crimea por no hacer la guerra consistentemente hasta el fin contra Rusia. En la guerra ruso-turca que estalló en 1877, una vez más Marx apoyó a los<em> “bizarros turcos”</em>.[14] Para Marx y Engels la Rusia zarista representó, hasta el fin de sus vidas, el más importante bastión de la reacción, y la guerra en contra de Rusia, un deber revolucionario.</p>
<p>Por los criterios que usaban para juzgar a los movimientos nacionales —su efecto en la revolución democrática-burguesa en Europa Occidental y Central— Marx y Engels naturalmente limitaban sus conclusiones relativas a las cuestiones nacionales a Europa (y Norteamérica), donde el desarrollo capitalista estaba más o menos avanzado. No atribuyeron —justificadamente en ese momento— el concepto de nacionalismo burgués revolucionario a los países de Asia, África o América del sur. Engels escribió:<em> “a juicio mío, las colonias propiamente dichas, es decir los países ocupados por una población europea: el Canadá, el Cabo, Australia, se harán todos independientes; por el contrario, los países sometidos nada más, poblados por indígenas, como la India, Argelia y las posesiones holandesas, portuguesas y españolas, tendrán que quedar confiadas provisionalmente al proletariado, que las conducirá lo más rápidamente posible a la independencia”</em>.[15] Engels creía posible que la India se emancipara mediante una revolución, pero que tal acontecimiento sólo sería de importancia secundaria para Europa. Si la India se liberara, <em>“como el proletariado que se emancipe no puede mantener guerras coloniales, habrá que resignarse a ello”. </em>Pero la idea de que la emancipación de las colonias pudiera preceder a las revoluciones socialistas en Europa, y aún ayudarlas considerablemente, le era totalmente extraña a Engels (y a Marx). Si la India, Argelia o Egipto se liberaran a sí mismas, esto <em>“sería, por cierto, para nosotros, lo mejor. Tendremos bastante que hacer en nuestro país. Una vez Europa esté reorganizada, así como América del Norte, eso dará un impulso tan fuerte y será un ejemplo tan grande, que los países semicivilizados seguirán ellos mismos nuestra senda”</em>.</p>
<p><strong>Rosa Luxemburg y la cuestión nacional</strong></p>
<p>Rosa Luxemburg, siguiendo las huellas de Marx y Engels, consideraba al movimiento nacional principalmente europeo, atribuyendo mínima importancia a los movimientos nacionales de Asia y África. Como Marx y Engels, ella también rechazó todo criterio absoluto al juzgar las luchas por la independencia nacional. No obstante, no era un mero epígono que repetía las palabras de los fundadores del socialismo científico.</p>
<p>Temprano en su vida política, Rosa señaló que la situación de Europa en general y la de Rusia en particular había cambiado tanto hacia el fin del siglo diecinueve, que la posición de Marx y Engels con respecto a los movimientos nacionales en Europa era insostenible.</p>
<p>En Europa Occidental y Central, el período de las revoluciones democrático-burguesas había pasado. Los junkers prusianos se habían arreglado para establecer su dominio con tanta firmeza que ya no necesitaban de la ayuda del Zar. Al mismo tiempo, el dominio zarista dejaba de ser el bastión inexpugnable de la reacción, y profundas grietas comenzaban a resquebrajar sus paredes: las huelgas de masas de los trabajadores de Varsovia, Lodz, Petrogrado, Moscú y otros lugares del Imperio Ruso; el rebelde despertar de los campesinos.</p>
<p>En realidad, mientras en la época de Marx y Engels el centro de la revolución estaba en Europa Occidental y Central, ahora, hacia fines del siglo diecinueve y principios del siglo veinte, pasaba al este, hacia Rusia. Mientras en la época de Marx, el zarismo era el principal gendarme de la represión de los levantamientos revolucionarios en todas partes, ahora el zarismo necesitaba de la ayuda (principalmente financiera) de las potencias capitalistas occidentales.</p>
<p>En lugar de ir las balas y rublos rusos hacia el oeste, ahora los marcos, francos, británicos y belgas, fluían cada vez más hacia Rusia. Rosa señaló también los cambios básicos que habían tenido lugar con respecto a las aspiraciones nacionales de su madre patria, Polonia. Mientras en la época de Marx y Engels los nobles polacos eran líderes del movimiento nacional, ahora, con el creciente desarrollo capitalista del país, estaban perdiendo terreno socialmente, y se acercaban al zarismo como el aliado para la supresión de los movimientos progresistas de Polonia. El resultado fue que la nobleza polaca enfrió las aspiraciones hacia la independencia nacional. La burguesía polaca también se hizo antagonista de tal deseo, al tiempo que encontraba los principales mercados para sus industrias en Rusia. Rosa dijo: <em>“Polonia está atada a Rusia con cadenas de oro”</em>.<em> “El Estado de rapiña, y no el Estado nacional, corresponde al desarrollo capitalista.”</em> (<em>Przeglad Socjaldemokratyczny</em>, órgano teórico del SDKPL, 1908, Nº 6). Según opinaba Rosa, la clase trabajadora polaca tampoco estaba interesada en la separación de Polonia y Rusia, como lo vieron en Moscú y Petrogrado los aliados de Varsovia y Lodz. Así que no había en Polonia fuerzas sociales de peso interesadas en luchar por la independencia nacional. Únicamente la intelectualidad acariciaba la idea, pero era sólo una pequeña fuerza social. Rosa resumió su análisis de las fuerzas sociales de Polonia y su actitud con respecto a la cuestión nacional con las siguientes palabras: <em>“La dirección reconocible del desarrollo social me ha demostrado claramente que no hay en Polonia clase social que tenga al mismo tiempo interés y capacidad para lograr la restauración de Polonia.”</em> (NZ, 1895-1896, p466).</p>
<p>De este análisis llegó a la conclusión de que bajo el capitalismo la consigna de<em> “independencia nacional” </em>no tenía valor progresivo, y no podía llevarse a cabo por las fuerzas internas de la nación polaca; únicamente la intervención de una u otra potencia imperialista podría lograrlo. Rosa opinaba que bajo el socialismo no habría lugar para la consigna <em>“independencia nacional”, </em>ya que la opresión nacional habría dejado de existir, y la unidad internacional de la humanidad sería un hecho. En consecuencia, la verdadera independencia de Polonia no podría lograrse bajo el capitalismo; y cualquier paso en tal sentido carecería de valor progresivo; mientras que bajo el socialismo no había necesidad de tal consigna. Por lo tanto, la clase trabajadora no necesitaba luchar por la autodeterminación nacional de Polonia y tal lucha era, de hecho, reaccionaria. Las consignas nacionales de la clase trabajadora debían limitarse a la demanda de autonomía nacional en la vida cultural.</p>
<p>Al tomar esta posición, Rosa y su partido, el SDKPL, entraron en amargo conflicto con los miembros del ala derecha del Partido Socialista Polaco (PSP) conducido por Pilsudski (futuro dictador militar de Polonia). Estos eran nacionalistas, socialistas sólo en su retórica. Faltándoles el apoyo de las masas para su nacionalismo, tramaban aventuras y conspiraban con potencias extranjeras aun hasta el punto de confiar en una futura guerra mundial como partera de la independencia nacional. En Galitzia, la fortaleza del derechista PPS, los polacos bajo el dominio austríaco recibían mejor tratamiento que los del imperio ruso, principalmente porque los gobernantes del imperio de los Habsburgos —una mezcla de nacionalidades— tenían que confiar en la clase gobernante polaca para fortificar su propio gobierno imperial. En consecuencia, los líderes del PPS se inclinaban a preferir el Imperio de los Habsburgos al Imperio Ruso, y durante la Primera Guerra Mundial actuaron como agentes de reclutamiento para Viena y Berlín. Anteriormente, durante la revolución de 1905, Daszynski, el líder del PPS en Galitzia, había llegado tan lejos como para condenar las huelgas de masas de los trabajadores polacos porque, según él, tendían a identificar la lucha de los trabajadores polacos con las de los rusos, minando así la unidad nacional de los polacos. Sólo cuando uno llega a tener claro quiénes fueron los oponentes de Rosa en el movimiento obrero polaco, puede llegar a comprender correctamente su posición en la cuestión nacional polaca.</p>
<p><strong>Luxemburg no está de acuerdo con Lenin en la cuestión nacional</strong></p>
<p>La lucha que Rosa tenía que librar contra el chauvinista PPS tiñó toda su actitud hacia la cuestión nacional en general. Para oponerse al nacionalismo del PPS, se inclinaba tanto hacia atrás que se opuso a toda referencia al derecho a la autodeterminación en el programa del partido. Es a raíz de esto que su partido, el SKDPL, se separó ya en 1903 del Partido Social Demócrata Ruso, y nunca más se unió organizativamente a los bolcheviques.</p>
<p>Lenin estaba de acuerdo con Rosa en su oposición al PPS y junto a ella sostuvo que el deber de los socialistas polacos no era luchar por la independencia nacional o secesión de Rusia, sino por la unidad internacional de los trabajadores polacos y rusos. Sin embargo Lenin, como miembro de una nación opresora, era cauto por temor a que una actitud nihilista con respecto a la cuestión nacional llevara agua al molino del gran chauvinismo ruso. Por lo tanto, consideraba que mientras los trabajadores polacos podían y debían evitar reclamar el establecimiento del estado nacional, los socialistas rusos debían luchar por el derecho de los polacos a tener su propio estado si así lo deseaban:</p>
<p><em>“El inmenso mérito histórico de los camaradas socialdemócratas polacos consiste en haber lanzado la consigna del internacionalismo, diciendo: lo más importante para nosotros es sellar una alianza fraternal con el proletariado de todos los demás países, y jamás nos lanzaremos a una guerra por la liberación de Polonia. Ese es su mérito, y por ello hemos considerado siempre socialistas únicamente a estos camaradas socialdemócratas de polacos. Los otros son patrioteros, son los Plejánov polacos. Pero de esta situación original, en la que unos hombres, para salvar el socialismo, se han visto obligados a luchar contra un nacionalismo furioso y enfermizo, se derive un fenómeno extraño: los camaradas vienen a nosotros y nos dicen que debemos renunciar la libertad de Polonia, a su separación&#8221;.</em></p>
<p><em>“¿Por qué nosotros, los rusos, que oprimimos a más naciones que ningún otro pueblo, hemos de renunciar a proclamar el derecho de Polonia, Ucrania y Finlandia a separarse de Rusia? …los socialdemócratas polacos dicen: estamos en contra de la separación de Polonia precisamente porque creemos ventajosa la alianza con los obreros rusos. Y están en su pleno derecho. Pero hay quienes no quieren comprender que para reforzar el internacionalismo no es necesario repetir las mismas palabras y que en Rusia debe insistirse en la libertad de separación de las naciones oprimidas y en Polonia debe subrayarse la libertad de unión. La libertad de unión presupone la libertad de separación. Nosotros, los rusos, debemos subrayar la libertad de separación, y en Polonia la libertad de unión.”</em> (Lenin, <em>Obras Completas</em> [en castellano], Tomo XXXI, pp453-454).</p>
<p>La diferencia entre Lenin y Rosa Luxemburg, acerca de la cuestión nacional puede sintetizarse así; mientras Rosa, proveniente de la lucha contra el nacionalismo polaco, se inclinaba hacia una actitud nihilista con respecto a la cuestión nacional, Lenin veía realísticamente que, siendo diferentes las posiciones de las naciones oprimidas y las de las naciones opresoras, su actitud hacia la misma cuestión también debía ser diferente. Así, partiendo de situaciones diferentes y opuestas, se dirigían en direcciones opuestas para alcanzar el mismo punto de unidad de los trabajadores internacionales. En segundo lugar, mientras Rosa consideraba la cuestión de la autodeterminación nacional como incompatible con la lucha de clases, Lenin la subordinaba a la lucha de clases. (Al mismo tiempo que sacaba ventaja de todos los otros esfuerzos democráticos como armas en la lucha revolucionaria general). La fuente del acercamiento de Lenin a la cuestión nacional de que carecía Rosa es la dialéctica: él veía la unidad de los opuestos en la opresión nacional y la subordinación de la parte (la lucha por la independencia nacional) al todo (la lucha internacional por el socialismo).</p>
<p>La fuerza de Rosa con respecto a la cuestión nacional reside en su completa devoción por el internacionalismo y su independencia de pensamiento. Esto la condujo a través del método de Marx, a ver cómo la posición de Polonia con respecto a Rusia había cambiado, entre la época de Marx y la suya. La llevó, al contrario de Marx, a oponerse a la lucha nacional de Polonia, pero al mismo tiempo —y una vez más contrariamente a Marx y Engels— la condujo a apoyar el movimiento nacional de los eslavos del sur contra Turquía. Marx y Engels habían sostenido que para detener el avance del zarismo había que defender la unidad del Imperio Turco, y que había que oponerse a los movimientos nacionales de los eslavos del sur, que estaban sumergidos en las luchas paneslavas y eran armas ciegas en manos del zarismo. Rosa hizo un excelente análisis de las nuevas condiciones de los Balcanes desde la época de Marx. Primero llegó a la conclusión de que la liberación de las naciones balcánicas sometidas por los turcos sublevaría a las naciones del Imperio austrohúngaro. El fin del Imperio Turco en Europa significaría también el fin del Imperio de los Habsburgo. En segundo lugar, sostuvo que desde la época de Marx el movimiento nacional de los Balcanes había pasado a estar bajo el dominio de la burguesía y, en consecuencia, cualquier continuidad de la influencia rusa se debía únicamente a la opresión ejercida por los turcos.</p>
<p>La liberación de los pueblos balcánicos del yugo de los turcos no acrecentaría la influencia del zarismo sino que la debilitaría, ya que estos pueblos estarían bajo la conducción de una burguesía joven y progresista que chocaría cada vez más con el zarismo reaccionario. Así, en el caso de las naciones balcánicas, la actitud de Rosa con respecto a sus luchas nacionales difería enormemente de su actitud con respecto a Polonia.</p>
<p>La enérgica independencia del pensamiento de Rosa se veía atemperada por la debilidad que yacía —como hemos visto en algunas de las cuestiones ya tratadas— en su tendencia a generalizar con demasiada facilidad a partir de sus experiencias inmediatas, aplicándolas a los movimientos obreros de cualquier parte.</p>
<p><strong>_____</strong></p>
<p><strong>Capítulo 7</strong></p>
<p><strong>LA CRÍTICA DE ROSA LUXEMBURG A LOS BOLCHEVIQUES EN EL PODER</strong></p>
<p>Durante septiembre y octubre de 1918, mientras estaba en la prisión de Breslau, Rosa escribió un folleto sobre la Revolución rusa. Utilizó como base no sólo la prensa alemana sino también la rusa del momento, que sus amigos introducían en su celda de contrabando. Nunca terminó ni pulió el trabajo, ya que el comienzo de la revolución alemana le abrió las puertas de la prisión.</p>
<p>La primera edición del folleto fue publicada después de la muerte de Rosa, en 1922, por su camarada en armas Paul Levi. Está edición no era completa, y en 1928 se publicó una nueva, sobre la base de un manuscrito recientemente encontrado.</p>
<p><strong>Apoyo entusiasta de la Revolución de octubre</strong></p>
<p>Rosa fue una entusiasta partidaria de la Revolución de octubre y del Partido bolchevique; lo dejó perfectamente aclarado en su folleto:</p>
<p><em>“Lenin, Trotsky y los sus camaradas han demostrado que tienen todo el valor, la energía, la perspicacia y la entereza revolucionaria que quepa pedir a un partido a la hora histórica de la verdad. Los bolcheviques han mostrado poseer todo el honor y la capacidad de acción revolucionarios</em> [de que carece] <em>la socialdemocracia europea; su sublevación de octubre no ha sido solamente una salvación real de la revolución rusa, sino que ha sido, también, la salvación del honor del socialismo internacional.”</em> (LR p12616)</p>
<p>También escribió: <em>“el problema más importante del socialismo no es… esta o aquella cuestión menor de la táctica, sino la capacidad de acción del proletariado, la energía de las masas, la voluntad de poder del socialismo como tal. En este aspecto, Lenin, Trotsky y sus amigos son los primeros que han predicado con el ejemplo al proletariado internacional; son los primeros y, hasta ahora, los únicos que pueden decir, con Hutten: «¡Yo me he atrevido!».”</em></p>
<p><em>“Este es el aspecto esencial y perenne de la política de los bolcheviques, a los que corresponde el mérito histórico imperecedero de mostrar el camino al proletariado mundial en lo relativo a la conquista del poder político y los temas prácticos de la realización del socialismo, así como de haber impulsado poderosamente el enfrentamiento entre el capital y el trabajo en todo el mundo… En este sentido, el futuro pertenece en todas partes al «bolchevismo».” </em>(LR p148).</p>
<p>Aunque alababa a la Revolución de octubre en los términos más encomidiables, Rosa creía que una aceptación acrítica de todo lo que los bolcheviques hicieran no sería de utilidad al movimiento obrero. Según ella, el método de análisis marxista no debía aceptar nada que no hubiera sido sometido a la crítica revolucionaria.</p>
<p><strong>Efectos del aislamiento de la Revolución</strong></p>
<p>Para Rosa estaba claro que las condiciones de aislamiento de la Revolución rusa, causados por la traición de la socialdemocracia occidental, conducirían a distorsiones en su desarrollo. <em>“La solidaridad internacional… es… una condición fundamental sin la cual las capacidades mayores y el sentido más elevado de sacrificio del proletariado en un solo país acaban en una confusión de contradicciones y errores.” </em>(LR p119-120).</p>
<p>Después de señalar algunas de estas contradicciones y errores, revela claramente sus causas:</p>
<p><em>“Todo lo que está pasando en Rusia es comprensible y constituye una concatenación inevitable de causas y efectos, cuyo origen y conclusión final no es otro que el fracaso del proletariado alemán</em>[17] <em>y la ocupación de Rusia por el imperialismo alemán. Sería pedir lo imposible de Lenin y de sus camaradas suponer que, bajo tales circunstancias, podrían conjurar la democracia más bella, la dictadura del proletariado más perfecta o una economía socialista floreciente. Gracias a su actitud decididamente revolucionaria, su energía ejemplar y su fidelidad inquebrantable al socialismo internacional, los bolcheviques han hecho todo lo que cabía hacer en unas condiciones tan endemoniadas.” </em>(LR p147).</p>
<p><strong>Errores de los líderes bolcheviques</strong></p>
<p>Mientras que los factores objetivos pueden conducir a crasos errores a las revoluciones, los factores subjetivos en la conducción, pueden volver peligrosos dichos errores. Suponen un riesgo especial cuando son transformados en virtudes. <em>“Lo peligroso comienza cuando tratan de hacer de necesidad virtud y de consolidar teóricamente y proponer al proletariado internacional como modelo de táctica socialista, digna de imitación, esa táctica que a ellos les fue impuesta bajo condiciones tan desdichadas.” </em>(LR p147).</p>
<p>Pero fue precisamente esta peligrosa idea la aceptada por los partidos estalinistas (y también por algunos que se llaman a sí mismos antiestalinistas).</p>
<p>Rosa criticó a los bolcheviques en el poder lo que ella consideraba su error político en los siguientes aspectos: 1. La cuestión agraria; 2. La cuestión de las nacionalidades; 3. La Asamblea Constituyente; 4. Los derechos democráticos de los trabajadores.</p>
<p>Trataremos cada problema por separado.</p>
<p><strong>La política agraria bolchevique</strong></p>
<p>Una política socialista de la tierra, sostenía Rosa, debe apuntar a estimular la socialización de la producción agrícola, <em>“…la nacionalización de los latifundios, única que puede conseguir la concentración técnica progresiva de los medios y métodos agrarios de producción que, a su vez, ha de servir como base del modo de producción socialista en el campo. Si bien es cierto que no es preciso confiscar su parcela al pequeño campesino y que se puede dejar a su libre albedrío la decisión de aumentar su beneficio económico, primeramente mediante la asociación libre en régimen de cooperativa y, luego, mediante su integración en un conjunto social de empresa, también lo es que toda reforma económica socialista en el campo tiene que empezar con la propiedad rural grande y mediana; tiene que transferir el derecho de la propiedad a la Nación o, si se quiere, lo que es lo mismo, tratándose de un gobierno socialista, al Estado, puesto que solamente esta medida garantiza la posibilidad de organizar la producción agrícola según criterios socialistas, amplios e interrelacionados.” </em>(LR p127).</p>
<p>No obstante, la política bolchevique era exactamente la contraria:<em> “la consigna de ocupación y reparto inmediato de las tierras entre los campesinos, lanzada por los bolcheviques…no solamente no es una medida socialista, sino que es su opuesto, y levanta dificultades insuperables ante el objetivo de transformar las relaciones agrarias en un sentido socialista.” </em>(LR p128).</p>
<p>Rosa, muy acertada y proféticamente, señaló que la distribución de los latifundios entre los campesinos reforzaría el poder de la propiedad privada en el campo, y de esta manera sumaría dificultades a la ruta futura de la socialización de la agricultura: <em>“Anteriormente, una reforma socialista del campo hubiera tenido que enfrentarse, todo lo más, a una pequeña casta de latifundistas nobles y capitalistas, así como a una minoría reducida de burgueses aldeanos ricos, cuya expropiación por medio de las masas populares revolucionarias es un juego de niños. Hoy día, después de la ocupación de las tierras, cualquier intento de nacionalización socialista de la agricultura se enfrenta con la oposición de una masa muy crecida y muy fuerte de campesinos propietarios, que defenderá con dientes y uñas su propiedad recién adquirida contra todo atentado socialista.”</em> (LR p129).</p>
<p>El aislamiento de una pequeña clase trabajadora en el mar de un campesinado semicapitalista, antagónico y retrógrado demostró ser un hecho importante para el ascenso de Stalin.</p>
<p>De todos modos, Lenin y Trotsky no tuvieron alternativas. Es verdad que el programa del Partido bolchevique tuvo en cuenta la nacionalización de todos los latifundios. Durante muchos años, Lenin había discutido calurosamente contra los social-revolucionarios que estaban a favor de la distribución de la tierra entre los campesinos. No obstante, en 1917, cuando el problema de la tierra requería una solución inmediata, él enseguida adoptó las consignas de los tan condenados social-revolucionarios, o más bien del movimiento campesino espontáneo. Si los bolcheviques no hubieran hecho esto, ellos y la clase trabajadora urbana que dirigían hubieran quedado aislados del campo, y la revolución hubiera nacido muerta o, como máximo, hubiera vivido muy poco (como la revolución húngara de 1919).</p>
<p>Por ninguna concesión estratégica o táctica podían los bolcheviques superar una contradicción básica de la revolución rusa: el hecho de que fue llevada a cabo por dos clases contradictorias, el proletariado y el campesinado, el primero colectivista, el otro individualista.</p>
<p>Ya en 1903, Trotsky había postulado la probabilidad de que la futura revolución, en la que la clase trabajadora conduciría a los campesinos, terminaría con estos últimos en tan profunda oposición a los primeros, que sólo la extensión de la revolución podría salvar al poder de los trabajadores de ser derrocado: <em>“El proletariado ruso… contará frente a sí con la hostilidad organizada de la reacción internacional y con la disposición al apoyo organizado del proletariado internacional. Abandonada a sus propias fuerzas, la clase obrera rusa sería destrozada inevitablemente por la contrarrevolución en el momento en que el campesinado se apartase de ella. No le quedará otra alternativa que entrelazar el destino de su dominación política, y por tanto el destino de toda la revolución rusa, con el destino de la revolución socialista en Europa”.</em>[18]</p>
<p>La apreciación de Rosa sobre la política bolchevique de la tierra muestra una verdadera penetración en la situación de la Revolución Rusa, y señala los frecuentes peligros inherentes a las políticas bolcheviques. Pero la situación no permitía a los bolcheviques ninguna otra política revolucionaria del régimen de la tierra que la que implementaron: acceder al deseo democrático y espontáneo de los campesinos de distribuir la tierra expropiada a los latifundistas.</p>
<p><strong>La política de las nacionalidades</strong></p>
<p>Rosa no fue menos crítica respecto de la política bolchevique en la cuestión de las nacionalidades, advirtiendo a la revolución de los más graves peligros: <em>“Los bolcheviques son parcialmente culpables del hecho de que la derrota militar se haya transformado en el hundimiento y la disgregación de Rusia. Son los mismos bolcheviques los que, en gran medida, han agudizado estas dificultades objetivas al propugnar una consigna que han situado en el primer plano de su política: el llamado derecho de autodeterminación de las naciones, o lo que en realidad se escondía detrás de esa frase: la desintegración estatal de Rusia.” </em>(LR p130). ¡Cuán equivocada estaba Rosa en esta cuestión!</p>
<p>Si los bolcheviques hubieran seguido su consejo en este asunto, las clases gobernantes de las naciones anteriormente oprimidas se las hubieran arreglado cada vez mejor para reunir a las masas populares alrededor de ellas y así acentuar el aislamiento del poder soviético.</p>
<p>Sólo enarbolando la consigna de la autodeterminación podía la nación, anteriormente opresora, ganar la unidad revolucionaria de todos los pueblos. Es por este camino que los bolcheviques fueron capaces de ganar a la revolución parte, al menos, del territorio perdido durante la guerra mundial y el comienzo de la guerra civil —Ucrania, por ejemplo—. A raíz de la desviación de esta política de autodeterminación para todos los pueblos, el Ejército Rojo fue primeramente rechazado a las puertas de Varsovia, y luego llegó a acarrearse el odio de los georgianos al entrar y ocupar Georgia de la manera más burocrática y antidemocrática.[19]</p>
<p>Tanto en el caso de la cuestión nacional como en el del régimen de la tierra, Rosa se equivocó porque se alejaba del principio de la decisión popular, un principio tan básico a sus pensamientos y actos en general.</p>
<p><strong>La Asamblea Constituyente</strong></p>
<p>Una de las críticas que Rosa Luxemburg hizo a los bolcheviques estaba referida a la dilatación de su Asamblea Constituyente. Rosa escribió: <em>“Es un hecho innegable que, hasta la victoria de octubre, Lenin y sus camaradas estuvieron exigiendo, con toda intransigencia, la convocatoria de una asamblea constituyente y que, precisamente, la política dilatoria del gobierno de Kerensky en este aspecto daba pies a las acusaciones de los bolcheviques, formuladas con los improperios más vehementes. En su interesante obrita De la revolución de octubre hasta el tratado de paz de Brest, Trotsky llega a decir que la rebelión de octubre había sido precisamente «una salvación para la constituyente» y para la revolución en general. «Y cuando nosotros decíamos —continúa— que el camino hacia la asamblea constituyente no pasaba por el preparlamento de Zeretelli, sino por la conquista del poder por los Soviets, teníamos toda la razón»”</em> (LR p136-137). Después de llamar a la Asamblea Constituyente de esta manera, los mismos líderes la disolvieron el 6 de enero de 1918.</p>
<p>Lo que Rosa proponía en su folleto era la idea de soviets más Asamblea Constituyente. Pero la vida misma mostró muy claramente que esto hubiera conducido a un poder dual, que hubiera amenazado al órgano del poder obrero, los Soviets. Los líderes bolcheviques justificaron la disolución de la Asamblea Constituyente, en primer lugar sobre la base de que las elecciones se habían celebrado al amparo de una ley obsoleta, que daba un peso indebido a la minoría rica de los campesinos, quienes, en la primera y única sesión de la Asamblea, se negaron a ratificar los decretos sobre la tierra, sobre la paz, y sobre la transferencia del poder a los soviets.</p>
<p>Rosa Luxemburg contraataca esto sosteniendo que los bolcheviques podían, sencillamente, haber realizado nuevas elecciones que no sufrieran las distorsiones del pasado.</p>
<p>Pero la verdadera razón de la disolución yacía mucho más profundamente.</p>
<p>Era, en primer lugar, resultado del hecho de que mientras los soviets eran principalmente organizaciones de la clase trabajadora, la Asamblea Constituyente estaba basada sobre todo en los votos de los campesinos. No fue por tanto accidental que los bolcheviques, que tuvieron abrumadora mayoría en el Segundo Congreso de los Soviets, (8 de noviembre de 1917), elegidos por alrededor de veinte millones de personas, no contaran con el apoyo de más de un cuarto de la Asamblea Constituyente, elegida por todo el pueblo de Rusia. El campesino, defensor de la propiedad privada, no podía identificarse con el bolchevismo, aun cuando estuviera muy satisfecho por contar con el apoyo bolchevique para la distribución de la tierra y para la lucha por la paz. Los soviets eran, por lo tanto, un soporte mucho más digno de confianza para el poder obrero, lo que la Asamblea Constituyente jamás podría ser.</p>
<p>Pero hay una razón aun más básica —que nada tiene que ver con el predominio campesino en la población rusa— para que no hubiera una Asamblea Constituyente (o Parlamento) a la par de los soviets. Los soviets son una forma específica de gobierno de la clase trabajadora, del mismo modo que el Parlamento era la forma específica de dominación de la burguesía.</p>
<p>En realidad, en la revolución alemana, Rosa modificó radicalmente su punto de vista y se opuso vigorosamente a la consigna del USPD <em>“Consejos obreros y Asamblea Nacional”</em>. Así, el 20 de noviembre de 1918, escribía: <em>“Quienquiera que ruegue por una Asamblea Nacional está degradando, consciente o inconscientemente, la revolución al nivel histórico de una revolución burguesa; es un agente camuflado de la burguesía, o un representante inconsciente de la pequeña burguesía…”</em></p>
<p><em>“Las alternativas que se nos presentan hoy no son democracia o dictadura. Son democracia burguesa o democracia socialista. La dictadura del proletariado es democracia en un sentido socialista.” </em>(AR II p606).</p>
<p><strong>Restricciones a los derechos democráticos de los trabajadores</strong></p>
<p>La principal crítica de Rosa a los bolcheviques fue que ellos eran responsables de restringir y minar la democracia obrera. Y en este punto, toda la trágica historia de Rusia prueba que ella estaba profética y absolutamente acertada.</p>
<p>El núcleo del folleto de Rosa sobre la Revolución rusa, lo mismo que de todo lo que ella escribió y dijo, era una confianza ilimitada en los trabajadores, la convicción de que ellos, y solamente ellos, eran capaces de sobreponerse a las crisis a que se ve enfrentada la humanidad. Rosa tenía la convicción de que la democracia obrera es inseparable de la revolución proletaria y el socialismo.</p>
<p>Escribió: <em>“…la democracia socialista… no se puede dejar para la tierra de promisión, cuando se haya creado la infraestructura de la economía socialista, como un regalo de Reyes para el pueblo obediente que, entre tanto, ha sostenido fielmente al puñado de dictadores socialistas; la democracia socialista comienza a la par con la destrucción del poder de clase y la construcción del socialismo; comienza en el momento en que el partido socialista conquista el poder. La democracia socialista no es otra cosa que la dictadura del proletariado&#8221;.</em></p>
<p><em>“Pues sí, dictadura! Pero esta dictadura no consiste en la eliminación de la democracia, sino en la forma de practicarla, esto es, en la intervención enérgica y decidida en los derechos adquiridos y en las relaciones económicas de la sociedad burguesa, sin la cual no cabe realizar la transformación socialista. Pero esta dictadura tiene que ser la obra de una clase y no la de una pequeña minoría dirigente en nombre de una clase…” </em>(LR p147).</p>
<p>Aunque ella apoyó sin vacilaciones la dictadura del proletariado dirigida contra los enemigos del socialismo, arguyó que únicamente la democracia plena y consistente podía asegurar el poder de la clase trabajadora y dar impulso a sus enormes potencialidades. Señaló que los bolcheviques se desviaban de esta concepción:</p>
<p><em>“La teoría de la dictadura en Lenin y Trotsky parte de un presupuesto tácito, según el cual la revolución socialista es cosa que ha de hacerse mediante una receta que tiene preparada el partido de la revolución; éste no tiene más que aplicarla enérgicamente. Por desgracia —o, quizá, por fortuna, depende de las circunstancias—, esto no es cierto. No sólo no es una serie de prescripciones prestas para la aplicación, sino que, como sistema social, económico, y jurídico, la realización práctica del socialismo es algo que pertenece latente a las tinieblas del incierto futuro. Lo que tenemos en nuestro programa no so sino algunos indicadores generales que muestran la dirección en que deben tomarse las medidas, siendo éstas, además, de carácter predominantemente negativo. Sabemos, más o menos, lo que es preciso destruir de antemano a fin de allanar el camino a la economía socialista; no existe, sin embargo, programa de partido o libro de texto socialistas que nos ilustren acerca del carácter que han de tener las mil medidas concretas y prácticas, amplias o estrictas, para introducir los fundamentos socialistas en la Economía, en el Derecho y en todas las relaciones sociales. Esto no es un defecto, sino, precisamente la ventaja del socialismo científico sobre el utópico. El sistema socialista únicamente puede ser, y será, un producto histórico, nacido de la escuela propia de la experiencia, en el momento de la plenitud del desarrollo de la historia viva que, como naturaleza orgánica (de la que, al fin y al cabo, forma parte) tiene la bella costumbre de crear, al mismo tiempo, la necesidad social real y los medios para satisfacerla, el problema y la solución. Si se admite esto, es claro el socialismo, en razón de su carácter, no se puede otorgar o implantar por medio de un decreto.” </em>(LR p143).</p>
<p>Rosa también predijo que el grueso de los trabajadores rusos no tomaría parte activa en la vida económica y social: <em>“…el socialismo aparece decretado, otorgado desde el cenáculo de una docena de intelectuales&#8221;.</em></p>
<p><em>“Pero al sofocarse la actividad política en todo el país, también la vida en los soviets tiene que resultar paralizada. Sin sufragio universal, libertad ilimitada de prensa y reunión y sin contraste libre de opiniones, se extingue la vida de toda institución pública, se convierte en una vida aparente, en la que la burocracia queda como único elemento activo. Al ir entumeciéndose la vida pública, todo lo dirigen y gobiernan unas docenas de jefes del partido, dotados de una energía inagotable y un idealismo sin límites; la dirección entre ellos, en realidad, corresponde a una docena de inteligencias superiores; de vez en cuando se convoca a asamblea a una minoría selecta de los trabajadores para que aplauda los discursos de los dirigentes, apruebe por unanimidad las resoluciones presentadas, en definitiva, una camarilla, una dictadura, ciertamente, pero no la del proletariado, sino una dictadura de un puñado de políticos, o sea, una dictadura en el sentido burgués, en el sentido del jacobinismo…”</em> (LR p144).</p>
<p>Las críticas de Rosa a la Revolución Rusa, lo mismo que todos sus escritos, no podían dar ninguna satisfacción a los críticos reformistas del socialismo revolucionario, pero podían servir como ayuda para aquellos que desearan mantener la ciencia de la acción de la clase trabajadora viva y sin trabas. Sus críticas al Partido Bolchevique están en las mejores tradiciones del marxismo, del axioma básico de Karl Marx: <em>“…crítica despiadada de todo lo existente…”.</em></p>
<p><em><strong>_____</strong><br />
</em></p>
<p><strong>Capítulo 8</strong></p>
<p><strong>LA ACUMULACIÓN DE CAPITAL</strong></p>
<p>Desde 1906 a 1913, Rosa dictó la cátedra de economía política en una escuela de activistas del Partido Social Demócrata Alemán. Mientras, preparaba un libro sobre economía marxista titulado <em>Introducción a la economía política</em>. Cuando estaba por concluir el primer borrador se encontró con una dificultad inesperada: <em>“No conseguí describir con suficiente claridad el proceso total de la producción capitalista, en todas sus relaciones prácticas y con sus limitaciones históricas objetivas. Un examen más atento del tema me convenció de que era algo más que una cuestión de mero arte de representación y que un problema aguardaba ser resuelto; éste estaba relacionado con la materia teórica del volumen II de El Capital y al mismo tiempo estrechamente ligado a la actual política imperialista y a sus raíces económicas”. </em>De este modo, Rosa llegó a escribir su mayor obra teórica, <em>La acumulación de capital</em>. <em>Una contribución a una explicación económica del imperialismo</em> (Berlín, 1913). El libro no es nada fácil de seguir, especialmente para cualquiera no familiarizado con<em> El Capital</em>. Al mismo tiempo, sin duda, la contribución de Rosa Luxemburg —estemos o no de acuerdo con ella— es una de las más, si no la más importante y original contribución de la doctrina económica marxista desde <em>El Capital</em>.</p>
<p><strong>El problema</strong></p>
<p>Al analizar las leyes del movimiento del capitalismo, Marx abstrajo de él todos los factores no capitalistas, del mismo modo que un científico al estudiar la ley de gravedad la estudiará en vacío.</p>
<p>El problema con el que Rosa se debate es el siguiente: ¿puede la reproducción ampliada, es decir la producción a una escala creciente, tener lugar bajo las condiciones del capitalismo puro y abstracto, donde no existen países no capitalistas, o donde no existe alguna otra clase además de los capitalistas y los trabajadores? Marx sostuvo que es posible. Rosa discutió que mientras en general, para los propósitos del análisis de la economía capitalista, la abstracción de los factores no capitalistas se justifica, esta abstracción no está justificada cuando se enfrenta la cuestión de la reproducción ampliada.</p>
<p>El problema es, por supuesto, puramente teórico, puesto que de hecho el capitalismo puro nunca ha existido: la reproducción ampliada ha tenido lugar siempre, al tiempo que el capitalismo invadía esferas precapitalistas, sea dentro mismo del país capitalista —invasión en el feudalismo con la destrucción de campesinos, artesanos, etc.— sea en países totalmente agrícolas, precapitalistas.</p>
<p>Si el capitalismo no ha existido nunca en forma pura, uno puede muy bien preguntar: ¿Cuál es la importancia de la cuestión acerca de si la reproducción ampliada es teóricamente posible en el capitalismo puro? Después de todo, ni Marx ni Rosa sostuvieron que el capitalismo seguiría existiendo hasta que todas las formaciones precapitalistas hubieran sido superadas. Sin embargo, la respuesta a esta pregunta arroja luz sobre el efecto de la esfera no capitalista en la agudización o mitigación de las contradicciones en el capitalismo, y en los factores que llevan al capitalismo a la expansión imperialista.</p>
<p><strong>Los esquemas de Marx</strong></p>
<p>Comencemos explicando cómo Marx describía el proceso de reproducción como un todo bajo el capitalismo.</p>
<p>Marx parte de un análisis de reproducción simple, es decir, de la presunción —que, por supuesto, no podría nunca existir bajo el capitalismo— de que no hay acumulación de capital, de que la totalidad de la plusvalía es gastada en el consumo personal de los capitalistas, siendo así que la producción no se expande.</p>
<p>Para que el capitalista pueda llevar a cabo la reproducción simple deben existir ciertas condiciones. Debe tener la posibilidad de vender el producto de su fábrica, y con el dinero obtenido comprar los medios de producción (máquinas, materias primas, etc.) que necesita para su industria particular; también debe obtener del mercado la fuerza de trabajo que necesita, lo mismo que los medios de consumo necesarios para alimentar, vestir y abastecer otras necesidades de los trabajadores. El producto producido por los trabajadores con la ayuda de los medios de producción debe nuevamente encontrar un mercado y así sucesivamente.</p>
<p>Mientras desde el punto de vista del capitalista individual no interesa lo que la fábrica produce —máquinas, medias o periódicos— si puede encontrar compradores para su producto, con el fin de poder realizar su capital más la plusvalía, para la economía capitalista en su conjunto es extremadamente importante que el producto total esté compuesto de ciertos y determinados valores de uso; en otras palabras, el producto total debe proveer los medios de producción necesarios para renovar el proceso de producción y los medios de consumo que necesitan los trabajadores y los capitalistas. Las cantidades de los diferentes productos no pueden ser determinadas arbitrariamente: los medios de producción producidos deben ser iguales en valor al total del capital constante c; los medios de consumo producidos deben ser iguales en valor al total de los salarios —el capital variable v— más la plusvalía p.</p>
<p>Para analizar la reproducción simple Marx dividió la industria en dos sectores básicas: el que produce los medios de producción (sector I) y el que produce los medios de consumo (sector II). Para que la reproducción simple tenga lugar, debe obtenerse una cierta proporcionalidad entre estos dos sectores. Está claro, por ejemplo, que si el sector I produjera más máquinas de las que ella junto con el sector II necesitaran, habría superproducción de maquinaria. La producción del sector I se paralizaría consecuentemente, y a esto seguiría una secuencia completa de hechos. Analógicamente, si el sector I produjera muy pocas máquinas, la reproducción, en lugar de repetirse en el mismo nivel, retrocedería. Lo mismo se aplicaría al sector II si éste produjera más o menos medios de consumo que el total de las cuentas de salarios, el capital variable, más la plusvalía (v + p) en ambos sectores.[20]</p>
<p>La proporción entre la demanda de medios de producción y la de medios de consumo en la economía global depende de la relación entre la porción de capital dedicada a la compra de maquinaria y materias primas, es decir a capital constante (c) de la economía global, por una parte, y aquella porción de capital gastada en el pago de salarios, (v), más los beneficios de los capitalistas en la economía global.</p>
<p>En otras palabras, los productos del sector I (P1) deben ser iguales al capital constante de el sector I (c1) más el capital constante del sector II (c2):</p>
<p>P1 = c1 + c2</p>
<p>Análogamente, los productos del sector II (P2) deben ser iguales a los salarios y plusvalía en ambos sectores juntos:</p>
<p>P2 = v1 + p1 + v2 + p2</p>
<p>Estas dos ecuaciones pueden ser combinadas en una sola:[21]</p>
<p>c2 = v1 + p1</p>
<p>En otras palabras, el valor de la maquinaria y de las materias primas, etc. necesitadas por el sector II, debe ser igual a los salarios más la plusvalía de los trabajadores y los capitalistas del sector I.</p>
<p>Estas son ecuaciones para la reproducción simple. Las fórmulas para la reproducción ampliada son más complicadas. En ella, parte de la plusvalía se gasta en el consumo personal de los capitalistas —esto lo señalaremos con la letra r— y parte es acumulada —esto lo señalaremos con la letra a—. a mismo se divide en dos porciones: parte se utiliza para comprar nuevos medios de producción, es decir, es gastado para agregar al capital constante disponible —ac— y parte se utiliza para pagar salarios a trabajadores nuevamente empleados en la producción —av—.</p>
<p>Si la demanda social de medios de producción bajo la reproducción simple fuera expresada por la fórmula c1 + c2, la reproducción ampliada se expresaría así:</p>
<p>c1 + ac1 + c2 + ac2</p>
<p>Análogamente, la demanda social de bienes de consumo, de</p>
<p>v1 + p1 + v2 + p2,</p>
<p>se convierte en:</p>
<p>v1 + r1 + av1 + v2 + r2 + av2</p>
<p>De modo que las condiciones necesarias para la reproducción ampliada pueden ser formuladas así:</p>
<p>P1 = c1 + ac1 + c2 + ac2</p>
<p>P2 = v1 + r1 + av1 + v2 + r2 + av2</p>
<p>o:</p>
<p>c2 + ac2 = v1 + r1 + av1[22]</p>
<p><strong>La crítica de Rosa Luxemburg a los esquemas de Marx</strong> [23]</p>
<p>Rosa Luxemburg mostró que una comparación de la fórmula para la reproducción simple con la de la reproducción ampliada producía una paradoja.</p>
<p>En el caso de la reproducción simple c2 debe ser igual a v1 + p1. En el caso de la reproducción ampliada, c2 + ac2 debe ser igual a v1 + r1 + av1. Ahora bien, v1 + r1 + av1 son más pequeños que v1+ p1 (puesto que ac1 se deduce de p1). Así que si se alcanzara el equilibrio bajo las condiciones de la reproducción simple, la transición a la reproducción ampliada demandaría no solamente no acumulación en el sector II, sino la absurda posición de la desacumulación.</p>
<p>No es accidental, dijo Rosa, que cuando Marx usó esquemas para ilustrar la reproducción ampliada, le diera a c2 una cifra menos que la que usaba para ilustrar la reproducción simple.[24]</p>
<p>“Esquema de la reproducción simple</p>
<p>I	4000c	+	1000v	+	1000p	=	6000</p>
<p>II	2000c	+	500v	+	500p	=	3000</p>
<p>Total	9000</p>
<p>Esquema inicial para la reproducción a escala ampliada</p>
<p>I	4000c	+	1000v	+	1000p	=	6000</p>
<p>II	1500c	+	750v	+	750p	=	3000</p>
<p>Total	9000”</p>
<p>Así, el capital constante del sector II es 500 unidades menor en la reproducción ampliada que en la simple. Marx continúa elaborando el esquema de reproducción ampliada y muestra que, suponiendo que tanto en el sector I como en el sector II no tuviera lugar ningún cambio en la composición orgánica del capital (es decir, en la razón capital constante sobre variable), que la tasa de explotación permaneciera constante y que la mitad de plusvalía del sector I se capitalizara, la reproducción del capital resultaría en la siguiente progresión:[25]</p>
<p>Primer año</p>
<p>I	4400c	+	1100v	+	1100p	=	6600</p>
<p>II	1600c	+	800v	+	800p	=	3200</p>
<p>Total	9800</p>
<p>Segundo año</p>
<p>I	4840c	+	1210v	+	1210p	=	7260</p>
<p>II	1760c	+	880v	+	880p	=	3520</p>
<p>Total	10780</p>
<p>Tercer año</p>
<p>I	5324c	+	1331v	+	1331p	=	7986</p>
<p>II	1936c	+	968v	+	968p	=	3872</p>
<p>Total	11858</p>
<p>Cuarto año</p>
<p>I	5856c	+	1464v	+	1464p	=	8784</p>
<p>II	2129c	+	1065v	+	1065p	=	4259</p>
<p>Total	13043</p>
<p>Quinto año</p>
<p>I	6442c	+	1610v	+	1610p	=	9662</p>
<p>II	2342c	+	1172v	+	1172p	=	4686</p>
<p>Total	14348</p>
<p>Analizando estos esquemas, Rosa señaló correctamente una peculiaridad que muestra:<em> “Mientras en el sector I la mitad de la plusvalía se capitaliza todas las veces y la otra mitad se consume, de modo que hay una expansión ordenada tanto de la producción como del consumo personal de los capitalistas, el proceso correspondiente en el sector II sigue el siguiente curso errático&#8221;</em>:</p>
<p>Se capitalizan 	Se consumen</p>
<p>1º año		150			600</p>
<p>2º año		240			560</p>
<p>3º año		264			616</p>
<p>4º año		290			678</p>
<p>5ºaño		320			745</p>
<p>Y agrega: <em>“no es necesario decir que las cifras absolutas de los esquemas son arbitrarias en todas las ecuaciones; eso no disminuye su valor científico. Son las razones cuantitativas las relevantes, puesto que se supone que expresan relaciones estrictamente determinadas. Esas reglas lógicas precisas que afirman las relaciones de acumulación en el sector I, parecen haber sido ganadas al costo de cualquier tipo de principio en la construcción de estas relaciones para el sector II, y esta circunstancia exige una revisión de las conexiones inmanentes reveladas por el análisis.”</em></p>
<p><em>“Aquí no se pone en evidencia ninguna regla a seguir por la acumulación y el consumo; ambos están totalmente subordinados a los requerimientos de la acumulación en el sector I.”</em> (Acc. p122).</p>
<p>En lo que respecta al progreso de la reproducción ampliada, si suponemos que tanto en el sector II como en el sector I había una expansión ordenada de la acumulación de capital y del consumo personal de los capitalistas, tendría que haber aparecido un desequilibrio creciente entre ambos sectores.</p>
<p>De esta manera Rosa mostraba claramente que si determinadas reglas lógicas subyacían para las relaciones de acumulación en el sector I, estas reglas podían “haber sido ganadas al costo de cualquier tipo de principio al construir estas relaciones para el sector II”; o de otro modo, si las mismas reglas lógicas que habían sido aplicadas en el sector I eran aplicadas a las relaciones de acumulación en el sector II, aparecería y crecería progresivamente un desequilibrio en forma de superproducción del sector II.</p>
<p>Será ahora muy fácil demostrar, si se toma como punto de partida para la reproducción ampliada, que el capital constante en el sector II no es 500 unidades menor que en la reproducción simple, que tendría que haber habido desequilibrio entre el sector I y el sector II: la demanda de medios de consumo del sector I debía haber sido 500 unidades menor al comienzo del proceso que el suministro disponible de medios de consumo en busca de cambio en el sector II: debía haber habido superproducción de bienes de consumo por el valor de 500 al comienzo del proceso de reproducción ampliada.</p>
<p>Si Rosa no hubiera hecho abstracción de un número de otros factores, tales como el de la tasa de explotación y el crecimiento en la composición orgánica del capital, su argumento hubiera sido aún más sólido. Es muy fácil probar que si la tasa de explotación aumenta, de tal modo que la razón entre plusvalía y salarios (p:v) sea una razón creciente, la demanda relativa de bienes de consumo como contraria de los bienes de producción declinará, y por lo tanto la tasa de acumulación en el sector II seria aun más errática que en los esquemas de Marx, o aparecerían excedentes crecientes en el sector II. Cualquier aumento en la porción de la plusvalía acumulada operaría en la misma dirección, lo mismo que cualquier crecimiento de la composición orgánica del capital.</p>
<p>Las tres tendencias arriba mencionadas —el aumento de la tasa de explotación, el aumento de la tasa de acumulación y el aumento de la composición orgánica del capital— fueron supuestas por Marx como leyes absolutas e inminentes del capitalismo.</p>
<p>Si fueran tenidas en cuenta, se vería seriamente consolidada la pretensión de Rosa de que bajo el capitalismo puro el desequilibrio económico es un fenómeno absoluto, inevitable y permanente.</p>
<p><strong>Una crítica de esta crítica</strong></p>
<p>No obstante, hay un factor importante que elimina todos los factores arriba mencionados y está conectado con ellos desde un punto de vista inmanente: el aumento en el peso relativo del sector I en comparación con el sector II. El aumento de la composición orgánica del capital, el progreso de la técnica, ha estado histórica y lógicamente conectado con el aumento del sector I respecto del sector II.</p>
<p>Así, se calculó que la razón entre la producción neta de los bienes de capital y el de los bienes de consumo en Inglaterra, fue como sigue: 1851, 100:470; 1871, 100: 390; 1901, 100: 170; 1924, 100:150.</p>
<p>Las cifras para los Estados Unidos fueron: 1850, 100:240; 1890, 100:150; 1920, 100:80.</p>
<p>Las cifras para el Japón: 1900, 100:480; 1913, 100:270; 1925, 100:240. (W. S. y E. S. Woytinsky, World population and production, Nueva York, 1953, págs. 415-416). Para mostrar que el aumento del sector I comparado con el del sector II contradice los factores mencionados por Rosa (del mismo modo que aquellos agregados por el que escribe, para consolidar el argumento de Rosa acerca de la tendencia de superproducción del sector II), serán dadas algunas representaciones esquemáticas del efecto del cambio en el peso relativo del sector I al sector II en la relación de cambio entre los dos sectores.</p>
<p>El capital invertido en el sector I puede crecer comparativamente respecto del sector II de dos maneras:</p>
<p>1. teniendo una tasa de acumulación más alta en el sector I que en el sector II;</p>
<p>2. por la transferencia de capital del sector II al sector I.</p>
<p>Daremos un ejemplo esquemático para cada uno de estos dos procesos.</p>
<p>Supongamos que la tasa de acumulación en el sector I es más alta que en el sector II; digamos, la mitad de la plusvalía del sector I comparada con solamente un tercio del sector II. Supondremos también que los otros factores (la tasa de explotación al cien por ciento, la composición orgánica del capital en la que el capital constante es cinco veces mayor que el capital variable) permanecen invariables. Luego, usando el esquema de Marx arriba citado como punto de partida, la reproducción del capital resultará en la siguiente progresión (las cifras han sido redondeadas para simplificar):</p>
<p>Punto de partida:</p>
<p>I	5000c	+	1000v	+	1000p	=	7000</p>
<p>II	1500c	+	300v	+	300p	=	2100</p>
<p>Al fin del primer año:</p>
<p>I	5000c	+	1000v	+	500r	+	417ac	+	83av	=	7000</p>
<p>II	1500c	+	300v	+	200r	+	80ac	+	20av	=	2100</p>
<p>c2+ac2 = 1580,</p>
<p>mientras v1 + r1 + av1 = 1583</p>
<p>Así, al final del primer año en lugar de un excedente en el sector II como presumía Rosa, aparece un excedente en el sector I, cuyo total asciende a 3.</p>
<p>Al final del segundo año:</p>
<p>I	5417c	+	1083v	+	541r	+	450ac	+	90av	=	7583</p>
<p>II	1580c	+	320v	+	213r	+	90ac	+	18av	=	2220</p>
<p>c2 + ac2 = 1670</p>
<p>mientras v1 + r1 + av1 = 1714</p>
<p>El excedente en el sector I es ahora de 44.</p>
<p>Al final del tercer año:</p>
<p>I	5867c	+	1173v	+	586r	+	489ac	+	98av	=	8213</p>
<p>II	1670c	+	338v	+	225r	+	94ac	+	19av	=	2346</p>
<p>c2 + ac2 = 1764,</p>
<p>mientras v1 + r1 + ac1 = 1857</p>
<p>El excedente en el sector I es ahora de 93.</p>
<p>De la observación de los esquemas arriba expuestos, queda claro que si suponemos que la tasa de explotación y la composición orgánica del capital permanecen inalteradas, mientras la tasa de acumulación en el sector I es más alta que en el sector II, aparece una superproducción en el sector I.[26]</p>
<p>Como lo hemos dicho más arriba, el sector I puede crecer en relación con el sector II también por la transferencia de plusvalía del sector II al sector I.</p>
<p>Ilustremos este proceso con un esquema. Supondremos que la tasa de explotación, la composición orgánica del capital y la tasa de acumulación son las mismas en ambos sectores y permanecen inalteradas. Al mismo tiempo, supondremos que la mitad de la plusvalía producida en el sector II se transfiere al sector I.</p>
<p>La progresión de la reproducción ampliada podría ser descrita entonces por los es		quemas siguientes:</p>
<p>I	5000c	+	1000v	+	1000p	=	7000</p>
<p>II	1500c	+	300v	+	300p	=	2100</p>
<p>Fin del primer año:</p>
<p>I	5000c	+	1000v	+	500r	+	417ac	+	83av	=	7000</p>
<p>II	1500c	+	300v	+	150r	+	63ac	+	 12av	(más la plus-valía transferida al sector I: 63ac + 12av)	=	2100</p>
<p>c2 + ac2 = 1563, mientras</p>
<p>v1 + r1 + av1 (más av transferido del sector II) = 1595</p>
<p>Así, al fin del primer año, en lugar de un surplus en el sector II, como suponía Rosa, nos encontramos con una superproducción en el sector I, que llega a 32.</p>
<p>Fin del segundo año:</p>
<p>I	5480c	+	1095v	+	547r	+	455ac	+	91av	=	7670</p>
<p>II	1563c	+	312v	+	156r	+	65ac	+	13av	(más la plus-valía transferida al sector I: 65ac + 13av)	=	2187</p>
<p>c2 + ac2 = 1628, mientras</p>
<p>v1 + r1 + av1 (más av transferido del sector II) = 1746</p>
<p>El surplus en el sector I es 118.</p>
<p>Fin del tercer año:</p>
<p>I	6000c	+	1200v	+	600r	+	500ac	+	100av	=	8400</p>
<p>II	1628c	+	325v	+	162r	+	67ac	+	14av	(más la plus-valía transferida al sector I:67ac + 14av)	=	2278</p>
<p>c2 + ac2 = 1695</p>
<p>mientras v1 + r1 + av1 (más av transferido del sector II) = 1914</p>
<p>El surplus en el sector I es 219.</p>
<p>Esta vez, Rosa polemiza contra la idea de que la transferencia de la plusvalía de un sector al otro puede lograr un intercambio equilibrado entre ambos; la <em>“intentada transferencia de parte de la plusvalía capitalizada del sector II al sector I, está descartada, en primer lugar porque la forma material de esta plusvalía es obviamente inútil al sector I, y en segundo lugar por las relaciones de intercambio entre los dos sectores, que pueden necesitar en su momento una transferencia equivalente de los productos del sector I al sector II.”</em> (Acc.) En otras palabras, Rosa arguye que el esquema de Marx está basado en la presunción de que la realización de la plusvalía sólo puede tener lugar mediante un intercambio entre los sectores, y en segundo lugar, que el presunto excedente en el sector II toma una forma natural, es decir, sigue siendo medio de consumo, y no puede servir directamente como medio de producción. El primer argumento fracasa debido al hecho de que el intercambio entre empresas del mismo sector puede servir para realizar la plusvalía: cuando el dueño de una fábrica de sombreros vende sus sombreros a obreros que producen galletas, realiza la plusvalía producida por sus obreros. En segundo lugar, un gran número de bienes de consumo también pueden servir como medios de producción: si un contratista de obra construye fábricas en lugar de pisos, esto significa la transferencia de capital del sector II al sector I: la electricidad puede servir tanto para iluminar pisos como para poner maquinaria en movimiento; los cereales pueden alimentar al hombre (consumo) tanto como a los cerdos (consumo productivo), etc. En tercer lugar, sin la posibilidad de transferencia de capital de un sector al otro, el postulado de que la tasa de beneficio de toda la economía tiende a la igualdad, lo que es básico para la economía marxista, pierde su fundamento.</p>
<p>A partir de los esquemas dados, se hace claro que un aumento relativo del sector I con respecto al sector II, si todas las otras condiciones permanecen invariables, arrastra excedentes en las relaciones de intercambio del sector I.</p>
<p>¿Puede este factor no contradecir al señalado por Rosa como la causa de un excedente en el sector II? ¿No son acaso los diferentes factores contradictorios las dos caras de una misma moneda, el progreso de la economía capitalista? Por supuesto que es así.</p>
<p>Rosa llegó a la conclusión de que debía aparecer un excedente en el sector II porque ella solo tenía en cuenta una cara de la moneda. Considerando ambas caras, se hace claro que es posible que en el capitalismo puro exista la proporcionalidad entre los dos sectores, mientras la acumulación en ambas es regular, no errática.</p>
<p>Sin embargo, la posibilidad teórica de la conservación de las correctas proporcionalidades entre los dos sectores —que evitará la superproducción por su intercambio mutuo mientras la acumulación avanza en un mar sereno— no significa que en la vida real el funcionamiento anárquico y atomizado del capitalismo conduzca a la necesaria preservación continua y estable de las proporcionalidades. Aquí se hace sumamente importante el factor señalado por Rosa: la existencia de formaciones no capitalistas en las que se expande el capitalismo. Si no es un prerrequisito para la reproducción ampliada, como sostenía Rosa, es, por lo menos, un factor que facilita el proceso de la reproducción ampliada, de la acumulación, haciendo la interdependencia de los dos sectores menos que absoluta. No podemos dejar de estar de acuerdo con Rosa cuando dice: <em>“La acumulación es más que la relación interna entre los sectores de la economía capitalista”</em>; como resultado de la relación entre el medio capitalista y el no capitalista<em> “los dos grandes sectores de la producción, algunas veces cumplen el proceso acumulativo independientemente el uno del otro pero, aun así, a cada paso los movimientos se superponen e interceptan. A partir de esto obtenemos relaciones más complicadas, divergencias en la velocidad y sentido de la acumulación en ambos sectores, diferentes relaciones con los modos de producción no capitalistas, tanto en lo relativo a elementos materiales como a elementos de valor.” </em>(Acc.).</p>
<p>De hecho, el número de factores que determinan si ciertas proporcionalidades entre los sectores conducen o no al equilibrio, son muy numerosos y contradictorios (la tasa de explotación, la tasa de acumulación en diferentes industrias, el cambio en la composición orgánica del capital en diferentes industrias, etc.) y, una vez que la economía abandona el estado de equilibrio, lo que antes era proporcionalidad se vuelve desproporcionalidad con efecto de bola de nieve. Así, el intercambio entre la industria capitalista y la esfera no capitalista, por pequeño que sea en términos absolutos, puede tener efecto sobre la elasticidad y en consecuencia sobre la estabilidad del capitalismo.</p>
<p><strong>El mercado restringido del capitalismo</strong></p>
<p>En su libro, Rosa va alternando entre el análisis de los esquemas de reproducción —que describen la relación de intercambio entre los dos sectores de la industria— y el otro sistema de relaciones entre los dos sectores: la potencialidad de los medios de producción de convertirse en medios de consumo, siendo los medios de producción no solamente cambiados por medios de consumo, sino también en su momento realizados en nuevos medios de consumo. Las proporcionalidades expresadas en los esquemas de Marx son condiciones sin las que la acumulación no puede tener lugar; pero con el fin de la acumulación realmente tenga lugar es necesaria una demanda progresivamente ampliada de mercancía, y la pregunta que surge es: ¿de dónde viene esta demanda?</p>
<p>La prosperidad capitalista depende del creciente rendimiento y absorción de los bienes de capital. Pero, en último análisis, esto depende de la capacidad la industria para vender la creciente producción total de bienes de consumo. De todos modos, al tratar de vender sus productos la industria capitalista entra en contradicciones cada vez mas profundas, siendo la fundamental la que existe entre la producción y el mercado limitado:<em> “La razón última de todas las crisis reales es siempre la pobreza y la limitación del consumo de las masas frente a la tendencia de la producción capitalista a desarrollar las fuerzas productivas como si no tuviesen más límite que la capacidad absoluta de consumo de toda la sociedad”</em>.[27]</p>
<p>Rosa argumentaba que el factor que posibilitaba al capitalismo liberarse del impedimento absoluto para la acumulación, representado por el mercado restringido, era la penetración de la industria capitalista en los territorios no-capitalistas.[28]</p>
<p><strong>Otros efectos económicos del imperialismo</strong></p>
<p>Rosa Luxemburg dirigió su atención —más que cualquier economista marxista o no marxista— al efecto de la frontera no capitalista sobre el capitalismo. Ateniéndose a este factor —aunque ella misma no haya desarrollado todas sus consecuencias— podemos tratar de resumir el efecto de la expansión del capitalismo en territorios no capitalistas de la siguiente manera:</p>
<p>1. Los mercados de los países coloniales atrasados, al elevar la demanda de mercancías de los países industriales, debilitan allí la tendencia a la superproducción, disminuyen el ejército industrial de reserva, y en consecuencia crean una mejora en los salarios de los trabajadores de los países industriales.</p>
<p>2. El aumento de salarios producido de esta manera tiene un efecto acumulativo. Al aumentar el mercado interno en los países industriales se debilita la tendencia a la superproducción, disminuye el desempleo, se elevan los salarios.</p>
<p>3. La exportación de capital contribuye a la prosperidad de los países industriales —al menos temporalmente— al crear un mercado para sus mercancías. La exportación de artículos de algodón de Inglaterra a India presupone que India puede saldar directamente, por ejemplo exportando algodón. Por otro lado, la exportación de capital para la construcción de ferrocarriles presupone una exportación de mercancías —rieles, locomotoras, etc.— más allá del poder inmediato de compra, o del poder exportador de India. En otras palabras, por un tiempo la exportación de capital es un factor importante en la ampliación de mercados para las industrias de los países avanzados. Sin embargo, a su tiempo, este factor se transforma en su opuesto: el capital ya exportado pone un freno a la exportación, de mercancías del país “madre” después que los países coloniales comienzan a pagar utilidades o intereses sobre él. Para pagar una utilidad de diez millones de libras esterlinas a Gran Bretaña (sobre el capital británico invertido en India), India tiene que importar menos de lo que exporta, y de esa manera ahorrar el dinero necesario para llegar a los diez millones de libras. En otras palabras, el acto de exportar capital de Gran Bretaña a India, expande el mercado para las mercaderías británicas; el pago de intereses y utilidades sobre el capital británico existente en India restringe el mercado para las mercancías británicas.</p>
<p>Así, la existencia de grandes inversiones de capital británico en el exterior, no excluye para nada la superproducción y el desempleo masivo en Gran Bretaña. Contrariamente al criterio de Lenin, la gran utilidad que da el capital invertido en el exterior puede muy bien no ser concomitante con la prosperidad capitalista y la estabilización en el país imperialista, sino un factor de desempleo masivo y depresión.</p>
<p>4. La exportación de capital a las colonias afecta a todo el mercado de capital en el país imperialista. Aun si el excedente de capital en búsqueda infructuosa de inversión fuera muy pequeño, su influencia acumulativa sería enorme, ya que crearía tensión en los mercados de capital, y vigorizaría la tendencia bajista de la tasa de ganancias. A su vez, esto tendría un efecto acumulativo propio sobre el movimiento de capitales, sobre toda la actividad económica, sobre el empleo, y así sobre el poder adquisitivo de las masas y así sucesivamente, en un círculo vicioso sobre los mercados.</p>
<p>La exportación del capital excedente puede obviar estas dificultades y puede de este modo ser de gran importancia para la prosperidad global del capitalismo, y en consecuencia para el reformismo.</p>
<p>5. Aliviando de esta manera la tensión en los mercados de capital, la exportación de capital atenúa la competencia entre diferentes empresas y reduce la necesidad de cada una de racionalizar y modernizar su equipo. (Esto, en alguna medida, explica el atraso técnico de la industria británica, pionera de la revolución industrial, en comparación con la de la Alemania de hoy, por ejemplo.) Esto debilita las tendencias a la superproducción y el desempleo, a la reducción de los salarios, etc. (Por supuesto, en distintas circunstancias, en que Gran Bretaña ha dejado de ejercer un virtual monopolio en el mundo industrial, este factor puede muy bien producir la derrota de la industria británica en el mercado mundial, el desempleo y la reducción de los salarios.)</p>
<p>6. Comprar materia prima y víveres baratos en las colonias permite elevar los salarios reales en los países industriales, sin rebajar la tasa de ganancias. Este aumento de salarios significa ampliar el mercado interno sin una disminución de la tasa y de la cuantía de ganancias, es decir, sin debilitar el motor de la producción capitalista.</p>
<p>7. El período durante el cual los países coloniales agrarios sirven para extender los mercados de los países industriales se prolongará en proporción a:</p>
<p>a) la capacidad del mundo colonial en comparación con la capacidad productiva de los países industriales avanzados, y</p>
<p>b) el grado hasta el cual se pospone la industrialización del primero.</p>
<p>8. Todos los efectos benéficos del imperialismo sobre la prosperidad capitalista desaparecerían si no hubiera fronteras nacionales entre los países industriales imperialistas y sus colonias. Gran Bretaña exportó mercancías y capital a India e importó materias primas y víveres baratos, pero no permitió a los desempleados de India —que habían aumentado su numero por la invasión del capitalismo británico— entrar en el mercado de trabajo británico. Si no hubiera sido por la valla (financiera) a la inmigración masiva india a Gran Bretaña, los salarios en Gran Bretaña no hubieran aumentado durante el último siglo. La crisis del capitalismo se hubiera hecho cada vez más profunda: el reformismo no hubiera podido reemplazar al cartismo revolucionario.[29]</p>
<p><strong>En conclusión</strong></p>
<p>Uno puede estar de acuerdo o no con la crítica de Rosa acerca de los esquemas de Marx en el volumen II de El Capital, lo mismo que con todos o algunos de los eslabones de la cadena de los razonamientos que la conducen a la conclusión final de que si el modo de producción capitalista era no sólo el predominante sino el único, en muy poco tiempo el capitalismo forzosamente tendría que sucumbir a raíz de sus contradicciones internas. Sea lo que fuere que uno piense, no es posible dudar del enorme servicio que prestó Rosa al llamar la atención acerca de los efectos de las esferas no capitalistas sobre la estabilidad del capitalismo. Como señala la profesora Joan Robinson en su introducción a la edición inglesa de La acumulación de capital:<em> “… serán pocos quienes nieguen que la extensión del capitalismo en nuevos territorios fue el motivo principal de lo que un economista académico ha llamado «vasto boom secular» de los últimos años y muchos economistas académicos explican en gran medida la difícil condición del capitalismo en el siglo veinte por «el cierre de fronteras en todo el mundo.&#8221;</em> (Acc). Joan Robinson mezcla el elogio a Rosa por su análisis con una crítica por no haber tenido en cuenta el aumento en los salarios reales que tenía lugar en todo el mundo capitalista —un factor que ampliaba el mercado— y haber mostrado, en consecuencia, un cuadro incompleto.</p>
<p>Sin embargo, aunque Rosa no incluyera este factor en su análisis —y el mismo es extraño a la línea principal de su argumento acerca de la posibilidad o imposibilidad de la reproducción ampliada en el capitalismo puro— no se puede explicar el aumento de los salarios reales independientemente del aspecto más distintivo que Rosa señaló: la expansión del capitalismo en las esferas no capitalistas.[30]</p>
<p><strong>_____</strong></p>
<p><strong>Capítulo 9</strong></p>
<p><strong>EL LUGAR DE ROSA LUXEMBURG EN LA  HISTORIA</strong></p>
<p>Franz Mehring, el biógrafo de Marx, no exageraba cuando llamaba a Rosa el mejor cerebro después de Marx. Pero ella no sólo aportó su cerebro al movimiento de la clase trabajadora: dio todo lo que tenía —su corazón, su pasión, su fuerte voluntad, su vida misma.</p>
<p>Rosa fue, sobre todo, una socialista revolucionaria. Y entre los grandes líderes y maestros socialistas revolucionarios tiene un lugar histórico propio.</p>
<p>Cuando el reformismo degradó al movimiento socialista al aspirar meramente al <em>“estado de bienestar”</em>, regateando con el capitalismo, se tornó de fundamental importancia hacer una crítica revolucionaria de este servidor del capitalismo. Es verdad que otros maestros del marxismo —Lenin, Trotsky, Bujarin, etc.— también llevaron adelante una lucha revolucionaria contra el reformismo. Pero tenían un frente limitado contra el cual luchar. En Rusia, su país, las raíces de esta mala hierba eran tan débiles y delgadas, que podían arrancarse de un tirón. Donde a la vista de cada socialista o demócrata estaba Siberia o la horca, ¿quién podía oponerse, en principio, al uso de la violencia por parte del movimiento obrero? ¿Quién, en la Rusia zarista, hubiera podido soñar con una vía parlamentaria hacia el socialismo? ¿Quién podía abogar por una política de gobierno de coalición, ya que no había con quién hacerla? Donde apenas existían sindicatos, ¿Quién podía pensar en considerarlos la panacea del movimiento obrero? Lenin, Trotsky y los demás líderes bolcheviques rusos no necesitaban contradecir los argumentos del reformismo con un análisis esmerado y preciso. Todo lo que necesitaban era una escoba para barrerlo al estercolero de la historia.</p>
<p>En Europa Central y Occidental, el reformismo conservador tenía raíces mucho más profundas, una influencia mucho más amplia sobre los pensamientos y manera de ser de los trabajadores. Los argumentos de los reformistas tenían que ser contestados por otros mejores, y en esto Rosa fue excelente. En estos países su escalpelo es un arma mucho más útil que el mazo de Lenin.</p>
<p>En la Rusia zarista, los trabajadores no estaban organizados en partidos o sindicatos. Allí no había tal amenaza de que se construyeran poderosos imperios por una burocracia ascendente de la clase trabajadora, como en los movimientos obreros bien organizados de Alemania, y era natural que Rosa tuviera una visión más temprana y clara del papel de la burocracia obrera que Lenin o Trotsky. Comprendió mucho antes que la única fuerza que podía abrirse paso en la maraña de la burocracia era la iniciativa de los trabajadores. Sus escritos sobre este asunto pueden servir de inspiración a los trabajadores de los países industriales avanzados, y son una contribución más valiosa a la lucha por liberar a los trabajadores de la perniciosa ideología del reformismo burgués que los de cualquier otro marxista.</p>
<p>En Rusia, donde los bolcheviques siempre fueron una parte grande e importante de los socialistas organizados —aun cuando no siempre fueran, como su nombre indica, la mayoría— nunca surgió verdaderamente como problema la cuestión de la actividad de una pequeña minoría marxista hacia una organización de masas conducida de forma conservadora. Le demandó mucho tiempo a Rosa desarrollar la correcta aproximación a esta cuestión vital. El principio que la guiaba era: estar con las masas en todos sus afanes, y tratar de ayudarlas. Por eso se opuso al abandono de la corriente principal del movimiento obrero, cualquiera que fuera su grado de desarrollo. Su lucha contra el sectarismo es sumamente importante para el movimiento obrero de Occidente, especialmente hoy, cuando la sociedad de bienestar constituye un sentimiento tan penetrante. El movimiento obrero británico en particular, que ha sufrido el sectarismo de Hyndman y el SDF, más tarde el BSP y el SLP, luego el CPGB (especialmente en su <em>“tercer período”</em>) y ahora otras sectas, puede inspirarse en Rosa Luxemburg para establecer una lucha escrupulosa contra el reformismo que no degenere en una huida de él. Ella enseñó que un revolucionario no debe nadar con la corriente del reformismo, ni sentarse a la orilla y mirar en la dirección opuesta, sino nadar en su contra.</p>
<p>La concepción de Rosa Luxemburg, acerca de las estructuras de las organizaciones revolucionarias —que debían construirse de abajo hacia arriba, sobre una base consistentemente democrática—, se adapta a las necesidades de los movimientos de los trabajadores en los países avanzados mucho más estrechamente que la concepción de Lenin de 1902 a 1904, que los estalinistas de todo el mundo copiaron, agregando un toque burocrático.</p>
<p>Ella comprendió más claramente que nadie que la estructura del partido revolucionario y las relaciones mutuas entre el partido y la clase tendrían gran influencia, no sólo en la lucha contra el capitalismo y para el poder de los trabajadores sino también sobre el propio destino de este poder. Estableció proféticamente que sin la más amplia democracia de los trabajadores, <em>“funcionarios detrás de su escritorio”</em> tomarían el poder político de manos de los trabajadores. Dijo:<em> “el socialismo no se puede otorgar o implantar por medio de un decreto”.</em></p>
<p>Su combinación de espíritu revolucionario y clara comprensión de la naturaleza del movimiento obrero en Europa Occidental y Central estaba relacionada, de alguna manera, con su particular marco de nacimiento en el Imperio Zarista, su larga residencia en Alemania y su plena actividad en los movimientos obreros polaco y alemán. Cualquiera de menor estatura se hubiera asimilado a uno de ambos ambientes, pero no Rosa Luxemburg. A Alemania llevó el espíritu <em>“ruso”</em>, el espíritu de la acción revolucionaria. A Polonia y Rusia llevó el espíritu<em> “occidental”</em> de confianza, democracia y autoemancipación de los trabajadores.</p>
<p>La acumulación de capital es una importantísima contribución al marxismo. Al ocuparse de las mutuas relaciones entre los países industriales avanzados y los países agrarios atrasados, puso de relieve la importante idea de que el imperialismo, al mismo tiempo que estabiliza al capitalismo por un largo período, amenaza enterrar a la humanidad bajo sus ruinas.</p>
<p>Su interpretación de la historia —que ella concebía como el fruto de la actividad humana— era vital, dinámica y no fatalista, y al mismo tiempo ponía al desnudo las profundas contradicciones del capitalismo, así que Rosa no consideraba que la victoria del socialismo fuera inevitable. Pensaba que el capitalismo podía ser tanto la antesala del socialismo como de la barbarie. Quienes vivimos a la sombra de la bomba H debemos interpretar esta advertencia y usarla como acicate para la acción.</p>
<p>A fines del siglo diecinueve y principios del veinte, el movimiento obrero alemán, con décadas de paz tras de sí, se dejó estancar bajo una ilusión de perenne continuación de esta situación. Quienes presenciamos las negociaciones acerca del desarme controlado, la ONU, las Conferencias Cumbre…, lo mejor que podemos hacer es aprender del claro análisis de Rosa sobre los inquebrantables lazos entre la guerra y el capitalismo, y su insistencia en que la lucha por la paz es inseparable de la lucha por el socialismo.</p>
<p>Su pasión por la verdad, hizo que Rosa apartara con repugnancia cualquier pensamiento dogmático. En el período en que el estalinismo ha transformado en gran parte al marxismo en su dogma, extendiendo la desolación en el campo de las ideas, los escritos de Rosa son vigorizantes y vitalizadores. Para ella no había nada más intolerable que inclinarse ante las<em> “autoridades infalibles”</em>. Como verdadera discípula de Marx, era capaz de pensar y actuar independientemente de su maestro. Aunque se apoderó del espíritu de sus enseñanzas, Rosa no perdió sus propias facultades críticas en una simple repetición de las palabras de Marx, se ajustaran o no a la distinta situación, fueran correctas o equivocadas. La independencia de criterio de Rosa es la más grande inspiración para todos los socialistas, en cualquier lugar y momento. En consecuencia, nadie censuraría con mayor fuerza que ella misma cualquier intento de canonizarla, de convertirla en una<em> “autoridad infalible”</em>, en conductora de una escuela de pensamiento o acción. Rosa gustaba mucho de los conflictos de ideas como medios de aproximación a la verdad.</p>
<p>En un período en que tantos que se consideran a sí mismos marxistas privan al marxismo de su profundo contenido humanístico, nadie puede hacer más que Rosa Luxemburg para liberarnos de las cadenas del exánime materialismo mecanicista. Para Marx, el comunismo (o socialismo) era un <em>“verdadero humanismo”</em>, <em>“una sociedad en la que el pleno y libre desarrollo de cada individuo es el principio gobernante” </em>(<em>El Capital</em>). Rosa Luxemburg fue la personificación de estas pasiones humanistas. La principal razón de su vida fue la simpatía hacia los humildes y oprimidos. Su profunda emoción y sentimientos para con los sufrimientos del pueblo y de todos lo seres vivos están expresados en todo lo que ella dijo o escribió, tanto en sus cartas desde la prisión como en los escritos más profundos de su investigación teórica.</p>
<p>Rosa sabía muy bien que allí donde la tragedia humana se da en escala épica, las lágrimas no ayudan. Su lema, como el de Spinoza, podría haber sido: <em>“No llores, no rías, sino comprende”,</em> aunque ella misma tuvo su parte de lágrimas y de risas. Su método fue revelar las tendencias del desarrollo de la vida social, con el fin de ayudar a la clase trabajadora a usar su potencialidad de la mejor manera posible, en conjunción con el desarrollo objetivo. Apeló a la razón del hombre, más que a su emoción.</p>
<p>En Rosa Luxemburg se unieron una profunda simpatía humana y un serio anhelo por la verdad, un desatado denuedo y un cerebro de primera línea, para hacer de ella una revolucionaria socialista. Como expresó Clara Zetkin, su íntima amiga en su despedida fúnebre: <em>“En Rosa Luxemburg la idea socialista fue una pasión dominante y poderosa del corazón y del cerebro; una pasión verdaderamente creativa que ardía incesantemente. La principal tarea y la ambición dominante de esta sorprendente mujer, fue preparar el camino para la revolución social, desbrozar la senda de la historia para el socialismo. Su máxima felicidad fue experimentar la revolución, luchar en todas sus batallas. Consagró toda su vida y todo su ser al socialismo con una voluntad, determinación, desprendimiento y fervor que no pueden expresar las palabras. Se entregó plenamente a la causa del socialismo, no sólo con su trágica muerte, sino durante toda su vida, diariamente y a cada minuto, a través de las luchas de muchos años… Fue la afilada espada, la llama viviente de la revolución”.</em></p>
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<p><strong>Fuentes</strong></p>
<p>Libros de Rosa Luxemburg y sus siglas en este folleto</p>
<p>RR	Sozialreform oder revolution?, traducido como “¿Reformismo o revolución?” en Rosa Luxemburgo 			Obras escogidas, Madrid, 1978, Vol 1, pp41-107.</p>
<p>HM	“Huelga de masas, partido y sindicatos”, en Rosa Luxemburgo Obras escogidas, Madrid, 1978, Vol 1, 			pp133-202.</p>
<p>PO	“Problemas de organización de la socialdemocracia rusa”, en Rosa Luxemburg Obras escogidas, Madrid, 		1978, Vol 1, pp111-130.</p>
<p>FJ	“Folleto Junius (La crisis de la socialdemocracia)”, en Rosa Luxemburg Obras escogidas, Madrid, 1978, 		Vol 2, pp11-108.</p>
<p>LR	“La revolución rusa”, en Rosa Luxemburg Obras escogidas, Madrid, 1978, 	Vol 2, pp115-148.</p>
<p>QP	“¿Qué se propone la Liga Espartaco?”, en Rosa Luxemburg Obras escogidas, Madrid, 1978, Vol 2, 			pp151-161.</p>
<p>AR	Ausgewählte Reden und Schriften, (Discursos y escritos escogidos), 2 tomos, Berlín, 1955</p>
<p>GW	Gesammelte Werke, (Obras completas), tomos 3, 4 y 6, Berlín, 1923-28</p>
<p>NZ	Neue Zeit órgano teórico del Partido Socialdemócrata Alemán</p>
<p>Hemos dado referencias a las ediciones en castellano, donde esto ha sido posible. Sin embargo, muchas de las obras citadas siguen sin ninguna traducción disponible. Además, aunque la edición de Rosa Luxemburgo Obras escogidas que hemos utilizado, de Editorial Ayuso, es bastante fácil de conseguir, y contiene las obras más importantes, sufre de algunos fallos importantes de traducción. Pero aún con estos fallos, esta edición es la manera más fácil para la persona interesada, castellano hablante, a seguir leyendo los escritos originales de Rosa Luxemburg.</p>
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<p><strong>Notas</strong></p>
<p><strong>Tony Cliff</strong> nació en Palestina en 1917. Entre 1936 y 1939 asiste a la Universidad Hebrea de Jerusalén, hasta que su encarcelamiento por razones políticas pone fin a sus estudios. En 1951 se traslada a Gran Bretaña, donde permanece hasta su muerte en Abril del 2000. También en 1951 funda junto a otros activistas el grupo Socialist Review, que luego se convertirá en el Socialist Workers Party, actualmente la mayor organización revolucionaria de Gran Bretaña. Entre su vastísima producción literaria se destacan: <em>La naturaleza de clase de la Rusia estalinista</em> (1948); <em>La China de Mao</em> (1957); <em>Rosa Luxemburg</em> (1959); <em>La revolución permanente desviada</em> (1963); <em>El Capitalismo de Estado en Rusia</em> (1974); <em>Lenin</em> [4 Vols.] (1975-79); <em>Lucha de clases y liberación de las mujeres</em> (1984); <em>Marxismo y lucha sindical. La huelga general de 1926</em> (1986); <em>Trotsky</em> [4 Vols.] (1989-93); <em>El marxismo y el milenio</em> (2000). La primera edición del folleto fue realizada en Uruguay en Octubre de 2002.</p>
<p>1.	No por nada Stalin denuncia a Rosa póstumamente en 1931 como trotskista (véase J.V.Stalin, <em>Works,</em> Tomo 			XII,	pp86-104).</p>
<p>2.	Había adquirido la nacionalidad alemana mediante un matrimonio simulado con Gustav Lübeck. (N. de la T.)</p>
<p>3.	Centrista fue un término que se aplicaba a aquellos que mantenían una posición intermedia, vacilante, entre 			los revolucionarios consistentes y los reformistas declarados. (N. del T.)</p>
<p>4.	El mitológico rey de Corinto, que en los infiernos fue condenado a llevar rodando una enorme piedra hasta 			la cima de una montaña. La piedra rodaba constantemente hacia abajo, haciendo su tarea incesante.</p>
<p>5.	P. Fröhlich, Rosa Luxemburg. <em>Her life and Work</em>, Pluto, Londres, 1972, p66.</p>
<p>6.	P. Fröhlich, op. cit, p67.</p>
<p>7.	Rote Fahne, 18 de noviembre de 1918.</p>
<p>8.	<em>Manifiesto Comunista</em> en Marx y Engels,  <em>Obras Escogidas</em> en tres tomos, Moscú 1973, Tomo I p121.</p>
<p>9.	F. Engels, en la <em>Introducción de 1895</em> a <em>La lucha de clases en Francia</em>, de Marx, en Marx y Engels, <em>Obras 			Escogidas </em>en tres tomos, Moscú 1973, Tomo I p204.</p>
<p>10.	En el inglés, se utiliza la palabra <em>“sindicalism” </em>a secas, para referirse a la política de enfocar 				exclusivamente en cuestiones del lugar de trabajo, excluyendo a todo asunto más general y <em>“político”. </em>En 			las obras de Lenin en castellano se utilizan los términos <em>“tradeunionismo” </em>y <em>“economismo” </em>para criticar la 			misma tendencia. Ni Lenin ni Luxemburg se oponían a la actividad sindical como tal, sólo a la idea de que 			la lucha obrera debiera 	limitarse a subidas salariales y cosas por el estilo. (N. del T.)</p>
<p>11.	De hecho, el folleto fue traducido a muchos idiomas sin los comentarios que Lenin consideraba necesarios.</p>
<p>12.	No es accidental que los social revolucionarios rusos, futuros enemigos de los bolcheviques, aprobaran 			calurosamente los conceptos de Lenin acerca de la organización del partido. (I. Deutscher, <em>El Profeta 			Armado</em>, Ediciones Era, México, 1968.)</p>
<p>13.	<em>Manifiesto Comunista</em> en Marx y Engels, <em>Obras Escogidas</em> en tres tomos, Moscú 1973, Tomo I p140.</p>
<p>14.	<em>Carta a Sorge</em>, 27 de septiembre de 1877, <em>Correspondencia Marx-Engels</em>, Londres, 1941, pp348-349.</p>
<p>15.	<em>Carta a Kautsky</em>, 12 de septiembre de 1882, en Marx y Engels, <em>Obras Escogidas</em> en tres tomos, Moscú 1973, 			Tomo III, p507.</p>
<p>16.	La traducción citada conlleva un error, que hemos corregido. Dice <em>“que ha caracterizado” </em>done debe decir, 			tal como hemos puesto aquí, <em>“de que carece”</em>. ¡Una diferencia importante! (N del T).</p>
<p>17.	En la traducción al castellano, en vez de <em>“el fracaso del proletariado alemán”, </em>se lee<em> “la traición por parte 			del proletariado alemán”</em>. Debe quedar claro, de toda la trayectoria de Rosa Luxemburg, que ella veía la 			traición de la revolución alemana como la responsabilidad de los dirigentes socialdemócratas, no de la clase 			trabajadora como tal. (N del T).</p>
<p>18.	Leon Trotsky, “Resultados y perspectivas”, en <em>1905</em> y <em>Resultados y perspectivas</em>, Ruedo Ibérico, pp218-219</p>
<p>19.	La crítica de Rosa Luxemburg sobre la política de los bolcheviques en el poder, a propósito de las 				nacionalidades, era una continuación de las diferencias que durante dos décadas tuvo con ellos en este 			sentido. (Véase el Capítulo 6.)</p>
<p>20.	En realidad, lo que se necesita para la reproducción simple es no solamente que se mantenga una cierta 			proporcionalidad entre la producción del sector I y la del sector II en la economía total, sino que la 				proporcionalidad entre los sectores se mantenga también en cada rama de la economía. Así por ejemplo, la 			producción de maquinaria para hacer ropas (sector I) debe coincidir con la demanda que hace la industria 			del vestido de este tipo de maquinaria (sector II).</p>
<p>21.	Recuérdese que el producto es igual en valor al total del capital constante (c, máquinas, materias primas 			etc.) 	más capital variable (v, salarios), más plusvalía (p). O sea: P1 = c1 + v1 + p1, y P2 = c2 + v2 + p2. 			Son 	estas fórmulas, juntas con las citadas en el texto anterior, las que generan la que sigue. (N. del T.)</p>
<p>22.	 Estas ecuaciones, que son formulaciones algebraicas del análisis de Marx en el volumen II de <em>El Capital</em>, 			fueron formuladas por N. Bujarin en <em>Der Imperialismus und die Akkumulation das Kapitals</em> (Berlín 1925) y 			las encontramos muy útiles para sintetizar muchos de los ejemplos aritméticos de Marx.</p>
<p>23.	Antes de describir el análisis que hace Rosa de la reproducción, debe quedar claro que ella no desarrolló 			una teoría explicando el movimiento cíclico de auge, crisis y depresión. Suponía que los ciclos periódicos 			son fases de la reproducción en la economía capitalista, pero no en el proceso total. En consecuencia, en su 			análisis hizo abstracción de los ciclos, con el fin de estudiar el proceso de reproducción en estado puro y 			como totalidad. Así, escribe: <em>“a pesar de las pronunciadas alzas y bajas en el curso de un ciclo, a pesar de 			las crisis, las necesidades de la sociedad más o menos se satisfacen siempre, la reproducción sigue su 			complicado curso, y las capacidades productivas se desarrollan progresivamente. ¿Cómo es posible que esto 			ocurra aún dejando de lado ciclos y crisis? Aquí comienza la verdadera cuestión… Cuando hablemos de la 			reproducción capitalista en la siguiente exposición, siempre entenderemos por tales términos un volumen 			medio de productividad, que es un promedio extraído de las diversas fases de un ciclo.”</em> (Acc. p66-37).</p>
<p>24.	Marx, <em>El Capital</em> (Akal, 1977) Libro II, tomo II, p220.</p>
<p>25.	Idem, pp222-225.</p>
<p>26.	El argumento de Rosa contra esta idea de una tasa más alta de acumulación en el sector I que en el sector II 			es absolutamente erróneo. No tenemos espacio paro tratarlo aquí. El lector debería consultar la fuente.</p>
<p>27.	Marx, <em>El Capital</em> (Akal, 1977) Libro III, tomo II, p205.</p>
<p>28.	Una respuesta “marxista” diferente para el dilema capitalista fue dada por Otto Bauer en su crítica del libro 			de Rosa. Usando esquemas de reproducción mucho más complicados que los de Marx o los de Rosa, trató 			de probar que<em> “la acumulación de capital se adapta al aumento de la población”; “el ciclo periódico de 			prosperidad, crisis y caída de valores es una expresión empírica del hecho de que el aparato capitalista de 			producción supera automáticamente la acumulación demasiado grande o demasiado pequeña, adaptando 			nuevamente la acumulación de capital al aumento de población.”</em> (NZ, 1913, pág. 871). Y esto no lo dice 			un discípulo de Malthus, sino de Marx, para quien el factor primario tendría que ser la acumulación de 			capital y no el aumento de la población.</p>
<p>29.	De paso, el <em>“tercer” </em>comprador —ni trabajador ni consumidor capitalista— no debe ser necesariamente el 			productor no capitalista, sino el Estado no productivo; así la permanente economía de guerra, al menos por 			una vez, puede tener un efecto similar sobre la prosperidad capitalista al de la esfera económica no 				capitalista. (Véase T. Cliff, <em>Perspectives of the Permanent War Economy</em>, <em>Socialist Review</em>, mayo de 1957.)</p>
<p>30.	En su demostración Rosa cometió un número de errores laterales que fueron descubiertos posteriormente 			por N. Bujarin en su<em> Der Imperialismus und die Akkumulation des Kapitals </em>pese a que no desaprobaba su 			tesis 	central (aunque él creyera que sí). Así, por ejemplo, Rosa dedicó mucha atención a problemas 				puramente monetarios de la acumulación de capital: si, por ejemplo, habría que incluir la producción de 			elementos monetarios (oro, plata, etc.) en el sector I, como hacía Marx, o, como proponía ella, agregar una 			tercera sector. Parece que en varios lugares de su libro, Rosa confunde la pregunta<em> “¿De dónde viene la 			demanda?” </em>con la pregunta<em> “¿De dónde viene el dinero?”</em> Pero como esto sólo tiene importancia secundaria 			para su tesis principal, no lo trataremos aquí. Nuevamente, si seguimos cuidadosamente el razonamiento de 			Rosa acerca de los esquemas de reproducción, debemos decir que el peso de su argumento es que una 			porción de la	plusvalía de el sector II no puede realizarse bajo el capitalismo puro, mientras que ella misma 			sintetiza su argumento como si hubiera probado que bajo el capitalismo puro no hay lugar para ninguna 			realización de	cualquier porción de la plusvalía. (Esto fue señalado por P. Sternberg, en <em>Der Imperialismus</em>, 			Berlín, 1926, pág 102).</p>
<p>______</p>
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		<title>Trotsky. Socialista revolucionario</title>
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		<pubDate>Sat, 05 Mar 2011 05:03:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Socialismo Internacional</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Tuvo su primera detención a la edad de 19 años. Escapó de Siberia escondido debajo de una carga de heno, en 1902. En unos meses había llegado al centro dirigente de la social democracia rusa, situado en Londres. Dos años más tarde, en 1904 Trotsky regreso a Rusia. La revolución de 1905 estaba en camino. [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=socialismointernacional.wordpress.com&amp;blog=7864255&amp;post=433&amp;subd=socialismointernacional&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://socialismointernacional.files.wordpress.com/2011/03/trotsky-socialista-revolucionario1.jpg"><img class="alignleft size-full wp-image-458" title="Trotsky. Socialista revolucionario" src="http://socialismointernacional.files.wordpress.com/2011/03/trotsky-socialista-revolucionario1.jpg?w=190&#038;h=270" alt="" width="190" height="270" /></a>Tuvo su primera detención a la edad de 19 años. Escapó de Siberia escondido debajo de una carga de heno, en 1902. En unos meses había llegado al centro dirigente de la social democracia rusa, situado en Londres. Dos años más tarde, en 1904 Trotsky regreso a Rusia. La revolución de 1905 estaba en camino. En el curso de la misma, se elevaría a su máxima estatura. Se unió al Partido bolchevique en Julio de 1917. Algunas semanas después le confiaron la Insurrección de Octubre. Fue el principal creador y dirigente del Ejército Rojo y tuvo influencia en todos los campos de la política. Desde esos altos lugares, caería bien abajo hasta el exilio y la muerte, por cuenta de Stalin. Ascendió con la revolución y cayó al declinar esta. Sin lugar a dudas, la contribución de Trotsky es clave para los socialistas revolucionarios de estos días.</p>
<h6><strong>DUNCAN HALLAS (1979)</strong></h6>
<p><strong><span id="more-433"></span> </strong></p>
<p><strong>_____</strong></p>
<p><strong>Introducción</strong></p>
<p>León Trotsky nació en 1879 y llegó a la adultez en un mundo que ya no existe: el mundo del marxismo socialdemócrata de la Segunda Internacional.</p>
<p>En toda generación existen varios mundos intelectuales posibles, arraigados en circunstancias, organizaciones  e ideologías sociales claramente diferenciadas, que coexisten en la misma época. El mundo de la socialdemocracia era el que más se aproximaba entre todos, al de una visión científica y materialista de la realidad.</p>
<p>Es destacable que Lev Davidovitch Bronstein (el nombre de Trotsky lo tomó de un carcelero), hijo de una familia campesina judía ucraniana, adoptara esa perspectiva. El viejo Bronstein era un próspero campesino, un kulak –en caso contrario, Trotsky hubiera recibido una educación formal deficiente. Era judío y vivía en un país donde el antisemitismo era respaldado oficialmente y las persecuciones no eran raras. No obstante, el joven Trotsky se transformó, luego de un período inicial de “revolucionarismo” romántico, en marxista. Poco tiempo después, bajo las condiciones de la autocracia zarista, se convirtió en revolucionario profesional y en preso político. Su primera detención ocurrió cuando tenía 19 años de edad. Fue condenado a cuatro años de deportación en Siberia, después de pasar 18 meses en prisión. Se escapó en 1902 y desde allí hasta su muerte, la revolución fue su profesión.</p>
<p>Este pequeño trabajo concierne más a ideas que a hechos. Es cualquier cosa, menos un intento de biografía. Los tres volúmenes de Isaac Deutscher, cualquiera que sea la visión que tengamos sobre las conclusiones políticas del autor, permanecerán como un estudio biográfico autorizado durante largo tiempo.</p>
<p>Ahora bien, cualquier tentativa de presentar un resumen de las ideas de Trotsky se enfrenta con una dificultad inmediata. Mucho más que la mayoría de los grandes pensadores marxistas (Lenin es una destacada excepción), Trotsky se preocupó a lo largo de su vida de los problemas inmediatos que se presentaban a los revolucionarios en el movimiento obrero. Casi todo lo que Trotsky decía o escribía se relacionaba con alguna cuestión del momento, con alguna lucha concreta. El contraste con lo que ha sido el llamado “marxismo occidental” no podía ser más marcado. Un comentarista, simpatizante de esta tendencia, escribió: “La primera y más importante de las características de este marxismo, ha sido el divorcio estructural con la práctica política”.[1] Esto es lo último que podría llegar a decirse del marxismo de Trotsky.</p>
<p>De esto que sea necesario presentar aunque en forma resumida algunos elementos del entorno en el cual Trotsky formó sus ideas.</p>
<p>Rusia era atrasada, Europa era avanzada. Esta idea era básica para todos los marxistas rusos (y por supuesto, no solo para los marxistas). Europa era avanzada fruto de su desarrollada industrialización y de su socialdemocracia, la cual en la forma de grandes partidos obreros que profesaban adhesión al programa marxista, estaba creciendo rápidamente. Para los rusos (y, en cierta forma, en general) los partidos de los países de lengua alemana eran considerados los más importantes. Los partidos socialdemócratas de los imperios alemán y austríaco eran partidos obreros en expansión, que habían adoptado plenamente programas marxistas (el programa alemán de Erfurt de 1891, el programa austríaco de Heinfeld de 1888). Su influencia entre los marxistas rusos era muy grande. El hecho de que Polonia, cuya clase trabajadora ya se estaba moviendo, fuera dividida entre los imperios de los Zares y de los Kaisers fortaleció la conexión. Rosa Luxemburg, como recordarán, nació en la Polonia ocupada por los rusos, pero se volvió importante en el movimiento alemán. No había nada de extraño en esto. Los socialdemócratas consideraban las “fronteras nacionales” como algo secundario.</p>
<p>En cuanto a las ideas, este creciente movimiento (ilegal en Alemania entre 1878 y 1890, pero que consiguió un millón y medio de votos en la elección restringida del último de estos años) se sustentaba en la síntesis del primer marxismo y en los desarrollos realizados por Federico Engels a fines del siglo XIX. Su Anti-During (1878), un intento de concepción global del mundo, científicamente fundamentada, fue la base para las popularizaciones (o vulgarizaciones) de Karl Kautsky, el “Papa del marxismo”, y las exposiciones más profundas del ruso G.V. Plejanov.</p>
<p>En este excitante mundo intelectual y práctico –para Engels y sus discípulos e imitadores se había establecido un vínculo entre la teoría y la práctica en el partido obrero– el joven Trotsky creció intelectualmente y luego se volvió más que un simple aprendiz de los veteranos. Su respeto por Engels era inmenso.</p>
<p>Pero Trotsky iría más lejos, algunos años después de su primera asimilación del marxismo, desafiando a la ortodoxia de entonces en la cuestión de los países atrasados. Primero conocería a los líderes emigrados del marxismo ruso y desempeñaría un papel destacado en el congreso de 1903 del Partido Obrero Social Demócrata Ruso (POSDR) –su verdadera conferencia fundacional.</p>
<p>Trotsky escapó de Verkholensk en Siberia, escondido debajo de una carga de heno, en el verano boreal de 1902. En Octubre había llegado al centro dirigente de la socialdemocracia rusa, situado en este tiempo cerca de la estación de Kings Cross en Londres. Lenin, Krupskaya, Martov y Vera Zasulich vivían en el área, y allí era producido, y luego despachado clandestinamente para Rusia, el periódico Iskra, órgano de los defensores de un partido centralizado y disciplinado. Trotsky estuvo envuelto en las disputas dentro de la redacción de Iskra –Lenin quiso sumarlo al equipo editorial del periódico, Plejanov se opuso absolutamente– y de esta forma conoció a los futuros dirigentes del menchevismo (Plejanov y Martov) y también a Lenin. La división del grupo Iskra ya se estaba gestando.</p>
<p>Las diferencias se hicieron evidentes en el congreso de 1903. Los iskristas estuvieron unidos en la resistencia a las demandas del Bund –organización judía socialista– de autonomía en lo referente al trabajo entre los judíos, y en la resistencia a la tendencia reformista de los economicistas. Pero, al mismo tiempo, el propio grupo Iskra se dividió entre una mayoría bolchevique y una minoría menchevique.</p>
<p>Al principio esta no era una división clara –los propios motivos no estaban nada claros. Plejanov apoyó inicialmente a Lenin, pero Trotsky apoyó al líder menchevique Martov.</p>
<p>Dos años más tarde, Trotsky regreso a Rusia. La revolución de 1905 estaba en camino. En el curso de la misma, Trotsky se elevaría a su máxima estatura. Con apenas 26 años, se volvió el líder revolucionario más destacado y una figura internacionalmente conocida. Emergió del entorno de pequeños grupos de emigrados políticos para transformarse en un magnífico orador y dirigente de masas. Como Presidente del Soviet de Petrogrado demostró un grado considerable de liderazgo táctico y demostró el accionar seguro y los nervios de acero que lo caracterizarían en los grandes levantamientos de 1917.</p>
<p>La revolución fue derrotada. El ejército zarista fue sacudido, pero no quebrado. Luego de esta experiencia –el “ensayo general” como Lenin lo llamó– las tendencias divergentes de la socialdemocracia rusa se separarían más todavía. Trotsky, aún formalmente un menchevique, desarrolló su propia síntesis, la teoría de la revolución permanente.</p>
<p>La siguiente década sería nuevamente vivida en los pequeños círculos de emigrados y en tentativas frustradas para unir las que ahora eran tendencias incompatibles. Vino la guerra, la actividad antiguerra y, en Febrero de 1917, el derrocamiento del Zar. Trotsky se unió al partido bolchevique en el mes de Julio, a esta altura un verdadero partido obrero de masas, y tal era la fuerza de su personalidad, capacidades y reputación que algunas semanas después se hallaba apenas debajo de Lenin, ante los ojos de los afiliados del partido. Le confiaron la organización de la insurrección de Octubre y, a los 38 años, se volvió una de las dos o tres figuras más importantes en el partido y en el Estado. Y un poco después, también en uno de los líderes más importantes del movimiento comunista mundial, en la Internacional Comunista. Fue el principal creador y dirigente del Ejército Rojo y tuvo influencia en todos los campos de la política.</p>
<p>Desde estos altos lugares, Trotsky caería bien abajo. Su caída no fue solamente una tragedia personal. Trotsky ascendió con la revolución, y cayó cuando la revolución comenzó a declinar. Su historia personal está fusionada con la historia de la Revolución rusa y el Socialismo internacional. A partir de 1923, Trotsky dirigió la oposición a la creciente reacción en Rusia –el estalinismo. Fue expulsado del partido en 1927 y de la URSS en 1929, sus últimos once años se fueron en su lucha heroica contra los tremendos obstáculos que existían para mantener viva la auténtica tradición comunista y encarnarla en una organización revolucionaria. Denigrado y aislado, fue finalmente asesinado por orden de Stalin en 1940. Dejó tras de sí una organización internacional frágil y un cuerpo de escritos que es una de las fuentes más ricas existentes del marxismo aplicado.</p>
<p>Este trabajo se concentra en cuatro temas. Ellos no agotan la contribución de Trotsky al pensamiento marxista, lo cual sería imposible, porque fue un escritor excepcionalmente prolífico con intereses extremadamente amplios. No obstante, la obra de su vida estuvo concentada en esos cuatro temas, y el grueso de sus inmensos escritos está relacionado de una forma o de otra con ellos. Estos temas son:</p>
<p>Primero, la teoría de la revolución permanente, y su relevancia para las revoluciones rusas del siglo veinte y para los desarrollos posteriores en los países coloniales y semicoloniales –los que hoy son llamados del “Tercer Mundo”. Segundo, el resultado de la Revolución rusa y la cuestión del estalinismo. Trotsky realizó el primer intento continuo y sistemático de un análisis materialista e histórico del estalinismo. Y sus análisis, cualquiera sean las críticas que puedan hacerse a ellos, fueron el punto de partida para todos los análisis serios que fueron emprendidos posteriormente desde un punto de vista marxista. Tercero, la estrategia y la táctica de los partidos revolucionarios de masas en una amplia variedad de situaciones, un campo en el cual la contribución de Trotsky no fue inferior a la de Marx y Lenin. Cuarto, el problema de la relación entre partido y clase, y el desarrollo histórico que llevó al movimiento revolucionario a una situación marginal respecto de las organizaciones obreras de masas.</p>
<p>Isaac Deutscher describió a Trotsky, en sus últimos años, como el “heredero residual del marxismo clásico”. Fue realmente esto, y mucho más. Es eso lo que brinda a su pensamiento una importancia enorme y actual.</p>
<p>_____</p>
<p><strong>Capítulo 1</strong></p>
<p><strong>LA REVOLUCIÓN PERMANENTE</strong></p>
<p>Durante el último tercio del siglo XVIII la revolución industrial –el cambio más profundo en la historia de la especie humana desde el desarrollo de la agricultura– ganó impulso en un pequeño rincón del mundo, Gran Bretaña. Pero los capitalistas británicos luego tuvieron imitadores en otros países en donde la burguesía había conquistado el poder o estaba por conquistarlo.</p>
<p>A comienzos del siglo XX el capitalismo industrial dominaba completamente el mundo. Los imperios coloniales de Gran Bretaña, Francia, Alemania, Rusia, Estados Unidos, Bélgica, Holanda, Italia y Japón cubrían sin duda, la mayor parte de la superficie del planeta. La sociedades esencialmente precapitalistas, que aun preservaban una independencia formal (China, Irán, Turquía, Etiopía, etc.), estaban, de hecho, dominadas por unas u otras de las grandes potencias imperialistas, e informalmente divididas entre ellas –el término “esferas de influencia” expresa exactamente eso. Esta “independencia” simbólica se mantenía únicamente debido a las rivalidades entre los imperialismos en competencia (Gran Bretaña contra Rusia en Irán, Gran Bretaña contra Francia en Tailandia, Gran Bretaña contra Alemania –y también contra Rusia– en Turquía, y Gran Bretaña, Estados Unidos, Alemania, Rusia, Francia, Japón y varios contendientes secundarios, estaban unos contra otros en China.</p>
<p>Pero los países conquistados o dominados por las potencias capitalistas industriales no eran, hablando en términos generales, transformados en réplicas de las varias “madres patrias”. Por el contrario, permanecerían esencialmente como sociedades preindustriales. Su desarrollo socioeconómico era profundamente influenciado –y de hecho, profundamente distorsionado– fruto de su conquista y dominio, pero no eran, típicamente, transformadas en otro tipo de sociedad.</p>
<p>La famosa descripción de Marx sobre la ruina de la industria textil india (basada en productos de elevada calidad hechos por artesanos independientes) debido a los productos de algodón baratos, fabricados por máquinas en Lancashire, sigue siendo todavía un buen esbozo del impacto inicial del capitalismo occidental en lo que hoy es llamado el “Tercer Mundo”: pobreza y retroceso social.</p>
<p>Este proceso de “desarrollo desigual y combinado”, para usar la expresión de Trotsky, condujo a una situación (todavía presente en sus trazos esenciales) en la cual la mayor parte de la población del planeta no solo no había avanzado económica y socialmente, sino que había retrocedido. ¿Cuál era entonces (y, aún hoy, es) la salida para la población de estos países?</p>
<p>Trotsky, siendo un joven de 26 años, propuso una solución profundamente original al problema. Era una solución arraigada tanto en la realidad del desarrollo desigual del capitalismo a escala mundial, como en el análisis marxista del verdadero significado del desarrollo industrial –la creación, de una sola vez y al mismo tiempo, de la base material para una sociedad avanzada y sin clases, y de una clase explotada, la clase trabajadora, capaz de elevarse al nivel de clase dominante y, a través de su dominio, abolir las clases, la lucha de clases y todas las formas de alienación y opresión.</p>
<p>Naturalmente, Trotsky desarrolló sus ideas primero en relación con Rusia. Y aquí es necesario volver sobre el trasfondo ideológico de las disputas entre los revolucionarios rusos de fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX, para comprender plenamente la importancia de su contribución. Pero no solamente de los revolucionarios rusos. Después de todo, había un auténtico movimiento internacional en aquella época.</p>
<p><em>Una vez que Europa y América del Norte sean reorganizadas, proporcionarán un poder colosal y un ejemplo que los países semicivilizados seguirán por iniciativa propia. Solamente las necesidades económicas serán responsables por esto. Pero sobre cuáles serán las fases sociales y políticas que estos países atravesarán antes de llegar a una organización socialista, pienso que solo podemos avanzar hipótesis. Solo una cosa es clara: el proletariado victorioso no puede forzar ningún cambio en ninguna nación extranjera, sin minar su propia victoria actuando de esta forma.</em>[1]</p>
<p>Así Engels escribía a Kautsky en 1882. El no estaba pensando en Rusia. Los países mencionados en esta carta eran India, Argelia, Egipto y las “posesiones holandesas, portuguesas y españolas”. Pero, su abordaje general representaba el pensamiento de la futura Segunda Internacional (de 1889 en adelante). El curso del desarrollo político seguiría el curso del desarrollo económico. El movimiento socialista revolucionario, que destruiría al capitalismo y llevaría finalmente, a la disolución de la clase trabajadora y de todas las clases (después de un período de dominio de la clase trabajadora), se desarrollaría dentro del capitalismo, no bien su inseparable acompañante, la clase trabajadora, se desarrollase.</p>
<p>Los marxistas rusos, cuyo grupo pionero “La Emancipación del Trabajo” fue fundado un año después de la carta de Engels, tuvieron que ubicar a Rusia en este esquema histórico. Plejanov, el teórico principal del grupo, no tenía duda alguna. En los años 80s y 90s del siglo XIX, argumentaba que el Imperio ruso era básicamente una sociedad precapitalista y, por tanto, estaba destinada a pasar por el proceso de desarrollo capitalista antes de que la cuestión del socialismo pudiese estar planteada. Rechazó firmemente la idea que Marx había sostenido vagamente, de que Rusia, dependiendo de cual fuera el desarrollo de Europa, podía evitar la fase de desarrollo capitalista y conseguir una transición al socialismo basada en el derrocamiento de la autocracia por un movimiento campesino, si se preservaban los elementos de la tradicional propiedad comunal de la tierra (Mir) que todavía existían en los años 1880.</p>
<p>Las ideas de Plejanov, desarrolladas en polémicas contra el “camino campesino al socialismo” (los Narodniks), se volvieron el punto de partida para todo el marxismo ruso posterior. El capitalismo se estaba desarrollando de hecho en Rusia, el Mir estaba condenado, y un especial “camino ruso al socialismo” era una ilusión reaccionaria –estas ideas fueron básicas para la próxima generación de marxistas rusos, para Lenin y, algunos años después, para Trotsky y todos sus colegas. Gran parte de los primeros tres volúmenes de las Obras Completas de Lenin, contienen críticas a los Narodniks y demostraciones de la inevitabilidad –y el carácter progresivo– del capitalismo en Rusia. El grupo Iskra,  fundado en 1900 con el fin de crear una organización nacional unificada a partir de los grupos y círculos socialdemócratas desperdigados por todo el país, se apoyaba firmemente en la visión de que la clase obrera industrial era la base para esta organización.</p>
<p>Surgieron tres preguntas: ¿cuál era la relación entre los papeles políticos de la clase trabajadora (en aquel momento una pequeña minoría), de la burguesía y del campesinado (la mayoría de la población)? De esto, ¿cuál era el carácter de clase de la próxima revolución en Rusia? Y finalmente, ¿cuál era la relación entre esta revolución y los movimientos obreros de los países avanzados?</p>
<p>Las diferentes respuestas dadas a estas preguntas, junto a las diferentes maneras de concebir la naturaleza del partido revolucionario, acabaron por definir tendencias fundamentalmente divergentes al interior de la socialdemocracia rusa. Para entender la teoría de la revolución permanente de Trotsky es necesario que volvamos nuestra mirada brevemente sobre esas respuestas, las cuales aparecerán en forma más desarrollada luego de la revolución de 1905.</p>
<p><strong>El menchevismo</strong></p>
<p>La visión menchevique puede ser resumida de este modo: el estado de desarrollo de las fuerzas productivas (esto es, el atraso general de Rusia combinado con una industria moderna pequeña, pero significativa y creciente) define qué es posible –una revolución burguesa, como la de 1789-1794 en Francia. Por lo tanto, la burguesía debe llegar al poder, establecer una república democrático-burguesa que barra los restos de las relaciones sociales precapitalistas y abrir el camino para un crecimiento rápido de las fuerzas productivas (y también de la clase trabajadora) sobre una base capitalista. Luego de esto, la lucha por la revolución socialista entraría, eventualmente, en la agenda.</p>
<p>El papel político de la clase trabajadora era, entre tanto, empujar a la burguesía a lanzarse contra el zarismo. Ella tenía que reservar su independencia política –lo que, centralmente, significaba que los socialdemócratas no podrían participar de un gobierno revolucionario al lado de fuerzas no obreras.</p>
<p>En cuanto al campesinado, este no podía desempeñar un papel político independiente. Podía desempeñar un papel revolucionario secundario en defensa de una revolución burguesa esencialmente urbana y, después de la revolución, sufriría una diferenciación económica más o menos rápida en un estrato de estancieros capitalistas (que será conservador), un estrato de pequeños propietarios y un estrato de trabajadores agrícolas sin propiedad.</p>
<p>Para los mencheviques no había ninguna conexión orgánica entre la revolución burguesa rusa y los movimientos obreros europeos, aunque admitían que la revolución rusa (en caso de ocurrir antes de la revolución socialista en Occidente) impulsaría al movimiento socialdemócrata en Europa.</p>
<p>En realidad, el menchevismo era una tendencia bastante matizada. Diferentes mencheviques ponían énfasis en diferentes partes del anterior esquema (el cual, tal como fue presentado, representa esencialmente la posición de Plejanov), pero todos aceptaban sus líneas generales.</p>
<p>La revolución de 1905 mostró los errores fundamentales del esquema. La burguesía no cumpliría la parte que los mencheviques le asignaban. Es claro que Plejanov, un estudioso profundo de la Revolución francesa, nunca esperó que la burguesía rusa realizase una lucha implacable contra el zarismo sin una enorme presión venida desde abajo. De la misma manera que la dictadura jacobina de 1793-1794 –la culminación decisiva de la Revolución francesa– había llegado al poder bajo la presión de las masas pobres de Paris (los sans-culottes), así también en Rusia la clase trabajadora podría ser la fuerza motriz que obligara a los representantes políticos de la burguesía (o alguna sección de estos) a tomar el poder. Pero la revolución de 1905 y su resultado, demostraron la inexistencia de cualquier tendencia “robesperiana” en la burguesía rusa. Durante el levantamiento revolucionario la burguesía estuvo junto al Zar.</p>
<p>Ya en 1898 el Manifiesto esbozado para el abortado Primer Congreso de los Socialdemócratas de Rusia, declaraba:</p>
<p>Cuanto más se va hacia Oriente en Europa, más la burguesía se torna débil en el aspecto político, más cobarde y más mezquina, y mayores son las tareas culturales y políticas que recaen sobre la clase trabajadora”.[2]</p>
<p>No era una cuestión de geografía, sino de historia. El desarrollo del capitalismo industrial y del proletariado moderno había transformado a la burguesía, en todos los lugares, incluso en los países en donde la industrialización era embrionaria, en una clase conservadora. De hecho, el fracaso de la revolución en Alemania en 1848-1849 había demostrado esto mucho antes.</p>
<p><strong>El bolchevismo</strong></p>
<p>La visión de los bolcheviques partía de iguales premisas que la de los mencheviques. La revolución venidera sería, y solo podía ser, una revolución burguesa en términos de su naturaleza de clase. Pero los bolcheviques rechazaban completamente cualquier expectativa en la burguesía, y proponían una alternativa.</p>
<p><em>La transformación de la situación económica y política en Rusia, en sentido democrático-burgués es inevitable e ineluctable –escribía Lenin en su famoso folleto Dos Tácticas de la Socialdemocracia en la Revolución Democrática (Julio de 1905).</em></p>
<p><em>No hay fuerza en el mundo capaz de impedir esta transformación, Pero de la acción combinada de las fuerzas existentes, pueden surgir dos resultados o dos formas de esta transformación. Esto es: 1) las cosas terminan con la victoria decisiva de la revolución sobre el zarismo, o 2) no habrá fuerzas suficientes para una victoria decisiva y las cosas terminan en un acuerdo entre el zarismo y los elementos más “inconsecuentes” y “calculadores” de la burguesía</em> [...] <em>Debemos conocer de manera exacta cuales fuerzas sociales reales se oponen al zarismo</em> [...] <em>y si ellas son capaces de una “victoria decisiva” sobre el mismo. Esta fuerza no puede ser la gran burguesía</em> [...] <em>Vemos que ellos ni si siquiera desean una victoria decisiva. Sabemos que debido a su posición de clase, son incapaces de una lucha decisiva contra el zarismo: para dar una lucha decisiva, la propiedad privada, el capital y la tierra son un lastre demasiado pesado. Tienen demasiada necesidad del zarismo, de sus fuerzas burocráticas, policiales y militares, para usarlas en contra de los trabajadores y los campesinos, como para desear la destrucción del zarismo</em> [...] <em>No, hay una sola fuerza capaz de obtener la “victoria decisiva sobre el zarismo” y esta es la gente, los trabajadores y los campesinos. La “victoria decisiva sobre el zarismo” significa el establecimiento de una dictadura democrática revolucionaria de los trabajadores y los campesinos</em> [...]</p>
<p><em>Solo puede ser una dictadura porque la realización de las transformaciones inmediatas y absolutamente necesarias para los trabajadores y los campesinos provocarán una resistencia desesperada tanto por parte de los terratenientes como de la gran burguesía y el zarismo <span style="font-style:normal;">[...]</span> Pero no será, naturalmente, una dictadura socialista, sino una dictadura democrática <span style="font-style:normal;">[...] </span>Podrá, en el mejor de los casos, efectuar una redistribución radical de la propiedad de la tierra en favor de los campesinos, implantar una democracia completa y consecuente, incluyendo la formación de una república, erradicará no solo en el campo sino también en las fábricas todos los restos de formas asiáticas, serviles, comenzando una mejora seria en la situación de los obreros, elevando su nivel de vida y, –finalmente, aunque no menos importante– llevará la conflagración revolucionaria a Europa. Semejante victoria no convertirá todavía, de forma alguna, a nuestra revolución burguesa en socialista <span style="font-style:normal;">[...]</span>.</em>[3]</p>
<p>La línea menchevique no era simplemente un engaño. Según Lenin, era la expresión de la ausencia de voluntad de llevar a cabo la revolución. La determinación menchevique de acercarse a los burgueses liberales los conduciría a la parálisis. Por otro lado, el campesinado tenía un interés genuino en la destrucción del zarismo y de los restos del feudalismo en el campo. Por lo tanto, una “dictadura democrática” –un gobierno revolucionario provisional, con representantes del campesinado y la socialdemocracia– era un “régimen jacobino” apropiado para destruir a la reacción y establecer una “república democrática (con completa equivalencia y autodeterminación para todas las naciones), la confiscación de las propiedades feudales, y una jornada de trabajo de ocho horas diarias”.[4]</p>
<p><strong>La solución de Trotsky</strong></p>
<p>Trotsky rechazaba la esperanza en una “burguesía revolucionaria” tan firmemente como Lenin. Ridiculizó el esquema menchevique como una:</p>
<p><em>categorización extrahistórica creada por analogía y deducción</em> [...] <em>como, en Francia, la Revolución fue llevada a cabo por revolucionarios democráticos –los jacobinos– la revolución rusa solo podía transferir el poder a las manos de una democracia burguesa revolucionaria. Habiendo erguido una inevitable fórmula algebraica de la revolución, los mencheviques intentaban insertar en ella valores aritméticos que de hecho no existían.</em>[5]</p>
<p>En todos los demás aspectos de la teoría de la revolución permanente de Trotsky, la cual tiene gran influencia del marxista ruso alemán Parvus, difería de la posición bolchevique. En primer lugar, difería en un punto crucial, al negar la posibilidad de que el campesinado pudiese desempeñar un papel político independiente:</p>
<p><em>El campesinado no puede cumplir un papel revolucionario principal. La historia no puede confiar al muzhik la tarea de liberar una nación burguesa de sus cadenas. A causa de su dispersión, atraso político, y especialmente de sus profundas contradicciones internas, que no pueden ser solucionadas dentro del marco del sistema capitalista, el campesinado solo puede jugar el papel de realizar algunos poderosos golpes en la retaguardia, a través de levantamientos espontáneos en las zonas rurales, por un lado, y creando descontento dentro del ejército, por otro</em>.[6]</p>
<p>Esta perspectiva era idéntica a la línea menchevique y seguía las consideraciones hechas por Marx en relación al campesinado francés en cuanto clase.</p>
<p>Porque “la ciudad dirige la sociedad moderna”, solo una clase urbana puede cumplir un papel dirigente, y porque la burguesía no es revolucionaria (y la pequeña burguesía urbana es, en todo caso, incapaz de cumplir el papel de los sans-culottes),</p>
<p><em>la conclusión es que solo los trabajadores en su lucha de clase, con las masas campesinas bajo su dirección revolucionaria, pueden “llevar la revolución hasta el final</em>.[7]</p>
<p>Esto debía conducir a un gobierno obrero. La “dictadura democrática” de Lenin era una simple ilusión:</p>
<p><em>La dominación política de la clase trabajadora es incompatible con su esclavitud económica. No importa bajo qué bandera política la clase trabajadora llegue al poder, está obligada a tomar el camino de la política socialista. Es la mayor de las utopías pensar que la clase trabajadora, habiendo alcanzado la dominación política por el mecanismo interno de una revolución burguesa pueda, incluso si lo quisiera, limitar su misión a la creación de condiciones republicano-democráticas para el dominio social de la burguesía</em>.[8]</p>
<p>Pero esto conduce a una contradicción inmediata. El punto de partida común de todos los marxistas rusos era justamente que en Rusia faltaban tanto la base material como humana para el socialismo –una industria altamente desarrollada y un proletariado moderno que constituyera gran parte de la población, y que hubiese adquirido organización y conciencia en tanto clase “para sí”, como Marx había dicho. Lenin lo había denunciado fuertemente (en Dos Tácticas):</p>
<p><em>Es absurda y semianarquista la idea de efectivizar de inmediato el programa máximo y la conquista del poder por una revolución socialista. El gran desarrollo económico (una condición objetiva), y el desarrollo de la conciencia y la organización de clase de amplias masas del proletariado (una condición subjetiva inseparablemente ligada a la condición objetiva), vuelven la emancipación completa e inmediata de la clase trabajadora imposible. Solo las personas más ignorantes pueden cerrar sus ojos a la naturaleza burguesa de la revolución democrática que está en curso actualmente </em>[1905].[9]</p>
<p>Desde un punto de vista marxista, el argumento de Lenin era incontestable, en cuanto se aplicase solamente a Rusia. Tal vez sea necesario, debido a desarrollos posteriores, remarcar este punto elemental. El socialismo, para Marx y para todos los que se consideraban sus seguidores en aquella época, significaba la autoemancipación de la clase obrera. Esto presuponía una amplia industria moderna y una clase trabajadora conciente, capaz de autoemanciparse.</p>
<p>Trotsky, por su parte, estaba convencido que solamente la clase trabajadora era capaz de desempeñar el papel dirigente en la revolución rusa y, si consiguiese cumplir ese papel, podría tomar el poder en sus propias manos. ¿Cómo cerraba esto?</p>
<p><em>Las autoridades revolucionarias estarían confrontadas con los problemas objetivos del socialismo, pero la solución de estos problemas sería, en un cierto estadio, impedida por el atraso económico del país. No hay salida de esta contradicción dentro del marco de una revolución nacional. El gobierno de los trabajadores, desde el comienzo, enfrentará la tarea de unir sus fuerzas con las del proletariado socialista de Europa occidental. Solo de este modo su hegemonía revolucionaria provisoria se volverá el prólogo de una dictadura socialista. De este modo, la revolución permanente se volverá para la clase trabajadora rusa, un asunto de autopreservación en cuanto clase</em>.[10]</p>
<p>La hipótesis original de Engels está puesta cabeza abajo. El desarrollo desigual del capitalismo lleva a un desarrollo combinado en el cual la Rusia atrasada se vuelve, temporalmente, la vanguardia de la revolución socialista internacional.</p>
<p>La teoría de la revolución permanente siguió siendo un aspecto central del marxismo de Trotsky hasta el fin de su vida. Solo en un aspecto importante sus ideas posteriores a 1917 diferirán de las que acabamos de esbozar. La versión anterior a 1917 dependía fuertemente de la acción espontánea de la clase obrera. Como veremos, Trotsky, en ese período, se opuso de manera muy fuerte al “centralismo bolchevique” y rechazaba, en la práctica, la concepción del papel dirigente del partido. En 1917 cambió su posición en lo referente a este tema. Sus aplicaciones posteriores de la teoría de la revolución permanente fueron estructuradas en torno del papel del partido revolucionario.</p>
<p><strong>El resultado</strong></p>
<p>Toda teoría, al menos toda teoría que tenga alguna pretensión científica, tiene su última prueba en la práctica. Pero esta prueba práctica decisiva puede estar alejada un largo tiempo, incluso tan alejada que ocurra mucho tiempo después de la muerte del teórico, sus seguidores y sus oponentes. Al contrario de las ciencias físicas –en donde siempre es posible, en principio, realizar pruebas experimentales (aunque los medios técnicos para realizarlas puedan no estar disponibles inmediatamente)– el marxismo en cuanto ciencia del desarrollo de la sociedad (y, en realidad, sus competidores burgueses, como las pseudociencias económicas, sociológicas y demás) no puede ser evaluado de acuerdo a alguna escala arbitraria de tiempo, sino solo en el curso del desarrollo histórico e, incluso en este marco, solo provisoriamente.</p>
<p>La razón es bastante simple, aunque las consecuencias sean inmensamente complicadas. “Los hombres hacen su propia historia –dice Marx– pero no la hacen bajo condiciones escogidas por ellos”. Los actos “voluntarios” de millones y decenas de millones de personas que están ellas mismas condicionadas históricamente, luchando contra las limitaciones impuestas por todo el curso anterior del desarrollo histórico (el cual ellas, normalmente, ignoran), produce efectos más complejos de lo que el teórico más previsor puede anticipar. El grado en que on s’engage, et puis&#8230; on voit (avanzamos y después&#8230; vemos), que era la descripción aforística de Napoleón de su ciencia militar, siempre debe ser considerado por los revolucionarios ocupados en el intento conciente de modificar el curso de los eventos.</p>
<p>Los revolucionarios rusos de inicios del siglo XX fueron más afortunados que la mayoría. Para ellos la prueba decisiva llegó bastante deprisa. El año 1917 mostró a los mencheviques, opuestos en principio a participar en un gobierno no obrero, entrando en un gobierno formado por enemigos del socialismo, que continuó la guerra imperialista y trató de contener la marea revolucionaria. Se verificó en la práctica la previsión de Lenin hecha en 1905, de que ellos eran la “gironda” de la revolución rusa.</p>
<p>Mostró a los bolcheviques –defensores de una dictadura democrática y un gobierno revolucionario provisional de coalición– después de un período inicial de “apoyo crítico” a lo que Lenin en su retorno a Rusia llamó un “gobierno de capitalistas”, virar decisivamente hacia la toma del poder por parte de la clase trabajadora, bajo el impacto de las Tesis de Abril  de Lenin, y la presión de los obreros revolucionarios que integraban sus filas.</p>
<p>Mostró a Trotsky brillantemente reivindicado cuando Lenin, en hechos, aunque no en palabras, adoptó la perspectiva de la revolución permanente y abandonó, sin ceremonia, la dictadura democrática.</p>
<p>Y también mostró a Trotsky, quien en la práctica se hallaba aislado e impotente para influir en el curso de los acontecimientos de la gran crisis revolucionaria de 1917, conduciendo en el mes de julio a su pequeño grupo de seguidores, hacia el partido de masas de los bolcheviques. Fue también el brillante reconocimiento de la larga y dura lucha de Lenin (que Trotsky había denunciado por más de una década como “sectario”) en favor de un partido obrero, libre de la influencia ideológica de “marxistas” pequeño-burgueses (en tanto tal independencia fue alcanzada con medidas organizativas).[11]</p>
<p>Trotsky probó estar en lo correcto en la cuestión estratégica central de la Revolución rusa. Pero como Tony Cliff afirma, con razón, era un “general brillante sin ejército”.[12] Trotsky nunca más olvidó este hecho. Más tarde llegó a afirmar que su ruptura con Lenin durante el período 1903-1904, sobre la cuestión de la necesidad de un partido obrero disciplinado, había sido “el mayor error de mi vida”.</p>
<p>La Revolución de Octubre llevó a la clase trabajadora rusa al poder. Lo hizo en el contexto de la marea ascendente de revueltas revolucionarias contra los antiguos regímenes de Europa central y, en menor grado, occidental.</p>
<p>La perspectiva de Trotsky, y la de Lenin luego de Abril de 1917, dependía crucialmente del éxito de la revolución proletaria en por lo menos “uno o dos” países avanzados (como Lenin, siempre cauteloso, decía).</p>
<p>En los hechos, el poder de los partidos socialdemócratas establecidos (los cuales mostraron, en la práctica, haberse vuelto sumamente conservadores y nacionalistas a partir de Agosto de 1914) y las vacilaciones y evasivas de los líderes de los grupos “centristas” entre las masas, provenientes de “rupturas” de la socialdemocracia ocurridas entre 1916 y 1921, contribuyeron a abortar los movimientos revolucionarios en Alemania, Austria, Hungría, Italia y en otros países antes de que los trabajadores pudiesen conquistar el poder, o donde este fue conquistado temporalmente, antes de que pudiera ser consolidado.</p>
<p>El análisis de Trotsky de las consecuencias de estos hechos será examinado más adelante. Pero, antes, es de utilidad considerar la segunda Revolución china de 1925-1927, y sus resultados en los términos de la teoría de Trotsky.</p>
<p><strong>La Revolución china de 1925-1927</strong></p>
<p>El Partido Comunista Chino (PCCh) fue fundado en Julio de 1921 en un cuadro marcado por crecientes sentimientos antiimperialistas y una elevada combatividad obrera en las ciudades costeras, en donde una recién creada pero numerosa clase trabajadora, estaba luchando para organizarse.</p>
<p>Minúsculo, e inicialmente compuesto totalmente por intelectuales, el Partido Comunista Chino fue capaz de volverse, en algunos años, la dirección efectiva del recien nacido movimiento obrero.</p>
<p>China era una semicolonia, dividida informalmente entre los imperialismos británico, francés, americano y japonés. Los imperialismos alemán y ruso habían sido eliminados por la guerra y por la revolución antes de 1919.</p>
<p>Cada poder imperialista mantenía su propia “esfera de influencia” y apoyaba a su “propio” noble local, señor de la guerra, o “gobierno nacional”. De esta forma, el imperio británico, que era el poder imperialista dominante, proveyó armas, dinero y “asesores” a Wu P’ei-fu, el señor de la guerra que dominaba China central y controlaba los distritos a lo largo del Río Yangtse. Los japoneses prestaban los mismos servicios a Chang Tso-lin, en Manchuria. Parecidos a gangsters militares, todos ellos se vinculaban con unas u otras potencias imperialistas, y controlaban gran parte del país.</p>
<p>Una excepción, muy parcial, era la ciudad Cantón y su región aledaña. Allí Sun Yat-sen, el padre del nacionalismo chino, había establecido una cierta base con un programa de independencia nacional, modernización y reformas sociales, con un vago tono de “izquierda”. El partido de Sun, el Kuomintang (KMT), bastante disforme e ineficaz antes de 1922, dependía de la tolerancia de los señores “progresistas” de la región.</p>
<p>Por esto, después de los movimientos preliminares posteriores a 1922, los líderes del Kuomintang hicieron un acuerdo con el gobierno de la URSS, el cual envió en 1924, asesores políticos y militares a Cantón y comenzó a proveerle armas. El Kuomintang se volvió un partido centralizado con un ejército relativamente eficiente. Además de esto, a partir del final de 1922 los miembros del Partido Comunista Chino fueron enviados a integrarse al Kuomintang en forma “individual”. Tres de ellos llegaron incluso a participar como miembros del Comité Ejecutivo del Kuomintang. Esta política, que encontró alguna resistencia en el Partido Comunista Chino, fue impuesta por el Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista. El Partido Comunista Chino estaba efectivamente atado al Kuomintang.</p>
<p>A inicios del verano boreal de 1925 un movimiento de huelgas de masas –que en su origen eran parcialmente económicas, pero rápidamente adquirieron un carácter político después del intento de represión por las tropas extranjeras y la policía– explotó en Shangai y se expandió por las principales ciudades del centro y del sur de China, inclusive a Cantón y Hong Kong. Con muchos altos y bajos, hubieron enormes revueltas en las ciudades hasta inicios de 1927. En varios momentos existió una situación de doble poder, con comités de huelga dirigidos por el Partido Comunista Chino, constituyendo un “Gobierno Número Dos”. En esos mismos años ocurrieron revueltas campesinas en varias provincias importantes. El régimen de los señores de la guerra fue sacudido hasta sus cimientos. El Kuomintang procuró cabalgar en la tempestad con ayuda del Partido Comunista Chino, para utilizar el movimiento con el fin de conquistar el poder nacional sin cambios sociales. A inicios de 1926 ¡el Kuomintang fue admitido en la Internacional Comunista en condición de partido simpatizante!</p>
<p>Trotsky, aunque era miembro del buró político del partido ruso, estaba en la práctica excluido de cualquier influencia política directa para 1925. Según Deutscher,[13] exigió la salida del Partido Comunista Chino del Kuomintang en Abril de 1926. Sus primeras críticas significativas fueron escritas en Septiembre:</p>
<p><em>La lucha revolucionaria en China entró en una nueva fase a partir de 1925, una fase que es caracterizada sobre todo por la intervención activa de amplios sectores de la clase trabajadora. Al mismo tiempo, la burguesía comercial y los elementos de la intelectualidad ligados a ella, están yendo hacia la derecha, asumiendo una actitud hostil en relación con las huelgas, los comunistas y la URSS. Queda bastante claro, a la luz de estos hechos fundamentales, que la cuestión de la revisión de las relaciones entre el Partido Comunista y el Kuomintang debe ser necesariamente considerado</em> [...]</p>
<p><em>El movimiento hacia la izquierda de las masas obreras chinas es un hecho tan cierto como el movimiento hacia la derecha de la burguesía china. En la medida en que el Kuomintang está basado en la unidad política y organizativa entre los trabajadores y la burguesía, este será destrozado por las tendencias centrífugas de la lucha de clases.</em></p>
<p><em>La participación del Partido Comunista Chino en el Kuomintang era perfectamente correcta en el período en que el PCCh era una organización de propaganda que estaba apenas preparándose para una futura actividad política independiente, pero que al mismo tiempo procuraba tomar parte en la lucha por la liberación nacional en curso [...] Pero el despertar del poderoso proletariado chino, su espíritu combativo y de organización independiente de clase, es absolutamente innegable. Su tarea política inmediata [en referencia al PCCh] debe ser ahora luchar por la dirección directa e independiente de la clase trabajadora que se levanta –no para cambiar el curso de la clase obrera en la lucha nacional-revolucionaria, sino para asegurarle el papel no solo de combatiente más resuelto, sino también de dirigente político con hegemonía en la lucha de las masas chinas</em> [...]</p>
<p><em>Pensar que la pequeña burguesía puede ser ganada a través de maniobras inteligentes o buenos consejos dentro del Kuomintang es simple utopía. El Partido Comunista será tanto más capaz de ejercer influencia directa e indirecta sobre la pequeña burguesía de la ciudad y del campo, cuanto más fuerte sea el partido, esto es, cuanto más haya ganado a la clase obrera china. Pero eso solo es posible sobre la base de un partido de clase y una política de clase independientes</em>.[14]</p>
<p>Esto era totalmente inaceptable para Stalin y sus socios. Su política era aferrarse al Kuomintang y forzar al Partido Comunista Chino a subordinarse, no importa a qué. De este modo ellos esperaban mantener un aliado cercano de la URSS en el sur de China, el cual podría, posteriormente, hasta incluso tomar el poder a nivel nacional.</p>
<p>Esta política era justificada teóricamente con la resurrección de la tesis de la “dictadura democrática”. La Revolución china sería una revolución burguesa, y por tanto, según el argumento, la meta a conquistar debería ser una dictadura democrática de los trabajadores y los campesinos. Para preservar el bloque proletario-campesino, el movimiento tendría que limitarse a “reivindicaciones democráticas”. La revolución socialista no estaba en el orden del día. La dificultad que significaba el hecho de que el Kuomintang no era un partido campesino fue respondida con el argumento de que, en verdad, se trataba de un partido pluriclasista, un “bloque de cuatro clases” (burguesía, pequeña burguesía urbana, trabajadores y campesinos).</p>
<p><em>¿Qué significa esto del bloque de cuatro clases? ¿Alguna vez apareció esta expresión en la literatura marxista? Si la burguesía conduce a las masas oprimidas del pueblo bajo la bandera burguesa y se toma el poder bajo su dirección, entonces esto no es ningún bloque, sino la explotación política de las masas oprimidas por la burguesía.</em>[15]</p>
<p>El punto central era que la burguesía capitularía frente al imperialismo. Por tanto, el Kuomintang inevitablemente representaría un papel contrarrevolucionario.</p>
<p><em>La burguesía china es suficientemente realista y está bastante familiarizada con la naturaleza del imperialismo mundial, para entender que una lucha realmente seria contra este último requiere una revuelta tal de las masas que al mismo tiempo se volvería una amenaza, principalmente, para la propia burguesía</em> [...]<em> Y si le enseñamos a los trabajadores de Rusia, desde el comienzo, a no creer en la buena voluntad del liberalismo ni en la capacidad de la democracia pequeño-burguesa para eliminar al zarismo y destruir el feudalismo, de manera no menos enérgica debemos imbuir en los trabajadores chinos, desde el inicio, el mismo espíritu de desconfianza. La nueva y absolutamente falsa teoría promulgada por Stalin y Bujarin acerca del espíritu revolucionario “inmanente” de la burguesía colonial es, en su sustancia, una traducción del menchevismo en el lenguaje de la política china</em>.[16]</p>
<p>El resultado es bien conocido. Chiang Kai-Shek, jefe militar del Kuomintang, lanzó el primer golpe contra la izquierda en Cantón en Marzo de 1926. El Partido Comunista Chino, bajo presión rusa, se sometió. Cuando el ejército de Chiang lanzó la “Expedición al norte” una oleada de revueltas de trabajadores y campesinos destruyeron las fuerzas señoriales, pero el Partido Comunista Chino, fiel al “bloque”, hizo todo lo posible para impedir los “excesos”. Antes que Chiang entrase en Shangai en Marzo de 1927, las fuerzas de los señores de la guerra habían sido derrotadas por dos huelgas generales y una insurrección conducida por el Partido Comunista Chino. Chiang ordenó que los trabajadores fuesen desarmados. El Partido Comunista Chino no se resistió. En Abril, ellos fueron masacrados y el movimiento obrero fue decapitado. Luego siguió la división del Kuomintang. Los líderes civiles, temiendo (correctamente) que Chiang se volvería un dictador militar, establecieron su gobierno en Wuhan (Hankow).</p>
<p>Ahora la Internacional Comunista exigía del Partido Comunista Chino el apoyo al régimen de “izquierda” del Kuomintang, y que proveyera sus ministros de trabajo y de agricultura. Su líder, Wang Ching-Wei, los usó en cuanto le servían y entonces, luego de algunos meses, realizó su propio golpe. Posteriormente, llegó incluso a encabezar el gobierno fantoche de China bajo ocupación japonesa. El Partido Comunista Chino fue llevado a la clandestinidad, y rápidamente perdió su base de masas en las ciudades. Ante cada confrontación crucial el partido usaría su influencia, conquistada a duras penas, para persuadir a los trabajadores de que no resistieran al Kuomintang.</p>
<p>Entre tanto, debido a la fase crítica a que había llegado la lucha interna en el partido ruso, el grupo dominante de Stalin y Bujarin en el Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS) dio un giro de 180 grados. Luego de las consecutivas capitulaciones frente al Kuomintang, el Partido Comunista Chino fue forzado a realizar un golpe. Stalin y Bujarin precisaban de una victoria en China para acallar las críticas de la oposición (a la cual ya planeaban expulsar) en el XV Congreso del partido de Diciembre de 1927. El nuevo emisario de la Internacional Comunista, Heinz Neumann, fue enviado a Cantón donde intentó organizar el Golpe de Estado a inicios de diciembre. El Partido Comunista Chino todavía poseía alguna fuerza seria en la ciudad. Cinco mil comunistas, en su mayor parte trabajadores locales, tomaron parte en el levantamiento. Pero no había tenido ninguna preparación política, ninguna agitación previa, ningún involucramiento masivo de la clase trabajadora. Los comunistas estaban aislados. La “Comuna de Cantón” fue barrida en aproximadamente el mismo tiempo que fue necesario para barrer la insurrección de Blanqui en Paris en 1839 –dos días– y por las mismas razones. Fue un golpe llevado adelante sin tomar en cuenta el nivel de la lucha de clases y la conciencia de la clase obrera. El resultado fue una masacre mayor todavía que la de Shangai. El Partido Comunista Chino dejó de existir en Cantón.</p>
<p>La teoría de la revolución permanente había sido nuevamente confirmada –en sentido negativo. La dominación imperialista de China consiguió un tiempo de vida extra.</p>
<p>Supongamos que el Partido Comunista Chino hubiese seguido el mismo curso que los bolcheviques habían seguido luego de Abril de 1917. ¿El poder de los trabajadores hubiera sido posible en un país tan atrasado como la China de los años 20s?</p>
<p><em>La cuestión del “camino no capitalista” del desarrollo de China fue planteado de manera condicional por Lenin, para quien, así como para nosotros, era y es el ABC que la Revolución china, dejada a sus propias fuerzas, esto es, sin el apoyo directo de la clase obrera victoriosa de la URSS y de la clase obrera de todos los países, solo podía terminar en mayores posibilidades para un desarrollo capitalista del país, en condiciones más favorables para el movimiento obrero</em> [...] <em>Pero, en primer lugar, la inevitabilidad del camino capitalista no estaba, de ningún modo, demostrado, y segundo, –el argumento es incomparablemente más oportuno para nosotros– las tareas burguesas pueden ser resueltas de varias maneras.</em>[17]</p>
<p>Será necesario retomar este último punto. En la segunda mitad del siglo XX tuvieron lugar una serie de revoluciones, de Cuba a Angola, de Vietnam a Zanzibar, las cuales no fueron ciertamente revoluciones obreras, ni tampoco fueron revoluciones burguesas en el sentido clásico. Trotsky no previó tal desarrollo, ni ninguna otra persona de su tiempo. La teoría de la revolución permanente, confirmada decisivamente en la primer mitad del siglo XX, debe ser reconsiderada obviamente a la luz de los últimos desarrollos históricos. La cuestión será retomada más adelante, en el último capítulo.</p>
<p>_____</p>
<p><strong>Capítulo 2</strong></p>
<p><strong>EL ANÁLISIS DEL ESTALINISMO</strong></p>
<p>Los anhelos y esperanzas de una sociedad sin clases y verdaderamente libre son muy antiguos. En Europa ellos están bien documentados a partir del siglo XIV en los fragmentos sobrevivientes de las ideas de muchos rebeldes y herejes. “¿Adán cavaba y Eva medía, quién era entonces el caballero?” decía una rima popular durante la gran revuelta campesina inglesa de 1831. Y, claro está, también se pueden hallar sentimientos semejantes (aunque arraigados en la ideología de la clase dominante) en el cristianismo e islamismo primitivos, y en grados distintos, en sociedades más antiguas.</p>
<p>Marx introdujo una idea fundamentalmente nueva. Ella puede ser resumida de la siguiente forma: las aspiraciones de los pensadores y activistas más avanzados de las generaciones pasadas (preindustriales), por más admirables e inspiradoras que hubiesen sido para el futuro, eran utópicas en su tiempo, fruto del simple hecho de que eran irrealizables. La sociedad de clases, la explotación y la opresión, son inevitables en tanto el desarrollo de las fuerzas productivas y la productividad del trabajo (conceptos relacionados, aunque no idénticos) son relativamente bajos. Con el desarrollo del capitalismo industrial tal estado ya no es inevitable, siempre y cuando el capitalismo sea derribado. Una sociedad sin clases, basada en una relativa abundancia, se ha vuelto ya posible. Y el instrumento para alcanzar tal sociedad –la clase trabajadora industrial– fue creado por el propio desarrollo del capitalismo.</p>
<p>Estas ideas eran naturalmente moneda corriente en el marxismo anterior a 1914. Todos los revolucionarios de la tradición marxista las tenían como ciertas. Pero la sociedad que surgió de la Revolución rusa no fue una sociedad sin clases y con liberad. Incluso al inicio difería mucho de la visión que tenía Marx de un Estado obrero (explicitada en La Guerra Civil en Francia) y del desarrollo de las ideas de Marx por Lenin (expuestas en El Estado y la Revolución). Más tarde, acabó por transformarse, en un monstruoso despotismo.</p>
<p>Sería difícil exagerar la importancia de estos hechos. La existencia, primero de un Estado y después de toda una serie de Estados que afirmaban ser “socialistas”, pero que en realidad eran únicamente caricaturas del socialismo, debe ser considerado como uno de los factores más importantes en la sobrevivencia del “capitalismo occidental”.</p>
<p>Los políticos de derecha argumentan que el estalinismo fue el resultado inevitable de la expropiación de la clase capitalista. Por otro lado, los dirigentes socialdemócratas argumentan que el estalinismo fue la consecuencia inevitable del “centralismo bolchevique”, y que Stalin fue el “heredero natural de Lenin”.</p>
<p>Trotsky fue responsable por el primer intento constante de un análisis materialista e histórico del estalinismo –esto es, del resultado de la Revolución rusa. Sean cuales sean las críticas a realizar –y algunas serán realizadas aquí– dicha tentativa fue el punto de partida para todos los análisis serios hechos posteriormente desde una perspectiva marxista.</p>
<p>¿Cuál era la realidad social de Rusia en 1921, cuando Lenin era el presidente del Consejo de Comisarios del Pueblo y Trotsky el Comisario de Guerra? Hablando en defensa de la Nueva Política Económica (NEP) de la URSS a finales de 1921, Lenin argumentaba que:</p>
<p><em>Si el capitalismo obtiene ganancias con la NEP, la producción industrial crecerá y la clase trabajadora también. Los capitalistas ganarán con nuestra política y crearán una clase trabajadora industrial que en nuestro país, debido a la guerra, la pobreza y la ruina desesperantes, se volvió “desclasada”, esto es, fue arrancada de su lugar de clase, y dejó de existir en cuanto proletariado. El proletariado es la clase que está implicada en la producción de valores materiales en la industria capitalista de gran escala. Visto que la industria capitalista de gran escala fue destruida, y que las fábricas están paradas, la clase trabajadora desapareció</em>.[1]</p>
<p>¡El proletariado “dejó de existir en cuanto proletariado”! ¿Y que ocurrió entonces con la dictadura del proletariado, o la clase trabajadora como clase dominante?</p>
<p>La Primera Guerra Mundial y la guerra civil destrozaron la industria rusa –ya bien frágil para los estándares europeos occidentales. De la Revolución de Octubre hasta Marzo de 1918, en que fue firmado el tratado de Brest-Litovsk con Alemania, la Rusia revolucionaria permaneció en guerra contra este país y el Imperio Austro-Húngaro. En el mes siguiente, el primero de los ejércitos “aliados” de intervención –el japonés– atacó Vladivostok y comenzó su avance en dirección a Siberia. Este no se retiraría hasta Noviembre de 1922. En esos años, tropas de catorce ejércitos extranjeros (incluidos los de Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia) invadieron el territorio de la República revolucionaria. Los generales “blancos” fueron armados, abastecidos y apoyados. En el auge de la intervención, en el verano boreal de 1919, la República soviética estaba reducida a una parte de la Rusia europea central alrededor de Moscú, con algunos baluartes remotos sostenidos precariamente. Incluso en el verano siguiente, cuando los ejércitos “blancos” habían sido decisivamente derrotados, un cuarto de todo el stock disponible de granos de la República soviética tuvo que ser enviado al grupo de ejército que estaba en lucha contra los invasores polacos.</p>
<p>Esto ocurría al tiempo que las ciudades estaban despobladas y hambrientas. Más de la mitad de la población total de Pretrogrado (San Petersburgo) y casi la mitad de la de Moscú habían huido al campo. Las industrias que consiguieron mantenerse funcionando estaban dedicadas casi enteramente a la guerra –y esto solo fue posible a través de la “canibalización”, el ininterrumpido sacrificio de la base productiva como un todo para mantener en funcionamiento una fracción de la misma. Estas eran las circunstancias en las cuales la clase trabajadora rusa se desintegró.</p>
<p>Los hechos son bien conocidos y están presentados con algún detalle, por ejemplo, en el segundo volumen de Historia de la Revolución Bolchevique de E.H. Carr.[2] En 1921 el total de la producción industrial no alcanzaba a la octava parte de la producción de 1913, la cual ya era miserablemente baja para el estándar alemán, británico o americano.</p>
<p>La revolución sobrevivió por medio de esfuerzos y sacrificios enormes, dirigida por una dictadura revolucionaria, la cual pasó de largo a la dictadura jacobina de 1793 en su capacidad de movilización. Pero sobrevivió al precio de una economía arruinada y aislada. Y para 1921 el movimiento revolucionario europeo estaba claramente en retroceso.</p>
<p>Lo que nos interesa aquí son las consecuencias sociales de estos hechos. El llamado “comunismo de guerra” de 1918-1921 había establecido, en realidad, una economía de estado de sitio sumamente brutal y brutalizante. En esencia ella consistió en la requisación forzada de granos de los campesinos, la canibalización de la industria, el servicio militar obligatorio y la coerción masiva para vencer en la guerra por sobrevivir.</p>
<p>Antes de la revolución una parte significativa de la producción de granos era enviada a las ciudades (para consumo o para exportar) en la forma de rentas, pagos de impuestos, etc, para las antiguas clases dominantes. La Rusia zarista había sido una gran exportadora de granos. Ahora, con la destrucción del antiguo régimen, ese vínculo había sido cortado. Los campesinos producían para el consumo o para el comercio. Pero la ruina de la industria significaba que no había nada, o casi nada, para comerciar. Fruto de esto se volvió necesaria la requisación forzada.</p>
<p>La revolución había sobrevivido en un país marcadamente campesino, a causa del apoyo –normalmente pasivo, pero a veces activo– de las masas campesinas que habían logrado beneficiarse de ella. Con el fin de la guerra civil ya no tenían nada más que ganar, y las revueltas de 1921, en Kronstadt y Tambov, mostraron que sectores del campesinado y secciones remanentes de la clase trabajadora se estaban volviendo en contra del régimen.</p>
<p>La Nueva Política Económica (NEP) establecida a partir de 1921, era por sobre todo, un reconocimiento de este hecho e introducía un impuesto fijo (recaudado en granos, una vez que el dinero había perdido todo su valor bajo el comunismo de guerra) en sustitución de la requisación arbitraria de la época anterior. En segundo lugar, permitió el renacimiento del comercio privado y de la producción privada en pequeña escala (manteniendo “instancias de dirección” estatales). En tercer lugar, abrió las puertas (aunque sin suceso) para el capital extranjero que deseara explotar “concesiones”. Y en cuarto lugar, y esto tuvo una importancia vital, la NEP introdujo la aplicación rigurosa del principio de rentabilidad en la mayoría de las industrias nacionalizadas, combinando una severa ortodoxia financiera basada en el patrón oro, para crear una moneda corriente estable e imponer la disciplina de mercado tanto para las empresas públicas como privadas.</p>
<p>Estas medidas, introducidas entre 1921 y 1928, realmente produjeron un renacimiento económico. Inicialmente este ocurrió de forma más lenta, pero posteriormente tuvo un ritmo más rápido, hasta que en 1926-1927 el nivel de la producción industrial alcanzó nuevamente –y, en algunos sectores, sobrepasó– el nivel de 1913. En el caso de los productos alimenticios disponibles (en su mayor parte granos) el crecimiento fue mucho más lento. La producción creció, pero los campesinos, si bien no eran más explotados que en 1913, consumían mucho más de su producción en comparación con el período anterior a la revolución, y las ciudades debieron continuar recibiendo raciones pequeñas.</p>
<p>Esta recuperación económica conseguida con medidas capitalistas o parcialmente capitalistas tuvieron consecuencias sociales análogas.</p>
<p><em>Ahora las ciudades que dirigíamos asumían un aspecto extranjero. Nosotros nos sentíamos nadando en un lodazal –paralizados, corrompidos</em> [...] <em>El dinero lubricaba toda la maquinaria exactamente como en el capitalismo. Un millón y medio de desempleados recibían ayuda –insuficiente– en las grandes ciudades [...] Las clases renacían delante de nuestros propios ojos. En la base de la escala el desempleado recibía 24 rublos por mes, en la cúspide un ingeniero (esto es, un técnico especializado) recibía 800, y entre los dos estaba el funcionario del partido que recibía 222 rublos, pero obtenía muchas cosas en forma gratuita. Se creaba un abismo creciente entre la prosperidad de algunos y la miseria de muchos</em>.[3]</p>
<p>Como resultado de la NEP la clase trabajadora realmente se recuperó numéricamente del punto crítico de 1921, pero no renació en lo político, o por lo menos no en escala suficiente para sacudirse el poder de los burócratas, de los nepmen y de los kulaks. Una de las razones principales era la sombra del desempleo masivo.</p>
<p><strong>Un Estado obrero deformado</strong></p>
<p>La disgregación de la clase trabajadora había alcanzado un estado avanzado cuando, hacia el final de 1920, se desencadenó en el Partido Comunista Ruso el llamado “debate sindical”. Superficialmente, la cuestión en debate era si los trabajadores necesitaban o no de la organización sindical para protegerse de su “propio” Estado. A un nivel más profundo, el conflicto giraba en torno a cuestiones mucho más fundamentales.</p>
<p>¿Existía todavía un Estado obrero en 1918? La democracia soviética, en la práctica, había sido destruida en la guerra civil. El Partido Comunista se había “emancipado” de la necesidad del apoyo mayoritario de la clase trabajadora. Los soviets se habían vuelto simples sellos para las decisiones del partido. Y, por las mismas razones, el proceso de “militarización” y “verticalismo” dentro del Partido Comunista había crecido rápidamente.</p>
<p>Contra estos hechos, se levantó dentro del partido la “Oposición Trabajadora”. Esta Oposición exigía “autonomía” para los sindicatos, denunciando el control del partido y apelando a la tradición de “control obrero de la producción” (una bandera del propio partido en el período anterior). Así adoptadas, estas medidas hubieran significado el fin del régimen –puesto que las demás masas de la clase trabajadora eran decididamente indiferentes, si no antibolcheviques. Por otro lado, la masa de campesinos constituía la mayor parte de la población. “Democracia” bajo estas condiciones, solo podía significar contrarrevolución –y una dictadura del ala derecha.</p>
<p>El partido había sido llevado al papel de sustituto de la clase trabajadora en disgregación, y al interior del partido los organismos dirigentes habían afirmado fuertemente su autoridad, sobre una militancia creciente pero de problemática composición (el Partido Comunista Ruso tenía, en números redondos, 115.000 miembros a inicios de 1918, 313.000 a inicios de 1919, 650.000 para el verano de 1921 –de los cuales una parte cada vez menor eran trabajadores).</p>
<p>El partido se había vuelto el tutor de una clase trabajadora que, temporalmente –así se esperaba– se había vuelto incapaz de administrar sus propios asuntos. Pero el propio partido no estaba inmune a las fuerzas sociales inmensamente poderosas generadas fruto del derrumbe industrial, la reducida y decreciente productividad del trabajo, el atraso cultural y la barbarie. En verdad para que el partido pudiese actuar como “tutor”, era necesario privar a la masa de sus miembros de cualquier influencia en la dirección de su accionar –porque también ellos reflejaban el atraso de Rusia y el deterioro de la clase trabajadora. La solución de Trotsky para este dilema fue, en principio, persistir resueltamente en el camino sustitucionista.</p>
<p><em>Es necesario crear entre nosotros la conciencia del derecho que resulta del nacimiento histórico revolucionario del partido. El mismo está obligado a mantener su dictadura, indiferente a las oscilaciones temporales en el ánimo espontáneo de las masas, y de las vacilaciones temporales que ocurren en la clase trabajadora. Esta conciencia es para nosotros un elemento de unificación indispensable</em>.[4]</p>
<p>Esta actitud lo llevó a argumentar que los sindicatos deberían ser absorbidos en el aparato estatal (como después aconteció bajo Stalin, en los hechos aunque no en la forma). No había ninguna necesidad que justificara ni siquiera una relativa autonomía sindical. Ella servía más como instrumento de descontento que como instrumento de influencia para el partido.</p>
<p>Los argumentos expresados por Lenin contra esta posición, entre Diciembre de 1920 y Enero de 1921, fueron importantes para el desarrollo futuro del análisis de Trotsky sobre la URSS. Ellos se volvieron, tardíamente, en la base de su análisis.</p>
<p><em>El camarada Trotsky habla de un “Estado obrero”. Permítaseme decir que eso es una abstracción. Es natural que nosotros hubiéramos escrito en 1917 sobre un “Estado obrero”. Pero ahora es un error patente afirmar que “¿Si este es un Estado obrero sin burguesía alguna, entonces de quién y con qué objetivo debe ser defendida la clase trabajadora?”. La cuestión es que no se trata enteramente un Estado obrero. Es en este punto en que el camarada Trotsky comete uno de sus mayores errores</em>&#8230;[5]</p>
<p>Y un mes después Lenin escribía:</p>
<p><em>Lo que yo debería haber dicho era: “El Estado obrero es una abstracción. Lo que nosotros tenemos de hecho es un Estado obrero con la particularidad, primero, de que no es la clase trabajadora sino la población campesina la que predomina en el país, y segundo, que es un Estado obrero con deformaciones burocráticas.</em>[6]</p>
<p>Un Estado obrero con deformaciones burocráticas en un país mayormente campesino. En la próxima etapa de la NEP, Trotsky sería quien adoptaría este punto de vista y ahondaría en su contenido. No es necesario aquí describir el destino de la Oposición de Izquierda (1923) y de la Oposición Unificada (1926-1927) en detalles,[7] en las cuales Trotsky desempeñó un papel central. Es suficiente para nuestros propósitos presentar algunas de sus opiniones principales.</p>
<p>La Oposición de Izquierda y la Oposición Unificada habían hecho presión para la democratización del partido, la limitación del poder de su aparato y por un programa de industrialización planificada cuyo financiamiento surgiera de exprimir a los kulaks y los nepmen, para combatir el desempleo y provocar el renacimiento económico y político de la clase trabajadora, con el fin de recrear la base de la democracia soviética.</p>
<p><em>La posición material de la clase trabajadora dentro del país debe ser fortalecida absolutamente y relativamente (crecimiento del número de trabajadores empleados, reducción en el número de desempleados, mejoras en el nivel de vida de la clase trabajadora) –declaraba la plataforma de la Oposición. El atraso crónico de la industria y también del transporte, la electrificación y la construcción, en relación a las demandas y necesidades de la población, de la económica pública y del sistema social como un todo, encorsetaba el funcionamiento de toda la economía del país.</em>[8]</p>
<p>La contradicción interna de esta posición era que, por un lado, la democratización del partido permitiría al descontento de campesinos y trabajadores, encontrar una expresión organizada. Por otro lado, aumentar la presión estatal sobre los nuevos ricos (especialmente sobre los campesinos más adinerados) reproduciría algunas de las tensiones extremas del comunismo de guerra que habían llevado al partido, primero a suprimir toda oposición legal extra partidaria y después a eliminar la oposición partidaria interna, estableciendo la dictadura del aparato.</p>
<p>En la práctica, nada de esto fue puesto en práctica. No solamente la economía estaba encorsetada. También lo estaba la oposición. Su programa desafiaba los intereses materiales de todas las clases que obtenían beneficios de la NEP: burócratas, nepmen y kulaks. La oposición no podía vencer sin que renaciera la actividad de la clase trabajadora, la cual constituía su única base de apoyo posible. Pero al mismo tiempo, eso era muy difícil por las condiciones económicas y sociales de la NEP, en tanto la revolución permaneciese aislada.</p>
<p>Stalin, jefe y portavoz del sector conservador del partido, y los funcionarios estatales que en los hechos gobernaban el país, resistieron vigorosamente las demandas de industrialización planificada y democratización (como también lo hicieron sus aliados de la derecha del partido, notablemente Bujarin y sus partidarios). Este era el contenido del “socialismo en un solo país” defendido por el grupo dominante a partir de 1925. Era la defensa del status quo contra cualquier tipo de “motín”, contra las expectativas revolucionarias y contra una política exterior activa. Lo que Stalin había resumido un año antes, en Abril de 1924, ahora era una visión común:</p>
<p><em>Para derrotar a la burguesía, los esfuerzos de un país son suficientes –la victoria de nuestra revolución es testimonio de esto. Para la victoria final del socialismo, para la organización de la producción socialista, los esfuerzos de un país, especialmente de un país campesino como el nuestro, son insuficientes –para esto precisamos del esfuerzo de los trabajadores de los países avanzados</em>.[9]</p>
<p>Estaba parafraseando a Lenin, no haciendo más que exponer la realidad socioeconómica actual. Pero esta visión ortodoxa, una vez convertida en propiedad común de los marxistas rusos de todas las tendencias, tuvo la desventaja de enfatizar el carácter provisional del régimen y su dependencia, para un desarrollo socialista, de las revoluciones en los países avanzados. Pero esto era ahora profundamente inaceptable para los sectores dominantes y por ello el “socialismo en un solo país” fue su declaración de independencia en relación al movimiento obrero.</p>
<p>Después de la derrota final de la Oposición y su exilio de Rusia, Trotsky resumió la experiencia en un artículo escrito en Febrero de 1929:</p>
<p><em>Después de la conquista del poder, una burocracia independiente se diferenció del ambiente de la clase trabajadora y esta diferenciación</em> [que] <em>en principio era apenas funcional, se volvió después social. Naturalmente, los procesos dentro de la burocracia se desarrollaron en conexión con los profundos procesos que ocurrían en el país. Sobre la base de la Nueva Política Económica un amplio estrato de la pequeña burguesía reapareció o fue de nuevo creado en las ciudades. Las profesiones liberales revivieron. En la zona rural, el campesino adinerado, el kulak, levantó cabeza. Amplias secciones de la burocracia, justamente por haberse elevado sobre las masas, se aproximaron a estratos burgueses y establecieron lazos de familia. De manera creciente, cualquier iniciativa o crítica por parte de las masas eran vistas como interferencias</em> [...] <em>La mayoría de esta burocracia que se elevó sobre las masas era profundamente conservadora</em> [...] <em>Esa capa conservadora, que constituyó el apoyo más poderoso de Stalin en su lucha contra la Oposición, estaba más inclinada a seguir un rumbo de derecha, en dirección a los nuevos sectores propietarios, que el propio Stalin y el núcleo central de su fracción.</em>[10]</p>
<p>La conclusión política que dejaba este análisis era el creciente peligro de un Termidor soviético. El día 9 de Termidor (27 de Julio de 1794) la dictadura jacobina fue derrotada por la Convención y sustituida por un régimen de derecha, el Directorio (desde 1795), el cual gobernó sobre la base de la reacción política y social que preparó el camino para la dictadura de Bonaparte (desde 1799). El Termidor significó el fin de la Revolución francesa. Ahora parecía estar dándose un Termidor ruso.</p>
<p><em>Elementos de un proceso termidoriano, aunque con certeza uno totalmente distinto, pueden ser encontrados en la tierra de los soviets. Ellos se han vuelto sumamente claros en los años recientes. Quienes están en el poder hoy desempeñaron un papel secundario en los eventos decisivos del primer período de la revolución, o se oponían directamente a la revolución y solo se sumaron a ella después de la victoria. Sirven ahora en su mayor parte como camuflaje para esas capas y grupos que, aunque hostiles al socialismo, son muy frágiles para llevar a cabo un viraje contrarrevolucionario y, por esto, buscan una transferencia termidoriana pacífica que conduzca de nuevo hacia la sociedad burguesa. Procuran “descender de la montaña frenando”, como lo formuló uno de sus ideólogos.</em>[11]</p>
<p>Esto, todavía, no había ocurrido, y tampoco era inevitable. El Estado obrero aún estaba allí, aunque corroído. El resultado de esto, según Trotsky</p>
<p><em>será decidido por el curso de la propia lucha entre las fuerzas vivas de la sociedad. Habrán adelantos y retrocesos, cuya duración dependerá en gran parte de la situación en Europa y en el resto del mundo</em>.[12]</p>
<p>En síntesis, habían tres fuerzas básicas actuando en la URSS: las fuerzas de derecha –los elementos neo capitalistas, nepmen, kulaks, etc., para los cuales una gran sección del aparato de poder servía “en su mayor parte como camuflaje”; la clase trabajadora, representada políticamente por la que ahora era una prohibida Oposición; y la “burocracia centrista”, la fracción de Stalin en control del aparato, que en sí no era termidoriana, pero que se apoyaba en los termidorianos y zigzagueaba de izquierda a derecha en el intento de mantener el poder.</p>
<p>La burocracia había hecho una movimiento a la derecha entre 1923 y 1928, y después a la izquierda. Trotsky escribía en 1931 al respecto:</p>
<p><em>si dejamos de lado las inevitables oscilaciones y recaídas, representa una tentativa de la burocracia para adaptarse al proletariado, pero sin abandonar los principios básicos de su política o, lo que es muy importante, de su omnipotencia. Los zigzagueos del estalinismo muestran que la burocracia no es una clase, ni un factor histórico independiente, sino un instrumento, un órgano ejecutivo de las clases. El zigzagueo a la izquierda es la prueba de que no importa cuan largo haya sido el rumbo anterior hacia la derecha, todavía se desarrolla con base en la dictadura del proletariado</em>.[13]</p>
<p>Por lo tanto, la clase trabajadora, en algún sentido, todavía tenía el poder, o al menos tenía la posibilidad de recuperar el poder sin una revuelta general.</p>
<p><em>El reconocimiento del Estado soviético actual como un Estado obrero no solo significa que la burguesía solo puede conquistar el poder por medio de la insurrección armada, sino también que el proletariado de la URSS no perdió la posibilidad de subordinar a la burocracia, reavivar al partido nuevamente y regenerar el régimen de dictadura –sin una nueva revolución, con los métodos y por el camino de la reforma.</em>[14]</p>
<p>En el momento en que esto fue escrito, de hecho ya no poseía el menor fundamento. El análisis de las fuerzas que actuaban en la URSS estaba anticuado. En los años 1920s hubiera sido un intento realista (aunque provisorio) de un análisis marxista del curso que había adoptado el desarrollo de la URSS. Las nuevas clases capitalistas y su influencia en el ala derecha y dominante del partido, eran suficientemente reales en 1924-1927. El papel vacilante de Stalin era, en aquella época, tal como fue descrito. Pero entre 1928 y 1929 hubo un cambio fundamental.</p>
<p>Para 1928 la NEP estaba entrando en su crisis final. Nepmen y kulaks tenían un interés vital en mantenerla, ampliando todavía más las concesiones para los pequeños capitalistas, en las ciudades y el campo. Los miembros principales de la burocracia, y su vasta clientela en los niveles más bajos de la jerarquía burocrática, no tenían ese mismo interés vital. Ellos solo tenían el interés vital de resistir la democratización del partido y del Estado. Se habían aliado con las fuerzas de la pequeña burguesía (y con la derecha del partido liderada por Bujarin) contra la Oposición, es decir, contra el peligro que significaba el renacimiento de la clase trabajadora.</p>
<p>Pero cuando la Oposición fue desarticulada, la burocracia debió enfrentar la ofensiva de los kulaks, la “huelga de granos” de 1927-1928, que les demostró que sus bases esenciales eran la propiedad y la maquinaria estatal, ninguna de las cuales tenían conexión orgánica alguna con la NEP. La burocracia defendió sus intereses vigorosamente en contra de sus aliados anteriores.</p>
<p>Los kulaks controlaban prácticamente todo el grano comerciable, el excedente sobre el consumo de los campesinos (una estimación generalmente aceptada era que una quinta parte de los campesinos producían cuatro quintas partes de los granos vendidos en el mercado). Su intento de forzar un aumento de precios, privando al mercado del stock de granos, forzó a la burocracia a recurrir a la requisación. Una vez iniciado este camino, que minaba las bases de la NEP, estuvieron obligados a adoptar el programa de industrialización que proponía la Oposición, haciéndolo de manera extravagantemente exagerada. Emprendieron la colectivización forzada de la agricultura, esto es: la “liquidación de los kulaks en cuanto clase”. Fue lanzado el primer “plan quinquenal”.</p>
<p>Trotsky interpretó esto como un movimiento (temporal) hacia la izquierda por parte de la burocracia estalinista, como un intento de “adaptarse al proletariado”. El se encontraba profundamente equivocado. Estos fueron justamente los años en que la clase trabajadora en la URSS estuvo más atomizada y sometida a un despotismo totalitario. Los salarios reales cayeron en forma brusca. Aunque los salarios nominales subieron considerablemente, los precios subieron de manera mucho más rápida. En general, las estadísticas de importancia dejaron de publicarse después de 1929 (esto es en sí un hecho significativo), pero un cálculo publicado en la URSS mucho tiempo después (1966), mostraba el índice de salarios reales de 1932 en 88,6 (1928 = 100). “El índice efectivo de los salarios reales, seguramente, estaría [...] muy por debajo del 88,6”, comenta Alex Nove, la fuente de esta información.[15]</p>
<p>El plan quinquenal dio comienzo a un período en donde la economía fue dirigida según un plan global, de crecimiento industrial acelerado, de colectivización forzada de la agricultura, de destrucción de los derechos políticos y sindicales (restantes) de la clase trabajadora, de rápido crecimiento de la desigualdad social, de extrema tensión social y trabajo forzado en masa. También presagió la dictadura personal de Stalin y su régimen de terror policial y, poco más tarde, el asesinato por fusilamiento o la muerte lenta en los campos de trabajos forzados, de la gran mayoría de los cuadros originales del partido bolchevique y, en verdad, de la mayoría de la propia fracción de Stalin de los años 1920s, junto a un número incierto mucho más grande de otros habitantes de la URSS y de numerosos comunistas extranjeros. En síntesis, inició la gran marea del estalinismo.</p>
<p>El hecho de que Trotsky haya visto todo esto como un viraje hacia la izquierda (aunque no tenía en frente los hechos hasta unos años más tarde), indica que había recaído en el sustitucionismo, por lo menos en lo que respecta a la URSS. Fue una equivocación que nunca podría corregir completamente. El argumento de que la burocracia no era un factor histórico independiente sino un instrumento, un órgano ejecutivo de otras clases, había sido decisivamente refutado en cuanto esa misma burocracia al mismo tiempo aplastó a los kulaks y atomizó a los trabajadores.</p>
<p>A inicios de los años 1920s todavía era posible discutir sobre estos hechos. Además, el recién nacido régimen totalitario bloqueó todas las noticias independientes y las sustituyó por su propia maquinaria monolítica de propaganda. Trotsky fue de los que menos se dejó engañar por esto. Fueron sus conceptos y estructura teórica lo que lo llevó a defender una perspectiva de “reforma” para la URSS de aquel momento. La famosa y profundamente engañosa analogía, de la URSS como un sindicato burocratizado, surgió en esos días.</p>
<p><strong>Estado obrero, termidor y bonapartismo</strong></p>
<p>En Octubre de 1933, Trotsky cambió de posición abruptamente, pasando a argumentar que el régimen no podía ser reformado. Tenía que ser derrocado. El camino de la “reforma” ya no era más posible. Solo la revolución podría destruir a la burocracia:</p>
<p><em>Después de las experiencias de los últimos años sería infantil suponer que la burocracia estalinista puede ser removida por medio de un congreso del partido o de los soviets. De hecho, el último congreso del Partido Bolchevique ocurrió a inicios de 1923, fue el XII Congreso del Partido. Todos los congresos posteriores fueron simples paradas burocráticas. Hoy en día, incluso tales congresos fueron dejados de realizar. No queda ningún medio “constitucional” para remover al grupo gobernante. La burocracia solo puede ser obligada a pasar el poder a manos de la vanguardia proletaria por la fuerza</em>.[16]</p>
<p>El “sindicato burocratizado” tenía que ser destruido, no reformado. Es verdad que este artículo también contenía la siguiente afirmación: “Hoy la ruptura del equilibrio burocrático en la URSS jugaría, casi seguramente, en favor de las fuerzas contrarrevolucionarias”, pero esa posición errada luego cedió lugar a una posición revolucionaria. Con su característica honestidad, Trotsky continuó criticando y revisando su propia perspectiva “reformista” anterior, escribiendo en 1935 que:</p>
<p><em>La cuestión del “Termidor” está íntimamente ligada a la historia de la Oposición de Izquierda en la URSS</em> [...] <em>De cualquier manera las posiciones respecto de este tema en 1926 eran aproximadamente las siguientes: el grupo “Centralismo Democrático” (V.M. Smirnov, Sapronov y otros que fueron perseguidos por Stalin hasta su muerte en el exilio) declaraban que “el Termidor es un hecho consumado”. Los partidarios de la plataforma de la Oposición de Izquierda</em> [...] <em>negaban categóricamente esta afirmación</em> [...] <em>¿Quién se demostró que estaba en lo correcto? V.M. Smirnov –uno de los mejores representantes de la vieja escuela bolchevique– sustentaba que el atraso en la industrialización, el aumento del poderío de kulaks y nepmen (la nueva burguesía), la ligazón entre la burocracia y estos últimos y, finalmente, la degradación del partido, había ido tan lejos que se había vuelto imposible un retorno al camino socialista sin una nueva revolución. La clase trabajadora ya había perdido el poder</em> [...] <em>Las conquistas fundamentales de la Revolución de Octubre habían sido liquidadas.</em>[17]</p>
<p>La conclusión de Trotsky era que el</p>
<p><em>Termidor de la Revolución rusa no está en el futuro, sino bastante atrás. Los termidorianos pueden celebrar, aproximadamente, el décimo aniversario de su victoria</em> [según esto, habría ocurrido hacia 1925].[18]</p>
<p>¿Siendo así, el grupo “Centralismo Democrático” estaba en lo correcto en 1926? Sí y no, afirma Trotsky ahora. Estaban en lo correcto respecto del Termidor, y errados en lo relativo a su significado. “El régimen político actual en la URSS es un “régimen bonapartista soviético” (o antisoviético), de un tipo más próximo al Imperio que al Consultado”. Pero, continúa, “en sus funciones sociales y tendencias económicas, la URSS sigue siendo un Estado obrero”.</p>
<p>En términos de analogías formales, todo esto era bastante plausible. Como el propio Trotsky apuntó, ambos, termidorianos y Bonaparte, representaban una reacción en la base de la revolución burguesa, y no un retorno al antiguo régimen. Pero persiste la cuestión que Trotsky, no menos que Smirnov, había considerado previamente al Termidor soviético con una óptica fundamentalmente diferente. “La clase trabajadora ya había perdido el poder” era la esencia de la tesis de Smirnov, la cual Trotsky rechazaba con vehemencia en su momento. Para este, el partido, aún burocratizado, representaba todavía a la clase obrera. Esta, al contrario de la burguesía, solo puede mantener el poder a través de sus organizaciones.</p>
<p><em>Camaradas –había dicho en 1924– ninguno de nosotros desea estar o puede estar en lo correcto en contra del partido. En última instancia, el partido siempre está en lo correcto, porque es el único instrumento histórico que posee la clase trabajadora para la solución de sus tareas fundamentales</em> [...] <em>Solo se puede estar en lo correcto con el partido y por el partido, porque la historia no produjo ningún otro camino para la realización de lo correcto</em> [...] <em>Los ingleses tienen un dicho que expresa: “¡Mi país, en el acierto o en el error!”. Con mucha mayor justificación podemos decir: ¡Mi partido, en el acierto o en el error! –siendo el error en ciertas cuestiones o en ciertos momentos específicos.</em>[19]</p>
<p>Pero el partido ruso se había vuelto instrumento, primero del Termidor y a ahora del bonapartismo, siendo esta la posición de Trotsky a fines de 1933. Ya que el partido había dejado de ser un instrumento de la clase trabajadora (si el régimen debía ser derribado “usando la fuerza”, y puesto que admitidamente los trabajadores rusos no tenían ningún otro instrumento: ¿Cómo podría seguirse hablando de un Estado obrero?</p>
<p>No podía. Esta era la única conclusión posible, si es que las definiciones seguían teniendo el significado que todos ellos aceptaban hasta entonces. Una nueva revolución, una “insurrección revolucionaria victoriosa”, era necesaria para que la clase trabajadora recuperase el poder en la URSS. La clase trabajadora había perdido el poder y no había ningún camino pacífico, constitucional, para que pudiese recuperarlo nuevamente. Entonces el Estado obrero ya no existía. Una contrarrevolución había ocurrido.</p>
<p>Trotsky rechazó estas conclusiones firmemente. Estuvo forzado entonces a realizar un cambio fundamental en su definición del Estado obrero:</p>
<p><em>La dominación social de una clase (su dictadura) puede encontrar formas políticas extremadamente diversas. Esto tiene demostración en toda la historia de la burguesía desde la Edad Media hasta el día de hoy. La experiencia de la Unión Soviética es adecuada para extender esta legalidad sociológica –cambiando lo que se deba cambiar– a la dictadura del proletariado</em> [...] <em>De esto, que el dominio de Stalin en nada se parezca al dominio soviético durante los años iniciales de la revolución</em> [...] <em>Pero esta usurpación solo fue hecha posible porque el contenido social de la dictadura burocrática está determinado por las relaciones productivas creadas por la revolución proletaria. En este sentido nosotros podemos decir con toda justificación que la dictadura del proletariado encontró su expresión, distorsionada indudablemente, en la dictadura de la burocracia.</em>[20]</p>
<p>Trotsky mantuvo esta posición, en esencia, durante los últimos cinco años de su vida. En su libro La revolución traicionada (1937) la elabora con riqueza de detalles e ilustraciones vívidas. La naturaleza fundamental de la ruptura con sus propios análisis anteriores no puede ser más exagerada. Una cosa era discutir (como Lenin lo había hecho) que el Estado obrero se hallaba burocráticamente deformado, distorsionado, degenerado o como se quiera. Pero ahora lo que se afirmaba era que la dictadura del proletariado no poseía ninguna conexión necesaria con el poder efectivo de los trabajadores. Ahora la dictadura del proletariado pasaba a significar, antes que nada, propiedad estatal y planificación económica (aunque casi no había existido planificación bajo la NEP). La dictadura del proletariado podría seguir existiendo al mismo tiempo con una clase obrera atomizada y sujetada al despotismo más totalitario.</p>
<p>En favor de Trotsky debe ser dicho que estaba lidiando con un fenómeno absolutamente nuevo. El, como todos los opositores de los años 1920s, había visto el peligro de un colapso del régimen debido a la presión de las crecientes fuerzas de la pequeña burguesía. Esto es lo que Termidor había significado para todos ellos. El resultado efectivo fue bastante inesperado. La propiedad estatal no solamente había sobrevivido sino que tuvo una expansión acelerada. En realidad, la burocracia desempeñó un papel independiente, hecho este que Trotsky nunca admitiría en forma completa. El régimen resultante era único en aquella época.</p>
<p>No había ocurrido ninguna restauración burguesa. Incluso más, en un período de profunda depresión económica en los países avanzados, un rápido crecimiento económico tuvo lugar en la URSS, un punto que Trotsky enfatizó repetidas veces en defensa de su argumento de que el régimen no era capitalista.</p>
<p><strong>Pronósticos</strong></p>
<p>En su Programa de Transición de 1938, Trotsky escribió:</p>
<p><em>La Unión Soviética surgió de la Revolución de Octubre como un Estado obrero. La propiedad estatal de los medios de producción, condición necesaria del desarrollo socialista, abrió posibilidades para un rápido crecimiento de las fuerzas productivas. Pero al mismo tiempo, el aparato estatal soviético sufrió una degeneración completa, transformándose de un instrumento de la clase trabajadora en un instrumento de violencia burocrática contra la clase trabajadora, y cada vez más, en un instrumento para el sabotaje de la economía nacional. La burocratización de un Estado obrero atrasado y aislado, y la transformación de la burocracia en casta todopoderosa y privilegiada, es la refutación más convincente –no solamente teórica, sino también práctica– de la teoría del socialismo en un solo país.</em></p>
<p><em>De esta forma, el régimen de la URSS encarna contradicciones terribles. Pero permanece todavía como un Estado obrero degenerado. Tal es el diagnóstico social. El pronóstico político tiene un carácter alternativo: o la burocracia se vuelve cada vez más el instrumento de la burguesía internacional en el Estado obrero, destruyendo las nuevas formas de propiedad e impulsa al país de vuelta al capitalismo; o la clase trabajadora destruye a la burocracia, abriendo una salida en dirección al socialismo.</em>[21]</p>
<p>¿Por qué debería ser así? Trotsky estaba convencido de que la burocracia era altamente inestable y políticamente heterogénea. Todos los tipos de tendencias “del auténtico bolchevismo al fascismo completo” existían en su interior, según afirmó en 1938. Estas tendencias estaban relacionadas con fuerzas sociales, incluyendo</p>
<p><em>tendencias capitalistas concientes</em> [...] <em>principalmente el próspero sector de las haciendas colectivas</em> [el cual] <em>encuentra una base amplia en las tendencias pequeño-burguesas de acumulación privada, que nacen de la miseria general y que concientemente la burocracia respalda.</em>[22]</p>
<p>En el interior de la burocracia</p>
<p><em>los elementos fascistas contrarrevolucionarios, cuyo número aumenta sin cesar, expresan cada vez con mayor fuerza los intereses el imperialismo mundial. Estos candidatos a “compradores” piensan, no sin razón, que la nueva capa dirigente solo puede asegurar sus posiciones privilegiadas renunciando a la nacionalización, la colectivización y el monopolio del comercio extranjero, en nombre de la asimilación de la “civilización occidental”, esto es, del capitalismo</em> [...] <em>Sobre la base de este sistema de antagonismos crecientes, que destrozan cada vez más el equilibrio social, se mantiene por métodos de terror, una oligarquía termidoriana que ahora se reduce sobre todo a la camarilla bonapartista de Stalin</em> [...] <em>El exterminio de la generación de los viejos bolcheviques y de los representantes revolucionarios de la generación intermedia y de la joven generación destruyó aún más el equilibrio político en favor del ala derecha, burguesa, de la burocracia y de sus aliados en el país. Y de esto, que de la derecha, podamos esperar en el próximo período, tentativas más resueltas de revisar el régimen social de la URSS, aproximándolo a la “civilización occidental” en su forma fascista.</em>[23]</p>
<p>Es interesante que Trotsky haya intentado llamar la atención sobre las semejanzas entre fascismo y estalinismo, cuando todavía los Frentes Populares estaban en su auge. “Estalinismo y fascismo, a pesar de una diferencia profunda de base social, son fenómenos simétricos. En muchas de sus características ellos muestran una semejanza mortal”, escribió en La revolución traicionada.[24] Lo que tenían en común –la destrucción de toda organización independiente de los trabajadores y la atomización de la clase obrera– es muy llamativa.[25] Pero más importante es la cuestión de las “tendencias restauradoras” de la burocracia. No hay ningún argumento significativo en los escritos de Trotsky de este período, además del referido al derecho de herencia.</p>
<p>Los privilegios solo valen la mitad si no pueden ser transmitidos a los propios hijos. Pero el derecho de herencia es inseparable del derecho de propiedad. No alcanza con ser director de una empresa, es necesario ser también accionista.[26]</p>
<p>Esto demostraría según Trotsky la presión de la burocracia para abandonar el control de la URSS, en favor de volverse socia menor (compradora) de las potencias imperialistas. En la visión de Trotsky, la Unión Soviética, era ahora “una sociedad contradictoria, a medio camino entre el capitalismo y el socialismo [...] En última instancia, la cuestión [de avanzar hacia el socialismo o retroceder hacia el capitalismo] será decidida por la lucha de las fuerzas sociales en la arena nacional como en la arena mundial”.</p>
<p>Esta lucha ya se había desarrollado lo suficiente para tensionar el análisis de Trotsky hasta sus límites, unos años antes de su muerte.</p>
<p>_____</p>
<p><strong>Capítulo 3</strong></p>
<p><strong>ESTRATEGIA Y TÁCTICA</strong></p>
<p>El ideal de un movimiento obrero internacional es tan o más antiguo que el Manifiesto Comunista y su consigna “¡Proletarios de todo el mundo, uníos!”. En 1864 (Primera Internacional) y nuevamente en 1889 (Segunda Internacional) se realizaron intentos para brindar una expresión orgánica a este ideal. La Segunda Internacional colapsó en 1914 cuando sus grandes partidos rompieron con el internacionalismo y respaldaron a “sus” respectivos gobiernos burgueses, de los Kaisers en Alemania y en Austria, del Rey en Inglaterra y de la Tercera República en Francia, con motivo de la Primera Guerra Mundial.</p>
<p>No es que ellos hayan sido tomados por sorpresa. Antes de la guerra los Congresos ya habían puesto su atención repetidas veces en la amenaza que significaba el imperialismo y el militarismo, en la amenaza creciente de una guerra, y en la necesidad de que los partidos obreros se posicionaran firmemente contra sus propios gobiernos, con el fin de “utilizar la crisis generada debido al estallido de la guerra, para acelerar la caída del dominio de la clase capitalista”, según como el Congreso de Stuttgart de la Internacional había dicho en 1907.</p>
<p>Las subsiguientes capitulaciones de 1914 fueron una derrota terrible para el movimiento socialista, y llevaron a Lenin a declarar: “La Segunda Internacional está muerta [...] Viva la Tercera Internacional”. Cinco años después, en 1919, fue fundada la Tercera Internacional. Trotsky cumplió un papel central en la misma durante los primeros años.</p>
<p>Más tarde, con el ascenso del estalinismo en la URSS, la Internacional fue prostituida al servicio del Estado estalinista ruso. Trotsky luchó más que nadie en contra de esta degradación. Muchos de sus escritos más valiosos sobre estrategia y táctica de los partidos revolucionarios fueron escritos para la Tercera Internacional, el Comintern, en ambos períodos, el de ascenso y el de decadencia.</p>
<p><em>Dejando de lado el fracaso, las mentiras y la corrupción de los partidos socialistas oficiales sobrevivientes, nosotros los comunistas, unidos en la Tercera Internacional, consideramos ser los continuadores directos de los esfuerzos heroicos hasta el martirio de una larga línea de generaciones revolucionarias, desde Babeuf a Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo.</em></p>
<p><em>Si la Primera Internacional presagió el curso futuro del desarrollo e indicó los caminos; si la Segunda Internacional congregó y organizó a millones de trabajadores; la Tercera Internacional es la Internacional de la acción abierta de masas, la Internacional de la realización revolucionaria, la Internacional de los hechos.</em>[1]</p>
<p>Trotsky tenía cuarenta años de edad y estaba en la plenitud de sus fuerzas cuando escribió el Manifiesto de la Internacional Comunista, del cual provienen las líneas recién citadas. Como Comisario del Pueblo para la Guerra de la República soviética, solo estaba luego de Lenin como portavoz reconocido del comunismo internacional.</p>
<p>Sus puntos de vista no eran, en aquel tiempo, particularmente individuales. Eran los puntos de vista de toda la dirección bolchevique; una perspectiva que no excluía agudas diferencias de opinión en unos u otros asuntos, pero que era esencialmente homogénea. Pero Trotsky se volvería al pasar el tiempo, uno de los defensores más notables de las ideas del período heroico de la Internacional Comunista. Eventos no previstos por ningún integrante del liderazgo revolucionario de 1919 –ni tampoco por sus oponentes– redujeron luego a un pequeño número los activistas que serían portadores de esta auténtica tradición comunista. Trotsky sobresalió entre ellos como un gigante entre bajitos.</p>
<p>En varias ocasiones Trotsky se refería en sus escritos de finales de los años 1920s y de los años 1930s, a las decisiones de los primeros cuatro congresos del Comintern, como un modelo de política revolucionaria. ¿Cuáles fueron estas decisiones y en qué contexto fueron adoptadas?</p>
<p>Era el 4 de Marzo de 1919. Treinta y cinco delegados reunidos en el Kremlin votaron, con una abstención, por la constitución de la Tercera Internacional. No era una reunión muy representativa. Solamente los cinco delegados del Partido Comunista Ruso (Bujarin, Chicherin, Lenin, Zinoviev y Trotsky) representaban un partido que era una organización de masas y genuinamente revolucionaria. Stange, del Partido Laborista Noruego (NAP), venía de otro partido de masas, pero como los hechos terminarían demostrando, el NAP estaba lejos de ser un partido revolucionario. Eberlein, del recién formado Partido Comunista Alemán (KPD), representaba una verdadera organización revolucionaria, pero solo contaba con unos pocos miles de miembros. Los demás delegados representaban muy poco.</p>
<p>La mayoría era de la opinión de que una “Internacional” que careciera de un efectivo apoyo de masas en varios países era algo sin sentido. Zinoviev, por los rusos, argumentó que ese apoyo de masas en realidad existía. La debilidad de muchas de las delegaciones era circunstancial. “Nosotros tenemos una revolución obrera victoriosa en un gran país&#8230; En Alemania ustedes tienen un partido que marcha hacia el poder y en algunos meses establecerá un gobierno proletario. Entonces ¿qué tenemos que esperar? Nadie entendería esto”.[2]</p>
<p>Ninguno de los delegados dudaba que la revolución socialista era una perspectiva inmediata en Europa central, sobre todo en Alemania. En palabras de Eberlein: “A menos que todas las señales fueran engañosas, los obreros alemanes están enfrentando una lucha decisiva. Por más difícil que pueda ser, las perspectivas para el comunismo son favorables”.[3]</p>
<p>Lenin, el más templado y calculador de los revolucionarios, había dicho en su discurso de apertura que: “no sólo en Rusia, sino en la mayoría de los países capitalistas avanzados de Europa, en Alemania por ejemplo, la guerra civil es un hecho [...] la revolución mundial está comenzando y está creciendo en intensidad en todos los sitios”.[4]</p>
<p>Eso no era ninguna fantasía. Para Noviembre de 1918 el Imperio alemán, hasta ese tiempo el Estado más poderoso de Europa, estaba desmoronándose. Seis comisarios del pueblo, tres socialdemócratas y tres socialdemócratas independientes, sustituían el gobierno del Kaiser. Los consejos de trabajadores y soldados estaban surgiendo en todo el país y ejercían el poder en forma efectiva. También es verdad que los líderes socialdemócratas, que detentaban el gobierno hacían todos los esfuerzos por reconstruir el viejo poder estatal capitalista, esta vez bajo un disfraz “republicano”. Esta era una razón más crear una internacional revolucionaria con un liderazgo fuerte y centralizado que guiara y apoyara la lucha por una Alemania soviética. Y la lucha por ella estaba aparentemente avanzando, a pesar de la sangrienta represión del levantamiento espartaquista de Enero de 1919. “De Enero a Mayo de 1919, una sangrienta guerra civil comenzó en Alemania”.[5] Un mes después de la reunión de Moscú fue proclamada la República Soviética de Babaria.</p>
<p>La otra gran potencia de Europa central, el Imperio Austro-Húngaro, había dejado de existir. Los Estados sucesores vivían distintos grados de agitación revolucionaria. En la Austria de lengua alemana, la única fuerza armada efectiva era la Volkswehr (Ejército del Pueblo). La República Soviética de Hungría fue proclamada el 21 de Marzo de 1919. Todos los Estados, los nuevos y los reconstruidos –Checoslovaquia, Yugoslavia, e incluso Polonia– vivían una situación altamente inestable.</p>
<p>El papel de las direcciones socialistas era crucial. La mayoría apoyó las contrarrevoluciones, ahora en nombre de la “democracia”. La mayoría de ellas se reivindicaba y en realidad habían sido antes, marxistas e internacionalistas. En 1914 capitularon en favor de “sus” respectivas clases dominantes. Se convirtieron, en aquellos momentos críticos, en el soporte principal del capitalismo, usando frases socialistas y el prestigio conquistado durante años de oposición a los antiguos regímenes en el período anterior a 1914, para impedir el establecimiento del poder de los trabajadores. Su intento de reconstruir la Segunda Internacional en una reunión realizada en Berna (Suiza) fue vista como una razón adicional y urgente para proclamar la Tercera Internacional. Ya en 1914 Lenin había escrito: “La Segunda Internacional está muerta, sometida al oportunismo [...] Viva la Tercera Internacional”.[6] Dieciocho meses después de la Revolución de Octubre, ella se volvería realidad.</p>
<p>¿Cuáles eran sus bases políticas? Se apoyaba en dos plataformas fundamentales: el internacionalismo revolucionario y el sistema de soviets como medio usado por los trabajadores para gobernar la sociedad.</p>
<p>La resolución principal del Congreso de 1919 declaraba:</p>
<p><em>La democracia asumió formas diferentes y fue aplicada en diferentes grados en las antiguas repúblicas griegas, las ciudades medievales y en los países capitalistas avanzados. Carecería de sentido pensar que la más profunda revolución de la historia –en la cual por primera vez en el mundo el poder es transferido de la minoría explotadora a la mayoría explotada– podría realizarse dentro de los moldes desgastados de la democracia burguesa parlamentaria, sin cambios drásticos, sin la creación de formas nuevas de democracia, de nuevas instituciones que encarnan las nuevas condiciones de aplicación de la democracia</em>.[7]</p>
<p>¿Soviets o parlamento? Después de la Revolución de Octubre el Partido Comunista Ruso disolvió en favor de los soviets la Asamblea Constituyente recién elegida, en la cual el partido campesino (socialrevolucionario) había conquistado la mayoría. Después de la Revolución de Noviembre de 1918, el Partido Socialdemócrata Alemán había disuelto los consejos de trabajadores y de soldados, en los cuales tenía mayoría, en favor de una Asamblea Nacional en la cual tenía minoría.</p>
<p>En ambos casos la cuestión de las formas constitucionales era, en realidad, una cuestión de poder de unas u otras clases. El efecto de la acción del Partido Comunista Ruso fue la creación de un Estado obrero. El resultado de la acción del Partido Socialdemócrata Alemán fue la creación de un Estado burgués –la Republica de Weimar.</p>
<p>Marx, luego de la Comuna de París, escribió que en la transición del capitalismo al socialismo, la forma del Estado solo “puede ser la dictadura revolucionaria del proletariado”.</p>
<p>Los socialdemócratas rechazaban, en la práctica, la esencia de la teoría marxista del Estado, según la cual todos los Estados son Estados de unas u otras clases, y ningún Estado es “neutro”. Ellos rechazaban su propia posición anterior, sobre la inevitabilidad de la revolución, en favor de vías parlamentarias “pacíficas” hacia el socialismo. Entretanto, la República de Weimar fue, al igual que la República soviética rusa, un producto de la subversión violenta del Estado anterior. Soldados amotinados y trabajadores armados, y no electores, derribaron al Imperio alemán. Y lo mismo era verdad para los Estados que sucedieron al Imperio Austro-Húngaro. Pero según ellos, la transformación más importante, la destrucción del capitalismo, sería alcanzada utilizando los mecanismos ordinarios de la democracia burguesa. En realidad esto significaba el abandono del socialismo en cuanto objetivo.</p>
<p>La Tercera Internacional, en su “plataforma” de 1919, reafirmó su posición marxista: “La victoria de la clase obrera radica en la destrucción de la organización del poder enemigo y en la organización del poder de los trabajadores. Consiste en la destrucción del aparato estatal burgués y la construcción de un aparato estatal obrero”.[8] Conquistar el socialismo a través del parlamento era una estrategia impensable. Lenin, en 1917, citaba en señal de aprobación, la afirmación de Engels de que el sufragio universal era “un indicador de la maduración de la clase trabajadora. No puede y nunca será más que eso en un Estado moderno”.[9] “Ninguna república burguesa, por más democrática que sea –escribía Lenin luego de la Conferencia de Moscú– jamás fue o podría ser algo más que un aparato para la represión de los trabajadores por el capital, un instrumento de la dictadura de la burguesía, de la dominación política del capital”.[10]</p>
<p>Una república de los trabajadores, basada en consejos obreros, sería verdaderamente democrática.</p>
<p><em>La esencia del poder soviético reside en el control permanente y exclusivo de todo el poder estatal, de todo el aparato estatal. Está en la organización de las masas de esas mismas clases que eran oprimidas por los capitalistas, esto es, los trabajadores y semitrabajadores (campesinos que no explotan trabajo).</em>[11]</p>
<p>Esto era una idealización, incluso para Rusia de 1919, pero las “desviaciones” existentes eran explicadas fruto del atraso del país, la guerra civil y la intervención extranjera.</p>
<p>Trotsky, en la época, y hasta sus últimos días, apoyaba todas estas ideas sin ninguna reserva. Coincidía con Lenin en las cuestiones relacionadas a la democracia burguesa y al reformismo en 1919, y nunca cambió de opinión al respecto.</p>
<p>La reunión de los delegados en Moscú fundaría una nueva Internacional sobre la base de un internacionalismo incondicional, una ruptura clara y final con los traidores de 1914, la defensa del poder obrero, los consejos de trabajadores, la República soviética y la perspectiva de revolución para un futuro próximo en Europa central y occidental. El problema ahora era crear partidos de masas que pudiesen transformar todo esto en realidad.</p>
<p><strong>Centrismo y ultraizquierdismo</strong></p>
<p>Partidos y grupos que hasta hace poco estaban afiliados a la Segunda Internacional están, con cada vez más frecuencia, solicitando su participación en la Tercera Internacional, aunque en realidad todavía no se han vuelto comunistas [...] La Internacional Comunista está, de cierta forma, volviéndose de moda [...] En ciertas circunstancias, la Internacional Comunista incluso puede correr el riesgo de disolverse debido a la afluencia de grupos vacilantes e indecisos que todavía no rompen con la ideología de la Segunda Internacional.[12]</p>
<p>Esto lo escribía Lenin en Julio de 1920. La suposición del Congreso de 1919 del Comintern, de que un verdadero movimiento revolucionario de masas existía en Europa, probó estar en lo correcto al siguiente año.</p>
<p>En Septiembre de 1919 el Congreso de Bolognia del Partido Socialista Italiano votó, por abrumadora mayoría y bajo recomendación de su ejecutivo, por la afiliación a la Tercera Internacional. El Partido Laborista Noruego (NAP) confirmó su afiliación y los partidos búlgaro, yugoslavo (ex serbio) y rumano también se afiliaron. Los primeros tres eran organizaciones importantes. El NAP, que al igual que el Partido Laborista Británico, tenía su base en los sindicatos, dominaba completamente la izquierda noruega, y el Partido Comunista Búlgaro tenías desde el principio el apoyo de prácticamente toda la clase trabajadora de Bulgaria. El Partido Comunista Yugoslavo consiguió 54 diputados en la primera (y única) elección libre realizada en el nuevo Estado.</p>
<p>En Francia, el Partido Socialista (SFIO), que había doblado su número de miembros –de 90.000 a 200.000 entre 1918 y 1920– había realizado un viraje a la izquierda y estaba efectuando coqueteos con Moscú. Lo mismo ocurría con los dirigentes del Partido Socialdemócrata Independiente Alemán (USPD), una organización que estaba ganando terreno rápidamente a expensas del Partido Socialdemócrata Alemán (SPD). Los socialdemócratas de izquierda de Suecia, la izquierda checa y partidos menores en otros países (incluyendo al británico Partido Laborista Independiente) tenían esencialmente la misma línea. La presión venía de sus bases, forzándolos a aceptar de palabra la defensa de la Revolución de Octubre y negociar su admisión en la Tercera Internacional.</p>
<p><em>El deseo de ciertos grupos de “centro” de adherirse a la Tercera Internacional –escribía Lenin– brinda una confirmación indirecta de que esta conquista la simpatía de gran parte de los trabajadores concientes de todo el mundo, y se está volviendo cada día una fuerza más poderosa.</em>[13]</p>
<p>Pero esos partidos no eran organizaciones comunistas revolucionarias. Sus tradiciones eran las socialdemócratas de antes de la guerra –revolucionarios de palabra y pasivos en la práctica. Eran conducidos por hombres que intentarían cualquier maniobra para mantener el control, e impedir la adopción de una estrategia y tácticas genuinamente revolucionarias.</p>
<p>Sin el grueso de la militancia de estos partidos, la nueva Internacional no podría lograr ejercer una influencia decisiva en Europa a corto plazo. Sin una ruptura con las direcciones centristas no podría lograr ejercer una influencia revolucionaria. La situación no era muy diferente con los partidos de masas que estaban dentro de la Internacional. El Partido Socialista Italiano, por ejemplo, tenía centristas y algunos reformistas declarados en su dirección.</p>
<p>La lucha contra el centrismo era complicada por otro factor. Existían fuertes tendencias ultraizquierdistas en muchas de las organizaciones comunistas. Y fuera de ellas existían además algunas organizaciones sindicales importantes que se habían aproximado a la Tercera Internacional, pero todavía rechazaban la necesidad de un partido comunista. Ganar e integrar estas grandes fuerzas era una operación dificultosa y compleja. Exigía una lucha en varios frentes diferentes.</p>
<p>Las decisiones del Segundo Congreso de la Tercera Internacional fueron de importancia fundamental. En cierto sentido, este fue el verdadero congreso fundacional. Ocurrió durante el auge de la guerra con Polonia, cuando el Ejército Rojo se acercaba a Varsovia. En Alemania un intento para instalar una dictadura militar, el Golpe de Kapp, había sido hacía poco derrotada por la acción de la clase trabajadora. En Italia las ocupaciones de fábricas estaban a punto de comenzar. El clima de optimismo revolucionario nunca había sido tan grande. Zinoviev, Presidente de la Internacional, declaraba: “Estoy profundamente convencido que el Segundo Congreso Mundial de la Internacional Comunista será el precursor de otro congreso mundial, el Congreso Mundial de la Repúblicas Soviéticas”.[14] Todo lo que se necesitaba eran verdaderos partidos comunistas de masas para dirigir el movimiento hacia la victoria. Una de las principales intervenciones de Trotsky en el congreso, se centró en la naturaleza de tales partidos.</p>
<p>[La raíz del problema para Trotsky era que los sindicalistas revolucionarios americanos, franceses y españoles, si bien rechazaban la idea del partido, estaban más cerca de construir un partido comunista que los centristas, quienes si bien aceptaban la idea del partido obrero, era con el fin de ponerlo al servicio de la burguesía].[15] No obstante, la posición de los sindicalistas revolucionarios era incompleta –era necesario agregarle algo: “una memoria [...] que concentre toda la experiencia acumulada por la clase trabajadora. Es así como nosotros concebimos a nuestro partido. Es así como concebimos a nuestra internacional”.[16]</p>
<p>Pero no podía ser una organización meramente propagandística. Hablando en el Ejecutivo del Comintern contra el ultraizquierdista holandés Gorter, que había acusado al Comintern de “correr detrás de la masas”, Trotsky declaraba:</p>
<p><em>¿Qué propone el camarada Gorter? ¿Qué quiere? ¡Propaganda! Esta es la esencia de todo su método. La revolución, según el camarada Gorter, no depende ni de las privaciones ni de las condiciones económicas, sino de la conciencia de las masas. Una conciencia de masas, que al mismo tiempo, es moldeada por la propaganda. La propaganda es tomada aquí de una manera puramente idealista, muy semejante al concepto de la escuela iluminista y racionalista del siglo XVIII </em>[...] <em>Lo que usted quiere hacer es, esencialmente, sustituir el desarrollo dinámico de la Internacional por métodos de reclutamiento individual de trabajadores a través de la propaganda. Usted quiere una especie de Internacional “pura” de los electos y selectos</em> [...][17]</p>
<p>El ultraizquierdismo pasivo, de tipo propagandístico, no era la única variedad presente en los primeros años del Comintern. En 1921 una tendencia golpista se desarrolló en la dirección del partido alemán. En Marzo de ese año, en ausencia de una situación revolucionaria de escala nacional (en algunos lugares de Alemania central había algo próximo a una situación revolucionaria), la dirección del partido intentó forzar el paso, buscando usar a los militantes del partido como sustitutos de un auténtico movimiento de masas. El resultado de lo que fue conocida como la “Acción de Marzo”, fue una terrible derrota –el número de miembros del partido descendió de aproximadamente 350.000 a cerca de 150.000. Una “teoría de la ofensiva” surgió para justificar las tácticas del KPD.</p>
<p><em>¿Cuál es la esencia de esta teoría? Según ella hemos entrado en la época de la descomposición de la sociedad capitalista, o en otras palabras, la época en que la burguesía debe ser derribada. ¿Cómo? Por la ofensiva de la clase trabajadora. En esta forma puramente abstracta ella es incuestionablemente correcta. Pero ciertos individuos intentan transformar este capital teórico en moneda equivalente pero de menor denominación, declarando que esta ofensiva consiste en sucesivas ofensivas menores</em> [...] –observaba Trotsky en un discurso realizado en el verano boreal de 1921. Y proseguía diciendo:</p>
<p><em>Camaradas, se ha abusado de las analogías entre la lucha de la clase trabajadora y las operaciones militares. Pero en un cierto punto podemos hablar aquí de semejanzas</em> [...] <em>En términos militares, nosotros también tuvimos nuestros días de Marzo</em> [...] <em>y nuestros días de Septiembre</em> [en referencia al fracaso del Partido Socialista Italiano en explotar la crisis revolucionaria de Septiembre de 1920]. <em>¿Que ocurre después de una derrota parcial? Se produce cierto dislocamiento del aparato militar, surge la necesidad de un intervalo para volver a retomar fuerzas, la necesidad de una reorientación y de una estimación más precisa de las fuerzas en pugna</em> [...] <em>A veces esto es posible a través de una retirada estratégica</em> [...]</p>
<p><em>Pero para entender esto correctamente, hay que discernir en un movimiento hacia atrás, en una retirada, el componente que integra el plan estratégico único –y para esto es necesaria cierta experiencia. Pero si alguien piensa de manera puramente abstracta e intenta avanzar siempre </em>[...] <em>en el supuesto de que todo puede ser sustituido por una ampliación adicional de la voluntad revolucionaria: ¿qué obtiene por resultado? Tomemos como ejemplo los acontecimientos de Septiembre en Italia o los de Marzo en Alemania. Se nos ha dicho que la situación en estos países solo puede ser remediada por una nueva ofensiva</em> [...] <em>De esta forma sufriríamos una derrota todavía mayor y mucho más peligrosa </em>[...] <em>No, camaradas, después de una derrota tal debemos retroceder</em>.[18]</p>
<p><strong>Los frentes de unidad</strong></p>
<p>De hecho, para el verano boreal de 1921, la dirección del Comintern había decidido que era necesaria una retirada estratégica general. Trotsky escribió en el Pravda durante Junio:</p>
<p><em>En el año más crítico para la burguesía, el año de 1919, la clase trabajadora europea habría podido conquistar el poder estatal con sacrificios mínimos, si hubiera tenido una auténtica organización revolucionaria que estableciese objetivos claros y fuera capaz de concretarlos, esto es, un fuerte Partido Comunista. Pero no había ninguno</em> [...] <em>Durante los últimos tres años los trabajadores lucharon mucho y debieron soportar muchos sacrificios. Pero no conquistaron el poder. Como resultado, las masas trabajadoras se han vuelto más cautelosas de lo que eran en 1919-1920.</em>[19]</p>
<p>El mismo pensamiento fue expresado en las Tesis sobre la situación mundial de autoría de Trotsky, adoptadas en el Tercer Congreso del Comintern en Julio de 1921:</p>
<p><em>Durante el año transcurrido entre el segundo y el tercer congreso de la Internacional Comunista, una serie de levantamientos y luchas de la clase trabajadora terminaron en derrotas parciales (el avance del Ejército Rojo sobre Varsovia en Agosto de 1920, la movilización de los trabajadores italianos de Septiembre de 1920, el levantamiento de los obreros alemanes en Marzo de 1921). El primer período del movimiento revolucionario de posguerra, que se distinguió por el carácter espontáneo de sus acciones, por la imprecisión de sus objetivos y de sus métodos, y por el pánico extremo que despertó entre las clases dominantes, parece, en lo esencial, haber terminado. La autoconfianza de la burguesía, en cuanto clase, y la estabilidad externa de sus órganos estatales, se fortalecieron innegablemente</em> [...]<em> Los líderes de la burguesía están incluso jactándose del poder de sus aparatos estatales y lanzarán una ofensiva contra los trabajadores en todos los países, tanto en el frente político como en el económico.</em>[20]</p>
<p>Enseguida del congreso, el Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista comenzó a presionar sobre los partidos para cambiar el énfasis de sus tareas hacia los frentes de unidad. La esencia de la táctica fue formulada por Trotsky de forma muy clara en 1922:</p>
<p><em>La tarea del Partido Comunista es liderar la revolución de los trabajadores</em> [...] <em>para hacerlo el Partido Comunista debe apoyarse en la mayoría absoluta de la clase obrera</em> [...] <em>El partido solo puede alcanzar esto siendo una organización absolutamente independiente con un programa claro y una estricta disciplina interna. Es por esto que el partido tiene que romper ideológicamente con los reformistas y los centristas</em> [...] <em>Después de asegurar una completa independencia y homogeneidad ideológica en sus filas, el Partido Comunista debe luchar por ganar a la mayoría de la clase trabajadora. Pero es obvio que la vida de la clase obrera no queda suspendida durante el período preparatorio de la revolución. Choques con los industriales, con la burguesía, con el poder estatal, por iniciativa de un lado o de otro, siguen su curso habitual.</em></p>
<p><em>En estos choques –tanto en los casos en que implican los intereses vitales de toda la clase trabajadora, de su mayoría, o de tales o cuales secciones– las masas trabajadoras sienten la necesidad de la unidad de acción, de la unidad para resistir los ataques del capitalismo o de la unidad para tomar la ofensiva contra el capitalismo. Cualquier partido que se contraponga mecánicamente a esta necesidad de unidad de acción de la clase obrera, resultará condenado por los trabajadores.</em></p>
<p><em>Por consiguiente, la cuestión de los frentes de unidad no es de manera alguna, ni en su génesis ni en su contenido, una cuestión de relaciones recíprocas entre las fracciones parlamentarias de los comunistas y los socialistas, o entre los Comités Centrales de los dos partidos</em> [...] <em>El problema de los frentes de unidad –a pesar del hecho de que, en esta época, una división entre las varias organizaciones políticas que se basan en la clase trabajadora es inevitable– emerge de la necesidad urgente de asegurar a la clase trabajadora la posibilidad de un frente unido en su lucha contra el capitalismo.</em></p>
<p><em>Para los que no entienden esta tarea, el partido es solo una organización de propaganda y no una organización para la acción de masas</em> [...] <em>La unidad de frente presupone, consecuentemente, nuestra buena voluntad para, dentro de ciertos límites y en asuntos específicos, relacionar en la práctica nuestras acciones con las de las organizaciones reformistas, en la medida en que ellas aún hoy expresan la voluntad de importantes sectores de la clase obrera en lucha.</em></p>
<p><em>Pero, al final de todo ¿romperémos con los reformistas? Sí, porque nosotros discrepamos con ellos en cuestiones fundamentales del movimiento obrero. ¿Y aún así buscamos acuerdos con ellos? Sí, en todos los casos en que las masas que los siguen estén prontas a implicarse en luchas junto con las masas que nos siguen, y cuando los reformistas se ven obligados en mayor o menor grado a volverse un instrumento de esta lucha.</em></p>
<p><em>Una política dirigida a asegurar los frentes de unidad no implica, como es obvio, garantías automáticas de que realmente se consiga la unidad de acción en todos los niveles. Por el contrario, en muchos casos y tal vez hasta incluso en la mayoría, los acuerdos entre organizaciones solo serán cumplidos a medias o tal vez ni sean cumplidos. Pero es necesario que las masas en lucha siempre tengan la oportunidad de convencerse de que el fracaso de la unidad de acción no se debe a nuestras irreconciliables diferencias, sino a la falta de una verdadera voluntad de lucha por parte de los reformistas</em>.[21]</p>
<p>El Cuarto Congreso del Comintern (1922), que se centró en gran medida en la cuestión de los frentes de unidad, fue el último en el cual tomó parte Lenin, y el último cuyas decisiones fueron consideradas esencialmente correctas por parte de Trotsky. Una década después, en una declaración de principios fundamentales, Trotsky resumió su actitud para con la experiencia del Comintern en su fase inicial.</p>
<p><em>La Oposición de Izquierda se basa en los primeros cuatro congresos del Comintern. Esto no significa que ella siga al pie de la letra sus decisiones, muchas de las cuales tuvieron un carácter puramente conjetural y fueron contradecidas por los eventos posteriores. Pero todos los principios esenciales (en relación al imperialismo, el Estado burgués, la democracia y el reformismo; los problemas de la insurrección; la dictadura del proletariado; sobre las relaciones con los campesinos y las naciones oprimidas; el trabajo en los sindicatos; el parlamentarismo; la política de los frentes de unidad) permanecen, aún hoy, como la expresión más elevada de la estrategia proletaria en la época de la crisis de general del capitalismo. La Oposición de Izquierda rechaza las decisiones revisionistas del quinto y sexto Congresos Mundiales</em> [de 1924 y 1928].[22]</p>
<p>El año 1923 presenció el surgimiento del triunvirato formado por Stalin, Zinoviev y Kamenev por un lado, y de la Oposición de Izquierda por otro. En Europa se produjeron dos derrotas devastadoras para el Comintern. En Junio el Partido Comunista Búlgaro, un partido de masas que disfrutaba del apoyo de prácticamente toda la clase trabajadora, adoptó una posición de “neutralidad”, o mejor de pasividad absoluta, frente al Golpe de Estado de la derecha contra el gobierno del Partido Campesino. Y después de que el régimen democrático burgués había sido destruido, una dictadura militar se había instalado y la masa de la población había sido intimidada, lanzó el 22 de Septiembre una insurrección sorpresiva, sin ninguna seria preparación política. El levantamiento insurreccional fue aplastado y como resultado se estableció en el país un feroz Terror Blanco. En Alemania estalló una crisis económica, social y política profunda, precipitada por la ocupación francesa del Ruhr y una inflación astronómica que, literalmente, quitó todo valor al dinero. “En el otoño de 1923 la situación alemana era más desesperada que en cualquier momento posterior a 1919, la miseria era mayor y el futuro más sombrío”.[23] Fue planificado un levantamiento para Octubre. Después el Partido Comunista Alemán formó un gobierno de coalición con los socialdemócratas en Sajonia, y el levantamiento fue cancelado a último momento. (En Hamburgo el comunicado de cancelación no llegó a tiempo, produciéndose una insurrección aislada que fue aplastada después de solo dos días).</p>
<p>Trotsky pensaba que una oportunidad histórica se había perdido. A partir de esta época la política del Comintern quedó cada vez más determinada, primero, por las exigencias de la fracción de Stalin en lucha dentro del partido ruso, y luego por las exigencias de la política externa del gobierno de Stalin. Después de una breve oscilación a la “izquierda” en 1924, el Comintern fue empujado hacia la derecha hasta 1928, luego hacia el ultraizquierdismo entre 1928 y 1934, y finalmente, bien hacia la derecha durante el período del “Frente Popular” (1935-1939). Cada una de estas fases fue analizada y criticada por Trotsky. Considero adecuado presentar su crítica usando tres ejemplos.</p>
<p><strong>El Comité Sindical Anglo Soviético</strong></p>
<p>Por fuera de la Revolución china de 1925-1927, la cual ya vimos, la política del Partido Comunista de Gran Bretaña (PCGB) hasta y durante la huelga general de 1926, fue la acusación más importante que Trotsky hizo al Comintern en su primera fase derechista.</p>
<p>La huelga general de Mayo de 1926 fue un punto decisivo de la historia británica –y fue una derrota absoluta para la clase trabajadora. Significó el final de un largo –aunque irregular– período de combatividad de la clase obrera británica. Inició un período extenso donde dominaron los sindicatos abiertamente conciliadores y derechistas. Y condujo al masivo fortalecimiento del reformismo del Partido Laborista a expensas del Partido Comunista.</p>
<p>En 1924 y 1925 la marea dentro del movimiento sindical estaba avanzando hacia la izquierda. El “Movimiento Minoritario”, inspirado por el Partido Comunista y surgido en 1924 en torno a dos consignas: “Parar la retirada” y “Volver a los sindicatos”, estaba ganando una influencia considerable. Al mismo tiempo, el movimiento sindical oficial estaba empezando a recibir la influencia de un grupo de dirigentes de izquierda. Y, a partir de la primavera de 1925, la TUC (central sindical británica) comenzó a colaborar con la Federación Soviética de Sindicatos a través del “Comité Consultivo Sindical Conjunto Anglo Soviético”, un hecho que dio a los Consejeros Generales británicos una cierta imagen “revolucionaria” y una cobertura contra las críticas de izquierda.</p>
<p>La esencia de la crítica de Trotsky era que el Partido Comunista de Gran Bretaña, por insistencia de Moscú, estaba creando ilusiones en los mencionados burócratas de izquierda (la consigna central del PCGB era “¡Todo el poder al Consejo General!”), quienes ciertamente llevarían al movimiento a una fase crítica –como de hecho hicieron. [...] Trotsky escribió luego:</p>
<p><em>Zinoviev dio a entender que contaba con que la revolución hiciese su entrada, no a través de la puerta pequeña del Partido Comunista británico, sino por los grandes portones de los sindicatos. La lucha del Partido Comunista para ganar a las grandes masas organizadas en los sindicatos, fue sustituida por la esperanza de utilizar de la forma más rápida posible los aparatos sindicales ya existentes para los propósitos de la revolución. De esta falsa oposición nació la reciente política del Comité Anglo Ruso que golpeó a la Unión Soviética, así como también a la clase trabajadora británica; un golpe solo sobrepasado por la derrota en China </em>[...] <em>Como resultado del mayor movimiento revolucionario ocurrido en Gran Bretaña desde los días del cartismo, el Partido Comunista británico no creció casi nada, en tanto que el Consejo General siguió tan firme como antes de la huelga general. Estos son los resultados de una “maniobra estratégica” sin igual</em>.[24]</p>
<p>Trotsky no afirmaba que una política comunista independiente necesariamente hubiera llevado la huelga hacia la victoria.</p>
<p><em>Ningún revolucionario que mida sus palabras afirmaría que una victoria estaría asegurada a través de esta política. Pero una victoria solo era posible a través de este camino. Una derrota en este marco sería una derrota en un camino que podría conducir a la victoria más tarde.</em>[25]</p>
<p>No obstante, este camino</p>
<p><em>parecía muy extenso e incierto para los burócratas de la Internacional Comunista. Ellos consideraban que por medio de la influencia personal sobre Purcell, Hicks, Cook y los demás</em> [...] <em>irían arrastrándolos en forma progresiva e imperceptible</em> [...] <em>hacia la Internacional Comunista. Para garantizar tal objetivo</em> [...] <em>los queridos amigos (Purcell, Hicks y Cook) no deberían ser rechazados o molestados</em> [...] <em>recurriéndose a una medida extrema</em> [...] <em>subordinar en realidad el Partido Comunista al Movimiento Minoritario</em> [...] <em>Las masas solo conocerían a Purcell, Hicks y Cook como los líderes del movimiento, los cuales tenían el respaldo de Moscú. Estos amigos de “izquierda”, juzgándolos seriamente, traicionarían vergonzosamente al proletariado. Los trabajadores revolucionarios fueron sumidos en la confusión, hundidos en la apatía y naturalmente extendieron su decepción al propio Partido Comunista, el cual había sido apenas una parte pasiva de todo este mecanismo de traición y perfidia. El Movimiento Minoritario fue reducido a cero; el Partido Comunista volvió a ser una secta despreciable.</em>[26]</p>
<p>La confianza en los “burócratas de izquierda” continúa siendo una de las características que distinguen a los reformistas de los revolucionarios. La crítica de Trotsky es altamente pertinente todavía hoy.</p>
<p><strong>Alemania en el Tercer Período</strong></p>
<p>El Sexto Congreso Mundial del Comintern (1928) inició un proceso de reacción violenta contra la línea de derecha del período 1924-1928. Una línea ultraizquierdista de carácter particularmente burocrático se impuso a los Partidos Comunistas de todo el mundo, sin tomar en consideración las circunstancias locales. Como reflejo del lanzamiento del primer Plan Quinquenal y de la colectivización forzada en la URSS, esta nueva línea proclamó un “Tercer Período”, un período de “crecientes luchas revolucionarias”. En la práctica esto significaba en un tiempo en que el fascismo ya era un peligro efectivo y creciente –especialmente en Alemania– que los socialdemócratas eran considerados el enemigo principal.</p>
<p><em>En esta situación de contradicciones imperialistas crecientes y luchas de clase agudas –en 1929 declaraba el Décimo Pleno del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista– el fascismo se vuelve cada vez más el método dominante de dominio burgués. En países donde hay partidos socialdemócratas fuertes, el fascismo asume la forma particular de fascismo social, el cual sirve de manera creciente a la burguesía como instrumento para paralizar la actividad de las masas en lucha contra el régimen de dictadura fascista.</em>[27]</p>
<p>De esto que la política de frentes de unidad, tal como era entendida hasta entonces, tenía que ser abandonada. No había posibilidad alguna de forzar a los partidos socialdemócratas de masas y a los sindicatos controlados por ellos a participar de frentes de unidad contra los fascistas. Ellos eran social-fascistas. De hecho, el Décimo Primer Pleno del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista (1931) agregó, que la socialdemocracia “es el factor más activo y el que marca el paso en la evolución del Estado capitalista hacia el fascismo.[28]</p>
<p>Esta visión grotescamente falsa de la naturaleza del fascismo y de la socialdemocracia, condujo a la suposición de que “partidos socialdemócratas fuertes” y “regímenes fascistas dictatoriales” podrían coexistir, y de hecho habrían coexistido en Alemania bien antes de que Hitler llegara al poder. “En Alemania el gobierno de Von Papen-Schleicher, con ayuda del Reichswehr [ejército], la Stahlhelm [organización de derecha, nacionalista y militarista] y los nazis, establecieron una forma de dictadura fascista [...]”,[29] proclamaba el Décimo Segundo Pleno del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista (1932).</p>
<p>Trotsky escribió con urgencia y desespero contra esta estupidez, desde 1929 hasta la catástrofe de 1933. El brillo y la fuerza lógica de sus trabajos sobre la crisis alemana, pocas veces fueron igualadas y nunca superadas por ningún otro marxista.</p>
<p>El tema central de todos estos escritos era la necesidad de “Un frente único de los trabajadores contra el fascismo”, por citar el título de uno de sus escritos más famosos. Pero Trotsky hizo más. Se esforzó por seguir los tortuosos argumentos que los seguidores alemanes de Stalin usaban en defensa de lo indefendible. Sus escritos del período abordan y refutan una gama extraordinaria de argumentos pseudo-marxistas y, al mismo tiempo, exponen con claridad excepcional la “expresión más elevada de la estrategia proletaria”. Solo podemos referirnos a una pequeña parte de los mismos.</p>
<p><em>La prensa oficial del Comintern ha descrito los resultados de las elecciones alemanas</em> [de Septiembre de 1930] <em>como una victoria prodigiosa del comunismo, que coloca en el orden del día la consigna de una Alemania soviética. Los optimistas burocráticos no quieren profundizar sobre el significado de la relación de fuerzas revelada por las estadísticas de la elección. Ellos examinan los votos de los comunistas independientemente de las tareas revolucionarias generadas por la situación y los obstáculos que esta levanta.</em></p>
<p><em>El Partido Comunista recibió cerca de 4.600.000 votos, contra 3.300.000 en 1928. Desde el punto de vista de la maquinaria parlamentaria tradicional, haber ganado 1.300.000 votos era importante, incluso si tomamos en cuenta el número total de electores. Pero el crecimiento del partido empalidece completamente al lado del salto dado por el fascismo de 800.000 a 6.400.000 votos. De significado no menos importante es el hecho de que la socialdemocracia, a pesar de retrocesos importantes, mantuvo su afiliación y todavía recibió un número de votos obreros considerablemente mayor que el Partido Comunista.</em></p>
<p><em>Entretanto, si nos preguntamos qué combinación de circunstancias internacionales y domésticas serían capaces de hacer que la clase obrera se pasase al comunismo con mayor velocidad, no podríamos encontrar un ejemplo de circunstancias más favorables que las que Alemania presenta en la actualidad:</em> [...] <em>crisis económica, desintegración de la clase dominante, crisis del parlamentarismo, tremenda autoexposición de la socialdemocracia en el poder. Desde el punto de vista de estas circunstancias históricas concretas, el peso específico del Partido Comunista Alemán en la vida social del país, a pesar de haber ganado 1.300.000 votos, sigue siendo proporcionalmente pequeño</em> [...].</p>
<p><em>Al mismo tiempo, la primer característica de un verdadero partido revolucionario es ser capaz de mirar la realidad a la cara </em>[...] <em>Para que la crisis social traiga una revolución de los trabajadores es necesario, además de otras condiciones, que la pequeño-burguesía vire decisivamente en dirección al proletariado. Esto dará una oportunidad al proletariado para colocarse como líder al frente de la nación. La última elección reveló –y este es su significado sintomático más importante– un viraje en dirección opuesta. Bajo el impacto de la crisis, la pequeña burguesía se movió, no en la dirección de la revolución de los trabajadores, sino en la dirección de la reacción imperialista más extrema, arrastrando consigo a sectores considerables del proletariado.</em></p>
<p><em>El crecimiento gigantesco del nazismo es la expresión de dos factores: una crisis social profunda que hace perder el equilibrio a las masas pequeño-burguesas, y la falta de un partido revolucionario que sea visto por las masas populares como un liderazgo revolucionario reconocido. Si el Partido Comunista es el partido de la esperanza revolucionaria, entonces el fascismo, como movimiento de masas, es el partido de la desesperanza contra-revolucionaria. Cuando la esperanza revolucionaria tiene en su favor a las masas de la clase trabajadora, atrae inevitablemente a considerables y crecientes sectores de la pequeña burguesía. Justamente en esta esfera, la elección reveló un cuadro opuesto: la desesperanza contrarrevolucionaria puso en su favor a la masa pequeño-burguesa con tal fuerza que arrastró detrás de sí muchos sectores de la clase trabajadora.</em></p>
<p><em>En Alemania, el fascismo se volvió un peligro efectivo, siendo aguda expresión de la posición impotente del régimen burgués, del papel conservador de la socialdemocracia en el régimen, y de la falta de poder del Partido Comunista para abolirlo.</em>[30]</p>
<p>Para corregir esta situación, Trotsky argumentaba que era necesario, en primer lugar, sacudir al Partido Comunista y librarlo de su ultraradicalismo estéril. La política de “maximalismo burocrático” (“una tentativa de forzar a la clase obrera, habiendo fracasado en convencerla”) debía ser sustituida por una maniobra activa basada en la política de frente único.</p>
<p><em>Es una tarea difícil despertar de una vez a la mayoría de la clase trabajadora alemana para una ofensiva. Como consecuencia de las derrotas de 1919, 1921 y 1923 y de las aventuras del “Tercer Período”, los trabajadores alemanes, que están atados a poderosas organizaciones conservadoras, desarrollaron fuertes centros de inhibición. Pero, por otro lado, la solidaridad organizativa de los trabajadores alemanes, que hasta hoy han conseguido impedir casi cualquier penetración del fascismo en sus filas, abre mayores posibilidades para luchas defensivas. Se debe tener en mente que la política de frente de unidad es, en general, mucho más efectiva para la defensa que para la ofensiva. Los estratos más cautelosos y atrasados son los más fácilmente arrastrables para luchar por lo que tienen que para lograr nuevas conquistas.</em>[31]</p>
<p>Toda clase de sofismas fueron empleados por los estalinistas para oscurecer la cuestión y calificar como “trotskismo contrarevolucionario” a la política que otrora había sido la política del Comintern. Los frentes de unidad, argumentaban, solo podrían surgir “desde abajo”. Con esto quedaba excluido cualquier acuerdo con los socialdemócratas, aunque socialdemócratas individuales podrían formar parte en un “frente de unidad” –¡siempre y cuando aceptasen la dirección del Partido Comunista!</p>
<p>De modo creciente se alimentaba la ilusión trágica resumida en la consigna “Después de Hitler en nuestro turno”. Una perspectiva de pasividad e impotencia maquillada con retórica radical, como Trotsky marcó en innumerables ocasiones. Repetidas veces él retornó al tema central de los frentes de unidad, exponiendo los sofismas, ignorando calumnias y llevando la discusión de vuelta al punto esencial [...].[32]</p>
<p>El Partido Comunista permaneció firme en su curso fatal. Hitler tomó el poder y el movimiento obrero fue destruido.</p>
<p><strong>El Frente Popular y la Revolución española</strong></p>
<p>La victoria de Hitler llevó a quienes tenían el poder en la URSS a buscar “seguridad”, a través de alianzas militares con las potencias occidentales dominantes, francesa y británica. Como un instrumento de la diplomacia de Stalin –en esto se había vuelto ahora– el Comintern fue fuertemente empujado hacia la derecha. El Séptimo (y último) Congreso fue convocado en 1935 como una demostración pública de que la revolución definitivamente no estaba ya en el orden del día. El congreso resolvió promover “Frentes de Unidad del pueblo en lucha por la paz y contra los instigadores de la guerra. Todos los interesados en la preservación de la paz deberían ser atraídos a estos frentes”.[33]</p>
<p>Entre los interesados en la preservación de la paz se incluían a los vencedores de 1918 –las clases dominantes francesa y británica– quienes eran los verdaderos objetivos de la nueva línea.</p>
<p>“Hoy la situación no es la misma de 1914”, declaraba el Comité Ejecutivo de la Tercera Internacional en Mayo de 1936:</p>
<p><em>Ahora no es solo la clase obrera, el campesinado y todos los trabajadores quienes están decididos a mantener la paz, sino también los países oprimidos y las naciones jóvenes cuya independencia es amenazada por la guerra</em> [...] <em>En la fase presente existen varios Estados capitalistas que también están interesados en mantener la paz. Y de esto que exista la posibilidad de crear un amplio frente de la clase obrera, de todos los trabajadores y de naciones enteras contra el peligro de una guerra imperialista</em>.[34]</p>
<p>Tal “frente” era, necesariamente, una defensa del status quo imperialista. Una nueva retórica reformista tuvo que ser empleada para esconder este hecho, y tuvo gran éxito –durante algún tiempo. En su primera etapa, el entusiasmo popular por la unidad generó beneficios enormes para los Partidos Comunistas –el Partido francés creció de 30.000 miembros en 1934 a 150.000 al final de 1936, más 100.000 en la Juventud Comunista; el Partido español creció de menos de mil miembros al final del “Tercer Período” (1934) a 35.000 en Febrero de 1936 y 117.000 en Julio de 1937. Los reclutas eran “vacunados” contra las críticas de izquierda acusando a los trotskistas como agentes del fascismo.</p>
<p>En Mayo de 1935 fue firmado el pacto franco-soviético. En Julio el Partido Comunista y el Partido Socialista franceses hicieron un acuerdo con el Partido Radical, la columna vertebral de la democracia burguesa francesa, y en Abril de 1936 el Frente Popular que reunía a estos tres partidos ganó las elecciones generales, con una plataforma de seguridad colectiva y reforma. El Partido Comunista Francés conquistó 72 bancas haciendo campaña “Por una Francia fuerte, libre y feliz” y se volvió parte esencial de la mayoría parlamentaria de León Blum, el líder del Partido Socialista y primer ministro del gobierno del Frente Popular. Maurice Thorez, secretario general del Partido Comunista Francés, pudo decir: “Nosotros privamos valientemente a nuestros enemigos de aquello que nos fue robado y pisoteado. Nosotros retomamos la Marsellesa y la Tricolor”.[35]</p>
<p>Cuando la victoria electoral de la izquierda fue seguida por una ofensiva de huelgas y marchas –en las cuales seis millones de trabajadores estuvieron involucrados en Junio de 1936– los antiguamente campeones de las “luchas revolucionarias en ascenso” se esforzaron por mantener al movimiento dentro de límites estrechos. El movimiento terminó con las concesiones del “Acuerdo de Matignon” (jornada de 40 horas semanales y vacaciones pagas). Al final del año el Partido Comunista, ahora a la derecha de sus aliados socialdemócratas, propuso una extensión del Frente Popular, transformándolo en un “Frente Francés”, con la incorporación de algunos conservadores de derecha que eran, por motivaciones nacionalistas, antialemanes.</p>
<p>El Partido francés fue pionero en esta política, porque la alianza con Francia era central en la política exterior de Stalin. Pero esa política fue rápidamente adoptada por todo el Comintern. Cuando la Revolución española estalló en Julio de 1936, en respuesta a la tentativa de Franco de tomar el poder, el Partido Comunista, el cual era parte del Frente Popular español que había ganado las elecciones de Febrero, hizo lo máximo que podía para mantener al movimiento dentro de los límites de la “democracia”. Con la ayuda de la diplomacia soviética, y claro está, de los socialdemócratas, tuvo éxito.</p>
<p>Es absolutamente falso –declaró Jesús Hernández, editor del diario del partido–  que la presente movilización de los trabajadores tenga por objetivo el establecimiento de la dictadura del proletariado después de terminada la guerra [...] Nosotros los comunistas somos los primeros en repudiar esta suposición. Estamos motivados exclusivamente por el deseo de defender la república democrática. [36]</p>
<p>En el marco de esta línea el Partido Comunista Español y sus aliados empujaron cada vez más la política del gobierno republicano hacia la derecha. En el curso de la prolongada guerra civil, primero eliminó del gobierno al POUM [Partido Obrero de Unificación Marxista], un partido a la izquierda de los comunistas, criticado duramente por Trotsky por haber entrado en el Frente Popular y haberse desarmado políticamente, proveyendo una “cobertura de izquierda” para el Partido Comunista. Y después del POUM hizo lo mismo con los líderes de la izquierda del Partido Socialista.</p>
<p>“La defensa del orden republicano y la simultánea defensa de la propiedad”[37] condujo a un reinado de terror en la España republicana contra los sectores de izquierda. Y esto, como señaló Trotsky, pavimentó el camino para la victoria de Franco.</p>
<p><em>La clase trabajadora española manifestó excelentes cualidades militares –escribía Trotsky en Diciembre de 1937. En su peso específico en la vida económica del país, no en su nivel político y cultural, el proletariado español se situaba, desde el primer día de la revolución, no abajo, sino encima del proletariado ruso a inicios de 1917. En su camino para vencer, sus principales obstáculos fueron sus propias organizaciones. La camarilla estalinista dirigente, conforme a su función contrarrevolucionaria, consistía de mercenarios, carreristas, elementos desclasados y, en general, todos tipo de basura social. Los representantes de las otras organizaciones de trabajadores –reformistas incurables, anarquistas charlatanes, centristas impotentes del POUM– murmuraron, gimieron, vacilaron, maniobraron, pero al final se adaptaron a los estalinistas. Como resultado de su actividad conjunta, el campo de la revolución social –los trabajadores y los campesinos– probó estar subordinado a la burguesía, o más correctamente, a su sombra. Fue desangrado hasta su última gota y su carácter fue destruido.</em></p>
<p><em>No hubo falta de heroísmo por parte de las masas o de valentía por parte de los revolucionarios individuales. Pero las masas fueron abandonadas a sus propia suerte, en tanto los revolucionarios permanecieron divididos, sin un programa, sin un plan de acción. Los mandos militares “republicanos” se preocuparo más por aplastar la revolución social que por alcanzar victorias militares. Los soldados perdieron la confianza en sus comandantes, y las masas en el gobierno. Los campesinos abandonaron la batalla, los trabajadores quedaron exhaustos. Derrota tras derrota, la desmoralización creció rápidamente. Todo esto no era difícil de prever desde el principio de la guerra civil. Poniéndose la tarea de salvar el régimen capitalista, el Frente Popular se condenó a la derrota militar. Poniendo al bolchevismo cabeza abajo, Stalin cumplió con total éxito el papel de sepulturero de la revolución.</em>[38]</p>
<p>Casi nadie hoy en día (con excepción de un puñado de sectas maoístas) defiende la línea estalinista del “Tercer Período”. En relación al Frente Popular, el asunto es completamente diferente. Dejando de lado todas las distancias espaciales y temporales, ¿que era si no el “eurocomunismo” y el llamado “compromiso histórico”? Más allá de esto, algunos de aquellos que están bien a la izquierda –en términos políticos formales– de la tendencia eurocomunista, reproducen en su substancia los mismos errores que Trotsky combatió bajo el título de “Comité Sindical Anglo Soviético”.</p>
<p>Estas cuestiones, por lo tanto, no son de interés meramente histórico, sino también de interés práctico. Los escritos de Trotsky sobre estrategia y táctica, en relación con estas grandes cuestiones, constituyen un verdadero tesoro. Puede decirse, sin ninguna exageración, que nadie desde 1923 produjo un trabajo que se le aproxime en su profundidad y brillo. Ellos son, literalmente, indispensables para los revolucionarios de estos días.</p>
<p>_____</p>
<p><strong>Capítulo 4</strong></p>
<p><strong>PARTIDO Y  CLASE</strong></p>
<p>Marx consideraba que la emancipación de la clase trabajadora sería fruto de la acción de la propia clase trabajadora. Pero también consideraba que la clase dominante controla los “medios de producción intelectual” y que las “ideas dominantes en cualquier época, son las ideas de la clase dominante”.</p>
<p>De esta contradicción surge la necesidad de un partido socialista revolucionario. La naturaleza del partido y, sobre todo, la naturaleza de su relación con la clase trabajadora fue central, desde el principio, en los movimientos socialistas. Nunca fue solamente una cuestión “técnica” de organización. En cada fase, las disputas sobre la relación entre el partido y la clase –y por tanto sobre la naturaleza del partido– también fueron disputas sobre los objetivos del movimiento. Los debates sobre los medios siempre fueron, en parte, debates sobre los fines, y no podía ser de otra forma. Así, los propios conflictos de Marx con Proudhon, Schapper, Blanqui, Bakunin y muchos otros sobre este tema, estaban indisolublemente entrelazados con las diferencias sobre la naturaleza del socialismo y de los medios a través de los cuales sería alcanzado.</p>
<p>Después de la muerte de Marx en 1883, y de la muerte de Engels doce años después, hubo un crecimiento masivo de los partidos socialistas. Luego, en Rusia, emergió un conflicto que se volvería fundamental, sobre el tipo de partido a construirse.</p>
<p>La primera visión de Trotsky sobre la naturaleza del partido revolucionario, era –esencialmente– la que se hizo conocida como “leninista”. De acuerdo con Isaac Deutscher,[1] Trotsky desarrolló este punto de vista con independencia de Lenin, cuando estaba exiliado en Siberia en 1901. En cualquier caso, se volvió partidario de Iskra, y en el Congreso del Partido Obrero Social Demócrata de Rusia (POSDR) de 1903 argumentó fuertemente por una organización altamente centralizada: “Nuestras reglas [...] representan la desconfianza organizada del Partido en relación a todas sus secciones, lo que quiere decir, el control sobre todas las organizaciones locales, distritales, nacionales y otras”.[2]</p>
<p>Trotsky abandonó violentamente esta posición luego de ubicarse con los mencheviques en la división ocurrida en Iskra durante el Congreso. En el período de un año se convirtió en el crítico por excelencia del centralismo bolchevique. Los métodos de Lenin, escribió en 1904, “conducen a esto: el partido es sustituido por la organización del partido, la organización del partido es sustituida por el Comité Central, y finalmente, el Comité Central es sustituido por un ‘dictador’ [...]”.[3]</p>
<p>Como Rosa Luxemburg, Trotsky sospechaba del conservadurismo del partido en general y depositaba gran confianza en la acción espontánea de la clase trabajadora:</p>
<p><em>Los partidos socialistas europeos –y, en primer lugar, el más poderoso de ellos, el alemán– desarrollaron un conservadurismo que crece en proporción al tamaño de las masas implicadas, la eficiencia de la organización y la disciplina partidaria. Por tanto, es posible que la socialdemocracia pueda volverse un obstáculo en el camino de cualquier choque abierto entre los trabajadores y la burguesía.</em>[4]</p>
<p>Para superar este conservadurismo, Trotsky se apoyaba en la influencia de la acción espontánea de la revolución, la cual tal como escribió bajo el impacto de la Revolución de 1905, “mata la rutina del partido, destruye el conservadurismo del partido”.[5] De esta forma, el papel del partido es esencialmente reducido a la propaganda. No es la vanguardia de la clase trabajadora.</p>
<p>Había, es claro, motivos considerables que justificaban sus temores. En Rusia, incluso el partido bolchevique demostró ser conservador entre 1905 y 1907, y nuevamente en 1917.[6] En Occidente, donde el conservadurismo tenía una base material incomparablemente mayor en los privilegios de las burocracias sindicales, los partidos socialdemócratas desempeñaron un papel contrarrevolucionario decisivo en 1918-1919.</p>
<p>La experiencia de 1905, en la cual Trotsky tuvo un papel individual extraordinario, sin importantes vinculaciones con partido alguno (en ese tiempo era formalmente menchevique, pero esencialmente actuó por cuenta propia), sin duda fortaleció su convicción de la autosuficiencia de la acción espontánea de las masas.</p>
<p>En el período de reacción después de 1906, y hasta incluso el ascenso del movimiento obrero a partir de 1912, Trotsky continuó criticando el “sustitucionismo” bolchevique, bregando por la “unidad” de todas las tendencias posicionadas contra los bolcheviques. Nuevamente, esto puede haber contribuido en su lentitud para reconocer los peligros del verdadero sustitucionismo posterior a 1920.</p>
<p>La posición de Trotsky en el período entre 1904 y 1917 se demostró claramente insostenible por el curso de los acontecimientos. Sin Lenin, escribió Trotsky después, no hubiera habido ninguna Revolución de Octubre. Aunque esto no tenía que ver solo con la llegada de Lenin a la Estación Finlandia en Abril de 1917. Tenía que ver con el partido que Lenin y sus colaboradores habían construido durante los años anteriores. El conservadurismo de muchos dirigentes de aquel partido (reforzado, esto debe ser dicho, por el esquema teórico de la “dictadura democrática” que Lenin había defendido por tanto tiempo) habría muy probablemente impedido la toma del poder, si no fuese por la autoridad de Lenin y su determinación. Pero sin el partido, con todos sus defectos, la cuestión no podría siquiera haber estado planteada. Acciones de masas “espontáneas” pueden derribar un régimen autoritario. Ocurrió así en Rusia en Febrero de 1917, en Alemania y en Austro-Hungría en 1918, y en muchas ocasiones desde entonces.</p>
<p>En 1917 Trotsky adoptó la visión de que para que los trabajadores consiguieran y mantuvieran el poder, un partido de tipo leninista era indispensable. Desde entonces nunca más abandonó esta posición. De hecho, la defendió de una manera particularmente aguda. En 1932, criticando el argumento de que “los intereses de clase vienen antes que los intereses del partido”, escribió:</p>
<p><em>La clase, por si misma, es apenas material para la explotación. La clase trabajadora solo asume un papel independiente en el momento en que de una clase social en sí se vuelve una clase política para sí. Esto no puede ocurrir a no ser por intermedio de un partido. El partido es el órgano histórico por medio del cual la clase se vuelve una clase conciente. Decir que “la clase está por encima del partido” es afirmar que la clase en estado bruto está encima de la clase en camino a la conciencia de clase. Esto no solo es incorrecto: es reaccionario.</em>[7]</p>
<p>Esta concepción presenta algunas dificultades muy obvias. En particular, la experiencia había demostrado que el “órgano” histórico por el cual una clase trabajadora particular alcanza la conciencia podía degenerar. Entonces, ¿cómo podía ser defendida la organización del partido?</p>
<p><strong>Un instrumento históricamente condicionado</strong></p>
<p>Trotsky era conciente de este problema. Había presenciado la desintegración de la Segunda Internacional en 1914, el papel realmente contrarrevolucionario que adoptó la socialdemocracia en 1918-1919 y, claro está, la ascensión del estalinismo. El pasaje citado arriba continúa diciendo:</p>
<p><em>El avance de una clase hacia la conciencia de clase, implica la construcción de un partido revolucionario que dirija al proletariado, siendo este un proceso complejo y contradictorio. La propia clase no es homogénea. Sus diferentes secciones llegan a la conciencia de clase a través de caminos diferentes y en momentos diferentes. La burguesía participa activamente en este proceso. Crea sus propias instituciones al interior de la clase trabajadora, o utiliza las ya existentes para oponer a ciertos estratos de trabajadores contra otros. En el proletariado varios partidos están activos al mismo tiempo. Por tanto, durante la mayor parte de su avance político, permanece dividido políticamente. El problema de los frentes de unidad –que aparece de forma más aguda en determinados períodos– surge de este hecho. Los intereses históricos del proletariado encuentran su expresión en el Partido Comunista –cuando su política es correcta. La tarea del Partido Comunista consiste en ganar la mayoría de la clase trabajadora, y solo así la revolución socialista se vuelve posible. El Partido Comunista no puede cumplir su misión si no es preservando, completa e incondicionalmente, su independencia política y organizativa en relación a todos los demás partidos y organizaciones, dentro y fuera de la clase trabajadora. Transgredir este principio básico de la política marxista, implica cometer el más odioso crimen contra los intereses del proletariado en cuanto clase [...] Pero el proletariado se mueve hacia la conciencia revolucionaria no como se pasa de grado en la escuela, sino a través de la lucha de clases, la cual detesta interrupciones. Para luchar, la clase trabajadora debe tener unidad en sus filas. Esto es verdadero tanto para los conflictos económicos parciales dentro de los límites de una fábrica, como para las batallas políticas “nacionales”, como la lucha por repeler al fascismo. Por consiguiente, la táctica de los frentes de unidad no es algo accidental y artificial –una maniobra inteligente. Se origina en su totalidad en las condiciones objetivas que gobiernan el desarrollo de la clase trabajadora</em>.[8]</p>
<p>Este análisis es bastante claro, coherente y realista, no siendo una generalización sociológica atemporal. Estaba arraigado en el desarrollo histórico concreto. Los partidos de la Segunda Internacional habían, en su época, ayudado a crear esos:</p>
<p><em>baluartes de la democracia de los trabajadores [las organizaciones obreras, especialmente los sindicatos] dentro del Estado burgués </em>[los cuales] <em>son absolutamente esenciales para tomar la senda revolucionaria. La obra de la Segunda Internacional consistió en crear tales baluartes durante la época en que todavía estaba cumpliendo su trabajo histórico progresivo.</em>[9]</p>
<p>Los partidos de aquella Internacional fueron, con el tiempo, corrompidos desde dentro a través de la adaptación a las sociedades en las cuales ellos actuaban. Ese desarrollo tuvo, es claro, una base material y no solamente ideológica. Desde la prueba del 4 de Agosto de 1914, ellos capitularon frente a “sus propias burguesías” (con algunas excepciones: los bolcheviques, los búlgaros, los serbios), o adoptaron un posicionamiento “centrista” (los italianos, los escandinavos, los americanos y varios grupos minoritarios en otros lugares). La Internacional Comunista, “la continuación directa del esfuerzo heroico y el martirio de una larga lista de generaciones revolucionarias, de Babauf a Karl Liebknecht y Rosa Luxemburg”,[10] surgió de aquella capitulación, de los consiguientes conflictos internos y las divisiones partidarias, de la ascendente oposición de los trabajadores a la guerra a partir de 1916, y de las revoluciones de 1917 y 1918.</p>
<p>Este era ahora el “órgano histórico por medio del cual la clase se vuelve conciente de sí”. Los partidos de la Internacional Comunista cometieron, especialmente a partir de 1923, una serie de errores (Trotsky no era, por supuesto, ciego a estos errores), y cada vez más seguirían políticas oportunistas y sectarias bajo la dirección de Stalin y del sector que dirigía la URSS. No obstante, con todos sus defectos era una realidad, no una hipótesis. Una realidad que conquistó el respaldo y la simpatía de millones de trabajadores alrededor del mundo. De hecho, paradójicamente, sus propios defectos mostrarían, de una forma distorsionada, que la Internacional Comunista era verdaderamente una organización de masas. Por esto Trotsky no aceptó la visión simplista de que los grandes partidos del Comintern eran simplemente instrumentos de la burocracia estalinista de Rusia. El problema era corregir su curso. “Todos los ojos en el Partido Comunista. Nosotros tenemos que explicarles. Nosotros tenemos que convencerlos”.[11]</p>
<p>Como una cuestión de necesidad política, el régimen interno del partido debe ser democrático:</p>
<p><em>Las luchas internas educan al partido y desobstruyen su camino. En esta lucha todos los miembros del partido ganan una profunda confianza en la justeza política del partido y en la seriedad revolucionaria de su dirección. Solamente tal convicción en la militancia bolchevique, conquistada por la experiencia y la lucha ideológica, brinda a la dirección la oportunidad para llevar a todo el partido a la batalla en el momento necesario. Y solamente la profunda confianza del propio partido en la justeza de su política, inspira a las masas trabajadoras a confiar en el partido. Divisiones artificiales forzadas desde afuera, la ausencia de una lucha ideológica libre y honesta </em>[...] <em>es lo que paraliza ahora al Partido Comunista Español</em> [...][12]</p>
<p>Trotsky escribió estas líneas en 1931. El argumento se aplicaba generalizadamente. No obstante, no era tan simple. Enseguida de su expulsión de la URSS en 1929, Trotsky esbozó lo que él consideraba eran las cuestiones básicas para los partidarios de la Oposición de Izquierda en Europa (posiciones respecto el Comité Sindical Anglo Soviético, la Revolución china y el “socialismo en un solo país”).</p>
<p><em>Algunos camaradas pueden estar asombrados por la omisión de la cuestión del régimen partidario</em> [...] <em>Y no lo omito por descuido, sino deliberadamente. El régimen partidario carece de significado independiente, autosuficiente. En relación a la política del partido es una magnitud derivada. Los elementos más heterogéneos simpatizan con la lucha contra la burocracia estalinista</em> [...] <em>Para un marxista, la democracia dentro de un partido o dentro de un país, no es una abstracción. La democracia está siempre condicionada por la lucha entre las fuerzas en pugna. Por burocratismo, los elementos oportunistas</em> [...]<em> entienden el centralismo revolucionario. Obviamente, ellos no piensan como nosotros.</em>[13]</p>
<p>Si repasamos los escritos de Trotsky después de 1917, e incluso sus escritos posteriores a 1929 o 1934, encontramos una serie de declaraciones, algunas exaltando las virtudes de la democracia interna del partido y condenado medidas “administrativas” contra los críticos, y otras que discuten la necesidad de expulsiones. En ningún caso estos planteos están dislocados de su contexto. Para Trotsky, la relación entre centralismo y democracia al interior del partido era variable. Dependía del contenido político de las específicas y cambiantes circunstancias políticas. Trotsky escribía hacia el final de 1932:</p>
<p><em>El principio de la democracia partidaria no es de ninguna manera idéntico al principio de puertas abiertas. La Oposición de Izquierda nunca exigió que los estalinistas transformasen al partido en suma mecánica de facciones, grupos, sectas e individuos. Nosotros acusamos a la burocracia centrista de continuar una política esencialmente falsa, que a cada paso la coloca en contradicción con el proletariado, y de procurar una salida para estas contradicciones estrangulando la democracia partidaria.</em>[14]</p>
<p>Esto puede parecer un equívoco. Realmente, solo en términos formales es equivocado. La solución para la contradicción se encuentra en la dinámica de desarrollo del partido. Trotsky pensaba que el partido no podía crecer, en términos de verdadera influencia de masas y no simplemente en número, excepto en el marco de una relación recíproca, de un proceso de interacción con sectores cada vez más amplios de trabajadores. Para esto la democracia interna del partido es indispensable. Provee los medios de un retorno de la experiencia de la clase hacia dentro del partido. Tal desarrollo no siempre es posible. Frecuentemente, las circunstancias objetivas impiden tal crecimiento. Pero el partido debe estar siempre atento a esta posibilidad. En caso contrario no podrá aprovechar las oportunidades que aparecen de tiempo en tiempo.</p>
<p>Por esto, el régimen partidario debe ser en todo momento tan abierto y flexible como sea posible, en consonancia con la preservación de la integridad revolucionaria del partido. Esta calificación es importante. Porque las circunstancias desfavorables debilitan los lazos entre el partido y los sectores de trabajadores avanzados, y así aumenta el problema de las “fracciones, grupos y sectas” que pueden volverse un obstáculo al crecimiento de la democracia interna del partido tal como Trotsky la entendía –esencialmente, como un mecanismo por el cual el partido se relaciona con los más vastos sectores de la clase trabajadora, aprende de la clase y, al mismo tiempo, conquista el derecho a digirla.</p>
<p>El argumento es, tal vez, muy abstracto. Para concretizarlo, consideremos un pasaje de Historia de la Revolución rusa de Trotsky, donde se discute el aislamiento de Lenin en la dirección del partido luego de la Revolución de Febrero.</p>
<p><em>Contra los viejos bolcheviques Lenin encontró apoyo [en Abril de 1917] en otro sector del partido, ya atemperado, pero más fresco y más unido a las masas. En la Revolución de Febrero, como sabemos, los trabajadores bolcheviques cumplieron un papel clave. Ellos pensaban que era evidente que la clase que había conquistado la victoria debería tomar el poder</em> [...] <em>En casi todos los lugares había bolcheviques de izquierda siendo acusados de maximalismo, e incluso de anarquismo. A estos obreros revolucionarios solo le faltaban los recursos teóricos necesarios para defender su posición. Pero ellos estaban prontos para responder al primer planteo claro. Era sobre este sector de trabajadores, los cuales se habían formado durante los años de ascenso de 1912-1914, que Lenin se estaba apoyando ahora.</em>[15]</p>
<p>Este modelo aparece repetidas veces en los escritos de Trotsky. Un partido de masas, distinto de una secta, es necesariamente presionado por fuerzas inmensamente poderosas, especialmente en circunstancias revolucionarias. Estas fuerzas, inevitablemente, encontrarán expresión también dentro del partido. Para mantener al partido en curso (en la práctica, para corregir continuamente el curso en una situación cambiante), la compleja relación entre la dirección, y los varios sectores de activistas y trabajadores sobre los cuales ejerce influencia y por los cuales es influenciado, debe expresarse en la lucha política dentro del partido. Si esta lucha es sofocada artificialmente a través de medios administrativos, el partido se perderá.</p>
<p>Una función indispensable de la dirección –ella misma formada en medio de las luchas anteriores– es comprender cuándo debe cerrar las filas para preservar el núcleo de la organización del riesgo de disolución debido a presiones externas desfavorables –enfatizar el centralismo–, y cuándo debe abrir la organización y utilizar a los sectores de trabajadores avanzados de dentro y fuera del partido para superar el conservadurismo de los activistas y la dirección –enfatizar la democracia– cambiando el curso rápidamente.</p>
<p>Todo esto implica una concepción bastante exagerada del papel de la dirección, la cual estaba ciertamente presente en Trotsky después de 1917. El afirmaría en 1938 que “La crisis histórica de la humanidad se reducía a una crisis de dirección revolucionaria”. No obstante, era una concepción del crecimiento organizativo de los cuadros dirigentes en relación con las experiencias del partido en la lucha de clases concreta. Es claro que un cuadro dirigente tenía que encarnar una tradición y la experiencia del pasado (de Bebauf a Karl Liebknecht), un conocimiento de las estrategias y tácticas que habían sido probadas en muchos países y en diferentes momentos durante muchos años. Este saber era necesariamente, en su mayor parte, teórico, y Trotsky, menos que nadie, estaba inclinado a subestimarlo. Era una condición necesaria para una dirección próspera, pero no suficiente. La experiencia del partido al actuar y la relación –en constante transformación– con las distintas secciones de la clase trabajadora, era el factor adicional, insustituible, que solo podía ser desarrollado en la práctica.</p>
<p><strong>Una anomalía</strong></p>
<p>En el tiempo de Trotsky, solamente el Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS), tenía el poder estatal en sus manos (sin contar las áreas controladas por el Partido Comunista Chino en los años 1930s).</p>
<p>Trotsky clasificaba a todos los Partidos Comunistas como organizaciones “burocráticas y centristas”, o sea, organizaciones que vacilaban entre una política revolucionaria y una política reformista. Después de 1935, con la línea de los “Frentes Populares”, Trotsky concluyó que los mismos se habían vuelto organizaciones social-patrióticas: “agencias amarillas del capitalismo en descomposición”.[16]</p>
<p>Pero estos términos se aplicaban a organizaciones de trabajadores, partidos que están obligados a disputar con otros el apoyo dentro del movimiento obrero. En este sentido el PCUS, por lo menos a partir de 1929, si no antes, ya no era más un partido. Era un aparato burocrático, o instrumento de un despotismo totalitario. Trotsky reconocía esto en parte: “El partido [se refiere al PCUS], en tanto partido, ya no existe más. El aparato centrista fue ahogado”,[17] escribía en 1930. Pero concluye que el PCUS era un partido de un tipo fundamentalmente diferente de los partidos obreros existentes fuera de la URSS.</p>
<p>Incluso después de Trotsky haber perdido las esperanzas en una reforma política del régimen en la URSS (en Octubre de 1933), la confusión persistió. Ciertamente esta confusión estaba asociada con la convicción de que ahora una reforma era imposible, y la URSS permanecería siendo un Estado obrero deformado.</p>
<p>Esta cuestión se volvió relevante algunos años después de la muerte de Trotsky, cuando una serie de nuevos Estados estalinistas surgió, sin revoluciones obreras y con una serie de “Partidos Comunistas” que no eran, de modo alguno, los partidos obreros concebidos por Trotsky. Esta contradicción ya formaba parte de su posición luego de 1933.</p>
<p><strong>El hilo está cortado</strong></p>
<p>Vimos que la concepción madura de Trotsky sobre la relación entre partido y clase no era ni abstracta ni arbitraria, sino que estaba enraizada en la experiencia del bolchevismo en Rusia y en el desarrollo histórico concreto que había posibilitado la formación de Partidos Comunistas en varios países importantes.</p>
<p>¿Y si todo este desarrollo quedaba estancado? ¿Y si el “instrumento históricamente condicionado” fallaba en la prueba? Trotsky contempló esta posibilidad, pero solo para rechazarla firmemente. En 1931 escribió:</p>
<p><em>Tomemos otro ejemplo, pero remoto, para la clarificación de nuestras ideas. Hugo Urbahns, quien se considera un “comunista de izquierda”, declara que el partido alemán está completamente acabado, y propone la creación de un nuevo partido. Si Urbahns estuviese en lo correcto, significaría que la victoria del fascismo es indefectible. Pues, para crear un partido nuevo son necesarios años (y no hay nada que pruebe que el partido de Urbahns sería, en algún sentido, mejor que el partido de Thaelmann: cuando Urbahns estaba al frente del partido, de modo alguno fueron cometidos menos errores). Si los fascistas realmente tomaran el poder, esto determinaría no solo la destrucción física del Partido Comunista, sino su verdadera bancarrota política </em>[...] <em>La toma del poder por los fascistas significaría, probablemente, la necesidad de crear un nuevo partido revolucionario y, con toda probabilidad, también una nueva Internacional. Esto sería una terrible catástrofe histórica. Pero asumir hoy que todo eso es inevitable, solo puede ser obra de verdaderos liquidacionistas, de aquellos que, bajo el manto de frases vacías, solo están con prisa para capitular como cobardes antes de la lucha y sin lucha </em>[...] <em>Nosotros estamos firmemente convencidos de que la victoria sobre los fascistas es posible –no después de su subida al poder, no después de cinco, diez o veinte años de dominación, sino ahora, bajo las condiciones existentes, en los próximos meses y semanas.</em>[18]</p>
<p>Pero Hitler subió al poder. A pesar del brillo y la fuerza lógica de los argumentos de Trotsky, el Partido Comunista Alemán, con su cuarto millón de miembros y sus seis millones de votos en 1932, prosiguió firme en su curso fatal. Fue barrido sin resistencia, juntos con los “social-fascistas”, los sindicatos y todas las otras organizaciones políticas, culturales y sociales creadas por la clase trabajadora alemana en los sesenta años anteriores.</p>
<p>En 1931 Trotsky había descrito a Alemania como “la llave para la situación internacional [...] Del desarrollo de la solución de la crisis alemana depende no solo el destino de la propia Alemania (esto ya es mucho), sino el destino de Europa, el destino del mundo entero, por muchos años”.[19]</p>
<p>Era una previsión precisa. La derrota de la clase trabajadora alemana transformó la política mundial. El fracaso del Partido Comunista, hasta incluso en intentar resistir, fue un golpe tan duro como la capitulación de la socialdemocracia en 1914. Fue el “4 de Agosto” de la Internacional Comunista.</p>
<p>¿Qué permanecía entonces del “órgano histórico a través del cual la clase se vuelve conciente de sí”? Desde 1933 hasta su muerte en Agosto de 1940, Trotsky luchó para solucionar un dilema que había demostrado ser insoluble en aquel momento, y por mucho tiempo después. En Junio de 1932 había escrito:</p>
<p><em>Los estalinistas, a través de la persecución, buscaron forzarnos a fundar un segundo partido y una Cuarta Internacional. Sabían que un error fatal de este tipo por parte de la Oposición frenaría su crecimiento por años, si es que no invalidaría completamente todas sus conquistas.</em>[20]</p>
<p>Pero menos de un año después, Trotsky era forzado a reconocer, primero, que el partido alemán estaba acabado. Y un poco después (luego que el Ejecutivo del Comintern había declarado en Abril de 1933 que su política en Alemania era “completamente correcta”) que todos los Partidos Comunistas estaban liquidados en cuanto organizaciones revolucionarias, y que eran necesarios “nuevos Partidos Comunistas y una nueva Internacional” (título de un artículo de Junio de 1933).</p>
<p>El hilo entre la teoría y la práctica había sido cortado. Antes de 1917, Trotsky había confiado en la acción espontánea de la clase trabajadora, como medio para superar el conservadurismo del partido. Después de 1917 reconoció al partido obrero revolucionario como el instrumento indispensable de la revolución socialista. La falta de tales partidos, enraizados en la clase trabajadora, con cuadros maduros y experimentados, había conducido a la tragedia de 1918-1919, cuando los movimientos revolucionarios de masas en Alemania, Austria y Hungría, y las luchas espontáneas de masas en otros lugares, fueron conducidas a la derrota.</p>
<p>Los medios para superar este problema –los partidos de la Internacional Comunista– habían degenerado a tal punto que ellos mismos se habían vuelto obstáculos para la solución revolucionaria de las nuevas y profundas crisis sociales.</p>
<p>Era necesario comenzar de nuevo. ¿Pero qué había quedado para un nuevo comienzo? Esencialmente, no había nada más que pequeños y frecuentemente minúsculos grupos, cuyas características comunes incluían el aislamiento en relación con el movimiento obrero y la falta de involucramiento directo en sus luchas. Las aparentes y parciales excepciones (aquellos grupos que contaban con cientos o miles de miembros) –los Archiomarxistas griegos, el RSAP holandés y, un poco después, el POUM español– mostraron ser problemáticos: más centralistas que revolucionarios, más obstáculos que aliados.</p>
<p>Contando con estas fuerzas es que Trotsky comenzó la reconstrucción. No tenía opción, a no ser que se retirase hacia una completa pasividad, o hacia una pasividad disfrazada, como aquella que más tarde sería llamada “marxismo occidental”. Pero medios y fines están intrínsecamente entrelazados. Sin vínculos con el movimiento obrero concreto, el “trotskismo”, incluso cuando Trotsky todavía vivía, comenzó a adaptarse al ambiente descrito (pequeñas sectores radicalizados de los estratos intelectuales de la pequeña burguesía). Como veremos, el propio Trotsky luchó contra esta adaptación. Pero al mismo tiempo, la crueles necesidades de la situación lo llevaron a adoptar posiciones que, a pesar de su voluntad y entender, acabaron por reforzar dicho proceso de adaptación.</p>
<p><strong>La nueva Internacional</strong></p>
<p><em>Incluso si la izquierda comunista en el mundo entero solo consistiese en cinco individuos, ellos habrían estado obligados a construir una organización internacional simultáneamente a la construcción de una o más organizaciones nacionales. Es errado ver una organización nacional como los cimientos y la Internacional como el tejado. La interrelación aquí es de un tipo completamente diferente. Marx y Engels comenzaron el movimiento comunista con un documento internacional en 1847 y con la creación de un movimiento internacional. Lo mismo se repitió en la creación de la Primera Internacional. El mismo camino siguió la Izquierda de Zimmerwald en preparación de la Tercera Internacional. Hoy este camino es mucho más imperioso que en los días de Marx. Claro que es posible, en la época del imperialismo, que una tendencia obrera revolucionaria surja en otro país, pero no puede prosperar y desarrollarse en un país aisladamente. El primer día después de su formación, deberá procurar establecer relaciones internacionales, una plataforma internacional, pues la garantía de la corrección de la política nacional solo puede encontrarse a lo largo de este camino. Una tendencia que permanece cerrada nacionalmente durante determinado período de años, se condena en forma irrevocable a la degeneración.</em>[21]</p>
<p>Trotsky escribió estas palabras en medio de una polémica contra la secta ultraizquierdista del italiano Bordiga, cuando todavía defendía la política de reformar los Partidos Comunistas existentes. Estaba argumentando en favor de una fracción internacional dentro de una Internacional existente. La lógica de la posición, al contrario de los argumentos usados para sustentarla, parecía irrefutable.</p>
<p>Los argumentos en sí no resistían un examen crítico. Marx y Engels no comenzaron con la “creación de un movimiento internacional”. El Manifiesto Comunista fue escrito para una Liga Comunista existente (aunque de ideas comunistas muy primitivas), la cual solo era internacional en el sentido de que ya existía en varios países. Era esencialmente una organización alemana y consistía de emigrados alemanes, artesanos e intelectuales en París, Bruselas y otros lugares, como también grupos en la región Renana y en la Suiza alemana.</p>
<p>La Primera Internacional comenzó como una alianza entre organizaciones sindicales británicas existentes, bajo influencia liberal, y organizaciones sindicales francesas bajo influencia prudhoniana, acogiendo solo más tarde a otros agrupamientos de características y nacionalidades diversas. Lejos de “repetir” la experiencia de la Liga Comunista, la Primera Internacional se desarrolló exactamente en sentido opuesto –sin una base programática inicial y sin una organización centralizada. Lo mismo es verdad, en menor grado, en relación a la Segunda Internacional, la cual Trotsky no menciona.</p>
<p>Tampoco es correcta la referencia a la Izquierda de Zimmerwald. La Izquierda de Zimmerwald (al contrario de lo argumentado, como un todo) consistía en el Partido bolchevique, un partido nacional de masas, más individuos aislados.[22]</p>
<p>Hablando en términos prácticos, Trotsky no tuvo opción. En aquel momento no disponía de ninguna base en el movimiento obrero. Todo contacto con sus partidarios en la URSS había quedado cortado desde la primavera boreal de 1933.[23] Era cuestión de reunir todo aquello que pudiera, donde quiera que existiese, para crear una tendencia política. Además, el argumento de que una plataforma internacional era necesaria –un análisis básico de los problemas del movimiento obrero– era irrefutable. Trotsky lo suministró. Pero se introdujo la confusión de ideas y organización, entre tendencia política y partido internacional. En algunos años, Trotsky abandonó tácitamente su concepción del partido revolucionario como “órgano histórico a través del cual la clase se vuelve conciente de sí” y lanzó una “Internacional” sin una base significativa en ningún movimiento obrero.</p>
<p>Antes de esto, Trotsky intentó encontrar nuevas fuerzas. Los grupos trotskistas eran minúsculos. La fuerza de los estalinistas los había llevado hacia un gueto político. Este, además, tenía una localización social específica, en una sección de la intelectualidad pequeño-burguesa. ¿Dónde estaba la salida? ¿Cómo “proletarizar” al trotskismo atrayendo a un número significativo de trabajadores a los nuevos partidos comunistas?</p>
<p>Habían obstáculos enormes en el camino. Un efecto duradero de la derrota en Alemania fue la creación de un sentimiento extremadamente fuerte de la necesidad de unidad entre los militantes de la clase trabajadora. El llamado a formar nuevos partidos y una nueva Internacional, buscaba una nueva división, no pudiendo caer en terreno más estéril. Trotsky había estado al frente del llamado a constituir frentes de unidad de los trabajadores contra el fascismo, pero cuando este llamado comenzaba a ganar terreno en los partidos socialistas a partir de 1933 (y, brevemente, también en los partidos comunistas), sus seguidores fueron presentados como divisionistas. Ahora defendían la creación de nuevos partidos y una nueva Internacional. Su aislamiento se reforzó.</p>
<p>Después de algunos intentos iniciales de “reagrupamiento” con varios grupos centristas y reformistas de izquierda (como por ejemplo, el Partido Laborista Independiente británico) que fracasaron, Trotsky propuso el drástico paso de la entrada en los partidos socialdemócratas. Siendo estrictos, esa táctica fue pensada para casos específicos –primeramente para Francia (de ahí el término utilizado: “el viraje francés”)– pero después fue generalizada en la práctica. Los argumentos eran que los socialdemócratas estaban caminando hacia la izquierda, creando un clima más favorable para el trabajo revolucionario, y que estaban atrayendo nuevos sectores de trabajadores y presentaban un ambiente incomparablemente más proletario que los aislados grupos de propaganda generados por el trotskismo.</p>
<p>La táctica fue concebida como una operación de corto plazo: una lucha fuerte y aguda con los reformistas y los centristas, después una división y la fundación del partido. “Entrar en un partido reformista o centrista excluye una perspectiva de largo plazo. Es apenas una fase que, bajo ciertas condiciones, puede ser limitada a un episodio”.[24]</p>
<p>En los hechos, la operación falló en su objetivo estratégico. Fracasó en cambiar la relación de fuerzas o mejorar la composición social de los grupos trotskistas. Las razones fundamentales para el fracaso fueron la consecuencias de la derrota en Alemania, los virajes de la Internacional Comunista –primero hacia los frentes de unidad (1934) y luego hacia los frentes populares (1935)–, y el gran impacto causado por estos cambios y el consecuente desplazamiento hacia la derecha del movimiento obrero. Además, las campañas de Stalin contra Trotsky afectarían tanto a este como a sus seguidores, denunciados como agentes fascistas.</p>
<p>Las circunstancias que habían posibilitado la conquista de los partidos centristas de masas para la Internacional Comunista (como es el caso del Partido Socialdemócrata Independiente Alemán, y la mayoría de los socialistas franceses) entre 1919 y 1921, simplemente no existían para 1934-1935. Sean cuales fueran los errores cometidos por Trotsky y sus seguidores en el curso del “viraje francés”, ellos solo fueron efectos menores en comparación con los efectos de una situación profundamente desfavorable.</p>
<p>Algunos de los beneficios reivindicados en la táctica entrista fueron reales. Implicó la ruptura con muchos de los que Trotsky llamó “sectarios conservadores”, esto es, aquellos que no pudieron adecuarse a una política activa en vez del propagandismo de los pequeños círculos del ambiente intelectual. Hacia el final de 1933 Trotsky escribía:</p>
<p><em>Una organización revolucionaria no puede desarrollarse sin depurarse, especialmente bajo las condiciones del trabajo legal, cuando no es excepcional que elementos extraños y degradados se junten bajo la bandera de la revolución</em> [...] <em>Nosotros estamos realizando un viraje revolucionario importante. En estos momentos, crisis internas o divisiones son absolutamente inevitables. Temerlos, es sustituir la política revolucionaria por el sentimentalismo pequeño-burgués y por las intrigas personales. La Liga [grupo trotskista francés] está atravesando una primera crisis bajo la bandera de criterios revolucionarios grandes y claros</em> [...] <em>En estas condiciones el apartamiento de una parte de la Liga será un gran paso adelante. Eliminará todo aquello que es enfermizo, inútil e incapaz; dará una lección a los elementos irresolutos y vacilantes; endurecerá a las mejores secciones de la juventud; mejorará la atmósfera interna; abrirá a la Liga nuevas y grandes posibilidades.</em>[25]</p>
<p>No hay duda que todo era correcto en principio, y de hecho, algunas fuerzas nuevas fueron reclutadas en las organizaciones socialistas juveniles, para sustituir aquellas que habían sido eliminadas (o que, como fue en la mayoría de los casos, simplemente se habían salido). No obstante, el equilibrio de fuerzas –la patética pequeñez de la izquierda revolucionaria– permaneció básicamente inalterada. ¿Y entonces?</p>
<p>Trotsky tenía prisa en fundar la Cuarta Internacional. Después de declarar repetidas veces que no podía tratarse de una perspectiva inmediata, pues las fuerzas para esto no estaban disponibles –en 1935 había denunciado como “un chisme estúpido” la idea de que “los trotskistas quieren proclamar una Cuarta Internacional el próximo jueves”– Trotsky propuso, un año después, justamente eso: la proclamación de una nueva Internacional. En dicha ocasión no logró persuadir a sus seguidores, pero para 1938 los había ganado para esta propuesta.</p>
<p>Las fuerzas que adhirieron a la Cuarta Internacional en 1938 eran más débiles, no más fuertes, de las que existían en 1934 –el SWP de Estados Unidos era la única excepción seria. La revolución española había sido estrangulada en esos años. Trotsky justificó su decisión por medio de un regreso parcial no reconocido, al espontaneismo que había defendido antes de 1917, y también a través de una analogía con la posición de Lenin en 1914.</p>
<p><em>La distancia entre nuestras fuerzas y las tareas de mañana es percibida mucho más claramente por nosotros que por nuestros críticos –escribía Trotsky al finales de 1938– pero la severa y trágica dialéctica de nuestra época está trabajando en nuestro favor. Las masas, llenas de extrema exasperación e indignación, no hallarán ninguna otra dirección a no ser la que ofrece la Cuarta Internacional.</em>[27]</p>
<p>Pero las experiencias de 1917 (positivamente), las de 1918-1919 (negativamente) y, sobre todo, la de España en 1936, habían demostrado la necesidad indispensable de partidos enraizados en sus respectivas clases trabajadoras nacionales durante un largo período de luchas por demandas parciales. Trotsky reconocía esto de manera más clara que la mayoría. Pero dado que tales partidos no existían, y su necesidad era extremadamente urgente, lo que hizo fue refugiarse en un Wiltgeist [espíritu del mundo] de la revolución, que los crearía de alguna manera a partir de la “exasperación e indignación” espontánea, siempre y cuando “una bandera inmaculada” fuese levantada bien alto. La excitación espontánea llevaría en el curso de la guerra o luego, a los aislados e inexperientes “liderazgos” de las secciones de la Cuarta Internacional, a liderar partidos de masas.</p>
<p>La analogía con los planteos de Lenin de 1914, era doblemente inadecuada. Cuando Lenin escribió ese año: “La Segunda Internacional ha muerto [...] Viva la Tercera Internacional”, ya era el dirigente más influyente de un verdadero partido de masas en un país importante. No obstante, Lenin no pensó en llamar a la fundación de la Tercera Internacional hasta un año y medio después de la Revolución de Octubre, y en una época en que él creía que existía en Europa un movimiento revolucionario de masas en ascenso. Que Trotsky ignorase todo esto era un tributo de su voluntad revolucionaria. Pero, políticamente, esto descarrilaría y desorientaría a sus seguidores cuando, fruto de su muerte, una verdadera crisis atravesaría a todos ellos –lo que era inevitable dado su aislamiento– y les hizo mucho más difícil desarrollar una orientación revolucionaria realista.</p>
<p>Había un elemento cercano al mesianismo en la concepciones que expresó Trotsky en sus últimos años. En una situación desesperadamente difícil, con el fascismo en ascenso, derrotas sucesivas del movimiento obrero y una nueva guerra mundial inminente, la bandera de la revolución debía ser levantada, el programa del comunismo reafirmado, hasta que la propia revolución transformase la situación.</p>
<p>Quizás hubiera sido imposible unificar a quienes le seguían sin una perspectiva con estas características, que en este caso, fue una desviación “necesaria” de su visión madura. Pero el precio a pagar posteriormente fue muy elevado.</p>
<p>_____</p>
<p><strong>Capítulo 5</strong></p>
<p><strong>EL LEGADO</strong></p>
<p>Trotsky escribió cierta vez que la esencia de la tragedia era el contraste entre grandes objetivos e insignificantes medios. Independientemente de lo que pueda decirse sobre esta generalización, ciertamente ella resume la propia situación de Trotsky durante sus últimos años de vida. El hombre que organizó la Insurrección de Octubre, que dirigió las operaciones del Ejército Rojo, que había lidiado –como amigo o enemigo– con los partidos obreros de masas (revolucionarios y reformistas) en el Comintern, se hallaba reducido a luchar para mantener unido a un puñado de grupos minúsculos, esparcidos por todas partes, todos ellos impotentes en la práctica para influir en el curso de los acontecimientos, incluso marginalmente.</p>
<p>Trotsky estuvo obligado a intervenir repetidas veces en centenares de disputas insignificantes entre media docena de pequeños grupos. Algunas de estas disputas implicaban claro, asuntos serios de principios políticos, pero incluso estos tenían sus raíces, como Trotsky llego a verlo con claridad, en el aislamiento de estos grupos con respecto al movimiento obrero y en la influencia en ellos del ambiente pequeño-burgués –porque ese era el ambiente al cual fueron empujados y al cual muchos de ellos ya se habían adaptado.</p>
<p>No obstante, Trotsky luchó hasta el fin. Inevitablemente, su aislamiento forzado y la imposibilidad de participar efectivamente del movimiento obrero, en el cual había desempeñado un papel clave, afectó hasta cierto punto su comprensión del curso que seguía una lucha de clases en constante cambio. Ni incluso su vasta experiencia y sus magníficas reflexiones tácticas podían sustituir completamente la falta de retroalmientación con los militantes implicados en las luchas del día a día, lo que solo era posible en un verdadero partido comunista. En la medida en que el período de aislamiento se prolongaba, esto se hizo más claro. Compárese su “Programa de Transición” de 1938 con aquel que sirvió de prototipo al mismo, el “Programa de Acción” para Francia de 1934. Si medimos cuan frescos, relevantes, específicos y concretos eran respecto de la lucha real, el “Programa” de 1934 era claramente superior.</p>
<p>Indudablemente, esto no se debía a “fallas” intelectuales. Algunos de los últimos escritos de Trotsky, como el titulado Los sindicatos en la época de la decadencia imperialista, constituyen aportes claves al pensamiento marxista. Se debía más a la falta de contacto íntimo con cantidades significativas de militantes implicados en la verdadera lucha de clases.</p>
<p>No obstante, cuando Trotsky fue asesinado en Agosto de 1940 por el agente enviado por Stalin, dejó un movimiento. Fueran cuales fueran las debilidades y defectos que tenía dicho movimiento, y tenía muchos, era una enorme realización. El crecimiento del estalinismo y el triunfo del fascismo en la mayor parte de Europa, casi destruyeron toda huella de la auténtica tradición comunista en el movimiento obrero. La acción destructiva del fascismo fue directa: aplastó las organizaciones de los trabajadores donde quiera que llegó al poder. Dentro de la URSS el estalinismo hizo lo mismo, a través de métodos diferentes. Fuera de la URSS, el estalinismo corrompió y después efectivamente estranguló la tradición revolucionaria en tanto movimiento de masas.</p>
<p>Es difícil hoy tener noción de la fuerza que disponía el torrente de calumnias y mentiras que fueron hechas tanto contra Trotsky como contra sus seguidores en los años 30s. Todos los recursos de la propaganda de la URSS y de los partidos del Comintern fueron puestos a funcionar para denunciar a los “trotskistas” como agentes de Hitler, del Emperador japonés y de todo tipo de reacción. El asesinato de los viejos cuadros bolcheviques en la URSS (algunos luego de los espectaculares “juicios-shows”, y la mayoría de manera sumaria sin juicio alguno) fue presentado como un triunfo para las fuerzas “del socialismo y de la paz”, como decía la consigna estalinista de aquellos años.</p>
<p><em>Todos los débiles traidores, corruptos y ambiciosos del socialismo dentro de la Unión Soviética fueron contratados para hacer el trabajo sucio del capitalismo y del fascismo –decía el Informe del Comité Central al XV Congreso del Partido Comunista de Gran Bretaña en 1938. Al frente de toda destrucción, sabotajes y asesinatos, está el agente fascista Trotsky. Pero las defensas del pueblo soviético son fuertes. Bajo el liderazgo de nuestro camarada bolchevique Yezhov, el espionaje y la destrucción fueron expuestos al mundo y enfrentados a la justicia.</em>[1]</p>
<p>Yezhov, que subiría la poder con el asesinato judicial de su predecesor, Yagoda, fue el jefe de la policía que presidió la masacre de los comunistas y de muchos otros en la URSS entre 1937-1938, en el momento máximo del terror estalinista. La línea oficial, expuesta por el propio Stalin, era que el “trotskismo es la punta de lanza de la burguesía contrarrevolucionaria en guerra contra el comunismo”.[2] Esta campaña masiva de mentiras, ayudada por numerosos “liberales” y “compañeros de viaje” socialdemócratas que fueron atraídos hacia los partidos comunistas luego de 1935, fue mantenida por más de veinte años. Sirvió para vacunar a los militantes de los partidos comunistas contra las críticas marxistas al estalinismo. De igual importancia para las pequeñas organizaciones revolucionarias de aquel tiempo, fue la desmoralización generalizada que provocó el colapso de los Frentes Populares y la aproximación de la Segunda Guerra Mundial. Trotsky exrpresó este hecho vívidamente en un discusión en la primavera de 1939:</p>
<p><em>No estamos progresando políticamente. Sí, esto es un hecho, el cual es expresión de la decadencia general del movimiento obrero en los últimos quince años. Esta es la causa más importante. Cuando el movimiento revolucionario en general está declinando, cuando una derrota sigue a otra, cuando el fascismo se disemina por el mundo, cuando el “marxismo” oficial es el más poderoso instrumento para engañar a los trabajadores, y así con todo, es inevitable una situación en la cual los elementos revolucionarios se encuentran obligados a marchar en contra de la corriente histórica general. Aunque nuestras ideas sean exactas y sabias, las masas no son educadas con pronósticos, sino por las experiencias de sus vidas. Esta es la explicación más general –la situación como un todo está contra nosotros.</em>[3]</p>
<p>La pequeña Cuarta Internacional que sobrevivió en estas condiciones glaciares, bajo inspiración y dirección de Trotsky, se hallaba más atemorizada políticamente por la experiencia de lo que aparentaba. Posteriormente, sufrió mutaciones adicionales. No obstante, era la única tendencia auténticamente comunista de alguna importancia que sobrevivió a esa edad de hielo.</p>
<p><strong>La situación mundial entre 1938 y 1940</strong></p>
<p>En el centro de la visión de Trotsky sobre el mundo, en los últimos años de su vida, estaba la convicción de que el sistema capitalista estaba próximo a su último suspiro.</p>
<p><em>Las condiciones económicas necesarias para la revolución proletaria ya alcanzaron, en general, el más alto grado de maduración posible bajo el capitalismo. Las fuerzas productivas de la humanidad dejaron de crecer. Las nuevas invenciones y los nuevos progresos ya no producen un crecimiento de la riqueza material</em></p>
<p><em>Bajo las condiciones de la crisis social de todo el sistema capialista, las crisis coyunturales sobrecargan a las masas de privaciones y sufrimientos cada vez mayores. El crecimiento del desempleo profundiza, a la vez, la crisis financiera del Estado y debilita los inestables sistemas monetarios. Los gobiernos, tanto democráticos como fascistas, van de una bancarrota en otra.</em>[4]</p>
<p>De hecho, esta era una buena descripción del estado en que se encontraba en aquella época la mayor parte de la economía mundial. Como se ha dicho, Trotsky estaba profundamente impresionado por el contraste entre este estancamiento y el acelerado crecimiento de la URSS (había otras excepciones importantes también, las cuales Trotsky no tomó en cuenta: la producción industrial de Japón se duplicó entre 1927 y 1936 y luego continuó creciendo, mientras que en la Alemania de Hitler el desempleo prácticamente desapareció en el marco del impulso armamentista).</p>
<p>Pero Trotsky buscaba algo más que una descripción de la coyuntura mundial. Consideraba que la situación del capitalismo era irreparable. “La desintegración del capitalismo alcanzó límites extremos, igual que la desintegración de la vieja clase dominante. La continuidad de este sistema es imposible”,[5] escribía en 1939.</p>
<p>Siendo así, los partidos obreros reformistas no podrían conquistar mayor respaldo, “cuando cada reivindicación seria de la clase trabajadora, e incluso cada reivindicación de la pequeña burguesía, conducen, inevitablemente, más allá de los límites de las relaciones de propiedad capitalistas y del Estado burgués”,[6] como decía el Programa de 1938.</p>
<p>Pero esto no significaba que los partidos reformistas de masas desaparecieran automáticamente –la inercia histórica y la falta de una alternativa clara los preservarían por algún tiempo. Pero ellos ya no tenían ninguna base segura. Habían sido desestabilizados. El estallido de la guerra y la crisis de posguerra los destruiría.</p>
<p>Según Trotsky, esta previsión incluía a los partidos comunistas.</p>
<p><em>El pasaje definitivo del Comintern hacia el lado del orden burgués, y su papel cínicamente contrarrevolucionario alrededor del mundo, particularmente en España, Francia, Estados Unidos y otros “países democráticos”, creó dificultades suplementarias excepcionales para el proletariado mundial. Bajo la bandera de la Revolución de Octubre, las políticas conciliadoras prácticadas por los “Frentes Populares” condenan a la clase trabajadora a la impotencia</em>.[7]</p>
<p>El había sostenido desde 1935 que “ya nada distingue a los comunistas de los socialdemócratas, excepto la fraseología, la cual no es difícil de cambiar”.[8] La realidad, no obstante, se mostraría más compleja, un hecho que acabó por llevar a la Cuarta Internacional a una crisis profunda. Trotsky señalaba una tendencia efectiva, pero la escala de tiempo de su desarrollo era mucho más larga de lo que había imaginado. Después del pacto Hitler-Stalin (Agosto de 1939), los partidos del Cominter permanecieron leales a Moscú y durante la Guerra Fría de 1948 en adelante, ellos no capitularon así como así ante “sus” burguesías. Sus políticas no eran revolucionarias, pero no eran reformistas en el sentido más ordinario. Mantuvieron durante casi veinte años una línea de “izquierda” en relación al Estado burgués (consolidada por su exclusión sistemática del poder en Francia, Italia y otras partes luego de 1947), lo que hizo extremadamente difícil la creación de alternativas revolucionarias, incluso aunque otros factores hubieran sido más favorables.</p>
<p>Y en un caso importante, el de China, y otros menos importantes (entre ellos los de Albania, Yugoslavia y Vietnam), los partidos estalinistas en verdad destruyeron Estados burgueses débiles y los sustituyeron por régimenes moldeados según el modelo ruso. Particularmente, la Revolución china de 1948-1949 puso en cuestión el análisis trotskista clásico del papel de los partidos estalinistas, y particularmente, en los países atrasados. Si esta revolución era caracterizada como proletaria, la razón de existencia de la Cuarta Internacional –la naturaleza contrarrevolucionaria del estalinismo– quedaba destruida. Por otro lado, si fuese en algún sentido una revolución burguesa –una “Nueva Democracia” como Mao reivindicó en alguna oportunidad– la teoría de la revolución permanente sería puesta en cuestión. Estos aspectos serán considerados más adelante. Lo importante aquí es que la ocurrencia de la revolución, cualquiera sea la visión acerca de su naturaleza, renovó la imagen revolucionaria del estalinismo por mucho tiempo.</p>
<p>Pero el error más importante de Trotsky en su momento, fue considerar que no había salida económica para el capitalismo, incluso si la revolución de los trabajadores fuese impedida. Que este era su punto de vista, es algo incuestionable. Hacia finales de 1939, escribía:</p>
<p><em>Si admitimos que la actual guerra no provocará la revolución, sino el debilitamiento de la clase trabajadora, entonces resta considerar otra alternativa: el avance de la decadencia del capitalismo monopolista, una mayor fusión del mismo con el aparato estatal, y la sustitución de la democracia por un régimen totalitario, donde quiera que siguiera existiendo. La incapacidad de la clase trabajadora de tomar la dirección de la sociedad en sus manos podría conducir, bajo estas condiciones, al surgimiento de una nueva clase explotadora a partir de una burocracia fascista bonapartista. Este sería, de acuerdo con todas las indicaciones, un régimen decadente, señalando el eclipse de la civilización.</em>[9]</p>
<p>Tal vez, presionado, Trotsky hubiera admitido que cierta expansión económica temporal era posible sobre una base cíclica. Había percibido rápidamente la recuperación limitada del capitalismo europeo entre 1920 y 1921 (y extrajo conslusiones políticas de ese hecho) y también había señalado la efectiva recuperación económica del abismo de 1929-1931 durante los 30s. Pero excluyó completamente la posibilidad de una recuperación económica prolongada, como para dar esperanza al reformismo en cuanto fuerza de masas en las décadas posteriores a la Primera Guerra Mundial.</p>
<p>Su visión era común a toda la izquierda de aquella época. No obstante, ya existía evidencia de que la producción de armas a gran escala podría producir un crecimiento económico global –crecimiento que no se limitaba al sector militar de la economía. Indudablemente esta evidencia se realcionaba con los preparativos para la Segunda Guerra Mundial. ¿Y si suponemos que los preparativos para la guerra pudiesen volverse permanentes o parcialmente permanentes?</p>
<p>De hecho, después de la Segunda Guerra Mundial, el capitalismo experimentó una masiva recuperación. Lejos de la contracción y la decadencia económica, ocurrió una expansión incluso mayor a la verificada durante la época imperialista anterior a 1914. Como Michael Kidron afirmaba en 1968, “el sistema como un todo nunca creció tan rápidamente y por un período tan largo como después de la guerra –dos veces más rápido entre 1950 y 1964 que entre 1913 y 1950 [...]”.[10]</p>
<p>El reformismo recibió un nuevo soplo de vida en los países capitalistas avanzados, gracias al creciente nivel de vida de la clase trabajadora. El hecho de que la masiva recuperación económica –el largo boom de los años 50s y 60s– se debiera principalmente al crecimiento de la inversión estatal (particularmente en el sector militar), fue cuestionado, incluso de manera absurda, tanto por autores reformistas como marxistas. Lo que no puede ser cuestionado, es el hecho de que el pronóstico de Trotsky estaba bastante equivocado. Las consecuencias políticas del boom negaban la previsión de que las alternativas inmediatas eran la revolución de los trabajadores o una “dictadura fascista bonapartista” que antecediera el “eclipse de la civilización”. Por el contrario, la democracia burguesa y el dominio reformista del movimiento obrero fueron de nuevo la norma en la mayoría de los países avanzados.</p>
<p>Una condición indispensable para este desarrollo fue que sobrevivieran los regímenes burgueses luego de las grandes revueltas de 1944-1945, cuando los Estados fascistas se derrumbaban como resultado de la combinación del poder militar aliado y crecientes revueltas populares. En la mayoría de los países europeos los partidos comunistas y socialdemócratas crecieron rápidamente en esta fase crítica, jugando un papel contrarrevolucionario tanto en Europa oriental como occidental, especialmente en Francia e Italia.</p>
<p>Trotsky había dado por descontado el renacimiento de los partidos obreros existentes junto con las revueltas (sus escritos sobre la Revolución rusa bastan para dejar esto fuera de duda) y también su política contrarrevolucionaria. Pero fruto de que su perspectiva se basaba en la catástrofe económica, el emprobrecimiento generalizado de las masas y el surgimiento de regímenes totalitarios, siendo la unica alternativa la revolución de los trabajadores a corto plazo, creía que ese renacimiento del reformismo duraría muy poco tiempo –una especie de intervalo, como fue el gobierno de Kerensky.</p>
<p>Es por esto que escribió con tanta confianza a finales de 1938: “En los próximos diez años el Programa de la Cuarta Internacional se volverá la guía de millones, y estos millones de revolucionarios tomarán por asalto el cielo y la tierra.”[11] El tono mesiánico introducido de estas palabras, hizo que los seguidores de Trotsky tuviesen serias dificultades en realizar evaluaciones meditadas y realistas de los cambios en la conciencia de la clase trabajadores, de la alteración de la correlación de fuerzas entre las clases, y así extraer el máximo provecho de dichas situaciones a través de tácticas adecuadas (la esencia de la práctica política leninista).</p>
<p>Aquí debemos hacer mención del énfasis dado por Trotsky a la importancia de las “reivindicaciones transicionales”, a las cuales debe su nombre el Programa de 1938, denominado popularmente como “Programa de Transición”:</p>
<p><em>En el proceso de las luchas cotidianas es necesario ayudar a las masas a encontrar el puente entre sus reivindicaciones actuales y el programa socialista de la revolución. Este puente debe incluir un conjunto de reivindicaciones transitorias, que parta de las condiciones actuales y de la conciencia actual de grandes sectores de la clase obrera, y conduzca invariablemente hacia una única y misma conclusión: la conquista del poder por parte de la clase trabajadora.</em>[12]</p>
<p>Si es o no posible encontrar consignas o demandas que cumplan exactamente con estas especificaciones, dependerá obviamente de las circunstancias. Si en un determinado momento “la conciencia actual de grandes sectores” es decididamente no revolucionaria, entonces dicha conciencia no podrá ser transformada con consignas. Son necesarios cambios en las condiciones existentes. El problema es, en cada etapa, encontrar e impulsar consignas que además de que logren eco en algunos sectores de la clase trabajadora (el ideal, claro, sería que lo tuvieran en toda la clase obrera) sean capaces de conducir a dichos sectores a la acción. Y consignas como estas, frecuentemente no son transicionales en el sentido estricto de la definición de Trotsky.</p>
<p>Es claro que Trotksy no es responsable por la tendencia de la mayoría de sus seguidores a transformar en un fetiche no solo el concepto de reivindicaciones transicionales, sino incluso a las reivindicaciones específicas del Programa de 1938 –principalmente la “escala movil de salarios”. El énfasis dado por ellos a este aspecto fue excesivo, y sustentó su convicción de que las “reivindicaciones” eran independientes de la organización revolucionaria de la clase trabajadora.</p>
<p><strong>La URSS, el estalinismo, la guerra y sus consecuencias</strong></p>
<p>La Segunda Guerra Mundial comenzó con la invasión alemana de Polonia, la que fue rápidamente seguida por la división del territorio del Estado polaco entre Hitler y Stalin. Durante casi dos años (del verano boreal de 1939 al de 1941) Hitler y Stalin fueron aliados, y en este período, el régimen de Stalin se anexó los Estados bálticos, Ucrania occidental, Bielorrusia occidental y otros.</p>
<p>Desde 1935 hasta enconces, la política exterior de Stalin se había dirigido a lograr una alianza militar con Francia y Gran Bretaña contra Hitler. La política de los Frentes Populares del Cominter era su complemento. Fruto del pacto Hitler-Stalin, los partidos comunistas adoptaron una posición “antiguerra”, cuyo contenido real era cualquier cosa menos revolucionario, hasta el ataque de Hitler a la URSS (lo que los llevó a posicionamientos superpatrióticos en los “países aliados”).</p>
<p>El pacto Hitler-Stalin y la división de Polonia produjeron mucho rechazo contra la URSS en los círculos de izquierda situados fuera de los partidos comunistas (y un buen número de deserciones también), y tuvo impacto en los grupos trotskistas. En el mayor de ellos, el Socialist Workers Party (SWP) de Estados Unidos, un sector comenzó a cuestionar la consigna de Trotsky de “defensa incondicional de la URSS contra el imperialismo”, la cual era consecuencia de la definición de la URSS como un “Estado obrero deformado”. Luego, el cuestionamiento también se extendería a esta definición.</p>
<p>En el curso del debate que siguió, Trotsky llevó su análisis del estalinismo en la URSS hasta su máximo desarrollo, y consideró algunas posiciones alternativas con el fin de rechazarlas. El escribió en Septiembre de 1939:</p>
<p><em>Comencemos por colocar el problema de la naturaleza del Estado soviético, no en un nivel sociológico abstracto, sino en el plano de las tareas políticas concretas. Admitamos por un momento que la burocracia es una nueva “clase”, y que el régimen actual en la URSS es un sistema especial de explotación de clases. ¿Qué conslusiones políticas nuevas podemos extraer de estas definiciones? La Cuarta Internacional hace mucho tiempo reconoció la necesidad de derribar a la burocracia a través de una insurrección revolucionaria de los trabajadores. Nada más es propuesto o puede ser propuesto por esos que proclaman que la burocracia es una “clase” explotadora. La meta buscada por el derrocamiento de la burocracia es el reestablecimiento del dominio de los soviets, expulsando de ellos a la burocracia actual. Nada diferente es propuesto o puede ser propuesto por los críticos de izquierda. Es la tarea de los soviets regenerados colaborar con la revolución mundial y la construcción de una sociedad socialista. Por esto, el derrocamiento de la burocracia presupone la preservación de la propiedad estatal y de la economía planificada</em> [...] <em>En la medida en que la cuestión del derrocamiento de la oligarquía parasitaria permanece ligado con la preservación de la propiedad nacionalizada, nosotros llamamos a la futura revolución una revolución política. Algunos de nuestros críticos (Ciliga, Bruno y otros) quieren, a cualquier precio, llamarla revolución social. Admitamos esta definición. ¿En qué altera la esencia? En sí no modifica en nada las tareas de la revolución que nosotros estamos debatiendo.</em>[13]</p>
<p>A primera vista, este es un argumento muy fuerte. ¿Pero y al respecto de la defensa de la URSS?</p>
<p><em>La defensa de la URSS coincide para nosotros con la preparación de la revolución mundial. Solamente son admisibles aquellos métodos que no entren en conflicto con los intereses de la revolución. La defensa de la URSS está relacionada a la revolución mundial, así como una tarea táctica está relacionada con una estratégica. Una táctica está subordinada a un objetivo estratégico, y en ningún caso puede estar en contradicción con este último.</em>[14]</p>
<p>Pero si las exigencias de la operación táctica entran, de hecho, en conflicto con el objetivo estratégico (como creían aquellos que criticaban desde la izquierda a Trotsky), entonces la táctica –esto es, la defensa de la URSS– debía sacrificarse. Sobre esta base, aparentemente, los críticos de Trotsky (quienes se consideraban ellos mismos como revolucionarios) podían fácilmente acordar en diferir con esta terminología. [...]</p>
<p>En realidad, Trotsky creía que estaba en juego mucho más. Si la burocracia realmente constituyese una clase y la URSS fuera una nueva forma de sociedad de explotación, entonces, no se podría considerar que la Rusia estalinista era un producto excepcional de circunstancias únicas, ni se podría afirmar que estaría condenada a desaparecer en breve, tal como Trotsky creía.</p>
<p>Pero el asunto no terminaba aquí. Trotsky llamó la atención sobre una visión que estaba en el “aire”, por así decir, a finales de los años 30s, de que la “burocratización” y la “estatización” estaban avanzando en todos lados, indicando las características de la sociedad venidera –un “estatismo totalitario”, el cual Trotsky mismo esperaba que se desarrollase, a menos que una revolución de los trabajadores siguiese a la guerra. El libro 1984 de George Orwell (1944) expresaba ese temor. Esta cuestión fue confundida con “la perspectiva histórica mundial para las próximas décadas, si no siglos: ¿estamos entrando en la época de la revolución social y de la sociedad socialista, o de lo contrario, en la época de la sociedad decadente de la burocracia totalitaria?”.[15]</p>
<p>Las alternativas fueron planteadas falsamente. Las previsiones de La burocratización del mundo (título del libro de Bruno Rizzi citado por Trotsky) eran impresionistas, no el producto de un profundo análisis. Tampoco se podía concluir que si la URSS realmente fuese una sociedad de explotación en el sentido marxista (y era entorno a esto que giraban los argumentos aparentemente escolásticos de si la burocracia era una “clase” o una “casta”), ella sería una sociedad de explotación de tipo fundamentalmente nuevo. ¿Y si suponemos que era una forma de capitalismo? Si esto era así, todos los argumentos sobre la “perspectiva histórica mundial” caían por tierra. Por supuesto, Trotsky estaba familiarizado con el concepto de capitalismo de estado. En la Revolución traicionada escribió:</p>
<p><em>Teóricamente es posible concebir una situación en la cual la burguesía como un todo se constituye en una sociedad anónima que, por medio de su Estado, administra la economía nacional en su conjunto. Las leyes económicas de un régimen como este no representarían un misterio. Un único capitalista, como es bien conocido, recibe en la forma de ganancia, no aquella parte de plusvalía que es creada por los trabajadores de su empresa, sino una parte de la plusvalía combinada creada en todo el país, proporcional al tamaño de su propio capital. Bajo un “capitalismo de estado” integral, la ley de la tasa de ganancia igual sería realizada, no a través de distintos caminos –esto es, por la competencia entre capitales diferentes– sino inmediata y directamente a través de la contabilidad estatal. Por esto, tal régimen nunca existió, y fruto de las profundas contradicciones entre los propietarios, nunca existirá –además, porque en su calidad de depositario universal de la propiedad capitalista, el Estado sería un objeto por demás tentador de la revolución social.</em>[16]</p>
<p>Aunque Trotsky pensase que un sistema de capitalismo de estado “integral” (lo cual quiere decir, total) fuese teóricamente posible, decía que tal sistema no existiría. Pero supongamos que la burguesía fuese destruida por una revolución y los trabajadores –debido a su debilidad numérica o cultural– fallaran en tomar el poder, o después de haberlo tomado, en mantenerlo. La burocracia que emergiera como sector previlegiado (tal como Trotsky había descrito gráficamente el caso de la burocracia estalinista de la URSS) controlaría al Estado y la economía. ¿Cuál sería en realidad su papel económico? ¿No sería una clase capitalista “sustituta”? No se puede argumentar que la burocracia estalinista no era capitalista porque controlaba toda la economía nacional. Trotsky había admitido que, en principio, una burguesía estatal podría ocupar tal posición [...]</p>
<p>La cuestión principal es saber quien controla el proceso de acumulación. Retomando esta cuestión en 1939, Trotsky escribía:</p>
<p><em>Rechazamos, y seguimos rechazando esta expresión [capitalismo de estado] la cual, si bien caracteriza correctamente ciertos aspectos del Estado soviético, ignora su diferencia fundamental en relación con los Estados capitalistas, esto es, la ausencia de la burguesía como clase de propietarios, la existencia de la propiedad estatal de los medios de producción más importantes y, finalmente, la economía planificada vuelta posible por la Revolución de Octubre.</em>[17]</p>
<p>Trotsky analizó siempre la sociedad estalinista desde el punto de vista de la forma de propiedad, y no desde las relaciones de producción concretas –aunque haya usado frecuentemente esta expresión y, en realidad, las haya tratado como idénticas. El asunto, es que no son idénticas. En una crítica a Proudhon, Marx explica que:</p>
<p><em>para definir la propiedad burguesa es necesario realizar una exposición de la totalidad de las relaciones sociales de producción burguesas. Intentar definir la propiedad como si fuese una relación independiente, una categoría separada –o sea, una idea eterna y abstracta– no es nada más que una ilusión metáfisica o jurídica</em>.[18]</p>
<p>Y de esta misma forma se debe analizar a la URSS. La forma de propiedad (en este caso, la propiedad estatal) no puede ser considerada independientemente de las relaciones sociales de producción. La relación de producción dominante en la URSS (especialmente luego de la industrialización) era la relación trabajo asalariado-capital, característica del capitalismo. El trabajador en la URSS vendía la mercancía fuerza de trabajo, de la misma forma en que lo hacía un trabajador en Estados Unidos. A cambio de su trabajo no recibía raciones, como un esclavo, tampoco una parte de lo producido, como si fuese un siervo, sino dinero, el cual era gastado en mercancías producidas para vender.</p>
<p>Trabajo asalariado implica capital. No había burguesía alguna en la URSS. Pero había ciertamente, capital –tal como este fue definido por Marx. Capital, el cual es necesario decirlo, no consiste –para un marxista– en materias primas, créditos y demás. Capital es “un poder social independiente, esto es, el poder de una parte de la sociedad, que se mantiene e incrementa a través de la compra de fuerza de trabajo. La existencia de una clase que posee solo su capacidad de trabajo es condición preliminar y necesaria del capital. Es exclusivamente el dominio de la acumulación lo que transforma el trabajo acumulado en capital”.[19] Tal situación sí existía en la URSS.</p>
<p>Para Marx, la burguesía era la “personificación” del capital. En la URSS la burocracia cumplía esta función. Este último punto fue negado directamente por Trotsky. En su opinión, la burocracia era simplemente un “gendarme” en el proceso de distribución, determinando quién recibía qué parte de la riqueza y cuándo. Pero esto es inseparable del proceso de acumulación de capital. La sugerencia de que la burocracia no dirigía el proceso de acumulación, esto es, que no actuaba como “personificación” del capital, no resiste exámen alguno. Si no era la burocracia, entonces ¿quién lo dirigía? Indudablemente, no era la clase trabajadora.</p>
<p>El último punto ilustra exactamente la distinción esencial entre cualquier forma de capitalismo y una genuina sociedad de transición (un Estado obrero, el poder de los trabajadores, la dictadura del proletariado), en la cual el trabajo asalariado inevitablemente seguirá existiendo por algún tiempo. Dicha sociedad de transición radica en el control colectivo de la clase trabajadora sobre la economía planificada y sobre la relación trabajo-capital. Si se pierde ese control, en una sociedad industrial, el poder del capital es reestablecido. El concepto de Estado obrero carece de sentido sin algún grado de control de los trabajadores sobre la sociedad.</p>
<p>Claro que si la sociedad de la URSS fuera descrita como una forma de capitalismo de estado, se debe admitir que era una sociedad capitalista altamente peculiar. Una discusión de las peculiaridades y de la dinámica de la URSS no cabe aquí. Sin duda, un mejor análisis puede ser hallado en la obra de Tony Cliff, El capitalismo de estado en la URSS.[20] Lo que aquí es relevante, es el error de Trotsky al examinar las relaciones de producción concretas existentes en la URSS y sus consecuencias. Su visión final fue:</p>
<p><em>Un régimen totalitario, sea del tipo estalinista o fascista, por su propia esencia, solo puede ser un régimen transitorio, temporal. En la historia, las dictaduras generalmente fueron producto y la señal de una crisis social seria, y de forma alguna, regímenes estables. Las crisis agudas no pueden ser condición permanente en ninguna sociedad. Un Estado totalitario es capaz de suprimir las contradicciones sociales durante cierto período, pero es incapaz de perpetuarse. Las purgas monstruosas en la URSS son testimonio convincente de que la sociedad soviética tiende, orgánicamente, a rechazar a la burocracia</em> [...] <em>Síntoma de la proximidad de su agonía mortal, es la extensión y fraudulencia monstruosa de dichas purgas. Stalin no muestra otra cosa que no sea la incapacidad de la burocracia para transformarse en una clase dominante estable. ¿No quedaríamos en una posición ridícula si justamente unos años antes, o algunos meses antes de la caída desonrosa de la oligarquía bonapartista, le diéramos la denominación de nueva clase dominante?</em>[21]</p>
<p>Esta caída, recordemos, era esperada por Trotsky porque la burocracia “se volvería más y más un órgano de la burgusía mundial [...] y destruiría las nuevas formas de propiedad”, o porque estallaría una revolución proletaria (o, claro, porque ocurriría una invasión extranjera). Y todo esto era esperado para el futuro cercano.</p>
<p>Esta fue la valoración legada por Trotsky a sus seguidores y, de igual forma que su perspectiva para el capitalismo occidental, serviría para desorientarlos. La existencia de un sector de la burocracia deseoso de restaurar el capitalismo de mercado probó ser solo un mito, durante el período analizado. Además, esta convicción de Trotsky se contradecía con sus previsiones respecto de la posibilidad de un estatismo totalitario en los países capitalistas avanzados.</p>
<p>La URSS emergió de la Segunda Guerra Mundial más fuerte que antes (en relación con las otras potencias), con una burocracia firme al mando, sobre la base de una industria estatizada. Además de esto, se produjo la imposición de regímentes similares al ruso en Polonia, Checoslovaquia, Hungría, Rumania, Bulgaria, Alemania Oriental y Corea del Norte. Y surgieron regímenes estalinistas “nativos” en Albania, Yugoslavia y, un poco más tarde, en China, Cuba y Vietnam, sin ninguna intervención del ejército ruso. El estalinismo, evidentemente, no estaba en su “agonía mortal”, sino que era, en ausencia de la revolución de los trabajadores, un medio alternativo de acumulación de capital al capitalismo monopólico “clásico”.</p>
<p><strong>La revolución permanente desviada</strong></p>
<p>La clase trabajadora industrial no desempeñó ningun papel en la conquista del poder por el Partido Comunista Chino (PCCh) en 1948-1949. Los trabajadores industriales tampoco desempeñaron papel alguno dentro del PCCh.</p>
<p>Tomemos primeramente este último punto. Si bien hacia fines de 1925 los trabajadores componían más del 66% del Partido Comunista Chino (los campesinos formaban el 5%, y el resto correspondía a distintos sectores de la pequeña burguesía urbana, entre los cuales los intelectuales eran los más importantes), en Septiembre de 1930 la proporción de trabajadores, según los propios datos del PCCh, había caído al 1,6%.[22]  A partir de entonces el número de trabajadores en el partido fue prácticamente cero, hasta después que las fuerzas de Mao dominaron China.</p>
<p>Después de la derrota de la “Comuna de Cantón” a finales de 1927, el Partido Comunista Chino retrocedió hacia el campo y adoptó la guerra de guerrillas. Se fundó la “República Soviética de Kiangsi”, con un territorio variable dentro de China central, hasta que fue finalmente invadida por las fuerzas de Chiang Kai-Shek en 1934, lo que llevó al Ejército Rojo a emprender su “larga marcha” hacia Shensi, en el extremo noroeste del país. Esta operación heroica, llevada a cabo en una situación extremadamente adversa, llevó al partido-ejército (entre los cuales era cada vez más difícil hacer una distinción) a un área distante de la vida urbana, de la industria moderna y de la clase trabajadora china. Chu Teh, entonces principal jefe militar, admitió que “las regiones bajo la dirección de los comunistas son las más atrasadas económicamente en todo el país”.[23] Y ese país era uno de los países más atrasados del mundo de entonces.</p>
<p>Fue ahí que, por más de diez años, las fuerzas del Partido Comunista Chino continuaron su lucha por sobrevivir contra los ejércitos de Chiang Kai-Shek (aunque fuesen fuerzas nominalmente aliadas desde 1935) y los invasores japoneses. En dicha región campesina fue erigido un aparato estatal, con las características jerárquicas y autoritrarias habituales, con intelectuales urbanos en la cima y campesinos en la base. Por su parte, el ejército japonés controló todas las áreas de desarrollo industrial importante desde 1937 a 1945.</p>
<p>Con la rendición japonesa de 1945, las fuerzas del Kuomintang (KMT) ocuparon la mayoría de China con la ayuda de Estados Unidos, pero el régimen extremadamente corrupto del Kuomintang estaba entrando en un estado avanzado de descomposición. Después de que los intentos de formar un gobierno nacional de coalición entre el Kuomintang y el Partido Comunista Chino fracasaron, el PCCh derrotó a su desmoralizado y fragmentado oponente, utilizando medios puramente militares. El apoyo y la masiva ayuda material y militar de Estados Unidos al KMT no alteraron el resultado. Unidades y divisiones, y hasta los propios cuerpos de ejército completos, desertaron con sus generales.</p>
<p>La estrategia de Mao fue alentar esos cambios de lealtad y abatir cualquier acción independiente por parte de campesinos y trabajadores –especialmente de estos últimos. El Partido Comunista Chino estaba totalmente divorciado de la clase trabajadora. Antes de la caída de Pekin, Lin Piao, el comandante del ejército del PCCh en el área, y más tarde sustituto de Mao al caer este en desgracia y además morir en 1971, emitió un comunicado instando a los trabajadores a que no se sublevaran, sino que “mantuvieran el orden y continuaran con sus ocupaciones habituales. Los funcionarios del Kuomintang y el personal de policía de la ciudad, municipio u otro nivel de institución de gobierno [...] deben permanecer en sus puestos”.[24] En Enero de 1949 el general del Kuomintang, a cargo de la guarnición de Pekín, se rindió. El “orden” fue mantenido. Un gobernador militar sucedió a otro.</p>
<p>Lo mismo aconteció cuando las fuerzas del Partido Comnista Chino se aproximaron al ríoYang-Tse y a las grandes ciudades de China central como Shangai y Hankow, que habían sido los epicentros de la revolución de 1925-1926. Un comunicado especial, emitido con las firmas de Mao Tse-Tung (jefe de gobierno) y Chu Teh (comandante en jefe del ejército), declaraba que:</p>
<p><em>trabajadores y empleados continuen trabajando, y todos los negocios funcionen normalmente</em> [...] <em>oficiales del Kuomintang</em> [...] <em>de todos los niveles&#8230; personal de la policía, tienen que permanecer en sus puestos y obedecer las órdenes del Ejército de Liberación del Pueblo y del Gobierno Popular.</em>[25]</p>
<p>Extraña revolución, con los “negocios funcionando normalmente”&#8230; Y todo fue así hasta la proclamación de la “República Popular” en Octubre de 1949. Por esto, muchos de los seguidores de Trotsky, inclusive los líderes del SWP de Estados Unidos, negaron durante muchos años que algún cambio real estuviese ocurriendo.</p>
<p>Esto se demostró errado. Una verdadera transformación había ocurrido. ¿Pero de qué tipo? Un aspecto central de la teoría de la revolución permanente era la convicción de que la burguesía de los países atrados era incapaz de conducir una revolución. Esto fue más de una vez confirmado. Igualmente central era la convicción de que solo la clase trabajadora podría conducir a la masa de campesinos y a la pequeña burguesía urbana durante una revolución democrática, la cual se fundiría con la revolución socialista. Esto se demostró falso. La clase trabajadora china, en ausencia de un movimiento obrero revolucionario de masas en otra parte del mundo, permaneció pasiva. Tampoco el campesinado chino transgredió la visión de Marx sobre su incapacidad en desempeñar un papel politico independiente. La Revolución china de 1949 no fue un movimiento campesino.</p>
<p>No obstante, ocurrió una revolución. China fue unificada. Las potencias imperialistas fueron expulsadas de suelo chino. La cuestión agraria, si no fue “solucionada” fue, de cualquier forma, resuelta en tanto liquidó la propiedad señorial. Todos los trazos esenciales, característicos de la revolución burguesa o democrática, como el propio Trotsky los entendía, fueron realizados, excepto la conquista de la libertad politica, en el marco de la cual el movimiento obrero hubiera podido desarrollarse.</p>
<p>Estos cambios fueron hechos bajo la dirección de intelectuales que, en circunstancias de un colapso social general, habían construido un ejército campesino y derrotado a través de medios militares a un régimen en camino hacia su disolución. Más de 2000 años antes, la dinastía Han había sido fundada en circunstancias semejantes, bajo el liderazgo del fundador de la dinastía, que como Mao provenía de una familia campesina rica. Pero en medio del siglo XX, la sobrevivencia del nuevo régimen dependía de la industrialización. El estalinismo chino tuvo sus raíces en esta necesidad. Fue un desarrollo no previsto por Trotsky. En sí, eso no es ni sorprendente ni trascendente. Pero, tomado en conjunto con los otros resultados inesperados, tendría un efecto significativo en el futuro del movimiento trotskista.</p>
<p>Aquí solo consideramos el caso chino –fruto de su enorme importancia– pero, poco antes, Yugoslavia y Albania, luego Cuba y Vietnam, mostraron ciertos rasgos semejantes. El término “revolución permanente desviada” fue introducido por Tony Cliff para describir un fenómeno,26 muy diferente de la teoría de la revolución permanente tal como Trotsky la entendía.</p>
<p><strong>El trotskismo después de Trotsky</strong></p>
<p>Los dilemas políticos que enfrentaron los seguidores de Trotsky en los años siguientes a su muerte son relevantes aquí por dos razones: primero, porque el propio Trotsky daba importancia suprema a la Cuarta Internacional; segundo, porque mostraron la vitalidad y las debilidades de sus ideas.</p>
<p>El internacionalismo revolucionario intransigente de Trotsky permitió que sus seguidores se resistieran a acomodarse al “imperialismo democrático” del campo aliado durante la Segunda Guerra Mundial, a despecho de la enorme presión (inclusive la presión de la masa de la clase trabajadora, y de la mayoría de sus mejores y más combativos elementos). Ellos realmente “nadaban contra la corriente” y emergieron orgullosos, a pesar de la persecusión, el encarcelamiento (en Estados Unidos y Gran Bretaña, para no mencionar los países ocupados por los nazis) y las ejecuciones que eliminaron un número significativo de los activistas trotskistas de Europa.</p>
<p>Ellos preservaron la tradición, a pesar de todas las adversidades, ganaron nuevos miembros y, en algunos casos al menos, lograron una composición más obrera (esto se aplica principalmente a los americanos y los británicos). Ellos fueron inspirados y fortalecidos por la visión de una revoución proletaria en el futuro próximo. En este marco, el principal grupo británico publicaba un folleto en 1944 (un documento de 1942 sobre las perspectivas de futuro) bajo el título “¡Preparándose para tomar el poder!”. En esta época ese grupo no tenía más de 200 o 300 miembros&#8230; Esa magnifica indiferencia hacia las dificultades inmediatas y aparentemente insuperables, combinada con una esperanza inamovible en el futuro, fueron inspiradas por las ideas de Trotsky. Esto era típico de sus seguidores en todas partes.</p>
<p>Infelizmente, existía el otro lado de la moneda: una creencia al pie de la letra en el acierto hasta el detalle de la perspectiva mundial presentada por Trotsky entre 1938 y 1940, y sus previsiones. Dos elementos distintos habían sido unidos: el internacionalismo revolucionario y la fe en el futuro seguro del socialismo, con las valoraciones específicas de las perspectivas del capitalismo y del estalinismo. Consecuentemente, la atención de las realidades en constante cambio se volvió sinónimo de “revisionismo”, para los seguidores más “ortodoxos” de Trotsky. Durante varios años luego de 1945, la mayoría del movimiento quedó encerrado en el marco de 1938.</p>
<p>Cuando sobrevino la crisis del movimiento trotskista, varias corrientes diferentes emergieron, algunas preservando muchos elementos de la tradición comunista, y otras muy pocos. Su mayor debilidad fue la incapacidad de la mayoría para resistir completamente la atracción gravitacional del estalinismo y, después en los años 50s y 60s, la atracción del tercermundismo. Esto, por su lado, los apartó de manera práctica y sostenida de la tarea de recrear una tendencia revolucionaria dentro de la clase trabajadora. Siendo así, el carácter dominantemente pequeño-burgués del movimiento terminó reforzado, y el círculo vicioso se perpetuó.</p>
<p>Habiendo dicho todo esto, sigue siendo verdad que el legado de la lucha de la vida de Trotsky, cuyos últimos años fueron vividos en condiciones extremadamente difíciles, es inmensamente valioso. Para todos los marxistas, para todos quienes el marxismo es una síntesis de la teoría y de la práctica, el legado de Trotsky es una contribución indispensable para esa síntesis en el día de hoy.</p>
<p>_____</p>
<p><strong>NOTAS</strong></p>
<p><strong>Duncan Hallas </strong>nació en Gran Bretaña. Se convirtió en socialista revolucionario durante la Segunda Guerra Mundial. Durante la misma fue uno de los líderes del movimiento de base surgido en las tropas británicas destacadas en Egipto. Luego de la guerra regresó a su nativa Manchester a trabajar como obrero fabril. Ayudó a formar el grupo Socialist Review, dando inicio a nuestra Tendencia Socialista Internacional (IST). Tuvo un destacado activismo en el sindicato nacional de maestros y luego en el liderazgo del Socialist Workers Party (SWP). Fue editor de la revista <em>International Socialist Journal</em>, autor de dos libros (<em>El Comintern</em> y <em>El Marxismo de Trotsky</em>, que presentamo a continuación), y de numerosos folletos y artículos. También fue un brillante orador, jugando un papel muy importante entre los años 70s y 80s en la extensión a muchos países de la IST. Falleciendo el 19 de Septiembre de 2002.</p>
<p><strong>Agradecimientos. </strong>Este pequeño trabajo debe su existencia al estimulo, los consejos y la ayuda práctica de Tony Cliff. El tratamiento del pensamiento de Trotsky está fuertemente influenciado por las opiniones y las críticas realizadas por el propio Cliff a partir de 1947. Claro está, Cliff no es responsable por todas las opiniones aparecidas aquí. Quisiera realizar además tres reconocimientos específicos. Para Nigel Harris, cuyos escritos y charlas modificaron ampliamente mis primeras opiniones sobre Trotsky. Para John Molyneux, cuyo libro Marxismo y partido influyó en mi, más de lo que puede parecer si se realiza una mirada superficial de nuestros respectivos escritos sobre el tema. Y para Chanie Rosemberg, quien dactilografió mi manuscrito durante los intervalos de su intensa actividad política, sin cuyo esfuerzo este trabajo jamás habría visto la luz del día. Este libro fue traducido del portugués al español por Javier Carlés, en base a la traducción del original en inglés realizada al portugués por Günther Bachmann y corregida por Annie Nehmad.</p>
<p>_____</p>
<p><strong>Introducción</strong></p>
<p>1.	P. Anderson, <em>Considerations on Western Marxism</em>, London: New Left Books, 1976, p.29.</p>
<p><strong>Capítulo 1. La revolución permanente</strong></p>
<p>1.	Engels a Kautsky, <em>Marx and Engels: Selected Correspondence 1846-1895</em>, London: Lawrence &amp; Wishart 1936, p.399.</p>
<p>2.	“Manifesto of the Russian Social Democratic Workers’ Party”, (1898), en R.V. Daniels (ed.), <em>A Documentary History of Communism,</em> New York: Vintage 1962, Vol.1, p.7.</p>
<p>3.	Lenin, <em>Collected Works</em>, Moscow: Foreign Languages Publishing House 1960, Vol.9, pp.55-57.</p>
<p>4.	Ibid. Vol.21, p.33</p>
<p>5.	Trotsky, “Our differences”, en 1905, New York: Vintage 1972, p.312.</p>
<p>6.	Ibid.</p>
<p>7.	Ibid. pp.313-14.</p>
<p>8.    Trotsky, “Results and prospects”, en <em>The Permanent Revolution</em>, 1962, pp.194-95.</p>
<p>9.	Lenin, <em>Collected Works</em>, op.cit. Vol.9, p.28.</p>
<p>10.	Trotsky, “Our differences”, op.cit. p.317.</p>
<p>11.	Intentar justificar estas afirmaciones sobrepasa los objetivos limitados del presente trabajo. <em>La Historia de la Revolución Rusa</em> del propio Trotsky, vols 1 e 2, y la obra<em> Lenin</em> de Tony Cliff, London: Pluto Press 1976, Vol.2, proporcionan, aunque sea desde ángulos ligeramente diferentes, las evidencias decisivas.</p>
<p>12.	T. Cliff, Lenin, London: Pluto Press 1976, Vol.2, p.138.</p>
<p>13.	I. Deutscher, <em>The Prophet Unarmed</em> , London: Oxford University Press 1959, p.323.</p>
<p>14.	Trotsky, “The Chinese Communist Party and the Kuomintang”, <em>Leon Trotsky on China</em>, N.York: Monad 1976, pp.113-15.</p>
<p>15.	Trotsky, “First speech on the Chinese question”, <em>Leon Trotsky on China</em>, op.cit. p.227.</p>
<p>16.	Trotsky, “Summary and perspectives of the Chinese revolution”, <em>Leon Trotsky on China</em>, op.cit. p.297.</p>
<p>17.	Trotsky, “The Chinese revolution and the theses of Comrade Stalin”,<em> Leon Trotsky on China</em>, op. cit. pp.162-63.</p>
<p><strong>Capítulo 2. Análisis del estalinismo</strong></p>
<p>1.	Lenin, <em>Collected Works</em>, Moscow: Foreign Languages Publishing House, 1960, Vol.33, pp.65-66.</p>
<p>2.	E.H. Carr,<em> The Bolshevik Revolution</em>, Harmondsworth: Penguin 1963, Vol.2, pp.194-20.</p>
<p>3.    V. Serge, <em>From Lenin to Stalin</em>, New York: Monad 1973, p.39.</p>
<p>4.	Trotsky in I. Deutscher, <em>The Prophet Armed</em>, London: Oxford University Press 1954, p.509.</p>
<p>5.	Lenin, op. cit. Vol.32, p.24.</p>
<p>6.	Ibid. p. 48.</p>
<p>7.	Un relato detallado puede hallarse en I. Deutscher, <em>The Prophet Unarmed</em>, London Oxford University Press 1959, especialmente en los capítulos 2 y 5.</p>
<p>8.	<em>Platform of the Opposiction</em>, London: New Park 1973, pp.35-36.</p>
<p>9.	Stalin, in Trotsky, <em>The Revolution Bevayed</em>, London: New Park 1967, p.291.</p>
<p>10.	Trotsky, ‘Where is the Soviet Repuhtic going?’, <em>Writings of Leon Trotsky 1929</em>, New York: Pathfinder Press 1975, pp.47-48.</p>
<p>11.	Ibid. p.50.</p>
<p>12.	Ibid. p.51.</p>
<p>13.	Trotsky, ‘Problems of the development of the USSR’. <em>Writings of Leon Trotsky 1930-31</em>, New York: Pathfinder Press 1973, p.215.</p>
<p>14.	Ibid. p 225.</p>
<p>15.	A. Nove, <em>An economic History of the USSR</em>, Harmondsworth: Penguin 1965 p 206.</p>
<p>16.	Trotsky, ‘The class nature of the Soviet State’,<em> Writings of Leon Trotsky 1933-34</em>, New York: Pathfinder Press 1972, pp.117-18.</p>
<p>17.	Trotsky, ‘The workers’ state, Thermidor and Bonapartism’, <em>Writings of Leon Irotsty 1934-35</em>, New York: Pathfinder Press 1971, pp.166-67.</p>
<p>18.	Ibid. p. 182.</p>
<p>19.	I. Deutscher op cit. p. 139.</p>
<p>20.	Trotsky, ‘The Workers’ state, Thermidor and Bonapartism’, op. cit. pp.172-73.</p>
<p>21.	Trotsky, ‘The death agony of capitalistn and the tasks of the Fourth International’, <em>Documents of the Fourth International</em>, N. York: Pathfinder Press 1973, p.220.</p>
<p>22.	Ibid p.211.</p>
<p>23.	Trotsky, <em>The Revolution Betrayed</em>, London: New Park 1967, p.278.</p>
<p>24.	Ibid.</p>
<p>25.	Ibid.</p>
<p>26.	Trotsky, <em>The Revolution Betrayed</em>, op.cit. p.254</p>
<p><strong>Capítulo 3. Estrategia y táctica</strong></p>
<p>1.	Trotsky, ‘Manifesto of the Communist International to the workers of the world’, <em>The First Five Years of the Communist International</em>, New York: Pioneer 1945 Vol.2, pp.29-30.</p>
<p>2.	J. Degas, <em>The Communist International 1919-43</em>, London: Cass 1971, Vol.1, p 26.</p>
<p>3.	Ibid. p 6.</p>
<p>4.	Lenin, <em>Collected Works</em>, Moscow: Foreign Languages Publishing House 1960, Vol 28 p 455.</p>
<p>5.   S.Haffner, <em>Failure of a Revolution: Germany 1918-19</em>, London: Andre Deutsch 1973 p 152.</p>
<p>6.	Lenin, op. cit., Vol 21 p.40.</p>
<p>7.	J. Degras op. cit., cit Vol I, pp.12-13.</p>
<p>8.	J. Degras op cit p 19.</p>
<p>9.   Lenin, op cit., Vol 25 p.393.</p>
<p>10.	Ibid., Vol 29 p.311.</p>
<p>11.	J. Degras, op cit p 13.</p>
<p>12.	Lenin, op.cit. Vol.31, pp.206-07.</p>
<p>13.	Ibid. p.206.</p>
<p>14.	J. Degras, op.cit. p.109.</p>
<p>15.	Este medio párrafo resume una extensa cita de Trotsky insertada por Hallas. Para una lectura completa de la misma, ver Trotsky ‘Speech on Comrade Zinnviev’s report on the role of the party’, <em>The First Five Years of the Communist Intemational</em>, op.cit. Vol.1, pp.97-99.</p>
<p>16.	Ibid. p.101.</p>
<p>17.	Ibid. p.141.</p>
<p>18.	Ibid. pp.303-O5.</p>
<p>19.	Ibid. pp.294-95.</p>
<p>20.	J. Degras, op.cit. Vol.1, p.230.</p>
<p>21.	Trotsky, <em>The First Five Years of the Communist International</em>, op.cit. Vol.2, pp.91-95.</p>
<p>22.	Trotsky. <em>Writings of Leon Trotsky 1932-33</em>, New York: Pathfinder Press 1972, pp.51-55.</p>
<p>23.	E.H. Carr,<em> The Interregnum 1923-1924</em>, Harmondsworth: Penguin 1965, p.221.</p>
<p>24.	Trotsky, ‘Lessons of the General Strike’, <em>Trotsky’s Writings on Britain</em>, London:New Park 1974, Vol.2, pp.241,245.</p>
<p>25.	Ibid. p.244.</p>
<p>26.	Ibid. pp.252-53.</p>
<p>27.	J. Degras, <em>The Communist International: Documents</em>, London: Cass VoIII, p.44.</p>
<p>28.	Ibid. p.159.</p>
<p>29.	Ihid. p.224.</p>
<p>30.	Trotsky, ‘The turn in the Communist International’, <em>The. Struggle Against Fascism in Germany</em>, New York: Pathfinder Press 1971, pp.57-60.</p>
<p>31.	Trotsky, ‘What next?’, <em>The Struggle Against Fascism in Germany</em>, op.cit. p.248.</p>
<p>32.	Ibid. p.254.</p>
<p>33.	J. Degras, op.cit. Vol.III, p.375.</p>
<p>34.	Ibid. p.390.</p>
<p>35.	Ibid. p.384.</p>
<p>36.	Ver F. Morrow, <em>Revolution and Counter-Revolution in Spain</em>, New York: Pioneer 1938, p.34.</p>
<p>37.	Ibid. p.35.</p>
<p>38.	Trotsky, ‘The lessons of Spain: the last warning’, <em>The Spanish Revolution (1931-39)</em>, New York: Pathfinder Press 1973, p.322.</p>
<p><strong>Capítulo 4. Partido y clase</strong></p>
<p>1.	I. Deutscher, <em>The Prophet Armed</em>, London : Oxford University Press 1954, p45.</p>
<p>2.	<em>1903: Second Congress of the Russian Social-Democratic Labour Party</em>, London New Park p.204.</p>
<p>3.	Trotsky, ‘Our political tasks’, in R.V. Daniels (ed.), <em>A Documentary History of Communism</em>, New York: Vintage 1962, Vol. I, p.31.</p>
<p>4.	Ver Schurer, ‘The Permanent Rcvolution’, in Labedz (ed.) <em>Revisionism</em>, London: Allen&amp;Unwin 1962, p.73.</p>
<p>5.	Ibid. p.74.</p>
<p>6.	Ver T. Cliff, <em>Lenin</em>, London : Pluto Press 1976, Vol.1, pp.168-179, Vol.2, pp.97-139.</p>
<p>7.	Trotsky, ‘What next?’, <em>The Struggle Against Fascism in Germany</em>, New York Pathfinder Press 1971, p.163.</p>
<p>8.	Ibid. pp.163-64.</p>
<p>9.	Ibid. p. 159.</p>
<p>10.	Trotsky, ‘Manifesto of the Communist International to the workers of the world’, <em>The First Five Years of the Communist International</em>, New York:N Pioneer  Vol. 1 p 29.</p>
<p>11.	Trotsky, ‘What next?’ op. cit p.254.</p>
<p>12.	Trotsky, ‘The Spanish revolution and the danger threatening it’ <em>The Spanish Revolution (1931-39)</em> New York: Pathfinder Press 1973, p.133.</p>
<p>13.	Trotsky ‘The groupings in the communist opposition’, <em>Writings of Leon Trotsky 1929</em>, New York Pathfinder Press 1975, p.81.</p>
<p>14.	Trotsky, ‘The international left opposition its tasks and methods’, <em>Writings of Leon Trotsky 1932-33</em>, New York Pathfinder Press 1972, p.56.</p>
<p>15.	Trotsky, <em>History of the Russian Revolution,</em> London : Sphere 1977, Vol.1, p306.</p>
<p>16.	Trotsky, ‘The evolution of the Comintern’, <em>Documents of the Fourth International, </em>New York: Pathfinder Press 1973, Vol.1, p.128.</p>
<p>17.	Trotsky, ‘Thermidor and Bonapartism’, <em>Writings of Leon Trotsky 1930-31</em>, New York Pathfinder Press 1973, p 75.</p>
<p>18.	Trotsky, ‘For a workers’ united front against fascism’, <em>Ihe Struggle Against Fascism in Germany</em>, op cit. p.134.</p>
<p>19.	Trotsky, ‘Germany: key to the international situation’,<em> The Struggle Against Fascism in Germany</em>, op cit. pp.121-22.</p>
<p>20.	Trotsky, ‘The Stalin bureaucracy in straits’, <em>Writings of Leon Trotsky 1932</em>, New York, Pathfinder Press 1973, p.125.</p>
<p>21.	Trotsky, ‘To the editorial board of Prometeo’,<em> Writings of Leon Trotsky 1930</em>, New York Pathfinder Press 1975, pp 285-286.</p>
<p>22.	T. Cliff, <em>Lenin</em>, London: Pluto Press 1976, Vol.2, p.12.</p>
<p>23.	J. van Heijenoort, <em>With Trotsky in exile</em>, Boston: Harvard University Press 1978 p 38.</p>
<p>24.	Trotsky, ‘Lessons of the SFIO entry’, <em>Writings of Leon Trotsky 1935-36</em>, New York Pathfinder Press 1970, p.31.</p>
<p>25.	Trotsky, ‘It is time to stop’, <em>Writings of Leon Trotsky 1933-34</em>, New York: Pathfinder Press 1972, pp.90-91.</p>
<p>26.	Trotsky, ‘Centrist alchemy or marxism’, <em>Writings of Leon Trotsky 1934-35</em>, New York: Pathfinder Press 1971, p.274.</p>
<p>27.	Trotsky, ‘A great achievement’,<em> Writings of Leon Trotsky 1937-38</em>, New York: Pathfinder Press 1976, p.439.</p>
<p><strong>Capítulo 5. El legado</strong></p>
<p>1.	Ver <em>The Moscow Trials: An Anthology</em>, London: New Park 1967, p.12.</p>
<p>2.	Ver I. Deutscher, <em>The Prophet Outcast</em>, New York: Vintage 1964, p.171.</p>
<p>3.	Trotsky, ‘Fighting against the stream’, <em>Writings of Leon Trotsky 1938-39</em>, N.York: Pathfinder Press 1974, p.251-52.</p>
<p>4.	Trotsky, ‘The death agony of capitalism and the tasks of the Fourth International’, <em>Documents of the Fourth International</em>, New York: Pathfinder Press 1973, p.180.</p>
<p>5.	Trotsky, ‘The USSR in war’, <em>In Defence of Marxism</em>, London: New Park 1971, p.9.</p>
<p>6.	Trotsky, ‘The death agony&#8230;’, op.cit. p.183.</p>
<p>7.	Ibid. p.182.</p>
<p>8.	Trotsky, ‘The Comintern’s liquidation congress’, <em>Writings of Leon Trotsky 1935-36</em>, New York: Pathfinder Press  1970, p.11.</p>
<p>9.	Trotsky, ‘The USSR in war’, op.cit. p.10.</p>
<p>10.	M. Kidron, <em>Western Capitalism Since the War</em>, Harmondsworth: Penguin 1967 p 11.</p>
<p>11.	Trotsky, ‘The founding of the Fourth International’, <em>Writings of Leon Trotsky 1938-39</em>, op. cit. p.87.</p>
<p>12.	Trotsky,  ‘Ihe death agony&#8230;’, op. cit. p.183.</p>
<p>13.	Trotsky, ‘The USSR in war’, op. cit. pp.4-5.</p>
<p>14.	Ibid p.21.</p>
<p>15.	Ibid. p.18.</p>
<p>16.	Trotsky, <em>The Revolution Betrayed</em>, London: New Park 1967, pp.245-46.</p>
<p>17.	Trotsky, ‘Ten years’, <em>Writings of Leon Trotsky 1938-39</em>, op.cit. p.341.</p>
<p>18.  Marx, <em>Poverty of Philosophy</em>, London: Lawrence&amp;Wishart 1937, pp.129-30.</p>
<p>19.	Marx, ‘Wage labour and capital’,<em> Selected Works of Marx and Engels, </em>London: Lawrence &amp; Wishart 1934, pp.265-66.</p>
<p>20.	T. Cliff,<em> State Capitalism in Russia</em>, London: Pluto Press 1974, p.276.</p>
<p>21.	Trotsky. ‘The USSR in war’, op.cit. pp.16-17.</p>
<p>22.	Isaacs, <em>The Tragedy of the Chinese Revolution</em>, London: Secker &amp; Warburg 1938, p.394.</p>
<p>23.	Ver T. Cliff, ‘Permanent Revolution’, <em>International Socialism, </em>1962, No.12, p.17.</p>
<p>24.	Ibid. p.18.</p>
<p>25.	Ibid.</p>
<p>26.	Ibid.</p>
<p>______</p>
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		<title>Lenin. Socialista revolucionario</title>
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		<pubDate>Mon, 14 Feb 2011 01:05:26 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Socialismo Internacional</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://socialismointernacional.files.wordpress.com/2011/02/lenin-socialista-revolucionario.jpg"><img class="alignleft size-full wp-image-427" title="Lenin. Socialista revolucionario" src="http://socialismointernacional.files.wordpress.com/2011/02/lenin-socialista-revolucionario.jpg?w=191&#038;h=270" alt="" width="191" height="270" /></a>¿Por qué Lenin es todavía relevante? La mayoría de historiadores nos explican que Lenin y el leninismo fueron cosas negativas. De Lenin, se dice que gobernó de manera dictatorial su propio partido y, después, el Estado creado por la Revolución Rusa. Él fue responsable, nos explican, de la muerte de miles de personas y de la creación de una sociedad totalitaria. Stalin sencillamente siguió sus pasos. Está allá arriba, en un pedestal con Hitler y Saddam Hussein, como uno de los grandes tiranos de la historia moderna. En un libro recientemente editado y ampliamente publicitado, Martin Amis hizo un descanso de su habitual escritura de novelas sentimentales cargadas de sexo y violencia para desplegar sus vastos conocimientos sobre historia rusa, llegando a la conclusión de que Lenin y Trotsky “no sólo precedieron a Stalin. Crearon un estado policial funcionando perfectamente que después él utilizó.”(1)</p>
<h6><strong>IAN BIRCHALL (2006)</strong></h6>
<p><strong><span id="more-421"></span></strong></p>
<p>_____</p>
<p>La gente de izquierdas critica también a Lenin por reprimir la revuelta de los trabajadores de Kronstadt, por oponerse al movimiento anarquista independiente Ucraniano y destruir los comités de fábrica que surgieron tras la revolución.</p>
<p>El Lenin real era bastante más complejo. Evidentemente, cometió errores. Podía ser implacable —a favor de una causa, no por llenarse los bolsillos— y luchó incansablemente por todo aquello en que creía. Por encima de todo, jugó un papel clave para hacer posible la Revolución Rusa de octubre de 1917. La Revolución abría paso a la posibilidad —rápidamente ahogada por Stalin— de un mundo en el cual la producción se dirigiera a las necesidades humanas y no a la obtención de beneficios, un mundo en el cual aquellos que trabajan, no los que poseen, tomaran las decisiones; los seres humanos de todas las etnias y naciones cooperarían en vez de luchar, y a los niños se les enseñaría sobre la guerra y la pobreza en las clases de historia, dejándolos perplejos al pensar que tales atrocidades pasaron realmente.</p>
<p>El mundo actual es muy diferente del que Lenin conoció. Los primeros folletos de Lenin fueron escritos a mano; hoy, las ideas circulan por el planeta con la rapidez del clic de una tecla. Sin embargo, si volviera a la vida, Lenin reconocería enseguida algunas cosas: las guerras inacabables, las diferencias entre ricos y pobres que no paran de crecer, la represión estatal despiadada, el pillaje de las grandes corporaciones en los países pobres, la corrupción o la impotencia de los políticos que siguen la tendencia oficial.</p>
<p>Otro mundo es posible, y además necesario, si la humanidad quiere sobrevivir. Para conseguir el cambio necesitamos organización. Nuestros enemigos son poderosos, por lo que también debemos serlo nosotros.</p>
<p>El tema central de la vida de Lenin fue la necesidad de la organización. La manera de concebir esta organización varió mucho de una época a otra: no planteó nada semejante al mítico “partido leninista”. La obra de Lenin no es una compilación de libros de recetas, y el mejor leninista no es el que cita a Lenin con más frecuencia. Un análisis de la experiencia y de los triunfos de Lenin nos puede ayudar a entender sus métodos, y de esta manera facilitarnos el desarrollo de las formas de organización que necesitamos hoy en nuestras propias luchas.</p>
<p>_____</p>
<p><strong>1. ¿CÓMO SE CONVIRTIÓ LENIN EN REVOLUCIONARIO?</strong></p>
<p>Vladímir Uliánov, después conocido como Lenin, nació en el año 1870, hijo de un inspector de escuela. Rusia era, a la sazón, un vasto imperio en el cual la mayoría de la gente vivía y moría como campesinos analfabetos, condenados al desgaste físico y al hambre, conociendo poco más que su pueblo natal, a no ser que fueran enviados a luchar como soldados a la carnicería del frente. La servidumbre, que en la práctica convertía los campesinos en una posesión de los terratenientes locales, no fue abolida hasta el año 1861. El emperador —conocido como el Zar— gobernaba según su voluntad sin la intervención de ninguna institución parlamentaria. En esta época, la mayor fuerza de la izquierda eran los narodniks (populistas). Actualmente, se les denominaría “terroristas”. Eran básicamente estudiantes e intelectuales que creían que tenían la misión de liberar a los campesinos oprimidos. Sus métodos incluían el uso de bombas y el asesinato. Demostraron un gran coraje, pero su acción tuvo poco impacto. El hermano del mismo Lenin estuvo involucrado en estas acciones y murió en la horca en 1887.</p>
<p>Esto fue lo que convirtió a Lenin en revolucionario. Durante un tiempo buscó una estrategia para cambiar el mundo y al final se decantó por la obra de Karl Marx. Marx decía que el capitalismo explotaba a los obreros, que recibían mucho menos del valor de aquello que producían. Pero estos trabajadores explotados se convertirían, a través de una revolución que había de establecer una sociedad basada en la propiedad común, en los sepultureros del sistema. Los obreros, no los campesinos, eran la llave para el cambio social. Los campesinos que se deshacían del terrateniente podían dividir la tierra entre ellos, pero los obreros no podían dividir una fábrica: para ellos, sólo era posible una solución colectiva. Marx insistía en que los trabajadores no serían liberados por pequeños grupos de revolucionarios heroicos: “La emancipación de la clase trabajadora debe ser un acto de los mismos trabajadores.”</p>
<p>Para Lenin, los revolucionarios debían estar allá dónde estaban los trabajadores. En los inicios de la década de 1890 había pequeños círculos de estudio, constituidos por intelectuales, individuos decididos a adquirir conocimientos, pero todos ellos alejados de sus compañeros obreros. Lenin afirmaba que los socialistas se tenían que involucrar en luchas reales sobre salarios y condiciones de trabajo, por muy limitadas que parecieran. En su actividad inicial en San Petersburgo durante la década de 1890, Lenin decía que la tarea más importante en aquel momento era entrenar agitadores. Su propia actividad incluía el estudio de las condiciones en las fábricas y la elaboración de folletos que después se hacían circular entre los obreros. El año 1899 publicó un libro, ‘El desarrollo del capitalismo en Rusia’. Era el fruto de un trabajo de investigación de tres años, hecho desde la prisión y el exilio. Estaba lleno de detalles y tablas estadísticas, pero el punto básico era sencillo: Rusia era todavía, mayoritariamente, un país campesino, pero la industria moderna estaba creciendo, y con esta, la clase trabajadora. Los narodniks estaban equivocados: el futuro de Rusia estaba en manos de la clase trabajadora.</p>
<p>Este desarrollo tenía dos vertientes. Hombres y mujeres eran brutalmente explotados, pero la industria los sacaba de su ignorancia y del aislamiento del campo, introduciéndolos en fábricas dónde la sublevación colectiva era posible. No se podía volver a una época dorada de vida campesina pre-industrial: “Sólo se debe ver la increíble fragmentación de los pequeños productores […] para convencerse del progresismo del capitalismo, que está destruyendo las antiguas formas de vida y economía desde sus fundamentos”.(2)</p>
<p>En la fábrica, decía Lenin, los obreros empezaban a desarrollar una conciencia socialista: “A la fuerza, con cada huelga deben venir a la cabeza de los trabajadores pensamientos socialistas”.(3)</p>
<p>_____</p>
<p><strong>2. BOLCHEVISMO: ¿QUÉ HACER?</strong></p>
<p>El año 1898, un congreso en Minsk con sólo nueve delegados fundó el Partido Obrero Socialdemócrata Ruso (POSDR). Lenin no estaba; había sido desterrado a Siberia debido a sus actividades revolucionarias. Bajo el régimen zarista, las actividades socialistas eran ilegales o semilegales. Pocos revolucionarios disfrutaban de más de un año de libertad antes de ser arrestados y encarcelados en Siberia. Entre 1900 y 1905, Lenin se exilió en Londres, Múnich y Ginebra. El 1902 publicó ‘¿Qué hacer?’, exponiendo sus pensamientos sobre la organización. Muchos críticos de Lenin, y también algunos de sus defensores, usan este libro como una afirmación de sus puntos de vista sobre cómo debería ser una organización revolucionaria en cualquier momento y parte del mundo. Esto no tiene sentido. Lenin escribió el libro pensando en unas determinadas circunstancias; ‘¿Qué hacer?’ es un documento histórico, no una fórmula universal. Aun así, el libro contiene argumentos importantes que todavía son relevantes hoy.</p>
<p>Unos cuantos años antes, Lenin había afirmado que la actividad de los sindicatos dirigía a los trabajadores para alcanzar el socialismo. Ahora decía lo contrario: “El sindicalismo significa la esclavitud ideológica de los trabajadores en manos de la burguesía”.(4) Esto era una gran exageración, pero Lenin quería decir que los sindicatos existían para mejorar las condiciones de los trabajadores dentro del capitalismo, no para deshacerse del sistema.</p>
<p>El objetivo del partido revolucionario era luchar por el socialismo, y el sindicalismo era un medio para conseguir este fin, pero no un fin en sí mismo. Las ideas socialistas no se podían desarrollar automáticamente. Los más grandes pensadores socialistas, de Marx a Engels hasta el mismo Lenin, no habían sido obreros. Los obreros de las fábricas, que a menudo trabajaban once horas diarias, a duras penas tenían tiempo libre para leer, y todavía menos para escribir. En este contexto escribió Lenin la afirmación siguiente, con frecuencia citada fuera de contexto: “La conciencia política de clase sólo se puede traer a los obreros desde fuera, o sea, desde fuera de la lucha económica y de la esfera de relaciones entre trabajadores y patrones”.(5)</p>
<p>Lenin seguía indagando, y se preguntaba por qué las ideas burguesas dominaban en la sociedad. La respuesta a su propia pregunta era: “Por la simple razón de que la ideología burguesa es mucho más antigua por su origen que la ideología socialista, porque su elaboración es más completa; porque posee medios de difusión incomparablemente más poderosos”.(6) ¿Qué diría ahora si pudiera ver los mass media modernos?</p>
<p>Los trabajadores no desarrollarían “espontáneamente” ideas socialistas. El orden existente tenía medios poderosos para defenderse. Los socialistas necesitaban armas igualmente poderosas para luchar por una alternativa.</p>
<p>Un aspecto vital respeto a este punto era el surgimiento de un periódico socialista. La última sección de ‘¿Qué hacer?’ reclamaba la creación de un periódico que cubriera todo el territorio ruso. Para Lenin, la publicación debía ser también un medio de organización colectiva. El mencionado periódico tendría la necesidad de contar con una “red de agentes”, un equipo disciplinado y bien organizado de personas. Tal actividad “fortalecería nuestros contactos con la capa más importante de las masas trabajadoras”.(7)</p>
<p>Diarios como <em>Iskra</em> (“<em>Chispa</em>”) (a cuya junta editorial pertenecía Lenin) se imprimían en el extranjero y se introducían de contrabando en el país, o se producían clandestinamente en imprentas ilegales, en sótanos.</p>
<p>Lenin afirmaba que el partido no tenía que estar abierto a todos los que, de manera genérica, simpatizara con sus ideas, sino que debía ser una organización de revolucionarios profesionales, preparados para dedicar todas sus energías a la lucha y actuar de manera disciplinada. Tal y como indicó, en las condiciones represivas imperantes en Rusia, “una amplia organización obrera […] supuestamente más accesible a las masas” simplemente hacía a “los revolucionarios más accesibles a la policía”.(8)</p>
<p>En ¿Qué hacer?, Lenin ponía el énfasis en la necesidad de tener una organización centralizada: “una organización estable, centralizada y militante de revolucionarios”.(9)</p>
<p>Sólo una organización centralizada podía hacer frente a la amenaza de la policía política y trabajar en un periódico nacional que planteara las mismas cuestiones en todas las áreas. El socialismo ruso estuvo marcado por un debate vigoroso a lo largo de toda su historia, pero una vez que se tomaba una decisión, todos la debían poner en práctica. Las políticas podían entonces ser probadas en la práctica y, si era necesario, corregidas.</p>
<p>Este era el principio que se acabó conociendo como “centralismo democrático”. Esta idea no tiene ningún misterio. Existe en cualquiera forma de organización en la cual las personas se unen para conseguir un objetivo y no sólo para debatir.</p>
<p>El año siguiente a la publicación de ¿Qué hacer?, en 1903, el POSDR se escindió. El movimiento socialista había sufrido demasiadas escisiones. Aún hoy hay quien cree que practicando escisiones de forma repetida está demostrando su leninismo. Pero detrás de aquello había una cuestión importante. Lenin quería personas que trabajaran según la disciplina del partido, no que se limitaran a expresar su acuerdo con éste. La escisión final surgió en torno a una cuestión organizativa menor, pero reflejaba importantes diferencias. Los seguidores de Lenin obtuvieron mayoría y pasaron a denominarse bolcheviques (de la palabra rusa “mayoría”), mientras el sector derrotado pasó a denominarse mencheviques (“minoría”). Esto era sólo el principio de la escisión; muchas organizaciones locales permanecieron unidas durante los hechos de 1905. Hubo varios intentos de reunificación y la separación definitiva no se produjo hasta 1912.</p>
<p>Los principios organizativos de Lenin sirvieron para mantener a los bolcheviques unidos durante un periodo difícil. Pero pronto el curso de la lucha haría necesario un tipo de organización completamente diferente.</p>
<p>_____</p>
<p><strong>3. EL GOBIERNO PROVISIONAL DE 1905</strong></p>
<p>El enero de 1905 una gran manifestación en San Petersburgo, dirigida por un cura, el padre Gapón, fue tiroteada por el ejército. Centenares de personas murieron. Se abría un nuevo periodo; las ideas de ‘¿Qué hacer?’ quedaron olvidadas. Ahora el partido debía ocuparse de impulsar el movimiento en contra del Estado zarista, y para hacer esto se necesitaba, más que un pequeño grupo de revolucionarios, tantos activistas militantes de la clase trabajadora como fuera posible.</p>
<p>En una carta escrita el mes siguiente, Lenin pedía a los bolcheviques que “reclutaran a personas jóvenes ampliamente y sin miedo […] Estamos en tiempo de guerra. Los jóvenes —los estudiantes, y todavía más los trabajadores— decidirán el devenir de toda esta lucha”.(10)</p>
<p>En septiembre de 1905, los impresores de San Petersburgo iniciaron una huelga, pidiendo cambios en el pago de su trabajo: querían que se les pagaran los signos de puntuación. La acción se extendió rápidamente hasta acabar en una huelga general. Los puestos de trabajo en huelga enviaron delegados a un comité central de huelga conocido como soviet (palabra rusa que significa “consejo”): se trataba de una nueva forma de organización. Después de unas semanas, el soviet tenía 562 delegados, que representaban a 200.000 trabajadores. Se convirtió en un cuerpo político para defender los intereses de la clase trabajadora. Los viejos prejuicios desaparecieron: aunque el antisemitismo era algo vigente y extendido, los obreros escogieron a un joven judío como líder principal del soviet. Se llamaba León Trotsky.</p>
<p>Los años anteriores de actividad clandestina habían hecho aparecer hábitos conservadores y sectarios entre los activistas bolcheviques, y no fue fácil adaptarse a la nueva situación. Para empezar, muchos bolcheviques de San Petersburgo desconfiaban de los soviets, pero en Moscú y en todas las otras ciudades los bolcheviques jugaban un papel clave en estos organismos. Lenin entendió que el partido se encontraba en una situación totalmente nueva. Inmediatamente, viajó a San Petersburgo con un pasaporte falso. Afirmaba que el partido tenía que estar arraigado entre los obreros revolucionarios, entre todos aquellos que quisieran luchar. Por ejemplo, a los obreros cristianos se les debía permitir unirse al partido. Lenin decía que aquellos que querían luchar y tenían creencias religiosas eran “inconsistentes”. Él creía que “la lucha real, el trabajo con las bases, convencerá a todos los elementos con vitalidad de que el marxismo es la verdad, y apartará a todos aquellos sin vitalidad”.(11)</p>
<p>Una cosa que diferenciaba a los bolcheviques de otras corrientes políticas era la insistencia en que los trabajadores debían estar armados. Lenin explicaba cómo había participado en una discusión con unos cuántos liberales, y uno de ellos dijo: “Imagínese que hay un animal salvaje delante nuestro, un león, y nosotros somos dos esclavos a quienes han lanzado a su jaula. ¿Sería adecuado empezar una discusión? ¿No es nuestro deber unirnos para luchar contra el enemigo común?” Lenin contestó: “Pero qué pasa si uno de los esclavos aconseja obtener armas y atacar al león, mientras el otro, en plena lucha, ve un rótulo que dice “Constitución” colgado del cuello del león, y empieza a gritar: “Me opongo a la violencia, tanto desde la derecha como desde de la izquierda?”.(12)</p>
<p>Todas las revoluciones son sorpresas. El desafío para los revolucionarios no es predecir las explosiones sociales, sino encontrar maneras de responder a las nuevas situaciones. Para poder sobrevivir en periodos sin demasiado movimiento, los partidos revolucionarios necesitan organización, disciplina y rutina. Pero estas cualidades se pueden convertir en obstáculos en un periodo de cambios rápidos. Antes de 1905 los bolcheviques eran una pequeña minoría que intentaba llevar las ideas socialistas a los trabajadores. En 1905 su tarea cambió radicalmente: entonces tenían que escuchar a los obreros y aprender de ellos cómo se podía impulsar el movimiento hacia adelante. Pese a algunos errores, la acción de los bolcheviques en 1905 impulsó al partido y la afiliación se disparó en los dos años siguientes, llegando a los 40.000 miembros. Una nueva generación de militantes tendría que jugar un papel clave en las luchas que vinieron a continuación.</p>
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<p><strong>4.  MANTENIENDO EL PARTIDO UNIDO</strong></p>
<p>El zar recuperó el poder y Lenin se vio forzado a marchar a Finlandia, y más tarde, a finales de 1907, se trasladó a Suiza. Había entre los trabajadores una intensa pérdida de confianza. En lugar de manifestaciones masivas ahora había pequeños grupos que discutían sobre las lecciones que podían aportar las experiencias vividas. Precisamente porque el Partido bolchevique se había arraigado en la clase trabajadora no fue inmune a la desmoralización. En el año 1907 los bolcheviques contaban con 40.000 miembros. En 1910, se habían reducido hasta unos cuantos centenares.</p>
<p>Lenin sabía que la mala época no duraría demasiado: tarde o temprano, el capitalismo fuerza a los trabajadores a luchar. La tarea del partido, en aquel momento, debía ser la de mantenerse unido y prepararse para la próxima oleada del movimiento. Como sabe cualquier forofo al ciclismo, no tiene sentido llegar al punto más alto de una montaña si luego no sabes cómo bajar por el otro lado. La supervivencia de grupos locales, aunque pequeños, significaba que el partido sería capaz de responder a la recuperación cuando ésta tuviera lugar.</p>
<p>Lenin era una persona particularmente decidida y concentrada en su causa. Comparado con Marx y Engels, o con Trotsky, da la impresión de ser un individuo de mentalidad muy estrecha. Sus escritos muestran poco interés en el amplio abanico de temas culturales, literarios y científicos que trataron ellos. Lenin se apartó deliberadamente de toda experiencia cultural. Gorki recordaba una vez que Lenin había oído una pieza de Beethoven y después había dicho que la música era tan espléndida que le venían ganas de dar palmaditas en la espalda de la gente, “cuando en realidad se les debería dar una bastonazo”.(13)</p>
<p>Se concentró obsesivamente en la construcción del partido, mientras otros revolucionarios intentaban encontrar atajos. Gorki fue amigo de Lenin; se había unido a los bolcheviques en 1905 y había retratado magníficamente el movimiento revolucionario en su novela La Madre (1906). El 1909, Gorki organizó una escuela educacional a la cual asistieron sólo 13 activistas rusos. Lenin rehusó participar por diferencias filosóficas con Gorki. Cuando cinco estudiantes y un organizador discutieron con Gorki y se marcharon, Lenin los invitó inmediatamente a encontrarse con él en París: cada individuo para él era muy valioso.</p>
<p>Algunos bolcheviques abandonaron la ardua tarea de construir el partido y se dedicaron a alimentar ideas místicas, hablando de la construcción “de un dios”. Lenin atacó estas ideas. En tiempos de escasez de miembros era importante que la base filosófica del marxismo estuviera muy clara. Había, también, discusiones para decidir las tácticas. El zar había instaurado un falso parlamento, la Duma, que no tenía ningún poder real. El sistema de voto estaba articulado de forma que el voto de un terrateniente valía lo mismo que 45 votos de trabajadores. Pero había oportunidades para los candidatos obreros de ser elegidos. Algunos bolcheviques, como Bogdánov, el autor de la espléndida novela de ciencia ficción ‘Estrella Roja’, decían que el partido no debería tener nada a ver con la Duma. Lenin se oponía ferozmente a esta opinión. Los bolcheviques debían utilizar la Duma para la propaganda y la agitación. Uno de sus diputados, Bádeyev, escribió: “utilizábamos el estrado para hablar a las masas, por encima de las cabezas de los parlamentarios de diferentes tonos políticos”.(14) Después, los diputados bolcheviques salían del falso parlamento e iban a apoyar las huelgas y a participar en las manifestaciones por las calles de la ciudad.</p>
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<p><strong>5. 1912: UN PERIÓDICO DE LOS TRABAJADORES</strong></p>
<p>En 1911, tras las grandes manifestaciones de estudiantes de 1910, el número de huelgas creció en Rusia rápidamente. El movimiento de la clase trabajadora, adormecido desde hacía unos cuántos años, se despertaba de nuevo.</p>
<p>Los bolcheviques decidieron lanzar un periódico. En vez de seguir en la línea de los pequeños periódicos que habían editado con anterioridad, a menudo dedicados a polémicas más o menos oscuras contra otros socialistas, el nuevo periódico debía dirigirse a los trabajadores y hablar de los problemas reales en sus vidas. El periódico Pravda (“verdad” en ruso) apareció en abril de 1912, con el ánimo de contrarrestar las mentiras del gobierno.</p>
<p>No podía haber aparecido en mejor momento. Algo antes, durante aquel mismo mes, los huelguistas de las minas de oro que había cerca del río Lena habían sido atacados por la policía y centenares murieron o resultaron heridos. Una oleada de huelgas se extendió por Rusia. Durante años, los bolcheviques se habían organizado en secreto. Este hábito, absolutamente necesario para protegerse de la policía, debía dejarse atrás rápidamente. Los revolucionarios se habían acostumbrado a nadar contracorriente pero ahora tenían que aprender a nadar siguiendo la corriente.</p>
<p>El periódico se imprimía en Rusia y se vendía abiertamente en fábricas y calles. El régimen zarista no podía deshacerse del periódico, pero lo perseguía y lo amenazaba constantemente. Los activistas se inventaron todo tipo de estratagemas para engañar a las autoridades. A veces el periódico se prohibía e inmediatamente reaparecía con un nombre diferente; por ejemplo, Verdad del Norte.</p>
<p>Para Lenin era vital que el periódico sirviera como organizador. Pravda asignó una serie de corresponsales-obreros que proporcionaban información sobre sus puestos de trabajo, sus problemas y sus luchas. El periódico permitía que los lectores aislados aprendieran de las experiencias de toda la clase trabajadora.</p>
<p>El dinero era una cuestión política. El periódico estaba financiado por los lectores. Muchos trabajadores vivían en condiciones de pobreza, pero Lenin decía que se les había de animar a contribuir como mínimo con un kopek (la centésima parte de un rublo) cada día de paga. Lenin no habría despreciado un contribuyente rico, pero las contribuciones regulares de los trabajadores eran más importantes. Gracias a ellas, los trabajadores veían en Pravda a su periódico, que dejaría de existir sin su apoyo.</p>
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<p><strong>6. GUERRA Y ZIMMERWALD</strong></p>
<p>En 1914 estalló la guerra entre las mayores potencias europeas: Gran Bretaña, Francia, Rusia, Alemania y Austria. Esta posibilidad se había discutido ampliamente en el movimiento obrero. En 1910 y 1912, habían surgido resoluciones en conferencias de la Segunda Internacional (en la cual se integraban todos los partidos socialistas europeos) que orientaban a los socialistas a actuar con decisión para prevenir la guerra.</p>
<p>Pero en agosto de 1914, sólo los partidos socialistas de Rusia y de los países balcánicos se oponían a la guerra. En los otros países, los partidos y los sindicatos que antes habían mantenido posiciones anti-guerra ahora apoyaban el esfuerzo bélico nacional. En Gran Bretaña y en Francia, los líderes socialistas dieron respaldo al gobierno, animando a sus compañeros trabajadores a ir a morir a las trincheras. Pequeños grupos militares se oponían a la guerra, arriesgándose a la represión estatal y a sufrir la ira de un público entregado a la guerra. Para aquellos que se oponían, fue un verdadero golpe encontrarse, de pronto, totalmente aislados.</p>
<p>Al inicio, Lenin no creyó los informes sobre la traición de las organizaciones socialistas. Pero pronto, al darse cuenta de que eran ciertos, intentó movilizar y unir las minúsculas fuerzas de los grupos anti-guerra. Al mismo tiempo, se sumergía en la lectura de tratados filosóficos, especialmente en la obra del filósofo alemán Hegel, que había inspirado al joven Marx.</p>
<p>Lo que Lenin aprendió de Hegel fue que cada situación se debía considerar como un todo interconectado, un todo lleno de contradicciones que hacían posibles cambios rápidos y repentinos. Describió las características principales del método hegeliano como “el salto. La contradicción. La interrupción de la gradualidad.”(15) Con Lenin, la filosofía siempre conducía otra vez a la acción.</p>
<p>En septiembre de 1915, una pequeña conferencia anti-guerra tuvo lugar en Zimmerwald, Suiza. Entre todos los delegados asistentes no ocuparon más de cuatro coches de caballos: eran los únicos que quedaban de la Segunda Internacional, que había llegado a representar a millones de trabajadores.</p>
<p>Lenin creía que había dos tareas principales. El movimiento requería unidad, pero también claridad. Algunos de los presentes en Zimmerwald creían que era posible acabar con la guerra sin un desafío revolucionario al capitalismo y que la poco fiable Segunda Internacional se podía hacer revivir. Para Lenin, la única manera de avanzar era rompiendo completamente con la Segunda Internacional y destruyendo el viejo orden que había producido la guerra.</p>
<p>Preocupado porque no se rompiera el movimiento anti-guerra que apenas nacía, Lenin votó a favor de la resolución principal, que describió como “un paso adelante hacia la lucha real contra el oportunismo”.(16) Él y cinco asistentes más firmaron un documento dejando claras sus reservas respeto a la posición mayoritaria.</p>
<p>Lenin afirmaba que, en Rusia, los trabajadores debían entender que “la derrota de la monarquía zarista […] es el mal menor.”(17) Para los socialistas, la clase era más importante que la nación: su objetivo principal debía ser atacar a la propia clase dirigente. En palabras de un contemporáneo de Lenin, el socialista anti-guerra alemán Liebknecht, “el mayor enemigo está en casa.” Pero Lenin fue incapaz de convencer incluso a los miembros de su propio partido de una posición tan radical.</p>
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<p><strong>7. IMPERIALISMO</strong></p>
<p>A lo largo de la guerra, Lenin continuaba insistiendo en la necesidad de percibir las cosas con mayor claridad. En 1916 escribió un libro breve, que tituló ‘Imperialismo’, analizando las causas de la guerra, con la intención de oponerse de una manera más efectiva.</p>
<p>Marx ya había demostrado que el capitalismo se basaba en la competición. Todas las empresas capitalistas necesitan luchar para superar a sus rivales, producir de una manera más barata y vender en mercados más grandes. Aun así, lejos de ser un principio eterno, como afirman los defensores del capitalismo, la competición produce lo contrario: los monopolios. Las empresas más competitivas desplazan a las empresas rivales del mercado y se apoderan de sus activos, o se fusionan con ellas para formar empresas más eficientes en la obtención de beneficios. El mundo acaba, así, dominado por grandes compañías.</p>
<p>En particular, Lenin observó que al hacerse más grandes, las empresas capitalistas necesitaban más materias primas y mercados más grandes en los que vender. No podían existir dentro de las fronteras nacionales y estaban siempre expandiéndose para abarcar el resto del mundo. En el último cuarto del siglo XIX, los poderes imperiales europeos colonizaron buena parte de África, imponiendo sus gobiernos a las civilizaciones nativas. Esta era la lógica del sistema; un capitalismo más humano no era posible. Lenin escribió: “El capitalismo divide el mundo; no por ningún plan malévolo definido, sino porque el grado de concentración al cual se ha llegado le fuerza a adoptar este método para obtener beneficios.”(18)</p>
<p>Algunos pensadores de la Segunda Internacional, como Karl Kautsky, habían afirmado que al desarrollarse, el capitalismo reducía la tendencia a la guerra. Este mito todavía circula hoy. Hay quien cree que la globalización puede acabar con la guerra. Lenin sostenía que las guerras continuarían siendo recurrentes mientras el capitalismo existiera. Hoy, el capitalismo es más multinacional que nunca, pero esto no quiere decir que las relaciones entre las grandes superpotencias sean más armoniosas; al contrario: la competición y el conflicto son más intensos.</p>
<p>Muchas cosas han cambiado desde la época de Lenin. El colonialismo prácticamente ha desaparecido, pero el imperialismo, en general, explota a los países del Tercero Mundo con suficiente eficiencia y sin necesidad de gobernarlos. Pero, en el punto esencial, se ha probado que Lenin tenía razón: los periodos de cooperación internacional sólo son interludios. “Las alianzas pacíficas preparan el terreno para las guerras; las mismas alianzas, en su día, surgieron de las guerras,” escribió.(19) El capitalismo todavía nos conduce a la guerra, tal y como podemos ver cada día en las noticias.</p>
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<p><strong>8. 1917: REVISANDO PERSPECTIVAS</strong></p>
<p>El enero de 1917 Lenin asistió a un mitin en Zúrich, donde afirmó: “Nosotros, los de la vieja generación, quizás no viviremos para ver las batallas decisivas de la revolución que viene”.(20) Muy pronto lo sorprenderían los hechos.</p>
<p>Rusia, con su economía subdesarrollada, estaba sufriendo mucho más que otras naciones. En febrero de 1917 las trabajadoras textiles de Petrogrado (cómo pasó a conocerse Petersburgo) iniciaron una huelga, aun cuando los bolcheviques habían aconsejado evitar las huelgas en aquel momento. El movimiento de los trabajadores se estaba adelantando al partido. Las huelgas se extendieron, y una semana más tarde el Zar huía del país. Se formó un gobierno provisional, que prometió establecer el sufragio universal y una constitución. Durante las huelgas, los trabajadores habían hecho revivir las organizaciones de 1905, los soviets.</p>
<p>Lenin, que todavía estaba en Suiza, entendió que se estaba abriendo una nueva fase histórica. Hacía casi diez años que no pisaba Rusia, pero en aquel momento decidió volver. Ideó un plan en el cual se hizo pasar por sueco, aun cuando no hablaba ni una palabra de la lengua de aquel país. Así, el gobierno alemán accedió a dejarlo atravesar Alemania en tren. En abril llegó a Petrogrado y, encontrándose con una situación inesperada, reconsideró todas las ideas fundamentales sobre la que se basaba su estrategia política. Hasta entonces, Lenin siempre había sostenido que Rusia no estaba preparada para una revolución socialista. Como no existía una democracia parlamentaria en el país, creía que Rusia necesitaba una revolución democrática como la Gran Revolución Francesa de 1789 (que los marxistas denominaban “revolución burguesa”).</p>
<p>No obstante, Trotsky afirmaba que Rusia podía encaminarse directamente hacia una revolución socialista. Había desarrollado la teoría de la revolución “permanente”, que sugería que una revolución en Rusia podría llegar a otorgar el poder a la clase trabajadora, siempre que la revolución se extendiera rápidamente a otros países. Los bolcheviques consideraban a Trotsky un hereje. Ahora Lenin defendía una posición similar a la suya: afirmaba que era posible que los bolcheviques se hicieran directamente con el poder en un futuro próximo. Los miembros de su propio partido estaban consternados, y lo primero que se debía hacer era convencerlos.</p>
<p>Lenin necesitaba también una estrategia para el campesinado. La clase trabajadora era insignificante comparada con la enorme población campesina. Una revuelta masiva de los campesinos se desató al poco de iniciarse la Revolución de Febrero. Lenin se dio cuenta de que era necesario vincular este movimiento con la lucha de los obreros en las ciudades. Esto significaba apoyar la demanda de los campesinos de una división igualitaria de la tierra entre aquellos que la trabajaban. Los bolcheviques adoptaron entonces el antiguo programa de los socialistas revolucionarios (los sucesores de los narodniks) a este respecto.</p>
<p>Los ejércitos, principalmente compuesto por campesinos, querían la paz. Durante 1917 más de un millón de soldados desertaron. Los campesinos querían tener la propiedad de sus tierras. Los obreros de las ciudades querían alimentos. La consigna de los bolcheviques fue: “Paz, tierra y pan”.</p>
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<p><strong>9. PODER DUAL</strong></p>
<p>La revolución empezó espontáneamente, pero no podía acabar del mismo modo. Algunos trabajadores eran más combativos que otros, y la vieja clase dirigente aprovechaba ávidamente estas divisiones. El partido debía luchar por los intereses de la clase en su conjunto. Como escribió Víctor Serge, “el partido es el sistema nervioso de la clase trabajadora, su cerebro”.(21)</p>
<p>Lenin afrontaba una doble tarea durante este periodo. Había que vinculase al partido y animarlo a incrementar su influencia, pero al mismo tiempo éste debía dirigir su atención a las masas de trabajadores no afiliados al partido, porque sin ellos no habría revolución. El partido había podido crecer porque los trabajadores recordaban el papel que había tenido en luchas anteriores. Pero, al estar el partido fuertemente arraigado entre los trabajadores, se movía y divergía entre diferentes tendencias dentro de la clase: Lenin debía decidir qué tendencias aprobar y cuáles desaprobar.</p>
<p>El primer paso de Lenin fue conseguir poner el partido en condiciones para poder afrontar la lucha. Como en 1905, el objetivo era atraer al mayor número posible de los mejores militantes. El partido creció así rápidamente. A principios de año tenía unos 4.000 miembros, y al final del año llegaba quizás a los 250.000. En la ciudad de Ivanovo-Voznesensk, la afiliación pasó de diez personas a más de 5.000 en pocos meses.</p>
<p>Los bolcheviques no constituían una organización burocrática en la cual todo el mundo obedecía órdenes. En la primavera de 1917 las oficinas del partido eran dos pequeñas habitaciones, y el personal de secretaría, unas seis personas. A menudo la actividad era caótica: los miembros debían tomar la iniciativa, más que esperar a recibir órdenes.</p>
<p>Hacia el mes de mayo, Trotsky volvió a Rusia. Durante los 15 años anteriores Lenin y Trotsky se habían dirigido el uno al otro con comentarios más bien crueles, pero con la revolución cada vez más cerca estas disputas habían pasado a ser irrelevantes. Lenin sabía cuando escindirse, pero también cuando unirse para hacer frente común. Durante el verano, Trotsky y sus seguidores se unieron a los bolcheviques, y casi inmediatamente, Trotsky fue elegido miembro del Comité Central del Partido.</p>
<p>Incluso el Partido bolchevique, que crecía rápidamente, necesitaba aliados. Había pocas esperanzas respecto a los mencheviques, que creían que el poder debía permanecer en manos de la burguesía, y que constantemente vacilaban cuando el apoyo del que disfrutaban disminuía. Pero los socialistas revolucionarios estaban cada vez más divididos respecto a su actitud hacia el Gobierno Provisional, y su ala izquierda se aproximó a los bolcheviques.</p>
<p>La situación tenía un equilibrio precario. Lenin se refirió a él diciendo que había un “poder dual”.(22) No había una autoridad única que controlara la sociedad. El Gobierno Provisional no tenía ninguna intención de desafiar el poder económico de los capitalistas. En los puestos de trabajo y las localidades, los soviets dirigían las cosas con eficiencia. En algunas fábricas, los obreros habían puesto a los directivos en carretillas y los habían transportado hasta las puertas de la fábrica como muestra de su poder.</p>
<p>El partido debía luchar por sus ideas en las organizaciones de la clase, ya que en los soviets había seguidores de todos los partidos. Lenin remarcó la importancia de explicar pacientemente la posición de los bolcheviques: debían usar la “persuasión de la camaradería” y descartar la “orgía prevaleciente de charlatanería revolucionaria”.23 No fue hasta finales de agosto que los bolcheviques consiguieron ser mayoría en el soviet de Petrogrado, una de sus áreas más fuertes.</p>
<p>Durante el verano, Lenin y los bolcheviques tuvieron que afrontar dos pruebas difíciles. En julio, una gran manifestación de obreros en Petrogrado pedía que los soviets tomaran el poder inmediatamente. Los bolcheviques sostenían que para dar este paso se tenía aún que esperar: si los obreros más militantes derrocaban el gobierno por su cuenta, no serían lo suficientemente fuertes para mantenerse en el poder. Se necesitaba más tiempo para que todos los obreros estuvieran a punto.</p>
<p>Tras este acontecimiento, un oficial del ejército de derechas llamado Kornilov intentó dar un golpe de estado para derrocar al Gobierno Provisional y restablecer un régimen autoritario. Los bolcheviques movilizaron a miles de trabajadores para defender Petrogrado. Los obreros del ferrocarril arrancaron vías y desviaron trenes, mientras otros trabajadores fraternizaban con los soldados de Kornilov. Sus tropas se negaron a atacar Petrogrado, y Kornilov fue arrestado. Lenin dejó claro que los bolcheviques actuaban contra Kornilov, pero en ningún caso en apoyo del Gobierno Provisional. De hecho, estos acontecimientos debilitaron al Gobierno y reforzaron considerablemente la credibilidad de los bolcheviques.</p>
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<p><strong>10. ESTADO Y REVOLUCIÓN</strong></p>
<p>Para Lenin la teoría y la práctica iban siempre juntas. Ocuparse de las ideas era inútil a no ser que condujeran a la acción. Pero la actividad más entusiasta era absurda si no la guiaba una comprensión de los cambios de la sociedad.</p>
<p>En julio, Lenin pasó a la clandestinidad. Aprovechó la paz relativa de aquellas pocas semanas para escribir su libro más importante, El Estado y la revolución (si sólo lees un libro de Lenin, que sea éste.) Cuando fue publicado causó consternación entre muchos marxistas “ortodoxos”, aún cuando los anarquistas lo valoraron muy positivamente. Sobre la cuestión del Estado, Lenin llegó hasta el fondo del argumento que aborda qué es el socialismo. Los oponentes del socialismo (y muchos de sus seguidores) han identificado el socialismo con la propiedad estatal. Hay sociedades que han sido descritas como “socialistas” sólo porque grandes partes de su economía estaban nacionalizadas. Lenin puso en entredicho este punto de vista vigorosamente. Él sostenía que en una sociedad dividida en clases, el Estado es un órgano de represión de una clase sobre otra”.(24) Esto engloba todo el cuerpo de instituciones represivas que se utilizan para prevenir que los habitantes de una nación desafíen la estructura de propiedad existente y las formas de explotación vigentes: El estado “consiste en cuerpos especiales de hombres armados que tienen prisiones, etc., bajo sus órdenes”.(25) Estas instituciones no son neutrales. La ley no trata del mismo modo a los ricos y a los pobres: está diseñada para defender a los ricos y los poderosos. Lenin seguía a Marx, que escribió en su Manifiesto Comunista: “El ejecutivo del Estado moderno no es nada más que un comité para gestionar los asuntos comunes de toda la burguesía.” O sea que los socialistas, decía Lenin, no podían tomar el Estado desde dentro, utilizando las instituciones existentes. Descartó el parlamento, diciendo que era “una corte de cerdos”, y que sólo servía “para decidir una vez cada pocos años qué miembro de la clase dirigente queremos que someta y reprima al pueblo a través del parlamento”.(26) Lo que distingue los revolucionarios de los reformistas, escribió, es el hecho de que los primeros creen que se debe destruir la maquinaria del Estado.(27) Para hacer esto se necesitaba una “revolución violenta”.(28)</p>
<p>Aun así, ¿qué debía sustituir al Estado? Los anarquistas pensaban que el Estado existente se podía abolir y que una sociedad libre y sin Estado se establecería inmediatamente. Lenin creía que, desafortunadamente, esto no era posible. Si la clase trabajadora lograba el control de la sociedad, las otras clases lucharían despiadadamente por recuperar sus privilegios. La clase trabajadora necesitaría un estado propio para resistir la contrarrevolución. Lenin lo denominó “la dictadura del proletariado”.(29) Sería más sencillo denominarlo simplemente “poder de la clase trabajadora”.</p>
<p>Finalmente, decía Lenin, la sociedad se podía reorganizar y la riqueza, redistribuirse. El derroche capitalista se sustituiría por una producción más efectiva y dirigida a satisfacer las necesidades humanas. Las viejas clases desaparecerían y todo el mundo sería al mismo tiempo un trabajador -haciendo una tarea útil a la sociedad- y un gobernante que participaría en el proceso democrático de decidir cómo hacer uso de los recursos de la sociedad. El Estado devendría innecesario y se iría “marchitando”.(30) Lenin sintetizó este argumento con las siguientes palabras: “Mientras haya Estado no hay libertad. Cuando haya libertad, no habrá Estado”.(31) El objetivo de Lenin era el mismo que el de los anarquistas, pero él pensaba que el camino para llegar sería más complejo.</p>
<p>Lenin recurrió a muchos ejemplos históricos. En particular se referí a la Comuna de París de 1871, cuando la clase trabajadora tomó la ciudad y la gobernó durante diez semanas, antes de que fuera masacrada por las tropas desde fuera. Todos los miembros del gobierno de los trabajadores recibían la paga de un trabajador medio, y aquellos que los habían elegido podían decidir retirarlos en cualquier momento: la misma forma de democracia que en los soviets. Antes de 1917, éste era el único ejemplo de trabajadores que habían tomado el poder en la sociedad, aunque de manera breve, y era importante aprender sobre aquel acontecimiento.</p>
<p>‘El Estado y la revolución’ no se llegó a acabar nunca: Lenin tuvo que volver a la actividad. Como dejó escrito en las conclusiones, “es mucho más agradable y provechoso vivir ‘la experiencia de la revolución’ que escribir acerca de ella”.(32)</p>
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<p><strong>11. ESCOGER EL MOMENTO DE LA INSURRECCIÓN</strong></p>
<p>En el verano de 1917 Lenin se opuso a aquellos que querían tomar el poder prematuramente. Pero en otoño, la situación estaba a punto de madurar hasta el punto necesario. Era vital que los revolucionarios aprovecharan sus oportunidades antes de que fuera demasiado tarde. En cada artículo que escribía, Lenin recalcaba que no había tiempo que perder, que era necesario preparar la insurrección inmediatamente. En octubre escribió al comité central, insistiendo en que “esperar sería un crimen”.(33) En las calles, el sentimiento predominante era el de expectación: los trabajadores leían los artículos de Lenin, como “La crisis ha madurado”,(34) y sabían que el cambio era inminente, pero necesitaban una fuerza centralizadora que hiciera posible una acción conjunta.</p>
<p>Dos miembros del comité central, Zinoviev y Kamenev, se opusieron a los planes de Lenin, y escribieron un artículo criticándolo en un diario no bolchevique. Esto podía haber hecho que se tambalearan todos los planes. Pero al contario del mito que sostiene que Lenin era un tirano implacable, no pudo convencer al comité central para que los expulsaran del partido.</p>
<p>En Petrogrado se constituyó un comité militar, que dirigía Trotsky. Entre sus 60 miembros, había 48 bolcheviques, unos cuántos socialistas revolucionarios de izquierda, y cuatro anarquistas.</p>
<p>Lenin, que a lo largo de toda su vida se dedicó a la tarea de construir el partido, creía que era el partido mismo el que debía hacer el llamamiento a la insurrección. Trotsky, que tenía más experiencia en los soviets que Lenin, tuvo que persuadirle de que el apoyo únicamente del partido no era lo suficientemente amplio, y que el llamamiento debería venir de los soviets. Lenin no era un tirano: era su voluntad de aprender la que lo hizo un gran líder.</p>
<p>Al contrario que el Zar, que envió millones de hombres a morir a la guerra, Lenin no dilapidó las vidas de sus seguidores. Como los revolucionarios estaban decididos y demostraron que utilizarían cualquier fuerza a su disposición, el número de bajas en Petrogrado fue muy pequeño. Diez años después, el gran director Eisenstein rodó una película sobre la Revolución de Octubre. Se dice que murió más gente durante el rodaje que en la insurrección real de Petrogrado.</p>
<p>En un día el Gobierno Provisional se desmoronará y los bolcheviques obtendrán el poder. A diferencia de lo ocurrido en Petrogrado, en todos los otros lugares, sobre todo en Moscú, la resistencia fue más enconada y se produjeron más víctimas. El día tras la revuelta, Lenin declaró al soviet de Petrogrado: “Ahora nos debemos poner a trabajar para construir un estado socialista proletario en Rusia”.(35)</p>
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<p><strong>12. LOS FRUTOS DE LA VICTORIA</strong></p>
<p>Se formó una nueva estructura estatal, basada en los soviets. Lenin se convirtió en la cabeza del nuevo gobierno. Aún cuando a menudo se le acusa de codiciar el poder, la verdad es que él no quería el cargo e intentó persuadir a Trotsky para ocuparlo de forma que él se pudiera concentrar en el partido, pero Trotsky rehusó la oferta.(36)</p>
<p>El nuevo régimen revolucionario empezó a introducir inmediatamente un programa de reformas radicales y de gran alcance. Uno de los primeros decretos instituía medidas de control obrero en las fábricas.</p>
<p>La propiedad privada de la tierra se abolió, sin compensaciones. El derecho al uso de la tierra se otorgó a aquellos que la trabajaban. Después de un debate feroz, se firmó un tratado de paz en Alemania: Rusia estaba fuera de la guerra.</p>
<p>A las naciones que hasta entonces habían estado oprimidas por el Imperio Ruso se les dio la posibilidad de independizarse. En los años siguientes se crearon cinco estados independientes, y dentro de la nueva federación rusa se establecieron 17 repúblicas autónomas y regiones.</p>
<p>El viejo código legal también se abolió y el sistema jurídico fue reformado totalmente. Se constituyeron tribunales populares con jueces electos.</p>
<p>Las mujeres adquirieron el derecho a voto y la plena ciudadanía, un salario igualitario y derechos laborales. Los cambios legales empezaron a transformar la naturaleza de la familia desde sus cimientos. El divorcio por mutuo acuerdo se legalizó. Como afirmó un legislador, el matrimonio “debe dejar de ser una jaula en la cual marido y mujer viven como prisioneros”. La discriminación contra los hijos ilegítimos se suprimió. En 1920, Rusia fue el primer país en legalizar el aborto. La homosexualidad ya no era un crimen. Estos cambios situaron a Rusia muy por delante de las naciones occidentales europeas que supuestamente estaban más avanzadas.</p>
<p>En un año, el número de escuelas aumentó un 50 por ciento y se organizaron campañas para enseñar a leer y escribir. Las tasas de las universidades se abolieron para dar más facilidades de acceso a la enseñanza superior. Se acabaron los exámenes y el aprendizaje basado primariamente en la memorización perdió mucho peso. Los estudios en la escuela se combinaban con trabajo manual práctico y se establecieron medidas de control democrático que tenían en cuenta a todos los trabajadores de la escuela y a los alumnos mayores de 12 años. Lenin, personalmente, puso mucha atención en la expansión de las bibliotecas.</p>
<p>Estos elementos eran los que podían cambiarse con decretos. La tarea de erradicar la ignorancia, la superstición y las actitudes reaccionarias requeriría más tiempo. Lenin remarcó la importancia de la autoemancipación de la clase trabajadora, diciendo que la revolución debía “desarrollar esta iniciativa independiente de los obreros, y de todos los que trabajan y son explotados en general, desarrollarla tan ampliamente cómo sea posible en trabajo organizativo creativo. Cueste lo que cueste, debemos deshacernos del viejo, absurdo, salvaje, vil y asqueroso prejuicio en el que sólo las denominadas ‘clases altas’, sólo los ricos, y aquellos que se han educado en escuelas de ricos, son capaces de administrar el Estado y dirigir el desarrollo organizativo de la sociedad socialista”.(37) Pese a las durísimas pruebas del periodo post-revolucionario, muchos trabajadores se sintieron liberados de su vida anterior. Hay testimonios de la época de trabajadores que, tras la jornada laboral en la fábrica, improvisaban y producían obras de teatro o asistían a clases para aprender a escribir poesía.</p>
<p>La Rusia revolucionaria vio cómo florecía la innovación y la experimentación en la literatura, la pintura y el cine. La posición del artista en la sociedad se transformó. Como escribió Maiakovski, “A modo de pinceles emplearemos las calles / Nuestras paletas, serán las amplias y abiertas plazas”.(38)</p>
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<p><strong>13. EL FRÁGIL ESTADO DE LOS TRABAJADORES</strong></p>
<p>La nueva sociedad tuvo que hacer frente a muchos problemas. La guerra y el mal gobierno del Zar habían dejado la economía en un estado caótico y la clase trabajadora rusa era muy joven. La mayoría de los trabajadores eran hijos de campesinos que habían venido a trabajar a las ciudades; muchos de ellos eran analfabetos. La clase trabajadora era una insignificante minoría comparada con el vasto campesinado.</p>
<p>Lenin entendió desde el principio que una economía planificada no era posible sin la intervención de la masa de los trabajadores. Tal y como recogió sus palabras un periódico, “no había ni podía haber un plan definido para la organización de la vida económica. Nadie podía proporcionar uno. Pero podía realizarse desde abajo, desde las masas, a través de su experiencia. Se darían instrucciones, por supuesto, y se indicarían maneras de proceder, pero era necesario empezar simultáneamente desde arriba y desde bajo”.(39)</p>
<p>Dicho de otra manera, no podía haber “planificación económica” separadamente de la democracia de los trabajadores. La historia ha demostrado hasta qué punto Lenin tenía razón. Siempre que la planificación se ha impuesto desde arriba, sin que se implicara la masa de trabajadores, lo que se denominaba “socialismo” ha acabado convirtiéndose en una grotesca parodia autoritaria.</p>
<p>No obstante, los trabajadores con los que contaba Lenin habían crecido en una sociedad que había pervertido y atrofiado su desarrollo. Tal y como dijo en 1919, el socialismo se debía construir con “hombres y mujeres que han crecido en el capitalismo, que los ha viciado y corrompido”.(40) Rusia estaba menos desarrollada industrial y culturalmente que los países europeos occidentales y su economía había quedado arruinada tras la guerra mundial. Desde el mismo principio, el Partido Bolchevique tuvo que sustituir, hasta cierto punto, a la masa de los trabajadores.</p>
<p>Los activistas revolucionarios con experiencia en tareas administrativas eran escasos. Aquellos que las podían realizar a menudo se encontraban haciendo varios trabajos al mismo tiempo. Víctor Serge, un revolucionario belga que vino a Rusia para ayudar a hacer la revolución, se encontró trabajando simultáneamente como periodista, maestro, inspector de escuela, traductor, traficante de armas y archivero.</p>
<p>Esta falta de experiencia era especialmente grave en la maquinaria de seguridad estatal. El nuevo régimen creó una organización denominada Cheka (abreviatura de Chrezvychaynaya Komissiya; “Comisión Extraordinaria” en ruso, que combatía la contrarrevolución y el sabotaje). Esto era, sin duda, necesario: muchos de los privilegiados por el orden anterior querían sabotear el nuevo régimen y se les tenía que parar. Pero a menudo ocurría que los miembros de la Cheka tenían un compromiso insuficiente con el socialismo e hicieron un mal uso de su autoridad. Muchas personas inocentes sufrieron en sus manos. Se aceptó que aquello había sido una medida de emergencia: en 1922, a petición de Lenin y de otras personas, la Cheka se sustituyó por un cuerpo con poderes más limitados.</p>
<p>Algunos revolucionarios esperaban demasiadas cosas y demasiado pronto. En 1917, muchos trabajadores habían formado comités de fábrica donde los bolcheviques a menudo jugaban un papel clave. Pero estos colectivos a menudo representaban los intereses de un grupo particular de obreros más que de la clase trabajadora globalmente. En marzo de 1918, un informe de Shliápnikov (que más adelante fue líder de la Oposición Obrera) describía el caos producido por el control obrero en los ferrocarriles.(41) Esto iba en contra de los intereses de los trabajadores en general, que necesitaban un sistema de transporte eficiente. Aún cuando como principio estaban comprometidos con el control obrero, los bolcheviques incorporaron los comités de fábrica a los sindicatos.</p>
<p>Si Rusia hubiera existido dentro de una burbuja hermética, estos problemas se habrían podido solucionar en pocos años. Pero las grandes potencias europeas no querían que la revolución sobreviviera. Sabían como era de popular la Rusia revolucionaria entre los obreros cansados de la guerra y les atemorizaba la posibilidad de que el ejemplo ruso se extendiera.</p>
<p>El día antes del armisticio de 1918, Winston Churchill dijo al consejo de ministros británico que podía ser necesario reconstruir el ejército alemán para luchar contra el bolchevismo. Dos semanas después, en un mitin, afirmaba: “La civilización se está extinguiendo completamente en áreas inmensas, mientras los bolcheviques se pasean como beduinos feroces entre las ruinas de las ciudades y los cadáveres de sus víctimas”.(42)</p>
<p>Hasta 1920, una cruenta guerra civil asoló todo el territorio ruso. En realidad, “guerra civil” no es un término que describa con claridad los hechos. En Rusia había tropas británicas, francesas, canadienses, norteamericanas y de 17 países más, que fueron estableciendo vínculos con los diversos líderes rusos, corruptos y brutales, que la revolución había apartado del poder.</p>
<p>Petrogrado estuvo a punto de caer en manos de los reaccionarios en dos ocasiones. Lenin discutió la posibilidad de que los bolcheviques volvieran a convertirse en una organización clandestina.(43)</p>
<p>Aquellos que intentan infamar la figura de Lenin, como los autores del Libro negro del comunismo, citan palabras de Lenin de una manera que lo hacen parecer un individuo sanguinario y brutal. En agosto de 1918, Lenin envió un telegrama en el qué indicaba como gestionar una revuelta de los kulaks (que eran campesinos relativamente acomodados y enemigos de los campesinos más pobres): “La revuelta kulak en vuestros cinco distritos se debe reprimir sin compasión. Los intereses de toda la revolución requieren tal acción porque la lucha final con los kulaks ha empezado.1) Envía a la horca al menos 100 de estos kulaks, que no son más que unos malparidos ricos y unos chupasangres a los ojos de todo el mundo (y quiero decir que los cuelgues públicamente para que la gente lo vea). 2) Publica sus nombres. 3) Confisca todo el grano que hayan producido. 4) Escoge a los rehenes según mis instrucciones en el telegrama de ayer”.(44)</p>
<p>Esto es estremecedor si la cita se saca de contexto. Una guerra salvaje estaba sacudiendo el país y los contrarrevolucionarios eran mucho más brutales que los bolcheviques. El comandante de los Estados Unidos en Siberia en 1919, el general William S. Grabas, testimonió: “estoy completamente seguro de decir la verdad cuando declaro que por cada persona muerta a manos de los bolcheviques en Siberia, los anti-bolcheviques mataron cien”.(45) Lenin no era precisamente un pacifista e hizo todo lo que pudo para asegurar la victoria de los bolcheviques. Los autores del Libro Negro no son demasiado ruidosos cuando se trata de criticar la violencia de George Bush, Tony Blair o Ariel Sharon: les es más fácil tener la conciencia tranquila denunciando a Lenin.</p>
<p>Las fuerzas contrarrevolucionarias eran corruptas y antisemitas, y no tenían nada que ofrecer más allá del regreso al viejo orden desacreditado. Finalmente, la guerra se ganó gracias a la gran determinación y al coraje mostrado por los bolcheviques.</p>
<p>Lenin jugó un papel crucial al dar un rumbo político al partido. Pero no era un tirano. En los meses que siguieron a la revolución, el liderazgo bolchevique a menudo estaba dividido en lo tocante a asuntos mayores. Lenin se encontró, a veces, defendiendo las ideas de la minoría y tuvo que luchar ferozmente por hacer valer su posición.</p>
<p>No consideraba que ninguna tarea fuera demasiado insignificante para él. Dedicó, de hecho, mucho tiempo a detalles administrativos menores. Comparado con los dictadores modernos, su seguridad era muy modesta. En una ocasión, unos ladrones atacaron su coche y lo forzaron a bajar para llevarse el vehículo. Pasó bastante tiempo antes de que recibiera ninguna asistencia.</p>
<p>No buscaba privilegios para sí mismo. En 1918 reprendió severamente al Consejo de Comisarios del Pueblo cuando le aumentaron su sueldo.(46) Hay una carta escrita por Lenin en 1920, dirigida a un bibliotecario, en la cual pedía, muy educadamente, si se podía hacer una excepción a las reglas de forma que pudiera tomar algunas obras de referencia a condición de devolverlas al día siguiente a primera hora de la mañana.(47) Es difícil imaginarse a Stalin o Saddam Hussein mostrando este respeto por la normativa bibliotecaria.</p>
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<p><strong>14. EL MOVIMIENTO INTERNACIONAL</strong></p>
<p>Lenin siempre había pensado que no había esperanzas de mantener una revolución en Rusia a no ser que se extendiera rápidamente al resto del mundo. En diciembre de 1917 escribió: “La revolución socialista que ha empezado en Rusia es, pues, sólo el principio de la revolución socialista mundial”.(48) Una Alemania de los trabajadores, particularmente, podía haber ayudado a Rusia económicamente. La esperanza de Lenin de que la revolución se extendiese era realista: la posibilidad de una revolución era importante en la Europa de la posguerra. Tras cuatro años, los trabajadores estaban cansados de un sistema que había causado tanta muerte y destrucción. De 1918 a 1920 hubo huelgas y motines, ocupaciones de fábricas y consejos de trabajadores y de soldados por todas partes. En la Alemania derrotada principalmente, la revolución parecía que debiera empezar de una manera inminente. El problema era el liderazgo. Casi todos los viejos líderes del movimiento obrero habían apoyado la guerra. Una nueva generación de militantes había surgido durante la guerra, pero no tenían experiencia. No había en ninguna parte un partido como el de los bolcheviques, con unos líderes experimentados y raíces reales entre los trabajadores. En enero de 1919, la socialista alemana Rosa Luxemburgo fue asesinada por sus enemigos políticos. Luxemburgo era la única líder en Europa que podría haber discutido con Lenin en términos de igualdad.</p>
<p>Lenin afirmaba que no tenía sentido intentar hacer revivir la Segunda Internacional: era necesario construir una nueva Internacional. En marzo de 1919, una conferencia en Moscú proclamó la Tercera Internacional, la comunista. Durante los tres años siguientes se celebraron más conferencias y más organizaciones se unieron a la nueva Internacional.</p>
<p>Antes de 1914 había habido una gran división en el movimiento obrero, con los marxistas de una parte y los anarquistas y los sindicalistas por la otra. Tras la Revolución Rusa, muchos anarquistas y sindicalistas dieron su apoyo a la revolución. Lenin se volcó para unirlos a la causa: pasó horas discutiendo con anarquistas como Emma Goldman, de los Estados Unidos, y con Makhno, de Ucrania. En 1920 muchos sindicalistas europeos hicieron el camino hasta Moscú, a menudo con grandes dificultades, y una vez allí algunos líderes bolcheviques les trasmitían discursos sobre la necesidad de un partido revolucionario. Lenin adoptó una estrategia muy positiva. Adujo que la idea sindicalista de la minoría “organizada” de los trabajadores más militantes y la idea bolchevique del partido eran, en realidad, la misma cosa.(49) En este plan Lenin contaba con el apoyo de Trotsky; otros muchos bolcheviques adoptaron posiciones más sectarias.</p>
<p>Lenin se dio cuenta de que había un problema importante con aquello que él denominó el “comunismo de ala izquierda”. En un periodo de lucha creciente, muchos nuevos militantes eran captados para el activismo. Como estos no tenían ninguna derrota en su memoria a menudo subestimaban la dificultad de convencer a una mayoría de trabajadores. Muchos de estos nuevos activistas creían que, del mismo modo que ellos habían descubierto que la democracia parlamentaria era un fraude, el resto de trabajadores podían ser convencidos fácilmente de lo mismo y que los revolucionarios debían rehusar participar en las elecciones. Lenin les recordó que millones de trabajadores todavía creían en el parlamento: “No debemos pensar que lo que está obsoleto para nosotros lo está también para las masas”.(50)</p>
<p>Lenin instó al Partido Comunista británico a que se afiliara al Partido Laborista de forma que pudiera ganarse a la masa de trabajadores que todavía eran fieles a este partido por muy a la derecha que estuviesen sus líderes. Insistió en que los comunistas deben conservar “la libertad necesaria para exponer y criticar a los traidores de la clase trabajadora”, concluyendo que si los expulsaban, sería “una gran victoria”.(51) Lo que importaba no era una solución organizativa sino asegurarse de que las ideas comunistas llegaban a tantos trabajadores como fuera posible.</p>
<p>Algunos trabajadores querían dejar incluso los sindicatos porque los burócratas eran corruptos y reaccionarios. Lenin llegó a decir que los revolucionarios amenazados de expulsión debían “recurrir a varias estrategias, artificios y métodos ilegales, hasta evasiones y subterfugios” para permanecer en los sindicatos.(52) Esta declaración, a menudo sacada de contexto, parece demostrar que Lenin abogaba por la deshonestidad en general, pero era al contrario: Lenin siempre había dicho que los revolucionarios debían decir la verdad a los trabajadores. Simplemente postulaba que si la burocracia de los sindicatos hacía una caza de brujas y, en contra de las normas, expulsaba a los revolucionarios, estos deberían mantener en secreto su afiliación al partido para poder permanecer en el sindicato: “Si quieres ayudar a las ‘masas’ y ganarte su simpatía y su apoyo no puedes tener miedo de las dificultades, ni de las puñaladas por la espalda, ni de las estafas o la hipocresía, ni de los insultos o la persecución por parte de los ‘líderes’… se debe seguir trabajando, siempre, allá dónde están las masas”.(53)</p>
<p>Lenin podía discutir pasionalmente para defender sus ideas, pero también sabía cómo aprender del movimiento. El sindicalista francés Alfred Rosmer describió su primer encuentro con Lenin, que había escrito un artículo pidiendo una ruptura inmediata en el Partido Socialista francés para formar un nuevo Partido Comunista. Rosmer le explicó que sería mucho mejor esperar unos meses para ganarse a la mayoría y Lenin inmediatamente respondió: “Me parece que he escrito una estupidez”, y modificó su artículo.(54) Lenin era un líder que sabía escuchar y cambiar, cuando hacía falta, de opinión. Era totalmente diferente de los políticos actuales, para los cuales reconocer un error parece que signifique admitir un fracaso.</p>
<p>En su último discurso a la Internacional Comunista, a finales del año 1922, Lenin avisó de los peligros de imponer la experiencia rusa a otros países. Los revolucionarios de cualquier parte del mundo habían de aplicar sus principios a las circunstancias específicas de su propia experiencia: “La resolución es demasiado ‘rusa’, refleja la experiencia rusa. Por eso es por lo que resulta ininteligible para los extranjeros que no pueden contentarse con colgarla en un rincón como un icono y rogarle”.(55)</p>
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<p><strong>15. RETIRADA Y NEP</strong></p>
<p>El Partido Comunista alemán, que no disponía de un liderazgo estable y con experiencia, fue virando de izquierda a derecha y fracasó en el intento de transformar la larga crisis social en una revolución exitosa. Rusia se quedará aislada. Los bolcheviques ganaron la guerra civil y permanecieron en el poder, pero a un precio altísimo. La economía estaba bajo mínimos y la misma clase trabajadora declinaba masivamente: en 1921 era aproximadamente un tercio de la que había sido en 1917. Muchos trabajadores militantes habían dejado las fábricas para unirse al ejército; un número importante de estos nunca regresaron. Otros, enfrentados con la carencia de trabajo y el hambre, volvieron con sus familias que vivían en el medio rural dónde al menos había algo de comida. Los soviets estaban desiertos.</p>
<p>Los bolcheviques no podían simplemente entregar el poder. Una acción como ésta habría dado plena libertad a la vieja clase dirigente para masacrar la poca organización de la clase trabajadora que quedaba. No tenían ninguna otra alternativa que permanecer en el poder y esperar un giro revolucionario en Occidente.</p>
<p>No es de extrañar que entre la gente hubieran muestras de descontento. La más grave se dio la primavera de 1921. Los marineros de la fortaleza naval de Kronstadt, en las afueras de Petrogrado, se rebelaron; algunos de ellos pedían una “tercera revolución”. Muchas de sus críticas eran justificadas, pero una “tercera revolución” era una mera fantasía y la rebelión amenazaba el régimen bolchevique. Si los bolcheviques hubieran sido desbancados del poder, el resultado no habría sido una sociedad más democrática sino el regreso al viejo régimen. Se decidió, pues, sofocar la revuelta militarmente. Este episodio fue un punto muy bajo para el bolchevismo, pero no había alternativa.</p>
<p>Lenin sabía que las medidas militares no podían resolver los problemas reales. Describió los hechos de Kronstadt como “el destello de un relámpago que lanzaba más luz sobre la realidad que cualquier otra cosa”.(56) Otra vez mostró su habilidad para enfrentarse a una realidad imprevista y adoptar la solución necesaria. La economía rusa estaba fallando porque los funcionarios del partido que se ocupaban de varias tareas no las sabían gestionar de manera eficiente. No se había llegado a lograr un equilibrio adecuado entre las ciudades y el campo.</p>
<p>Lenin introdujo la Nueva Política Económica que pronto se conoció como NEP (de las siglas rusas, Novaya Ekonomicheskaya Politika). La requisa de grano a los campesinos se sustituyó por una tasa que los animaba a producir más. Se recuperó un cierto nivel de propiedad privada y las nuevas oportunidades en comercio privado e industria a pequeña escala hicieron emerger una clase comerciante de empresarios (conocidos como los “hombres de la NEP”).</p>
<p>Esta política evitó un desastre económico. Víctor Serge argumentaba: “La Nueva Política Económica estaba dando, al cabo de pocos meses, resultados maravillosos. En el espacio de una semana, se vio que el hambre y la especulación habían disminuido de manera considerable”.(57)</p>
<p>Esta solución escandalizó a muchas personas. El compromiso profundo de Lenin con los principios socialistas le permitía defender su estrategia de retirada. Admitió que el análisis clave era: “¿Podemos hacer funcionar la economía igual de bien que los otros? El viejo capitalista sí que puede: nosotros no.” Como resultado, “los capitalistas actúan junto a nosotros. Operan como ladrones, haciendo beneficios, pero saben cómo hacer las cosas”.(58)</p>
<p>La NEP fue una estrategia a corto plazo, no una reconciliación a largo plazo con el capitalismo. Lenin todavía tenía esperanzas de que la revolución en otras partes del mundo sacara del asedio a Rusia.</p>
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<p><strong>16. LA ÚLTIMA LUCHA DE LENIN</strong></p>
<p>El 1922 Lenin estaba muy enfermo. Una sobrecarga de trabajo agobiante y las heridas que le provocó un atentado le habían dejado exhausto. Él mismo sabía que no sobreviviría para dirigir la revolución en su fase más difícil.</p>
<p>También estaba muy preocupado por la manera como se estaba desarrollando la revolución. Al estar la clase trabajadora bajo mínimos, la burocracia había empezado a crecer dentro y fuera del partido, a menudo adoptando métodos ajenos a los principios de la democracia trabajadora. También se estaba desarrollando de manera peligrosa el nacionalismo.</p>
<p>Lenin dedicó las fuerzas que le quedaban a luchar contra la creciente burocracia. En uno de los sus últimos artículos, “Mejor pocos pero mejores”, admitía que, tras cinco años de revolución, el aparato del Estado estaba “en condiciones deplorables” y “miserables”.(59) No había un remedio rápido posible, sólo una lucha paciente por una democracia trabajadora genuina con la introducción de más trabajadores en la maquinaria del estado: “Con este propósito, los mejores elementos de nuestro sistema social -cómo, en primer lugar, los trabajadores adelantados, y en segundo lugar, los elementos más ilustrados de quienes podamos estar seguros que no tomarán las palabras como si fueran hechos y que no dirán ni una sola palabra que vaya en contra de su conciencia- no deben retroceder delante de ninguna dificultad ni de ninguna lucha para conseguir el objetivo que firmemente se han propuesto conseguir”.(60)</p>
<p>La honestidad y el espíritu crítico de Lenin contrastaban enormemente con la complacencia y la arrogancia que caracterizaría, después, el Estado ruso bajo el mandato de Stalin y sus sucesores.</p>
<p>Lenin se vio forzado a pensar en quién designaría como sucesor. Escribió un documento breve en el cual repasaba las capacidades de los otros líderes bolcheviques. Fue muy crítico con todos ellos, pero distinguió a Stalin a la hora de realizar las críticas más duras, recomendando que se le apartara de su cargo como Secretario General del partido.(61)</p>
<p>Desde mediados de 1922 en adelante, Lenin sufrió una serie de embolias. A principios de 1923 ya no pudo participar en los debates del partido que él mismo había creado. Cuando murió, en 1924, su cuerpo fue embalsamado, transformándose en una especie de santo, algo que habría horrorizado a Lenin. Su viuda, Krupskaia, que había compartido con él sus muchas luchas, se mostró reiteradamente en contra de este tipo de homenaje: “No levantáis monumentos en su memoria […] a ellos siempre les otorgó muy poca importancia durante su vida […]. Si queréis honrar el nombre de Vladimir Ilich, construid orfelinatos, guarderías, casas, escuelas, bibliotecas, centros médicos, hospitales, hogares para los discapacitados, etc., y sobre todo, poned sus preceptos en práctica”.(62)</p>
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<p><strong>17. ¿LENIN CONDUJO A STALIN?</strong></p>
<p>Muchos académicos, políticos y periodistas afirman que los métodos y las políticas de Lenin condujeron directamente a las brutales atrocidades de la era de Stalin. Pero esta es una manera poco escrupulosa de explicar la historia que no llega a examinar el complejo proceso histórico que condujo hasta Stalin. Así se promueve la idea de que la historia sólo consiste en la labor de grandes individuos y que lo único que necesitamos es entender la psicología de un par de líderes.</p>
<p>Desde luego, todo puede ser probado con hechos seleccionados y fragmentados sacados de contexto. Víctor Serge, que se unió a los bolcheviques en plena guerra civil y fue más tarde una de las víctimas de Stalin, resumió lo que falla en este tipo de interpretaciones: “Se dice a menudo que ‘el germen de todo el estalinismo se encontraba en el bolchevismo desde sus inicios’. Bien, no puedo hacer ninguna objeción. Simplemente diré que el bolchevismo contenía otros muchos gérmenes, una infinidad de otros gérmenes, y aquellos que vivieron el entusiasmo de los primeros años de la primera revolución socialista victoriosa no lo deberían olvidar”.(63)</p>
<p>Toda la estrategia de Lenin se fundamentaba en el principio de que la Revolución Rusa se extendería al resto de Europa y después al resto del mundo. Pero la revolución falló a la hora de extenderse y, tal y como sabía Lenin, no se podía exportar. El aislamiento fue la causa fundamental de los fracasos rusos. Rosa Luxemburgo, que a menudo se mostró muy crítica con Lenin, escribió: “Los rusos […] no serán capaces de mantenerse en este pandemónium porque la socialdemocracia en los países occidentales altamente desarrollados no va más allá de un grupo de cobardes y miserables que se quedarán tranquilamente mirando lo que pasa y dejarán que los rusos se vayan desangrando”.(64)</p>
<p>Los verdaderamente culpables fueron los líderes occidentales como Winston Churchill, que lanzó ataques armados sobre el estado post-revolucionario; y los líderes de la clase trabajadora que defendieron la Revolución sin entusiasmo o que no la defendieron en absoluto.</p>
<p>Evidentemente, es imposible saber qué habría hecho Lenin si hubiera sobrevivido en 1924, pero podemos estar lo suficiente seguros de lo que no habría hecho.</p>
<p>La solución de Stalin, puesta en marcha cuando Lenin ya no estaba, fue el “socialismo en un solo país”. En lugar de animar los movimientos revolucionarios cuando estos surgían en algún lugar del mundo, Stalin decididamente los desalentaba.</p>
<p>La Internacional Comunista, que fue en la época de Lenin un foro vivo donde se debatían diferentes estrategias, se convirtió en un aparato burocrático jerarquizado en el que todos seguían la misma línea. En la China de 1927, Stalin ordenó a los comunistas que cedieran su independencia a Chiang Kai-Shek, el cual los utilizó y después los masacró. En Alemania, les dijeron a los comunistas que los socialdemócratas eran iguales que los fascistas, por lo que no se generó una oposición unitaria contra Hitler. Durante la Guerra Civil Española, los comunistas volvieron las armas contra los trabajadores que querían convertir la guerra en una revolución.</p>
<p>Stalin decidió que Rusia había de industrializarse con sus propios medios. Sostenía que el país tenía que avanzar en este sentido hasta llegar al nivel que los países occidentales habían tardado muchos años en alcanzar: “Estamos 50 ó 100 años por detrás de los países más adelantados. Debemos solventar esta diferencia en el lapso de diez años. O lo hacemos o nos aplastan”.(65)</p>
<p>El proceso de industrialización en el Reino Unido durante el siglo XIX fue considerablemente brutal. En Rusia este proceso fue mucho más rápido y, en consecuencia, provocó más padecimientos. Lo que muchos críticos del estalinismo no quieren ver es que el sistema que causaba estos sufrimientos era esencialmente el mismo: a pesar de que la propiedad era estatal, las leyes que regían la economía rusa eran las mismas que en el capitalismo.</p>
<p>Muchos de los avances de la revolución se perdieron. Los sindicatos independientes y el derecho a huelga desaparecieron y los salarios se redujeron. El aborto y la homosexualidad volvieron a ser crímenes; la innovación artística fue sustituida por la gris doctrina conservadora del “realismo socialista”.</p>
<p>La política brutal de Stalin de colectivizar la agricultura a la fuerza era totalmente contraria a lo que Lenin había defendido. Lenin había intentado, en todo momento, conservar una alianza con los campesinos. Una nueva clase de burócratas, con sus propios intereses, empezó a emerger. El Partido Comunista, que estaba constituido por los militantes más comprometidos (hasta 1929 los miembros del partido sólo ganaban el equivalente a la paga de un trabajador cualificado, independientemente de su cargo), se convirtió en una organización de la élite, que miraba hacia Stalin para que defendiera sus intereses.</p>
<p>A Lenin se le acusa a menudo de introducir el estado de partido único. Pero los bolcheviques no tenían demasiadas alternativas respecto a este asunto. Tras la revolución triunfante, los mencheviques y los socialistas revolucionarios propusieron una coalición de gobierno de unidad, siempre que Lenin y Trotsky fueran excluidos, una condición que era claramente inaceptable. Los socialistas revolucionarios se decantaron entonces por la violencia contra el nuevo régimen: en agosto de 1918, una socialista revolucionaria intentó asesinar a Lenin.</p>
<p>A menudo, Lenin era muy duro cuando discutía con sus oponentes. Pero él discutía sobre ideas y políticas, no acusaba a sus oponentes de crímenes que nunca habían cometido. En 1921 el Partido Bolchevique prohibió la organización de facciones pero Lenin insistió que “no podemos privar al partido y los miembros del comité central del derecho de apelar al partido en el caso de desacuerdo en cuestiones fundamentales”.(66) Durante las purgas y los juicios falseados de los años treinta, las víctimas de Stalin eran acusadas de crímenes ficticios —y muchas veces absurdos— como, por ejemplo, de colaborar con los nazis.</p>
<p>Ciertamente, durante los años de la guerra civil hubo una represión severa pero no es comparable en absoluto al salvajismo del régimen estalinista. Víctor Serge, que se encontraba allí y sabía de lo que hablaba, afirmó que “en la teoría y en la práctica, el estado-prisión [de Stalin] no tenía nada a ver con las medidas de seguridad pública del estado comunal durante el periodo de los enfrentamientos”.(67)</p>
<p>Para poder consolidarse en el poder, Stalin tuvo que eliminar a las personas más próximamente asociadas con Lenin: Zinoviev, Kamenev, Radek y Bujarin. Agentes estalinistas persiguieron a Trotsky por medio mundo y, finalmente, le asesinaron en México. Miles de viejos militantes bolcheviques fueron eliminados.</p>
<p>El 1944, Stalin se sentó con Winston Churchill, que había ayudado a organizar la invasión de Rusia en 1918. Se dividieron Europa, creando “esferas de influencia” y acordando así el destino de millones de personas sin ningún tipo de consulta a la población. Churchill no era estúpido: sabía quiénes eran sus verdaderos enemigos.</p>
<p>Los oponentes más consistentes de Stalin eran aquellos que recordaban a la época de Lenin, y que criticaban a Stalin basándose en los valores que habían compartido con Lenin. Principalmente, estaba Trotsky y su pequeño grupo de seguidores, pero también valientes escritores como Víctor Serge y Alfred Rosmer. Todos ellos proporcionaron la base para que un movimiento socialista genuino pudiera resurgir cuando el estalinismo empezara a tambalearse.</p>
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<p><strong>18. EL LENINISMO HOY</strong></p>
<p>Lenin consideraba que las dos cosas más importantes, por encima de todo, eran la unidad y la claridad. Sin la unidad más amplia posible entre la clase trabajadora la acción para cambiar el mundo es imposible. Pero esta acción es fútil si no se tiene una idea clara de cómo está organizada la sociedad. Estos dos principios pueden parecer, a veces, contradictorios entre sí: de ahí los cambios de posicionamiento e incongruencias aparentes en los escritos de Lenin. La unidad sin claridad conlleva que los revolucionarios estén a mereced de los altibajos en el movimiento de masas, sin posibilidad de influir en él. La claridad sin unidad dejaría los revolucionarios predicando para ellos mismos, sin tener tampoco ninguna posibilidad de influir sobre los acontecimientos.</p>
<p>Muchas cosas han cambiado desde 1917 y Lenin siempre nos recordó que debíamos pensar por nosotros mismos. Pero tres temas básicos que están presentes en la obra de Lenin siguen siendo vitales en nuestros días.</p>
<p>La independencia de la clase trabajadora. Nuestro mundo hoy sigue estando basado en la explotación y sólo se puede contar con aquellos que son explotados para levantarse y cambiar las cosas. No podemos tener la ilusión de que Barak Obama o Gordon Brown harán ningún cambio real. La clase trabajadora necesita sus propias políticas y sus propias organizaciones.</p>
<p>No podemos tomar las instituciones estatales, ya sean el parlamento o los ayuntamientos (aunque los podemos utilizar como plataforma). La guerra contra el terror, su uso de las armas en cualquier parte del mundo y el ataque a las libertades civiles en casa demuestran más claramente que nunca que la maquinaria estatal es una arma dirigida contra la clase trabajadora. Debe ser destruida y sustituida.</p>
<p>El bando opuesto tiene una cantidad inmensa de recursos y está extremadamente bien organizado. Nosotros también necesitamos organización. Necesitamos una organización centralizada porque nos enfrentamos a un enemigo altamente centralizado. Pero también debe ser democrática y hacer suya la experiencia de aquellos que luchan. Los detalles de las formas de organización deben ser revisados constantemente de acuerdo a las tareas de cada momento. Pero la necesidad fundamental de contar con una organización revolucionaria es tan urgente hoy como lo era en 1902.</p>
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<p><strong>NOTAS</strong></p>
<p><strong>Ian Birchall </strong>es militante del Socialist Workers Party de Gran Bretaña —y de sus antecesores— desde hace medio siglo. Es autor de numerosos libros y artículos, especialmente sobre la izquierda francesa. Era profesor de francés en la Universidad de Middlesex. Es miembro de la junta editorial de <em>Revolutionary History</em>, una revista que recupera la historia de la izquierda revolucionaria internacional. La primera edición en castellano fue realizada en Enero de 2010 por nuestro grupo hermano en el Estado español (<a href="http://www.enlucha.org" target="_blank">www.enlucha.org</a>). Título original: <em>A rebel’s guide to Lenin</em>. Bookmarks, Londres, 2006.<strong><br />
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<p><strong>Nota del autor.</strong> Las <em>Obras Completas de Lenin (Lenin Collected Works</em>, Moscú, 1960) se publicaron en 46 volúmenes. He dado las referencias entre paréntesis siempre que se ha citado material de la obra, con la abreviatura LCW, para que los lectores puedan buscarlas si quieren. He añadido también unas cuantas referencias en algunos puntos por si se quieren investigar las fuentes que he utilizado.</p>
<p>En un folleto corto no he podido abarcar muchos de los debates que surgen en torno a la vida de Lenin. Quien quiera profundizar más debería consultar la obra de Tony Cliff, Lenin, Londres, 1985-86, 3 volúmenes. En ella se desarrollan las mismas líneas argumentales que en este folleto. Otros libros útiles son:</p>
<p><em>Historia de la Revolución Rusa</em>, L. Trotsky, Sarpe, Madrid, 1985</p>
<p><em>Lenin in 1917</em>, V. Serge (dentro de Revolutionary History 5/3, 1994)</p>
<p><em>Lenin’s Moscow</em>, A. Rosmer, Londres, 1987</p>
<p><em>Año uno de la revolución rusa</em>, V. Serge (edición digital en: http://www.marxismo.org/?q=node/1560)</p>
<p><em>El último combate de Lenin</em>, M. Lewin, Lumen, Barcelona, 1970</p>
<p><em>Leninism Under Lenin</em>, M. Liebman, Londres, 1975</p>
<p><em>Russia: Class and Power in the Twentieth Century</em>, M. Haynes, Londres, 2002</p>
<p>De los escritos de Lenin, el más importante es <em>El Estado y la Revolución</em>. Otros que vale la pena conocer son: <em>Socialismo y guerra, Tres fuentes y tres partes integrantes del marxismo, Imperialismo y Más vale poco y bueno</em>. Muchos de los libros y folletos más conocidos de Lenin fueron publicados en ediciones de bajo coste en Moscú antes de 1991. Hay todavía muchas copias de segunda mano circulando.</p>
<p>Una gran selección de los escritos de Lenin, que se encuentra en proceso de expansión, está disponible en: www.marxists.org/archive/lenin</p>
<p><strong>Nota de la redacción.</strong> Las referencias se han dejado igual que en la edición inglesa. La edición en castellano de las obras de Lenin es más completa que la edición inglesa a la que el autor hace referencia. La gran ventaja de la edición inglesa es que se encuentra casi entera en Internet, en el sitio citado arriba.</p>
<p>Una colección de textos de Lenin en castellano se encuentra en: www.marxists.org/espanol/lenin/obras</p>
<p>Arriba, se han puesto los títulos de la edición en castellano de algunos de los libros referenciados por Ian Birchall. A esta lista añadimos el siguiente:</p>
<p><em>Rusia 1917: La revolucion rusa y su significado hoy</em>, David Karvala, Ed. Tempestad, Barcelona 2007.</p>
<p><strong>Notas</strong></p>
<p>1. Amis, <em>Koba the Dread</em>, Londres, 2002, p.248</p>
<p>2. LCW, 3:382</p>
<p>3. LCW, 4:315</p>
<p>4. LCW, 5:384</p>
<p>5. LCW, 5:422</p>
<p>6. LCW, 5:386</p>
<p>7. LCW, 5:515-516</p>
<p>8. LCW, 5:460</p>
<p>9. LCW, 5:450</p>
<p>10. LCW, 8:146</p>
<p>11. LCW, 10:23</p>
<p>12. LCW, 10:234</p>
<p>13. Lenin and Gorky, <em>Letters, Reminiscences, Articles</em>. Moscú, 1973, p.289</p>
<p>14. A. Y. Badeyev, <em>Bolsheviks in the Tsarist Duma</em>, Londres, 1987, p. 184</p>
<p>15. LCW, 38:248</p>
<p>16. LCW, 21:387</p>
<p>17. LCW, 21:32-33</p>
<p>18. LCW, 22:253</p>
<p>19. LCW, 22:295</p>
<p>20. LCW, 23: 253</p>
<p>21. V. Serge, <em>Year One of the Russian Revolution</em>, Londres, 1992, pp. 57-58</p>
<p>22. LCW, 24:60</p>
<p>23. LCW, 24:63</p>
<p>24. LCW, 25:387</p>
<p>25. LCW, 25:389</p>
<p>26. LCW, 25:422</p>
<p>27. LCW, 25:478</p>
<p>28. LCW, 25:400</p>
<p>29. LCW, 25:402</p>
<p>30. LCW, 25:397-398</p>
<p>31. LCW, 25:468</p>
<p>32. LCW, 25:492</p>
<p>33. LCW, 26:140</p>
<p>34. LCW, 26:74-82</p>
<p>35. LCW, 26:240</p>
<p>36. I. Deutscher, <em>The Prophet Armed</em>, Londres, 1970, p.325</p>
<p>37. LCW, 26:409</p>
<p>38. ‘Orden del día del Ejército de las Artes’, 1918</p>
<p>39. LCW, 26:365</p>
<p>40. LCW, 29:69</p>
<p>41. T. Cliff, <em>Lenin</em>, vol. III, Londres, 1978, pp. 119-120</p>
<p>42. M. Gilbert, <em>Winston S. Churchill</em>, vol. IV, Londres, 1975, pp. 226-227</p>
<p>43. V. Serge, <em>Memoirs of a Revolutionary</em>, Londres, 1963, p. 92</p>
<p>44. S. Courtois et al, <em>The Black Book of Communism</em>, London and Cambridge Mass, 1999, p. 72.</p>
<p>45. W. P. y Z. K. Coates, <em>Armed Intervention in Russia 1918-1922</em>, Londres, 1935, p. 209.</p>
<p>46. LCW, 35:333</p>
<p>47. LCW, 35:454</p>
<p>48. LCW, 26:386</p>
<p>49. LCW, 31:235-236</p>
<p>50. LCW, 31:58</p>
<p>51. LCW, 31:262-263</p>
<p>52. LCW, 31:55</p>
<p>53. LCW, 31:53</p>
<p>54. A. Rosmer, <em>Lenin’s Moscow</em>, Londres, 1987, p.53</p>
<p>55. LCW, 33:431</p>
<p>56. LCW, 32:279</p>
<p>57. V. Serge, <em>Memoirs of a Revolutionary</em>, Londres, 1963, p. 147</p>
<p>58. LCW, 33:273</p>
<p>59. LCW, 33:487</p>
<p>60. LCW, 33:489</p>
<p>61. LCW, 36:594-596</p>
<p>62. Pravda, 30 de enero de 1924.</p>
<p>63. <em>New International, </em>febrero de 1939</p>
<p>64. <em>Carta a Luise Kautsky</em>, 24 de noviembre de 1917.</p>
<p>65. I. Deutscher, <em>Stalin</em>, Londres, 1961, p. 328</p>
<p>66. LCW, 32:261</p>
<p>67. V. Serge, <em>Russia Twenty Years After</em>, New Jersey, 1996, p. 93</p>
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		<title>Marx. Socialista revolucionario</title>
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		<pubDate>Sun, 23 Jan 2011 21:03:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Socialismo Internacional</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://socialismointernacional.files.wordpress.com/2011/01/marx.jpg"><img class="alignleft size-full wp-image-396" title="Marx" src="http://socialismointernacional.files.wordpress.com/2011/01/marx.jpg?w=191&#038;h=270" alt="" width="191" height="270" /></a></p>
<p>Este folleto señala los hilos clave del pensamiento de Marx y los expone al lado de una descripción de cómo Marx se desarrolló políticamente. Empezando de los tempranos días estudiantiles de Marx, considera cómo los pensadores radicales de la época empezaban a ver que la sociedad y la vida se basaban en la realidad material, para luego trazar el desarrollo de Marx por la ruta del materialismo histórico. Nunca da la impresión de que Marx fuese meramente un filósofo. Citando las palabras famosas de Marx —<em>“los filósofos sólo interpretaron el mundo; de lo que se trata es de transformarlo”</em>— nos revela un Marx inmerso en las actividades combativas de la época, ayudando a crear la Primera Internacional y participando en sus reuniones. Muchos de los escritos de Marx surgieron de estas actividades: el <em>Manifiesto Comunista</em> es el mejor ejemplo. Pero también nos muestra cómo la experiencia de la Comuna de París ayudó a Marx a desarrollar sus teorías del Estado y de la organización política.</p>
<h6><strong>MIKE GONZÁLEZ (2005)</strong></h6>
<p><strong><span id="more-395"></span></strong></p>
<p>_____</p>
<p><strong>1. NACE UN REBELDE INSOLENTE</strong></p>
<p>Karl Marx era revolucionario. Ya viejo, él solía decir que a veces cuando miraba a la gente que se decía marxista, se preguntaba si él mismo lo era. Desde su muerte en 1883, su nombre se ha invocado en muchas ocasiones para justificar la tiranía y la explotación, tergiversando todo lo que él creía y defendía. Sin embargo, a finales de los años 90, el Manifiesto Comunista que escribió junto con su colaborador de toda la vida, Friedrich Engels, para sorpresa de muchos, fue un éxito comercial en las librerías. Y al iniciarse el siglo XXI, en un sondeo realizado por la BBC de Londres, para conocer la opinión de los radioescuchas sobre quién era el filósofo más importante de todos los tiempos, Marx quedó en primer lugar.</p>
<p>No es correcto, pero, llamarle filósofo. El mismo Marx insistió en que<em> “los filósofos sólo interpretaron el mundo; de lo que se trata es de transformarlo”. </em>Esta frase famosa marca un momento clave en el desarrollo de Marx, pues precisamente es entonces cuando el filósofo comienza a transformarse en el pensador revolucionario.</p>
<p>Karl Marx nació en 1818, hijo de una familia judía acomodada de Trier, en la Tierra del Rin, en Alemania. A principios de siglo los ejércitos de Napoleón ocuparon brevemente el pueblo, antes de que fuera devuelto a un estado prusiano controlado por una monarquía absoluta. La estancia de Napoleón en el lugar fue corta, pero sin embargo dejó allí las ideas de cambio y libertad que propulsó la revolución francesa.</p>
<p>El padre de Marx, Hirschel, solía soltar comentarios públicos sobre la necesidad de un sistema político auténticamente representativo; y denunciaba repetidamente la discriminación sufrida por los judíos de Prusia. Heinrich (se había cambiado de nombre al convertirse al protestantismo) estaba muy lejos de ser un revolucionario; sin embargo, no podía dejar de responder a los nuevos aires que soplaban por Europa y el joven Karl, seguramente, absorbió algunas de las ideas liberales de su padre.</p>
<p>Su padre insistió en que el joven Karl estudiara derecho:<em> “¡Una profesión útil!” </em>Así fue como a la edad de 17 años, Marx entró en la Facultad de Derecho de la Universidad de Bonn. Pero la verdad es que le interesaba mucho más la poesía, el vino y la filosofía, intereses que se debieron en parte a la influencia de Ludwig von Westphalen, amigo rico de la familia, que le hizo conocer a Shakespeare y a los poetas griegos. En 1843, la hija de Ludwig, Jenny von Westphalen, se convertiría en la esposa y compañera de vida de Marx.</p>
<p>El entusiasmo de Marx por la filosofía era mucho más que una simple preferencia académica. En la época en que estudiaba, los debates filosóficos servían de oportunidad para plantear cuestiones sobre la sociedad, la historia y las potencialidades del hombre. Un escritor destacado influía más que los demás en estas polémicas apasionadas: Friedrich von Hegel. Hegel había apoyado con entusiasmo la revolución francesa, creyendo que daría inicio a la época en que las actividades humanas serían determinadas por la razón. Pero para cuando Marx llegó a conocer sus ideas, Hegel se había vuelto conservador. Ahora pensaba que Dios representaba el colmo de la racionalidad y que su expresión material más avanzada era el Estado prusiano, represivo y autoritario.</p>
<p>Marx llegó de Trier con sus ideas liberales a cuestas y por eso le atrajo un grupo de jóvenes estudiantes, quienes se dedicaron a <em>“poner patas arriba al maestro”</em>: los Jóvenes Hegelianos.(1) Ellos se identificaban con el primer Hegel, el pensador revolucionario. Eran ateos y liberales, además de bohemios y estupendos compañeros de parranda, como descubrió Marx cuando se trasladó a Berlín y se inscribió en el Club de los Doctores, donde su melena y su barba eran reconocidas señales de radicalismo.</p>
<p>A los Jóvenes Hegelianos y su entorno les unía la hostilidad contra el opresivo Estado prusiano. Para ellos, la revolución francesa significaba la Iluminación y el cambio, ideas progresistas capaces de transformar una Alemania feudal en una democracia capitalista moderna.</p>
<p>Marx mismo ya había sobrepasado las ideas que absorbió durante las reuniones en la casa paterna. Sin embargo, el círculo de empresarios progresistas amigos de su padre financiaba el <em>Rheinische Zeitung</em>, periódico radical que se oponía al Estado prusiano feudal y que Marx empezó a editar al volver a su pueblo natal en 1841.</p>
<p>La vida de Marx, de aquí en adelante, está marcada por la interrelación entre sus ideas en desarrollo y los hechos sociales y políticos. Un temprano ejemplo se refería al derecho tradicional de los campesinos de recoger madera en el bosque. Una nueva ley definía como robo esa actividad, por ser el bosque propiedad privada. Los terratenientes y los nuevos empresarios industriales, que financiaban el periódico de Marx, estaban de acuerdo en que era irrefutable la nueva ley. Quedaba claro que una economía capitalista, fundada en la propiedad privada, no daría garantía alguna a los pobres ni a los que carecían de propiedad. De allí sacó Marx la conclusión de que un Estado que existía para proteger la propiedad privada nunca podría ofrecer real protección a las clases trabajadoras.</p>
<p>Esto, para Marx, representaba un primer gran paso hacia un entendimiento de la sociedad en términos de clase. Cuando expresaba sus nuevas ideas en el periódico, el censor del Estado prusiano concluyó que estas ideas justificaban su cierre y la expulsión de su editor, quien se volvía<em> “cada vez más insolente”.</em> Otros periódicos alemanes de vanguardia estaban enfrentando el mismo destino. Por eso Karl y Jenny decidieron, al poco tiempo, mudarse para Francia. A la familia aristocrática de Jenny le molestaba el periodista pobre y cada vez más radical con quien ella había vinculado su vida. Pero, para Karl y Jenny, estas opiniones nunca tuvieron mayor importancia.</p>
<p>_____</p>
<p><strong>2. MUDANZAS. HACIA PARÍS</strong></p>
<p>Muchos exiliados alemanes se fueron a París. Allí el relevo para la difusión de las ideas progresistas pasaría a un periódico nuevo, el Deutsche Französische Jahrbücher. En octubre, Marx invitó al filósofo Ludwig Feuerbach(2) a colaborar en la revista con un artículo que presentaba su argumento clave: las ideas son producto del ser social, las creencias de la gente se conforman según las circunstancias materiales y sociales en las que viven. Ésta, fue una concepción extraordinariamente importante, que le permitió a Marx ir más allá de Hegel e incluso de los Jóvenes Hegelianos. Es cierto que la discusión seguía siendo bastante abstracta, pero partía de la base de que la transformación del mundo era un proceso material; lo importante era revolucionar las condiciones reales de la vida. En el curso de ese proceso surgirían ideas y posibilidades nuevas.</p>
<p>Este cambio en el pensamiento de Marx, por lo demás fundamental, no era solamente un salto intelectual. En Francia se encontró con la realidad de un movimiento masivo de la clase trabajadora, en el contexto de una sociedad industrial en desarrollo. En ese movimiento las ideas socialistas y comunistas ya tenían arraigo, no sólo entre los trabajadores franceses, sino también entre los trabajadores alemanes, más de 40.000, que migraron a ese país. A Marx le conmovió lo que él llamaba la “frescura y nobleza” de aquellos activistas obreros:</p>
<p><em>“Es precisamente entre estos ‘bárbaros’ de nuestra sociedad civilizada con los que la historia está preparando el elemento práctico para la emancipación de la humanidad”</em></p>
<p>Del Jahrbücher se editó un solo número. Los ejemplares enviados clandestinamente a Alemania fueron interceptados, provocando la rabia de los censores estatales. Se publicaron órdenes de detención contra Marx y otros, y la editorial que producía la revista se atemorizó. No era la primera vez, y seguramente no sería la última, que Marx se enfrentaba, debido a este incidente, con una ausencia real de perspectivas, sumándose a ello la carencia de un presupuesto doméstico. Pero, al mismo tiempo, la situación le ofrecía una oportunidad para leer y desarrollar sus ideas, enfrentadas en serias polémicas, a menudo furiosas, con otros compañeros del movimiento. Sus apuntes de esta época no se redescubrieron hasta mucho más tarde, cuando se publicaron bajo el título de los Manuscritos Económico-Filosóficos de 1844, o los Manuscritos de París.</p>
<p>Marx tenía apenas 26 años; sin embargo, estos escritos marcaron un gran paso adelante en cuanto a su comprensión de la experiencia del trabajo en una sociedad capitalista.</p>
<p>El vocablo “enajenación” no fue inventado por Marx; pero mientras los filósofos anteriores la entendieron como una condición psicológica, o como una característica de aquellos a quienes les faltaba conciencia, Marx la interpretó como producto de las condiciones materiales del trabajo:</p>
<p><em>“El obrero es más pobre cuanta más riqueza produce, cuanto más crece su producción en potencia y en volumen. El trabajador se convierte en una mercancía tanto más barata cuantas más mercancías produce. La desvalorización del mundo humano crece en razón directa de la valorización del mundo de las cosas. El trabajo no sólo produce mercancías; se produce también a sí mismo y al obrero como mercancía…</em></p>
<p><em>Este hecho, por lo demás, no expresa sino esto: el objeto que el trabajo produce, su producto, se enfrenta a él como un ser extraño, como un poder independiente del productor. El producto del trabajo es el trabajo que se ha fijado en un objeto, que se ha hecho cosa…que ahora aparece… como desrealización del trabajador, la objetivación como pérdida del objeto y servidumbre a él, la apropiación como extrañamiento, como enajenación.”</em></p>
<p>(<strong>Karl Marx</strong><em>, Manuscritos Económico-Filosóficos de 1844)</em></p>
<p>Esta gran paradoja es el fundamento de las ideas de Marx. Los seres humanos transforman el mundo con su trabajo, creando así los instrumentos de su propia liberación. Y sin embargo, bajo el capitalismo los productores se encuentran cada vez más alejados de la posibilidad de liberarse. Todo lo que producen se les sustrae para convertirse en objetos que se compran y venden, en mercancías, sobre las cuales el trabajador, el productor, no tiene control alguno.</p>
<p>Esto ocurre como consecuencia de las relaciones sociales que prevalecen. En el sistema clasista, una clase es propietaria de todo lo que se produce, mientras que la otra clase, la mayoritaria que produce los bienes, posee solamente su fuerza de trabajo, que el capitalista compra y vende como si fuera una mercancía más y lo que determina qué y cómo se produce es el deseo del capitalista de obtener ganancias y no las necesidades de la sociedad en general.</p>
<p>Para los trabajadores, pues, la única manera de superar la enajenación es montar una lucha práctica contra los capitalistas. Ese mismo año de 1844, la lucha de los tejedores de Silesia, en Alemania, ofreció a Marx un ejemplo vivo de cómo los trabajadores podían luchar contra el sistema. Analizando su propio país, Marx veía a una clase de capitalistas e industriales demasiado débiles para enfrentar y derrotar un poderoso estado, como habían hecho sus congéneres franceses en 1789. Sólo la clase trabajadora sería capaz de enfrentarse a él.</p>
<p>Algunos contemporáneos de Marx discreparon, insistiendo en que los trabajadores alemanes no tenían el nivel de conciencia política necesario. Marx respondió, con bastante desprecio, que les sobraba conciencia de clase y citó como ejemplo la experiencia de los tejedores de Silesia. La defensa apasionada de este grupo de obreros señalaba la enorme distancia recorrida por Marx y cómo se alejaba de sus colegas de antaño.</p>
<p>Los economistas ingleses, que describieron el funcionamiento del sistema capitalista de producción, hicieron un aporte de primera importancia a la nueva comprensión de Marx. Ahora empezaba a hablar de “la autoemancipación de la clase trabajadora”, pues sus nuevas ideas ya eran contribuciones a la causa revolucionaria. Ahora entendía que lo que impulsaba la historia eran fuerzas sociales persiguiendo fines económicos y no fuerzas externas a ellas, sea Dios o la razón.</p>
<p>Al proponer su crítica a la religión, Feuerbach había acompañado a Marx en una parte de su viaje. Pero a éste le faltaba aún otra parte, la que le permitiría afirmar que la historia avanzaba bajo el impulso de las acciones humanas, y que la transformación de la conciencia humana era, a su vez, producto de la lucha por transformar el mundo material y las condiciones de producción.</p>
<p>_____</p>
<p><strong>3. DIEZ DÍAS QUE ESTREMECIERON AL MUNDO(3)</strong></p>
<p>Karl Marx y su gran colaborador Friedrich Engels se conocieron por primera vez en 1844.(4) Hijo de un industrialista, Engels ya había pasado tiempo en la fábrica de su padre en Manchester, en el norte de Inglaterra. Allí pudo ver <em>“la situación de la clase obrera”, </em>su pobreza y la explotación que sufrían en las nuevas fábricas. Veía las terribles condiciones en las que trabajaban y vivían los que hacían funcionar la maquinaria productiva del capitalismo industrial. Engels tenía un contacto íntimo con el creciente movimiento de masas —el Cartismo(5)— que empezaba ya a organizar la resistencia obrera ante los horrores de esta nueva sociedad.</p>
<p>Los dos jóvenes pensadores (Engels tenía tres años menos que Marx) conocían sus escritos antes de su encuentro en París. Esta fue la coincidencia de dos cerebros afines, la reunión de dos revolucionarios que compartían una convicción. Ahora les correspondía la tarea de desarrollar una nueva visión del mundo, una visión comunista.</p>
<p>Pero antes que nada, había que ganar una batalla en el interior del movimiento obrero, contra otros elementos que aún mantenían una cierta influencia entre los trabajadores alemanes. La Sagrada Familia es una larga polémica, a veces muy difícil de seguir, con esos elementos, entre ellos los Jóvenes Hegelianos que acompañaron a Marx durante el primer tramo de su viaje intelectual. Lo que distingue a Marx y Engels de sus antiguos aliados es su negativa a entrar en discusiones sobre las ideas desligadas del contexto y las tareas políticas:</p>
<p><em>“Las ideas no realizan nada en absoluto. Para que las ideas se cumplan son necesarios hombres capaces de darles una expresión práctica.”</em></p>
<p>(<strong>Marx y Engels</strong>, <em>La Sagrada Familia</em>)</p>
<p>A partir de ese momento, Marx y Engels se dedican a construir la organización que prepararía la revolución, o sea lo que Engels denominaba<em> “la guerra abierta de los pobres contra los ricos”.</em> Sus actividades llamaron la atención de los agentes del estado tanto en Francia, donde vivía Marx, como en Alemania donde Engels se encontraba hablando con grupos de obreros y organizaciones políticas. El periódico en lengua alemana donde aparecían los artículos de Marx, Vorwärts, fue cerrado por las autoridades francesas en las últimas semanas de 1844 y, unas semanas más tarde, el Gobierno de Francia expulsó a Marx bajo la presión del Estado alemán. Engels salió de Alemania dos meses después, convencido de que la orden de expulsión contra él no tardaría en llegar.</p>
<p>Los dos revolucionarios se volvieron a encontrar en Bruselas, Bélgica, donde todavía existía una cierta tolerancia política, aunque siempre bajo la vigilancia de la policía de inteligencia. Marx ya estaba escribiendo sus Tesis sobre Feuerbach y La ideología alemana.</p>
<p>Son trabajadores reales en circunstancias concretas quienes hacen las revoluciones, insistía, y Engels aportaba las evidencias, tanto de las luchas obreras como de las condiciones materiales en que vivían, condiciones que Marx había descrito en términos generales en sus Manuscritos de 1844. La filosofía, entender el mundo a través de las ideas, ahora cedía su lugar a la práctica revolucionaria, forjando los instrumentos que serían capaces de terminar con el capitalismo y la enajenación. Esta nueva práctica, el marxismo, sería la teoría y la práctica de la revolución proletaria.</p>
<p>Marx y Engels expresaron su nueva visión en La ideología alemana, donde el comunismo se definía como <em>“la doctrina de las condiciones para la emancipación de la clase trabajadora”</em>. Las <em>Tesis sobre Feuerbach, </em>en sólo tres páginas y once definiciones clarísimas, expresaban con dramática fuerza hasta qué punto ambos rompían con todo lo anterior. Los Jóvenes Hegelianos, por ejemplo, sostenían que la conciencia y las ideas producían las acciones; por eso despreciaban la huelga de los tejedores de Silesia, argumentando que a esos trabajadores les faltaba aún <em>“la conciencia adecuada”. </em>Con igual desprecio, Marx respondió que los seres humanos cambian su forma de pensar al transformar el mundo que los rodea:</p>
<p><em>“La coincidencia de la modificación de las circunstancias y de la actividad humana sólo puede concebirse y entenderse racionalmente como práctica revolucionaria. …los hombres que desarrollan su producción material y su trato material cambian también, al cambiar esta realidad, su pensamiento y los productos de su pensamiento. No es la conciencia la que determina la vida, sino la vida la que determina la conciencia”</em></p>
<p>(<strong>Marx y Engels</strong>, <em>La ideología alemana</em>)</p>
<p>Entender esto significaba para Marx y Engels ver también cómo las ideas se emplean para mantener las divisiones de clase. Lo expresaron así en La ideología alemana:</p>
<p><em>“Las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes en cada época; o, dicho en otros términos, la clase que ejerce el poder material dominante en la sociedad es, al mismo tiempo, su poder espiritual dominante. La clase que tiene a su disposición los medios para la producción material dispone con ello, al mismo tiempo, de los medios para la producción espiritual… Las ideas dominantes no son otra cosa que la expresión ideal de las relaciones materiales dominantes, las mismas relaciones materiales dominantes concebidas como ideas; por tanto, las relaciones que hacen de una determinada clase la clase dominante, o sea, las ideas de su dominación.”</em></p>
<p>(<strong>Marx y Engels</strong>, <em>La ideología alemana</em>)</p>
<p>Lo que parece ser del sentido común, una verdad universal, en realidad pertenece a lo que Marx denomina la ideología: en otras palabras, la forma de ver y entender el mundo desde la perspectiva de una clase. Y esa clase controla no sólo los medios de producción, sino también en gran medida los medios de representación y de explicación. El nacionalismo, por ejemplo, parte de la base de que todos los que pertenecen a una nación comparten los mismos intereses; sin embargo, esto sólo sirve para ocultar conflictos de clase profundamente arraigados en el seno de la sociedad. La ideología mantiene la cohesión social para beneficio de las clases dominantes, y al mismo tiempo oculta sus intereses tras una careta de verdades universales.</p>
<p>Esto sólo funciona, sin embargo, reforzándose con regularidad. La experiencia cotidiana constantemente recuerda a la gente que el mundo que habitan es injusto, desigual y dividido. En el pasado, le correspondía a la iglesia propagar y reforzar la ideología dominante. En nuestra sociedad, le toca a la educación por un lado y a la cultura de masas por otro diseminar y respaldar esas ideas. El choque entre la experiencia de la mayoría explotada y la ideología dominante, sin embargo, genera la posibilidad de que las nuevas ideas radicales tengan arraigo. Cuando los trabajadores entran en una revuelta abierta contra el sistema, es muy probable que se ganen millones de ellos para las nuevas ideas —ideas que reflejen fielmente sus intereses reales de clase.</p>
<p>De esta manera llegó Marx a la famosa conclusión, a sus <em>Tesis sobre Feuerbach</em>:</p>
<p><em>“Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo”.</em></p>
<p>Para Marx, lo importante era intervenir activamente en las luchas por la transformación social. A partir de ese momento, y durante el resto de sus vidas, Marx y Engels dedicaron todas sus energías a este proyecto.</p>
<p>En 1845, Marx acompañó a Engels a Inglaterra donde se reunieron con dirigentes cartistas entre otros. A insistencia de ellos se convocó ese mismo año una reunión de socialistas residentes en Londres. Ni Marx, ni Engels pudieron asistir, pero esta reunión era una clara señal que apuntaba hacia el futuro. Los dos hicieron hincapié en el carácter internacional del capitalismo y abogaban por una respuesta, de parte de la clase trabajadora, que fuera igualmente capaz de atravesar fronteras. De regreso a Bruselas, formaron los Comités de Correspondencia Comunista, antecesores de la Internacional. El objetivo de esos comités era poner en marcha el proceso de “ganar al proletariado europeo a nuestras convicciones”.</p>
<p>Los comités podrían verse como el embrión de un partido político capaz de relacionarse directamente con las luchas de la clase trabajadora. Era lo más lógico. Pero cabe recordar que, la idea de que los revolucionarios debían trabajar en y con la clase obrera, cuya liberación sería la fuerza motriz de la revolución, no la compartían todos los que se decían comunistas. Bajo ningún concepto.</p>
<p>Aunque el ritmo de estudio y escritura de Marx nunca amainó, lo que más le preocupaba, en lo inmediato, a él y también a Engels, era la organización. Nadie podía prever los acontecimientos revolucionarios de 1848; sin embargo, ya se sentía un cambio en el aire. Ellos se dedicaban ahora a reunir a los dirigentes del socialismo europeo para aclarar la naturaleza de sus relaciones con el movimiento obrero. Como en tantas otras ocasiones, ese proceso aclaratorio producía polémicas feroces con otras tendencias en el interior del movimiento, cuyas ideas apuntaban a conclusiones organizativas muy diferentes.</p>
<p>Las ideas de Pierre-Joseph Proudhon, por ejemplo, expresaban las convicciones de artesanos y trabajadores calificados, argumentando la creación de asociaciones que pudieran operar al margen de los circuitos del capital. Pero Proudhon era hostil a los sindicatos y <em>“opuesto a la revolución”</em>. Aún más influencia tenía gente como el sastre radical Wilhelm Weitling quien, al igual que el francés Auguste Blanqui, seguía siendo escéptico en cuanto a la disposición de los trabajadores a hacer la revolución. Y, a menos que se les convenciera, según ellos, esta tarea debía corresponder a los pequeños grupos conspirativos que actuarían de su parte. Pero ninguno de los dos, ni tampoco sus seguidores, parecía dispuesto a cuestionar sus conclusiones, a pesar del fracaso de todos los intentos por realizar el cambio social con estos métodos.</p>
<p>Para Marx y Engels, estas ideas significaban un obstáculo real para la construcción de una organización revolucionaria según el modelo del Cartismo: es decir, una organización obrera de masas.</p>
<p>Para finales de 1845, sus ideas iban ganando nuevos adeptos, sobre todo en la Liga de los Justos, con sede en Londres, que era mucho más abierta a la influencia cartista que las demás ramas europeas del grupo. En principio, se manifestaba una cierta suspicacia hacia los<em> “intelectuales europeos”</em>, porque sus ideas parecían tener mucho dominio más allá del Canal de la Mancha. Sin embargo, para Marx y Engels lo urgente era la creación de un ‘partido’, o al menos algún tipo de organización común. Esa sería la forma de medir la aceptación de sus ideas. Desde Bruselas agitaban para que se reunieran con regularidad los Comités de Correspondencia. Empezaron a discutir cuestiones de táctica y estrategia: por ejemplo, cómo establecer una relación entre los comunistas y los reformistas liberales alemanes. La constante actividad era la mejor respuesta para quienes los acusaban de ser meros intelectuales.</p>
<p>Mientras que en Alemania el ambiente se volvía cada vez más tenso y en Inglaterra el movimiento cartista seguía creciendo, Marx y Engels se dedicaban al desarrollo de la organización política y sus escritos eran aportes a ese trabajo.</p>
<p>En ese momento, la célula de la Liga de los Justos de Londres hizo un llamado a una reunión internacional en la capital inglesa, para el primero de mayo de 1847. No se consultó a Marx y Engels, pero se envió un representante a Bruselas para convencerlos de que se inscribieran en la Liga y asistieran a la reunión. Era una señal clara de la creciente autoridad política de la que gozaban los dos en el movimiento.</p>
<p>De hecho la reunión se realizó en junio de 1847, convirtiéndose ésta en el primer Congreso de la Liga Comunista cuya finalidad, según su primer manifiesto, era:</p>
<p><em>“…el derrocamiento de la burguesía, la dominación del proletariado, la supresión de la vieja sociedad burguesa, basada en los antagonismos de clase, y la creación de una nueva sociedad, sin clases y sin propiedad privada”.</em></p>
<p>Adoptó como su contraseña: <em>“Proletarios del mundo, uníos”.</em> Sólo Engels y su colaborador cercano William Wolff pudieron asistir a la reunión; Marx se quedó en Bruselas. Sin embargo ya era obvia la influencia del “partido de Marx y Engels”. Mientras más se acercaba el segundo Congreso de la Liga, en noviembre del mismo año, y en la medida en que los objetivos de la organización se hacían cada vez más claros, se hacía también más evidente esta influencia.</p>
<p>Decía Engels:</p>
<p><em>“El comunismo no es una doctrina sino un movimiento; procede no de principios sino de los hechos. Y en la medida en que sea teoría, es la expresión teórica de la postura del proletariado en la lucha… y de las condiciones para su liberación.”</em></p>
<p>El congreso de noviembre reunió a delegados de varios países que debatieron y discutieron, durante días, acerca del tipo de movimiento que había que construir. Marx y Engels estaban presentes y, cuando finalmente se llegó a un acuerdo general, a ellos se les encargó la redacción del manifiesto de la nueva organización.</p>
<p>En Bruselas, Marx parecía vacilar, o al menos se demoró en escribir el texto, a pesar de ser un hombre capaz de producir cientos de páginas en cuestión de días. Pero conforme se iba acercando la fecha tope, pareció animarse. Hacia finales de febrero de 1848 el <em>Manifiesto Comunista</em>, la mayor parte escrita por Marx pero publicada bajo el nombre de Marx y Engels, fue enviada a la imprenta. Cuando llegó a la calle, unos pocos días más tarde, Europa ya había estallado en llamas.</p>
<p>_____</p>
<p><strong>4. CON LA MAREA REVOLUCIONARIA</strong></p>
<p>Uno de los grandes logros de Marx era, antes de estos hechos, haber escrito la obra que tan fielmente expresaba el espíritu de 1848. Es testimonio de la perspectiva política sobre el mundo que insiste en tomar como su punto de partida la realidad material de su época, identificando las tensiones y conflictos que yacen, a veces ocultos, bajo la superficie. Ellos, Marx y Engels, entendieron que, como decía la famosa primera frase del <em>Manifiesto Comunista</em>:</p>
<p><em>“Un espectro recorre Europa, el espectro del comunismo.”</em></p>
<p>Este no es un panfleto político cualquiera; es un manifiesto apasionado y visionario. Para un lector del siglo XXI, o de cualquier momento desde su primera publicación, tiene un tono profundamente contemporáneo. El mundo que describe es instantáneamente reconocible hoy en día. Sin embargo, cuando el Manifiesto salió a la luz pública, era un mundo en ciernes aún. El capitalismo industrial que Marx entendió tan profundamente estaba apenas en la primera fase de su desarrollo. Ya Marx y Engels habían desenmascarado la realidad de la explotación, que era el fundamento del sistema en su totalidad, y el impacto deshumanizador de la búsqueda de la plusvalía. Pero lo hicieron cuando aún no podían saber hasta qué punto sus palabras resultarían poderosamente ciertas para todas las generaciones posteriores.</p>
<p><em>“La burguesía no puede existir si no es revolucionando incesantemente los instrumentos de la producción, que tanto vale decir el sistema todo de la producción, y con él todo el régimen social. Lo contrario de cuantas clases sociales la precedieron, que tenían todas por condición primaria de vida la intangibilidad del régimen de producción vigente… La época de la burguesía se caracteriza y distingue de todas las demás por el constante y agitado desplazamiento de la producción, por la conmoción ininterrumpida de todas las relaciones sociales, por una inquietud y una dinámica incesantes… Las relaciones inconmovibles y mohosas del pasado, con todo su séquito de ideas y creencias viejas y venerables, se derrumban, y las nuevas envejecen antes de echar raíces… Todo lo que se creía permanente y perenne se esfuma, lo santo es profanado, y, al fin, el hombre se ve constreñido, por la fuerza de las cosas, a contemplar con mirada fría su vida y sus relaciones con los demás…</em></p>
<p><em>La necesidad de encontrar mercados espolea a la burguesía de una punta u otra del planeta. Por todas partes anida, en todas partes construye, por doquier establece relaciones.”</em></p>
<p><em>(</em><strong>Marx y Engels</strong>, <em>Manifiesto Comunista</em>)</p>
<p>Requiere un esfuerzo de parte del lector recordar que esto se escribió antes de que la búsqueda del petróleo consumiera Oriente Medio y lo transformara en campo de batalla, entre intereses cuyas sedes se radicaban a medio planeta de distancia, antes de que Nike y Coca-Cola imprimieran su marca en mil culturas distintas, antes de que una decisión tomada en la Bolsa de Londres pudiera destruir la vida de miles de personas al otro lado del planeta.</p>
<p>Lo impresionante aquí no es sólo lo preciso del análisis y la descripción del funcionamiento y los impulsos del sistema capitalista. Lo es también la emoción y la fuerza expresada en la exposición de la denuncia que fundamenta las palabras. Porque a fin de cuentas, este es un manifiesto comunista que reconoce la dinámica agresiva del capitalismo, pero que busca destruir el sistema y no halagarlo. La cuestión es, ¿quién será el sepulturero?</p>
<p>Marx da la respuesta más adelante. Conforme el capitalismo va surgiendo de la sociedad anterior, el pequeño taller será absorbido por la gran fábrica. Los pequeños granjeros y campesinos acaban de peones en el sistema de producción intensificado de la agricultura moderna que abastece las crecientes ciudades, los pequeños comerciantes quedan marginados por las cada vez mayores unidades del comercio nacional e internacional… y se empiezan a formar las BP y las Halliburton.</p>
<p>Los trabajadores atraídos por las nuevas industrias de la ciudad se encuentran allí ante una nueva tiranía:</p>
<p><em>“La industria moderna ha convertido el pequeño taller del maestro patriarcal en la gran fábrica del magnate capitalista. Las masas obreras concentradas en la fábrica son sometidas a una organización y disciplina militares. Los obreros, soldados rasos de la industria, trabajan bajo el mando de toda una jerarquía de sargentos, oficiales y jefes. No son sólo siervos de la burguesía y del Estado burgués, sino que están todos los días y a todas horas bajo el yugo esclavizador de la máquina, del contramaestre, y sobre todo, del industrial burgués dueño de la fábrica.”</em></p>
<p>Al principio, perseguidos y acosados por los empresarios y amenazados por los jefes, los trabajadores no oponen resistencia organizada, aunque de vez en cuando expresan su rabia y frustración destruyendo las máquinas que los atan al trabajo. Sin embargo, la máquina no es el enemigo, sino los fines a los que sirve. He ahí, según Marx, la paradoja; cuanto más capaces sean los seres humanos de producir, tanto más se acerca la posibilidad de liberarlos de la esclavitud del trabajo. Pero, bajo el capitalismo se suprime esta posibilidad y, en vez de liberar a la humanidad, la máquina esclaviza cada vez más. Pero otra cosa está pasando al mismo tiempo. El proletariado, la clase trabajadora, se traslada hacia las ciudades y se va concentrando conforme la producción se vuelve más sofisticada y más mecanizada, para permitir que los empresarios incrementen sus ganancias. Pero esto a su vez da a los trabajadores un creciente poder colectivo que les permite organizarse y retar a los dueños de la maquinaria.</p>
<p>Para Marx, entonces, el sujeto de la revolución socialista es la clase trabajadora, pero no porque la idealizara de manera alguna, ni la creyera más fuerte ni más combativa, ni porque esté exenta de las contradictorias actitudes que produce la sociedad capitalista. Individualmente los trabajadores pueden ser capaces de ser tan egoístas, o sexistas, o crueles como cualquier otro ser humano. Lo que a Marx le convencía del papel revolucionario del proletariado era la posición única que ocupaba en esta nueva sociedad capitalista, que a la vez creaba el interés por cambiar la sociedad y al mismo tiempo la fuerza, al menos en potencia, para hacerlo. Desde luego, esta es una clase sin propiedad cuya única arma es su poder colectivo.</p>
<p>Marx escribió la mayor parte del Manifiesto Comunista en Bruselas, sentado en el café del Perico Azul en la plaza central, la Place de la Ville. Lo mandó a la imprenta en febrero de 1848. Para cuando salió a la venta, llegaban noticias de las barricadas de París y de los enfrentamientos en las calles de la ciudad. Guizot, el odiado primer ministro, dimitió y al día siguiente abdicó el rey. En cuestión de semanas el espíritu de insurrección alcanzó Berlín y cayó otro gobierno más. Engels escribió en tono entusiasta<em>: “Las llamas de las Tullerías y el Palais-Royal iluminan el alba del proletariado… Dondequiera el dominio de la burguesía cae bajo su propio peso… y esperamos que Alemania siga dentro de poco.”</em></p>
<p>Las autoridades belgas se asustaron ante las llamas que se extendían por Europa y se esfumó su tolerancia hacia los Marx. En marzo, expulsaron a Marx hacia París, ahora declarada por él como la nueva sede de la Liga Comunista. Engels también llegó y se juntó con Marx. Los dos empezaron a preparar su viaje de regreso a Alemania. Pero entre los exiliados que planeaban el mismo viaje, se armó una tremenda polémica. Algunos querían montar una expedición armada, una “legión alemana”, propuesta que Marx rechazó con su acostumbrado vigor. Para Marx, la clave era impulsar la organización de un movimiento obrero dentro del marco del movimiento democrático más amplio. En abril, Marx ya se encontraba de regreso en Alemania, preparándose para editar un nuevo periódico diario en Colonia, el <em>Neue Rheinische Zeitung</em> (NRZ), su arma de intervención en el debate político, en el movimiento revolucionario. En su mejor época, el periódico llegó a vender 5.000 ejemplares.</p>
<p>Cuatro años antes la primera versión del diario contaba con el apoyo de las clases medias frustradas de Alemania. Esta vez estaban mucho menos dispuestas a apoyar la empresa de Marx, que criticaba tan duramente las nuevas instituciones surgidas a raíz de la caída del antiguo régimen, por ejemplo la nueva Asamblea Nacional. A través de Alemania se estaban formando grupos obreros, aunque sus reivindicaciones solían enfocarse en cuestiones económicas inmediatas o demandas limitadas a la conquista de derechos civiles. Cuando salió el NRZ en junio, Marx y Engels esperaban que fuera un foco organizativo para los comunistas.</p>
<p>Y, ¿qué pasaba con la Liga Comunista? Tanto Marx como Engels estaban convencidos de que era todavía demasiado pequeña como para influir en los acontecimientos que imbricaban a miles de personas en actividades públicas. En un momento de grandes cambios y trastornos, lo importante era encontrar la manera de tener influencia sobre un movimiento más amplio y evitar que los comunistas se ubicaran al margen o, peor aún, en su contra.</p>
<p>Para Marx, la idea fundamental era que las transformaciones de la conciencia ocurren en el contexto de cambios materiales, pero no ocurren automáticamente. Las ideas nuevas serán absorbidas o adaptadas sólo en la medida en que existen en el interior del movimiento. Esta convicción fue el motivo de sus furiosas discusiones con el socialista alemán Gottschalk, que gozaba de bastante apoyo entre los trabajadores alemanes. Gottschalk defendía la idea de que los trabajadores deberían mantenerse aparte del movimiento social más amplio.</p>
<p>En realidad el movimiento obrero alemán se encontraba en un momento en que perseguía reivindicaciones democráticas. En Inglaterra, en cambio, el movimiento Cartista alcanzaba su máxima influencia, y Marx y Engels lo veían como la punta de lanza de la lucha de los trabajadores europeos. Al mismo tiempo, tenían muy claro que el trabajo unido con elementos liberales nunca podía significar concederles el liderazgo político del movimiento.</p>
<p>Mientras se difundían los primeros números de NRZ, en Europa las cosas saltaban hacia una nueva etapa. En Francia las promesas democráticas del gobierno liberal que reemplazó la monarquía en febrero seguían sin realizarse. Lo que se ganó en febrero estaba ahora amenazado por la mayoría derechista de la Asamblea Nacional. En junio, los talleres nacionales que garantizaban la subsistencia a los trabajadores urbanos fueron cerrados, quedando éstos destituidos y desempleados. Las masas se echaron a la calle en son de protesta; pero esta vez se enfrentaban con una represión feroz. Cuando Marx denunció el comportamiento cobarde de la burguesía francesa, sus equivalentes alemanes interpretaron esta denuncia como un ataque directo también a ellos, y le quitaron el apoyo a su diario.</p>
<p>En julio, en Alemania, un gobierno relativamente liberal fue sustituido por otro que simpatizaba más con la reacción. Marx y su periódico figuraron entre los primeros blancos de la represión y la publicación del periódico se suspendió, más de una vez, durante las semanas siguientes. Pero mientras los derechos democráticos se veían cada vez más amenazados, Marx y su periódico seguían defendiendo los derechos de los trabajadores.</p>
<p>Se dedicaba a desarrollar la estrategia para aumentar su influencia en el movimiento obrero —estrategia que más tarde llamaría <em>“la revolución en permanencia”</em>. Al mismo tiempo, se oponía tajantemente a cualquier acción precipitada que pudiera provocar la reacción, antes de que el movimiento estuviera en condiciones de resistir. Según Marx y Engels era la época de la “moderación revolucionaria”, pues ambos tenían claro que la contrarrevolución preparaba su respuesta represiva.</p>
<p>En Viena el movimiento se enfrentaba en la calle con esa represión; en Alemania, en una serie de manifestaciones masivas se exigía apoyo a los hermanos y hermanas vieneses. Para octubre, fueron derrotados, pero pasarían otros dos meses antes de que la contrarrevolución pudiera arrogarse la victoria en Berlín y en toda Alemania con el golpe que puso a Federico IV a la cabeza del Estado prusiano. Durante los meses siguientes, Marx y Engels trabajaron incansablemente, sobre todo en el periódico, para reforzar las fuerzas democráticas y forjar alianzas entre trabajadores y campesinos y, más importante aún, para analizar y entender el movimiento alemán en el cuadro internacional.</p>
<p>A pesar de una serie de derrotas en Alemania, las luchas que seguían en pie en el resto de Europa sirvieron para que Marx se sintiera optimista sobre las posibilidades de la revolución y apoyara aquellas organizaciones, como las asambleas provincianas de Baden y Frankfurt que todavía ofrecían resistencia.</p>
<p>Para mediados de 1849, el movimiento revolucionario estaba en retroceso. La insurrección húngara fue aplastada por las tropas del Zar ruso. En Alemania, la reacción iba conquistando terreno. El 16 de mayo Marx recibió la orden de abandonar Colonia y al día siguiente emprendió viaje de nuevo a París. Mientras tanto, Engels se afilió a las fuerzas revolucionarias de Baden. Antes de irse, imprimieron la última edición de NRZ con tinta roja:</p>
<p><em>“Tuvimos que ceder la fortaleza, pero nos retiramos con todo y armas y equipaje, con las banderas en alto y la banda tocando a todo volumen… y nuestra consigna era y seguirá siendo siempre: la emancipación de la clase trabajadora”.</em></p>
<p>_____</p>
<p><strong>5. MIRANDO HACIA ATRÁS, MIRANDO HACIA ADELANTE</strong></p>
<p>La reputación de Marx como agitador y líder intelectual de un movimiento revolucionario en expansión significaba que en todas partes lo vieran con una profunda suspicacia. Le presionaron para que abandonara París y se mudó con su familia a Londres en agosto de 1849. Poco después llegó Engels para juntarse de nuevo con su amigo y camarada. En su círculo íntimo, se le conocía a Engels como <em>“el General”</em>, dado su creciente interés en la organización de la insurrección revolucionaria, a raíz de su experiencia en Alemania.</p>
<p>Aunque los movimientos revolucionarios de Europa tuvieran que echar marcha atrás, Marx y Engels seguían optimistas en cuanto a las posibilidades de nuevos levantamientos en Alemania y Francia. La familia Marx, como cuenta la correspondencia de Jenny, estaba en condiciones económicas muy difíciles. Los pocos fondos de que disponían se habían gastado ayudando a camaradas políticos que huían de Alemania y financiando otra publicación, de cuyos cinco números el primero se publicó en enero de 1850. Jenny llegó embarazada a un Londres otoñal y gris en septiembre. A Marx no le era indiferente, pero estaba concentrado en las posibilidades de construir un movimiento en el contexto de los extraordinarios sucesos de 1848-9.</p>
<p>En 1848, Marx y Engels proponen que se disuelva la Liga Comunista, porque la tarea más urgente era que los socialistas se integraran en los amplios movimientos que surgieron durante las revoluciones, para pelear por tener una influencia en ellos. Para principios de 1850 estaba claro que las tareas eran otras y que ahora había que restablecer la Liga. También reconocieron que sería un aporte de primera importancia, para la próxima fase de la construcción de una organización revolucionaria, aprender de las experiencias que seguían frescas en la memoria de toda una generación de activistas proletarios y socialistas en toda Europa.</p>
<p>Este análisis de los acontecimientos revolucionarios de 1848 aparece en tres textos claves, <em>El Circular a la Liga Comunista</em>, recién reconstituida (de marzo y junio de 1850), y una serie de ensayos que aparecieron entre enero y octubre en su periódico, de corta duración, y que luego se publicarían bajo el título Las luchas de clases en Francia 1848-50. El tercer texto, <em>El dieciocho Brumario de Louis Napoleón</em>, es una muestra de las más brillantes de la narrativa histórica de Marx. Hay que aclarar que estos textos no ofrecían las interpretaciones forenses de un observador objetivo y sin compromiso. Marx, después de todo, había sido elegido otra vez presidente del comité ejecutivo de la Liga; lo que él aportaba era un análisis de la experiencia de las revoluciones de 1848, que serviría para la futura construcción de una organización socialista, tarea urgente del momento. Como decía Marx:<em> “la revolución está muerta, viva la revolución”</em>.</p>
<p>Las lecciones y conclusiones de Marx, al estudiar las revoluciones de 1848, son tan relevantes hoy como lo fueron para sus contemporáneos. Pero a diferencia de otros escritores que también publicaron sus varias versiones de los acontecimientos de aquel año histórico, Marx los examinaba desde el punto de vista de la clase trabajadora y con el objetivo de entender sus consecuencias, tanto políticas como organizativas, para los socialistas del futuro.</p>
<p>Su primera conclusión fue que la revolución convenció a importantes sectores de la clase media de la necesidad de buscar formas de acción unida con la clase trabajadora. Esa unidad en la acción, sin embargo, duró poco, tanto en Francia como en Alemania. En ambos casos, la burguesía, que sería la beneficiaria más importante de la introducción de la democracia parlamentaria, resultado principal de las revoluciones de 1848, empezó a temer que el proceso no se detuviera ahí. Temía que la clase trabajadora y sus aliados llevaran las cosas más lejos y más rápidamente hasta amenazar la existencia misma de la propiedad privada. Por eso terminaron dando la espalda a sus aliados anteriores, buscando acuerdos con las mismas clases dirigentes, cuya derrota querían hacía tan poco tiempo.</p>
<p>La transformación de la sociedad capitalista nunca será realizada por una clase cuyo interés radica en conservarla. Por eso es imprescindible que la clase trabajadora esté en condiciones de seguir buscando la transformación independientemente de sus aliados de antaño. A la burguesía le interesaba dar por concluida la revolución cuanto antes. <em>“A nosotros, en cambio, nos interesa y nos corresponde asegurar que la revolución se vuelva permanente”. </em>Esta idea de la revolución permanente se suele identificar con el pensamiento de León Trotsky, pero tiene su origen en las reflexiones de Marx sobre las experiencias de 1848.</p>
<p>Al mismo tiempo, Marx estaba involucrado en un debate feroz con los seguidores de Blanqui. En la insurrección de París jugaron un importante papel, pero después volvieron a su posición original: los revolucionarios deben actuar en secreto. Marx y Engels, en cambio, insistían en este punto; lo crítico era que la clase trabajadora actuara independientemente de la burguesía, a sabiendas de que tarde o temprano la burguesía buscaría la forma de frenar el movimiento. Y esto sería posible en la medida de que la clase trabajadora tuviera una comprensión clara de sus propios intereses de clase, de los intereses de las otras clases sociales y de cómo se llevaría a cabo la revolución. Lo imprescindible era que hubiera al menos un sector de los trabajadores que lo tuvieran claro antes del próximo brote revolucionario.</p>
<p>De allí que la tarea urgente fuera la construcción de un partido revolucionario de la clase trabajadora. Quizás Marx era demasiado optimista, en aquel momento, en cuanto a las perspectivas inmediatas para la revolución (esto lo reconocería Engels al escribir un nuevo prefacio a Las luchas obreras en Francia, después de la muerte de Marx). Estaba completamente justificada, en cambio, su convicción de que la tarea para los revolucionarios era la construcción de un partido capaz de ganarse la dirección del movimiento revolucionario y llevar el proceso hasta el fin, fin que ellos definieron como <em>“la dictadura del proletariado”</em>.</p>
<p>Pocas palabras de Marx se prestaron a tantos malentendidos y distorsiones como éstas. La palabra <em>“dictadura” </em>ha cobrado un terrible significado desde que el mundo conociera el nazismo, el estalinismo y las infinitamente diversas tiranías que el capitalismo ha generado en los últimos cien años. En tiempos de Marx no tenía el mismo sentido; él hablaba de todas las formas del estado, no importa el grado de democracia que abrigaran. Para Marx, todos los estados son instrumentos del dominio de clase.</p>
<p>En Francia y Alemania, el estado pos-revolucionario, donde muchos ministros se aliaron brevemente con la clase trabajadora en la lucha por la democracia, de la forma más bárbara, se volvió luego en contra de los trabajadores. ¿Qué tipo de estado, se preguntaba Marx, podría proteger los intereses de la mayoría? Su respuesta fue<em> “el dominio político exclusivo de la clase trabajadora con todos los cambios revolucionarios y las transformaciones de las condiciones sociales que esto puede significar”. </em>Éste era el único tipo de Estado capaz de defender los avances que los trabajadores lograron, asegurando así las transformaciones sociales que serían su garantía. En este momento Marx sólo tenía una idea general, una teoría. La realidad se manifestaría en la Comuna de 1871.</p>
<p>Al reflexionar sobre esa extraordinaria época transformadora, Marx establecía un vínculo directo entre la revolución y la crisis del sistema económico. Las crisis no eran, simplemente, producto de la casualidad o los errores, sino resultado de los conflictos internos del capitalismo mismo. De allí Marx sacaba la conclusión de que era precisamente la ausencia de crisis, es decir, la ola de prosperidad y crecimiento económico en Inglaterra, durante los últimos años de la década de los 40, que subvirtió la potencialidad revolucionaria del Cartismo. En Francia, en cambio, la clase obrera no era ni lo suficientemente poderosa, ni tan clave para la economía como para asegurar su potencialidad revolucionaria.</p>
<p>Para un materialista revolucionario como Marx, estaba claro que <em>“las ideas no cambian la historia”</em> a menos que las encarnen fuerzas sociales vivientes actuando en circunstancias materiales que permiten la realización de sus potencialidades. Entender qué ritmos y fuerzas impulsan el capitalismo, y qué circunstancias producen la crisis, era tan fundamental para Marx como la creación de organizaciones obreras y la preparación política de sus militantes.</p>
<p>_____</p>
<p><strong>6. UNA NUEVA PERSPECTIVA CIENTÍFICA</strong></p>
<p>Para mediados de 1850, Marx veía, cada vez con más claridad, que la revolución no era una posibilidad inmediata. El capitalismo europeo entraba en un período de crecimiento y expansión. Sin embargo, la democracia burguesa experimentaba cierta dificultad para desembarazarse de los restos del viejo orden. Así lo demostraba la persecución de los comunistas alemanes después de un fracasado intento de asesinar al emperador de Prusia.</p>
<p>Dentro de la Liga Comunista surgieron discusiones amargas, pues había dentro de la dirección gente que seguía creyendo que la revolución era una posibilidad relativamente inmediata. Para ellos, lo único que se precisaba era una preparación militar y una convicción profunda. A raíz de los movimientos de 1848, los argumentos tomaban un tinte nacionalista, ya que los camaradas alemanes insistían en que la clase trabajadora nacional era tan radical como siempre.</p>
<p>Para Marx y Engels, entonces, había dos cuestiones candentes. La primera la expresaron claramente en el <em>Manifiesto Comunista</em>: el movimiento revolucionario de los trabajadores debía tener un carácter internacional. La segunda expresaba que esta revolución surgiría de una combinación de factores subjetivos (la conciencia de los trabajadores y la autoridad entre ellos de las ideas revolucionarias) y factores objetivos (la crisis del sistema):</p>
<p><em>“La perspectiva universalista del Manifiesto fue sustituida por el punto de vista nacional alemán, complaciendo así los sentimientos de los artesanos alemanes. El punto de vista materialista del Manifiesto cedió su lugar al idealismo. La revolución dejó de verse como producto de la realidad para plantearse como producto de la voluntad. Por un lado, nosotros decimos a los obreros que todavía habrá que pasar por 15, 20 ó 25 años de guerra civil para que la situación se altere y estén preparados para la toma del poder. Por otro lado, ellos dicen que hay que tomar el poder en seguida, porque si no lo hacemos más valdría acostarnos y darnos por vencidos.”</em></p>
<p>Para Marx, eran tiempos difíciles; su situación económica iba de mal en peor y en varias oportunidades tuvo que mudarse de casa. Muchas veces era sólo el altruismo y la constancia de Engels que mantenía a flote a la familia Marx. A finales de 1850 su querido hijo Heinrich (Marx lo llamaba “Fawkesy”) murió; seis meses más tarde, la sirvienta que vivía con ellos había dado a luz a un hijo, Freddy. Su padre, sin duda alguna, era el mismo Marx, aunque nunca reconoció a su hijo natural. Es más, Engels aceptó la paternidad para proteger a su amigo y colega: no era el primer sacrificio, ni el último, que haría por su querido camarada.</p>
<p>Por estas fechas, Marx se acomodó en su silla de la sala de lectura del Museo Británico de Londres. Allí se dedicó a lo que para cualquier otra persona hubiera sido un proyecto enormemente ambicioso, definir y describir las características generales del sistema capitalista. En el movimiento no faltaba quien lo condenara por abandonar la política: por lo general era la gente que quedaba despierta hasta altas horas de la noche preparando la insurrección. Pero la verdad era que lejos de abandonar la actividad política, Marx y Engels construían el partido, aunque lo hicieran más bien informalmente, al menos hasta la creación de la Internacional en 1864.</p>
<p>Marx seguía siempre con sus polémicas con otros socialistas. Nunca amainó su producción de panfletos y artículos. En el vacío que siguió a la ruptura con la Liga Comunista, estos debates y discusiones formaron parte del proceso de construcción partidaria.</p>
<p>No cabe duda de que en estos momentos Marx consideraba sus estudios e investigaciones del sistema capitalista su principal actividad política. No se trataba solamente de conocer al enemigo; su objetivo era entender las fuerzas motrices del capitalismo y las contradicciones y tensiones que producía su desarrollo como sistema. Dado que la crisis era inevitable, resultaba imprescindible ponerse sobre aviso o quizás hasta predecir cómo y dónde empezarían a aparecer las grietas. Todo esto formaba parte de la preparación de los comunistas para las futuras batallas de la lucha de clases.</p>
<p>La tarea que se propuso era entender la forma en que funcionaba el capitalismo como sistema global y se desenvolvía a través del tiempo: desenmascarar, como él decía, sus <em>“leyes de moción”</em>. Pero eso no era todo. El problema era que lo que aparece en la superficie no siempre es lo que realmente impulsa el sistema desde dentro. Desde luego, en sus trabajos previos, Marx analizó con todo detalle la forma en que las ideas y explicaciones de los mecanismos y reglas del capitalismo muchas veces servían para ocultar o distorsionar lo que pasaba realmente: eso era lo que él entendía por <em>“ideología”.</em></p>
<p>En nuestra época, por ejemplo, ocurre que las decisiones económicas tomadas por poderosos actores, en su propio interés, muchas veces se presentan al mundo como fenómenos naturales. Los informativos diarios de la televisión terminan con informes sobre “los movimientos del mercado de valores” o los sube y baja de uno que otro índice comercial, estadísticas más bien incomprensibles. Suelen aparecer entre informes sobre desastres naturales y el boletín meteorológico, como si todos fueran parte de lo mismo, fenómenos naturales que se escapan al control humano:</p>
<p><em>“Los economistas burgueses expresan las relaciones de producción burguesas…como categorías fijas, inmutables, eternas…”</em></p>
<p>(<strong>Karl Marx</strong>, <em>Miseria de la filosofía</em>)</p>
<p>La verdad es que están determinadas por una clase cuyos intereses se oponen a los que producen la riqueza, quienes sin embargo carecen de poder sobre el sistema y su funcionamiento.</p>
<p>En sus escritos de juventud, Marx describió la experiencia de los trabajadores bajo el capitalismo —aquella enajenación que producía la sensación de impotencia que experimentaban todos ellos, junto con la convicción profunda de que las máquinas con que trabajaban tenían vida propia. Pero ¿cuáles eran las características específicas del capitalismo que producían esta relación entre los dueños del capital y los productores de la riqueza?; y, ¿cuáles eran las fuerzas motrices que movían el sistema hacia adelante? Marx quería ir más allá de los ejemplos puntuales del comportamiento de este o aquel capitalista, o su trato particular con los obreros. Lo que le interesaba averiguar era ¿cuál era la relación global entre los capitalistas y los trabajadores en el sistema capitalista?</p>
<p>La respuesta no se iba a encontrar en fórmulas abstractas: desde luego, Marx era materialista. Su método partía de la observación del comportamiento de fuerzas reales en un tiempo histórico real. En este caso como en todos, la prueba de la teoría estaba en la práctica. Este proceso, como todo proceso histórico, era dialéctico, produciendo contradicciones y conflictos que sólo se resolverían cambiando la sociedad.</p>
<p>Estas tensiones se expresaban en las crisis periódicas del capitalismo. Era imprescindible que el movimiento revolucionario entendiera su naturaleza, las anticipara y estuviera organizado para aprovechar las oportunidades que se presentaran en semejantes coyunturas. De manera que, para Marx, este período de estudio e investigación representaba un aporte directo y material a un proyecto fundamentalmente político:</p>
<p><em>“Nuestro partido aprovechó este período de paz para estudiar. La gran ventaja que teníamos era que el fundamento teórico del partido era una perspectiva científica cuya elaboración nos ocupó todo el tiempo disponible. Por eso nunca nos ‘descorazonamos’ como tantos ‘personajes’ del exilio”.</em></p>
<p>Cuando hablaban de <em>“nuestro partido”</em>, Marx se estaba refiriendo a él mismo y a Engels. Por suerte, y a pesar de las perspectivas pocas prometedoras de una lucha inmediata o próxima, estaban todavía de buen ánimo. En el caso de Marx su resistencia era aun más extraordinaria, teniendo en cuenta que él y su familia pasaban por una época bastante tenebrosa de pobreza e inseguridad, trasladándose constantemente de casa en casa, padeciendo enfermedades toda la familia, incluyendo a Karl y a Jenny, y teniendo que enfrentar la muerte de otro niño, el pequeño Edgar. Lo único que los mantenía a flote era el apoyo leal y el sacrificio de Engels.</p>
<p>Marx dedicó buena parte de los siguientes veinte años a escribir <em>El Capital</em>, aunque la primera parte se demoraría en publicarse hasta 1867 y la obra completa no estaría a disposición del público hasta después de su muerte. La primera parte publicada (en 1859) fue la Contribución a una Crítica de la Economía Política.</p>
<p>_____</p>
<p><strong>7. NOMBRANDO AL MONSTRUO</strong></p>
<p>¿Cuáles eran las ideas claves que formaron e impulsaron esa extraordinaria obra?</p>
<p><em>“La moderna sociedad burguesa que se alza sobre las ruinas de la sociedad feudal no ha abolido los antagonismos de clase. Lo que ha hecho ha sido crear nuevas clases, nuevas condiciones de opresión, nuevas modalidades de lucha, que han venido a sustituir a las antiguas”.</em></p>
<p>(<strong>Marx y Engels</strong>, <em>Manifiesto Comunista</em>)</p>
<p>Primero, el capitalismo representaba una etapa de una historia en desarrollo constante (¡y no, como insisten algunos teóricos modernos, “el fin de la historia”!). Surgió en circunstancias históricas específicas, y como todas las sociedades de clases anteriores, estaba agrietada por contradicciones internas. Segundo, la incansable búsqueda de la plusvalía producía tanto avances tecnológicos como la persecución de los medios para aumentar la productividad de los obreros. De allí ese<em> “constante revolucionar de la producción”</em> que había comentado Marx con tanto lirismo en el Manifiesto Comunista. Tercero, la fuente de la plusvalía es el trabajo mismo, o mejor dicho, la explotación de la fuerza de trabajo. En el mundo contemporáneo se suele ver la explotación como un problema moral, como un abuso de poder. Para Marx, el término tenía un sentido más técnico y preciso, pues describía una relación entre capital y trabajo, donde el capital busca, de todas las formas posibles, sacarle al trabajador cantidades de valor cada vez mayores o por encima de lo que cuesta mantener al trabajador en sus funciones: es decir, plusvalor o plusvalía.</p>
<p>Por eso para Marx, el capitalismo era una sociedad de clases donde una clase minoritaria acaparaba los medios de producción (él la llama la burguesía, aunque hoy la llamaríamos mejor la clase capitalista) y los demás, la inmensa mayoría, eran dueños solamente de su propia capacidad para trabajar (ellos eran el proletariado, o la clase trabajadora).</p>
<p>Al interior de cada clase podía darse una gran diversidad —de género, de etnia, de apariencia, de gustos. Podría haber empresarios tiranos y otros caritativos, unos racistas y otros liberales, estos nacionalistas y aquellos cosmopolitas. Entre los trabajadores habría gente educada y otra no, habría blancos y negros, hombres y mujeres. Pero, todos con un rasgo que los vincula; pertenecían a clases sociales por su relación común con los recursos de la sociedad y la forma en que éstos se organizaban. La burguesía, todos ellos y a pesar de sus diferencias, actuaban en forma unánime al defender su posesión de la riqueza social; es más, aprovechaban su poder y autoridad para organizar la producción social en beneficio propio.</p>
<p><em>“¡Acumulad, acumulad! ¡Eso es Moisés y los Profetas!”</em></p>
<p>(<strong>Karl Marx</strong>, <em>El Capital</em>)</p>
<p>Con esa frase tan simple, Marx resumía lo que impulsaba al capitalismo. Los dueños de los medios de producción forman una sola clase, aunque al mismo tiempo compiten entre ellos para acaparar mercados y aumentar sus ganancias; es la plusvalía que mueve el sistema. Un capitalista no es solamente una persona dueña de medios de producción, sino que es además una persona que se aprovecha de esos recursos para ganar más dinero y al mismo tiempo ganarle terreno al competidor. Y el capitalismo es una forma de organizar el sistema económico para que esto sea posible.</p>
<p>Ese sistema de producción, o como lo decía Marx, ese modo de producción, es bastante complejo, claro está. Requiere no sólo cierta manera de preparar la producción misma, sino también otras formas y prácticas que la mantengan, desde medios de transporte que lleven a la gente al trabajo y la educación que les enseñe cómo usar la nueva maquinaria, hasta la creación de una gama de instrumentos culturales para convencer a los productores de que, a pesar de su pobreza, están en el mejor de todos los mundos posibles. Marx discutió y analizó cada uno de estos distintos aspectos.</p>
<p>Pero el corazón de todo era la producción. ¿Cómo aseguraban los capitalistas sus ganancias? Invertían su dinero, compraban las máquinas, empleaban a la gente y decidían qué y cómo se debía producir. La creación de las cosas, en cambio, era obra de los trabajadores a quienes se les pagaba un salario para que pasaran sus días en las máquinas. En tiempo de Marx la cantidad de gente involucrada en este tipo de actividad aumentaba cada día. Y no era difícil para él imaginarse las inmensas fábricas del siglo veinte con sus miles de manos produciendo bienes en largas líneas de producción.</p>
<p>En su época, al igual que ahora, la producción era un proceso muy elaborado que involucraba a muchas personas y actividades distintas. Los molinos de algodón, del siglo XIX, empleaban algodón recogido por esclavos en Egipto y la India; muchos más se encargaban de transportarlo hasta las fábricas inglesas. Otros (menos en aquel entonces que ahora) se dedicaban a alimentar, educar y cuidar a los trabajadores del molino.</p>
<p>Desde aquellos tiempos se han creado ejércitos de trabajadores para tratar a los heridos y dañados por un sistema cada vez más brutal e inhumano. Lo que vincula y une a toda esta gente, trabajando en los distintos puntos de la cadena de producción, desde los que trabajan en los centros de llamadas hasta los trabajadores sociales y los conductores de camión, es su relación con el sistema en su totalidad. Todos venden su fuerza de trabajo a los dueños de los medios de producción a cambio de un sueldo.</p>
<p>La clave de la producción capitalista, sin embargo, es el hecho de que los trabajadores producen mucho más de lo que ellos reciben en sueldos; la diferencia entre el valor que producen y el dinero que reciben al final de la quincena —la plusvalía— se queda en el bolsillo del capitalista.</p>
<p>Los empresarios siempre insistían en que era legítimo que ellos tomaran ese dinero, porque por un lado lo necesitaban para reinvertir y por el otro era justo que se les compensara el<em> “riesgo” </em>que, en un principio, tomaron al invertir. Pero, cuando la inversión falla y los trabajadores pierden sus puestos de trabajo, se les compensa igual a los ejecutivos y gerentes y, a diferencia de sus trabajadores, se les protege contra las consecuencias negativas de esos <em>“riesgos”.</em></p>
<p>Una vez renovadas las máquinas y pagado el préstamo del banco, lo que queda es ganancia, una parte de la cual se dedica a mantener el estilo de vida del burgués. Otra parte se invierte en nueva maquinaria que aumentará la cantidad de plusvalía producida por cada trabajador, dándole al inversionista la posibilidad de adelantarse a la competencia. Ahora bien, cada capitalista debe estar haciendo lo mismo. Entonces, ¿qué le da a uno la ventaja sobre los otros? La respuesta está clara; el ganador es aquel que logra sacar la máxima producción de sus trabajadores.</p>
<p>Pero, conforme cada trabajador tiene que operar cada vez más maquinaria, la propia fuente de los beneficios —que es el trabajo vivo del obrero— disminuye como proporción del proceso productivo total. El resultado es una tendencia a disminuir el nivel de ganancia, aun cuando la suma total de las ganancias vaya aumentando. A largo plazo esto representa una seria amenaza para el capitalismo.</p>
<p>Resumiendo; lo que impulsa la producción capitalista es la necesidad imperante y desesperada de acumular plusvalía a expensas de los demás capitalistas. Sus consignas son la acumulación y la competencia. Si el trabajador de una fábrica produce más que el trabajador de la fábrica vecina por el mismo sueldo, esto significará mayores ingresos para la primera planta. En los hechos, esto ha significado la expropiación de cada vez más recursos naturales, consumiendo o destruyéndolos, como consecuencia de esa carrera por dominar el mercado. Los bosques se talan, el petróleo y el gas se escarban de la tierra, el carbón y las fuentes fósiles de energía se queman, y en el proceso la tierra queda agotada. Y las fábricas de hoy —en un principio se encontraban exclusivamente en Europa y América del Norte, pero ya aparecieron en China, Corea, México, Colombia, Irán entre otros países— ya están agotando los recursos de mañana.</p>
<p>Pero, ¿por qué no lo pueden ver? ¿Por qué será que George Bush se niega a reconocer lo que para el resto del mundo es de lo más obvio? En la carrera constante por rebasar al otro, el capitalista no piensa en el día de mañana —o mejor dicho de pasado mañana— porque todos los demás piensan de la misma manera. Lo irónico, como señalaba Marx, es que a la larga, el capitalismo acabará por destruir el planeta. Pues a Halliburton y General Motors les importa un bledo lo que pase el día de mañana; lo único que les interesa son las ganancias de hoy. ¡Es Moisés y los Profetas!</p>
<p>La última incógnita es, ¿para quién se producen los bienes? En una sociedad donde la producción sirva para satisfacer las necesidades del pueblo, ellas determinarían qué se produce y cuándo; las fábricas producirían alimentos para los hambrientos o ambulancias para los enfermos. En el capitalismo, pero, prevalece otro criterio; por eso una escasez de ambulancias convive con un inmenso exceso de armas y millones de personas con hambre carecen de comida, mientras que al mismo tiempo se siguen produciendo cantidades inmensas de alimentos que nadie come y que al final se echan a la basura.</p>
<p>Esto ocurre porque los productos se compran y se venden; no hay relación directa entre el productor y el consumidor. Es así que la decisión sobre qué producir se toma exclusivamente sobre la base de las ganancias. Otra consecuencia más de la producción para el mercado es que nadie hace el intento de coordinarla según las necesidades sociales. Como decía Marx, el despotismo en la fábrica tiene su contrapartida en la anarquía que rige en la economía en general. Existe la planificación dentro de cada fábrica, pero el sistema en su totalidad carece de un plan. Esto crea la inestabilidad, las crisis y los boom inherentes en el capitalismo como sistema económico: no son, como pretenden sus apologistas, casualidades imprevisibles o accidentes. El capitalismo, pues, es un sistema basado por naturaleza en el conflicto, la lucha y la contradicción.</p>
<p>Lo que queda es una paradoja. Por un lado, el capitalismo busca constantemente formas de hacer más<em> “eficiente” </em>la producción: abaratando el trabajo, desarrollando tecnologías nuevas que permitan que uno haga el trabajo de muchos, peleando para que los precios de las materias primas se mantengan lo más bajos posible. Por otro lado, el trabajador hoy en día pasa más tiempo en el trabajo que nunca y parece que, dentro de poco, tendrá que trabajar más años, pues el valor de su jubilación, conseguida a regañadientes hace poco, está hoy amenazado por el gran capital.</p>
<p>El capitalismo ha generado la capacidad tecnológica para suprimir el hambre, garantizar el abrigo y cuidar la salud de toda la población del planeta; sin embargo, son millones y cada vez más millones los que padecen hambre, están sin techo y sufren enfermedades, sin tener acceso a los medios para cubrir esas necesidades más básicas. Lo que debería facilitar la liberación de la humanidad, de hecho, tiene el efecto opuesto bajo el capitalismo.</p>
<p>_____</p>
<p><strong>8. LAS CRISIS Y LAS OPORTUNIDADES</strong></p>
<p>Para Marx, 1848 fue una época de crisis capitalista que produjo una respuesta revolucionaria, aún cuando el resultado no fue lo que él hubiera deseado. Sin embargo le sirvió para demostrar tanto el poder de la clase obrera como la ferocidad de las clases dirigentes. Era una lección importante que serviría para la próxima crisis, crisis que, como demostraban sus estudios, sería consecuencia inevitable de la naturaleza anárquica del capitalismo. Y la próxima vez, la clase trabajadora estaría preparada.</p>
<p>En 1857 ocurrió otra crisis económica. Era irónico, ya que un año antes Jenny Marx recibió una pequeña herencia que les permitió saldar las deudas y conseguirse un alojamiento mejor. El crack de 1857 de hecho no produjo un aumento de las luchas, aunque sí hubo señales de actividad, en Europa sobre todo. La clase trabajadora crecía en Francia y Alemania y surgían nuevas expresiones políticas que ocupaban el espacio político que dejó el Cartismo, la expresión más radical de la organización obrera, ahora desaparecido.</p>
<p>En Inglaterra en 1865 hubo grandes concentraciones de trabajadores en apoyo al norte en la guerra civil norteamericana, oponiéndose al plan del gobierno británico de intervenir del lado de los estados esclavistas del sur. Para Marx esto tenía implicancias profundas. El líder radical italiano Garibaldi fue agasajado en reuniones masivas en Londres y hubo un apoyo generalizado a la insurrección en Polonia. Todos estos mítines fueron organizados por el Consejo Sindical de Londres, con el que Marx y Engels llevaban años trabajando.</p>
<p>En septiembre de 1864, el mismo grupo de líderes obreros convocó una reunión internacional con el fin de promover la solidaridad más allá de las fronteras nacionales y evitar que los trabajadores de distintos países se enfrentaran a instancia de los capitalistas. Aunque no estuviera implicado en la fundación de lo que más tarde se transformaría en la Asociación Internacional de los Trabajadores, se invitó a Marx a que participara. No había estado muy activo durante los dos años anteriores, pero ahora sí aprovechó la oportunidad que se le ofrecía, decía que <em>“se trataba de gente de peso real”, </em>esto es, dirigentes del movimiento obrero. Pero en realidad, no todos los que asistieron a la reunión eran obreros, y tampoco todos estaban comprometidos con la causa internacional de los trabajadores.</p>
<p>A Marx le pedían que redactara las reglas y principios de la nueva organización; requería una delicadeza real. Aun aquellos que reconocieron el papel clave que había desempeñado y le pidieron su colaboración, sospechaban en muchos casos del socialismo, o no estaban convencidos de la necesidad de hacer la revolución. Para los dirigentes sindicalistas ingleses el objetivo era ganar el derecho al voto para todos los trabajadores. Los delegados franceses por otro lado estaban muy influidos por Proudhon, el antiguo adversario de Marx; y entre los italianos dominaba el nacionalismo radical de Mazzini.</p>
<p>Esta era una oportunidad política extraordinaria para ganar entre la dirección del movimiento obrero una influencia para las ideas revolucionarias; aun cuando, en este momento, pudiera parecer más bien un movimiento embrionario. Pero las investigaciones realizadas por Marx sobre el desarrollo del capitalismo en el <em>El Capital</em>, le convencieron de que la época de expansión del capitalismo europeo significaría también el crecimiento de la clase obrera. El resultado sería inenarrable, habría conflictos cada vez más intensos entre el capital y el trabajo. Su recuento de la experiencia de las luchas obreras en su Manifiesto Inaugural de la Internacional mostró hasta qué punto estas se habían arreciado desde 1848. Su conclusión clave era que el internacionalismo, aún en esta etapa relativamente primaria, era indispensable para la lucha por el socialismo.</p>
<p>En los estatutos, Marx deja claro que no se piensa imponer a las secciones nacionales los estatutos únicos. Al mismo tiempo Marx y Engels estaban convencidos de la necesidad de una dirección unificada y centralizada, cuestión que no tardaría en plantearse en las discusiones internas en la Internacional. La primera declaración que prologa los estatutos hace eco de esta, la más central de las ideas de Marx:</p>
<p><em>“…que la emancipación de la clase obrera debe ser obra de los obreros mismos; que la lucha por la emancipación de la clase obrera no es una lucha por privilegios y monopolios de clase, sino por el establecimiento de derechos y deberes iguales y por la abolición de todo privilegio de clase.”</em></p>
<p>Los estatutos hacían hincapié en que <em>“la conquista del poder político se ha convertido en el gran deber del proletariado”</em>, frase que los distintos actores entendían de muy distinta manera, dando lugar a una serie de debates y discusiones. Un año después algunos delegados franceses cuestionaban el derecho de Marx de asistir, un sindicalista inglés, entre los presentes, les recordó que <em>“el ciudadano Marx ha dedicado su vida al triunfo de la clase trabajadora”</em>. Otro insistía que el congreso debía estar abierto a <em>“todos aquellos que han estudiado la economía política desde el punto de vista de la clase trabajadora”</em>.</p>
<p>Los más hostiles a Marx eran los discípulos de Proudhon; eran obreros en su mayoría, pero casi ninguno trabajaba en las grandes industrias del nuevo capitalismo. Más bien se ubicaban en el sector artesanal; de allí su afición por el concepto proudhoniano de crear asociaciones mutuas como una especie de alternativa paralela al capitalismo. Esto era exactamente lo contrario a lo que sostenía Marx, que insistía en la necesidad de crear una organización revolucionaria de los trabajadores, capaz de enfrentarse con el poder de clase de la burguesía y construir un orden social distinto en donde los intereses de la mayoría prevalecerían y la búsqueda de la plusvalía dejaría de ser la fuerza motriz y el principio organizador de la sociedad entera.</p>
<p>En Alemania se libró una batalla parecida con los seguidores de Fernando Lassalle. De allí que la formación del Partido Obrero Socialdemócrata de Alemania, bajo la dirección de Wilhelm Liebknecht, representara un gran salto adelante para<em> “el partido de Marx”</em>.</p>
<p>_____</p>
<p><strong>9. UN NUEVO PODER. LA COMUNA DE PARÍS</strong></p>
<p>En 1871 la historia da forma real a estos debates. En julio de 1870, Louis Bonaparte (Napoleón III) de Francia permitió que el líder prusiano Bismarck le provocara a declarar la guerra. Para septiembre Louis Napoleón ya estaba preso. En París el gobierno declaró una república bajo un gobierno de defensa nacional. Sin embargo, duró poco su resistencia, y para febrero de 1871 se eligió una Asamblea Nacional con el propósito explícito de negociar la paz con una Alemania recién unificada.</p>
<p>El gobierno, encabezado por el reaccionario Thiers, se estableció en Versalles, fuera de París. La capital, mientras tanto, asediada por los prusianos, quedó abandonada; el gobierno y los ricos huyeron de la ciudad. Sólo quedaban los milicianos de la Guardia Nacional para defenderla. Cuando Thiers, atemorizado por la amenaza de una población armada, intentó apoderarse de las cañones de la Guardia en Montmartre, los habitantes de la ciudad montaron resistencia y declararon fundada la Comuna.</p>
<p>Durante los dos meses de su existencia, Marx apenas quitó la vista de la Comuna. Le fascinaba. Sus críticas y denuncias a la segunda república de Louis Napoleón eran feroces; pero confiaba en que faltaba poco para que ocurriera una nueva revolución francesa. La verdad, sin embargo, era que las condiciones imperantes de escasez, después de meses de asedio, no eran las más ventajosas para una sublevación de los trabajadores. El gran temor de Marx era que los trabajadores parisinos quedaran aislados y al final derrotados, a menos que marcharan contra Versalles. Era muy consciente también de que una insurrección obrera no sería tan implacable, ni brutal, como la respuesta de un estado burgués, pues este sí que no tendría reparo alguno en reprimir a su enemigo de clase con máxima ferocidad.</p>
<p>En marzo de 1871 nació un nuevo tipo de poder. En su análisis inspirador de la Comuna de París, Marx da una visión del poder obrero, de sus límites y posibilidades, de los problemas que tendría que enfrentar y la creatividad que sería capaz de expresar al construir un orden nuevo y diferente. A pesar de sus dudas Marx era uno de sus defensores más apasionados; hasta mandó a su yerno, Paul Lafargue, a París a trabajar con la Comuna.</p>
<p>Pero ¿qué tenía de nuevo la Comuna? En <em>La guerra civil en Francia</em>, donde examina los acontecimientos de París, Marx contesta la pregunta a su generación y a las venideras:</p>
<p><em>“La Comuna era, esencialmente, un gobierno de la clase obrera, fruto de la lucha de la clase productora contra la clase apropiadora, la forma política al fin descubierta que permitía realizar la emancipación económica del trabajo.”</em></p>
<p>Lo más importante era que la Comuna acabó con los instrumentos del dominio burgués: el ejército profesional, remplazado por una milicia del pueblo, <em>“el pueblo en armas”</em>. Las instituciones de la democracia burguesa se vieron sustituidas por una democracia directa donde todos los delegados podrían ser instantáneamente destituidos y nuevas elecciones convocadas (un derecho renacido en los soviets durante las revoluciones rusas de 1905 y 1917) y donde ninguno percibiría privilegio alguno como resultado de sus deberes políticos. Además,<em> “el servicio público se cumplirá al salario promedio de un obrero”. </em>Era un nuevo tipo de estado. Los estados anteriores descansaban siempre <em>“en última instancia sobre la represión violenta de la mayoría”, </em>como señaló Lenin. En el nuevo Estado de la Comuna, en cambio, el gobierno no estaba ni separado de la mayoría ni por encima de ella sino, al contrario, sujeto a la voluntad mayoritaria. Esta era precisamente la dictadura del proletariado tal como se la había imaginado Marx años antes.</p>
<p>En sus escasos dos meses de existencia, los comuneros no tuvieron el tiempo suficiente para establecer un orden nuevo donde estaría garantizada la liberación de la mujer, se acabaría con la explotación y se crearían nuevas estructuras colectivas de vida social. Como dijo Marx, <em>“el éxito más importante de la Comuna era su existencia misma”.</em> Y de allí sacó Marx la conclusión de mayor envergadura política;</p>
<p><em>“Pero la clase obrera no puede limitarse simplemente a tomar posesión de la máquina del estado tal como está, y a servirse de ella para sus propios fines.”</em></p>
<p>El Estado burgués existe para defender y prolongar el dominio de la clase capitalista. Una sociedad dedicada a la redistribución del ingreso, la igualdad y a acabar con la explotación requiere su instrumento de poder propio, el Estado obrero. En París, durante esos dos meses, se vislumbró, aunque muy brevemente, cómo sería esa sociedad, cómo se construyen los órganos del poder obrero, y al mismo tiempo, el precio terrible de la derrota.</p>
<p>La Asamblea de la Comuna incluía a 17 miembros de la Internacional (sólo una minoría de ellos pertenecían al “partido de Marx”). Los 92 miembros de la Asamblea representaban un amplio espectro de visiones y posturas y más allá de la defensa de la Comuna y la denuncia de la república reaccionaria, había muy poca claridad. Los seguidores de Proudhon, por ejemplo, estaban divididos entre sí, incluyendo algunos que se quedaron todo el tiempo en Versalles sin decir nada.</p>
<p>Otros apoyaban las posiciones de Blanqui y de Mijaíl Bakunin, el anarquista ruso que más tarde disputaría la herencia de la Comuna con Marx y que finalmente acabaría con la primera Internacional. Bakunin era aficionado a las conspiraciones y enemigo a ultranza del estado. Es más; Bakunin decía que la clase trabajadora no podía organizarse, ni preparar su propio asalto al poder, pues esto sería una forma de autoritarismo. Irónicamente, él sostenía que el ataque al estado lo debía lanzar una red de células conspirativas clandestinas, sin obligación de responder ante la gente a quien decía representar.</p>
<p>De esta manera Bakunin rechazaba el principio más central y más preciado para Marx: que la emancipación de la clase trabajadora tenía que ser acto de la clase obrera misma. En el siguiente congreso de la Internacional, en 1872, Bakunin atacó el concepto de una organización centralizada y disciplinada. Marx y Engels respondieron de la forma más tajante. La Internacional, según ellos, <em>“era un motor poderoso para la revolución, no un salón de debate… es una sociedad organizada para la lucha y no para la elaboración de elegantes teorías.”</em></p>
<p>La Comuna era testimonio del coraje y de la creatividad de la clase trabajadora; en ella se vislumbró un nuevo orden socialista posible y se demostró sin lugar a dudas la absoluta necesidad de abolir el estado burgués para que ese nuevo orden se realizara. Y en la derrota y la terrible venganza de parte de una clase dirigente aterrorizada que siguió a esa derrota (fueron asesinados decenas de miles de comuneros), quedó demostrada la apremiante necesidad de la Internacional.</p>
<p>La Comuna cayó, decía Marx, <em>“porque no reprodujo en todos los demás centros, en Berlín, en Madrid, etc., el movimiento revolucionario correspondiente al levantamiento del proletariado de Paris”. </em>La tarea para el futuro era aprender de la experiencia para asegurar que la próxima vez la rebelión triunfara.</p>
<p>Las divisiones internas entre Bakunin y Marx significaban que esta Internacional no podía ser el instrumento idóneo. Eran Marx y Engels mismos los que “acabaron con la bestia agonizante”. Para 1876, la Internacional ya no existía oficialmente.</p>
<p>En marzo de 1883, Marx murió. Paradójicamente, en sus últimos años no tenía la presión económica que volvía tan precaria y difícil su vida con Jenny y sus hijos. Algún consuelo hubo en el crepúsculo de su vida, pero nada podía compensar la muerte de sus hijos y de su querida Jenny dos años antes. Engels, como era de esperar, lo acompañó en su lecho de muerte, tal y como lo había acompañado a cada paso por el camino revolucionario desde su primer encuentro. Engels sobrevivió otros doce años más, tiempo que dedicó a diseminar la obra de su amigo, colaborador y compañero Karl Marx. Con su modestia de siempre, Engels declaró en el sepelio que la humanidad perdió un cerebro con la muerte de Marx.</p>
<p><em>“Pues Marx era, ante todo, un revolucionario. Cooperar, de este o del otro modo, al derrocamiento de la sociedad capitalista y de las instituciones políticas creadas por ella, contribuir a la emancipación del proletariado moderno, a quién él había infundido por primera vez la conciencia de su propia situación y de sus necesidades, la conciencia de las condiciones de su emancipación: tal era la verdadera misión de su vida. La lucha era su elemento. Y luchó con una pasión, una tenacidad y un éxito como pocos.”</em></p>
<p>_____</p>
<p><strong>10. MARX PARA NUESTROS DÍAS</strong></p>
<p>Siempre habrá gente que insiste en que “Marx no tiene nada que decir en el siglo XXI”. Siempre hay quien argumenta, a cada paso, que sus ideas caducaron —que su momento pasó. La caída del “comunismo” en 1989 se interpretó como la prueba definitiva de que Marx ya no tenía nada que decirnos.</p>
<p>Es cierto que en 1989 cayeron los regímenes de Europa del Este, en rápida sucesión, uno tras otro. También es cierto que se llamaban socialistas. Sin embargo, cuando cayeron las fachadas, quedó fuera de toda duda que aquellas sociedades ni estaban bajo el control de la clase trabajadora, ni la distribución de los recursos sociales obedecía a los intereses de la mayoría. Todo lo contrario; el concepto central del marxismo —la revolución significa la auto emancipación de la clase trabajadora — se había vuelto al revés. Así, se aprovechaba para legitimar tiranías grotescas y brutales creadas por un reducido grupo de dirigentes que protegían sus propios intereses a expensas de las mayorías. En cada uno de esos estados prevalecía la lógica del capitalismo: la acumulación a cualquier coste, la competencia entre estados, rasgos definitivos del capitalismo, no del socialismo.</p>
<p>Para entender los impulsos y las leyes de moción que explican el funcionamiento del capitalismo, tenemos que volver una y otra vez a Marx. La búsqueda de la plusvalía sigue prevaleciendo sobre todas las demás consideraciones, y es el dominio del capitalismo lo que forma, o mejor dicho deforma, definitivamente el mundo.</p>
<p>El proceso del trabajo cambia de apariencia a través del tiempo; la burguesía cambia de ropa y de estilo de vida, los trabajadores se visten ahora de bata blanca o de uniforme en vez de mono, y las fábricas de hoy zumban en vez de rugir como antes. Pero las relaciones entre los dueños de la riqueza y los recursos de la sociedad, o quienes los controlan y administran, y quienes dependen del salario que perciben por producir la riqueza para sobrevivir, sigue siendo exactamente la misma que definió Marx. Es más, el capitalismo del siglo XXI se parece más que nunca al sistema descrito por Marx. La clase trabajadora de Corea del Sur es más grande hoy que la clase obrera en su totalidad de la época de Marx. Es mucho más fácil concebir lo que significa una clase trabajadora mundial hoy que en la época de Marx.</p>
<p>El efecto invernadero, los lagos envenenados, la desertificación de tantas extensiones de tierra y las fábricas vacías y abandonadas de antaño que sirven de monumentos a la industrialización son testigos de la constante e imparable transformación del mundo que nos acerca cada vez más al borde de la destrucción.</p>
<p>Marx quería entender el capitalismo y su brutalidad no para hacerle una crítica moral, sino para preparar la emancipación de la clase trabajadora. El capitalismo no reconocía las fronteras ni aceptaba traba alguna a su expansión; de la misma manera, el movimiento revolucionario debía ser internacional. Su fuerza organizada, un día, arrasaría con las estructuras de poder y dominación y finalmente acabaría con el estado mismo. Pero eso no ocurriría de forma automática, sino como resultado de las luchas de los trabajadores. Y en el curso de esa lucha, no sólo se retaría y se acabaría con el poder del capital, sino que nacería una nueva sociedad en la que los recursos de la humanidad se emplearían para lograr la libertad humana.</p>
<p>La tarea resulta hoy más urgente que nunca.</p>
<p>_____</p>
<p><strong>NOTAS</strong></p>
<p><strong>Mike González</strong> es miembro del Socialist Workers Party de Gran Bretaña, realiza tareas académicas en la Universidad de Galsgow y escribe regularmente sobre temas vinculados a América Latina. Entre sus obras pueden <em>destacarse: Cuba, Castro and Socialism</em> with Peter Binns (1980), <em>Cuba, Socialism and the Third World </em>with Peter Binns and Alex Callinicos (1980), <em>Nicaragua: Revolution Under Siege</em> (1985), <em>Nicaragua: What Went Wrong?</em> (1990), <em>Which Way Forward for the Movement? </em>with Alex Callinicos (2002), <em>Che Guevara and the Cuban Revolution</em> (2004), <em>Bolivia: Rising of a People</em> (2005). Con pequeños cambios tomamos este trabajo de la web de nuestro grupo hermano en el Estado español (<a title="www.enlucha.org" href="http://www.enlucha.org" target="_blank">www.enlucha.org</a>)</p>
<p>1. También llamados “izquierda hegeliana”, hicieron una crítica radical al gobierno, el Estado y la religión (N. Ed.).</p>
<p>2. Discípulo de Hegel, este filósofo alemán hizo una profunda crítica de la religión (N. Ed.)</p>
<p>3. Título de un libro famoso de John Reed sobre la revolución rusa.</p>
<p>4. De hecho se encontraron el año anterior, pero apenas se hablaron.</p>
<p>5. En 1838 un grupo de parlamentarios y trabajadores ingleses redactaron una Carta del Pueblo reivindicando el sufragio universal. Recogieron miles de firmas de apoyo pero el Parlamento se negó a recibir la petición. Los líderes cartistas acordaron organizar un movimiento de masas extraparlamentario que movilizó a miles de trabajadores en los años posteriores. En 1848, el movimiento llega a su punto máximo con inmensas concentraciones en las ciudades principales del país coincidiendo con la presentación al parlamento de dos millones de firmas apoyando la Carta.</p>
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		<title>Europa Oriental 1989. Una explicación</title>
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		<pubDate>Sat, 15 Jan 2011 08:12:47 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Socialismo Internacional</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://socialismointernacional.files.wordpress.com/2011/01/europa-oriental-1989.jpg"><img class="alignleft size-full wp-image-382" title="Europa Oriental 1989" src="http://socialismointernacional.files.wordpress.com/2011/01/europa-oriental-1989.jpg?w=191&#038;h=270" alt="" width="191" height="270" /></a>Las revoluciones de 1989 en el Este europeo representaron al mismo tiempo un momento de peligro y esperanza para los socialistas. De peligro, porque el colapso del estalinismo es interpretado aún hoy con enorme facilidad, no solo por los defensores sino también por los adversarios del capitalismo, como la muerte de cualquier alternativa socialista. Y de esperanza, porque la tradición marxista puede, finalmente, librarse de la basura de un “socialismo realmente existente” que nada tenía que ver con la autogestión de la sociedad por parte de los trabajadores, la propiedad colectiva de los medios de producción y la planificación democrática desde abajo. Hay buenas razones para creer que, una vez extinguido el clamor inmediato que celebra “el triunfo del capitalismo”, volvería a surgir la necesidad de una sociedad alternativa y de estrategias para realizarla.</p>
<h6><strong>ALEX CALLINICOS (1991)</strong></h6>
<h3><span style="font-weight:normal;font-size:13px;"><span id="more-381"></span></span></h3>
<p>_____</p>
<p><strong>LAS CONTRADICCIONES DE LA REFORMA AUTORITARIA</strong></p>
<p>El momento de la muerte puede ser también el momento de la verdad para un sistema social. Cuando un sistema se encuentra a punto de su desintegración, sus aspectos fundamentales aparecen en forma nítida. Tal fue el destino de los regímenes estalinistas. El colapso progresivo en que cayeron a fines de la década de 1980 desmintió la mayoría de los análisis sobre el “socialismo realmente existente”. Esto es innegable en lo tocante a la dos principales teorías preferidas por la izquierda occidental. La primera es la interpretación de Trotsky, quien veía en el régimen estalinista un “Estado obrero degenerado”; este punto de vista original de Trotsky fue progresivamente oscurecido por los esfuerzos dogmáticos de sus sucesores ortodoxos para extenderlo a los Estados “socialistas” de Europa oriental y del Tercer Mundo. El más conocido representante contemporáneo del trotskismo ortodoxo, Ernest Mandel, afirmó en fecha tan reciente como 1980, respecto al desempeño de los Estados estalinistas durante la recesión mundial de 1974-75, lo siguiente:</p>
<p><em>Otra vez, la historia demostró que una economía basada en la propiedad colectiva de los grandes medios de producción, en la planificación central y en el monopolio estatal del comercio exterior, es cualitativamente superior a la economía de mercado capitalista, en su capacidad de evitar grandes fluctuaciones cíclicas, crisis de superproducción y desempleo, a pesar de los monstruosos desperdicios y desequilibrios causados por el monopolio burocrático de la administración económica y política, y a pesar de la distancia que la separa de una economía socialista auténtica.</em>[64]</p>
<p>El cuadro de la economía soviética pintado por el asesor de Gorbachov, Abel Aganbegyan, refiriéndose al momento sobre el cual Mandel escribió, difícilmente nos estimula a considerarlo un sistema más avanzado que el capitalismo occidental: “En el período 1981-85, prácticamente no hubo crecimiento económico. Un estancamiento y una crisis sin precedentes tuvo lugar en el período 1979-82, cuando la producción en todas las industrias de bienes de capital cayó en un 40%”.[65] Lo cierto, es que a medida que se acumulaban más y más pruebas del desperdicio y la ineficiencia de la URSS en las últimas décadas, la izquierda, tanto del Oeste como del Este, se mostró cada vez más inclinada a considerar al estalinismo como una forma de sociedad cualitativamente <em>inferior</em> al capitalismo. La versión original de esta idea, fue la teoría formulada durante la Segunda Guerra Mundial por Max Shachtman y otros disidentes partidarios de Trotsky, de que una nueva sociedad de clases, el “colectivismo burocrático”, era lo que prevalecía en la URSS.[66] En las décadas de 1970 y 1980, entre tanto, variaciones de este tema se volvieron cada vez más comunes en la izquierda occidental (en el mundo de habla inglesa, un análisis de este tipo fue promovido especialmente por Hillel Ticktin y la revista <em>Critique</em>), y al mismo tiempo entre los socialistas disidentes del Este (como Rudolph Bahro, Janos Kis y Boris Kagarlitsky, por ejemplo). La idea de una sociedad de clases poscapitalista siempre fue ambigua, en el sentido en que dejaba abierto el tema de si tal sociedad sería más o menos progresista que el capitalismo, aunque la experiencia de los últimos veinte años había llevado a sus defensores a argumentar que los regímenes estalinistas eran inferiores a los de Occidente.</p>
<p>En su forma más extrema, estos análisis se asemejaban a la que, probablemente, era la interpretación hegemónica del estalinismo en las democracias liberales, como una forma de totalitarismo. Según ella, la URSS y sus congéneres eran sociedades cerradas, controladas desde arriba en forma tan completa y rígidamente que se volvían impermeables a cualquier tipo de cambio surgido desde su interior. Por esto mismo, en un ensayo publicado originalmente en 1985, Ferene Fehér y Agnes Heller afirmaron, respecto a Europa oriental, que “la esperanza de un cambio radical despareció en la región por lo menos en el futuro cercano”. La razón última por la que “una destotalitarización de los Estados del Este europeo resultaba una posibilidad excluida” era la aparente pasividad política de los pueblos de la propia URSS: “El largo y eficiente trabajo de Stalin eliminó el espíritu de rebeldía de una población que valora sus condiciones sociales de manera más realista que los observadores occidentales”. Estas y otras afirmaciones dogmáticas de Fehér y Heller fueron luego, felizmente refutadas, cuando la agitación y la efervescencia de los movimientos sociales, políticos y culturales apareció en la URSS bajo la <em>glasnost</em>, seguida por los grandes levantamientos populares de Europa oriental. El absurdo de toda la línea de pensamiento llevada a tales extremos por Fehér y Heller, está indicado por los ataques de ambos contra el movimiento occidental por la paz, el cual podía haber sido escrito por el Departamento de Estado de los Estados Unidos, al decir que “no hay manera de convencer a la población de ningún área subindustrializada de la Unión Soviética, que carezca de bienes industriales elementales y otras comodidades sociales, o de la propia electricidad, de que una usina nuclear podría producir efectos colaterales dañinos”.[67] Estas líneas fueron nuevamente publicadas un año después del desastre de Chernobyl. Aunque la afirmación hecha por el <em>Financial Times</em>, de que “la revolución en Alemania oriental fue tal vez la primera en la historia en que el rechazo de la contaminación ambiental jugó un papel importante”, puede encerrar alguna exageración, se verificó que las cuestiones ecológicas constituían una de las bases más eficaces que los movimientos democráticos en la URSS y en Europa oriental, utilizaron para promover la movilización de masas”.[68]</p>
<p>No obstante, más importante que cualquier error específico de pronóstico, lo es el fracaso de las teorías que daban cuenta de los regímenes estalinistas como un sistema social diferente e inferior al capitalismo occidental, al momento de explicar las crisis que tuvieron lugar en esos países en la década de 1980. Esto ocurrió porque, en gran medida, las crisis tenían sus raíces en el <em>éxito </em>histórico del estalinismo. Recordemos, en primer lugar, la meta establecida por Stalin para la URSS en 1931, o sea, la de “superar el atraso” de la URSS respecto a los “países avanzados [...] en diez años”. Aunque ese objetivo no hubiese sido alcanzado en 1941, la industria pesada construida durante los dos primeros Planes Quinquenales (1928-37) proporcionó la base económica para el esfuerzo de guerra del país en contra de la Alemania nazi. En la década de 1950, la Unión Soviética se volvió la segunda mayor economía industrial del mundo. El producto industrial <em>per capita</em> era en 1929 el 25% del promedio de Europa occidental, y llegó al 84% en 1963. Los métodos utilizados para promover esta transformación –distribución centralizada de los recursos en una economía sumamente cerrada y controlada por el Estado– no diferían cualitativamente de la reacción de las potencias occidentales al derrumbe económico de la década de 1930 y fueron, en verdad, adoptados principalmente como respuesta a la competencia militar de las economías más avanzadas.[69] Los Estados del Este europeo, sujetos a la hegemonía política y militar de la Unión Soviética y estructurados de acuerdo con los principios estalinistas a finales de la década de 1940, disfrutaron inicialmente de un período de euforia económica. Sobre este punto, escribe M.C. Kaser:</p>
<p><em>La tasa media de crecimiento obtenida en la región durante las dos primeras décadas de planificación central (1950-70) fue más alta que las tasas más altas conseguidas en los mejores años de entre guerras (1925-29). Los dos países menos desarrollados crecieron tan rápidamente como los dos que crecieron más rápido en el mejor período de cinco años, entre las guerras, Checoslovaquia y Hungría.</em>[70]</p>
<p>El dinamismo del Bloque oriental hacia fines de la década de 1950 llevó a altos funcionarios norteamericanos, como el director de la CIA, Allen Dulles, a comparecer ante el Congreso y advertir sobre “el desafío económico y tecnológico soviético”.[71]</p>
<p>Pero, en la década de 1960 la situación comenzó a cambiar. A mediados de la misma, las tasas de crecimiento soviéticas comenzaron a caer. La tasa de crecimiento medio durante la década de 1970, de 2,6%, era comprable a la de las economías de Europa occidental, afectadas en esos años por dos grandes recesiones mundiales, y estaban muy por debajo de las metas planeadas.[72] En 1980, la economía soviética, según Aganbegyan, se encontraba en un proceso de estancamiento. Algunos países de Europa oriental, particularmente Polonia, experimentaban crisis ahora más agudas. ¿Cuál era la razón de estas dificultades? Hasta cierto punto, ellas reflejaban la maduración de las economías estalinistas. Las altas tasas de crecimiento obtenidas antes de las décadas de 1960 y 1970 habían sido logros de la “industrialización extensiva”, en la cual fueron construidas y puestas en operación nuevas fábricas, utilizando las reservas abundantes de mano de obra barata y materias primas existentes en la propia URSS. Se volvió un lugar común de los analistas del Oeste y del Este decir, a partir de la década de 1960, que a medida que esas reservas disminuyeran el crecimiento posterior pasaría a depender de un modelo “intensivo”, en el cual el aumento de la producción sería logrado a través de aumentos en la productividad y de una innovación tecnológica más velóz. Y se volvió igualmente banal argumentar que la economía de mando y control burocrático erigida en la década de 1930, constituía un gran obstáculo en dicha transformación.</p>
<p>La atención se concentró cada vez más en las patologías de este tipo de economía –en las carencias aparentemente endémicas de los bienes de consumo y de capital, en el desperdicio ocasionado por ciclos de inversión que en general culminaban en numerosos proyectos incompletos, en la ineficiencia debida a una coordinación mediocre entre sectores y en la incapacidad de los planificadores para procesar el enorme volumen de informaciones que se acumulaban en el centro. El economista húngaro Janós Kornai hizo una de las tentativas más rigurosas para teorizar tales fenómenos. Argumenta que dichos fenómenos implican una <em>reproducción constante de la escasez</em>, ocasionada por el hecho de que “no hay un límite autoimpuesto a la demanda de recursos de inversión”, de modo que las empresas tienden a acumular insumos y, de esta forma, crean escasez. Esto se vuelve un círculo vicioso, en el cual la escasez de bienes lleva a una “campaña por la cantidad” más intensa por parte de la industria, lo que a su vez intensifica la escasez.[74] Kornai, no obstante, no explica satisfactoriamente las razones de lo que el llama “hambre de inversión casi insaciable”. A este respecto, Martín Wolf hace una comparación sugestiva:</p>
<p><em>Una de las maneras de concebir la anormalidad de la economía soviética consiste en considerarla como un caso extremo de economía de guerra. Hay implicado bastante más que proveer a la defensa. Es igualmente importante el énfasis en la industria pesada y la indiferencia respecto al consumo; el aislamiento de la economía y la centralización extrema, la inflación reprimida, los llamados al sacrificio colectivo; y la paranoia.</em>[75]</p>
<p>En realidad, los fenómenos de escasez y desperdicio analizados por Kornai fueron aspectos generales de las economías de guerra organizadas por todas las potencias en 1914-18 (cuando quebraron la espina dorsal del régimen zarista) y en 1939-45. La larga era de rivalidad militar entre la URSS y las economías avanzadas, que comenzó hacia fines de la década de 1920 y tuvo continuidad con la Guerra fría, aprisionó a la economía soviética en una estructura organizacional que generó las ineficiencias diagnosticadas por Kornai y otros. La prioridad económica del sector militar explica por si mismo la reducción del crecimiento iniciada en la década de 1960. De acuerdo con una estimación soviética reciente, el PBI (producto bruto interno) total de la URSS era en 1987 cercano a la mitad del norteamericano; y el PBI <em>per capita</em> era apenas el 42% del norteamericano. Fue enorme la carga impuesta a la Unión Soviética, para igualar los gastos militares de una economía mucho más grande y avanzada. Cerca del 13% del PBI soviético fueron gastos de la defensa en 1987, o sea, dos veces la cifra norteamericana.[76] Recursos de inversión que podrían haber sido usados para aumentar la productividad de las industrias civiles, en vez de destinarlos a esta finalidad, fueron derivados para el desarrollo de sistemas de armas cada vez más costosos y sofisticados.</p>
<p>Más importante todavía, para explicar la crisis del estalinismo, es la transformación que atravesó la economía mundial en la última generación. Particularmente después del extenso <em>boom</em> de las décadas de 1960 y 1970, la tendencia más importante ha sido la de la globalización de la economía. El comercio y las inversiones se internacionalizaron crecientemente con el desarrollo de lo que Nigel Harris llamó el “sistema manufacturero global”, en el cual grandes aumentos en la productividad pudieron ser logrados organizándose la producción trascendiendo las fronteras nacionales. La creciente importancia de la empresa multinacional como forma de organización productiva, fue acompañada por el desarrollo de enormes flujos de inversiones financieras internacionales, a medida que los bancos y las bolsas de valores trascendían también las fronteras nacionales. Esta integración global del capital implicó una gran reducción del poder económico del estado-nación. La intervención del Estado en la economía no cesó –como lo testimonia el empleo de políticas keynesianas de estímulo de la demanda y de expansión del crédito, adoptadas por los gobiernos de la Nueva Derecha en Estados Unidos y Gran Bretaña en la década de 1980– pero no implicó ya el habitual tipo de distribución centralizada de recursos característico no solo de la URSS, sino también de los países avanzados entre las décadas de 1930 y 1950.[77]</p>
<p>La globalización del capital dejó a los Estados estalinistas estancados. Las formas de organización que habían transformado a la Unión Soviética en una superpotencia e industrializado a los países del Este europeo no se correspondían más con los modelos mundiales de desarrollo. El milagro económico de las décadas de 1970 y 1980 fue la industrialización de sectores del Tercer Mundo. Los países de reciente industrialización (NICs) consiguieron escapar del viejo ciclo del subdesarrollo gracias al papel desempeñado por un Estado altamente intervencionista. El Estado surcoreano, por ejemplo, controlaba dos tercios de las inversiones nacionales y dirigía las decisiones de inversión del <em>chaebol,</em> las 50 empresas privadas más grandes. A este respecto, comenta M.K. Datta Chaudhuri: “Ningún Estado, fuera del Bloque socialista, jamás llegó cerca de este grado de control de los recursos de inversión en la economía”.[78] La acumulación dirigida por el Estado, no obstante, no se orientaba hacia la construcción de una economía nacional independiente del resto del mundo. Al contrario, tenía por objetivo irrumpir en los mercados mundiales, con textiles y  vestimenta en la década de 1960, con acero y construcciones navales en la década de 1970, con vehículos y bienes de consumo electrónicos en la década de 1980. Los NICs más exitosos, los situados en la costa del Pacífico, triunfaron como exportadores de bienes manufacturados.</p>
<p>El arcaísmo del modelo de <em>capitalismo de estado</em> erigido en la URSS en la década de 1930 y trasplantado a Europa oriental luego de la guerra se volvió cada vez más evidente. La crisis en Polonia asumió proporciones de seria gravedad, una vez que sus dirigentes intentaron, en la década de 1970, aliviar las tensiones sociales internas con una política de crecimiento, financiado por inversiones a gran escala logradas mediante préstamos obtenidos de los bancos occidentales, en la esperanza de que estos préstamos pudiesen ser pagados con divisas extranjeras obtenidas con la exportación de gran parte de la producción de las nuevas fábricas. El inicio de la segunda gran recesión mundial, a fines de la década de 1970, destruyó estos planes y dejó a Polonia envuelta en una crisis profunda de endeudamiento, muy semejante a la que sufrían algunos NICs latinoamericanos, como Brasil, México y Argentina.[79] La situación de la propia URSS fue disfrazada por el hecho de que el gran aumento de los precios del petróleo en la década de 1970 permitió al régimen de Brezhnev importar tecnología y bienes de consumo de Occidente y, de esa manera, alejar el día del ajuste de cuentas económico. En la década de 1980, en tanto, se volvieron cada vez más evidentes las dificultades enfrentadas por la Unión Soviética. La falta de integración al mercado mundial impedía a la URSS el acceso al tipo de aumento de la productividad del trabajo dependiente de la participación en la división internacional del trabajo. La dependencia de tecnología importada la colocaba bajo creciente presión, a medida que la carrera armamentista se aceleraba con el recrudecimiento de la Guerra Fría a fines de la década de 1970, estimulada por el desarrollo de sistemas de armas cada vez más sofisticados. Y la caída en los precios del petróleo evidenciaba su dependencia de las exportaciones de materias primas muy vulnerables a las oscilaciones de los mercados mundiales.</p>
<p>Lo que Chris Harman llama “el cambio del capitalismo nacional al capitalismo multinacional” a nivel global, generó de esta manera poderosas fuerzas externas, que amenzaban a la URSS al estancamiento, e incluso al colapso, a menos que de alguna forma se abriera su cerrada economía.[80] Simultáneamente, se acumularon presiones internas en favor de que hubiera cambios, principalmente durante el período en que Brezhnev ejerció el cargo de secretario general (1964-82). A este respecto, argumenta Boris Kagarlitsky:</p>
<p><em>La era Brezhnev fue en general considerada por los observadores europeos como un período de paralización política y de estancamiento económico [...] Al afirmar esto, no obstante, se está diciendo apenas media verdad. La década de 1970 constituyó un período de grandes cambios sociales y psicosociales, que tendrían consecuencias de gran alcance para la historia soviética. Los procesos que ocurrieron solo pueden ser comparados, en su importancia, con los cambios sociales que tuvieron lugar en Rusia durante el reinado “tranquilo” de Alejandro III (1881-94) que prefiguraron la Revolución de 1905 [...] En la década de 1970, se completó la sociedad industrial en nuestro país, llegó al final el proceso de urbanización y surgió una nueva generación, modelada por las condiciones de una vida de ciudad europeizada</em>.[81]</p>
<p>La urbanización de la URSS durante la última generación fue espectacular. En 1960, la población urbana era apenas el 49% del total; en 1985, ella había crecido al 65% (y en la Federación Rusa al 70%). Tan importante como esta tendencia general fue lo que Moshe Lewin llamó el “reagrupamiento interno de los habitantes, en favor de las aglomeraciones mayores”. Las 272 ciudades soviéticas con más de 100.000 habitantes albergaban en 1980 a un tercio de la población total. El número de ciudades con más de un millón de habitantes subió de 3 en 1959 a 23 en 1980.[82] Estos cambios fueron acompañados de una significativa elevación de los niveles de vida. A este propósito, Jerry Hough observa:</p>
<p><em>En la era Brezhnev, en particular, el país se volvió una sociedad de electrodomésticos, en la cual las personas se mudaban de un apartamento de un ambiente a uno con dormitorio, en la cual el consumo de carne (a pesar de una estabilización temporaria a finales de la década de 1970) se aproximó a los niveles británicos.</em></p>
<p>Entre 1960 y 1985, la carne consumida <em>per capita </em>subiría de 39,5 Kg. a 62,4 Kg., los metros cuadrados de espacio residencial urbano <em>per capita</em> se elevarían de 8,9 a 14,3, y las familias que poseían refrigeradores pasaron del 4% al 92%. El número de familias con lavarropas pasó de 4% a 70% y que con televisores de 8% a 99%.[83] Finalmente, la estructura social de la población urbana se volvió más diferenciada y compleja. La clase trabajadora dedicada a labores manuales fue cada vez más estable, transformándose en un grupo que se autoreproducía, no siendo más reclutada principalmente entre inmigrantes campesinos, y siendo poseedora de crecientes niveles de calificación y educación. Tal como acontecía en Occidente, su expansión fue superada por la extensa y ambigua categoría de los “empleados”, comprendiendo aquí tanto los trabajadores de cuello blanco como a una <em>intelligentsia </em>compuesta por profesionales altamente calificados, gerentes de empresas y administradores.[84]</p>
<p>Estos cambios socioeconómicos eran considerados por el liderazgo del gobierno Brezhnev y sus defensores como una señal de que la URSS llegaría al “socialismo maduro” o “desarrollado” (una categoría que encerraba, entre otras cosas, la ventaja de agregar una nueva etapa en la transición al comunismo). En realidad, esto incrementaba los problemas del régimen. Los crecientes niveles de educación y consumo creaban expectativas que no se materializaban. La <em>intelligentsia </em>se<em> </em>impacientaba con las restricciones impuestas por las estructuras burocráticas, cuyas disfunciones eran evidentes, y se molestaba con las desigualdades de ingresos relativamente limitadas, que le dejaban en una situación financiera inferior a la de su similar de Occidente, la “nueva clase media”. Los trabajadores, se quejaban de los bajos niveles de vida, de las gerencias incompetentes y de las relaciones de trabajo opresivas. Los cambios culturales que fueron posibles gracias a la expansión de la educación secundaria y superior, y por el desarrollo de una sociedad urbana de consumo crearon una población culta y sofisticada, que se impacientaba con las mentiras, con las distorsiones y los lugares comunes de los medios oficiales de comunicación. Kagarlitsky cita a un sociólogo soviético, según el cual “el nivel cultural de las masas se volvió durante la década de 1970, promedialmente, un poco más elevado que el nivel cultural de la élite gobernante”.[85] Trabajadores, gerentes y técnicos calificados cultivaban un fuerte sentimiento de injusticia social, basado en el conocimiento general de los inmensos privilegios materiales disfrutados especialmente por aquellos que eran parte de los altos escalones de la <em>nomenklatura</em>”.[86] El mayor contacto con Occidente contribuyó a una percepción cada vez mayor de que el “socialismo maduro” se estaba atrasando, en relación con sus competidores supuestamente inferiores, y estimuló además la aparición de una cultura extraoficial, en la cual la música <em>rock </em>desempeñó un importante papel. Cuando Brezhnev murió en noviembre de 1982, la ideología estatal ya no contaba con respaldo, a medida que grandes sectores de la población comenzaron a optar abiertamente por alternativas que variaban de la nueva cultura de la juventud al nacionalismo ruso tradicionalista, este último tácitamente estimulado por uno de los sectores de la burocracia. La URSS ingresó a la década de 1980 en medio de una profunda crisis de hegemonía.</p>
<p>La modernización autoritaria de la URSS mostraba sus límites. La formas organizacionales que habían hecho posible la industrialización acelerada después de 1928, impedían en este momento un mayor desarrollo. Simultáneamente, el propio proceso de industrialización creó una población urbanizada y educada, que no estaba dispuesta a tolerar más las ineficiencias y desigualdades del sistema estalinista. En este contexto, se volverían más agudos los conflictos dentro de la burocracia, entre conservadores y reformistas –conflictos intrínsecos a la vida política soviética desde la muerte de Stalin.[87] Permanecen oscuros todavía los alineamientos de fuerzas y los procesos que llevaron a Gorbachov al cargo de secretario general del partido. Lo que no admite duda, no obstante, es que las políticas que él adoptó representaron un intento de sacar de la crisis al sistema estalinista, a través de la reforma y no del desmantelamiento de ese sistema. Muchos miembros de la izquierda occidental afirman que el programa de Gorbachov era más radical. Para Tariq Ali, “con el fin de preservar a la Unión Soviética, Gorbachov necesita completar una revolución política (que ya está en curso), pero una revolución política basada en la abolición de todo el sistema de la <em>nomenklatura </em>y de los privilegios, sobre el cual reposa el poder de la burocracia”.[89] En realidad, la <em>perestroika</em>, como reestructuración económica, o en forma más amplia, como reestructuración de la vida política y social en general, asumió inicialmente la forma de pequeños ajustes, destinados principalmente a fortalecer y modernizar los controles centrales –Zhores Medvedev describe el proyecto de Aganbegyan como “una versión computarizada de la economía de mando y control”– acompañados de una poderosa retórica de cambio y estímulo a la crítica bajo la consigna de <em>glasnost </em>(apertura). Medvedev evaluó los dos primeros años de Gorbachov en el poder, diciendo que el secretario general “no fue ni un liberal ni un reformista osado. El prefirió modificaciones, métodos administrativos y ajustes económicos a reformas estructurales y políticas”.[90] La iniciativa más atrevida de Gorbachov ocurrió inicialmente en la política exterior, esfera en que procuró mejorar las relaciones con Occidente teniendo la esperanza de reducir el fardo de los gastos en defensa.</p>
<p>La radicalización de las políticas internas de Gorbachov, especialmente después de su discurso de Enero de 1987 en el Pleno del Comité Central del PCUS, podría ser interpretada como una refutación de valoraciones como las de Medvedev. El proceso mediante el cual los reformadores situados en la maquinaria de gobierno, evolucionarían hacia medidas políticas y económicas de alcance mucho mayor, no reflejó una estrategia previamente preparada, pero sí la dinámica de las luchas que se trabaron en el seno de la burocracia. Así mismo las reformas relativamente moderadas del período inicial de Gorbachov fueron, en su mayor parte, saboteadas por los <em>apparatchiks</em> en los ministerios vinculados a la economía. Gorbachov y sus aliados se convencieron de que solamente con medidas más radicales podrían salvar al sistema: desmantelamiento parcial de la economía de mando y control, mediante su sustitución por controles “verticales” operados desde el centro con mecanismos de mercado “horizontales”, a fin de coordinar las empresas y obligarlas a tornarse más eficientes, junto a la adopción de un alto grado de liberalización política, especialmente bajo la forma de elecciones libremente disputadas para el partido y los órganos del Estado. Estas reformas políticas –sobre todo la creación de un nuevo parlamento, el Congreso de los Diputados del Pueblo, cuya elección en Marzo de 1989 fue la primera realmente libre desde la Revolución de Octubre– involucraron un llamado de los reformistas para que la gente los apoyase en su lucha contra los conservadores. La decisión de someter a un auditorio más amplio las divergencias dentro del aparato estatal, señaló el momento decisivo en el proceso de <em>glasnost</em>, el momento en que el derrocamiento revolucionario de los regímenes estalinistas se volvió una posibilidad real.</p>
<p>El objetivo de Gorbachov continuó siendo, incluso después de la radicalización de 1986-87, una reforma autoritaria, una tentativa de preservar el sistema estalinista a través de una modernización desde arriba. Está claro que no hay ninguna novedad en dicha estrategia: ella fue intentada frecuentemente en los dos últimos siglos de historia mundial y, en realidad, en Rusia se remonta a una época todavía más distante, al tiempo de Pedro el Grande. Los reformadores autoritarios son vulnerables a una contradicción diagnosticada por Tocqueville: “El momento más peligroso para un gobierno nefasto ocurre cuando este intenta rectificarse”.[91] El dilema enfrentado por el régimen reformista era que los cambios que intentaba realizar eran probablemente demasiado radicales para muchos de sus partidarios, pero demasiado tímidos para la mayoría de la población. La parálisis resultante de una clase gobernante dividida crea condiciones en las cuales puede ocurrir una revolución popular desde abajo. Tocqueville basó su análisis en la experiencia de la Revolución francesa, que comenzó con una tentativa de la monarquía absoluta de Luis XVI de reformarse y fue destronada por la polarización que resultó de la reacción aristocrática y la radicalización popular. Chris Harman identificó una dinámica semejante en varias tentativas hechas para reformar los regímenes estalinistas, en las décadas de 1950 y 1960:</p>
<p><em>Con el fin de intentar vencer a los sectores conservadores de la burocracia, que se oponían a las reformas en la década de 1950, el aparato político central (o una parte del mismo) procuró movilizar a otros elementos de la burocracia. Este fue el significado real de las campañas antiestalinistas de 1953, 1956 y 1962, pero eran claros los límites dentro de los cuales esto sería posible. Gran parte de la resistencia conservadora no podría ser vencida sin el peligro de que el aparato represivo dirigido contra el resto de la sociedad quedase paralizado, desencadenando, de esta manera, fuerzas que podían fácilmente volverse en contra de la burocracia como un todo (como en Alemania oriental en 1953; Polonia y Hungría en 1956, Checoslovaquia en 1968-69, y en China en 1966-67). En la propia Rusia, la burocracia se detuvo antes de tomar medidas que pudieran tener estos desastrosos efectos, desde su punto de vista</em>.[92]</p>
<p>Hacia fines de la década de 1980, confrontado con una crisis económica y social mucho más profunda de las que fueran enfrentadas antes por los gobernantes de la URSS luego de la muerte de Stalin, Gorbachov y sus compañeros reformistas resolvieron arriesgarse a esos “desastrosos efectos”, apelando a las masas. Abrieron una <em>Caja de Pandora</em>, liberando una río hirviente de fuerzas políticas que amenazaron inmediatamente la propia existencia del sistema estalinista –frentes populares exigiendo cambios democráticos radicales; movimientos nacionalistas en varias repúblicas no rusas, particularmente en la región del Báltico y en la Transcaucasia, que presionaron cada vez más exigiendo la independencia de la URSS; y organizaciones de trabajadores formadas fuera de los sindicatos oficiales, especialmente después de las huelgas de mineros del verano y otoño de 1989. Este proceso de radicalización política contribuyó, por su lado, a estimular la movilización popular en Europa oriental, recompensada en el invierno de 1989 con el colapso de los regímenes estalinistas en dicha región. La reforma, se había transformado en revolución.</p>
<p>_____</p>
<p><strong>REVOLUCIÓN POLÍTICA O SOCIAL</strong></p>
<p>Escribiendo poco antes de las sublevaciones de 1989, Tim Garton Ash describió el proceso que estaba desarrollándose como una “refolución”, una mixtura singular de reforma y revolución, caracterizada por “un elemento fuerte y esencial de reforma voluntaria, sistemática, por iniciativa de una minoría esclarecida (pero apenas una minoría) de los partidos comunistas todavía dominantes”, implicando de forma crucial, “una retirada sin precedentes: la iniciativa de compartir el poder e incluso –<em>mirabile dictu</em>– de renunciar al mismo enteramente, si perdiesen las elecciones”.[93] Ash estaba pensando en las mesas redondas donde se promovían acuerdos entre el régimen y la oposición en Polonia y Hungría. El cambio, no obstante, cuando llegó a Europa oriental, mostró que no era un proceso gradual cuidadosamente controlado desde arriba, sino que consistió en una serie de transformaciones abruptas, alimentadas por la rebelión popular en contra de los gobiernos. La reforma desde arriba y la movilización de masas desde abajo interactuaron para provocar, de un modo absolutamente inesperado y con extraordinaria rapidez, el abandono del monopolio del poder por los partidos estalinistas y su sustitución por gobiernos comprometidos con la implantación de regímenes parlamentarios liberales. La agitación en Europa oriental constituye un ejemplo notable del papel de los resultados no intencionales en la historia: los efectos de la acción de la “minoría esclarecida” de reformadores en los regímenes estalinistas sobrepasó, con creces, sus intenciones. Este resultado ayudó a empujar a Gorbachov y sus aliados hacia una posición cada vez más conservadora, en la cual la <em>glasnost</em> fue sustituida por un autoritarismo reciclado.</p>
<p>Si seguimos las palabras de Perry Anderson, quien define a una revolución como “un episodio de transformación política convulsiva, comprimido en el tiempo y concentrada en un objetivo, que tiene un comienzo determinado –cuando el viejo aparato estatal continúa intacto todavía– y un final definido, cuando ese aparato es decisivamente liquidado y otro construido en su lugar”, podemos, por lo menos provisoriamente, describir los levantamientos ocurridos en Europa oriental como revoluciones.[94] Una forma de régimen político –el gobierno estalinista de partido único– resultó suplantado, bajo la presión popular, por otro –la democracia liberal. ¿Pero cuál fue el significado social de esta transformación política? La interpretación más común, tanto en la izquierda como en la derecha, fue la de que el derrumbe del estalinismo en Europa oriental llevaría a la restauración del capitalismo. La <em>New Left Review</em>, por ejemplo, al mismo tiempo que saludaba “la transición hacia la democracia”, temía una “restauración capitalista en el Este europeo” y preveía el surgimiento de “presiones restauracionistas”.[95]</p>
<p>Indudablemente, uno de los aspectos más notables de los nuevos gobiernos posestalinistas de Europa oriental fue el compromiso que asumieron con lo que podríamos describir como políticas económicas thatcherianas –integración al mercado mundial, privatización de las empresas estatales, cierre de fábricas ineficientes, abolición de los subsidios al consumo– justificadas en la ideología de la nueva derecha occidental. Hayek y Friedman, los apóstoles de la vuelta al <em>laissez-faire</em>, se destacaron como los principales inspiradores de los economistas que infestaron los nuevos gobiernos. Las panaceas neoliberales, en especial la idea de que el mercado es una condición necesaria tanto para la libertad política como para la eficiencia económica, fueron tragadas con cáscara y todo por los intelectuales de oposición llevados al poder por estas revoluciones. [...] El programa económico thatcheriano, que representó la tentativa de los nuevos gobiernos para someter sus economías [a la disciplina del mercado], implicó sobretodo reducciones en el empleo y en los niveles de vida [...]. Mientras en Checoslovaquia proseguía la “revolución de terciopelo”, el <em>Financial Times, </em>en Noviembre de 1989, informaba que “los checos se volcaron hacia los economistas en busca de salvación”, destacando la popularidad de economistas neoliberales como Valtr Komarek, Václav Klaus y Milos Zeman. Había algo de vampiresco en el buen humor con que estos “expertos”, en vísperas de su subida al poder (Komarek fue Primer Ministro, y Klaus, Ministro de Finanzas del nuevo gobierno), prometían austeridad económica como premio de la revolución política. El <em>Financial Times</em> destacó “un tema común, es el logro de la democracia a cambio de un período de caída en los niveles de vida, que el Sr. Zeman, cree que tal vez será del orden del 30% y 50%. Ellos cuentan no solo con un desbordamiento del entusiasmo democrático, sino también con un fuerte sentimiento de orgullo nacional”.[99] Tampoco fueron mera retórica las proyecciones de un ajuste económico. El sometimiento de la economía polaca en Diciembre de 1989 a una “terapia de shock”, aplicada por el Ministro de Finanzas, Leszek Balcerowicz, que implicaba un presupuesto equilibrado y la abolición de los controles de precios y los subsidios, provocó una reducción de 36% en el ingreso real para Enero de 1990”.[100]</p>
<p>¿Las políticas promercado de los gobiernos posestalinistas habían sido un aspecto de la restauración del capitalismo en Europa oriental? Responder en forma afirmativa implicaría decir que algún tipo de sistema social poscapitalista existía allí antes de las revoluciones de 1989. Esta valoración, no obstante, fue desmentida por la extraordinaria facilidad con que el estalinismo fue eliminado de Europa oriental. Trotsky, por ejemplo, argumentaba que la restauración del capitalismo en la URSS exigiría “una intervención de cirugía militar”:</p>
<p><em>La tesis marxista relativa al carácter catastrófico de la transferencia del poder de una clase a otra se aplica no solo a los períodos revolucionarios, cuando la historia arremete locamente hacia delante, sino también a los períodos de contrarrevolución, cuando la sociedad va hacia atrás. Quien afirma que el gobierno soviético cambió gradualmente de proletario a burgués está solo, por así decirlo, pasando para atrás el film del reformismo</em>.[101]</p>
<p>La afirmación de Trotsky de que la sustitución de un sistema social por otro es necesariamente violenta, con el fin de argumentar que la URSS era aún bajo Stalin un Estado obrero degenerado, ignoró la barbarie llevada adelante durante las transformaciones que ocurrieron luego de 1928. Tony Cliff, por ejemplo, describe la década de 1930 como una “guerra civil de la burocracia contra las masas, una guerra civil en la cual solo uno de los lados tenía armas y organización”.[102] Las revoluciones de 1989, por más abruptas y dramáticas que hayan sido, se destacaron por la ausencia de conflictos sociales y violencia en gran escala. El enfrentamiento entre manifestantes y policías en Alemania oriental y Checoslovaquia implicó un nivel de violencia semejante al alcanzado por los choques entre las fuerzas antimotines y los mineros en huelga en Gran Bretaña. En Hungría y Polonia incluso la movilización de masas brilló por su ausencia: cuarenta años de gobierno estalinista, mantenido por la fuerza en contra de los consejos de trabajadores de Budapest en 1956 y en contra de Solidaridad en 1981, caían en negociaciones entre los regímenes y aquellos a quienes dichos regímenes habían encerrado por largo tiempo en las prisiones. Sin duda, en parte esto ocurrió fruto de la negativa de la URSS a apoyar la represión de los movimientos democráticos en Europa oriental. Como observa Tim Garton Ash: “Rumania fue la excepción que confirma la regla. No fue un accidente que en el Estado que por más tiempo se había mantenido independiente de Moscú, la resistencia de la seguridad armada de las autoridades constituidas fuese más feroz, sanguinaria y prolongada”.[103]</p>
<p>Pero la sustitución de la doctrina Brezhnev por la doctrina Sinatra (“A mi manera”) –o sea, la forma en que el portavoz del Ministerio del Exterior soviético, Gennady Gerasimov, describió el modo como Gorbachov, de repente, sacudió la alfombra de buenos clientes como Honecker y Jakes– no consigue explicar el entusiasmo con que grandes sectores de la <em>nomenklatura</em> gobernante recibieron la apertura de Europa oriental al mercado. Para comprender este punto, debemos tomar en cuenta la naturaleza de este grupo, que Jacek Kuron y Karol Modzelewski llamaron la “burocracia política central”.[104] Un estudio sobre la élite soviética informa que ella totalizaba (a inicios de la década de 1970) cerca de 227.000 personas, en cargos importantes o posiciones de <em>nomenklatura</em>, todos ellos titulares de significativos privilegios materiales –altos funcionarios del partido, de los ministerios, del Komsomol, de los sindicatos, de las fuerzas armadas, de la policía y del servicio diplomático; principales administradores de empresas públicas; e intelectuales de alto nivel (profesores universitarios, jefes de institutos de investigación, editores de diarios y revistas, etc.).[105] Otros numerosos estudios comprueban la dimensión que alcanzó la <em>nomenklatura </em>como organización administrativa: no solo quienes servían en los ministerios industriales y dirigían las empresas públicas, sino también quienes lo hacían en el aparato del partido, particularmente en las secretarías regionales (<em>obkom</em>), a las cuales cabían funciones importantes de coordinación económica y se ocupaban principalmente de la administración de la economía. [106] El carácter de la burocracia política central en Europa oriental era básicamente el mismo.</p>
<p>El papel fundamental de la <em>nomenklatura</em> en la gestión de la economía obligó a muchos de sus miembros a enfrentar la crisis cada vez mayor del modelo burocrático. Directores de empresas públicas y secretarios regionales se sentían impacientes ante las restricciones que les imponían ministerios industriales y planificadores centrales, y se resentían ante la interminable sustracción de trabajadores e insumos materiales resultante de la escasez endémica. Simultáneamente el creciente involucramiento de las economías del Este europeo con los mercados mundiales –a pesar del lento ritmo de la reforma económica, después de la caída de Khruschev y Dubcek, Polonia y Hungría, en especial, obtuvieron grandes préstamos de Occidente e hicieron esfuerzos para pagarlos con crecientes exportaciones generadoras de divisas– acostumbró a los gerentes a la cooperación con empresas occidentales. A pesar de los esfuerzos del régimen de Honecker para reducir el comercio con Occidente, a fin de evitar el tipo de crisis de endeudamiento experimentada por Polonia y Hungría en la década de 1980, 30% del comercio de Alemania oriental, en vísperas de la revolución, era realizado con países de la OCDE.[107] La necesidad de tecnología avanzada impuso un estímulo a los emprendimientos conjuntos con firmas de Occidente: a mediados de Octubre de 1989, subía a 2.090 el número de esos emprendimientos registrados en la URSS, Hungría, Polonia, Checoslovaquia, Rumania y Bulgaria.[108] La experiencia de la crisis de sus propias economías, y de las ventajas resultantes de la internacionalización del capital, animó a los gerentes más exitosos –como, por ejemplo, los que dirigían <em>Kombinate</em>, el conglomerado de las 126 empresas industriales verticalmente organizadas que dominaban Alemania oriental– a pensar que su futuro estaría ligado al desmantelamiento del sistema burocrático de mando y control. y a una mayor integración con las multinacionales de Occidente.</p>
<p>El <em>Financial Times</em>, por ejemplo, informaba en Enero de 1990:</p>
<p><em>Los gigantescos monopolios de propiedad estatal de Alemania oriental serán transformados en sociedades anónimas por acciones, con accionistas del Este y del Oeste, según el Sr. Fredrich Wokurka, director-gerente de Robotron, la mayor compañía de productos electrónicos del país, quien tiene algo que ver en esto&#8230; “si los mercados financiaron internacionales se abren para la República Democrática Alemana, esto implicará también que esta se abrirá para ellos”, dijo el Sr. Wokurka al Financial Times. “No puede haber medias tintas”.</em></p>
<p>La entrevista continúa y Wokurka “miembro del partido como casi todos los gerentes de empresas estatales”, explica luego que su</p>
<p><em>entusiasmo por la economía de mercado no era totalmente nuevo [...] Pero, hasta hace poco tiempo, esto era algo que él solo podía hablar en la privacidad de su hogar. Al igual que un buen número de otros directores de Kombinate, él se ponía como una fiera cuando leía artículos escritos por economistas de Alemania oriental que defendían “una tercera vía” para el país –entre el socialismo y el capitalismo.</em>[109]</p>
<p>Wokurka nada tenía de excepcional. La caída del Muro de Berlín fue seguida por una inundación de emprendimientos conjuntos negociados entre multinacionales de Alemania occidental y <em>Kombinate</em> de Alemania oriental –entre Volkswagen y Opel e IFA-Kombinat (para automóviles), entre Pilz y Robotron (para discos compactos), entre Zeiss y VEB Jena (para productos ópticos), y entre muchas otras.[110]</p>
<p>Negocios de este tipo –más espectaculares en Alemania oriental a causa de su economía relativamente avanzada y de su incorporación inminente a la República Federal– indican el carácter muy limitado de los cambios socioeconómicos que ocurrían en el Este europeo. Sectores importantes de la vieja clase dominante estaban abandonando el viejo sistema autárquico a cambio de la integración al capital internacional. Chris Harman describió esto como “moverse hacia el costado” –o sea, cambiar una variante de capitalismo por otra, el <em>capitalismo de estado </em>por el capitalismo multinacional.[111] Esto no implicaba la eliminación completa del Estado –de última, la intervención estatal continúa siendo un aspecto fundamental de las economía de Occidente– sino un proceso de reestructuración socioeconómica, que permitía a gran parte de la <em>nomenklatura</em> transformarse de <em>apparatchiks </em>en ejecutivos privados, sea de firmas de propiedad local o de subsidiarias de multinacionales occidentales.</p>
<p>La organización resultante implicaría grandes cambios en las estructuras económicas. Una entrevista concedida al <em>Financial Times</em> por el presidente del Consejo de Administración de Volkswagen, Karl Hahn, sugería que su emprendimiento conjunto con IFA-Kombinat llevaría al desmantelamiento de hecho del cartel alemán oriental</p>
<p><em>Actualmente la industria automovilística de Alemania oriental se halla integrada verticalmente en un grado mucho más alto del que se observa en Occidente. IFA-Kombinat realiza todo, desde el montaje del vehículo hasta virtualmente toda el sector de autopartes. “Esa situación implica el más alto grado de ineficiencia”, dice el Sr. Hahn</em>.[112]</p>
<p>En términos más generales, los esfuerzos realizados por las economías <em>capitalistas de estado</em> más exitosas, en el sentido de instalar dentro de sus fronteras todas las industrias requeridas para un desarrollo autárquico, les impidieron acceder a los beneficios de la división internacional del trabajo. De acuerdo con el <em>Financial Times</em>,</p>
<p><em>Karl Zeiss Jena, una de las principales compañías de alta tecnología de la República Democrática Alemana, desarrolló un chip de 1 megabyte al costo de 14.000 millones de marcos (U$S 3.285 millones), siendo esta cifra mayor al 20% de las inversiones anuales totales de Alemania oriental [...] Especialistas occidentales reconocieron la proeza, pero dijeron que Siemens, en Alemania occidental, consiguió rápidamente producir un gran volumen de esos mismos chips y los pudo usar en sus propios productos, con una inversión mucho menor. Alemania oriental podría haber salido mejor financieramente si hubiera comprado esos chips a un precio mucho más barato en el mercado mundia</em>l.[113]</p>
<p>La transición del <em>capitalismo de estado</em> hacia el capitalismo multinacional exigía desmontar las múltiples estructuras organizacionales que fueron creadas para promover el desarrollo económico fuera del mercado mundial. Numerosos gerentes del Este europeo, no obstante, emergieron de ese proceso como beneficiarios, especialmente si, como es el caso de los jefes de <em>Kombinate</em>, lograban vincularse a alguno de los centros de poder de la economía mundial. Podían haber también grandes perdedores entre los gerentes menos calificados y ágiles, y tal vez, principalmente, para quienes integraran el aparato económico central del viejo sistema de mando y control burocrático. Toda la historia del capitalismo, es una historia de reestructuraciones, en las cuales son eliminados los miembros menos eficientes de la propia clase dominante. Las décadas de 1970 y 1980, fueron de enorme convulsión en Occidente, fruto de la gran reorganización de las estructuras empresariales, como reacción a las recesiones globales, la competencia internacional más violenta y el crecimiento de la especulación financiera. Los cambios en el Este europeo, en numerosos aspectos, son una versión concentrada del mismo proceso, en la medida en que el último y más fuerte reducto del desarrollo económico autárquico, que fuera la norma global entre las décadas de 1930 y 1950, se abrió finalmente.</p>
<p>El significado social de las revoluciones de Europa oriental fue oscurecido por su aspecto más visible, el colapso de los Estados estalinistas de partido único. Una clase económicamente dominante, debe ser distinguida de la forma política específica a través de la cual consolida su cohesión y mantiene su dominio sobre la sociedad. La burguesía alemana permaneció siendo económicamente dominante durante todo el siglo, a pesar de los cambios en los regímenes políticos: el Segundo Reich casi absolutista, la República de Weimar parlamentaria, la dictadura nazi y, finalmente, la Bundesrepublik. La relación entre la clase dominante y el régimen político fue mucho más íntima durante el estalinismo; el propio nombre frecuentemente dado a esta clase refería al sistema de <em>nomenklatura</em>, a través del cual el liderazgo del partido hacía las nominaciones para los principales cargos. Aun así, el Estado de partido único proporcionaba un marco político mediante el cual la clase dominante de burócratas, gerentes, generales y miembros de la policía secreta ejercían su poder social. La diferencia entre partido y clase dominante quedó dramáticamente demostrada durante el auge de Solidaridad en 1980-81. Bajo la presión del levantamiento de la clase trabajadora, las estructuras de gobierno se quebraron y el propio partido se desintegró. Pero el Estado no se desmoronó –en especial, los aparatos represivos del ejército y de los servicios de seguridad resistieron y proveyeron las estructuras de mando y los recursos coercitivos necesarios para montar el Golpe de Estado de diciembre de 1981. Uno de los aspectos notables de las revoluciones de 1989 fue lo poco en que afectaron al aparato represivo del Estado. Incluso, en algunos casos, los militares ayudaron a promover el cambio. En Polonia, el general Jaruzelski, arquitecto del golpe de 1981, y el ministro del interior, administrador en jefe de la ley marcial, general Kiszczak, desempañaron un papel crucial en las conversaciones con Solidaridad y en la formación del gobierno de coalición de Mazowiecki (bajo el cual continuaron ejerciendo sus cargos). En Rumania, la decisión de los jefes del ejército de apoyar el levantamiento popular contra un régimen cuyo carácter dinástico y personal, lo aisló del grueso de la propia <em>nomenklatura</em>, garantizó el éxito de la Revolución de Navidad. La Stasi, de Alemania oriental, fue la que sufrió mayor presión (aunque el Nuevo Forum de la oposición intentase defender sus instalaciones contra la furia popular); pero, en otros países, los viejos aparatos de seguridad –el StB en Checoslovaquia e incluso la Securitate rumana– continuaron funcionando bajo los nuevos gobiernos. Al contrario de lo que Perry Anderson decía requerirse para una revolución, el “aparato del viejo Estado” no fue “decisivamente eliminado” por el colapso del estalinismo.</p>
<p>La continuidad substancial de los aparatos centrales del poder del Estado y del personal de la propia clase dominante indica los límites de las revueltas políticas en Europa oriental. Ellas representan más un cambio de régimen político que un cambio de régimen social. Trotsky, trazó una importante distinción entre las “revoluciones sociales”, tales como las “que substituyeron el régimen feudal por el burgués”, y las “revoluciones políticas que, sin destruir los fundamentos económicos de la sociedad, barren con la vieja corteza dominante (1830 y 1848 en Francia, Febrero de 1917 en Rusia)”.[114] El creía que el derrocamiento del estalinismo por la gente equivaldría a una revolución de este tipo, y dejaría intactos los “fundamentos económicos” del Estado obrero establecido en Octubre de 1917, a pesar de su posterior degeneración burocrática. Los regímenes estalinistas de Europa oriental fueron, de hecho, derrocados por revoluciones políticas, pero no del tipo esperado por Trotsky. El modo capitalista de producción, cuya forma burocrática estatal-capitalista fuera establecida en la URSS durante la contrarrevolución de Stalin de 1928-32, y extendida a Europa oriental luego de 1945, permaneció dominante luego de las revoluciones de 1989. El logro de estas revoluciones constituyó en generar una reorganización política de la clase dominante, que permitiera a las economías del Este europeo una plena integración al mercado mundial y la reestructuración requerida para la transición del capitalismo de estado al capitalismo multinacional.</p>
<p>Naturalmente, los millones que salieron a las calles en toda Europa oriental en el otoño e invierno de 1989 no lo hicieron queriendo “moverse hacia el costado”, o sea, pasar de una variante de capitalismo a otro. Asumieron los grandes riesgos implicados, especialmente en la primera fase de movilizaciones populares, porque sus gobernantes habían quedado visiblemente debilitados ante los cambios que ocurrían en la URSS. Inspirados por el ejemplo y por sus propios éxitos, desarrollaron un creciente sentido de autonomía, de capacidad para rehacer sus propias vidas. El triunfo que obtuvieron fue un gran acto de autoliberación que, tanto en si mismo como por las mayores libertades que perseguía, no podía dejar de ser aclamado y celebrado. Inevitablemente, no obstante, los movimientos populares en Europa oriental habían sido profundamente influenciados por lo que se volvería consensual entre los intelectuales del régimen y de la oposición, como resultado de la decadencia progresiva de la ideología “marxista-leninista”: la idea de que las economías de mercado que predominaban en Occidente proporcionaban el único marco para la libertad política y el progreso material.</p>
<p>Todo indicaba que esas esperanzas se verían frustradas. Dos informes fechados en Abril de 1990 enfatizaban las dificultades por las que pasaba la reestructuración de las economías de Europa oriental. El Instituto Financiero Internacional observó que Europa oriental, con el 2,5% de la población del mundo, el 2% de la producción mundial, exportaciones equivalentes al 75% de las de Hong Kong, y un endeudamiento en monedas fuertes que equivalía al 25% de la deuda de América Latina, difícilmente constituía una zona muy atrayente para las inversiones occidentales. Era probable que los nuevos préstamos privados solo alcanzarían volúmenes muy pequeños, y que las inversiones directas de las multinacionales occidentales serían muy selectivas y concentradas en las economías más avanzadas –Alemania oriental, Hungría y Checoslovaquia.[115] La comisión de la ONU para Europa planteó dudas sobre la capacidad de las economías del Este europeo para canalizar el tipo de ayuda estatal prometida por la Comunidad Europea. Manifestó además preocupaciones sobre las consecuencias sociales de la reestructuración, advirtiendo, de acuerdo con el <em>Financial Times</em>, que el “consenso social en favor de las reformas podría ser amenazado si los beneficios iniciales de las duras medidas de reestructuración fuesen usados para pagar los servicios de la deuda externa, y no para inversiones internas y el consumo privado. La privatización podría “simplemente transformar los monopolios públicos en privados” y “llevar a grandes transferencias de riqueza, para los viejos gerentes y ex-miembros de la <em>nomenklatura</em> o para los recién llegados de Occidente”.[116]</p>
<p>Es poco probable que el futuro inmediato de Europa oriental coincidiera con alguna versión idealizada de las democracias liberales más prósperas de Occidente (Alemania occidental o Suiza); lo más probable es que la realidad se aproxime a la de aquellas economías latinoamericanas más desarrolladas. Países como Brasil y Argentina experimentaron, a mediados de la década de 1980, la substitución de las dictaduras militares por regímenes parlamentarios. Esta liberalización política ocurrió sobre el trasfondo de la crisis de la deuda, que llevó a medidas de austeridad, reduciéndose la producción, los ingresos y el empleo. Los nuevos regímenes parlamentarios, por consiguiente, nacieron débiles, intentando sobrellevar la profunda crisis social creada por el empobrecimiento a gran escala y enfrentados a grandes desafíos políticos, tanto de derecha (los militares argentinos) como de izquierda (el poderoso movimiento obrero brasileño). Los nuevos regímenes de Europa oriental, con toda probabilidad, asumirán también la forma de democracias débiles, amenazadas por la inestabilidad social y política a gran escala –un futuro que recordará al pasado de la región en los años de entre guerras, cuando los nuevos Estados creados por el colapso de los imperios centroeuropeos oscilaron, en su mayor parte, entre débiles regímenes parlamentarios y dictaduras militares.</p>
<p>Los gobiernos posestalinistas, no obstante, gozan de una ventaja importante, esto es, fueron reclutados entre los viejos movimientos de oposición.</p>
<p>Respecto a Polonia, Tim Garton Ash observó:</p>
<p><em>El primer ministro, el ministro de trabajo, el editor en jefe de la Gazeta Wyborcza, para no hablar de Lech Walesa, fueron incuestionablemente hombres de Solidaridad. Si hoy ellos le dicen a los trabajadores –“¡No se declaren en huelga! ¡Acepten el cierre de las fábricas! ¡Confórmense con la baja de los salarios reales!”– tienen mejores chances de ser escuchados que cualquier otra persona, porque los trabajadores saben que esos hombres, por encima de cualquiera, lucharon por sus derechos durante los últimos diez años.</em>[117]</p>
<p>La situación resultante estuvo llena de ironías. Ex-marxistas como el ministro de trabajo, Jacek Koron, y el editor de la <em>Gazeta Wyborcza, </em>Adam Michnik, se opusieron a las huelgas en contra de las medidas de austeridad, que a su vez eran apoyadas por los OPZZ, los viejos sindicatos estalinistas. El enorme capital político del gobierno de Mazowiecki le permitía llevar adelante las medidas de reestructuración que su predecesor estalinista bajo Mieczyslav Rakowski no consiguió implementar, pero el gran entusiasmo de 1980-81 ya era cosa del pasado. Solidaridad, una vez legalizado solo consiguió atraer a dos millones de miembros, una pequeña parte de los diez millones que congregara en su momento de auge. Integrar las economías del Este europeo al mercado mundial implicaría evidentemente grandes reducciones en los empleos y los niveles de vida –se esperaba que la incorporación de Alemania oriental a la República Federal causase un aumento del desempleo de dos millones, o 20-25% de la fuerza de trabajo, en el Este.118 Hasta un gobierno tan popular como el de Václav Havel vaciló antes de tomar medidas de ese tipo –los dos principales ministros del área económica en el gobierno de Checoslovaquia, Komarek y Klaus, diferían radicalmente sobre la rapidez con que debían implementarse las medidas de austeridad. La política de los nuevos regímenes del Este europeo comenzó a fragmentarse en la primavera de 1990, a pesar de la convicción general de que la transición hacia la economía de mercado era el único camino a seguir: los fanáticos adeptos de Hayek y Friedman debieron enfrentar una gran variedad de fuerzas, que intentaron moderar el impacto de las “terapias de shock” thatcherianas –socialdemócratas como Havel y Michnik, nacionalistas autoritarios como Walesa y el Foro Democrático húngaro– además de los reconstruidos partidos estalinistas, que en algunos casos (por ejemplo, en Checoslovaquia y en Alemania oriental) conservaban algún respaldo popular, fruto de explotar las justificadas protestas generadas por las nuevas medidas de austeridad del gobierno. Los conflictos resultantes –que en Polonia comenzaron a dividir de arriba abajo a Solidaridad– se volvieron más y más polarizados. Los choques en Bucarest, ocurridos en Julio de 1990, entre mineros leales al Frente de Salvación Nacional que estaba en el poder y que había casi triplicado sus salarios, y los demócratas radicales contrarios a la consolidación del poder de la <em>nomenklatura </em>bajo un nuevo disfraz, fueron de enormes proporciones. Luego de su liberación, Europa oriental no enfrentó la perspectiva de una democracia capitalista próspera y satisfecha, sino un tiempo de crisis económica, conflicto social e inestabilidad política.</p>
<p>La misma contradicción entre liberalización económica y política se hizo sentir en la URSS. Las condiciones de una transición política hacia la democracia liberal eran mucho menos favorables allí de lo que eran en Europa oriental. La economía soviética, mucho mayor y mucho más autosuficiente que las del Este europeo, estaba también mucho más aislada de los mercados mundiales. Las exportaciones del país, en 1988, fueron de U$S 110,51 billones, al lado de un producto bruto interno de U$S 2.154,80 billones. Además, las exportaciones en divisas convertibles solo totalizaban U$S 39 billones, mucho menos que las de Taiwán (Formosa) o las de Suecia, y apenas un 47% de ellas eran bienes manufacturados.119 Las enormes industrias del país estaban estrechamente integradas en las estructuras de una economía de mando y control burocrático. Agilizar dichas estructuras, para conseguir una elevación de la productividad que hiciera posible la participación en la división internacional del trabajo, requería una profunda desorganización de las mismas y esto socavaría el poder de una <em>nomenklatura </em>con 60 años de experiencia en la administración de una vastísima economía cerrada. La resistencia conservadora de la burocracia, por consiguiente, fue mucho más fuerte que en Europa oriental –y claro, no había ninguna potencia extranjera cuya retirada de apoyo pudiese quebrar la resistencia de esas estructuras, como la realidad que debieron enfrentar Honecker y Jakes a manos de Gorbachov.</p>
<p>Simultáneamente, la enorme radicalización popular que recorrió la URSS a fines de la década de 1980, puso en riesgo tanto la posición de los conservadores como la de los reformadores. Los movimientos separatistas en la Transcaucasia y en las Repúblicas bálticas amenazaron con dividir a la URSS. Los demócratas radicales de los Frentes Populares en la propia Federación Rusa estaban minando el control de los jefes de partido locales. Y peor todavía, había crisis económica. Las tentativas de anexar mecanismos de mercado en la economía de mando y control burocrático presentaba lo peor de dos mundos: las viejas estructuras se desgastaban sin que otras emergieran para substituirlas. En 1989, el PBI cayó. Las huelgas de los mineros en Julio y Agosto de aquel año insinuaron la amenaza de un Solidaridad soviético. Durante las huelgas en Siberia, un gerente de mina decía lo siguiente: “El pueblo no recibió lo que le fue prometido. Las personas nada tiene ya que perder, ni viviendas, ni alimentos, ni medios de esparcimiento”.120 Las quejas económicas fácilmente podían adquirir dimensiones políticas. Los mineros que entraron en huelga en Vorkuta, en Noviembre de 1989, no sólo exigían aumentos de salarios o mejores condiciones de trabajo, sino la revocación del Artículo 6º de la Constitución soviética, que garantizaba el monopolio del poder político al Partido Comunista. La propias revoluciones del Este europeo deben haber ocupado la mente del conjunto de la burocracia soviética, al contemplar el destino de Erich Honecker y Nicolae Ceausescu.</p>
<p>Difícilmente sorprende que, en esas circunstancias, el ala conservadora de la <em>nomenklatura</em> se volviese particularmente dogmática. En el plenario del Comité Central del PCUS, realizado en Febrero de 1990, se escucharon feroces ataques contra Gorbachov, destacándose el del embajador en Polonia, Vladimir Brovikov, que preguntó: “Dicen que el pueblo apoya la <em>perestroika, </em>pero ¿qué <em>perestroika</em>? ¿La que durante los pasados cinco años nos llevó a la crisis, la anarquía y la decadencia económica?”.[121] El jefe del partido en Leningrado, Boris Gidaspov, pidió la formación de un Partido Comunista de Rusia separado, a fin de combatir el ascenso de los movimientos nacionalistas en la Transcaucasia y en la región báltica.[122] Los conservadores dieron su apoyo a los grupos nacionalistas rusos de derecha –como el movimiento neofascista Panyat; y más importante todavía, apoyaron la red de clubes “militares-patrióticos” para la juventud, liderados por veteranos de la guerra de Afganistán y favorecidos por el Comité Central del Komsomol, y también al Frente Unido de los Trabajadores de Rusia (OFT), que intentaba explotar el descontento generado por las políticas económicas de Gorbachov.[123] Aun así, los conservadores no rompieron con Gorbachov y, en realidad, votaron en el Pleno de Febrero de 1990 para quitar el Artículo 6º y terminar con el monopolio del partido: el único voto contra esta decisión venía Boris Yeltsin, pero porque dicha decisión no era para él suficiente. La votación fue recibida con euforia por Occidente; el <em>Independent </em>de Londres publicó la noticia bajo el título: “El fin del Estado comunista”.[124] Esa reacción escondía las consideraciones reales implicadas en la revocación del Artículo 6º –la aceptación de que de hecho el sistema multipartidario estaba desarrollándose, y que se volvió apetitoso para los conservadores a causa del curso cada vez más autoritario seguido por el propio Gorbachov.</p>
<p>Veinte años antes, Chris Harman había observado que la lucha entre reformistas y conservadores en los regímenes estalinistas de Europa oriental</p>
<p><em>permite, e incluso empuja, a que clases extraburocráticas (sobre todo, los trabajadores) se movilicen, inicialmente detrás de las consignas de la “burocracia reformista”, pero cada vez más por su propia cuenta [...] Los “reformadores”, habiendo asumido el poder, intentan frenar la tempestad. Pero solo pueden hacerlo reforzando la estructura de clases básica de la sociedad. Esto implica destruir todo los beneficios que los trabajadores hayan logrado. Inicialmente, se utiliza el método “frío” de la hegemonía ideológica (como, por ejemplo, Gomulka hizo con éxito y Negy sin él, en 1956, y Dubcek en 1968); si esto fracasa, se continúa con la aplicación del método “caliente” de la represión armada, con el respaldo de las tropas rusas (Kadar en 1956, Husak en 1969).</em>[<em>1</em>25]</p>
<p>Los desafíos de los reformadores soviéticos, hacia fines de la década de 1980 y principios de la de 1990, estaban dirigidos hacia varios frentes, y no simplemente los trabajadores; la dinámica analizada por Harman puede ser comprobada en el movimiento de Gorbachov hacia el empleo de los “métodos calientes”, con el fin de reestablecer la estabilidad. Entre las primeras señales de esta orientación, figuró su decisión de empujar a un costado a Yeltsin, en aquel momento el reformador más “radical” dentro del liderazgo del partido, en Octubre de 1987. En 1989, Gorbachov toleró el derrocamiento del estalinismo en Europa oriental, pero aplicó una represión cada vez mayor dentro de la propia URSS –por ejemplo, con el ataque brutal de las tropas a una manifestación nacionalista en Tiblisi, en Abril; con la introducción de leyes que perseguían severamente a los organizadores de “manifestaciones no autorizadas” y limitaban el derecho de huelga. Estas medidas no permitieron al centro reestablecer su control, pero otros pasos fueron dados con el fin de emplear formas más rigurosas de coerción –como por ejemplo, la transferencia de unidades de élite del ejército, retiradas de Afganistán, para las fuerzas de seguridad interna del KGB y del Ministerio del Interior.</p>
<p>El momento decisivo en este viraje hacia los “métodos calientes” ocurrió definitivamente en Enero de 1990, cuando Moscú remitió una gran fuerza militar con el fin de asumir el control de Baku, la capital de Azerbaiján. El pretexto para la intervención militar fue dado por la lucha entre armenios y azeríes por la disputa de la región de Nagorno-Karabaj: la ocupación de Baku se volvió necesaria, según esa versión, para impedir que ocurrieses <em>pogromos</em> –tema este escogido con cuidado para que pudiera ser digerido fácilmente en Washington y otras capitales occidentales, obsesionadas con el fundamentalismo islámico, ya que los azeríes son mayoritariamente musulmanes, y los armenios cristianos. El objetivo real de la operación, fue aplastar al movimiento de independencia en Azerbaiján, liderado por un Frente Popular, cuyo respaldo creciente quedó demostrado por la reacción de los azeríes a la caída del Muro de Berlín, que consistió en derribar las alambradas que separaban su república de Irán. El ministro de defensa de la URSS, general Dimitri Yazov, dejó claras las cosas cuando dijo en <em>Izvestia</em> que el Frente Popular asumió el poder en Azerbaiján y “nuestra tarea [...] consiste en destruir esa estructura de poder”.[126] Esta clara indicación de la disposición de Moscú a usar la fuerza para mantener unida a la URSS fue seguida por crecientes presiones contra los movimientos independentistas en las Repúblicas bálticas.</p>
<p>La elección de Gorbachov, en Marzo de 1990, para el nuevo cargo de presidente-ejecutivo, munido de extensos poderes de emergencia, era parte del mismo proceso. El Congreso de Diputados del Pueblo, y su órgano permanente, el Soviet Supremo, disfrutaban de una legitimidad mucho mayor que las viejas estructuras del partido, gracias a su origen en elecciones relativamente libres. Al estar asociado personalmente cada vez más con un Estado parcialmente liberalizado, Gorbachov pudo adquirir mayor autoridad para sus políticas. Además, separándose del partido, y creando nuevos órganos estatales de decisión, como el Consejo Presidencial, estuvo en condiciones para enfrentar algunos de los obstáculos levantados contra las reformas por los miembros conservadores de la burocracia. En Noviembre de 1989, Leonid Abalkin, viceprimer ministro responsable por la reforma económica, hizo públicas propuestas para “la desnacionalización de la propiedad”, el ajuste gradual de los precios a los niveles del mercado mundial, la creación de un mercado financiero y monetario, y para el incentivo de las inversiones extranjeras.[127] La implantación de estas medidas, no obstante, fue bloqueada por el primer ministro, Nikolai Ryzkov, que, en vez de esto propuso a principios de Diciembre, un paquete de medidas de emergencia que fortalecía el control del centro sobre las inversiones en las empresas, la formación de precios y el comercio exterior, y fijó el incremento de los precios oficiales hasta 1992.</p>
<p>Esta hostilidad hacia el avance del tipo de reestructuración emprendida en Europa oriental no refleja solo el poder de la burocracia en los ministerios industriales y en las agencias de planificación. Reformadores y conservadores por igual, tenían terror a la reacción de una población ya enfurecida con las privaciones económicas que acompañaban a la retórica de la <em>perestroika</em>, al despido a gran escala de trabajadores y los aumentos de precios. Una de las respuestas frente a esto, asumió la forma de lo que Boris Kagarlitsky llamó el “estalinismo de mercado”. El cita como ejemplo a los economistas Igor Klyamkin y Andrank Miganyan, quienes argumentaban que “la única manera de implementar una reforma económica liberal es la creación de un régimen fuerte, autoritario, capaz de reprimir eficazmente la resistencia de masas”.[128] La ascensión de Gorbachov a la presidencia-ejecutiva señaló su viraje hacia el desarrollo de tal estrategia. Su asesor personal, Nikolai Petrakov, nombrado en Febrero de 1990, defendió la creación de “una economía de mercado normal”, incluyendo la destrucción de los “supermonopolios soviéticos” de los ministerios industriales, una “drástica reducción en los programas de inversión del Estado”, elevación de los precios y congelación de los salarios.[129] Un economista que era parte del parlamento previó, en Abril de 1990, que el gobierno implementaría reformas que duplicarían los precios a inicios del siguiente año y acabarían con diez millones de empleos.[130] [...]</p>
<p>De esa manera, Gorbachov asumió cada vez más el tipo de papel analizado por la teoría marxista clásica del bonapartismo –una figura que concentraba en sus manos un poder ejecutivo enorme, a medida que procuraba el equilibrio entre las principales fuerzas sociales y políticas, reformadores y conservadores, masas y burocracia. La oposición democrática radical, representada por el Grupo Interregional de Diputados, quedó impedida de desafiar eficazmente la dirección hacia la cual Gorbachov parecía estar llevando a la URSS, fruto de su propia aceptación de la ideología liberal. Por esto mismo, Yeltsin, llegado a la presidencia de la Federación Rusa en Mayo de 1990, renunció definitivamente a las manifestaciones hipócritas de respeto a la ideología marxista-leninista, declarando: “Apoyo la propiedad privada de los medios de producción y de la tierra”, y demandando un “nuevo modelo” que incorpore “las realizaciones de la democracia occidental”.[131] Pero había también tendencias en sentido contrario. Gorbachov describió las huelgas de los mineros de Julio y Agosto de 1989 como  “quizás el peor desastre que aconteció en nuestro país en cuatro años de reestructuración”.[132] Las dificultades y el desencanto con la <em>perestroika</em> habían generado la aparición de organizaciones independientes de los trabajadores, por primera vez desde la decadencia de los soviets surgidos en 1917. Nacieron un número importante de organizaciones sindicales fuera del aparato oficial, la más importante de las cuales se denominaba Sotsprof –Federación de Sindicatos Socialistas Independientes. Ese grupo era, en verdad, una alianza entre intelectuales de izquierda y comités de mineros en huelga de los campos carboníferos de Donbass, Kuzbass y Vorkuta. Uno de los activistas de la Sotsprof, Oleg Voronin, describió las exigencias básicas de su Federación como: la autogestión de los trabajadores, la propiedad colectiva de los medios de producción y la planificación democrática desde abajo –un programa que lo colocaba en oposición frontal con las alas conservadora y reformista de la <em>nomenklatura</em>.[133] [...] Sesenta años después de la destrucción de la Oposición de Izquierda, una auténtica política de la clase trabajadora estaba reviviendo en la tierra de la Revolución de Octubre.</p>
<p>_____</p>
<p><strong>CONCLUSIÓN</strong></p>
<p>En un sentido, las revoluciones del Este europeo simplificaron inmensamente las cosas. No pueden haber dudas ahora de que vivimos en un único sistema mundial unificado. La ilusión de que había un “tercio socialista del mundo”, de que un sistema socioeconómico poscapitalista estaba en proceso de construcción, fue destruida, junto con la mayoría de los regímenes que supuestamente lo materializaban. El impacto de esta colosal obra de reacomodamiento extendió su influencia mucho más allá de Europa: partes substanciales de Africa y del Medio Oriente, donde el Estado estalinista de partido único proporcionaba un modelo político a regímenes que, frecuentemente, solo eran una mueca hipócrita de los ideales socialistas, fueron escenario de grandes protestas populares al final de la década de 1980. Las implicaciones del colapso del estalinismo, fueron mucho más allá. Las revoluciones del Este europeo aceleraron un proceso que ya se hallaba en desarrollo –la unificación de la política mundial. Numerosos factores promovían esa tendencia: la globalización del capital, la industrialización de partes del Tercer Mundo, grandes migraciones de los países pobres hacia los ricos y el desarrollo de redes de telecomunicaciones intercontinentales, que hicieron posible que millones pudieran mirar la serial <em>Dallas, </em>la caída del Muro de Berlín y la liberación de Nelson Mandela. Todo esto estimula a muchas personas a trazar analogías entre su situación y la de otros, y a encontrar inspiración en luchas aparentemente remotas. Los azeríes, en la URSS, reaccionaron a la caída del Muro de Berlín derribando las alambradas de frontera que los separaban de sus hermanos de Irán. Manifestantes contra el incremento de los impuestos en Inglaterra, recortan el escudo de su bandera nacional, siguiendo el ejemplo de los rumanos en la Revolución de Navidad. Claro que existen poderosas contratendencias –por encima de todo la renovada fuerza de las identidades nacionales y religiosas, en parte como reacción al dinamismo confuso y amenazador de un sistema mundial que no respeta fronteras estatales. No obstante, existe indudablemente una tendencia pronunciada para formar juicios de valor que den luz al sentimiento de que los fenómenos globales, indudablemente existen.</p>
<p>En San Pablo y en Varsovia, en Johannesburgo y en Londres, en Seúl y en Moscú, en el Cairo y en Nueva York, las opciones básicas son las mismas. ¿Dejamos vencer al mercado, con todas las desastrosas consecuencias que esto tendrá para el bienestar de la humanidad, y quizás para la sobrevivencia de la tierra? ¿Vamos a buscar humanizarlo, como la socialdemocracia viene intentando hacerlo sin éxito, desde principios del siglo XX? ¿O vamos a luchar para sustituir la anarquía y la injusticia del capitalismo por un sistema social basado en el control colectivo y democrático de los recursos del mundo por los trabajadores? Debe quedar bien claro que prefiero la tercera de estas alternativas y que creo que el marxismo clásico representa el mejor camino para concretarla. “Mejor” no significa perfecto: hay sin duda, muchas preguntas que los socialistas revolucionarios tienen todavía que responder y responder satisfactoriamente. No obstante, el marxismo clásico es la <em>única </em>tradición que posee los recursos teóricos y políticos necesarios para enfrentar las cuestiones con las que ahora nos enfrentamos. Como intenté demostrarlo, ella es radicalmente contraria a su monstruosa distorsión por parte del estalinismo. En segundo lugar, ella puede proveer un análisis materialista histórico del ascenso y el desplome de dicha distorsión. En tercer lugar, Marx y sus sucesores elaboraron una estrategia perfectamente realizable para derribar al capitalismo y, en su lugar, construir una sociedad mejor.</p>
<p>Las revoluciones del Este europeo, por tanto, representan al mismo tiempo, un momento de mucho peligro y esperanza para los socialistas: peligro porque el colapso del estalinismo es interpretado, con enorme facilidad, no solo  por los defensores, sino también por los adversarios del capitalismo, como la muerte de cualquier alternativa socialista al <em>status quo</em>; de esperanza porque la tradición marxista puede, finalmente, librarse de la basura del (no más) “socialismo realmente existente”. Hay buenas razones para creer que, una vez extinguido el clamor inmediato que celebra “el triunfo de Occidente”, volverá a surgir la necesidad de una sociedad alternativa al capitalismo y de estrategias para realizarla. En un fragmento famoso y con justicia del <em>Manifiesto, </em>Marx elogia al capitalismo por su dinamismo:</p>
<p><em>Una revolución continua en la producción, una incesante conmoción de todas las condiciones sociales, una incertidumbre y agitación constantes distinguen la época burguesa de todas las anteriores. Quedan rotas todas las relaciones estancadas y enmohecidas, con su cortejo de creencias y de ideas veneradas durante siglos; hácense añejas las nuevas antes de llegar a osificarse. Todo lo sólido se desvanece en el aire, todo lo sagrado es profanado, y los hombres, al fin, se ven forzados a considerar fríamente sus condiciones reales de vida y sus relaciones recíprocas.</em></p>
<p>Las revoluciones en el Este europeo barrieron un conjunto de “relaciones estancadas y enmohecidas”, para beneficio del capitalismo multinacional. La experiencia de la integración al mercado mundial, pone en cuestionamiento las ilusiones sobre el capitalismo liberal, que constituyeron un factor en estos levantamientos, y que luego lo hicieron en la crisis que se desarrolló en la URSS. Muchos de los que viven en lo que ya no podemos llamar el “Bloque oriental” se ven “forzados a considerar fríamente sus condiciones reales de vida”. Las conclusiones que saquen dependerán de las alternativas políticas que tengan disponibles: el crecimiento del nacionalismo xenófobo y del racismo en gran parte de Europa, brinda alguna señal del tipo de política que alguna gente pueden llevar adelante, al despertar de sus sueños con el mercado. Es esencial que la tradición marxista se haga presente entre dichas alternativas políticas, a fin de fortalecer un internacionalismo que no es el de las empresas multinacionales y el de las bolsas de valores, sino que refleja las líneas globales de conflicto entre el capital y el trabajo, [...] y la capacidad de la humanidad de dirigir colectivamente su propia vida y regular sus relaciones con la naturaleza.</p>
<p>Desde la década de 1920, esa tradición ha estado condenada a los márgenes de la vida política, perseguida, ridiculizada, y (quizás lo peor de todo) reducida a la condición de especialidad académica. El marxismo clásico puede ahora, finalmente, liberarse de la carga estalinista y aprovechar las oportunidades ofrecidas por un mundo que experimenta la mayor “incertidumbre y agitación” de muchas décadas. Llegó la hora de cerrar asuntos inconclusos.</p>
<p><img title="Más..." src="http://socialismointernacional.wordpress.com/wp-includes/js/tinymce/plugins/wordpress/img/trans.gif" alt="" />_____</p>
<p><strong>Notas</strong></p>
<p><strong>Alex Callinicos</strong> nació en Harare (Zimbabwe) el 24 de Julio de 1950. En 1973 se licenció en filosofía, política y economía en la Universidad de Oxford, y en 1979 obtuvo de la misma universidad un postgrado en literatura y humanidades. Entre sus libros más conocidos figuran <em>Marxism and Philosophy</em> (1983), <em>Las ideas revolucionarias de Karl Marx</em> (1983), <em>Making History</em> (1987), <em>The Revenge of History</em> (1991), <em>Contra el Postmodernismo. Una crítica marxista</em> (1991), <em>Social Theory. A historical introduction</em> (1999), <em>Igualdad</em> (2000), <em>Contra la tercera vía</em> (2001) y <em>Un Manifiesto Anticapitalista</em> (2003). Escribe regularmente en el semanario británico <em>Socialist Worker</em>, la revista mensual <em>Socialist Review</em> y la revista trimestral <em>International Socialism</em>, de cuyo consejo editorial forma parte. Es miembro de la dirección del Socialist Workers Party de Gran Bretaña y destacado activista de la coalición anticapitalista británica Globalise Resistance, en representación de la cual ha intervenido varias veces en el Foro Social Europeo y el Foro Social Mundial. El trabajo fue traducido por Javier Carlés desde el portugués y corregido por Marina Rivero en base a la edición original en inglés. La presente edición, corresponde a Octubre de 2002.</p>
<p><img title="Más..." src="http://socialismointernacional.wordpress.com/wp-includes/js/tinymce/plugins/wordpress/img/trans.gif" alt="" />_____</p>
<p>64.     E. Mandel, <em>The Second Slump </em>(London, 1980), pp. 147-8. Para una aproximación crítica del más reciente escrito sobre Rusia de Mandel, ver C.Harman, ‘From Trotsky to State Capitalism’, <em>International Socialism</em>, 2:47 (1990).</p>
<p>65.     Citado en C. Harman y A. Zebrowski, ‘Glasnost &#8211; Before the Storm’, <em>International Socialism</em>, 2:39 (1988), p. 5.</p>
<p>66.     M. Shachtman, <em>The Bureaucratic Revolution </em>(New York, 1962). Ver, para profundizar en el análisis del estalinismo de Shachtman, T.  Cliff,  ‘The Theory of Bureaucratic Collectivism: A Critique’, Appendix 2, <em>State Capitalism </em>de<em> </em>Cliff. It says much for the state of what passes for scholarship on the contemporary academic left that one leading American ‘post-Marxist’ should ascribe to Shachtman ‘the famous thesis that Russia, by the mid 1930s had become a state capitalist regime’: ver S. Aronowitz, <em>The Crisis in Historical Materialism</em>, 2nd edn (London, 1990), p. 319. Discuto la tradición asociada con Shachtman en <em>Trotskyism </em>(Milton Keynes, 1990), ch. 4.</p>
<p>67.     F. Feher and A. Heller, <em>Eastern Left</em>, <em>Western Left</em> (Cambridge, 1987), pp. 56, 59, 185.</p>
<p>68..    <em>Financial Times</em>, 21 Feb. 1990.</p>
<p>69.     M. Haynes, ‘Understanding the Soviet Crisis’, <em>International Socialism</em>, 2:34 (1987), pp. 6—20.</p>
<p>70.     M. C. Kaser, en introducción del editor a  <em>An Economic History of Eastern Europe 1919-75</em>, I (Oxford, 1985), p. 9.</p>
<p>71.     Hough, <em>Russia</em>, p. 237.</p>
<p>72. <em> CIA estimates </em>citado en C. Harman, ‘The Storm Breaks’, <em>International Socialism</em>, 2:46 (1990), p. 31.</p>
<p>73.     Ver, por ejemplo, el diagnóstico discutido en Lewin, P<em>olitical Undercurrents</em>.</p>
<p>74.     J. Kornai, <em>Growth, Shortage and Efficiency</em> (Oxford, 1982), p. 90.</p>
<p>75.     M. Wolf, ‘Death Rattle of the Stalinist War Economy’, <em>Survey on the Soviet Union</em>, <em>Financial Times</em>, 12 Mar. 1990.</p>
<p>76.     Id., ‘Measures of the Task Ahead’, <em>Survey on the Soviet Union, Financial Times</em>, 12 Mar. 1990.</p>
<p>77.     Esos cambios constituyen el tema principal de dos libros de Nigel Harris, <em>Of Bread and Guns </em>(Harmondsworth, 1983), and <em>The End of the Third World</em> (London, 1986); para un intento de reevaluar alunos de los  argumentos más extremos hechos en estos textos, ver A. Callinicos, ‘Imperialism, Capitalism and the State Today’, <em>International Socialism</em>, 2:35 (1987).</p>
<p>78.     Citado en Harris, <em>End</em>, p. 212 n. 9.</p>
<p>79.     Ver C. Harman, <em>Class Struggles in Eastern Europe, 1945-83</em> (London, 1983), ch. 9.<strong> </strong></p>
<p>80.     Ver, id., ‘The Storm Breaks’, pp. 44-7. El proceso entero de análisis está profundamente en deuda con este artículo.</p>
<p>81.     B. Kagarlitsky, <em>The Dialectic of Change </em>(London, 1990), p. 284.</p>
<p>82.     M. Lewin, <em>The Gorbachev Phenomenon </em>(London, 1988), pp. 31-2.</p>
<p>83.     Hough, <em>Russia</em>, p. 93.</p>
<p>84.     Ver, por ejemplo, Kagarlitsky, <em>Dialectic</em>, ch. 6, y Lewin, <em>Gorbachev Phenomenon</em>, ch. 3.</p>
<p>85.     Kagarlitsky, <em>Dialectic</em>, p. 292.</p>
<p>86.     Ver K. M. Simis, <em>USSR &#8211; Secrets of a Corrupt Society </em>(London, 1982).</p>
<p>87.     S. F. Cohen, ‘The Friends and Foes of Change’, in id. et al. (eds), <em>The Soviet Union since Stalin</em> (London, 1980).</p>
<p>88.     Comparar los muy diferentes informes en Hough, <em>Russia</em>, chs 6-7, and Z. Medvedev, <em>Gorbachev</em>, rev. edn (Oxford, 1987), Part 1.</p>
<p>89.     T. Ali, <em>Revolution from Above</em> (London, 1988), p. xii.</p>
<p>90.     Medvedev, <em>Gorbachev</em>, pp. 191, 285.</p>
<p>91.      A. de Tocqueville, <em>The Ancien Regime and the French Revolution</em> (London, 1966), p. 196.</p>
<p>92.     C. Harman, ‘The Stalinist States’, <em>International Socialism</em>, 42 (1970), p. 14.</p>
<p>93.     T. G. Ash, <em>The Uses of Adversity </em>(Cambridge, 1989), p. 276.</p>
<p>94.     P. Anderson, ‘Modernity and Revolution’, in C. Nelson and L. Grossberg (eds), <em>Marxism and the Interpretation of Culture</em> (Basingstoke, 1988), p. 332.</p>
<p>95.     ‘Themes’, <em>NLR</em>, 178 (1989), pp. 1-2.</p>
<p>96.     T. G. Ash, ‘New Faces for Old in Eastern Europe’, <em>Spectator</em>, 17 Mar. 1990, p. 9.</p>
<p>97.     V. Havel, &#8216;Anti-Political Politics&#8217; in J. Keane (ed.), <em>Civil Society and the State </em>(London, 1998), pp. 395, 392, 394.</p>
<p>98.     N. Ascherson, ‘Who Would Have Thought It?’, <em>London Review of Books</em>, 8 Mar. 1990, p. 6. See also T. G. Ash, ‘Does Central Europe Exist?’, in id., Uses.</p>
<p>99.     <em>Financial Times</em>, 29 Nov. 1989.</p>
<p>100.   N. Ascherson, ‘Old Conflicts in the New Europe’, <em>Independent on Sunday Sunday Review</em>, 18 Feb. 1990, p. 4.</p>
<p>101.   L. D. Trotsky, <em>Writings (1933-34), </em>(New York, 1972), pp. 102-3.</p>
<p>102.   Cliff, <em>State Capitalism</em>, p. 195.</p>
<p>103.   T. G. Ash, <em>We the People, </em>(Cambridge, 1990), p. 141.</p>
<p>104.   J. Kuron and K. Modzelewski, <em>A Revolutionary Socialist Manifesto</em> (London, 1968).</p>
<p>105.   M. Matthews, <em>Privilege in the Soviet Union </em>(London, 1978).</p>
<p>106.   Ver, por ejemplo, J. F. Hough, <em>The Soviet Prefects</em> (Cambridge, Mass., 1969).</p>
<p>107.<em> Financial Times</em>, 3 Oct. 1989.</p>
<p>108.<em> Ibid</em>., 19 Jan. 1990.</p>
<p>109.<em> Ibid</em>., 13 Jan. 1990.</p>
<p>110.   <em>Ibid</em>., 28 Feb. and 13 Mar. 1990.</p>
<p>111.   Harman, ‘The Storm Breaks’, pp. 64ff.</p>
<p>112.   <em>Financial Times</em>, 13 Mar. 1990.</p>
<p>113.   <em>Ibid</em>., 3 Oct. 1989.</p>
<p>114.   L. D. Trotsky, <em>The Revolution Betrayed </em>(New York, 1972), p. 288.</p>
<p>115. <em> Financial Times</em>, 17 Apr. 1990.</p>
<p>116.   <em>Ibid</em>., 18 Apr. 1990.</p>
<p>117.   Ash, <em>We the People</em>, p. 45.</p>
<p>118.   <em>Financial Times</em>, 21 May, 1990.</p>
<p>119.   <em>Survey on the Soviet Union,</em> <em>Financial Times</em>, 12 Mar. 1990.</p>
<p>120.<em> Socialist Worker,</em> 22 Jul. 1989. Un detallado recuento de las huelgas de los mineros se encuentra en T. Friedgut and L. Siegelbaum,  ‘Perestroika from Below’, <em>NLR</em>, 181 (1990).</p>
<p>121.<em> Independent</em>, 7 Feb. 1990.</p>
<p>122.<em> Financial Times</em>, 14 Feb. 1990.</p>
<p>123.   Ver la entrevista a Oleg Voronin, <em>Socialist Worker</em>, 2 Mar. 1990.</p>
<p>124.<em> Independent</em>, 8 Feb. 1990.</p>
<p>125.   Harman, ‘Stalinist States’, p. 17.</p>
<p>126.<em> Financial Times</em>, 27 Jan. 1990.</p>
<p>127.<em> Ibid</em>., 20 Nov. 1989.</p>
<p>128.   B. Kagarlitsky, ‘The Importance of Being Marxist’, <em>NLR</em>, 178 (1989) pp. 32-3.</p>
<p>129.<em> Financial Times</em>, 19 Feb. 1990.</p>
<p>130.<em> Independent</em>, 13 Apr. 1990.</p>
<p>131.<em> Financial Times</em>, 19 Jan. 1990.</p>
<p>132.   Quoted in Harman, ‘The Storm Breaks’, p. 81.</p>
<p>133.<em> Socialist Worker,</em> 2 Mar. 1990. Ver también B. Kagarlitsky, <em>Farewell Perestroika</em> (London, 1990).</p>
<p>______</p>
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		<title>Chile 1973. Revolución y contrarrevolución</title>
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		<pubDate>Thu, 06 Jan 2011 16:29:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Socialismo Internacional</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://socialismointernacional.files.wordpress.com/2011/01/chile-1973-revolucic3b3n-y-contrarrevolucic3b3n.jpg"><img class="alignleft size-full wp-image-364" title="Chile 1973. Revolución y contrarrevolución" src="http://socialismointernacional.files.wordpress.com/2011/01/chile-1973-revolucic3b3n-y-contrarrevolucic3b3n.jpg?w=191&#038;h=270" alt="" width="191" height="270" /></a>Los eventos ocurridos en Chile configuran una paradoja dramática. La clase trabajadora ejercía su poder directamente en defensa de sus conquistas. En la medida en que esa defensa comenzó a crecer, se transformó en un desafío para el propio Estado burgués. La respuesta de la dirección política tradicional del movimiento obrero, fue intentar por todos los medios restaurar el poder de aquel Estado. Este era el contexto en el cual una clase dominante aterrorizada, se movería para la decisión más bárbara y brutal de la lucha de clases –el golpe militar del 11 de Septiembre de 1973. Este folleto recorre los principales acontecimientos acaecidos en aquellos años, las acciones de la burguesía, del gobierno, los militares, la izquierda y los trabajadores. E intenta sacar algunas conclusiones para el accionar revolucionario de estos tiempos, donde la conquista del poder por parte de los trabajadores, sigue siendo condición de cualquier transformación socialista revolucionaria.</p>
<h6><strong>MIKE GONZÁLEZ (1985)</strong></h6>
<p><span id="more-362"></span></p>
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<p>El día 27 de Octubre de 1972 los camioneros pararon sus vehículos, en un acto conciente de hostilidad. No eran asalariados sino propietarios de camiones, algunos de ellos de grandes flotas que transportaban mercaderías por las carreteras de este país extenso y delgado. Era una huelga patronal.</p>
<p>El tamaño limitado de las redes ferroviarias nacionales, les daba a estas flotas de camiones un papel económico crucial y una fuerza real,[1] en caso de optar por utilizarla. En aquel mes de Octubre la decisión del gobierno de nacionalizar una pequeña firma transportadora del extremo sur del país, en Aisen, proporcionó el pretexto para la agitación. La decisión de la huelga fue anunciada por León Vilarín, el líder de la organización de camioneros. El propio Vilarín, abogado, era un conocido político de extrema derecha.[2] La huelga no era simplemente el producto de una pequeña conspiración. Era un movimiento clave dentro de una estrategia en la cual los camioneros cumplirían el papel de fuerza de choque, para una clase decidida a reasumir el control sobre el Estado chileno, el cual ella sentía haber perdido.</p>
<p>La huelga de Octubre inició una fase en aquella estrategia política y económica. Los meses anteriores habían presenciado un nivel creciente de movilización de la clase media y algunas victorias políticas contra el gobierno. Durante Octubre los líderes de la oposición de derecha habían juzgado que el tiempo era propicio para pasar a la ofensiva y derrumbar el gobierno.</p>
<p>Cuando eso ocurrió, los eventos tomaron una dirección inesperada, tanto para la burguesía chilena como para el gobierno de Salvador Allende. La victoria de Allende en las elecciones presidenciales de 1970, colocó toda la cadena de eventos en movimiento. Allende había sido llevado al poder por las luchas de la clase trabajadora, a las cuales la burguesía había sido incapaz de dar cualquier respuesta. Asumida oficialmente la Presidencia en Diciembre de 1970, Allende comenzó una serie de medidas de reforma social y económica bastante limitadas. En sí mismas, las reformas sólo eran ofensivas a los sectores más estrechamente ligados a la clase dominante.[3]</p>
<p>Pero la burguesía chilena veía esas reformas como una amenaza política, no tanto por su contenido sino por causa del contexto en el cual estaban siendo implementadas. La elección de Allende había sido el resultado de un crecimiento en la confianza política de la clase trabajadora, y la victoria aumentó esa confianza y su fuerza. Durante los primeros nueve meses del nuevo gobierno, la dirección política de la burguesía estaba en desorden: su respuesta política se limitaba a bloquear acciones en los tribunales y el parlamento, y a realizar actos de protesta y manifestaciones de descontento con el objetivo de reorganizar a su propia clase.</p>
<p>Pero hacia el final de 1972, los líderes activos de la derecha –como Vilarín– juzgaron que el apoyo obrero de Allende estaba decayendo. Los sucesos económicos del primer año, habían dado camino a una creciente crisis económica que se manifestaba en la inflación, en la disminución de la inversión y en la disminución intencional de la producción.[4] El gobierno de Allende se encontraba en creciente conflictividad con los trabajadores y campesinos que lo habían apoyado, a medida que con cada vez mayor desespero, procuraba asegurarle a la burguesía que estaba preparado a hacer concesiones sobre cualquier reforma a emprender. La situación económica se tornaba cada vez más difícil y las estrategias de defensa de la clase dominante –básicamente una disminución sistemática tanto en la producción como en la distribución, junto con un rechazo a invertir–, estaban ahora dando lugar a una tentativa más sólida de crear el caos económico.</p>
<p>La huelga de los camioneros era parte de este esfuerzo. Esto podía no haber sucedido, si la clase trabajadora estuviese dando un salto político hacia delante y estuviese tomando el control de las calles y de las fábricas. Por dos veces en menos de doce meses, las organizaciones de la clase trabajadora tomaron la iniciativa política y derrotaron a la burguesía movilizada en confrontaciones directas. Y por dos veces los dirigentes políticos tradicionales de los trabajadores, que compartían el control del Estado con Salvador Allende, mostraron que ellos mismos tenían más miedo de la fuerza y la organización de los trabajadores chilenos, que de sus enemigos de clase.</p>
<p>Los eventos ocurridos en Chile configuran una paradoja dramática. La clase trabajadora ejercía su poder directamente en defensa de sus conquistas. En la medida en que esa defensa comenzó a crecer, se transformó en un desafío para el propio Estado burgués. La respuesta de la dirección política tradicional del movimiento obrero, fue llamar a los militares para restaurar el poder de aquel Estado. Este era el contexto en el cual una clase dominante aterrorizada, se movería para la decisión más bárbara y brutal de la lucha de clases –el golpe militar del 11 de Septiembre de 1973.</p>
<p>En los años posteriores al golpe, el ejemplo chileno fue usado en todo el mundo tanto por los partidos comunistas como por la socialdemocracia, como una evidencia de que en las condiciones de aquel período, cualquier proceso de cambio debía estar condicionado a la aceptación de la burguesía –el “compromiso histórico”. De hecho, en ese tiempo, Chile fue usado para justificar la renuncia de esos partidos a la lucha para llevar a la clase trabajadora al poder.[5]</p>
<p>Entre tanto, la conclusión propuesta por esos partidos, implicó falsificar y rescribir la experiencia real de aquel dramático período de lucha de clases.</p>
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<h3>LAS LIMITADAS PROMESAS DE LA UNIDAD POPULAR</h3>
<p>Salvador Allende había llegado al poder como representante de una coalición de seis partidos, llamada Unidad Popular (UP). Era su sexta aparición como candidato de un amplio frente de este tipo. Los principales componentes de la UP eran el Partido Socialista, del cual Allende era miembro, y el Partido Comunista Chileno. Ambas organizaciones podían con justicia reclamar la condición de dirección política de la clase trabajadora chilena. La hegemonía de esos partidos era el producto de una historia consistente de luchas proletarias, iniciada con las heroicas huelgas de los trabajadores de las minas de sal en la primera década del siglo.</p>
<p>El Partido Comunista Chileno fue fundado en 1920 por Luis Emilio Recabarren, uno de los dos más importantes organizadores revolucionarios de América Latina. El Partido Socialista,6 creado en los inicios de los años 1940, también reclamaba credenciales revolucionarias –de hecho, todavía en 1970, su carta de principios proclamaba su compromiso con el derrumbe armado del Estado capitalista. Pero ambos partidos habían demostrado una firme opción en favor de alianzas electorales, formando amplias organizaciones frentistas en cada elección presidencial, de seis en seis años. Pero sus raíces en la clase trabajadora eran profundas, y fue eso lo que proporcionó el 36% de los votos, conquistados por Allende en la elección de 1970.</p>
<p>Una vez que Allende obviamente no consiguió la mayoría electoral, la victoria de la Unidad Popular fue frecuentemente atribuida a las divisiones al interior de la burguesía.[7] Ciertamente las organizaciones burguesas habían caído en disputas internas y el fraccionalismo después del insuceso de la “Revolución en Libertad” –el programa de desarrollo y reforma controlada prometido por el gobierno demócrata-cristiano de Eduardo Frei (1964-1970). Pero una explicación basada en los problemas de la burguesía, ignora el papel activo de la clase trabajadora.</p>
<p>La incapacidad del gobierno de Frei para realizar las reformas prometidas, había puesto en marcha un movimiento obrero crecientemente combativo. En 1967, por ejemplo, la revocación por el gobierno de la prohibición de sindicatos rurales, coincidió con el pasaje de la legislación de reforma agraria por el parlamento. Esa medida se había enfrentado con la resistencia inflexible de la oligarquía de propietarios rurales, una clase que Frei no estaba preparado para confrontar, ni deseaba hacerlo.</p>
<p>La reforma agraria, cuya intención era crear una clase estable de pequeños agricultores, buscaba aliviar las tensiones rurales. El resultado fue totalmente el opuesto. Aquellos que tuvieron esperanza de beneficiarse con la reforma de tierras, y que por ese motivo habían votado a la democracia cristiana, se sentían engañados. Los campesinos sin tierra, a quienes nada había sido prometido, ya habían comenzado una oleada de ocupación de tierras.</p>
<p>Frei había prometido crecimiento industrial, y esa promesa atraía a los desempleados rurales a la ciudad. Multitudes de inmigrantes rurales se habían establecido anteriormente en las áreas obreras, ocupando y habitando lotes vacíos, comenzando a organizarse y a luchar por su derecho a viviendas y servicios básicos.[8] Esas organizaciones ocuparían un lugar importante en los eventos de 1972-1973.</p>
<p>Tanto los campesinos sin tierra como los inmigrantes sin techo, se situaban por fuera de las organizaciones tradicionales de la clase trabajadora y su dirección política. Estaban por lo tanto abiertos a la influencia política de un tercer sector radicalizado de aquel momento –el movimiento estudiantil. En 1968-1969 se había desarrollado en Chile un gran movimiento por la reforma educativa, que culminó en una gran manifestación en Santiago, capital del país. Pero otras corrientes fluirían hacia ese movimiento. Una generación de jóvenes revolucionarios había sido influida por la Revolución Cubana de 1959, y el romanticismo revolucionario simbolizado por el Che Guevara. En Chile esa corriente encontró expresión en la formación durante 1965, del MIR –el Movimiento de Izquierda Revolucionaria.</p>
<p>Los experimentos reformistas de Frei habían intentado crear una alternativa no revolucionaria, pero su fracaso terminó produciendo un segundo grupo de jóvenes reformadores radicalizados: organizados en el MAPU –el Movimiento de Acción Popular Unificada– parte de la izquierda cristiana.[9] Su principal esfuerzo había sido dirigido a la organización del programa de reforma de tierras. Cuando el gobierno de Frei pareció abandonar su compromiso con ese programa, el MAPU adhirió a la UP.</p>
<p>La crisis del gobierno de Frei no afectó en nada a los sectores que no estaban organizados anteriormente. Dentro del Partido Socialista, una división política de larga data se proyectó en un debate sobre qué debería ocupar el lugar central en las actividades del partido: si la organización sindical o la elección parlamentaria.[10] Ese debate no resurgió por accidente, sino por la presión que determinaba el desarrollo del movimiento obrero.</p>
<p>En 1968 la federación sindical chilena, la CUT, había llamado a una huelga nacional de protesta contra los planes antihuelguísticos del gobierno de Frei. Los hechos ocurridos durante la huelga aumentaron la combatividad de la clase trabajadora. En 1968-1969, los trabajadores habían sufrido un aumento de precios de cerca del 50%, desempleo creciente y respuestas cada vez más represivas por parte del gobierno. Las huelgas habían aumentado en número, pasando de 1.939 huelgas que movilizaron a unos 230.725 trabajadores en 1969, a 5.995 huelgas que movilizaron a unos 316.280 trabajadores en 1970.</p>
<p>Ese era en tanto el clima en 1970, cuando Allende ganó la elección presidencial. El programa político de la UP intentaba conciliar los intereses conflictivos de las fuerzas sociales que sustentaban la coalición. En cualquier caso, Allende propuso realizar solamente aquellas reformas que pudiesen ser realizadas en base a la legislación existente, y que pudiesen efectivizarse con la aprobación del Congreso, dominado por la derecha. Eso colocó severos límites sobre lo que era posible hacer en realidad, y efectivamente permitió que la derecha determinase los ritmos del cambio. Dadas esas perspectivas claramente electoralistas, Allende no haría nada que le llevara a perder a los electores de clase media –los tan alardeados “sectores medios”–, que podrían brindar una mayoría parlamentaria. Paradojalmente él podía ganar esos votos, solamente en la medida en que el gobierno mostrase claramente su capacidad para frenar la actividad de la clase trabajadora.</p>
<p>En el plano económico, la UP pretendió completar el programa incompleto de Frei, de crecimiento y modernización por el aumento del consumo, a través de un aumento salarial general, reactivando de ese modo buena parte de la capacidad industrial ociosa de Chile. En la agricultura, Allende se encargó de llevar adelante la Ley de Reforma Agraria de 1967, sin alterar nada, incluidas las reservas para generosas indemnizaciones a los propietarios, y dando garantías para que estos pudieran mantener para uso propio los 500 acres más ricos, y lo mejor de su maquinaria agrícola.</p>
<p>El elemento central del paquete de la UP, entre tanto, era la nacionalización sin indemnización de las minas de cobre, de propiedad norteamericana.[11] Las compañías norteamericanas no habían invertido nada en varios años, y la nacionalización por parte del gobierno de Allende le permitía controlar la principal industria de exportación de Chile. Por otro lado, y al mismo tiempo que el programa de la UP abrazaba la nacionalización de los intereses industriales y financieros claves del país, dejaba a la mayoría de las empresas en manos privadas.[12] La UP esperaba pasar al sector estatal apenas 150 de las 3.500 firmas industriales, representando estas últimas el 40% de la producción total, y así mismo esa cifra fue reducida más tarde.</p>
<p>No había nada de revolucionario en el programa de la UP, a pesar de que medio mundo creía que Chile había elegido su primer presidente “marxista”. Su contenido difería poco con el programa de reformas de Frei, siguiendo un plan keynesiano ortodoxo para reactivar la economía. No contenía ningún desafío a los dominios del capital privado. Por el contrario, dio a la burguesía industrial un conjunto de garantías y proveyó a los propietarios de tierras con generosas indemnizaciones.</p>
<p>La real diferencia entre la UP y Frei estaba en la relación entre la UP y la clase trabajadora. Su principal contribución para la recuperación capitalista chilena, era que podía controlar a la clase trabajadora y exigir apoyo de los trabajadores para el programa de crecimiento económico.</p>
<p>Pero esto no era suficiente para calmar las sospechas de la burguesía. Y como prueba final de su respeto por el Estado burgués y de su compromiso con su sobrevivencia, para obtener el permiso de los partidos de derecha para asumir la Presidencia, Allende aceptó un “Estatuto de Garantías”.[13] Ese documento prometía que el gobierno de Allende respetaría al Estado y sus estructuras, y dejaría intactos todos aquellos instrumentos que la burguesía había desarrollado para defender sus intereses de clase –el sistema educativo, la Iglesia, los medios de comunicación y las fuerzas armadas. El Estatuto fue mantenido prácticamente en secreto, y nunca fue presentado a los seguidores de la UP. Su existencia torna cínicas y oportunistas las afirmaciones hechas por algunos teóricos del Partido Comunista, de que la UP había “tomado parte del poder”, a partir de donde se podría lanzar un asalto sobre las restantes instituciones del Estado. En realidad, el Estatuto era una promesa de no realizar ninguna transformación fundamental de la sociedad chilena.</p>
<p>Así mismo, la estrategia de la UP presumía una colaboración entre el capital privado y el Estado para alcanzar el crecimiento económico. Algunos bancos y compañías de seguros, al igual que las minas de cobre, serían nacionalizadas, pero el gobierno ofrecería un conjunto de subsidios estatales al capital privado. La meta a largo plazo, era una economía mixta de tres sectores –estatal, privado y mixto.</p>
<p>La estrategia de la UP implicaba claramente, una colaboración paralela en el plano político. Cuando Allende hablaba de “poder popular” en su discurso de asunción,[14] él ciertamente no estaba refiriéndose a cualquier iniciativa de la base o a una lucha por el poder de los trabajadores. El “Estatuto de Garantías” y el permanente diálogo de Allende con la burguesía, sumado a sus continuos llamamientos a la calma y autodisciplina de la clase trabajadora, dejaron la iniciativa política a la burguesía.</p>
<p>Organizaciones como aquellas que fueron formadas con el apoyo del gobierno en los primeros meses de 1971, eran esencialmente instrumentos para realizar o ganar apoyo para las medidas gubernamentales –como es el caso de los Comités Locales de Provisión y Distribución (JAPs) o los “núcleos” de la UP, sus comités. Obviamente existieron muchas referencias de Allende al “poder popular” en sus primeros meses de gobierno, que significaban una aceptación incuestionable de las decisiones de la dirección de la UP.</p>
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<h3>RUMORES DE DESCONTENTO</h3>
<p>Durante su primer año de gobierno, Allende permaneció con la credibilidad prácticamente intacta. No obstante, tensiones no resueltas existían por debajo de la superficie. Pues su victoria electoral había sido la respuesta a un nivel creciente de luchas, ella también cobijaba la idea de que era posible obtener conquistas a través de la lucha. Muchos sectores de trabajadores y campesinos no veían razón para que la llegada de Allende al palacio presidencial, llevase a una desmovilización. Las organizaciones de campesinos sin tierra, por ejemplo, confiadas en el compromiso de la UP con la reforma agraria, intensificaron sus ocupaciones de tierras. En Mayo de 1971, Allende llamó a parar las ocupaciones de tierras, y a esperar el proceso legal. El también convocó a la dirección del MIR, que gozaba de influencia sobre las organizaciones de campesinos y moradores de la periferia, y los reprendió por actuar fuera del marco legal.</p>
<p>En ese momento Allende estaba deseando discutir esta cuestión, pero sus ataques y los de sus compañeros a estas y otras iniciativas independientes, se intensificaron a medida que fue pasando el primer año. Las organizaciones obreras, por otro lado, generalmente exhibían mayor obediencia. Hubieron pocos enfrentamientos entre los trabajadores organizados y el gobierno, en la primera mitad de 1971. Eso fue porque por un lado, los partidos de la UP controlaban firmemente a los sindicatos, y por otro, los miembros de los sindicatos habían sido los principales beneficiados de los aumentos salariales y de los nuevos empleos resultantes de la reactivación económica. En el primer año, los salarios de los trabajadores manuales subieron cerca de un 38%, y los de los trabajadores no manuales, cerca de un 120%. El desempleo cayó por debajo del 10% y el PBI creció cerca de un 8%.[15]</p>
<p>La relativa tranquilidad de los primeros meses, era la calma que antecedería a la tormenta. La burguesía estaba solamente cicatrizando sus heridas, esperando el momento adecuado para un contraataque. Los industriales chilenos no habían dejado pasar en vano 1971, puesto que ellos exportaban todo lo que les permitía su capital, y no reinvertían nada –incluso, en muchos casos los subsidios gubernamentales eran los únicos fondos que entraban en las fábricas.[16] El creciente nivel de vida de los trabajadores acarreó un aumento dramático en las demandas de consumo, y la resultante escasez de productos se vio exacerbada por el sistemático almacenamiento de bienes por parte de la clase media. La atmósfera de escasez e inseguridad proporcionó a la burguesía las circunstancias para lanzar su primer desafío a Allende.</p>
<p>El momento fue escogido cuidadosamente. En Noviembre de 1971, Fidel Castro visitó Chile. En el segundo día de su visita él fue saludado por una manifestación, la “marcha de las ollas vacías”. Organizada por los partidos de derecha, centenares de mujeres de clase media salieron a las calles mostrando ollas vacías, para simbolizar la escasez. La ironía es que muchas de ellas llevaban consigo a sus empleadas –probablemente para que las ayudaran a cargar las ollas, que pocas de estas señoras habían usado alguna vez.</p>
<p>Pero por detrás de estas protestas por la escasez de bienes, había otros propósitos de mayor alcance: movilizar a la clase media, alertar a la burguesía a escala internacional sobre las batallas que vendrían, y expresar el escepticismo burgués en cuanto a la capacidad de la UP para contener a la clase trabajadora.</p>
<p>Esto último tenía fundamento, puesto que a pesar de los llamados de la UP y de sus ataques poco velados contra huelguistas y ocupantes, Allende no había sido capaz de controlar internamente al movimiento obrero. Entre Enero y Diciembre de 1971, el número de huelgas llegó a 1.758 y hubieron 1.278 invasiones de tierra.[17]</p>
<p>Los partidos burgueses respondieron con ataques al gobierno, buscando la caída del Ministro del Interior, José Toha, y bloqueando las medidas de nacionalización en el Parlamento. Fuera del Parlamento, ellos se quejaban de las “ocupaciones ilegales (que no lo eran) resultado del trabajo de la ultraizquierda; las cuales eran también las acciones espontáneas de grupos de campesinos, trabajadores y mineros”.[18]</p>
<p>Curiosamente Allende y sus enemigos, concordaban en el punto de que la mayor amenaza al diálogo –sobre el cual se basaba su estrategia– era la acción independiente de la propia clase trabajadora. El plan económico de la UP para 1972, fue ampliamente discutido con los grupos de oposición y con organizaciones de profesionales y tecnócratas. Con todo, en ningún momento dicho plan fue discutido públicamente o sometido a la aprobación de los sindicatos. Era poco sorprendente, por tanto, que los trabajadores respondiesen al crecimiento del mercado negro, la escasez y el incremento de la inflación, con la reactivación de sus tradicionales organizaciones de lucha –en particular los sindicatos– para proteger los triunfos que habían conquistado.</p>
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<h3>DIVISIONES EN LA COALICIÓN</h3>
<p>Al comenzar el segundo año de gobierno de la UP, la ofensiva de la derecha y la respuesta de los trabajadores a ella, provocó un nuevo debate. Puesto que la reacción de Allende a estos acontecimientos fue la de atenuar los temores burgueses, eso creó tensiones en las relaciones entre la UP y quienes la apoyaban, y provocó cuestionamientos profundos sobre el llamado “camino chileno al socialismo”. Dos estrategias muy diferentes coexistían dentro de la UP, y estas demandaban una resolución. ¿Debería la UP apostar por los trabajadores en su lucha para defender su nivel de vida e impedir que la burguesía minase sus triunfos del año anterior, o no? Y si se respondía afirmativamente: ¿qué estrategia política implicaría tal apoyo?</p>
<p>Esta fue la cuestión central que discutieron los representantes políticos de las organizaciones de la UP cuando se reunieron en conferencia en El Arrayán en Febrero de 1972, y nuevamente en la conferencia de El Curro en Junio del mismo año. El debate sobre la estrategia futura de la UP estuvo centrado en la cuestión titulada como “Consolidar o Avanzar”.</p>
<p>El ala derecha argumentaba sobre la necesidad de detener el proceso de reformas, consolidar lo que se había ganado, y buscar un apoyo electoral más amplio antes de ir hacia delante. Efectivamente esto hipotecaría el “camino chileno al socialismo” para los sectores de clase media, a quien la derecha dedicaba tanta atención. El ala izquierda abogaba por acelerar el ritmo de las reformas, profundizando el proceso de nacionalización y por ponerse al frente de las luchas. La clase trabajadora, argumentaban ellos, había mostrado estar pronta para llevar la lucha adelante: ¿sus dirigentes políticos osarían ponerse al frente de la clase?</p>
<p>Durante todo el debate ningún argumento de cualquiera de las organizaciones, proponía actuar por fuera de la UP.[19] La discusión siempre se daba entorno a qué debería hacer la UP, a partir de su posición dentro del Estado.</p>
<p>El Partido Comunista y la derecha del Partido Socialista en la dirección de Allende, argumentaban que el gobierno no debería ir adelante en la expansión del sector estatal. Debería reafirmar su disposición a negociar con la burguesía, demostrando en la práctica que podía controlar a la clase trabajadora. Y debería buscar un amplio consenso para su política. Tal compromiso, se esperaba que llevaría a la burguesía a respetar los triunfos ya adquiridos –ahora que los hechos ya habían demostrado que lo opuesto era verdadero.</p>
<p>Los argumentos en contra vinieron del MAPU, de la izquierda cristiana y de la izquierda del Partido Socialista –con el apoyo del MIR, aunque esa organización no estuviera presente en las discusiones. A la izquierda le urgía la necesidad de extender el sector público, reafirmar el compromiso original de la UP de nacionalizar las 90 mayores firmas –por decisión gubernamental, ese número había sido reducido a 43–, y se enfrascó activamente en una lucha ideológica para ganar nuevos apoyos.</p>
<p>Los desacuerdos entre las alas izquierda y derecha eran más cuantitativos, que cualitativos. Su “radicalismo numérico” nunca llevó a cuestionar la relación entre el Estado y el capital privado, ni el control y la dirección de la economía como un todo. Toda la izquierda parecía concordar en que “parte del poder” había sido conquistado, y nadie expresó preocupación por las otras “partes del poder” que Allende había garantizado a la burguesía. Con frecuencia, este tema estaba prendido con retóricas confusas.</p>
<p>El MAPU convocaba al gobierno a “usar el aparato estatal con estilo de masas”. Difícilmente esto podía constituir una política alternativa. La indecisión del MAPU ya había sido revelada en su propia conferencia nacional en Enero de 1972. Ella había dado un apoyo vigoroso a un nuevo plan conjunto de la CUT-UP para la participación en la industria, lo que en realidad era un camino de nacionalización, y se había juntado con el resto de la UP condenando el “ultraizquierdismo” del MIR. Su lealtad, al final: ¿era con el ala izquierda o con el ala derecha?[20]</p>
<p>Leyendo las discusiones y debates que ocurrían en las conferencias de la UP, se constata un creciente estado de irrealidad. Los buenos y conmovedores discursos ignoraban el hecho de que la futura dirección del proceso político chileno, estaba siendo determinada fuera del Congreso y bien lejos del Palacio de la Moneda. En Enero, antes de la conferencia en El Arrayán, Allende ya se había rendido a las exigencias de que José Toha fuese destituido, por haber insultado a las Fuerzas Armadas, y había aceptado su renuncia.</p>
<p>En Marzo, Kennecott –una compañía norteamericana de cobre, cuya filial chilena había sido nacionalizada– llamó a un boicot mundial al cobre chileno, y el senador demócrata-cristiano Carlos Hamilton presentó al Congreso la primera de una serie de mociones destinadas a paralizar cualquier nacionalización futura. La respuesta de Allende a este hecho fue tan débil, que en Abril se sintió obligado a realizar un movimiento conciliador con la izquierda de la UP, abriendo conversaciones formales con el MIR como un gesto para la izquierda en general –aunque no demostraba ninguna intención de solucionar sus diferencias estratégicas con esta organización.</p>
<p>El día 12 de Mayo lo que estaba por venir, fue claramente revelado en un incidente ocurrido en la gran ciudad industrial de Concepción. Una organización estudiantil de derecha anunció su intención de marchar sobre la ciudad. Una contramanifestación fue convocada por un importante número de organizaciones de izquierda, incluido el MIR. El Alcalde comunista decretó la prohibición general de cualquier manifestación, y llamó a la policía antimotines para reprimir las mismas. La violencia ocurrida dejó un militante del MIR muerto. La respuesta del gobierno a través de su portavoz comunista, Daniel Vergara, fue la de condenar toda violencia, fuera de derecha o de izquierda.[21]</p>
<p>También en Mayo, un congreso nacional de los trabajadores textiles, rechazó la simple participación de los trabajadores, y en vez de eso, exigió el control de la industria por parte de los propios trabajadores. La respuesta a eso se dio en Junio, con el anuncio de un nuevo gabinete de la UP que notablemente no incluía a Pedro Vuskovic, un independiente de izquierda cuya identificación pública con una política de avanzar las nacionalizaciones lo habían vuelto blanco favorito de la derecha.</p>
<p>En el mismo mes, la conferencia de la UP sobre estrategia fue de nuevo realizada en El Curro, donde el ala derecha consiguió asegurarse una victoria. Una de las razones para esto fue que la izquierda no tenía una alternativa clara para ofrecer, incluso con los socialistas del ala izquierda intentando comenzar a discutir en El Curro, algunas de las demandas por una “Asamblea Popular” o una “Asamblea del Poder Popular” que habían surgido del congreso de los trabajadores textiles.[22] Al mismo tiempo, la conferencia de la UP retomó sus conversaciones con los demócrata-cristianos (ellas habían sido temporalmente suspendidas un mes antes) y reafirmó su compromiso en perseguir la paz social y el cumplimiento de la ley. Lo que esto significaba en la práctica, fue entretanto dramáticamente revelado en Melipilla, una ciudad próxima a Santiago durante el mes de Junio de 1972.</p>
<p>Allí, varias de las haciendas tenían grandes superficies para ser expropiadas en base a la Ley de Reforma Agraria, pero un juez local, Olate, había colocado reiteradamente obstáculos legales en el camino de la redistribución de la tierra, colaborando consistentemente con los propietarios locales. El día 22 de Junio, una manifestación en el centro de la ciudad, terminó con la prisión de 22 dirigentes de la organización de los trabajadores rurales. Una serie de manifestaciones de protesta ocurrieron enseguida. El día 30 todas las carreteras de acceso a la ciudad fueron bloqueadas. El día 12 de Julio una manifestación de masas marchó hacia el centro el Santiago, exigiendo la liberación de los 22 dirigentes, y demandó la dimisión inmediata del juez Olate. El gobierno se negó a intervenir.[23]</p>
<p>Los incidentes en Melipilla tenían un significado mucho más profundo de lo que a primera vista podía verse. En el curso de la protesta, los trabajadores del área industrial vecina de Cerrillos se sumaron a sus compañeros rurales en lucha. Cerrillos era centro de una serie de disputas industriales no resueltas: al final de Junio, las fábricas textiles Perlak y Polycrom, la fábrica de aluminio Las Américas y la avícola de Cerrillos, estaban todas en huelga.</p>
<p>Los huelguistas ahora se juntaban con sus hermanos y hermanas de Melipilla. Un trabajador agrícola decía: <em>“No tenemos un peso para alimentar y mantener a nuestras familias. Y ya nos estamos hartando de esta situación”</em> –y el periodista notó que los trabajadores rurales y urbanos con los cuales conversaba, concordaban en que <em>“el Parlamento no representaba sus intereses”. </em>Los manifestantes al mismo tiempo que expresaban su apoyo a Allende, afirmaban que el Congreso y otras instituciones estatales, eran el principal obstáculo para realizar el programa de la UP.</p>
<p>La acción conjunta de los trabajadores agrícolas e industriales, abrió nuevas y diferentes posibilidades. De la lucha conjunta emergió una nueva forma de organización, forjada en el curso de las huelgas de Cerrillos, y que se autodenominaba “Cordón Industrial”. Otro Cordón se desarrolló en el área de Vicuña Mckenna. El Cordón de Cerrillos publicó una declaración a comienzos de Julio. Sus demandas de control de la producción por los trabajadores y de substitución del Parlamento por una Asamblea de Trabajadores, fueron mucho más alentadoras que cualquier de las cosas discutidas abiertamente por los partidos de izquierda. Sin embargo, a pesar de todo lo dicho, el Cordón era descrito por la revista Chile Hoy como un comité para mantener la producción e implementar decisiones gubernamentales en la economía. Su potencial como una base alternativa de organización social y política, no había pasado por la cabeza de nadie.[24]</p>
<p>El Partido Comunista y el ala derecha del Partido Socialista, ordenaron a sus miembros que se apartasen de los cordones. Toda la acción, argumentaban, se debería coordinar a través de la dirección sindical oficial, la CUT. Eso refleja la línea “consolidacionista” que había triunfado en la conferencia de El Curro. Para el ala derecha no habrían futuras incursiones contra el capital privado, ni tampoco más desafíos al Estado. Las concesiones a la burguesía, argumentaba Allende, asegurarían su respeto por los procedimientos constitucionales.</p>
<p>Parecía que solamente los trabajadores se daban cuenta de que la lucha de clases no tiene final –y que el único modo de defender lo que había sido conquistado era intensificar la lucha. La alternativa era permitir que la burguesía luchase para reconquistar lo que había perdido. Paradojalmente, el creciente apoyo popular a la UP, que se reflejó tanto en los resultados de la elección suplementaria en Coquimbo durante Julio, y en las elecciones para el ejecutivo de la CUT, expresaba la visión de los trabajadores. El ala derecha de la UP entre tanto, la interpretaba de modo diferente –como si representase una aprobación a la estrategia de colaboración de clases.</p>
<p>Las contradicciones de la situación se estaban tornando crecientemente visibles, a medida en que sucesivos incidentes llevaban al gobierno a la confrontación con sectores de trabajadores, campesinos, estudiantes, o habitantes de los barrios pobres. En Julio, miembros de un grupo de ultraizquierda que habían realizado un asalto, fueron apaleados y torturados por la policía de seguridad, a cuya cabeza estaba Manuel Contreras, señalado como parte del personal de Allende. En las áreas mineras, el gobierno lidiaba con huelgas sobre aspectos puntuales, invocando el Estado de Emergencia, con el efecto de que las áreas mineras fueron puestas bajo el control militar directo.</p>
<p>El día 18 de Agosto, policías y militares atacaron el barrio pobre de Lo Hermida, en Santiago. [26] Ellos buscaban intensivamente a un grupo guerrillero de ultraizquierda. De hecho, Lo Hermida era políticamente, una tierra de nadie para la UP. Allí como en otras áreas de casitas pobres y rancheríos, el MIR disfrutaba de una posición políticamente dominante a través de organizaciones de masas como el “Movimiento Revolucionario de los Asentamientos” [Nota de los Traductores: este último término se traduce en forma diferente según el país, como cantegriles, villas miseria, chabolas o favelas, en cualquier caso, barrios muy pobres de la ciudad. Lamentablemente, no contamos con el término original chileno].[27]</p>
<p>La operación policial se encontró con una resistencia de masas, que provocó el repliegue de las fuerzas policiales, que al día siguiente regresaron con 400 hombres armados. El ataque que realizaron dejó una persona muerta, otra fatalmente herida, 11 heridos y 160 detenidos. Allende se dirigió más tarde a pedir disculpas por el ataque a los habitantes de Lo Hermida, pero lo cierto era que el gobierno había usado el incidente para atacar a la izquierda revolucionaria, alertar a todos aquellos que estuviesen comenzando a actuar por fuera del orden constitucional, y reafirmar ante la burguesía la decisión del gobierno de garantizar la ley y el orden. Para la burguesía, los ataques como el de Lo Hermida eran escaramuzas iniciales, con las que se podría testear la fuerza y la capacidad de los militares para actuar directamente.</p>
<p>Para Allende la cuestión central era la autoridad política de la UP. La UP sin duda poseía la hegemonía política del movimiento obrero, pero la lucha en sí presentaba cuestiones políticas que no podían ser respondidas en el marco del reformismo de la UP. Si las organizaciones obreras y campesinas fuesen desmovilizadas y desmanteladas por situarse fuera del control de la UP, ¿qué garantías podría dar el gobierno de que los derechos a las protestas y las manifestaciones no serían suprimidos por la policía o amenazados por grupos armados de derecha? ¿Allende iría a desafiar a los dueños de las fábricas y a parar los sabotajes que realizaban, si los propios trabajadores no lo pidiesen? ¿Iría Allende al frente de los trabajadores en la lucha de clases, en caso de que se intensificase, o seguiría cumpliendo el papel de árbitro?</p>
<p>Fueron justamente esas cuestiones las que dominaron la Asamblea Popular realizada en Concepción a finales del mes de Julio, cuando cerca de 3.000 delegados se reunieron para discutir la coyuntura política.[28] Estos delegados representaban un amplio conjunto de organizaciones sindicales, populares y estudiantiles, así como también a organizaciones de izquierda. El único ausente fue el Partido Comunista, que describió a la Asamblea de Concepción de un modo que quedaría marcado en el tiempo, como “una maniobra reaccionaria e imperialista, que usaba a elementos de ultraizquierda como escudos”. El propio Allende en un comunicado del 31 de Julio, desarrolló la misma idea:</p>
<p><em>“Por segunda vez en tres meses, Concepción fue lugar para una acción divisionista cuyo efecto es minar la hegemonía de la Unidad Popular sobre el movimiento. No hay mínima duda de que es un proceso que sirve a los enemigos de la causa revolucionaria”.</em></p>
<p>En el mismo discurso él definió con absoluta claridad que su compromiso con la democracia burguesa y su oposición al desarrollo de un poder dual <em>“que en otras situaciones históricas surgió en oposición a una estructura de poder reaccionaria, no tenía ninguna base ni ningún apoyo social”. </em>El argumentaba que crear un poder dual en Chile era un acto de “marcada irresponsabilidad”, porque el gobierno de Chile representaba los intereses de la clase trabajadora como un todo. Ningún revolucionario sensato, concluía, puede <em>“ignorar el sistema institucional que gobierna nuestra sociedad, y que está bajo el gobierno de la Unidad Popular. Cualquiera que sugiera otra cosa, deberá ser considerado un contrarrevolucionario”.</em>[29]</p>
<p>En el interior de la propia Asamblea hubieron desacuerdos, especialmente en lo tocante a la relación con Allende. En cuanto al MAPU y la izquierda del PS, promovían que la Asamblea ejerciera presión organizada sobre el gobierno para llevar adelante su programa. El MIR llamaba a la elaboración de un programa revolucionario, construido a partir de las organizaciones de lucha representadas en la Asamblea. No existía el reconocimiento de que el ritmo acelerado de la lucha y su generalización, exigían algo más que un simple apoyo. La lógica de los eventos apuntaba a la cuestión del propio Estado: ¿que intereses representaba y defendía? Esta cuestión solo podía ser propuesta por una dirección revolucionaria, preparada para colocar el tema del poder en el orden del día.</p>
<p>Los incidentes en Lo Hermida tomaron un nuevo y siniestro significado pocas semanas después, cuando una vez más fue declarado el Estado de Emergencia, esta vez en  la provincia de Bio Bio, donde manifestantes se movilizaban para defender una emisora de radio en favor del gobierno, que estaba bajo el ataque de la derecha. Se hacía claro que Allende estaba preparado para usar el Estado contra aquellos que lo apoyaban, y llamar al ejército y la policía  para restaurar la ley existente y el orden burgués.[30]</p>
<p>A pesar de los intentos para detener el proceso, la lucha de clases estaba rápidamente saliéndose del control de Allende y de la UP. La burguesía veía sus vacilaciones como un punto a su favor, y organizó abiertamente una campaña de oposición política y de sabotaje económico. Al final de Julio el padre Sasbun, de extrema derecha, comenzó a lanzar a través del Canal 9, un llamado a la acción militar contra Allende.</p>
<p>Los líderes de la UP condenando la violencia y la guerra civil, reclamaron a la clase trabajadora que dejase al gobierno responder los ataques de la derecha. Pero el gobierno ya había demostrado que lejos de responder a esas amenazas, simplemente cedía ante ellas y depositaba su fe en policías y militares. Así, al final de Septiembre, Allende anunció una Ley de Control de Armas, claramente dirigida contra las organizaciones de trabajadores, y dejó al ejército con la tarea de desarmarlas. Ninguna de estas concesiones tuvo el efecto que Allende esperaba que tendrían. Por el contrario, cada vez que la dirección de los trabajadores declaraba su falta de voluntad de luchar, la burguesía adquiría mayor confianza y certeza de que la clase trabajadora no ofrecería respuesta a sus ataques.</p>
<p>Había cierta confianza  en los círculos de poder de la clase dominante, cuando en Septiembre los comerciantes de Chile lanzaron una huelga de protesta contra el control de precios y la falta de productos. Esa confianza fue mayor cuando el 11 de Octubre, los propietarios de camiones anunciaron el comienzo de una huelga por tiempo indefinido.</p>
<p>Ellos estaban por tener un duro choque –no con Allende y sus aliados, que continuaban negando que ahora existiera una lucha fundamental por el poder, sino con la clase trabajadora que tomó el control directo sobre la lucha y generó un conjunto de nuevas formas de organización, que ofrecían una imagen de como la lucha por el poder de los trabajadores debía ser conducida y podía ser ganada.</p>
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<h3>LA INSURRECCIÓN DE LA BURGUESÍA</h3>
<p>La huelga de los propietarios de camiones había sido bien planeada. Si bien ella contaba con la aprobación del conjunto de la burguesía, la organización neofascista Patria y Libertad era la que estaba más directamente involucrada en su organización concreta.</p>
<p>La huelga no era ni inesperada ni particularmente secreta. La huelga de los comerciantes en Septiembre y la bien organizada resistencia de la derecha en el Congreso a cualquier iniciativa de la UP, ya habían dado claras señales de que estaban por dar un salto. De cualquier modo, los diarios de izquierda habían ofrecido información detallada sobre la huelga, (su nombre en código era “Plan Septiembre”) quince días antes de ser lanzada. [31] Si todavía quedase alguna duda, un mitin de la derecha el día 10 de Octubre, en Santiago, fue notable por su atmósfera frenética y por las repetidas llamadas de todos los oradores a favor de una movilización de masas contra el gobierno. Uno de esos oradores era Vogel, un demócrata-cristiano, Vicepresidente de la CUT.</p>
<p>Pero ni Allende ni la UP ofrecieron una respuesta. En los meses anteriores Allende había resuelto cada crisis potencial llamando al ejército para restaurar el orden. En este momento, con la amenaza de los camioneros parecía que Allende estaba deliberadamente ignorando los preparativos de la derecha, haciendo de cuenta que nada estaba sucediendo. Parecía que su miedo a la actividad independiente de las masas, era mayor que su preocupación por la oposición de la derecha a su gobierno.</p>
<p>Se esperaba que el impacto de la huelga fuese inmediato. La ausencia de transporte carretero podía interrumpir todos los abastecimientos de alimentos, artículos importantes, materias primas y especialmente la distribución de alimentos para la clase trabajadora. Es más, la huelga no ocurría aislada. Los comerciantes expresaron su apoyo a la huelga cerrando sus negocios, los industriales intentaron parar sus máquinas, incluso mediante el sabotaje. Las organizaciones de profesionales médicos, abogados, dentistas y otras, votaron por la adhesión a la huelga y suspendieron toda actividad, aumentando la atmósfera de pánico. Esa era la estrategia de la derecha, usar su poder económico, un poder que aún estaba completamente intacto, para crear escasez y caos económico. La suposición era que el pánico forzaría a Allende a renunciar o, mejor aún, posibilitaría dejarlo en el poder para imponer las necesarias medidas de austeridad, separándolo así de las bases de la UP y finalmente provocarle una estruendosa derrota en las elecciones al Congreso de Marzo de 1973.</p>
<p>Si esa estrategia se frustró, fue enteramente gracias a la clase trabajadora. Para los trabajadores la situación era muy clara. El problema inmediato era mantener el sistema de transporte, mantener las fábricas abiertas y asegurarse el abastecimiento de alimentos y lo imprescindible. Grupos de trabajadores salieron a las calles a primera hora de la mañana. Cada forma de transporte disponible era requisada y conducida por voluntarios. En las fábricas los comités de vigilancia fueron adiestrados para protegerse de los sabotajes y la producción fue mantenida. En los barrios obreros, largas y pacientes filas se formaban delante de los almacenes y supermercados, los propietarios eran persuadidos de abrirlos o, en caso contrario, los establecimientos eran abiertos y mantenidos por las propias personas del local, que montaban guardia permanente.</p>
<p>En Santiago, mas de 8.000 personas se presentaron como voluntarios para choferes. En cuanto a los cordones, varios enviaron grupos de personas para conducir los transportes.[32]</p>
<p>La primera respuesta del gobierno fue característicamente confusa, agregando confusión entre los trabajadores. Allende abogó por mantener la producción, pero giró a negociar con los camioneros. Su elección del intermediario –la organización de los propietarios de ómnibus municipales– mostró ser menos que confiable. Ellos mismos se adhirieron a la huelga de los camioneros una semana después. La línea general de la UP era la de pedir disciplina, calma y obediencia al sindicato oficial y a las organizaciones políticas. Pero ni la CUT, ni la UP impartieron instrucciones específicas, y la acción inicial de llamado a la movilización de masas en respuesta a la huelga, fue retirada dos días después.</p>
<p>Los problemas provocados por la huelga, entretanto, exigían una solución inmediata. Era poco sorprendente que las respuestas más severas y decisivas, viniesen de sectores de trabajadores que ya habían desarrollado acciones en conjunto. Las fábricas que se habían organizado en los primeros cordones fueron capaces de organizarse mas rápidamente y tomar la iniciativa de organizar a otras. Elecmetal del Cordón de Vicuña-Mckenna y las fábricas Perlak, Pastas Luchetti y Cristalerías Chile, parte del Cordón de Cerrillos-Maipú, tuvieron un fuerte papel de liderazgo. Sus demandas eran radicales y claramente definidas, evocando el programa avanzado en Junio: acción inmediata contra los patrones, incluyendo nacionalización inmediata. Al mismo tiempo, otras estrategias desarrolladas por los capitalistas exigieron y encontraron una rápida y creativa respuesta.</p>
<p>En la fábrica de vidrio Cristalerías Chile, por ejemplo, la gerencia congeló la cuenta bancaria de la compañía. Los trabajadores respondieron desarrollando un sistema de distribución directa. Como un trabajador explicó: <em>“ahora nosotros vendemos directamente para las cooperativas y pequeños negocios, y ellos nos pagan con dinero, así nosotros podemos pagar los salarios sin tener que usar los bancos<em>”</em>.</em>[33]</p>
<p>En la fábrica de cemento El Melón, una huelga que recién había comenzado fue inmediatamente suspendida y los trabajadores retornaron a su trabajo. En la fábrica textil Perlak, para compensar la falta de leche del campo, los trabajadores organizaron una sopa altamente nutritiva para sus hijos. Los trabajadores de Polycron llevaron los tejidos para las áreas obreras y los vendían directamente. Materias primas y productos acabados comenzaron a ser trocados entre las fábricas, pero también entre obreros y campesinos.</p>
<p>Cuando la asociación de médicos anunció su apoyo a la huelga el día 17 de Octubre, un comité conjunto de los trabajadores de un hospital, fue formado para mantener al mismo funcionando. Un dirigente sindical explicaba: <em>“A pesar de la huelga ordenada directamente por la derecha, las 600 mil personas por las cuales este hospital es responsable, verán que nosotros podemos ofrecer servicios mejores y más eficientes, trabajando junto a los comités de salud locales, que incluyen a personas de los distritos obreros”.</em>[34]</p>
<p>La reunión del sindicato de periodistas, en aquél mismo día, fue dedicada a una denuncia sobre el papel de la prensa burguesa y a convocar nuevas acciones contra los medios de comunicación en manos de la derecha. El periodista Jaime Muñoz criticó el Estatuto de Garantías aprobado por Allende en 1970, que prometía respetar la propiedad existente sobre los medios de comunicación masivos.[35] El antagonismo entre el papel de los medios de comunicación en manos de la derecha, y la respuesta de los trabajadores de dos periódicos, “La Mañana” de Talca y “Sur” de Concepción, que habían ocupado y tomado las respectivas oficinas porque sus periódicos estaban constantemente atacando el movimiento obrero, era claro. <em>“El único Estatuto de Garantías que nosotros reconocemos”, argumentó, “es el que nos demos los trabajadores”.</em>[36]</p>
<p>Había existido un acuerdo tácito entre las organizaciones de izquierda para no mencionar el Estatuto. Esa fue una de las primeras referencias públicas de aquel crucial y embarazoso documento. Los acontecimientos de Octubre y la entrega de los dos periódicos expropiados se tornó una cuestión clave en el debate de la izquierda.</p>
<p>Había una razón adicional para el rápido crecimiento de las organizaciones autónomas, denominadas de “autodefensa”. Si bien la mayoría de la burguesía se contentaba con usar su poder económico, la extrema derecha dirigida por Patria y Libertad, organizaba sus propios grupos terroristas para trabar batalla en las calles.[37] Esas bandas formadas por jóvenes de las familias más ricas, lanzaron una serie de ataques físicos directos. El día 12 de Octubre dirigentes de los partidos Socialista y Comunista de Punta Arenas, en el extremo sur de Chile, fueron atacados. El día 13 la línea ferroviaria para Arica, 3.200 Kms. al norte, fue bloqueada. El mismo día, individuos en sus vehículos fueron atacados en las grandes ciudades de Valparaíso, Concepción y Viña del Mar. El padrón de asaltos directos continuó en los días venideros.</p>
<p>En las fábricas los trabajadores resistían las tentativas de sabotaje de los patrones y tomaban el control directo de la producción. En la fábrica textil Sumar de Santiago, por ejemplo, los propietarios intentaron sacar parte de la maquinaria, pero fueron parados por los trabajadores y expulsados de la fábrica. Para los comités obreros no podía haber cualquier negociación –al final de cuentas, el propio gobierno había hecho de la manutención de la producción una prioridad absoluta. Una joven mujer obrera de 22 años, en Fabrillana, colocó la cuestión en términos muy claros:</p>
<p><em>“Yo pienso que el camarada Allende ha sido muy suave. El dice que es porque quiere evitar la violencia, pero yo pienso que debemos responder con más fuerza, atemorizarlos a muerte. Están intentando voltear lo que conquistamos”</em>.[38]</p>
<p>Los trabajadores de Alusa, una fábrica de embalajes, repetían a coro:</p>
<p><em>“La administración hizo un llamado a los trabajadores administrativos y ellos pararon de trabajar. Pero nosotros no podíamos permitirnos ser parte de esas maniobras. Los patrones no pueden venir a decirnos lo que debemos hacer&#8230; Así que abrimos los depósitos, sacamos las materias primas y simplemente continuamos produciendo –la producción aquí no paró en ningún momento. Y no vamos a parar ahora ni nunca. Nosotros vemos a la gente trabajando con verdadera alegría. Yo pienso que en pocos días nos hemos dado cuenta que lo que estamos defendiendo, es algo mucho mayor que un plato de comida”</em>.[39]</p>
<p>Nadie estaba inmune a la posibilidad de un ataque. Los trabajadores de la cadena de zapaterías Bata, por ejemplo, formaron comités de autodefensa en cada una de las 113 sucursales:</p>
<p><em>“Nosotros formamos comités de autodefensa en cada local para repeler los ataques. Ya tuvimos que afrontar algunos ataques, particularmente en locales de barrios de clase media y alta. Pero nosotros no cerramos ni por un día siquiera. Estamos contra esta huelga, y cuando llegue el momento decisivo no vamos a ceder ante nadie. ¡Basta!”.</em>[40]</p>
<p>Un trabajador de la fábrica de concreto Ready-Mix, resumió la experiencia:</p>
<p><em>“Tenemos que agradecer a los fascistas, por mostrarnos que no se puede hacer una revolución jugando. Cuando aparece un problema, nosotros los trabajadores tenemos que estar en la primera línea. Hemos aprendido más en éstos pocos días que en los dos años anteriores</em>”.[41]</p>
<p>Semejantes conclusiones fueron sacadas en otros lugares, particularmente en los distritos obreros donde luchas anteriores por el transporte y la vivienda, entre otras cosas, habían gestado organizaciones que cumplían un papel pleno y vital en las luchas obreras de Octubre.</p>
<p>Los JAPs, comités de distribución formados originalmente por el gobierno, se transformaron en núcleos de un conjunto de organizaciones locales y comunitarias –comités barriales, grupos de madres, organizaciones de sin techo– asumiendo la tarea de resistencia en las comunidades.[42] Lo mas importante de todo, fue que Octubre dio a esas organizaciones comunitarias un contacto directo con los trabajadores, dándole realidad a su accionar en conjunto. El Cordón se transformó, como había prometido transformarse, en un centro organizador para una serie de luchas, coordinándolas y proporcionándoles una dirección obrera.</p>
<p>Es cierto que si los trabajadores no hubiesen combatido inmediatamente a la burguesía, esta hubiera tenido éxito en su campaña, la economía hubiera sido paralizada, y Allende hubiera estado obligado a ceder a las demandas de los patrones presentadas en el “Pliego de Chile”, el cual contenía una lista de sus reivindicaciones. Por el contrario, los trabajadores confiscaron el transporte y mantuvieron la economía en funcionamiento. Los ataques físicos de Patria y Libertad se enfrentaban con la resistencia organizada de los trabajadores, se dieron dos comités de autodefensa barriales y dos comités de vigilancia organizada en las fábricas.</p>
<p>Estas fueron una excelente ilustración de los cambios que habían ocurrido en el curso de la lucha, pues si bien surgieron como comités para supervisar la producción, su función cambió durante la huelga de los patrones, transformándose en órganos de control obrero sobre las fábricas. También los JAPs se transformaron, pasando de comités establecidos para controlar la producción a organizaciones combativas de base, comprando y distribuyendo abastecimientos, manteniendo abiertos los comercios y supermercados, defendiéndolos de los asaltos de la derecha y colectivizando algunas funciones domésticas en los barrios pobres, particularmente la alimentación de los niños en comedores colectivos, con una “olla común”.</p>
<p>No hay duda de que en los acontecimientos de Octubre, los trabajadores no llegaron a extraer las conclusiones políticas adecuadas a su experiencia concreta. La generalización de ideas a partir de circunstancias específicas no ocurre espontáneamente. Exige la intervención consciente de socialistas revolucionarios que puedan proporcionar un esbozo, una comprensión de las luchas desarrolladas por la clase trabajadora. Y hay que decirlo, en Chile las numerosas organizaciones políticas impidieron el aprendizaje político. Pero igual, la experiencia de Octubre había dado a la clase trabajadora todo un nuevo panorama de su potencial colectivo, y eso colocaba en serios problemas a Allende y a la UP.</p>
<p>El llamado inicial de la UP para que la clase trabajadora actuase en defensa del gobierno, partía de la suposición de que las organizaciones obreras permanecerían leales a las direcciones oficiales, a la CUT y a la propia UP.[43] Pero la clase trabajadora terminó por tomar una acción independiente para defender al gobierno, sin esperar  instrucciones. En esas circunstancias los trabajadores pudieron fácilmente llegar a la conclusión de que era necesaria una acción revolucionaria para resolver la crisis en Chile –nadie estaba mas consciente de eso que el propio Allende.</p>
<p>Después del 11 de Octubre Allende estuvo indeciso y vaciló. Pero hubo pocas dudas sobre cual camino tomaría. El había dicho frecuentemente: <em>“La UP se juega su futuro político en la capacidad de manejar la capacidad de la clase trabajadora, y desarrollar su programa en colaboración con la mayoría de la burguesía”</em>.[44]</p>
<p>Pero Allende y sus colegas de dirección política de la UP, parecían no haberse dado cuenta de que en Octubre una frontera histórica había sido cruzada y que la burguesía hacía mucho tiempo había perdido el interés en colaborar. En cierto sentido, el gobierno de Allende se transformó en espectador, dentro de la arena de la lucha de clases, intentado en vano reimponerse sobre los acontecimientos a partir del punto privilegiado del Estado.</p>
<p>Octubre de 1972 ofreció la evidencia más excitante y dramática de las posibilidades del poder de los trabajadores. La clase trabajadora no solo superó las vacilaciones de su dirección al actuar independientemente. En la realidad cotidiana de la lucha contra los camioneros y sus colaboradores, viejas divisiones fueron superadas por un liderazgo que no estaba paralizado por compromisos políticos, o por alguna lealtad en relación a los dirigentes sindicales. Eso reflejaba en parte, la llegada a un nuevo estadio político de actores hasta entonces excluidos de los sindicatos y otras organizaciones. Trabajadores menos afectados por la disciplina partidaria y sindical. Muchas de las pequeñas fábricas permanecían fuera del ámbito de influencia de la CUT, porque por ejemplo tenían menos de 25 trabajadores. Lo que los cordones representaban era una alianza ente los trabajadores organizados y no organizados, la población de los barrios pobres, los trabajadores agrícolas y algunas organizaciones estudiantiles.</p>
<p>Su carácter político era menos definido. La CUT afirmaba que los cordones eran simplemente sus organizaciones de base con otro nombre.[45] Pero la dificultad de la CUT para imponer cualquier tipo de disciplina sobre los cordones, sumado a los frecuentes ataques a los líderes de estos cordones, mostraba que la relación CUT-cordones no era la que la CUT afirmaba. El MAPU con su característica ambigüedad, describía a los cordones como “comités patrióticos”.[46] El Partido Socialista como siempre, intentó reconciliar dos tradiciones políticas conflictivas, describiendo a los cordones como<em> “escuelas activas de masas para discutir problemas, ejercer la crítica constructiva, planear soluciones y coordinar iniciativas”.</em>[47]</p>
<p>En cuanto al MIR, éste ciertamente disfrutaba de considerable influencia sobre los sectores más pobres de la población, a través de varias organizaciones con carácter frentista. Pero al mismo tiempo que el MIR era el mayor crítico de los intentos de la UP de contener y manipular a los cordones y otras organizaciones de base, y que usaba una oratoria revolucionaria, no tenía ninguna estrategia para ofrecer. Al final el MIR compartía con todas las demás organizaciones de izquierda, un análisis fundamentalmente débil: todas reconocían la incapacidad de la UP para dirigir el contraataque de las masas contra los patrones, pero de ahí sacaban la conclusión de que debía reformularse la UP a la luz de sus críticas –y así ella podría estar mejor preparada para dirigir la lucha en el próximo round.</p>
<p>Ningún grupo de izquierda vio las posturas contradictorias de la UP durante los eventos de Octubre, por lo que ellas eran realmente: la fiel expresión de su perspectiva política. Como resultado, la izquierda seguiría desorientada durante el nuevo y chocante desarrollo de los acontecimientos.</p>
<p>Con una huelga del transporte aéreo iniciada el día 31 de Octubre y con la negativa de los transportistas a poner fin a su acción, al día siguiente Allende decidió convocar a varios generales a su gabinete. Al mismo tiempo decretó un Estado de Emergencia Nacional –depositando efectivamente el gobierno de Chile en manos de los militares, durante el período que durara la emergencia.</p>
<p>La lucha por derrotar la huelga de los patrones trajo a la clase trabajadora a la arena política como un actor independiente, y por muchas semanas la práctica cotidiana de autogobierno de los trabajadores se desarrolló de un modo más y más firme. Lo que estaba detrás de la decisión de Allende de recurrir a los militares, no hay sombra de duda, era que la UP estaba intentando sustituir por la fuerza la iniciativa histórica de la clase trabajadora, bajo la excusa de frenar a la burguesía.</p>
<p>Posteriormente se intentó justificar la decisión de Allende, describiendo la situación de Chile a principios de Noviembre como un estado de “casi caos”, de “quiebre de la ley y el orden”.[48] La verdad no era que se estuviera quebrando el orden, lo que estaba ocurriendo era la profunda crisis de una clase. A medida que nuevas formas de organización y actividad se desarrollaban entre los trabajadores, cada vez más las organizaciones tradicionales se volvían incapaces de contenerlas dentro de los límites de la negociación preestablecida entre el capital y el trabajo.</p>
<p>Infelizmente esto no significaba que la clase trabajadora se estuviera preparando para tomar el poder con una perspectiva revolucionaria. Pues aquellos que se consideraban socialistas revolucionarios, se encontraban en una completa confusión teórica y política. Ellos no tenían una posición coherente acerca de ninguno de los problemas urgentes. El problema de la organización partidaria, el papel y la naturaleza de las fuerzas armadas, o si sería correcto romper con la UP (en realidad esa última opción no era siquiera considerada en este período). Ellos no estaban, por lo tanto, en condiciones de ofrecer una dirección consistente. Cuando la CUT, en respaldo de Allende convocó a apoyar a las fuerzas armadas en la restauración del orden, ninguna voz organizada se levantó en oposición.[49] En ese momento crítico, la izquierda chilena se mostró confusa e incapaz.</p>
<p>La exigencia de la intervención militar vino de un congresista demócrata-cristiano, Rafael Moreno, pero ya había aparecido antes una lista de exigencias adelanta por la derecha, en el inicio de la huelga patronal. El anuncio de Allende de un nuevo gabinete conjunto (UP-militares), el día 3 de Noviembre, fue seguido de un mensaje a los trabajadores agradeciéndoles por actuar en apoyo al gobierno, y pidiéndoles que volviesen a sus trabajos y devolvieran las fábricas a sus propietarios.</p>
<p>Una vez que los camioneros volvieron a su trabajo y las fuerzas armadas entraron al gobierno, era obvio que la principal tarea del ejército iba a ser controlar el retorno de los trabajadores a las fábricas. Prats, el Comandante del Ejército determinó su posición con un estudiado tono neutro:</p>
<p><em>“En cuanto existe un Estado propiamente constituido, las fuerzas armadas están obligadas a respetarlo&#8230; Obviamente las fuerzas armadas son un instrumento legítimo que está a disposición del Presidente, para ser usado contra cualquiera que amenace el orden público”.</em>[50]</p>
<p>La naturaleza de la amenaza se volvería más clara todavía, cuando comenzara el Estado de Emergencia. El rígido toque de queda fue empleado para controlar el movimiento de los trabajadores y los amplios poderes concedidos a los militares fueron invocados para devolver los dos periódicos ocupados en Talca y Concepción, a sus propietarios originales. Los líderes de los comités de autodefensa de Bata, fueron encarcelados por más de un mes. El día 13 de Noviembre el Ministro de Economía anunció que las 28 fábricas ocupadas por los trabajadores, serían devueltas a sus propietarios. Tal vez el sistema  de distribución haya sido el sector que más se distanció del control estatal, y es por esa razón que fue el área sometida a control militar más directo. El General de la Fuerza Aérea, Bachelet, fue encargado del DRINCO, agencia estatal de distribución.</p>
<p>El nuevo gabinete incluía, de un lado dos generales, tres ministros de la UP –dos del Partido Comunista (Millas en el Ministerio de Obras, y Figueroa, dirigente de la CUT, como Ministro de Trabajo) y uno del MAPU (Flores, en el Ministerio de Economía).</p>
<p>Desde que el Estado de Emergencia había dado el control real a los militares, el papel de esos ministros no era el de defender supuestas posiciones en el gabinete, al contrario de eso defendieron a los militares frente a los trabajadores. Figueroa, por ejemplo, discutió vigorosamente con los obreros de Arica, para que fuese permitido a los funcionarios administrativos que habían apoyado la  huelga patronal, el retorno al trabajo y el recibo del salario íntegro, referente al período de la huelga, presumiblemente como gesto de conciliación.</p>
<p>Un trabajador de Ex-Sumar, una de las fábricas mas militantes de Santiago, resumió la nueva situación:</p>
<p><em>“Pienso que las concesiones significan que este nuevo gobierno se movió hacia la derecha. Tenían otra alternativa posible: buscar el apoyo de las masas e implantar el programa defendido inicialmente. Pero él nunca quiso realmente implementarlo. Así las masas fueron dejadas al margen de las cosas y cuando ellas quisieron confrontar los problemas, fueron brutalmente reprimidas. La derecha debe estar celebrando ahora –puedes percibir que están llenos de gozo, solamente escuchando sus audiciones de radio”.</em>[51]</p>
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<h3>UN GOBIERNO CON GENERALES</h3>
<p>El gabinete de los ministros de la UP y de los generales, con todo, no controlaba absolutamente la situación. La misma después de Noviembre permanecía confusa, y la confianza que ganaron los trabajadores no era tan fácil de ser minada.</p>
<p>Figueroa, por ejemplo, llegó a la conclusión de que su doble autoridad –como dirigente de la CUT y como Ministro de Trabajo- no era tan compatible como había sido antes. Los trabajadores de Arica no fueron convencidos por sus argumentos, y al día 24 de Noviembre aún se negaban a trabajar con los funcionarios que habían apoyado la huelga patronal. Cuando Figueroa intento persuadir a los trabajadores que aceptaran la orden, ellos reocuparon la fábrica y se negaron a salir. Al final la policía fue movilizada para despejarlos.</p>
<p>La misma experiencia se repitió en otros lugares, con los trabajadores negándose a entregar lo que habían conquistado en Octubre, afirmando que tales concesiones simplemente destruirían todo lo que había sido obtenido, entregando en bandeja la victoria a la burguesía.</p>
<p>Las acciones espontáneas y desorganizadas de resistencia de los trabajadores, entretanto, nunca fueron objeto de alguna iniciativa de coordinación o desarrollo. El liderazgo político de la izquierda, por ejemplo, no brindó ninguna directriz. Lo extraordinario es que ninguna voz siquiera se levanto contra la presencia de los militares en el gabinete. El MAPU, por ejemplo, describió al nuevo gabinete como el “gobierno y el pueblo actuando como uno solo”,[52] al mismo tiempo que se hacía un llamado a profundizar el “poder popular”.</p>
<p>El Partido Comunista y el gobierno alzaron una sola voz en alabanza de la labor patriótica de las fuerzas armadas, describiendo al nuevo gabinete como un indicio de que consiguiendo el apoyo del ejército, se apartaría a la burguesía:</p>
<p><em>“…la presencia de las fuerzas armadas junto a los dirigentes de la CUT, fortalece al gobierno y finalmente le permitirá sentenciar a muerte la huelga que los trabajadores ya rechazaron tan vigorosamente.</em>[53]</p>
<p>Más sorprendente fue el artículo de Manuel Cabieses en Punto Final, del MIR, en el cual argumentaba que:</p>
<p><em>“…las fuerzas armadas tienen un papel patriótico y democrático a cumplir en conjunto con el pueblo, apoyando a los trabajadores en su lucha contra la explotación… Eso es lo que debe ocurrir y eso es lo que la clase trabajadora espera cuando ve las fuerzas armadas como parte del gobierno”</em>.[54]</p>
<p>Jamás ejército profesional alguno ayudó a ningún trabajador en su lucha contra la explotación, o en otras palabras, a derribar el Estado burgués del cual es pilar central. El autor de las líneas citadas mostraba en el mejor de los casos, una sorprendente ingenuidad. Pero al mismo tiempo el MIR defendía la continuidad de los cordones.</p>
<p>Lo más claro en las declaraciones y los análisis de la izquierda, era la confusión y la vacilación. Había una asombrosa falta de claridad sobre como responder a la determinación de la UP de desmantelar las organizaciones de masas surgidas en Octubre. Al mismo tiempo las declaraciones más militantes como los discursos de Altamirano, Secretario del Partido Socialista, se dirigían al gobierno, exigiéndole que cambiase su carácter político, esto es, que se volviese revolucionario y abandonara el reformismo. En vez de mostrar los límites del reformismo y abrir los ojos de aquellos miles de trabajadores que aún tenían ilusiones en Allende, la retórica de Altamirano sugería que la UP todavía podía volverse revolucionaria.</p>
<p>Theotonio dos Santos, un colaborador regular de Chile Hoy afirmó:<em> “Si quieren conservar las conquistas adquiridas, el gobierno y los trabajadores deberán profundizarlas y extenderlas, usando los mecanismos existentes y profundizando en las raíces del poder popular”.</em>[55] Incluso entre las voces más radicales, ninguna estaba pronta para decir que el desarrollo político del movimiento obrero después de Octubre, exigía el rompimiento con la dirección tradicional de la UP, que la UP se había tornado en un obstáculo para el desarrollo cualitativo de la lucha de clases, y que el único camino para asegurar lo que se había conquistado era seguir avanzando. Solamente una organización, la menor de todas –la Izquierda Cristiana– llegó a dar algunos pasos en esa dirección, negándose a entrar en el gabinete y afirmando que:</p>
<p><em>“…los avances en conciencia de los trabajadores no parecen haber llegado a sus líderes políticos. La base es mucho más rica de lo que lo es su dirección. La CUT y los cordones son mucho mas efectivos en sus respectivos niveles, que la UP a nivel político… si el poder social (de apoyo a la UP) fuese organizado de un modo coordinado en las fábricas y en lo regional en órganos de autodefensa, la situación avanzaría y no podría ser contenida”.</em>[56]</p>
<p>Con todo, la propia clase trabajadora estaba exigiendo otro análisis de la situación. El día 13 de Noviembre 100 delegados de los cordones de Santiago, se reunieron en la fábrica Cristalerías Chile, para coordinar la resistencia a la devolución de las fábricas a sus antiguos propietarios. Esa iniciativa no encontró eco dentro de la izquierda. Como el Presidente del Cordón de O’Higgins, uno de los dos mas avanzados cordones, afirmó:</p>
<p><em>“La maquinaria de izquierda simplemente nos ignora… por eso los cordones tienen que cumplir la función de ayudarse a conocerse mejor unos a otros, a entender las luchas particulares y a alcanzar conciencia de nuestro poder”</em>.[57]</p>
<p>Los eventos de Octubre de 1972 trajeron muchos nuevos grupos de trabajadores a la lucha, muchos de ellos sin experiencias anteriores de organización. También ellos pusieron sobre el tapete nuevas formas de organización independientes. La experiencia de los cordones se tornó el tema central de los debates políticos, cuando el año 1972 llegaba a su fin. Pero ninguno extrajo las conclusiones apropiadas.</p>
<p>Obviamente la toma del poder por la clase trabajadora en Noviembre era imposible. Muchos de los trabajadores estaban desmovilizados y otros estaban desmoralizados y confundidos. El Estado de Emergencia dificultaba hasta las reuniones, y los generales estaban en el poder. Pero igualmente obvio, era que si bien la situación no había sido resuelta a favor de los trabajadores, tampcoo lo había sido en favor de los capitalistas. Había un clima de expectativa en todos los lugares, y en ambos lados se estaban discutiendo abiertamente las estrategias futuras.[58]</p>
<p>En tal ambiente la tarea inmediata de los socialistas revolucionarios no era la de organizar la toma del poder, pero sí un debate paciente de política y de principios, dentro el movimiento obrero, con aquellos que habían dirigido las luchas en la práctica,[59] junto al trabajo de organización política y un involucramiento en las luchas cotidianas, en donde la clase trabajadora las estaba dando. Pero nada de eso ocurrió. Hubieron debates interminables, muchos de los cuales fueron muy interesantes, pero nunca tocaron la cuestión clave: el carácter político de la UP.</p>
<p>La primera oportunidad para todas las organizaciones de izquierda de discutir la experiencia de Octubre de 1972, vino con un debate público organizado en Santiago por una organización católica denominada “Cristianos por el Socialismo”.[60] La representante comunista Mireya Barta se retiró luego que el debate había comenzado, acusando a la ultraizquierda de ser el principal enemigo. En respuesta, Miguel Enríquez, Secretario General del MIR, describió el período como “prerrevolucionario” y llamó a la creación de “gérmenes de poder popular”. La cuestión principal, argumentaba (correctamente) era la de conquistar el “control obrero”. Pero en los debates y las discusiones que siguieron, ningún representante del MIR dejó claro como esto sería realizado u organizado.</p>
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<h3>PREPARATIVOS PARA LA BATALLA</h3>
<p>La UP  continuaba teniendo un peso político considerable, pero estaba lejos de ser la autoridad incuestionable de antes. Sus mejores esfuerzos no fueron suficientes para extirpar las nuevas organizaciones obreras. La verdad es que fueron las acciones del gobierno de la UP las que precipitaron el resurgimiento de estas al comienzo de 1973.</p>
<p>El debate después de la huelga de los patrones provocó una discusión en el MAPU, entre el ala izquierda que mantuvo el nombre del partido, y el ala pro-Allende que adoptó el nombre MAPUOC (MAPU obrero y campesino) dirigido por Jaime Gazmuri. En Enero de 1973, el Ministro de Economía Fernando Flores, del MAPU, desafió la política gubernamental y defendió un congelamiento de precios, el control riguroso de la especulación y garantizar una canasta básica a un precio mínimo. Sus propuestas tuvieron resonancia inmediata entre la población.</p>
<p>El día 15 de Enero, del barrio pobre de Lo Hermida, 300 familias se dirigieron al supermercado local que había cerrado sus puertas (alegando falta de mercaderías) y exigieron su reapertura. Inmediatamente aparecieron mediadores del gobierno e intentaron dispersar la manifestación, sin ningún resultado. A las dos de la mañana el supermercado estaba abierto, y las organizaciones locales se encargaron de distribuir alimentos de acuerdo a las necesidades. Lo mismo ocurrió en Nueva La Habana, otro barrio pobre del Cordón de Barrancas.</p>
<p>Fue en ese clima que Orlando Millas, Ministro de Obras y miembro del Partido Comunista, anunció el nuevo plan económico. Este proponía el retorno de 123 fábricas a sus antiguos propietarios, incluyendo las que pertenecían a una de las familias más activas en la oposición al gobierno, la poderosa familia Yarun. Millas defendía que apenas el 49% de las instalaciones industriales deberían permanecer en las manos públicas, creando efectivamente un sector capitalista estatal, para actuar en coordinación con el capital privado.[61] Lógicamente, fue anunciado junto con la reapertura de las discusiones con los demócrata-cristianos. De plano, representaba una clara y plena concesión a las reivindicaciones de la burguesía.</p>
<p>La clase trabajadora reaccionó con furia. Los cordones redespertaron y respondieron inmediatamente. Trabajadores del Cordón de Cerrillos-Maipú bloquearon las calles en protesta y dirigieron una manifestación conjunta de todos los cordones de la capital para el centro de la ciudad. El Presidente del Cordón, Hernán Ortega, declaró: <em>“No habrá compromiso ninguno que ceda ante las presiones”.</em>[62] En la textil Bromacktrece, miembros del Partido Comunista rompieron sus carnés del partido en señal de protesta. Lo más significativo de todo, fue que en el Cordón de Vicuña-Mckenna se inició la publicación de un periódico para los cordones, llamado Tarea Urgente. Su primer número traía una declaración enormemente significativa:</p>
<p><em>“A Todos los Trabajadores: los trabajadores de este Cordón convocan a la clase trabajadora a organizarse en defensa del área de propiedad social (la parte nacionalizada de la economía) y las fábricas que fueron tomadas durante la huelga de los patrones. La ley que propone devolverlo no refleja los sentimientos de la mayoría de los trabajadores, que están prontos para defender sus derechos hasta las últimas consecuencias.</em></p>
<p><em>Por lo tanto en una asamblea el día 28 de Enero, tomamos la siguiente resolución. 1) Ninguna de las fábricas tomadas durante la huelga de los patrones, debe ser devuelta a sus antiguos propietarios; 2) Desaprobamos unánimemente el llamado Plan Millas, que no representa las verdaderas ideas de la clase trabajadora… debemos avanzar sin compromisos. Ninguna fábrica debe ser devuelta, muchas más deben ser tomadas</em>”.[63]</p>
<p>En un tono similar los miembros del Cordón Panamericana-Norte exigían saber:</p>
<p><em>“¿Hasta dónde las personas de allá arriba van a continuar empeorando aún más las cosas? Esto está empezando a ponernos nerviosos, y nosotros estamos avisando que ninguna empresa será devuelta… de ahora en adelante nosotros permaneceremos en estado de alerta permanente para defender nuestro derecho de tomar las decisiones que determinen nuestras vidas”.</em>[64]</p>
<p>El día 5 de Febrero, obreros, sin techo, organizaciones de barrios pobres y grupos comunitarios, realizaron una manifestación y una asamblea en el Estadio Nacional para demostrar su oposición al Plan Millas. El periódico Punto Final redactó un artículo sobre ella en que alertaba con claro juicio histórico: “Un pueblo desarmado es un pueblo conquistado”. La lucha de clases estaba entrando en una nueva fase, y ganando una nueva intensidad.</p>
<p>Pero había poca conexión entre el ritmo de la lucha de clases y las preocupaciones de los principales partidos. Las elecciones para el congreso en Marzo se estaban aproximando, y eran consideradas tanto por la derecha como por los partidos de la UP como un test de capacidad, crucial para la sobrevivencia del gobierno. Todas las organizaciones de izquierda concordaban que las elecciones eran una prioridad absoluta, inclusive el MIR, que por primera vez apoyó a candidatos del Partido Socialista en las elecciones parlamentarias. La UP incrementó su electorado nacional al 44%. En el clima existente entonces, esto era un testimonio significativo de la resistencia de la clase trabajadora, y una prueba de que secciones de la pequeña burguesía también habían sido ganadas.</p>
<p>En lo que toca a la derecha, los resultados representaban un serio contratiempo –un fracaso en minar el apoyo electoral de la UP. Ellos pasaron a discutir estrategias alternativas para derribar al gobierno de Allende. Las dos opiniones presentadas, la del golpe militar abogada por algunos sectores, fue dejada de lado a favor de una estrategia de “mariscal ruso”, defendida entre otros por Alwin, Presidente del Partido Demócrata Cristiano.[65] Esta era una estrategia económica de “tierra arrasada”. Objetivamente, desbastar la economía, desnudándola, reteniendo la acumulación de dinero, movilizando concientemente el apoyo internacional, creando un Estado de Sitio desde adentro y desde afuera.</p>
<p>Si había existido un impasse en la actividad de las masas, ahora se estaba levantando. Al final de Marzo de 1973 los generales dejaron el gabinete y el Plan Millas fue abandonado. Allende anunció la nacionalización de más de 45 fábricas, pero ese anuncio fue seguido casi inmediatamente, el día 6 de Abril, por un ataque virulento contra la izquierda revolucionaria y las organizaciones obreras que no devolvieron las fábricas después de las ocupaciones de Octubre.[66] A la luz de este ataque, era difícil ver la incorporación de 45 fábricas al sector estatal, como otra cosa que no fuese un gesto simbólico.</p>
<p>Por más que Allende condenase a aquellos que habían “provocado” a la burguesía, era él quien estaba ciego frente a la intensidad de la lucha de clases. Por lo tanto insistía en mantenerse apegado al programa original de cambios graduales, condenando a las organizaciones obreras y campesinas por arriesgarlo con sus acciones precipitadas. Los sucesos ya lo habían dejado atrás. La burguesía estaba discutiendo abiertamente estrategias extraparlamentarias para derribarlo. Si Allende y la CUT  todavía insistían en que el ritmo de los cambios sería determinado en el parlamento, ni la burguesía ni la clase trabajadora tenían ilusiones al respecto. Los trabajadores estaban organizándose para una lucha ya en curso en las calles, en las fábricas y en el campo. No era una cuestión de si se debería o no permitir el desarrollo de la lucha, era solamente su resultado el que estaba en cuestión.</p>
<p>El mayor número de votos para la UP en las elecciones de Marzo, era claramente una exigencia para la acción. Pero si la UP no podía dirigirla, entonces ocurriría de cualquier modo, incluso fuera de todo control. La dirección de la UP no podía comprender eso.</p>
<p>La dirección de la izquierda estaba discutiendo la crisis, ciertamente, pero su perspectiva estaba limitada a exigir que la UP actuase de una manera diferente.[67] Una solución mucho más radical era la exigida –la del tipo que ya había sido colocada en la agenda histórica por la propia clase trabajadora.</p>
<p>La decisión de formar un comité coordinador de los cordones, fue un salto cualitativo en las formas de dirección de la lucha de los trabajadores. Con todo no hubo ninguna división en la UP. ¿Por qué? La corriente política dominante en el liderazgo de los cordones, era sin duda la izquierda del Partido Socialista, la cual a pesar de haber pasado a utilizar la retórica característica de la ultraizquierda, no estaba preparada para romper con la UP o desafiar abiertamente al ala derecha dirigida por Allende.</p>
<p>Altamirano, dirigente de los socialistas, generalmente considerado como del ala izquierda, veía el desarrollo de organizaciones independientes en medio de la lucha de clases, como una forma de presión que podía ser utilizada para impulsar su victoria dentro de la dirección del propio partido. Y fue esa perspectiva limitada la que conquistó a los socialistas de izquierda que dirigían los cordones. Así el comité coordinador, que podía haberse fácilmente tornado en una forma embrionaria de poder obrero, se transformó al contrario de eso, en una fracción política dentro del Partido Socialista.</p>
<p>La otra fuerza política en el movimiento de masas era el MIR. Tenía una existencia de ocho años solamente, y apenas desde 1969-1970 se había dedicado a organizar a los trabajadores. Aunque hubiese ganado alguna base entre los trabajadores no sindicalizados, su principal influencia era entre las organizaciones de los sin techo y en el movimiento estudiantil. Aunque el MIR presentase candidatos en elecciones sindicales y de hecho tuviese representantes en el ejecutivo de la CUT, no poseía presencia organizada en los sindicatos. Habían permanecido fuera de la UP y a veces se opusieron a ella de un modo abiertamente crítico, pero no podían ofrecer una política alternativa.</p>
<p>El MIR respondía pragmáticamente a la realidad de cambios en la lucha de clases, colocando cierta prioridad en su lucha propia por la dirección política. Eso se vio mas claro en el debate en torno a los cordones.</p>
<p>En algunas ocasiones cuando varias organizaciones se encontraban implicadas en los cordones, formaban comités de organización conjuntos (comandos comunales). El MIR daba gran énfasis a esos comandos como órganos dirigentes de la lucha, pero al mismo tiempo denunciaba a los cordones y repetía las afirmaciones de la CUT, de que eran “organizaciones paralelas” a ella. Eso era un absurdo, está claro.</p>
<p>Los cordones tenían un reconocido papel dirigente. Paradojalmente, a pesar  de su compromiso con la “hegemonía de la clase obrera”, el MIR parecía preocupado por el papel dirigente cumplido por esas organizaciones obreras, en las cuales ellos no ocupaban posiciones de liderazgo. Sus llamadas para convertir a los cordones en amplias organizaciones que representasen por igual a los sin techo, las organizaciones de distribución, los estudiantes y otros sectores, mostraba su incorrecta reivindicación del marxismo. En la práctica, sus cuestionamientos a los cordones, negaban específicamente el papel central de la clase trabajadora en la lucha por el poder estatal.</p>
<p>De cualquier modo, las rimbombantes llamadas del MIR eran poco más que consignas, una vez que ellas no llevaban a ninguna conclusión organizativa mas concreta. Mientras tanto, la lucha de clases no esperaba. Ella continuó con creciente intensidad después de las elecciones parlamentarias, en la medida en que la derecha lanzaba sus asaltos y el gobierno no ofrecía respuestas. El movimiento obrero, entre tanto, tenía su propia respuesta a ofrecer.</p>
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<h3>EL DESAFÍO DE LOS MINEROS</h3>
<p>Los trabajadores de las minas de cobre jugaron un papel central en la historia del movimiento obrero chileno. Fue, por lo tanto, una cuestión de considerable significado la huelga iniciada el día 19 de Abril por los mineros de la mina más grande de cobre del mundo, cuyo nombre era El Teniente.</p>
<p>La huelga comenzó silenciosamente. El aislamiento físico de los mineros en una región montañosa del país, significaba que el impacto de la huelga sobre el resto del movimiento no sería inmediato. Y la izquierda no estaba particularmente ansiosa por elevar el nivel del debate público acerca de la huelga, porque la cuestión que desencadenó la huelga era vergonzosa.</p>
<p>Al comienzo de 1973, la UP garantizó un aumento salarial general para compensar la inflación. Los mineros, con todo, tuvieron un acuerdo separado, por el cual les fue garantizado anualmente un aumento salarial acompañado de otros incrementos. El gobierno se negó a pagar estos aumentos. Y los mineros entraron en huelga, acusando al gobierno de no cumplir el acuerdo firmado conjuntamente, lo que era cierto sin duda alguna.</p>
<p>La huelga continuó durante los meses de Mayo y Junio, aunque algunos mineros retornaron al trabajo por la intensa presión ejercida por el conjunto de las organizaciones de izquierda, inclusive el MIR, que argumentaban que todo había sido provocado por la burguesía y por el imperialismo.[68]</p>
<p>Los cuestionamientos y las acusaciones eran bastantes familiares. Los mineros eran denunciados por su “economicismo”, por la defensa de sus estrechos intereses sectoriales, por encima de los intereses de la clase como un todo. De hecho, la izquierda les estaba pidiendo que sacrificaran sus conquistas, en nombre del “bien general”. La realidad, naturalmente, era que los únicos beneficiados de tales concesiones serían los miembros de la clase dominante –y el gobierno era perfectamente consciente de eso. Los mineros continuaban produciendo, pero el precio del cobre en el mercado mundial estaba cayendo. ¿Deberían los mineros aceptar las consecuencias de esa caída, o deberían conducirse como cualquier otro grupo de trabajadores organizados, defendiendo sus condiciones de vida?</p>
<p>De cualquier modo el argumento de que los mineros estaban siendo llamados al sacrificio en nombre del “bien común” y que su resultado significaba socialismo, no tenía ningún sentido. Los aumentos del primer año del gobierno de la UP, ya habían sido devorados por la inflación y por los aumentos de precios. Así, el poder de compra de los salarios en 1973 era menor que en 1971. La burguesía, de hecho, estaba beneficiándose con la situación, por lo menos, estaba protegida de los peores efectos, precisamente a causa de la política de la UP de pedir a los trabajadores que se hicieran cargo del precio de la crisis.</p>
<p>El gobierno chileno no era un gobierno defensor de los trabajadores. Ellos buscaban negociar el precio del trabajo con el capital, usar el Estado como instrumento de mediación –a partir de garantías preestablecidas con la clase capitalista. En tal situación el papel de una organización obrera debería ser muy claro: la defensa de los intereses y las condiciones de vida de los trabajadores. Entre tanto, ninguna organización asumía las cosas desde esa perspectiva.</p>
<p>La firme orientación de toda la izquierda en la lucha interna de la UP, determinó que todos se dedicaran a atacar a los mineros por representar una amenaza para el gobierno.[69] Si esas organizaciones hubieran tenido una perspectiva coherente con el desarrollo de la lucha de clases, la respuesta hubiera sido diferente. Pero al contrario de eso, preferían acusar al líder de los mineros, Medina, de “nazi”, y calificar a los propios mineros como parte de la “aristocracia obrera”. Cuando en Junio los mineros marcharon a Santiago, exigiendo la apertura de negociaciones con el gobierno, ellos fueron bloqueados y reprimidos por el Grupo Móvil de la Policía Antimotines, que Allende se había comprometido a desmantelar luego de haber tomado posesión de la Presidencia en 1970.</p>
<p>La huelga de los mineros reveló las debilidades, no sólo de la izquierda chilena, sino también –y aún mas serias– de los propios cordones. Los sectores tradicionalmente bien organizados de la clase trabajadora, estaban ausentes de la red nacional de cordones. Sus sindicatos eran el núcleo de la UP, y su disciplina el fruto de años de lucha. Una vez que sus líderes políticos habían condenado los cordones, muchos de esos sectores fueron persuadidos de no participar en ellos. Y la CUT trabajó duro para impedir cualquier contacto directo entre estos trabajadores –mayoritariamente del sector público de la economía– y los sectores organizados en los cordones.</p>
<p>El aislamiento geográfico y político de los mineros llevó a que muchos trabajadores tomasen conocimiento de la huelga a partir de los medios de comunicación de derecha. Las organizaciones de derecha fueron rápidas en explorar las contradicciones en la posición de la UP y comenzaron a organizar colectas en apoyo a los mineros (un evento tan extraño como bizarro).</p>
<p>Esto tornó la situación aún mas confusa, pero le dio a los líderes de la CUT y a los partidos de la UP, la “prueba” de que la huelga de los mineros era un complot de la derecha para minar el gobierno de Allende. Eso era un insulto al sector mas combativo de la clase trabajadora chilena, y un ejemplo de oportunismo muy vil por parte de la derecha, como también por parte del gobierno. Si la derecha usó la huelga, eso ocurrió precisamente porque toda la izquierda había fracasado en entender y responder al justificado descontento de los mineros de El Teniente.</p>
<p>En todas partes los eventos ocurrían rápidamente. Al final de Abril una manifestación de la CUT llevó a millares a las calles de la capital. Cuando los manifestantes pasaron delante de la sede del Partido Demócrata Cristiano, un tiro resonó y un trabajador cayó muerto. Una serie de pequeñas luchas locales continuaron. A comienzos de Mayo, cincuenta obreros de un aserradero en Entre Lagos ocuparon su lugar de trabajo cuando el patrón anunció que cerraría. Cuando llegó la CUT, propuso la cogestión entre el viejo patrón y los trabajadores se negaron:</p>
<p><em>“Nosotros pensamos que con el apoyo de toda la población de Entre Lagos, podemos derrotar a los que piensan que pueden usar el dinero del gobierno para construir fábricas para los patrones y simplemente dejar a los trabajadores de lado”</em>.[70]</p>
<p>Cuando los representantes del gobierno intentaron alcanzar los mismos fines a través de subterfugios, fueron alertados de no subestimar a los trabajadores. Una experiencia similar se repitió en la fábrica Jemo y en la Inaris Pistons, ambas en Santiago. Cuando los trabajadores tomaron la fábrica de componentes electrónicos Salfa, en Arica, el gobierno cortó los subsidios estatales que la fábrica recibía cuando era propiedad privada.</p>
<p>Tal vez la más dramática lucha fue la que transcurrió en la cuidad litoral de Constitución durante los días 10 y 11 de Mayo, cuando la ciudad vivió dos días de indudable control por parte de las organizaciones de masas. El enfrentamiento comenzó al final de 1972, con el asentamiento de los sin techo de la ciudad.</p>
<p>En Enero de 1973, Constitución estaba viviendo los mismos conflictos que las demás ciudades chilenas acerca del abastecimiento, la devolución de las fábricas y la falta de viviendas adecuadas. Su respuesta, sin embargo, fue atípica. El día 21 de febrero el pueblo de la ciudad se reunió en una “Asamblea del Pueblo”, para identificar los problemas que los sin techo, campesinos y trabajadores compartían. Dos meses después se reunió nuevamente y decidió exigir la renuncia del Gobernador regional, que se había resistido a todas sus tentativas para encontrar soluciones para los problemas e ignoró todas sus reivindicaciones.[71]</p>
<p>Lo que siguió, entre tanto, fue asombroso. Toda la población de la ciudad, cercana a las 25.000 personas, simplemente asumió el control. Fueron levantadas barricadas en las principales carreteras, establecieron comités de salud y vigilancia para organizar la atención médica y mantener el orden. La reivindicación era simple: que el Gobernador fuese destituido y sustituido por un cuerpo dirigente electo, formado por una comisión conjunta de trabajadores establecida en la primera asamblea. Durante los dos días de ocupación, la asamblea de masas permaneció en sesión permanente. Los comercios fueron mantenidos abiertos y los bares cerrados. Al final del día 11, el gobierno cedió a la principal reivindicación.</p>
<p>La campaña en Constitución tenía un objetivo limitado, relativamente inocuo en sí. Lo que fue significativo fue la forma radical tomada por el movimiento, la confianza y la organización que ello indicaba.</p>
<p>Esa lucha ocurrió en una ciudad provinciana sin ninguna tradición de lucha. Eso muestra el nivel de conciencia de los trabajadores chilenos en aquel período. Demostraba además, que la propia lucha había colocado a los trabajadores en la dirección de un amplio movimiento de masas. Las divisiones sectoriales y los sectarismos existentes en la cúpula de la UP y de la CUT, fueron superados a nivel de las bases, en la medida que los trabajadores se organizaban conjuntamente para enfrentar problemas específicos.</p>
<p>Esos problemas, además de los otros, eran cada vez más cuestiones relativas al control. Como afirmó un líder de uno de los cordones, eran “tareas de masas, tareas de gobierno”[72] y ellas exigían nuevas formas de organización. La CUT tenía crecientes dificultades para mantener su autoridad en las bases y aunque la UP fuese (todavía) reconocida, en un sentido general, como la dirección de la clase trabajadora, sus decisiones tácticas y sus orientaciones eran cada vez más ignoradas.</p>
<p>A medida en que el acto final se aproximaba, el drama chileno parecía haber alcanzado una especie de impasse. En la base había una intensa actividad, con luchas ocurriendo constantemente, algunas de ellas largas y duras, muchas de ellas abarcando a varios sectores de trabajadores. Quizás todavía no había un marco nacional para las luchas. Pero cuando las organizaciones locales y de base estaban haciendo realidad sus primeras tentativas para unificar el accionar, las organizaciones de derecha ya tenían una perspectiva nacional –derrocar y sustituir a Allende– y actuaban abiertamente en correspondencia con ella. Las organizaciones de izquierda estaban aparentemente envueltas en interminables debates sobre la unificación, pero su centro era siempre la propia UP y no las iniciativas independientes de los trabajadores.</p>
<p>Allende, a su vez, parecía estar dirigiendo una coalición que no funcionaba como dirección política para ningún lado –y él parecía ignorar esa situación, enfrascándose en sucesivas discusiones con los partidos de derecha. En todas partes la discusión se enfocaba en impedir la crisis política. Pero nadie parecía estar seguro sobre la forma que podría tomar la crisis.</p>
<p>El abismo entre la UP y las masas fue claramente ilustrado a comienzos de Junio, cuando la UP se reunió por primera vez como una única organización y realizó su 1er Congreso en el Teatro Municipal de Santiago. Ninguno de los líderes partidarios se hizo presente, y las discusiones y las resoluciones tomadas demostraban un elevadísimo nivel de abstracción.[73] Las declaraciones de unidad hechas en el recinto, reflejaban apenas la decisión de los delegados del Partido Socialista de no arriesgar una división. La unidad de la UP, en otras palabras, era negativa y falsa, una confesión de impotencia delante de la tempestad que se anunciaba afuera.</p>
<p>El Congreso de la UP fue superado por los acontecimientos. Mucho más importante fueron los congresos de trabajadores en cada rama industrial, que tuvieron inicio a finales de Mayo, para discutir las posibilidad de que se formasen organizaciones conjuntas de trabajadores de varias ramas. Los primeros tres congresos abarcaron los ramas textil, pesca y madera.</p>
<p>El día 19 de Mayo, en Maipú, campesinos que venían llevando adelante una larga lucha por tierras que pertenecían a la familia Perz-Zujovic, un político de derecha que fuera asesinado, llamaron a trabajadores de Cerrillos en su apoyo. La policía fue enviada a dispersar la manifestación conjunta. Una lucha similar ocurrió en Ñuble al final del mes, consiguiéndose mayores concesiones del gobierno.</p>
<p>El día 21 de Mayo Allende hizo un discurso muy extraño, en el cual expresaba su aprobación de los comandos comunales. Inmediatamente el Partido Comunista le dio permiso a sus miembros para que participasen de los comandos. Lo que era extraño en el discurso, era que anteriormente Allende había atacado duramente esas organizaciones, colocándolas en la misma categoría que a los cordones. Ahora parecía estar queriendo crear una distinción entre ambas y ganar alguna influencia para la UP en las nuevas organizaciones de masas.</p>
<p>Lo que tornó la situación doblemente curiosa es que el MIR hizo acuerdo con Allende, e insistió en que la propuesta de los socialistas para realizar un congreso coordinador de los cordones[74] fuese aplazada, hasta tanto no se realizara una reunión nacional de los comandos.</p>
<p>El congreso propuesto nunca se realizó. Con todo, fue el punto más próximo alcanzado por la izquierda, a la formación de una organización independiente de revolucionarios, una dirección alternativa a la UP.</p>
<p>Tal vez el discurso de Allende volvió a reeditar la discusión sobre si el ala izquierda podía ganar la dirección de la UP. Tal vez las divergencias internas no podían ser resueltas. Cualquiera hayan sido las razones, el paso no fue dado. Entonces, cuando por segunda vez los acontecimientos colocaron a los trabajadores frente a la responsabilidad  de defenderse frente la burguesía, no había ninguna organización que pudiese centralizar su dirección y accionar, en lucha rumbo a una transformación revolucionaria.</p>
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<h3>EL DOBLE PODER Y EL INICIO DEL FIN</h3>
<p>El día 29 de Junio de 1973, el regimiento de tanques de Santiago, bajo el comando del Coronel Roberto Souper, tomó las calles de la ciudad y anunció la toma del poder. Las noticias llegaron a la fábrica Esatón, parte del Cordón Vicuña-Mckenna a las 9:00 hs. de la mañana.</p>
<p><em>“A las 9:15 hicimos sonar la sirena de la fábrica y convocamos a una asamblea general. Acordamos que todos deberíamos quedarnos en la fábrica y enviar algunas “tropas de choque” para contactar con otras fábricas y encontrar transporte”.</em>[75]</p>
<p><em>Un “comando conjunto” fue formado en el Cordón Cerrillos y cuatro comunicados fueron publicados durante el día a intervalos de 2 horas. El primer comunicado establecía las tareas inmediatas:</em></p>
<p><em>1) Tomar todas las fábricas.</em></p>
<p><em>2) Organizar brigadas de 11 camaradas, con un líder. Los líderes de cada brigada, junto con los dirigentes sindicales asumirán la organización de la fábrica.</em></p>
<p><em>3) Centralizar en la fábrica todos los vehículos y materiales que puedan ser usados en la defensa de las fábricas, de la clase obrera y del gobierno.</em></p>
<p><em>4) A cada hora en punto, cada fábrica debe hacer sonar la sirena para indicar que todo está bien. Si precisasen ayuda, la sirena será tocada de continuo.</em></p>
<p><em>5) Mantener permanentemente sintonizada la radio Corporación.</em></p>
<p><em>6) Colocar una guardia en el punto mas visible de la fábrica.</em></p>
<p><em>7) Mantenerse en comunicación constante con las fábricas próximas y apuntar camaradas que actúen de correos.</em></p>
<p><em> <img src='http://s0.wp.com/wp-includes/images/smilies/icon_cool.gif' alt='8)' class='wp-smiley' /> Decir donde estará localizado el comando y donde se encontrarán los camaradas dirigentes, en el caso de que el acceso fuese imposible.</em></p>
<p><em>9) Organizar asambleas y mantener a los trabajadores informados”</em>.[76]</p>
<p>La experiencia se repetía por todo el país, con nuevos cordones y comandos siendo formados a los pocas horas de la que fuera llamada “la tentativa de golpe de Souper”. Souper era en realidad, un disidente, abiertamente asociado con Patria y Libertad, y mirado con considerable sospechas desde el alto mando de las fuerzas armadas (ésta no era su primera tentativa de golpe).</p>
<p>La tentativa de Souper no era más que, lo que Prieto llama un “pedazo de propaganda armada”.[77] En esto él tuvo suceso. Los líderes militares discreparon solamente en cuanto al momento de realizar el golpe. Círculos de derecha ya venían discutiendo hace algún tiempo la posibilidad de un golpe militar. La respuesta de la clase trabajadora al intento de golpe de Souper, inclinó definitivamente la balanza en favor de una solución militar y en contra de una solución política. En las fuerzas armadas la reacción de las masas desencadenó una discusión urgente sobre la necesidad de una intervención militar.</p>
<p>En cierto sentido, el propio Allende fue responsable por la autoconfianza y autoestima de los militares. ¿No había llamado repetidamente a los militares para resolver los conflictos sociales? ¿No había acordado aumentos salariales masivos para los militares, cuando se pedía a la clase trabajadora que soportara sacrificios?[78]</p>
<p>Una vez mas, el día 29 de Junio, Allende demostraría su fe y su dependencia para con las fuerzas armadas. Mientras los cordones estaban organizado la resistencia de la clase trabajadora, su Presidente estaba discutiendo con el comandante en jefe de las fuerzas armadas. La UP,  en una palabra, estaba indefensa e impotente frente a la movilización de la burguesía.</p>
<p>En los días que siguieron, el MIR, el MAPU y el Partido Socialista, lanzaron ardorosos llamados a los trabajadores para que defendieran al gobierno con armas en la mano. El mismo Partido Comunista alentó a los obreros para que usaran sus tornos para fabricar armas y los discursos de Allende estaban llenos de amenazas veladas. La famosa foto de Allende practicando tiro, que tanto encendió a la derecha, data de ese período.</p>
<p>Pero ni eso ni los llamados a la construcción del poder popular significaban alguna cosa, tanto más si venían acompañados con la vieja política y las viejas declaraciones de lealtad a la UP. Ni siquiera en ese momento, cuando la clase obrera estaba mejor organizada y más segura, cuando organizaciones conjuntas de trabajadores existían por todo el país, cuando los mejores revolucionarios estaban en una inequívoca posición de liderazgo, la izquierda tomó el camino de la lucha por el poder, porque eso los llevaría al enfrentamiento con la propia UP. Así que, como en el caso del comunicado de Cerrillos, llamados al más alto nivel de acción independiente de la clase obrera, contenían también declaraciones de lealtad con Allende.</p>
<p>Para algunos analistas esas declaraciones eran una fuerza, un factor importante para vencer la batalla ideológica dentro de las fuerzas armadas. Para los reformistas era de ese modo que la batalla sería ganada –produciendo un nuevo y progresista mando en las fuerzas militares.[80] En realidad una división en el ejército solo podría haber ocurrido, si los soldados de base se hubiesen levantado en solidaridad con sus hermanos y hermanas de clase, en claro desafío al poder.</p>
<p>Los generales entendieron eso, Allende no. Los generales sabían que el ejército profesional existe como última línea de defensa del Estado burgués. Allende no. La ilusión de que el ejército podría actuar en la lucha de clases en defensa de los trabajadores no era algo exclusivo de los reformistas, el periódico Punto Final del MIR, en su edición del 30 de Julio, llamaba a la formación de una “dictadura conjunta del pueblo y las fuerzas armadas”.[81]</p>
<p>Con todo, un cambio cualitativo estaba ocurriendo en las calles y en las fábricas. El ritmo de los acontecimientos se estaba acelerando y todos los días surgían nuevos órganos obreros. Un nuevo Cordón en Santiago Central agrupó a funcionarios públicos y habitantes de edificios. En Barrancas, una serie de ocupaciones de fábricas se transformó inmediatamente en un Cordón, cuando los comités de cada fábrica formaron un comité coordinador conjunto. Cuando los comerciantes intentaron cerrar sus comercios ellos fueron reabiertos por la población local, que paso a organizar la distribución directa de bienes. Cuando los propietarios de la flota de camiones fueron nuevamente a la huelga, para protestar contra un plan del sistema estatal de transporte, los trabajadores requisaron directamente los vehículos. Los hospitales fueron tomados por comités de trabajadores.</p>
<p>En cierto sentido, la respuesta a la tentativa de golpe de Souper, fue una reedición de los acontecimientos de Octubre de 1972. Pero existían diferencias importantes. Primero, la clase obrera tenía ahora la experiencia de muchos meses de autoorganización, sobre la cual basaba su respuesta. Segundo, el factor militar era ahora central. Tercero, el gobierno de Allende podía ofrecer mucho menos que el año anterior. En una palabra, las apuestas eran mayores y el tiempo más corto. El potencial era también mayor.</p>
<p>En la fábrica  de vestimenta El As, un grupo de trabajadoras sin ninguna historia política ocuparon la fábrica. Quedaron sorprendidas cuando un dirigente sindical local, que era demócrata-cristiano, se adhirió a la lucha, y quedaron encantadas cuando fueron invitadas a adherirse al Cordón O´Higgins. Como dice una de ellas:</p>
<p><em>“La solución de la CUT de conversar con los patrones y alcanzar un acuerdo con ellos, devolviéndoles las fábricas&#8230; (hace un silencio)&#8230; Yo nunca fui de meterme en política, nosotras nunca conversamos mucho sobre el proceso (político), pero nosotras estamos metidas en esto ahora y sabemos lo que esto significa, lo que tenemos para decir es que eso es una traición a la clase trabajadora. Tal vez ésta sea un fábrica pequeña&#8230; pero en el fondo lo que importa aquí es lo político y no lo económico. Si nosotros los trabajadores queremos el poder, nunca lo conseguiremos devolviendo las fábricas por muy pequeñas que ellas puedan ser”.</em>[82]</p>
<p>Las condiciones de una crisis revolucionaria estaban dadas. Las funciones de producción, distribución, defensa de los trabajadores y los servicios sociales, estaban en las manos de las organizaciones obreras. La burguesía se estaba movilizando para el enfrentamiento. En cuanto al Estado existente, era impotente para obrar decisivamente en un momento en el que ya no podía gobernar.</p>
<p>Tres días después del golpe de Souper, Allende declaró nuevamente el Estado de Emergencia. Su declaración no fue ni más ni menos que una invitación al ejército a que resolviese la situación del modo que hallase mejor. El nuevo gabinete anunciado el 4 de Julio no incluía ningún representante militar. La afirmación de Allende de que eso era para “no comprometer la neutralidad de las fuerzas armadas”, no sonó muy convincente. Por el contrario, parecía que les daba máxima libertad de movimiento, eximiéndolos de todo tipo de control político.</p>
<p>El primer acto de los militares, como antes, fue enfocarse en los periódicos y los canales de televisión que simpatizaban con los trabajadores. Un número de Punto Final fue requisado de los puestos de venta y el Canal de televisión estatal fue censurado. Al Canal 13, dirigido por el demagogo de derecha, padre Hasbun, le era permitido continuar sus llamados para un golpe militar, sin interrupción.[83] Un toque de queda fue impuesto, impidiendo efectivamente que los trabajadores coordinasen sus actividades durante la noche. Y, fuera de Santiago, los relatos sugerían que los militares ya estaban estableciendo su control.</p>
<p>La fuerza militar fue enormemente reforzada cuando simpatizantes de la UP en la Marina y en la Fuerza Aérea, denunciaron públicamente los preparativos del golpe, que ya estaban desarrollándose en algunas instalaciones militares claves. Sus ruegos a Allende para que obrase fueron respondidos con el agradecimiento presidencial por su lealtad, pero con la afirmación de que respecto al Estado de Emergencia él debía dejar al alto mando resolver el problema –él estaba seguro de que eso realizarían. Los militares resolvieron, pero a su manera. Juzgaron a estos marinos y aviadores en una corte marcial, los condenaron a largo tiempo de prisión y los sometieron a torturas.</p>
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<h3>EL ACTO FINAL</h3>
<p>El acto final del drama chileno ocurrió en Julio y Agosto de 1973. El golpe militar de Septiembre que derrocó el gobierno de la UP y ahogó a Chile en un baño de sangre, fue un golpe de gracia.</p>
<p>Durante el invierno las cuestiones secundarias fueron resueltas. Ahora faltaba efectivizar la batalla por el poder. Las fábricas estaban nuevamente ocupadas –muchas no habían sido devueltas desde Octubre de 1972, los centros de abastecimiento estaban bajo el control directo de los trabajadores, las organizaciones de autodefensa habían sido reformuladas. La clase trabajadora estaba preparada para esa fase final de la lucha de clases –pero sus dirigentes no.</p>
<p>Allende, después de su vacilación y su inesperado apoyo a los comandos en las declaraciones anteriores, parecía más decidido en su contra el día 25 de Julio. Nuevamente él dirigió su ataque contra los cordones y la izquierda en general, por llevar al país al borde de una guerra civil. El carácter político de su discurso se tornó mas claro y se hizo mas despreciable por el contexto en el cual fue hecho. Los sectores empresariales de derecha estaban ahora defendiendo abiertamente el derrocamiento militar de la UP. La segunda huelga de los patrones, dirigida por los transportistas estaba por ser iniciada al día siguiente. El Congreso estaba virtualmente paralizado, bloqueado por un montón de propuestas acusatorias contra Allende y solicitudes de su remoción de la Presidencia. La economía estaba paralizada, las exportaciones de cobre caían en valor, la burguesía cesaba de invertir, piezas y materias primas eran cada vez más difíciles de ser conseguidas, y aumentaba la escasez de productos. La burguesía estaba usando todas sus armas económicas. Y el asesinato del capitán Araya, asesor personal de Allende, fue un claro aviso de que ellos estaban verdaderamente preparados para usar sus armas.</p>
<p>Cuando la Ley de Control de Armas fue finalmente aprobada a comienzos de Agosto, su propósito no fue el de proporcionar un instrumento legal contra aquellos que estaban preparando el golpe, o contra las bandas de ultraderecha. Fue por el contrario, el medio que permitió al ejército y a la policía, bajo el Estado de Emergencia de Allende, realizar ataques preventivos contra las organizaciones de masas.</p>
<p>Esta operación fue conducida de un modo coordinado, sistemático y a nivel nacional. El día 7 de Agosto hubieron relatos de que Punta Arenas, ciudad del extremo sur de Chile, estaba bajo ocupación militar y que un trabajador había resultado muerto. En Cautim y Temuco, las propiedades de las organizaciones campesinas fuero requisadas, y muchos de sus líderes apresados y torturados. El periódico Chile Hoy llegó a mostrar fotografías de las marcas de las torturas en su edición del 30 de Agosto. En cada caso las operaciones eran posibles porque la Ley de Control de Armas permitía la imposición de la Ley Marcial, aunque eso exigiese explícita anuencia presidencial. La cual siempre fue concedida.</p>
<p>En la ciudad de San Antonio, el Estado de Emergencia puso en evidencia a un hombre que se volvería infame como dirigente de seguridad estatal después del golpe –Manuel Contreras. Pero en San Antonio él encontró resistencia firme por parte de acciones de masas coordinadas. En el Teatro del Pueblo en Osorno, las organizaciones locales se reunieron bajo la dirección del Cordón local y publicaron un programa por el inmediato restablecimiento del control obrero de la ciudad. Ese programa incluía más expropiaciones de fábricas, apoyo a las luchas de los indios Mapuche por la tierra, el compromiso de reorganizar el servicio de salud bajo control de los trabajadores, y una invitación a los soldados rasos a desertar y sumarse a los trabajadores. Aquí la cuestión estaba puesta de forma explícita: era un desafío al Estado burgués.</p>
<p>El día 3 de Agosto, Allende anunció un nuevo gabinete formado por ministros de la UP y por generales. Eso era totalmente consistente con sus acciones y declaraciones hechas recientemente. Allende se había entregado completamente a la idea de que la cuestión clave era defender y sustentar al Estado burgués. En esto él y la burguesía estaban de acuerdo.</p>
<p>¿Quién era entonces el enemigo? El líder del Partido Comunista, Luis Corvalán, en un discurso trágicamente famoso hecho en Santiago el día 8 de Agosto,[84] dejó la cuestión clara y sin ninguna sombra de dudas. El alabó el firme patriotismo y lealtad de las fuerzas armadas y en el mismo discurso denunció a la ultraizquierda, a la cual él equiparaba con los grupos fascistas de Patria y Libertad, como responsables de la violencia. En los tres días anteriores el ejército había ocupado algunas fábricas en el Cordón de Cerrillos y la marina había entrado a la fuerza en el Hospital Van Buren en Valparaíso.</p>
<p>Cuando Corvalan y Allende atacaban a la ultraizquierda, ellos estaban dirigiendo su veneno contra la única fuerza visible que desafiaba activamente al Estado –la propia clase trabajadora. Existen pocas ocasiones en que las organizaciones de izquierda se enfrentan con posibilidades tan dramáticas y creativas como las que les fueron ofrecidas por las organizaciones obreras –los comandos y los cordones– en Chile de Julio y Agosto de 1973. El largo y paciente trabajo preparativo de cualquier organización revolucionaria, está dirigido justamente a determinado momento, pero una vez en que ese punto es alcanzado, existe poco margen para la vacilación o el debate. Es el momento para ser tomado –o ser perdido. La izquierda chilena no estaba a la altura de la tarea.</p>
<p>El problema no era sólo una cuestión de armas. En ese momento crítico, la clase trabajadora desarmada no podía atraer a los soldados, haciéndoles romper su disciplina militar o resistir un ataque militar. Es claro que los trabajadores tenían que ser armados, pero la cuestión central era otra. Las armas desequilibran la balanza solamente cuando son usadas en la búsqueda de un claro objetivo político: la conquista del poder y el derrumbe del Estado. Cuando son usadas por un movimiento organizado dirigido por revolucionarios que comprenden la naturaleza del momento.</p>
<p>Eso no quiere decir que todo lo necesario para un grupo revolucionario con determinación, es esperar en los bastidores, prontos y armados hasta el momento justo. Una revolución exige el desarrollo de una organización que pueda dirigir a la clase trabajadora, una organización implantada en sus luchas cotidianas y construida en base a la comprensión de la lucha de clases y de su posible resultado.</p>
<p>En ausencia de tal dirección política, una revolución social victoriosa es imposible. De hecho, llamadas para la lucha armada como las que fueron hechas por el MIR y por Altamirano, Secretario del Partido Socialista, en los primeros días de Agosto de 1973, fueron irresponsables al extremo. En aquella circunstancia hasta el mismo Partido Comunista –en una cabal demostración de oportunismo– estaba pidiendo a los trabajadores que se armaran. Los llamados de Altamirano a los soldados para que depusiesen las armas, transfería la responsabilidad de tomar una decisión revolucionaria al soldado individualmente –cuando esa responsabilidad pertenecía claramente a las organizaciones revolucionarias, o a las que se definían como tales.</p>
<p>Hacia el final de Agosto un clima de desmoralización se había extendido sobre toda la clase trabajadora chilena. Las conmemoraciones del 4 de Septiembre, en recuerdo de la victoria electoral de Allende en 1970, fueron apáticas y deprimentes. Como resultado, el golpe militar una semana después fue un desenlace inevitable.</p>
<p>Entretanto, las cosas podrían haber ocurrido de forma diferente. Los trabajadores estaban prontos para luchar y preparados para las consecuencias. Las organizaciones sobre las cuales levantar un nuevo poder obrero ya existían. Pero al fin y al cabo, todas las organizaciones de la izquierda chilena dirigían su política hacia la UP, interpretaban el elevado nivel de lucha de las masas en forma de presión sobre la UP, y así no proporcionaban una dirección alternativa y revolucionaria a la clase trabajadora.[85] Esa incapacidad de proporcionar una dirección, equivalió a abandonar a los trabajadores a los salvajes ataques de la burguesía, y cada organización de la izquierda chilena comparte esa responsabilidad.</p>
<p>Partiendo de ese contexto, el tan citado discurso final de Allende, transmitido por radio poco antes de su asesinato, era incorrecto. Su indignación moral, su declaración de que la historia condenaría a los generales, era una renuncia imperdonable a su propia responsabilidad, y una mentira dirigida a la posteridad. Los eventos de 1973 en Chile mostraron un vislumbre del poder de los trabajadores, de su capacidad de enfrentar los desafíos de la lucha de clases. Trágicamente también demostraron, que son enemigos de la revolución el reformismo y la política de aquellos que están más comprometidos con la defensa del Estado burgués, que con la transformación del mundo.</p>
<p>Después de la tragedia, en Chile la historia real tuvo que ser reescrita para proteger a los reformistas de todo el mundo, de las verdaderas consecuencias de la política de conciliación de clases.[86] El golpe que puso fin a las luchas de 1972-1973 en Chile, fue una derrota terrible y salvaje para la clase trabajadora, pero no fue el resultado de una conspiración mundial y no era algo inevitable. Había otra posibilidad en al agenda histórica, que no podemos permitir que sea enterrada. La importancia de Chile entre 1972 y 1973 y su legado para las luchas futuras, debe ser remarcada.</p>
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<h3>EL GOLPE</h3>
<p>El día 11 de Septiembre de 1973 una operación militar combinada, que tuvo inicio temprano a la mañana, derrumbaba el gobierno de Salvador Allende. El golpe fue dirigido por Augusto Pinochet, quien fuera miembro militar del gabinete de Allende en Agosto. Hacia las nueve de la mañana, los tanques cercaron el palacio presidencial. Este era el último acto del golpe, una vez que las más combativas organizaciones obreras, campesinas, estudiantiles y barriales ya habían sido desarmadas y destruidas, durante el Estado de Sitio en vigor durante las semanas anteriores.</p>
<p>En realidad el golpe no era una sorpresa para nadie. El Partido Comunista por ejemplo, lanzó un afiche dos días antes del golpe, con la frase: “No a la violencia de izquierda ni de derecha”. Cuando los militares asumieron el control del poder, militantes de varias organizaciones esperaron en vano las instrucciones de sus dirigentes. Con excepción de resistencias esporádicas y aisladas, no hubo una resistencia organizada al golpe. La lucha estaba perdida y el movimiento llevado a la derrota por sus dirigentes reformistas.</p>
<p>En el transcurso de los días, miles de personas fueron cercadas y llevadas a instalaciones militares, a prisiones y campos de concentración improvisados. Miles fueron también llevados al Estadio Nacional de Fútbol de Santiago, y mantenidos allí hasta ser trasladados para ser torturados o asesinados. Algunos, como Víctor Jara, el cantor folklórico más conocido de Chile, no tuvo siquiera que esperar tanto. Le quebraron las manos cuando intentaba cantar una canción de resistencia y enseguida lo ejecutaron.</p>
<p>El golpe fue conducido con un salvajismo extraordinario. Miles fueron sujetos a una incontable violencia, sujetos a torturas aberrantes, maltratados y asesinados. En los siguientes doce días, miles de personas fueron asesinadas. Eran los mejores y más valientes líderes de la clase trabajadora, sistemáticamente asesinados con la sofisticada ayuda de los servicios extranjeros. Y no eran solo asesinados –eran despedazados para alertar y aterrorizar a la futura generación. El resto era tratado arbitrariamente para aterrorizar a la población y dar una aviso claro de que el nuevo régimen no daría tregua. Ese era el significado de los cuerpos mutilados que flotaban cada mañana en el Río Mapocho en Santiago.</p>
<p>Para aquellos que como el propio Allende, siempre insistían en la profunda y sólida tradición democrática de Chile, y en el profesionalismo de sus fuerzas armadas, la brutalidad y el sadismo del golpe eran inexplicables. Reformistas del mundo entero que intentaron explicar esa aparente aberración, oscurecieron su análisis sobre el ejército e intentaron proteger a la Unidad Popular, de los ojos inquisidores del futuro. Ellos intentaron echarle la culpa a una conspiración de la CIA.[87]</p>
<p>La realidad fue otra. El golpe ocurrió porque el creciente nivel de la lucha de clases en Chile llegó a amenazar la existencia de la sociedad burguesa. En ese momento decisivo de la lucha de clases, la clase dominante no ofrece ninguna tregua, cualquiera sea la idiosincrasia. Las “democracias” occidentales, al final de cuentas, son meticulosas en la defensa de las tradiciones “democráticas” hasta el fin, incluso con armas de destrucción masiva si es necesario. Y así fue en Chile.</p>
<p>La violencia de los militares chilenos no se basaba en ningún sentimiento de venganza, pero incluyó la destrucción sistemática de la memoria de la clase trabajadora y de sus mejores y más valientes organizadores y dirigentes. Cuando tuvieron hecho esto, ellos pudieron llevar a Chile a la arena experimental de una economía monetarista, sin el obstáculo de una clase trabajadora organizada. Su lógica era la lógica del capitalismo con todas las consecuencias que ya conocemos: un patrón de vida mínimo para los trabajadores, desempleo permanente y estructurado, ausencia de servicios sociales, clima de terror permanente, escuelas que pudan enseñar resignación y patriotismo.[88]</p>
<p>Con todo lo que hicieron, los reformistas impidieron la organización de la conquista del poder por parte de los trabajadores, porque según ellos eso traería consecuencias negativas. En su ansiedad de salvar a los trabajadores de sí mismos, la Unidad Popular dejó a la clase trabajadora desarmada frente al golpe. Hoy las luchas de los trabajadores chilenos comenzaron de nuevo, y  sería una terrible ironía del destino si no les fuese permitido aprender la lecciones de su propia historia&#8230;</p>
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<p><span style="font-size:15px;font-weight:bold;">Notas</span></p>
<p><span style="font-size:15px;"><strong>Mike González</strong> es miembro del Socialist Workers Party de Gran Bretaña, realiza tareas académicas en la Universidad de Galsgow y escribe regularmente sobre temas vinculados a América Latina. Entre sus obras pueden destacarse: <em>Cuba, Castro and Socialism</em> with Peter Binns (1980), <em>Cuba, socialism and the third world</em> with Peter Binns and Alex Callinicos (1980), <em>Nicaragua : revolution under siege</em> (1985), <em>Nicaragua: what went wrong?</em> (1990), <em>Which way forward for the movement? </em>with Alex Callinicos (2002), <em>Che Guevara and the Cuban Revolution</em> (2004), <em>Bolivia: Rising of a People </em>(2005) y <em>A rebel&#8217;s guide to Marx</em> (2005). Durante los 90s este trabajo fue traducido del inglés al portugués por Rui Kureda. Ahora contamos con el texto en castellanogracias a la traducción del portugués realizada por Carla Modernell y Alejandro Cardozo. </span><span style="font-size:15px;">La presente edición, corresponde a Mayo del 2001.</span></p>
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</span></p>
<p>1.	Las vías de trenes transportaban un tercio del flete nacional y los dos tercios restantes eran transportadas 			por las carreteras.</p>
<p>2.	En verdad él era miembro de una pequeña organización de extrema derecha llamada Patria y Libertad que 			tenía fuertes simpatías por los teóricos del fascismo. Esa organización estaría envuelta en el asesinato del 			General Schneider a finales de la década del 70 –el General era simpatizante de Allende– y en una serie de 			incidentes violentos. Desde Octubre de 1972 estuvo envuelta activamente en la preparación del golpe 			militar, y sus líderes, Pablo Gonzáles y Roberto Thieme, se volvieron los defensores del régimen militar. 			Irónicamente, más tarde ambos dos se volvieron contra Pinochet.</p>
<p>3.	La política de la UP es descrita en detalle por Ian Roxborough, Phil O‘Brien, Jackie Roddick: <em>State and 			Revolution in Chile</em> (Mcmillan, London, 1977). De aquí en adelante nos referiremos a Roxborough, 1977. 			Ver también Ann Zammit (editor) <em>The Chilean Road to Socialism</em> (Brighton, 1973).</p>
<p>4.	Los indicadores básicos pueden ser encontrados en Roxborough, 1977, pp. 131-32. Para un tratamiento 			más completo ver S. Ramos, <em>Chile, ¿una economía en transición?</em> (Chile, 1972).</p>
<p>5.	El debate sobre Chile fue analizado en detalle por este autor en &#8220;The left and the Coup in Chile&#8221;, en<em> International Socialism, </em>invierno de 1984, pp. 45-86.</p>
<p>6.	Ver  F. Casanueva en M. Fernández, <em>El Partido Socialista y la lucha de clases en Chile</em> (Santiago 1973). Ver 		también C. Altamirano, <em>Dialéctica de una derrota</em>.</p>
<p>7.	Los argumentos se basaron en el hecho de que la derecha fue incapaz de llegar a un acuerdo sobre el 			candidato único a las elecciones de 1970, presentando dos candidaturas. Alessandri, representante del 			Partido Nacional, representaba los intereses de los latifundistas y de las grandes empresas financieras. 			Después de fricciones internas graves, los demócratas cristianos presentaron a Radomiro Tomic, 				considerado del ala izquierda del partido. Los votos fueron distribuidos de forma muy equilibrada entre los 			tres, recibiendo Allende el 36% de los votos, Alessandri 34,9% y Tommic 27,8%</p>
<p>8.	Ver Mónica Threlfall, Shantytown, &#8220;Dwellers and people&#8217;s power&#8221;, en P. O‘Brien (editor), <em>Allende&#8217;s Chile</em> (Paeger, New York, 1976) pp. 167-91. Ver también J. Giusti, <em>Organización y participación popular en Chile</em> (FLASCO, Santiago, 1973)</p>
<p>9.	El MAPU fue creado en 1968 y se fornó parte de la coalición de la UP.  La Izquierda Cristiana se formó en 			1971 en torno de Jacques Chonchol, ex ministro de economía de Frei.</p>
<p>10.	Ver González, pp. 65-68. Ver también un buen análisis de Tom Bossert, <em>Political Argument and policy 			issues in Allende´s Chile</em> (University of Wisconsin Press, 1976).</p>
<p>11.	De echo las empresas de cobre estuvieron en una situación extremadamente favorable durante el gobierno 			de Frei. Su política de “chilenización” de las minas significaba que el Estado compraría las acciones de 			todas las minas, a precios inflados, y se hacía  responsable de todas las inversiones futuras. Esas 				inversiones eran financiadas con préstamos externos. Aunque las grandes multinacionales del cobre 			controlaban el mercado y el precio mundial.</p>
<p>12.	La lista completa de firmas  nacionalizadas está en Roxborough, 1977, pp. 90-93</p>
<p>13.	El texto completo de los estatutos está en Roxborough, 1977, pp104. la explicación del propio Allende está 			en Debray, <em>Conversaciones con Allende</em> (Méjico, 1971) pp. 116-17.</p>
<p>14.	Ver Allende, <em>Chile´s Road to Socialism</em> (Harmondsworth Penguin, 1973) cap. 9, pp. 90-100. Joan Garces, 			un asesor clave de Allende presentó su punto de vista en <em>Chile Hoy</em>, con su argumento del “doble poder en 			el Estado”, ver Garces, <em>El Estado y los problemas tácticos del gobierno de Allende</em> (Siglo XXI, Méjico, 1973).</p>
<p>15.	Sobre el desempeño económico del gobierno durante el primer año, ver Roxborough, 1977, cap 4. Ver 			también Paul Sweezy en <em>Montlhy Review</em>, Diciembre de 1973, pp. 1-11.</p>
<p>16.	Los EE.UU. cumplieron su parte, cortaron todas las ayudas que no fuera la asistencia militar (la cual 			aumentó en volumen) cobrando la deuda externa chilena. Sobre el papel de los EE.UU., ver The ITT 			Memos: <em>Subversión in Chile</em> (Spokesman Books, Nottingham, 1972), P. Agee, <em>Inside the company: A CIA 			Diary</em> (Penguin, Harmondsworth, 1975) y el relato del Comité Selecto del senado Norteamericano de 1975, 		<em>Covert Action in Chile: 1963-1973</em>.</p>
<p>17.	Sobre la cuestión de la tierra ver I. Roxborough, <em>Agrarian policy in popular unity government</em> (University 			of Glasgow Ocasional Paper, 1974) y D. Lehmann (editor) <em>Agrarian reform and agrarian reformism</em> (Faber, 		Londres, 1974) Sobre las huelgas y el balance político del movimiento obrero ver <em>Correo Proletario</em>, 			número 2, Londres, 1975, pp. 4-5.</p>
<p>18.	Esos comentarios fueron hechos  por Radomiro Tommic y citados por <em>Morning Star</em>, 7 de agosto de 1972.</p>
<p>19.	Ver Bosset, sobre todo el debate. Las respuestas del MIR y del MAPU están en las colecciones de 				documentos publicados por <em>Politique Hebdo</em> (París) en 1974 y en Roxborough 1977, cap. 4.</p>
<p>20.	Ver MAPU (<em>Politique Hebdo</em>) cap. 2. La confusión del MAPU era profunda, pues se proclamaba 				firmemente un partido revolucionario basado en el marxismo-leninismo (ver los esbozos de su V Plenario 			en <em>El segundo año del gobierno popular</em> (Santiago, noviembre de 1972). El MIR vacilaba extremadamente 			en sus respuestas (ver <em>Punto Final</em>).</p>
<p>21.	Ver <em>Chile Hoy</em> N º30 de Junio/Julio de 1972, p. 6. Vergara reaparecería y realizaría comentarios casi 			idénticos después de Lo Hermida (ver nota 26) en su condición de Sub-secretario del Interior.</p>
<p>22.	Toda la discusión era reproducida en la revista <em>Chile Hoy</em> Nº 1, 16-22 de Junio de 1972, pp. 4-6.  Me valdré 		de las citas de esta revista semanal muy buena (editada por miembros del Partido Socialista, pero que 			contenía amplio y continuo debate) desde el primer al último número, del 30 de agosto de 1973. <em>Chile Hoy</em>, 			y la revista <em>Punto Final</em> del MIR, proporcionan el relato más detallado y cuidadoso del proceso chileno. En 			relación a ese período en general, ver Altamirano, especialmente cap. 4.</p>
<p>23.	Ver <em>Chile Hoy</em>, Nº 6, pp. 10-11.</p>
<p>24. Eso no quería decir que fueran ignorados. <em>Chile Hoy</em> y <em>Punto Final</em> pasarían a discutir sobre los cordones 			casi continuamente. Ver Chile Hoy Nº 8, pp. 4-5. El primer programa puede ser encontrado en Roxborough, 		1977, pp. 170-71, y en Allende.</p>
<p>25.	Ver O´Brien p. 31. Ver también Hurtado Beca, “Chile 1973-81” en Gallitelli y Thompson (editores) 			<em>Sindicalismo y regímenes militares en Chile y Argentina</em> (CEDLA, Ámsterdam 1982).</p>
<p>26.	Ver <em>Chile Hoy</em> Nº 9, pp. 6-7 y Nº 10, pp. 6-7.</p>
<p>27.	Ver por ejemplo el análisis interesante de E. González en International Socialism Review (New York ), 			Octubre de 1973.</p>
<p>28.	Ver P. Santa Lucía, <em>Industrial workers and struggle for power </em>en O´Brien , pp. 140-41. Ver también  <em>Chile 			Hoy</em> Nº 8, pp. 6-7 y 11, donde Miguel Enriquez, Secretario General del MIR da su visión en las páginas 29 			y 32. Ver también MAPU (París 1974) cap. 2.</p>
<p>29.	Ver <em>Chile Hoy</em>, Nº 8, p. 6.</p>
<p>30.	“En verdad en torno a 1973 los únicos burgueses demócratas reminiscentes en Chile eran Allende, el 			Partido Comunista y una sección del Partido Socialista” escribe C. Kay “The chilean road to socialism:post 			mortem” en <em>Science and Society</em>, verano de 1976, p. 224.</p>
<p>31.	<em>Chile Hoy </em>y <em>Punto Final</em>.</p>
<p>32.	Fuentes de información de se período, son como siempre, <em>Chile Hoy</em> y <em>Punto Final</em>, sobre los cuales la 			mayoría de los libros basan sus análisis –ver por ejemplo, M. Raptis, <em>Revolution and Counter-Revolution in 		Chile</em> (Allison and Busby, London 1974)</p>
<p>33.	Citado en <em>Punto Final</em>, Nº 170, p. 6.</p>
<p>34.	<em>Chile Hoy</em>, Nº 19, p. 5.</p>
<p>35.	Sobre las batallas trabadas en el medio, ver el importante trabajo de Armand Mattelart y su grupo CEREN 			publicado en la revista <em>Cuadernos de la realidad nacional</em>. Ver también M. Gonzáles, <em>Ideology and culture 			under Popular Unity </em>en O´Brien, pp. 106-127.</p>
<p>36.	<em>Chile Hoy</em>, Nº 19, p. 5.</p>
<p>37.	Sobre la estrategia de la derecha ver Ian Roxborough, “Reversing the revolution: the chilean opposition to 			Allende” en O´Brien, pp. 192-216. Ver también J. Petras y M. Morley, <em>How Allende fell</em> (Spokesman, 			Nottingham, 1974)</p>
<p>38.	<em>Punto Final</em>, Nº 170, p. 6.</p>
<p>39.	ibidem</p>
<p>40.	ibidem</p>
<p>41.	<em>Chile Hoy</em>, Nº 20, p. 30.</p>
<p>42. Roxborough 1977, pp. 167-8 y 172-4. Ver también Raptis pp. 103-4.</p>
<p>43. Ver por ejemplo, Bossert y <em>Correo Proletario</em>.</p>
<p>44. Ver Allende, pp. 192-3, por ejemplo.</p>
<p>45. Un argumento reproducido, por ejemplo, en panfleto <em>Chile: trade unions and the esistanse</em> (Londres: Chile 			solidarity campaign, 1975) p. 11: “los cordones puden ser vistos como una extensión de la CUT a nivel 			local”.</p>
<p>46. El segundo año&#8230; p. 383.</p>
<p>47. Bossert, p. 221.</p>
<p>48. Ver <em>New Chile</em>, Londres, Nº 2, pp. 2-3. Ver también MAPU.</p>
<p>49. Ver Garces, pp. 214-17, que le pone énfasis a una entrevista con el General Prats, comandante del ejército, 			en Ercilla y <em>Chile Hoy</em>. Grace afirma que, por ejemplo, “los hombres del ejército que entendían que debían 			colaborar con el gobierno de Allende no eran del tipo que la derecha reaccionaria imaginaban debían ser”.</p>
<p>50.<em> Chile Hoy</em>, Nº 22, p. 32.</p>
<p>51. ibidem</p>
<p>52. Ver el documento citado en Chile 1973.</p>
<p>53. <em>Chile Hoy</em>, Nº 22, citado en Graces.</p>
<p>54. <em>Punto Final</em>, Nº 170, p. 3.</p>
<p>55. <em>Chile Hoy</em>, Nº 58, p. 5.</p>
<p>56. Estas eran las opiniones de Bosco Parra líder dela Izquierda Cristiana, en una entrevista en <em>Punto Final</em>, Nº 171, pp. 6-7.</p>
<p>57. El orador es Gabriel Aburto en <em>Punto Final</em>, Nº 172, pp. 4-5.</p>
<p>58. La urgencia de las discusiones podía ser sentida en los documentos de los diferentes partidos de la época</p>
<p>–en revistas como <em>Chile Hoy</em>, <em>Punto Final</em> y <em>Puro Chile</em>, así como las publicaciones de varias  				organizaciones, como ser <em>El Siglo</em> (PC), <em>La Aurora</em> (PS), <em>El Rebelde</em> (MIR),  y el intenso debate conducido 			en cada uno de ellos.</p>
<p>59. Lenin, durante un momento parecido en el curso de la revolución rusa, presentó en sus <em>Tesis de Abril</em> un 			análisis de las tareas particulares, construyendo el partido sobre la fuerza de la combatividad de las 			organizaciones de masas, pero más que nada venciendo la batalla por la dirección política del movimiento. 			<em>“Cuanto más cede el gobierno a la influencia de la burguesía, la tarea de los revolucionarios es presentar 			una explicación paciente, sistemática y persistente de los errores de sus tácticas, y además una explicación 			especialmente adaptada a las necesidades de las masas”</em>.</p>
<p>60. Un debate reproducido íntegramente en <em>Punto Final</em>, Nº 173, sección de documentos, pp.1-22.</p>
<p>61. Ver E. González</p>
<p>62. En una entrevista en <em>Punto Final</em> Nº 183, p. 4</p>
<p>63. P. Santa Lucía, p. 147.</p>
<p>64. P. Santa Lucía, p. 148.</p>
<p>65. Ver Roxborough en O´Brien, pp. 205-7</p>
<p>66. Ver Roxborough, 1977</p>
<p>67. Los ejemplos son innumerables, la comisión política del MAPU, por ejemplo, argumentó el día 12 de 			febrero de 1973 la necesidad de <em>“exigir del gobierno una respuesta revolucionaria” </em>y construir <em>“un polo 			revolucionario dentro de la UP”</em> (en Chile 1973, pp. 54-55. En el debate de mayo el dirigente de las 			organizaciones obreras del MIR insistió en que los cordones debían ser dirigidos por la CUT, etc.</p>
<p>68. Ver, como ejemplo particularmente  tosco de ese argumento, C. Kay, &#8220;The Making of a Coup&#8221; en <em>Science and 			Society</em>, 1974 –reproducido en &#8220;Edimburgo Solidarity Campaign Bulletin&#8221;, <em>Chile Hoy</em>, Nº2, p. 9. Para el 			argumnto opuesto ver H. Prieto,<em> The gorillas are amongst us</em>. (Pluto Press, London 1974) pp 34-36.</p>
<p>69. Ver Prieto</p>
<p>70. <em>Punto Final</em>, 3/07/73, p. 13.</p>
<p>71. Ver<em> Punto Final</em>, Nº 182, p. 4</p>
<p>73. Descrito en<em> Punto Final</em> como “Un congreso fuera de onda”, Nº 187, p. 9.</p>
<p>74. Ver <em>Punto Final</em>, Nº 185, pp. 16-18</p>
<p>75. P. García, citando de <em>Chile Hoy</em>, Nº 55</p>
<p>76. De P. García ver también Santa Lucía.</p>
<p>77. Prieto, p.37</p>
<p>78. Prieto, p.39.</p>
<p>79. Ver <em>Punto Final</em> y <em>Chile Hoy</em>. La dirección del Partido Socialista se jactaba de que la clase obrera no tenía 			armas –ver <em>Chile Hoy</em>, Nº 58 y 59.</p>
<p>80. Altamirano dice, después de la tentativa de golpe del 29 de junio:<em> “Nunca la unidad del pueblo, las fuerzas 			armadas y la policía estuvo tan fuerte como ahora&#8230; y esa unidad crecerá con cada nueva batalla en la guerra 		histórica que estamos conduciendo”</em> (cruelmente citado en <em>Le Monde</em>, 16-17 de setiembre de 1973). El 			repetía las palabras del Secretario General del Partido Comunista, Luis Corvalan, en el comienzo de agosto 			durante un gran mitin en Santiago; infelizmente para él, su discurso fue publicado en la edición de 			Setiembre de 1973 de <em>Marxism Today</em>, revista del Partido Comunista británico.</p>
<p>81. <em>Punto Final, </em>n. 189</p>
<p>82. Roxborough, 1977, p. 176</p>
<p>83. Ver González en O´Brien, pp. 118-21</p>
<p>84. Reproducido con trágica ironía en la revista<em> Marxism Today</em> en Setiembre de 1973</p>
<p>85. Ver la entrevista con el Secretario General del MIR, Miguel Enriquez en<em> Punto Final</em>, Nº 189, pp. 4-7.</p>
<p>86. Ver González , 1984</p>
<p>87. Ver el panfleto del Partido Comunista británico, <em>Chile: Solidarity with Popular Unity</em>, London.</p>
<p>88. Es una de las paradojas de la experiencia chilena es que el enorme conjunto de escritos y análisis del 			proceso de 1970-1973 haya sido hecho después del golpe. En la mayoría de los casos con el objetivo de 			justificar o legitimizar una u otra perspectiva durante el período de la UP. En lo inmediato después del 			golpe, el énfasis estaba puesto en lo salvaje del mismo. De los muchos relatos los siguientes pueden ser 			mencionados; <em>Chilli: le dossier noir</em> (Gallimard, Paris, 1974); R. Silva, <em>Evidence on the terror in Chile</em> (Merlín, London, 1975); la revista fue publicada por la Campaña de Solidaridad con Chile (GB); <em>Chile 			Fights</em>, a partir del fin del año 1973; <em>Chile: The story venid the coup</em> (ANCLA, N. York, 1973) y el discurso 		de E. Berlinguer, secretario del Partido Comunista italiano, en <em>Marxism Today</em>, febrero de 1974.</p>
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<p>______</p>
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			<media:title type="html">Chile 1973. Revolución y contrarrevolución</media:title>
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		<title>España 1936. La Revolución derrotada</title>
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		<pubDate>Thu, 01 Apr 2010 08:09:08 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Socialismo Internacional</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Este folleto no contiene una historia de la República española ni de la Guerra civil española. Intenta ajustar al máximo su tema, la Revolución, es decir, la lucha de los trabajadores y de los campesinos españoles por sus derechos y libertades, por las fábricas y las tierras y, finalmente, por el poder político. De manera [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=socialismointernacional.wordpress.com&amp;blog=7864255&amp;post=329&amp;subd=socialismointernacional&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://wp.me/pwZQP-5j" target="_self"><img class="alignleft size-full wp-image-325" src="http://socialismointernacional.files.wordpress.com/2010/04/espana-1936-la-revolucion-derrotada.png?w=191&#038;h=270" alt="" width="191" height="270" /></a>Este folleto no contiene una historia de la República española ni de la Guerra civil española. Intenta ajustar al máximo su tema, la Revolución, es decir, la lucha de los trabajadores y de los campesinos españoles por sus derechos y libertades, por las fábricas y las tierras y, finalmente, por el poder político. De manera atrapante relata la agonía de la monarquía, la lucha entre sectores de la burguesía española, su relación con las distintas potencias imperialistas;  el avance de la clase trabajadora y de las fuerzas de izquierda, el alzamiento militar franquista, la respuesta popular, las vacilaciones de los anarquistas de la FAI y de la CNT, las limitaciones del Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM) y la catastrófica influencia estalinista a través del PCE y de los recursos y asesores de la URSS. En fin, un trabajo con muchas lecciones para las revoluciones que vendrán.</p>
<h6>PIERRE BROUE (1961)</h6>
<p><span id="more-329"></span><img title="Más..." src="http://socialismointernacional.wordpress.com/wp-includes/js/tinymce/plugins/wordpress/img/trans.gif" alt="" /><img title="Más..." src="http://socialismointernacional.wordpress.com/wp-includes/js/tinymce/plugins/wordpress/img/trans.gif" alt="" />_____</p>
<h3>Capítulo 1</h3>
<h3>LA MONARQUÍA</h3>
<p>El 12 de abril de 1931 España votó para designar sus consejos municipales. Hacía más de un año que el general que gobernaba en régimen de dictadura des­de 1923, Primo de Rivera, se había marchado, despe­dido por el rey Alfonso XIII, que antes no le había regateado su apoyo. Fue reemplazado por el general Berenguer y después por el almirante Aznar, que or­ganizó estas elecciones –a pesar de los riesgos eviden­tes– para dar al régimen, frágil, duramente mermado por la crisis y el descontento general, una cierta base. El 12 de diciembre anterior, dos oficiales, los capitanes Galán y García Hernández intentaron en Jaca un pronunciamiento en favor de la República. Fraca­saron, y Alfonso XIII insistió personalmente para que fueran fusilados, lo cual se hizo. Si el rey, sin embargo, corrió el riesgo de llamar a las urnas y de prometer el restablecimiento de las garantías constitucionales suspendidas bajo la dictadura, es porque esperaba que las estructuras tradicionales –el reinado de los caci­ques– dieran la victoria electoral a los candidatos monárquicos. No era el único que esperaba tal resulta­do, ya que los dirigentes socialistas Largo Caballero y el republicano Manuel Azaña pensaban, como él, que estas elecciones serían “como las otras”: una ra­zón suficiente a los ojos de los dirigentes socialistas para llamar a no tomar parte en unas votaciones a todas luces trucadas&#8230;</p>
<p>Ante la sorpresa general, estas elecciones municipales constituyeron una verdadera marea electoral: par­ticipación particularmente elevada en las votaciones y desbordante mayoría para los republicanos en todas las ciudades, sobre todo en Madrid y Barcelona. El hecho, ya previsto, de que en el campo salieran elegi­dos, poco más o menos en todas partes, los monárqui­cos, no cambiaba nada: estaba claro que la pequeña burguesía había votado en masa contra la monarquía. El principal consejero del rey, el conde de Romano­nes, uno de los mayores propietarios de tierras del país, fue el primero en sacar conclusiones políticas de estas elecciones: el rey debía marcharse. Esta era tam­bién la opinión del general Sanjurjo, otro amigo perso­nal del soberano, director general de la Guardia Civil: se lo dijo sin rodeos. El desafortunado soberano vaciló un poco, pero debió rendirse a la evidencia: sus fieles más próximos, sus partidarios más encarnizados son unánimes al pensar que debía marcharse si no quería hacer correr al país el riesgo de una “revolución roja”, en otros términos, de una revolución obrera y campe­sina. Alfonso XIII hizo, pues, sus maletas y emprendió sin tambores ni trompetas el camino del exilio. La mo­narquía española se había desvanecido sin gloria. La historia de la Segunda República comenzó con esta sorpresa que algunos saludaron con asombro, un cam­bio de régimen obtenido por simple consulta electoral, la proclamación de una república que no había cos­tado ni una sola vida humana&#8230;</p>
<p>Ya algunos meses antes, comentando la marcha del dictador Primo de Rivera, Trotsky, observador atento de los acontecimientos en España, había notado que en el curso de esta “primera etapa” la situación había sido resuelta “por las enfermedades de la vieja socie­dad” y no “por las fuerzas revolucionarias de la nue­va sociedad”.[1] Es decir, que España era una de las so­ciedades más “enfermas” de Europa, el eslabón más débil de la cadena del capitalismo. El avance adquiri­do por ella en el alba de los tiempos modernos se trans­formó en su contrario como consecuencia de la pérdida de sus posiciones mundiales al acabar el siglo XIX. La sociedad del Antiguo Régimen no había acabado to­davía de descomponerse cuando la formación de la sociedad burguesa comenzaba ya a detenerse. El capi­talismo no había tenido ni la fuerza ni el tiempo para desarrollar hasta el final sus tendencias centralistas, y el declinar de la vida comercial e industrial urbana, la disolución de los lazos de interdependencia entre las provincias reforzaba las tendencias separatistas cuyas raíces se hundían en la más lejana historia de la Península.</p>
<p>En lo esencial, la España de principios del siglo XX continuaba siendo un país agrícola donde la aplas­tante mayoría, 70% de la población activa, se consa­graba a la agricultura con medios técnicos rudimen­tarios, obteniendo los más bajos rendimientos por hec­tárea de toda Europa, dejando sin cultivo, por falta de medios y de conocimientos, debido a la estructura social, más del 30% de la superficie cultivable. En la totalidad del país, la tierra pertenecía esencialmente a los hacendados, los terratenientes que vivían en ré­gimen de dependencia parasitaria de una masa rural pauperizada: 50.000 hidalgos rurales poseían la mitad del suelo, 10.000 propietarios poseían más de 100 hec­táreas, de tal manera que más de dos millones de tra­bajadores agrícolas dependían, para vivir, del trabajo en los grandes latifundios, al igual que un millón y medio de propietarios de pequeñas fincas. Los ejem­plos de estas propiedades inmensas son bien conoci­dos, la del duque de Medinaceli con sus 79.000 hectá­reas, o la del duque de Peñaranda con sus 51.000&#8230; Es necesario matizar lo expresado anteriormente, indicar que en el norte y el centro el problema de las peque­ñas propiedades –el de los minipropietarios, de los granjeros, de los colonos contratados en diversas con­diciones– no era el de los latifundios del sur y de la gran miseria de sus trabajadores agrícolas, los brace­ros. Sea como fuere, la tierra de España pertenecía a un puñado de oligarcas y el campesino español pro­fundamente mísero tenía hambre de tierra.</p>
<p>La Iglesia española ofrecía una imagen conformis­ta a todo este mundo rural medieval. Al lado de la masa campesina que contaba con un 45% de analfa­betos, se contaban más de 80.000 sacerdotes, monjes o religiosos, lo mismo que alumnos de establecimientos secundarios, más de dos veces y media el efectivo to­tal de estudiantes. Con sus 11.000 haciendas, la Iglesia española no estaba lejos de ser el mayor propietario de tierras del país; por otra parte dominaba casi total­mente la enseñanza, con escuelas confesionales en las cuales habían sido educados más de 5 millones de adultos, y reflejaba en su jerarquía la manera de ser más resueltamente reaccionaria y pro oligárquica. Su jefe, el cardenal Segura, arzobispo de Toledo, gozaba de una renta anual de 600.000 pesetas –contra una media de 161 para un pequeño propietario andaluz. Era, según la expresión de un historiador español, un “hombre de Iglesia del siglo XIII”, para el cual “el baño no era una invención de los paganos, sino del mismo diablo”.[2]</p>
<p>El ejército no era menos característico. Nacido en la época de las guerras napoleónicas, amparándose en la joven generación de las clases dominantes decaden­tes que lo esperaban todo del Estado, creyéndose de­positarias de una misión nacional, el ejército era una fuerza social que buscaba el apoyo de una clase domi­nante herida de muerte, y su columna vertebral, la casta de los oficiales, justificaba, más que todos sus restantes privilegios, el de “pronunciarse”, es decir, ampararse en su propio provecho del control del Es­tado por el golpe de Estado militar.</p>
<p>A principios del siglo XX, particularmente en el período de la Primera Guerra Mundial, se reanudó, en parte, la industrialización. Sin embargo, quedó redu­cida a unas determinadas zonas geográficamente limi­tadas. La industria metalúrgica del País Vasco era la única en presentar los rasgos de una industria moder­na concentrada. La industria textil de Cataluña, la más importante desde el punto de vista de la pro­ducción global, quedó desparramada en una multitud de pequeñas y medianas empresas. En el marco del mercado mundial, España no era más que una semicolonia, que no ofrecía más que los productos –una pequeña parte– de su agricultura o de sus minas a cambio de productos industriales extranjeros, amplia­mente abierta a los capitales extranjeros que habían colonizado durante algunos decenios todos los secto­res rentables, las minas, la industria textil, la cons­trucción naval, la energía hidroeléctrica, los ferrocarri­les, los transportes urbanos, las telecomunicaciones&#8230; No existía una verdadera burguesía capitalista españo­la: las acciones bancarias e industriales estaban re­partidas entre las sociedades extranjeras y los más im­portantes terratenientes –los que verdaderamente da­ban un sentido más general al término de “oligar­quía”. Entre el millón de éstos, que Henri Rabasseire llama “los privilegiados” –funcionarios, sacerdotes, oficiales, intelectuales, propietarios y burgueses– y los dos o tres millones de obreros de las industrias y de las minas, se intercalaban “clases medias” que pro­cedían tanto del Antiguo Régimen como de una socie­dad moderna, un millón de artesanos urbanos, un mi­llón de esas familias de intermediarios nacidos del de­sarrollo capitalista en los centros urbanos de las re­giones más desarrolladas.[3]</p>
<p>Ahora bien, la unificación nacional no llegó a su término, y dos de estas regiones –bastiones de la in­dustria– Cataluña y el País Vasco, manifestaron fuer­tes tendencias separatistas. Si el Partido Nacionalista Vasco y la Lliga Catalana, nacidos de las capas diri­gentes de estas dos regiones, eran formaciones autono­mistas de tendencia conservadora, léase reaccionaria, la “cuestión nacional” se convertía en una de las moti­vaciones esenciales que movilizó contra el centralismo castellano a la pequeña burguesía, y a una parte del proletariado, a través, por ejemplo, de la Esquerra catalana. Utilizada por las fuerzas conservadoras en el marco de la crisis que las destrozó, la opresión na­cional de los vascos y los catalanes constituyó un ele­mento explosivo en el contexto de una crisis más ge­neral, la de la sociedad en su conjunto.</p>
<p>Tal era la situación a comienzos de este siglo: la que hizo en efecto de España uno de los eslabones más débiles del capitalismo. Todos los elementos se encon­traban ya desde ahora reunidos para que se conjugaran estos diferentes movimientos que, ya en 1917, darían a la Revolución rusa su irresistible poder: la insurrec­ción de los campesinos pobres, el levantamiento de los trabajadores industriales, el movimiento de emancipa­ción nacional, los tres dirigidos contra una oligarquía que no tenía otra alternativa que la de luchar, por todos los medios, para mantener en una supervivencia precaria el sistema decadente que asegurara su domi­nación. Esta es la situación que condujo al rey Alfon­so XIII a recurrir en 1923 a los servicios del general Primo de Rivera para la ejecución de un pronuncia­miento, del que fue el inspirador al mismo tiempo que cómplice. Se trataba de imponer a las clases dirigen­tes divididas por la explosión de dificultades económi­cas, que se agudizaron con la vuelta de la paz, medidas de “salud” dictadas por una concepción del interés general permitiendo eventualmente atacar a ciertos privilegiados. Se trataba sobre todo de poner fin a la agitación obrera y campesina, de aprovechar la crisis interna, la división del movimiento obrero para apo­derarse de las principales conquistas obreras, y en par­ticular para destruir las libertades democráticas rela­tivas que permitían en cierta medida la organización de los obreros y los campesinos.</p>
<p>Fue, pues, bajo el enérgico puño del ministro del In­terior de la dictadura –el general Martínez Anido, cé­lebre por haber lanzado a principios de los años 20 a sus asesinos, los “pistoleros”, contra los militantes de la CNT catalana– que el “directorio” de Primo de Rivera destituyó los consejos municipales, revocó los funcionarios, censuró los diarios, se apoderó de las condiciones de trabajo, violó alegremente la jornada de ocho horas, mientras una inflación galopante devoraba los salarios y el nivel de vida de los obre­ros, y mientras la apertura de España a los capitales americanos permitía buenos negocios y espectaculares especulaciones. Todo esto no aseguró a la oligarquía más que un breve plazo. La crisis mundial de 1929 de­bilitó profundamente la dictadura a la que los sonoros escándalos financieros habían desacreditado profunda­mente, incluso entre las capas sociales que le sumi­nistraban un apoyo, el ejército y la pequeña burgue­sía. Fue para proteger a la monarquía por lo que el rey se decidió finalmente a prescindir del general. Pero, de la misma manera, la oligarquía, menos de un año después, echaría a su vez a la monarquía, sin tener que fingir un pronunciamiento. No fue necesario, en efecto, en esta España de principios del siglo XX, que los obreros y los campesinos se pusieran en movimien­to para inspirar temor: aun cuando estaban en apa­riencia ausentes de la escena política, fue a causa del peligro que representaba el que pudieran llegar a ser propietarios y políticos, y los acontecimientos de 1931 no sabrían explicarse sin recurrir a este factor, pasivo por el momento, pero potencialmente terrorífico por lo que representaba de amenaza a la propiedad y a la dominación.</p>
<p>Ya al día siguiente de la caída de Primo de Rive­ra, la agitación estudiantil contra el gobierno del gene­ral Berenguer constituía un signo anunciador de movi­mientos sociales infinitamente más decisivos. Observa­dor lúcido, apoyado en la experiencia de las luchas re­volucionarias a comienzos del siglo, Trotsky podía es­cribir a este respecto:</p>
<p>“Las manifestaciones activas de los estudiantes no son más que una tentativa de la joven generación de la burguesía, sobre todo de la pequeña burguesía, para encontrar una salida al inestable equilibrio en el que se encuentra el país después de la pretendida liberaliza­ción de la dictadura de Primo de Rivera. Cuando la burguesía renuncia consciente y obstinadamente a re­solver los problemas que se derivan de la crisis de la sociedad burguesa, cuando el proletariado no está pre­parado para asumir esta tarea, son a menudo los es­tudiantes quienes ocupan la vanguardia. Este fenómeno ha tenido siempre para nosotros una significación enor­me y sintomática. Esta actividad revolucionaria o se­mi revolucionaria significa que la sociedad burguesa atraviesa una profunda crisis. La juventud pequeño-burguesa, sintiendo que una fuerza explosiva se acumu­la en las masas, tiende a encontrar <em>a su manera </em>la salida a este callejón y llevar adelante el desarrollo po­lítico”.[4]</p>
<p>Precisamente porque la acumulación de “fuerza ex­plosiva en las masas” no era todavía la explosión mis­ma, la oligarquía se benefició en 1931 de una prórroga y pudo buscar, con el régimen republicano, una forma nueva de su dominación que gozaba, en principio, de un prejuicio favorable tanto entre los trabajadores co­mo entre la pequeña burguesía urbana que al filo de los años se había apartado de la dictadura. El cam­bio de la forma constitucional revistió aquí un verda­dero relieve. En agosto de 1930, una conferencia de todos los grupos políticos, celebrada en San Sebas­tián, determinó la nueva orientación: católicos, con­servadores como Alcalá Zamora y Miguel Maura, re­publicanos “de derecha” como Alejandro Lerroux o de “izquierda” como Azaña y Casares Quiroga, el so­cialista Indalecio Prieto, el catalanista Nicolau d’Ol­wer, concluyeron el “Pacto de San Sebastián” en el que se pronunciaron en favor de la república, para la cual buscarían una espada y un general&#8230; Fue con Alcalá Zamora y Miguel Maura que los representantes del rey organizaron en abril la transmisión de poderes. Sobre este modelo “republicano” fue como quedó cons­tituido el nuevo gobierno provisional de la república española presidido por Alcalá Zamora, con Maura en el Ministerio del Interior, tres socialistas en puestos claves, Prieto en el Ministerio de Finanzas, Largo Ca­ballero en el Trabajo, el jurista De los Ríos en el de Justicia&#8230;</p>
<p>Lejos de estar acabada, la Revolución española en realidad no hacía más que empezar. Entre el programa moderadamente reformador y profundamente conser­vador del equipo en el poder y sus posibilidades de inscribirse en la realidad se erguía un obstáculo terri­ble que la caída de la monarquía contribuyó por ella misma a mantener y desarrollar: la existencia de un movimiento obrero organizado, partidos y sindicatos arrastrando a las masas rurales, millones de trabaja­dores miserables de las ciudades, minas y campos, cu­yas reivindicaciones elementales planteaban el proble­ma de la revolución.</p>
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<h3>Capítulo 2</h3>
<h3>EL MOVIMIENTO OBRERO</h3>
<p>El movimiento obrero español era todavía joven, el proletariado estaba unido al mundo rural por múl­tiples lazos y compartía con él tradiciones y costum­bres. El temperamento rural provocaba a la vez sen­timientos de resignación y brutales explosiones revolu­cionarias. No se constituyó realmente por primera vez a escala de todo el país hasta los tiempos de la I Internacional, y, como ella, se dividió rápidamen­te entre socialistas y libertarios. Sin embargo, aquí, los anarquistas –los “libertarios”– tuvieron y todavía conservaban una influencia mucho más considerable que en los países industrializados de la Europa occi­dental. En 1930, la división del movimiento obrero es­pañol reprodujo la disgresión que existía a principios de siglo en Francia entre un sindicalismo revoluciona­rio combativo, partidario de la acción directa, y un movimiento socialista reformista y doctrinario.</p>
<p>Fue a partir de 1910, y en parte además bajo la in­fluencia de los sindicalistas revolucionarios de la CGT francesa, cuando se sentaron las bases de la central anarcosindicalista, la Confederación Nacional del Tra­bajo (CNT). Sus rápidos progresos, su devoción por la acción, le valieron en sus principios una dura repre­sión, y esta última un gran prestigio. Desempeñó un papel de primer orden en la huelga general insurrec­cional de 1917. Las formas muy flexibles de su orga­nización, su fidelidad a los principios de la acción directa, su adhesión a la lucha de clases; respondían bastante bien a las características del proletariado de la península, joven, mísero y poco diferenciado, mar­cado por el carácter distintivo del campesinado po­bre, sensible a las acciones “ejemplares” de “mino­rías activas” que se esforzaban en sacudir al mismo tiempo el yugo de la opresión y su apatía. En este sen­tido es en el que se puede decir que la CNT –su pe­rennidad, su arraigo a pesar de tantos avatares– era típicamente española, en la medida en que España había cambiado poco, en que las condiciones históri­cas que habían marcado su nacimiento persistían, ape­nas modificadas por los comienzos de la industrializa­ción y de la concentración capitalista. Sin embargo, tanto para España como para la CNT, la historia mun­dial, a partir de la guerra de 1914, suministraría un contexto nuevo.</p>
<p>1917 fue, en efecto, al mismo tiempo que el año de la victoriosa Revolución rusa, el de una huelga general sin precedentes en España. El impacto de la Revolución rusa, el aumento de las contradicciones sociales, vol­vieron particularmente vigorosa en España la ascensión de la agitación obrera que revistió en 1919, a partir de la gran huelga de la Canadiense en Cataluña, el as­pecto de una poderosa ascensión revolucionaria. Como todas las organizaciones del mismo tipo, la CNT sufrió profundamente el atractivo de la Revolución rusa, ates­tiguó el prestigio que revestía la victoria bolchevique a los ojos de los revolucionarios de todas las tendencias. En España, como en otras partes, las huestes anar­quistas, anarcosindicalistas revolucionarias, habían au­mentado por oposición a la práctica de un marxismo reformista, intentando adaptarse al marco democrático y parlamentario particularmente mediocre aquí. La vic­toria del Octubre ruso volvió a dar al marxismo su es­tallido revolucionario. Fue después de la huelga general que siguió a la de la Canadiense, en la cumbre de la ola de huelgas y manifestaciones, que el congreso de la CNT, por aclamaciones, y en un gran impulso que sin duda no estaba exento de segundas intenciones, decidió adherirse provisionalmente a la III Internacional. Uno de sus principales dirigentes, Ángel Pestaña, fue como delegado a Moscú, donde participó en los trabajos del II Congreso de la Internacional Comunista (IC), y llevó la discusión con Lenin y los suyos. En 1921, una delega­ción de la CNT, conducida por los catalanes Andreu Nin y Joaquim Maurín, asistió al III Congreso de la Internacional y participó en la fundación de la Inter­nacional Sindical Roja (ISR).</p>
<p>A pesar de todo, la coyuntura había cambiado. En España, el movimiento obrero decrecía. En Cataluña, los asesinos de los “sindicatos libres” del gobernador Martínez Anido y del policía Arlegui habían logrado por el momento detener la ascensión obrera asesinando revolucionarios sistemáticamente. Ade­más, la acción de los obreros y los campesinos después de la Revolución rusa no había conducido en ningún país a la victoria: el reflujo que comenzaba permitiría una estabilización provisional del capitalismo en Euro­pa. Las dificultades de la Rusia soviética aislada, la re­presión por parte de los bolcheviques contra los mili­tantes y organizaciones anarquistas, especialmente de la insurrección de Cronstadt, fuertemente marcada por la influencia libertaria, proveyó a los defensores del anarquismo tradicional de argumentos contra el bolchevismo, y les permitió volver a recuperar el terreno cedido en 1919 ante el empuje de las masas. En febrero de 1922, en ausencia de Nin, que permanecía en Moscú, y de Maurín, que estaba encarcelado, un comité nacional puso fin a la adhesión “provisional” de la CNT a la Internacional Comunista: en junio del mismo año, la conferencia de Zaragoza confirmó su ruptura con la Internacional Comunista y con la In­ternacional Sindical Roja.</p>
<p>Sin embargo, en el intervalo, un gran número de militantes y cuadros de la CNT habían sido ganados al comunismo, y de ellos se hallaban en primera fila Nin y Maurín. Igualmente eran numerosos los militan­tes que, sin ser comunistas, rehusaban apartarse de la ISR, de la que Nin era uno de los secretarios. Bajo la impulsión de Maurín y de sus camaradas, se crea­ron los Comités Sindicalistas Revolucionarios (CSR) que se adhirieron a la ISR. Celebraron a finales de 1922 una conferencia nacional en Bilbao, y fundaron el sema­nario “La Batalla”. Comunistas y sindicalistas consti­tuyeron una nueva corriente, nacida del anarcosindi­calismo, pero alimentada por la experiencia rusa, que rompió definitivamente con el anarquismo tradicional y en adelante siguió su propio camino: los militantes de los CSR se adhirieron lo mismo a la CNT que a la UGT, de tendencia reformista, lucharon por conquis­tar la mayoría en estos dos sindicatos de los que recla­maban la unificación. Fueron sistemáticamente expul­sados tanto del uno como del otro.</p>
<p>Una corriente muy próxima a la de los sindicalistas comunistas continuó sin embargo manifestándose en la CNT en torno a uno de sus más populares dirigentes en Cataluña, Salvador Seguí. Este, de origen anarquista, se impuso como un dirigente obrero de primera línea en el curso de las huelgas de 1919, y pudo ser califica­do de verdadero “sindicalista revolucionario”. En 1922, en la conferencia de Zaragoza, se situó entre los par­tidarios de la ruptura con la ISR, pero con argumen­tos propios. Se negó, en efecto, a la condena, tra­dicional entre los anarquistas, de la “política”, y no dudó en pronunciarse en 1919 por “la toma del po­der”. En Zaragoza inspiró la adopción de una “revolu­ción política” dirigida contra los tradicionales tabús anarquistas. Muy preocupado por el problema de la unidad obrera, buscó sistemáticamente la unidad de acción con la UGT, y un comunista como Nin, su ami­go personal, pensaba que se aproximaba al comunis­mo. Pero este organizador sin par, este combatiente obrero tan popular, era también la bestia negra de la patronal: fue asesinado por los pistoleros de Martínez Anido en el momento en que iba a concluir un acuerdo entre la CNT y la UGT contra la represión. Con él desapareció, al menos durante muchos años, la posi­bilidad de ver llegar al frente de la CNT una corriente sindicalista revolucionaria en plena evolución, que rompiera claramente con el anarquismo “puro”.</p>
<p>Prácticamente fuera de la ley desde 1923 y desde el inicio de la dictadura, la CNT conoció durante muchos años una crisis crónica. Entre los anarquistas tradi­cionales y una dirección nacional de tendencia sindi­calista penosamente reconstituida en 1927, se situó en estos años de clandestinidad el pequeño grupo activis­ta de los “Solidarios” animado por Juan García Oliver, Francisco Ascaso y Buenaventura Durruti, a quienes sus adversarios trataban de “anarcobolcheviques” porque volvían a adoptar la idea de la “toma del po­der”, defendían la de una “dictadura” y la de un “ejér­cito revolucionario” que estimaban necesarios. Sobre todo, a partir de 1927, se asistió a la constitución total­mente clandestina, en el seno de la CNT y a partir de sus propias organizaciones, de la omnipotente y muy secreta Federación Anarquista Ibérica (FAI), que em­prendió la conquista sistemática de la central sindical a la que quiso convertir en el instrumento de su polí­tica de golpes revolucionarios.</p>
<p>De hecho, la corriente dominante en la CNT recons­tituida en 1931 fue, sin embargo, el reformismo que inspiraba Angel Pestaña. Suficientemente modera­do para aceptar participar en el juego de los “comités paritarios” instituidos por la dictadura para imponer el arbitraje obligatorio de los conflictos de trabajo, no dudó, en los últimos meses de la monarquía, en hacer de la central anarcosindicalista una fuerza de punta en la coalición general que impuso la república. Dos representantes de la CNT tenían su asiento, en tanto que observadores, en la conferencia de San Sebastián de agosto de 1930, y prometían su apoyo a los republi­canos y a los socialistas a cambio de la seguridad del restablecimiento de la libertad de organización y de la promulgación de una amnistía general. En noviem­bre, la dirección de la CNT negoció con el líder conser­vador Miguel Maura; en diciembre, apoyó la insurrec­ción de los oficiales republicanos de Jaca. En las elec­ciones municipales del 12 de abril de 1931, por fin, abandonando la vieja hostilidad de principios del anarquismo a las “farsas electorales”, hizo votar en masa a sus partidarios por los candidatos republicanos. Con la proclamación de la República, la CNT rea­pareció, pero en su seno se enfrentaban las corrien­tes más diversas, desde el reformismo abierto de Pes­taña y sus compañeros al golpismo revolucionario y al terroris­mo de ciertos elementos extremistas de la FAI, pasan­do por tendencias sindicalistas todavía vacilantes.</p>
<p>La corriente “marxista” también fue profundamen­te sacudida por los acontecimientos mundiales que su­cedieron después de 1917. En el Partido Socialista Obrero Español (PSOE), fundado por Pablo Iglesias según el modelo guesdista, apareció, después de la Re­volución rusa, un ala izquierda, favorable a la adhesión del partido a la Internacional Comunista. Un paso que las Juventudes Socialistas, con Juan Andrade y Luis Portela a la cabeza, fueron las primeras en franquear, fundando, en abril de 1920, el Partido Comunista Español (PCE). El Parti­do Socialista sufriría la escisión un poco más tarde, en abril de 1921, cuando la mayoría del mismo decidió rehusar las veintiuna condiciones de adhesión a la IC. La minoría fundó entonces el Partido Comunista Obrero Espa­ñol (PCOE) que se fusionaría rápidamente con el PCE bajo la presión de la Internacional. Esta fusión se logró en 1921, pero era demasiado tarde para que el joven par­tido pudiera desempeñar el papel que le asignaban sus fundadores.</p>
<p>Un año después se produjeron por una parte el pronunciamiento de Primo de Rivera que arrojó al partido a la ilegalidad, y por otra parte la crisis del Partido bolchevique que condujo, bajo el pretexto de “bolchevización”, a la sumisión de los PCs a la fracción victoriosa en la Unión Soviética. El partido perdió a uno de sus fundadores –Oscar Pérez Solís, que acabaría siendo falangista– y a muchos militantes. Aunque en 1927 logró ganar un grupo importante de militantes de la CNT en Sevilla, con Manuel Adame y José Díaz, no cesó de debilitarse, tanto bajo los golpes de una represión sistemática como bajo los efectos de su propia política, y especialmente con expulsiones exigidas por la dirección de la Internacional cuya ac­ción fue favorecida por las condiciones precarias de la acción clandestina. En el momento de la proclama­ción de la República, el Partido Comunista oficial no contaba apenas con más de 800 miembros en todo el país, tras responsables que eran militantes desde fecha reciente y que fueron preferidos, a causa de su docilidad a las directrices venidas de Moscú, a los supervivientes de la “vieja guardia”. Cuadros ente­ros del partido fueron expulsados de hecho sin que se les diera ningún tipo de razones, ni argumentando los verdaderos motivos: así sucedió en la Federación Ca­talano-Balear que dirigían Maurín y Arlandis, en la Agrupación Madrileña de Luis Portela, en la Agrupa­ción de Valencia, en la Federación Asturiana, todas orientadas por hombres que eran mucho más conocidos como dirigentes obreros que los dirigentes del par­tido oficial. El mismo Andreu Nin volvió a España en 1930. El antiguo secretario de la CNT, y después de la ISR, estaba ligado a la oposición de izquierda en Rusia, miembro de su “comisión internacional”, amigo per­sonal de Trotsky. Con otros militantes –especialmen­te Juan Andrade y Henri Lacroix, que habían seguido, por su parte, el mismo itinerario– se dedicó a cons­truir en España la oposición comunista de izquierda, buscando las vías de un acuerdo con Maurín para la unificación de los grupos comunistas de oposición.</p>
<p>En los medios comunistas, las reacciones ante la proclamación de la República eran igualmente muy diversas. El PC oficial recibió la orden de lanzar la consigna de “¡Abajo la república burguesa! ¡El poder para los soviets!”, cuando no existía en España, según dijo “Pravda”, la sombra de un soviet o de un organis­mo parecido. Maurín –que reconoció sin dificultad la influencia ejercida sobre él, en aquella época, por Bu­jarin y los “comunistas de derecha”[1] y Nin –a quien vimos unido a Trotsky– llamaron, por el contrario, a la lucha por la realización de las consignas de la re­volución democrática, de la que estimaban que sólo los trabajadores podían arrancarlas, y que su conquis­ta constituía un elemento primordial en la lucha por la revolución socialista. Los dos hombres, sin embar­go, se oponían a propósito de la cuestión nacional: igualmente catalán, partidario de la autodeterminación, Andreu Nin no aprobaba la posición de Maurín y de su organización en favor de la independencia de Ca­taluña, y le reprochaba su estrecha colaboración con la pequeña burguesía catalanista.[2]</p>
<p>Como en los otros países, la escisión que siguió a la fundación de la Internacional Comunista desplazó en España un poco más a la derecha al Partido Socia­lista, que había rehusado en 1921 las veintiuna condi­ciones de admisión a la Internacional Comunista. El PSOE y la central sindical que controlaba, la Unión General de Trabajadores (UGT), se pronunciaron en 1923 por una colaboración con la dictadura y acepta­ron las promesas que les ofreció Primo de Rivera. El secretario general de la UGT, Francisco Largo Caba­llero, se convirtió en consejero de Estado. La UGT uti­lizó sistemáticamente durante la dictadura organis­mos de colaboración, como los comités paritarios, pa­ra hacer progresar su implantación en detrimento de la CNT, perseguida y dividida. Los socialistas, parti­darios de la colaboración de clases bajo la dictadura de Primo de Rivera, se volvieron resueltamente reformistas a partir de la proclamación de la Repúbli­ca: uno de ellos, Indalecio Prieto, fue uno de los anima­dores del reagrupamiento de la oposición frente a la dictadura, y luego, frente a la monarquía, uno de los principales organizadores de la conferencia de San Sebastián. La presencia en el gobierno provisional de ministros socialistas constituyó para el nuevo régimen una garantía sobre su izquierda, una protección contra las impacientes aspiraciones de las masas obreras y campesinas, al mismo tiempo que una promesa de “re­formas” profundas y de leyes sociales para satisfacer algunas de las reivindicaciones más inmediatas.</p>
<p>Sería erróneo, sin embargo, no ver en él más que a una fuerza de orden. Su política reformista no era más fuerte que las ilusiones de los trabajadores ha­cia el nuevo régimen, además del miedo que temporal­mente podían inspirar a una oligarquía inquieta. La verdad es que la proclamación de la República abrió la vía de las reivindicaciones obreras y campesinas que las clases en el poder no eran capaces de satisfa­cer. En definitiva, la revolución estaba a la orden del día. El problema era saber si podría organizarse en España la fuerza necesaria para su victoria: los ele­mentos existían en todas partes, tanto en la UGT como en la CNT, en las filas de los “faístas”, y en las de los sindicalistas, en los comunistas oficiales o no, en los jóvenes que se despertaban a la vida política y se apun­taban en tal o cual organización política o sindical. ¿Cómo construir el marco que permitiría reunirlas? Tal fue el objeto de la discusión que se llevó entre comu­nistas, entre Maurín y Nin en Barcelona, entre Nin y Trotsky a través de cartas, en un círculo todavía re­ducido de militantes que no tenían por el momento más arma que la experiencia de las revoluciones del siglo XX, victoriosas o vencidas, y la convicción de que la hora de la revolución proletaria se acercaba en Es­paña de modo inevitable.</p>
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<h3>Capítulo 3</h3>
<h3>LA DEMOCRACIA IMPOSIBLE</h3>
<p>La composición del gobierno provisional era por sí misma reveladora tanto de las intenciones como de los límites de los fundadores de la República. El pre­sidente, Niceto Alcalá Zamora, y el ministro del Inte­rior, Miguel Maura, eran no solamente fer­vientes católicos y conservadores declarados, sino además cen­tralistas decididos. Nicolau D’Olwer, ministro de Eco­nomía, era un liberal ligado a la banca de Cataluña. El ministro de Hacienda, Indalecio Prieto, además de líder socialista, era un hombre de negocios de Bilbao. Lar­go Caballero, secretario de la UGT, antiguo consejero de Estado bajo el régimen de Primo de Rivera, era ministro de Trabajo. Todos eran hombres de orden, deseosos de impedir y de tratar de combatir la revolu­ción, y su alianza –sobre esta base negativa– era im­posible frente a las tareas de la “revolución burgue­sa” que se imponía en España para salir de sus contra­dicciones seculares: el problema de la tierra y de la re­forma agraria, la cuestión de las nacionalidades, las relaciones entre la Iglesia y el Estado, el destino del aparato burocrático y del ejército de la monarquía, que estaba confiado al único hombre nuevo de este equipo, el republicano de izquierda Manuel Azaña.</p>
<p>Sus primeras iniciativas querían ser tranquilizadoras. En una primera declaración garantizó la pro­piedad privada dejando abierta la posibilidad de “ex­propiación” “por razón de utilidad pública y con in­demnización”; afirmó de manera muy vaga que “el derecho agrario debía corresponder a la función so­cial de la tierra”. Proclamó su intención de conservar las buenas relaciones con el Vaticano, proclamó la li­bertad de cultos sin hacer alusión a una eventual separación. Se opuso a la proclamación en Barcelona de la República catalana, a donde envió tres ministros que negociaron un compromiso, el restablecimiento de la <em>Generalitat, </em>vieja institución catalana, y la promesa de un estatuto de autonomía. No hizo ninguna alusión respecto a depuraciones del aparato de Estado o del ejército, manteniendo en sus funciones a los jefes de la policía y de la odiada Guardia Civil, cuyo jefe era el general Sanjurjo, y Alcalá Zamora recibía con gran pompa a los oficiales monárquicos que dirigían el ejér­cito, con el almirante Aznar, último ministro del rey, en primera fila.</p>
<p>Las primeras semanas de existencia del nuevo ré­gimen dan la clave de esta prudencia. Un hecho de ex­trema justicia fue el que no se conocieran el 14 de abril enfrentamientos sangrientos. Cuando ni los mo­nárquicos ni los anarquistas parecían querer negar seriamente a la República, las primeras decisiones del gobierno provisional provocaron reacciones que per­mitieron medir la profundidad de las contradicciones. Los primeros decretos provenían del Ministerio de Tra­bajo: el dirigente de la UGT tenia un grave problema en el seno de su propia organización, una fuerte pre­sión, la de los obreros agrícolas agrupados en la Fe­deración de los Trabajadores de la Tierra, y debía dar­les al menos parcialmente satisfacción. Un primer de­creto prohibía el embargo de pequeñas propiedades rurales hipotecadas, otro prohibía a los grandes pro­pietarios emplear trabajadores ajenos al municipio mientras existieran parados, los ayuntamientos fue­ron autorizados a obligar a los grandes propietarios a poner en cultivo tierras dejadas en baldío. Por fin, el 12 de junio, el gobierno extendió a los obreros agríco­las el beneficio de la legislación sobre los accidentes de trabajo del que habían estado hasta entonces ex­cluidos.</p>
<p>Por mal acogidas que fueran estas medidas en los medios de la oligarquía, no provocaron abiertamente una tempestad. Por moderadas que fueran, en cambio, las declaraciones de los proyectos del gobierno pare­cían intolerables amenazas en los medios dirigentes de la jerarquía y del mundo católico. Los grandes dia­rios que controlaban, “ABC” y “El Debate”, sostenían una dura polémica, destacando el carácter provisional del gobierno que oponían a la eternidad de la religión católica. Atacaban con violencia el decreto del 6 de ma­yo que dispensaba de la enseñanza religiosa a los ni­ños de las escuelas públicas cuyos padres así lo desea­ran. El 7 de mayo publicaron una carta pastoral del cardenal Segura, verdadera declaración de guerra a la República y a su gobierno, en “defen­sa” de los “derechos” de la Iglesia frente a la “anar­quía” que amenazaba el país, llegando a compa­rar al gobierno provisional con la república bávara de los consejos de 1919. Este texto provocador reforzó la agitación a punto de desarrollarse contra las congre­gaciones. Muchos dieron un apoyo abierto a los mane­jos reaccionarios, de los que la reunión de Madrid del “círculo monárquico” era la prueba más evidente. La reunión de este último, el 10 de mayo, provocó vivos incidentes y dio lugar a rumores alarmantes: se ha­blaba del asesinato de un taxista por los monárquicos. Durante la noche, seis conventos fueron incendiados en Madrid por jóvenes; conventos e iglesias fueron igualmente saqueados e incendiados en los días siguien­tes en Sevilla, Málaga, Alicante y Cádiz. La versión de una provocación, sostenida aún hoy por un historiador eminente como es Gabriel Jackson, ha sido a me­nudo expuesta para explicar estas violencias antirreli­giosas. No ha sido probada. Lo que es cierto en cam­bio es que la Iglesia española encarnaba a los ojos de las más amplias masas, en vías de tomar conciencia de su condición de clase, toda la tradición reaccionaria del país y una servidumbre secular hacia los podero­sos. El gobierno observó la mayor prudencia: la poli­cía no intervino más que para asegurar la evacuación de los religiosos, y fue en vano –hasta el 15 de mayo– que el ministro del Interior reclamase la autorización para hacer intervenir a la Guardia Civil y para procla­mar el estado de guerra. Los gritos de indignación de la gran prensa y de los prelados no disimulaban la to­tal ausencia de reacción de la mayoría católica del país: el despertar de las masas trastornó los esquemas tra­dicionales.</p>
<p>El resultado de los incidentes de mayo fue en todo caso un endurecimiento de las posiciones: Segura, acusado de haber provocado la explosión popular, fue declarado <em>persona non grata, </em>y el gobierno se decidió a proclamar la libertad de cultos, añadiendo, bajo pre­texto de higiene, la prohibición de poner imágenes re­ligiosas en los nichos. Los obispos protestaron con in­dignación.</p>
<p>La cuestión religiosa estuvo igualmente en el cen­tro de la primera crisis, después de la discusión por las Cortes de la Constitución y especialmente de su artículo 26. El proyecto, estrechamente inspirado en la constitución de Weimar, proclamaba una “república democrática de trabajadores de toda clase”, concen­trando el poder en una cámara única, elegida por su­fragio universal, directo y secreto, y en las manos de un presidente con extensas prerrogativas, elegido por siete años por un colegio electoral particular. La se­paración de Iglesia y Estado, prevista por el artículo 3, y las disposiciones del artículo 26 contra las congre­gaciones provocaron la primera crisis ministerial, la dimisión de Maura y Alcalá Zamora y la formación de un gobierno presidido por el anticlerical Azaña. Fue este mismo gobierno, de coalición republicano-socia­lista, quien volvió sobre los principios mismos de la constitución en materia de las libertades democráticas adoptando la “ley de defensa de la república”, que dio al Ministerio del Interior poderes exorbitantes para mantener el orden, y que sería más utilizado contra la agitación obrera y campesina que contra la reacción.</p>
<p>Lanzados a la lucha contra la Iglesia católica, los republicanos fueron, sin embargo, mucho más pru­dentes en el terreno de las reformas sociales y ante todo en su aproximación a la cuestión agraria. La “ley de reforma agraria”, votada después de interminables debates, preveía la expropiación de los grandes domi­nios en las principales regiones de latifundios, pero su alcance era considerablemente limitado por las cláu­sulas de indemnización y, por consiguiente, por los créditos puestos a disposición del Instituto de Refor­ma Agraria. En efecto, para los primeros años, este úl­timo no disponía más que de sumas que permitían la instalación anual de 50.000 campesinos, abriendo la perspectiva de un plazo de medio siglo para una regla­mentación definitiva del problema de la tierra. Y las resistencias de las clases poseedoras a nivel del apara­to de Estado eran tales que el Instituto no gastaría en dos años más que el tercio de las sumas que le habían sido concedidas. Como los capitales se fugaban o se di­simulaban, las dificultades económicas y sociales au­mentaron en todos los sectores de actividad: el paro obrero alcanzó proporciones sin precedentes, y a éste vino a sumársele un alza continua de los precios que no detenían los aumentos de salarios obtenidos por las huelgas cada vez más numerosas a pesar de la multiplicación de las instituciones que las arbitraban. La agitación obrera reforzó la agitación campesina y viceversa. La represión, llevada por los cuerpos de po­licía tradicionales –especialmente la Guardia Civil– exasperó, indignó y envenenó los conflictos. Mientras católicos y “laicos” se enfrentaban en las Cortes con grandes oratorias y se lanzaban a la cara amenazas ape­nas veladas de recurrir a la fuerza, obreros y campesinos españoles hacían en sus luchas cotidianas, la ex­periencia del nuevo régimen.</p>
<p>Ya durante la discusión de la constitución, estalló en Barcelona la huelga de los empleados de la compa­ñía americana de la Telefónica, impulsada por los mi­litantes de la CNT. Esta compañía, introducida en Es­paña en tiempos de Primo de Rivera, simbolizaba la penetración del imperialismo extranjero, denunciada antes por socialistas y republicanos, quienes, ahora en el poder, querían tranquilizar a los capitalistas extran­jeros. Socialistas y anarquistas, militantes de la UGT y de la CNT, se enfrentaban, los primeros acusando a los segundos de desencadenar y extender la huelga ba­jo la amenaza de sus pistoleros. En respuesta a la re­presión gubernamental, la CNT lanzó en Sevilla la con­signa de huelga general, a la que el gobierno respondió con el estado de guerra. En una semana fue restable­cido el orden en la gran ciudad andaluza: el balance fue de treinta muertos y más de doscientos heridos. La prensa y los militantes de la CNT desencadenaron una campaña contra el gobierno: socialistas y anar­quistas comenzaron a arreglar sus divergencias con las armas en la mano.</p>
<p>Seis meses después ocurrieron los trágicos aconte­cimientos de Castilblanco. Allí la Guardia Civil disper­só brutalmente una manifestación de campesinos or­ganizada por la Federación de los Trabajadores de la Tierra, afiliada a la UGT. Cuatro guardias civiles que entraron en la Casa del Pueblo para impedir una ma­nifestación de protesta fueron rodeados por las mu­jeres. Uno de ellos disparó: los cuatro serían lincha­dos y descuartizados por una masa encolerizada. La represión fue dura: seis condenas a muerte conmuta­das por prisión a perpetuidad. Unos días más tarde, la misma Guardia Civil abrió fuego sobre una delegación de huelguistas en la comarca de Arnedo: hubo seis muertos, entre ellos cuatro mujeres y un niño, y die­ciséis heridos de bala.</p>
<p>Al mismo tiempo, militantes de la FAI desencadenaron una insurrección armada en la cuenca minera del Alto Llobregat, proclamando el “co­munismo libertario” en estos pueblos miserables. Fue­ron aplastados en pocos días y un centenar de militan­tes anarquistas, entre ellos Durruti y Francisco Aseaso, deportados a las Canarias y al Sahara español. Sus camaradas protestaron con una nueva insurrección en Terrassa, el 14 de febrero de 1932, tomando el Ayunta­miento, asediando el cuartel de la Guardia Civil, y fi­nalmente rindiéndose al ejército enviado contra ellos.</p>
<p>Unos meses más tarde fue la derecha la que tomó la iniciativa del recurso a los fusiles. Reemplazado en el mando de la Guardia Civil por el general Cabanellas, el general Sanjurjo intentó un pronunciamiento que la CNT y los trabajadores sevillanos cortaron en seco respondiendo con la huelga general inmediata, mien­tras que las tropas gubernamentales rechazaron la ten­tativa pobremente preparada por los elementos mo­nárquicos en Madrid. El general faccioso fue condena­do a muerte e indultado a continuación. Los bienes de los conspiradores –algunos de los cuales fueron depor­tados– fueron confiscados. Favorecido por el fracaso de este movimiento, el gobierno aprovechó para dar un ligero avance a la reforma agraria y hacer aprobar el Estatuto de Autonomía de Cataluña, que permanecía hasta entonces en suspenso. Pero no apartó del ejército más que a algunos de los conspiradores más conocidos.</p>
<p>En el mes de enero de 1933, los activistas anar­quistas del grupo <em>Nosotros </em>–García Oliver, Durruti, antiguos miembros de los “Solidarios”– apoyados en la FAI y los “comités de defensa” desencadenaron una nueva insurrección que arrastró a la CNT en numerosas localidades de Cataluña, de Levante, de la Rioja y de Andalucía. En esta última región, en Casas Viejas, un destacamento de guardias civiles prendió fuego a una casa en la que se habían refugiado una treintena de militantes anarquistas que serian quemados vivos, mientras que un oficial hizo ejecutar a sangre fría a catorce amotinados hechos prisioneros. El autor de este crimen pretendió haber obedecido órdenes de Aza­ña. “Ni heridos, ni prisioneros. Tiros a la barriga”. Es­ta política de brutal represión, el arsenal jurídico que el gobierno se dio con la ley del 8 de abril de 1932 so­bre el control de los sindicatos, la ley de orden público de julio de 1933, la ley sobre los vagabundos, permi­tiendo disparar sobre obreros parados y militantes profesionales, la obliga­ción de un anuncio de ocho días de antelación para to­da huelga, la multiplicación de los arrestos preventi­vos, la protección acordada por la policía a los coman­dos antianarquistas, todo esto dio, en adelante, al nue­vo régimen su fisonomía antiobrera, exasperó las con­tradicciones, avivó las divergencias y preparó reagru­pamientos en el seno del movimiento obrero.</p>
<p>En cuanto a la CNT, después de la proclamación de la República, fue sacudida por una profunda crisis. Desde el mes de octubre, los elementos de la FAI con­siguieron, en efecto, una explosiva victoria sobre sus adversarios sindicalistas eliminando de la dirección del diario cenetista “Solidaridad Obrera” a Joan Peiró, al que juzgaban oportunista. Algunos meses después, Pestaña fue expulsado del sindicato del metal. Un ma­nifiesto firmado por treinta dirigentes de la CNT –los “trentistas”– entre los cuales estaban Joan Peiró, Juan López, Pestaña, tomó posición contra el aventu­rerismo de la FAI y trazó un programa reformista[1] que valdría a sus firmantes la expulsión de la Confederación, con numerosas organizaciones –en Valencia, Huelva y Sabadell especialmente–,que tomaron el nombre de “Sindicatos de la oposición”.</p>
<p>Sin embargo, la FAI se dividió ella misma, y los anarquistas puros, fieles al modelo tradicional, com­batieron encarnizadamente a aquellos que llamaban anarcobolcheviques y que buscaban en la realidad del momento una respuesta a la cuestión que los “tren­tistas” rehusaban plantear: ¿Cómo hacer la revolu­ción?[2]<strong> </strong>El conflicto interno se tradujo de forma trágica a nivel de las contradicciones entre organismos respon­sables: en enero de 1933, en Cataluña, la federación local de la CNT lanzó la consigna de huelga general, veinticuatro horas después que la confederación regio­nal hubiera tomado posición en contra. Pero reflejó en realidad una crisis política extremadamente profun­da. Como subrayó entonces Andreu Nin, en notas re­petidas hoy por el historiador César Lorenzo, si los anarquistas permanecían fieles a su viejo esquema de “gimnasia revolucionaria” destinada a adiestrar a los trabajadores, no harían más que un cambio radical que les pondría en contradicción con los principios anarquistas tradicionales, apoderándose, de hecho, del poder político e instaurando, a su manera, una dicta­dura que no era ciertamente la del proletariado, sino que era la de su propio poder revolucionario.[3] Comen­tando la huelga de enero de 1933 y las “proclamaciones” de “toma del poder” por los comités anarquistas, Andreu Nin saludó esta nueva posición como un “pa­so adelante”: “Los dirigentes del movimiento han re­nunciado prácticamente a los principios fundamenta­les del anarquismo para acercarse a nuestras posiciones”.[4] Y esto no era evidentemente por casualidad, ya que al otro extremo del horizonte anarcosindicalista, Angel Pestaña rompía con el anar­quismo para fundar un “Partido Sindicalista” destinado en lo fundamental a realizar por una vía pacífica y reformista un socialismo basado en la autogestión y el federalismo.</p>
<p>La colaboración de los socialistas en un gobierno republicano que se volvía tan claramente contra las reivindicaciones obreras y campesinas, la decepción provocada por los resultados concretos del cambio de régimen político, no podían, al menos en un primer momento, nutrir el desarrollo de la CNT, que co­nocía, a pesar de las dificultades, un desarrollo consi­derable de su organización y de su influencia durante los primeros años de la República, en los cuales apa­recía como el polo de reagrupamiento ofrecido a los revolucionarios lo mismo que a la acción de clase de los obreros y campesinos. La CNT reunía indiscutible­mente los elementos más combativos y los más deci­didos del proletariado español, pero, al mismo tiem­po, no era capaz de ofrecerles ni un método ni un pro­grama revolucionario y, en estas condiciones, la crisis que atravesaba –la rebelión de los militantes contra los prejuicios anarquistas– dejaba teóricamente un lugar considerable a la intervención de los comunistas, que disponían de una posibilidad real de construir ver­daderamente su partido en una doble oposición a las corrientes reformistas de colaboración de clase y a las tácticas aventureristas del golpismo revolucionario que facilitaban la tarea de la represión gubernamental y agravaban las divisiones en el interior del movimiento obrero.</p>
<p>Pero el Partido Comunista oficial estaba lejos de comprender la realidad política y de tomar esta pos­tura. Íntegra y estrechamente sumiso a la dirección estalinista de la Internacional Comunista –que repre­sentaba en España una “delegación” compuesta por Humbert-Droz, Rabaté y el argentino Codovilla– apli­caba mecánicamente en España los análisis y las con­signas elaboradas por ella en el marco de la política llamada del “tercer período”, caracterizada por su sec­tarismo y su rechazo a la unidad obrera. La definiciónde la socialdemocracia como un “socialfascismo”, que daría en Alemania los resultados catastróficos de impedir la unidad en la lucha contra los nazis, asegurando la victoria sin combate a las bandas hitlerianas, se aplicó también a la situación española: el análisis del Partido Socialista como un partido “socialfascista” no podía más que aislar a los comunistas y agrupar alrededor de sus dirigentes reformistas a los militantes socialistas que se pregunta­ban sobre los fundamentos de la política de su parti­do. Aún más, este análisis era aplicado de manera me­cánica a los anarquistas, calificados de “anarcofascis­tas” y tratados en consecuencia como tales. Las repe­tidas llamadas del PCE al “poder de los soviets” en un país donde no había nada que se pareciera, ni de lejos, a un soviet, no hacía más que desacreditarlos y al mis­mo tiempo desacreditar también la imagen del comu­nismo. Allí donde los militantes comunistas constituían una fuerza importante, como en Sevilla, la ponían al servicio de una política de escisión de la CNT: el “co­mité de reconstrucción de la CNT”, fundado por los comunistas que militaban en el puerto de Sevilla, era el instrumento de esta empresa, que sería la causa de enfrentamientos sangrientos entre militantes del PCE y de la CNT, y levantaría contra el “comunismo” a nu­merosos militantes anarcosindicalistas ligados a la unidad de la central que el PCE se esforzaba en des­truir. Esta trayectoria sectaria y antiunitaria culminó con la “sanjurjada”; el mismo día del pronunciamien­to del general, “Mundo Obrero” denunció al gobier­no como centro de la actividad fascista, y la contra­manifestación organizada por el PCE no ofreció otra consigna que la de “¡Abajo Sanjurjo!”. El error era tan manifiesto, la incomprensión tan grande en las mismas filas del partido, que la Internacional decidió un “cambio”: los dirigentes Adame y Bullejos, consi­derados los responsables de la política sectaria que no hicieron más que aplicar, fueron eliminados, y el co­mité de “reconstrucción” fue transformado en “comité para la unidad sindical”. Los mismos delegados de Stalin continuaron en realidad dirigiendo el partido bajo la cobertura de “nuevos” jefes recientemente ascendidos como José Díaz, Jesús Hernández y Dolores Ibárruri, y el comité para la unidad sindical sirvió de trampolín a una nueva central sindical, la CGT unita­ria, cuya creación facilitó la expulsión de los militan­tes comunistas de las otras dos centrales y contribuyó un poco más todavía al aislamiento del Partido Comu­nista.</p>
<p>Los comunistas que se oponían a esta situación, durante este tiempo, se esforzaban en promover otra política y en conquistar a los militantes que se rebe­laban contra esta situación catastrófica. La Federación Catalano-Balear de Maurín se fusionó con el Partit Co­munista Catalá de Jordi Arquer, otra pequeña organi­zación, pero bien implantada en muchos centros, entre los estibadores de Barcelona y de Lérida. Formaron juntos el Bloc Obrer i Camperol (BOC), que se autodefinía como organización de masas y llamaba a los comunistas de España a la reunificación. Nin, que co­menzó a colaborar en “La Batalla” de Maurín y pensa­ba adherirse a la Federación Catalana, renunció, no tanto por el hecho de las exhortaciones de Trotsky si­no por las continuas negativas que le oponían los diri­gentes del Bloc Obrer i Camperol. La vuelta a España de los elementos ganados a la oposición de izquierda en Bélgica y en Luxemburgo, permitió el desarrollo del grupo que se convertiría en la Izquierda Comunista en 1932, y publi­caba una importante revista teórica, “Comunismo”, y además un efímero semanario, “El Soviet”. Desde en­tonces, Nin se apartó de los maurinistas y polemizó contra el Bloc Obrer i Camperol. Las divergencias eran profundas entre los dos grupos. La principal era que Nin y los suyos poseían un análisis sobre el estalinismo, y que su apre­ciación de la situación española se basaba en una in­terpretación de los acontecimientos que se desarro­llaron en Rusia después de la revolución, y por conse­cuencia, de la “cuestión rusa”, que según ellos, domi­naba toda la política de la Internacional, tanto en Es­paña como en otras partes. Maurín y sus partidarios, por su lado, rechazaban los ataques contra los trots­kistas, rehusaban tomar partido entre “eestalinistas” y “trotskistas”, afirmando querer atenerse a sus propias divergencias de comunistas españoles en la sola cues­tión española, y rehusando aceptar una política, fue­se cual fuese, que se limitase a aplicar teóricamente en España los esquemas que habían sido válidos en Rusia en 1917.[5] Una posición que Nin calificaba de “tras­plantación deformada de la teoría estaliniana antimar­xista del socialismo en un solo país”.[6] Y esta divergen­cia fundamental alimentó, de golpe, muchas otras opo­siciones.</p>
<p>De acuerdo en reconocer la importancia de la “cues­tión nacional”, trotskistas y maurinistas no sacaban las mismas conclusiones prácticas. Nin luchaba por el reconocimiento del derecho de las nacionalidades a la separación, pero también por la unificación nacional e internacional del proletariado, mientras que Maurín se declaraba “separatista” en Cataluña y reprochaba a la Internacional que no apoyase a todos los movi­mientos separatistas en España. Igualmente, la Izquier­da Comunista y el Bloc Obrer i Camperol estaban de acuerdo en conde­nar la política estalinista sectaria que consistía en opo­ner mecánicamente “la dictadura del proletariado y de los soviets” a la “república burguesa” y en caracte­rizar como “democrática burguesa” la fase inicial de la Revolución española. Pero Nin llevó adelante la con­signa de “ruptura con las organizaciones burguesas” como un paso hacia la constitución de los soviets, mien­tras que Maurín propuso una “convención nacional” dirigida por los elementos avanzados de la pequeña burguesía, en resumen, una coalición del tipo de la que se estaba formando en Cataluña con el movimiento catalanista, en una región donde, a diferencia del resto de España, la UGT y el Partido Socialista no consti­tuían más que una fuerza insignificante. Después de la “sanjurjada”, el Bloc Obrer i Camperol lanzó la consigna de “Todo el poder para las organizaciones obreras”: Nin la con­denó como una concesión oportunista, puesto que en España significaba “todo el poder a los sindicatos” y excluía, por tanto, a las masas campesinas. Lo que los trotskistas calificaban de oscilaciones “centristas”, que en la decisiva cuestión del poder conducía a los maurinistas a adaptarse a veces a la pequeña burgue­sía catalana y otras a los anarcosindicalistas, ellos opo­nían la línea de la lucha por la construcción de la forma española de los soviets, las “juntas revolucionarias” elegidas por los obreros y campesinos.</p>
<p>El encarnizado combate político entre grupos opues­tos entre ellos, y entre ellos y el PCE, provocó replanteamientos y cambios entre estos grupos cuyas fronteras eran por lo demás bastante dé­biles. En Madrid, en Valencia y en Extremadura, mi­litantes del PCE y de las Juventudes Comunistas (JC) fueron expulsa­dos y se sumaron a la oposición de izquierda. Gorkín, antiguo dirigente del partido en la emigración que ha­bía aglutinado a los trotskistas en Francia, dejó la opo­sición de izquierda española para militar finalmente en el Bloc Obrer i Camperol. Pero el catalán Molins i Fábrega dejó el Bloc Obrer i Camperol por la oposición de izquierda.[7] La agrupación de Madrid se descompuso en 1932, una parte de sus miem­bros se integraron en el PCE, mientras que dos de sus principales animadores, el antiguo dirigente de las JS y del Partido Socialista, Luis Portela, y el antiguo dirigen­te de las JC, Luis García Palacios, se integraron, el pri­mero en el Bloc Obrer i Camperol de Maurín y el segundo en la oposición de izquierda. Una minoría que se denominaba “Oposi­ción Obrera” en el interior de la Federación catalana, se agrupó alrededor de los camaradas de Maurín, An­tonio Sesé y los pioneros del comunismo Hilario Ar­landis y Evaristo Gil, que en 1932 igualmente se in­tegraron en el PCE. Este, a quien el apoyo finan­ciero de la Internacional permitía la publicación de un diario, tarea muy superior a sus propias fuerzas, no progresó más que débilmente, a pesar del éxito conse­guido en Madrid sobre la oposición de tendencia mau­rinista. La revista “Comunismo” gozaba de un enorme prestigio entre los intelectuales, pero la oposición de izquierda convertida en Izquierda Comunista que la editaba no progresó demasiado entre los trabajadores manuales. El Bloc Obrer i Camperol, alrededor de la Federación catalana, que se convirtió en Federación Co­munista Ibérica, siguió siendo, a pesar de sus fracasos en<em> </em>el resto de España, el primer partido obrero en Ca­taluña, donde las organizaciones sindicales de la CNT y los partidos catalanistas tenían la preponderancia política.</p>
<p>Sin embargo, de la acción de estas organizaciones minoritarias, separadas por serias divergencias, surgió, con la agravación de la situación política y la amenaza más precisa de contrarrevolución en 1933, la primera iniciativa susceptible de trastornar la relación de fuer­zas entre sindicatos y partidos por una parte, y movi­miento obrero y clases dirigentes por otra.</p>
<p>En efecto, en diciembre de 1933 se constituyó en Barcelona, bajo el impulso del Bloc Obrer i Camperol y de la Izquierda Comunista, el primer frente de unidad entre organizaciones, la Alianza Obrera: la<em> </em>UGT catalana, la Unió Socialista, los sindicatos de la oposición –trentistas–, la Unió de Rabassaires (pe­queños campesinos) y el minúsculo Partido Socialista Español de Barcelona, y estas dos organizaciones comu­nistas decidieron concluir esta alianza en vista de “opo­nerse a la victoria de la reacción” y de preservar las amenazadas conquistas de la clase obrera. Esta inicia­tiva, todavía modesta, era a la vez el resultado de la propaganda incansable llevada por la oposición de iz­quierda internacional y española en favor de los frentes de unidad obreros contra el fascismo ascendente y de la emoción provocada en el mundo entero por la derrota de la clase obrera alemana, consecuencia del rechazo obstinado de la política de frente único por parte de los dos grandes partidos obreros alemanes. Constitu­yó al mismo tiempo una iniciativa defensiva frente a la aparición de los primeros grupos abiertamente fascis­tas, las JONS (Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalis­ta) de Ledesma Ramos y Onésimo Redondo, después Falange (Falange Española) que dirigían José Antonio Primo de Rivera, el hijo del dictador, y el aviador Ruiz de Alda. Correspondía, en fin, a la creciente inquietud y a la impaciencia que se traducía más y más vigorosa­mente en el interior del Partido Socialista, decepciona­do por los resultados de los años de colaboración gu­bernamental.</p>
<p>El balance de estos años era, en efecto, sentido de manera extremadamente contradictoria por los mili­tantes. Si los resultados obtenidos eran pobres en com­paración con las esperanzas alimentadas en materia de reformas y de avance gradual hacia el socialismo, no era menos cierto que el Partido Socialista y la UGT crecieron enormemente, se convirtieron, en estos años, en poderosas organizaciones de masas atrayendo a sus filas a numerosos jóvenes que veían en ellas la prin­cipal esperanza de un cambio político y social. Sus nuevos militantes traducían a la vez la decepción de las masas ante la pobreza de los resultados obtenidos y la presión ejercida por los anarquistas sobre su iz­quierda. La coalición gubernamental se volvió cada vez más incómoda. Por una parte, los republicanos repro­chaban a los socialistas no ser más que instigadores, o al menos cómplices de la agitación campesina y de sus formas cada vez más violentas, y les acusaban de do­ble juego. Por otra parte, anarquistas y comunistas de obediencias diversas denunciaban a los socialistas como cómplices de una política de represión feroz, de un régimen en el que un republicano tan moderado como Martínez Barrio podía declarar que era un régi­men de “barro, de sangre y de lágrimas”.[8] La ruptura entre socialistas y republicanos seria desde ahora ine­vitable: el presidente de la República, Alcalá Zamora, se empleó activamente provocando primero la crisis ministerial, y luego decidiendo la disolución de las Cortes después de un efímero gabinete Lerroux. De re­pente, la crisis del Partido Socialista se volvió inevita­ble: la perspectiva de las elecciones planteó la cuestión de las alianzas electorales, obligó a los dirigentes a re­considerar el conjunto de su balance, forzando a los militantes a asumir sus responsabilidades. En las filas de la Juventud Socialista, especialmente en Madrid, se dibujó una corriente que volvía a poner en cuestión de forma radical las perspectivas del partido después de la escisión, la defensa de la democracia burguesa parlamentaria y la colaboración de clases en una ópti­ca reformista. Surgió una nueva fuerza, una nueva po­sibilidad concreta de construir un frente de los trabajadores al mismo tiempo que una fuerza revolucionaria. Pero no estaba por el momento más que en sus pri­meros pasos, y las elecciones de noviembre de 1933, que dieron a la derecha la mayoría, iban a crear un contexto nuevo.</p>
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<h3>Capítulo 4</h3>
<h3>LA REACCIÓN IMPOSIBLE</h3>
<p>Las elecciones de noviembre de 1933 dieron la vic­toria a la derecha: la ley electoral favoreció las am­plias coaliciones, y los socialistas, que entraron solos en la competición, perdieron la mitad de sus escaños aun sin perder votos, mientras que los partidos repu­blicanos se derrumbaron. Este resultado por sí sólo plantea el problema de fondo: en el contexto econó­mico y social de la España tradicional, los socialistas, frente a una coalición a la que sostenían fondos con­siderables y los caciques de los pueblos, no les queda­ba más opción que la derrota o la alianza con los re­publicanos, alianza que, como demostraban los años transcurridos, no les permitió aplicar su política. De­cidido a afrontar sólo la competición electoral, el Par­tido Socialista fue forzado de improviso a asumir esta contradicción y a poner en marcha una revisión desga­rradora. El ala izquierda que se dibujaba en el trans­curso del verano de 1933 a través de las reacciones de la Juventud Socialista empezó a tomar forma, y su prin­cipal portavoz no fue otro que Largo Caballero. El hom­bre que durante cincuenta años fue el jefe de las filas del reformismo y de la colaboración de clases, traía un lenguaje nuevo y cuando menos sorprendente. Para él, la experiencia de los primeros años de la República estaba clara: no había que esperar nada de la pequeña burguesía y de los partidos republicanos que eran congénitamente incapaces de realizar su revolución demo­crática burguesa. Según él, durante estos años de coalición gubernamental, Azaña y los suyos habían sabo­teado todas las tentativas de reformas serias –incluso a través de los altos funcionarios de su propio Minis­terio. Durante la campaña electoral, empleó, según ex­presión de Andreu Nin, “un lenguaje puramente comu­nista, llegando incluso a preconizar la necesidad de la dictadura del proletariado”.[1]</p>
<p>Los anarquistas, por su parte, planteaban a su ma­nera el mismo problema e intentaban oponer la “vía parlamentaria” a la “vía revolucionaria”. Su historiador, César Lorenzo, ha escrito: “Sus militantes, sus mejores oradores, sus agitado­res emprendieron una formidable campaña en favor de la abstención, denunciando sin tregua y sin rodeos la incapacidad y la traición de los partidos burgueses liberales y de los socialistas, su cobardía ante la dere­cha, su negativa a buscar un remedio definitivo a las plagas tradicionales de España y su ignorancia de las necesidades de la clase obrera. La propaganda liber­taria encuentra un creciente eco entre el proletariado y el campesinado, cansados de la ineficacia de la coa­lición republicano-socialista en el poder”.[2]</p>
<p>En la totalidad del país, las abstenciones se eleva­ron al 32,5%, alcanzando y a veces sobrepasando el 40% en las provincias de Barcelona, Zaragoza, Hues­ca y Tarragona, 45% en las de Sevilla, Cádiz y Málaga. Habiendo asegurado así a su manera, gracias al im­pacto de su consigna de no votar, el éxito electoral de la derecha, los anarquistas pasaron a la segunda parte de su “demostración”, desencadenando contra la derecha victoriosa el tradicional levantamiento arma­do. El 8 de diciembre de 1933, por iniciativa de un “co­mité revolucionario” dirigido especialmente por Ci­priano Mera y Buenaventura Durruti, la CNT desen­cadenó la insurrección en Zaragoza y, desde allí, en Aragón y en la Rioja. De nuevo el “comunismo libertario” fue proclamado durante algunos días en los pueblos. La represión del ejército y de la policía lo vencería fácilmente: la CNT golpeada y dividida fue, por el momento, vencida.</p>
<p>Ahora bien, la victoria de la derecha no fue una simple peripecia, sino, para sus inspiradores, una primera etapa. Pues no estaba en su ánimo una vuelta de péndulo en una simple alternancia en el poder, sino el comienzo de un ataque para el cual otros medios ade­más de los electorales serían empleados, si fuera ne­cesario. Los monárquicos, “carlistas” o “alfonsinos”, organizados en la Comunión Tradicionalista, y el par­tido Renovación Española no renunciaban a “salvar” a España y a regenerarla por las armas a través de una guerra civil. Su jefe, Calvo Sotelo, entusiasta del corporativismo, admirador del fascismo, personalmen­te ligado al cardenal Segura, tenía la confianza de los jefes militares. Los dos partidos y un representante del ejército firmaron con Mussolini, en 1934 en Roma, un acuerdo secreto por el cual este último se com­prometía a suministrar capitales y armas para contri­buir a la caída de la República. Esta extrema derecha conservadora, más autoritaria y corporativista que mo­nárquica, ejerció la más viva presión sobre la organi­zación política de la derecha. Creada por iniciativa de la jerarquía católica, la Acción Popular de José María Gil-Robles, admirador del Estado corporativista de Dollfuss, que llegaría a ser jefe parlamentario de la CEDA (Confederación Española de Derechas Autóno­mas), el partido más fuerte de las Cortes, y que goza­ba, también, de la confianza de los más importantes jefes militares.</p>
<p>El nuevo gobierno, presidido por Lerroux, y en el que no participaban representantes de la derecha, se comprometió inmediatamente en la vía de la demoli­ción de la obra de los primeros años de la República. La investigación sobre las responsabilidades de la monarquía fue cerrada por un sobresei­miento. El clero recibió exorbitantes subvenciones, mientras que los créditos de las escuelas públicas fue­ron disminuidos. Las leyes que concernían a la adju­dicación por concurso de trabajos públicos fueron anu­ladas. La policía hizo amplios reclutamientos. Calvo Sotelo, condenado al exilio después de la caída de la dictadura, fue amnistiado. Los grupos de extrema de­recha salieron a la calle con la abierta protección de las autoridades: los falangistas atacaban diarios y lo­cales socialistas e incluso liberales, disparando en la universidad, y las tropas de las Juventudes de la CEDA, congregadas en El Escorial, saludaban a sus jefes a la romana. Sanjurjo y los otros jefes del pronuncia­miento de 1932 fueron amnistiados y puestos en li­bertad. Lerroux dimitió porque el presidente Alcalá Zamora exigía la publicación de una nota mediante la cual declaraba que sería peligroso reponer a estos hom­bres de nuevo en sus mandos. Su sucesor, Samper, prosiguió su política, que condujo rápidamente a gra­ves conflictos, esta vez con los catalanes y los vascos: el gobierno hizo anular una ley catalana que reducía a la mitad los derechos de los grandes propietarios, y rompía unilateralmente un viejo convenio en materia fiscal que dejaba a las diputaciones provinciales la per­cepción de los impuestos en las provincias vascas. El presidente, en fin, buscó el medio de volver a poner en duda la separación de Iglesia y Estado.</p>
<p>Sin embargo, la clase obrera española y los campesinos pobres se sintieron frustrados, no vencidos, y la ofensiva reaccionaria comenzó a dictarles reflejos uni­tarios. En este contexto, la consigna de establecer un frente de unidad tomaba toda su dimensión y la Alianza Obrera tomaba envergadura.</p>
<p>Una delegación de la Alianza Obrera de Barcelona, en la que figuraban Pestaña, el socialista Vila Cuenca y Joaquín Maurín, se dirigieron a Madrid y se entrevis­taron con Largo Caballero, que se iría poco tiempo des­pués a Barcelona para proseguir la discusión. Sensi­ble a la amenaza de la contrarrevolución, herido mo­ralmente por el fracaso de su vida militante, empujado por la voluntad de combate de los militantes obreros de su partido y de la UGT, influenciado por intelectua­les –Carlos de Baraibar, Luis Araquistain– que tra­ducían la corriente a la vez unitaria y revolucionaria que comenzaba a animar a la joven generación, el vie­jo dirigente reformista dio un paso más y se pronun­ció por la Alianza Obrera, al mismo tiempo que por la vía revolucionaria. La Alianza Obrera, ya una rea­lidad en Barcelona, se extendió por toda Cataluña, y también por Madrid, donde la participación del ala caballerista le dio un peso particular, por Valencia, por Asturias, donde obtendría la espectacular adhesión de la organización regional de la CNT.</p>
<p>Fue en febrero de 1934 cuando, en las columnas de “La Tierra” apareció la primera toma de posición de un conocido dirigente de la CNT en favor de la Alian­za Obrera. Valeriano Orobón Fernández, lanzándose sobre el viejo sectarismo anarquista, planteó el proble­ma en estos términos:</p>
<p>“La realidad del peligro fascista en España ha plan­teado seriamente el problema de unificar al proleta­riado revolucionario para una acción de alcance más amplio y radical que el meramente defensivo. La única salida política actualmente posible se reduce a las so­las fórmulas antitéticas de fascismo o revolución so­cial&#8230; es indispensable que las fuerzas obreras cons­tituyan un bloque de granito”.[4]</p>
<p>La unidad que proponía debía hacerse sobre la base de la negativa a colaborar con la burguesía y de lu­char por su caída. La base del nuevo régimen debía ser “la aceptación de la democracia obrera revolucio­naria, es decir, de la voluntad de la mayoría del proletariado, en tanto que denominador común y factor decisivo del nuevo orden de cosas”.<sup>4</sup></p>
<p>Sobre esta base la Confederación Regional astu­riana firmó con la UGT un pacto de alianza que el pleno nacional de la CNT rechazó con escándalo. Los asturia­nos, tras su dirigente José María Martínez, persistie­ron. Así lo señala César Lorenzo: “Volviendo a poner en duda el anarquismo tradicional, estos militantes as­turianos aceptarían la constitución de un poder ejecu­tivo que organizaría la revolución y después de ésta ejercería la autoridad y aseguraría el orden”.[5]</p>
<p>Combatida con encarnizamiento, tanto por los so­cialistas de derecha de la tendencia Besteiro como por los anarquistas, denunciada como “socialfascista” por el Partido Comunista, la construcción de la Alian­za Obrera trazó una división nueva dentro del movi­miento obrero español y creó al mismo tiempo las con­diciones de su reunificación a plazos y, en lo inmediato, las de su unidad de frente. La iniciativa de la Alianza Obrera de Cataluña llamando en marzo de 1934 una huelga general de solidaridad con los huelguistas de la prensa madrileña demostraba que desde ahora existía en España un elemento nuevo, un factor de renovación de la estrategia obrera, una posibilidad de superar las antiguas divisiones y de asumir una estrategia revolu­cionaria.</p>
<p>Pronto sería puesta a prueba. La CEDA hizo saber por boca de Gil-Robles que exigía su parte de res­ponsabilidades gubernamentales. Los dirigentes socia­listas se dividieron: ¿debían resistir por la fuerza, a pesar de una evidente falta de preparación, como pen­saba Largo Caballero? ¿Debían buscar la manera de evitar una batalla cuyo fracaso era seguro y reservar­se para tiempos mejores, como afirmaba Prieto? La re­ciente derrota de los socialistas austríacos frente al canciller Dollfuss –el modelo de Gil-Robles– hacía sin duda inclinar la balanza, y Largo Caballero lo con­siguió: se resistirá con las armas en las manos. El 1 de octubre, las Cortes se reunieron, el gobierno dimitió y Gil-Robles reclamó la mayoría en el gobierno. Los so­cialistas hicieron saber al presidente que considerarían esta entrada como una declaración de guerra contra ellos; apoyados por los republicanos de izquierda, pi­dieron la disolución de las Cortes y nuevas elecciones. Después de vacilar, el presidente Alcalá Zamora desig­nó a Lerroux y le pidió que formara un gobierno que comprendiera tres miembros de la CEDA. La UGT lan­zó la orden de huelga general. La CNT no se movió en el plano nacional. Los campos, agotados por una larga y dura huelga de los obreros agrícolas en junio, tam­poco se movieron. Solamente se declararían tres focos insurreccionales: Barcelona, Madrid y Asturias.</p>
<p>En Barcelona, la Alianza Obrera que inspiraban Maurin y Nin tomó posición por la insurrección con­tra el nuevo gobierno, amenaza directa contra los obre­ros y los campesinos así como contra la autonomía ca­talana. Intentó convencer al gobierno de la Generalitat de que tenía entre sus manos la clave de la situación. La CNT catalana, por su crisis interna, por los largos meses de lucha para sostener la enorme huelga de Za­ragoza en la primavera anterior, no consideró la alian­za, aún limitada, con los autonomistas de la Genera­litat, y aún menos con los comunistas del Bloc Obrer i Camperol que intentaron explotar su crisis para construir una cen­tral independiente, aliándose con la UGT y con los sin­dicatos de la oposición. La CNT tomó posición contra la huelga –uno de sus dirigentes habló incluso en este sentido por la radio de Barcelona– y los mili­tantes anarquistas volvieron a hallarse de hecho en el campo del gobierno central, contra la huelga que se extendía por Cataluña, contra la proclamación por el presidente de la Generalitat, Companys, de la “inde­pendencia del Estado catalán en el marco de la república federal”. Los dirigentes catalanes, desbordados por la derecha por los fascis­tas catalanes del responsable del orden público, Dencàs, y sus “camisas verdes”, que se dedicaban a provocar a los trabajadores atacando a los anarquistas y desarmando a los aliancistas, con su proclamación habían “salvado el honor”, y se apresuraron a negociar una rendición honorable. A pesar del éxito inicial de la huelga gene­ral –la primera en Cataluña que no había sido impul­sada por los anarquistas– la clase obrera, especial­mente en Barcelona, permaneció pasiva ante la apa­rente connivencia de la Alianza y de los autonomistas y la complicidad, de hecho, de los anarquistas con Ma­drid: quedando la CNT al margen de la Alianza Obrera, por ver en ésta una fuerza competidora, y así roto el frente de unidad, el gobierno de Madrid pudo restablecer su autoridad sin disparar un tiro.</p>
<p>En Madrid, donde el Partido Socialista era con mu­cho la fuerza determinante, la CNT se negó igualmente a entrar en la Alianza Obrera. El 2 de octubre sus re­presentantes informaron a los delegados de la Alianza que habían decidido pasar a la acción insurreccional en caso de que la CEDA accediera al gobierno. El 4, con el anuncio de esta entrada, tomaron posición para el desencadenamiento de una huelga general pacífica destinada a hacer presión sobre el presidente de la República. La huelga arrancó, de hecho, espontánea­mente: las calles estaban llenas de trabajadores dis­puestos a tomar las armas y a combatir. Pero los diri­gentes socialistas no se decidían: faltaban las armas. Finalmente no hubo más que apasionados movimien­tos de la muchedumbre, algunos disparos aislados con­tra las fuerzas del orden, operaciones de comando con­tra los edificios públicos y los cuarteles, realizadas esencialmente por militantes de las Juventudes. El go­bierno pudo respirar al cabo de cuarenta y ocho horas y comenzó a hacer detener a dirigentes y militantes. La huelga prosiguió hasta el 12, testimonio de una vo­luntad de combate que no se pudo traducir en actos. La Alianza Obrera de Madrid, simple órgano de unión, apéndice del Partido Socialista madrileño, no fue el esperado órgano de frente único y combate revo­lucionario.</p>
<p>Pero no sería lo mismo en Asturias. Allí, como ya vimos, la CNT, con José María Martínez, entró en la Alianza Obrera, que reunió igualmente en el último mi­nuto al Partido Comunista, y que lanzó la célebre con­signa ”Unión, hermanos proletarios”. En todos los pueblos mineros se constituyeron comités locales que, desde la noche del 4 de octubre, lanzaron la huelga general, ocupando el 5 la mayor parte de las localidades, atacando por sorpresa y desarmando a las fuerzas de policía, y ocupando la capital provincial, Oviedo, el día 6. La noticia del fracaso de Barcelona y de Madrid no disminuyó la voluntad de combate de los mineros, cuyos comités tomaron en sus manos el poder, armando y organizando las milicias, haciendo reinar un orden revolucionario muy estricto, ocupan­do los edificios, confiscando las empresas, racionando los víveres y las materias primas. Se apoderaron del arsenal de La Trubia, de La Vega y de Marigoya, dis­poniendo de 30.000 fusiles e incluso de artillería y de algunos blindados, pero faltos de municiones, emplea­ron sobre todo la dinamita, arma tradicional en sus combates. Seguro de contener al resto de España, el gobierno empleó los mayores medios a su alcance, y bajo los consejos de los generales Goded y Franco, con­fió al general López Ochoa el encargo de la reconquis­ta, con las tropas más escogidas, los marroquíes y la Legión extranjera. Oviedo caería el 12 de octubre, y el socialista Ramón González Peña dimitiría del comité revolucionario. La resistencia continuó, y el ejército tomaría un pueblo minero tras otro hasta el 18 de oc­tubre en que el socialista Belarmino Tomás negoció la rendición de los insurgentes. Francotiradores resistie­ron aquí y allá durante semanas. La represión fue terrible, más de 3.000 trabajadores muertos, 7.000 heri­dos, más de 40.000 encarcelados, siendo algunos sometidos a la tortura por los agentes del coman­dante Doval, levantando la indignación en los más amplios medios. El estado de guerra se mantuvo du­rante tres meses y numerosos ayuntamientos fueron suspendidos, entre ellos Madrid, Barcelona y Valencia. Los tribunales militares pronunciaron cierto número de condenas a muerte: el sargento Váz­quez, que se había pasado al lado de los insurrectos, fue fusilado; los diputados socialistas Teodomiro Me­néndez y Ramón González Peña verían sus penas con­mutadas, así como el comandante Pérez Farras, jefe de las fuerzas catalanistas “insurgentes”. (+) Azaña, Lar­go Caballero y otros serían encarcelados por algún tiempo.  (++) Prieto se refugió en Francia.</p>
<p>Después de la insurrección de octubre de 1934, An­dreu Nin escribió que a la Comuna asturiana le faltó, para vencer, lo que ya había faltado a la Comuna de París, un partido revolucionario. Esta era también la opinión de Trotsky –la línea de los partidarios de la fundación de una nueva Internacional, la IV. Era también la opinión defendida por la Juventud Socialis­ta, especialmente por su dirección, así como en los me­dios intelectuales más avanzados del ala “caballerista” del Partido Socialista y de la UGT. Y era sin embargo en el momento en que se podía considerar la fusión so­bre esta base, y en esta perspectiva común de estas tres corrientes, en definitiva convergentes, cuando fue­ron de hecho a divergir de manera decisiva, de una parte, con la ruptura entre Nin y Trotsky, y de otra con la evolución de la Juventud Socialista hacia el Par­tido Comunista.</p>
<p>Durante los años del “tercer período”, la oposición de izquierda internacional luchó con encarnizamiento por la realización de un frente de unidad obrero. En 1934 esta perspectiva estuvo a punto de realizarse en Fran­cia y en España, tanto bajo el empuje de la corriente unitaria que se desarrolló en las masas después de la victoria del nazismo, como por el resultado directo del giro mundial de los partidos comunistas y del abando­no por ellos de la política de denuncia del “socialfas­cismo”. Los inicios de realización de este frente de unidad era para los que fueron sus ardientes defensores un paso adelante, pero constituyó al mismo tiempo un enorme peligro al crear las condiciones de su aislamiento de pequeño grupo en el exterior de este frente. Partiendo de la necesidad que tenían los revoluciona­rios de estar en el interior de este frente de unidad para “fecundarlo”, Trotsky propuso a sus camaradas fran­ceses lo que él llamó la política del “entrismo” en el Partido Socialista. Se trataba para él, en un primer momento, de operar la unión entre el pequeño grupo de sus partidarios, los “bolcheviques-leninistas” –casi todos antiguos militantes del Partido Comunista expulsados por “trots­kistas”– y el ala izquierda que se encontraba en el in­terior de la socialdemocracia. Sería así posible en un segundo momento y a través de la ruptura con la so­cialdemocracia buscar las bases de organización de un partido independiente que constituyera entonces un polo de atracción suficiente para precipitar a su alre­dedor la crisis en las filas de los PCs oficiales. La evo­lución hacia la izquierda del Partido Socialista –más clara todavía que la de la SFIO– llevó a Trotsky a insistir para que sus partidarios operaran en España lo que se dio en llamar el “viraje francés”, negociando su entrada en el partido de Largo Ca­ballero.</p>
<p>El fracaso de las sublevaciones de 1934 estaba lejos de haber roto el desarrollo hacia la iz­quierda de importantes sectores del Partido Socialista y de la UGT. Largo Caballero, llevado por el movimien­to natural de radicalización de las masas, se hizo el portavoz y llegó a ser a su vez, por su acción, uno de los más poderosos factores de su aceleración. En pri­sión, el viejo militante reformista descubrió a los clási­cos del marxismo, se entusiasmó con la lectura de <em>El Estado y la Revolución, </em>con Lenin y con la Revolución rusa. Reunió en torno a él una pléyade de brillantes intelectuales, los Araquistain, Carlos de Baraibar, Al­varez del Vayo, que constituían el estado mayor del semanario “Claridad” que tomó como misión propa­gar la nueva orientación revolucionaria. Luis Araquis­tain la resumió en estos términos:</p>
<p>“Yo creo que la II y la III Internacional están vir­tualmente muertas; está muerto el socialismo refor­mista, democrático y parlamentario que encarnaba la II Internacional; está muerto también ese socialismo revolucionario de la III Internacional que recibía de Moscú consignas y orientaciones para el mundo ente­ro. Estoy convencido de que debe nacer una IV Inter­nacional que funda a las dos primeras, tomando de una la táctica revolucionaria, y de la otra el principio de la autonomía nacional”.[6]</p>
<p>Estos revolucionarios eran seguidos, apoyados y a veces precedidos por la Juventud Socialista. Jun­tos, hicieron campañas por lo que llamaban una “bol­chevización” del Partido Socialista, del que querían hacer un partido revolucionario. El órgano de la JS de Madrid, “Renovación”, lanzó una llamada a los trotskistas de la Izquierda Comunista que consideraba como “los mejo­res teóricos y los mejores revolucionarios de España” para que entraran en el Partido[7] y en las Juventudes Socialistas con el fin de precipitar esta transformación necesaria. Fue un umbral que franquearon, desde 1934, algunos militantes trotskistas importantes, especial­mente José Loredo Aparicio.</p>
<p>Pero la mayoría de los trotskistas españoles no se dejaron convencer por los argumentos de Trotsky y menos aún por las llamadas de aquellos a quienes Trotsky denominaba “la magnífica juventud socialis­ta llegada espontáneamente a la idea de la IV Inter­nacional”. A pesar de la oposición de L. Fersen y Es­teban Bilbao, por una larga mayoría en otoño de 1934, la Izquierda Comunista rehusó, por lo que no sería, según ella, más que un “beneficio circunstancial”, a “fundirse en un conglomerado amorfo llamado a rom­perse al primer contacto con la realidad”,[8] en otros tér­minos, a entrar en el Partido y la Juventud Socialista a la que consideraba que las nuevas orientaciones eran ampliamente demagógicas y el revolucionarismo pura­mente verbal. De hecho, la experiencia de la Alianza Obrera permitió a los militantes de la Izquierda Comu­nista aproximarse, a través de una colaboración coti­diana, al Bloc Obrer i Camperol, particularmente en Cataluña. Los trotskistas españoles estaban deseosos también de romper el aislamiento al cual les condenó en la acción la pequeña dimensión de su organización, y de encontrar un campo de acción inmediata más amplio, al mismo tiempo que de responder al sentimiento apasionado de búsqueda de la unidad extendido entre las masas y sostenido por la insurrección asturiana. Cualquiera que fueran las divergencias con los mauri­nistas sobre un cierto número de puntos importantes, los consideraban, como escribe hoy Andrade,[9] como “más próximos” y en consecuencia “más influencia­bles” y eran sensibles al hecho de que la fusión con ellos les daría dimensiones apreciables en Cataluña al mismo tiempo que los elementos de un partido a escala nacional.</p>
<p>Un largo trabajo en común acercó más, en todos los planos, a las dos organizaciones. La Izquierda Co­munista rompió con Trotsky, y el Bloc Obrer i Camperol se negó a unirse a los esfuerzos de organización de la “derecha” en el terreno internacional. Ambas or­ganizaciones estaban de acuerdo en la fórmula de “re­volución democrático socialista” en España y en la ne­cesidad de constituir un nuevo partido. De su fusión nació, el 29 de septiembre de 1935, en Barcelona, el Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM) que se consideró una etapa en la vía de la unificación de los “marxistas revolucionarios” en España. La resolución de la fundación proclamaba:</p>
<p>“El gran Partido Socialista Revolucionario (Comu­nista) se formará agrupando en un todo único a los núcleos marxistas revolucionarios existentes, más la nueva promoción revolucionaria que entrará en acción impulsada por la unidad marxista, y los elementos que, desmoralizados a causa del fraccionamiento del movimiento obrero, han quedado temporalmente inac­tivos”.[10]</p>
<p>Se trata para el nuevo partido de “ganar a este punto de vista a los sectores realmente marxistas de los partidos socialista y comunista para que ambos, conquistados a la idea de un solo partido socialista revolucionario, se pronuncien por un Congreso de Uni­ficación Marxista Revolucionario”.[11]</p>
<p>El nuevo partido se situó en la tradición comunis­ta, la de la Revolución de Octubre y de los cuatro pri­meros congresos de la Internacional Comunista (IC), bajo la bandera “de Lenin y de Trotsky”, pero tomó sus distancias respecto al “trotskismo” y a sus organizaciones partidarias de la IV Internacional. Contaba con unos 8.000 militantes, una base obrera real, especialmente en Cataluña en ciudades como Lérida o Gerona, y grupos menos só­lidamente implantados en Andalucía, en Extremadura, en el País Vasco y en Asturias. Sus dirigentes eran to­dos hombres conocidos en el movimiento obrero, no solamente Maurín y Nin, sino también Luis Portela y Juan Andrade, antiguos dirigentes de las Juventudes Socialistas y del primer PC, Luis García Palacios, uno de los primeros responsables de las Juventudes Comunistas, David Rey y Pere Bonet, pio­neros del comunismo y de los CSR catalanes, el antiguo funcionario del partido y de la Internacional, Julián Gorkin. En Cataluña a partir de los sindicatos de la CNT en los que los militantes del Bloc Obrer i Camperol habían tomado la dirección y que, por esta razón, fueron expulsados, se constituyó incluso una organización sindical, la Fe­deración Obrera de Unidad Sindical (FOUS) de la que Andreu Nin fue secretario general, que reunió a la ma­yoría de los trabajadores organizados en Tarragona, Lérida y Gerona, y que se afirmó numéricamente supe­rior a la UGT catalana.</p>
<p>La fundación del POUM por la fusión de dos orga­nizaciones que habían inspirado y animado la Alianza Obrera se produjo precisamente en el período de de­clive de esta última y contribuyó acaso indirectamente a que la izquierda socialista se alejara de ella. Pero en el intervalo se produjo el viraje de la política estali­nista mundial, que se tradujo por la nueva línea adop­tada en el VII Congreso de la Internacional Comunis­ta. Más allá de la consigna de “frente único” apareció –presentada como su profundización o su amplia­ción– la del “frente popular” que era en realidad de naturaleza opuesta, ya que postulaba la alianza de las organizaciones obreras con los partidos republicanos..</p>
<p>Numéricamente débiles, las organizaciones comunistas oficiales, una vez roto el aislamiento del que su propia política sectaria había constituido el factor esencial, beneficiaron las condiciones favorables a un desarrollo rápido de su influencia. En esta atmósfera pre revolu­cionaria, el prestigio de la Revolución rusa, de la que pretendían encarnar la tradición y la continuidad, era inmenso. Y tuvieron además a su favor los lazos inter­nacionales, su capacidad de organización, su experien­cia, los considerables medios materiales y el eco que encontró en la España angustiada la campaña antifas­cista llevada por los PCs en el mundo entero.</p>
<p>Ahora bien, la tendencia de izquierda del Partido Socialista le ofrecía un terreno favorable, al mismo tiempo que suscitaba entre sus dirigentes reservas que expresaban en privado respecto al “izquierdismo” que encarnaba. Pero la fraseo­logía revolucionaria de Caballero y de sus lugartenien­tes no se apoyaba sobre ningún análisis serio, se apo­yaba en cambio en una profunda ignorancia de la na­turaleza del fenómeno estalinista, en una ausencia casi total de consignas concretas, en una excesiva confianza en sus propias fuerzas. Seguros de sus centenas de mi­llares de adherentes, los dirigentes socialistas y ugetis­tas no tomaron en serio los riesgos eventuales de un “establecimiento de células” por parte del Partido Comunista. Para muchos socialistas de izquierda, ade­más, la fusión de los partidos socialista y comunista, aparecía como la solución-milagro a la división fuente de debilidad, la perspectiva necesaria para la victoria. Parecía igualmente inscrita en la naturaleza de las co­sas, como resultado de una doble evolución, “a la iz­quierda” por parte de su propio partido, “a la dere­cha” por parte del Partido Comunista. Algunos –en primera línea de ellos Alvarez del Vayo, vicepresidente de la organiza­ción socialista de Madrid– fueron más lejos todavía y vieron en el PCE y, de manera general, en la URSS y en la Internacional Comunista, las únicas fuerzas “efica­ces”, los puntos de apoyo que permitían superar las divisiones, el verbalismo y, en definitiva, la impoten­cia de su propio partido.</p>
<p>La coalición de aquellos que se convirtieron, cons­cientemente o no, en agentes del estalinismo en las filas del movimiento obrero español y de aquellos, mucho más numerosos, para los que desde ahora sólo peque­ños matices separarían a los dos partidos opuestos du­rante mucho tiempo, conduciría a replanteamientos rá­pidos. Un grupo de dirigentes con Alvarez del Vayo y dos responsables nacionales de la UGT, Amaro del Rosal y Edmundo Rodríguez, figuraban aliados abier­tos del PCE, a quienes algunos, mucho más tarde, cali­ficaron de “agentes”. Pero, sobre todo, los dirigentes de la juventud socialista tomaban partido y progresa­ban muy rápidamente en la misma vía. El joven se­cretario de las JS, Santiago Carrillo, y su principal lugarteniente, Federico Melchor, antiestalinistas y anti­rreformistas declarados, que en 1934 pasaban por sim­patizantes trotskistas, en 1935 volvieron de un viaje a Moscú convencidos de la necesidad de trabajar la “unidad” y se dedicaron en seguida a realizarla: el 1 de abril de 1936 la fusión de la minúscula Juventud Comunista de Fernando Claudín con la poderosa organización de la Juventud Socialista dio nacimiento a la Juventud So­cialista Unificada (JSU), que constituiría desde enton­ces el trampolín principal de la influencia estalinista en España. Hacia la misma época los socialistas de Catalu­ña, detrás de uno de los lugartenientes de Largo Ca­ballero, Rafael Vidiella, participaron también en la vía que conduciría a la fusión del Partido Comunista de Cataluña en el Partit Socialista Unificat de Catalu­nya (PSUC) que se adhirió desde su fundación a la III Internacional.</p>
<p>El fenómeno era evidentemente importante. El he­cho de que la crisis abierta en el seno del Partido Socialista como reacción contra su política reformista, bajo la presión de los obreros y de los campesinos, en el marco de la crisis del régimen, comenzase a resolverse por un reforzamiento de la corriente neo reformista encarnada por los comunistas de posiciones estalinistas, revestía en definitiva más importancia que el reagru­pamiento de los revolucionarios, “la unión de los mar­xistas” que dio nacimiento al POUM. El debilitamien­to del peso específico de la Alianza Obrera, el acerca­miento entre socialistas y comunistas, el reforzamiento de estos últimos y el peso que aportaron, en el inte­rior del movimiento obrero, en favor de los partida­rios de la renovación de una alianza con los partidos republicanos, abrieron igualmente el riesgo de arrojar de nuevo al POUM fuera del frente en vías de cons­tituirse, y la amenaza de un aislamiento tanto político como geográfico inmediatamente después de que la insurrección asturiana demostraba que ninguna de las cuestiones que se hallaban en el fondo de la crisis es­pañola estaba lejos de ser solucionada por las vías pa­cífica y parlamentaria y que la guerra civil estaba, más que nunca, a la orden del día.</p>
<p>El gobierno de centro-derecha de Lerroux parecía, en efecto, incapaz de dominar la situación. Su minis­tro de agricultura, el demócrata cristiano Giménez Fer­nández, buscó en el catolicismo social la cuadratura del círculo: una reforma agraria que no lesionara ver­daderamente los intereses de los grandes propietarios. La CEDA dejó el gobierno porque el presidente de la República, Alcalá Zamora, negó a Gil-Robles la ejecución de los diputados socia­listas asturianos condenados a muerte. Pero volvió, esta vez con Gil-Robles en el Ministerio de la Guerra, lo que le permitió atribuir los principales poderes a los generales organizados en la Unión Militar Española (UME), fundada por Sanjurjo en vista de la prepara­ción del pronunciamiento que aparecía cada vez más como la solución, independientemente de los riesgos que comportaba: el general Francisco Franco era jefe de Estado Mayor, el general Fanjul subsecre­tario de Estado, el general Rodríguez del Barrio ins­pector del Ejército, y todos se contaban dirigiendo el complot. La CEDA estaba a cada instante cerca de ser desbordada por su derecha, ya fuera por su propia organización juvenil, la Juventud de Acción Popular (JAP), que dirigía Ramón Serrano Suñer, cu­ñado de Franco, admirador de Hitler y Mussolini, y perseguidor de “judíos, francmasones y marxistas”, ya por la Falange, con programas y métodos típicamente fascistas, que dirigió como jefe incontestable el joven José Antonio Primo de Rivera, también agente del go­bierno fascista italiano.</p>
<p>El presidente de la República se decidió finalmente a poner término a estos dos años de reacción –el “bie­nio negro”, como se le llamaría desde ahora– disol­viendo a estas Cortes ingobernables después de los escándalos financieros que acabaron de desacreditar a Lerroux, y después que el jefe del principal partido parlamentario, Gil-Robles, multiplicara las declaracio­nes de guerra y las amenazas contra la república par­lamentaria. “Arriba” no se puede más. “Abajo” no se quiere más. Nuevas elecciones, sobre la base de alianzas políticas, pudieron permitir a las clases diri­gentes ganar tiempo antes del enfrentamiento cada vez más inevitable, al menos a sus ojos.</p>
<p><img title="Más..." src="http://socialismointernacional.wordpress.com/wp-includes/js/tinymce/plugins/wordpress/img/trans.gif" alt="" />_____</p>
<h3>Capítulo 5</h3>
<h3>EL FRENTE POPULAR</h3>
<p>En 1933, la ley electoral, favoreciendo inexorable­mente a las grandes formaciones en el marco de un escrutinio mayoritario, en inmensas circunscripciones, había jugado en favor de la derecha gracias a la frag­mentación de la coalición entre republicanos y socia­listas, resultado de los dos primeros años de gobierno de la izquierda. Después de la reacción del “bienio ne­gro”, jugó en sentido inverso, acentuando la victoria electoral del bloque –el futuro Frente Popular– en el seno del cual se volvieron a encontrar partidos obre­ros y republicanos burgueses. Sería falso, sin embargo, atribuir a la sola influencia de esta ley electoral la reconstitución de una coalición de la izquierda.</p>
<p>En primer lugar, los esfuerzos de la derecha por extender la represión después de la insurrección de oc­tubre de 1934, favorecieron un acercamiento: las per­secuciones, el arresto de Azaña, el ensañamiento de ciertos medios políticos gubernamentales contra él y los más próximos a él, lo mismo que contra las or­ganizaciones obreras, favorecieron su acercamiento en el terreno político, objetivamente imposible después de los acontecimientos de Casas Viejas, de los que ha­bía, en 1933, cargado con la responsabilidad. Después, los furiosos ataques de la extrema derecha apartarían del centro a sus elementos liberales, algunos de los cuales se agruparon en formaciones más a la izquier­da. Un reagrupamiento político se hizo alrededor de la Izquierda Republicana* de Azaña y Casares Quiroga, con la Unión Republicana de Martínez Barrio, que aban­donó a los radicales, y el Partido Nacional Republicano de Sánchez Román.</p>
<p>Estos eran los factores favorables a los ojos de nu­merosos militantes obreros: sufriendo la represión, o combatiendo la que golpeó a los militantes obreros después de 1934, rompiendo limpiamente con la coa­lición de centroderecha, los elementos republicanos fueron, si no totalmente, al menos en gran parte, reha­bilitados. Por otra parte, en el curso de los últimos me­ses de 1935, el peligro fascista no había cesado de cre­cer tanto en España como en el resto del mundo, don­de la victoria hitleriana lo había puesto a la orden del día. La propaganda de los comunistas oficiales, pero también la de los disidentes del POUM, la de los so­cialistas y en cierta medida la de los liberales pusie­ron el peligro fascista en el centro de las preocupacio­nes obreras. Por lo tanto, los comunistas se hicieron los campeones del antifascismo concebido como el reagrupamiento más amplio posible de todos los adver­sarios del fascismo, incluso de los que estaban fuera del movimiento obrero. La nueva combinación de fuer­zas condujo a un nuevo reagrupamiento, a una renova­ción de la unión de la izquierda, de la alianza de tos partidos obreros y de los republicanos burgueses. Por una parte, en efecto, el ala derecha del Partido Socia­lista, dirigida por Besteiro, y su centro, con Prieto, disponían de mejores argumentos para defender una tal alianza con Azaña; por otra parte, el ala izquierda, impresionada por la URSS, sus realizaciones económi­cas, el plan quinquenal, la colectivización de la agri­cultura, se acercó de nuevo a los comunistas que, des­de hacia algunos meses, llevaban la campaña en<em> </em>favor del Frente Popular.</p>
<p>En estas condiciones, desde el mes de diciembre, la dirección del Partido Socialista tomó la decisión de aliarse con los republicanos de izquierda. Vuelto clandestinamente de Francia donde se había refugiado después de los acontecimientos de octubre de 1934, In­dalecio Prieto llegó a convencer al comité ejecutivo: Largo Caballero, puesto en minoría, dimitió de su pues­to en el ejecutivo. El juego estaba en marcha. No ha­ría falta más de una semana para que fuera negocia­da la alianza electoral y después, el 15 de enero, fir­mada. El programa de la nueva coalición era un pro­grama moderado que los socialistas calificaban sin ro­deos de “democrático burgués”: vuelta a la política religiosa, escolar y regional de los primeros años de la República, reactivación de la reforma agraria, me­didas de reanimación de la economía por la interven­ción del Estado, amnistía para todos los presos políti­cos. En todas las circunscripciones fueron establecidas listas comunes en el interior de las cuales los escaños fueron repartidos de antemano entre las diferentes for­maciones. El Partido Socialista y el Partido Comunista se empeñaron en sostener la realización de este pro­grama, que consideraban como mínimo, sin participar en el gobierno –esta última eventualidad era enérgi­camente rechazada por la tendencia de Largo Caba­llero, que amenazó con hacer una escisión en eI caso de que se produjera. El pacto de alianza electoral es­taba firmado por la Izquierda Republicana, la Unión Republicana, el Partido Socialista, el Partido Comunis­ta, la UGT, la Juventud Socialista, el POUM, el Parti­do Sindicalista y la Esquerra Catalana.</p>
<p>La firma puesta por Juan Andrade en nombre del POUM levantó en la extrema izquierda internacional ásperas polémicas. Trotsky denunció lo que él llamó la “traición del POUM”, escribiendo: “<em>La</em> <em>técnica electo­ral</em> no puede justificar <em>la política de traición</em> que cons­tituye el lanzamiento de un <em>programa común </em>con la burguesía”.[1] Nin justificaría el comportamiento de su partido afirmando que el movimiento de masas y sus ilusiones democráticas eran tan fuertes que el POUM no podía más que sumarse a él, durante las elecciones, bajo pena de encontrarse completamente aislado y de perder toda audiencia entre los obreros. De hecho, el argumento mayor, que eliminó sin duda reticencias y principios, fue el que llevó en el mismo momento a la CNT a dejar de lado su consigna tradicional de absten­ción y a trabajar, discreta, pero eficazmente, por la victoria electoral del Frente Popular: el hecho de que los 30.000 prisioneros asturianos detenidos pudieran el día de mañana ver abrirse las puertas de sus prisiones. Esta voluntad de eficacia en la solidaridad obrera in­mediata con los insurrectos de 1934 cimentó la volun­tad de los militantes obreros de oponer una barrera “legal” a un nuevo período de gobierno de la derecha, incluso cuando –y es el caso al menos a la izquierda del Partido Socialista, en el POUM y en la CNT– los militantes no se hacían la menor ilusión sobre la rea­lidad de la amenaza del fascismo, independientemente del resultado de las elecciones.</p>
<p>El 16 de febrero las listas del Frente Popular vencieron por un escaso margen de algunos centenares de miles de votos, pero se aseguraron en las Cortes una confortable mayoría. El reparto previo de escaños dio 84 diputados al partido de Azaña, 37 al de Martínez Barrio, 38 a la Esquerra de Companys, 90 al Partido Socialista, 16 al Partido Comunista, 1 al POUM –Joaquín Maurín– y 1 al Partido Sindicalista –Pestaña. La CEDA tuvo aún 86 diputados, Re­novación Española 11 solamente. Entre los medios mi­litares gubernamentales corrió con insistencia el ru­mor de que el general Franco había propuesto al jefe del gobierno la intervención del ejército para anular las elecciones. Pero éste prefirió ceder la plaza a uno de los jefes de las filas de los vencedo­res. Azaña fue en seguida encargado de formar gobier­no: mantuvo el estado de excepción proclamado por su predecesor desde la víspera de las elecciones.</p>
<p>Desde la entrada en funciones de Azaña, la madeja de la historia, una vez más, parece desarrollarse en sen­tido inverso: el 22 de febrero, todos los detenidos polí­ticos fueron amnistiados, el 23, los pagos de rentas en Andalucía y Extremadura fueron suprimidos, como ga­rantía de una aceleración de la reforma agraria. Los ayuntamientos vascos suspendidos en 1934 fueron res­tituidos; Companys salió de prisión y se volvió a poner al frente de la Generalitat de Cataluña. Dos de los ge­nerales sospechosos de conspiración fueron alejados de la capital: Franco enviado a Canarias y Goded a las Baleares. El 4 de abril, Azaña presentó a las Cortes su programa legislativo: se trataba de realizar al pie de la letra el programa electoral del Frente Popular, una reforma agraria profunda y renovada, construccio­nes escolares masivas, un aumento de la autonomía para los ayuntamientos, un estatuto de autonomía para las provincias vascas, la readmisión en las empresas de todos los trabajadores despedidos por razones polí­ticas y sindicales desde 1933. Reafirmó solemnemente que no se trataba de la nacionalización de la tierra, de la banca o de las industrias; prometió a la derecha trasladar la fecha de las elecciones municipales; y juró a derecha e izquierda jugar el juego parlamentario y dejar desarrollar su empresa de reforma en la lega­lidad.</p>
<p>El gobierno se encontró desde entonces en una si­tuación difícil. Desde el anuncio de la victoria electoral, tuvieron lugar en todas las grandes ciudades españolas enormes “desfiles de la victoria”; en Valencia y en Oviedo las prisiones fueron abiertas y lo prisioneros liberados sin esperar la amnistia. Un poco por todas partes estallaron incidentes entre las masas de manifestantes y las fuerzas de policía que montaban guardia ante las iglesias y los edificios de los diarios reaccionarios. En todo el país estallaron huelgas por la readmisión inmediata de los obreros despedidos, el pago de los salarios atrasados a los trabajadores encarcelados, por el aumento de los salarios y nuevas condiciones de trabajo. La agitación fue si cabe más general todavía en el campo donde se multiplicaron los “asentamientos”, ocupaciones de tierras por los campesinos pobres, también fuente de riñas, a veces de enfrentamientos armados entre manifestantes y guardias civiles. La extrema derecha organizó el terrorismo. El 13 de marzo un grupo de estudiantes falangistas intentaron asesinar a un diputado socialista,* matando al policía que lo acompañaba. El 14 las masas invadieron los talleres del diario de Calvo Sotelo “La Nación”, e intentaron incendiar el edificio. El mismo día hubo cuatro muertos en Logroño en un choque entre el ejército y una manifestación de campesinos. El 19, unos desconocidos abrieron fuego sobre la casa de Largo Caballero; el 13 de abril, unos falangistas asesinaron a un juez que acababa de condenar a treinta años de prisión a uno de ellos, asesino de un vendedor de diarios obreristas.</p>
<p>Los socialistas de izquierda, y particularmente las Juventudes, estaban a la cabeza de los “desfiles de la victoria” donde reclamaban la dictadura del proletariado. Su prensa multiplicó los paralelismos entre la Rusia de 1917 y la España de 1936, comparando a Azaña con Kerensky, y haciendo de Largo Caballero el “Lenin español”. En vano Azaña, en el curso de tem­pestuosas entrevistas a primeros de marzo, pidió a Largo Caballero que pusiera un freno a estas manifesta­ciones. El dirigente socialista le aseguró su lealtad al Frente Popular, pero le reprochó su lentitud en la aplicación de su programa. “Claridad”, que fue diario desde el 6 de abril, manteniendo el fervor de los so­cialistas, anunciaba la victoria cercana. El 1 de mayo, celebró “el gran ejército de los trabajadores en su mar­cha adelante hasta alcanzar la cima del poder”, y 10.000 miembros de las Juventudes Socialistas, con uniforme, el puño en alto, desfilaron en orden, cantando cantos revolucionarios y extendiendo las consignas por un “Gobierno obrero” y un “Ejército rojo”. Los socialis­tas de Madrid se pronunciaron no solamente por la “dictadura del proletariado”, sino también por la uni­dad socialista-comunista, la unificación sindical, la transformación de España en “confederación de los pueblos ibéricos”, el reconocimiento –comprendiendo Marruecos– del derecho a la autodeterminación de los pueblos. Largo Caballero se dirigió personalmente al congreso de la CNT que se celebró en Zaragoza con un lenguaje decidido. Poco después declaró: “La revo­lución que nosotros queremos no puede hacerse más que por medio de la violencia&#8230; Para establecer el socialismo en España es necesario triunfar ante la clase capitalista y establecer nuestro poder”[2] y llamó a los republicanos a dejar el lugar.</p>
<p>En la CNT, se da el triunfo de la FAI durante este congreso que se terminó el 15 de mayo, en la vieja ciudad aragonesa engalanada de banderas rojas y ne­gras, por lo que César M. Lorenzo llama “un despliegue impresionante de misticismo revolucionario, de opti­mismo y de excitación colectiva”.[3] Los trentistas, vencidos, capitularon sin condiciones, y los “anarcobol­cheviques” renunciaron a defender en una atmósfera tal sus planes de organización militar para la lucha contra un golpe de estado fascista. Sobre el programa adoptado, César Lorenzo escribe que “las puerilidades y la utopía se daban libre curso con un olvido total de las particularidades de España, de la situación in­ternacional, del momento histórico y de la manera de esperar la nueva tierra prometida”.[4]</p>
<p>En realidad el entusiasmo revolucionario que lle­vaban socialistas de izquierda y anarcosindicalistas es­taba lejos de dar los medios y de abrir las vías de la revolución victoriosa. Ni los unos ni los otros aporta­ron perspectivas inmediatas, fines unificadores, objeti­vos concretos. La frase revolucionaria reinaba como la primera en este movimiento, doble reflejo de la bús­queda, por la juventud inexperimentada, de una vía re­volucionaria, y por los dirigentes socialistas de izquier­da, de un instrumento de presión en su propio partido y sobre sus aliados republicanos.</p>
<p>Por otra parte, el primer contraataque vino del seno del Partido Socialista. En Cuenca, el 1 de mayo, con ocasión de una elección parcial, Prieto pronunció un discurso que constituyó un verdadero programa guber­namental. Denunció los desastres de la violencia y de la anarquía, generadora, a sus ojos, del fascismo, afir­mó que la agitación revolucionaria, falta de poder, con­duciría a lo que no sería más que una “socialización de la miseria”, riesgo de provocación de un golpe de estado militar del que el general Franco, por sus cua­lidades, sería el jefe idóneo. Exhortó, pues, a los traba­jadores a ser razonables, a evitar “hacer el juego” del fascismo manteniendo el miedo por sus reivindicacio­nes “exageradas”, se pronunció por un gobierno de coalición con los republicanos que se asignasen un pro­grama de reformas progresivas y prudentes, de reforma agraria y de industrialización en el marco de un capitalismo moderno. Pero la hora de Prieto no había llegado todavía: cuando las Cortes, después de una operación, en la que éste desempeñó un papel de pri­mera fila, depusieron al presidente Alcalá Zamora, cuyo lugar ocupó Azaña; Prieto, a causa de la resistencia de la izquierda socialista y del temor de una escisión, de­bió rehusar la presidencia del Consejo, que fue enton­ces confiado a Casares Quiroga, un republicano de Ga­licia.</p>
<p>La tumultuosa ascensión del movimiento obrero y campesino avivó las contradicciones en el seno de los partidos y entre ellos. Si Largo Caballero y sus parti­darios rivalizaban con los militantes de la CNT en ani­mar huelgas y manifestaciones, el Partido Comunista adoptó una política de acentuada reserva que le acercó a Prieto. Su secretario, José Díaz, subrayó, en un dis­curso en Zaragoza, que “los patronos provocan y atizan las huelgas por conveniencias políticas de sabotaje”, y denunció la intervención de los “agentes provocado­res”.[5] Por su parte, Nin, secretario político del POUM, argumentó que “cada retroceso de la reacción, cada avance de la revolución, ha sido un resultado directo de la iniciativa, de la acción extralegal del proletaria­do”.[6] Estas divergencias no se limitaban a polémicas en la prensa: el 13 de abril, en Écija, Prieto, González Peña y Belarmino Tomás fueron recibidos con dispa­ros procedentes verosímilmente de las filas de las Ju­ventudes Socialistas; en Málaga, en el mes de junio, fueron sucesivamente asesinados un dirigente de la UGT, el hijo de un dirigente cenetista y un dirigente socialista.</p>
<p>Esta tensión, el estallido en el seno de los partidos y sindicatos obreros de conflictos de esta importancia y de esta violencia tienen su explicación: de hecho, era la cuestión del poder la que planteaban, por sus rei­vindicaciones, los trabajadores que se lanzaban a huel­gas cada vez más duras. Los obreros metalúrgicos de Cataluña habían obtenido en 1934 la semana de 44 horas, pero en 1935 debían trabajar 48 horas por el mis­mo salario. Exigían pago de atrasos de 15 meses y re­husaban un compromiso ofrecido por la Generalitat de una semana de 40 horas con el salario de 44. Los fe­rroviarios exigían la vuelta a sus salarios de 1931-1933, y las compañías ofrecían en vano abrir sus libros de contabilidad para probar que no podían satisfacerlos. Los trabajadores de tranvías de Madrid tomaron la palabra a la compañía que usó el mismo lenguaje: de­cidieron funcionar por su propia cuenta y abrieron una suscripción que les proporcionó sumas conside­rables.</p>
<p>Pero fue la huelga de la construcción de Madrid la que llevó a su más alto grado las contradicciones so­ciales y políticas. La huelga se decidió el 1 de junio en una asamblea general convocada por las dos centra­les sindicales: los obreros reclamaban una importante alza de los salarios, la semana de 36 horas, un mes de vacaciones pagadas, el reconocimiento de enfermeda­des profesionales, como el reumatismo. Pero la patro­nal resistió. La CNT llamó entonces a los obreros en huelga a aplicar los principios del comunismo liberta­rio, servirse en los almacenes de alimentación, comer sin pagar en los restaurantes. “Claridad” y “Mundo Obrero” denunciaron estas consignas como “provoca­ciones anarquistas”. El arbitraje de un jurado mixto dio una satisfacción parcial a los obreros en los sala­rios, aumentando a los más bajos el 5%, a los otros el 10%. El 20 de junio, consultados los obreros de la UGT se pronunciaron por la aceptación del arbitraje siguiendo el llamamiento de sus dirigentes. Pero la CNT llamó a la continuación de la huelga y trató de “amarillos” a los dirigentes ugetistas. El secretario de la federación de la construcción, Edmundo Domínguez, simpatizante del PCE, declaró que la huelga podía “degenerar en un grave peligro para el régimen”, mien­tras que los dirigentes cenetistas David Antona y Ci­priano Mera lanzaron una llamada a la “unidad revo­lucionaria” contra la patronal y el gobierno que la apoyaba. Estallaron alborotos delante de los edificios en construcción: hubo muertos de una y otra parte. La prensa de derechas afirmó que los obreros seguían en huelga por el “terror anarquista”; los falangistas, bajo la dirección de Fernández Cuesta, atacaban a los piquetes de huelga, y los militantes cenetistas replica­ron con viveza ametrallando un café, matando a tres hombres de la escolta de José Antonio Primo de Rive­ra. El gobierno intervino cerrando los locales de la CNT y deteniendo a Antona y Cipriano Mera. La situación se volvió difícil para Largo Caballero, acusado por la CNT de hacer desempeñar a la UGT el papel de rompehuelgas, mientras la derecha de su partido le re­prochaba el haber desempeñado el papel de aprendiz de brujo y ser desbordado por los anarquistas. El congreso socialista fue trasladado de junio a septiembre después de los hechos de Écija, pero, el 30 de junio; los resultados de la elección en el comité ejecutivo –por otra parte, contestada por los amigos de Largo Caballero– dieron la mayoría a los partidarios de Prie­to, que puso a González Peña en la presidencia y a Ra­món Lamoneda en el secretariado. La escisión parecía inevitable, pero Largo Caballero perdió definitivamente el aparato en el momento en que parecía que había perdido también el control del movimiento de masas.</p>
<p>Por parte de la oligarquía los preparativos se ace­leraron. El hecho importante no fue sin embargo el más espectacular: los progresos de la Falange, sus agre­siones y atentados diarios, sus tentativas por comen­zar a militarizar sus tropas y quebrantar mediante el terror y la muerte el movimiento obrero y campesino. El hecho capital estaba en los preparativos de los jefes militares organizados en la Unión Militar Española.</p>
<p>El alejamiento, después de las elecciones, de los gene­rales Franco y Goded retardó la conspiración. Su jefe, Sanjurjo, que residía en Portugal, tomó en el mes de abril, en Alemania, los contactos necesarios y recibió de las autoridades hitlerianas la promesa de su apoyo. El gobierno fascista de Roma suministró dinero y ar­mas. El financiero Juan March se encargó en Londres de ganar complicidades. El general Mola, antiguo jefe de Seguridad de la monarquía, nombrado comandante militar en Navarra, aseguró la dirección general, ayu­dado por los coroneles Varela y Yagüe que asegura­ron los enlaces con los otros jefes militares. Un nuevo plan fue elaborado siendo necesario modificarlo en el mes de abril, dos días antes de la fecha fijada para el pronunciamiento. Pero este nuevo plan permitió reclu­tar dos jefes importantes, que pasaban por republica­nos, los generales Queipo de Llano y Cabanellas, y gra­cias a Franco, el almirante Salas, que aportó el apoyo de la Marina. Los planes definitivos preveían el levanta­miento militar para el 10 de julio: los conjurados ob­tuvieron el acuerdo de José Antonio Primo de Rivera y de Calvo Sotelo y todo el mundo aceptó de momento la autoridad del general Sanjurjo.</p>
<p>Tales preparativos no podían pasar desapercibidos. Primero porque la policía estaba informada, y ella in­formó al gobierno. Después porque una sociedad se­creta de oficiales republicanos –el general de aviación Núñez del Prado, el coronel Asensio Torrado, el co­mandante Pérez Farras– siguió las huellas de los cons­piradores e informó igualmente al gobierno. Pero éste no supo realmente intervenir contra el complot de los generales que constituían en realidad, al mismo tiempo que un peligro para el régimen político de España, el último amparo de la defensa de su régimen económico y social. Fue pues con pleno conocimiento de causa que en una nota del 18 de marzo denunció los “in­justos ataques” de que eran objeto los oficiales “fieles servidores del poder constituido y garantía de obediencia a la voluntad popular”, asegurando que revelaban por parte de sus autores “el deseo criminal y obstina­do de minar el ejército”.[7] En junio, el presidente del gobierno Casares Quiroga desmintió obstinadamente todos los rumores de conspiración militar y calificó de “fantasías de la menopausia masculina”[8] las adverten­cias lanzadas por Prieto. Para este republicano bur­gués, la cuestión principal en este momento era, como subraya Gabriel Jackson,[9] la huelga de la construcción de Madrid, y estaba ansioso por conservar los buenos favores de los jefes del ejército frente al mayor peli­gro que amenazaba la sociedad. Para evitar la amenaza de la guerra civil que le marginaría, el gobierno de Frente Popular de la pequeña burguesía no podía más que andar a la deriva, golpear blanda y alternativamen­te a cada uno de sus adversarios de derecha y de iz­quierda, para no entregarse indefenso al otro. De he­cho, estaba ya condenado, y los trágicos acontecimien­tos del mes de julio, el doble asesinato del teniente Castillo y del líder de las derechas Calvo Sotelo, no hicieron más que dar al pronunciamiento el telón de fondo que acentuó la credibilidad de sus motivos.</p>
<p>El 12 de julio, el teniente de la guardia de asalto José del Castillo, instructor de la Juventud Socialista y persona odiada por los pistoleros falangistas, fue abatido. Sus camaradas, seguros de la impunidad de los asesinos, decidieron vengarlo cogiendo a uno de los cerebros de la empresa: al día siguiente, al alba, con uniforme, se llevaron a Calvo Sotelo de su domi­cilio y lo mataron. La prensa, los políticos de derecha, denunciaron al gobierno, blandiendo el pretexto que les permitió justificar un golpe largo tiempo prepa­rado. Los obreros buscaron armas. Los dirigentes socialistas pidieron al gobierno que armara a los obreros. El jefe del gobierno salió fiador de la “lealtad” de Mola; después, al enterarse de la noticia del levanta­miento, pronunció estas palabras “históricas”: “Se le­vantan. Muy bien, entonces yo me voy a acostar”.[10]</p>
<p>El levantamiento militar comenzó en la noche del 17 al 18 de julio. La guerra civil empezaba, con la ini­ciativa de la oligarquía, para aplastar esta revolución que los revolucionarios no habían sabido organizar para la victoria.</p>
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<h3>Capítulo 6</h3>
<h3>ALZAMIENTO Y REVOLUCIÓN</h3>
<p>Los planes de los insurrectos preveían una victoria rápida, y no retroceder, para este objetivo, ante las me­didas más radicales. Decididos a pagar el precio nece­sario para aplastar el movimiento obrero y revoluciona­rio, “regenerar” a España y exorcizar definitivamente el espectro de la revolución, los generales contrarrevo­lucionarios no sospechaban que su iniciativa iba pre­cisamente a liberar a los obreros y campesinos espa­ñoles de sus vacilaciones y de sus divisiones, y a desen­cadenar esta revolución que precisamente buscaban prevenir.</p>
<p>El movimiento que el general Franco dirigiría a partir del día 19 de julio partió del ejército de Marrue­cos donde, en la noche del día 17, los oficiales rebel­des rompieron toda resistencia. Contra toda evidencia, el gobierno republicano negó la gravedad de la situa­ción, anunciando el 18 a las 15 horas que un “vasto movimiento antirrepublicano ha sido ahogado” y que “no encontró ninguna ayuda en la península”. La mis­ma noche un consejo de ministros, incluido Prieto, se negó de nuevo a satisfacer la demanda presentada por Largo Caballero, en nombre de la UGT, de distribuir armas a los trabajadores. Siguiendo con el juego par­lamentario, los partidos Socialista y Comunista, en un comunicado conjunto, declararon que el “gobierno está seguro de poseer los medios suficientes”, y proclamaron que “el gobierno manda y el Frente Popular obedece”.[1]</p>
<p>Por la noche, CNT y UGT lanzaron la consigna de huel­ga general y el 19, a las 4 de la mañana, en el momento en que los combates se iban entablando en todo el país, el gobierno Casares Quiroga dimitía.</p>
<p>Sin esperar, Azaña llamó al gobierno a Martínez Ba­rrio, que formó un gobierno republicano incluyendo en su derecha al grupo de Sánchez Román, ajeno al Frente Popular, con el general Miaja en el Ministerio de la Guerra. Esta última tentativa de encontrar con los jefes sublevados una vía de acuerdo fracasó ante la determinación de centenares de miles de trabaja­dores que invadieron las calles de Madrid y reclama­ron armas. Martínez Barrio rehusó ceder al ultimátum de la UGT y a distribuir stocks de armas, dimitiendo. Se encontraría algunas horas más tarde un republicano de izquierdas. el doctor Giral, amigo personal de Aza­ña, que aceptaría “decretar” lo que era ya realidad: el armamento de los obreros, preparado y realizado por ellos para hacer frente al levantamiento de los gene­rales.</p>
<p>En el combate así entablado, numerosos factores explican éxitos y fracasos de uno y de otro campo y especialmente la actitud de los cuerpos de policía, guardias civiles y de asalto, de los que algunos colabo­raron en el levantamiento mientras que otros lo comba­tieron. Pero, en conjunto, no jugando el efecto sorpre­sa, y procediendo los militares en todas partes de la misma forma, se puede decir que el levantamiento del ejército se consiguió cada vez que la falta de visión política de los dirigentes obreros no permitió la pues­ta en marcha de planes de resistencia o que se deja­ron tomar por falsas declaraciones de fidelidad: “No es imprudente afirmar que fue menos en la acción de los rebeldes que en la reacción de los obreros, de los partidos y de los sindicatos y su capacidad para orga­nizarse militarmente, en una palabra, en su perspectiva política misma donde residió la clave del resultado de los primeros combates. En efecto, cada vez que las organizaciones obreras se dejaban paralizar por la preo­cupación de respetar la legalidad republicana, cada vez que sus dirigentes se contentaban con la palabra dada por los oficiales, estos últimos la quebrantaban. En cambio, el Movimiento fracasó cada vez que los tra­bajadores tuvieron tiempo de armarse, cada vez que se empeñaron inmediatamente en la destrucción del ejército como tal, independientemente de las tomas de posición de sus jefes o de la actitud de los poderes públicos “legítimos”.[2]</p>
<p>En casi toda Andalucía, el pronunciamiento triun­fó, siguiendo unas pautas casi uniformes: el gobierno y las autoridades presentaron como garantía la leal­tad del ejército, y los trabajadores se inclinaron ante el rechazo a distribuirles armas: tomados por sorpre­sa, fueron entonces aplastados después de una resis­tencia encarnizada pero improvisada. Esto pasó en Cá­diz, Algeciras, Córdoba, Granada, donde los combates en los barrios duraron hasta el 24 de julio. En Sevilla, el general Queipo de Llano consiguió un excepcional golpe de efecto apoderándose de la emisora de radio con un destacamento de guardias civiles y haciendo creer que disponía de numerosas tropas. Los dirigen­tes obreros, socialistas, comunistas, anarquistas, se de­jaron engañar, al tiempo que llegaron por avión las primeras tropas marroquíes, y la resistencia armada de los obreros comenzó demasiado tarde. El barrio de Triana resistió una semana entera antes de ser “lim­piado” a bomba y cuchillo en una verdadera carnice­ría que haría unas 20.000 víctimas. Sólo una ciudad im­portante, Málaga, permaneció en manos de los obre­ros porque, si bien los militares se lanzaron a la ac­ción desde el 17 de julio, mantuvieron después un com­pás de espera. Los trabajadores utilizaron esta tregua para reaccionar: un comité de defensa CNT-UGT tomó la dirección de las operaciones. Las casas que rodeaban los cuarteles fueron incendiadas y los militares, amenazados de quemarse en sus atrincheramientos, prefirieron rendirse.</p>
<p>En Zaragoza, bastión de la CNT, los militares con­siguieron un éxito inesperado. El responsable de la CNT, Miguel Abos, confió en el gobernador y en el jefe de la guarnición, el general Cabanellas, los dos repu­blicanos y francmasones como él. Consiguió convencer a los militantes de que no era necesario armarse. Sólo el 19, cuando se produjeron las primeras detenciones en sus filas, los cenetistas comprendieron que habían si­do engañados y lanzaron la consigna de huelga gene­ral. Era demasiado tarde y, a pesar de la determina­ción obrera –la huelga duraría más de una semana– los 30.000 obreros organizados en los sindicatos de Zaragoza fueron vencidos sin haber podido com­batir.</p>
<p>Los acontecimientos que se desarrollaron en Ovie­do eran parecidos a éstos. Allí, algunos dirigentes obre­ros fueron intuitivos, y el diario socialista de izquier­da de Javier Bueno, “Avance”, desafiando la censura, anunció el levantamiento, en el mediodía del 18, y lla­mó a los obreros a armarse. El jefe de la guarnición, un republicano, el coronel Aranda, sin embargo, conse­guiría un extraordinario restablecimiento con la com­plicidad de los socialistas de derecha y de los republi­canos que continuaron, a pesar de las advertencias de Bueno y de la CNT, mostrándole confianza. Bajo su consejo, tres columnas de mineros, equipados con ar­mas improvisadas, partieron en socorro de Madrid, mientras que la guardia civil se concentró en Oviedo, que logró conservar. En Gijón la guarnición proclamó también su fidelidad, pero los obreros del puerto, reforzados por los metalúrgi­cos de La Felguera, cercaron sus cuarteles y conmina­ron a los rebeldes a rendirse en el momento en que iban a “pronunciarse”. En Santander, la huelga gene­ral fue proclamada desde la llegada de la noticia de la insurrección: allí también los cuarteles fueron rodea­dos y los oficiales se rindieron sin verdaderos comba­tes. En el País Vasco, los jefes del levantamiento titu­bearon, las guarniciones se dividieron. En San Sebas­tián, el 21, cuando los guardias civiles intentaron su­blevarse, los obreros estaban preparados y la ciudad cubierta de barricadas. Los insurrectos capitularon en­tre el 23 y el 28.</p>
<p>Pero el “Movimiento” sufrió otros fracasos más es­trepitosos y de graves consecuencias. Y en primer lu­gar en la marina de guerra, donde la casi totalidad de los oficiales se sumaron al levantamiento, pero los marineros, bajo el impulso de los militantes obreros, se organizaron clandestinamente en “consejos de ma­rineros” en los que los delegados reunidos se pusie­ron de acuerdo desde el 13 de julio y mantuvieron el contacto entre ellos por medio de los radios. La señal fue dada por un suboficial de Madrid, destinado al cen­tro de transmisiones de la Marina: detuvo al jefe del centro, agente principal del complot, y alertó a todas las tripulaciones. Estas últimas se amotinaron, algunas en pleno mar ejecutaron a los oficiales que se resistie­ron, se apoderaron de todos los navíos de guerra y dieron así al levantamiento de los generales un golpe muy serio.</p>
<p>En Barcelona, el gobierno de la Generalitat se negó a distribuir armas como le había pedido la CNT. Pero los trabajadores empezaron desde el 18 la búsque­da de armas, fusiles de caza, armas de fuego de los buques del puerto, dinamita de las canteras, y obtu­vieron distribuciones de fusiles por los guardias de asalto. Cuando las primeras tropas salieron de los cuarteles, en la noche del 18 al 19, eran esperados por una muchedumbre inmensa que cargó y los derrotó a pesar de espantosas pérdidas. Una fracción impor­tante de la Guardia Civil, y también la aviación mili­tar, se pusieron del lado de los obreros. Después de dos días de combate, el jefe de la insurrección, el ge­neral Goded, se rindió. El último cuartel fue tomado por asalto. En los combates murieron el jefe de las Juventudes del POUM, Germinal Vidal, y el líder anar­quista Francisco Ascaso. Una columna del POUM, di­rigida por Grossi y Arquer, y sobre todo la famosa co­lumna CNT-FAI de Durruti marcharon hacia Zarago­za y a su paso liberaron Aragón.</p>
<p>En Madrid el dirigente cenetista Antona fue libera­do el 19 por la mañana. Emprendió inmediatamente la organización de la lucha armada. El dirigente socia­lista de izquierda Carlos de Baráibar organizó una red de noticias por medio de los ferroviarios y los carte­ros de la UGT. Ningún cuartel se había movido toda­vía cuando ya las milicias obreras, provistas de un armamento heterogéneo, patrullaban por las calles. El 19 se combatía en muchos cuarteles entre partidarios y adversarios del pronunciamiento. El general Fanjul, desde el cuartel de la Montaña, que estaba rodeado, mandó disparar sobre la muchedumbre. Un oficial hi­zo distribuir 5.000 fusiles. El 20 los obreros, apoya­dos por los bombardeos de aviones “leales”, tomaron los cuarteles a costa de graves pérdidas. El general Fanjul fue hecho prisionero. Columnas obreras se pu­sieron en marcha hacia Toledo, Alcalá, Sigüenza y Cuenca, que el albañil cenetista Cipriano Mera, recién salido de la prisión, volvió a tomar con 800 milicianos y una sola ametralladora.</p>
<p>En Valencia, la situación fue otra. La guarnición no se sublevó, pero los sindicatos lanza­ron el 19 la consigna de huelga general, los cuarteles fueron rodeados y el general Martínez Monje procla­mó su fidelidad a la república: fue rápidamente apoyado por una delegación del gobierno de Madrid, conducida por Martínez Barrio. Esto ocurrió a primeros de agosto cuando, sacudida por motines, sin perspec­tiva política, la guarnición se rindió.</p>
<p>En la noche del 20 de julio, salvo algunas excepciones, la situación estaba clarificada. O bien los milita­res habían véncido y las organizaciones obreras y campesinas estaban prohibidas, sus militantes encar­celados y muertos, y la población trabajadora sumida en el más feroz de los terrores blancos. O bien el le­vantamiento militar fracasó, y las autoridades del Es­tado republicano fueron barridas por los obreros, que llevaron el combate bajo la dirección de sus organiza­ciones reagrupadas en “comités” los cuales se atri­buían, con el consentimiento y el apoyo de los trabaja­dores en armas, todo el poder, y se dedicaban a la transformación de la sociedad. La iniciativa de la con­trarrevolución desencadenó la revolución.</p>
<p>La lucha armada contra el levantamiento militar exigió un centro, una dirección, un principio de orga­nización. Esto fue todavía más cierto en los días si­guientes a la victoria en los cuarteles: era necesario completar la victoria, eliminar los últimos partidarios del fascismo, asegurar el nuevo orden revolucionario, volver a poner en marcha la producción y las comuni­caciones, preparar nuevas operaciones militares, en una palabra, gobernar. Era la tarea de los comités que G. Munís, en una expresión sorprendente, llamó los “comités-gobierno”.[3] La España que rechazó a los ge­nerales estaba cubierta de ellos: comités populares de guerra o de defensa, comités revolucionarios, ejecuti­vos antifascistas, comités obreros, comités de salud pública, ejercían por todas partes el poder a nivel lo­cal. Fueron designados de mil y una formas, a veces elegidos en las empresas o en las asambleas generales, a veces designados por las organizaciones obreras, par­tidos y sindicatos, con o sin negociación. A nivel local, estaban estrechamente controlados por una “base” que los impulsaba más frecuentemente de lo que la dirigían. En todas partes, en todo caso, sindicatos y partidos estaban representados en tanto que tales en proporciones que variaban a menudo su influencia o la políti­ca de la organización numéricamente dominante. To­dos, después del aplastamiento del levantamiento mi­litar, se atribuyeron, con el consentimiento o bajo la presión de las masas obreras y campesinas, todas las funciones legislativas y ejecutivas. “Todos deciden so­beranamente&#8230; no sólo problemas inmediatos como el mantenimiento del orden y el control de los precios, sino también tareas revolucionarias del momento, so­cialización o sindicalización de las empresas industria­les, expropiación de los bienes de la Iglesia, de los “fac­ciosos”, o simplemente de los grandes propietarios, distribución entre los aparceros o explotación colecti­va de la tierra, confiscación de los capitales bancarios, municipalización de las viviendas, organización de la información, escrita o hablada, de la enseñanza, de la asistencia social”.[4] A partir de los comités locales se organizaron, en los días que siguieron al aplastamiento de la rebelión armada, los poderes regionales. En Ca­taluña, donde los militantes de la CNT tuvieron un pa­pel de primera importancia, donde la gran mayoría de los trabajadores armados les dio confianza, el pleno regional de la CNT rechazó la proposición de García Oliver de tomar el poder y de instaurar el comunismo libertario. Se pronunciaron al mismo tiempo por el mantenimiento de la existencia del gobierno de la Ge­neralitat en el cual se negaron a colaborar. En contra­partida, respaldaría, con los otros partidos obreros y republicanos, y los sindicatos, el Comité Central de las milicias antifascistas de Cataluña. Verdadero segun­do poder revolucionario, alrededor del cual se orde­naban los comités especializados de guerra, organiza­ción de las milicias, de los transportes, del abasteci­miento, de las industrias de guerra, de la “escuela uni­ficada” y de la seguridad; verdadero Ministerio del Interior, que compartían de hecho con la CNT y la FAI la autoridad en las “patrullas de control”, milicias obreras de la retaguardia.</p>
<p>En Valencia, la particular situación creada por la actitud de la guarnición alimentó durante algunas se­manas un conflicto entre la Junta delegada de Martínez Barrio, representante del gobierno de Madrid, y el Co­mité Ejecutivo Popular, en cuyo interior el comité de huelga CNT-UGT era el ala vanguardista. Este último se impuso a principios de agosto como una única auto­ridad revolucionaria en la región.</p>
<p>En Asturias, dos autoridades revolucionarias de he­cho reivindicaban la autoridad: el Comité de guerra, de Gijón, con predominio anarcosindicalista, con Se­gundo Blanco, y el Comité popular, de Sama de Lan­greo, con González Peña. En Santander, el Comité de guerra estaba dominado por los socialistas. En el País Vasco, en el seno de las Juntas de defensa, se afirmó la autoridad de los representantes del Partido Nacio­nalista Vasco (PNV), cuidadoso del orden tanto como de la autonomía. En Málaga, el comité de vigilancia anima­do por los militantes de la CNT dictó sus órdenes al gobernador, “máquina de firmar&#8230; pálido girondino”, como escribió el periodista francés Delaprée.[5]</p>
<p>En Aragón, reconquistado por las milicias catala­nas en pocas semanas, aparecería en último lugar el tipo más original de poder revolucionario, el Consejo de Aragón, que César Lorenzo bautizó como “criptogo­bierno libertario”.[6] Fue investido de autoridad por un congreso de los comités de las ciudades y pueblos cons­tituidos después de la reconquista, y fue en realidad una emanación de las corrientes anarquistas más deter­minantes.</p>
<p>En algunas semanas se esbozaron las nuevas institu­ciones de un aparato de Estado nuevo, que, al abrigo de los comités-gobierno, emanaban en realidad de los trabajadores armados y de sus organizaciones: comi­siones de orden público o de seguridad, disponiendo de patrullas de control, de milicias de retaguardia, de brigadas obreras o de guardias populares, constituyen­do la nueva fuerza de policía revolucionaria, haciendo reinar el “terror de clase”. “Tribunales revolucionarios” elegidos, en los que los miembros eran designados por los partidos y sindicatos, aparecieron en Barcelo­na, Lérida, Castellón y Valencia. En fin, la institución dominante, en el marco de la lucha ar­mada, fue la de las milicias, formadas por iniciativa tanto de los comités como de los partidos y sindicatos, ejército revolucionario improvisado donde cohabita­ron militares de carrera “leales”, considerados como “técnicos”, y militantes políticos que suministraron los dirigentes de hombres y tropas. Allá también, los co­mités, especialmente el Comité Central de Barcelona, se esforzaron en unificar los modos de organización, los reglamentos, los sueldos, la formación militar. En Madrid, el 5º Regimiento, creado por el Partido Comu­nista, dedicó todos sus esfuerzos a la formación de cuadros, y el Comité Central de Barcelona confió a García Oliver la organización de una escuela popular de gue­rra.</p>
<p>Estos organismos revolucionarios, en pocos días, y sin que fuera dada a este respecto por ninguna organi­zación la menor directriz, se metieron en la vía del arre­glo directo de los grandes problemas de España. Los comités-gobierno eran la réplica obrera el Estado bur­gués, las milicias sustituyeron al ejército de casta, el problema de la Iglesia fue arreglado de la manera más radical con el cierre de los templos, la prohibición del culto, la confiscación de los bienes, el cierre de las escuelas confesionales y una depuración particularmente enérgica que alcanzó a la gran mayo­ría de los sacerdotes y religiosos. Lo mismo sucedió con las bases económicas de la oligarquía, la propiedad agraria e industrial. En la totalidad de la zona con­trolada por los comités-gobierno, las empresas indus­triales fueron arrebatadas a sus propietarios, tomadas por los obreros –con la <em>expropiación </em>como norma en Cata­luña, y, de manera general allá donde dominaban los anarquistas– o controladas con la <em>intervención, </em>que prevaleció en las regiones bajo influencia socialista o ugetista. En la práctica, la autoridad en las empresas pasó a manos de comités obreros elegidos que em­prenderían la puesta en marcha de la producción so­bre la base de una profunda reorganización de acuerdo con su concepción de la nueva sociedad, originando una multitud de soluciones que no las estudiaremos aquí, pero que todas llevan el sello de la voluntad de los obreros de dominar su condición. La misma varie­dad apareció en los campos, marcados por un vasto y profundo movimiento de colectivización que perma­nece todavía hoy como una de las materias más con­trovertidas de la historia de este período: colectiviza­ción forzada, englobando a todos los habitantes, colec­tivización voluntaria englobando a veces a la mayoría, colectivización sólo de las tierras de los grandes pro­pietarios o de pequeños lotes reunidos, creación de cooperativas de producción o de distribución, expe­riencias de colectivismo integral en supresión del di­nero como en el Aragón reconquistado. Los comités que ejercían el poder político partían de los esfuerzos de coordinación y de planificación de la economía: con­sejos de economía en Cataluña y en Levante, que chocarían evidentemente con los problemas de las divisas y del crédito, es decir, en definitiva, con el problema del poder político, arreglado en apariencia, solamente a escala local y regional, pero que quedaba intacto, puesto que subsistía un gobierno central respecto al cual ninguna organización obrera se responsabilizó de llamar a los trabajadores si no a derribarlo, al menos simplemente a descartarlo.</p>
<p>Porque el gobierno subsistía, aunque no fuera, se­gún la expresión de Franz Borkenau, más que un “monumento de inactividad”. Conscientes de su impoten­cia, él gobierno Giral y sus representantes y el gobier­no Companys en Cataluña, no asumieron en ningún momento el riesgo de afrontar los comités-gobierno en una prueba de fuerza, y la sola tentativa de abrir un conflicto de poderes, la de Valencia, puso rápidamente en desventaja a los representantes del gobierno legal. Sin embargo, la existencia misma de estas autorida­des constituyó un factor capital. Durante todo un pe­ríodo se contentaron con “decretar” sobre el papel lo que los trabajadores habían ya impuesto en la rea­lidad: las milicias que montaban guardia delante de sus puertas y que luchaban en el frente, las patrullas que controlaban las calles, los comités que adminis­traban y legislaban. Pero este poder de “decretar”, que les fue dejado por las organizaciones obreras y los comités, les abrió posibilidades: finalmente, en nombre del Estado y del gobierno republicano, intervinieron las nuevas autoridades revolucionarias, y no por sim­ple formalismo el gobierno nombró en calidad de “go­bernadores” a los presidentes de los comités que reina­ban en las grandes ciudades y las provincias. Por fan­tasmal que fuera el poder del Estado tradicional, sub­sistía al menos nominalmente, y la situación creada en la España “republicana” por la respuesta obrera y cam­pesina a la insurrección de los generales era una situa­ción de “doble poder”, en otros términos, una situación transitoria que sólo podía ser solucionada por la hege­monía de uno o del otro.</p>
<p>Los comités-gobierno tenían la confianza de los tra­bajadores armados, pero emanaban también de los par­tidos y de los sindicatos. Dos posibilidades se abrie­ron, al término de una situación que no podía durar indefinidamente: o bien se unían a la legalidad repu­blicana, colocándose, como forma de frente popular extendida a los sindicatos y a la corriente anarquista, en el marco de un Estado de tipo tradicional “renova­do”, que no era otro que la república burguesa y parlamentaria adaptada a las condiciones de la guerra ci­vil: tal era la concepción que defendían los republica­nos, los socialistas del ala derecha y los dirigentes del Partido Comunista. O bien, rompían con esta lega­lidad burguesa, dándose una nueva legalidad, la inves­tidura de las masas, y se transformaban en órganos de un Estado de nuevo tipo que reposaba en la represen­tación directa de los trabajadores a partir de su lugar de trabajo, en otros términos, de un Estado “soviético”, un Estado de los consejos en sentido clá­sico marxista del término.</p>
<p>Pero, en este verano de 1936, ningún partido obre­ro ambicionaba seriamente esta última solución. So­cialistas de derecha y comunistas rehusaban la perspec­tiva de una “república socialista”, que juzgaban no so­lamente irreal, sino también peligrosa. Anarquistas y anarcosindicalistas rehusaban entablar una lucha por un “poder” con el cual no sabrían qué hacer, puesto que el ejercerlo era contrario a sus principios. En el POUM –donde Maurín, caído en manos de los fran­quistas, pasó por ejecutado– Andreu Nin, convertido en un secretario político y principal dirigente, afirma­ba que de hecho la dictadura del proletariado estaba ya realizada en España, donde por otra parte la exis­tencia de sindicatos, de partidos, de organizaciones proletarias específicas, hacía inútil la aparición de los soviets.[7] En cuanto a Largo Caballero, se pronunció porque “los partidos obreros barriesen rápidamente a los burócratas, los funcionarios, el sistema ministe­rial de trabajo” y “pasasen a nuevas formas revolucio­narias de dirección” que no definió.[8] La revolución se detuvo a medio camino, a la puerta del <em>sancta sanc­torum, </em>el poder político, el del Estado.</p>
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<h3>Capítulo 7</h3>
<h3>LA REACCIÓN DEMOCRÁTICA</h3>
<p>La Revolución española, a la orden del día después de cinco años, estalló con la respuesta ampliamente espontánea al golpe de Estado militar. En algunas ho­ras, frente a los mercenarios y a las tropas del ejército regular y de la policía, lo que contó fue la iniciativa, la imaginación, el espíritu de sacrificio, en una palabra, la acción de las masas más que la estrategia de los apara­tos de los partidos y sindicatos: más de un militante libertario o socialista, anarquista o comunista, fue atacado en estos días por la fiebre de las iniciativas que condenaban los principios defendidos por su orga­nización y por sus propios dirigentes. Pero la contra­rrevolución armada no había sido vencida totalmente. Fue llevada a un buen tercio de España y en lo sucesi­vo estaba en condiciones de beneficiarse de esta ayuda exterior que se había asegurado en el período de pre­paración. Además, una vez terminados los combates en la calle, los asaltos de las masas a los cuarteles y los combates en las barricadas, la estrategia y las téc­nicas militares volvieron a tomar preponderancia, y la organización superó a los movimientos de masas: era una guerra de movimientos la que ahora se iba a librar entre las dos Españas, y el ejército de profesionales pudo afirmar su superioridad frente a las milicias revolucionarias improvisadas.</p>
<p>Y en primer lugar, los gobiernos alemán e italiano, por su pronta intervención, permitieron a los naciona­listas superar dos de sus principales fracasos: la derrota de los militares conjurados en la aviación y en la marina militares. Desde el 21 de julio, Hitler envia­ba a los sublevados aviones de transporte que asegu­raban, a pesar del bloqueo de la flota republicana, el transporte de las tropas de Marruecos a la Penín­sula. La aviación italiana y alemana intervino ponien­do fuera de combate por sorpresa al acorazado <em>Jaime I </em>y protegiendo los comboyes marítimos que transporta­ban refuerzos a la zona nacionalista. Simultáneamen­te, las grandes compañías petroleras internacionales to­maron posiciones: las compañías británicas, la Vacuum Oil Company de Tanger, prohibió toda venta de car­burante a los barcos de guerra que se amotinaron contra sus oficiales y, desde el 18 de julio, el presiden­te americano de la Texas Oil Company ordenó a los cinco petroleros que partieron para realizar entregas en España, dirigirse hacia los puertos ocupados por los generales nacionalistas, con los que acordó inme­diatamente amplias facilidades de crédito. Una coa­lición internacional se estaba urdiendo contra la Re­volución española porque ésta era una amenaza di­recta para los intereses capitalistas en España, un re­surgimiento inquietante del peligro revolucionario en Europa.</p>
<p>El gobierno Giral se volvió hacia Francia donde acababa de acceder al poder un gobierno de Frente Po­pular presidido por Léon Blum. Los acuerdos interna­cionales entre los dos gobiernos, el principio de sim­patía que se podía imaginar entre ellos, hacía verosímil una ayuda francesa. Pero ésta fue nula. Prime­ro, porque en el interior del gobierno de Frente Popu­lar, los ministros radicales, representantes de la bur­guesía y portavoces de los jefes del ejército, se oponían con fuerza a toda intervención que pudiera significar una ayuda indirecta a una revolución que la gran pren­sa denunciaba con extraordinaria violencia. Des­pués, porque el gobierno francés, prisionero de la alian­za inglesa, era tributario del gobierno conservador de Londres ante todo preocupado por la salvaguardia de los intereses capitalistas en España, más amenazados por los trabajadores armados que por los generales sublevados, y de todas maneras, estaba dispuesto a tratar con los generales españoles como también a hacerlo con Hitler y Mussolini. El gobierno Blum tomó entonces la iniciativa de un pacto de “no intervención” que presentó como el medio de poner fin a la intervención itálico-alemana evitando los ries­gos internos y externos de una intervención francesa. El 8 de agosto, el gobierno Blum cerró la frontera de los Pirineos a todo tráfico de material militar; casi si­multáneamente, el gobierno americano prohibió soda venta de material militar, autorizando las ventas del petróleo de la Texaco que no consideraba como pro­ducto estratégico. El Portugal de Salazar, aterrorizado por la sublevación obrera y campesina, solidario de la oligarquía española y de los intereses británicos, se transformó en base de operaciones para los naciona­listas.</p>
<p>España está sola. El gobierno de la Unión Soviéti­ca expresó, en declaraciones oficiales, su simpatía por el gobierno “democrático y amante de la paz” que aca­baban de agredir las potencias fascistas. Pero estaba pasando un período difícil: algunos días después del pincipio de la guerra civil española, comenzaba en Mos­cú el primero de los procesos dirigidos contra la vieja guardia bolchevique de Zinoviev y Kámenev, presentes en el banquillo de los acusados, y Trotsky, bestia ne­gra del régimen estalinista. ¿Cómo considerar un apoyo sin condiciones a un régimen nominalmente “republicano” donde socialistas de izquierda, anarquistas y co­munistas antiestalinistas desempeñaban los papeles más importantes? La Unión Soviética se adhirió también al pacto de no intervención, y por otra parte hasta fi­nales del mes de agosto no se establecieron entre ella y la España republicana relaciones diplomáticas nor­males, con la llegada a Madrid del embajador soviético Marcel Rosenberg. Finalmente sólo el presidente de México, Cárdenas, aceptará, con todo honor, ayu­dar al gobierno de la República española.</p>
<p>En estas condiciones, los primeros éxitos de las mi­licias obreras y campesinas quedaban sin futuro. Sin duda invencibles en los combates en la calle, en sus barrios y sus ciudades, eran ineficaces en las manio­bras necesarias en campo abierto. Formadas por vo­luntarios entusiastas e individualistas, carecían de la formación técnica elemental, de cuadros competentes, y de una disciplina mínima. Sobre todo, combatían de manera dispersa, sin plan, sin articulación de un sec­tor con otro, y, muy rápidamente, se hacía evidente que las milicias no podían esperar ningún éxito fuera de un mando único que rehusaban aceptar y que el gobierno era incapaz de suministrarles. Desde la pri­mera semana de agosto, la ofensiva nacionalista hacia Badajoz, apoyada en la complicidad portuguesa, estu­vo coronada de éxitos: las dos zonas nacionalistas se unieron. Casi simultáneamente empezó la ofensiva con­tra las ciudades del norte: Irún, y después San Sebas­tián, cayeron después de una resistencia desesperada pero incoherente. En todas partes el avance naciona­lista se acompañaba de masacres masivas, de una re­presión feroz, de la que los muertos de Badajoz se vol­verían el símbolo. A primeros de septiembre, Franco se convirtió en general en jefe del ejército nacionalis­ta, después de la muerte accidental de Sanjurjo el mis­mo día del levantamiento, y pudo preparar la ofensiva, que todos los observadores juzgaban decisiva contra Madrid; cuya caída parecía anunciada tanto por los sú­bitos desastres que dispersaban a las milicias ante fuerzas motorizadas y ataques aéreos que no sabían ni a menudo podían afrontar, como por el lamentable éxodo de las masas campesinas ante el avance de las tropas nacionalistas.</p>
<p>Una vez disipada la embriaguez de la ilusión lírica de la batalla revolucionaria en las calles de las gran­des ciudades, la realidad de las relaciones de clase surge de nuevo bajo la doble forma del aislamiento de España y de la entrada en acción, contra las milicias, de una máquina de guerra moderna, superiormente entrenada y equipada. Ganar la guerra se convirtió en la primera necesidad, en la condición para el desarro­llo de la revolución, y de manera inesperada, pero ló­gica, consignas como “disciplina” y “unidad de mando” fueron de nuevo asumidas por todos los revoluciona­rios, cualesquiera que fueran, que comprendieron lo que significaría en concreto la victoria de las tropas franquistas.</p>
<p>En este contexto se planteó el problema del Estado y del poder político. Los socialistas de derecha, detrás de Prieto, subrayaban que una España revolucionaria no podría esperar ninguna ayuda exterior. Importaba pues para ellos evitar lo que Prieto llamaba los “exce­sos revolucionarios”, que no servían a sus ojos más que para justificar la abstención de los gobiernos “demo­cráticos” de Londres y París. El mismo tema recogían los dirigentes comunistas, afirmando que no sería cues­tión de luchar por una España socialista, sino sola­mente “por una república democrática con un conte­nido social extenso”, “la defensa del orden republi­cano en el respeto a la propiedad”. La lucha no estaba entablada, según ellos, entre revolución y contrarre­volución, socialismo y oligarquía, sino entre democra­cia y fascismo, lo que convertía en necesario el mante­nimiento del Frente Popular y la alianza con los repu­blicanos burgueses, el respeto a las instituciones le­gales, a la democracia parlamentaria y al gobierno. Pa­ra los hombres que defendían estas tesis y entendían así proseguir a través de la guerra civil la política que quebró entre febrero y julio, los desastres del verano, las debilidades del ejército revolucionarlo suminis­traban inagotables argumentos: se trataba, decían, “de ganar la guerra en primer lugar”, y la revolución vendría más tarde.</p>
<p>Sin embargo ésta no era la posición de los obreros <em>y </em>de los campesinos españoles, que no separaban la lu­cha armada de sus reivindicaciones, que hacían la gue­rra para hacer triunfar la revolución, y la revolución para ganar la guerra. Era su presión la que expresó sin ninguna duda Largo Caballero al escribir: “La gue­rra y la revolución son una sola y misma cosa. No so­lamente no se excluyen ni se dificultan, sino que se completan y refuerzan la una a la otra&#8230; El pueblo no está combatiendo por la España del 16 de julio, bajo la dominación social de castas hereditarias, sino por una España de la que se habrían extirpado todas sus raíces. El más poderoso auxiliar de la guerra es la extinción económica del fascismo. Es la revolución en la reta­guardia la que da seguridad e inspiración a la victoria en los campos de batalla”.[1] Tal era también el punto de vista del POUM, que por boca de Nin afirmaba que “contra el fascismo sólo hay un medio eficaz de lucha: la revolución proletaria”.[2]</p>
<p>En cuanto a los anarquistas, después de renunciar a intentar imponer el comunismo libertario, es decir, su propia dictadura, no tenían otro problema que el de saber si ayudarían en el gobierno que formarían las otras organizaciones, cualquiera que fuera la for­ma –puesto que, de todas maneras, esta participación constituía una ruptura con su tradicional oposición a toda forma de poder– en definitiva el sacrificio que, después de las jornadas de julio, estaban dispuestos a consentir como precio de la victoria militar.</p>
<p>Se ignora hoy todavía en qué condiciones Largo Ca­ballero, a quien muchos consideraban como candidato a la dirección de un gobierno obrero y que había in­sistido sobre la necesidad de desembarazarse del go­bierno Giral, aceptó finalmente tomar el mando de un gobierno de Frente Popular, que comprendía a los repu­blicanos burgueses, los socialistas, los comunistas y la UGT, y que reunió, dos meses después, a cuatro mi­nistros de la CNT: gobierno “legal”, constituido en las formas sobre la proposición del presidente Azaña, cuyo programa de “defensa de España contra el fascismo” llamaba a la “unión de las fuerzas que luchan por la legalidad republicana” y “al mantenimiento de la re­pública democrática”.[3] Algunos días después, los re­volucionarios catalanes a su vez se inclinaban, acep­tando simultáneamente la disolución con un gobierno de la Generalitat que presidía el republicano Tarrade­llas, donde hombres de la CNT tomaron las carteras de Economía, Abastecimiento y Sanidad, y el líder del POUM, Andreu Nin, la de Justicia&#8230; Así lo expresó al­gunos años más tarde un moderado: “La situación normal estaba restablecida”.[4]</p>
<p>En realidad, la formación de estos gobiernos de coalición, la participación de los dirigentes revolucio­nados o considerados como tales, respondía al menos tanto a la necesidad de presentar a las democracias occidentales un aspecto “respetable” de gobierno re­publicano legítimo, solicitando una ayuda normal con­tra la agresión fascista, como a la de obtener la garan­tía de las organizaciones revolucionarias para una “vuelta a la normalidad” justificada por las necesida­des de la guerra, pero que implicaba una lucha activa contra la mayor parte de las conquistas de la revolu­ción.</p>
<p>Desde su entrada en funciones, los gobiernos Largo Caballero en Madrid y Tarradellas en Barcelona se de­dicaron a “unificar” los organismos de poder. El Consell de la Generalitat disolvió todos los comités-gobier­no desde el 9 de octubre y los reemplazó por consejos municipales constituidos a su imagen. “Claridad”, por su parte, proclamaba que “todos estos órganos acababan de cumplir la misión para la cual habían sido creados” y en adelante sólo serían “obstáculos a un trabajo que corresponde exclusivamente al gobierno de Frente Popular”. Serían necesarios meses antes de llegar al fin de la resistencia de los partidarios de los comités: en una primera fase transitoria, sus dirigen­tes recibieron la mayor parte de ellos títulos oficia­les, de “gobernadores”, presidentes de “consejos mu­nicipales”, como por ejemplo, el anarquista Joaquín Ascaso, “delegado del gobierno” en Aragón.</p>
<p>De la misma manera se realizó la reforma de la Justicia, en Madrid por García Oliver, y en Barcelona por Andreu Nin: el cuerpo de magistrados, seriamente depurado después del período de terror revoluciona­rio, fue restablecido en sus funciones en calidad de “técnico de la justicia”, operando con la ayuda de tri­bunales formados por representantes de los partidos y sindicatos. Las “milicias revolucionarias de la retaguardia” fueron unificadas por decreto, puestas bajo el control del ministro del Interior, controladas por “con­sejos de seguridad” formados por responsables políti­cos. A las “guardias nacionales republicanas”, consti­tuidas por restos de las antiguas unidades leales de guardias civiles o de asalto, se añadió bajo el mandato del ministro de Finanzas el nuevo cuerpo de carabi­neros, encargado en principio de la vigilancia de las fronteras, pero que era en realidad una fuerza de poli­cía escogida. La militarización de las milicias se rea­lizó paso a paso, primero con la creación de un esta­do mayor, después con la movilización de dos clases, oficiales y suboficiales de reserva, por la presión que el gobierno mantenía sobre las unidades de milicias a través del reparto de armas. Los consejos de solda­dos fueron suprimidos, los términos militares para de­signar las unidades restablecidos, los nombres reem­plazados por números, grados y galones reaparecieron, y el antiguo Código de Justicia Militar fue igualmente puesto en vigor. El cuerpo de “comisarios políticos”, “representando la política de guerra del gobierno en el ejército” y que substituyó a los antiguos delegados militantes, fue el instrumento decisivo de esta milita­rización.</p>
<p>El nuevo gobierno se dedicó igualmente, siguien­do su propia expresión, a “legalizar” las conquistas re­volucionarias, legalización que al mismo tiempo era un medio de impedir su extensión. El gobierno se otor­gó el derecho de “intervención” en las industrias de guerra, hizo admitir el principio de la indemnización a los capitales expropiados, rehusó el monopolio del comercio exterior y se impuso en todas las empre­sas a través del control que ejercían sobre los bancos los sindicatos de la UGT. En fin, un decreto firmado por el comunista Uribe, ministro de Agricultura, mudo ante el problema crucial de los bienes y rentas, lega­lizó la expropiación sin indemnización y en beneficio del Estado de las tierras de los facciosos reconocidos como tales, e hizo, de golpe, pesar sobre miles de cam­pesinos la eventual amenaza de una restauración con la vuelta de los propietarios “no facciosos”.</p>
<p>El parate de la revolución llevado adelante por las nuevas formaciones gubernamentales de tipo Frente Popular coincidió con el primer viraje de la guerra, el restablecimiento de la situación militar a través de la batalla por Madrid. Tres factores fueron aquí capitales: en primer lugar, la ayuda material rusa, la aparición ante la capital de carros y tanques rusos, la intervención de una aviación suministrada por el gobierno de Moscú y enteramente controlada por él; después, con la iniciativa y bajo el control de los diferentes partidos comunistas del mundo, la entrada en combate en la capital de las Brigadas Internacionales, formadas por voluntarios de todos los países venidos a combatir al fascismo; por último, el recurso provisional pero decisivo, de la Junta de Defensa de Madrid, donde dominaban comunistas y Juventudes Socialistas, con los métodos más revolucionarios de organización de la defensa: lenguaje de clase, llamada a la noción de “revo­lución proletaria” y de “internacionalismo”, constitu­ción de comités de vecinos, de manzanas de casas, de barrios, represión de masas contra la “Quinta colum­na”. Madrid resistió. En el mes de marzo de 1937, la gran victoria conseguida en Guadalajara sobre el cuer­po expedicionario italiano, minado por la propaganda revolucionaria organizada con manos maestras por los comunistas, marcó la cima de este período en el curso del cual “la organización y la disciplina no habían destruido el entusiasmo y la fe, el entusiasmo y la fe se apoyaban en la disciplina y la organización, y tam­bién en las armas”&#8230;[5] A partir de esta fecha, la lucha contra la revolución en zona republicana perdería cada vez más su aspecto democrático.</p>
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<h3>Capítulo 8</h3>
<h3>LA INFLUENCIA ESTALINISTA</h3>
<p>El historiador de la batalla de Madrid, el ameri­cano Colodny, describió en estos términos lo que él llamó el “momento crucial del asedio”, después del mes de diciembre de 1936: “Bajo el mando de los generales del Ejército rojo, la guerra en Madrid se transformó de guerra de co­mités revolucionarios en guerra dirigida por los téc­nicos del Estado Mayor general. De la exaltación de las primeras semanas, la ciudad pasó a la monotonía del asedio, agravada por el frío, el hambre y el espec­táculo familiar de los bombardeos aéreos y de la de­solación. El instante heroico había pasado a la leyenda y a la historia: con el enemigo enganchado contra las fortificaciones, el peligro mortal que había fundido temporalmente todas las energías en una voluntad úni­ca de resistir parecía haber desaparecido”.[1]</p>
<p>En realidad se produjo un giro político: a la re­volución le sucedió la lenta carcoma de la reacción de­mocrática que debía ahora ceder el puesto a la contra­rrevolución estalinista en toda su crudeza. La ilusión lí­rica que había inspirado durante los meses de verano a los militantes de la CNT-FAI, que creyeron fundar con sus manos otra sociedad, que se transformó en su contraria, dejó lugar al cinismo y al desespero. Gar­cía Oliver se convirtió en el “excelentísimo señor ministro de Justicia”, y numerosos camaradas se convirtieron en oficiales, jefes de policía, gobernadores, en nombre de los necesarios sacrificios y de su determina­ción de “renunciar a todo, salvo a la victoria”, como decía Durruti, caído en Madrid bajo una bala dispara­da, sin duda, por uno de sus milicianos, que no admitió que su jefe le impidiera desertar como él quería. El desconcierto de los anarquistas les condujo a acciones de violencia absurda como la expedición de castigo de la tristemente famosa Columna de Hierro, que dejó el frente de Teruel para ir a saquear en Valencia el juzgado y los cabarets, como las violencias a las que al­gunos cientos de militantes de la CNT se entregaron en Tarancón sobre los miembros del cortejo oficial ca­mino de Valencia. Violencia ciega, sin otro objetivo que el de una protesta ante un callejón sin salida, la reacción de los anarquistas vencidos por sus propias contradicciones y bajo el peso de sus propios prejui­cios no hacía más que reforzar la autoridad y el pres­tigio de quienes, incansablemente, denunciaban a los “incontrolados” y sus “excesos”, estos nuevos campeo­nes del orden que eran los comunistas estalinistas, fuer­tes por el miedo que habían inspirado estos anarquis­tas, revolucionarios de palabra, incapaces de ir hasta el final y de dar a la revolución los medios y la volun­tad de vencer.</p>
<p>Desde el mes de julio, la dirección del Partido Co­munista Español recibió de Moscú apreciables<strong> </strong>refuer­zos: al argentino Codovilla, conocido con el nombre de Medina, y el veterano búlgaro Minev llamado Stepanov, a los que se unieron otros hombres de confianza del aparato stalinista in­ternacional; el húngaro Geroe, llamado Pedro en Bar­celona, el italiano Vidali, uno de los jefes del 5º Regi­miento con el nombre de Carlos Contreras, y luego, el italiano Palmiro Togliatti, que en Moscú se le llamaba Ercoli y aquí Alfredo. Aunque la mayoría de los mili­tantes del partido se dejaron llevar por el impulso re­volucionario de la época de los combates en las ca­lles, los dirigentes mantuvieron firmemente el timón y conservaron la línea. Era necesario, en primer lugar, ganar la guerra, “primero vencer a Franco”, y para ello, reforzar el “bloque nacional y popular”, y la auto­ridad del “gobierno de Frente Popular” contra aque­llos que llamaban “los enemigos del pueblo” y que definían así: “los fascistas, los trotskistas y los incon­trolados”. Fuertes por el prestigio revolucionario de la Unión Soviética aureolada por el octubre victorioso de 1917, disponiendo de fondos importantes, y pronto del apoyo del único gobierno susceptible de aportar a la España en lucha una ayuda material, fueron los únicos en poder entablar de frente la lucha contra los revo­lucionarios que llamaban “trotskistas o incontrolados” cuando no los asimilaban a los fascistas. Los únicos en oponerse a los comités, a las colectivizaciones, a las expropiaciones, a la justicia de clase expeditiva, los únicos, en una palabra, en decir bien alto lo que pen­saba la pequeña burguesía republicana aterrorizada por las iniciativas de las masas y que justo empezaba a reponerse del enorme miedo que les habían inspira­do los anarquistas.</p>
<p>España llegó a ser una carta importante en la po­lítica exterior de Stalin, consciente del peligro que re­presentaban para él la voluntad de expansión y el antibolchevismo ostentado por el gobierno hitleriano. Es­paña era para él, al mismo tiempo que un campo de experiencias necesarias, un laboratorio para la próxima guerra, el terreno sobre el cual se proponía demostrar a las “democracias occidentales” que era un aliado só­lido, un defensor del <em>statu quo, </em>al amparo contra la subversión política a la que temían más todavía que a los nazis o los fascistas. Stalin no disimulaba sus objetivos políticos en España, el más importante de los cuales era la destrucción de las organizaciones revolu­cionarias, en primera fila de las cuales estaba el POUM, que había denunciado duramente los “Procesos de Mos­cú” y proclamado que combatía bajo la bandera de Lenin. El 28 de noviembre el cónsul general de la URSS<strong> </strong>en Barcelona, el viejo revolucionario Antonov Ovseen­ko, no vaciló en remitir a la prensa una nota en la que denunciaba a “La Batalla” como “la prensa vendida al fascismo internacional”. Bajo su presión, combinada con la de los estalinistas catalanes del PSUC y de la UGT, el POUM fue apartado del gobierno de la Gene­ralitat con el consentimiento de la CNT; días más tar­de, “Pravda”, en ese lenguaje particularmente amena­zador, después de seguir muy de cerca la ejecución de los viejos bolcheviques que figuraron en el primer pro­ceso de Moscú, comentó: “En Cataluña, la eliminación de los trotskistas y de los anarcosindicalistas ya ha co­menzado: será realizada con la misma energía que en la URSS”.[2] Por otra parte, en diciembre, en una carta transmitida por el embajador Marcel Rosenberg, Sta­lin daba a Largo Caballero algunos “consejos de ami­go”: tener en cuenta a los campesinos, e interesarlos “mediante algunos decretos que traten de la cuestión agraria y los impuestos”, ganar al menos la neutrali­dad de la pequeña burguesía protegiéndola contra las expropiaciones y asegurándole la libertad de comercio, atraer al gobierno a republicanos burgueses “para im­pedir que los enemigos de España vean en ella una república comunista, lo que constituiría el más grave peligro para España”, finalmente, declarar solemne­mente que no “tolerará que nadie atente contra la pro­piedad y los legítimos intereses de los extranjeros en España, de los ciudadanos de los países que no apoyan a los facciosos”.</p>
<p>Esta política, resueltamente moderada y contrarrevolucionaria en circunstancias como las dadas, aseguró en España el desarrollo de la audien­cia de las organizaciones estalinistas: bajo su control, por ejemplo, se organizó en Cataluña la GEPCI, organización de defensa de los comerciantes, artesanos y pequeños industriales, y en Levante, la federación campesina, que reunía a los pequeños propietarios enemigos de la colectivización. Magistrados, altos funcionarios, oficiales, policías, encontraron en él, al mismo tiempo que una eficaz protección, el instrumento de la política que ellos deseaban. A los que solamente preo­cupaba la lucha militar inmediata contra el fascismo –y eran numerosos– el apoyo de Moscú y sus entre­gas, el papel jugado por los consejeros militares ru­sos, la aportación de las Brigadas Internacionales, la capacidad de organización de los cuadros comunistas, parecían garantizar la eficacia necesaria para la vic­toria. No era por casualidad que el 5º Regimiento fuera uno de los principales temas de propaganda y la pa­lanca de acción del Partido Comunista: en dos meses, pasó de 8.000 a 30.000 hombres, poseía instructores, armas modernas, reclutaba sistemáticamente oficiales y suboficiales de carrera, se hizo un modelo de discipli­na, un verdadero instrumento militar, al mismo tiem­po que el objeto de una orquestación sistemática. De la misma manera, los comunistas eran los primeros y prácticamente los únicos en tomar las posibilidades que ofrecía el cuerpo de comisarios del ejército cuyas puertas el comisario general Alvarez del Vayo les abrió ampliamente. Intocables a causa de la ayuda rusa, los estalinistas españoles, “defensores consecuentes del pro­grama antifascista de restauración del Estado, orga­nizadores del ejército, se convirtieron así en los ele­mentos más dinámicos de la coalición gubernamen­tal”,[3] y se confió a ellos los puestos claves de la policía y del mantenimiento del orden.</p>
<p>Ahora bien, fue precisamente este éxito el que pro­vocó que se desatara contra ellos los descontentos y las hostilidades. Los primeros signos de un enfriamien­to evidente de las relaciones con Largo Caballero aparecieron en la sequedad de la respuesta hecha por este último, el 12 de enero, a la carta de Stalin. Herido por la evolución de sus antiguos discípulos que dirigían la JSU y que casi todos se habían adherido al PCE durante los seis últimos meses de 1936, Largo Caballero opuso una rotunda negativa a las presiones de Stalin en fa­vor de la fusión de los partidos socialista y comunista, a las que su viejo adversario Prieto prestó en revan­cha una atención demasiado complaciente. El prestigio de que gozaba la Junta de Defensa de Madrid, la cual según él le manifestaba una abierta oposición, la alian­za con el PCE, y Alvarez del Vayo, del que empezó a du­dar seriamente, contribuyeron a irritarlo. En febrero pidió de forma tajante la retirada del embajador Rosenberg.</p>
<p>El Partido Comunista, desde entonces, le declaró la guerra, tomándola primero con su hombre de confian­za en las cuestiones militares, el general Asensio. La ocasión sería la caída de Málaga, probablemente ine­vitable en la situación militar dada, pero cuyas cir­cunstancias particularmente trágicas trastornaron a to­dos los españoles. Aliándose en esta circunstancia con la CNT, que no apreciaba en Asensio al militar de ca­rrera, el PCE lanzó una gran campaña de manifestacio­nes y mítines reclamando la movilización general, la depuración del cuerpo de oficiales y un auténtico mando único. Los republicanos y los socialistas de dere­cha, con Prieto, se unieron a la campaña CNT-UGT con­tra Asensio. Largo Caballero se resignó, con gran dolor, a pedirle su dimisión. Pero estaba decidido a luchar y los “medios bien informados” hablaban de un nuevo ministerio que podría estar presidido por el ministro de Finanzas, Juan Negrín, con Prieto como hombre fuerte.</p>
<p>Quizás estas circunstancias decidieron a la CNT a intentar a su vez aflojar la opresión del PCE. Encontró la ocasión en el asunto Cazorla, el joven consejero de orden público de la Junta de Madrid, a quien acusó de encubrir con su autoridad la existencia y el funciona­miento en Madrid de prisiones secretas del PCE. La investigación, abierta finalmen­te, descubrió en su entorno la existencia de un negocio montado en liberaciones a precio de oro de detenidos generalmente inocentes. Fue la ocasión para Largo Ca­ballero de disolver la Junta de Madrid, después de un nuevo escándalo de las prisiones secretas, esta vez en Murcia, de limitar los poderes de los comisarios po­líticos y de reservarse los nombramientos. El conflicto quedaba desde entonces abierto: el plan de ofensiva de los consejos militares de Caballero en dirección a Ex­tremadura debió ser abandonado porque los rusos no ofrecían más que diez aviones y porque su protegido, el general Miaja, comandante en Madrid, se negó pura y simplemente a desguarnecer la defensa de la capital.</p>
<p>Los desacuerdos en el seno de la coalición antifas­cista constituyeron el signo de la aproximación de una nueva crisis. Una oposición revolucionaria estaba a punto de recobrarse, nacida en el mismo seno de los partidos que en el otoño precedente habían aceptado la política de colaboración, pero extrayendo aho­ra las consecuencias. El periódico de la JCI, “Juventud Comunista”, mencionaba criticándola la participación de Nin en el gobierno, cuando “La Batalla” hizo una campaña durante varios meses por la reintegración del POUM en el consejo. La misma tesis se expresó poco después también en “La Batalla”, esta vez con la pluma de Andrade, que escribió que la participación había sido “negativa y nociva”. Sintiéndose definitivamente arrojado de la coalición antifascista y comprendiendo perfectamente la suerte que le esperaba, el POUM ata­có duramente a los contrarrevolucionarios del PCE y del PSUC, habló de nuevo de “comités” y de “conse­jos” análogos a los soviets, que deberían constituir la base de un poder verdaderamente revolucionario. Un movimiento parecido se manifestó en la CNT donde un grupo de militantes hostiles a la militarización crearon los “Amigos de Durruti”, publicando un pequeño dia­rio y expresándose, por intermedio de su animador, Jaime Balius, en las columnas del diario vespertino de la CNT de Barcelona, “La Noche”. El libertario ita­liano Camillo Berneri, en el semanario “Guerra di Clas­se”, calificaba al PCE de “legión extranjera de la demo­cracia y del liberalismo”, y lo comparaba a Noske, el contrarrevolucionario en nombre de la demo­cracia salido del movimiento obrero. Subrayaba la relación que existía entre la políti­ca contrarrevolucionaria de Stalin en la URSS, los pro­cesos de Moscú, y su política internacional, de la que España no era más que uno de sus aspectos. Idénticos eran los temas entre las Juventudes Libertarias y en su diario “Ruta” se afirmaba que la alianza en España de los republicanos y el PCE no hacía más que reflejar la alianza de la URSS estalinista con Francia y Gran Bretaña con el objeto de “estrangular la revolución”.</p>
<p>Por iniciativa de la JCI se constituyó en Cataluña el “Frente de la juventud revolucionaria” cuyo secre­tario era e militante libertario Alfredo Martínez, y que se extendió rápidamente a Levante. Después de la con­ferencia en Valencia de la JSU, en donde se vio la ali­neación completa de esta organización con la política estalinista y la denuncia, en lo sucesivo clásica, de los “trotskistas” y de los “incontrolados” por Santiago Ca­rrillo, dos de las federaciones más importantes, la de Asturias y la de Levante, levantaron el estandarte de la oposición. Rafael Fernández, secretario de la JSU as­turiana, negaba la afirmación según la cual la JSU combatía por “una república parlamentaria”, dimitió del comité nacional, uniéndose, con su federación, a las Juventudes Libertarias asturianas en el Frente de la juventud revolucionaria. En la primavera de 1937, es­taba claro que un nuevo grado de tensión había sido alcanzado. Las fuerzas que condujeron juntas la reac­ción democrática estaban en vías de dividirse. El cre­cimiento de la oposición revolucionaria que se busca­ba exigía métodos más firmes, un gobierno más se­guro que se decidiera a contar con el POUM y la CNT-FAI para establecer de una manera más decisiva el régimen republicano.</p>
<p>La prueba de fuerza se produciría en Cataluña, don­de subsistía lo esencial de las conquistas revoluciona­rias y constituía el bastión de la oposición. La corriente caballerista era prácticamente inexistente. Por el con­trario, el PSUC de Juan Comorera, templado por los conflictos con los anarquistas desde hacía meses, esta­ba preparado para la batalla, y no fue por casualidad que se le atribuyó la famosa fórmula: “Antes de tomar Zaragoza, es necesario tomar Barcelona”. Los primeros choques fueron provocados por el envío de importantes fuerzas de carabineros venidos por orden de Negrín para tomar el control de los puestos fronteri­zos a los milicianos de la CNT que se opusieron con las armas. El 25 de abril, Roldán Cortada, un antiguo tren­tista que llegó a ser dirigente de la UGT y miembro de] PSUC, fue asesinado por unos desconocidos en Molins de Llobregat.(+) La CNT condenó formalmente esta muer­te, reclamando una encuesta que dejara a sus militan­tes libres de acusación. Pero el PSUC aprovechó la ocasión, explotando a fondo la emoción provocada por este asesinato. El entierro de Roldán Cortada fue el motivo de una manifestación sobre la cual “La Batalla” escribiría que tenía por objeto crear un ambiente de <em>pogrom </em>contra la vanguardia del proletariado catalán, la CNT, la FAI y el POUM. Los dirigentes anarquistas de Molins de Llobregat fueron detenidos y ocho mili­tantes de la CNT fueron muertos en Puigcerdá por los carabineros. La tensión era máxima en Barcelona, donde corrió el rumor de un próximo desarme de to­dos los obreros no integrados en la policía del Estado. El gobierno de la Generalitat prohibió toda manifestación para el 1 de mayo, y este día “Solidaridad Obre­ra” denunció la “cruzada contra la CNT”, mientras “La Batalla” llamaba a los obreros a montar guardia “con el arma vigilante”.</p>
<p>El incidente que puso fuego en la pólvora estalló el 3 de mayo, a propósito del control de la central te­lefónica. Desde julio de 1936, las telecomunicaciones en Barcelona estaban “sindicalizadas” bajo la direc­ción de un comité CNT-UGT: situación intolerable puesto que los responsables de la CNT del sindicato de los empleados del teléfono podían así permanente­mente controlar y también interrumpir las comunica­ciones entre el gobierno y el extranjero. Sobre este terreno favorable el PSUC decidió la provocación: sin órdenes ni autorización del gobierno de la Generalitat, el comisario de orden público, Rodríguez Salas, ex miembro del Bloc Obrer i Camperol, perteneciente al PSUC, llegó a la central con tres camiones de guardias y penetró, desar­mando a los milicianos que ocupaban la planta baja. Los milicianos que ocupaban los pisos pusieron una ametralladora en batería y abrieron fuego. Los diri­gentes anarquistas de la policía acudieron persuadien­do a sus camaradas para que no se obstinaran en la resistencia. Pero el ruido de la batalla alertó a los tra­bajadores de Barcelona que vieron una tentativa con­trarrevolucionaria apuntando a sus organizaciones. Sin que ninguna consigna fuera lanzada por ninguna or­ganización, la huelga general estalló y Barcelona se cu­brió de barricadas.</p>
<p>Por la noche tuvo lugar una reu­nión común de los dirigentes de la CNT, de la FAI, de las Juventudes Libertarias y del POUM. El POUM con­sideraba que los trabajadores habían respondido es­pontáneamente a una provocación contrarrevoluciona­ria y que era necesario ponerse a su lado. Los dirigen­tes anarquistas preferían intentar interponerse. El 4 de mayo, muchas organizaciones, el POUM, las Juventu­des Libertarias, los Amigos de Durruti, sostenían el movimiento. Companys y la CNT se pusieron de acuer­do para imponer un compromiso negociado. El presidente de la Generalitat desaprobó la iniciativa de Rodríguez Salas y lanzó una llamada a la calma, mientras que el co­mité regional de la CNT llamó a los trabajadores a de­poner las armas. En el mismo sentido se expresaron por la noche en la radio el caballerista Hernández Zan­cajo y los dos ministros anarquistas García Oliver y Federica Montseny. El 5 fue hecho un acuerdo sobre la base del alto el fuego y del <em>statu quo </em>militar, con retirada simultánea de policías y milicianos. Los dirigentes de la CNT detuvieron a la 29 división manda­da por Gregorio Jover, que marchaba sobre Barcelo­na, y desautorizaron a los Amigos de Durruti. Sin em­bargo, nuevas violencias comprometieron el alto el fuego: agresión por parte de miembros del PSUC con­tra el coche de Federica Montseny, asesinato de Antonio Sesé, dirigente de la UGT que acababa de ser lla­mado al gobierno. Navíos de guerra ingleses llegaron frente a Barcelona. El gobierno de Largo Caballero se hizo cargo del orden público en Cataluña y nombró coman­dante de las tropas de Cataluña al general Pozas, an­tiguo oficial de la Guardia Civil, miembro del PCE.</p>
<p>El 6 parecía que volvía el orden. El presidente Com­panys proclamó que no había “ni ven­cidos, ni vencedores”, formó un nuevo gobierno, en el que no entra­ron ni Comorera, líder del PSUC, ni Rodríguez Salas. La columna motorizada enviada del frente del Jarama para restablecer el orden en Barcelona entró en la ciu­dad al grito de “Viva la FAI”: estaba mandada por un oficial anarquista, Torres Iglesias. La partida pa­recía concluir con un empate. El balance en vi­das humanas fue sin embargo considerable: al menos 500 muertos y 1.000 heridos. Entre las víctimas, del lado gubernamental, Sesé y un oficial comunista; del lado obrero, Domingo Ascaso y el nieto de Francisco Ferrer. Pero habían pasado muchas cosas en las calles de Barcelona, y en los días que siguieron, se encontrarían los cadáveres de dos de los principales animadores e inspiradores de la oposición revolucionaria: el liber­tario italiano Camillo Berneri, que fue sacado de su domicilio por milicianos ugetistas, y Alfredo Martínez, el secretario del Frente de la Juventdu revolucionaria. Estaba claro que los servicios secretos rusos traba­jaban.</p>
<p>En realidad, las “Jornadas de Mayo” doblaban las campanas por la revolución. Esta explosión inacabada de guerra civil en la retaguardia, en el marco de la mis­ma guerra civil, iba inmediatamente a explotar por la coalición moderada y su ala andante, el PCE. Aun cuando la CNT hizo todo lo posible para apaciguar el conflicto, cuando el POUM se negó a correr el riesgo de desbordar a la CNT, a la que criticaba su ciega pruden­cia, la prensa estalinista se desencadenó contra esta “in­surrección”, de la que dijo que fue “preparada por los trotskistas del POUM” con la ayuda de la policía secre­ta alemana e italiana. Reclamó, con José Díaz, que se terminara con el peligro de los “trotskistas “, esos “fas­cistas que hablan de revolución para sembrar la confu­sión”. El 15 de mayo, en el consejo de ministros, los ministros comunistas reclamaron la disolución del POUM y la detención de sus dirigentes. Largo Caballe­ro se negó; los ministros comunistas se marcharon, se­guidos por los republicanos y los socialistas de Prieto. No le quedó a Largo Caballero más remedio que di­mitir.</p>
<p>Con el antiguo ministro de Hacienda Juan Negrín volvería, en el curso de las semanas siguientes, a con­sagrarse la victoria de la contrarrevolución. Gran burgués de origen, socialista resueltamente moderado, casado con una rusa, el hombre era el candidato de los estalinistas españoles al gobier­no, y por el momento no tienen nada que objetar. “La Batalla” fue prohibida el 28 de mayo y su director polí­tico, Gorkín, acusado por su editorial del 1 de mayo. El 16 de junio, la mayoría de los dirigentes del POUM fue­ron detenidos. Les fue reprochado, no solamente el ha ber intentado la supresión de la República por la vio lencia y la instauración de una dictadura del proleta riado, sino también el haber calumniado a un país cuyo apoyo moral y material permitió al pueblo español de fender su independencia, haber atacado la justicia so viética –alusión a la campaña del POUM contra los procesos de Moscú– y, en fin, “haber estado en contac to con las organizaciones internacionales conocidas, bajo la denominación general de “trotskistas”, cuya acción en el seno de una potencia amiga demuestra que se encuentran al servicio del fascismo europeo”.</p>
<p>Pronto estalló un enorme escándalo. Andreu Nin, detenido junto con sus camaradas, había desaparecido. Los estalinistas insinuaban que se ha­bía evadido, y a las preguntas colocadas en los muros “¿Dónde está Nin?” respondían con esta rima obsena: “En Salamanca o en Berlín.” El ministro del In­terior confesó su impotencia, Negrín se declaró dispuesto a “cubrir todo”, pero exigió estar informa­do. De hecho, Nin no podía reaparecer porque había sido asesinado. Entregado por la policía al jefe de la NKVD (servicio secreto soviético) en España, Orlov, fue encerrado en una prisión secreta de Alcalá de Henares y torturado a fin de ob­tener confesiones según el modelo de los acusados en los procesos de Moscú. Pero resistió, y sus carceleros, impotentes ante este hombre torturado que se negaba a “colaborar”, no tuvieron más remedio que desem­barazarse de él. De hecho, la resistencia de Nin echó abajo el edificio preparado en España según el mo­delo de Moscú y probablemente salvó a muchos otros militantes.[4] En todo caso, había destruido la fachada “legal” de la represión estalinista y había forzado a re­vestir la forma de un puro y simple gansterismo, al margen de las formas judiciales.</p>
<p>En las semanas que siguieron se produjeron, en condiciones parecidas, otras “desapariciones” de militantes revolucionarios extranjeros “raptados” por los mismos servicios y asesinados: Marc Rhein, el hijo del dirigente menchevique ruso Rafael Abramovitch; los trotskistas Hans Freund, llamado Moulin, y Erwin Wolf, antiguo secre­tario de Trotsky; el militante austríaco Kurt Landau, que se había unido al POUM. En el ejército fueron fu­silados militantes del POUM después de las parodias de juicios por consejos de guerra: entre ellos el anti­guo comisario de guerra de Lérida, Marcial Mena, uno de los organizadores de los sindicatos de profesores de Cataluña, Joan Hervàs los dos antiguos miembros del Bloc Obrer i Camperol. La restauración del Estado ciertamente había suprimido los aparatos ilegales de los partidos, de los sindi­catos, y la “dictadura de los comités”; pero no había suprimido los servicios secretos estalinistas y dejaba actuar li­bremente, aunque de manera oficiosa, una todopode­rosa GPU (vieja policía política rusa) encargada de arreglar en suelo español las cuentas políticas de Stalin.</p>
<p>Ninguno de sus adversarios sería perdonado, aun­que no serían perseguidos con la misma dureza que el POUM, enemigo número uno del estalinismo en Es­paña. En agosto, el Consejo de Aragón fue disuelto, la división del comunista Enrique Lister penetró en la provincia, procediendo a detenciones en masa de mi­litantes anarquistas y disolviendo por la fuerza las colectividades rurales que habían implantado. En sep­tiembre, igualmente por la fuerza, las tropas del gobierno se apoderaron en Barcelona de la sede del Comité de defensa CNT-FAI. En mayo, los partidarios de Largo Caballero fueron expulsados del comité de redacción de “Claridad”, que pasó a manos de la gente de Prieto. A petición el comité ejecutivo del Partido Socialista, el ministro del Interior envió a los guardias de asalto a ocupar los locales del diario “Adelante”, órgano de la Federación de Levante que apoyaba a Lar­go Caballero. En el seno de la UGT la coalición de los amigos de Prieto y de los estalinistas lanzó una fuerte campaña contra Largo Caballero. El Ministerio del In­terior suspendió el último periódico que le dio asilo, “La correspondencia de Valencia”. Incapaces de ase­gurarse normalmente la mayoría, la coalición de los “moderados” se decidió a organizar la escisión, eli­giendo a González Peña para la presidencia de la cen­tral obrera. Bajo la orden del gobierno, correo y cheques con destino a la UGT eran desviados al organismo escisio­nista que dirigía González Peña. No le quedaba a Lar­go Caballero más que intentar una campaña pública: desde su primera reunión en el cine Pardiñas de Ma­drid, el gobierno decidió amordazarlo: interpelado, conducido a su domicilio de Valencia, vigilado, vencido definitivamente sin haber podido realmente combatir.</p>
<p>El “gobierno de la victoria” tomó toda una serie de medidas tendentes a una verdadera normalización. Los jueces ocupaban de nuevo sus asientos con toga, el ministro de Justicia, nacionalista vasco y católico, Manuel de Irujo, velaba para que los presidentes fue­ran efectivamente escogidos entre los magistrados pro­fesionales. Numerosos prisioneros, especialmente sacerdotes, fueron liberados. Por el contrario, se creó un Tribunal de espionaje y de alta traición, destinado a juzgar a los dirigentes del POUM: en estos nuevos tri­bunales, los cinco jueces, tres militares y dos civiles, eran nombrados por el gobierno. Los crímenes que tenían que juzgar comprendían la realización de “actos hostiles a la República”, la defensa o propagación de “falsas noticias”, la formulación de juicios “desfavo­rables a la marcha de las operaciones de guerra o al crédito y a la autoridad de la República”, los “actos o manifestaciones tendentes a debilitar la moral pú­blica, a desmoralizar al ejército o a debilitar la disci­plina colectiva”. Las penas previstas, desde los seis meses de prisión a la muerte, eran aplicables tanto si el “crimen” no había sido consumado, como si se re­ducía a una “conspiración”, una “complicidad o una “protección”. Así los dirigentes del POUM pudieron ser duramente condenados, sobre la base de su política, después del abandono de las acusaciones apoyadas por falsos policías y estalinistas. La censura fue reforzada, y una circular del 14 de agosto de 1937 la extendió expresamente a toda crítica a la Unión Soviética. Una policía especializada en el contraespionaje, el Ser­vicio de Investigación Militar (SIM), fue creada, controlándola miembros del PCE y “técnicos” rusos. El SIM, que escapó enseguida al control del ministro de la Defensa, contaba con más de 6.000 agentes, dirigiendo sin control sus prisiones y “campos de trabajo”.</p>
<p>La celebración del culto católico fue autorizada a título privado, como primera etapa hacia la restaura­ción de la libertad de culto. Los propietarios antes “desaparecidos” que demostraron no es­tar aliados con los fascistas recuperaron sus tierras; el decreto de colectivización en Cataluña fue suspendi­do por ser contrario al espíritu de la constitución. El “Times” celebró la intervención del Estado en las empresas industriales como el “restablecimiento del principio de la propiedad privada” y celebró los esfuer­zos de Negrín por su deseo de llegar a reconciliar “los partidos opuestos en la hora actual de la España gu­bernamental”. ¿”Gobierno de la victoria”, como decían los estalinistas españoles, “de la reconciliación nacio­nal”, como deseaban los conservadores ingleses? En la reunión de las Cortes, el 1 de octubre de 1937, Lar­go Caballero estaba ausente; en cambio Miguel Maura estaba allí, así como el centrista Portela Valladares, y las críticas de la prensa de la CNT contra su pre­sencia fueron suprimidas por la censura. En la cárcel Modelo, la prisión de Barcelona, dos galerías y media de seis estaban reservadas a los detenidos de la CNT­-FAI y del POUM.</p>
<p>La España “democrática” estaba sin embargo más aislada todavía que la España “revolucionaria”. Era la época en que la ayuda rusa empezaba a disminuir. La guerra civil seguía, pero la revolución estaba completamente vencida.</p>
<p><img title="Más..." src="http://socialismointernacional.wordpress.com/wp-includes/js/tinymce/plugins/wordpress/img/trans.gif" alt="" />_____</p>
<h3>Capítulo 9</h3>
<h3>LA DERROTA Y SU PRECIO</h3>
<p>En la segunda mitad del año 1937, en el momento en que la represión estalinista se instaló en España a través de los órganos del gobierno Negrín, comenzaron las primeras retiradas de “consejeros” rusos. Casi to­dos los que eran llamados los “españoles” en la Unión Soviética fueron ejecutados poco tiempo después de su regreso. Entre ellos, los civiles Rosenberg, Antonov­ Ovseenko, pero también Mijáil Koltsov, enviado espe­cial de “Pravda” y considerado hombre de confianza de Stalin, y Stachevski, la eminencia gris de la emba­jada, y también los militares, entre los que estaba en primera fila el verdadero organizador de la defen­sa de Madrid, el general Goriev. Los envíos de armas rusas disminuyeron rápidamente. Solamente durante algunos meses, en 1938, la reapertura de la frontera francesa permitiría aflojar un poco la opresión. Des­pués del mayo de 1937, España no fue más que el escenario de una guerra civil, un campo de experiencias militares, en una especie de prefiguración y de ensayo en vistas a la guerra mundial que se anunciaba. A par­tir del acuerdo de Munich, la suerte de España estaba definitivamente sellada.</p>
<p>La agonía de la España republicana, el retroceso progresivo de su territorio hasta la capitulación final no sucedieron sin crisis políticas. La primera se ter­minó con la resonante dimisión de Prieto y la explica­ción que dio: la influencia de los estalinistas españoles y de los consejeros rusos que habían exigido su eliminación. La antigua alianza entre Prieto y el PCE no re­sistió a su común victoria sobre la doble oposición revolucionaria y democrática de 1937. Prieto se negó a ser un instrumento al servicio de una política que estimaba ya no prestaba a España los servi­cios de antes, tanto en el plano material co­mo en el político. Denunció la injerencia de los consejeros rusos en la dirección de las operaciones militares, el papel de los militantes comunistas en el SIM, y que este escapaba completamente al control del gobierno. Quizás Prieto, “el hombre de Inglaterra” en el sen­tido en que el término fue frecuentemente empleado, no era tanto el hombre de una paz negociada bajo la égida de Inglaterra, para la cual el papel de los comu­nistas en el Estado republicano era indudablemente un obstáculo. Política tan vana como lo fue a partir de 1938, la esperanza de Negrín y Alvarez del Vayo de resistir hasta el estallido de la Segunda Guerra Mun­dial, después del fracaso del plan de restablecimiento en “13 puntos”, elaborado por Negrín.</p>
<p>Después de la caída de Cataluña empezó la crisis final. Azaña decidió quedarse en Francia, mientras que los oficiales de su casa militar se pasaron a la España nacionalista. El gobierno Negrín volvió a España y emprendió la organización de la resistencia a ultranza. Sólo los comunistas lo apoyaron. Convencidos de la inutilidad de prolongar una guerra perdida, la mayor parte de los jefes militares profesionales pidieron una negociación que pudiera limitar los estragos. Uno de ellos, el general Casado,* estaba convencido de la ne­cesidad de apartar del gobierno a los ministros comu­nistas y simpatizantes, a fin de obtener el apoyo inglés para una eventual mediación. Con este fin tomó con­tactos con todos los medios políticos, a través del jefe anarquista Cipriano Mera, el socialista Wenceslao Ca­rrillo, antiguo brazo derecho de Largo Caballero, y el socialista de derecha Julián Besteiro, partidario des­de hacía tiempo de un compromiso negociado bajo la égida del gobierno inglés. Perfectamente informado, Negrín efectuó en el alto mando militar una serie de cambios que llevaron a los jefes comunistas a los prin­cipales puestos del ejército. Para sus adversarios, fue un verdadero golpe de Estado, que permitió al Partido Comunista ser el único en controlar la inevitable eva­cuación, con todas las consecuencias que esto compor­taba para ellos. El general Casado, seguro de la adhe­sión en Madrid del general Miaja –”el defensor de Ma­drid”, de la propaganda oficial, antiguo miembro de la UME, ganado desde el comienzo de la guerra civil para el Partido Comunista– rodeado de representan­tes de los partidos del Frente Popular y de los sindi­catos a excepción sólo del PCE, proclamó en Madrid una Junta Nacional de Defensa que se fijó como objetivo una paz honrosa. Las tropas controladas por el Partido Comunista resistieron en Madrid, y esta breve guerra civil en el seno de la guerra civil causó 2.000 muertos más. Durante este tiempo, el gobierno y el estado mayor del Partido Comunista se trasladaron a Francia en avión. El Partido Comunista no había pensado seriamente en resistir en esta empresa de liquidación de un régimen condenado.</p>
<p>En realidad no fue posible ningún compromiso, y la guerra civil se terminó por la capitulación pura y simple de las autoridades, la ocupación casi sin dispa­rar un tiro de la totalidad del territorio por las tropas nacionalistas. Centenares de miles de españoles inten­taron una vez más huir, pero esta vez pocos lo consi­guieron. Para muchos, el calvario de la guerra civil se terminaría con suplicios, ejecuciones sumarias o no y largos años de prisión. La contrarrevolución armada por fin había realizado el programa que se había trazado a principios de 1938, con la complicidad de Hitler y Mussolini: esta vez la Revolución española estaba completamente y para mucho tiempo aplastada. Será necesario más de una generación antes de que empiece a renacer un movimiento obrero todavía inseguro e indeciso, casi medio siglo para que las gigantescas ma­nifestaciones por los condenados de Burgos vuelvan a poner a la orden del día en Europa la “solidaridad con España”. Para realizar esta tarea, el general Fran­co necesitó casi tres años, pero también numerosos intermediarios y relevos. Porque los combates obreros, que en julio de 1936 atacaban a sus mercenarios con las manos desnudas, con fusiles de caza o cartuchos de dinamita, fueron mucho antes muertos o desmora­lizados: fue necesario en primer lugar que la revolu­ción fuera vencida en la zona “republicana” para que Franco pudiera poner a su victoria una rúbrica final. Se olvidaría rápidamente a través de la guerra mun­dial que empezaba y que enterraría finalmente a la guerra de España en un olvido del que muchos políti­cos se satisfacieron.</p>
<p>El tiempo de pasar cuentas había llegado. Las ha­bría de todo orden. Los dirigentes socialistas, Araquis­táin, Largo Caballero, Prieto, escribieron sus memo­rias: justificación de su política que no aportaba nada nuevo. Al Partido Comunista en cambio le llegó rápi­damente la crisis, y en primer lugar entre los dirigen­tes emigrados en la URSS. Jesús Hernández logró aban­donar la Unión Soviética, donde José Díaz había muer­to en condiciones sospechosas. Llegó a Méjico en 1943 y rompió casi enseguida. Publicó unas memorias que confirmaban en lo esencial, en lo que concernía a mu­chos puntos cruciales de la historia de la revolución y de la guerra civil, lo que decían los adversarios del PCE, a propósito de la campaña para desacreditar a Lar­go Caballero y sustituirlo por Negrín, y también acer­ca del asesinato de Andreu Nin. Hernández, profunda­mente desmoralizado, abandonó enseguida toda acti­vidad. Enrique Castro Delgado, el primer jefe del 5º Regimiento, iría más lejos. También él conocía los arre­glos de cuentas de los emigrados, el odio contra La Pasionaria; también logró emigrar a Méjico, a pesar de la deserción de Jesús Hernández. También publica­rá revelaciones que no harán más que confirmar en lo esencial lo que se sabía ya. Acabaría por reconci­liarse con Franco. Mucho más interesante sería la re­flexión –tardía– de Fernando Claudín, antiguo diri­gente de la JC y después de la JSU.</p>
<p>En una obra pu­blicada en 1970, cinco años después de haber sido ex­pulsado del PCE, dedicó muchas páginas a la Revolución española, “inoportuna” dijo, para Stalin. Según él, la estrategia empleada en España por la Internacional Comunista, siguiendo las instrucciones de Stalin, sufría una debilidad mayor, la de ir “contra la corriente de la dinámica profunda de la Revolución española”.[1] Mostraba los esfuerzos de los dirigentes del PCE por de­tener y hacer retroceder la revolución, restaurar el aparato de Estado republicano, en el curso de la pri­mera fase; el contraataque de los republicanos y .so­cialistas moderados rechazados vigorosamente, en una segunda; procediendo a la eliminación definitiva de los comunistas y la capitulación final. Aunque dejó a la palabra sus comillas, llega a la conclusión de la “traición” de Stalin por la subordinación de la Revo­lución española a la “razón de Estado del poder so­viético”[2] y estigmatiza de paso el asesinato de Andreu Nin como un “ultraje al comunismo”.[3] Se nota, quizás con más interés, observaciones preciosas sobre la cri­sis del PCE, a partir de 1937, el desaliento de los militantes que han perdido toda ilusión en el apoyo a las “democracias”: cuando “Mundo Obrero”, el 23 de marzo de 1938, se levanta contra la opinión según la cual la única salida de la guerra sería que España “no fuese ni fascista ni comunista” y afirma que el “pueblo español vencerá contra el capitalismo”, fue llamado al orden por “Frente Rojo”, de Valencia, más directamente controlado por el aparato, que afir­mó con la pluma de José Díaz que estas dos afirma­ciones eran “plenamente correctas y corresponden exactamente a la posición de nuestro partido”.[4]</p>
<p>Las polémicas en torno a la revolución y la guerra de España no están cercanas a extinguirse en el inte­rior del movimiento anarquista. Ya en 1937, un grupo de militantes de la CNT-FAI, los Amigos de Durruti, formado por faístas decepcionados por la política de colaboración y por lo que consideraban como una ca­pitulación de la CNT en mayo en Barcelona, llegaron a conclusiones que les acercan indudablemente al marxismo revolucionario escribiendo:</p>
<p>“La unidad antifascista no ha sido más que la su­misión a la burguesía&#8230; Para vencer a Franco, hacía falta vencer a Companys y Caballero. Para vencer al fascismo, hacía falta aplastar a la burguesía y a sus aliados estalinistas y socialistas. Era necesario destruir completamente el Estado capitalista e instaurar un po­der obrero surgido de los comités de base de los tra­bajadores. El apoliticismo anarquista ha fracasado”.[5]</p>
<p>Pero con la represión, este grupo desapareció sin dejar rastro durante el verano de 1937. De la larga historia de los debates en el interior del movimiento anarquista, tratada tanto por Vernon Richards[6] corno por César M. Lorenzo,[7] no retengo más que los principales aspectos: la afirmación de una corriente “política” que se negaba a condenar la política de cola­boración durante la guerra, condenaba fir­memente los prejuicios anarquistas y el infantilismo revolucionario, El secretario de la CNT en 1936, Ho­racio Prieto, fue quien lo encarnó con el máximo de constancia, y sería injusto atribuirle la paternidad de las extraordinarias acrobacias realizadas después por anarquistas con mala colaboración, cuya cima sería al­canzada en 1948 con la tentativa de los que César Lo­renzo llamó “anarco-realistas” por poner la CNT al servicio de la restauración del rey.[8] Por el con­trario, Federica Montseny, antigua ministra, reconocía la amplitud del error cometido por los suyos partici­pando en el gobierno en estas condiciones excepciona­les, pero no sacó otra conclusión que la validez de los viejos principios anarquistas de hostilidad a todo po­der, cualquiera que sea.</p>
<p>La polémica más áspera fue sin duda la que opo­nía a trotskistas y poumistas, y que comenzó en el mes de abril de 1937 a instalarse tanto en las columnas de “La Batalla” como en la prensa trotskista internacio­nal. Después del informe redactado contra los dirigen­tes del POUM por el trotskista americano Felix Mo­rrow en 1938,[9] Trotsky recogió en un folleto dedicado a España la totalidad de las críticas hechas por él y sus partidarios a medida del desarrollo de los aconte­cimientos y concluyó con este severo juicio:</p>
<p>“A fin de cuentas, a pesar de sus intenciones, el POUM ha constituido el principal obstáculo en el ca­mino de la construcción de un partido revolucionario”.[10]</p>
<p>Treinta años más tarde, en su prólogo a los escri­tos de Andreu Nin sobre la revolución española, Juan Andrade celebra que su partido “suscitó la esperanza en el mundo revolucionario, como una nueva concep­ción de los anhelos de libertad de los trabajadores frente al totalitarismo y los crímenes de Stalin”,[11] mientras que, según él, “el trotskismo no puede presentar nin­gún logro en su hoja de servicios [...] si no es el haber dividido aún más los grupos en todos los países donde existen y el estar enfrentados más que nunca en un combate feroz entre ellos”.[12]</p>
<p>No hay nada de extraordinario en la permanencia de estas polémicas cuyas raíces se encuentran en la du­reza de la lucha y en el carácter irreductible de los an­tagonismos de clase. El invierno de 1970-1971, con las grandes manifestaciones obreras en favor de los acusa­dos en el proceso de Burgos, lo demostró con esplen­dor: la historia todavía no había cortado definitiva­mente la suerte de la Revolución española, puesto que, a pesar de la masacre de una generación de luchadores obreros y campesinos, su sombra no desapareció del ho­rizonte treinta y cinco años después del comienzo de la guerra civil.</p>
<p>______</p>
<h3>Notas</h3>
<p><strong>Pierre Broue </strong>es conocido por sus trabajos como historiador del movimiento obrero internacional. Sus libros sobre el Partido bolchevique, la Internacional comunista, la Revolución española y su reciente biografía de León Trotsky, son de mucho valor. Su última obra sobre la <em>Oposición de Izquierda en la Unión Soviética</em>es otra contribución importante de este prolífico escritor francés. A continuación se presentan  tres capítulos de su trabajo <em>Historia del partido bolchevique</em> de 1962. Aquellos dedicados al tema que nos ocupa, durante el período de surgimiento del partido y de su esplendor durante la Revolución rusa de 1917. La primera impresión de este folleto fue realizada por nosotros en Diciembre de 2004.</p>
<p><strong>______</strong></p>
<p><strong>Capítulo 1</strong></p>
<p>1.   L. Trotsky, “Les taches des communistes en Espagne”, <em>Écrits, </em>t. III, p. 405.</p>
<p>2.   A. Ramos Oliveira, <em>Politics, Economics and Men of Mo­dern Spain,</em> p. 438.</p>
<p>3.   H. Rabasseire, <em>Espagne, creuset politique,</em> p. 40.</p>
<p>4.   Trotsky, <em>op. </em><em>cit., </em>pp. 406-407.</p>
<p><strong>Capítulo 2</strong></p>
<p>1.   J. Maurín, Introducción de 1965 a <em>Revolución y contrarrevolución en España,</em> p. 3. (En realidad el partido de Maurín, el BOC, fue poco influenciado por Bujarin, ver, A. C. Durgan, <em>B.O.C. 1930-1936 El Bloque Obrero y Campesino</em>, Barcelona 1996, pp.97-101. (Nota del ed.)</p>
<p>2.   Maurín ya dejó de defender la independencia de Catalunya en 1932  su  ‘colaboración con la pequeña burguesía catalana’ muy efímera, más bien no existente, ver ídem pp102-136. (Nota del ed.)</p>
<p><strong>Capítulo 3</strong></p>
<p>1.   Texto integro en Peirats, <em>La CNT, en la Revolución Es­pañola, </em>t. I, pp. 44-48.</p>
<p>2.   A. Nin, <em>Los problemas de la revolución española</em>, p. 115.</p>
<p>3.   C. Lorenzo, <em>Les anarchistes espagnols et le pouvoir,</em> p. 74.</p>
<p>4.   A. Nin, <em>op. cit.,</em> p. 112.</p>
<p>5.   Ya a finales de 1932, el BOC empezó a defender una posición claramente antiestalinista, además de elogiar a Trotsky y publicar artículos suyos mientras que mantuvo sus críticas a sus seguidores, ver Durgan, <em> B.O.C.</em> pp101-102. (Nota del ed.)</p>
<p>6.   <em>Ibidem,</em> p. 73.</p>
<p>7.   Molins i Fábrega fue expulsado del BOC con tres compañeros más por ‘actividad fraccional’ en  1931.</p>
<p>8.   <em>Citado por </em>G. Jackson, <em>La República española y la gue­rra civil</em>, p. 94.</p>
<p><strong>Capítulo 4</strong></p>
<p>1.   A. Nin, <em>op. cit., </em>p. 141.</p>
<p>2.   C. Lorenzo, <em>op. cit., </em>p. 78.</p>
<p>3.   Texto íntegro en Peirats, <em>op. cit., </em>pp. 70-78; aquí, p. 70.</p>
<p>4.   <em>Ibidem,</em> p. 77.</p>
<p>5.   C. Lorenzo, <em>op. cit., </em>p. 84.</p>
<p>6.   L. Araquistain, prólogo a F. Largo Caballero, <em>Discursos a los trabajadores, </em>pp. XI-XVI.</p>
<p>7.   G. Munis, <em>Jalones de derrota, promesa de victoria, </em>pá­gina 178.</p>
<p>8.   “Comunismo”, septiembre, 1934, p. 6.</p>
<p>9.   Nin, <em>op. cit., </em>p. 6. Añadimos que en 1933, por ejemplo, el diario del BOC en Barcelona, “Adelante”, publica los artí­culos de Trotsky.</p>
<p>10. “La Batalla”, 18 de octubre de 1935.</p>
<p>11. <em>¿Qué es y qué quiere el POUM?, </em>p. 9.</p>
<p>(+) El capitán Frederic Escofet también vería conmutada su pena de muerte. Otros oficiales, fieles al Gobierno de la Generalitat y que participaron en los hechos de octubre, sien­do por ello condenados, fueron Joan Ricart, Salas Ginestar y López Gatell. (Nota del Ed.)</p>
<p>(++)  El Gobierno de la Generalitat permaneció también en­carcelado hasta las elecciones de febrero de 1936. Había sido juzgado en mayo de 1935 y condenado, de acuerdo con la pe­tición fiscal, a 30 años de prisión. (Nota del Ed.)</p>
<p><strong>Capítulo </strong><strong>5</strong></p>
<p>1.   L. Trotsky, «La trahison du Parti ouvrier d’unification marxiste», <em>La Révolution espagnole,  (1936-1939),</em> p. 98.</p>
<p>2.   “Claridad”, 15 de junio de 1936.</p>
<p>3.   C. Lorenzo, <em>op. cit., </em>p. 93<em>5. Ibidem,</em> p. 96.</p>
<p>4.   <em>Ibidem,</em> p. 96.</p>
<p>5.   José Díaz, <em>Tres años de lucha,</em> p. 164.</p>
<p>6.   A. Nin, <em>op. cit., p. </em>171.</p>
<p>7.   Nota del 18 de marzo de 1936.</p>
<p>8.   Jackson, <em>op. cit., </em>p. 195.</p>
<p>9.   <em>Ibidem.</em></p>
<p>10. Citado por Peirats, <em>op. cit., </em>t. I, p. 138.</p>
<p>(+) El partido Izquierda Republicana se creó por la fusión de distintas organizaciones republicanas, después del fracaso electoral de noviembre de 1933. Se constituyó en abril de 1934, a partir de Acción Republicana, dirigida por Azaña, de la Or­ganización Republicana Gallega Autónoma (ORGA), de Casa­res Quiroga, y del Partido Radical-Socialista de Marcelino Do­mingo. (Nota del Ed.)</p>
<p><strong>Capítulo 6</strong></p>
<p>1.   P. Broué y É. Témime, <em>La Revolución y la Guerra de Es­paña, </em>p. 84.</p>
<p>2.   <em>Ibidem,</em> pp. 87-88.</p>
<p>3.   G. Munis,<em> op. cit.,</em> passim.</p>
<p>4.   P. Broué y É. Témime, <em>op. cit., </em>p. 111.</p>
<p>5.   L. Delapree, <em>Mort en Espagne, </em>p. 70.</p>
<p>6.   C. Lorenzo, <em>op. cit., </em>p. 147.</p>
<p>7.   A. Nin<em> op. cit.,</em> p. 182.</p>
<p>8.   Kolstsov, <em>Diario de la Guerra de España,</em> p. 58.</p>
<p><strong>Capítulo 7</strong></p>
<p>1.   “Claridad”, 22 de agosto de 1936.</p>
<p>2.   Nin, <em>op. cit., </em>p. 178.</p>
<p>3.   “Política”, 5 de septiembre de 1936.</p>
<p>4.   Angel OssoRio<strong>, </strong><em>Vida y sacrificio de Lluís Companys, </em>pá­gina 172.</p>
<p>5.   P. Borué y E. Témime, <em>op. cit.,p. </em>216.</p>
<p><strong>Capítulo 8</strong></p>
<p>1.   K. Colodny, <em>The struggle for Madrid,</em> p. 93.</p>
<p>2.   “Pravda”, 17 de diciembre de 1936.</p>
<p>3.   P. Broué y É. Témime, <em>op. cit., </em>p. 214.</p>
<p>4.   Los otros dirigentes del POUM serían juzgados en oc­tubre de 1938 y condenados a duras penas de prisión por su papel en el mayo de 1937. Pero la acusación de “espionaje” y de “traición” fue abandonada. Estos hombres, evadidos des­pués de la derrota, se refugiaron finalmente en Francia. La mayoría de ellos se volverían a encontrar en 1941 ante el tribunal militar de Montauban, por haber difundido “La Verité”, diario trotskista clandestino.</p>
<p>(+)  Se trata de la población catalana de Molins de Rei, nom­bre que fue cambiado durante la República por sus reminis­cencias monárquicas. (Nota del Ed.)</p>
<p><strong>Capítulo 9</strong></p>
<p>1.   F. Claudín, <em>La crisis del movimiento comunista,</em> t. I, p. 172.</p>
<p>2.   <em>Ibidem,</em> p. 196.</p>
<p>3.   <em>Ibidem.</em></p>
<p>4.   <em>Ibidem,</em> pp. 189-190.</p>
<p>5.   Citado por Lorenzo, <em>op. cit., </em>p. 270</p>
<p>6.   <em>Lessons of the Spanish Revolution,</em> 1953.</p>
<p>7.   Citado aquí varias veces.</p>
<p>8.   Lorenzo, <em>op. cit., </em>pp. 384 s.</p>
<p>9.   F. Morrow, <em>Revolution and Counter-Revolution in Spain, N. </em>Y., 1938.</p>
<p>10. L. Trotsky, «Leçons d’Espagne, dernier avertissement», <em>Ecrits, </em>t. III, pp. 533-552; aquí, p. 544.</p>
<p>11. <em>Juan </em>Andrade, prólogo de A. Nin, <em>op. cit.,</em> p. 31.</p>
<p>12. <em>Ibidem.</em></p>
<p>(+) Segismundo Casado poseía, en realidad, el rango de co­ronel del ejército. Si bien había sido ascendido a general, el 2 de marzo de 1939, por Negrín, al tiempo que le apartaba del mando del ejército del Centro, jamás aceptó tal ascenso. (Nota del Ed.)</p>
<p>______</p>
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		<title>Rusia 1917. El Partido bolchevique</title>
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		<pubDate>Mon, 29 Mar 2010 18:57:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Socialismo Internacional</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://wp.me/pwZQP-4y"><img class="alignleft size-full wp-image-287" src="http://socialismointernacional.files.wordpress.com/2010/03/rusia-1917-el-partido-bolchevique.png?w=191&#038;h=270" alt="" width="191" height="270" /></a></p>
<p>La historia del Partido bolchevique es clave para la comprensión de los desafíos que tienen por delante los socialistas revolucionarios contemporáneos. Su nacimiento no fue fruto del azar. Su victoria o su derrota en 1917, su completo y fecundo desarrollo o su posterior decadencia, estaban en ambos casos hondamente arraigados en las realidades de su época. El partido de Lenin murió bajo Stalin y tras la muerte de éste, no ha resucitado. Este estudio considera los hechos en todo su espesor, sus contradicciones, sus luces y sombras, sus hechos verdaderos y sus hechos inciertos, la vida y la muerte de hombres y cosas, y no una historia de buenos y malos. Nadie debe esperar encontrar aquí ese cliché que presenta a los bolcheviques como un ejército de arcángeles infalibles y totalmente lúcidos, que todo lo habían previsto y que eran capaces de realizarlo todo.</p>
<h6>PIERRE BROUE (1962)</h6>
<p><span id="more-282"></span></p>
<p><img title="Más..." src="http://socialismointernacional.wordpress.com/wp-includes/js/tinymce/plugins/wordpress/img/trans.gif" alt="" />_____</p>
<h3>INTRODUCCIÓN</h3>
<p>La historia del Partido bolchevique constituye sin lugar a dudas uno de los datos clave para la comprensión del socialismo contemporáneo, pero el estudio de la misma choca contra una serie de puertas cerradas.</p>
<p>Durante el primer período posterior a la Revolución, se realizó un enorme esfuerzo dirigido a publicar materiales sobre dicha historia. Panfletos, artículos, declaraciones y documentos oficiales, memorias y recuerdos, encuestas, antologías de artículos o de discursos vieron la luz en una actividad cuya única limitación fue la pobreza de los medios materiales disponibles y las imperiosas presiones, primero de la guerra civil y más tarde de la reconstrucción económica. No obstante, esta abundancia –de incalculable valor para la investigación histórica y la reflexión política– fue tristemente efímera. A partir de 1924, la política cotidiana de los dirigentes domina no sólo la elaboración del propio proceso histórico sino también la publicación o al menos la disponibilidad de los documentos más elementales. A partir de su tercera edición, las <em>Obras Completas </em>de Lenin aparecen mutiladas de todas aquellas frases que podían ser interpretadas como una premonitoria condena de la política de sus sucesores, mientras que la mayor parte de su correspondencia es ocultada a los investigadores y, naturalmente, al público en general. Las obras de los autores que fueron condenados políticamente como Trotsky, Bujarin, Zinoviev y muchos otros, son retiradas de circulación y su impresión queda terminantemente prohibida. Pero la represión cultural contra los vencidos no se detiene en este punto. También las obras menos importantes, aquellas que se limitan a mencionar a estos hombres, dando una visión justa del papel desempeñado realmente por ellos en la fundación del régimen soviético, son objeto de idéntico tratamiento. Sin embargo, el historiador dispone de algunas fuentes docu­mentales. Para el periodo que va de 1917 hasta 1939 cuenta con los importantes archivos de León Trotsky, que fueron deposi­tados en Amsterdam y Harvard tras su expulsión de la Unión Soviética. Se trata de una serie de documentos, densos y continuos hasta 1928, que empiezan a serlo menos posteriormente. Y hasta 1939, el historiador puede contar además con otros datos de valor. Entre ellos, los aportados en los escritos de Victor Serge, si bien estas informaciones deben ser contrastadas cuidadosamente, pues el es­critor había reproducido sus informaciones de memoria al haberle sido incautados sus archivos en Moscú.</p>
<p>En cuanto a la historiografía, su destino parece coincidir de forma natural con el de los documentos. Desde 1934 en adelante, la historiografía soviética no es sino la versión manipulada de la historia del país conforme con lo que en todo momento quieren hacer creer sobre ella sus gobernantes. Se trata de una justificación de su política, la pasada o la futura, es decir, una especie de artificio político-policíaco opuesto objetivamente a la realidad. Sin duda, el investigador puede, con algún fruto, estudiar las diferentes versiones y comparar las sucesivas ediciones para tomar nota de las contradicciones y supresiones, con el fin de ofrecer una interpretación de la situación durante el período de la publicación, pero eso es todo.</p>
<p>Esta es la tónica general hasta 1956. Pero los datos básicos del trabajo histórico se han visto brutalmente influidos por lo que se llamó la &#8220;desestalinización&#8221;. Y ello no sólo por el número y la importancia de las &#8220;revelaciones&#8221; de Nikíta Jruschov y sus lugartenientes, como se apresuró a vocear en sus titulares la prensa de todo el mundo. De hecho no hubo entonces ninguna verdadera revelación en el sentido estricto, sino una serie de confirmaciones de gran impor­tancia ciertamente. Como parte de este proceso se publicaron las <em>Cartas de Lenin, </em>cuya existencia habla ya sido afirmada por Trotsky, cuando el régimen de Stalin negaba que hubieran sido siquiera redactadas. De esta forma el texto de la &#8220;Carta al Congreso&#8221;, conocida con el nombre de &#8220;Testamento de Lenin&#8221;, divulgada años antes en Occidente por el americano Max Eastman y confirmado en su autenticidad por Trotsky, en la actualidad ha sido sacado a la luz por los sucesores de Stalin. Asimismo las &#8220;rehabilitaciones&#8221; que empiezan a producirse a partir de 1956 ofrecen, por medio de las biografías de los personajes históricos a los que se refieren, un valioso cúmulo de datos a la historia económica, social y política e incluso a la puramente fáctica. Los discursos de Jruschov ante el XX y el XXII Congresos confirman y dan peso y consistencia a los análisis de Trotsky acerca de los orígenes del terror de la década de los 30s.</p>
<p>En el marco de estas nuevas condiciones favorables es que me puse la tarea de escribir <em>Historia del partido bolchevique</em>, un estudio que considerase los hechos en todo su espesor, sus contradicciones, sus luces y sus sombras, sus hechos ciertos y sus incertidumbres, la vida y la muerte de hombres y cosas, y no ya una historia en blanco y negro de buenos y malos. Salvo en forma de alusión, nadie debe esperar encontrar aquí ese cliché que presenta a los bolcheviques como un ejército de arcángeles infalibles y totalmente lúcidos que todo lo habían previsto, que todo lo habían preparado, y que eran capaces de realizarlo todo. Opino que los bolcheviques, su partido y su revolución no fueron más que fenómenos nacidos en un contexto preciso que, a su vez han influido y modificado y que, como contrapartida, les ha influenciado, modificándose ellos mismos de manera profunda. De los partidos pensamos –al igual que Valéry opinaba respecto de las civilizaciones– que son mortales, que el partido de Lenin murió bajo Stalin y que tras la muerte de éste, no ha resucitado.</p>
<p>Así pues, al apartar cualquier tipo de prejuicio exterior al tema de mi investigación, lo que inevitablemente me habría obligado a suprimir algunos hechos para hacer hincapié sobre otros, he tratado ante todo de reconstruir un movimiento histórico adoptando como punto de vista general la única hipótesis metodológica verdaderamente fecunda para un trabajo histórico, a saber, la de considerar el hecho tan obvio y tan olvidado de que nada estaba realmente &#8220;escrito&#8221; de antemano. Que sin embargo, tal movimiento resultaba históricamente necesario y que el na­cimiento del Partido bolchevique no fue un mero fruto del azar, pero también que su victoria o su derrota en 1917, su pleno y fecundo desarrollo o su posterior decadencia estaban en ambos casos hondamente arraigados en las realidades de la época. En otras palabras, he trabajado guiado por la certidumbre de que tanto antes como después de 1917, en la Unión Soviética se enfrentaron una serie de fuer­zas sociales, económicas y políticas, antagónicas y contradictorias, en un escenario común y casi siempre bajo un pabellón idéntico, dando como resultado una serie de conflictos cuya solución no estaba determinada de antemano.</p>
<p>A estas alturas resulta tal vez innecesario precisar que tal actitud por parte del historiador implica una gran dosis de simpatía por su tema, la comprensión, e incluso a veces el amor, por todos aquellos que intentaron hacer o rehacer la historia, cambiando el mundo y la vida, llegando a compartir <em>a posteriori </em>su convicción de combatientes, de que todo es posible y de que son los hombres los dueños de su propia historia, a condición de que se dé en ellos la consciencia de que bien pudiera ocurrir que resultase una historia diferente de la que ellos habían querido.</p>
<p><strong><em><img title="Más..." src="http://socialismointernacional.wordpress.com/wp-includes/js/tinymce/plugins/wordpress/img/trans.gif" alt="" />_____</em></strong></p>
<h3>Capítulo 1</h3>
<h3>LOS BOLCHEVIQUES<br />
ANTES DE LA REVOLUCIÓN</h3>
<p>Las referencias que se hacen al Partido bolchevique con anterioridad a la Revolución rusa de 1917, suelen ser por su oscuridad, responsables de que se confundan varias organizaciones que la historia ha unido íntimamente: el Partido Obrero Social Demócrata Ruso (POSDR), cuya dirección se disputan varias fracciones entre 1903 y 1911; la fracción bolchevique de este partido; y el Partido Obrero Social Demócrata Ruso bolchevique (POSDRb), fundado en 1912.</p>
<p><strong>Los comienzos del partido socialdemócrata ruso</strong></p>
<p>El movimiento obrero ruso surgió en medio de un tardío desarrollo capitalista. No presenció la coronación de los esfuerzos tendentes a la creación de un partido obrero, sino muchos años después que en los países de Europa occidental, si bien es cierto que las circunstancias eran completamente diferentes.</p>
<p>Las ciudades proletarias eran islas en medio del océano campesino ruso. La represión hacía casi imposible que las organizaciones superaran el ámbito local. Los pequeños círculos socialistas que surgen durante los últimos años del siglo XIX en los centros obreros, son aplastados en cuanto intentan trascender las meras discusiones académicas. Las ligas de Moscú en 1896 y de Kiev en 1897, definen diversas medidas para unificar las distintas y dispersas organizaciones en un partido organizado a escala nacional, pero fracasan en su intento. Los primeros que consiguen constituir una organización extendida a todo el país son los trabajadores judíos, más cultos en general y más coherentes también, dada su situación de minoría. Su organización es el Bund, que cuenta con varios miles de miembros. En 1898 se reúnen en Minsk nueve delegados suyos, entre los que se cuentan un obrero de las organizaciones socialdemócratas del Imperio, y los representantes de las ligas de Moscú, Kiev, San Petersburgo y Ekaterinoslav. Esta asamblea se autodenomina &#8220;Primer Congreso del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso&#8221;, redacta un estatuto y un manifiesto, y elige un Comité Central de tres miembros. Pero el hecho de que el partido haya sido fundado no indica que haya cobrado existencia efectiva. Tanto el Comité Central como los congresistas son detenidos casi inmediatamente. La apelación de &#8220;partido&#8221; subsiste como etiqueta común para un conjunto de círculos de límites medianamente claros, que prácticamente permanecen independientes unos de otros.</p>
<p>Un grupo de intelectuales emigrados renuncia entonces a construir el partido desde abajo, a partir de los círculos locales, intentando constituirle desde arriba a partir de un centro situado en el extranjero. Esto es, a salvo de la policía, y publicando para toda Rusia un periódico político que mediante una red clandestina, habría de constituir el instrumento de unificación de los distintos círculos en un partido.</p>
<p><em><strong>Iskra</strong></em><strong> y </strong><em><strong>¿Qué Hacer?</strong></em></p>
<p>Los primeros marxistas rusos del &#8220;Grupo para la liberación del trabajo&#8221;, fundado en el exilio en 1883, Jorge Plejanov, Vera Zasúlich y Pavel Axelrod, constituyen el núcleo de esta empresa, junto con los pertenecientes a la segunda generación de marxistas, quienes integran el grupo &#8220;Unión para la emancipación de la clase obrera&#8221;, y son más jóvenes que ellos. Estos últimos, Vladimir Illich Ulianov –cuyo nombre cambiaría pronto para Lenin– y Yuri Mártov, salieron de Siberia en 1898. El 24 de diciembre de 1901 aparece en Stuttgart el primer ejemplar de su periódico <em>Iskra</em> (La Chispa), cuyo ambicioso lema rezaba: &#8220;De la chispa surgirá la llama&#8221;, anunciando sus intenciones. Su objetivo es &#8220;contribuir al desarrollo y organización de la clase obrera&#8221;. Ofrece a las organizaciones clandestinas de Rusia un programa y un plan de acción, consignas políticas y directrices prácticas para la constitución de una organización clandestina, que en un principio y bajo el control de Nadezhda Krupskaya (compañera de Vladimir Ilich Ulianov), habrá de limitarse a la difusión del periódico. Entre los obreros rusos despiertan en el mismo período las luchas reivindicativas: huelgas y diferentes movimientos se multiplican, y los emisarios de <em>Iskra </em>–que originariamente no eran más de diez, y en 1903 no pasaban de los treinta– recorrían el país, tomaban contacto con grupos locales, recogían información, distribuían publicaciones y seleccionaban a los militantes más valiosos con el fin de pasarles a la clandestinidad. Los iskristas, &#8220;miembros de una orden errante que se elevaba por encima de las organizaciones locales, a las que consideraban como su campo de acción&#8221;,[1] intentan constituir un aparato central, un estado mayor de las luchas obreras a escala nacional, rompiendo con los particularismos locales y con el aislamiento tradicional, formando cuadros que tuvieran una visión global de la lucha.</p>
<p>Tal actividad recibiría justificación en el plano teórico, con la primera obra de Lenin sobre el problema del partido, titulada <em>¿Qué Hacer?</em> y publicada en Stuttgart en 1902. Toda la pasión del joven polemista se dirige contra aquellos socialistas a los que llama &#8220;economistas&#8221;, que invocando &#8220;un marxismo adaptado a las particularidades rusas&#8221;, niegan la necesidad de construir una organización socialista revolucionaria en un país en que el capitalismo no se ha asentado aún. Lenin refuta las tesis &#8220;economistas&#8221; de que el &#8220;marxista ruso no ve más que una solución: sostener la lucha económica del proletariado y participar de la actividad de la oposición liberal&#8221;, afirmando que la mera acción espontánea de los obreros, limitada únicamente a las reivindicaciones económicas, no puede llevarles automáticamente a la conciencia socialista, y que las teorías &#8220;economistas&#8221; sólo sirven para poner el naciente movimiento obrero al servicio de la burguesía. Para Lenin, es preciso –y esa es precisamente la tarea que se plantea <em>Iskra</em>– introducir en la clase trabajadora las ideas socialistas, mediante la construcción de un partido obrero que habrá de convertirse en el combatiente por sus intereses, y en su educador, al tiempo de convertirse en su dirección. Dadas las condiciones en que se halla Rusia a inicios del siglo XX, el partido obrero debe estar integrado por revolucionarios profesionales para lograr soportar los ataques de la policía zarista. El arma principal del proletariado ha de ser una organización rigurosamente centralizada, disciplinada, y lo más secreta posible, conformada por militantes clandestinos. El partido se concibe como &#8220;la punta de lanza de la revolución&#8221;, como el estado mayor y la vanguardia de la clase trabajadora.</p>
<p><strong>Nacimiento de la fracción bolchevique</strong></p>
<p>El Segundo Congreso del POSDR se celebra durante los meses de julio y agosto de 1903, primero en Bruselas y después en Londres. Entre cerca de cincuenta delegados, sólo hay cuatro obreros. Los iskristas cuentan con la mayoría y el partido adopta sin mayores dificultades el programa que fue redactado por Plejanov y Lenin, en el que por primera vez en la historia de los partidos socialistas figura la consigna de la &#8220;dictadura del proletariado&#8221; –definiéndola como &#8220;la conquista del poder político por los trabajadores, condición indispensable de la revolución social&#8221;.</p>
<p>Sin embargo, los miembros de <em>Iskra </em>se dividen en la cuestión del estatuto, donde se enfrentan dos textos. Lenin, en nombre de los &#8220;duros&#8221;, propone otorgar la condición de miembro del partido sólo a aquellos &#8220;que participen personalmente en una de las organizaciones&#8221;, mientras que Mártov en nombre de los &#8220;blandos&#8221;, se inclina por una fórmula que confiere la condición de miembro a todos aquellos que &#8220;colaboran regularmente bajo la dirección de alguna organización&#8221;. Comienza de esta forma a esbozarse una profunda divergencia entre los defensores de un partido ampliamente abierto y vinculado con los intelectuales, que lidera Mártov, y los partidarios de Lenin, defensores de un partido restringido, vanguardia disciplinada integrada únicamente por revolucionarios profesionales. El texto de Lenin obtiene 22 votos mientras que el de Mártov, apoyado por los delegados del Bund y por los dos &#8220;economistas&#8221; que asisten al congreso, consigue 28 y es aprobado.</p>
<p>Sin embargo, tanto los &#8220;duros&#8221; de Lenin como los &#8220;blandos&#8221; de Mártov coinciden en negarle al Bund la autonomía que exige dentro del partido y en condenar las tesis de los &#8220;economistas&#8221;. Los delegados del Bund y los &#8220;economistas&#8221; abandonan entonces el congreso. Los &#8220;duros&#8221; sorpresivamente consiguen la mayoría, teniendo las manos libres para nombrar el comité redactor del Organo Central y al Comité Central, compuestos ambos en su mayoría por partidarios de Lenin. Estos últimos serán llamados en adelante <em>bolcheviques </em>o mayoritarios, y los demás se convertirán en <em>mencheviques </em>o minoritarios.</p>
<p>De este incidente surgirá la primera escisión del partido. Lenin y los bolcheviques que controlan los organismos dirigentes, apelan a la disciplina y al respeto de la mayoría. Los mencheviques, considerando la citada mayoría como puramente accidental, le acusan de querer imponer en el partido una dictadura. Mártov logra reunir tras él a la mayoría de los socialdemócratas de la emigración y su consigna es el restablecimiento del antiguo comité redactor de <em>Iskra</em>, en el que Lenin se encontraba en minoría. Plejanov, que en el congreso había expresado su conformidad con los puntos de vista de Lenin, se inclina por la conciliación con los mencheviques, terminando por aceptar la designación directa de algunos de ellos para entrar a formar parte del comité redactor, recobrando el control del Organo Central. Y el Comité Central, que luego del congreso había quedado constituido mayoritariamente por bolcheviques, se inclina también hacia la conciliación.</p>
<p>Pero el intento fracasa. Después del congreso Lenin quedó muy afectado por todo lo ocurrido. La sorpresa y la decepción revistieron tal intensidad que sufrió una depresión nerviosa. Durante semanas se encontró prácticamente aislado y excluido del comité redactor de <em>Iskra</em>, sin haberlo previsto ni deseado. Sin embargo se recupera rápidamente, estimulado por el hecho de que sus compañeros parecen abandonar sus posturas divergentes, emprendiendo el contraataque. Gracias a Krúpskaya, Lenin y los bolcheviques mantienen una influencia determinante en la organización clandestina dentro de Rusia, lanzándose entonces a la reconquista de los comités. En agosto de 1904 consiguen organizar una auténtica dirección de todos los grupos bolcheviques, siendo este el primer esbozo de lo que será la fracción bolchevique, la cual desde enero de 1905 publica su propio órgano, <em>Vpériod </em>(Adelante). Tales éxitos les permiten conseguir que el indeciso Comité Central convoque un congreso, que habrá de celebrarse en Londres a comienzos de 1905.</p>
<p><strong>Primera escisión</strong></p>
<p>La garantía del Comité Central permitirá que tal asamblea se denomine Tercer Congreso del POSDR, aun a pesar de estar exclusivamente compuesto por bolcheviques. La mayoría de los 38 delegados que asisten son militantes profesionales enviados por los comités rusos, que ante los acontecimientos revolucionarios que comienzan a desarrollarse en el país apoyan las posturas de Lenin en su polémica contra los mencheviques, así como su concepción de un partido centralizado que sus antiguos aliados de <em>Iskra </em>acaban de abandonar. Sin embargo, la fracción bolchevique dista mucho en aquella fecha de constituir un bloque monolítico. En pleno congreso surge un conflicto que enfrenta a Lenin con un grupo de militantes de Rusia a los que en adelante llamará los <em>komitetchik</em> (&#8220;hombres de comité&#8221;), siendo derrotado dos veces. Primero, al negarse los <em>komitetchik</em> a incluir en el estatuto la obligación de que los comités del partido tengan una mayoría de obreros y, posteriormente, al exigir ellos que el control político del periódico lo ejerza la dirección clandestina que reside en Rusia. El joven Alexis Ríkov, portavoz de los <em>komitetchik</em>, es elegido miembro del Comité Central, del que entran también a formar parte Lenin y sus dos lugartenientes, Krasin y Bogdanov.</p>
<p>La escisión parece consolidarse porque el congreso descarga la responsabilidad absoluta por las divisiones del partido sobre los mencheviques de la emigración, quienes se niegan a aceptar la disciplina que exigen los organismos elegidos en el Segundo Congreso del POSDR. Se hace un llamamiento a los mencheviques de las organizaciones clandestinas para que acepten las decisiones de la mayoría. Al mismo tiempo, se aprueba una resolución secreta que encarga al Comité Central la tarea de conseguir la reunificación. Pero los mencheviques reúnen una asamblea con los delegados de los grupos en el exilio, negándose a reconocer el congreso y dándole el nombre de conferencia a su reunión. Como era de esperar la polémica se extendió al interior de la Internacional. Algunos socialdemócratas alemanes, sobre todo los del ala izquierda liderada por Rosa Luxemburgo, atacan violentamente la teoría del partido de Lenin, denunciando el &#8220;peligroso burocratismo que supone el ultracentralismo&#8221;.[2]</p>
<p>No obstante, Lenin tenía varios puntos a favor en la propia Rusia. La forma de organización clandestina y centralizada era la más eficaz. Permitía la protección de quienes la integraban al poderlos desplazar cuando estaban en peligro. Hacía posible la creación de nuevos comités mediante el envío de activistas de un lugar a otro. Por otra parte, ofrecía a los obreros amplias garantías de seriedad por las estrictas condiciones exigidas para formar parte del partido. Por todas estas razones el partido integra a sucesivas oleadas de jóvenes con inquietudes políticas, a quienes no asustan las perspectivas de enfrentar la represión, ni el trabajo y la educación revolucionarias. En 1905 el partido tiene unos 8.000 miembros insertos en la mayoría de los centros industriales. Lenin espera que la revolución que se está gestando confirme sus tesis, aportando al movimiento la pujante fuerza de las nuevas generaciones y la iniciativa de las masas obreras en acción.</p>
<p><strong>La Revolución de 1905 y la reunificación</strong></p>
<p>Efectivamente, la revolución estalla en 1905 y precipita la acción política abierta de centenares de miles de obreros. La manifestación pacifica del 5 de enero, repleta de estandartes de los obreros de San Petersburgo, es recibida con descargas de fusilería. Centenares mueren y miles resultan heridos. Sin embargo, este día se convierte en una fecha decisiva. En adelante los trabajadores se revelarán ante todos, incluso ante sí mismos, como una fuerza con la que habrá que contar. Durante los meses siguientes, primero la agitación económica y luego la agitación política, van a arrastrar a todo tipo de huelgas a centenares de miles de obreros, que hasta ese momento vivían resignados o se hallaban en la pasividad absoluta. Tras los motines del ejército y de la marina –entre los que destaca la célebre odisea del acorazado Potemkin– la agitación culmina en el mes de octubre con una huelga general. Ante tal amenaza, el Zar intenta romper la unidad de las fuerzas que enfrenta. Publica un <em>Manifiesto </em>que satisface las reivindicaciones políticas esenciales de la burguesía, la cual se pasa inmediatamente de su lado. Los obreros de Moscú luchan solos desde el 7 al 17 de diciembre, pero nada pueden contra un ejército del que ya se ha eliminado todo brote revolucionario. El campesino que viste uniforme realiza sin desmayo la misión represiva que le a
