Cómo funciona el marxismo

Existe un mito muy difundido: “el marxismo es complicado”. Este ha sido propagado por los enemigos del socialismo –Harold Wilson, dirigente laborista británico, se ufanaba de nunca haber ido más allá de la primera página de El Capital. Y es un mito que también ha sido respaldado por un tipo particular de académicos, que se dicen “marxistas”: ellos deliberadamente utilizan frases oscuras y expresiones místicas, con el fin de dar la impresión de que poseen un conocimiento especial, negado a otros. Por lo tanto nada hay de sorprendente, en que muchos socialistas que trabajan 48 horas semanales en fábricas, minas y escritorios, acaben concibiendo al marxismo como algo que nunca tendrán tiempo u oportunidad de entender. En realidad las ideas básicas del marxismo son particularmente simples. Ellas explican, como ningún otro conjunto de ideas consigue hacerlo, la sociedad en que vivimos.

CHRIS HARMAN (1979)

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Estas ideas posibilitan entender un mundo destrozado por las crisis, con pobreza en medio de tanta riqueza, con golpes de estado y dictaduras militares, en el que invenciones fantásticas llevan a millones al desempleo y la miseria, donde existen “democracias” que toleran la acción de torturadores y países “socialistas” que amenazaban a la población de otros países con misiles nucleares.

Pero aunque el marxismo no sea difícil, existen algunos problemas para el lector que toma contacto con los escritos de Marx por primera vez. Marx escribió hace más de 100 años. Utiliza el lenguaje de su tiempo, realiza referencias a personas y eventos entonces familiares para casi toda la gente, pero ahora conocidos solamente por historiadores especializados. Recuerdo mi perplejidad, cuando estando en la Facultad intenté leer su obra El 18 Brumario de Luis Bonaparte. No sabía que significaba Brumario, ni quien era Luis Bonaparte. ¡Cuántos habrán abandonado sus tentativas de aproximarse al marxismo, después de experiencias como esta!

Aquí se halla la justificación para este pequeño libro. Pretende brindar una introducción a las ideas marxistas, que haga más fácil a todos la comprensión de lo que Marx planteaba y entendía, y el desarrollo del marxismo de la mano de los aportes de Federico Engels, Rosa Luxemburg, Vladimir Lenin, León Trotsky y un grupo de pensadores menores.

Capítulo 1. Por qué necesitamos la teoría marxista

¿Por qué necesitamos una teoría? Sabemos que hay crisis. Sabemos que somos robados por nuestros patrones. Sabemos que esto nos indigna. Sabemos que necesitamos el socialismo. Todo lo demás es sólo para intelectuales. A menudo pueden escucharse palabras como estas venir de militantes sindicales y socialistas. Tal visión es promovida fuertemente por aquellos que están en contra del socialismo, quienes intentan dar la impresión de que el marxismo es una teoría oscura, complicada y aburrida.

Ellos dicen que las ideas socialistas son “abstractas”. Pueden parecer muy correctas en teoría, pero el sentido común nos dice absolutamente lo contrario. El problema con esos argumentos es que las personas que los defienden, tienen su propia “teoría” de las cosas, aunque se nieguen a reconocerlo. Si uno les pregunta sobre cualquier aspecto de la sociedad, ellas responderán con alguna generalización. Estos son algunos ejemplos:

“Las personas son naturalmente egoístas”.

“Cualquiera puede triunfar en la vida, si se esfuerza lo suficiente”.

“Si no hubieran ricos, no habría gente con dinero para proveernos de empleos”.

“Si pudiésemos educar a los trabajadores, la sociedad cambiaría”.

“Es la decadencia moral lo que ha llevado al país a este estado de cosas”.

Uno puede escuchar afirmaciones como estas en cualquier discusión en la calle, en un ómnibus o en un boliche. En todas y cada una de ellas está presente una visión sobre las razones de por qué la sociedad es como es, y sobre cómo las personas pueden mejorar sus condiciones de vida. Tales visiones, son “teorías” sobre la sociedad. Cuando las personas dicen que no tienen una teoría, lo que realmente quieren decir es que ellas no han clarificado sus concepciones.

Esto es particularmente peligroso para quienes estamos intentando cambiar la sociedad, puesto que los diarios, las radios y la televisión están llenando permanentemente nuestras mentes con explicaciones del caos en que se encuentra la sociedad. Esperan que aceptemos lo que ellos dicen sin pensar más en esos temas. Pero uno no puede luchar efectivamente para cambiar esta sociedad, si no aprende a reconocer lo que es falso en todos esos argumentos y explicaciones diferentes.

Esto tuvo demostración por primera vez hace 150 años. Entre las décadas de 1830 y 1840 el desarrollo de la industria en regiones como el noroeste de Inglaterra arrastró a cientos de miles de hombres, mujeres y niños a trabajos con pagas miserables. De hecho, fueron forzados a soportar condiciones de increíble pobreza. Ellos comenzaron a luchar contra esta realidad, creando las primeras organizaciones de masas de los trabajadores –los primeros sindicatos, y en Gran Bretaña el primer movimiento por derechos políticos para los trabajadores, el cartismo. Junto con esos movimientos surgieron los primeros pequeños grupos de personas dedicadas a la causa de la conquista del socialismo.

Inmediatamente surgió el problema sobre cómo podría el movimiento obrero alcanzar este objetivo. Algunas personas decían que por medios pacíficos sería posible convencer a quienes dominan la sociedad de cambiar las cosas. La “fuerza moral” de un movimiento pacífico de masas, aseguraría que fuesen concedidos beneficios a los trabajadores. Centenares de miles de personas se organizaron, movilizaron y trabajaron para construir un movimiento basado en esas concepciones –solamente para acabar derrotados y desmoralizados.

Otros reconocieron la necesidad de usar la “fuerza física”, pero concluyeron que esto solo podía ser realizado por pequeños grupos de conspiradores, aislados del resto de la sociedad. Esto también condujo a decenas de miles de trabajadores a luchas para acabar también derrotados y desmoralizados. Había otros además, que consideraban que los trabajadores podían alcanzar sus objetivos a través de la acción económica, sin confrontar al ejército y a la policía. También estos argumentos llevaron a acciones masivas. Durante 1842, en Inglaterra se realizó la primera huelga general de la historia, llevándose a cabo en las áreas industriales del norte, con decenas de miles de trabajadores parando por cuatro semanas, hasta ser forzados a retornar al trabajo fruto del hambre y las privaciones.

Fue al final de esta primer etapa de derrotas en las luchas obreras, en 1848, que un socialista alemán, Karl Marx, expuso el conjunto de sus ideas en un trabajo llamado El Manifiesto Comunista. Sus ideas no venían de la nada. Ellas intentaban proporcionar una base para responder a todas las interrogantes que habían sido levantadas por el movimiento obrero de su época. Las ideas que Marx desarrolló son relevantes todavía hoy. Es absurdo decir, como algunas personas hacen, que estas ideas están pasadas de moda porque fueron escritas 150 años atrás. De hecho, todas las nociones de la sociedad que Marx defendió, están todavía muy extendidas. Los cartistas discutían si “fuerza moral” o “fuerza física”, y los socialistas de hoy discuten si “vía parlamentaria” o “vía revolucionaria”. Entre aquellos que son revolucionarios la discusión entre posiciones contrarias o favorables al “terrorismo” está tan viva hoy como lo estaban en 1848.

Los idealistas

Marx no fue la primera persona en intentar describir lo que venía ocurriendo en la sociedad. En el tiempo en que él escribía, nuevas invenciones en las fábricas proporcionaban riquezas en una escala nunca soñada por las generaciones precedentes. Por primera vez parecía que la humanidad tenía los medios para defenderse contra las calamidades naturales que nos habían azotado en épocas anteriores.

Pero esto no significó ninguna mejora en la vida de la mayoría de las personas. Más bien todo lo contrario. Los hombres, las mujeres y los niños que trabajaban en las nuevas fábricas, llevaban una vida mucho peor que sus abuelos, que trabajaban en el campo. Sus salarios no daban para mantenerles por encima de la línea de pobreza, y las crisis periódicas de desempleo acababan por dejarlos bien por debajo de la misma. Vivían amontonados en tugurios miserables, sin condiciones sanitarias apropiadas, a merced de terribles epidemias. En vez de traer la felicidad y el bienestar general, el desarrollo de la civilización estaba dando origen a una miseria mucho mayor.

Esto no fue solo advertido por Marx, sino también por otros grandes pensadores del período –gente como los poetas ingleses Blake y Shelley, los franceses Fourier y Proudhon, y los filósofos alemanes Hegel y Feurbach. Estos últimos daban el nombre de “alienación” al estado de infelicidad en el cual se encontraba la humanidad –un término que todavía puede escucharse con frecuencia. Por alienación Hegel y Feuerbach entendían que los hombres y las mujeres continuamente se encontraban dominados y oprimidos por lo que ellos mismos habían hecho en el pasado. Por esta razón, decía Feuerbach, la gente desarrolló la idea de Dios –y se inclinaron ante ella, sintiéndose miserables por tener que vivir de acuerdo a aquello que ellos mismos habían creado. Cuanto más avanza la sociedad, más miserables y “alienadas” se volvían las personas.

En sus primeros escritos, Marx tomó la noción de “alienación” y la aplicó a aquellos que crean la riqueza de la sociedad.

“El trabajador se vuelve más pobre cuanto más produce, y cuanto más crece el poder y alcance de su producción… El aumento en el valor del mundo de las cosas ocurre en proporción directa con la desvalorización del mundo de los hombres… Los objetos que el trabajo produce se presentan ante el trabajador como algo ajeno a él, como un poder independiente al productor”…

En tiempo de Marx, las explicaciones más populares sobre lo que estaba mal en la sociedad, eran de naturaleza religiosa. La pobreza de la sociedad, decían, existía porque las personas no conseguían hacer lo que Dios quería que hiciesen. Si todos “renunciáramos al pecado”, las cosas serían mejores. Una visión similar y frecuentemente escuchada en estos días, niega cualquier carácter religioso. Ella afirma que “para cambiar la sociedad, necesitamos primero cambiar nosotros mismos”. Si las mujeres y los hombres se liberaran de su “egoísmo” y de su “materialismo” (y ocasionalmente de sus obsesiones) la sociedad se volvería automáticamente mejor. Una visión parecida a esta plantea no el cambio de todos los individuos, sino el de algunos individuos claves –aquellos que ejercen el poder en la sociedad. La idea es intentar que los ricos y poderosos “entren en razón”.

Uno de los primeros socialistas británicos, Robert Owen, comenzó intentando convencer a algunos empresarios para que fueran bondadosos con sus trabajadores. La misma idea todavía es dominante entre los líderes del Partido Laborista británico, incluida su ala izquierda. Y esto se nota cuando ellos juzgan los crímenes de las patronales como “errores”, como si un poco de convencimiento pudiera persuadir a los grandes empresarios de aflojar su presión sobre la sociedad.

Marx se refiere a todas estas visiones como “idealistas”. No porque él estuviera en contra de que la gente tuviera “ideales”, sino porque esas visiones consideran que las ideas existen aisladas de las condiciones en las cuales viven las personas. Las ideas de las personas están íntimamente ligadas al tipo de vida que ellas son capaces de vivir. Vamos a tomar al “egoísmo” como ejemplo. La actual sociedad capitalista estimula el egoísmo –incluso entre aquellas personas que intentan sacrificar sus propios intereses en beneficio de los demás. Un trabajador que intenta hacer lo mejor por sus hijos, o ayudar a sus padres a tener una vida mejor en la vejez, descubre que el único método para realizar esas cosas es luchar continuamente contra las demás personas –conseguir un empleo mejor, hacer más horas extras, ser el preferido del patrón, etc. En esta sociedad no nos podemos librar del “egoísmo” y de la “ambición” apenas cambiando la mentalidad de los individuos.

Es todavía mas ridículo hablar de cambiar la sociedad a través de cambiar las ideas de capitalistas y gobernantes. Supongamos que conseguimos conquistar a un gran empresario para las ideas socialistas y él deja de explotar a sus trabajadores. Este empresario simplemente perdería en la competencia con los empresarios rivales y quedaría fuera del negocio. Incluso para aquellos que gobiernan la sociedad lo que importa no son las ideas, sino la estructura sobre la cual se apoyan esas ideas.

Esto se lo puede decir de otra manera. Si las ideas son las que pueden cambian la sociedad, es importante saber de dónde vienen las ideas. Vivimos en un determinado tipo de sociedad. Las ideas divulgadas por los periódicos, la televisión, el sistema educativo y demás, defienden este tipo de sociedad. Entonces: ¿Cómo es que las personas pueden ser capaces de desarrollar ideas completamente nuevas y diferentes? Porque las experiencias de la vida cotidiana contradicen las ideas oficiales sobre nuestra sociedad. Por ejemplo, no podemos explicar que muchas menos personas sean religiosas hoy que hace 100 años, solamente porque sea grande la divulgación de las ideas ateas. Al contrario, es preciso explicar por qué las personas adoptan estas ideas de un modo que no lo hacían 100 años atrás.

De la misma manera, si quisiéramos explicar la capacidad de liderazgo de los “grandes hombres”, tenemos que explicar primero por qué las personas concuerdan en seguirlos. No alcanza decir, por ejemplo, que Napoleón o Lenin cambiaron la historia, sin explicar por qué millones de personas aceptaron hacer lo que ellos proponían. Al final, ellos no eran especialistas en hipnosis colectiva. Alguna cosa en cierto momento en la vida de la sociedad llevó a las personas a sentir que lo que ellos proponían parecía correcto. Sólo llegaremos a entender cómo las ideas cambian la historia, si comprendemos de dónde vienen las ideas y por qué las personas las aceptan. Esto significa intentar conocer, además de las ideas, las condiciones materiales de la sociedad en la cual ellas surgen. Por esto es que Marx insistía en que “no es la conciencia la que determina el ser social, sino el ser social el que determina la conciencia”.

Capítulo 2. Comprendiendo la historia

Las ideas por si mismas no pueden cambiar la sociedad. Esta fue una de las primeras conclusiones de Marx. Al igual que muchos pensadores antes que él, Marx insistía en que para entender la sociedad era preciso entender a los seres humanos como parte del mundo material. El comportamiento humano estaba determinado por fuerzas materiales igual que cualquier otro objeto natural. El estudio de la humanidad es parte del estudio científico del mundo natural. Los pensadores que defendían esta concepción eran llamados materialistas.

Marx consideraba el materialismo como un gran avance en relación a las variadas concepciones idealistas y religiosas de la historia. Significaba que se podía discutir científicamente sobre las condiciones del cambio social y este no dependía más de las súplicas a Dios y de un “cambio espiritual” en las personas. El reemplazo del idealismo por el materialismo era el reemplazo del misticismo por la ciencia. Pero no todas las explicaciones materialistas de la conducta humana son correctas. Así como ha habido teorías científicas equivocadas en biología, química o física, ha habido intentos fallidos de desarrollar teorías científicas de la sociedad. A continuación algunos ejemplos.

Una visión materialista muy difundida, no marxista, es aquella que considera a los seres humanos simples animales, que se comportan “naturalmente” de cierta forma. Del mismo modo en que la naturaleza del lobo sería la de matar y la de la oveja ser pacífica, la naturaleza del hombre sería la de ser agresivo, dominador, competitivo y ambicioso (así como las mujeres estarían destinadas a ser dóciles, sumisas, respetuosas y pasivas). Una reciente formulación de esta visión puede ser hallada en el libro de gran venta The Naked Ape [El Mono Desnudo]. Las conclusiones que son extraídas en el libro son invariablemente reaccionarias. Si los hombres son naturalmente agresivos, no tiene ningún sentido intentar mejorar la sociedad. Las cosas siempre van a llegar al mismo lugar. Las revoluciones “siempre fracasarán”.

Pero, la verdad, es que la “naturaleza humana” varía de sociedad a sociedad. Por ejemplo, la competencia, que es entendida como propia de nuestra sociedad, raramente existió en muchas de las antiguas sociedades. Cuando los científicos intentaron por primera vez aplicar tests para medir el coeficiente intelectual en los indios Sioux, descubrieron que ellos no conseguían comprender por qué no se podían ayudar unos a otros en las pruebas. En la sociedad en que ellos vivían se enfatizaba la cooperación, no la competencia. Lo mismo ocurre con la agresividad. Cuando los esquimales se encontraron por primera vez con los europeos, no tenían la menor idea de lo que era una “guerra”. La idea de un grupo de personas intentando aniquilar a otro grupo les parecía absurda. En nuestra sociedad se considera natural que los padres amen y protejan a sus hijos. En la ciudad de Esparta, en la Grecia antigua, se consideraba “natural” llevar a las criaturas a lo alto de las montañas y abandonarlas allí para medir su capacidad de resistir al frío.

Las teorías que defienden una “naturaleza humana inmutable” no pueden ofrecer una explicación de los grandes acontecimientos de la historia. Las pirámides de Egipto, las maravillas de la Grecia antigua, los imperios romano e incaico y la moderna ciudad industrial, son colocados al mismo nivel que los campesinos ignorantes que vivían en las chozas inmundas de la Edad Media. Todo lo que importa es un “mono desnudo” –no las grandiosas civilizaciones que el “mono” construyó. Siendo irrelevante que algunas formas de sociedad hayan sido capaces de alimentar a los “monos”, mientras otras dejan a millones morir de hambre.

Muchos aceptan una concepción materialista diferente, que enfatiza lo necesario de cambiar el comportamiento humano. Igual que los animales pueden ser entrenados para comportarse en forma diferente en un circo que en la jungla, el comportamiento humano también podría ser cambiado. Bastaría con que las personas adecuadas tomasen el control de la sociedad, para que la “naturaleza humana” fuese transformada. Esta visión es ciertamente un gran paso frente a la del “mono desnudo”. Pero falla al momento de explicar la transformación de la sociedad como un todo. Si todos están absolutamente condicionados en la sociedad de nuestros días: ¿cómo alguien podría colocarse por encima de los otros y poner en funcionamiento los mecanismos que condicionaran los cambios sociales? ¿Sería una especie de minoría escogida por Dios para ser inmune a las presiones que dominan a todos los demás? ¿Si todos somos animales en un circo, quién podría ser el domador de leones?

Aquellos que sustentan esta teoría terminan diciendo que la sociedad no puede cambiar (como en el “mono desnudo”) o creen que los cambios sólo podrían ser realizados desde fuera de la sociedad –por Dios, o los “grandes hombres”, o por el poder de las ideas individuales. Su “materialismo” nos lleva a una nueva versión del idealismo que entra por la puerta de atrás. Como señaló Marx, esta doctrina acaba necesariamente por dividir la sociedad en dos partes, una de las cuales sigue siendo superior a la otra. Esta concepción “materialista” es, en general, reaccionaria. Uno de los más conocidos partidarios de esta visión, es un psicólogo de derecha llamado Skinner. El propone condicionar a las personas para que se comporten de ciertos modos. Pero como él mismo es un producto de la sociedad capitalista norteamericana, su “condicionamiento” persigue simplemente que las personas se conformen con esa sociedad.

Otra visión materialista culpa a la “presión demográfica” de toda la miseria del mundo (es común que se llame malthusianismo a esta concepción, ya que fue Malthus, un economista inglés del siglo XVIII el primero en desarrollarla). Pero esta no puede explicar por qué en los Estados Unidos, por ejemplo, se queman cereales mientras que en la India muere gente de hambre. Ni puede explicar por qué 150 años atrás no había en EE.UU. alimentos suficientes para 10 millones de personas y hoy la producción es capaz de alimentar a 200 millones. Esta visión olvida que cada boca a ser alimentada es también la de un individuo más, capaz de trabajar para crear riquezas.

Marx denominaba a todas estas explicaciones como formas “mecanicistas” o “vulgares” del materialismo. Estas visiones olvidaban que siendo parte del mundo material, los seres humanos también son criaturas vivas y activas cuyas acciones lo transforman.

La interpretación materialista de la historia

“Los seres humanos se pueden diferenciar de los animales por la conciencia, la religión y cualquier otra cosa que queramos considerar. Pero, ellos solamente empiezan a diferenciarse de los animales en cuanto comienzan a producir sus propios medios de subsistencia –comida, vestimenta y viviendas”.

Con estas palabras, Marx quería enfatizar antes que nada lo que era distintivo de su explicación de cómo se desarrolla la sociedad. Los seres humanos son animales que descienden de los primates. Al igual que en los otros animales, su primera preocupación es la alimentación y la protección del clima. Pero el modo en que los demás animales satisfacen estas necesidades depende de su naturaleza biológicamente heredada. Un lobo se mantiene vivo cazando y matando a sus presas, de la forma en que sus instintos biológicos determinan. Su piel se mantiene caliente en las noches frías. Cría a sus cachorros de acuerdo a patrones de comportamiento heredados.

Pero la vida humana no está determinada de esta manera. Los hombres que vagaban por el planeta 30.000 y 100.000 mil años atrás vivían de un modo completamente diferente al nuestro. Lo hacían en cavernas o en agujeros en el suelo. No poseían recipientes para almacenar los alimentos o el agua, y para alimentarse dependían de la recolección de frutos o de derribar animales con piedras. Ellos no podían escribir, o contar más allá de los dedos de sus manos. No poseían ningún conocimiento de lo que ocurría más allá de las tierras que habitaban o de lo que sus antepasados habían realizado. Con todo, físicamente, el hombre de 100.000 años atrás era semejante al hombre moderno y el de 30.000 años atrás idéntico. Si bañáramos y afeitásemos al hombre de las cavernas, lo vistiéramos con un traje y lo llevásemos a caminar por una avenida céntrica, nadie lo consideraría extraño. Como el arqueólogo Gordon Childe dice:

“Los más antiguos esqueletos de nuestra especie pertenecen a las fases próximas de la última Edad de Hielo… Para el momento de los primeros registros geológicos del Homo Sapiens… la evolución física del hombre había llegado a un punto de estabilidad, aunque su progreso cultural estaba justo comenzado”.

El mismo punto de vista es defendido por otro arqueólogo, Leakey:

“La diferencia física entre los hombres de las culturas Auriñaciense y Magdaleniense (25.000 años atrás) y el hombre contemporáneo, es despreciable. Mientras que la diferencia cultural es inconmensurable”.

Lo que el arqueólogo llama “cultura” son aquellas cosas que los hombres y las mujeres aprenden y enseñan unos a otros. Por ejemplo, cómo fabricar ropas con lana y piel de animales, cómo hacer vasijas de barro, cómo hacer fuego, cómo construir casas y demás. Esta idea contrapone la cultura a aquellas cosas que los animales saben instintivamente.

Las vidas de los primeros humanos ya eran inmensamente diferentes a la vidas de los otros animales. Porque ellos eran capaces de usar las características físicas propias del ser humano –cerebro grande, miembros posteriores capaces de manipular objetos– para modificar el ambiente de modo de tornarlo conveniente a sus necesidades. Esto significaba que ellos podían adaptarse a una gran variedad de condiciones ambientales, sin cambiar en nada su estructura fisiológica. Los seres humanos ya no necesitaban luchar contra las condiciones naturales. Podían actuar sobre dichas condiciones para transformarlas en su beneficio.

Al principio ellos usaron piedras y palos para atacar a los animales salvajes, obtenían luz y calor a partir del fuego que surgía accidentalmente en la naturaleza, se cubrían con vegetación y pieles de animales. Transcurridas muchas decenas de miles de años, ellos aprendieron a hacer fuego por sí mismos, a dar forma a las piedras con otras piedras, a cultivar alimentos a partir de simientes que ellos mismos plantaban, a guardarlas en recipientes hechos de arcilla y a domesticar algunos animales. En tiempos relativamente recientes –hace apenas 5.000 años, al lado del medio millón de años de historia humana– los seres humanos aprendieron el secreto de transformar minerales metálicos en herramientas resistentes y armas eficaces.

Cada uno de estos avances tuvo un enorme impacto, no solo por hacer más fácil la alimentación y el vestuario de los seres humanos, sino también al transformar la propia organización de la vida humana. Desde el inicio la vida humana fue social. Solamente la unión de los esfuerzos de varios seres humanos les posibilitaba matar animales, recoger alimentos y mantener vivo el fuego. Tenían que cooperar. Esta cooperación continua también los llevó a que se comunicaran a través de la emisión de sonidos y al desarrollo de lenguajes. En el comienzo, los grupos eran simples. En ninguna parte existía una provisión natural suficiente para mantener a más de dos docenas de individuos. Todo el esfuerzo tenía que ser dirigido a las tareas básicas de conseguir alimento, lo que llevaba a que todos hiciesen el mismo trabajo y viviesen el mismo tipo de vida.

Sin medios para acumular alimentos, no podía haber propiedad privada o división entre clases sociales, y ni el saqueo ni el pillaje podían presentarse como motivos para la guerra. Hasta hace pocos años, todavía había centenares de sociedades en las más variadas partes del globo en el que este patrón social permanecía. Es el caso de algunos indígenas de América del Sur y del Norte, ciertos pueblos del África ecuatorial y del Pacífico, además de algunos aborígenes australianos. No es que estos pueblos fuesen menos inteligentes que nosotros o tuviesen una “mentalidad primitiva”. Los aborígenes de Australia, por ejemplo, aprendieron a reconocer literalmente millones de plantas y los hábitos de una gran diversidad de animales para poder sobrevivir. El profesor y antropólogo Firth lo describe de esta forma:

“Las tribus australianas… conocen los hábitos, características, zonas de procreación y migraciones estivales de todos los pájaros, peces y demás animales que son objeto de caza para su alimentación y vestuario. Conocen tanto las propiedades externas, como algunas menos obvias, de piedras, grasas, resinas, plantas, fibras y cáscaras; saben como hacer fuego, como utilizar el calor para aliviar el dolor, detener sangrados y retardar el deterioro de los alimentos frescos; saben también utilizar el fuego para endurecer algunas maderas y ablandar otras… Saben lo básico sobre las fases de la luna, el movimiento de los mares, los ciclos planetarios y las secuencias y duración de las estaciones, relacionan los cambios climáticos con sistemas de vientos, patrones anuales de unidades, temperaturas y flujos de crecimiento y presencia de las especies naturales”…

Además realizan un uso inteligente y económico de los subproductos de los animales muertos para alimentación; la carne del canguro es comida; los huesos de las piernas son utilizados para realizar herramientas como hechas de piedras o de madera; los tendones son utilizados para amarrar las puntas de piedra de las lanzas; las garras forman collares atados con fibras y ceras, la gordura combinada con ocre rojo es usado como cosmético, la sangre mezclada con carbón se transforma en un pigmento… Tienen algún conocimiento de los principios básicos de la mecánica y por eso trabajaban sus bumerangs una y otra vez hasta darles la curvatura correcta…

Son mucho más “capaces” que nosotros para lidiar con los problemas de la supervivencia en el desierto australiano. Lo que ellos no aprendieron fue a sembrar y cultivar su propio alimento –algo que nuestros ancestros aprendieron hace sólo unos 5.000 años, cuando ya habían vivido en el planeta un período 100 veces mayor. El desarrollo de nuevas técnicas para producir bienes –los medios necesarios para la continuidad de la vida humana– siempre hizo que nacieran nuevas formas de cooperación entre los seres humanos, nuevas relaciones sociales. Por ejemplo, luego de que las personas aprendieron a cultivar su propio alimento (sembrando la tierra y domesticando animales) y los almacenaron (en vasijas de barro) hubo una completa revolución en la vida social –llamada por los arqueólogos “la revolución neolítica”. Los seres humanos tenían que cooperar entre sí para limpiar la tierra, recoger el alimento, así como para cazar animales. Podían vivir juntos en grupos más numerosos que antes, podían guardar comida e iniciar la práctica de intercambiar bienes con otros asentamientos humanos.

Las primeras ciudades se desarrollaron. Por primera vez había posibilidades de que algunas personas vivieran sin dedicarse únicamente a la producción de alimentos: algunos se especializaron en la fabricación de vasijas, otros al trabajo de la piedra y más tarde a la producción de herramientas y armas, otros desempeñaron tareas administrativas elementales para el grupo como un todo. Pero lo malo fue que el excedente de comida ofreció un motivo para la guerra. Al comienzo, la gente había comenzado a descubrir nuevas maneras de relacionarse con el mundo que los rodeaba, o de someter a la naturaleza a sus necesidades. Pero en el proceso, sin querer habían transformado la sociedad en que vivían y con ella sus propias vidas. Marx describió este proceso del siguiente modo: el desarrollo de las “fuerzas productivas” transformó las “relaciones de producción” y, a través de ellas, la sociedad. Existen buenos ejemplos más recientes…

Hace mas de 300 años la gran mayoría de la población de Gran Bretaña vivía en el campo, cultivando alimentos con técnicas que eran las mismas desde hacía siglos. Su horizonte intelectual estaba delimitado por la aldea en la que vivían y sus ideas estaban muy influenciadas por la iglesia local. La gran mayoría no tenía necesidad de la lectura o la escritura, y nunca aprendieron a utilizarlas. Entonces, 200 años atrás, la industria comenzó a desarrollarse. Decenas de miles de personas fueron llevadas a las fábricas. Sus vidas sufrieron una transformación completa. Ahora vivían en grandes ciudades, no en pequeñas aldeas. Precisaban aprender habilidades nunca imaginadas por sus ancestros, incluyendo la capacidad de leer y escribir. La llegada del ferrocarril y la navegación a vapor volvieron posible viajar a gran parte del planeta. Las viejas ideas martilladas en sus cabezas por sus padres ya no tenían sentido frente a todo eso. La revolución material en la producción fue también una revolución en el modo en que ellos vivían y en las ideas en que creían.

Cambios parecidos están aún hoy afectando a un gran número de personas. Basta con observar como los habitantes de las aldeas de Bangladesh o de Turquía acuden a las fábricas de Alemania y de Inglaterra en busca de empleo. Y como, muchos de ellos descubren que sus antiguas costumbres y actitudes religiosas ya no son adecuadas. Basta observar como en los pasados 50 años la mayoría de las mujeres se han acostumbrado a trabajar fuera del hogar y como esto les ha llevado a desafiar la vieja concepción de que ellas eran prácticamente propiedad de sus maridos. Los cambios en el modo en que los seres humanos trabajan colectivamente para producir sus alimentos, vestimentas y viviendas propicia cambios en el modo en que la sociedad se organiza y en el comportamiento de las personas al interior de ella.

Este es el secreto del cambio social –en la historia– que los pensadores anteriores a Marx (y muchos después de él), idealistas y materialistas mecanicistas, no pudieron comprender. Los idealistas entendían que los cambios ocurrían –pero decían que debían ser enviados por el cielo. Los materialistas mecanicistas entendían que los seres humanos eran condicionados por el mundo material, pero no veían cómo los seres humanos pudiesen algún día llegar a transformarse. Lo que Marx vio fue que los seres humanos efectivamente estaban condicionados por el mundo que les rodea, pero también que ellos reaccionan ante su medio, trabajando sobre él para hacerlo más habitable. Pero al hacerlo ellos transforman a su vez las condiciones en las cuales viven y por ende a ellos mismos.

La clave para entender el cambio social reside en la comprensión de cómo los seres humanos hacen frente a los problemas de cultivar su alimento, construir sus viviendas y proveerse de vestimenta. Este fue el punto de partida de Marx. Pero esto no significa que los marxistas crean que los avances de la tecnología automáticamente produzcan una sociedad mejor, o que las invenciones lleven necesariamente a los cambios sociales. Marx desaprobaba esta concepción (algunas veces conocida como determinismo tecnológico). Repetidas veces en la historia, las personas han rechazado ideas que hubieran permitido aumentar la producción de alimentos, viviendas o vestimentas porque estas chocaban con las conductas o formas de sociedad existentes.

Por ejemplo, en el Imperio Romano aparecieron muchas ideas sobre cómo incrementar la cosecha en una limitada extensión de tierra, pero las personas no las adoptaron porque requerían una dedicación al trabajo que no podía ser obtenida de los esclavos que cumplían su labor bajo el miedo al látigo. Cuando Gran Bretaña dominó a Irlanda en el siglo XVIII, intentó impedir el desarrollo de la industria local porque chocaba con los intereses de los empresarios de Londres. Si alguien encuentra el método para resolver el problema del hambre en la India matando a las vacas sagradas o abasteciendo a cada habitante de Gran Bretaña con suculentos bifes surgidos del procesamiento de carne de ratón, sería ignorado debido a los preconceptos establecidos.

El desarrollo de la producción desafía los viejos preconceptos y los antiguos hábitos de organización social, pero no los derrota automáticamente. Muchos seres humanos luchan para evitar el cambio –y aquellos que quieren introducir nuevos métodos de producción deben luchar para cambiar las cosas. Si los que se oponen vencen, las nuevas formas de producción no pueden ser puestas en funcionamiento y la producción puede quedar estancada o retroceder. Utilizando la terminología marxista diríamos que: cuando las “fuerzas productivas” se desarrollan, ellas chocan con las “relaciones sociales” preexistentes y con las ideas que surgen en el marco de las viejas fuerzas productivas. Es así que las personas que se identifican con las nuevas fuerzas productivas pueden ganar este enfrentamiento o pueden hacerlo aquellas identificadas con el viejo sistema. En el primer caso, la sociedad se mueve hacia delante, en el último, esta permanece paralizada o incluso retrocede.

Capítulo 3. Lucha de clases

Vivimos en una sociedad dividida en clases, en donde algunas personas poseen grandes cantidades de riquezas y la mayoría de nosotros no posee prácticamente nada. Naturalmente, tendemos a dar por sentado que las cosas siempre fueron así. Pero de hecho, durante gran parte de la historia humana no existieron las clases, la propiedad privada, la policía ni el ejército. Esta fue la situación durante medio millón de años de desarrollo hasta hace unos 5.000 o 10.000 años. Como no era posible que una persona con su trabajo produjera más alimento que el necesario para mantenerse en condiciones de trabajar, no podía haber división en clases. ¿Que motivo podía haber para tener esclavos si todo lo que producían sería utilizado para mantenerlos vivos?

Pero pasado cierto punto, el avance de la producción hizo que la división en clases fuera posible y necesaria. Podía producirse suficiente alimento para que quedara un excedente, luego de que los productores inmediatos tomaran lo necesario para sobrevivir. Y comenzaron a existir los medios que permitían almacenar alimentos y transportarlos de un lugar a otro. Las personas que con su trabajo producían todo el alimento, podían simplemente comer el que les quedaba excedente. Como vivían en condiciones de extrema pobreza estaban fuertemente tentados a hacerlo. Pero los dejaría desprotegidos contra los desastres naturales, tales como hambrunas o inundaciones del año siguiente, y contra ataques de tribus hambrientas venidas desde otras áreas.

En un primer momento era una gran ventaja para todos el que un grupo especial de personas tomase a su cuenta la riqueza excedente, almacenándola en prevención contra futuros desastres, usándola para apoyar a los artesanos, construyendo medios de defensa, utilizando una parte para intercambiar con otros pueblos distantes a cambio de objetos útiles. Estas actividades comenzaron a ser llevadas a cabo en las primeras ciudades, donde los administradores, mercaderes y artesanos vivían. A partir de marcas hechas en tablas para registrar diferentes tipos de productos, la escritura se empezó a desarrollar.

Tales fueron los primeros pasos vacilantes de lo que nosotros llamamos “civilización”. Pero –y este pero es más que importante– todo esto estuvo basado en un creciente control de la riqueza por parte de una pequeña minoría de la población. Y esa minoría usaba la riqueza para su propio bien, así como en beneficio del resto de la sociedad como un todo. Cuanto más se desarrollaba la producción, más riquezas se concentraban en las manos de esta minoría –y más de la misma era retirada al resto de la sociedad. Las “reglas” que al principio eran un medio para mejorar la vida social, se transformaron en “leyes”, donde se insistía en que las riquezas que la tierra producía eran “propiedad privada” de una minoría. Una clase dominante comenzó a surgir –así como las leyes que defendían su poder.

Podemos preguntarnos si tal vez hubiera sido posible que la sociedad se hubiese desarrollado de otra manera, de modo que aquellos que trabajaban la tierra hubiesen podido controlar su producción. La respuesta es, no. Y no por causa de la “naturaleza humana”, sino porque la sociedad era todavía muy pobre. La mayoría de la población del planeta estaba ocupada escarbando el suelo en busca de su subsistencia, como para dedicar tiempo a desarrollar la escritura y la lectura, para crear obras de arte, para construir navíos, determinar el curso de las estrellas, descubrir los rudimentos de las matemáticas, para saber cómo actuar cuando los ríos se desbordaban o cómo podían ser construidos canales de riego. Estas cosas podían darse solamente porque algunos medios de vida fueron retirados a la población y usados para mantener a una minoría privilegiada que no tenía que trabajar de sol a sol.

Pero esto no significa que existiese una división en clases como la de hoy en día. En los últimos 100 años se ha visto un desarrollo jamás soñado en la historia previa de la humanidad. La escasez natural ha sido vencida –lo que existe ahora es una escasez artificial, creada por los gobiernos con la destrucción de alimentos almacenados. La sociedad de clases de hoy está retrasando a la humanidad, impidiéndole avanzar. No fue solamente aquel cambio inicial que transformó a las sociedades puramente agrícolas en sociedades urbanas, el que provocó, necesariamente, las nuevas divisiones de clases. El mismo proceso se repitió cada vez que se desarrollaban nuevas formas de producción.

Así, en Gran Bretaña, mil años atrás, la clase dominante estaba formada por señores feudales que controlaban la tierra y vivían del trabajo de los siervos. Cuando el comercio comenzó a desarrollarse a gran escala, surgió junto con ellos una nueva clase privilegiada, la de los ricos comerciantes. Cuando la industria empezó a desarrollarse en una escala respetable, su poder, a su vez, fue cuestionado por los propietarios de las industrias. En cada etapa de desarrollo de la sociedad hubo una clase oprimida, cuyo trabajo generó la riqueza, y una clase dominante que controló esa riqueza. Pero al desarrollarse la sociedad tanto los oprimidos como los opresores sufrían cambios.

En la sociedad esclavista de la Roma antigua, los esclavos eran propiedad personal de la clase dominante. Al propietario de esclavos pertenecían los bienes producidos por sus esclavos, fruto de que ellos eran de su propiedad. Exactamente de la misma forma en que a él le pertenecía la leche producida por las vacas de que era dueño. En la sociedad feudal de la Edad Media, los siervos poseían su propia tierra y poseían aquello que era producido en ellas. Pero para mantener esa tierra, ellos tenían que trabajar un cierto número de días por año en las pertenecientes al señor feudal. Su tiempo estaba dividido –tal vez la mitad del mismo era dedicado al trabajo en las tierras del señor y la otra mitad en sus propias tierras. Si ellos se negaban a trabajar para el señor, él tenía derecho de castigarlos (con golpes, prisión o cosas peores). En la moderna sociedad capitalista, el patrón no posee físicamente a sus trabajadores, ni tiene derecho a castigar a un empleado que se niegue a trabajar gratis para él. Pero el patrón posee la empresa donde el trabajador tiene que conseguir empleo para seguir viviendo. Y es por esto que es muy fácil para él obligar al trabajador a producir a cambio de un salario, cuyo monto sea mucho menor al de los bienes producidos por él en la fábrica.

En cada caso la clase opresora toma el control de toda la riqueza una vez que las necesidades más elementales de los trabajadores han sido cubiertas. El propietario de esclavos quería mantener su propiedad en buenas condiciones. Por eso alimentaba a sus esclavos de igual forma en que nosotros le ponemos combustible al auto. Pero todo lo que excediera las necesidades físicas del esclavo, su propietario lo usaba en su propio beneficio. El siervo feudal tiene que alimentarse y vestirse con lo producido en su propio pedazo de tierra. Todo el trabajo extra que pone en las tierras del señor beneficia a este último. El trabajador moderno tiene un trabajo remunerado. Pero toda la riqueza que él crea queda en manos de la clase dominante como ganancia, intereses o rentas.

La lucha de clases y el Estado

Los trabajadores raramente han aceptado su destino sin resistencia. Hubieron revueltas de esclavos en Egipto y Roma antiguos, levantamientos de campesinos en la China imperial, guerras civiles entre ricos y pobres en las ciudades de la Grecia antigua, en Roma, y en la Europa renacentista. Por eso es que Karl Marx inició su Manifiesto Comunista, insistiendo en que “la historia de todas las sociedades hasta ahora ha sido la historia de la lucha de clases”. El desarrollo de la civilización ha dependido de la explotación de una clase por otra y por lo tanto de la lucha entre ellas.

Por más poderoso que fuese un faraón egipcio, un emperador romano o un señor medieval, por más suntuosas que fueran sus vidas, magníficos sus palacios, ellos siempre necesitaron asegurarse la apropiación de los productos cultivados por los campesinos y los esclavos más humildes. Solamente podían hacer esto si junto con la división de clases también se desarrollaba algo más: el control sobre los medios de violencia en su favor y el de sus aliados. En las primeras sociedades no había ejército, policía o aparato gubernamental al margen de la mayoría de la población. Así mismo hasta hace 50 o 60 años atrás era posible encontrar, por ejemplo, en algunas regiones de África, sociedades en las cuales la situación era la misma. Muchas de las tareas que cumple el Estado en nuestra sociedad eran realizadas informalmente por la población en general o por asambleas de representantes. Tales asambleas juzgaban a cualquier persona cuya conducta fuese considerada una desobediencia a alguna ley social importante. La penalización podía ser aplicada por toda la comunidad –por ejemplo, forzando a los infractores a dejarla. Todos coincidían en la necesidad de penalizar la infracción, no haciendo falta una fuerza policial independiente. Si una guerra daba comienzo, todos los hombres jóvenes tomaban parte bajo el liderazgo de las personas escogidas para la tarea, sin la necesidad de una estructura militar especializada.

Pero cuando se tiene una sociedad en que una minoría controla gran parte de la riqueza, estas maneras de mantener la “ley y el orden” y una organización militar como la mencionada, dejan de funcionar. Cualquier asamblea de representantes o banda de jóvenes armados se dividiría conforme a los intereses de clase. El grupo privilegiado solamente puede sobrevivir si comienza a monopolizar en sus manos la implementación de castigos, las leyes, la organización militar y la producción de armas. Por eso, la separación en clases sociales fue acompañada por el surgimiento de jueces, policías, personal de inteligencia, generales, burócratas –a quienes la clase privilegiada ofreció parte de la riqueza de la cual se apropia, a cambio de la protección de su dominio.

Aquellos que sirven en las filas de ese Estado fueron entrenados para obedecer sin vacilar las órdenes de sus “superiores” y romper todos los lazos sociales normales con las masas explotadas. El Estado se desarrolló como una máquina asesina en manos de la clase privilegiada. Y es una máquina extremadamente eficaz. Por supuesto, los generales que controlan esta máquina frecuentemente derrocan a determinado rey o emperador e intentan colocarse a si mismos en el poder. La clase dominante, habiendo armado al monstruo, muchas veces no consiguen controlarlo. Pero como la riqueza necesaria para mantener la maquina asesina funcionando viene de la explotación de las masas trabajadoras, cada revuelta de estas es seguida por la continuidad de la sociedad bajo los viejos esquemas.

A lo largo de la historia las personas que realmente quisieron cambiar la sociedad para mejor se encontraron enfrentados no sólo a una clase privilegiada, sino también a una máquina armada, un Estado, que sirve a los intereses de esta clase. Las clases dominantes, junto a sacerdotes, generales, policías y los sistemas legales que los sustentan, surgieron en primer lugar porque sin ellos la civilización no se hubiera podido desarrollar. Pero una vez que se establecieron en el poder, pasó a ser interés suyo el que la civilización no se desarrollara. Su poder radica en la habilidad para forzar a aquellos que trabajan, a entregarles la riqueza que producen. Están alertas a todo nuevo sistema de producción que sea más eficiente, pues temen que el control se les escape de las manos. Temen cualquier cosa que lleve a las masas explotadas a desarrollar iniciativa e independencia. Y temen también el surgimiento de nuevos grupos privilegiados con riqueza suficiente para asumir el costo de sus propias armas y ejércitos. A partir de cierto punto, en vez de ayudar al desarrollo de la producción, ellos comienzan a impedirlo.

Por ejemplo, en el Imperio Chino, el poder de la clase dominante se apoyaba en la propiedad de la tierra y el control de los canales y diques que eran necesarios para la irrigación y freno de las inundaciones. Este control fue la base para una civilización que se extendió por cerca de 2.000 años. Pero al final del período la producción no estaba mucho más avanzada que a su comienzo –a pesar del floreciente arte chino, el descubrimiento de la pólvora y de la imprenta, todo esto en una época en que Europa estaba sumergida la Edad Oscura  de comienzos de la Edad Media. El motivo fueron las nuevas formas de producción que comenzaron a desarrollarse en las ciudades, a través de la iniciativa de comerciantes y artesanos. La clase dominante le temía al crecimiento del poder de los grupos que no estaban completamente bajo su control. Por esto, periódicamente las autoridades imperiales tomaban duras medidas para enlentecer la creciente economía de las ciudades, disminuyendo la producción y destruyendo el poder de las nuevas clases sociales.

El crecimiento de las nuevas fuerzas productivas –de los nuevos medios de producir riquezas– chocaron con los intereses de la vieja clase dominante. Y se desarrolló una lucha cuyo resultado determinó el futuro de toda la sociedad. Algunas veces el resultado, como en China, fue que las nuevas formas de producción fueron sumergidas y la sociedad permaneció estancada por largos períodos de tiempo. Otras veces, como en el Imperio Romano, la ineptitud de las nuevas formas de producción determinaron que no hubiera creación de riquezas suficiente para mantener a la sociedad sobre sus viejas bases. La civilización entró en colapso, las ciudades fueron destruidas y las personas volvieron a vivir en sociedades agrícolas. Y otras veces una nueva clase, basada en nuevas formas de producción, fue capaz de organizarse, debilitar y  derrumbar a la vieja clase dominante, junto con su sistema legal, sus ejércitos, ideología y religión. De este modo, la sociedad pudo avanzar.

En cada caso, la sociedad avanzaba o retrocedía dependiendo de quien venciera en la guerra entre las clases. Y como en cualquier guerra, la victoria no estaba garantizada de antemano, dependía de la organización, unidad y liderazgo de las clases en lucha.

Capitulo 4. ¿Cómo se inició el capitalismo?

Uno de los argumentos más absurdos que pueden escucharse, es que las cosas no hubieran podido ser diferentes de lo que hoy son. Pero, las cosas ya fueron diferentes. Y no hay que ir muy lejos para descubrirlo. En Gran Bretaña por ejemplo, la realidad era diferente hace no mucho tiempo. Apenas 250 años atrás las personas nos hubieran considerado locos, si les describiésemos el mundo en que hoy vivimos, con grandes fábricas, aviones, misiones espaciales. Incluso las vías férreas estaban lejos de su imaginación. Porque ellos vivían en una sociedad que era fundamentalmente rural, en la cual la mayoría de las personas nunca se había alejado a más de 15 kilómetros de su aldea, y en la cual el ritmo de vida por miles de años, estuvo determinado por el cambio de las estaciones. Pero hace 700 u 800 años ya comenzaba un desarrollo que iría a transformar toda la sociedad. Grupos de artesanos y negociantes empezaron a establecerse en las ciudades, no prestando sus servicios a cambio de nada como sí lo hacía el resto de la población, sino intercambiando sus productos con varios señores y siervos a cambio de alimentos. Cada vez más se comenzó a utilizar el metal como medida de cambio. Fue un gran paso ver en cada operación de intercambio una oportunidad para conseguir un poco del precioso metal del cual obtener alguna ganancia.

Al comienzo las ciudades sólo podían sobrevivir al contraponer un señor feudal contra otro. Pero a medida que las habilidades de sus artesanos se fueron perfeccionando, más riquezas producían y mayor poder de influencia obtenían. Los “burgueses” comenzaron a surgir como clase social al interior de la sociedad feudal de la Edad Media. Pero ellos obtenían su riqueza de un modo diferente a como lo hacían los señores feudales que dominaban la sociedad. Un señor feudal vivía directamente de la producción agrícola que era capaz de obligar a sus siervos a producir en sus tierras. Este usaba su poder personal para forzarles sin necesidad de pagarles. Diferente a las clases ricas de las ciudades que vivían de la manufactura de bienes no agrícolas. Ellos les pagaban a los trabajadores para que produjesen para ellos, por día o por semana.

Estos trabajadores, frecuentemente siervos escapados, eran “libres” de ir y venir –desde el momento en que terminaban el trabajo por el cual se les había pagado. Lo “único” que los llevaba a trabajar era el hecho de que morirían de hambre si no encontraban a alguien que los empleara. Los ricos se hacían aún más ricos porque para no morirse de hambre, los trabajadores libres aceptaban menos dinero del valor de los bienes que ellos producían con su trabajo. Volveremos a este punto más tarde. Ahora lo que nos interesa es que la burguesía y los señores feudales obtenían sus riquezas de diferentes fuentes. Esto los llevaba a querer organizar la sociedad de diferentes formas.

La sociedad ideal de los señores feudales era una sociedad en la cual ellos tuviesen el poder absoluto sobre sus tierras, sin restricciones en la ley escrita, sin intromisión de cualquier ente externo, teniendo a sus siervos imposibilitados de escapar. Ellos querían las cosas tal como eran en los tiempos de sus padres y de sus abuelos, con todos aceptando la situación social existente al momento de venir al mundo. La recién enriquecida burguesía necesariamente veía las cosas de forma diferente. Quería restringir el poder individual con que los señores feudales y los reyes interferían en el comercio o robaban las riquezas que producían. Soñaban conseguirlo a través de un cuerpo estable de leyes, que serían escritas y refrendadas por sus propios representantes electos. Querían liberar a los pobres de la servidumbre para que pudiesen trabajar (y aumentar las ganancias de los burgueses) en las ciudades. En cuanto a ellos mismos, sus padres y sus abuelos ya habían estado bajo el yugo de los señores feudales y ciertamente no querían que eso continuase.

En una palabra, ellos querían revolucionar la sociedad. Sus desacuerdos con el viejo orden no eran solamente económicos sino también políticos e ideológicos. Y desacuerdo ideológico significa principalmente desacuerdo religioso, en una sociedad analfabeta en donde la principal fuente de las ideas generales sobre la sociedad eran el resultado de la predicación de la Iglesia. Debido a que la Iglesia medieval era dominada por obispos y abades que también eran señores feudales, ellos propagaban visiones en favor del feudalismo, atacando como “pecaminosas” muchas de las prácticas de la burguesía urbana. Por esto en Alemania, Holanda, Gran Bretaña y Francia en los siglos XVI y XVII sectores de la burguesía organizaron su propia religión, el protestantismo –una religión que predicaba el ahorro, la sobriedad, el trabajo duro (¡principalmente de los trabajadores!) y la independencia de la congregación de los obispos y abades. Estos sectores de la burguesía crearon un Dios a su imagen, en oposición al Dios de la Edad Media.

Hoy cuentan en la escuela y en la televisión que hubieron grandes guerras religiosas y civiles que estuvieron motivadas por diferencias religiosas, como si los hombres fuesen lo suficientemente locos para luchar y morir por las razones esgrimidas para ellas –el papel de la sangre y del cuerpo de Cristo en la Sagrada Familia. Mucho más estaba en juego –el choque entre dos formas completamente diferentes de sociedad, basadas en diferentes formas de organizar la producción de riquezas. En Gran Bretaña, la burguesía venció. Tan horrible como debe parecerle a nuestra  actual clase dominante, sus ancestros consolidaron su poder cortando cabezas coronadas, justificando el acto con palabras de los profetas del Antiguo Testamento. Pero en otros lugares el primer round fue para el feudalismo. En Francia y Alemania la burguesía protestante revolucionaria fue liquidada después de terribles guerras civiles  (aunque una versión feudal del protestantismo sobrevivió como religión en el norte de Alemania). La burguesía tuvo que esperar más de dos siglos hasta alcanzar su triunfo en el segundo round, que comenzaría esta vez sin ropaje religioso, en París en el año 1789.

Explotación y plusvalía

En las sociedades esclavista y feudal las clases superiores tenían que tener control legal sobre la masa trabajadora de la población. De otro modo, aquellos que trabajaban para el señor feudal o el propietario de esclavos huían, dejando a la clase privilegiada sin nadie que trabajara para ella. Pero el capitalista, generalmente, no precisa controles legales sobre la persona física del trabajador. No necesita poseerlo, porque sabe que el trabajador al negarse a trabajar para él morirá de hambre. En lugar de poseer al trabajador, el capitalista puede prosperar porque posee y controla las fuentes de supervivencia del trabajador –las máquinas y las fábricas.

Las necesidades materiales de la vida son producidas por el trabajo del ser humano. Pero este trabajo es casi inútil sin herramientas para cultivar la tierra y procesar materias primas. Las herramientas pueden variar enormemente –de simples implementos agrícolas como arados y asadas hasta complicadas máquinas en las modernas fábricas. Pero sin herramientas ni el más habilidoso trabajador es capaz de producir las cosas necesarias para sobrevivir. El desarrollo de esas herramientas –llamadas por nosotros “medios de producción”– separan al ser humano moderno de sus distantes ancestros de la Edad de Piedra. El capitalismo está basado en la propiedad de esos medios de producción por parte de unas pocas personas. En la Gran Bretaña de hoy, por ejemplo, un 1% de la población controla el 84% del capital y de las acciones de la industria. En sus manos está concentrado el control efectivo sobre la gran mayoría de los medios de producción –máquinas, fábricas, campos petroleros y las mejores tierras de cultivo. La masa de la población solamente puede sobrevivir si el capitalista le permite trabajar con dichos medios de producción. Esto le da a los capitalistas un poder inmenso para explotar el trabajo de las demás personas, aunque a los ojos de la ley “todos los hombres sean iguales”.

Se necesitaron algunos siglos para que los capitalistas monopolizaran el control sobre los medios de producción. En Gran Bretaña, por ejemplo, los parlamentos de los siglos XVII y XVIII tuvieron que aprobar una sucesión de Leyes de Alambramiento de los campos que separaron a los campesinos de sus medios de producción, o sea de la tierra que ellos habían cultivado por siglos. Ella se volvió propiedad de una parte de la clase capitalista y la gran mayoría de la población rural fue forzada a vender su trabajo para los capitalistas o morirse de hambre. Una vez alcanzado el monopolio de los medios de producción, el capitalismo pudo permitir que la mayoría de la población disfrutase, como los capitalistas, de una aparente libertad e igualdad de derechos políticos. Ya que, por mas “libres” que fuesen, los trabajadores aún tenían que trabajar para vivir. Los economistas favorables al capitalismo tienen una explicación simple sobre lo ocurrido entonces. Ellos dicen que al pagar salarios, el capitalista compra el trabajo del empleado. Y debe pagar un precio justo por él. Caso contrario, el trabajador iría a emplearse con otra persona. El capitalista paga un “salario justo” al trabajador, por lo tanto el trabajador debe dar un “día de trabajo justo” al patrón.

¿Cómo entonces, podemos explicar las ganancias? Las ganancias, afirman, son una “recompensa” para el capitalista por el “sacrificio” que ha hecho para poner en actividad los medios de producción (capital). Es un argumento que difícilmente convence a ningún trabajador que piense esto dos veces. Tomemos una empresa que anuncia una “tasa de ganancias neta” de 10% al año. Estarían afirmando que si el costo de toda su maquinaria, instalaciones y todo lo que posee es de 100 millones de libras, le sobran 10 millones después de pagar salarios, la materia prima y el costo de reposición de la maquinaria desgastada en un año. No es preciso ser un genio para ver que después de 10 años, esa empresa totalizará una ganancia de 100 millones– o sea, el monto integral de la inversión original.

Si es el “sacrificio” el que está siendo recompensado, entonces seguramente después de 10 años toda ganancia debería cesar. Pues entonces los capitalistas ya habrían recibido el equivalente a lo que invirtieron al inicio. Entretanto, la verdad es que el capitalista se hizo dos veces más rico que antes. Se quedó con la inversión inicial más la ganancia acumulada. Mientras tanto el trabajador sacrificó gran parte de la energía de su vida trabajando 8 o más horas por día, 48 semanas por año, en una empresa. ¿Estará dos veces mejor al final de ese tiempo que al inicio? Puedes apostar tu ropa a que no. Aunque él ahorrase todo el dinero que pudiese, no podría ser capaz de comprar mucho más que un televisor color, un sistema de calefacción barato o un automóvil de segunda mano. Nunca será capaz de juntar dinero suficiente para comprar la empresa donde trabaja. El “justo día de trabajo por un justo jornal” multiplicó el capital del capitalista, mientras dejaba al trabajador sin capital y sin más opción que ir a trabajar apenas por ese jornal. La “igualdad de derechos” entre capitalistas y trabajadores ha incrementado la desigualdad.

Uno de los mayores descubrimientos de Marx fue la explicación de esa aparente anomalía. No existe mecanismo que obligue al capitalista a pagar a sus trabajadores el valor integral del trabajo que realizan. Un trabajador empleado hoy (1979), por ejemplo en la industria, puede crear 400 libras de productos por semana. Pero esto no significa que él o ella reciban esa suma. En 99 casos de 100 ellos recibirán mucho menos. La alternativa de los trabajadores, es trabajar o morir de hambre (o como máximo vivir algunos meses con un miserable subsidio de desempleo). Por ello los trabajadores no reivindican el valor integral de lo que producen, apenas lo suficiente para tener un nivel de vida aceptable. El trabajador recibe apenas lo suficiente para reponer diariamente todas fuerzas y capacidades de trabajo a disposición del capitalista.

Desde el punto de vista de los capitalistas, si los trabajadores están recibiendo lo suficiente para mantenerse trabajando y criar a sus hijos, quienes serán la nueva generación de trabajadores, están entonces recibiendo un salario justo por su fuerza de trabajo. Pero el total del valor necesario para mantener a los trabajadores en condiciones de trabajar, es considerablemente menor que la cantidad de riqueza que ellos producen –el valor de la fuerza de su trabajo es considerablemente menor que el valor creado por su trabajo. A la diferencia que va a parar a los bolsillos de los capitalistas, Marx la llamó “plusvalía”.

La autoexpansión del capital

Si leemos los escritos de los apologistas del actual sistema, vamos a notar que ellos comparten una extraña creencia: el dinero tiene una extraña propiedad mágica. Puede crecer como una planta o un animal. Cuando un capitalista coloca dinero en un banco, su expectativa es de que crezca. Cuando ellos invierten en acciones de Unilever, por ejemplo, esperan ser recompensados al año con generosos retornos en dinero, en forma de beneficios. Marx notó eso y llamó a este fenómeno “autoexpansión del capital”, en relación a lo cual elaboró una explicación.

Como vimos anteriormente, su explicación comienza no con el dinero, sino con el trabajo y los medios de producción. En la sociedad actual, aquellos que poseen riqueza suficiente pueden comprar el control de los medios de producción. Pueden entonces obligar a cada uno de aquellos que no tengan ese poder, a vender la fuerza de trabajo necesaria para hacer funcionar los medios de producción. El secreto de la “autoexpansión del capital”, de la milagrosa capacidad del dinero de crecer y multiplicarse para quien ya posee grandes cantidades de él, reside en la compra-venta de esta fuerza de trabajo.

Tomemos como ejemplo un trabajador, a quien daremos el nombre de Jack. El consigue un empleo con un empresario, Sir Browning Browne. El trabajo que Jack puede hacer en 8 horas diarias creará un volumen adicional de valor –tal vez de unas 48 libras. Pero Jack está dispuesto a vender su trabajo por mucho menos que eso, ya que su alternativa es el seguro de desempleo. Hay parlamentarios favorables al capitalismo que afirman que con 12 libras diarias un trabajador y su familia pueden subsistir, y pagar un seguro de desempleo mayor a esa cifra implicaría “destruir el incentivo para trabajar”. Si Jack quiere ganar más de 12 libras diarias, tendrá que vender su habilidad para trabajar, su fuerza de trabajo, aunque le ofrezcan mucho menos que las 48 libras que él puede crear en sus 8 horas de trabajo. Podrá trabajar, quizás, por 28 libras diarias. La diferencia diaria de 20 libras irá al bolsillo de Sir Browning. Esta, es la plusvalía de Sir Browning.

Porque tuvo riqueza suficiente para comprar el control de los medios de producción en primera instancia, Sir Browning Browne puede asegurar enriquecerse en 20 libras al día por cada trabajador que emplea. Su dinero sigue creciendo, su capital se expande, no por causa de alguna ley natural, sino debido al hecho de que su control sobre los medios de producción le permite comprar el trabajo ajeno a bajo precio. Por supuesto que Sir Browning no guarda necesariamente la totalidad de estas 20 libras para si mismo. El puede alquilar instalaciones fabriles o tierras. Puede haber pedido dinero prestado a los otros miembros de la clase dominante para iniciar su negocio y ellos van a exigir una parte de su plusvalía. Tal vez, ellos exijan 10 libras como pago, dejando a Sir Browning apenas las restantes 10 libras de beneficios.

Aquellos que viven de rentas probablemente nunca han visto a Jack en su vida. Sin embargo, no fue el poder místico del dinero lo que les proveyó de ingresos, sino el muy físico sudor de Jack. Los dividendos, los intereses, los beneficios, todos ellos provienen de la plusvalía. ¿Qué es lo que determina cuánto consigue Jack por su fuerza de trabajo? Su empleador va a intentar pagarle lo menos posible. Pero en la práctica existen límites, debajo de los cuales los salarios no pueden llegar. Algunos de esos límites son físicos
–no es recomendable pagar salarios tan miserables como para que los trabajadores estén desnutridos e incapacitados de poner esfuerzo en el trabajo. Ellos también tienen que ser capaces de viajar hacia y desde el trabajo, y tener algún lugar para descansar en la noche, para no caer de sueño sobre las máquinas. Desde este punto de vista, vale la pena incluso pagar por aquello que los trabajadores consideran “pequeños lujos” –como unos tragos a la noche, un televisor, y ocasionalmente unas vacaciones. Todo esto da al trabajador nuevo ánimo para trabajar mejor. Sirve también para que el trabajador “reabastezca” su fuerza de trabajo. Y un hecho importante es que donde los salarios son mantenidos muy bajos, la productividad también cae.

El capitalista tiene que preocuparse por otra cosa también. Su empresa va a estar en actividad por muchos años. Mucho tiempo después de que sus actuales trabajadores ya estén muertos. Su empresa va a precisar de los hijos de estos trabajadores, por lo que tiene que pagarles lo suficiente como para que los críen. También tienen que asegurar que el Estado provea a través del sistema de educación, ciertas habilidades a esos niños (como leer y escribir). En la práctica, una cosa más es importante –aquello que el trabajador considera como un “salario decente”. Un trabajador que recibe un salario más bajo del que podría percibir puede ser negligente con sus responsabilidades laborales, importándole poco perder su empleo ya que este le parece “inútil”. Todos esos elementos determinantes del salario tienen una cosa en común. Todos intentan asegurar que el salario sea suficiente para mantener viva la fuerza de trabajo, para que el capitalista la compre por hora. Los trabajadores reciben una paga para mantenerse ellos y sus familias, vivos y aptos para trabajar.

En la actual sociedad capitalista, un aspecto más debe ser destacado. Grandes cantidades de dinero son gastadas en cosas como fuerzas policiales y armamentos. Tales instrumentos son utilizados por el Estado en defensa de los intereses de la clase capitalista. De hecho, ellos pertenecen a la clase capitalista, aunque sean dirigidos por el Estado. El valor que es gastado en ellos pertenece a los capitalistas, no a los trabajadores. Esto también es parte del plusvalor.

Plusvalor = beneficio + renta + intereses + gastos en policía, ejército y demás.

Capitulo 5. La teoría del valor-trabajo

“Pero maquinaria y capital producen tanto bienes como trabajo. Si este es el caso, es una cuestión de justicia que el capital, así como el trabajo, reciban su parte de la riqueza producida. Cada “factor de producción” tiene que tener su recompensa”.

De esta forma respondería al análisis marxista de la explotación y la plusvalía, alguien que hubiese aprendido un poco de economía favorable al capitalismo. Y a primera vista, esta objeción parece tener algún sentido. Pues ciertamente no se puede producir bienes sin capital.

Los marxistas nunca argumentamos que fuera posible. Pero nuestro punto de partida es bien diferente. Comenzamos por preguntar en primer lugar: ¿de dónde viene el capital? ¿cómo surgieron los medios de producción? La respuesta no es difícil de hallar. Todo lo que el hombre utilizó en su historia para crear riquezas –desde un hacha neolítica a la más moderna computadora– fue producido por el trabajo humano. La misma hacha fue producida con otras herramientas, que a su vez eran producto de un trabajo previo. Es por eso que Marx acostumbraba denominar a los medios de producción como “trabajo muerto”. Cuando los hombres de negocios exaltan el capital que poseen, en realidad están resaltando el hecho de que ellos controlan el enorme manantial de trabajo de las generaciones precedentes. Y eso no significa que sea el trabajo de sus ancestros, quienes no trabajaron más de lo que ellos lo hacen ahora.

La noción de que el trabajo es la fuente de la riqueza –comúnmente llamada “teoría del valor-trabajo”– no fue descubierta originariamente por Marx. Todos los grandes economistas favorables al capitalismo del tiempo de Marx aceptaban esa teoría. Esos hombres, como el economista escocés Adam Smith o el inglés David Ricardo, produjeron sus teorías cuando el sistema capitalista industrial todavía era muy joven –pocos años antes y después de la Revolución Francesa. Los capitalistas todavía no dominaban la sociedad y necesitaban conocer la verdadera fuente de su riqueza si querían llegar al poder. Smith y Ricardo sirvieron a sus intereses afirmando que el trabajo creaba la riqueza, y que para aumentar sus riquezas ellos tenían que “liberar” el trabajo del control de las antiguas clases dominantes precapitalistas. Pero no se demoró mucho para que los pensadores cercanos a la clase trabajadora volvieran ese argumento contra los amigos de Smith y Ricardo: si el trabajo crea riquezas, entonces el trabajo crea el capital. Y los “derechos del capital” no son más que los derechos del trabajo usurpados. Pronto los economistas que apoyaban al capital, comenzaron a afirmar que la teoría del valor-trabajo no pasaba de ser un montón de ideas sin sentido. Pero cuando la verdad es echada por la puerta de adelante, ella acostumbra volver por la puerta trasera.

Enciende la radio. Escúchala algún tiempo y oirás a algún experto diciendo que el problema de la economía es que las “personas no trabajan suficientemente duro” o, de otro modo, que “la productividad es muy baja”. Olvidemos por un momento si el argumento es correcto o no. En lugar de esto, echémosle un vistazo. Ellos nunca dicen “las máquinas no trabajan suficientemente duro”. No. Son siempre las personas, los trabajadores. Afirman que si los trabajadores se esforzasen más, mayor sería la riqueza creada, y eso posibilitaría más inversión en nuevas máquinas. Las personas que usan este argumento pueden no saberlo, pero están afirmando que más trabajo crea más capital. El trabajo es la fuente de la riqueza.

Digamos que tengo un billete de 5 libras en mi bolsillo. ¿Cuál es su utilidad para mí? Después de todo no pasa de ser un pedazo de papel impreso. Su valor para mi reside en el hecho de que puedo conseguir, a cambio de él, algo útil, que fue hecho gracias al trabajo de otra persona. El billete, en verdad, no es más que una representación de los productos de ese trabajo. Dos billetes representan los productos de dos veces ese trabajo, y así sucesivamente. Cuando medimos la riqueza estamos midiendo el trabajo que fue realizado para crear esa riqueza.

Obviamente, no todos producen la misma cantidad de trabajo en el mismo período de tiempo. Si yo decidiera, por ejemplo, hacer una mesa, me llevaría cinco o seis veces más tiempo que a un carpintero experimentado. Pero nadie en sus sana conciencia consideraría a la mesa que yo hice cinco o seis veces más valiosa que la mesa realizada por el carpintero experimentado. Sería preciso evaluar mi trabajo de acuerdo a la cantidad de trabajo necesario para que un carpintero la haga y no de acuerdo a la cantidad de trabajo realizado. O sea, si a un carpintero le llevase una hora realizar la mesa, el valor de la mesa será considerado como el equivalente a una hora de trabajo. Este sería el tiempo necesario para hacer una mesa, tomando en cuenta el nivel general de técnica y habilidad existentes actualmente en la sociedad.

Por esa razón, Marx insistía en que la medida del valor de cualquier cosa no es simplemente el tiempo que le lleva a un individuo hacerlo, sino el tiempo de trabajo que un individuo emplearía dentro del nivel medio de tecnología y habilidad –él llamaba a ese nivel medio de trabajo“el tiempo de trabajo socialmente necesario”. Este punto es importante porque el capitalismo siempre está avanzando tecnológicamente, lo que quiere decir que cada vez se necesita menos y menos trabajo para producir cada mercancía. Por ejemplo, cuando se acostumbraba fabricar radios utilizando válvulas térmicas, esos productos eran muy caros, porque había gran cantidad de trabajo en la fabricación de las válvulas, para conectarlas y todo lo demás. Entonces fue inventado el transistor, que podía ser confeccionado y conectado con mucho menos trabajo. De repente, todos los trabajadores de las fábricas de radios que aún utilizaban válvulas descubrieron que el precio de lo que ellos producían estaba desfasado. Porque el precio de las radios ya no estaba más determinado por el tiempo trabajo necesario para fabricar válvulas, sino por el tiempo necesario para fabricar transistores.

Un último punto. Los precios de algunos bienes fluctúan de forma desenfrenada –de un día a otro o de una semana a otra. Estos cambios pueden ser causa de muchas otras cosas, además de los cambios en la cantidad de trabajo necesario para producirlos. Cuando una helada en Brasil arrasó todos los cultivos de café, el precio del café se disparó porque esto provocó una escasez mundial y las personas terminaron pagando más por ese producto. Si mañana alguna catástrofe natural destruye todos los televisores, no hay duda de que los precios de los aparatos de televisión se van a disparar de la misma forma. Lo que los economistas llaman  “la oferta y la demanda” causa constantemente estas fluctuaciones en los precios.

Por esta razón, muchos economistas favorables al capitalismo dicen que la teoría del valor-trabajo no tiene sentido. Afirman que solamente importa la ley de la oferta y la demanda. Pero esto sí que carece de sentido. Porque este argumento olvida que cuando alguna cosa fluctúa, fluctúa generalmente alrededor de un nivel medio. El mar avanza y retrocede debido a las mareas, pero eso no significa que no podamos localizar un punto en torno al cual se mueve, al cual llamamos “nivel del mar”. De la misma forma, el hecho de que los precios suban y bajen diariamente, no significa que no existan valores fijos en torno a los cuales fluctúan. Por ejemplo, si todos los aparatos de televisión fuesen destruidos, los primeros en aparecer serían muy buscados y alcanzarían precios elevadísimos. Pero no se demoraría mucho para que más aparatos llegasen al mercado, compitiendo unos con otros hasta que los precios fuesen forzados a bajar, hasta llegar cerca de su valor en términos del tiempo de trabajo necesario para producirlos.

Competencia y acumulación

Hubo un tiempo en que el capitalismo parecía ser un sistema dinámico y progresista. Durante la mayor parte de la historia humana, las vidas de la mayoría de los hombres y las mujeres fueron dominadas por el trabajo pesado y la explotación. El capitalismo industrial no cambió esto cuando apareció en los siglos XVIII y XIX. Pero parecía haberle dado al trabajo pesado y a la explotación un propósito útil. En vez de gastar grandes cantidades de riqueza en lujos para unos pocos aristócratas parasitarios o en la construcción de imponentes tumbas para los monarcas muertos, o en absurdas guerras para conquistar un pedazo de tierra para el hijo de algún emperador, usó la riqueza para construir los medios de crear más riquezas. El surgimiento del capitalismo fue un período de crecimiento de las industrias, ciudades, medios de transporte, en una escala nunca soñada por la historia humana anterior.

Puede parecer extraño hoy, pero lugares como las antiguas ciudades industriales de comienzos del capitalismo, eran sitios en donde se operaban milagros. La humanidad nunca había visto antes tanto algodón e hilados transformados tan rápidamente en vestimenta para vestir a millones. Esto no ocurrió porque los capitalistas tuviesen alguna virtud especial. Ellos eran siempre, más bien, personas avaras, obsesionadas por colocar sus manos sobre la mayor cantidad de riqueza posible, pagando el más bajo precio posible por el trabajo que utilizaban. Muchas clases dominantes anteriores habían sido como ellos en este aspecto, sin haber levantado industrias. Pero los capitalistas fueron diferentes en dos aspectos importantes.

El primero con el que hemos tratado es el hecho de que ellos no poseían sus propios trabajadores, pero pagaban a los trabajadores por hora por su habilidad en el trabajo, por su fuerza de trabajo. Eran esclavos asalariados, ya no solamente esclavos. El segundo aspecto es que ellos no consumían los bienes producidos por sus trabajadores. El señor feudal vivía directamente de la carne, el pan, el queso y el vino producido por sus siervos. Pero el capitalista vivía de la venta a otras personas de los bienes producidos por los trabajadores. Esto daba al capitalista individual menos libertad para hacer lo que quería, que la que tenían los señores feudales y los propietarios de esclavos. Para vender las mercancías, el capitalista tenía que producirlas lo más barato posible. El capitalista poseía la fábrica y era todopoderoso dentro de ella. Pero no podía usar este poder de cualquier forma. El también tenía que inclinarse ante la necesidad de competir con otras fábricas.

Volvamos a nuestro capitalista favorito, Sir Browning Browne. Consideremos que una cierta cantidad de tela de algodón lleva 10 hs. del tiempo de un trabajador de su fábrica para ser producida, pero en otra fábrica esa misma cantidad lleva apenas 5 hs. Sir Browning Browne no podría fijar el precio de su mercancía por su equivalente a 10 hs. de trabajo. Nadie en su sano juicio pagaría ese precio si puede pagar más barato por la tela unas cuadras más adelante. Cualquier capitalista que quisiera sobrevivir en el negocio tenía que asegurarse que sus empleados trabajasen tan rápido como fuera posible. Pero esto no era todo. El también tenía que prever que sus empleados trabajen con la maquinaria más moderna, de modo que su trabajo produjera tanta cantidad de bienes en una hora como los empleados que trabajan para otros capitalistas. El capitalista que quisiera permanecer en el negocio, tenía que asegurarse de poseer cada vez mayor cantidad de medios de producción –o como Marx dice: ¡acumular capital!

La competencia entre capitalistas produjo un poder, el sistema de mercado, que tenía a todos y cada uno bajo su control. Obligaba a todos a acelerar el proceso productivo todo el tiempo e invertir todo lo que pudieran en nuevas máquinas. Y solamente podían darse el lujo de gastar en nuevas máquinas (y obviamente, en llevar su lujosa vida)  si mantenían los salarios de sus trabajadores lo más bajo posible. En su mayor obra, El Capital, Marx escribe que el capitalista es un tacaño, obsesionado en juntar más y más riquezas. Pero,

“lo que en el avaro es mera idiosincrasia es, en el capitalista, el efecto de un mecanismo social en el cual no pasa de ser uno de los engranajes… El desarrollo de la producción capitalista vuelve necesario el permanente crecimiento del total del capital colocado en un determinado emprendimiento y la competencia hace que las leyes inmanentes del capital sean percibidas por cada capitalista como leyes coercitivas externas. Eso los obliga a mantener a su capital creciendo constantemente para preservarlo. Pero ellos solo pueden hacer esto a través de una acumulación progresiva”.

“¡Acumula, acumula! ¡Dicen Moisés y otros profetas!”

La producción no se desarrolla para satisfacer las necesidades humanas –incluso las necesidades humanas de la clase capitalista– sino para posibilitar al capitalista sobrevivir en la competencia con otros capitalistas. Los trabajadores que son empleados por el patrón, descubren que sus vidas son dominadas por la necesidad de sus empleadores de acumular más rápidamente que sus rivales. Como dice Marx en el Manifiesto Comunista:

“En la sociedad burguesa el trabajo vivo no pasa de ser un medio para acumular trabajo muerto… El capital es independiente y tiene su individualidad, las personas son dependientes y no tienen individualidad”.

La tendencia compulsiva de los capitalistas a la acumulación en la competencia, fue el gran empuje de la industria en los primeros años del sistema. Pero otra cosa también resultó de esto: repetidas crisis económicas. Las crisis económicas no son nuevas, son tan viejas como el propio sistema.

Capitulo 6. Las crisis económicas

“Acumulación de riqueza por un lado y de pobreza por el otro”.

Es así como Marx resume la principal tendencia del capitalismo. Cada capitalista le teme a la competencia de otro capitalista, y es por esto que hacen que sus empleados trabajen lo más duro posible, pagando los salarios más bajos que puedan arrancarles. El resultado es una desproporción entre el enorme crecimiento de los medios de producción por un lado, y el limitado crecimiento de los salarios y del número de trabajadores empleados por el otro. Esta, insistía Marx, es la causa básica de las crisis económicas. El modo más fácil de entender esto es preguntarnos: ¿quién compra la siempre creciente cantidad de mercancías? Los bajos salarios que tienen los trabajadores les impiden comprar los bienes que ellos mismos producen. El capitalista no puede elevar los salarios porque esto iría en contra de sus ganancias que son la fuerza impulsora del sistema.

Pero si las empresas no pueden vender los bienes que producen, ellas tienen que cerrar sus puertas y despedir trabajadores. El monto de los salarios, entonces, cae aún más, y más empresas no consiguen vender sus mercancías. Una “crisis de superproducción” se instala, con mercancías acumuladas por toda la economía, que las personas no serán capaces de adquirir. Este ha sido un aspecto recurrente en la sociedad capitalista en los últimos 160 años. Pero cualquier apologista atinado del sistema, podría llamar la atención sobre un medio fácil de salir de esta crisis. Todo lo que los capitalistas deberían hacer sería invertir sus beneficios en nuevas fábricas y máquinas. Esto ofrecería empleo a los trabajadores, que podrían entonces ser capaces de comprar los bienes invendibles. Esto significa que contando con que se realicen nuevas inversiones, todas las mercancías podrían ser vendidas y el sistema podría ofrecer empleos para todos.

Marx no era necio y reconocía este hecho. Ciertamente, como vimos, él sabía que la presión de la competencia que obligaba a los capitalistas a invertir, era central para el sistema. Pero, él se preguntaba: ¿esto significa que los capitalistas invertirían todos sus beneficios, todo el tiempo? Los capitalistas sólo invertirían si considerasen que existe la garantía de una ganancia “razonable”. Si ellos no creen que pueda lograrse tal ganancia, no arriesgarán su dinero en inversiones. Lo pondrán en el banco y lo dejarán allí.

Que el capitalista invierta o no, dependerá de cómo evalúe la situación económica. Cuando parece favorable, todos los capitalistas se precipitarán a invertir al mismo tiempo, abalanzándose unos sobre otros buscando sitios de construcción, comprando máquinas, escarbando el suelo en busca de materias primas, pagando de sobra la mano de obra calificada. Esto es llamado por lo general el boom. Pero la frenética competencia por la tierra, la materia prima y la mano de obra calificada hace subir los precios de estas cosas. Y se llega repentinamente a un punto donde algunas empresas descubren que sus costos se han elevado tanto que todas sus ganancias han desaparecido.

El boom de inversiones repentinas da lugar a una caída de las inversiones. Una depresión. Nadie más quiere nuevas fábricas –los trabajadores de la construcción pierden sus empleos. Nadie quiere nuevas máquinas –las industrias de maquinaria entran en crisis. Nadie quiere el acero y el hierro que están siendo producidos –la industria del acero comienza de repente a producir por “debajo de su capacidad” y “deja de brindar ganancias”. Quiebres y cierres se desparraman de industria en industria, destruyendo empleos –y con ellos la capacidad de los trabajadores de comprar bienes de otras industrias. La historia del capitalismo es la historia de esas periódicas caídas y depresiones, y de la demencial situación de los trabajadores desempleados muriendo de hambre al lado de fábricas vacías, mientras los stocks de mercancías “indeseadas” se pudren. El capitalismo crea periódicamente crisis de superproducción, porque no existe una planificación que impida las corridas y fugas simultaneas de los capitales invertidos en la producción.

Las personas acostumbraban pensar que el Estado podía detener esto. A través de su intervención en la economía, aumentando la inversión gubernamental cuando la inversión privada estuviese baja y reduciéndola cuando el capital privado volviese a invertir, el Estado mantendría la producción en un nivel estable. Pero hoy en día las inversiones estatales también son parte de la locura general. Veamos el ejemplo de la British Steel. Algunos años atrás, cuando la empresa todavía era pública, los metalúrgicos fueron notificados de que sus empleos serían eliminados, para abrir camino a modernos hornos automáticos que producirían más acero a menores costos. Hoy les dicen que todavía más trabajadores deben perder sus empleos –Gran Bretaña no fue el único país en embarcarse en estos planes de inversiones masivas. Francia, Alemania, Estados Unidos, Brasil, Alemania, Surcorea, todos hicieron lo mismo. Hay ahora un excedente mundial de acero –una crisis de superproducción. La inversión estatal está siendo recortada.

Los metalúrgicos, por supuesto, sufren en las dos etapas. Cuando las inversiones crecen y cuando las suspenden. Este es el precio que la humanidad paga por un sistema económico en que la producción de enormes riquezas es controlada por un pequeño grupo privilegiado, interesado solamente en las ganancias. No importa si esos pequeños grupos privilegiados poseen directamente las empresas o las controlan indirectamente a través de su poder sobre el Estado (como es el caso de British Steel). Si ellos usan su control para competir unos con otros, sea a escala nacional o global, siempre son los trabajadores los que sufren. La mayor locura del sistema es el hecho de que las “crisis de superproducción” no ocurren de forma alguna fruto a la superproducción. Todo el excedente de acero, por ejemplo, podría haber ayudado a resolver el hambre mundial. Campesinos de todo el mundo tienen que arar la tierra con arados de madera –arados de acero hubieran ayudado a aumentar la producción mundial de alimentos. Pero los campesinos no tienen dinero, entonces el sistema capitalista no se interesa –no hay manera de obtener beneficios de esa forma.

¿Por qué las crisis tienden a empeorar?

Las crisis no ocurren con una regularidad monótona. Marx también previó que se volverían peores a medida que pasara el tiempo. Aunque las cosas acontecieran de forma uniforme, sin convulsiones ni sobresaltos, esto no detendría la tendencia general rumbo a las crisis. Y esto porque la competencia entre capitalistas (y entre las naciones capitalistas) los obliga a invertir en equipamientos que ahorran mano de obra.

Actualmente en Gran Bretaña casi todas las nuevas inversiones son diseñadas para recortar el número de trabajadores. Es por esto que hay menos trabajadores hoy en la industria británica que 10 años atrás, aunque la producción se haya incrementado en ese período. Solamente a través de una “producción racionalizada”, del “aumento de la productividad” y de la disminución de la mano de obra, un capitalista puede hacerse de un pedazo más grande de la torta. Pero el resultado para el sistema como un todo es desastroso. Pues esto determina que el número de trabajadores no crezca a la misma velocidad que las inversiones. Aun así la fuente del beneficio es la labor de los trabajadores, el combustible que mantiene funcionando al sistema. Si hicieran más y más inversiones, sin el correspondiente aumento de la fuente de ganancias, estarían rumbo al colapso –esto es tan cierto como si quisiéramos mover un gran auto con la misma cantidad de gasolina utilizada para mantener un autito pequeño funcionando.

Es por esto que Marx argumentaba 100 años atrás que es el éxito mismo del capitalismo en acumular grandes inversiones en nuevos equipamientos, lo que produce la tendencia decreciente de la tasa de ganancias, cuya mayor consecuencia es el empeoramiento de las crisis. Este argumento puede ser trasladado muy simplemente al capitalismo de hoy día. Al revés del viejo dicho sobre los “malos tiempos” que dieron lugar a los “buenos tiempos”, de la depresión transformándose en expansión, lo que nosotros presenciamos es una recesión sin final. Cualquier relanzamiento de la producción se transforma en desempleo, es de alcance limitado y de corta duración. Los apologistas del sistema dicen que esto ocurre porque no se realizan inversiones suficientes. Sin inversiones nuevas no se crean nuevos empleos y no hay dinero nuevo para comprar nuevas mercancías. Hasta ahí podemos coincidir en lo que ocurre –sólo que no podemos acordar con la explicación que le dan al hecho.

Ellos culpan a los salarios. Están muy altos, dicen ellos, limitando las ganancias hasta el hueso. Los capitalistas están recelosos de invertir porque no conseguirán un “retorno suficiente”. Pero las crisis se presentaron también en épocas en que las políticas salariales recortaban el nivel de vida de los trabajadores y garantizaban beneficios elevados a los patrones. En los años 1975-1978 presenciamos los mayores recortes salariales que los trabajadores hayan sufrido en este siglo, volviéndose los ricos más ricos todavía –el 10% más rico aumentó su participación en la riqueza nacional del 57,8% en 1974 al 60% en 1976. Y así mismo no había inversión suficiente para detener la crisis –y esto ocurría no solamente en Gran Bretaña, sino también en otros países donde los salarios fueron reducidos, como en Francia, Japón y Alemania. Sería mejor oír lo que Marx decía 100 años atrás, que brindar oídos a los actuales apologistas del capitalismo.

Marx previó que en la medida en que el capitalismo envejeciese, sus crisis empeorarían, ya que su fuente de beneficios, la mano de obra, de ninguna forma conseguiría crecer con la misma rapidez que las inversiones necesarias para colocar esa mano de obra a trabajar. Marx escribió en una época en que el valor de una fábrica y de la maquinaria necesaria para lograr poner en actividad el trabajo era muy baja. Desde entonces, este costo se disparó y hoy (1979) puede llegar a 20.000 o 30.000 libras. La competencia entre las empresas capitalistas los forzó a usar maquinarias cada vez más caras y mayores. Llegándose al punto en que, en la mayoría de las industrias las nuevas maquinarias son garantía de menos trabajadores empleados.

La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) ha previsto que el desempleo en las mayores economías del mundo decaería […] sólo si se diese algún milagro y las inversiones se disparasen. Y esto no va a ocurrir. Porque los capitalistas cuidan sus beneficios, y si sus inversiones se cuadriplican pero sus beneficios solamente se doblan, no estarán muy felices. Pero es esto lo que debe ocurrir si la industria crece mas rápido que la fuente de sus beneficios, el trabajo humano. Como dice el propio Marx, la tasa de ganancias tiende a decaer. El preveía que se alcanzaría un punto, a partir del cual cualquier nueva inversión sería una peligrosa aventura. La escala de los gastos necesarios para nuevas máquinas e instalaciones sería colosal, y la tasa de ganancias sería aún más baja que antes. Cuando este punto fuese alcanzado, cada capitalista (o Estado capitalista) soñaría con nuevos y enormes programas de inversiones –pero tendría terror de implementarlos por miedo a la quiebra.

La actual economía mundial tiene mucho de esto. Rover planea nueva líneas de producción –pero teme perder dinero al hacerlo. La British Steel sueña con tener aquellas gigantes instalaciones planeadas –pero tuvo que congelar sus planes porque no consigue vender su actual producción. Los fabricantes japoneses de buques desistieron de invertir en nuevas instalaciones y algunas de las antiguas fueron cerradas. La propia capacidad del capitalismo para construir máquinas cada vez más productivas y mayores, trajo al sistema al punto de una crisis aparentemente permanente.

Este punto fue alcanzado en las sociedades esclavistas de la antigüedad y en las sociedades feudales de la Edad Media, en que o la revolución transformaba la sociedad o esta entraría en una crisis que la haría retroceder. En el caso de Roma, la revolución no ocurrió y llevó precisamente a la destrucción de la civilización romana y a la Edad Oscura. En el caso de algunas sociedades feudales –Gran Bretaña y, mas tarde, Francia– la revolución destruyó el antiguo orden y permitió que nuevos avances sociales ocurrieran, bajo el capitalismo. Ahora el propio capitalismo enfrenta una elección entre las crisis permanentes, que irán eventualmente sumergiendo a la humanidad en la barbarie gracias a la miseria y la guerra, o la revolución socialista.

Capitulo 7. La clase trabajadora

Marx inició el Manifiesto Comunista afirmando que “la historia de todas las sociedades que han existido hasta nuestros días ha sido la historia de la lucha de clases.” La cuestión de cómo la clase dominante obligaba a la clase oprimida a producir riquezas para sí es crucial. A causa de esto en todas las sociedades anteriores ocurrieron enormes luchas de clases, que frecuentemente culminaban en guerras civiles –las insurrecciones de los esclavos en la Roma antigua, las insurrecciones campesinas en la Europa medieval, las grandes guerras civiles y revoluciones de los siglos XVII y XVIII. En todas esas grandes luchas, la masa de las fuerzas insurgentes venía de la parte más oprimida de la sociedad. Pero, como Marx luego demostró, al final todos los esfuerzos de esa mayoría oprimida solo servía para sustituir en el gobierno a una minoría privilegiada por otra. Por ejemplo, en la China antigua hubo sucesivas revueltas campesinas –pero ellas apenas sustituían un emperador por otro. De la misma forma, aquellos que más lucharon en la Revolución francesa fueron los “bras nus” –las clases más pobres de Paris. Y al final, la sociedad terminó siendo gobernada no por ellos, sino por los banqueros y los industriales que asumieron en lugar del rey y de los nobles.

Había dos principales razones para esta imposibilidad de las clases bajas de mantener el control sobre las revoluciones en las cuales ellos luchaban. Primeramente, el nivel general de riqueza de la sociedad era bastante bajo. Esto ocurría porque la gran mayoría de las personas era mantenida en la extrema pobreza, para que una pequeña minoría tuviese tiempo y sosiego para desarrollar las artes y las ciencias con el fin de mantener a la civilización. En otras palabras, la división social entre las clases era necesaria para que la sociedad pudiese progresar. En segundo lugar, la vida de las clases oprimidas no los preparó para dirigir la sociedad. En general ellos eran analfabetos, tenían poca idea de cómo eran las cosas mas allá de la localidad en que vivían y, sobretodo, su vida giraba en torno a competir unos contra otros. Cada campesino se preocupaba en cultivar su propio pedazo de tierra. En las ciudades, cada artesano trabajaba en su pequeño negocio. De ese modo, competía con otros artesanos y no se unía con ellos.

Las revueltas campesinas comenzaban con un gran número de personas exigiendo la división de las tierras del señor feudal local, pero una vez que el señor feudal era derrotado, la personas comenzaban a luchar entre sí por como las tierras deberían ser divididas. Como Marx dijo, los campesinos eran como papas en una bolsa. Ellos podían estar juntos por una fuerza externa, pero eran incapaces de juntarse permanentemente para defender sus propios intereses. Los trabajadores que crean las riquezas bajo el moderno capitalismo difieren de todas las clases subordinadas anteriores. Primero porque la división de clases ya no es necesaria para el progreso humano. Tanta riqueza es creada, que la sociedad capitalista por sí misma destruye periódicamente enormes cantidades, en guerras o crisis económicas. Riquezas que podrían ser divididas igualitariamente y todavía permitir el florecimiento de la sociedad en los campos de la ciencia, las artes y demás.

En segundo lugar, la vida bajo el capitalismo prepara de varias formas a los trabajadores para tomar el control de la sociedad. Por ejemplo, el capitalismo necesita de trabajadores calificados e instruidos. Fuerza a millares de personas a reunirse en grandes locales, en enormes urbanizaciones, donde toman contacto unas con otras y donde pueden volverse una poderosa fuerza de transformación social. El capitalismo lleva a los trabajadores a cooperar en la producción dentro de las fábricas, y éstas facultades pueden fácilmente ser dirigidas contra el propio sistema, como ocurre cuando los trabajadores se organizan en los sindicatos. El hecho de estar concentrados en grandes unidades productivas vuelve más fácil a los trabajadores controlar estas unidades. Hecho que no ocurría en relación con las anteriores clases dominantes.

A pesar de esto, el capitalismo tiende poco a poco a transformar a grupos de personas que se consideran superiores a los trabajadores manuales (como oficinistas y técnicos), en trabajadores que son forzados a organizar sus sindicatos, del mismo modo que los demás trabajadores. Recientemente el desarrollo de las comunicaciones –ferrocarriles, carreteras, el transporte aéreo, el sistema postal, los teléfonos, la radio y la televisión, el correo electrónico y la Internet– permiten a los trabajadores comunicarse con localidades o fábricas distantes. De este modo, pueden organizarse como clase a escala nacional e internacional –algo muy lejos de los sueños de las previas clases dominadas. Todos esos hechos demuestran que la clase trabajadora no se limita a ser una fuerza capaz de rebelarse contra la sociedad existente, sino que ella puede organizarse, eligiendo y controlando a sus propios representantes, para transformar la sociedad según sus propios intereses y no solamente instalar en el poder a otro emperador u otro grupo de banqueros. Como dice Marx:

“Todos los movimientos anteriores en la historia fueron movimientos de minorías en favor de los intereses de las minorías. El movimiento obrero es el movimiento conciente e independiente de la inmensa mayoría en favor de los intereses de la inmensa mayoría”.

Capitulo 8. ¿Cómo se transforma la sociedad?

La mayoría de los socialistas y de los sindicalistas generalmente han argumentado que la sociedad puede ser transformada sin necesidad de llevar a cabo una revolución violenta. Dicen que lo necesario es que los socialistas conquisten el apoyo popular para controlar las instituciones políticas “tradicionales” –como los parlamentos nacionales y locales. Entonces los socialistas estarían en condiciones de cambiar la sociedad tomando el control del actual Estado –la administración, la justicia, la policía, las fuerzas armadas– para imponer leyes que restrinjan el poder de la clase dominante. De esta forma lo que afirman es que el socialismo puede ser introducido gradualmente y sin violencia, a través de la reforma del actual sistema.

Esta concepción es generalmente llamada “reformismo”, aunque ocasionalmente puede recibir el nombre de “revisionismo” (porque envuelve una revisión completa de las ideas de Marx), o “socialdemocracia” (aunque hasta 1914 este término significase socialismo revolucionario). Es una concepción que fue aceptada tanto por la izquierda como por la derecha del Partido Laborista británico, por ejemplo. El reformismo parece, a primera vista, muy razonable. Concuerda con lo que nos dicen en la escuela, los periódicos y la televisión –que el “parlamento gobierna el país” y que “el parlamento es electo de acuerdo a la voluntad democrática del pueblo”. Sin embargo, todas las tentativas de introducir el socialismo a través del parlamento han fracasado. Tuvimos tres gobiernos con mayoría laborista en el parlamento británico entre 1945 y 1979 –con amplias mayorías en 1945 y 1966– y así mismo los británicos no estamos más próximos al socialismo de lo que lo estábamos en 1945. La experiencia fuera de Gran Bretaña nos muestra lo mismo. En Chile durante 1970, el socialista Salvador Allende fue electo presidente. Las personas decían que era un “nuevo camino” para llegar al socialismo. Tres años más tarde los generales que habían sido llamados a sumarse al gobierno derrocaban a Allende y el movimiento obrero chileno era destruido.

Existen tres razones interrelacionadas por las cuales el reformismo está condenado a fracasar siempre. Primero, mientras las mayorías socialistas en los parlamentos van “gradualmente” introduciendo medidas socialistas, el poder económico real continúa en manos de la vieja clase dominante. Ellos pueden usar este poder económico para cerrar secciones enteras de la industria, crear desempleo, forzar el aumento de los precios, enviar dinero al exterior para crear una crisis en la “balanza de pagos”, y lanzar campañas en la prensa culpando al gobierno socialista por todo esto. De esta forma el gobierno laborista de Harold Wilson fue forzado en 1964 y nuevamente en 1966 a retirar medidas que beneficiaban a los trabajadores –debido a una fuga en masa de capitales individuales y empresariales al exterior. El propio Wilson lo describe en sus memorias diciendo:

“Llegamos a una situación en que un gobierno recién electo fue informado por los especuladores internacionales de que el programa político con que disputamos y vencimos en las elecciones no podía ser implementado… Al primer ministro de la reina le fue solicitado que bajase la cortina de la democracia parlamentaria, aceptando el hecho de que las elecciones británicas fueron una farsa y que el pueblo británico no podía escoger entre dos políticas”.

Es preciso agregar en relación a la fundada indignación de Wilson, que por los seis años siguientes él en verdad llevó adelante el tipo de política que agrada a los especuladores. El mismo tipo de crisis deliberada de la balanza de pagos, forzó al gobierno laborista electo en 1974 a realizar tres cortes consecutivos en los gastos en salud, educación y los servicios sociales. El gobierno de Allende en Chile enfrentó un boicot aún mayor por parte de los grandes empresarios. Por dos veces, ramas industriales enteras cerraron sus puertas debido a huelgas patronales, por lo que la especulación aumentaba los precios a niveles muy altos y sacaba las mercancías de circulación, obligando a la población a enfrentar colas enormes para comprar bienes esenciales. La segunda razón por la cual el capitalismo no puede ser reformado se debe al hecho de que la maquinaria estatal actual no es “neutra”, fue hecha de arriba hacia abajo, para preservar la sociedad capitalista. El Estado controla casi todos los medios por los cuales se ejerce la violencia. Solamente si la organización del Estado fuese neutra e hiciese todo lo que un gobierno cualquiera quisiese, fuese capitalista o socialista, el Estado podría ser usado para detener el sabotaje económico de los grandes empresarios. Pero basta mirar el modo como la maquinaria estatal trabaja y quien realmente da las órdenes, para ver que ella no es neutral. La maquinaria estatal no se reduce al gobierno. Es una vasta organización con diferentes ramas –la policía, el ejército, el poder judicial, los servicios públicos, las empresas públicas y demás. Muchas de las personas que trabajan en estas diferentes ramas estatales vienen de la clase trabajadora –son asalariados y viven como los otros trabajadores.

Pero no son esas personas las que toman las decisiones. Los soldados rasos no deciden donde ni cuales guerras deben ser peleadas, ni si las huelgas deben ser reprimidas. El funcionario de la seguridad social no decide cuál debe ser el valor de una jubilación. Toda la maquinaria estatal está basada en el principio de que las personas que están abajo deben obedecer a los que están arriba en la escala. Este es esencialmente el caso de las secciones de la maquinaria estatal que ejercen la violencia física –ejército y policía. La primer cosa que los soldados aprenden cuando se alistan –mucho antes de que puedan tomar las armas– es a obedecer órdenes, independientemente de sus opiniones personales en relación a esas órdenes. Es por esto que ellos hacen entrenamientos absurdos. Si ellos hacen movimientos absurdos en un entrenamiento militar, es de esperar que también tiren cuando les sea ordenado, sin reflexionar sobre eso. El mayor crimen en cualquier ejército es rehusarse a cumplir órdenes. Esta ofensa es vista de forma tan rígida, que el motín en tiempo de guerra es penado en Gran Bretaña con el fusilamiento.

¿Quién da las órdenes? Si observamos la jerarquía de mandos en el ejército británico (y en otros ejércitos no es diferente) veremos que desciende desde el general al soldado. El ejército es una gran máquina de matar. Las personas que la dirigen –y tienen el poder de promover a otros soldados para que asciendan a las posiciones de mando– son los generales. Por supuesto que en teoría los generales tiene que responder ante los gobiernos electos. Pero los soldados son entrenados para obedecer a los generales, no a los políticos. Si los generales prefieren dar órdenes a los soldados que discrepan con los deseos del gobierno electo, éste no puede impedir el cumplimiento de esas órdenes. Puede apenas persuadir a los generales de cambiar sus intenciones, siempre y cuando el gobierno supiese el tipo de órdenes que están siendo dadas –porque los asuntos militares son casi siempre secretos y es muy fácil para los generales esconder a los gobiernos que no son de su confianza lo que están haciendo. Esto no significa que los generales siempre ignoren lo que el gobierno tenga para decirles. En Gran Bretaña es común que los militares hallen conveniente hacer las cosas como el gobierno lo sugiere. Pero, en situaciones de vida o muerte, los generales son capaces de colocar su máquina asesina en acción sin siquiera oír al gobierno. El gobierno no tiene mucho que hacer en relación con eso. Fue esto lo que los generales terminaron haciendo en Chile cuando Allende fue derrocado.

Por esto la cuestión no es “¿Quién manda en el ejército?” sino “¿Quiénes son esos generales?”. En Gran Bretaña el 80% de los oficiales de alto rango vienen de las más caras escuelas. La misma proporción de 50 años atrás (17 años de gobiernos laboristas no cambiaron esto). Ellos están vinculados con quienes manejan los grandes negocios, pertenecen a los mismos clubes, ejercen las mismas funciones sociales, comparten las mismas ideas. […] Esto mismo ocurre con los jerarcas del servicio público, los jueces y los jefes de policía. ¿Crees que esas personas van a obedecer las órdenes de un gobierno que quiera tomar el poder económico de sus amigos y parientes que participan en los grandes negocios, solamente porque algunas personas se manifestaran en frente al parlamento? ¿No sería mucho más probable que ellos siguiesen el ejemplo de los generales, jueces y jerarcas chilenos, que sabotearon las órdenes gubernamentales durante tres años y cuando llegó el momento adecuado derrocaron al gobierno electo?

En la práctica, la particular “constitución” de países como Gran Bretaña, posibilita que aquellos que controlan la maquinaria estatal sean capaces de distorsionar la voluntad de un gobierno de izquierda democráticamente electo, sin que sea necesario derrocarlo. Si un gobierno de ese tipo fuese electo en Gran Bretaña, enfrentaría un incansable sabotaje económico por parte de la clase dominante (cierre de fábricas, fuga de capitales al exterior, desabastecimiento de artículos de primera necesidad, inflación de los precios). Y si ese gobierno intentase lidiar con ese sabotaje a través de los “medios constitucionales” –aprobando leyes– descubriría que está con las manos atadas. El parlamento se negaría a aprobar esas leyes –retardando su aprobación [durante meses]. Y si por ventura alguna de ellas fuese aprobada, los jueces las “interpretarían” de modo de restringir su poder de acción. Los jerarcas del servicio público, los generales y los mandos policiales usarían las decisiones de la justicia y del parlamento para justificar su propia voluntad en el cumplimiento de aquello que fuese decidido por los ministros. Y serían apoyados prácticamente por toda la prensa, que denunciaría a gritos que el gobierno se está comportando “ilegalmente” e “inconstitucionalmente”. Los generales usarían entonces esos argumentos para justificar los preparativos para derrocar al gobierno “ilegal”. El gobierno estaría impotente para lidiar con el caos económico –a menos que actuase realmente de forma inconstitucional y llamase a los funcionarios de la administración, policías y soldados a rebelarse contra sus superiores.

En caso de que alguien piense que esto es pura fantasía, debo decir que han habido por lo menos dos ocasiones en la historia reciente de Gran Bretaña, en que los generales de hecho sabotearon decisiones del gobierno que no eran de su conveniencia. En 1912, la Cámara de los Comunes [órgano similar a una Cámara de Diputados] aprobó una ley creando un parlamento “local” para dirigir una Irlanda “unida”. El líder conservador, Bonar Law, inmediatamente acusó al gobierno (¡liberal!) de ser una “junta ilegal” que “violaba la constitución”. La Cámara de los Lores [órgano que podría asimilarse a una Cámara de Senadores] retardó, naturalmente, la aprobación de la ley lo máximo posible (dos años), mientras tanto el ex ministro conservador, Edward Carson, organizaba una fuerza paramilitar en el norte de Irlanda para resistir al cumplimiento de la ley. Cuando los generales que comandaban el ejército británico en Irlanda recibieron órdenes de enviar tropas al norte para hacer frente a los paramilitares, ellos se rehusaron a hacerlo y amenazaron renunciar a sus cargos. Fue por causa de esta actitud, conocida como el “Motín Curragh”, que el norte y el sur de Irlanda no consiguieran un parlamento unificado en 1914, y permanecen separadas hasta hoy.

En 1974 aconteció una repetición en miniatura de los eventos de 1912. Los partidarios de la derecha leales a la corona británica en Irlanda del Norte, organizaron una interrupción de la actividad industrial, usando barricadas para impedir que las personas fueran a trabajar. Ellos no aceptaban ser gobernados por una coalición de protestantes y católicos, formada para dirigir Irlanda del Norte. Los ministros británicos llamaron al ejército de Gran Bretaña y a la policía de Irlanda del Norte, la Royal Ulster Constabulary, para disolver las barricadas y dar un fin a la huelga. Los oficiales de mayor rango del ejército y los comandantes de la policía afirmaron al gobierno que esto sería desaconsejable, y que ninguno de los soldados ni de los policías marcharía contra los partidarios de la Corona. El gobierno de coalición entre protestantes y católicos fue forzado a renunciar, ya que el punto de vista de los militares se mostró más poderoso que el punto de vista del gobierno británico. Si esto pudo acontecer en 1914 y en 1974 con gobiernos moderados intentando llevar a cabo medidas tímidas, imaginen qué ocurriría si un gobierno realmente socialista fuese electo. Cualquier mayoría reformista seria en un parlamento sería obligada a escoger: entre abandonar sus reformas para calmar a quienes controlan posiciones claves a nivel industrial y estatal, o prepararse para un conflicto abierto que irá inevitablemente a significar el uso de algún tipo de fuerza contra aquellos que controlan esas posiciones.

La tercera razón por la cual el reformismo es una vía muerta es el hecho de que la “democracia” parlamentaria contiene mecanismos que impiden que cualquier movimiento revolucionario pueda tomar forma a través de ella. Algunos reformistas argumentan que la mejor manera de tomar el poder de quienes controlan las posiciones claves en la maquinaria estatal es que la izquierda obtenga la mayoría parlamentaria. Este argumento falla porque el parlamento siempre minimiza el nivel alcanzado por la conciencia revolucionaria de la mayoría de la población. La mayoría de la población solamente va a darse cuenta que puede gobernar la sociedad cuando comience en la práctica a transformar la sociedad a través de la lucha. Es en los momentos en que millones de trabajadores ocupan sus fábricas y toman parte en las huelgas generales, que las ideas socialistas revolucionarias se vuelven de pronto realistas.

Pero tal nivel de lucha no puede ser mantenido indefinidamente, a menos que la vieja clase dominante sea arrancada del poder. Si ella consigue resistir, solo habrá que esperar a que las ocupaciones y las huelgas declinen, para usar su control sobre el ejército y la policía para quebrar las luchas. Y una vez que las ocupaciones y las huelgas comienzan a flaquear, el sentimiento de unidad y confianza entre los trabajadores empieza a desvanecerse. Esto da lugar a la desmoralización y la angustia. Incluso los mejores comienzan a sentir que la transformación de la sociedad es solo un sueño imposible. Es por esto que los empleadores siempre  prefieren que las votaciones en favor o en contra de una huelga, se desarrollen cuando los trabajadores están en sus casas obteniendo sus ideas de la televisión y los diarios, no cuando están unidos en asambleas de masas, escuchando los argumentos de otros trabajadores como ellos. Es por esto también que las leyes antisindicales casi siempre incluyen una cláusula que obliga a suspender las huelgas mientras se realizan elecciones. Tales cláusulas son correctamente llamadas períodos de “enfriamiento” –ideados para echar un balde de agua fría en la confianza y unidad de los trabajadores.

El sistema electoral parlamentario contiene votaciones secretas y períodos de calma. Por ejemplo, si un gobierno viene siendo derrotado frente a una huelga masiva, es probable que diga, “bueno, esperen unas semanas hasta que una elección general pueda resolver la cuestión democráticamente”, con la esperanza de que en ese interín la huelga sea suspendida. La confianza y unidad de los trabajadores decaería. Los empresarios podrían hacer listas negras con los militantes. La prensa y la televisión capitalistas podrían volver a funcionar normalmente, martillando la cabeza de las personas con ideas en favor del gobierno. Y la policía podría arrestar “revoltosos”. Entonces cuando esta elección finalmente ocurriera, el voto ya no reflejaría el punto alto de la lucha de los trabajadores, sino el punto bajo posterior a la huelga. En Francia durante 1968, el gobierno del General de Gaulle usó las elecciones exactamente en este sentido. Los partidos reformistas de los trabajadores y los sindicatos plantearon a los trabajadores que pusieran fin a sus huelgas. Y De Gaulle venció en las elecciones. El primer ministro británico Edward Heath intentó el mismo truco al enfrentar una gran huelga victoriosa de los mineros, en 1974. Pero esta vez los mineros no cedieron. Mantuvieron el movimiento –y Heath perdió la elección. Si los trabajadores esperan las elecciones para decidir las cuestiones claves de la lucha de clases, nunca alcanzarán ese punto alto.

El Estado de los trabajadores

Marx en su obra La Guerra Civil en Francia, y Lenin en El Estado y la Revolución, esbozaron una concepción completamente diferente sobre cómo podía conquistarse el socialismo. No habían sacado sus ideas de la nada: ambos desarrollaron sus concepciones observando a la clase trabajadora en acción –Marx fue testigo de la Comuna de París, Lenin de los soviets rusos (consejos de trabajadores) de 1905 y 1917. Marx y Lenin insistían en que la clase trabajadora no puede iniciar la construcción del socialismo sin antes haber destruido el viejo Estado basado en jerarquías y relaciones burocráticas, para luego crear un nuevo Estado basado enteramente en nuevos principios. Lenin subrayó que este Estado sería totalmente diferente del viejo, llamándolo un “Estado Comuna, un Estado que no es un Estado”.

Un nuevo Estado, decían Marx y Lenin, era necesario si la clase trabajadora quería imponer sus decisiones a los remanentes de la clase dominante y la clase media. Es por esto que ellos llamaban a este tipo de gobierno “dictadura del proletariado” –la clase trabajadora tenía que definir la forma en que sería dirigida la sociedad. También tenía que defender su revolución de los ataques de los gobiernos capitalistas de otras partes del mundo. Para cumplir estas dos tareas, tenía que tener sus propias fuerzas armadas, y algunas formas de fuerza policial, tribunales y hasta prisiones. Para que este nuevo ejército, policía y sistema legal fuesen controlados por los trabajadores y nunca se volviesen contra sus intereses, tendrían que estar basados en principios completamente diferentes de los del Estado capitalista. Tenían que ser un instrumento con el cual la clase trabajadora, siendo mayoría, dictara las reglas para el resto de la sociedad, y no una dictadura contra la mayoría de la clase trabajadora.

Las principales diferencias son estas. El Estado capitalista sirve a los intereses de una pequeña minoría de la sociedad. El Estado de los trabajadores tiene que servir a los intereses de la gran mayoría. La violencia en un Estado capitalista es ejercida por una minoría de asesinos contratados, separados de la sociedad y entrenados para obedecer a los funcionarios de la clase alta. Pero en un Estado de los trabajadores, la violencia sería necesaria apenas para que la mayoría pudiese protegerse contra las acciones antisociales de los vestigios de las antiguas clases privilegiadas. Las funciones militares y policiales en un Estado de los trabajadores pueden ser ejercidas por trabajadores comunes y corrientes, que pertenezcan al mismo medio que sus demás compañeros trabajadores, compartiendo las mismas ideas y viviendo el mismo tipo de vida. De hecho, para que no exista el peligro de que soldados y policías nunca se separasen de la mayoría de los trabajadores, esos “soldados” y “policías” deberían ser trabajadores ordinarios de fábricas y oficinas que se rotaran en el desempeño de esas funciones. En vez de ser dirigidas por pequeños grupos de oficiales, las fuerzas armadas y la policía serían dirigidas directamente por representantes de los trabajadores.

Los representantes parlamentarios en la sociedad capitalista aprueban leyes, pero dejan para los burócratas, jefes de policía y jueces la tarea de implementarlas. Esto significa que [senadores, diputados y ediles] pueden siempre escudarse en millones de disculpas cuando no se cumplen sus promesas. Los representantes de los trabajadores en un Estado de los trabajadores tendrán que hacer que sus leyes se pongan en práctica. Ellos, y no una elite de burócratas, tendrán que explicar a los trabajadores de los servicios públicos, el ejército y demás, como deberán ser hechas las cosas. De la misma forma, los representantes de los trabajadores electos tendrán que interpretar las leyes para los tribunales. Los representantes parlamentarios en un Estado capitalista están separados de aquellos que los eligieron por sus altos salarios. En un Estado de los trabajadores los representantes no van a recibir más que el promedio de los salarios del conjunto de los trabajadores. Lo mismo vale para aquellos que trabajaran en puestos claves ejecutando las decisiones tomadas por los representantes de los trabajadores (el equivalente de las actuales autoridades).

Los representantes de los trabajadores, y todos los que se ocuparan en la implementación de las decisiones del conjunto de los trabajadores, no serían como los parlamentarios actuales con inmunidad y un mandato garantido por 5 años (o de por vida como ocurre en algunas funciones). Ellos deberán someterse a elecciones anuales, y abandonar su mandato si aquellos que los eligieron consideraran que ellos no están cumpliendo sus deberes. Los parlamentarios son electos por todas las personas que vienen en cierta localidad –por la clase alta, la clase media y la clase trabajadora, por propietarios e inquilinos, por especuladores financieros y empleados. En un Estado de los trabajadores, solamente votarían en las elecciones aquellos que trabajan, haciéndolo solo luego de una discusión abierta sobre las cuestiones del momento. Así, el núcleo del Estado obrero serían los consejos de trabajadores en las fábricas, minas, puertos, oficinas, y grupos como las amas de casa, los jubilados y los estudiantes, quienes también elegirían a sus propios representantes. De este modo, cada sección de la clase trabajadora tendría su propio representante, y sería capaz de juzgar directamente si él o ella está representando sus intereses. Así mismo, el nuevo Estado no podrá volverse una fuerza separada y contraria a la mayoría de la clase trabajadora –como [aconteció] en los regímenes estalinistas, llamados así mismos como “comunistas”.

Al mismo tiempo, el sistema de consejos de trabajadores proporciona un buen ejemplo de cómo los trabajadores podrían coordinar sus esfuerzos en la dirección de la industria de acuerdo con un plan nacional democráticamente aprobado, y no acabasen por llevar a sus fábricas a competir unas contra otras. Es fácil ver como […] las computadoras podrían posibilitar a todos los trabajadores recibir información sobre las opciones económicas abiertas a la sociedad, y a orientar a sus representantes de modo de escoger aquello que la mayoría de los trabajadores entiende son las mejores opciones –por ejemplo, se debería gastar recursos en un avión costoso o en un sistema de transporte público barato y confiable, sería mejor construir bombas nucleares o aparatos de hemodiálisis, y así en todo lo demás.

La desaparición del Estado

Debido a que el poder del Estado no sería más algo separado del conjunto de los trabajadores, sus funciones estarían mucho menos ligadas a la coerción que en el capitalismo. A medida que los vestigios de la vieja sociedad se resignasen al éxito de la revolución, y que otras revoluciones en el extranjero derrocasen a sus respectivas clases dominantes, sería cada vez menos necesaria la coerción, y los trabajadores no precisarán dedicar parte de su tiempo a trabajar como policías y soldados. Esto es lo que Marx y Lenin querían decir cuando afirmaban que el Estado se iría debilitando. Al contrario de servir a la coacción de la gente, el Estado se volvería un simple instrumento de los consejos de trabajadores para decidir como producir y distribuir las riquezas.

Los consejos obreros surgieron de una forma u otra siempre que la lucha de clases dentro del capitalismo alcanzó un nivel muy elevado. Soviet es la palabra que los rusos utilizaron para sus consejos de trabajadores en 1905 y 1917. En 1918 los consejos de trabajadores en Alemania fueron, por un breve tiempo, el único poder en dicho país. En España durante 1936, varios partidos y sindicatos de trabajadores estuvieron unidos en los “comités de milicias”, que dirigían las localidades y eran muy parecidos a consejos de trabajadores. En Hungría durante 1956, los trabajadores eligieron consejos para dirigir las fábricas y localidades durante la lucha contra las tropas rusas. En Chile entre 1972 y 1973, los trabajadores comenzaron a formar “cordones” –comités de trabajadores que estaban ligados a las grandes fábricas.

El consejo de trabajadores comienza como un contingente de trabajadores que se unen para coordinar sus luchas en contra del capitalismo. Puede hasta comenzar con funciones modestas, levantando fondos para una huelga, con trabajadores electos en forma directa por los demás trabajadores y con mandatos revocables. Y en los momentos más radicales de la lucha, pueden llegar a coordinar los esfuerzos de toda la clase trabajadora. De este modo se comienzan a colocar las bases para el poder de los trabajadores.

Capitulo 9. ¿Cómo se vuelven revolucionarios los trabajadores?

En Gran Bretaña, la mayoría de los trabajadores durante este siglo han apostado al Partido Laborista y al parlamento para el cambio social. Una minoría importante ha apoyado las ideas reaccionarias del Partido Tory (conservador). Mientras que los partidarios del socialismo revolucionario han sido generalmente pocos en número. Esta indeferencia u oposición de los trabajadores al socialismo no es nada sorprendente. Todos nosotros fuimos criados en una sociedad capitalista en donde se considera cosa común el hecho de que todos sean egoístas, que la televisión y la prensa digan que solamente una minoría privilegiada tiene capacidad para tomar las decisiones importantes en la industria y en el gobierno, en donde la gran mayoría de los trabajadores es educada desde el primer día de escuela a obedecer órdenes dadas por aquellos que sean “más viejos y más sabios”.

Como dice Marx, “las ideas dominantes son las ideas de la clase dominante” y un vasto número de trabajadores las acepta. A pesar de esto, repetidas veces en la historia del capitalismo, movimientos revolucionarios de la clase trabajadora han sacudido un país tras otro. Francia en 1871, Rusia en 1917, Alemania y Hungría en 1919, Italia en 1920, España y Francia en 1936, Hungría en 1956, Francia en 1968, Chile en 1972-1973, Portugal en 1975, Irán en 1979, Polonia en 1980. La explicación para estos levantamientos reside exactamente en la propia naturaleza del capitalismo. Es un sistema que tiende a las crisis. A largo plazo, no puede ofrecer el pleno empleo, no puede ofrecer prosperidad para todos, no puede asegurar nuestros actuales niveles de vida contra las crisis que producirá en el futuro. Pero durante los períodos de expansión del capitalismo, los trabajadores llegan a esperar esas cosas.

Por ejemplo, durante la década de 1950 y principios de los años sesenta, los trabajadores británicos llegaron a creer en el pleno empleo, un “estado de bienestar” y una gradual pero real mejora en su calidad de vida. A diferencia de eso, en los últimos 25 años sucesivos gobiernos permitieron que creciera el desempleo hasta abatir a 4 millones de personas, transformando el “estado de bienestar” en corte de nuestros niveles de vida. A causa de que absorbemos muchas ideas capitalistas, aceptamos esos ataques. Pero inevitablemente llegamos a un punto en que los trabajadores concluyen que ya no se puede aguantar más. De repente, cuando nadie se lo espera su ira explota y toman medidas contra empresarios y gobiernos. Quizás sea a través de una huelga o de una manifestación.

Cuando esto ocurre, les guste o no esto a la mayoría de los trabajadores, ellos hacen cosas que contradicen todas las ideas capitalistas que aceptaban. Comienzan a actuar de forma solidaria unos con otros, como una clase, contra los representantes de la clase capitalista. Las ideas del socialismo revolucionario que ellos rechazaban, ahora empiezan a adecuarse a lo que están haciendo. Por lo menos algunos de ellos empiezan a tomar en serio aquellas ideas –desde que ellas se les vuelven accesibles. El alcance que esto tendrá dependerá del alcance de la lucha, no de las ideas que estaban en la cabeza de los trabajadores. El capitalismo los obliga a luchar aunque tengan la cabeza llena de ideas favorables al capitalismo. Y es la lucha la que los obliga a cuestionar esas ideas. El poder del capitalismo se sostiene sobre dos pilares –control de los medios de producción y control del Estado. Un genuino movimiento revolucionario de los trabajadores, comienza cuando la lucha de masas de trabajadores por sus intereses económicos inmediatos (salario, empleo, etc.) los lleva a chocar contra los pilares del capitalismo.

Tomemos como ejemplo un grupo de trabajadores empleados en la misma empresa por años. Todo su patrón de vida normal depende del trabajo que desarrollan allí. Un día el empresario anuncia que va a cerrar la fábrica. Inclusive aquellos trabajadores que votan a los partidos más conservadores entran en pánico y quieren hacer algo. En la desesperación, ellos deciden que el único medio de continuar llevando el mismo tipo de vida que les enseñó el capitalismo a tener, es ocupando la fábrica y tomando el control de los medios de producción. Luego descubren que esto significa luchar contra el Estado, una vez que el empresario llama a la policía para que le devuelvan el control de su propiedad. Si quieren tener una chance de mantener sus empleos, los trabajadores ahora tendrán que enfrentar a la policía, la maquinaria estatal y a los empresarios. De este modo el propio capitalismo crea las condiciones para un conflicto de clase que abre la mente de los trabajadores a ideas totalmente opuestas a aquellas que el sistema les enseñó. Es por esto que la historia del capitalismo ha sido marcada por periódicas irrupciones de sentimientos revolucionarios entre millones de trabajadores, aunque la mayoría de las veces ellos acepten las ideas que el sistema les impone.

Una última cuestión. Una de las cosas más fuertes que impide a los trabajadores apoyar las ideas revolucionarias, es que entienden que no vale la pena hacer nada porque los demás trabajadores no van a apoyarlos. Pero cuando ellos descubren que los demás trabajadores están actuando igual que ellos, súbitamente salen de su apatía. Lo mismo ocurre cuando los trabajadores que antes se encontraban incapaces de gobernar la sociedad, al trabar grandes luchas contra la actual sociedad, acaban por darse cuenta que están tomando para sí  mucha de esa responsabilidad. Es por esto que una vez iniciados, los movimientos revolucionarios pueden crecer como una bola de nieve a una velocidad increíble.

Capitulo 10. Una organización socialista revolucionaria

La premisa básica del marxismo es que el propio desarrollo del capitalismo lleva a los trabajadores a rebelarse contra el sistema. Cuando una revuelta se desata –sean grandes manifestaciones, insurrecciones armadas o incluso una gran huelga– la transformación de la conciencia de la clase trabajadora es increíble. Toda la energía mental que los trabajadores antes consumían en una y mil diversiones –desde apostar a los caballos a mirar la televisión–, es súbitamente dirigida para intentar resolver el problema de cómo cambiar la sociedad. Millones de personas trabajando en un asunto como este produce soluciones de increíble ingeniosidad, lo que frecuentemente deja a los revolucionarios experimentados tan confusos como a la clase dominante frente a los rápidos cambios de la situación. Como por ejemplo, en la primera revolución rusa de 1905, donde una nueva forma de organización de los trabajadores, los soviets –el consejo de trabajadores– surgió y se desarrollo a partir de un comité instalado durante una huelga de los trabajadores gráficos. Al principio, el Partido bolchevique –el más militante entre los partidos socialistas revolucionarios– miraba a los soviets con desconfianza: no creía que fuese posible para la masa de los trabajadores, originalmente despolitizada, crear un instrumento genuinamente revolucionario.

Tales experiencias se presentan en muchas huelgas: los antiguos militantes son tomados por sorpresa cuando los trabajadores que habían ignorado sus consejos por tanto tiempo, de repente comienzan a organizar ellos mismos acciones militantes. Esta espontaneidad es fundamental. Pero es errado concluir de eso que por existir la espontaneidad no es necesario un partido revolucionario, como hacen los anarquistas y otras tendencias cercanas al anarquismo. En una situación revolucionaria, millones de trabajadores cambian sus ideas muy rápidamente. Pero ellos no cambian todas sus ideas de una sola vez. Dentro de cada huelga, manifestación y levantamiento armado, se dan discusiones muy frecuentes. Algunos trabajadores entienden que la acción que están realizando es el preludio para la toma del control de la sociedad por parte de la clase trabajadora. Otros se opondrán a cualquier acción de ese tipo porque eso iría contra el “orden natural de las cosas”. En el medio de todo eso estarán la mayoría de los trabajadores que se sentirán atraídos por unos u otros argumentos.

De un lado de la balanza, la clase dominante colocará todo el peso de su prensa, la máquina de propaganda para denunciar la acción de los trabajadores. También utilizará la fuerza para debilitar la huelga, con la policía, el ejército, o las organizaciones de extrema derecha. Del lado de los trabajadores debe haber una organización de socialistas que sea capaz de hablar sobre las luchas de clase pasadas, y que pueda también colocar los argumentos socialistas en la balanza. Una organización que pueda sistematizar la creciente conciencia de los trabajadores en lucha, de modo que puedan actuar juntos para cambiar la sociedad. Y este partido revolucionario necesita estar presente antes de que la lucha comience, pues la organización no nace espontáneamente. El partido se construye en el continuo intercambio entre las ideas socialistas y la lucha de clases –apenas entender a la sociedad no basta: solamente aplicando esas ideas y experiencias de la lucha de clases, en huelgas, manifestaciones y campañas, los trabajadores tomarán conciencia de su poder para cambiar las cosas y ganarán confianza para hacerlo. En ciertos momentos y situaciones, la intervención de un partido socialista puede inclinar la balanza hacia el cambio, hacia la transferencia revolucionaria del poder a los trabajadores, hacia la sociedad socialista.

¿Qué tipo de partido?

El partido socialista revolucionario necesita ser democrático. Para cumplir su papel, el partido precisa estar siempre en contacto con la lucha de clases y esto significa estar en contacto con sus propios miembros y aliados en los lugares de trabajo donde acontece la lucha de clases. Necesita ser democrático porque su liderazgo debe siempre reflejar la experiencia colectiva de la lucha. Al mismo tiempo, esta democracia no es meramente un sistema de elección sino un continuo debate dentro del partido –una continua interacción de las ideas socialistas en las que el partido se basa con la experiencia de la clase trabajadora.

Pero el partido revolucionario también debe ser centralizado –pues es un partido activo, no un grupo de estudio. Debe ser capaz de intervenir colectivamente en la lucha de clases y responder rápidamente. Por lo tanto precisa tener un liderazgo capaz de tomar decisiones día tras día en nombre del partido. Si el gobierno ordena el encarcelamiento de quienes se hallan realizando un piquete, por ejemplo, el partido debe tener que poder actuar inmediatamente sin necesitar convocar primero a una conferencia para tomar decisiones democráticas. En una situación como esta las decisiones deben ser tomadas de forma centralizada y ejecutadas inmediatamente. La democracia entra en escena después, cuando los miembros del partido evalúen las decisiones tomadas, correctas o no –y talvez puedan hasta cambiar la dirección partidaria si ella pierde contacto con las necesidades de la lucha.

El partido socialista revolucionario necesita mantener el fino y delicado equilibrio entre democracia y centralismo. La clave de la cuestión es que el partido no existe para sí mismo, sino como un medio para posibilitar los cambios revolucionarios para el socialismo, lo cual solo puede ocurrir a través de la lucha de clases. Por lo que, el partido debe adaptarse continuamente a la lucha. Cuando esta se encuentra en un nivel bajo, y pocos trabajadores creen en la posibilidad del cambio revolucionario, entonces el partido será pequeño –y debe estar contento de ello, pues diluir sus ideas políticas con el fin de aumentar la cantidad de sus miembros sería inútil. Pero cuando la lucha crece, un gran número de trabajadores pueden cambiar sus ideas muy rápidamente, descubriendo a través de la lucha su poder para cambiar las cosas –entonces el partido debe ser capaz de abrir sus puertas, de otra manera será dejado al margen. El partido no puede sustituir a la clase trabajadora. Debe ser parte de la lucha de clases, buscando siempre unir a los trabajadores con mayor conciencia de clase, para hacer de ellos líderes en la lucha. El partido tampoco puede decidir lo que la clase trabajadora debe hacer. No puede simplemente autoproclamarse el liderazgo, sino que debe intentar conquistar esa posición, probando en la práctica la verdad de las ideas socialistas –lo que implica desde una pequeña huelga hasta la revolución misma.

Algunas personas ven al partido socialista revolucionario como un precursor del socialismo. Esto es completamente erróneo. El socialismo solo puede darse cuando la propia clase trabajadora asuma el control de los medios que permiten crear las riquezas y usarlos para  transformar la sociedad. No se puede construir una isla de socialismo en un océano de capitalismo. Los intentos de pequeños grupos de socialistas de aislarse y llevar una vida de acuerdo a las ideas socialistas siempre fallan a largo plazo –para empezar, las presiones económicas e ideológicas nunca desaparecen. Y si se apartan del capitalismo, estos pequeños grupos también acaban apartándose de la única fuerza que puede conquistar el socialismo –la clase trabajadora. Está claro que los socialistas luchan contra los efectos degradantes del capitalismo todos los días: contra el racismo, contra el machismo, la explotación y la violencia. Pero solamente podemos hacerlo utilizando la fuerza de la clase trabajadora como la fuente de nuestras energías.

Capitulo 11. Imperialismo y liberación nacional

En toda la historia del capitalismo la clase dominante siempre se ha procurado una fuente de riqueza adicional –apoderarse de la riqueza producida en otros países. El desarrollo de las primeras formaciones capitalistas al final de la Edad Media fue acompañado por la creación de vastos imperios coloniales de los Estados occidentales –los imperios de España, Portugal, Holanda, Francia y Gran Bretaña. Las riquezas fueron transferidas a las manos de las clases dominantes de Europa occidental, por lo que sociedades enteras que estaban en lo que ahora es conocido el “Tercer Mundo” (África, Asia y América Latina) fueron destruidas.

El “descubrimiento” de América por los europeos en el siglo XVI produjo un enorme flujo de oro hacia Europa. La otra cara de la moneda fue la destrucción de sociedades enteras y la esclavización de aquellas que sobrevivieron. Por ejemplo en Haití, donde Colón inició su primer colonización, los nativos indios Harawak (tal vez medio millón) fueron exterminados en apenas dos generaciones. En México la población indígena fue reducida de 20 millones en 1520 a 2 millones en 1607. La población indígena de las Indias Occidentales y de partes del continente americano fueron sustituidas por esclavos capturados en África y transportados a través del Atlántico en condiciones abominables. Se estima que cerca de 15 millones de esclavos sobrevivieron a la travesía del Atlántico mientras que 9 millones murieron en el camino. Cerca de la mitad de los esclavos fueron transportados en navíos británicos –lo cual es razón para que el capitalismo británico fuera el primero en expandirse.

La riqueza generada por el tráfico de esclavos ofreció medios para financiar la industria. Como dice un viejo dicho “los muros de Bristol fueron cimentados con la sangre de los negros” –y esto puede ser aplicado para otros puertos británicos. Como dice Karl Marx, “la esclavitud velada del trabajo asalariado en Europa fue erigida sobre el pedestal del esclavismo simple y puro del Nuevo Mundo”. El esclavismo fue completado con el saqueo –como cuando Gran Bretaña conquistó la India. Bengala estaba tan avanzada que los primeros visitantes británicos quedaron asombrados de lo magnífica de su civilización. Pero esta riqueza no duró mucho tiempo en Bengala. Como escribió Lord Macauley en su biografía de Clive, el conquistador:

“…la mayoría de la población fue entregada como presa. Enormes fortunas fueron rápidamente acumuladas en Calcuta, mientras que 30 millones de seres humanos fueron reducidos a la más extrema pobreza. Estaban acostumbrados a vivir bajo una tiranía, pero no a una tiranía como ésta”.

Desde este punto en adelante, Bengala comenzó a ser famosa no por su riqueza sino por la extrema pobreza que cada poco llevaba a millones a morir de hambre, una pobreza que aun hoy continúa. En los años 1760, en un tiempo en que el total del capital invertido en Gran Bretaña no era más que 6 o 7 millones de libras, el tributo que los británicos sacaban anualmente a la India ascendía a 2 millones de libras.

Los mismos procesos estaban desarrollándose en la más antigua de las colonias británicas –Irlanda. Durante la gran hambruna de final de los años 1840, cuando la población irlandesa se redujo a la mitad debido al hambre y a la inmigración, mayor cantidad de trigo a la suficiente para salvar a la población de la inanición fue remitido del país para los propietarios británicos como renta. Hoy es costumbre dividir el mundo entre países “desarrollados” y “subdesarrollados”. La impresión es que los países “subdesarrollados” se están moviendo en la misma dirección que los “desarrollados”. Lo han hecho por cientos de años, sólo que a una velocidad menor. Pero de hecho una razón del “desarrollo” de los países occidentales fue que a los países restantes les fueran robadas sus riquezas y fueran mantenidos en el atraso. Muchos de ellos son mas pobres hoy que hace 300 años. Como resaltó Michael Barratt Brown,

“…la riqueza per cápita de las actuales regiones subdesarrolladas, no sólo en la India, también en China, América Latina y África era mayor que la Europa del siglo XVII y fue cayendo a medida que crecía la riqueza en Europa Occidental”.

Poseer un imperio permitió a Gran Bretaña volverse la primera potencia industrial del mundo. Quedó en la posición de poder impedir a los otros Estados capitalistas el acceso a las materias primas, mercados y áreas de inversión rentables en la tercera parte del planeta que ella dominaba. A medida que las nuevas potencias industriales como Alemania, Japón y Estados Unidos crecían, querían obtener esa ventaja para ellas mismas. Querían construir imperios rivales o “esferas de influencia”. Frente a la crisis económica, cada gran potencia capitalista intentaba resolver su problema escogiendo la esfera de influencia de sus rivales. El imperialismo llevó a la guerra mundial. Esto, a su vez, provocó grandes cambios al interior de la organización capitalista. La herramienta para trabar guerras, el Estado, se volvió mucho más importante. Funcionaba en forma muy parecida a las empresas gigantes con el fin de reorganizar la industria para la competencia externa y para la guerra. El capitalismo se volvió un capitalismo estatal.

El desarrollo del imperialismo determinó que los capitalistas explotaran no sólo a la clase  trabajadora de su país, sino también que tomaran el control físico de otros países y pasaran a explotar a sus trabajadores. Para las clases más oprimidas de los países coloniales esto significaba ser explotados por imperialistas extranjeros y además por sus propias clases dominantes. Ellas eran doblemente explotadas. Pero parte de las clases dominantes de los países coloniales también sufrieron. Vieron robadas por el imperialismo muchas de sus propias oportunidades de explotar a la población local. Del mismo modo sufrieron las clases medias de los países coloniales, a quienes les hubiera gustado ver una rápida expansión de la industria local, para así haber tenido buenas oportunidades en sus carreras profesionales.

Los últimos sesenta años han visto revueltas de varias clases de los países colonizados y excolonizados contra los efectos del imperialismo. Se desarrollaron movimientos que intentaron unir a la población en general contra el dominio imperialista extranjero. Sus reivindicaciones han sido: expulsión de las tropas imperialistas extranjeras; unificación de todo el territorio bajo un único gobierno, siendo contrarios a su división entre diferentes imperios; reestablecimiento de la lengua original en la vida cotidiana, por oposición al lenguaje impuesto por la dominación extranjera; y utilización de la riqueza producida por el país para expandir la industria local, posibilitando el “desarrollo” y  la “modernización” nacionales. Estas fueron las reivindicaciones de los repetidos levantamientos revolucionarios en China (1912, 1923-27 y en 1945-48), en Irán (en 1905-12, 1917-21 y en 1941-53), en Turquía (después de la Primera Guerra Mundial), en las Indias Occidentales y América Latina (de 1920 en adelante), en India (en los años 1920-48), en África (después de 1945), en Vietnam (hasta que los norteamericanos fueran derrotados en 1975).

Estos movimientos eran frecuentemente liderados por fracciones de las clases altas y medias, pero para las clases altas de los países avanzados, eso significaba enfrentar a más de un oponente, además de a su propia clase trabajadora. El movimiento nacional en el llamado “Tercer Mundo” desafió a los Estados imperialistas capitalistas, al mismo tiempo en que lo hacían sus propias clases trabajadoras. Para el movimiento obrero de los países avanzados esto tenía gran importancia. Significaba que en su lucha contra el capitalismo ellos tenían un aliado en los movimientos de liberación del “Tercer Mundo”. Por ejemplo, los trabajadores de la Shell en Gran Bretaña tenían un aliado en las fuerzas de liberación sudafricanas, que estaban luchando para tomar las propiedades que la Shell posee en aquel país. Si la Shell lograba frustrar los objetivos de los movimientos de liberación del “Tercer Mundo”, ella se volvería entonces más fuerte para resistir las exigencias de sus trabajadores en Gran Bretaña.

Esto era verdad aunque el movimiento de liberación  de un país del “Tercer Mundo” no tuviera una dirección socialista –es verdad, aunque este liderazgo simplemente quisiera sustituir el dominio extranjero por un dominio capitalista local. El Estado imperialista que está intentando aplacar al movimiento de liberación es el mismo Estado imperialista enemigo mayor del trabajador occidental. Es por eso que Marx insistía en que “un Estado que oprime a los otros no puede liberarse a sí mismo” y es por eso que Lenin defendía una alianza entre los trabajadores de los países avanzados y los pueblos oprimidos del “Tercer Mundo”, aunque tuviesen liderazgos no socialistas.

Esto no significa que los socialistas estén de acuerdo con el modo en que los no socialistas lleven adelante la lucha de liberación nacional en un país oprimido (no más de lo que necesariamente concordamos con el modo en que un líder sindical lleva adelante una huelga). Pero tenemos que dejar bien claro, antes de nada, que apoyamos esta lucha. De lo contrario terminaríamos fácilmente apoyando a nuestra propia clase dominante contra el pueblo al que ella está oprimiendo. Tenemos que apoyar las luchas de liberación nacional incondicionalmente, antes de criticar el modo en que ella está liderada. Pero los socialistas revolucionarios de un país que está oprimido no pueden dejar las cosas por allí. Deben discutir día a día con otras personas, cómo debe ser librada la lucha por la liberación nacional.

Aquí, los puntos mas importantes están contenidos en la teoría de la revolución permanente desarrollada por Trotsky. El comenzó reconociendo que frecuentemente los movimientos contra la opresión son iniciados por personas de clase media o incluso por sectores atrasados de las clases altas. Los socialistas apoyan estos movimientos porque buscan remover una de las cargas que pesa sobre la mayoría de la clase oprimida y los grupos sociales. Pero tenemos que reconocer que aquellos que vienen de las clases medias o altas no pueden liderar esta lucha consecuentemente. Ellos tendrán reparos con respecto a desatar una sangrienta lucha de masas, en el caso que esa lucha desafiara no solamente la opresión externa, sino también su propia habilidad de vivir de la explotación de las clases más oprimidas. En cierto momento ellos van a abandonar la lucha que comenzaron, y si es necesario, se unirán con el explotador extranjero para aplastarla. En este punto, si las fuerzas socialistas de la clase trabajadora no toman la dirección de la lucha por la liberación nacional, esta lucha será derrotada.

Trotsky hizo una observación más. Es verdad que en los países del “Tercer Mundo” la clase trabajadora representa una minoría, frecuentemente una pequeña minoría de la población. A pesar de esto, ella es bastante grande en términos absolutos […] y crea una enorme porción de la riqueza nacional en relación a su tamaño, y se concentra abrumadoramente en las ciudades que son clave para el dominio del país, cuando llega la hora de tomar el poder. Es así que en un período revolucionario, la clase trabajadora puede tomar el liderazgo de todas las clases oprimidas y de países enteros. La revolución puede volverse permanente, empezando con reivindicaciones por la liberación nacional y terminando con exigencias socialistas. Pero sólo si los socialistas de un país oprimido han organizado desde el comienzo a los trabajadores como una clase independiente –apoyando en general al movimiento de liberación nacional, pero siempre advirtiendo que no se puede confiar en el liderazgo de la clase media y la clase alta.

Capitulo 12. Marxismo y feminismo

Hay dos maneras diferentes de abordar la liberación de las mujeres –el feminismo y el socialismo revolucionario. El feminismo ha sido la influencia dominante en los movimientos de mujeres que surgieron en los países capitalistas avanzados en las décadas de 1960 y 1970. Parte de la visión de que los hombres siempre han oprimido a las mujeres, y de que la constitución psíquica y biológica de los hombres es la que los hace tratarlas como inferiores. Esto lleva a que la liberación de las mujeres es posible si existe una separación entre hombres y mujeres –a través de la separación total de las feministas que quieran vivir un “estilo de vida liberado”, o de la separación parcial de las mujeres en comités de mujeres, convenciones y eventos abiertos a la participación exclusiva de mujeres.

Muchas de las que apoyaban esta separación parcial se consideraban a si mismas como feministas socialistas. Pero más tarde, ideas feministas radicales de una total separación se introdujeron en el movimiento. Estas ideas separatistas terminaron siendo un ala levemente radical en los servicios sociales, y en los refugios para mujeres. Esta división ha llevado a muchas feministas por otra dirección –a la participación en organizaciones reformistas, como el Partido Laborista británico. Ellas creen que la conquista de derechos en los lugares apropiados, como miembros del parlamento, sindicatos oficiales, jueces, etcétera, servirá de alguna forma para ayudar a las mujeres a encontrar la igualdad.

La tradición del socialismo revolucionario parte de ideas diferentes. Marx y Engels escribiendo ya en 1848, argumentaban que la opresión de las mujeres no surgió de la cabeza de los hombres, aunque sí del desarrollo de la propiedad privada y, con ella, de la urgencia de una sociedad basada en clases. Para ellos luchar por la liberación de las mujeres era por tanto inseparable de la lucha por el fin de la sociedad de clases –de la lucha por el socialismo. Marx y Engels también resaltaban que el desarrollo del capitalismo, basado en el sistema fabril, trajo profundos cambios en la vida de las personas, especialmente en la vida de las mujeres. Ellas fueron empujadas nuevamente a la producción social, de donde habían sido progresivamente excluidas, con el desarrollo de la sociedad de clases. Esto dio a las mujeres un potencial que nunca habían tenido. Organizadas colectivamente, las mujeres como trabajadoras tenían mayor independencia y capacidad de luchar por sus derechos. Esto determinaba un gran contraste con su vida anterior, cuando su papel en la producción era cuidar de la familia, lo cual las tornaba totalmente dependientes del jefe de la familia –el marido o el padre.

De esto, Marx y Engels concluyeron que la base material para la existencia de la familia y, por lo tanto de la opresión femenina, ya no existía. Lo que impedía a las mujeres que se beneficiaran de este hecho era que la propiedad permanecía en las manos de unos pocos. Lo que hoy mantiene a las mujeres bajo la opresión es el modo en que el capitalismo está organizado –en particular, el modo en que el capitalismo utiliza la forma específica que tiene la familia para asegurarse que los trabajadores procreen y ofrezcan nuevas generaciones de trabajadores. Es una gran ventaja que las mujeres dediquen la mayor parte de sus vidas a asegurar, sin retribución alguna, que sus maridos estén en condiciones de trabajar en las fábricas, y que sus hijos sean criados por ellas para hacer lo mismo.

En el socialismo, por el contrario, se realizarán en sociedad muchas de las funciones familiares que pesan tanto sobre las mujeres. Esto no significa que Marx y Engels pregonaran la “abolición de la familia”. Los defensores de la familia han sido capaces de movilizar muchas mujeres oprimidas en defensa del núcleo familiar –pues ellas entienden por “abolición de la familia” la idea de dar libertad a sus maridos de abandonarlas con las responsabilidades y los hijos. Los socialistas revolucionarios han intentado demostrar, por el contrario, que en una sociedad mas justa, una sociedad socialista, las mujeres no serían forzadas a tener la vida miserable y cruel que llevan en las familias de hoy en día.

Las feministas siempre han desaprobado este tipo de análisis. Lejos de entender que las mujeres tienen el poder de cambiar el mundo y terminar con su opresión –en el trabajo es donde ellas son colectivamente fuertes– ellas las entienden como víctimas y tolerantes. Al inicio de los años 1980, por ejemplo, fueron hechas campañas que abordaban cuestiones como la prostitución, las violaciones o la amenaza de las armas nucleares a las mujeres y sus familias. Todo esto partía de la idea de que las mujeres son débiles. El feminismo parte del supuesto de que la opresión está por encima de la división de clases. Y esto lleva a conclusiones tales que dejan intacta la sociedad de clases y mejoran la situación de algunas mujeres –una minoría. Los movimientos de mujeres tienen la tendencia a ser dominados por mujeres de “clase media alta”, periodistas, escritoras, etcétera, y las obreras son dejadas de lado.

Sólo en períodos de cambios radicales y levantamientos revolucionarios la cuestión de la liberación de las mujeres se vuelve realidad, no solamente para una minoría sino para todas las mujeres de la clase trabajadora. La Revolución bolchevique de 1917 produjo una igualdad nunca vista antes. El divorcio, el aborto y el acceso a métodos anticonceptivos se volvieron disponibles libremente. La educación de los niños se volvió una responsabilidad de la sociedad. Se inició la utilización de restaurantes, lavanderías y guarderías comunitarias, que dejaban a las mujeres más margen para escoger y controlar como llevar sus vidas. Claro que el destino de estos avances no podría estar separado del destino de la propia revolución. El hambre, la guerra civil, la destrucción de la clase trabajadora y el fracaso de la revolución internacional significaron la derrota del socialismo en la propia Rusia. Los avances en la igualdad fueron revertidos. Pero los primeros años de la república socialista mostraron lo que la revolución socialista puede conquistar, aún bajo las más desfavorables condiciones.

Hoy las perspectivas para de las mujeres son mucho mejores. En Gran Bretaña y en los países capitalistas avanzados, más de dos trabajadores en cinco son mujeres. Esto muestra que la liberación colectiva de las mujeres solamente puede ser alcanzada a través del poder de la clase trabajadora. Esto obliga a rechazar la idea feminista de crear organizaciones separadas de mujeres. Solamente hombres y mujeres actuando juntos como parte de un movimiento revolucionario unido pueden destruir la sociedad de clases y acabar con la opresión de las mujeres.

Capitulo 13. El socialismo y la guerra

El siglo pasado ha sido un siglo de guerras. Diez millones de personas murieron en la Primer Guerra Mundial, cincuenta y cinco millones en la Segunda, dos millones en las guerras de Indochina. Estados Unidos y las demás superpotencias nucleares poseen en la actualidad, los medios para destruir la especie humana varias veces. Explicar este horror es difícil para aquellos que consideran la sociedad actual como la única posible. Ellos concluyen que existe algún impulso innato, instintivo en los seres humanos, que los lleva a querer asesinatos en masa. Pero las guerras no son un fenómeno conocido en todas las sociedades humanas. Gordon Childe anota que en la Europa de la Edad de Piedra:

“…los primeros Danubianos parecen haber sido un pueblo pacífico. Las armas de guerra están ausentes en sus sepulturas. Sus aldeas no poseían defensas militares. [Pero] en las fases más tardías del período neolítico los armamentos comenzaron a ser más evidentes”…

Las guerras no son causadas por alguna agresividad humana innata. Son el producto de la división de la sociedad en clases. Entonces, 5.000 o 10.000 años atrás, una clase de propietarios surgió, y necesitaba encontrar los medios adecuados para defender sus riquezas. Comenzaron a constituir fuerzas armadas, un Estado separado del resto de la sociedad. Esto entonces se volvió un valioso medio para aumentar aún más sus riquezas, a través del saqueo de otras sociedades. La división de la sociedad en clases determinó que la guerra se volviera una característica permanente de la vida humana.

Las clases dominantes propietarias de esclavos en Grecia y Roma antiguas no podían sobrevivir sin guerras continuas para la obtención de más esclavos. Los señores feudales de la Edad Media tenían que permanecer armados para subyugar a los siervos locales y protegerse de los robos hechos por otros señores feudales. Cuando las primeras clases dominantes capitalistas surgieron hace 400 o 500 años atrás, ellas también tuvieron que recurrir frecuentemente a las guerras –tuvieron que desarrollar terribles guerras entre los siglos XVI, XVII y XVIII para establecer su supremacía sobre los restos de los antiguos señores feudales.

Los países capitalistas más poderosos usaron la guerra para expandir su riqueza, atravesando los mares, robando en la India y en Irlanda, transportando millones de personas como esclavos de África para América, transformando todo el mundo en una fuente de robos para sí mismos. La sociedad capitalista se constituyó a través de la guerra. No asombra que aquellos que viven en su interior lleguen a considerarla no sólo “inevitable” sino “justa”. Aún así, el capitalismo no puede basarse siempre y totalmente en la guerra. La mayoría de su riqueza surge de la explotación de los trabajadores en fábricas y minas. Y esto es algo que puede ser interrumpido por cualquier enfrentamiento que se desarrolle dentro las “fronteras nacionales”. Toda la clase capitalista a escala nacional quiere paz en casa, por eso desarrolla las guerras en el extranjero. Por un lado estimula la creencia en las “virtudes militares”, y por otro ataca fuertemente la “violencia”. La ideología capitalista combina, de un modo completamente contradictorio, la exaltación al militarismo con frases pacifistas.

En el siglo pasado, la preparación para la guerra se tornó más central para el sistema de lo que jamás fuera antes. En el siglo XIX la producción capitalista estaba basada en muchas pequeñas empresas compitiendo unas contra otras. El Estado era un cuerpo relativamente pequeño que regulaba las relaciones entre ellas y con los trabajadores. Pero en el siglo que acaba de terminar las grandes empresas engulleron a la mayoría de las pequeñas empresas, acabando con la mayoría de la competencia dentro de cada país. La competencia se vuelve más y más internacional, entre gigantes de diferentes naciones. No existe un Estado capitalista internacional para regular la competencia. Al contrario, cada Estado ejerce toda la presión de la que es capaz para ayudar a sus capitalistas a conseguir ventaja sobre sus rivales. La lucha a vida o muerte de los capitalistas unos contra otros puede volverse una lucha a vida o muerte entre los Estados, cada uno con su gran dispositivo bélico de destrucción.

Por dos veces éstas luchas llevaron a guerras mundiales. La Primera y la Segunda Guerra Mundial fueron guerras imperialistas, conflictos entre alianzas de Estados capitalistas por la dominación del planeta. La Guerra Fría era una continuación de esta lucha, con los más poderosos Estados capitalistas alineados unos con otros en la Alianza Atlántica (OTAN) y el Pacto de Varsovia. Además de este conflicto global, otras guerras han estallado en diferentes partes del mundo. Como de costumbre, han sido luchas entre diferentes Estados capitalistas por quién debería controlar una determinada región, como ocurrió en la Guerra entre Irán e Irak comenzada en 1980 y la Guerra del Golfo de 1991. Los mayores poderes incitan a la guerra para vender la más sofisticada tecnología militar a los Estados del “Tercer Mundo”.

Muchas personas que aceptan el capitalismo en general, no les gusta esta realidad repugnante. Quieren el capitalismo pero no quieren las guerras. Intentan encontrar alternativas dentro del sistema. Por ejemplo, existen quienes creen que la ONU puede impedir las guerras. Pero la ONU es la arena donde se encuentran los diferentes Estados que priorizan la guerra. Allí ellos miden sus fuerzas, como luchadores se estudian antes de golpearse. Si un Estado o alianza supera la fuerza de sus oponentes con un pequeño margen de ventaja, ambos coinciden en que se trata de una guerra sin sentido, cuyo resultado es conocido de antemano. Pero si surge una pequeña duda sobre el resultado final, ellos solamente conocen un medio para resolver la contienda. Declarar la guerra.

Esta era la verdad, en relación a la OTAN y al Pacto de Varsovia. Así, aunque occidente tuviera una pequeña ventaja sobre el bloque oriental, la desventaja no era tan grande como para que hacer creer a los rusos que tenían a favor una desventaja irreversible. Por esto, a pesar del hecho de que una Tercera Guerra Mundial hubiera barrido la vida humana en el planeta, tanto Washington como Moscú elaboraban planes para desarrollar y vencer una guerra nuclear.

La guerra fría llegó a su fin con el levantamiento político en Europa Oriental en 1989 y el colapso de la Unión Soviética y sus repúblicas constitutivas en 1991. Se hablaba mucho entonces de un “nuevo orden mundial”. En lugar de eso, sin embargo, hemos visto una sucesión de bárbaras guerras –la guerra de Occidente contra su anterior aliado Irak, la guerra entre Azerbaijan y Armenia en la ex URSS, las horribles guerras civiles en Somalia y la ex Yugoslavia. Ni bien una rivalidad militar entre poderes capitalistas se resuelve, ya otra aparece. En todos los lugares, las clases dominantes saben que la guerra es una manera de incrementar su influencia, cegando a trabajadores y campesinos con nacionalismos.

Se puede estar en contra de la guerra sin oponerse a la sociedad capitalista. Pero no se puede acabar con ellas de este modo. La guerra es un producto inevitable de la división de la sociedad en clases. La amenaza que representan nunca cesará implorando a los gobernantes a que hagan las paces. Las armas tienen que ser arrancadas de sus manos por un movimiento que luche para derrocar a la sociedad de clases de una vez por todas. Los movimientos pacifistas que aparecieron en Europa y Norteamérica al final de los años 1970 no comprendieron esto. Ellos lucharon para detener la introducción de misiles Cruise y Persing, por el desarme unilateral, por un congelamiento nuclear. Pero creían que la lucha por la paz podía ganarse aislada de la lucha entre el capital y el trabajo. De este modo, solamente se frustraría la movilización del único poder capaz de detener los intentos de guerra, la clase trabajadora. Solamente la revolución socialista puede detener el horror de la guerra.

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Notas

Chris Harman fue editor de la International Socialist Journal, revista teórica y política marxista publicada en Gran Bretaña por el Socialist Workers Party (SWP). Y también autor de numerosos libros, entre los que se destacan Economics of the Madhouse (1995), The Lost Revolution: Germany 1918 to 1923 (1997), A People’s History of the World (1999) y Explaining the crisis. A marxist re-appraisal (2001). Además de ser un dirigente revolucionario excepcional y militante del movimiento anticapitalista y del movimiento antiguerra. Falleciendo cuando todavía tenía mucho para brinda al movimiento obrero internacional, a la edad de 67 años el 7 de Noviembre de 2009. La primera edición de este folleto fue realizada en Diciembre de 2001.

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