Rusia 1917. El Partido bolchevique

La historia del Partido bolchevique es clave para la comprensión de los desafíos que tienen por delante los socialistas revolucionarios contemporáneos. Su nacimiento no fue fruto del azar. Su victoria o su derrota en 1917, su completo y fecundo desarrollo o su posterior decadencia, estaban en ambos casos hondamente arraigados en las realidades de su época. El partido de Lenin murió bajo Stalin y tras la muerte de éste, no ha resucitado. Este estudio considera los hechos en todo su espesor, sus contradicciones, sus luces y sombras, sus hechos verdaderos y sus hechos inciertos, la vida y la muerte de hombres y cosas, y no una historia de buenos y malos. Nadie debe esperar encontrar aquí ese cliché que presenta a los bolcheviques como un ejército de arcángeles infalibles y totalmente lúcidos, que todo lo habían previsto y que eran capaces de realizarlo todo.

PIERRE BROUE (1962)

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INTRODUCCIÓN

La historia del Partido bolchevique constituye sin lugar a dudas uno de los datos clave para la comprensión del socialismo contemporáneo, pero el estudio de la misma choca contra una serie de puertas cerradas.

Durante el primer período posterior a la Revolución, se realizó un enorme esfuerzo dirigido a publicar materiales sobre dicha historia. Panfletos, artículos, declaraciones y documentos oficiales, memorias y recuerdos, encuestas, antologías de artículos o de discursos vieron la luz en una actividad cuya única limitación fue la pobreza de los medios materiales disponibles y las imperiosas presiones, primero de la guerra civil y más tarde de la reconstrucción económica. No obstante, esta abundancia –de incalculable valor para la investigación histórica y la reflexión política– fue tristemente efímera. A partir de 1924, la política cotidiana de los dirigentes domina no sólo la elaboración del propio proceso histórico sino también la publicación o al menos la disponibilidad de los documentos más elementales. A partir de su tercera edición, las Obras Completas de Lenin aparecen mutiladas de todas aquellas frases que podían ser interpretadas como una premonitoria condena de la política de sus sucesores, mientras que la mayor parte de su correspondencia es ocultada a los investigadores y, naturalmente, al público en general. Las obras de los autores que fueron condenados políticamente como Trotsky, Bujarin, Zinoviev y muchos otros, son retiradas de circulación y su impresión queda terminantemente prohibida. Pero la represión cultural contra los vencidos no se detiene en este punto. También las obras menos importantes, aquellas que se limitan a mencionar a estos hombres, dando una visión justa del papel desempeñado realmente por ellos en la fundación del régimen soviético, son objeto de idéntico tratamiento. Sin embargo, el historiador dispone de algunas fuentes docu­mentales. Para el periodo que va de 1917 hasta 1939 cuenta con los importantes archivos de León Trotsky, que fueron deposi­tados en Amsterdam y Harvard tras su expulsión de la Unión Soviética. Se trata de una serie de documentos, densos y continuos hasta 1928, que empiezan a serlo menos posteriormente. Y hasta 1939, el historiador puede contar además con otros datos de valor. Entre ellos, los aportados en los escritos de Victor Serge, si bien estas informaciones deben ser contrastadas cuidadosamente, pues el es­critor había reproducido sus informaciones de memoria al haberle sido incautados sus archivos en Moscú.

En cuanto a la historiografía, su destino parece coincidir de forma natural con el de los documentos. Desde 1934 en adelante, la historiografía soviética no es sino la versión manipulada de la historia del país conforme con lo que en todo momento quieren hacer creer sobre ella sus gobernantes. Se trata de una justificación de su política, la pasada o la futura, es decir, una especie de artificio político-policíaco opuesto objetivamente a la realidad. Sin duda, el investigador puede, con algún fruto, estudiar las diferentes versiones y comparar las sucesivas ediciones para tomar nota de las contradicciones y supresiones, con el fin de ofrecer una interpretación de la situación durante el período de la publicación, pero eso es todo.

Esta es la tónica general hasta 1956. Pero los datos básicos del trabajo histórico se han visto brutalmente influidos por lo que se llamó la “desestalinización”. Y ello no sólo por el número y la importancia de las “revelaciones” de Nikíta Jruschov y sus lugartenientes, como se apresuró a vocear en sus titulares la prensa de todo el mundo. De hecho no hubo entonces ninguna verdadera revelación en el sentido estricto, sino una serie de confirmaciones de gran impor­tancia ciertamente. Como parte de este proceso se publicaron las Cartas de Lenin, cuya existencia habla ya sido afirmada por Trotsky, cuando el régimen de Stalin negaba que hubieran sido siquiera redactadas. De esta forma el texto de la “Carta al Congreso”, conocida con el nombre de “Testamento de Lenin”, divulgada años antes en Occidente por el americano Max Eastman y confirmado en su autenticidad por Trotsky, en la actualidad ha sido sacado a la luz por los sucesores de Stalin. Asimismo las “rehabilitaciones” que empiezan a producirse a partir de 1956 ofrecen, por medio de las biografías de los personajes históricos a los que se refieren, un valioso cúmulo de datos a la historia económica, social y política e incluso a la puramente fáctica. Los discursos de Jruschov ante el XX y el XXII Congresos confirman y dan peso y consistencia a los análisis de Trotsky acerca de los orígenes del terror de la década de los 30s.

En el marco de estas nuevas condiciones favorables es que me puse la tarea de escribir Historia del partido bolchevique, un estudio que considerase los hechos en todo su espesor, sus contradicciones, sus luces y sus sombras, sus hechos ciertos y sus incertidumbres, la vida y la muerte de hombres y cosas, y no ya una historia en blanco y negro de buenos y malos. Salvo en forma de alusión, nadie debe esperar encontrar aquí ese cliché que presenta a los bolcheviques como un ejército de arcángeles infalibles y totalmente lúcidos que todo lo habían previsto, que todo lo habían preparado, y que eran capaces de realizarlo todo. Opino que los bolcheviques, su partido y su revolución no fueron más que fenómenos nacidos en un contexto preciso que, a su vez han influido y modificado y que, como contrapartida, les ha influenciado, modificándose ellos mismos de manera profunda. De los partidos pensamos –al igual que Valéry opinaba respecto de las civilizaciones– que son mortales, que el partido de Lenin murió bajo Stalin y que tras la muerte de éste, no ha resucitado.

Así pues, al apartar cualquier tipo de prejuicio exterior al tema de mi investigación, lo que inevitablemente me habría obligado a suprimir algunos hechos para hacer hincapié sobre otros, he tratado ante todo de reconstruir un movimiento histórico adoptando como punto de vista general la única hipótesis metodológica verdaderamente fecunda para un trabajo histórico, a saber, la de considerar el hecho tan obvio y tan olvidado de que nada estaba realmente “escrito” de antemano. Que sin embargo, tal movimiento resultaba históricamente necesario y que el na­cimiento del Partido bolchevique no fue un mero fruto del azar, pero también que su victoria o su derrota en 1917, su pleno y fecundo desarrollo o su posterior decadencia estaban en ambos casos hondamente arraigados en las realidades de la época. En otras palabras, he trabajado guiado por la certidumbre de que tanto antes como después de 1917, en la Unión Soviética se enfrentaron una serie de fuer­zas sociales, económicas y políticas, antagónicas y contradictorias, en un escenario común y casi siempre bajo un pabellón idéntico, dando como resultado una serie de conflictos cuya solución no estaba determinada de antemano.

A estas alturas resulta tal vez innecesario precisar que tal actitud por parte del historiador implica una gran dosis de simpatía por su tema, la comprensión, e incluso a veces el amor, por todos aquellos que intentaron hacer o rehacer la historia, cambiando el mundo y la vida, llegando a compartir a posteriori su convicción de combatientes, de que todo es posible y de que son los hombres los dueños de su propia historia, a condición de que se dé en ellos la consciencia de que bien pudiera ocurrir que resultase una historia diferente de la que ellos habían querido.

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Capítulo 1

LOS BOLCHEVIQUES
ANTES DE LA REVOLUCIÓN

Las referencias que se hacen al Partido bolchevique con anterioridad a la Revolución rusa de 1917, suelen ser por su oscuridad, responsables de que se confundan varias organizaciones que la historia ha unido íntimamente: el Partido Obrero Social Demócrata Ruso (POSDR), cuya dirección se disputan varias fracciones entre 1903 y 1911; la fracción bolchevique de este partido; y el Partido Obrero Social Demócrata Ruso bolchevique (POSDRb), fundado en 1912.

Los comienzos del partido socialdemócrata ruso

El movimiento obrero ruso surgió en medio de un tardío desarrollo capitalista. No presenció la coronación de los esfuerzos tendentes a la creación de un partido obrero, sino muchos años después que en los países de Europa occidental, si bien es cierto que las circunstancias eran completamente diferentes.

Las ciudades proletarias eran islas en medio del océano campesino ruso. La represión hacía casi imposible que las organizaciones superaran el ámbito local. Los pequeños círculos socialistas que surgen durante los últimos años del siglo XIX en los centros obreros, son aplastados en cuanto intentan trascender las meras discusiones académicas. Las ligas de Moscú en 1896 y de Kiev en 1897, definen diversas medidas para unificar las distintas y dispersas organizaciones en un partido organizado a escala nacional, pero fracasan en su intento. Los primeros que consiguen constituir una organización extendida a todo el país son los trabajadores judíos, más cultos en general y más coherentes también, dada su situación de minoría. Su organización es el Bund, que cuenta con varios miles de miembros. En 1898 se reúnen en Minsk nueve delegados suyos, entre los que se cuentan un obrero de las organizaciones socialdemócratas del Imperio, y los representantes de las ligas de Moscú, Kiev, San Petersburgo y Ekaterinoslav. Esta asamblea se autodenomina “Primer Congreso del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso”, redacta un estatuto y un manifiesto, y elige un Comité Central de tres miembros. Pero el hecho de que el partido haya sido fundado no indica que haya cobrado existencia efectiva. Tanto el Comité Central como los congresistas son detenidos casi inmediatamente. La apelación de “partido” subsiste como etiqueta común para un conjunto de círculos de límites medianamente claros, que prácticamente permanecen independientes unos de otros.

Un grupo de intelectuales emigrados renuncia entonces a construir el partido desde abajo, a partir de los círculos locales, intentando constituirle desde arriba a partir de un centro situado en el extranjero. Esto es, a salvo de la policía, y publicando para toda Rusia un periódico político que mediante una red clandestina, habría de constituir el instrumento de unificación de los distintos círculos en un partido.

Iskra y ¿Qué Hacer?

Los primeros marxistas rusos del “Grupo para la liberación del trabajo”, fundado en el exilio en 1883, Jorge Plejanov, Vera Zasúlich y Pavel Axelrod, constituyen el núcleo de esta empresa, junto con los pertenecientes a la segunda generación de marxistas, quienes integran el grupo “Unión para la emancipación de la clase obrera”, y son más jóvenes que ellos. Estos últimos, Vladimir Illich Ulianov –cuyo nombre cambiaría pronto para Lenin– y Yuri Mártov, salieron de Siberia en 1898. El 24 de diciembre de 1901 aparece en Stuttgart el primer ejemplar de su periódico Iskra (La Chispa), cuyo ambicioso lema rezaba: “De la chispa surgirá la llama”, anunciando sus intenciones. Su objetivo es “contribuir al desarrollo y organización de la clase obrera”. Ofrece a las organizaciones clandestinas de Rusia un programa y un plan de acción, consignas políticas y directrices prácticas para la constitución de una organización clandestina, que en un principio y bajo el control de Nadezhda Krupskaya (compañera de Vladimir Ilich Ulianov), habrá de limitarse a la difusión del periódico. Entre los obreros rusos despiertan en el mismo período las luchas reivindicativas: huelgas y diferentes movimientos se multiplican, y los emisarios de Iskra –que originariamente no eran más de diez, y en 1903 no pasaban de los treinta– recorrían el país, tomaban contacto con grupos locales, recogían información, distribuían publicaciones y seleccionaban a los militantes más valiosos con el fin de pasarles a la clandestinidad. Los iskristas, “miembros de una orden errante que se elevaba por encima de las organizaciones locales, a las que consideraban como su campo de acción”,[1] intentan constituir un aparato central, un estado mayor de las luchas obreras a escala nacional, rompiendo con los particularismos locales y con el aislamiento tradicional, formando cuadros que tuvieran una visión global de la lucha.

Tal actividad recibiría justificación en el plano teórico, con la primera obra de Lenin sobre el problema del partido, titulada ¿Qué Hacer? y publicada en Stuttgart en 1902. Toda la pasión del joven polemista se dirige contra aquellos socialistas a los que llama “economistas”, que invocando “un marxismo adaptado a las particularidades rusas”, niegan la necesidad de construir una organización socialista revolucionaria en un país en que el capitalismo no se ha asentado aún. Lenin refuta las tesis “economistas” de que el “marxista ruso no ve más que una solución: sostener la lucha económica del proletariado y participar de la actividad de la oposición liberal”, afirmando que la mera acción espontánea de los obreros, limitada únicamente a las reivindicaciones económicas, no puede llevarles automáticamente a la conciencia socialista, y que las teorías “economistas” sólo sirven para poner el naciente movimiento obrero al servicio de la burguesía. Para Lenin, es preciso –y esa es precisamente la tarea que se plantea Iskra– introducir en la clase trabajadora las ideas socialistas, mediante la construcción de un partido obrero que habrá de convertirse en el combatiente por sus intereses, y en su educador, al tiempo de convertirse en su dirección. Dadas las condiciones en que se halla Rusia a inicios del siglo XX, el partido obrero debe estar integrado por revolucionarios profesionales para lograr soportar los ataques de la policía zarista. El arma principal del proletariado ha de ser una organización rigurosamente centralizada, disciplinada, y lo más secreta posible, conformada por militantes clandestinos. El partido se concibe como “la punta de lanza de la revolución”, como el estado mayor y la vanguardia de la clase trabajadora.

Nacimiento de la fracción bolchevique

El Segundo Congreso del POSDR se celebra durante los meses de julio y agosto de 1903, primero en Bruselas y después en Londres. Entre cerca de cincuenta delegados, sólo hay cuatro obreros. Los iskristas cuentan con la mayoría y el partido adopta sin mayores dificultades el programa que fue redactado por Plejanov y Lenin, en el que por primera vez en la historia de los partidos socialistas figura la consigna de la “dictadura del proletariado” –definiéndola como “la conquista del poder político por los trabajadores, condición indispensable de la revolución social”.

Sin embargo, los miembros de Iskra se dividen en la cuestión del estatuto, donde se enfrentan dos textos. Lenin, en nombre de los “duros”, propone otorgar la condición de miembro del partido sólo a aquellos “que participen personalmente en una de las organizaciones”, mientras que Mártov en nombre de los “blandos”, se inclina por una fórmula que confiere la condición de miembro a todos aquellos que “colaboran regularmente bajo la dirección de alguna organización”. Comienza de esta forma a esbozarse una profunda divergencia entre los defensores de un partido ampliamente abierto y vinculado con los intelectuales, que lidera Mártov, y los partidarios de Lenin, defensores de un partido restringido, vanguardia disciplinada integrada únicamente por revolucionarios profesionales. El texto de Lenin obtiene 22 votos mientras que el de Mártov, apoyado por los delegados del Bund y por los dos “economistas” que asisten al congreso, consigue 28 y es aprobado.

Sin embargo, tanto los “duros” de Lenin como los “blandos” de Mártov coinciden en negarle al Bund la autonomía que exige dentro del partido y en condenar las tesis de los “economistas”. Los delegados del Bund y los “economistas” abandonan entonces el congreso. Los “duros” sorpresivamente consiguen la mayoría, teniendo las manos libres para nombrar el comité redactor del Organo Central y al Comité Central, compuestos ambos en su mayoría por partidarios de Lenin. Estos últimos serán llamados en adelante bolcheviques o mayoritarios, y los demás se convertirán en mencheviques o minoritarios.

De este incidente surgirá la primera escisión del partido. Lenin y los bolcheviques que controlan los organismos dirigentes, apelan a la disciplina y al respeto de la mayoría. Los mencheviques, considerando la citada mayoría como puramente accidental, le acusan de querer imponer en el partido una dictadura. Mártov logra reunir tras él a la mayoría de los socialdemócratas de la emigración y su consigna es el restablecimiento del antiguo comité redactor de Iskra, en el que Lenin se encontraba en minoría. Plejanov, que en el congreso había expresado su conformidad con los puntos de vista de Lenin, se inclina por la conciliación con los mencheviques, terminando por aceptar la designación directa de algunos de ellos para entrar a formar parte del comité redactor, recobrando el control del Organo Central. Y el Comité Central, que luego del congreso había quedado constituido mayoritariamente por bolcheviques, se inclina también hacia la conciliación.

Pero el intento fracasa. Después del congreso Lenin quedó muy afectado por todo lo ocurrido. La sorpresa y la decepción revistieron tal intensidad que sufrió una depresión nerviosa. Durante semanas se encontró prácticamente aislado y excluido del comité redactor de Iskra, sin haberlo previsto ni deseado. Sin embargo se recupera rápidamente, estimulado por el hecho de que sus compañeros parecen abandonar sus posturas divergentes, emprendiendo el contraataque. Gracias a Krúpskaya, Lenin y los bolcheviques mantienen una influencia determinante en la organización clandestina dentro de Rusia, lanzándose entonces a la reconquista de los comités. En agosto de 1904 consiguen organizar una auténtica dirección de todos los grupos bolcheviques, siendo este el primer esbozo de lo que será la fracción bolchevique, la cual desde enero de 1905 publica su propio órgano, Vpériod (Adelante). Tales éxitos les permiten conseguir que el indeciso Comité Central convoque un congreso, que habrá de celebrarse en Londres a comienzos de 1905.

Primera escisión

La garantía del Comité Central permitirá que tal asamblea se denomine Tercer Congreso del POSDR, aun a pesar de estar exclusivamente compuesto por bolcheviques. La mayoría de los 38 delegados que asisten son militantes profesionales enviados por los comités rusos, que ante los acontecimientos revolucionarios que comienzan a desarrollarse en el país apoyan las posturas de Lenin en su polémica contra los mencheviques, así como su concepción de un partido centralizado que sus antiguos aliados de Iskra acaban de abandonar. Sin embargo, la fracción bolchevique dista mucho en aquella fecha de constituir un bloque monolítico. En pleno congreso surge un conflicto que enfrenta a Lenin con un grupo de militantes de Rusia a los que en adelante llamará los komitetchik (“hombres de comité”), siendo derrotado dos veces. Primero, al negarse los komitetchik a incluir en el estatuto la obligación de que los comités del partido tengan una mayoría de obreros y, posteriormente, al exigir ellos que el control político del periódico lo ejerza la dirección clandestina que reside en Rusia. El joven Alexis Ríkov, portavoz de los komitetchik, es elegido miembro del Comité Central, del que entran también a formar parte Lenin y sus dos lugartenientes, Krasin y Bogdanov.

La escisión parece consolidarse porque el congreso descarga la responsabilidad absoluta por las divisiones del partido sobre los mencheviques de la emigración, quienes se niegan a aceptar la disciplina que exigen los organismos elegidos en el Segundo Congreso del POSDR. Se hace un llamamiento a los mencheviques de las organizaciones clandestinas para que acepten las decisiones de la mayoría. Al mismo tiempo, se aprueba una resolución secreta que encarga al Comité Central la tarea de conseguir la reunificación. Pero los mencheviques reúnen una asamblea con los delegados de los grupos en el exilio, negándose a reconocer el congreso y dándole el nombre de conferencia a su reunión. Como era de esperar la polémica se extendió al interior de la Internacional. Algunos socialdemócratas alemanes, sobre todo los del ala izquierda liderada por Rosa Luxemburgo, atacan violentamente la teoría del partido de Lenin, denunciando el “peligroso burocratismo que supone el ultracentralismo”.[2]

No obstante, Lenin tenía varios puntos a favor en la propia Rusia. La forma de organización clandestina y centralizada era la más eficaz. Permitía la protección de quienes la integraban al poderlos desplazar cuando estaban en peligro. Hacía posible la creación de nuevos comités mediante el envío de activistas de un lugar a otro. Por otra parte, ofrecía a los obreros amplias garantías de seriedad por las estrictas condiciones exigidas para formar parte del partido. Por todas estas razones el partido integra a sucesivas oleadas de jóvenes con inquietudes políticas, a quienes no asustan las perspectivas de enfrentar la represión, ni el trabajo y la educación revolucionarias. En 1905 el partido tiene unos 8.000 miembros insertos en la mayoría de los centros industriales. Lenin espera que la revolución que se está gestando confirme sus tesis, aportando al movimiento la pujante fuerza de las nuevas generaciones y la iniciativa de las masas obreras en acción.

La Revolución de 1905 y la reunificación

Efectivamente, la revolución estalla en 1905 y precipita la acción política abierta de centenares de miles de obreros. La manifestación pacifica del 5 de enero, repleta de estandartes de los obreros de San Petersburgo, es recibida con descargas de fusilería. Centenares mueren y miles resultan heridos. Sin embargo, este día se convierte en una fecha decisiva. En adelante los trabajadores se revelarán ante todos, incluso ante sí mismos, como una fuerza con la que habrá que contar. Durante los meses siguientes, primero la agitación económica y luego la agitación política, van a arrastrar a todo tipo de huelgas a centenares de miles de obreros, que hasta ese momento vivían resignados o se hallaban en la pasividad absoluta. Tras los motines del ejército y de la marina –entre los que destaca la célebre odisea del acorazado Potemkin– la agitación culmina en el mes de octubre con una huelga general. Ante tal amenaza, el Zar intenta romper la unidad de las fuerzas que enfrenta. Publica un Manifiesto que satisface las reivindicaciones políticas esenciales de la burguesía, la cual se pasa inmediatamente de su lado. Los obreros de Moscú luchan solos desde el 7 al 17 de diciembre, pero nada pueden contra un ejército del que ya se ha eliminado todo brote revolucionario. El campesino que viste uniforme realiza sin desmayo la misión represiva que le asigna la autocracia. El movimiento revolucionario fue barrido columna tras columna, siendo las organizaciones obreras durísimamente reprimidas. Sin embargo, la derrota rebosa de enseñanzas, ya que el desarrollo de los acontecimientos ha servido para revitalizar todos los problemas que los socialistas debían resolver y, en lugar destacado, el del partido.

En realidad, los bolcheviques se adaptaron con bastante lentitud a las nuevas circunstancias revolucionarias. Los conspiradores no podían convertirse de un día para el otro en oradores y en líderes de la multitud. Por encima de todo les sorprendió la aparición de los primeros consejos obreros o soviets. Estos fueron elegidos primero en las fábricas y más tarde en los barrios. Durante el verano los mismos se extendieron a todas las grandes ciudades, dirigiendo el movimiento revolucionario en su conjunto. Comprendieron demasiado tarde el papel que podían desempeñar en ellos y la importancia que tenían para aumentar su influencia, luchando desde ellos para ganar la mayoría entre la clase trabajadora. Por su parte, los mencheviques se dejaron arrastrar más fácilmente por una corriente con la que se fundieron. El único socialdemócrata destacado que desempeñó un papel en la primera revolución soviética fue el joven Lev Davidovich Bronstein (Trotsky), que antes había sido designado para formar parte del comité redactor de Iskra gracias a la insistencia de Lenin, pero que en el Segundo Congreso del POSDR se puso de parte de los mencheviques, criticando duramente las concepciones “jacobinas” de Lenin acerca de lo que él llama “la dictadura sobre el proletariado”.[3] En desacuerdo con los mencheviques emigrados y gracias a su influencia sobre el grupo menchevique de San Petersburgo, y a sus excepcionales aptitudes personales, se convierte en vicepresidente y más tarde en presidente del soviet de la ciudad, con el nombre de Yanovsky. Su comportamiento durante la revolución y su actitud ante los jueces que lo condenan le confieren un incalculable prestigio. A su lado, los bolcheviques de San Petersburgo dirigidos por Krasin, quedan eclipsados.

Durante este período, la organización bolchevique inicia una rápida transformación. El aparato clandestino continúa existiendo, pero la propaganda pública se intensifica y las adhesiones van siendo cada vez más numerosas. La estructura se modifica, iniciándose la elección de responsables. Por otra parte, los nuevos miembros no comprenden la importancia de los desacuerdos anteriores. Numerosos comités bolcheviques y mencheviques se unifican sin esperar la decisión del centro que todo el mundo exige. Hacia fines de diciembre de 1905 se celebra una conferencia bolchevique en Finlandia. Los delegados deciden en oposición a Lenin, boicotear las elecciones que prometió el gobierno zarista. Aprueban una reunificación cuyas bases habrán de ser discutidas días más tarde por Lenin y Mártov. Este último acepta incluir en el estatuto la fórmula propuesta por Lenin en el Segundo Congreso y que constituyó el origen de la escisión. Las organizaciones locales de ambas fracciones eligen a sus delegados para el congreso de unificación, sobre la base de dos plataformas y con representación proporcional al número de votos obtenidos por cada una de ellas.

La fracción bolchevique en el partido unificado

Cuando se reúne en Estocolmo el congreso de unificación durante el mes de abril de 1906, se ha iniciado ya el reflujo en toda Rusia. Los dirigentes del Soviet de San Petersburgo están en la cárcel y acaba de reprimirse la insurrección de los obreros de Moscú. Surgen nuevas divergencias acerca del análisis del pasado y de las tareas presentes. Los bolcheviques quieren boicotear las elecciones a la Duma (parlamento). Muchos mencheviques están de acuerdo con Plejanov, quien opina que “no se debía haber tomado las armas”, y desean orientar el partido hacia la acción parlamentaria. Sin embargo, ni unos ni otros piensan volver atrás y perpetuar la escisión. Según el testimonio de Krúpskaya, Lenin opina por aquellas fechas que los mencheviques van a admitir sus errores y daba por descontado que “un nuevo impulso revolucionario terminaría por arrastrarles hacia las posiciones bolcheviques”.[4]

La reunificación se decide formalmente: 62 delegados mencheviques que representan a 34.000 militantes y 46 bolcheviques en representación de otros 14.000, deciden reconstruir el partido en cuyo seno admiten al Bund y a los partidos socialdemócratas letón y polaco. El Comité Central elegido comprende dos polacos, un letón, siete mencheviques y tres bolcheviques: Krasin, Rikov y Desnitsky. Veintiséis delegados de la antigua fracción bolchevique entre los que se cuenta Lenin, declaran que aunque tienen serias diferencias con la mayoría del congreso, se oponen a cualquier escisión y continuarán defendiendo sus puntos de vista con el fin de ganar al partido para ellos. Posteriormente, la fracción bolchevique será dirigida por un centro clandestino en el interior del partido. Poseerá además un medio de expresión propio, Proletari (El Proletario), órgano del Comité de San Petersburgo, dirigido por un militante de veinticinco años, Radomylsky (Zinóviev).

Durante los meses siguientes la fracción hace rápidos progresos en el seno del partido. La repulsa de ciertos mencheviques a la insurrección de 1905, la decadencia de los soviets, que permite a numerosos cuadros obreros dedicarse al trabajo de partido y, por último, la tenacidad de los bolcheviques y la cohesión de la organización de su fracción, consiguen invertir la relación de fuerzas. El congreso de Londres, que se reúne en mayo de 1907, es elegido por 77.000 militantes del partido ruso. Además de 44 delegados del Bund, comprende a 26 letones, 45 polacos y 175 delegados rusos que se dividen a su vez en 90 bolcheviques y 85 mencheviques. Con el apoyo de los socialdemócratas letones y polacos, los bolcheviques se aseguran lograr la mayoría frente a la coalición de mencheviques y bundistas. Entre los bolcheviques elegidos como miembros del Comité Central figuran Lenin, Noguín, Krasin, Bogdanov, Rikov y Zinóviev.

El congreso introduce en sus estatutos el principio del “centralismo democrático”. Las decisiones tomadas tras amplia discusión habrán de aplicarse estrictamente, debiendo la minoría someterse a las decisiones de la mayoría. Se decide igualmente como garantía de la libertad de discusión y del control democrático de la dirección, la celebración de un congreso anual y de conferencias trimestrales a las que habrán de acudir delegados específicamente designados en cada ocasión. A pesar de su victoria, Lenin presiente la inminencia de “tiempos difíciles”, en los que se necesitará “la fuerza de voluntad, la resistencia y la firmeza de un partido revolucionarlo templado, que pueda enfrentar las vacilaciones, las debilidades, la indiferencia y el deseo de abandonar la lucha”.[5] Mantiene entonces su fracción y la refuerza. Después del congreso, los delegados bolcheviques eligen un centro de 15 miembros. Esta último tiene como objeto la dirección de una fracción que, por otra parte, no constituye para Lenin el embrión de un nuevo partido, sino “un bloque cuya finalidad es la de forzar la aplicación de una táctica determinada dentro del partido obrero”.[6]

La reacción

El desarrollo de los acontecimientos terminará justificando el pesimismo de Lenin. El movimiento obrero se debilita: en 1905 hubieron más de 2.750.000 huelguistas; en 1906, 1.750.000; en 1907, sólo quedan 750.000; en 1908, 174.000; en 1909, 64.000; y en 1910, 50.000. En pleno 1907 el gobierno de Stolypin toma la decisión de acabar con el movimiento socialista. La coyuntura es favorable para esto fruto de las repercusiones de la crisis mundial en Rusia. El desempleo y la pobreza permiten al zarismo utilizar el retroceso para intentar liquidar los remanentes de organización. La represión se pone en marcha, las detenciones desmantelan los diferentes comités. La moral de los obreros se viene abajo y muchos militantes abandonan su actividad. Para 1907 eran en Moscú varios millares, hacía fines de 1908 sólo quedan 500, en 1909 solo 150, y en 1910 la organización ya no existe. En el conjunto del país los activistas efectivos pasan de casi 100.000 a menos de 10.000. Por otra parte, se intensifican los desacuerdos entre las fracciones que, a su vez, se encuentran en plena desintegración. Sólo el grado que alcanza la descomposición del partido puede impedir el surgimiento de nuevas escisiones de hecho. El ferviente deseo de reunificación a cualquier precio surge de la impotencia general y parece prevalecer por encima de la decrepitud de todas las fracciones.

Entre los mencheviques empieza a desarrollarse una tendencia que Lenin denominará “liquidadora”. Para la misma, la acción clandestina carece de perspectivas, siendo preciso limitarla o desecharla. Se debe buscar, antes que nada, la alianza con la burguesía liberal, ganando posiciones parlamentarias. Según el punto de vista de los “liquidadores”, la acción revolucionaria de 1905 no ha sido nada realista. Axelrod escribe: “El impulso de la historia lleva a los trabajadores y a los revolucionarios hacia el revolucionarismo pequeñoburgués con mayor fuerza”.[7] Martínov opina que el partido “debe promover la democracia burguesa”.[8] Potrésov afirma que el partido no existe y que todo está por hacerse. Mártov, por su parte, considera la idea de un “partido­secta” como una suerte de utopía reaccionaria. De hecho, los mencheviques se replantean la propia finalidad de su acción, partido obrero o no, acción clandestina o no.

A pesar de la desilusión de muchos de ellos y de las no menos numerosas deserciones, los bolcheviques vuelven a emprender las tareas clandestinas que habían realizado antes de 1905. Sin embargo tampoco ellos se ven libres de divergencias internas. La mayoría querría volver a boicotear las elecciones, esta vez porque la ley electoral de Stolypin hace imposible que la clase trabajadora esté representada equitativamente. Sobre esta cuestión Lenin opina que tal consigna, lanzada en un momento de apatía e indiferencia obreras, corre el riesgo de aislar a los revolucionarios. En lugar de ello, estos deberían aferrarse a todas las ocasiones que se les ofreciesen para desarrollar públicamente su actividad. Tanto las elecciones como el parlamento deben ser utilizados como tribuna de los socialistas, sin hacerse ninguna ilusión sobre sus alcances pero sin despreciar esta forma de publicidad.

A pesar del aislamiento en que se encuentra dentro de su propia fracción, Lenin no vacila en votar solo junto con los mencheviques, contra el boicot de las elecciones en la Conferencia de Kotka del mes de julio de 1907. Sin embargo, los partidarios del boicot vuelven a tomar la iniciativa después de las elecciones, pidiendo la dimisión de los socialistas que han resultado elegidos. Estos partidarios de la “retirada”, conocidos por el nombre de “otzovistas”, encabezados por Krasin y Bogdanov, ven aumentar sus fuerzas por el apoyo de los “ultimatistas” del Comité de San Petersburgo, que se manifiestan contra toda participación en las actividades legales, incluso en los sindicatos, por estar estos intensamente vigilados por la policía. Por último, Lenin se une a la mayoría de los bolcheviques, sin poder impedir la separación de los miembros de la oposición que, a su vez, se constituyen en fracción y publican su propio periódico, Vpériod –segundo con este nombre.

De hecho, el partido entero parece descomponerse entre violentos espasmos. Cunde la polémica en torno a la actividad de los boiéviki, grupos armados que se dedican al terrorismo y asaltan bancos y cajas de fondos públicos, con el fin de conseguir mediante tales “expropiaciones” los fondos que el partido necesita para financiar su actividad. Bolcheviques y mencheviques se disputan violentamente el dinero de los simpatizantes que sostienen al partido, peléandose a propósito de una herencia y exigiendo ambos bandos el arbitraje de los dirigentes alemanes en cada ocasión. Hacia el final de 1908 Plejanov repudia la línea de los “liquidadores”, rompe con la mayor parte de los mencheviques y funda su propia fracción, conocida como “mencheviques del partido”, actuando en unidad con los bolcheviques. El anhelo de unidad aumenta con estas escisiones sucesivas.

Los mencheviques proponen que se celebre una conferencia que agrupe a los delegados de todas las organizaciones legales e ilegales, y a los de todas las fracciones, lo que tal vez serviría para reconstruir la unidad perdida. Lenin ve en tal actitud una operación inspirada por los “liquidadores”, pero otros bolcheviques conocidos como “conciliadores”, Dubrovinsky, Rikov, Sokólnikov y Noguín, se unen a esta política. Trotsky, que había sido condenado a la deportación, escapa. A partir de 1908 empieza a publicar en Viena un periódico llamado Pravda (La Verdad), organizando al mismo tiempo su difusión en toda Rusia. Su propósito es convertirla en una nueva Iskra. Desde sus páginas mantiene la tesis de que hay que construir un partido abierto a todos los socialistas, que comprenda desde los “liquidadores” hasta los bolcheviques. Afirma igualmente su independencia respecto a todas las fracciones, aunque de hecho pronto se halla unido con los conciliadores, que con el nombre de “bolcheviques del partido” integran la mayoría de la fracción bolchevique.

En enero de 1910, una sesión plenaria del Comité Central se prolonga durante tres semanas, pareciendo confirmar el éxito de la reunificación reclamada por Trotsky y por sus aliados. La alianza de todos los conciliadores termina por imponerse a los intransigentes de todas las fracciones. Los periódicos bolchevique y menchevique, El Proletario y La Voz socialdemócrata, respectivamente, desaparecerán para dejar su lugar al Socialdemócrata, órgano conjunto que dirigirán Lenin y Zinóviev junto con Dan y Mártov. El bolchevique Kámenev es designado para formar parte del comité redactor del Pravda de Trotsky. Lenin, en el interín, ha aceptado todas estas decisiones. En su correspondencia con Gorki afirma que ha obrado así por poderosos motivos, sobre todo “la difícil situación del partido” y “la maduración de una nueva clase de obreros socialdemócratas”. Sin embargo, tal aceptación por su parte no está desprovista de inquietud. En el Comité Central se ponen de relieve peligrosas tendencias, “un estado de ánimo general de conciliación, sin ideas claras, sin saber con quién, por qué ni de qué forma” y, por añadidura, el “odio que inspira el centro bolchevique por la implacable lucha ideológica que lleva a cabo”.[9]

El acuerdo será efímero. A partir del 11 de abril Lenin escribe a Gorki: “Tenemos un niño cubierto de granos. O bien los reventamos, curamos al niño y le educamos, o bien si la situación empeora, el niño morirá”. Constante en su propósito añade: “En este último caso, viviremos algún tiempo sin el niño (es decir, nos basaremos la fracción) y, más adelante, daremos a luz un bebé más sano”.[10] La Conferencia de Copenhague revela en agosto un nuevo agrupamiento de fuerzas. Los bolcheviques y los “mencheviques del partido” deciden en Rusia la publicación de dos periódicos, Rabotchaia Gazeta (La Gaceta Obrera) y Zvezda (La Estrella), uno ilegal y el otro legal, respectivamente, cuyos primeros números aparecen hacia finales de 1910.

Segunda escisión

A partir de 1910 toda Rusia da señales de un despertar del movimiento obrero. Los estudiantes han sido los primeros en volver a las manifestaciones. Los obreros, cuyas condiciones de vida se han hecho más soportables con el final de la crisis y la absorción del desempleo, recobran su valor y el interés por la lucha. En 1911, 100.000 obreros realizan huelgas parciales y su número aumenta a 400.000 el 1 de mayo. Las descargas de fusilería del Lena, que arrojan un saldo de 150 muertos y 250 heridos en el mes de abril de 1912, marcan un nuevo hito en la lucha obrera.

Hasta este momento, Lenin ha aceptado –aunque a veces contra su voluntad– la unidad con otras fracciones del partido. Sin embargo, el nuevo ascenso obrero hace ineludible en su opinión, un viraje radical. En el partido nadie respeta las decisiones del Comité Central. Pravda, Vpériod y La Voz socialdemócrata siguen apareciendo. Gracias al apoyo del polaco Tychko, Lenin y Zinóviev consiguen convertir al Socialdemócrata en un órgano bolchevique. Lenin piensa que se avecinan acontecimientos revolucionarios a los que sólo un partido fuertemente estructurado podrá hacer frente. Los bolcheviques, bajo la dirección de Zinóviev, organizan en Longjumeau una escuela de cuadros. Los militantes formados allí pasan luego ilegalmente a Rusia para realizar contactos y preparar una conferencia nacional. Sin embargo, la policía acecha. Primero detiene a Rikov y luego a Noguín. Por último, el georgiano Ordzhonikidze consigue poner en funcionamiento en Rusia un comité de organización con la ayuda del clandestino Serebriakov. Dan y Mártov protestan contra tales preparativos y abandonan el comité redactor del Socialdemócrata.

El 18 de enero de 1912 se reúne en Praga la conferencia prevista. De entre los exiliados sólo participan los bolcheviques y algunos “mencheviques del partido”. Sin embargo, acuden más de veinte representantes de organizaciones clandestinas rusas. La Conferencia de Praga declara que actúa en nombre del partido entero, expulsa a los “liquidadores” y recomienda la creación de “núcleos socialdemócratas ilegales rodeados de un red tan extensa como sea posible de asociaciones obreras legales”. Se elige entonces un Comité Central en el que figuran Lenin, Zinóviev, Ordzhonikidze, Svérdlov y el obrero metalúrgico Malinovsky. Se cancela el acuerdo con el Pravda de Trotsky. Rabotchaia Gazeta se convierte en el órgano del Comité Central. Inmediatamente después será designado para su dirección el georgiano José Dzhugashvíli, que después de haber sido Ivanovitch, se llama ahora Koba y luego será Stalin. Los militantes de Rusia aplican la resolución de la conferencia y se vuelven hacia las actividades legales. El partido acepta la propuesta formulada por Voronsky de publicar un diario legal.

Tras varios meses de campaña y una suscripción recogida en todas las principales fábricas de las grandes ciudades, el 22 de abril (5 de mayo) de 1912, aparece el primer número de Pravda. Se trata de una publicación bolchevique, aunque durante más de un año siga contando entre sus colaboradores a Plejanov. Al cabo de cuarenta días es prohibida por primera vez, volviendo a aparecer entonces con el título de Rabotchaïa Pravda. Cuando sólo lleva 17 números es prohibida de nuevo y vuelta a reeditar llamándose sucesivamente Severnaïa Pravda, durante 31 números, Pravda Truda durante 20, Za Pravda durante 51, Proletarskaia Pravda otros 16 y Put Pravdy en 91 apariciones. Llegado a este punto se convertirá en revista, llamándose Rabotchii y más adelante Trudovskaia Pravda, quedando definitivamente prohibida el 8 de julio de 1914.

Aun a pesar de lo delicado de la apreciación en tales circunstancias, todo indica que los bolcheviques fueron los grandes beneficiarios de la escisión, quedando en sus manos el nombre del partido en Rusia. Esta es, al menos, la opinión del jefe de la policía zarista, que en 1913 declara: “En la actualidad existen círculos, células y organizaciones bolcheviques en todas las ciudades. Han establecido correspondencia y contactos permanentes entre casi todos los centros industriales […] No puede por tanto extrañarnos que la reagrupación de todo el partido clandestino se lleve a cabo en torno a las organizaciones bolcheviques, y que estas últimas hayan terminado de hecho por representar al partido socialdemócrata ruso en su totalidad”.[11]

La situación previa a la guerra

Los mencheviques han sido sorprendidos. Hasta el mes de septiembre de 1912 no lanzan un diario en Rusia. Cuando lo hacen se llamará Luch (La Antorcha) pero nunca igualará la audiencia que Pravda tiene entre los obreros. Durante el mes de agosto, Trotsky ha reunido en Viena una conferencia en la que pretendía conseguir la reunificación. Sin embargo, fracasa por completo en su intento, porque tanto los bolcheviques como los “mencheviques del partido”, se han negado a participar en ella. Los partidarios del llamado “bloque de agosto” crean un comité de organización, cuyo único vínculo es un sentimiento de común hostilidad hacia Lenin y los bolcheviques. De nuevo se intensifica la polémica. Lenin organiza la escisión de la fracción socialdemócrata de los diputados de la Duma, tomando enérgicamente la defensa del portavoz de la fracción bolchevique, Malinovsky, al que los mencheviques acusan de ser un infiltrado.

Plejanov rompe con los bolcheviques en agosto de 1913, deja de colaborar con Pravda, intenta organizar su propia fracción mediante el periódico Edinstvo (La Unidad) y termina por sumarse al “bloque de agosto”. Al mismo tiempo, Trotsky abandona este reagrupamiento al no servir para el objetivo de una reunificación general. Toma entonces contacto con un grupo de obreros de San Petersburgo, igualmente partidarios de la unidad de todas las fracciones. Lenin, ahora instalado en Cracovia, dirige desde allí la actividad de los bolcheviques, apoyando a Svérdlov para que este asuma la dirección de Pravda en lugar de Stalin. Pero, tanto Svérdlov como Stalin son detenidos, denunciados por Malinovsky que, en definitiva, resulta ser un agente de la policía. Los bolcheviques intentan organizar un congreso al mismo tiempo que sus adversarios apelan a la Internacional en rechazo de los que llaman “escisionistas”.

El secretariado de la Internacional ofrece sus servicios con vistas a una mediación, y el 16 y 17 de julio de 1914 reúne en Bruselas una conferencia que se plantea la reunificación del partido ruso. En dicha conferencia están representados todos los grupos y fracciones. Inés Armand, portavoz de los bolcheviques, defiende la posición expresada por Lenin en un memorando. La unidad es posible en un partido socialdemócrata que comprenda un ala revolucionaria y una ala reformista, como lo prueba el ejemplo de los partidos occidentales. Sin embargo, en Rusia, los que han roto la unidad han sido los “liquidadores”, con su negativa a someterse a la mayoría. La reunificación sólo es posible si aceptan la disciplina. Después de un debate muy agitado, en el que resalta Plejanov por la violencia de sus diatribas contra Lenin, la conferencia aprueba una resolución que afirma que las divergencias tácticas puestas de relieve no justifican una escisión. Plantea igualmente cinco condiciones previas al restablecimiento de la unidad: que todos acepten el programa del partido; que la minoría respete las decisiones de la mayoría; una organización que dadas las circunstancias debe ser clandestina; la prohibición de todo pacto con los partidos burgueses; la participación general en un congreso de unificación. Inés Armand y el delegado letón son los únicos en no otorgar su voto a este texto que pronto va a convertirse en un arma contra los bolcheviques y sobre todo contra Lenin. La guerra ha de abortar por completo esta maniobra, en primer lugar por la prohibición del congreso internacional previsto para el mes de agosto de 1914 en Viena.

Para estas fechas, la situación en Rusia es enormemente confusa. Los bolcheviques ocupan las mejores posiciones, pero sigue existiendo un ferviente deseo de unidad. En determinadas ciudades coexisten grupos bolcheviques y mencheviques que despliegan, tanto unos como otros, actividades legales e ilegales, en directa dependencia del Comité Central o bien unidos con unos vínculos menos fuertes al Comité de Organización. No obstante, en la práctica, todo se encuentra en plena evolución. En algunos lugares se avecina la escisión y en otros la unificación. La guerra trastocará este cuadro. Muchos grupos locales subsistirán como grupos socialdemócratas, sin unirse a ninguna de las dos grandes fracciones y contando entre sus miembros a partidarios de ambas. Además, y a pesar de la escisión de 1913, los diputados bolcheviques y mencheviques de la Duma se unirán con el nombre de fracción socialdemócrata, para votar contra los créditos de guerra.

Los bolcheviques permanecen dieciséis meses sin dirección efectiva. Centenares de militantes son detenidos, encarcelados o deportados, otros se encuentran en el ejército (este es el caso de los obreros, a los que se moviliza en sus propias fábricas). Se inicia un nuevo período de reacción en el que los activistas quedan reducidos a calidad de individuos aislados. Cuando a partir de 1916 los obreros empiezan a integrarse de nuevo en la lucha, la fracción bolchevique cuenta como máximo con 5.000 miembros, dentro de una organización que poco a poco han ido reconstruyendo. Sólo posee un puñado de cuadros que durante los años previos a la guerra han aprendido a organizar y agrupar a los obreros, a dirigir sus luchas y a eludir las fuerzas represivas. Constituyen los elementos de la vanguardia revolucionaria que Lenin había tratado de formar durante toda la complicada historia del partido obrero socialdemócrata ruso y de su fracción bolchevique.

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Capítulo 2

LA ORGANIZACIÓN Y LOS ACTIVISTAS BOLCHEVIQUES

Las decenas de miles de activistas ilegales que tras la Revolución de Febrero de 1917 volvían a tomar contacto, estaban a punto de construir una organización que las amplias masas obreras y, en menor medida, las campesinas, considerarían como propia. Tal organización iba a dirigir la lucha contra el gobierno provisional, conquistar el poder y conservarlo. Por tanto, a pesar de la lucha entre fracciones y de la represión, Lenin y los bolcheviques triunfaron allí donde otros marxistas que gozaban de condiciones más favorables, habían fracasado. Por primera vez en toda la historia de los partidos socialistas, uno de ellos iba a vencer.

Un partido obrero

¿Qué hacer? examina las condiciones rusas. De hecho, preconiza una solución particular sin pretensión de que sus análisis o conclusiones extiendan su validez a otros países. En el prefacio de una colección de artículos y ensayos que redactó en septiembre de 1907, Lenin afirma: “El error fundamental de los que hoy polemizan contra ¿Qué hacer?, estriba en la absoluta disociación que establecen entre este trabajo y el contexto determinado dentro del que actuaba nuestro partido, un contexto superado hace tiempo. ¿Qué hacer? no es sino un resumen de la táctica y de la política de organización del grupo Iskra entre 1901 y 1902. Nada más que un resumen. Solo la organización que inició Iskra podía haber creado un partido socialdemócrata como el existente en la actualidad, en las circunstancias históricas que atravesó Rusia de 1900 a 1905. El revolucionario profesional ha cumplido su misión en la historia del socialismo proletario ruso”.[1] Desde el mes de noviembre de 1905, Lenin había arrojado ya esta crítica sobre aquellos que reducían su pensamiento a un esquema mecanicista y abstracto, pretendiendo oponer la espontaneidad y la conciencia en los mismos términos del ¿Qué hacer?, como si esta obra tuviese un valor universal y un alcance eterno. “La clase obrera rusa es espontáneamente socialdemócrata, y más de diez años de trabajo de los socialdemócratas han contribuido a transformar dicha espontaneidad en conciencia de clase”.[2]

¿Qué hacer? insiste igualmente en la absoluta necesidad de organizar el partido de forma clandestina, haciendo de ello condición indispensable de su existencia. Sin embargo, tales planteamientos no excluyen la posibilidad de un accionar y una propaganda legales si las circunstancias históricas lo permiten. Por tanto, una vez que la revolución de 1905 ha aportado a los obreros la libertad de organización y de expresión para los partidos políticos, incluidos los socialistas, los bolcheviques no vacilarán en aprovecharse de ello. No obstante, Lenin considera “liquidadora” la concepción del sector de mencheviques que aceptan los límites impuestos por el enemigo de clase para circunscribir su acción, resignándose a no desarrollarla sino a través de los cauces legales. En efecto, la nueva ley acota la actividad de los partidos y no concede a los revolucionarios una libertad de acción y de expresión completas, sino como contrapartida de conservar un absoluto control sobre ellos. El régimen zarista se limita a tolerar una serie de libertades que constituyen antes que nada una válvula de seguridad, coaccionado por las circunstancias. “Hacer el juego” y limitarse a lo estrictamente legal, supone aceptar los controles que el propio régimen ha fijado, proscribiendo a aquel sector de la crítica revolucionaria que considera “subversiva”. Sin embargo, no es cuestión de renunciar a la utilización de las facilidades que otorga la ley con este pretexto, ya que únicamente la propaganda legal puede alcanzar a amplios sectores de la clase trabajadora. Debe, por tanto ser utilizada al máximo y esta es la razón por la que más adelante Lenin hará del periódico ilegal primero y del diario legal después, la primera preocupación de su grupo en todas las ocasiones en que tal instrumento resulte viable.

A este respecto, resulta significativo el ejemplo de Pravda, ya que este diario obrero comienza a editarse poco antes del comienzo de la Primera Guerra Mundial, siendo pieza clave en el desarrollo del partido bolchevique. El periódico se lanza después de una campaña de agitación en las fábricas destinada a conseguir una suscripción pública. Pravda asume entonces la función que desempeñó originariamente Iskra para unos cuantos centenares de lectores, al difundir informaciones y consignas, que esta vez se dirigen a decenas de miles de obreros. Los corresponsales obreros de Pravda son al mismo tiempo los enlaces del partido y las antenas de que éste dispone para conocer el estado de ánimo de la clase trabajadora. Gracias a sus informaciones se produce una generalización de la experiencia obrera que sienta las bases indispensables de una conciencia colectiva. En un solo año, publica 11.114 “informes de corresponsales”, es decir, una media de 41 por número. Pravda es por definición un diario obrero, y al estar en gran parte redactado por los propios trabajadores, ellos sienten que les pertenece. Ellos son los que aportan la mayor parte de las contribuciones que constituyen el “fondo de hierro”, creado para hacer frente a todas las multas y requisas con que la represión puede golpear al periódico.

El diario debe indicar la ubicación de su redacción y los responsables de la misma, como la propia ley lo exige. No puede escapar a las demandas judiciales a las que el Estado y los enemigos de clase recurren una vez tras otra en el intento de acabar con su existencia legal. De un total de 2.770 números, 110 son objeto de demanda judicial. Las multas que le fueron impuestas suman unos 7.800 rublos, es decir, una cantidad igual al doble de la recogida como fondo inicial. Se celebran 26 juicios contra el periódico, y sus redactores son condenados a un total de 472 meses de cárcel.[3] Ciertamente es éste un balance adverso para un periódico, que a pesar de todo, se esfuerza en no atraer sobre sí la represión, aunque la policía llegue al extremo de introducir en su comité redactor un agente encargado de crear con sus artículos, excusas para sancionar a la publicación. En tales condiciones, la libertad de expresión del periódico se ve seriamente limitada. Al someterse a la ley, le resulta imposible lanzar las consignas que considera correctas, sobre todo cuando éstas se refieren a los trabajadores y campesinos que integran el ejército. El periódico debe mantenerse contra viento y marea dentro de los estrictos límites fijados por la ley, si no quiere correr el riesgo de verse silenciado definitivamente por las requisas, condenas y múltiples sanciones económicas que pueden abatirse sobre él. Los panfletos, folletos y periódicos ilegales sirven para difundir el resto de las consignas y para dar las explicaciones necesarias pero prohibidas, que por atentar contra la “Seguridad del Estado” no pueden publicarse sino en medios de expresión ilegales.

Un activista legal es siempre un individuo conocido por la policía, y ésta puede detenerle, interrumpiendo al trabajo que realiza con cualquier pretexto. Si toda la organización fuera pública y legal, la policía conocería no solo a quienes la integran sino también su funcionamiento, y el Estado podría en cualquier momento poner fuera de la ley algunas de sus actividades e incluso al conjunto de la misma. Por ello, resulta de todo punto de vista imprescindible que el partido obrero disponga de activistas, recursos, imprentas, periódicos y locales clandestinos, que eventualmente puedan tomar el relevo del “sector legal” durante un periodo de reacción, al tiempo que su propio carácter ilegal les permite zafarse de las limitaciones que exigiría la actividad pública. El carácter autocrático del Estado ruso y la arbitraria omnipotencia de la policía fueron los auténticos responsables de que los socialdemócratas rusos construyesen su partido en torno a un núcleo clandestino. Las “libertades democráticas” no tienen aun tradición suficiente en 1912, como para parecer normales y eternas, haciendo olvidar a todos los revolucionarios el precio que tuvieron que pagar por ellas y cuan fácilmente podían perderlas. Sin embargo, la ilegalidad no es un fin en sí. El verdadero problema estriba en la construcción de un partido obrero socialdemócrata utilizando al máximo todas las posibilidades. Es decir, organizar la porción consciente de la clase trabajadora, que armada con el conocimiento de las leyes del desarrollo social, haga progresar entre los obreros la conciencia de clase, los organice y los conduzca a la batalla, cualesquiera sean las condiciones generales que vaya a revestir la lucha.

Tales planteos son los que sustentan los bolcheviques tras el período de boicot, cuando se disponen a participar regularmente en las elecciones, a pesar de que la trampa de las leyes electorales sea evidente. Su objetivo no es en modo alguno una victoria parlamentaria sino la utilización de la publicidad que para la propagación de las ideas socialistas y la construcción el partido proporciona la tribuna parlamentaria. Llegados a este punto, resulta indispensable establecer la comparación entre el partido socialdemócrata ruso y el alemán, aferrado a su legalidad, a sus importantes conquistas, a sus cuarenta y tres diarios, a sus revistas, a sus escuelas, a sus universidades, a sus fondos de solidaridad, a sus “Casas del Pueblo” y a sus diputados, aunque en definitiva, todas esas realizaciones contribuyen para aprisionarlo. En efecto, el miedo a una represión que podría poner en peligro las mejoras conseguidas convierte el Partido Socialdemócrata Alemán (SPD) en el prisionero voluntario de la clase dominante. El propio partido limita la acción de sus juventudes y prohibe a Karl Liebknecht llevar a cabo cualquier propaganda antimilitarista “ilegal”, aunque ningún socialista se atreva a negar la necesidad de tal propaganda en la Alemania de Guillermo II, pues ello podría encolerizar a la burguesía y desatar una nueva ola de represión policíaca. Sin embargo, la crisis de 1914 revelará de forma inequívoca el abismo que separa a ambas organizaciones en cuanto a las actitudes que adoptan hacia sus respectivos gobiernos, enfrentados por la guerra. Con anterioridad a esta fecha, Lenin ha manifestado su acuerdo en determinados puntos con la crítica que lleva a cabo la izquierda alemana y sobre todo Rosa Luxemburgo. Sin embargo, existen diferencias suficientemente numerosas e importantes entre ellos como para impedir la formación de una fracción de izquierda en la socialdemocracia internacional.

Sólo el análisis histórico de aquella época puede enfrentar una tendencia revolucionaria fromada por Lenin y Luxemburgo al reformismo de Bebel y Kautsky. El Partido Socialdemócrata Alemán antes de 1914, es ante los ojos de Lenin y de los bolcheviques el partido obrero por excelencia, el modelo de lo que pretenden construir en Rusia, sin dejar de tomar en cuenta las condiciones especificas del país. Lenin, tras desmentir de manera clara la interpretación inversa de sus intenciones, repetirá en diferentes ocasiones: “¿Dónde y cuándo he pretendido yo haber creado una nueva tendencia en la socialdemocracia internacional distinta de la línea de Bebel y Kautsky? ¿Dónde y cuándo se han manifestado diferencias entre Bebel y Kaustky por una parte, y yo por otra?”.[4] El viejo bolchevique Shliapnikov afirma que en la propaganda llevada a cabo en el campo obrero, los bolcheviques se referían continuamente a los socialdemócratas alemanes como modelos. Piatnitsky ha descrito su admiración de bolchevique emigrado en Alemania ante el funcionamiento de la organización socialdemócrata y narra su asombro ante las críticas que en privado se hacían sobre aspectos de su política. Tanto mayor fue el rencor de Lenin y los bolcheviques después del mes de agosto de 1914, cuando se vieron obligados a reconsiderar su apreciación de la línea de Bebel y Kautsky, y a admitir que Rosa Luxemburgo había sido más lúcida que ellos sobre este punto, considrándola desde entonces como “la representante del marxismo más auténtico”. No obstante, Lenin llegó a dudar de la autenticidad del número de Vorwärts que publicaba la declaración de los parlamentarios socialdemócratas del Reichstag (parlamento) al votar los créditos de guerra y consideró incluso la hipótesis de que se tratase de una falsificación llevada a cabo por el estado mayor alemán…

Tras su vuelta a Rusia en abril de 1917, durante la conferencia del partido bolchevique, Lenin será el único en votar en favor de su moción de quitar el término “socialdemócrata” del nombre del partido. Ciertamente, tal actitud es la prueba de que no temía quedarse aislado en su propia organización, pero también de que antes de 1914 no había deseado ni preparado una ruptura con la Segunda Internacional y los grandes partidos que la integraban. Su actitud demuestra igualmente hasta qué punto tres años después de agosto de 1914, se encontraba muy por delante de sus propios camaradas respecto a esta cuestión.

Un partido nada monolítico

Cualesquiera hayan sido las responsabilidades de Lenin y de su fracción en la escisión de 1903, hemos visto que no la habían deseado ni preparado, ni previsto. Les había sorprendido intensamente y sin ceder en sus principios, no por ello dejaron de trabajar para conseguir una reunificación, que esperaban colocar en su haber, pero que sin lugar a dudas daría origen a un partido más amplio y menos homogéneo, que el constituido durante todos esos años por la fracción bolchevique.

Desde 1894, Lenin afirmaba en su polémica con el populista Mijailovsky: “Es rigurosamente cierto que no existe entre los marxistas completa unanimidad. Esta falta de unanimidad no revela la debilidad sino la fuerza de los socialdemócratas rusos. El consenso de aquellos que se satisfacen con la unánime aceptación de “verdades reconfortantes”, esa tierna y conmovedora unanimidad, ha sido sustituida por las divergencias entre personas que necesitan una explicación de la organización económica real, de la organización económica actual de Rusia, un análisis de su verdadera evolución económica, de su evolución política y de la del resto de sus superestructuras”.[5] La voluntad de reunificación de que hace gala inmediatamente antes de 1905, se explica tanto por la confianza que deposita en sus propias tesis, como por la convicción de que los inevitables conflictos que surgen entre socialdemócratas pueden solucionarse en el seno de un partido que sea la sede de todos ellos: “Las divergencias de opinión en el interior de los partidos políticos o entre ellos –escribe Lenin en julio de 1905– se solucionan por lo general, no solamente con las polémicas, sino también con el desarrollo de la propia vida política. En particular, las divergencias a propósito de la táctica de un partido, suelen liquidarse de hecho por la adhesión de los defensores de tesis erróneas a la línea correcta, ya que el propio curso de los acontecimientos quita a dichas tesis su sustento”.[6]

A este respecto, manifiesta una gran confianza en cuanto a la posterior evolución de los mencheviques, al escribir a fínales de 1906: “Los camaradas mencheviques pasarán por el purgatorio de las alianzas con los burgueses oportunistas, pero terminarán por volver a la socialdemocracia revolucionaria”.[7] Según afirma Krúpskaya en 1910, “Vladimir Illich no dudaba en absoluto de que los bolcheviques se harían con la mayoría en el seno del partido y que este terminaría por adoptar la línea trazada por ellos. Sin embargo, era necesario que tal decisión afectase al partido entero y no solamente a su fracción”.[8] La Conferencia de Praga de 1912 condenará únicamente a los “liquidadores”, enemigos del trabajo ilegal. La colaboración con los “mencheviques del partido” se explica por tanto, no sólo como una maniobra táctica, sino también como reflejo de la convicción expresada desde 1906, de que “hasta la revolución social, la socialdemocracia presentará inevitablemente un ala oportunista y un ala revolucionaria”.[9] Esta es la postura que defiende Inés Armand en Bruselas. Con la única salvedad de los “liquidadores”, todo socialdemócrata tiene lugar en un partido donde tanto en Rusia como en Occidente deben coexistir elementos revolucionarios y reformistas. Sólo la revolución, en su calidad de expresión definitiva del desarrollo político podrá separarles nítidamente.

El régimen de partido

Desde la época de Stalin, la mayoría de los historiadores y comentaristas, insisten sobre el régimen autoritario y fuertemente centralizado del partido bolchevique, y suelen ver en ello la clave de la evolución de Rusia durante los años que siguieron. En lo referente a la fuerte centralización del partido, ciertamente no faltan citas con que poder cimentar sus tesis. No obstante, las referencias de sentido opuesto son igualmente abundantes. En boca de Lenin, como en la de muchas otras personas, pueden ponerse muchas concepciones insólitas, solo separando las frases de su contexto. En realidad, el propósito fundamental de Lenin fue construir un partido de acción, y desde este punto de vista, ni su organización, ni su naturaleza, ni su desarrollo, ni su propio régimen interno podían ser concebidos con independencia de las condiciones políticas generales, del grado de libertades públicas existente y de la relación de fuerzas entre la clase trabajadora, el Estado y la clase dominante.

Entre 1904 y 1905, en su polémica con los mencheviques, cuando todos los socialistas se encuentran aún en la clandestinidad, Lenin afirma: “Nosotros también estamos en favor de la democracia cuando ésta es verdaderamente posible. En la actualidad no sería más que una farsa, y eso no lo deseamos, pues queremos un partido serio, capaz de vencer al zarismo y la burguesía. Forzados a la acción clandestina, nos es imposible realizar la democracia formal dentro del partido […] Todos los obreros conscientes de la necesidad de acabar con la autocracia y de luchar contra la burguesía, saben perfectamente que para vencer al zarismo necesitamos en este momento un partido clandestino, centralizado, revolucionario y fundido en un único bloque. Bajo la autocracia, con sus salvajes represiones, adoptar el sistema de elecciones, es decir, la democracia, significaría sencillamente ayudar al zarismo a acabar con nuestra organización”.[10] Asimismo en La bonita jaula no alimenta al pájaro, precisa: “El obrero consciente comprende que la democracia no es un fin en sí, sino un instrumento para la liberación de la clase obrera. Damos al partido la estructura que mejor responde a las necesidades de la lucha en este momento. Lo que necesitamos hoy es una jerarquía y un riguroso centralismo”.[11]

En el Tercer Congreso, cuando el movimiento revolucionario crece indudablemente, insiste: “En condiciones de libertad política, nuestro partido podrá basarse por completo en el principio de elección y de hecho así lo haremos […] Incluso bajo el absolutismo, el principio de elección habría podido aplicarse mucho más ampliamente”.[12] La Conferencia de Tammerförs decide aplicar íntegramente a la organización del partido los principios del “centralismo democrático” y “los más amplios cauces de electividad, confiriendo a los organismos electos plenos poderes para la dirección ideológica y práctica. También aprueba la aplicación del principio de revocabilidad de los mandatos, así como el de exigir absoluta publicidad y rigurosa información de la actividad de la dirección”. En el prefacio de Doce años, Lenin, a propósito de la polémica sobre ¿Qué hacer?, recuerda que “a pesar de la escisión, el partido ha utilizado el momentáneo fulgor de libertad para introducir en su organización pública una estructura democrática, dotada de un sistema de elección así como una representación en el congreso proporcional al número de activistas organizados”.[13]

Según los bolcheviques, el “régimen interno” es reflejo de las condiciones generales de la lucha de clases en el partido. Sin embargo, también constituye un factor autónomo. Lenin se plantea este problema en su propia fracción, al enfrentarse con los komitetchik, que según el testimonio de Krúpskaya no admiten ningún tipo de democracia interna y se niegan a cualquier innovación, fruto de su impotencia para adaptarse a condiciones nuevas. Son hostiles a introducirse en los comités de obreros pues creen que en su seno no van a poder trabajar, pretenden controlar minuciosamente toda la actividad y mantener una centralización y jerarquía rígidas. Lenin les recuerda que “no es el partido el que existe en función del comité, sino éste en función del partido”. “A menudo pienso que las nueve décimas partes de los bolcheviques son profundamente formalistas. Es preciso reclutar sin miedo a jóvenes con mayor amplitud de criterios y olvidar todas las prácticas embarazosas, el respeto por los grados, etcétera […] Hay que dar a cada comité local derecho a redactar octavillas y a repartirlas sin poner demasiadas condiciones. Si cometieron algún error, no tendría demasiada importancia, lo corregiríamos “amablemente” en Vpériod. El propio curso de los acontecimientos enseña con nuestro mismo espíritu”.[14] Krúpskaya refiere que Lenin no se inquietó demasiado por no haber sido escuchado por los komitetchik: “Sabía que la revolución estaba en marcha y que obligaría al partido a admitir a los obreros en sus comités”.[15]

La clandestinidad es evidentemente favorable al centralismo autoritario en la medida que la elección no tiene sentido más que entre hombres que se conocen y pueden controlarse mutuamente. No obstante, sus efectos se amortiguan pues contribuye a hacer menos tensas las relaciones entre los diferentes grados de la jerarquía, dejando a los comités locales un importante margen de iniciativa. Los grupos que distribuyeron panfletos llamando a la huelga y convocando una manifestación el 15 de noviembre de 1912 en San Petersburgo, están integrados por socialdemócratas vinculados a la fracción bolchevique. Pero tomando como referencia el testimonio de Badaiev, en esta ocasión no se notificó a ningún organismo central ni capitalino, ni a ningún miembro de la bancada parlamentaria.[16] Los dirigentes bolcheviques tardaron varios días en saber quién había asumido la responsabilidad de tales consignas. Sin embargo, apoyaron la huelga dada la popularidad que había alcanzado entre los obreros, a pesar de que en su opinión estaba muy mal preparada. Tales incidentes se dan con frecuencia. Piatnitsky, quien desempeñaba desde hacía años importantes funciones en el aparato clandestino, no puede en 1914 conseguir la dirección de un responsable bolchevique en Samara, ciudad en la que ha encontrado trabajo. Bolcheviques y mencheviques se habían fusionado en ella. Entonces, tras conseguir el contacto por sus propios medios, Piatnitsky tomará la iniciativa de reorganizarles independientemente, convenciéndoles con sus argumentos sin apelar a ninguna clase de “mandato”.[17]

Una de las críticas que más a menudo se han hecho al sistema de organización de los bolcheviques, era que favorecía la acción devastadora de los agentes de la policía que conseguían introducirse en la organización. Algunos ejemplos ilustran dicha tesis. El médico Jitomirsky es agente de la Ojrana (policía secreta) cuando en 1907 se le encarga establecer el enlace entre Rusia y la emigración. En 1910, los periódicos impresos en Suiza y Alemania, llegan con toda regularidad a las manos de la policía. El responsable de su transporte, Matvéi, lleva años al servicio de la policía secreta. No obstante, es preciso admitir que los infiltrados de la policía conocían perfectamente la forma de entrar en el partido y que el aparato represivo era responsable en mayor medida que la estructura o el funcionamiento del partido del resultado, al utilizar a activistas que gozaban de la confianza de sus camaradas y que por lo general habían aceptado en la cárcel desempeñar el papel de soplones. El ejemplo más significativo lo constituye sin duda Malinovsky.

Se trata de un militante obrero, secretario del sindicato de los metalúrgicos de San Petersburgo desde 1906 hasta 1909, buen conferenciante y buen organizador, que entra al servicio de la policía en 1910, tal vez para evitar el cumplimiento de una sentencia que le había sido impuesta anteriormente por un delito común. Se une a los bolcheviques en 1911. Su actividad como militante le hace tan popular que es presentado como candidato en las elecciones de diputados para la Duma y resulta elegido, contribuyendo desde este cargo a organizar la escisión de la fracción socialdemócrata. Durante todo este tiempo continúa informando regularmente al jefe de la policía, revelando los seudónimos, los locales y las reuniones previstas. Malinovsky es el responsable de la detención de Ríkov y Noguin antes de la Conferencia de Praga, y de la de Svérdlov y Stalin en 1914. Lenin le propuso como miembro del Comité Central en 1912 y, hasta el final, le defiende de las acusaciones de los mencheviques, incluso después de su inexplicable dimisión como diputado en mayo de 1914. Sólo los archivos de la Ojrana darán tras de la victoria revolucionaria de 1917, una completa información de su actividad. Después de haber sido hecho prisionero en la guerra, volvió a Rusia por su propia voluntad. Una vez allí fue juzgado, condenado a muerte y ejecutado.

Con independencia del aspecto espectacular de la aventura, hay que reconocer que las estructuras, los métodos y los principios de acción de la organización la protegían, hasta cierto punto, de la actividad de un agente de envergadura como Malinovsky. Lenin, al testificar en el juicio contra este, contribuirá no poco a llevar el asunto a sus justos límites al declarar: “Desde el punto de vista de la Ojrana, valía la pena no escatimar ningún medio para introducir a Malinovsky en la Duma y en el Comité Central. Cuando lo consiguió, Malinovsky se transformó en uno de los eslabones de la larga cadena que unía nuestra base legal con los dos grandes órganos representativos de las masas del partido, Pravda y la bancada socialdemócrata de la Duma. El provocador debía mantener esos dos organismos para conservar nuestra confianza. Malinovsky podía provocar la caída de numerosos camaradas. Sin embargo, no fue capaz ni de detener, ni de controlar, ni de dirigir la actividad del partido, cuya importancia crecía sin cesar, extendiendo su influencia sobre las masas, sobre decenas y centenas de miles de individuos”. Lenin concluye entonces: “No me sorprendería en absoluto que uno de los motivos del alejamiento de Malinovsky, hubiese sido que de hecho estaba más vinculado a Pravda y la bancada parlamentaria de lo que la Ojrana estaba dispuesta a tolerarle”.[18]

La originalidad bolchevique

La originalidad del partido bolchevique no reside en una determinada concepción ideológica, ni en un régimen particularmente centralizado. La socialdemocracia alemana en aquellas fechas era tan o más centralizada y tenía una organización tan estricta como la del partido ruso. Piatnitsky –especialista en organización– describe con admiración la organización socialista de Leipzig y el funcionamiento semiclandestino de los núcleos dirigentes a los que los militantes llaman en su jerga: “carbonerías”. La “disciplina de fracción” –la Fraktionzwang– se aplica con el máximo rigor a todos los niveles de actividad del partido alemán, más severamente incluso que en el partido ruso, como consecuencia de la legalidad y del poder financiero del aparato, la cual no deja lugar alguno a la iniciativa personal. La crisis de 1914 servirá para develar la raíz de las diferencias entre los dos partidos. La socialdemocracia alemana vota los créditos militares y apoya a su gobierno en la guerra, mientras los bolcheviques hacen llamamientos tendentes a transformar la guerra imperialista en guerra civil. La socialdemocracia alemana al adaptarse al régimen político y social, se ha convertido en un partido reformista, mientras que el partido bolchevique al permanecer irremisiblemente enfrentado al régimen, ha mantenido su perspectiva revolucionaria.

La primera razón de esta diferencia es que los socialdemócratas rusos vivían y militaban en un contexto social infinitamente más explosivo que el de Europa occidental. El desarrollo combinado de la sociedad rusa había convertido al proletariado industrial en una clase social fundamentalmente revolucionaria. A esta característica se refiere Deutscher al afirmar: “La clase obrera rusa de 1917 era una de las maravillas de la historia. Pequeña en número, joven, inexperta y carente de toda educación. Era, no obstante, rica en pasión política, en generosidad, en idealismo y ostentaba singulares aptitudes para el heroísmo. Poseía el don de soñar con el futuro y de morir heroicamente en la lucha”.[19] El bolchevique Preobrazhensky llevó a cabo igualmente un penetrante análisis de este fenómeno: “La vanguardia de nuestra clase trabajadora es el producto del capitalismo europeo, que al aparecer en un país nuevo ha construido en él centenares de empresas formidables, organizadas según los últimos adelantos de la técnica occidental”.

Bajo los zares, no hay posibilidad alguna de que los activistas obreros lleven una existencia tranquila. Los sindicatos son disueltos en cuanto cobran una existencia efectiva y los mencheviques más legalistas, incluso los “liquidadores”, reciben de la policía golpes tan duros como los bolcheviques más radicalizados. En el sistema, no hay lugar para los burócratas, ni siquiera para los honrados desertores, ya que el activista que deseara abandonar la lucha, no tendría para ganarse la vida otra solución que la de convertirse en soplón de la policía. La integración al régimen político y social es imposible sin capitulación abierta. El reformismo surgido en Occidente como estado de ánimo antes de materializarse como tendencia al interior de las organizaciones obreras, no tiene en Rusia arraigo alguno. Las condiciones en que se da la lucha política y social convierten a los militantes en una elite generosa, valiente y pura. Deben multiplicarse los ardides e iniciativas para salvaguardar a la organización y conservar el contacto con los obreros. Ninguna rutina puede consolidarse, y resulta desde todo punto de vista imprescindible saber aprovechar las oportunidades.

La acción obrera

Todas las memorias de los activistas bolcheviques sobre el período anterior a 1914, dan mucha importancia a la “campaña de los seguros” que se inició a raíz de la promulgación de la Ley de 23 de julio de 1912 sobre los seguros de enfermedad. El partido pone de relieve todos los puntos débiles del texto legal, con el fin de movilizar a los obreros que conseguirán el derecho a tener asambleas sobre las cuestiones de la seguridad social, más adelante el de elegir delegados que los representen en la administración de los fondos y, por último, impulsar una enmienda del texto en lo concerniente a las condiciones que deben reunir los beneficiarios. Esta será la única ocasión que tuvieron los activistas de intervenir legalmente en las asambleas obreras, llevando a cabo en todas las fábricas una acción concertada.

Para una agitación sindical en la que el bolchevique pueda dirigirse al conjunto de los obreros, se necesita toda una serie de circunstancias favorables que a veces él mismo se esforzaba en crear. Shliapníkov, obrero de una fábrica de San Petersburgo, lleva a cabo en su taller una campaña en favor de la “igualdad en la retribución de los obreros de la misma profesión o que ejecuten idéntico trabajo, medido por el número de piezas”.[20] Aún a pesar de que la amplitud de la gama de salarios no sea demasiado grande, esta consigna unificadora suele convertirse en el punto de partida de la agitación bolchevique dentro de la empresa. En una etapa posterior, se trata de extender la agitación y de intentar poner en marcha determinados movimientos. Pero, llevar a cabo esta política sin cuadros, sin un local para la sección sindical y sin posibilidad alguna de organizar asambleas públicas, es imposible dentro del marco legal.

Sin embargo, hay que dirigirse a los obreros y esto no es posible más que después de una preparación minuciosa, para la que los bolcheviques cuenten con una técnica muy depurada. Salvo excepciones, como la constituida por la campaña de los seguros, sólo pueden hacerse oír en asambleas relámpago. Estos últimas debían ser preparadas con todo cuidado. En el momento preciso debe trancarse una puerta durante un descanso, en el comedor, o en la escalera durante la salida. Los oradores, por cuya seguridad se vela con estas medidas, deben –sin embargo– estar atentos al aviso de peligro para poder emprender la huida. La alocución suele ser breve. El orador, por lo general, viene de fuera y a veces debe enmascararse con una gorra o un pañuelo para evitar ser identificado y denunciado. Los activistas de la fábrica tienen la misión de preparar el agrupamiento del auditorio y de velar por la seguridad de su camarada. En estos preparativos, deben multiplicar las precauciones por temor a los soplones y tratar en lo posible de no hacerse notar durante la alocución, al tiempo que mantienen la vigilancia.

Cuando el activista se reune con simpatizantes, es preciso llevar la peligrosa reunión hacia el campo de las ideas. Deben evitarse los lugares públicos, demasiado concurridos y generalmente plagados de soplones. Igualmente peligrosa es la reunión que se realiza en un domicilio privado, porque cuanto menos conocidas sean las direcciones de los activistas menos información tendrá la policía. Esta es la razón de que las llamadas “reuniones volantes” se hagan en botes de paseo los días festivos, en una obra abandonada o en un almacén a la hora en que permanece desierto. Si se precisan reuniones con mayor asistencia, se organizan excursiones al bosque los domingos, mientras una serie de activistas protegen la asamblea de los paseantes indiscretos.

La organización clandestina

El obrero que ingresa en el partido está ya familiarizado con los métodos clandestinos. En lo sucesivo va a sumergirse un poco más en ellos. Su nombre y su dirección los conoce un único responsable. Tanto él como sus camaradas utilizan un nombre de guerra que ha de cambiarse tantas veces como sea necesario para despistar a la policía. En la base, en el taller o en la fábrica, se encuentra la “célula”, a la que también suele llamarse “comité” o “núcleo”. Sus efectivos se amplían sólo por el sistema de consenso unánime en la designación de nuevos miembos, que deben ser examinados por todos los integrantes antes de ser admitidos en la organización.

Piatnitsky ha descrito minuciosamente la pirámide del partido en Odesa antes de 1905. Por encima de los comités, existen subradios, radios y por último el comité de ciudad, cuyos componentes han sido reclutados en su totalidad por el sistema antes descrito. Cada comité comprende una serie de responsables a los que se asignan funciones específicas y que no mantienen contacto más que con sus homólogos del nivel inferior o superior. De esta forma se reducen los contactos verticales al mínimo, con el fin de acrecentar la autonomía y de evitar que la caída de un individuo aislado provoque una cadena de detenciones en toda la organización. Mientras ello sea posible, los activistas no deben verse fuera de las reuniones. Sin embargo existen días y horas fijados en secreto, mediante los cuales y sólo en casos de absoluta necesidad, los militantes pueden tomar contacto –generalmente en bares y cafés– con la apariencia de un encuentro casual. El Comité de Odesa se reúne en domicilios particulares. Es el encargado de dirigir a toda la organización y a sus miembros por intermedio de los radios y subradios, designando además a los oradores que habrán de tomar la palabra en los mitines de fábrica y a los responsables de los grupos de estudio que los activistas deben formar en su entorno.[21]

La organización de Moscú en 1908 es a la vez más compleja y más democrática. En la base se encuentran las agrupaciones de fábrica, dirigidas por una comisión electa. En el nivel superior funcionan algunos subradios y, sobre todo, ocho radios, dirigidos por un comité elegido por las agrupaciones de fábrica. Dicho comité está asesorado por comisiones especializadas. La organización militar comprende un departamento técnico cuyo responsable sólo es conocido en todo el partido por el secretario. Existe además una sección especial que se encarga de la propaganda antimilitarista dirigida a los futuros reclutas y del contacto con los obreros movilizados, un departamento para los estudiantes, otro para conferenciantes y periodistas que se dedica a utilizar sus respectivas competencias e incluso a crearlas, distribuyendo a unos y otros según las necesidades, entre los diferentes radios o en determinada comisión de fábrica. Por último el comité cuenta con una comisión financiera.[22]

El centro mismo del partido está constituido por el aparato técnico, cuyas numerosas y delicadas funciones exigen especialización, competencia y clandestinidad. Es necesario conseguir pasaportes, elemento fundamental de toda actividad ilegal. Los mejores –naturalmente– son los auténticos, es decir, aquellos que corresponden a una persona viva y honorable. Estos son los llamados “pasaportes de hierro”. Sin embargo, la inmensa mayoría de los utilizados por el partido son pasaportes falsos, fabricados por los propios activistas. Durante la guerra, Shliapníkov posee un pasaporte a nombre de un ciudadano francés que de vez en cuando le hace merecedor de las atenciones de la policía, deseosa de halagar al súbdito de un país aliado. Kirilenko ingresa en el ejército con identidad falsa y llega a ser oficial. Una de las más importantes tareas encomendadas al aparato técnico, cuyos responsables son Piatnitsky y el georgiano Enukidze, la constituye el transporte y la difusión de la literatura que viene del extranjero. Los envíos pasan la aduana en maletas de doble fondo, pero también se utilizan redes de contrabando. Los encargados de este trabajo son, o bien contrabandistas profesionales que reciben una remuneración, o bien activistas o simpatizantes que han organizado por su cuenta una vía de paso, utilizada si llega el caso por diferentes organizaciones políticas clandestinas.

Las imprentas ilegales son tal vez los instrumentos más problemáticos. Hay que instalarlas en un lugar aislado o bien en uno muy concurrido. Generalmente se aprovecha para ello un sótano –a veces el depósito de una tienda– de forma que las obligadas idas y venidas no atraigan excesivamente la atención. Es necesario comprar la máquina y para ello aceptar condiciones de pago muy duras, ya que la venta ilegal es peligrosa también para el comerciante. A veces la máquina debe ser transportada pieza por pieza al lugar indicado. Los impresores miembros del partido son los encargados de proveer el material barato y los elementos de imprenta que durante largos meses han ido robando por pequeñas cantidades de sus trabajos. El problema del papel, de su compra y de su transporte, suscita enormes dificultades. En tales ocasiones, utilizar una panadería o una frutería como pantallas, facilita la operación. Hacer circular los materiales impresos en el país o fuera, constituye una operación de envergadura. Suele dejarse la maleta en depósito. Se contrata a un transportista y se le indica una dirección falsa, para llevarle a un almacén o a un garaje desocupados. Pocos minutos después de haber sido efectuada la entrega todo desaparece.

La actividad de los partisanos o boiéviki, entre cuyos líderes parece haber estado Stalin, suscitó vivas polémicas en el partido. De hecho, las “expropiaciones” constituían el aspecto esencial de su actividad, implicando el peligro de una degeneración que desmoralizaría a importantes sectores de activistas, amenazando con desacreditar al partido entero. La financiación de las actividades del partido planteaba un grave problema, porque las contribucioes regulares de sus miembros en ningún momento fueron suficientes. Un informe del Comité de Bakú indica que en determinados períodos, los aportes de los activistas no cubrieron el 3% de los ingresos. Sin embargo, Yaroslavsky[23] se refiere a comités locales donde las contribuciones constituían el 50% de los ingresos. La mayor parte proviene de las suscripciones logradas entre intelectuales y profesionales, fiscalizadas por una comisión financiera especial. Por intermedio de Máximo Gorki, los bolcheviques percibieron las importantes donaciones de un adinerado simpatizante. Y gracias a la mediación de Krasin, las ofrecidas por el industrial Morozov. Uno de los más violentos conflictos entre mencheviques y bolcheviques surgió de la disputa que se originó acerca de la donación al partido de una suma enorme, legada por un estudiante simpatizante que se había suicidado.[24] Schapiro cita entre los más importantes apoyos financieros al estudiante Tijormikov, compañero de Mólotov en la Universidad de Kazán.[25] Por último, algunas expropiaciones contribuyeron notablemente a llenar las arcas del partido. No obstante, escaseaba el dinero y los revolucionarios profesionales pasaban a veces varios meses sin cobrar un salario que según Yaroslavsky oscilaba entre 3 y 30 rublos al mes.[26]

A pesar de la insistencia con que los bolcheviques subrayaban en su propaganda la necesidad de la alianza entre trabajadores y campesinos, el trabajo de organización con los mujiks (campesinos empobrecidos) apenas si fue iniciado antes de la revolución, salvo en el caso de algunos núcleos aislados de obreros agrícolas. Ciertos grupos de obreros se limitaron a difundir de vez en cuando folletos y panfletos en el campo. El trabajo dirigido a los estudiantes revistió más amplias proporciones en las ciudades universitarias, pues en ellas existían secciones socialdemócratas estudiantiles y organizaciones socialistas donde se enfrentaban los estudiantes pertenecientes a las diferentes fracciones. Los bolcheviques participaban de estos grupos, que les servían para aumentar sus efectivos, procediendo siempre que esto era posible en la misma forma dentro de los círculos de estudiantes secundarios. En 1907 un grupo de jóvenes bolcheviques encabezados por Bujarin y Sokólnikov, organiza un congreso estudiantil. Sin embargo, dicha organización desaparece al año siguiente. Hasta 1917 no habrá nuevos intentos de constitución de una organización de jóvenes vinculada al bolchevismo. Por entonces, parece imponerse el punto de vista de Krúpskaya. Deseaba se constituyese una organización de jóvenes revolucionarios, dirigida por ellos mismos, a pesar del riesgo que podrían suponer sus errores. Lo que en su opinión era preferible a ver a tal organización ahogarse bajo la tutela de una serie de “adultos” cargados de buenas intenciones. Pero, dada la situación de la juventud rusa, tal concepción excluía la posibilidad de construir una organización de jóvenes puramente bolchevique.

Los activistas del partido

No obstante, el núcleo de la organización bolchevique, la “tropa de hierro” compuesta por activistas profesionales, se ha reclutado entre gente muy joven –trabajadores o estudiantes– en condiciones sociales que ciertamente no permiten una excesiva prolongación de la infancia, sobre todo, entre las familias obreras. Los que renuncian a toda carrera y a toda ambición que no sea política y colectiva, son jóvenes de menos de veinte años que de forma definitiva emprenden una completa fusión con la lucha obrera. Mijail Tomsky, litógrafo, que ingresa en el partido a los 25 años, es una excepción en el conjunto, a pesar de los años que ha pasado luchando como independiente, pues quienes entre sus compañeros tienen su edad llevan bastantes años de militancia en el partido. El estudiante Piatakov, perteneciente a una poderosa familia de la burguesía ucraniana, se hace bolchevique a los 20 años, después de haber militado durante cierto tiempo en las filas de los anarquistas. El estudiante Rosenfeld (Kámenev) tiene 19 años cuando ingresa en el partido, este es el caso igualmente del metalúrgico Schmidt y del mecánico de precisión Iván Nikitich Smirnov. A los 18 años se adhieren el metalúrgico Bakáiev, los estudiantes Bujarin y Krestinsky, y el zapatero Kaganóvich.

El administrativo Zinóviev y los metalúrgicos Serebriakov y Lutovínov son bolcheviques desde los 17 años. Svérdlov trabaja de empleado en una farmacia cuando empieza a militar a los 16 años, al igual que el estudiante Kuibyschev. El zapatero Drobnis y el estudiante Smilgá ingresan en el partido a los 15 años, Piatnitsky lo hace a los 14. Todos estos jóvenes cuando todavía no han pasado de la adolescencia, son ya viejos militantes y cuadros del partido. Svérdlov, a los 17 años, dirige la organización socialdemócrata de Sormovo. La policía zarista para identificarle le ha puesto el sobrenombre de “El niño”. Sokólnikov, a los 18 años, es ya secretario de uno de los radios de Moscú. Rikov solo tiene 24 años cuando se convierte, en Londres, en portavoz de los komitetchik e ingresa en el Comité Central. Cuando Zinóviev entra a formar parte del Comité Central, a los 24 años, ya es conocido como responsable de los bolcheviques de San Petersburgo y redactor de Proletari. Kámenev tiene 22 años cuando es enviado como delegado a Londres. Svérdlov sólo tiene 20 cuando acude a la conferencia de Tammerförs. Serebriakov es el organizador y uno de los veinte delegados de las organizaciones clandestinas rusas que en 1912 acuden a Praga. Tiene entonces 24 años.

Estos jóvenes han acudido al partido en olas sucesivas, siguiendo el ritmo de las huelgas y de los momentos culminantes del movimiento revolucionario. Los más antiguos empezaron a militar por 1898 y se hicieron bolcheviques a partir de 1903. Tras ellos vino la generación de 1905 y los años inmediatamente posteriores. Por último, una tercera avalancha se integra a partir de 1911 y 1912. La vida de estos hombres se mide por años de presidio, de acción clandestina, de condenas, de deportaciones y de exilios. Piatnitsky que nació en 1882, milita desde 1896. Tras ser detenido en 1902, se escapa, se une a la organización iskrista y más adelante emigra. Trabaja en el extranjero hasta 1905. Vuelve a Rusia en este mismo año, se integra en la organización de Odesa hasta 1906, más adelante en la de Moscú de 1906 a 1908. Es detenido, consigue de nuevo fugarse, pasa a Alemania y asume allí un importante cargo en el aparato técnico hasta 1913. Durante este tiempo aprende el oficio de electricista. Vuelve clandestinamente a Rusia en 1913, encuentra trabajo en una fábrica, pero es detenido y deportado de nuevo hasta 1914. Sin embargo, hay otras biografías todavía más impresionantes: Sergio Mrachkovsky nace en la cárcel, donde se encuentran sus padres como presos políticos. Pasa allí su infancia antes de volver ya adulto, y esta vez fruto de su propia actividad política. Tomsky, en 1917 tiene 37 años y cuenta en su haber con diez años de prisión o deportación. Vladimir Miliutin ha sido detenido ocho veces y en cinco ocasiones ha sido condenado a prisión, pasando además por dos deportaciones. Drobnis ha purgado seis años de cárcel y ha sido condenado a muerte tres veces.

La moral de estos hombres es de una solidez a toda prueba. Ofrecen lo mejor de ellos mismos, con el convencimiento de que sólo de esta forma pueden realizar todas las potencialidades que hierven en sus jóvenes inteligencias. Sverdlov, clandestino desde los 19 años y enviado por el partido para organizar a los obreros de Kostroma en el Norte, escribe a un amigo: “A veces añoro Nijni-Novgorod, pero, en definitiva, estoy contento de haber partido, porque allí no hubiese podido abrir las alas que creo poseer. En Novgorod he aprendido a trabajar y he llegado aquí en posesión de una experiencia. Cuento con un amplio campo de acción donde emplear mis fuerzas”.[27] Preobrazhensky, principal líder ilegal del partido en el Ural durante el periodo de reacción, es detenido y juzgado. Cuando Kerensky, su abogado, intenta negar los cargos que se le imputan, se pone en pie de un salto, le desautoriza, afirma sus convicciones y reivindica la responsabilidad de su acción revolucionaria. Naturalmente resulta condenado. Sólo después de la victoria de la revolución descubrirá el partido que este hombre –revolucionario profesional desde los 18 años– es un economista de enorme valía.

Los revolucionarios estudian. Algunos como Piatakov, que escribe un ensayo sobre Spengler en el periodo en que la policía le acosa en Ucrania durante 1918, o como Bujarin, son destacados intelectuales. Los otros, aunque menos brillantes, estudian también siempre que pueden, ya que el partido es una escuela –y esto no sólo en sentido figurado. En sus filas se suele aprender a leer, y cada militante se convierte en responsable de estudios de un grupo en el que se educa y se discute. Los adversarios del bolchevismo suelen burlarse de este gusto por los libros que en determinados momentos convierte al partido en una especie de universidad. Sin embargo, en la preparación de la Conferencia de Praga contribuye con toda clase de garantías de efectividad la escuela de cuadros realizada en Longjumeau, donde participan varias decenas de activistas que escuchan y discuten 45 lecciones de Lenin, 30 de las cuales versan sobre economía política y 10 sobre la cuestión agraria. Además, se imparten clases de historia del partido ruso, de historia del movimiento obrero occidental, de derecho, de literatura y de periodismo. Naturalmente, no todos los bolcheviques son manantiales del conocimiento, pero su cultura los eleva muy por encima del nivel medio de las masas. En sus filas se cuentan algunos de los intelectuales más brillantes de la época. Sin duda alguna, el revolucionario profesional bolchevique dista mucho de ser el precoz burócrata descrito por sus enemigos.

Trotsky, que conocía bien a estos hombres y llevó su mismo tipo de vida, a pesar de no ser bolchevique aún, escribió respecto a ellos: “La juventud de la generación revolucionaria coincidía con la del movimiento obrero. Era el momento de la gente de 18 a 30 años. Los revolucionarios de mayor edad eran contados con los dedos de la mano y parecían ancianos. El movimiento desconocía por completo el arribismo, se nutría de su fe en el futuro y su espíritu de sacrificio. No existía rutina alguna, ni fórmulas convencionales, ni gestos teatrales, ni procedimientos retóricos […] Incluso palabras como “comité” y “partido” resultaban nuevas aún, conservando su aureola y despertando en los jóvenes unas resonancias vibrantes y conmovedoras. El que ingresaba en la organización sabía que la prisión y la deportación le esperaban dentro de unos meses. El orgullo del militante se cifraba en resistir el mayor tiempo posible sin ser detenido. En comportarse dignamente ante la policía. En apoyar cuanto se pudiese al camarada detenido. En leer el mayor número de libros en la cárcel. En evadirse cuanto antes de la deportación para ir al extranjero, aprovisionarse de conocimientos, y volver cuanto antes para reanudar el trabajo revolucionario. Los activistas creían en aquello que enseñaban. Ninguna otra razón podía haberles llevado si no a emprender su vía crucis“.[28]

Ciertamente, nada puede explicar mejor las victorias del bolchevismo y, sobre todo, su conquista, lenta al principio y más tarde fulminante, de aquellos a los que Bujarin denomina el “segundo círculo concéntrico del partido”: los obreros revolucionarios, que constituyen sus antenas y sus palancas, como organizadores de los sindicatos y comités del partido, como focos de resistencia y centro de iniciativas. Son líderes y educadores infatigables, merced a cuya acción pudo integrarse el partido con la clase y dirigirla. La historia ha olvidado los nombres de casi todos ellos. Lenin los llama “Cuadros a la Kayúrov”, por el nombre del obrero que le esconde en 1917 durante unos días y en el que siempre depositará su confianza. Sin la existencia de estos hombres, resulta imposible comprender el “milagro” bolchevique.

Lenin

Cualquier estudio del partido bolchevique resultaría incompleto si no incluyese la descripción de aquel que lo fundó y lideró hasta su muerte. Ciertamente, Lenin se identifica en cierto modo con el partido. Pero, sin embargo, sus características personales rompen tal analogía. En primer lugar, él es prácticamente el único representante de su generación, pues sus primeros compañeros en la lucha, Plejanov, mayor que él, y Mártov, de su misma edad, dirigen a los mencheviques. Sus lugartenientes de la primera época, Krasin y Bogdanov, se han distanciado. En el momento de la Conferencia de Praga, los más antiguos de sus colaboradores inmediatos, Zinóviev, Kamenev, Svérdlov y Noguín, tienen todos ellos menos de treinta años. Lenin cuenta entonces con 42 años. Entre los bolcheviques es el único en pertenecer a la generación anterior a Iskra, es decir a la de los pioneros del marxismo ruso. Los hombres jóvenes de la dirección bolchevique son, ante todo, sus discípulos.

No es este el lugar adecuado para abordar un análisis de la capacidad intelectual de Lenin, de su cultura, de su enorme potencial de trabajo, de la agilidad de su pensar, de la lucidez de su análisis y de la hondura de sus perspectivas. Limitémonos a subrayar que, convencido como estaba de la necesidad del partido como instrumento de la revolución, emprendió apasionadamente su construcción y consolidación durante todo el período que precedió al ascenso de 1917, apoyándose para ello en las perspectivas y datos que ofrecía el propio movimiento de masas, al tiempo que hacía gala de una excepcional confianza en la solidez de su propio análisis e intuición. Completamente convencido de que los conflictos ideológicos resultan inevitables, Lenin afirma en una carta dirigida a Krasin que “constituye una completa utopía esperar una unidad absoluta dentro del Comité Central o entre sus miembros”. Lucha para convencer a todos sus compañeros y compañeras, estando seguro de la certeza de su visión, como de que el propio desarrollo de los hechos será la mejor confirmación de sus tesis.

Esta es la razón de que termine por aceptar sin demasiado resentimiento una derrota que considera puramente provisional, como la sufrida frente a los komitetchik en el congreso de 1905, en vísperas de una revolución de la que espera la destrucción de todas las rutinas. Hacia el final del mismo año cede ante el impulso de los activistas que desean la reunificación con los mencheviques –prematura en su opinión– limitando de antemano las posibles pérdidas por la concentración de su esfuerzo en conseguir dentro del partido unificado que la elección del Comité Central se haga según el principio de representación proporcional de las tendencias. Entre 1906 y 1910 redobla su acción para convencer a los disidentes de su fracción, dejando por último que ellos mismos tomen la iniciativa de la ruptura. En 1910 se inclina ante la política de los “conciliadores”, defendida por Dubrovinsky, al que considera un elemento de gran valía y al que espera convencer rápidamente por la experiencia.

No obstante, sobre las cuestiones que considera fundamentales, se mantiene en la más absoluta intransigencia. En su opinión, el trabajo ilegal constituye una de las piedras de toque que confirman la naturaleza revolucionaria de la acción emprendida. De vez en cuando llega a un acuerdo o se retracta, y no sólo por encontrarse en minoría. Considera que debe dar ejemplo de la disciplina que exige cuando cuenta con la mayoría. Su objetivo no es solo tener razón, sino desarrollar el instrumento que les permitirá intervenir en la lucha de clases y tener razón a escala histórica, “a escala de millones” como gusta repetir. Para conservar su fracción, compuesta por esos hombres cuidadosamente elegidos durante años, sabe esperar e incluso doblegarse. Sin embargo, jamás oculta que no vacilaría ni un momento en empezar de nuevo si sus adversarios insistiesen en poner lo esencial en tela de juicio. En la polémica ideológica o táctica, parece interesarse particularmente por la exacerbación de las diferencias, forzando las contradicciones hasta el límite, revelando los contrastes, esquematizando y alguas veces caricaturizando el punto de vista de su oponente.

Son estos los métodos de un luchador que busca la victoria y no el compromiso, que quiere llegar a desmontar el mecanismo intelectual de su antagonista para reducir los problemas a unos elementos que sean comprendidos con facilidad por todo el mundo. Sin embargo, nunca pierde de vista la necesidad de conservar la colaboración en la empresa común, de aquel con quien está manteniendo un enfrentamiento. Durante la guerra, Bujarin y él no llegaban a un acuerdo respecto al problema del Estado. Lenin le pide entonces que no publique ningún trabajo sobre esta cuestión para no acentuar los desacuerdos sobre unos puntos de vista que en su opinión, ni uno ni otro han estudiado lo suficiente. Lenin argumenta sus posiciones cediendo a veces, pero jamás renunciando a convencer al final. Sólo así obtuvo sus victorias y se convirtió en jefe indiscutible de una fracción bolchevique que construyó con sus propias manos, y cuyos hombres escogió y educó personalmente.

Por otra parte, tal actitud le parece normal, como lo demuestran las palabras que dirige a los que se preocupan por los conflictos surgidos dentro del partido. “Que los sentimentales se lamenten y giman: ¡Más conflictos! ¡Más diferencias internas! ¡Aun más polémicas! Nosotros respondemos: jamás se ha formado una socialdemocracia revolucionaria sin continuo surgimiento de nuevas luchas”.[29] Por ello, la inmensa autoridad que posee sobre sus compañeros y compañeras, no es la del sacerdote ni la de la autoridad, sino la del pedagogo y la del camarada, la del maestro y la del veterano –sus más cercanos le suelen llamar “El viejo”– cuya integridad y perspicacia se admira y cuyos conocimientos y experiencia son muy estimados. Por otra parte, es evidente su huella en la historia reciente y todo el mundo ve en él al constructor de la fracción y del partido. Su influencia se basa en la vigorosa fuerza de sus ideas, de su temple de luchador, de su genio polémico, antes que en el conformismo o en el acatamiento de una severa disciplina.

Todos sus compañeros, desde Krasin a Bujarin, manifestarán hasta qué punto supone para ellos un verdadero problema de conciencia enfrentarse con Lenin. Sin embargo, no reparan en hacerlo pues se trata de un deber. Lenin mismo lo afirma: “el primero de los deberes de un revolucionario es criticar a sus dirigentes”. Los discípulos no serían por tanto dignos de su maestro si no se atreviesen a combatir su punto de vista cuando piensan que está equivocado. Además, un partido revolucionario no se construye con robots. Esta es la opinión de Lenin cuando escribe a Bujarin que si prescindiesen de las personas inteligentes pero poco disciplinadas y no conservasen más que a los excesivamente disciplinados, el partido se iría a pique. He aquí el motivo de que tanto la historia del partido como la de la fracción, no sean desde 1903 sino una larga sucesión de conflictos ideológicos que Lenin supera sucesivamente merced a un prolongado alarde de paciencia. A este respecto, resulta extremadamente difícil separar el estudio de la personalidad de Lenin del de su fracción, cuya unidad de criterio surge de la discusión casi permanente que se opera tanto sobre las cuestiones fundamentales como a propósito de la táctica a seguir en cada momento.

Por otra parte, el éxito en la empresa de organización se explica por la capacidad de Lenin para agrupar mediante la lucha en el campo de las ideas, a elementos tan dispares, a caracteres tan opuestos, y a personalidades tan contradictorias como Zinóviev, Stalin, Kamenev, Svérdlov, Preobrazhensky y Bujarin. El “ejército de hierro” que pretendía ser el partido bolchevique, surgía no sólo de aquel “maravilloso proletariado” al que se refiere Deutscher, sino también de la mente del hombre que había escogido este medio para construirlo. Pero esto explica igualmente la soledad de Lenin. En última instancia ningún activista del partido se encuentra a la altura de las capacidades de su líder. Sin duda Lenin cuenta con auxiliares y aprendices, colaboradores y compañeros a la vez, pero salvo la excepción de Trotsky –cuya propia personalidad es tal vez suficientemente aclaratoria del hecho de no haber sido bolchevique y del de no haber aceptado el liderazgo de Lenin hasta 1917– no establecerá con nadie una camaradería de igual a igual.

Esta es una de las razones de que más adelante los viejos bolcheviques le consideren insustituible, y esto a pesar de que no era tanto “timonel como cemento” –tal como decía Preobrazensky. Si admitimos con Bujarin y los viejos bolcheviques, que las victorias del partido se debían tanto a su “solidez marxista” como a su “flexibilidad táctica” tendremos que reconocer también que Lenin era quien lideraba al partido en ambos terrenos. Y que escarmentados por las sucesivas derrotas ante Lenin, sus adversarios dentro de la fracción bolchevique habían aprendido a ceder ante sus posiciones. El comienzo del periódo revolucionario –al sumergirle en esa historia en la que son protagonistas “millones y millones”– le priva definitivamente de la posibilidad de formar la generación de los que tal vez hubieran podido enfrentarle y vencerle.

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Capítulo 3

EL PARTIDO BOLCHEVIQUE
Y LA REVOLUCIÓN

El partido que en octubre de 1917 tomó el poder en San Petersburgo, surgía directamente de la organización que Lenin construyó a principios de siglo. Sin embargo, el partido se había transformado sustancialmente, influido por la ola revolucionaria que llevó hacia sus filas a decenas de miles de obreros y soldados, lanzando a millones de hombres y mujeres a la acción política. La que fue una pequeña organización de revolucionarios profesionales, se ha convertido en un gran organización revolucionaria de masas. La polémica acerca de la organización que tuvo lugar entre bolcheviques y mencheviques se resolvió en favor de los primeros. Y al tomar el poder, el partido bolchevique dio también una solución definitiva a la cuestión teórica de la naturaleza de la revolución en Rusia, que desde 1905 subyacía en los conflictos organizativos entre socialdemócratas.

En 1903 los bolcheviques y los mencheviques no parecen mostrar divergencias más que en cuanto concierne a la cuestión de los medios que permitiesen alcanzar la conquista del poder por la clase obrera y la instauración del socialismo. No obstante, la polémica que se origino en el Segundo Congreso revela divergencias más profundas. Marx esperaba que la revolución se llevase a cabo con anterioridad en los países más avanzados, donde una revolución burguesa –al igual que la Revolución francesa de 1789– habría sentado ya las condiciones del desarrollo del capitalismo al destruir el poder de los terrantenientes y del absolutismo. Los primeros seguidores rusos de Marx consideraron que la tarea revolucionaria inmediata en Rusia era el derrocamiento de la autocracia zarista y la consiguiente transformación de la sociedad en sentido burgués y capitalista, con la instauración de una democracia política. Los “marxistas legales” discípulos de Pedro Struve, llevaron esta tesis hasta sus últimas consecuencias, convirtiéndose entonces el propio Struve en el apóstol del desarrollo capitalista ruso y uniéndose al partido cadete y al liberalismo político.

Si quienes formaban el equipo de Iskra se decidieron en favor de construir un partido obrero, las discusiones que siguieron a la escisión constituyeron un claro exponente de su falta de armonía en cuanto a los objetivos inmediatos que tal partido debería asignarse. Los mencheviques acusan a los bolcheviques de abandono de las perspectivas de Marx y de intentar organizar artificialmente una revolución obrera por medio de conspiraciones, ya que en una primera fase las condiciones objetivas sólo permiten una revolución burguesa. Los bolcheviques, por su parte, argumentan que los mencheviques se niegan a organizar y preparar una revolución obrera, postergándola a un futuro bastante lejano. Esta actitud termina por hacer de ellos los defensores de una especie de desarrollo histórico espontáneo que habría de conducir automáticamente al socialismo a través de una serie de “etapas” revolucionarias diferentes: democrático-burguesa la primera, y proletario-socialista la segunda. Y por último, que este fatalismo les hace limitar, en lo inmediato, la acción de los obreros y de los socialistas en general, al papel de fuerza de apoyo para la burguesía en su lucha contra la autocracia y en favor de las libertades democráticas.

Para todos los socialdemócratas rusos, la revolución de 1905 ha sido una revolución burguesa en cuanto a sus principales objetivos: la elección de una asamblea constituyente y la instauración de libertades democráticas. Pero resulta no menos claro que tal revolución burguesa fue llevada a cabo íntegramente por la clase obrera, con sus instrumentos de clase, sus manifestaciones callejeras y sus huelgas. Fue el resultado de la insurrección de los obreros de Moscú. A pesar de haberse dado algunos motines de soldados y de campesinos encuadrados en el ejército, así como de los breves destellos de algunas revueltas campesinas, en general el campo no se movilizó. El zarismo conservó el control del ejército y los campesinos que lo integraban terminaron por aplastar al movimiento obrero. En cuanto a la burguesía, desde el momento en que la autocracia hizo las primeras concesiones, se echó atrás, abandonando la lucha a pesar de que sus aspiraciones distasen mucho de estar completamente satisfechas. Tanto los mencheviques como los bolcheviques se lanzaron a la acción revolucionaria con idéntica resolución y sin ningún tipo de reserva. El líder de uno de los motines más importantes fue el joven oficial menchevique Antónov-Ovseienko, quien encabezó la insurrección en su propia unidad.

Tras de la derrota, unos y otros vuelven a ponerse de acuerdo en cuanto al análisis básico y a la explicación del fracaso: la burguesía ha retrocedido por miedo a las masas obreras, y la pasividad de los campesinos ha resultado ser el principal obstáculo y el arma más importante de la contrarrevolución. Sin embargo, difieren en cuanto a las conclusiones que se pueden extraer de esta primera experiencia revolucionaria. Los mencheviques, por su parte, no parecen excesivamente sorprendidos por el fracaso. Plejanov sancionó como erróneo el carácter armado del levantamiento que tuvo lugar en Moscú. El desarrollo de los acontecimientos parece confirmar su conocida opinión de que una revolución socialista cuyo peso repose únicamente sobre la clase obrera, exige previamente un crecimiento de las fuerzas productivas a lo largo de una fase de desarrollo capitalista que sólo puede darse después de una revolución burguesa. Por tanto, es preciso distinguir las dos etapas por las que habrá de pasar Rusia desde su situación semifeudal a la victoria del socialismo: en primer lugar, una revolución burguesa y democrática que realizará una labor equivalente a la Revolución francesa de 1789, y posteriormente, con vistas a la transformación capitalista de la sociedad, una revolución socialista encabezada por la clase obrera, que se convertirá en la clase dominante desde el punto de vista numérico antes de serlo también desde el político. Estas dos fases históricas, estas dos etapas revolucionarias, estarán forzosamente separadas por un lapso de tiempo mas o menos largo. Este es el análisis que conduce a un cierto número de mencheviques a defender la idea de una alianza de los socialistas con la burguesía liberal en una primera etapa. Así argumenta la tendencia que Lenin llamará “liquidacionista”, dado su abandono del intento de construir un partido obrero al que ya no se considera instrumento indispensable de la victoria ni siquiera en la primera fase.

Para los bolcheviques, la revolución de 1905 ha demostrado que la clase trabajadora era capaz de acabar simultáneamente con sus dos enemigos: la autocracia y la burguesía, a condición de contar con el apoyo del campesinado –que en esta oportunidad faltó. Lenin manifiesta su acuerdo con los mencheviques al reconocer la necesidad para Rusia de pasar por una revolución democrática antes ser posible una revolución socialista. Sin embargo, en su opinión, la experiencia de 1905 demuestra que por temor a la clase obrera la burguesía es incapaz de llevarla a cabo, y que esto sólo puede hacerlo una clase obrera que consiga aliarse con el campesinado hambriento de tierra. La revolución democrática en Rusia no se hará bajo la dirección de la burguesía como ocurrió en los países adelantados. Sólo podrá llevarse a cabo si es dirigida por una “dictadura revolucionaria y democrática el proletariado y del campesinado” que “tal vez ofrecezca la posibilidad de sublevar a Europa”, “ayudándonos entonces el proletariado socialista europeo en la empresa de completar la revolución mundial, al desembarazarse del yugo que le impone la burguesía”.[1] De esta forma Lenin, al tiempo que mantiene la distinción entre las dos etapas, introduce en su esquema dos elementos de transición que le permiten situar su análisis en concordancia con las célebres frases de Marx a propósito de la “revolución ininterrumpida”.[2]

Trotsky es el único dirigente socialdemócrata destacado que desempeña un papel importante en la revolución de 1905. A pesar de sus vínculos organizativos con los mencheviques, se opone de forma radical a sus concepciones teóricas. A esta época pertenecen los elementos esenciales de su teoría de la “revolución permanente”. Para Trotsky, el rasgo más característico de la estructura social rusa es el desarrollo de una avanzada industria capitalista patrocinada estatalmente y basada en capitales extranjeros. De esto que existe una fuerte clase obrera, aunque no se pueda afirmar la existencia de una burguesía completamente desarrollada, lo que implica que “en un país atrasado económicamente, el proletariado puede hacerse con el poder antes que en un país capitalista avanzado”.[3] Ahora bien, el desarrollo de la revolución de 1905 ha demostrado a su vez “que, una vez instalado en el poder, el proletariado, por la propia lógica de la situación, se verá impulsado a administrar la economía como un asunto de Estado”,[4] lo cual supone que la completa realización de la revolución democrática por la clase trabajadora implica automáticamente el paso simultáneo a la realización de la revolución socialista. Las condiciones exigidas por Lenin para la transición de la primera a la segunda etapa, a saber, el apoyo de los campesinos en su lucha por la propiedad de la tierra y el desarrollo de la revolución en los países avanzados, no son ya para Trotsky más que meros apéndices de la victoria final, rechazando así la fórmula de la “dictadura democrática encabezada por el proletariado y apoyada por el campesinado”. La posibilidad de victoria del socialismo en un solo país le parece tan remota como al propio Lenin: “Sin el apoyo directo del proletariado europeo desde el Estado, la clase obrera rusa será incapaz de mantenerse en el poder y de transformar su transitoria supremacía en una situación duradera”.[5]

Los socialistas y los soviets

Desde el punto de vista de los historiadores, el hecho capital de la historia de la revolución de 1905 es sin duda alguna el surgimiento de los soviets, gracias a los cuales triunfaron en 1917 tanto la revolución obrera como el partido bolchevique. Tanto más interesante resulta constatar que los soviets no fueron organizados por una de las tendencias del movimiento obrero y que la polémica entre socialistas después de 1905 parece no reparar en este punto.

El primer soviet apareció en Ivanovo-Voznessensk, llamado el “Manchester ruso”. Tuvo su origen en un comité de huelga y en las asambleas que celebraban diariamente los obreros durante los 72 días que duró el conflicto.[6] La forma de consejo de delegados eligido por los trabajadores y sometido al control directo de sus electores y a la revocabilidad de sus cargos, hizo así su aparición en Rusia. En adelante iba a ser adoptada en todos los centros obreros. Parece ser que el Soviet de San Petersburgo surgió de la iniciativa de los trabajadores gráficos, empezando en seguida a ampliar su campo, captando a delegados de fábrica que representan a todos los obreros de la capital, a los representantes de los sindicatos no obreros y a la diferentes fracciones de la socialdemocracia. Este es el centro que dirige la huelga general, asumiendo al mismo tiempo la responsabilidad de asegurar el orden, regulando los transportes y otros servicios públicos cuyo funcionamiento es imprescindible para su propio éxito. Después de la vuelta al trabajo el soviet impone igualmente la jornada de ocho horas en las fábricas. También toma la iniciativa de publicar un periódico diario llamado Izvestia (Las Noticias), organiza la lucha contra los impuestos, publica el célebre manifiesto en el que se advierte a los prestamistas extranjeros que la revolución no pagará los intereses de los préstamos rusos y, por último impone el pago de los salarios en moneda convertible para hacer frente a la creciente inflación.

Por otra parte, el Soviet de San Petersburgo impulsa y fomenta la organización de sindicatos y grupos obreros de autodefensa que reprimen las matanzas que pretenden llevar a cabo las “Centurias negras”.[7] El ejemplo que ofrece y la publicidad que adquiere su actividad originan la formación de soviets en todas las grandes capitales. Sea cual fuere la ocasión que permite su creación o su punto de partida local, ya se trate de un comité de huelga, de un comité de acción o de una asamblea, los soviets de 1905 son consejos formados por delegados agrupados por fábricas y ciudades, elegidos por el conjunto de los trabajadores, y compuestos por representantes cuyos electores pueden invocar en cualquier momento la revocabilidad de sus mandatos. A corto plazo, todos ellos acaban funcionando como autoridades revolucionarias que ejercen un poder antagónico al del Estado –un doble poder. Los mencheviques, cuya propaganda no tuvo inconveniente en lanzar consignas como “Estado popular”, “autogestión” o “comuna”, sostuvieron la creación de soviets, desempeñando en ellos un papel nada despreciable. Sin embargo, debido a considerar que era necesaria una revolución burguesa, no pueden considerarlos órganos de un poder cuyo ejercicio duradero sea posible. Influidos por Trotsky, los mencheviques de San Petersburgo actúan en contradicción con los dirigentes de la emigración. De hecho, la mayoría de los mencheviques considera a los soviets como el punto de arranque del partido de masas y de los sindicatos masivos, los cuales aspiran a construir según un esquema que supone que la sociedad rusa habrá de adquirir las características de la sociedad capitalista y democrática de Europa occidental.

Hemos visto hasta qué punto los bolcheviques desconfían de los soviets. Algunos no ven en ellos sino el intento de construcción de un organismo informe e irresponsable que se enfrenta con la autoridad del partido. Los bolcheviques de San Petersburgo comienzan por negarse a participar como tales en el soviet de delegados obreros y para decidirlos será preciso que Trotsky ejerza su prestigio e influencia sobre Krasin –representante del Comité Central. En general, los que más simpatizan con los soviets los consideran, en el mejor de los casos, como meros instrumentos auxiliares del partido, Ni siquiera el propio Lenin parece haberles dado la importancia y el significado que en 1917 se verá obligado a reconocerles. En opinión de los bolcheviques, el soviet no es “ni un parlamento obrero ni un órgano de autogobierno proletario”, se trata sencillamente de una “organización de lucha que se plantea objetivos puntuales”.[8] En 1907 se admite que sería necesario un estudio científico de la cuestión para tratar de averiguar si los soviets constituyen en realidad “un poder revolucionario”.[9] En el mes de enero de 1917 en una conferencia sobre la Revolución de 1905, sólo se menciona a los soviets de pasada, definiéndolos como “órganos de lucha”.[10] Tendrán que pasar algunas semanas antes de que su análisis se modifique por la influencia de Bujarin, del holandés Pannekoek, y sobre todo, del papel desempeñado por los nuevos soviets rusos en la Revolución de Febrero.

También respecto a esta cuestión, Trotsky aparece como una figura aislada y precursora. Desde el corazón mismo de la experiencia del Soviet de San Petersburgo extrae sus conclusiones, hace balance de su acción y, por último, afirma: “Sin duda alguna, en la próxima explosión revolucionaria se formarán consejos obreros como este en todo el país. Un soviet obrero de toda Rusia, organizado por un consejo nacional […] asumirá la dirección […]. El futuro soviet deducirá de estos cincuenta días todo su programa de acción […] cooperación revolucionaria con el ejército, el campesinado y los sectores más humildes de las clases medias, abolición del absolutismo y destrucción de su aparato militar, abolición de la policía y del aparato burocrático, jornada de ocho horas, distribución de armas al pueblo y sobre todo a los obreros, transformación de los soviets en órganos revolucionarios de gobierno en las ciudades, formación de soviets campesinos para dirigir desde el campo la realización de la reforma agraria, elecciones para la Asamblea Constituyente”.[11] En otra ocasión afirma: “Este plan es más fácil de formular que de aplicar, pero si la revolución estalla, el proletariado no puede menos que asumir tal papel. Cumplirá con esta tarea revolucionaria sin parangón en la historia universal”.[12]

Tras haber sido prácticamente el único en afirmar –como lo hizo ante sus jueces– que el soviet es una “organización de la revolución”, y considerándola la “organización del propio proletariado” que se convertiría en el “órgano del poder de la clase obrera”,[13] Trotsky permanecería apartado de la polémica fundamental de los socialdemócratas a propósito de la participación en el gobierno provisional que habría de surgir de una nueva revolución. Los mencheviques se pronuncian en contra de tal participación, argumentando que es la burguesía la encargada de dirigir la revolución burguesa y que el papel de los socialistas debe ser permanecer en la oposición y rehusar cualquier participación en el poder, puesto que a ellos corresponde el fortalecimiento de las posiciones de la clase obrera, impidiendo al mismo tiempo un prematuro compromiso en la lucha por el socialismo. Por su parte, los bolcheviques afirmaban que al renunciar a participar en un gobierno provisional, los socialdemócratas renunciarían al mismo tiempo a la realización de la revolución democrática. Ciertamente, la historia parece burlarse de ellos cuando en 1917 son precisamente los mencheviques los que aceptan la participación en el gobierno provisional, mientras que los bolcheviques les reprochan tal actitud, acusándola de traición. Ello se debía al hecho de que en aquella época la construcción de los soviets se había convertido en la tarea de obreros y campesinos, y este desarrollo revolucionario espontáneo y tumultuoso había superado de manera definitiva las viejas polémicas, con idéntico efecto al que algunos años antes había tenido la guerra.

La guerra de 1914 va a trazar nuevas líneas de demarcación en las posiciones de los socialdemócratas. Los grandes partidos de la Segunda Internacional, los socialistas franceses y los socialdemócratas alemanes –salvo el pequeño grupo internacionalista de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht– participan en la Santa Alianza. En ambos bandos sostienen la defensa nacional, y supeditan la lucha por el socialismo e incluso cualquier lucha obrera inmediata, a la necesidad de someter previamente por la fuerza de las armas al militarismo imperialista del enemigo. De hecho, en los países occidentales, los partidos socialistas optan por la preservación de los vínculos que les unen a sus respectivas burguesías, solidarizándose con ellas en el conflicto bélico. La Internacional, como organización obrera ha entrado en bancarrota, puesto que sus dirigentes, sea cual fuere el país o el sistema de alianzas en el que se hallen incluidos, colocan su solidaridad nacional con el Estado por encima de la solidaridad internacional con los obreros de los demás países. En términos leninistas, durante este proceso el reformismo se convierte en “socialchovinismo”. En tales condiciones no puede por tanto sorprendernos que la corriente patriótica haya sido menos vigorosa en Rusia que en Occidente. El reformismo no contaba allí con una base social propia y la declaración de guerra es utilizada de inmediato y sin ningún pudor por el gobierno zarista para justificar la prohibición de la prensa obrera de todas las tendencias. Los diputados bolcheviques y mencheviques de la Duma llegarán a un acuerdo a la hora de votar contra los créditos militares, que sus correligionarios franceses y alemanes han aceptado de inmediato, por temor a perder en la represión todo aquello que todavía consideran como sus “conquistas”.

Sin embargo, la socialdemocracia rusa va a sentir en carne propia las divisiones de la socialdemocracia internacional, si bien es distinta la relación de fuerzas, dadas las características específicas de la sociedad y el movimiento obrero rusos. Pléjanov condena como si de una “traición” se tratase, el boicot socialista a los créditos militares, sosteniendo al propio tiempo el punto de vista de la defensa nacional. Al igual que los socialistas franceses opina que la derrota del imperialismo alemán, muralla del capitalismo y del militarismo europeos, propiciará en definitiva una victoria del socialismo. Junto a Pléjanov se alinean la mayoría de los mencheviques emigrados, así como el secretariado extranjero. Pero no consigue arrastrar a la totalidad de los activistas, pues numerosos mencheviques que hasta entonces se encontraban a su derecha, se niegan a adoptar tal actitud patriótica. Por su parte Lenin, que se ha refugiado en Suiza tras los problemas surgidos durante su residencia en Austria. Redacta un manifiesto del Comité Central del partido en el que afirma: “No hay duda alguna de que el mal menor, desde el punto de vista de las masas trabajadoras de todos los pueblos de Rusia sería la derrota de la monarquía zarista, que es el más bárbaro y reaccionario de los gobiernos, el que oprime al mayor número de nacionalidades y a la mayor proporción de la población de Europa y Asia”.[14]

Al reparar en el hundimiento de la Segunda Internacional, el Comité Central bolchevique retoma los principios que le han servido para construir su organización y con el fin de proponérselos a todos los socialistas, declara: “Que los oportunistas preserven las organizaciones legales al precio de traicionar sus convicciones. Los socialdemócratas, en cambio, utilizarán su espíritu organizativo y sus vínculos con la clase trabajadora para crear las formas de lucha ilegales, tendientes al socialismo y a la mayor cohesión proletaria que corresponden a la crisis. Crearán tales formas de lucha ilegal no ya para combatir junto con la burguesía patriotera de su país, sino para luchar codo a codo con la clase obrera de todos los países. La Internacional proletaria no ha sucumbido ni lo hará. Las masas obreras crearán una nueva Internacional pese a todas las dificultades”.[15] En el mes de febrero de 1915 se celebra en Berna una conferencia de grupos bolcheviques emigrados, en la que participan algunos recién llegados de Rusia como Bujarin y Piatakov. Dicha conferencia se inclina por “la tranformación de la guerra imperialista en guerra civil”. De esta forma y por iniciativa de los bolcheviques que se oponen al “defensismo” de los partidos de la Segunda Internacional, surge una corriente “derrotista”, partidaria de la construcción de una Tercera Internacional. La capitulación de la Segunda Internacional frente a la guerra ha creado las condiciones de una escisión definitiva del movimiento obrero mundial. Sin embargo, serán necesarios algunos meses aún para que los nuevos principios y tomas de postura triunfen, dentro de la nueva relación tanto de las fuerzas como de los prejuicios y de los antiguos puntos de vista.

En primer lugar, dentro de la emigración rusa se escalonan múltiples posiciones, entre el “defensismo” de Pléjanov y el “derrotismo” de Lenin. Tanto Mártov como muchos otros mencheviques se niegan a admitir que la victoria de los Habsburgos o de los Hohenzollern, constituya un factor más o menos favorable para la causa del socialismo que la de los Romanov. Denuncian el carácter imperialista de la guerra, el terrible séquito de atroces sufrimientos que supone para los trabajadores de todos los países, y afirman que los socialistas deben acabar con la guerra mediante la lucha por una paz democrática y sin anexiones. Sobre esta base puede reconstruirse la unidad de los socialistas de todos los países, cuya condición previa ha de ser la negativa a apoyar los créditos de guerra en los países beligerantes. Por entonces, Trotsky está muy cerca de Mártov. Desde el verano de 1914 comienza a atacar violentamente a los socialdemócratas alemanes y franceses con un folleto que lleva por título La Internacional y la guerra, donde afirma: “En las presentes condiciones históricas, el proletariado no tiene interés alguno en defender una “patria” nacional anacrónica, que se ha convertido en el principal obstáculo al desarrollo económico. Por el contrario, desea crear una nueva patria más poderosa y estable, los Estados Unidos de Europa, como base de los Estados Unidos del mundo. En la práctica, al callejón sin salida imperialista el proletariado sólo puede enfrentar como programa del momento, la organización socialista de la economía mundial”.[16] Los mencheviques internacionalistas de Mártov y los amigos de Trotsky van a encontrarse junto con algunos antiguos bolcheviques en Nashe Slovo, el periódico ruso que se edita en París bajo la dirección de Antónov-Ovseienko.

Las posturas se definen en las polémicas. Desde noviembre de 1914, Trotsky afirma: “El socialismo reformista no tiene ningún futuro, porque se ha convertido en parte integrante del antiguo orden y en cómplice de sus crímenes. Aquellos que esperen reconstruir la antigua Internacional, suponiendo que sus dirigentes pudieran hacer olvidar su traición al internacionalismo con una mutua amnistía, están obstaculizando de hecho el resurgimiento del movimiento obrero”.[17] En su opinión, la tarea inmediata es: “Reunir las fuerzas de la Tercera Internacional”. Por su parte, Rosa Luxemburgo acaba de adoptar una postura análoga y el ala revolucionaria de la socialdemocracia alemana se organiza en la ilegalidad. No obstante, Mártov está preocupado por la evolución de Trotsky. No cree que la nueva Internacional pueda aspirar a un papel que no sea el de secta impotente. En el mes de febrero de 1915 Trotsky narra en las páginas de Nashe Slovo sus desacuerdos con los mencheviques. Nashe Slovo se convierte en el núcleo mismo del internacionalismo socialista, situado en la encrucijada de todas las corrientes internacionalistas rusas. En torno de Antónov-Ovseienko, de Trotsky y de Mártov se encuentran antiguos bolcheviques otzovistas como Manuilsky, antiguos conciliadores como Sokólnikov, militantes que han roto con el menchevismo como Chicherin y Alejandra Kolontai, amigos de Trotsky como Yoffe, internacionalistas cosmopolitas entre los que se cuentan el búlgaro-rumano de educación francesa Christian Rakovsky, Sobelsoön (Rádek) oriundo de la Galitzia, medio polaco, medio alemán, y también la rumano-itálica Angélica Balabanova.

Trotsky presiona a Mártov para que rompa con los “socialchovinistas”. Lenin acusa a Trotsky de querer preservar los vínculos que le unen a ellos. En el mes de julio Trotsky escribe que los bolcheviques constituyen el núcleo del internacionalismo ruso. Mártov rompe entonces con él y abandona el periódico. En el mes de septiembre, 38 delegados de 12 países, incluidos los de las naciones beligerantes se reúnen en la localidad suiza de Zimmerwald. En esta ocasión, Lenin defiende la tesis derrotista: transformación de la guerra imperialista en guerra civil y constitución de una nueva Internacional. La mayoría, que es más pacifista que revolucionaria, no le sigue. Se adopta empero, por unanimidad, un manifiesto redactado por Trotsky en el que se lleva a cabo un llamamiento a todos los trabajadores para poner fin a la guerra. En 1915, cuando los diputados bolcheviques se encuentran encarcelados, los mencheviques aceptan participar en la Santa Alianza y uno de sus líderes –Chjeidze– parece retractarse de los acuerdos tomados en Zimmerwald. Vera Zasúlich y Potrésov, los viejos jefes mencheviques, apoyan a Pléjanov. Trotsky sigue titubeando y en mayo de 1916 se pregunta si los revolucionarios “que no cuentan con el apoyo de las masas –no están por ello– obligados a constituir durante un cierto período el ala izquierda de su Internacional”.[18]

Lenin y Trotsky siguen polemizando en torno al “derrotismo”, en el que Trotsky no encuentra ninguna ventaja decisiva, aparte de las acusaciones de sabotaje que se hacen de aquellos que están firmemente dispuestos a proseguir la lucha revolucionaria sin preocuparse del resultado de la guerra. También discuten a propósito de los “Estados Unidos de Europa”, consigna que Lenin considera contemporizadora, y que corre el riesgo de frenar la lucha revolucionaria que se lleva a cabo en cada país, al implicar –aparentemente– que la revolución no puede triunfar más que simultáneamente en todos los países de Europa. Como ha demostrado Isaac Deutscher, las diferencias entre los dos hombres son mínimas y se alimentan fundamentalmente de la desconfianza surgida de las antiguas querellas. El diario ruso de Nueva York, Novy Mir, en el que junto con Trotsky colaboran la ex menchevique Kolontai, el bolchevique Bujarin y el revolucionario ruso-americano Volodarsky, constituye a principios de 1917 un fiel exponente de esta fusión de todos los internacionalistas rusos –incluidos los bolcheviques– que los “periodistas” van a convertir en consigna fundamental, y que Bujarin en oposición a Lenin quiere transformar en primera piedra para la edificación de una nueva Internacional.

Durante cierto tiempo todas las organizaciones socialdemócratas parecieron desaparecer. La tendencia patriótica parece arrastrar incluso a revolucionarios profesionales como el obrero Voroshilov, que se enrola en el ejército zarista llegando a convertirse en suboficial. Los bolcheviques y los mencheviques internacionalistas son perseguidos con dureza. Los defensistas evitan poner en peligro con su actividad la unidad que preconizan. En el mes de noviembre de 1914 el partido bolchevique es decapitado por la detención en una conferencia de sus delegados y del buró ruso del Comité Central. Todos ellos son juzgados, condenados y deportados. Kámenev, ante el tribunal mantiene una actitud firmemente internacionalista, y no abandona su solidaridad con el derrotismo tal como define el manifiesto del Comité Central. Hasta la primavera de 1916, Lenin y Zinóviev no consiguen desde Suiza restablecer el contacto con lo poco que ha quedado de la organización. En torno a Shliapnikov se ha reconstruido un “buró ruso” y éste, a su vez, ha restablecido personalmente el enlace con el obrero Zalutsky y con el estudiante Skriabin (Mólotov). Empiezan a publicarse algunos periódicos ilegalmente en Petrogrado, Moscú y Jarkov.

El metalúrgico Lutovinov consigue en enero de 1917 reagrupar a los activistas de la cuenca del Donetz y organizar una conferencia regional. Las condiciones de trabajo son extremadamente precarias. Cada vez que en Moscú se consigue reconstruir una dirección ésta es inmediatamente desarticulada y detenidos sus miembros. Cuando el movimiento obrero empieza a rehacerse a partir de 1916, los grupos obreros que se constituyen suelen ser autónomos. Así ocurre en Moscú con el grupo de la Tverskaia, con el comité del partido del radio de Pressnia, y en Petrogrado con la organización inter-radios que sostiene el principio de la reconstrucción de un partido abierto a todos los internacionalistas. Esta última organización, resueltamente adversa al defensismo menchevique pero enemiga igualmente de los principios organizativos de los bolcheviques, ha conseguido establecer durante unos meses un precario contacto con Trotsky y la redacción de Nashe Slovo. En conjunto siguen siendo muy escasas las posibilidades de acción. Serán precisos tres años de matanzas en las trincheras, de sufrimientos en la retaguardia y de irrefrenable ira popular, para que con la Revolución de febrero y la irrupción de las masas, hasta entonces pasivas, los reagrupamientos que se habían estado gestando en la emigración tomen cuerpo en Rusia.

La Revolución de Febrero

La guerra ha agudizado en todos los países las contradicciones, afectando profundamente a la estructura política y económica. La prolongación de la matanza suscita sentimientos de rebeldía. Los jóvenes se sublevan contra la guerra, azote de su generación, que todos los días engulle a centenares de ellos, y éste es asimismo, el sentimiento de las familias a las que mutila. En Alemania, en Francia, en Rusia, en todos los países beligerantes aparecen los primeros síntomas de una agitación revolucionaria. Como el propio Lenin había previsto, el séquito de sufrimientos que acompaña a la guerra imperialista parece poner en el orden del día su transformación en guerra civil, incluso cuando la lucha se inicia bajo el pabellón del pacifismo.

El imperio zarista, como Lenin repite en numerosas ocasiones, constituye “el más débil de los eslabones de la cadena del imperialismo”. Desde 1916 empieza a dar indicios de debilidad. El zar, desacreditado pero convencido no obstante de su autoridad, se convierte en un personaje discutido hasta en las más altas esferas de la burocracia y del ejército. Durante los dos primero años de la guerra, ésta no ha reportado más que desastres militares. A partir de 1916 sus exigencias contribuyen a desorganizar toda la actividad económica. Los transportes, que operan con un material utilizado muy por encima de su resistencia, son cada vez más inseguros. Escasean los víveres, tanto para la población urbana como para los ejércitos. Los precios emprenden un ascenso vertiginoso. El invierno de 1916-1917 asesta al régimen un golpe mortal. La disciplina se relaja entre una tropa desmoralizada, cuyas bajas se distribuyen por igual entre las causadas por el frío y el hambre, y las que provoca el fuego enemigo.

El descontento cunde en las fábricas y barrios obreros de las grandes ciudades. Por último, en el mes de febrero estalla la crisis. El día 13, 20.000 obreros paran sus labores en celebración del segundo aniversario del procesamiento de los diputados bolcheviques. El día 16 se raciona el pan y se agotan las reservas de carbón. El día 18 despiden a los obreros de la fábrica Putilov. El día 19 varias panaderías son asaltadas. El día 23 las obreras textiles de Petrogrado inician las primeras manifestaciones callejeras para conmemorar el Día Internacional de la Mujer. La huelga se generaliza espontáneamente el día 24, imponiéndose en las movilizaciones los gritos antizaristas y pacifistas junto con las reivindicaciones referentes al abastecimiento de víveres. Suenan los primeros disparos. El día 25 aparecen entre los soldados los primeros indicios de simpatía por los manifestantes, disparando solo al aire. Durante toda la jornada del 26 se producen motines en los diferentes regimientos de guarnición de la capital. Por último, el día 27 la insurrección obrera y la sublevación de los soldados se unen. La bandera roja ondea sobre el Palacio de Invierno.

Mientras se organizan las elecciones en el Soviet de Petrogrado, los diputados pertenecientes a la oposición liberal constituyen urgentemente un “gobierno provisional”. El zar abdica. Durante los días siguientes el movimiento revolucionario se extiende. Mientras tanto, los decretos del gobierno provisional confieren una base legal al desmantelamiento del antiguo régimen, liberando a los presos políticos, otorgando la amnistía, concediendo la igualdad de derechos, incluidos los de las nacionalidades, y la libertad sindical, anunciando igualmente la próxima convocatoria de una Asamblea Constituyente. Por su parte, el Soviet de Petrogrado, que ha organizado sus propias comisiones de barrio, una comisión de abastecimientos y una comisión militar, presionado por los obreros y por los soldados lanza el famoso Prikaz (decreto) Nro. 1, que ha de constituir el instrumento de la desintegración del ejército y la debacle final de toda disciplina. Durante las semanas siguientes el gobierno provisional pierde la única fuerza de la que habría podido disponer.

La Revolución de Febrero de 1917, la llamada “insurrección anónima”, ha sido un levantamiento espontáneo de las masas, sorprendiendo a todos los socialistas, incluso a los bolcheviques, cuyo papel como organización fue nulo durante su realización, a pesar de que sus militantes desempeñasen individualmente una importante labor en las fábricas y las calles como agitadores y organizadores. El 26 de febrero, el buró ruso, encabezado por Shliapníkov, recomendaba todavía a los obreros actuar con prudencia. Sin embargo, algunos días después, se crea de hecho una situación de doble poder. Por un lado se encuentra el gobierno provisional, integrado por parlamentarios representantes de la burguesía, cuyo empeño es reparar los daños sufridos por el aparato estatal zarista, al tiempo que se esfuerzan en construir uno nuevo y en encauzar la revolución. Frente a ellos se hallan los soviets, auténticos parlamentos de diputados obreros que han sido elegidos en las fábricas y en los barrios de las ciudades, depositarios de la voluntad de los trabajadores que los nombran y les renuevan sus cargos. Desde estos dos órganos de poder se enfrentan dos concepciones de la democracia, una representativa y otra directa, y detrás de ellas dos clases, la burguesía y el proletariado, a los que la caída del zarismo dejaba de pronto frente a frente.

Sin embargo, el choque aún va a tardar en producirse. Los mencheviques y los eseristas ostentan la mayoría en los primeros soviets y en el primer congreso de los soviets rusos. En conformidad con sus análisis, no intentan luchar por el poder. En su opinión, sólo un poder burgués puede ocupar el lugar del zarismo, convocar elecciones para una Asamblea Constituyente y negociar una paz democrática sin anexiones. A su ver, los soviets han sido el instrumento obrero de la revolución democrático-burguesa, y en la república burguesa seguirán sustentando las posiciones de la clase trabajadora. Sin embargo, no consideran en absoluto la posibilidad de exigir un poder que la clase obrera aún no está capacitada para ejercer y que según ellos deberá exigir posteriormente para sí, conforme al planteamiento de una revolución espontánea que los socialistas deben cuidarse mucho de “forzar”. Lenin resumirá tajantemente tal actitud, al afirmar que equivale de hecho a una “entrega voluntaria del poder a la burguesía y a su gobierno provisional”.

Las primeras tomas de posición de los bolcheviques son bastante indecisas. Su primer manifiesto público del 26 de febrero, redactado por Shliapníkov, Zalutsky y Mólotov, al igual que los primeros números de Pravda, denuncian al gobierno provisional como constituido por “capitalistas y terratenientes”, reclaman un “gobierno provisional revolucionario”, la convocatoria por parte del soviet de una Constituyente elegida por sufragio universal y cuya misión sea sentar las bases de una “república democrática”. No obstante, Mólotov se encuentra en minoría en el Comité de Petrogrado cuando presenta una moción en la que se pide que se califique de “contrarrevolucionario” al gobierno provisional. Por el contrario, el comité propone apoyar al gobierno “mientras sus actos correspondan con los intereses del proletariado y de las amplias masas democráticas del pueblo”. Pravda ha vuelto a aparecer el día 5 de marzo, exigiendo que se entablen “negociaciones con los trabajadores de los demás países en guerra para finalizar la matanza”. Se trata obviamente de un punto de vista inequívocamente “internacionalista”, aunque sensiblemente diferente de la tesis derrotista desarrollada por Lenin desde 1914, y adoptada por el Comité Central en la emigración.

El día 13 de marzo los dirigentes anteriormente deportados son liberados por el gobierno provisional y llegan a Petrogrado. Se trata de Stalin, Muránov y Kámenev. Vuelven a tomar la dirección de la organización bolchevique. En la línea de Pravda se produce un giro radical a partir del momento en que Stalin se hace cargo de su redacción. Los bolcheviques adoptan en lo sucesivo la tesis de los mencheviques según la cual es preciso que los revolucionarios rusos prosigan la guerra para defender sus recientes conquistas democráticas de la agresión del imperialismo alemán. Kámenev redacta varios artículos abiertamente defensistas, en los que puede leerse que “un pueblo libre responde con balas a las balas”. Hacia el final del mes, una conferencia bolchevique adopta esta línea a pesar de algunas resistencias, aceptando la propuesta de Stalin de que la función de los soviets es “sostener al gobierno provisional en su política durante todo el tiempo en que siga su camino de satisfacción de las reivindicaciones obreras”.[19] De hecho, tales posturas sólo difieren de las sustentadas por los mencheviques en cuestiones de matiz, pues estos son igualmente partidarios de un “apoyo crítico”. En tales condiciones, no puede extrañarnos que la propia conferencia del 1 de abril acepte a propuesta de Kámenev y Stalin de considerar la reunificación de todos los socialdemócratas, que les propone el menchevique Tsereteli. La vieja tesis conciliadora parece imponerse.

De hecho, esta actitud de los bolcheviques está obviamente dictada por su antiguo análisis de las tareas que una revolución debía realizar. Febrero ha marcado el comienzo de la revolución burguesa y, como explica Stalin, es el momento de “consolidar las conquistas democrático-burguesas”, objetivo que sólo puede alcanzar un gobierno burgués al que se preste ayuda condicional, controlado por el mismo proletariado que se ha agrupado en los soviets. Con este proceder dan la razón a Trotsky, que después de 1905 había pronosticado que la concepción de una revolución por etapas diferenciadas acarrearía “en el proletariado una autolimitación democrático- burguesa”.[20] Sin embargo, hay una minoría de metalúrgicos, encabezada por Shliapníkov y que pronto será secundada por Kolontai, que se resiste a adoptar esta postura. Su tesis de que los soviets constituyen ya un embrión de poder revolucionario, converge en esté punto con las posturas que mantiene la organización inter-radios.

El retorno de Lenin, el día 3 de abril, va a alterar profundamente la situación en las filas bolcheviques y, más adelante, en el propio proceso revolucionario. Desde que recibió las primeras noticias de Rusia, Lenin estuvo muy alarmado por los indicios de conciliación que observaba en la política bolchevique. Desde Zurich dirige cuatro cartas a Pravda –las llamadas “Cartas desde lejos”– en las que afirma que es preciso constituir una milicia obrera cuya misión habrá de ser la de convertirse en el órgano ejecutivo del soviet. Además había que preparar de inmediato la revolución proletaria, denunciar los tratados de alianza con los imperialistas, negarse en rotundo a caer en la trampa del “patriotismo” y tratar de conseguir la transformación de la guerra imperialista en guerra civil. Sólo la primera de las cuatro cartas será publicada, pues los dirigentes bolcheviques asustados por el carácter radical de este punto de vista prefieren suponer que Lenin está mal informado. La única solución es tratar de volver a Rusia por cualquier medio para convencer a sus compañeros. Los Aliados le niegan todo tipo de visado de tránsito. Recurre entonces a la negociación con la embajada alemana por medio del socialista suizo Platten. Lenin y sus compañeros atravesarán Alemania en un vagón “extraterritorializado”, comprometiéndose a intentar obtener en contrapartida la entrega de un número similar de prisioneros alemanes. Con esta concesión, el estado mayor alemán cree introducir en Rusia un nuevo elemento de desorganización de la defensa que terminará por facilitar su victoria militar, cuando en realidad lo que hace es permitir involuntariamente el retorno y el triunfo del hombre que ha dirigido todos sus esfuerzos al combate del imperialismo.

El marinero bolchevique Raskólnikov ha relatado en sus memorias, cómo Lenin cuando acababa de entrar en el vagón de ferrocarril que le esperaba en la frontera rusa, emprendió una acalorada diatriba contra Kámenev y las tesis defensistas de sus artículos en Pravda. El día 3, en la Estación de Petrogrado vuelve a fijar su postura, esta vez en público. Le recibe una delegación del Soviet de Petrogrado presidida por Chjeidze, que pronuncia un discurso de bienvenida en el que afirma que hay que “defender la revolución de todo ataque que pudiera producirse tanto en el interior como en el exterior”. Volviendo la espalda a los dignatarios oficiales, Lenin se dirige entonces a una muchedumbre compuesta por obreros y soldados, que ha acudido a esperarle y saluda en ella a los representantes de “la revolución rusa victoriosa, vanguardia de la revolución proletaria mundial”.[21] Luego se une a sus amigos bolcheviques y comienza a desarrollar su feroz critica de la política menchevique que pretende defender las conquistas de febrero, al tiempo que mantiene una lucha supuestamente patriótica en alianza con los rapaces imperialistas. Dichas tesis abruman a la dirección bolchevique, cuyo análisis y orientación contradicen punto por punto. Este análisis aparecerá el día 7 del abril en Pravda, firmado por Lenin y con el título “De las tareas del proletariado en la presente revolución”.

Adoptando tácitamente la tesis de la revolución permanente afirma: “El rasgo más característico de la situación actual en Rusia consiste en la transición de la primera etapa de la revolución, que entregó el poder a la burguesía, dada la insuficiencia tanto de la organización como de la conciencia proletarias, a su segunda etapa, que ha de poner el poder en manos del proletariado y de los sectores más pobres del campesinado”.[22] Califica de “ineptitud” y de “evidente broma” las exigencias de Pravda de que un gobierno capitalista renuncie a las anexiones, cuando resulta “imposible terminar la guerra con una paz verdaderamente democrática si antes no se vence al capitalismo”. El propósito del partido bolchevique, minoritario en el seno de la clase trabajadora y de los soviets, debe ser explicar a las masas que “el soviet de diputados obreros es la única forma posible de gobierno revolucionario”, y que el objetivo de su lucha es construir “no una república parlamentaria, sino una república de soviets de obreros, campesinos y soldados de todo el país, desde la base a la cima”.[23] Y afirma que los bolcheviques no se ganarán a las masas, sino “explicando pacientemente, con perseverancia, sistemáticamente” su política.

“No queremos que las masas nos crean sin más garantía que nuestra palabra. No somos charlatanes, queremos que sea la experiencia la que consiga que las masas salgan de su error”.[24] La misión de los bolcheviques es “estimular de forma real tanto la conciencia de las masas como su iniciativa local, audaz y decidida. Estimular la realización espontánea, el desarrollo y la consolidación de las libertades democráticas, del principio de posesión de todas las tierras por todo el pueblo”.[25] De esta iniciativa revolucionaria habrá de surgir la experiencia que dará a los bolcheviques la mayoría en los soviets. Entonces habrá llegado el momento en que los soviets podrán tomar el poder y aplicar las primeras medidas recomendadas por el programa bolchevique, nacionalización de la tierra y de los bancos, control soviético de la producción y de la distribución. La última de las tesis de Lenin se refiere al partido cuyo nombre y programa propone cambiar. Afirma que “ya es tiempo de quitarse la camisa sucia” al sugerir cambiar la etiqueta de “socialdemócrata” por la de “comunista”, ya que se trata de “crear un partido comunista proletario […] cuyas bases han sido sentadas ya por los mejores elementos del bolchevismo”.[26]

De esta forma, en todos los puntos decisivos –la línea a seguir respecto a la guerra, al gobierno provisional y a la concepción del partido– Lenin se opone a la política aplicada por los bolcheviques hasta su llegada. Esto es lo que obliga a Kámenev a escribir en Pravda que “tales tesis no representan sino la opinión personal de Lenin”. Al recordar las decisiones adoptadas anteriormente, afirma: “Aquellas resoluciones siguen siendo la plataforma en que nos basamos y las defenderemos […] contra la crítica del camarada Lenin. El esquema general de Lenin nos parece inadmisible porque considera que la revolución democrático-burguesa ha terminado y plantea la necesidad de transformarla inmediatamente en revolución socialista”.

La discusión que se inicia de esta forma brutal va a proseguir durante algunos días. De un lado se encuentran Kámenev, Ríkov y Noguin, a los que Lenin llama no sin cáustica ironía “viejos bolcheviques”, que le acusan de haber adoptado las tesis de la revolución permanente. En el otro bando se agrupan Lenin, Zinóviev y Bujarin. Stalin, al parecer, abandonó sus posiciones iniciales y adoptó las tesis de Lenin. La conferencia nacional que se reúne el 24 de abril agrupa 149 delegados elegidos por 79.000 miembros, de los que 15.000 son de Petrogrado. Contra Lenin, Kámenev afirma: “Es prematuro afirmar que la democracia burguesa ha agotado todas sus posibilidades”, cuando “las tareas democrático-burguesas siguen inconclusas”. Al mismo tiempo sostiene que los soviets de obreros y soldados constituyen “un bloque de fuerzas pequeño-burguesas y proletarias”, y expresa también que “si la revolución democrático-burguesa hubiera terminado, dicho bloque […] no tendría ya un objetivo cierto y entonces el proletariado tendría que luchar contra el bloque pequeño-burgués”.

Su conclusión es: “Si adoptáramos el punto de vista de Lenin, nos veríamos desprovistos de tareas políticas, nos convertiríamos en teóricos, en propagandistas, publicaríamos, sin duda, excelentes estudios sobre la futura revolución socialista, pero permaneceríamos al margen de la realidad viva como activistas políticos y como partido político definido”.[27] En consecuencia, Kámenev propone conservar la línea adoptada en el mes de marzo y “vigilar atentamente, desde los soviets al gobierno provisional”. Ríkov consagra su intervención al problema de la, revolución socialista: “¿De dónde, se pregunta, surgirá el sol de la revolución socialista?”, y responde: “A juzgar por la situación en conjunto y por el nivel pequeño-burgués de Rusia, la iniciativa de la revolución socialista no nos pertenece. No contamos con fuerza suficiente ni con las necesarias condiciones objetivas. Se nos plantea el problema de la revolución proletaria, pero no debemos sobrestimar nuestras fuerzas. Ante nosotros se alzan gigantescas tareas revolucionarias, pero su realización no nos llevará más allá del ámbito del sistema burgués”.[28]

En el ínterin, la situación política ha experimentado una rápida evolución. Unos días antes de la conferencia del partido, una declaración del “cadete” Miliukov, Ministro de Asuntos Exteriores, afirma que el gobierno provisional está decidido a respetar todos los compromisos contraídos con los aliados, asegurando que “todo el pueblo aspira a proseguir la guerra mundial hasta la victoria final”. Tal declaración provoca manifestaciones populares los días 20 y 21 de abril y origina una crisis ministerial que no será resuelta hasta el día 5 de mayo. La radicalización de las masas y la resuelta actitud de los soldados que se niegan a cargar contra los manifestantes, corroboran los argumentos de Lenin, al igual que lo hace la declaración defensista del ministro cadete. Desarrolla entonces sus argumentos contra los “viejos bolcheviques”, afirmando que “la revolución burguesa ha concluido en Rusia y la burguesía conserva el poder en sus manos”, pero la lucha por paz, pan y tierra no podrá ser llevada a cabo más que con el acceso de los soviets al poder. Estos sabrán “mucho mejor, de forma más práctica y más segura cómo encaminarse hacia el socialismo”. La dictadura democrática del proletariado y del campesinado es una antigua fórmula que los “viejos bolcheviques” han “aprendido ineptamente en lugar de analizar la originalidad de la nueva y apasionante realidad”. Asimismo, recuerda a Kámenev la frase de Goethe: “Gris es la teoría, amigo mío, y verde el árbol de la vida”.[29] Lenin se burla ferozmente de las propuestas de control del gobierno por los soviets, exclamando: “Para controlar hay que tener poder. Nada supone el control, cuando son los controlados los que poseen los cañones. Controladnos, dicen los capitalistas, que saben que en la actualidad nada puede negarse al pueblo. Pero sin el poder, el control no es más que un concepto pequeño-burgués que dificulta la marcha y el desarrollo de la Revolución rusa”.[30]

Por último, Lenin parece triunfar en cuanto se refiere a los puntos fundamentales, oponiéndose alternativamente a mayorías de diferente importancia. Sobre la cuestión de la guerra consigue –salvo 7 abstenciones– la unanimidad de la conferencia. En la resolución de “iniciar un trabajo prolongado” con el fin de “transferir a los soviets el poder del estado” consigue 122 votos a favor, 3 en contra y 8 abstenciones. Sin embargo, en la resolución en que se afirma la necesidad de emprender la vía de la revolución socialista, sólo reúne 71 de un quórum de 118. En las resoluciones que se refieren al partido es vencido, siendo el único en votar a favor de su moción de abandono del nombre de “socialdemócratas”. A pesar de su advertencia de que la “unidad con los defensistas supondría una traición”, la conferencia acepta la constitución de una comisión mixta de bolcheviques y mencheviques para el estudio de las condiciones de unificación, en los términos en que hacia un mes había sido defendida por Stalin. A pesar de los “viejos bolcheviques” aferrados a antiguos análisis, Lenin ha conseguido “enderezar” al partido. Su victoria, empero, dista mucho de ser total, ya que de los ocho camaradas que han sido elegidos para formar parte del Comité Central, uno de ellos, Stalin, ha adoptado sus tesis a última hora, cuatro más, Kámenev, Noguín, Miliutin y Fedorov, son miembros de la oposición de “viejos bolcheviques”, y sólo Zinóviev, Svérdlov y el joven Smilgá han apoyado a Lenin desde la apertura de la discusión.

Sin embargo, bastarán algunas semanas para que el desarrollo del movimiento revolucionario y la lucha por la mayoría que llevan a cabo los bolcheviques dentro de los soviets, arrastren al partido en su totalidad a aceptar sin reservas las tesis que Lenin desarrollará –semanas más tarde– en El Estado y la revolución, obra en la que considera a los soviets como un “poder del mismo tipo que la Comuna de París”, originado no ya por “una ley discutida y votada previamente en un parlamento, sino por una iniciativa de las masas que surge desde abajo”.[31]

El partido de Lenin y Trotsky

La conferencia de abril provoca la salida de la derecha del partido, constituida por los defensistas Voitinsky y Goldenberg, acelerando el proceso de unificación con los mencheviques internacionalistas. Numerosas organizaciones socialdemocratas autónomas se habían integrado en el partido bolchevique ya con anterioridad a esta fecha. Sin embargo, en Petrogrado, la organización inter-radios había permanecido apartada. Este grupo, vinculado con Trotsky, había tomado postura en favor del poder soviético, pero el giro de Pravda tras la vuelta de Kámenev y Stalin, les había disuadido de emprender la fusión de manera inmediata, a pesar de estar resueltos a ella desde principios del mes de marzo.[32] No obstante, el problema vuelve a plantearse tras de la victoria de las tesis de Lenin en el partido bolchevique. Después de un largo periplo desde Canadá a Escandinavia, Trotsky ha regresado a Rusia el 5 de mayo. De inmediato se integra en la organización inter-radios, donde militan numerosos mencheviques internacionalistas, Yureniev y Karajan, antiguos bolcheviques y, en general, los militantes que han esta vinculados a Trotsky desde hace varios años: Joffe, Manuilsky y Uritsky de la Pravda vienesa, y Pokrovsky, Riazánov y Lunacharsky de Nashe Slovo.

Al día siguiente de su llegada, toma postura ante el Soviet de Petrogrado tan inequívocamente como lo había hecho Lenin y en el mismo sentido que Lenin, anunciando que la revolución “ha abierto una nueva era, una era de sangre y fuego, una lucha que no es ya de nación contra nación, sino de clases sufrientes y oprimidas contra sus gobernantes”. Considerando que los socialistas deben luchar para dar “todo el poder a los soviets”, concluye diciendo: “¡Viva la Revolución rusa, prologo de la revolución mundial!”.[33] El día 7 de mayo, en una recepción organizada por la organización ínter-radios y los bolcheviques en su honor, afirma haber abandonado definitivamente su viejo sueño de unificación de todos los socialistas, declarando que la nueva Internacional no puede construirse sino a partir de una ruptura total con todo “socialchovinismo”. A partir del día 10 vuelve a encontrarse con Lenin.

En lo sucesivo los dos hombres se ven separados por muy pocas diferencias y lo saben. Lenin tiene prisa en integrar a Trotsky y a sus compañeros en el partido. De hecho, ya ha propuesto a Trotsky como redactor de Pravda, pero su iniciativa no recibió el apoyo suficiente. No obstante, le pide que se integre en el partido y ofrece –sin condiciones– cargos de responsabilidad en la dirección de la organización y en la redacción de Pravda a Trotsky y su grupo. El amor propio y algunas reticencias, que tal vez pesan más en sus compañeros que en él mismo, retienen a Trotsky. Sin duda el recuerdo de las viejas querellas está más grabado en su memoria que en la de Lenin, a pesar de que éstas estén ampliamente superadas. Subraya que el partido bolchevique se ha “desbolchevizado”, que ha adquirido un punto de vista internacional y que ya nada les separa, pero ésta es precisamente la razón que le lleva a desear el cambio de etiqueta. “No puedo considerarme como un bolchevique” afirma. Desearía que se celebrase un congreso fundacional y que se diese un nuevo nombre a un nuevo partido, que se enterrase el pasado de forma definitiva. Lenin no puede aceptar hacer tamaña concesión al amor propio de Trotsky. Lenin está orgulloso del partido y de su tradición, tiende a salvaguardar también el amor propio de los bolcheviques veteranos, que ya ha sido considerablemente vejado durante las discusiones de abril y que le reprochan su alianza con Trotsky –al que siguen considerando un enemigo personal. Tras haber impuesto sus tesis, resultaría excesivo querer imponer un hombre. Los bolcheviques seguirán siendo bolcheviques y Trotsky acudirá por si mismo, ya que sus reservas eran excesivas.

Durante las semanas siguientes, Trotsky se convierte frente a las masas de las que es el orador preferido –y sin proponérselo– en un auténtico bolchevique. Tras las manifestaciones armadas de julio es detenido y encarcelado junto con buena parte de los bolcheviques, antiguos y nuevos, a los que el segundo gobierno provisional en el que participan los mencheviques, ha acusado a la vez de ser agentes alemanes y de haber preparado una insurrección armada. Ni Trotsky ni Lenin –este último se encuentra en la clandestinidad– participan en el Sexto Congreso que comienza el 26 de julio y se autodenomina “Congreso de Unificación”. Los delegados participantes han sido elegidos por 170.000 miembros, de los que 40.000 pertenecen a la ciudad de Petrogrado. El partido bolchevique de 1917, el partido revolucionario cuya constitución en torno a los “mejores elementos del bolchevismo” pedía Lenin en abril, ha nacido de la confluencia en el seno de la corriente bolchevique, de las pequeñas corrientes revolucionarias independientes que integran tanto la organización inter-radios como las numerosas organizaciones socialdemócratas internacionalistas, que hasta entonces habían permanecido al margen del partido de Lenin.

De esta forma cristaliza la concepción del partido que Lenin defiende desde hace años. La fracción bolchevique ha conseguido como Lenin lo esperaba, imponer su concepción del partido obrero y atraer a ella a los demás revolucionarios. Esta es la historia tal como la han visto y vivido los contemporáneos. Más de diez años habrán de transcurrir para que empiece a ser deformada sistemáticamente. En 1931, al explicar lo que para los bolcheviques había supuesto la constitución del partido en 1917, Karl Radek recordaba que había “acogido a lo mejor del movimiento obrero”, y que “no debían olvidarse las corrientes y arroyos” que en 1917 se habían vertido en el partido. Sin embargo, como esta realidad histórica era inadmisible para el pequeño grupo de hombres que junto a Stalin luego se adueñaron del poder, no se escatimó desde entonces ningún medio para borrarla. Al volver a escribir la historia en nombre de las exigencias de la política estalinista, Kaganóvich exclamó: “Es preciso que Rádek comprenda que la teoría de los arroyuelos sienta las bases de la libertad de grupos y fracciones. Si se tolera un “arroyuelo” habrá que ofrecerle la posibilidad de contar con una “corriente” […] Nuestro partido no es un depósito de aguas turbias, sino un río tan poderoso que no puede admitir arroyuelo alguno, pues cuenta con todas las posibilidades para arrastrar cuantos obstáculos se encuentren en su cauce”.[34]

En realidad, los acontecimientos posteriores al Sexto Congreso, constituyen una prueba fehaciente de la bondad de aquella teoría. La fuerza del partido unificado viene de la fusión total de las diferentes corrientes, al menos en tanta medida como la diversidad de itinerarios que les han llevado a través de una serie de años de lucha ideológica, a la lucha común en favor del poder de los trabajadores. La dirección elegida en agosto es fiel reflejo de la relación de fuerzas. Lenin es elegido miembro del Comité Central con 133 votos sobre 134 votantes, le sigue Zinóviev con 132, y Trotsky y Kámenev con 131. De los 21 miembros, 16 pertenecen a la fracción bolchevique, que incluye al letón Reizin y al polaco Dzerzhínsky. Miliutin, Ríkov, Stalin, Svérdlov, Bubnov, Muránov y Shaumián son los típicos komitetchík que han estado tantos años encarcelados o deportados como en la clandestinidad, y que sólo han pasado breves temporadas en el extranjero. Kámenev, Zinóviev, Noguín, Bujarin, Sokólnikov y Artem-Sergueiev han pasado períodos en el extranjero, compartiendo a veces con Lenin las responsabilidades de la emigración.

La mayoría de ellos ha chocado en algún momento con Lenin. Ríkov, cuando en 1905 se erigió en portavoz de los komitetchik, Noguín antes de volver a Suiza con Lenin. Kolontai, antigua militante, fue menchevique a partir de 1903, empezó a aproximarse a los bolcheviques en 1914 y se unió a ellos en 1915. Por último Trotsky, al igual que Uritsky y el miembro suplente Yoffe, los veteranos de la Pravda vienesa, nunca han sido bolcheviques. El partido bolchevique protagonista de octubre, que para el mundo entero habrá de ser “el partido de Lenin y Trotsky”, acaba de nacer. Como lo afirma Robert V. Daniels, “la nueva dirección lo era todo salvo un grupo de disciplinados papanatas”.[35] Tal y como aparece entonces, representa ya perfectamente la imagen del joven pero curtido partido. Lenin, con 47 años, es el decano del Comité Central, del que once miembros cuentan entre 30 y 40 años y tres menos de 30 años. Su benjamín Iván Smilgá, tiene 25 años y es militante bolchevique desde 1907.

Las jornadas de julio han supuesto un giro decisivo. Los obreros de Petrogrado, contra la voluntad de los dirigentes bolcheviques, han iniciado una serie de manifestaciones armadas que el partido consideraba prematuras. No obstante, la influencia de los militantes ha evitado la derrota al permitir una retirada ordenada. Las manifestaciones no se han convertido en una insurrección que habría condenado al aislamiento a una posible “Comuna” petrogradense. Sin embargo, el gobierno intenta explotar la situación y golpea duramente a los bolcheviques. Por todas partes, los locales del partido son asaltados, su prensa es prohibida y las detenciones se multiplican. Los bolcheviques no corren el riesgo de ser sorprendidos, cuentan con locales, material y hábitos de funcionamiento clandestino. Pravda desaparece, pero es sustituida por una gran cantidad de hojas clandestinas y, enseguida, por un periódico “legal” de distinto nombre.

Trotsky, Kámenev y otros son detenidos, pero numerosos militantes provistos de documentación falsa pasan a la clandestinidad, zafándose de la detención merced a utilizar las redes clandestinas que han sido preservadas desde febrero y a las nuevas posibilidades de acción ilegal que han abierto las responsabilidades que muchos de los militantes ostentan en los soviets. El Comité Central decide preservar a Lenin de la represión. Pasará a Finlandia, en donde se esconderá bajo una falsa identidad hasta el mes de octubre. Mientras tanto, la prensa burguesa intenta abrumar de calumnias a los bolcheviques. Con falsos documentos les acusa de haber recibido oro de los alemanes, insiste acerca de la leyenda del “vagón blindado” y pide la cabeza de los traidores. El partido sufre una serie de golpes graves, pero la organización sobrevive y continúa su actividad como deslumbradora confirmación de las tesis de Lenin sobre la necesidad de estar preparados para las tareas del trabajo ilegal en todas las circunstancias.

Los ministros burgueses han suscitado una crisis ministerial. El día 23 de julio, el laborista Kerensky –compañero de viaje burgués de los eseristas– forma un nuevo gobierno provisional en el que los ministros “socialistas” se encuentran en mayoría. En su opinión, el objetivo es en primer lugar consolidar el nuevo régimen, manteniéndose en la guerra. Al mismo tiempo es preciso reforzar el Estado. Se restablece la pena de muerte como prerrogativa de los tribunales militares, vuelve a funcionar la censura y el Ministro del Interior tiene de nuevo autoridad para prohibir periódicos, y para efectuar detenciones sin orden judicial. Sin embargo, la propaganda de los conciliadores no seduce ni a los obreros, que han sido testigos de la represión de los bolcheviques, ni a los burgueses que desearían una acción más seria. La crisis económica empeora porque los industriales llevan a cabo un verdadero sabotaje, tanto para preservar sus propiedades como para mostrar las consecuencias de la “anarquía revolucionaria”, a la que desean cargar la responsabilidad de la miseria reinante. La caída del rublo continúa y se acelera. En octubre su valor se reduce al 10% del de 1914. Las empresas cierran, siguen produciéndose lock-outs que dejan sin trabajo a centenares de miles de obreros hambrientos, que inevitablemente adoptan las consignas de “control obrero” y nacionalización, difundidas a partir de julio por los bolcheviques.

Lo fundamental, no obstante, es el movimiento que con algunos meses de retraso comienza a conmover el campo. Desde el mes de febrero, los gobiernos provisionales en los que se encontraban los ministros eseristas –tradicionales defensores de los intereses campesinos– habían multiplicado las promesas de reforma agraria, manifestándose incapaces para llevarlas a la práctica. Los bolcheviques han multiplicado sus contactos con los campesinos gracias al ejército, llamando a la acción directa y a la ocupación de las tierras. A partir de la cosecha se inicia una auténtica revuelta agraria. El pueblo quema las mansiones, las cosechas son incautadas y las tierras ocupadas, primero bajo la dirección de los comités agrarios y, más adelante, bajo la dirección de los soviets campesinos. El gobierno primero exhorta a la paciencia, al respeto del orden y de la propiedad privada. Luego recurre a los odiados cosacos para reprimir a los campesinos rebeldes, y a partir de entonces los bolcheviques carecen de verdaderos impedimentos para demostrar a los campesinos que ellos son sus únicos amigos.

A principios de agosto, Kerensky convoca una Conferencia de Estado, es decir, una especie de asamblea parlamentaria que agrupa a los representantes de organizaciones políticas, sociales, económicas y culturales de todo el país. De ella espera conseguir un nuevo compromiso: el “armisticio entre el capital y el trabajo”. Los bolcheviques la boicotean y las fuerzas contrarrevolucionarias aprovechan para agruparse, considerando que la misión de los conciliadores ha concluido. Los industriales y los generales llegan a un acuerdo, y preparan el momento de asestar un golpe definitivo al movimiento revolucionario. El encargado de darlo es el General Kornilov. El día 25 de agosto envía contra la capital a una división de cosacos con mandos de su confianza. La impotencia de Kerensky, la renuncia de los ministros burgueses en cuanto habla de destituir al “generalísimo” y la complicidad de los aliados de Rusia en la guerra mundial, queda de esta forma a la vista de todos.

No obstante, el Golpe de Estado sólo tarda unos días en venirse abajo. Los ferroviarios se niegan a hacer circular los trenes. Los propios soldados, en cuanto se enteran de la tarea que se les va a encargar, se amotinan y los oficiales se encuentran solos, bastante satisfechos empero de no haber sido ejecutados por sus propios hombres. En el momento decisivo, los bolcheviques han salido de su parcial clandestinidad, pronunciando un llamamiento a la resistencia dentro de los soviets, que son los únicos organismos que logran capear el temporal de aquella semana, en que los últimos restos del aparato estatal parecían estar desvaneciéndose. Los marineros de Kronstadt acuden en auxilio de la capital y empiezan por abrir las puertas de las prisiones para liberar a los activistas bolcheviques detenidos durante el mes de julio, encabezados por Trotsky. Por doquier se constituyen destacamentos de guardias rojos, organizados por los bolcheviques. En los regimientos proliferan los soviets de soldados que dan caza a los kornilovistas e infieren a la oficialidad una serie de golpes mortales.

Por tanto, el Golpe de Estado sirve fundamentalmente para invertir por completo la situación en favor de los bolcheviques, que en adelante se beneficiarán de la aureola de prestigio que les da su victoria sobre Kornilov. El día 31 de agosto el Soviet de Petrogrado vota una resolución, presentada por su fracción bolchevique, que reclama “todo el poder para los soviets”. El espíritu de esta votación se ve solemnemente confirmado el día 9 de septiembre por una condena terminante de la política de coalición con los representantes de la burguesía en el seno de los gobiernos provisionales. A partir de entonces, los mencheviques navegan contra la corriente, porque uno tras otro los soviets de las grandes ciudades –el de Moscú el día 5 de septiembre y más tarde los de Kiev, Saratov e Ivanovo-Voznessensk– alinean su postura con la del soviet de la capital que, el día 23 de septiembre, eleva a Trotsky a la presidencia. A partir de entonces estaba claro que el Segundo Congreso de los Soviets, cuya inauguración estaba prevista para el día 20 de octubre, había de exigir el poder, condenando al mismo tiempo la alianza de mencheviques y los eseristas con los ministros burgueses. Frente a esta perspectiva, el Comité Ejecutivo de los Soviets presidido por el menchevique Tsereteli, trata de ensanchar la base de la coalición a la que apoya mediante la convocatoria de una Conferencia Democrática que designe un parlamento provisional, en base al modelo de la Conferencia de Estado.

Desde su retiro en Finlandia, Lenin ha tardado poco en comprender hasta qué punto la situación ha cambiado radicalmente. El día 3 de septiembre en un proyecto de resolución, se refiere a “la rapidez de huracán, tan increíble” con que se desarrollan los acontecimientos. “Todos los esfuerzos de los bolcheviques –escribe– deben tender a no demorarse en el curso de los acontecimientos, para poder guiar lo mejor posible a trabajadores y campesinos”. Asimismo, opina que esta “fase crítica conduce inevitablemente a la clase obrera –tal vez a una velocidad peligrosa– a una situación en la que, como consecuencia de una serie de acontecimientos que no dependen de ella, se verá obligada a enfrentar en un combate decisivo a la burguesía contrarrevolucionaria, para conquistar el poder”.[36] El día 13 de septiembre, considera que el momento decisivo ha llegado y dirige al Comité Central dos cartas que deben ser discutidas en su reunión del día 15. “Tras de haber conseguido la mayoría en los soviets de las dos capitales, los bolcheviques pueden y deben tomar el poder”. Presiona al Comité Central para que someta la cuestión al órgano que constituye su congreso, es decir, el conjunto de sus delegados en la Conferencia Democrática, “voz unánime de aquellos que se encuentran en contacto con los obreros y soldados, con las masas”.[37] Lenin afirma también, que “La historia jamás nos perdonará si no tomamos el poder ahora”.[38] Los bolcheviques deben presentar su programa –el de los obreros y campesinos rusos– en la Conferencia Democrática y después, “lanzar a toda la fracción hacia las fábricas y cuarteles”. Una vez concentrada en ellos, “seremos capaces de decidir cuál es el momento en el que hay que desencadenar la insurrección”.[39]

Ahora bien, Lenin está separado de la mayoría de los dirigentes bolcheviques por una distancia igual a la que mediaba entre ellos durante el mes de abril. El día 30 de agosto Pravda –dirigida por Stalin– había publicado un articulo de Zinóviev que lleva por titulo “Lo que no hay que hacer”. En dicho artículo recuerda la suerte de la Comuna de París y pone en guardia contra todo intento prematuro de tomar el poder por la fuerza. Esta es la opinión que el partido ostentaba en julio, pero Lenin consideraba que la situación se había modificado considerablemente. Sin embargo, sus cartas no lograron convencer al Comité Central. Kámenev se pronuncia en contra de las propuestas de Lenin y exige que el partido tome medidas contra cualquier intento de insurrección. Trotsky es partidario de la insurrección, pero piensa que esta debe ser decidida por el Congreso de los Soviets. Por ultimo, la mayoría de los miembros del Comité Central se inclina por la postura de Kámenev, que propone que sean quemadas las cartas de Lenin –dejándolas sin respuesta.

A partir de entonces Lenin inicia su batalla. Sabe que ha convencido plenamente a Smilgá, presidente del Soviet Regional del Ejército, de la Armada y de los Obreros de Finlandia. Empieza a conspirar con Smilgá contra la mayoría del Comité Central. Le aprovecha para “hacer propaganda dentro del partido” en Petrogrado y en Moscú. Examinan juntos los más diversos planes para poner en marcha la insurrección, y bombardea al Comité Central con una serie de cartas vehementes que denuncian los “titubeos” y “vacilaciones” de los dirigentes. El Comité Central decide, entre tanto, por la mayoría mínima de 9 votos contra 8, seguir a Trotsky y Stalin en la propuesta de boicotear el parlamento provisional que ha de surgir de la Conferencia Democrática. Pero la fracción bolchevique en la Conferencia Democrática acepta la postura de Ríkov y Kámenev, que se oponen a la insurrección y son partidarios de la participación en el parlamento provisional. El día 23, Lenin escribe al Comité Central: “Trotsky era partidario del boicot. ¡Bravo, camarada Trotsky! La moción de boicot ha sido rechazada por la fracción bolchevique de la Conferencia Democrática ¡Viva el boicot!”.

Exige la convocatoria de un congreso extraordinario del partido que discuta la cuestión del boicot y afirma que en ningún caso puede aceptar el partido la participación en la Conferencia Democrática. “Hay que conseguir que las masas discutan la cuestión. Es necesario que los obreros conscientes se hagan cargo del asunto, provoquen el debate y presionen a los dirigentes”.[40] En una carta dirigida al Comité Central el 29 de septiembre, Lenin afirma que considera inadmisible que no se haya respondido a sus cartas y más aún, que Pravda censure sus artículos, pues ello reviste toda la apariencia de “una delicada alusión al amordazamiento y una invitación a retirarse”. También escribe: “Debo presentar mi dimisión del Comité Central y así lo hago, reservándome el derecho de hacer propaganda en las filas del partido y en el congreso, puesto que mi más profunda convicción es que si esperamos al Congreso de los Soviets y dejamos escapar la ocasión ahora, provocaremos la derrota de la revolución”.[41] Vuelve a la carga el 1 de octubre, diciendo: “esperar es un crimen”.[42]

La mayoría del Comité Central duda, conmovido por la discusión y, por fin, decide pedir a Lenin que haga un viaje clandestino a Petrogrado para discutir el problema de la insurrección. Por otra parte, durante los días siguientes la situación se modifica dentro del propio partido. Trotsky logra convencer a los delegados bolcheviques al parlamento provisional de que deben boicotearlo. Tras una abierta declaración de beligerancia en la sesión inaugural, abandonarán la sala una vez que él en nombre de todos haya exclamado: “¡La revolución está en peligro! ¡Todo el poder a los soviets!”. Los bolcheviques de Moscú, representados por Lómov, exigen que se decida la insurrección. El día 9, Trotsky consigue que el Soviet de Petrogrado resuelva la formación del Comité Militar Revolucionario, llamado a constituirse en estado mayor de la insurrección. El 10 de octubre, Lenin –disfrazado y afeitado– llega a Petrogrado, discute con pasión y consigue por fin que por 10 votos contra 2 se acepte una resolución en favor de la insurrección. Una insurrección que está ya “indefectible y completamente madura”, invitando a “todas las organizaciones del partido a estudiar y discutir todas las cuestiones de carácter práctico en función de dicha directiva”.

Los dos adversarios de esta resolución son Zinóviev y Kámenev, quienes desde el día siguiente apelan la decisión del Comité Central en su “Carta acerca del momento actual», dirigida a las principales organizaciones del partido. “Estamos firmemente convencidos –escriben– que en la actualidad convocar una insurrección armada supone jugarse a una sola carta no solamente la suerte de nuestro partido, sino también la de la revolución rusa e internacional. No hay duda alguna de que existen situaciones históricas en las que una clase oprimida debe reconocer que vale más dirigirse hacia la derrota que rendirse sin lucha. ¿Acaso se encuentra la clase obrera rusa hoy en una situación similar? ¡No, cien mil veces no! […] En tanto y en cuanto dependa de nosotros la elección, podemos y debemos limitarnos en la actualidad a una postura defensiva. Las masas no desean luchar […] Las masas de soldados nos apoyan […] por nuestra consigna de paz […] Si nos viéramos obligados a iniciar una guerra revolucionaria […] nos abandonarían de inmediato”.[43] A su ver el mayor peligro lo constituye la sobreestimación de las fuerzas de la clase trabajadora, ya que el proletariado internacional no estaría dispuesto a apoyar la Revolución rusa.

Sin embargo los preparativos continúan. El día 11 los delegados bolcheviques que acuden al congreso desde la zona norte se reunen en Petrogrado. A partir del día 13, los navíos de la armada controlados por Smilgá, ponen su radio a disposición de la propaganda bolchevique, haciendo un llamamiento a los delegados para que se reúnan antes de la fecha prevista. El día 16 de octubre se reúne un Comité Central ampliado que ratifica por 19 votos contra 2 y 4 abstenciones, la decisión del día 10, rechazando después una moción de Zinóviev que propone la suspensión de los preparativos de la insurrección hasta que se celebre la reunión del Congreso de los Soviets. Esa misma tarde Kámenev presenta su dimisión como miembro del Comité Central. El día 17 de octubre, el periódico menchevique Nóvaya Zhizn, dirigido por Máximo Gorki, publica una información referente a la “Carta acerca del momento actual”. Al día siguiente, en el cuartel general del Soviet de Petrogrado –el Instituto Smolny– se celebra una conferencia ilegal de delegados de regimientos, destinada a conocer exactamente el estado de las fuerzas militares con que cuenta la insurrección.

Al mismo tiempo, Zinóviev y Kámenev responden al periódico de Gorki, aprovechando la ocasión para desarrollar públicamente sus argumentos contra la insurrección, dejando no obstante entrever con una frase de doble sentido, que el partido no se ha pronunciado aún de forma definitiva. Se trata de una grave indisciplina. Trotsky acaba de ser nombrado delegado para ir a la guarnición de la fortaleza de Pedro y Pablo –cuya actitud es vacilante– con el fin de convencerla para que se una al bando de los insurrectos, y su intento se ve coronado por el éxito. Lenin, en dos cartas, una dirigida a todos los miembros del partido y otra al Comité Central, reacciona con mucha violencia. En ellas llama a Zinóviev y Kamenev “carneros”, y exige su expulsión del partido. Más adelante, envía a Rabotchii Put –sustituto de Pravda– un artículo encendidamente polémico contra los adversarios de la insurrección, sin nombrar a Zinóviev y Kamenev. Al haberse visto Trotsky obligado a desmentir que se hubiera decidido la insurrección, Zinóviev y Kámenev utilizan tal declaración para encubrir su comportamiento.

El día 20 de octubre, Rabotchii Put publica simultáneamente la continuación del articulo de Lenin, la declaración de Zinóviev en la que se refiere al mentís de Trotsky, y una nota de la redacción escrita por Stalin en términos conciliadores, que parece implicar un cierto rechazo de la actitud de Lenin. “La aspereza del tono del camarada Lenin no altera el hecho de que permanecemos todos de acuerdo en cuanto a los puntos fundamentales”. Esa misma tarde en la sesión del Comité Central en la que Svérdlov lee la carta de Lenin, Trotsky ataca violentamente a Stalin por su nota conciliadora. Stalin ofrece entonces su dimisión y, más adelante, aboga por la conciliación, pidiendo al Comité Central que se niegue a aceptar la dimisión presentada por Kámenev. En definitiva, la dimisión de Kámenev se acepta por 5 votos contra 4. Zinóviev y Kámenev son conminados por resolución del Comité Central a no volver a hacer pública ninguna posición contra las decisiones del partido.

La decisión de la insurrección se toma por tanto a la vista de todos, en un ambiente ultrademocrático, que desmiente eficazmente la pertinaz leyenda de un partido bolchevique formado por robots. A pesar de la designación por parte del Comité Central de un buró político que ha de encargarse de supervisar los preparativos, éstos se llevan a cabo bajo la dirección del Comité Militar Revolucionario. El 22 de octubre, la tripulación bolchevique del crucero Aurora, recibe la orden de permanecer en el mismo lugar, cuando el gobierno provisional por su parte ha ordenado que leve anclas. El día 23 el comité envía sus delegados a todas las unidades militares, cuyos representantes acaban de publicar un comunicado en el que afirman no reconocer la autoridad del gobierno provisional. Durante la noche el gobierno se decide a actuar, prohibe la prensa bolchevique, clausura sus imprentas y llama a Petrogrado a todos los cadetes de la academia. El Comité Militar Revolucionario envía entonces un destacamento que abre de nuevo la imprenta de Pravda. Durante la jornada del 24, en los cuarteles se distribuyen armas a todos los destacamentos obreros. Durante la tarde los marineros de Kronstadt acuden a Petrogrado. Del Smolny –sede del comité– parten los destacamentos que van a ocupar todos los puntos estratégicos de la capital. Veinticuatro horas más tarde caerá el Palacio de Invierno, tras algunas salvas disparadas por el Aurora. La insurrección ha triunfado.

En el seno del partido bolchevique la polémica parece haberse extinguido con el comienzo de la acción. Kamenev que ha dimitido el día 20 del Comité Central, participa no obstante en su reunión del 24, pasa la noche del 24 al 25 en  el Smolny al lado de Trotsky, encargado de dirigir la insurrección. Lenin ha de unirse enseguida a ellos. Cuando en la tarde del 25 de octubre se inaugura el Congreso de los Soviets, Kamenev es propuesto para ocupar la presidencia en representación del partido bolchevique. En realidad, antes incluso de que el congreso proceda a efectuar la votación que ha de dar a la insurrección el refrendo revolucionario esperado por los dirigentes bolcheviques, el desarrollo del movimiento de masas es una vez más el encargado de eliminar las divergencias. En todo el país se discute en asambleas de obreros, de campesinos y de soldados. En ellas se argumenta, se ataca o se defiende la decisión de la insurrección.

John Reed ha descrito uno de estos debates, celebrado en el regimiento motorizado de ametralladoras. El bolchevique Kirilenko acaba de dar fin a un violento duelo oratorio, que le ha enfrentado con los adversarios de la insurrección –mencheviques y eseristas. Los soldados asistentes votan. Unos cincuenta se sitúan a la derecha de la tribuna, lo que equivale a condenar la insurrección, pero varios centenares de ellos se aglomeran a la izquierda aprobándola. El periodista americano concluye: “Imaginémonos esta lucha repetida en cada uno de los cuarteles de la ciudad, de toda la región, en todo el frente, en toda Rusia. Imaginémonos a todos los Krilenko faltos de sueño que vigilan cada regimiento, que saltan de un lugar a otro, discutiendo, amenazando, suplicando. Imaginemos esta misma escena repetida en todos los locales sindicales, en las fábricas, en las aldeas, a bordo de los barcos. Pensemos en los cientos de miles de rusos, obreros, campesinos, soldados y marineros que contemplan a los oradores, esforzándose intensamente por comprender, y tomar luego una decisión reflexionando con agudeza y decidiendo por fin con tan pasmosa unanimidad. Así fue la Revolución rusa”.[44]

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Notas

Pierre Broue es conocido por sus trabajos como historiador del movimiento obrero internacional. Sus libros sobre el Partido bolchevique, la Internacional comunista, la Revolución española y su reciente biografía de León Trotsky, son de mucho valor. Su última obra sobre la Oposición de Izquierda en la Unión Soviética es otra contribución importante de este prolífico escritor francés. A continuación se presentan  tres capítulos de su trabajo Historia del partido bolchevique de 1962. Aquellos dedicados al tema que nos ocupa, durante el período de surgimiento del partido y de su esplendor durante la Revolución rusa de 1917. La primera impresión de este folleto fue realizada por nosotros en Diciembre de 2004.

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Capítulo 1

1.    Trotsky, Stalin, pág 56

2.    R. Luxemburgo, “Cuestiones organizativas de la social-democracia rusa” (Die Neue Zeit, 1904, n.º 22).

3.    Trotsky, Nashi Politícheskie Zaduchi (Nuestras tareas políticas), 1904. Panfleto traducido y citado por Deutscher en El profeta armado, Ed. Era, págs. 94-96.

4.    Krúpskaya, Ma vie avec Lénine.

5.    Citado por Trotsky, Stalin, pág. 123.

6.    Lenin, “Lettres á Gorki”, 25 de febrero de 1908, Clarté, Nº 71, pág. 10.

7.    Citado por, E.H. Carr, La Revolución bolchevique, Alianza Universidad, t. I, pág. 69

8.    Citado por Carr, ibídem, pág. 69

9.    Lenin, “Lettres á Gorki”, ibídem, pág. 13.

10.  Ibídem.

11.  Citado por Trotsky, Stalin, pág, 218.

Capítulo 2

1.    Citado por Brian Pearce en “Building the bolshevik party”, en Labour Review, nro. 1, 1960, pp. 28-29.

2.    Citado por Pearce, ibídem, pág. 27.

3.    Yaroslaysky, Histoire du PC de l’ URSS, pág. 197.

4.    Lenin, Oeuvres Choisies, t. 1, pág. 464.

5.    Lenin, Selected Works, vol. IX, pág. 92

6.    Lenin, Sochineníya, 3ª ed., vol. VIII, págs. 13-15.

7.    Ibídem, vol. X, pág. 170.

8.    Krúpskaya, Ma vie avec Lénine, pág. 142.

9.    Citado por Trotsky, Ecrits, t. 1, pág. 322.

10. Citado por Zinóviev. Histoire du PCR., págs. 103-104

11. Ibídem, págs. 105-106.

12. Citado por John Daniels, Labour Review, nro. 2, 1957, pág, 48

13. Citado por Brian Pearce, op, cit, pág. 29.

14. Citado por John Daniels, op. cit., pág, 48.

15. Krúpskaya, op. cit., pág. 77.

16. Badaiev, Les bolcheviks au Parlement tsariste, pág, 49.

17. Piatnitsky, Souvenirs d’ un, bolchevik, pág. 148

18. Badaiev, op. cit., pág 215.

19. Deutscher. El profeta armado

20. Shliapníkov, “A la veille de 1917”, Bull. com., dic. 1923, pág. 598

21. Piatnitsky, op. cit., págs. 100-101.

22. ibídem , págs. 136-138.

23.  Yaroslavsky, op. cit., pág. 163.

24.  Schapiro, The Communist Party Of The Soviet Union, págs. 107-108

25.  Ibídem, pág. 130.

26.  Yaroslavsky, op. cit., pág. 164.

27.  Citado por Bobrovskaia, Le premier président de la république du travail, pág. 14.

28.  Trotsky, Stalin, pág. 73.

29.  Lenin, Sochineniya, 3ª ed., vol, XII, pág. 393

Capítulo 3

1.    Lenin, Obras Escogidas, Ed. Progreso t. 1, pág. 535-536.

2.    Ibidem, pág. 540.

3.    Trotsky, 1905, Resultados y Perspectivas, Ed. Ruedo Ibérico, t II, pág. 171

4.    lbidem, pág. 199.

5.    Ibídem, pág. 237.

6.    Anweiler, Die Rätebewegung in Russland, págs. 49-52.

7.    Ibídem, págs. 53-58.

8.    Ibídem, pág. 100.

9.    Ibídem, pág. 103.

10.  Ibídem, pág. 103.

11. Trotsky, Historia del Soviet (Istoria Sovieta Rabóchij Deputátov), citada por Deutscher, El profeta armado, págs. 145-146.

12. Ibídem,

13. Trotsky, “Discurso ante el tribunal, 19 de septiembre de 1906”, citado por Fourth International, marzo de 1942., pág. 85.

14. Cahiers du bolchevisme nº 24, agosto de 1925, pág. 1511

15. Ibídem, pág. 1512

16. Citado por Deutscher, op, cit:., pág, 203.

17. Ibidem. pág 205.

18. Ibídem. pág. 221.

19. Citado por E. H. Carr, t. 1, pág. 92.

20. Trotsky, 1905.

21. Citado por Carr. op. cit. 1, págs. 94-95.

22. Lenin, Oeuvres Complétes, t. XXIV, pág. 12.

23. Ibídem. pág. 13.

24. Ibídem, pág. 15.

25. Lenin, Oeuvres choisies, t. II, pág. 23

26. Ibídem, pág. 15.

27. Yaroslavsky, op. cit., pág. 262.

28. Ibídem, pág. 263.

29. Lenin, Oeuvres Complétes, t. XXIV, pág. 35

30. Yaroslavsky, op. cit,., pág. 263.

31. Lenin. Oeuvres Complétes, t. XXIV. págs.28-29.

32. Según Shlniapníkov. (N. del T.)

33. Deutscher. op. cit., pág. 238.

34. Kaganóvitch, “Discurso pronunciado en el Instituto de profesores rojos”, Corr. Int. n.º 114, 23 de diciembre de 1931, pág. 1260.

35. R.V. Daniels, The conscience of revolution, pág. 49.

36. Lenin, Oeuvres Complétes, t. XXV, pág. 243.

37. Ibídem, t. XXVI, págs. 10-12.

38. Ibídem, pág. 12.

39. Ibídem, pág. 18.

40. Ibídem, pág. 51.

41. Ibídem, págs. 78-79.

42. Ibídem, pág. 139.

43. Bunyan y Fisher, The bolshevik revolution, págs. 59-62.

44. Reed, op. cit., pág. 153.

45. Bunyan y Fisher. op. cit. pág. 204.

46. Lenin, Oeuvres Complétes, t. XXVI. pág. 293.

47. Pravda, 21 de noviembre de 1917, citado por Serge en El año I de la revolución rusa, Ed. Siglo XXI pág. 104.

48. Lenin. Oeuvres Choisíes, t. II, pág. 150.

49. Citado por Trotsky, Histoire, t. III, pág. 364,

50. Deutscher, op. cit., pág. 310..

51. Lenin, Oeuvres Choisies., t. II, pág. 150

52. Ibídem, pág. 282.

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