Un partido revolucionario

Durante el siglo XX los trabajadores se levantaron una vez tras otra, desafiando al sistema en su totalidad. En 1917 y liderados por los bolcheviques, los trabajadores rusos tomaron el poder en la sociedad. Luego su revolución se malograría, pero entre las lecciones que quedaron destaca el poder que tenemos los trabajadores para luchar y vencer. Los primeros años del siglo XXI han visto surgir un enorme movimiento de protesta global, al tiempo de estallar revueltas en varios países de América Latina. Uruguay no ha estado ajeno a todo esto y ha vivido un amplio proceso de reorganización de los trabajadores y de luchas exitosas. ¿Cómo pasar de la lucha por mejoras, a la lucha por derribar este sistema? ¿Quién tiene el poder para lograrlo? ¿Qué organización necesitamos? ¿Cómo han luchado los revolucionarios en el pasado? ¿Cómo debemos hacerlo ahora? De todo esto trata este folleto.

JAVIER CARLÉS (2005)

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Introducción

La caída del Muro de Berlín en 1989 fue presentada por muchos como la muerte del socialismo. De ahora en adelante el capitalismo gobernaría el planeta entero, y lo haría para siempre. Gran parte de la izquierda tradicional adoptó este punto de vista y propuso entonces que solamente quedaba elegir entre distintas variantes del sistema, más “humanas” o más “salvajes”. Cinco años después, tanto el tranquilo y triunfante dominio neoliberal como el reducido horizonte de la izquierda, resultaron fuertemente sacudidos. El 1 de Enero de 1994 en Chiapas (México), los zapatistas se rebelaban contra la pobreza. Su denuncia del libre comercio, de la violencia estatal, de la deuda externa, de la dominación imperialista y del accionar corporativo, movilizó a miles de personas en apoyo de su causa y se convirtió en luz de esperanza para millones. Cinco años después en Seattle (EEUU), el 30 de Noviembre de 1999, las protestas contra la cumbre de la Organización Mundial del Comercio (OMC) bloqueaban las reuniones y las decisiones de quienes mandan en el mundo. La protesta global se volvía movimiento.

Luego de Seattle las campañas contra las corporaciones multinacionales y las manifestaciones contra las cumbres del G8, del Fondo Monetario y del Banco Mundial se volverían regulares y masivas. Unas 30.000 personas se reunieron en Seattle y Praga para protestar. Después serían 300.000 en Génova y 500.000 en Barcelona. Luego vendrían los ataques del 11 de Septiembre de 2001 y las guerras de Bush, Blair y las compañías petroleras. En respuesta surgiría un enorme movimiento antiguerra de alcance mundial. A la globalización económica y a la cara militar de la globalización capitalista, se opondría la globalización de las resistencias. Uno y dos millones de personas tomarían las calles para protestar en Italia, Gran Bretaña y en el Estado español. En Estados Unidos habrían manifestaciones masivas, incluso mayores que las ocurridas contra la Guerra de Vietnam. En medio de todo esto, el Foro Social Mundial organizaba debates multitudinarios en Porto Alegre y llamaba a realizar un Día de Acción Global contra la guerra el 15 de Febrero de 2003. Ese día millones tomarían las calles en todo el mundo, en lo que hasta hoy es la mayor protesta de la historia.

Al mismo tiempo, nuestro continente ingresó en un período de revueltas, cambios de gobierno y huelgas generales, que continúa todavía hoy. En Enero del 2000 una rebelión indígena contra las políticas del Fondo Monetario derriba el gobierno ecuatoriano de Mahuad. En Abril las organizaciones de campesinos y trabajadores de Cochabamba se levantan en defensa del agua, derrotando al gobierno boliviano de Banzer y expulsando a las empresas privadas. El 19 y 20 de Diciembre de 2001 cientos de miles de argentinos se rebelan contra la pobreza y el desempleo, derrocando al gobierno de De la Rua, multiplicándose las asambleas populares y el poderío del movimiento piquetero. En Abril de 2002 miles bajan desde los barrios pobres de Caracas y derrotan el golpe que los sectores más derechistas de las fuerzas armadas y del empresariado venezolano daban contra Chávez. Dos revueltas estallan en Bolivia durante 2003, una en Febrero contra el incremento de impuestos y otra en Octubre contra las corporaciones multinacionales del gas. Los campesinos bloquean caminos y los mineros avanzan hacia La Paz, derribando al gobierno de Sánchez de Lozada.

Uruguay no es la excepción

La idea de que en Uruguay nunca pasa nada, es común. La pequeña escala de todo, la ausencia de choques violentos entre el aparato estatal y la gente, la estabilidad y la fortaleza institucional respaldan dicha imagen. Pero lo cierto es que en los últimos 15 años han habido grandes luchas. Si bien en los 90s la derecha consiguió imponer el programa neoliberal con todas sus secuelas de pobreza y pérdida de derechos, las luchas de los sindicatos y de la izquierda le llevaron a aceptar una versión del mismo sin privatizaciones ni despidos masivos de trabajadores estatales, entre otras cosas. El renovado empuje neoliberal del gobierno de Jorge Batlle y las fallidas políticas que acabaron en la grave crisis de mitad de 2002, la caída estrepitosa del nivel de vida de amplios sectores de la población y la emigración de cientos de miles de uruguayos en pocos años, fueron un renovado estímulo para las luchas. La ansiada victoria electoral del Frente Amplio el 31 de Octubre de 2004, es el fruto y no la causa del crecimiento continuado de las luchas en el último tiempo. Éstas, generaron confianza en que un cambio político y social era posible.

Entre Octubre y Diciembre de 2001 las luchas comienzan a crecer rápidamente. Dos grandes marchas de miles de trabajadores llegan desde Artigas y Rocha hasta Montevideo. En Enero de 2002, 15.000 trabajadores y estudiantes participan de la marcha a Punta del Este contra las políticas del gobierno, y en favor de trabajos y salarios dignos. A mitad de año la crisis hace que decenas de miles de personas tomen las calles, al tiempo de estallar varias huelgas en los servicios públicos. Los estudiantes universitarios ocupaban las facultades, al igual que lo hacían los estudiantes de varios centros de estudios secundarios. Hubieron dos exitosos paros generales, pero las direcciones de la izquierda y de los sindicatos echaron para atrás. Dijeron que la derecha sacaría partido de mayores conflictos y que debíamos esperar hasta las elecciones de 2004 para cambiar el gobierno. Una convocatoria de la izquierda y los sindicatos a tomar las calles habría movilizado tal vez a medio millón de personas y quizás hubiera conquistado un llamado a elecciones anticipadas. Pero nada de esto pasó, las luchas se desgastaron y la desmoralización se extendió.

A fines de 2002, la campaña pro referéndum del sindicato de ANTEL reúne las firmas suficientes para someter a plebiscito el nuevo proyecto de privatizar la telefonía y el gobierno abandona la iniciativa. Poco después el sindicato de ANCAP logra lo mismo, pero esta vez Batlle no da marcha atrás. Llega el 7 de Diciembre de 2003 y el 62% de la población rechaza la privatización de la empresa petrolera. Luego vendría la campaña en defensa del agua y de la vida, que impulsan el sindicato de OSE y muchas otras organizaciones. Y el 31 de Octubre de 2004 el 64% de la población expresa su respaldo a una reforma de la Constitución donde se consagra que las reservas y los servicios de distribución de agua deben ser públicos. Entre las lecciones de todo esto, destaca el poder que tenemos los trabajadores para luchar y vencer. Entre las preguntas: ¿cómo pasar de la lucha por mejoras y reformas, a la lucha por derribar este sistema? Las ideas sobre quién tiene el poder para lograrlo, qué organización es necesaria, cómo han luchado los revolucionarios en el pasado y qué tenemos que hacer ahora, son claves. De todo esto hablaremos a continuación.

Quiénes pueden cambiar la sociedad

Muchas personas piensan que si toda la gente se uniera las cosas podrían mejorar. El problema de esta idea es que no toma en cuenta que nuestra sociedad está dividida en clases –que los industriales, los estancieros y los comerciantes viven del trabajo de quienes ellos emplean en fábricas, campos, supermercados, escuelas y hospitales. Indudablemente, las ideas son claves para cambiar el mundo, pero no todas sirven para lograrlo. Y es necesario tener el poder suficiente para derrocar a quienes hoy mandan en la economía y la sociedad. Para nosotros, la clase trabajadora es la única clase capaz de llevar a cabo una revolución, fruto de la posición que ocupa en la economía capitalista. Está compuesta tanto por los trabajadores industriales, como por los rurales y los del sector servicios, por los estudiantes que están formándose para convertirse en trabajadores, por los jubilados que fueron trabajadores durante las pasadas décadas, y por los desocupados. Reúne a quienes día tras día producen y hacen funcionar todo en esta sociedad, y por tanto, tienen el poder para detenerla, hacerse del control de la misma y ponerla a funcionar con otros fines.

Sin embargo, la mayor parte de la gente durante la mayor parte del tiempo, no se propone grandes cambios sociales, ni la clase trabajadora en su conjunto se ve como una clase revolucionaria. Si los trabajadores fuesen conscientes siempre de su poder potencial para cambiar las cosas, el trabajo de los revolucionarios sería bien fácil. Normalmente, una pequeña minoría de los trabajadores acepta todos los valores de la clase capitalista –compuesta por empresarios, gerentes y políticos. Piensan que hay quienes han nacido para mandar y otros, la mayoría, sólo para obedecer. Aceptan todas las divisiones que son endémicas de la sociedad capitalista: las divisiones entre clases, naciones, sexos y razas, por nombrar solamente algunas. Otros trabajadores –normalmente, también una pequeña minoría– rechazan frontalmente la concepción que del mundo dan los medios de comunicación, el sistema educativo y las restantes instituciones. En cambio, desarrollan una concepción del mundo que desafía las ideas dominantes, presentando una visión alternativa del sistema y luchando de distintas formas para transformarlo.

Pero la mayor parte de los trabajadores no integran estos dos grupos –no tienen ideas claras sobre cómo funciona la sociedad. Rechazan algunas ideas de la clase dominante, al tiempo que admiten otras. Aceptan la organización de la sociedad, al tiempo que rechazan sus peores efectos –el hambre, la guerra y demás. Esta mezcla de ideas refleja que entre el potencial revolucionario de los trabajadores y su concreción, hay una distancia. El lugar que ocupan los trabajadores en el capitalismo –personas explotadas con poco control sobre sus vidas y divorciadas de la riqueza que producen– lleva a muchos a pensar que poco pueden hacer para cambiar las cosas. Claro que los trabajadores han levantado sindicatos y partidos de izquierda, pero pocas veces estos destacan el poder colectivo que tenemos para cambiar el mundo y sólo han perseguido reformas. No obstante, una vez tras otra durante los pasados dos siglos, los trabajadores se levantaron de manera espontánea y en el proceso de avanzar revoluciones adquirieron conciencia de su peso y su poder, y de la necesidad de una teoría coherente y una organización adecuada para ganar.

Diferentes modalidades de organización

Sin ideas claras al respecto de cómo funciona el sistema y de cómo puede ser derribado, sin una visión precisa del socialismo que queremos y de cómo las luchas pueden llevar hacia él, y sin una organización que nos permita convertir esas ideas en acciones efectivas, las luchas de todos los días pueden no servir para mucho –y de estallar una revolución, puede que resulte fácilmente derrotada. La tarea fundamental de un partido revolucionario es proveer dicha teoría y organización. Pero un partido revolucionario no es un tipo de organización que existe por fuera, por encima o al costado de la clase trabajadora. Es un tipo particular de organización de trabajadores, que difiere substancialmente de otras organizaciones de trabajadores. La primera diferencia es que el partido revolucionario defiende de manera abierta el derribo del capitalismo. Otra, es que reconoce las desiguales ideas o niveles de conciencia que tienen los trabajadores, y se organiza tomando en cuenta esta realidad. Por eso es que el partido revolucionario se basa en la minoría activa de la clase trabajadora que participa en las luchas, y no en la totalidad de la clase.

Numerosos activistas de izquierda consideran a este tipo de organización incomprensible. Se preguntan: ¿por qué no construir un gran partido que pueda reunir a toda la gente que quiera cambios? Un vistazo al Frente Amplio, e incluso a partidos de origen obrero como el Socialista y el Comunista, enseña por qué este tipo de organización no sirve para impulsar cambios revolucionarios en la sociedad –y no sobre la base de juzgar sus actuales políticas de gobierno, sino su trayectoria histórica. La clave es que en sí mismos, representan a todos los trabajadores. Y como la conciencia de la clase trabajadora bajo el capitalismo es desigual, representar a la clase trabajadora en su conjunto, significa representar tanto a aquellos que aceptan las ideas de la clase dominante, como a aquellos que las rechazan. Esta es la razón por la que muchos dirigentes de la izquierda tradicional hacen hincapié en definir su proyecto político como “progresista” y no de “izquierda”, y por la que han dejado de hablar de la “justicia social”, para hablar sólo de un “país productivo” –donde nos aclaran, son tan necesarios los empresarios como los trabajadores…

Este tipo de partido representa tanto el activismo y la rebeldía de los trabajadores, como su propia pasividad y conformismo. Este hecho hace del Frente Amplio y puede hacer de los partidos obreros, partidos de masas, aunque en la práctica, poco efectivos para realizar los cambios sociales por los que muchos de sus afiliados han luchado. En contraste, un partido revolucionario sólo puede desarrollarse basándose en la actividad de aquellos que ya hoy quieren derribar el capitalismo e impulsan luchas en todos los terrenos –no solo para lograr mejoras, sino para ganar al resto de la gente para sus ideas. Un partido así necesita una teoría clara y sacar lecciones de la luchas pasadas, para poder proveer una guía para el accionar futuro. Necesita raíces en una parte de la clase trabajadora. De hecho, necesita los mejores activistas de la clase trabajadora. Por último, el partido revolucionario tiene que desafiar al sistema diariamente, con sus periódicos, su activismo sindical y social, impulsando huelgas, charlas y protestas. Pero para lograr influencia en centros de trabajo y de estudio, barrios y marchas, necesita una férrea unidad de ideas y de acción.

La experiencia de la revolución

Durante el siglo XX los trabajadores se levantaron una vez tras otra, desafiando al sistema en su totalidad. Entre 1917 y 1923 millones de trabajadores en Rusia, Alemania, Hungría e Italia tomaron control sobre sus vidas, al tomar control sobre los medios de producción que hacen funcionar la sociedad. Organizaron consejos de trabajadores, ocuparon tierras y fábricas, y aplastaron al viejo orden. A finales de los años 20s los trabajadores chinos se sublevaron contra los señores de la guerra, verdaderos remanentes del feudalismo, desafiando al naciente capitalismo de las grandes ciudades. La Revolución española de 1936-1937 estalló cuando miles de trabajadores y campesinos se opusieron el alzamiento fascista de Franco, y decidieron –especialmente en Catalunya y Aragón– tomar control en forma directa sobre la economía y la sociedad, con el fin de hacerla funcionar en su beneficio. Después de la Segunda Guerra Mundial los trabajadores de Italia y de Grecia convirtieron la resistencia contra la ocupación del nazismo, en lucha por mayor justicia social. Y las décadas siguientes presentaron más momentos revolucionarios

Hubieron movimientos de liberación nacional en colonias como Argelia y Vietnam, luchas contra los regímenes estalinistas en lugares como Hungría y Checoslovaquia, y protestas masivas como el Mayo francés de 1968 y la Revolución portuguesa de 1974-1975. Más recientemente han habido ensayos del poder de los trabajadores en acción, en países como Irán en 1979, y en medio de las revueltas que acabaron con el Muro de Berlín y los regímenes estalinistas de Europa oriental en 1989-1991. Las últimas ocurridas antes de acabar el siglo XX, han sido las revueltas populares en Albania, Indonesia y Yugoslavia, y las primeras del siglo XXI han estallado en Bolivia, Ecuador y Argentina. Pero lo cierto es que de todos estos casos, la única ocasión en la que los trabajadores triunfaron, logrando tomar el poder en la sociedad, ha sido en la Revolución de Octubre de 1917 en Rusia. Esta diferencia crucial respecto a todas las demás luchas no dependió de alguna particularidad histórica, sino de la habilidad de un partido revolucionario –el Partido bolchevique– para guiar al resto de la clase trabajadora hacia la toma del poder.

A principios de 1917 los bolcheviques eran una pequeña minoría dentro de la clase trabajadora. Cuando los trabajadores de Petrogrado se levantaron en la Revolución de Febrero de 1917, sus acciones tomaron por sorpresa a los revolucionarios. Además, la lucha no llevó directamente hacia el poder de los trabajadores, sino a unas muy limitadas promesas por parte de un gobierno reformista: democracia parlamentaria, fin de la autocracia zarista y fin de la guerra europea. La crisis se agravó al no cumplirse las demandas de los trabajadores y los campesinos. El nuevo gobierno era endeble y vacilante, y una nueva forma de poder –los soviets o consejos– se expandió con velocidad. Los bolcheviques fueron poco a poco ganando apoyo en estos porque sus ideas y acciones eran las más claras y efectivas. Propusieron que la única manera de avanzar era aplastar la antigua maquinaria estatal de oficiales del ejército, políticos y ministros, que defendían el poder y la riqueza de industriales, comerciantes y terratenientes. Y en Octubre de 1917 se estableció un nuevo Estado basado en estos consejos de trabajadores, soldados y campesinos.

Los bolcheviques se transformaron, del pequeño partido que formaban a principios de 1917, en un partido de masas a fines del mismo año, gracias a comprender de manera acertada la situación política, cuáles acciones había que tomar en medio de la misma, y gracias también a haber ampliado y fortalecido sus bases en la clase trabajadora. Ellos fueron capaces de debatir con los demás trabajadores sobre la necesidad de derribar la antigua maquinaria estatal y sustituirla por un Estado obrero, y de ganarlos para esta posición. Su habilidad para examinar la situación, debatir intensamente sobre la misma y arribar a decisiones que luego fueron puestas en práctica de manera unificada, fue clave para lograr la mayoría dentro de la clase trabajadora –en particular, al momento de lanzar el asalto del poder. Gran parte del éxito de los bolcheviques tiene que ver con la estructura y disciplina organizativa de su partido, y la capacidad que tuvieron para adaptarse al surgimiento de los soviets. Captaron el enorme potencial que los soviets tenían para convertirse en la base del nuevo Estado obrero y de una verdadera democracia, y los colocaron en el centro de su política.

Una mirada en perspectiva, tanto de la Revolución rusa de 1917 como de las numerosas situaciones revolucionarias posteriores, muestra que todas ellas tienen algunos rasgos en común. Los activistas convencidos de la necesidad de derribar el capitalismo comienzan siempre siendo una pequeña minoría. No obstante, al incrementarse las luchas las sociedades se polarizan y las posiciones revolucionarias obtienen el respaldo de creciente número de personas. La cuestión de reformar el capitalismo o derribar el sistema aparece con bastante rapidez. Algunos trabajadores desde el principio quieren una revolución, pero en ausencia de ésta, esperan que los antiguos líderes reformistas satisfagan sus demandas. Por esta razón es que la existencia de un partido revolucionario antes de que haya un auge en las luchas de la clase trabajadora, nunca debe ser subestimada. Este partido debe poseer una teoría precisa, y miles de afiliados que durante años hayan estado debatiendo estrategias, aplicando tácticas y sacando lecciones, que les sirvan tanto para actividad cotidiana como para enfrentar una situación revolucionaria en el futuro.

Por supuesto, ni una teoría precisa ni los miles de afiliados, ni el debate estratégico o la experiencia práctica, salvan al partido de cometer errores durante el transcurso de la revolución. Pero sí permite ir mejor equipado para poder superar las complicadas situaciones políticas que podrán aparecer. No se puede esperar la llegada de un momento de auge en la lucha de la clase trabajadora para recién ahí formar un partido revolucionario –o esperar que en una situación así el partido vaya a surgir de la nada. Aquí está la razón por la que es importante construir el partido revolucionario desde ya. También es la razón por la que nuestro grupo adopta la teoría del partido que parte de la experiencia de Lenin y de los bolcheviques. Y por la que tomamos el centralismo democrático como modalidad organizativa, una manera de actuar que convierte las decisiones en efectivas. Los años de desarrollo del Partido bolchevique fueron años de circunstancias cambiantes, a veces muy duras, pero que forjaron el destacado activismo y compromiso que sus afiliados mostrarían. Y es que se necesitan años para templar un partido revolucionario.

Cómo el partido puede cumplir su función

Como se expresa más arriba, los trabajadores necesitamos una teoría coherente y una organización adecuada para hacer de un levantamiento espontáneo una revolución triunfante. Suministrar ambas cosas es tarea del partido revolucionario. Para que un partido así pueda cumplir su función, debe ser profundamente democrático. Y esto no implica sólo que sus afiliados elijan o cambien tantas veces como quieran a quienes dirijan al partido, o que todos participen en la definición de su línea política en asambleas o congresos. Exige también que el partido esté íntimamente conectado con las luchas de todos los días y con los demás trabajadores y estudiantes que estén luchando, en los centros de estudio y de trabajo, en los barrios, en las ciudades y en los demás lugares claves, a través de quienes lo integren. Y exige además el compromiso de todos sus afiliados para en cada momento y lugar donde actúen, juntos debatir y decidir qué hacer. Por esto, la participación es algo a construir y desarrollar de manera permanente, no agotándose en la elección de dirigentes o la aprobación de documentos –aunque esto sea bien importante.

Al mismo tiempo, el partido revolucionario debe también ser sumamente centralizado. Para asegurar una actividad permanente, el partido debe tener un centro con capacidad de decisión sobre la política del partido. No existe forma sólida y rápida de transformar la estrategia en tácticas y en acciones, y de trasmitirlas al resto del partido revolucionario y de la clase trabajadora por medio de periódicos, folletos y pintadas que no sea teniendo un centro con esa facultad. Este debe estar formado por aquellos activistas que los afiliados consideren los mejores para conformar alguna modalidad de aparato político estable, diariamente informado de la situación política, de las luchas que ocurren a nivel local y global, encargado de analizar y decidir qué respuestas adoptar, y de generalizar la experiencia de cada sector del partido y de la clase a todos los demás. Pero nada de esto puede hacerse de manera efectiva sin una fluida retroalimentación entre el centro y las bases del partido –agrupaciones locales y activistas individuales– y de igual forma entre el partido revolucionario y el resto de la clase trabajadora, bajo formas múltiples y cambiantes.

Poco puede hacer y saber el centro de un partido sin activistas que intervengan en las protestas que ocurren, porque estas son las luchas donde la clase forja su conciencia, la organización, confianza y combatividad necesarias para tomar el poder en el futuro. De aquí que tan importante como tener un centro que cumpla su papel de liderazgo, sea una base activa y metida en las luchas que estallen. Sin sus informaciones, valoraciones e intervención, sin una interacción constante entre las bases y el centro del partido, ninguna dirección puede tomar las decisiones correctas, ni el partido como un todo puede hacer la diferencia en medio de la lucha de clases. Esto exige que todos sus activistas se empeñen en informarse, estudiar, escribir, exponer y debatir –tanto dentro como fuera del partido– al tiempo de estar en medio o al frente de campañas, movimientos y sindicatos. Y sólo es realizable con la mayor unidad de ideas y de acción, en todos aquellos aspectos centrales de la política y el funcionamiento organizativo del partido, y teniendo la mayor libertad de discusión para evaluar en forma colectiva la marcha de la actividad y para criticar a su dirección.

Una dirección sobre bases diferentes

Un aspecto fundamental de la teoría marxista del partido revolucionario es su visión del liderazgo. Esta idea es habitualmente mal comprendida. Y hay quienes piensan que liderazgo únicamente puede significar jerarquía y elitismo. Esta concepción es totalmente equivocada. El liderazgo es necesario por las desigualdades de conciencia y experiencia existentes dentro del partido revolucionario y de la clase trabajadora, y porque las ideas que imperan en la sociedad son las ideas de la clase dominante. El concepto marxista del liderazgo es diferente de la visión elitista y autoritaria que del liderazgo se tiene en nuestra sociedad. Liderazgo significa saber cómo combatir las ideas de la clase dominante que la mayoría de la gente acepta durante la mayor parte del tiempo. Significa también saber cómo actuar para cuestionar el poder de quienes mandan en la sociedad, organizando luchas particulares por objetivos puntuales en su entorno o una insurrección revolucionaria cuando fuera necesaria. Y para todo esto es clave que los activistas del partido impulsen a sus compañeros de trabajo y de estudio a luchar por sus derechos y sus intereses. Esto es liderazgo revolucionario.

Ejercer el liderazgo implica que todos los activistas del partido revolucionario luchen por sus ideas, estrategias y tácticas dentro del partido y dentro de la clase trabajadora, del movimiento obrero y los movimientos sociales. Los activistas del partido revolucionario deben estar mejor preparados que los demás para saber liderar los debates y las luchas que estallen. Esto no significa que siempre lo hagan o que siempre estén en lo correcto. A pesar de esto, y especialmente en tiempos de apogeo de las luchas, son los activistas que acumulan el entrenamiento y la experiencia del activismo cotidiano, los que más posibilidades tienen de hacer calar las ideas revolucionarias en su entorno. Pero estar en las luchas que estallan todos los días, es también la única manera en que las ideas, estrategias y tácticas revolucionarias pueden ser probadas en la práctica. Por otro lado, tanto en la clase trabajadora como en el partido revolucionario, el liderazgo debe existir en todos los niveles y planos de la actividad, y de aquí que sea poco imaginable un único liderazgo que siempre sepa qué es lo mejor en todos los momentos y terrenos.

Los auténticos líderes de la clase obrera no son infalibles sino que son capaces de reconocer y aprender de los errores. Quienes tienen el saber, la experiencia y la capacidad de liderar huelgas, campañas y protestas son la sección más consciente de la clase trabajadora y del partido revolucionario. Han aprendido a relacionarse con los demás trabajadores y estudiantes para llevar las luchas adelante, porque han cometido errores anteriormente y porque están constantemente enfrentándose a nuevas situaciones y a nuevos problemas. Cuanto más enraizado está el partido revolucionario en la clase trabajadora, más influye durante las luchas y más errores puede cometer. Pero es importante que el partido aprenda de los errores y no vuelva a cometerlos en el futuro. Es relativamente fácil permanecer con principios políticos muy puros cuando no se está en lucha alguna. Mucho más difícil es retener estos principios y convertirlos en acción cuando se participa en las luchas cotidianas. Hay que probar constantemente a través del debate y del trabajo práctico, que las políticas del partido son las mejores para conseguir la victoria.

Cómo el partido logra influencia

Uno de los grandes problemas que enfrentan los partidos revolucionarios es la cuestión de su tamaño e influencia. Normalmente son muy pequeños, aunque algunos pueden contar con varios miles de afiliados. Comparados con las dimensiones de la clase trabajadora local, o el electorado de los grandes partidos de izquierda, generalmente son insignificantes. No hay una manera sencilla de solucionar este problema. Si la lucha de clases es de baja intensidad durante años, entonces los partidos que se basan en principios revolucionarios y en la propia actividad de la clase trabajadora, serán pequeños. No obstante, el partido revolucionario debe intentar extender su afiliación, activismo e influencia también en períodos de reducida combatividad. Esto se hace participando en las pocas luchas que se den y debatiendo con aquellos que ya han empezado a cuestionar el sistema, aunque no exista una amplia radicalización social. Todo esto cambia en los períodos de alta intensidad en la lucha de clases, porque los trabajadores que hasta ese momento seguían a líderes y partidos reformistas, pueden ser ganados ahora para políticas revolucionarias.

Lo cierto, es que las ideas suelen cambiar con las luchas. Las huelgas de trabajadores en el sector industrial o en el sector servicios, las ocupaciones estudiantiles, las campañas pro referéndums o las ocupaciones de tierras para construir viviendas, llevan a mucha gente a mirar el mundo de manera diferente a como lo veían hasta haber participado de estas luchas. El accionar colectivo les hace abrir la cabeza a ideas que hasta ese momento habían descartado –como las que privilegian la solidaridad o las que fundamentan el socialismo revolucionario– y les brindan también la confianza necesaria para pensar que los cambios sociales son posibles y dependen de quienes están luchando. Esta es la razón por la que el crecimiento de los partidos revolucionarios coincide con los momentos de mayores luchas de la clase trabajadora, o con los períodos de mayor radicalización social. En estos períodos no solo crece el número de activistas en general, sino que también hay un cambio cualitativo, porque muchas son las personas que coinciden en la necesidad de romper con las viejas formas de hacer política y se comprometen con alternativas revolucionarias.

Las posibilidades de crecimiento de los partidos revolucionarios en períodos de alta o baja intensidad de la lucha de clases, siempre dependen de situaciones políticas particulares. Pero no es suficiente con esperar que las condiciones políticas sean favorables o a que nuevos trabajadores decidan unirse al partido de manera espontánea. Este debe salir al encuentro del resto de la clase en todos los lugares donde pueda hallarla, para hacerle llegar sus ideas a través de un periódico y de otros medios, al tiempo de compartir coaliciones políticas, sindicales y sociales con el mayor número de trabajadores y estudiantes que sea posible. Junto con esto, los activistas del partido revolucionario deben organizar o participar de campañas alrededor de cuestiones específicas –en apoyo de una fábrica ocupada, en defensa de la enseñaza pública, etc.– con el fin de trabajar formando frentes de unidad con todos aquellos activistas que integran otros partidos o no integran partido alguno, manteniendo siempre sus principios y la libertad para defender de manera pública sus políticas –buscando ganar el apoyo de la mayoría para las mismas.

Manteniendo la tradición marxista

Las razones de Lenin y los bolcheviques para crear un partido revolucionario, siguen vigentes hoy. El capitalismo funciona porque la mayoría de la gente carece de los medios necesarios para proveerse el sustento –tierras, escuelas, fábricas, hospitales, etc.– mientras una minoría los concentra. La única alternativa clara es el socialismo. Pero numerosos partidos identifican socialismo con propiedad estatal. Comienzan por equiparar capitalismo y propiedad privada, para luego asociarlos con las penurias actuales. Se concluye entonces que si las empresas fueran estatales, las cosas andarían mejor. La lucha de la clase trabajadora es vista como un instrumento para mantener estatales empresas que ya lo son, estatizar nuevas empresas o incluso el conjunto de la economía. Como la clase es considerada un medio para ciertos fines, si se presenta otro que parece ser más eficaz, se la sustituye –por acciones legislativas, ejércitos guerrilleros, etc. Pero el poder de los trabajadores se basa en ideas bien distintas. La única manera en que la clase trabajadora puede cambiar el mundo, es tomando control directo sobre la economía y la sociedad.

El sistema continúa siendo defendido por un aparato estatal que utiliza todos los medios para mantener seguro el poder que detenta la clase dominante. Sólo puede ser confrontado por una organización centralizada, basada en las luchas que se dan todos los días y que son base para implantar consejos de trabajadores mañana. El propio desarrollo del capitalismo lleva a los trabajadores a luchar en su contra. Esto se expresa de múltiples formas: desde una huelga puntual hasta una revuelta popular. En tiempos de crisis, estas luchas pueden transformarse en revoluciones. Quienes mandan intentan vencer utilizando la represión y la propaganda. Para derrotar a la clase dominante y su maquinaria estatal no alcanza con organizaciones sindicales, sociales y medios de comunicación alternativos. Es necesario un partido revolucionario que pueda plantear e impulsar la perspectiva del conjunto de la clase trabajadora, que busque sumar y unificar a los trabajadores y estudiantes más activos y con las ideas más claras, con el fin de liderar las luchas de todos, aunque no puede decidir lo que la clase debe hacer –el liderazgo no se impone, sino que se conquista.

Todos aquellos que se posicionan en contra de construir este tipo de partido porque piensan que el Estado es neutral, se equivocan gravemente. Todas las experiencias históricas muestran el peligro de esta manera de mirar las cosas, y cómo las pacíficas y moderadas reformas son respondidas con rapidez y violencia por quienes mandan en el capitalismo. La lección de lo ocurrido en Chile con Salvador Allende y su gobierno debe ser recordada por todos los militantes de izquierda. Apoyado por Estados Unidos, el ejército chileno dio en 1973 un golpe de estado contra el gobierno democrático de la Unidad Popular, acabando con la vida de miles de trabajadores, estudiantiles y activistas. Una vez tras otra Salvador Allende y la Unidad Popular fueron advertidos de la preparación del golpe de estado, pero hasta que los tanques no dispararon contra el Palacio de la Moneda, los dirigentes defendieron la idea de que el ejército era partidario de la Constitución y que no acabaría con una de las más antiguas democracias de Latinoamérica. El Estado capitalista no puede ser usado con mejores fines. Debe ser derribado y sustituido por un Estado obrero.

Construyendo el partido revolucionario

Necesitamos un partido integrado por todos aquellos trabajadores y estudiantes que estén de acuerdo con nuestras ideas, le brinden su respaldo y obedezcan sus decisiones. Necesitamos un partido que tenga un centro con funciones de dirección y activistas en medio y al frente de la lucha de clases. ¿Qué atributos debe tener ese partido para cumplir su función? Debe dividir el trabajo entre quienes lo integran para tener activistas en cada frente de lucha, al tiempo de mantener un aparato político central. Debe ser democrático y centralizado para integrar las experiencias de quienes lo formen, al tiempo de tener un centro que traduzca la estrategia en tácticas y en acciones. Debe tener un liderazgo con capacidades y habilidades de dirección, y activistas en condiciones de ejercer el liderazgo entre los trabajadores y los estudiantes de su entorno. ¿Cómo forjar esa dirección que nos permita triunfar en la lucha de clases? Estudiar, escribir, exponer y debatir, así como la experiencia de comprometerse en la difusión de su periódico, asambleas, marchas y huelgas son condiciones ineludibles.

Convertirnos en buenos revolucionarios depende de hacer el mayor esfuerzo y avanzar en todos estos terrenos. La organización debe proveer instancias permanentes de formación y discusión, y debe estimular a todos sus miembros a implicarse en las luchas cotidianas. No obstante, el resultado dependerá en gran parte de la iniciativa y del esfuerzo individual. Hay veces que el trabajo, el estudio y la familia hacen difícil la participación en reuniones y campañas, por lo que sólo el interés del activista por seguir informado, seguir en contacto, formarse en solitario e intervenir en su entorno es lo que hace la diferencia. Mientras el partido sea sólo un grupo, mucho dependerá de la iniciativa y del esfuerzo individual, siendo clave para la sobrevivencia de la organización la claridad de ideas, la confianza y el compromiso que muestre cada afiliado. El hecho de que en la etapa inicial ya sean visibles asimetrías en todos los planos, exige formalizar una firme dirección. Pero para lograr influencia verdadera en la clase trabajadora, el partido revolucionario necesita que todos sus miembros se vuelvan líderes.

Un partido revolucionario no sólo es vital en un momento de intensa lucha de clases. Es crucial para que los activistas que ya hoy se plantean derribar el capitalismo, puedan tener mayor impacto en las luchas de todos los días. Primero, porque mantiene la conexión entre las ideas revolucionarias, el movimiento obrero y los movimientos sociales. Segundo, porque une a los revolucionarios en campañas, lugares de trabajo, centros de estudio, barrios y ciudades para debatir ideas y actuar en común. Y tercero, porque el partido rompe en sí mismo con la ficticia división entre lucha económica, política y social dentro del capitalismo. Estas luchas aparecen con o sin partido revolucionario, pero la intervención consciente de este tipo de partido marca una gran diferencia. El accionar del partido revolucionario es clave para probar en la práctica ideas, estrategias, tácticas y moldear experimentados militantes. Nuestro colectivo está lejos aún de ser un partido. No obstante, desde aquí invitamos a todos aquellos que ven la necesidad de organizarse, resistir y derribar el capitalismo, a crear juntos una organización socialista revolucionaria como esta.

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Notas

Javier Carlés se desempeña al momento de la presente publicación como diseñador gráfico a nivel industrial, es Secretario de Organización del SAG (Sindicato de Artes Gráficas), integrante del PIT-CNT (Plenario Intersindical de Trabajadores – Convención Nacional de Trabajadores).

Este folleto fue editado por primera vez en Marzo de 2001, al mismo tiempo que nacía nuestro grupo. Como base tomamos el folleto que sobre el mismo tema había editado antes el grupo español de Socialismo Internacional, y lo adaptamos. En estos cuatro años han ocurrido muchas cosas y merecían ser mencionadas. Por otro lado, nuestras ideas fueron tomando cuerpo y estábamos en condiciones de hacer algo propio. No obstante, la herencia del folleto español redactado por Josep Garganté sigue presente. La estructura temática es la misma, e incluso numerosos fragmentos los hemos mantenido idénticos. Y es que no sabemos cómo formular de mejor manera dichos conceptos. Lo que ha cambiado, en parte refleja elaboraciones de nuestro grupo sobre la temática. En otros casos, refleja el interés por clarificar más las ideas o profundizar en ciertos aspectos de manera particular. Esperamos que quienes conocen la versión de Marzo de 2001 reciban con agrado la edición que realizamos este Diciembre de 2005. Por último, vaya nuestro reconocimiento a Josep Garganté, quien actualmente es un destacado activista sindical de la CGT del Estado español, en la empresa TMB del transporte público de Barcelona, donde es conductor de omnibuses.

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