Partido y clase

Pocas polémicas han despertado tanto encono entre marxistas como el debate acerca de la relación entre el partido y la clase. Éste ha provocado más conflictos que cualquier otra cuestión y una generación tras otra se ha tildado de “burócrata”, “sustitucionista”, “elitista”, en el curso de la discusión. Sin embargo, los principios fundamentales del debate han quedado muchas veces sin aclarar pese a la importancia de los problemas que de allí surgen. Cuando se dividieron los bolcheviques y los mencheviques en 1903 a raíz de la discu­sión sobre el carácter y la organización del partido, muchos de los que en 1917 se opusieron a Lenin (Plejanov, entre ellos) votaron con él. Y en el campo opuesto se encontraban revolucionarios de la estatura de Trotsky y Rosa Luxemburgo. Y no era un caso aislado. Ha sido un rasgo permanente en toda discusión entre revoluciona­rios.

CHRIS HARMAN (1969)

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Trotsky señalaba el hecho de que tanto los social­demócratas como los bolcheviques hablaban de la “necesidad del partido”, aunque esto significara en cada caso cosas muy distin­tas, volviéndose este tema más complicado aún desde el desarrollo del estalinismo en adelante. El vocabulario de los bolche­viques fue acaparado por sectores que lo emplearon con fines muy distintos a los que proyectaban los que formularon ese lenguaje. Por otro lado, aquellos que continuaron en la tradición revolucionaria, oponiéndose tanto al estalinismo como a la socialdemocracia, muchas veces no tomaron con suficiente seriedad el asunto. Apoyándose en la “experiencia” como prueba suficiente de la necesidad de un partido, se olvidaron precisamente que era una experiencia estalinista o socialdemócrata.

A nuestro parecer, la consecuencia ha sido que la mayor parte de la discusión, aun en círculos revolucionarios, se ha limitado fundamentalmente a tomar posiciones en favor o en contra de los conceptos estalinistas o socialdemócratas de lo que es o debe ser el partido revolucionario. Creemos, en cambio, que las perspectivas orgánicas desarrolladas implícitamente tanto en los escritos como en la actuación de Lenin, conduce a conclusiones muy distintas. Si esto ha quedado poco claro, se debe ante todo a la corrupción estalinista de la teoría y la práctica de la Revolución de Octubre, y al hecho de que el partido bolchevique se desarrolló en la clandestinidad, de manera que las cuestiones principales se plantearon muchas veces con el lenguaje de la socialdemocracia.

La visión socialdemócrata
de la relación entre el partido y la clase

Las teorías clásicas de la socialdemocracia, que hasta 1914 no fueron impugnadas por los marxistas, daban necesariamente al partido un papel clave en el proceso hacia el socialismo, proceso que se visualizaba como un desarrollo constante y continuo de las organizaciones y la conciencia obreras dentro del capitalismo. Aun aquellos marxistas que, como Kautsky, rechazaban la idea de una transición gradual hacia el socialis­mo, estaban de acuerdo en que lo que precisaban por el momento era ampliar y extender la fuerza orgánica y el apoyo electoral del partido. Era esencial que creciese el partido para que, en el momento en que se entablara la transición inevitable al socialismo, sea por elecciones, sea a través de la violencia defensiva por parte de la clase trabajadora, existiera ya el partido capaz de apoderarse y formar la base del nuevo Estado (o del antiguo Estado reconsti­tuido).

Se consideraba que el desarrollo de un partido obrero de masas era la consecuencia inevitable del desarrollo del capitalis­mo. “Todos los días va creciendo el número de proletarios, aumentándose el ejercito de trabajadores super­fluos, agudizándose la oposición entre explotadores y explotados”,[1] las crisis “ocurren en forma natural y creciente”,[2] “la mayoría va cayendo cada vez más en la necesidad y la miseria”,[3] “se vuelven cada vez más cortos los intervalos de prosperidad, cada vez más intensas las crisis”.[4] Esto impulsa a un número cada vez mayor de obreros “hacia una instintiva oposición al orden existente”.[5] La socialdemocracia, basándose en “una investigación científica independiente realizada por pensadores burgueses”[6] existe para elevar a los obreros al nivel donde “puedan percibir claramente las leyes que gobiernan a la sociedad”.[7] Un movimiento tal, “que surge de los antagonismos de clase… sólo puede sufrir derrotas temporales, pues al final la victoria tiene que ser suya”.[8] “Las revoluciones no se hacen por voluntad, sino que son fruto de una necesidad inevitable.” Dentro de este proceso, los mecanismos claves son las elecciones parlamentarias (aunque hasta Kautsky mismo, durante el período inmediatamente después de 1905-6 reconocía la posibilidad de una huelga general).[9] “No hay por qué‚ creer que… hoy en día juegue un papel determinante la insurrección armada”.[10] Por el contrario, “el Parlamento es el instrumento más poderoso que tenemos para levantar al proletariado de su situación económica social y moral”.[11]

El hecho de que la clase trabajadora lo emplea significa que “el parlamentarismo empieza a cambiar de carácter. Deja de ser una simple herramienta en manos de la burguesía”.[12] A largo plazo, estas actividades deben conducir a la organización de la clase trabajadora hacia una situación en la cual el partido socialista tenga mayoría y forme el gobierno. “… [El Partido Laborista] debe tener como fin la conquista del gobierno para los intereses de la clase que representa. El desarrollo económico conducirá en forma natural al cumplimiento de ese fin”.[13]

En Europa occidental la actividad de los socialistas se basaba en su mayor parte sobre esta perspectiva durante los 40 años anteriores a la primera guerra mundial. No sólo eso, durante esta época no hubo respuesta teórica alguna desde la izquierda. El asombro de Lenin ante la decisión del Partido Socialdemócrata Alemán (SPD) de apoyar la guerra es bien conocido. Cabe señalar el hecho menos conocido de que hasta los que criticaban a Kautsky desde la izquierda, como Rosa Luxemburgo, aceptaban, o al menos no rechazaban, los fundamentos de la teoría de la relación entre el partido y la clase y del desarrollo de la conciencia de clase que de ella fluía. Sus críticas al kautskismo no saldrían del marco teórico general definido por Kautsky mismo.

Para los socialdemócratas, lo esencial es que el partido representa a la clase. Fuera del partido el trabajador carece de conciencia. Kautsky, por ejemplo, manifestaba un terror casi patológico a lo que podían hacer los trabajadores estando fuera del partido, y le obsesionaba el peligro de la revolución “prematura”. Así que tenia que ser el partido quien tomase el poder. Aunque otras formas de organización obrera contribuyeran al proceso, éstas debían subordinarse al portador de la conciencia política de la clase. “Esta acción directa de los sindicatos puede ser eficaz, pero sólo en la medida en que sea auxiliar y refuerzo, pero no sustituto, de la actividad parlamentaria.”[14]

La izquierda revolucionaria
y las teorías de la socialdemocracia

Cabe repetir que la perspectiva socialdemócrata sobre la relación entre partido y clase no fue impugnada en ningún momento en forma explícita (con la excepción de los anarquis­tas que rechazaban toda noción de partido). Sólo así pueden entenderse las polémicas‚ desarrolladas a raíz del problema de la organiza­ción del partido antes de 1917. Aun aquellos‚ que como Rosa Luxemburgo, se oponían a la socialdemocracia desde el punto de vista de la actividad masiva y autónoma de la clase trabajadora, compartían sus conceptos fundamentales. Y no se trataba de un simple error teórico; surgía de una situación histórica. La Comuna de París era la única experiencia de la toma del poder por la clase trabajadora, experiencia limitada a un periodo de sólo dos meses y a una ciudad marcadamente pequeñoburguesa. La revolución de 1905, a su vez, no pasaba de ser una manifesta­ción en embrión de cómo se organizaría de hecho un Estado obrero. Se desconocían por completo las formas fundamentales del poder de los trabajadores: los soviets, o consejos obreros. Así, por ejemplo, Trotsky, que había sido Presidente del Soviet de Petrogrado en 1905, ni siquiera les hace referencia al analizar las lecciones de la experiencia de 1905 en su Resultados y Perspectivas. Pese a ser el único que reconocía el contenido socialista de la revolución rusa, Trotsky no preveía la forma que podía adoptar.

La revolución es… sobre todo una cuestión de poder, no de la forma del Estado (Asamblea constituyente, república, Estados unidos), sino del contenido social del poder.[15]

En la respuesta de Rosa Luxemburgo a 1905, Huelga de masas, se repite el mismo error. Lenin tampoco reconoció el papel clave desempeñado por el soviet hasta después de la revolución de febrero.[16]

La izquierda revolucionaria nunca llegó a aceptar del todo la posición de Kautsky, quien veía en el partido el precursor del Estado obrero. Los escritos de Luxemburgo, por ejemplo, reconocen el conservadurismo del partido y de allí la necesidad para las masas de trabajar fuera de él y de rebasarlo desde un principio.[17]

Aun así, no se llegaba en ningún momento a rechazar en forma explícita la posición oficial de la socialdemocracia.

Sin embargo no había posibilidad de tener en claro el pro­ble­ma de la organización interna necesaria del partido hasta que se aclarase teóricamente la relación entre el partido y la clase. Sin rechazar el modelo socialdemócrata, era imposible que se entablara una verdadera discusión acerca de la organización revolucionaria.

Es en Luxemburgo donde se ve más claramente el proble­ma. Sería un error caer en la trampa (tan cuidadosamente preparada tanto por los estalinistas como por los que dicen ser seguidores de Luxemburgo) de atribuirle a ella un “espontaneismo” que ignora la necesidad del partido. En todos sus escritos subraya la necesidad de un partido, y el papel positivo que le toca:

En Rusia ha correspondido a la socialdemocracia la tarea de substituir un período del proceso histórico por una actividad consciente para extraer al proletariado del estado de atomización —que es la base del régimen absoluto— y dirigirlo, como clase consciente y luchadora, hasta la forma más elevada de organización.[18]

…La tarea de la socialdemocracia no radica en la pre­pa­ración técnica y en la preparación de la huelga de masas, sino, sobre todo, en la dirección política de todo el movi­miento.[19]

La socialdemocracia es la vanguardia más ilustrada y consciente del proletariado. No puede ni debe esperar con los brazos cruzados, con mentalidad fatalista, a que apa­rezca la “situación revolucionaria”.[20]

Aun así, los escritos de Luxemburgo sobre el papel del partido manifiestan una ambigüedad permanente. Le preocu­paba que el papel dirigente del partido no fuera demasiado importante —pues esto lo identificaba como la posición “vacilante” de la social­democracia.[21] Identificaba al “centralismo”, que de todas formas ella consideraba necesario (“la socialdemocracia es, ya de nacimiento, una enemiga decidida de todo particularismo y todo federalismo”[22]), con el “carácter conservador que tiene esencialmente toda dirección [o sea el Comité Central]”[23]. Su vacilación no se entiende sin tomar en cuenta la situación concreta que le preocupaba realmente a Luxemburgo. Ella era cuadro dirigente del SPD, pero dudaba siempre de la forma en que éste trabajaba. Siempre que quería señalar los peligros del centralismo, se refería al SPD como ejemplo:

La táctica actual de la socialdemocracia alemana ha ganado un reconocimiento universal por ser tanto flexible como firme, señal de la excelente forma en que nuestro partido se ha adaptado a las condiciones de un régimen parlamen­tario… La perfección misma de esa adaptación, sin embargo, ya va cerrando cauces a nuestro partido.

Luxemburgo pronosticaba así en forma brillante lo que iba a suceder en 1914; pero no empieza siquiera a explicar el por qué el SPD iba cayendo en esclerosis y ritualismo cada vez mayores, ni señala la forma en que se combaten semejantes tendencias. Los grupos e individuos conscientes son incapaces de resistirse a ellas. Pues “[la] desidia… se explica también en gran medida por el hecho de que los contornos y formas materiales de una situación política inexistente, es decir, imaginaria, resultan muy difíciles de determinar en el vacío de la especulación abs­tracta”[24]. Considera a la burocratización del partido como inevitable; la única forma de superarla, según ella, consiste en poner límites al grado de cohesión y eficiencia del partido.

Lo que pone límites al “movimiento consciente de la mayo­ría en interés de la mayoría” no es una forma particular de organización ni una dirección consciente, sino la organización y la dirección conscientes en sí.

Lo inconsciente precede a lo consciente y la lógica del proceso histórico objetivo a la lógica subjetiva de los actores. En este campo, la función de la dirección social­demócrata es de carácter conservador…[25]

Este argumento contiene un elemento importante y correcto: la tendencia de ciertas organizaciones a mostrarse incapaces (si no renuentes) a responder ante una situación rápidamente cambiante. No hay que pensar más allá del ala “maximalista” del Partido Socialista Italiano en 1919, de la totalidad del “centro” de la Segunda Internacional en 1914, de los interna­cionalistas-mencheviques en 1917, o del Partido Comunista Alemán (KPD) en 1923. Aun el mismo partido bolchevique abrigaba una fuerte tendencia conservadora, de la misma estirpe. Pero Luxemburgo, hecho el diagnóstico, no hace el más mínimo intento de ubicar la fuente de ese conservadurismo, excepto en términos de unas generali­zaciones epistemo­lógicas, ni busca remedio orgánico alguno. Su esperanza de que lo “inconsciente” corrija lo “consciente” revela a su vez un fuerte fatalismo.

Pese a su inmensa sensibi­lidad ante el ritmo peculiar del movimiento de masas —sobre todo en Huelga de masas— evade la necesidad de desarrollar un concepto claro de que tipo de organización política puede ser capaz de conducir estos cambios espontáneos. Paradójica­mente, la crítica más intransi­gente del ritualismo burocrático y del cretinismo parlamentario abogó en 1903 por precisamente aquella fracción del partido ruso que con el tiempo llegaría a ser la encarnación histórica más perfecta de aquellos mismos errores: los mencheviques. En Alemania la oposición política al kautskismo, que se iba desarrollando ya a principios de siglo para llegar a formarse en forma caduca en 1910, no adoptó forma orgánica hasta cinco años más tarde.

Entre la posición de Luxemburgo y la que apoyaba Trotsky hasta 1917 existen paralelos significativos. Él también se daba cuenta de los peligros del ritualismo burocrático:

El trabajo de agitación y de organización en las filas del proletariado está marcado por una inmovilidad interna. Los partidos socialistas europeos, especialmente el más grande entre ellos, el alemán, han desarrollado un conser­vadurismo propio, que es tanto más grande cuanto mayores son las masas abarcadas por el socialismo y cuanto más alto es el grado de organización y disciplina de estas masas. Consecuentemente, la socialdemocracia, como organización, personificando la experiencia política del proletariado, puede llegar a ser, en un momento determina­do, un obstáculo directo en el camino de la disputa abierta entre los obreros y la reacción burguesa.[26]

Nuevamente su espíritu revolucionario le lleva a desconfiar de toda organización centralizada. Según Trotsky en 1904, el concepto leninista del partido sólo puede llevar a una situación en la que:

…La organización del Partido sustituye al partido en su totalidad; luego el Comité Central se sustituye por la organi­zación; y al final el “dictador” acaba sustituyendo al Comité Central.[27]

Para Trotsky, sin embargo, los problemas del poder de los trabajadores sólo pueden resolverse:

mediante una lucha sistemática entre… las varias tenden­cias internas del socialismo, tendencias que necesariamente surgirán en cuanto la dictadura del proletariado plantee decenas y centenas de nuevos… problemas. Ninguna orga­ni­zación fuerte y “dominadora” podrá suprimir estas tenden­cias y controversias…[28]

Pero el temor de Trotsky a la rigidez organizativa le llevó también‚ a apoyar a aquella tendencia de las que peleaban dentro del partido ruso, que históricamente se mostró más atemorizada por el carácter espontáneo de las acciones de masas. Aunque en términos políticos se fue alejando cada vez más de los mencheviques, no empezó a crear una organización de oposición hasta muy tarde. Sean correctas o no sus críticas a Lenin en 1904 (y a nuestro parecer fueron erradas), sólo pudo convertirse en un actor histórico efectivo en 1917, al inscri­birse en el partido de Lenin.

Si es cierto que la organización produce la burocracia y la inercia, tanto Luxemburgo como el joven Trotsky tuvieron razón en lo que se refería a la necesidad de limitar las aspira­ciones de los revolucionarios al centralismo y a la cohesión. Pero en ese caso hay que aceptar todas las consecuencias de aquella posición, siendo la más importante el fatalismo histórico. Los individuos pueden luchar por sus ideas dentro de la clase trabajadora, y estas ideas pueden ser importantes en tanto dan a los trabajadores la confianza y la conciencia necesarias para luchar por su propia liberación.

Pero los revolucionarios no llegarán nunca a crear una organización capaz de darle una eficacia y cohesión en la lucha comparables con las de aquellos que aceptan implícitamente las ideologías actuales, pues eso representaría necesariamente una limitación a la actividad autónoma de las masas, lo “inconsciente” que precede a lo “consciente”. De allí que no existe otra posibilidad que la de esperar los actos “espontáneos” de las masas. Mientras tanto, no queda otra que aguantar las organiza­ciones ya existentes, aun si uno se encuentra políticamente en desacuerdo con ellas, ya que son lo mejor que puede haber, máxima expresión actual del desarrollo espontáneo de las masas.

Lenin y Gramsci sobre el partido y la clase

En sus escritos, Lenin reconoce en forma implícita los proble­mas que tanto preocupaban a Luxemburgo y a Trotsky. Pero Lenin no se doblega ante ellos, pues él va reconociendo que los problemas no surgen de la organización como tal, sino más bien de formas particulares y aspectos limitados de la organi­zación. Cuando la primera guerra mundial y los acontecimien­tos de 1917 pusieron de manifiesto las fallas en las antiguas formas de organización, Lenin empezó a dar expresión a las concepciones radicalmente nuevas que iba desarrollando. Aún entonces no habían madurado del todo. La destrucción de la clase trabajadora rusa, el derrumbe de todo sistema real de soviets (es decir, un sistema basado en consejos obreros) y el auge del estalinis­mo, sofocaron la renovación de las teorías socialistas. La burocracia que se levantó sobre la fragmenta­ción y desilusión de la clase trabajadora se apoderó de los funda­mentos teóricos de la revolución, para convertirlos en una ideología justificadora de sus propios intereses y crímenes. La visión leninista de lo que es el partido y cómo debe funcionar en relación a la clase y a sus instituciones, acababa de definirse y diferenciarse de las concepciones socialdemócratas, cuando volvió a ser distorsio­nada por una nueva ideología estalinista.

Muchas de las teorías de Lenin, sin embargo, fueron desa­rro­lladas por el italiano Antonio Gramsci, quien les dio una nueva forma teórica más clara y coherente.[29]

Lo que suelen desconocer los que comentan sobre la obra de Lenin es que sus escritos abarcan dos concepciones complemen­tarias entrelazadas, las que en una lectura superfi­cial podrían parecer contradictorias. En primer lugar se subraya continua­mente la posibilidad de una transformación repentina de la conciencia de los trabajadores, de un brote repentino tan característico de la actividad autónoma de los trabajadores, de que los profundos instintos de la clase trabajadora le llevarán a rechazar la sumisión y la subordinación acostumbradas.

En la historia de las revoluciones surgen a la luz contradicciones que han madurado a lo largo de décadas y hasta de siglos. La vida adquiere una riqueza sin precedentes. Aparecen en la escena política, como combatiente activo, las masas, que siempre se mantienen en la sombra, y que por ello pasan con frecuencia inadvertidas para los observadores superficiales, e inclusive, en ocasiones, resultan despreciadas por ellos. Estas masas… realizan heroicos esfuerzos para elevarse a la altura de las tareas gigantescas, de envergadura universal, que la historia les impone, y por grandes puedan ser las derrotas aisladas, y por mucho que puedan conmovernos los ríos de sangre y los millares de víctimas, nada puede compararse en importancia con lo que representa esta educación directa de las masas y de las clases, en el curso de la lucha revolucionaria directa.[30]

…Sabemos estimar la importancia de la tenaz, lenta, y a menudo imperceptible labor de educación política que siempre ha desplegado y seguirá desplegando la socialdemocracia. Mas tampoco debemos pecar de falta de fe en las fuerzas del pueblo, más peligrosa aún hoy día; debemos tener presente la inmensa fuerza educativa y organizadora de la revolución, cuando los ingentes acontecimientos históricos hacen salir de sus guaridas, desvanes y sótanos a los filisteos y los obligan a hacerse ciudadanos. Unos meses de revolución educan a veces a ciudadanos con mayores celeridad y amplitud que decenios de estancamiento político.[31]

La clase trabajadora es instintiva y espontáneamente social­demócrata.[32]

Las condiciones particulares del proletariado en la sociedad capitalista llevan a los trabajadores a pelear por el socialismo; su unión con el partido socialista brota con una fuerza espontánea en las primeras etapas del movimiento.[33]

Aun en los peores meses después del estallido de la guerra en 1914 pudo escribir:

La situación revolucionaria objetiva, creada por la guerra… engendra inevitablemente un estado de animo revolucionario, templa a los proletarios mejores y más conscientes y los instruye. No sólo es posible, sino que cada vez es más probable un cambio rápido en el estado de animo de las masas…[34]

En 1917 su fe en las masas le llevó en abril, y luego en agosto y setiembre, a enfrentarse con su propio partido:

Más de una vez Lenin había dicho que las masas están más a la izquierda que el partido. Sabía que el partido está más a la izquierda que su núcleo dirigente, la capa de los “viejos bolcheviques”.[35]

En lo que a la “Conferencia Democrática” se refería, escri­bió lo siguiente:

Debemos alentar a las masas para que se integren a esta discusión. Los obreros conscientes tendrán que encargarse de ello, organizando la discusión y presionando a “los de arriba”.[36]

Pero existe además en el pensamiento y la práctica de Lenin un segundo elemento fundamental: subraya el papel de la teoría, y del partido como portador de ella. El reconocimiento mas conocido de este papel del partido se encuentra en el ¿Qué hacer?, donde Lenin escribe que “Sin teoría revolucio­naria no puede haber tampoco movimiento revolucionario”.[37] El mismo tema reaparece en cada etapa de su actividad, no solo en 1903 sino también en 1905 y 1917, justo en el mo­mento en que regañaba al partido por su incapacidad para responder ante la radicalización de las masas. Y para él, el partido se distingue claramente de las organizaciones de masa de la clase en conjunto.

Es siempre una organización de vanguardia, y para militar en él se requiere una dedicación poco común entre los obreros. (Pero con eso no quería decir Lenin que lo que se proyectaba era una organización de revolucionarios profesionales exclusiva­mente).[38] Esto podría parecer contradictorio, sobre todo si se tiene en cuenta que en 1903 Lenin recurría a argumentos tomados de Kautsky en el sentido de que sólo el partido es capaz de inyectar en las masas una conciencia socialista, mientras que más tarde dice que la clase “está a la izquierda” del partido. Pero no existe contradicción alguna; basta con examinar los principios fundamentales del pensamiento de Lenin. Pues la base teórica de su actitud hacia el partido no implica que la clase trabajadora sea incapaz de llegar por sí sola a una conciencia socialista teórica. Esto lo reconoce en el segundo congreso del Partido Socialdemócrata Ruso al negar la imputación de que “Lenin no toma en cuenta el hecho de que también los trabajadores desempe­ñan un papel en la formación de una ideología”; y añade que “Los “economistas” han ido a un extremo. Para equilibrar la cuestión había que tirar para el otro extremo —que es lo que yo hice”.[39]

La base real de su argumento consiste en que la conciencia de la clase trabajadora es siempre desigual. Aunque en una situación revolucionaria los trabajadores aprendan de forma muy rápida, siempre habrá sectores más avanzados que otros. No basta con alegrarse de esta transformación espontánea; esto significaría una aceptación complaciente de los productos que de allí surjan, por muy transitorios que sean. El problema es que esto refleja tanto el retraso como el adelanto de la clase; tanto su situación dentro de la sociedad burguesa como su potencialidad para seguir su desarrollo hasta hacer la revolu­ción.

Los trabajadores no son autómatas sin ideas propias. Hasta que intervengan los revolucionarios conscientes, atrayéndolos hacia la perspectiva revolucionaria, seguirán aceptando la ideología burguesa de la sociedad existente. Y tanto más en cuanto es una ideología que penetra en todos los aspectos de la vida actual, perpetuándose a través de todos los medios de comunicación. Aún cuando algunos trabajadores lleguen “espontáneamente” a una posición plenamente científica, ellos tendrán que seguir discutiendo con sus compañeros de trabajo, que todavía no han llegado a las mismas conclusiones.

Olvidar la diferencia entre la vanguardia y las masas en su conjunto que viran hacia ella, olvidar el constante deber de esta vanguardia de elevar a sectores cada vez más numero­sos hacia su propio nivel avanzado, significa hacerse ilusiones, y cerrar los ojos ante la enormidad de las tareas que hay que cumplir.[40]

Este argumento no puede limitarse a una sola época histó­rica; no es posible sostener, como hacen algunos, que lo que es cierto en lo que se refiere a la clase trabajadora rusa retrasada en 1902, no se puede aplicar actualmente a la clase trabajadora de los países más avanzados. Puede que las posibilidades para que se desarrolle la conciencia de los trabajadores sean mayores en el segundo caso; pero por otro lado el carácter mismo de la sociedad capitalista garantiza que siga existiendo entre las masas una gran desigualdad. Esto no se puede negar sin confundir la potencialidad revolucionaria de la clase trabajadora con su situación real y actual. Como escribe en 1905, rechazando a los mencheviques (¡y a Rosa Luxemburgo!), se necesitan:

Menos lugares comunes sobre el desarrollo de la actividad independiente de los obreros —¡los cuales saben desplegar una enorme actividad revolucionaria independiente que ustedes no perciben!—, y más atención a no desmoralizar a los obreros atrasados con el seguidismo de ustedes.[41]

Hay dos tipos de actividad independiente: la actividad independiente de un proletariado que posee la iniciativa revolucionaria, y la de un proletariado no desarrollado, encerrado todavía por una dirección… Hay social­demócratas que hasta la fecha siguen contemplando en forma reverencial este segundo tipo de actividad, creyendo que al repetir vez tras vez la palabra “clase” se puede evadir la necesidad de responder en forma directa a los problemas actuales más urgentes.[42]

En pocas palabras: dejen de hablar de lo que puede lograr la clase en su conjunto y dedíquense a pensar en cómo nosotros, siendo parte del proceso de desarrollo, debemos actuar. Como escribe Gramsci:

La espontaneidad “pura” no se da en la historia: coincidiría con la mecanicidad “pura”. En el movimiento “más espon­táneo” los elementos de “dirección consciente” son simple­mente incontrolables… Existe, pues, una “multiplicidad” de elementos de “dirección consciente” en esos movimientos, pero ninguno de ellos es predominante…[43]

Al hombre no le falta nunca una concepción del mundo. No puede desarrollarse alejado de una colectividad de algún tipo. “En lo que a su concepción del mundo se refiere, el hombre siempre pertenece a un grupo, y precisamente a aquél que agrupa a los elementos que comparten su forma de pensar y de trabajar.” A menos que esté metido en un proceso de constante crítica a su propia concepción del mundo para darle coherencia:

Se pertenece simultáneamente a una multiplicidad de hombres-masa, la personalidad es un algo abigarradamente compuesto: hay en ella elementos del hombre de las cavernas y principios de la ciencia más moderna y avanzada, prejuicios de todas las fases históricas pasadas, groseramente localistas, e intuiciones de una filosofía futura que será propia del género humano unificado mundialmente.[44]

El hombre-masa actúa prácti­camente, pero no tiene una clara consciencia teórica de su hacer, pese a que éste es un conocer el mundo en cuanto lo transforma. Puede incluso ocurrir que su consciencia teórica se encuentra históricamente en contradicción con su hacer. Puede decirse que tiene dos consciencias teóricas (o una consciencia contradictoria): una implícita en su hacer, y que realmente lo une a todos sus colaboradores en la transformación práctica de la realidad, y otra superficialmente explícita o verbal, que ha heredado del pasado y ha recogido sin crítica,”…[Esta división] “puede llegar a un punto en el cual la contradictoriedad de la consciencia no permita ya ninguna acción, ninguna decisión, ninguna elección, y produzca un estado de pasividad moral y política.[45]

…Toda acción es el resultado de las diversas voluntades afectadas con diversos grados de intensidad, de conciencia, de homogeneidad con la masa entera de la voluntad colec­tiva… Queda claro que la teoría correspondiente implícita, será una combinación de ideas y puntos de vista igualmente confusos y heterogéneos. [Para que las fuerzas prácticas desatadas en un momento histórico dado sean] eficaces y expansivas [es necesario] construir sobre la base de una práctica determinada una teoría que por coincidir e identi­fi­carse con los elementos decisivos de esa misma práctica, acelere el proceso histórico en el acto mismo, vuelva más homogénea‚ coherente y eficaz en todos sus aspectos aquella práctica…[46]

En este sentido la pregunta de si es preferible la “espontaneidad” o “la dirección consciente” se remonta a si es:

preferible “pensar” sin tener conciencia crítica de ello, de modo disgregado y ocasional, es decir, “participar” en una concepción del mundo “impuesta” mecánicamente por el ambiente externo, o sea, por uno de tantos grupos socia­les en que cada uno de nosotros se encuentra inserto automática­mente desde su entrada en el mundo consciente… o bien elaborar la propia concepción del mundo, consciente y críticamente…[47]

Los partidos existen en esta situación precisamente para propagar una concepción del mundo junto con la actividad práctica que les corresponde. Intentan unir en una colectividad a todos aquéllos que comparten una misma concepción del mundo y se dedican a difundirla. Su papel consiste en homogeneizar a la masa de individuos influenciados por varias ideologías e intereses. Sin embargo, hay dos formas de desempeñar ese papel.

Gramsci caracteriza la primera forma refiriéndose a la Iglesia católica, la que intenta vincular una variedad de clases y capas sociales bajo una sola ideología. Intenta unir a los intelectuales y la “gente común” en una sola concepción organizada del mundo. La única forma de hacerlo, empero, es imponiendo a los intelectuales una férrea disciplina, que los reduce al nivel de la “gente común”. “El marxismo es la antí­tesis de esta posición católica”; intenta unir, en cambio, a los intelectuales y a los obreros para así elevar constantemente el nivel de consciencia de las masas, para que así puedan actuar en forma auténticamente independiente. Es precisamente por eso que los marxistas no pueden limitarse a “reverenciar” la espontaneidad de las masas; eso sería imitar a los católicos en el sentido de imponer a los sectores más avanzados el nivel de los sectores más atrasados.

Para Gramsci y para Lenin, esto significa que el partido trata constantemente de elevar el nivel de comprensión de sus miembros más nuevos, y debe estar siempre dispuesto a responder ante las evoluciones “espontáneas” de la clase, para así atraer a aquellos elementos que están desarrollando una conciencia clara como resultado de éstas.

Para ser un partido de masas no sólo en nombre, debemos abrir los asuntos del partido a masas cada vez mayores, sacarlos en forma sostenida, a través de la protesta y de la lucha, de su indiferencia política, para que avancen desde un espíritu general de protesta hacia una adopción de las perspectivas socialdemócratas; desde su adopción hacía un apoyo al movimiento, y de allí a la militancia organizada en el Partido.[48]

El partido capaz de cumplir estas tareas, sin embargo, no tiene que ser necesariamente el más “amplio”. Como organiza­ción combinará el esfuerzo constante por integrar a sus tareas a capas cada vez más amplias de los trabajadores; al mismo tiempo limitará su militancia a aquéllos que están dispuestos a luchar seriamente bajo la disciplina del partido. De allí la importan­cia de definir en forma bastante precisa que es lo que consti­tuye un militante. El partido no puede admitir a todos los que quieran identificarse como miembros, sino solamente a los que están dispuestos a aceptar la disciplina orgánica del partido. Bajo condiciones normales no pasará de ser una proporción muy reducida de la clase trabajadora; pero crecerá vertiginosamente en épocas insurreccionales.

Aquí puede notarse una diferencia muy importante con la práctica seguida en los partidos socialdemócratas. Lenin sólo se da cuenta de ello en lo que concierne al partido ruso antes de 1914; pero su posición es clara. Contrapone su objetivo —“una organización férrea y verdaderamente fuerte”, “un partido pequeño pero fuerte” de “todos aquéllos dispuestos a luchar”— al “monstruo pluriforme y los elementos mezclados de la Iskra nueva, de los mencheviques”.[49] De allí que insista tanto en tomar como cuestión de principio el problema de cuáles son las condiciones para entrar al partido, al producirse la ruptura con los mencheviques.

Dentro de la concepción de Lenin hay que distinguir entre los elementos que él considera históricamente limitados de los que tienen aplicación general; Lenin mismo se cuida siempre de hacerlo. Los primeros abarcan el énfasis sobre una organi­zación conspiratoria cerrada y la necesidad de una cuidadosa conduc­ción desde arriba hacia abajo de parte de los funciona­rios del partido, etc.

Bajo condiciones de libertad política nuestro partido se construirá exclusivamente sobre la base de elecciones. Bajo la autocracia, en cambio, es muy poco práctica para los varios miles de trabajadores que constituyen el partido.[50]

La necesidad de limitar el partido a los que están dispuestos a aceptar su disciplina es de aplicación mucho más general. Cabe señalar que para Lenin esto no implica aceptar ciegamen­te el autoritarismo (aun si sus supuestos seguidores lo hayan interpretado así). El partido revolucionario existe para que los obreros e intelectuales más conscientes y activos participen en una discusión científica antes de lanzarse a una actividad consciente coordinada. Y esto es imposible sin una participa­ción general en las actividades del partido, lo cual requiere de una combinación de claridad y precisión en los argumentos y una decisión a nivel orgánico.

La alternativa es el “pantano”, donde los elementos motivados por una apreciación científica se encuentran tan mezclados con los elementos más inseguros que la acción decisiva viene siendo imposible; lo que ocurre en este caso es que de hecho son los más atrasados los que dirigen. La disciplina necesaria para un debate de este tipo es la disciplina de los que se han “unido en virtud de una decisión libremente adoptada”.[51] Sin fronteras claramente definidas, y sin la coherencia necesaria para implementar decisiones, la discusión sobre las decisiones del partido deja de ser “libre”, y pierde su sentido.

Para Lenin, el centralismo no se opone al desarrollo de la iniciativa e indepen­dencia de los militantes, sino que es su condición necesaria. Recordemos los comentarios del mismo Lenin en 1905, al resumir sus dos años de lucha sobre la cuestión del centralismo. Al hablar del papel de la organización centralizada y del periódico central, proyectaba como resultado de ello:

la creación de una red de agentes… que… no tendrían por qué sentarse a esperar la llamada a la insurrección, sino que realizaría una actividad regular, garantía de que en caso de que se diera una insurrección, existiese la mayor probabili­dad de una conclusión exitosa. Aquella actividad fortalecería nuestros vínculos con las más amplias capas de trabajadores y con todas las demás capas que han mostrado su descontento con la aristocracia… Es precisamente esta actividad la que nos serviría para asesorar correctamente la situación política en general, y de allí nuestra capacidad para elegir el momento apto para el levantamiento. Es precisamente esta actividad la que prepararía a todos los organismos locales para respon­der simultáneamente a las mismas preguntas políticas, acontecimientos e incidentes que agitarán a toda Rusia, y para reaccionar ante estos “incidentes” en la forma más rigurosa, uniforme y expedita posible…[52]

Formando parte de tal organización tanto el obrero como el intelectual se encuentran preparados para hacer un balance de su situación concreta de acuerdo con la actividad socialista y científica de miles de otros. “La disciplina” significa aceptar la necesidad de establecer una relación entre la experiencia individual, la teoría y la práctica del partido en su conjunto. Es la condición necesaria de toda evaluación independiente de las situaciones concretas; no se opone de manera alguna a la necesidad de hacerlo. Por eso la “disciplina” no significa para Lenin ocultar las diferencias que puedan existir dentro del partido; todo lo contrario, quiere decir que estas diferencias deben sacarse a la luz del día para que se discutan y resuelvan. Es la única forma en que la gran mayoría de los militantes llegan a hacer un análisis científico. El órgano del partido debe abrirse a todos aquéllos cuyas opiniones considera inconsisten­tes.

A nuestro parecer es necesario hacer todo lo posible —aun si implica alejarse de los principios del centralismo y de la obediencia absoluta a la disciplina— para que estos grupúsculos hablen claro y den al Partido en su totalidad la oportu­nidad de pesar la importancia o falta de ella de estas diferen­cias; de esta manera puede llegarse a determi­nar dónde, cómo, y de parte de quién existe una inconsis­tencia.[53]

En pocas palabras, lo que importa en este caso son la clari­dad y la dureza política del partido; así se asegura que todos los militantes participen en la polémica y entiendan la rele­vancia de su propia actividad. De allí lo absurdo de confundir, como hacían los mencheviques y como siguen haciendo algunos, al partido con la clase. La clase en su conjunto se opone de forma constante e inconsciente al capitalismo; el partido representa el sector ya consciente de la clase, unido por el intento de dar una dirección constante a la lucha generali­zada. Su disciplina no está impuesta desde arriba, sino que es libremente admitida por todos los que participan en sus decisiones y actúan para implementarlas.

El partido socialdemócrata, el partido bolchevique
y el partido estalinista

Quedan claras, pues, las diferencias entre el tipo de partido concebido por Lenin y el partido socialdemócrata tanto visualizado como temido por Luxemburgo y por Trotsky (o sea el partido considerado como el de la clase en su totalidad). La llegada al poder de la clase era la toma de poder por el partido. Así, debían quedar representados dentro del partido todas las tendencias existentes en la clase. Toda ruptura interna debía considerarse como una ruptura en la clase. La centralización, aunque se consideraba necesaria, se temía al mismo tiempo por ser un centralismo contrario y opuesto a la actividad espontánea de la clase. Sin embargo, las mismas tendencias “autocráticas” que denunciaba Luxemburgo se dieron de forma más notoria precisamente en este tipo de partido. Pues dentro de él la confusión entre militante y simpatizante, el inmenso aparato que se necesitaba para mantener unidos a una gran masa de militantes politizados sólo a medias en una serie de actividades sociales, condujo a la disminución del debate político, a una falta de seriedad política cuyos efectos repercu­tieron reduciendo la capacidad de sus militantes para evaluar situaciones concretas de forma independiente, y de allí en subrayar la necesidad de crear una militancia a raíz de la intervención de los dirigentes.

Falto de un centralismo orgánico que aclarase y resolviese las diferencias políticas, era inevitable que la independencia de acción de la base se encontrase permanentemente subvertida. Se volvían cada vez más importantes los lazos personales y las relaciones de diferencia a los líderes establecidos; como consecuencia, el análisis científico y político, fue perdiendo su peso. En el pantano, donde nadie toma claramente un camino, ni siquiera uno equivocado, no se discute cuál debe ser el camino correcto. La negativa a vincular las consideraciones de tipo orgánico con la necesidad de un análisis político, aun cuando se basaba en el noble intento de mantener el “partido de masas”, condujo necesariamente a la sustitución de posiciones políticas por lealtades a nivel de la organización. Y eso condujo a su vez a una incapacidad para actuar de forma independiente ante la oposición de antiguos colegas (el ejemplo más claro fue sin duda Martov en 1917).

El partido estalinista no es una variante del partido bol­chevi­que. Las estructuras orgánicas dominaban en él. Más que la política de la organización, lo que contaba era la adhesión a la organización como tal. La teoría servía para justificar una práctica determinada externamente, y no viceversa. La lealtad al aparato determina las decisiones políticas (y aquélla a su vez se relaciona con las exigencias del Estado ruso). En Rusia la victoria del aparato sobre el partido se logró precisamente mediante la introducción en el partido de miles de “simpatizantes”, la dilución del “partido” por la “clase”. Y la inseguridad política de la “Promoción Lenin” les llevó siempre a subordinarse al aparato. El partido leninista no manifiesta la tendencia de dejarse controlar por la burocracia, porque limita el acceso al partido a los que muestran una voluntad de ser lo bastante serios y disciplinados como para tomar como su punto de partida cuestiones políticas y teóricas, subordinando a ellas toda su actividad.

Pero, ¿no es ésta una concepción sumamente elitista del partido? En un sentido sí, aunque no es culpa del partido sino de la vida misma, que genera un desarrollo desigual de la conciencia de los trabajadores. Para que se mantenga eficaz, el partido debe integrar a todos aquellos que considera como los más “avanzados”. No puede rebajar su nivel de ciencia y conciencia sólo para impedir volverse una “elite”. No puede aceptar, por ejemplo, que los obreros chovinistas “valgan tanto como” los militantes internacionalistas, simplemente para tomar en cuenta la “autonomía” de la clase. Además, el hecho de ser “vanguardia” no implica sustituir los deseos, ni la política, ni los intereses de uno por los de la clase.

Es de una importancia clave en este sentido reconocer que para Lenin son los consejos de trabajadores, y no el partido, el embrión del Estado obrero. La clase trabajadora en su conjunto participará en las organizaciones que constituyen su Estado, tanto los elementos más atrasados como los más progresistas; “cada cocinero mandará”. En los trabajos de Lenin sobre el Estado, el partido apenas merece mención. No es la función del partido ser el Estado, sino mantener la agitación y la propaganda entre los elementos más atrasados de la clase para así levantar su nivel de conciencia y seguridad hasta el punto donde pueden estar dispuestos a formar consejos obreros y luchar por derrocar las formas orgánicas del Estado burgués. El Estado soviético es la encarnación concreta más avanzada de la actividad consciente de la clase obrera en su conjunto; el partido es aquel sector de la clase más consciente de las implicaciones históricas de aquella actividad consciente.

Las funciones del Estado obrero y del partido deben ser muy distintas —por eso puede haber más de un partido en el Estado obrero. El uno debe representar a todos los diversos sectores —geográficos, industriales, etc.— de los trabajadores. Su modo de organización debe ser reflejo de la heterogeneidad de la clase. El partido, en cambio, se construye sobre la base de todo lo que une a la clase a nivel tanto nacional como interna­cional. Mediante la persuasión ideológica, se dedica a superar la heterogeneidad de la clase. Lo que le preocupa son princi­pios políticos nacionales e internacionales, y no las preocupa­ciones sectoriales de grupos particulares de trabajadores. Se limita a persuadir; no puede obligar a los trabajadores a que acepten su dirección.

Una organización que aspira a participar en el derrocamiento revolucionario del capitalismo por la clase trabajadora es inconcebible que se sustituya por los órganos de control directo de la clase misma. Semejante perspectiva pueden mantenerla sólo los partidos socialdemócratas o estalinistas (de hecho, ambos han manifestado tal temor ante la actividad autónoma de las masas que encuentran inaceptable esta sustitución en la práctica revolucionaria en los países capitalis­tas avanzados). Ya que existe bajo el capitalismo, la organización revolucionaria tendrá necesariamente una estructura muy distinta a la del Estado obrero que surgirá de la lucha por el derrocamiento del capitalismo. El partido revolu­cionario deberá luchar dentro de las instituciones del Estado obrero para que triunfen sus principios por encima de los principios de otros partidos; y esto solo puede ser así precisamente porque el partido no es el Estado obrero.[54]

Todo lo anterior nos permite ver que las teorías leninistas del partido y del Estado no son dos unidades distintas, capaces de ser consideradas en forma aislada. Hasta desarrollar su teoría del Estado, Lenin solía considerar al partido bolchevique como un fenómeno particular ruso. Ya que los social­demócratas (y luego los estalinistas) han identificado al partido con el Estado, es muy comprensible que los socialistas revolucionarios auténticos, y por ende demócratas, se hayan preocupado por no limitar el acceso al partido a los sectores más avanzados de la clase, aun reconociendo la necesidad de una organización para estos sectores.

De allí la ambigüedad de Rosa Luxemburgo sobre la cuestión de la organización política y la claridad teórica. Le permite contraponer “los errores cometidos por un movimiento auténticamente revolucionario” a “la infalibilidad del comité central más inteligente”. Pero si el partido y las instituciones del poder de los trabajadores son distintos (aunque uno intenta influenciar al otro), “lo infalible” del uno viene siendo un elemento clave en la capacidad del otro para aprender de sus errores. Lenin lo ve y lo entiende. Lenin, y no Luxemburgo, le saca las lecciones. No es cierto que “para los marxistas de los países industriales avanzados, la posición original de Lenin sirve menos como guía que la de Rosa Luxemburgo…”[55]

Lo apremiante es crear una organización de marxistas revo­lu­cionarios que someterán a un escrutinio científico tanto su situación como la situación de la clase en su conjunto, que criticara de forma severa sus propios errores, y que intentara, mediante una participación diaria en las luchas de la masa de trabajadores, ampliar su actividad consciente a través de una oposición permanente a toda subordinación, sea ideológica o práctica, a la vieja sociedad. Es muy sano que haya una reacción en contra de la identificación entre la clase y la elite del partido empleada tanto por la socialdemocracia como por el estalinismo. Eso no debe impedir, sin embargo, que se desarrolle una perspectiva clara sobre qué es lo que debemos hacer para sobreponernos a la herencia que nos legaron.

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Notas

Chris Harman fue editor de la International Socialist Journal, revista teórica y política marxista publicada en Gran Bretaña por el Socialist Workers Party (SWP). Y también autor de numerosos libros, entre los que se destacan Economics of the Madhouse (1995), The Lost Revolution: Germany 1918 to 1923 (1997), A People’s History of the World (1999) y Explaining the crisis. A marxist re-appraisal (2001). Además de ser un dirigente revolucionario excepcional y militante del movimiento anticapitalista y del movimiento antiguerra. Falleciendo cuando todavía tenía mucho para brinda al movimiento obrero internacional, a la edad de 67 años el 7 de Noviembre de 2009. La redacción de este folleto data de 1969, mientras que la primera edición en Uruguay de Diciembre de 2001.

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1. K Kautsky, The Erfurt Programme, Chicago 1910, p8.

2. ibid.

3. ibid p43.

4. ibid p85.

5. ibid p198.

6. ibid p198.

7. ibid p198.

8. K Kautsky, The Road to Power, Chicago 1910, p24.

9. Véase K Kautsky, Social Revolution, p45, y Carl E. Schorske, German Social Democracy 1905-1917, Cambridge, Mass.1955, p115.

10. K Kautsky, op cit. p47.

11. K Kautsky, The Erfurt Programme, p188.

12. ibid p188.

13. ibid p189.

14. K Kautsky, The Road to Power, p95.

15. León Trotsky en Nashe Slovo, 17 de octubre de 1915. Reproducido en 1905 y Resultados y perspectivas, Tomo 2, (Ed. Ruedo Ibérico), Paris 1971, p144.

16. Por ejemplo, aunque se hable de ellos como “órganos del poder revolucionario” en un importante artículo sobre las perspectivas para el futuro editado en Sotsial Democrat en 1915, se les da poca importancia. Valen cinco o seis líneas en un artículo de cuatro páginas.

17. cf. Problemas de organización de la socialdemocracia rusa (editado por sus epígonos bajo el título de Leninismo o marxismo), y Huelga de masas, partido y sindicatos, en Rosa Luxemburgo, Obras escogidas/Vol 1, Ed. Ayuso, Madrid 1978.

18. Problemas… en Luxemburgo, p113. Es interesante que Lenin, al responderle no subraya el problema del centralismo en general sino que señala errores y diferencias de datos en el artículo de Luxemburgo.

19. Huelga de masas, en Luxemburgo, p181.

20. ibid.

21. Problemas… en Luxemburgo, p119.

22. ibid p114.

23. ibid p120.

24. ibid p120.

25. ibid p120.

26. L Trotsky, Resultados y perspectivas (1906) en 1905… (op. cit.), Tomo 2, p217.

27. Citado por I Deutscher, The Prophet Armed, London 1954, pp92-3.

28. ibid.

29. Desgraciadamente no cabe aqui discutir los importantes argumentos desarrollados más tarde por Trotsky.

30. VI Lenin, “Jornadas revolucionarios” (31 de enero 1905) en Obras Completas, tomo IX, p212-3.

31. VI Lenin, “Ejército revolucionario y Gobierno revolucionario”, ibid tomo X, p354.

32. VI Lenin, “Sobre la reorganización del partido” (10 de noviembre 1905) en Obras Completas, tomo XII, p86.

33. Citado por Raya Dunayevskaya, Marxism and Freedom, New York 1958, p182.

34. Lenin, La bancarrota de la II Internacional, en Obras escogidas Tomo 1, Ed. Ebro, Paris 1972, pp361-2.

35. L Trotsky, Historia de la revolución rusa Tomo 3, Ruedo Ibérico, Paris 1972, p224.

36. Lenin, Complete Works tomo XXVI, p57-58.

37. Lenin, ¿Qué Hacer?, Ed Fundamentos, Madrid, 1975 p25.

38. Lenin, Complete Works, tomo VII, p263.

39. Lenin, ibid, tomo VI, p491.

40. ibid, tomo VII, p265.

41. Lenin Obras Completas, tomo IX, p272.

42. ibid, tomo VIII, p155.

43. A Gramsci Antología, Sel. de M Sacristan (Ed Siglo XXI), 1988, p309.

44. A Gramsci Antología, p365.

45. ibid pp372-376.

46. A Gramsci, Il materialismo storico e la filosofia di Benedetto Croce, Torino 1948, p38.

47. Citado en A Gramsci, Cultura y literatura, Ed Peninsula, Barcelona, 1977, p5.

48. Lenin, Complete Works, tomo VII, p117.

49. ibid, tomo VIII, p145.

50. ibid, tomo VIII, p196.

51. Lenin, ¿Qué hacer?, op cit, pl0.

52. Lenin, Complete Works, tomo VIII, p154.

53. ibid, tomo VII, p116.

54. La experiencia rusa después de 1918 crea una cierta confusión. Lo importante es que no es la forma del partido lo que crea el dominio del partido en vez del dominio de los soviets, sino la destrucción de la clase obrera (Véase C Harman, “How the Revolution was Lost”, International Socialism 30).

55. T Cliff, Rosa Luxemburg, London 1959, p54. El deseo de honrar a una gran revolucionaria parece llevarle a un análisis poco científico.

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