Marx. Socialista revolucionario

Este folleto señala los hilos clave del pensamiento de Marx y los expone al lado de una descripción de cómo Marx se desarrolló políticamente. Empezando de los tempranos días estudiantiles de Marx, considera cómo los pensadores radicales de la época empezaban a ver que la sociedad y la vida se basaban en la realidad material, para luego trazar el desarrollo de Marx por la ruta del materialismo histórico. Nunca da la impresión de que Marx fuese meramente un filósofo. Citando las palabras famosas de Marx —“los filósofos sólo interpretaron el mundo; de lo que se trata es de transformarlo”— nos revela un Marx inmerso en las actividades combativas de la época, ayudando a crear la Primera Internacional y participando en sus reuniones. Muchos de los escritos de Marx surgieron de estas actividades: el Manifiesto Comunista es el mejor ejemplo. Pero también nos muestra cómo la experiencia de la Comuna de París ayudó a Marx a desarrollar sus teorías del Estado y de la organización política.

MIKE GONZÁLEZ (2005)

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1. NACE UN REBELDE INSOLENTE

Karl Marx era revolucionario. Ya viejo, él solía decir que a veces cuando miraba a la gente que se decía marxista, se preguntaba si él mismo lo era. Desde su muerte en 1883, su nombre se ha invocado en muchas ocasiones para justificar la tiranía y la explotación, tergiversando todo lo que él creía y defendía. Sin embargo, a finales de los años 90, el Manifiesto Comunista que escribió junto con su colaborador de toda la vida, Friedrich Engels, para sorpresa de muchos, fue un éxito comercial en las librerías. Y al iniciarse el siglo XXI, en un sondeo realizado por la BBC de Londres, para conocer la opinión de los radioescuchas sobre quién era el filósofo más importante de todos los tiempos, Marx quedó en primer lugar.

No es correcto, pero, llamarle filósofo. El mismo Marx insistió en que “los filósofos sólo interpretaron el mundo; de lo que se trata es de transformarlo”. Esta frase famosa marca un momento clave en el desarrollo de Marx, pues precisamente es entonces cuando el filósofo comienza a transformarse en el pensador revolucionario.

Karl Marx nació en 1818, hijo de una familia judía acomodada de Trier, en la Tierra del Rin, en Alemania. A principios de siglo los ejércitos de Napoleón ocuparon brevemente el pueblo, antes de que fuera devuelto a un estado prusiano controlado por una monarquía absoluta. La estancia de Napoleón en el lugar fue corta, pero sin embargo dejó allí las ideas de cambio y libertad que propulsó la revolución francesa.

El padre de Marx, Hirschel, solía soltar comentarios públicos sobre la necesidad de un sistema político auténticamente representativo; y denunciaba repetidamente la discriminación sufrida por los judíos de Prusia. Heinrich (se había cambiado de nombre al convertirse al protestantismo) estaba muy lejos de ser un revolucionario; sin embargo, no podía dejar de responder a los nuevos aires que soplaban por Europa y el joven Karl, seguramente, absorbió algunas de las ideas liberales de su padre.

Su padre insistió en que el joven Karl estudiara derecho: “¡Una profesión útil!” Así fue como a la edad de 17 años, Marx entró en la Facultad de Derecho de la Universidad de Bonn. Pero la verdad es que le interesaba mucho más la poesía, el vino y la filosofía, intereses que se debieron en parte a la influencia de Ludwig von Westphalen, amigo rico de la familia, que le hizo conocer a Shakespeare y a los poetas griegos. En 1843, la hija de Ludwig, Jenny von Westphalen, se convertiría en la esposa y compañera de vida de Marx.

El entusiasmo de Marx por la filosofía era mucho más que una simple preferencia académica. En la época en que estudiaba, los debates filosóficos servían de oportunidad para plantear cuestiones sobre la sociedad, la historia y las potencialidades del hombre. Un escritor destacado influía más que los demás en estas polémicas apasionadas: Friedrich von Hegel. Hegel había apoyado con entusiasmo la revolución francesa, creyendo que daría inicio a la época en que las actividades humanas serían determinadas por la razón. Pero para cuando Marx llegó a conocer sus ideas, Hegel se había vuelto conservador. Ahora pensaba que Dios representaba el colmo de la racionalidad y que su expresión material más avanzada era el Estado prusiano, represivo y autoritario.

Marx llegó de Trier con sus ideas liberales a cuestas y por eso le atrajo un grupo de jóvenes estudiantes, quienes se dedicaron a “poner patas arriba al maestro”: los Jóvenes Hegelianos.(1) Ellos se identificaban con el primer Hegel, el pensador revolucionario. Eran ateos y liberales, además de bohemios y estupendos compañeros de parranda, como descubrió Marx cuando se trasladó a Berlín y se inscribió en el Club de los Doctores, donde su melena y su barba eran reconocidas señales de radicalismo.

A los Jóvenes Hegelianos y su entorno les unía la hostilidad contra el opresivo Estado prusiano. Para ellos, la revolución francesa significaba la Iluminación y el cambio, ideas progresistas capaces de transformar una Alemania feudal en una democracia capitalista moderna.

Marx mismo ya había sobrepasado las ideas que absorbió durante las reuniones en la casa paterna. Sin embargo, el círculo de empresarios progresistas amigos de su padre financiaba el Rheinische Zeitung, periódico radical que se oponía al Estado prusiano feudal y que Marx empezó a editar al volver a su pueblo natal en 1841.

La vida de Marx, de aquí en adelante, está marcada por la interrelación entre sus ideas en desarrollo y los hechos sociales y políticos. Un temprano ejemplo se refería al derecho tradicional de los campesinos de recoger madera en el bosque. Una nueva ley definía como robo esa actividad, por ser el bosque propiedad privada. Los terratenientes y los nuevos empresarios industriales, que financiaban el periódico de Marx, estaban de acuerdo en que era irrefutable la nueva ley. Quedaba claro que una economía capitalista, fundada en la propiedad privada, no daría garantía alguna a los pobres ni a los que carecían de propiedad. De allí sacó Marx la conclusión de que un Estado que existía para proteger la propiedad privada nunca podría ofrecer real protección a las clases trabajadoras.

Esto, para Marx, representaba un primer gran paso hacia un entendimiento de la sociedad en términos de clase. Cuando expresaba sus nuevas ideas en el periódico, el censor del Estado prusiano concluyó que estas ideas justificaban su cierre y la expulsión de su editor, quien se volvía “cada vez más insolente”. Otros periódicos alemanes de vanguardia estaban enfrentando el mismo destino. Por eso Karl y Jenny decidieron, al poco tiempo, mudarse para Francia. A la familia aristocrática de Jenny le molestaba el periodista pobre y cada vez más radical con quien ella había vinculado su vida. Pero, para Karl y Jenny, estas opiniones nunca tuvieron mayor importancia.

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2. MUDANZAS. HACIA PARÍS

Muchos exiliados alemanes se fueron a París. Allí el relevo para la difusión de las ideas progresistas pasaría a un periódico nuevo, el Deutsche Französische Jahrbücher. En octubre, Marx invitó al filósofo Ludwig Feuerbach(2) a colaborar en la revista con un artículo que presentaba su argumento clave: las ideas son producto del ser social, las creencias de la gente se conforman según las circunstancias materiales y sociales en las que viven. Ésta, fue una concepción extraordinariamente importante, que le permitió a Marx ir más allá de Hegel e incluso de los Jóvenes Hegelianos. Es cierto que la discusión seguía siendo bastante abstracta, pero partía de la base de que la transformación del mundo era un proceso material; lo importante era revolucionar las condiciones reales de la vida. En el curso de ese proceso surgirían ideas y posibilidades nuevas.

Este cambio en el pensamiento de Marx, por lo demás fundamental, no era solamente un salto intelectual. En Francia se encontró con la realidad de un movimiento masivo de la clase trabajadora, en el contexto de una sociedad industrial en desarrollo. En ese movimiento las ideas socialistas y comunistas ya tenían arraigo, no sólo entre los trabajadores franceses, sino también entre los trabajadores alemanes, más de 40.000, que migraron a ese país. A Marx le conmovió lo que él llamaba la “frescura y nobleza” de aquellos activistas obreros:

“Es precisamente entre estos ‘bárbaros’ de nuestra sociedad civilizada con los que la historia está preparando el elemento práctico para la emancipación de la humanidad”

Del Jahrbücher se editó un solo número. Los ejemplares enviados clandestinamente a Alemania fueron interceptados, provocando la rabia de los censores estatales. Se publicaron órdenes de detención contra Marx y otros, y la editorial que producía la revista se atemorizó. No era la primera vez, y seguramente no sería la última, que Marx se enfrentaba, debido a este incidente, con una ausencia real de perspectivas, sumándose a ello la carencia de un presupuesto doméstico. Pero, al mismo tiempo, la situación le ofrecía una oportunidad para leer y desarrollar sus ideas, enfrentadas en serias polémicas, a menudo furiosas, con otros compañeros del movimiento. Sus apuntes de esta época no se redescubrieron hasta mucho más tarde, cuando se publicaron bajo el título de los Manuscritos Económico-Filosóficos de 1844, o los Manuscritos de París.

Marx tenía apenas 26 años; sin embargo, estos escritos marcaron un gran paso adelante en cuanto a su comprensión de la experiencia del trabajo en una sociedad capitalista.

El vocablo “enajenación” no fue inventado por Marx; pero mientras los filósofos anteriores la entendieron como una condición psicológica, o como una característica de aquellos a quienes les faltaba conciencia, Marx la interpretó como producto de las condiciones materiales del trabajo:

“El obrero es más pobre cuanta más riqueza produce, cuanto más crece su producción en potencia y en volumen. El trabajador se convierte en una mercancía tanto más barata cuantas más mercancías produce. La desvalorización del mundo humano crece en razón directa de la valorización del mundo de las cosas. El trabajo no sólo produce mercancías; se produce también a sí mismo y al obrero como mercancía…

Este hecho, por lo demás, no expresa sino esto: el objeto que el trabajo produce, su producto, se enfrenta a él como un ser extraño, como un poder independiente del productor. El producto del trabajo es el trabajo que se ha fijado en un objeto, que se ha hecho cosa…que ahora aparece… como desrealización del trabajador, la objetivación como pérdida del objeto y servidumbre a él, la apropiación como extrañamiento, como enajenación.”

(Karl Marx, Manuscritos Económico-Filosóficos de 1844)

Esta gran paradoja es el fundamento de las ideas de Marx. Los seres humanos transforman el mundo con su trabajo, creando así los instrumentos de su propia liberación. Y sin embargo, bajo el capitalismo los productores se encuentran cada vez más alejados de la posibilidad de liberarse. Todo lo que producen se les sustrae para convertirse en objetos que se compran y venden, en mercancías, sobre las cuales el trabajador, el productor, no tiene control alguno.

Esto ocurre como consecuencia de las relaciones sociales que prevalecen. En el sistema clasista, una clase es propietaria de todo lo que se produce, mientras que la otra clase, la mayoritaria que produce los bienes, posee solamente su fuerza de trabajo, que el capitalista compra y vende como si fuera una mercancía más y lo que determina qué y cómo se produce es el deseo del capitalista de obtener ganancias y no las necesidades de la sociedad en general.

Para los trabajadores, pues, la única manera de superar la enajenación es montar una lucha práctica contra los capitalistas. Ese mismo año de 1844, la lucha de los tejedores de Silesia, en Alemania, ofreció a Marx un ejemplo vivo de cómo los trabajadores podían luchar contra el sistema. Analizando su propio país, Marx veía a una clase de capitalistas e industriales demasiado débiles para enfrentar y derrotar un poderoso estado, como habían hecho sus congéneres franceses en 1789. Sólo la clase trabajadora sería capaz de enfrentarse a él.

Algunos contemporáneos de Marx discreparon, insistiendo en que los trabajadores alemanes no tenían el nivel de conciencia política necesario. Marx respondió, con bastante desprecio, que les sobraba conciencia de clase y citó como ejemplo la experiencia de los tejedores de Silesia. La defensa apasionada de este grupo de obreros señalaba la enorme distancia recorrida por Marx y cómo se alejaba de sus colegas de antaño.

Los economistas ingleses, que describieron el funcionamiento del sistema capitalista de producción, hicieron un aporte de primera importancia a la nueva comprensión de Marx. Ahora empezaba a hablar de “la autoemancipación de la clase trabajadora”, pues sus nuevas ideas ya eran contribuciones a la causa revolucionaria. Ahora entendía que lo que impulsaba la historia eran fuerzas sociales persiguiendo fines económicos y no fuerzas externas a ellas, sea Dios o la razón.

Al proponer su crítica a la religión, Feuerbach había acompañado a Marx en una parte de su viaje. Pero a éste le faltaba aún otra parte, la que le permitiría afirmar que la historia avanzaba bajo el impulso de las acciones humanas, y que la transformación de la conciencia humana era, a su vez, producto de la lucha por transformar el mundo material y las condiciones de producción.

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3. DIEZ DÍAS QUE ESTREMECIERON AL MUNDO(3)

Karl Marx y su gran colaborador Friedrich Engels se conocieron por primera vez en 1844.(4) Hijo de un industrialista, Engels ya había pasado tiempo en la fábrica de su padre en Manchester, en el norte de Inglaterra. Allí pudo ver “la situación de la clase obrera”, su pobreza y la explotación que sufrían en las nuevas fábricas. Veía las terribles condiciones en las que trabajaban y vivían los que hacían funcionar la maquinaria productiva del capitalismo industrial. Engels tenía un contacto íntimo con el creciente movimiento de masas —el Cartismo(5)— que empezaba ya a organizar la resistencia obrera ante los horrores de esta nueva sociedad.

Los dos jóvenes pensadores (Engels tenía tres años menos que Marx) conocían sus escritos antes de su encuentro en París. Esta fue la coincidencia de dos cerebros afines, la reunión de dos revolucionarios que compartían una convicción. Ahora les correspondía la tarea de desarrollar una nueva visión del mundo, una visión comunista.

Pero antes que nada, había que ganar una batalla en el interior del movimiento obrero, contra otros elementos que aún mantenían una cierta influencia entre los trabajadores alemanes. La Sagrada Familia es una larga polémica, a veces muy difícil de seguir, con esos elementos, entre ellos los Jóvenes Hegelianos que acompañaron a Marx durante el primer tramo de su viaje intelectual. Lo que distingue a Marx y Engels de sus antiguos aliados es su negativa a entrar en discusiones sobre las ideas desligadas del contexto y las tareas políticas:

“Las ideas no realizan nada en absoluto. Para que las ideas se cumplan son necesarios hombres capaces de darles una expresión práctica.”

(Marx y Engels, La Sagrada Familia)

A partir de ese momento, Marx y Engels se dedican a construir la organización que prepararía la revolución, o sea lo que Engels denominaba “la guerra abierta de los pobres contra los ricos”. Sus actividades llamaron la atención de los agentes del estado tanto en Francia, donde vivía Marx, como en Alemania donde Engels se encontraba hablando con grupos de obreros y organizaciones políticas. El periódico en lengua alemana donde aparecían los artículos de Marx, Vorwärts, fue cerrado por las autoridades francesas en las últimas semanas de 1844 y, unas semanas más tarde, el Gobierno de Francia expulsó a Marx bajo la presión del Estado alemán. Engels salió de Alemania dos meses después, convencido de que la orden de expulsión contra él no tardaría en llegar.

Los dos revolucionarios se volvieron a encontrar en Bruselas, Bélgica, donde todavía existía una cierta tolerancia política, aunque siempre bajo la vigilancia de la policía de inteligencia. Marx ya estaba escribiendo sus Tesis sobre Feuerbach y La ideología alemana.

Son trabajadores reales en circunstancias concretas quienes hacen las revoluciones, insistía, y Engels aportaba las evidencias, tanto de las luchas obreras como de las condiciones materiales en que vivían, condiciones que Marx había descrito en términos generales en sus Manuscritos de 1844. La filosofía, entender el mundo a través de las ideas, ahora cedía su lugar a la práctica revolucionaria, forjando los instrumentos que serían capaces de terminar con el capitalismo y la enajenación. Esta nueva práctica, el marxismo, sería la teoría y la práctica de la revolución proletaria.

Marx y Engels expresaron su nueva visión en La ideología alemana, donde el comunismo se definía como “la doctrina de las condiciones para la emancipación de la clase trabajadora”. Las Tesis sobre Feuerbach, en sólo tres páginas y once definiciones clarísimas, expresaban con dramática fuerza hasta qué punto ambos rompían con todo lo anterior. Los Jóvenes Hegelianos, por ejemplo, sostenían que la conciencia y las ideas producían las acciones; por eso despreciaban la huelga de los tejedores de Silesia, argumentando que a esos trabajadores les faltaba aún “la conciencia adecuada”. Con igual desprecio, Marx respondió que los seres humanos cambian su forma de pensar al transformar el mundo que los rodea:

“La coincidencia de la modificación de las circunstancias y de la actividad humana sólo puede concebirse y entenderse racionalmente como práctica revolucionaria. …los hombres que desarrollan su producción material y su trato material cambian también, al cambiar esta realidad, su pensamiento y los productos de su pensamiento. No es la conciencia la que determina la vida, sino la vida la que determina la conciencia”

(Marx y Engels, La ideología alemana)

Entender esto significaba para Marx y Engels ver también cómo las ideas se emplean para mantener las divisiones de clase. Lo expresaron así en La ideología alemana:

“Las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes en cada época; o, dicho en otros términos, la clase que ejerce el poder material dominante en la sociedad es, al mismo tiempo, su poder espiritual dominante. La clase que tiene a su disposición los medios para la producción material dispone con ello, al mismo tiempo, de los medios para la producción espiritual… Las ideas dominantes no son otra cosa que la expresión ideal de las relaciones materiales dominantes, las mismas relaciones materiales dominantes concebidas como ideas; por tanto, las relaciones que hacen de una determinada clase la clase dominante, o sea, las ideas de su dominación.”

(Marx y Engels, La ideología alemana)

Lo que parece ser del sentido común, una verdad universal, en realidad pertenece a lo que Marx denomina la ideología: en otras palabras, la forma de ver y entender el mundo desde la perspectiva de una clase. Y esa clase controla no sólo los medios de producción, sino también en gran medida los medios de representación y de explicación. El nacionalismo, por ejemplo, parte de la base de que todos los que pertenecen a una nación comparten los mismos intereses; sin embargo, esto sólo sirve para ocultar conflictos de clase profundamente arraigados en el seno de la sociedad. La ideología mantiene la cohesión social para beneficio de las clases dominantes, y al mismo tiempo oculta sus intereses tras una careta de verdades universales.

Esto sólo funciona, sin embargo, reforzándose con regularidad. La experiencia cotidiana constantemente recuerda a la gente que el mundo que habitan es injusto, desigual y dividido. En el pasado, le correspondía a la iglesia propagar y reforzar la ideología dominante. En nuestra sociedad, le toca a la educación por un lado y a la cultura de masas por otro diseminar y respaldar esas ideas. El choque entre la experiencia de la mayoría explotada y la ideología dominante, sin embargo, genera la posibilidad de que las nuevas ideas radicales tengan arraigo. Cuando los trabajadores entran en una revuelta abierta contra el sistema, es muy probable que se ganen millones de ellos para las nuevas ideas —ideas que reflejen fielmente sus intereses reales de clase.

De esta manera llegó Marx a la famosa conclusión, a sus Tesis sobre Feuerbach:

“Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo”.

Para Marx, lo importante era intervenir activamente en las luchas por la transformación social. A partir de ese momento, y durante el resto de sus vidas, Marx y Engels dedicaron todas sus energías a este proyecto.

En 1845, Marx acompañó a Engels a Inglaterra donde se reunieron con dirigentes cartistas entre otros. A insistencia de ellos se convocó ese mismo año una reunión de socialistas residentes en Londres. Ni Marx, ni Engels pudieron asistir, pero esta reunión era una clara señal que apuntaba hacia el futuro. Los dos hicieron hincapié en el carácter internacional del capitalismo y abogaban por una respuesta, de parte de la clase trabajadora, que fuera igualmente capaz de atravesar fronteras. De regreso a Bruselas, formaron los Comités de Correspondencia Comunista, antecesores de la Internacional. El objetivo de esos comités era poner en marcha el proceso de “ganar al proletariado europeo a nuestras convicciones”.

Los comités podrían verse como el embrión de un partido político capaz de relacionarse directamente con las luchas de la clase trabajadora. Era lo más lógico. Pero cabe recordar que, la idea de que los revolucionarios debían trabajar en y con la clase obrera, cuya liberación sería la fuerza motriz de la revolución, no la compartían todos los que se decían comunistas. Bajo ningún concepto.

Aunque el ritmo de estudio y escritura de Marx nunca amainó, lo que más le preocupaba, en lo inmediato, a él y también a Engels, era la organización. Nadie podía prever los acontecimientos revolucionarios de 1848; sin embargo, ya se sentía un cambio en el aire. Ellos se dedicaban ahora a reunir a los dirigentes del socialismo europeo para aclarar la naturaleza de sus relaciones con el movimiento obrero. Como en tantas otras ocasiones, ese proceso aclaratorio producía polémicas feroces con otras tendencias en el interior del movimiento, cuyas ideas apuntaban a conclusiones organizativas muy diferentes.

Las ideas de Pierre-Joseph Proudhon, por ejemplo, expresaban las convicciones de artesanos y trabajadores calificados, argumentando la creación de asociaciones que pudieran operar al margen de los circuitos del capital. Pero Proudhon era hostil a los sindicatos y “opuesto a la revolución”. Aún más influencia tenía gente como el sastre radical Wilhelm Weitling quien, al igual que el francés Auguste Blanqui, seguía siendo escéptico en cuanto a la disposición de los trabajadores a hacer la revolución. Y, a menos que se les convenciera, según ellos, esta tarea debía corresponder a los pequeños grupos conspirativos que actuarían de su parte. Pero ninguno de los dos, ni tampoco sus seguidores, parecía dispuesto a cuestionar sus conclusiones, a pesar del fracaso de todos los intentos por realizar el cambio social con estos métodos.

Para Marx y Engels, estas ideas significaban un obstáculo real para la construcción de una organización revolucionaria según el modelo del Cartismo: es decir, una organización obrera de masas.

Para finales de 1845, sus ideas iban ganando nuevos adeptos, sobre todo en la Liga de los Justos, con sede en Londres, que era mucho más abierta a la influencia cartista que las demás ramas europeas del grupo. En principio, se manifestaba una cierta suspicacia hacia los “intelectuales europeos”, porque sus ideas parecían tener mucho dominio más allá del Canal de la Mancha. Sin embargo, para Marx y Engels lo urgente era la creación de un ‘partido’, o al menos algún tipo de organización común. Esa sería la forma de medir la aceptación de sus ideas. Desde Bruselas agitaban para que se reunieran con regularidad los Comités de Correspondencia. Empezaron a discutir cuestiones de táctica y estrategia: por ejemplo, cómo establecer una relación entre los comunistas y los reformistas liberales alemanes. La constante actividad era la mejor respuesta para quienes los acusaban de ser meros intelectuales.

Mientras que en Alemania el ambiente se volvía cada vez más tenso y en Inglaterra el movimiento cartista seguía creciendo, Marx y Engels se dedicaban al desarrollo de la organización política y sus escritos eran aportes a ese trabajo.

En ese momento, la célula de la Liga de los Justos de Londres hizo un llamado a una reunión internacional en la capital inglesa, para el primero de mayo de 1847. No se consultó a Marx y Engels, pero se envió un representante a Bruselas para convencerlos de que se inscribieran en la Liga y asistieran a la reunión. Era una señal clara de la creciente autoridad política de la que gozaban los dos en el movimiento.

De hecho la reunión se realizó en junio de 1847, convirtiéndose ésta en el primer Congreso de la Liga Comunista cuya finalidad, según su primer manifiesto, era:

“…el derrocamiento de la burguesía, la dominación del proletariado, la supresión de la vieja sociedad burguesa, basada en los antagonismos de clase, y la creación de una nueva sociedad, sin clases y sin propiedad privada”.

Adoptó como su contraseña: “Proletarios del mundo, uníos”. Sólo Engels y su colaborador cercano William Wolff pudieron asistir a la reunión; Marx se quedó en Bruselas. Sin embargo ya era obvia la influencia del “partido de Marx y Engels”. Mientras más se acercaba el segundo Congreso de la Liga, en noviembre del mismo año, y en la medida en que los objetivos de la organización se hacían cada vez más claros, se hacía también más evidente esta influencia.

Decía Engels:

“El comunismo no es una doctrina sino un movimiento; procede no de principios sino de los hechos. Y en la medida en que sea teoría, es la expresión teórica de la postura del proletariado en la lucha… y de las condiciones para su liberación.”

El congreso de noviembre reunió a delegados de varios países que debatieron y discutieron, durante días, acerca del tipo de movimiento que había que construir. Marx y Engels estaban presentes y, cuando finalmente se llegó a un acuerdo general, a ellos se les encargó la redacción del manifiesto de la nueva organización.

En Bruselas, Marx parecía vacilar, o al menos se demoró en escribir el texto, a pesar de ser un hombre capaz de producir cientos de páginas en cuestión de días. Pero conforme se iba acercando la fecha tope, pareció animarse. Hacia finales de febrero de 1848 el Manifiesto Comunista, la mayor parte escrita por Marx pero publicada bajo el nombre de Marx y Engels, fue enviada a la imprenta. Cuando llegó a la calle, unos pocos días más tarde, Europa ya había estallado en llamas.

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4. CON LA MAREA REVOLUCIONARIA

Uno de los grandes logros de Marx era, antes de estos hechos, haber escrito la obra que tan fielmente expresaba el espíritu de 1848. Es testimonio de la perspectiva política sobre el mundo que insiste en tomar como su punto de partida la realidad material de su época, identificando las tensiones y conflictos que yacen, a veces ocultos, bajo la superficie. Ellos, Marx y Engels, entendieron que, como decía la famosa primera frase del Manifiesto Comunista:

“Un espectro recorre Europa, el espectro del comunismo.”

Este no es un panfleto político cualquiera; es un manifiesto apasionado y visionario. Para un lector del siglo XXI, o de cualquier momento desde su primera publicación, tiene un tono profundamente contemporáneo. El mundo que describe es instantáneamente reconocible hoy en día. Sin embargo, cuando el Manifiesto salió a la luz pública, era un mundo en ciernes aún. El capitalismo industrial que Marx entendió tan profundamente estaba apenas en la primera fase de su desarrollo. Ya Marx y Engels habían desenmascarado la realidad de la explotación, que era el fundamento del sistema en su totalidad, y el impacto deshumanizador de la búsqueda de la plusvalía. Pero lo hicieron cuando aún no podían saber hasta qué punto sus palabras resultarían poderosamente ciertas para todas las generaciones posteriores.

“La burguesía no puede existir si no es revolucionando incesantemente los instrumentos de la producción, que tanto vale decir el sistema todo de la producción, y con él todo el régimen social. Lo contrario de cuantas clases sociales la precedieron, que tenían todas por condición primaria de vida la intangibilidad del régimen de producción vigente… La época de la burguesía se caracteriza y distingue de todas las demás por el constante y agitado desplazamiento de la producción, por la conmoción ininterrumpida de todas las relaciones sociales, por una inquietud y una dinámica incesantes… Las relaciones inconmovibles y mohosas del pasado, con todo su séquito de ideas y creencias viejas y venerables, se derrumban, y las nuevas envejecen antes de echar raíces… Todo lo que se creía permanente y perenne se esfuma, lo santo es profanado, y, al fin, el hombre se ve constreñido, por la fuerza de las cosas, a contemplar con mirada fría su vida y sus relaciones con los demás…

La necesidad de encontrar mercados espolea a la burguesía de una punta u otra del planeta. Por todas partes anida, en todas partes construye, por doquier establece relaciones.”

(Marx y Engels, Manifiesto Comunista)

Requiere un esfuerzo de parte del lector recordar que esto se escribió antes de que la búsqueda del petróleo consumiera Oriente Medio y lo transformara en campo de batalla, entre intereses cuyas sedes se radicaban a medio planeta de distancia, antes de que Nike y Coca-Cola imprimieran su marca en mil culturas distintas, antes de que una decisión tomada en la Bolsa de Londres pudiera destruir la vida de miles de personas al otro lado del planeta.

Lo impresionante aquí no es sólo lo preciso del análisis y la descripción del funcionamiento y los impulsos del sistema capitalista. Lo es también la emoción y la fuerza expresada en la exposición de la denuncia que fundamenta las palabras. Porque a fin de cuentas, este es un manifiesto comunista que reconoce la dinámica agresiva del capitalismo, pero que busca destruir el sistema y no halagarlo. La cuestión es, ¿quién será el sepulturero?

Marx da la respuesta más adelante. Conforme el capitalismo va surgiendo de la sociedad anterior, el pequeño taller será absorbido por la gran fábrica. Los pequeños granjeros y campesinos acaban de peones en el sistema de producción intensificado de la agricultura moderna que abastece las crecientes ciudades, los pequeños comerciantes quedan marginados por las cada vez mayores unidades del comercio nacional e internacional… y se empiezan a formar las BP y las Halliburton.

Los trabajadores atraídos por las nuevas industrias de la ciudad se encuentran allí ante una nueva tiranía:

“La industria moderna ha convertido el pequeño taller del maestro patriarcal en la gran fábrica del magnate capitalista. Las masas obreras concentradas en la fábrica son sometidas a una organización y disciplina militares. Los obreros, soldados rasos de la industria, trabajan bajo el mando de toda una jerarquía de sargentos, oficiales y jefes. No son sólo siervos de la burguesía y del Estado burgués, sino que están todos los días y a todas horas bajo el yugo esclavizador de la máquina, del contramaestre, y sobre todo, del industrial burgués dueño de la fábrica.”

Al principio, perseguidos y acosados por los empresarios y amenazados por los jefes, los trabajadores no oponen resistencia organizada, aunque de vez en cuando expresan su rabia y frustración destruyendo las máquinas que los atan al trabajo. Sin embargo, la máquina no es el enemigo, sino los fines a los que sirve. He ahí, según Marx, la paradoja; cuanto más capaces sean los seres humanos de producir, tanto más se acerca la posibilidad de liberarlos de la esclavitud del trabajo. Pero, bajo el capitalismo se suprime esta posibilidad y, en vez de liberar a la humanidad, la máquina esclaviza cada vez más. Pero otra cosa está pasando al mismo tiempo. El proletariado, la clase trabajadora, se traslada hacia las ciudades y se va concentrando conforme la producción se vuelve más sofisticada y más mecanizada, para permitir que los empresarios incrementen sus ganancias. Pero esto a su vez da a los trabajadores un creciente poder colectivo que les permite organizarse y retar a los dueños de la maquinaria.

Para Marx, entonces, el sujeto de la revolución socialista es la clase trabajadora, pero no porque la idealizara de manera alguna, ni la creyera más fuerte ni más combativa, ni porque esté exenta de las contradictorias actitudes que produce la sociedad capitalista. Individualmente los trabajadores pueden ser capaces de ser tan egoístas, o sexistas, o crueles como cualquier otro ser humano. Lo que a Marx le convencía del papel revolucionario del proletariado era la posición única que ocupaba en esta nueva sociedad capitalista, que a la vez creaba el interés por cambiar la sociedad y al mismo tiempo la fuerza, al menos en potencia, para hacerlo. Desde luego, esta es una clase sin propiedad cuya única arma es su poder colectivo.

Marx escribió la mayor parte del Manifiesto Comunista en Bruselas, sentado en el café del Perico Azul en la plaza central, la Place de la Ville. Lo mandó a la imprenta en febrero de 1848. Para cuando salió a la venta, llegaban noticias de las barricadas de París y de los enfrentamientos en las calles de la ciudad. Guizot, el odiado primer ministro, dimitió y al día siguiente abdicó el rey. En cuestión de semanas el espíritu de insurrección alcanzó Berlín y cayó otro gobierno más. Engels escribió en tono entusiasta: “Las llamas de las Tullerías y el Palais-Royal iluminan el alba del proletariado… Dondequiera el dominio de la burguesía cae bajo su propio peso… y esperamos que Alemania siga dentro de poco.”

Las autoridades belgas se asustaron ante las llamas que se extendían por Europa y se esfumó su tolerancia hacia los Marx. En marzo, expulsaron a Marx hacia París, ahora declarada por él como la nueva sede de la Liga Comunista. Engels también llegó y se juntó con Marx. Los dos empezaron a preparar su viaje de regreso a Alemania. Pero entre los exiliados que planeaban el mismo viaje, se armó una tremenda polémica. Algunos querían montar una expedición armada, una “legión alemana”, propuesta que Marx rechazó con su acostumbrado vigor. Para Marx, la clave era impulsar la organización de un movimiento obrero dentro del marco del movimiento democrático más amplio. En abril, Marx ya se encontraba de regreso en Alemania, preparándose para editar un nuevo periódico diario en Colonia, el Neue Rheinische Zeitung (NRZ), su arma de intervención en el debate político, en el movimiento revolucionario. En su mejor época, el periódico llegó a vender 5.000 ejemplares.

Cuatro años antes la primera versión del diario contaba con el apoyo de las clases medias frustradas de Alemania. Esta vez estaban mucho menos dispuestas a apoyar la empresa de Marx, que criticaba tan duramente las nuevas instituciones surgidas a raíz de la caída del antiguo régimen, por ejemplo la nueva Asamblea Nacional. A través de Alemania se estaban formando grupos obreros, aunque sus reivindicaciones solían enfocarse en cuestiones económicas inmediatas o demandas limitadas a la conquista de derechos civiles. Cuando salió el NRZ en junio, Marx y Engels esperaban que fuera un foco organizativo para los comunistas.

Y, ¿qué pasaba con la Liga Comunista? Tanto Marx como Engels estaban convencidos de que era todavía demasiado pequeña como para influir en los acontecimientos que imbricaban a miles de personas en actividades públicas. En un momento de grandes cambios y trastornos, lo importante era encontrar la manera de tener influencia sobre un movimiento más amplio y evitar que los comunistas se ubicaran al margen o, peor aún, en su contra.

Para Marx, la idea fundamental era que las transformaciones de la conciencia ocurren en el contexto de cambios materiales, pero no ocurren automáticamente. Las ideas nuevas serán absorbidas o adaptadas sólo en la medida en que existen en el interior del movimiento. Esta convicción fue el motivo de sus furiosas discusiones con el socialista alemán Gottschalk, que gozaba de bastante apoyo entre los trabajadores alemanes. Gottschalk defendía la idea de que los trabajadores deberían mantenerse aparte del movimiento social más amplio.

En realidad el movimiento obrero alemán se encontraba en un momento en que perseguía reivindicaciones democráticas. En Inglaterra, en cambio, el movimiento Cartista alcanzaba su máxima influencia, y Marx y Engels lo veían como la punta de lanza de la lucha de los trabajadores europeos. Al mismo tiempo, tenían muy claro que el trabajo unido con elementos liberales nunca podía significar concederles el liderazgo político del movimiento.

Mientras se difundían los primeros números de NRZ, en Europa las cosas saltaban hacia una nueva etapa. En Francia las promesas democráticas del gobierno liberal que reemplazó la monarquía en febrero seguían sin realizarse. Lo que se ganó en febrero estaba ahora amenazado por la mayoría derechista de la Asamblea Nacional. En junio, los talleres nacionales que garantizaban la subsistencia a los trabajadores urbanos fueron cerrados, quedando éstos destituidos y desempleados. Las masas se echaron a la calle en son de protesta; pero esta vez se enfrentaban con una represión feroz. Cuando Marx denunció el comportamiento cobarde de la burguesía francesa, sus equivalentes alemanes interpretaron esta denuncia como un ataque directo también a ellos, y le quitaron el apoyo a su diario.

En julio, en Alemania, un gobierno relativamente liberal fue sustituido por otro que simpatizaba más con la reacción. Marx y su periódico figuraron entre los primeros blancos de la represión y la publicación del periódico se suspendió, más de una vez, durante las semanas siguientes. Pero mientras los derechos democráticos se veían cada vez más amenazados, Marx y su periódico seguían defendiendo los derechos de los trabajadores.

Se dedicaba a desarrollar la estrategia para aumentar su influencia en el movimiento obrero —estrategia que más tarde llamaría “la revolución en permanencia”. Al mismo tiempo, se oponía tajantemente a cualquier acción precipitada que pudiera provocar la reacción, antes de que el movimiento estuviera en condiciones de resistir. Según Marx y Engels era la época de la “moderación revolucionaria”, pues ambos tenían claro que la contrarrevolución preparaba su respuesta represiva.

En Viena el movimiento se enfrentaba en la calle con esa represión; en Alemania, en una serie de manifestaciones masivas se exigía apoyo a los hermanos y hermanas vieneses. Para octubre, fueron derrotados, pero pasarían otros dos meses antes de que la contrarrevolución pudiera arrogarse la victoria en Berlín y en toda Alemania con el golpe que puso a Federico IV a la cabeza del Estado prusiano. Durante los meses siguientes, Marx y Engels trabajaron incansablemente, sobre todo en el periódico, para reforzar las fuerzas democráticas y forjar alianzas entre trabajadores y campesinos y, más importante aún, para analizar y entender el movimiento alemán en el cuadro internacional.

A pesar de una serie de derrotas en Alemania, las luchas que seguían en pie en el resto de Europa sirvieron para que Marx se sintiera optimista sobre las posibilidades de la revolución y apoyara aquellas organizaciones, como las asambleas provincianas de Baden y Frankfurt que todavía ofrecían resistencia.

Para mediados de 1849, el movimiento revolucionario estaba en retroceso. La insurrección húngara fue aplastada por las tropas del Zar ruso. En Alemania, la reacción iba conquistando terreno. El 16 de mayo Marx recibió la orden de abandonar Colonia y al día siguiente emprendió viaje de nuevo a París. Mientras tanto, Engels se afilió a las fuerzas revolucionarias de Baden. Antes de irse, imprimieron la última edición de NRZ con tinta roja:

“Tuvimos que ceder la fortaleza, pero nos retiramos con todo y armas y equipaje, con las banderas en alto y la banda tocando a todo volumen… y nuestra consigna era y seguirá siendo siempre: la emancipación de la clase trabajadora”.

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5. MIRANDO HACIA ATRÁS, MIRANDO HACIA ADELANTE

La reputación de Marx como agitador y líder intelectual de un movimiento revolucionario en expansión significaba que en todas partes lo vieran con una profunda suspicacia. Le presionaron para que abandonara París y se mudó con su familia a Londres en agosto de 1849. Poco después llegó Engels para juntarse de nuevo con su amigo y camarada. En su círculo íntimo, se le conocía a Engels como “el General”, dado su creciente interés en la organización de la insurrección revolucionaria, a raíz de su experiencia en Alemania.

Aunque los movimientos revolucionarios de Europa tuvieran que echar marcha atrás, Marx y Engels seguían optimistas en cuanto a las posibilidades de nuevos levantamientos en Alemania y Francia. La familia Marx, como cuenta la correspondencia de Jenny, estaba en condiciones económicas muy difíciles. Los pocos fondos de que disponían se habían gastado ayudando a camaradas políticos que huían de Alemania y financiando otra publicación, de cuyos cinco números el primero se publicó en enero de 1850. Jenny llegó embarazada a un Londres otoñal y gris en septiembre. A Marx no le era indiferente, pero estaba concentrado en las posibilidades de construir un movimiento en el contexto de los extraordinarios sucesos de 1848-9.

En 1848, Marx y Engels proponen que se disuelva la Liga Comunista, porque la tarea más urgente era que los socialistas se integraran en los amplios movimientos que surgieron durante las revoluciones, para pelear por tener una influencia en ellos. Para principios de 1850 estaba claro que las tareas eran otras y que ahora había que restablecer la Liga. También reconocieron que sería un aporte de primera importancia, para la próxima fase de la construcción de una organización revolucionaria, aprender de las experiencias que seguían frescas en la memoria de toda una generación de activistas proletarios y socialistas en toda Europa.

Este análisis de los acontecimientos revolucionarios de 1848 aparece en tres textos claves, El Circular a la Liga Comunista, recién reconstituida (de marzo y junio de 1850), y una serie de ensayos que aparecieron entre enero y octubre en su periódico, de corta duración, y que luego se publicarían bajo el título Las luchas de clases en Francia 1848-50. El tercer texto, El dieciocho Brumario de Louis Napoleón, es una muestra de las más brillantes de la narrativa histórica de Marx. Hay que aclarar que estos textos no ofrecían las interpretaciones forenses de un observador objetivo y sin compromiso. Marx, después de todo, había sido elegido otra vez presidente del comité ejecutivo de la Liga; lo que él aportaba era un análisis de la experiencia de las revoluciones de 1848, que serviría para la futura construcción de una organización socialista, tarea urgente del momento. Como decía Marx: “la revolución está muerta, viva la revolución”.

Las lecciones y conclusiones de Marx, al estudiar las revoluciones de 1848, son tan relevantes hoy como lo fueron para sus contemporáneos. Pero a diferencia de otros escritores que también publicaron sus varias versiones de los acontecimientos de aquel año histórico, Marx los examinaba desde el punto de vista de la clase trabajadora y con el objetivo de entender sus consecuencias, tanto políticas como organizativas, para los socialistas del futuro.

Su primera conclusión fue que la revolución convenció a importantes sectores de la clase media de la necesidad de buscar formas de acción unida con la clase trabajadora. Esa unidad en la acción, sin embargo, duró poco, tanto en Francia como en Alemania. En ambos casos, la burguesía, que sería la beneficiaria más importante de la introducción de la democracia parlamentaria, resultado principal de las revoluciones de 1848, empezó a temer que el proceso no se detuviera ahí. Temía que la clase trabajadora y sus aliados llevaran las cosas más lejos y más rápidamente hasta amenazar la existencia misma de la propiedad privada. Por eso terminaron dando la espalda a sus aliados anteriores, buscando acuerdos con las mismas clases dirigentes, cuya derrota querían hacía tan poco tiempo.

La transformación de la sociedad capitalista nunca será realizada por una clase cuyo interés radica en conservarla. Por eso es imprescindible que la clase trabajadora esté en condiciones de seguir buscando la transformación independientemente de sus aliados de antaño. A la burguesía le interesaba dar por concluida la revolución cuanto antes. “A nosotros, en cambio, nos interesa y nos corresponde asegurar que la revolución se vuelva permanente”. Esta idea de la revolución permanente se suele identificar con el pensamiento de León Trotsky, pero tiene su origen en las reflexiones de Marx sobre las experiencias de 1848.

Al mismo tiempo, Marx estaba involucrado en un debate feroz con los seguidores de Blanqui. En la insurrección de París jugaron un importante papel, pero después volvieron a su posición original: los revolucionarios deben actuar en secreto. Marx y Engels, en cambio, insistían en este punto; lo crítico era que la clase trabajadora actuara independientemente de la burguesía, a sabiendas de que tarde o temprano la burguesía buscaría la forma de frenar el movimiento. Y esto sería posible en la medida de que la clase trabajadora tuviera una comprensión clara de sus propios intereses de clase, de los intereses de las otras clases sociales y de cómo se llevaría a cabo la revolución. Lo imprescindible era que hubiera al menos un sector de los trabajadores que lo tuvieran claro antes del próximo brote revolucionario.

De allí que la tarea urgente fuera la construcción de un partido revolucionario de la clase trabajadora. Quizás Marx era demasiado optimista, en aquel momento, en cuanto a las perspectivas inmediatas para la revolución (esto lo reconocería Engels al escribir un nuevo prefacio a Las luchas obreras en Francia, después de la muerte de Marx). Estaba completamente justificada, en cambio, su convicción de que la tarea para los revolucionarios era la construcción de un partido capaz de ganarse la dirección del movimiento revolucionario y llevar el proceso hasta el fin, fin que ellos definieron como “la dictadura del proletariado”.

Pocas palabras de Marx se prestaron a tantos malentendidos y distorsiones como éstas. La palabra “dictadura” ha cobrado un terrible significado desde que el mundo conociera el nazismo, el estalinismo y las infinitamente diversas tiranías que el capitalismo ha generado en los últimos cien años. En tiempos de Marx no tenía el mismo sentido; él hablaba de todas las formas del estado, no importa el grado de democracia que abrigaran. Para Marx, todos los estados son instrumentos del dominio de clase.

En Francia y Alemania, el estado pos-revolucionario, donde muchos ministros se aliaron brevemente con la clase trabajadora en la lucha por la democracia, de la forma más bárbara, se volvió luego en contra de los trabajadores. ¿Qué tipo de estado, se preguntaba Marx, podría proteger los intereses de la mayoría? Su respuesta fue “el dominio político exclusivo de la clase trabajadora con todos los cambios revolucionarios y las transformaciones de las condiciones sociales que esto puede significar”. Éste era el único tipo de Estado capaz de defender los avances que los trabajadores lograron, asegurando así las transformaciones sociales que serían su garantía. En este momento Marx sólo tenía una idea general, una teoría. La realidad se manifestaría en la Comuna de 1871.

Al reflexionar sobre esa extraordinaria época transformadora, Marx establecía un vínculo directo entre la revolución y la crisis del sistema económico. Las crisis no eran, simplemente, producto de la casualidad o los errores, sino resultado de los conflictos internos del capitalismo mismo. De allí Marx sacaba la conclusión de que era precisamente la ausencia de crisis, es decir, la ola de prosperidad y crecimiento económico en Inglaterra, durante los últimos años de la década de los 40, que subvirtió la potencialidad revolucionaria del Cartismo. En Francia, en cambio, la clase obrera no era ni lo suficientemente poderosa, ni tan clave para la economía como para asegurar su potencialidad revolucionaria.

Para un materialista revolucionario como Marx, estaba claro que “las ideas no cambian la historia” a menos que las encarnen fuerzas sociales vivientes actuando en circunstancias materiales que permiten la realización de sus potencialidades. Entender qué ritmos y fuerzas impulsan el capitalismo, y qué circunstancias producen la crisis, era tan fundamental para Marx como la creación de organizaciones obreras y la preparación política de sus militantes.

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6. UNA NUEVA PERSPECTIVA CIENTÍFICA

Para mediados de 1850, Marx veía, cada vez con más claridad, que la revolución no era una posibilidad inmediata. El capitalismo europeo entraba en un período de crecimiento y expansión. Sin embargo, la democracia burguesa experimentaba cierta dificultad para desembarazarse de los restos del viejo orden. Así lo demostraba la persecución de los comunistas alemanes después de un fracasado intento de asesinar al emperador de Prusia.

Dentro de la Liga Comunista surgieron discusiones amargas, pues había dentro de la dirección gente que seguía creyendo que la revolución era una posibilidad relativamente inmediata. Para ellos, lo único que se precisaba era una preparación militar y una convicción profunda. A raíz de los movimientos de 1848, los argumentos tomaban un tinte nacionalista, ya que los camaradas alemanes insistían en que la clase trabajadora nacional era tan radical como siempre.

Para Marx y Engels, entonces, había dos cuestiones candentes. La primera la expresaron claramente en el Manifiesto Comunista: el movimiento revolucionario de los trabajadores debía tener un carácter internacional. La segunda expresaba que esta revolución surgiría de una combinación de factores subjetivos (la conciencia de los trabajadores y la autoridad entre ellos de las ideas revolucionarias) y factores objetivos (la crisis del sistema):

“La perspectiva universalista del Manifiesto fue sustituida por el punto de vista nacional alemán, complaciendo así los sentimientos de los artesanos alemanes. El punto de vista materialista del Manifiesto cedió su lugar al idealismo. La revolución dejó de verse como producto de la realidad para plantearse como producto de la voluntad. Por un lado, nosotros decimos a los obreros que todavía habrá que pasar por 15, 20 ó 25 años de guerra civil para que la situación se altere y estén preparados para la toma del poder. Por otro lado, ellos dicen que hay que tomar el poder en seguida, porque si no lo hacemos más valdría acostarnos y darnos por vencidos.”

Para Marx, eran tiempos difíciles; su situación económica iba de mal en peor y en varias oportunidades tuvo que mudarse de casa. Muchas veces era sólo el altruismo y la constancia de Engels que mantenía a flote a la familia Marx. A finales de 1850 su querido hijo Heinrich (Marx lo llamaba “Fawkesy”) murió; seis meses más tarde, la sirvienta que vivía con ellos había dado a luz a un hijo, Freddy. Su padre, sin duda alguna, era el mismo Marx, aunque nunca reconoció a su hijo natural. Es más, Engels aceptó la paternidad para proteger a su amigo y colega: no era el primer sacrificio, ni el último, que haría por su querido camarada.

Por estas fechas, Marx se acomodó en su silla de la sala de lectura del Museo Británico de Londres. Allí se dedicó a lo que para cualquier otra persona hubiera sido un proyecto enormemente ambicioso, definir y describir las características generales del sistema capitalista. En el movimiento no faltaba quien lo condenara por abandonar la política: por lo general era la gente que quedaba despierta hasta altas horas de la noche preparando la insurrección. Pero la verdad era que lejos de abandonar la actividad política, Marx y Engels construían el partido, aunque lo hicieran más bien informalmente, al menos hasta la creación de la Internacional en 1864.

Marx seguía siempre con sus polémicas con otros socialistas. Nunca amainó su producción de panfletos y artículos. En el vacío que siguió a la ruptura con la Liga Comunista, estos debates y discusiones formaron parte del proceso de construcción partidaria.

No cabe duda de que en estos momentos Marx consideraba sus estudios e investigaciones del sistema capitalista su principal actividad política. No se trataba solamente de conocer al enemigo; su objetivo era entender las fuerzas motrices del capitalismo y las contradicciones y tensiones que producía su desarrollo como sistema. Dado que la crisis era inevitable, resultaba imprescindible ponerse sobre aviso o quizás hasta predecir cómo y dónde empezarían a aparecer las grietas. Todo esto formaba parte de la preparación de los comunistas para las futuras batallas de la lucha de clases.

La tarea que se propuso era entender la forma en que funcionaba el capitalismo como sistema global y se desenvolvía a través del tiempo: desenmascarar, como él decía, sus “leyes de moción”. Pero eso no era todo. El problema era que lo que aparece en la superficie no siempre es lo que realmente impulsa el sistema desde dentro. Desde luego, en sus trabajos previos, Marx analizó con todo detalle la forma en que las ideas y explicaciones de los mecanismos y reglas del capitalismo muchas veces servían para ocultar o distorsionar lo que pasaba realmente: eso era lo que él entendía por “ideología”.

En nuestra época, por ejemplo, ocurre que las decisiones económicas tomadas por poderosos actores, en su propio interés, muchas veces se presentan al mundo como fenómenos naturales. Los informativos diarios de la televisión terminan con informes sobre “los movimientos del mercado de valores” o los sube y baja de uno que otro índice comercial, estadísticas más bien incomprensibles. Suelen aparecer entre informes sobre desastres naturales y el boletín meteorológico, como si todos fueran parte de lo mismo, fenómenos naturales que se escapan al control humano:

“Los economistas burgueses expresan las relaciones de producción burguesas…como categorías fijas, inmutables, eternas…”

(Karl Marx, Miseria de la filosofía)

La verdad es que están determinadas por una clase cuyos intereses se oponen a los que producen la riqueza, quienes sin embargo carecen de poder sobre el sistema y su funcionamiento.

En sus escritos de juventud, Marx describió la experiencia de los trabajadores bajo el capitalismo —aquella enajenación que producía la sensación de impotencia que experimentaban todos ellos, junto con la convicción profunda de que las máquinas con que trabajaban tenían vida propia. Pero ¿cuáles eran las características específicas del capitalismo que producían esta relación entre los dueños del capital y los productores de la riqueza?; y, ¿cuáles eran las fuerzas motrices que movían el sistema hacia adelante? Marx quería ir más allá de los ejemplos puntuales del comportamiento de este o aquel capitalista, o su trato particular con los obreros. Lo que le interesaba averiguar era ¿cuál era la relación global entre los capitalistas y los trabajadores en el sistema capitalista?

La respuesta no se iba a encontrar en fórmulas abstractas: desde luego, Marx era materialista. Su método partía de la observación del comportamiento de fuerzas reales en un tiempo histórico real. En este caso como en todos, la prueba de la teoría estaba en la práctica. Este proceso, como todo proceso histórico, era dialéctico, produciendo contradicciones y conflictos que sólo se resolverían cambiando la sociedad.

Estas tensiones se expresaban en las crisis periódicas del capitalismo. Era imprescindible que el movimiento revolucionario entendiera su naturaleza, las anticipara y estuviera organizado para aprovechar las oportunidades que se presentaran en semejantes coyunturas. De manera que, para Marx, este período de estudio e investigación representaba un aporte directo y material a un proyecto fundamentalmente político:

“Nuestro partido aprovechó este período de paz para estudiar. La gran ventaja que teníamos era que el fundamento teórico del partido era una perspectiva científica cuya elaboración nos ocupó todo el tiempo disponible. Por eso nunca nos ‘descorazonamos’ como tantos ‘personajes’ del exilio”.

Cuando hablaban de “nuestro partido”, Marx se estaba refiriendo a él mismo y a Engels. Por suerte, y a pesar de las perspectivas pocas prometedoras de una lucha inmediata o próxima, estaban todavía de buen ánimo. En el caso de Marx su resistencia era aun más extraordinaria, teniendo en cuenta que él y su familia pasaban por una época bastante tenebrosa de pobreza e inseguridad, trasladándose constantemente de casa en casa, padeciendo enfermedades toda la familia, incluyendo a Karl y a Jenny, y teniendo que enfrentar la muerte de otro niño, el pequeño Edgar. Lo único que los mantenía a flote era el apoyo leal y el sacrificio de Engels.

Marx dedicó buena parte de los siguientes veinte años a escribir El Capital, aunque la primera parte se demoraría en publicarse hasta 1867 y la obra completa no estaría a disposición del público hasta después de su muerte. La primera parte publicada (en 1859) fue la Contribución a una Crítica de la Economía Política.

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7. NOMBRANDO AL MONSTRUO

¿Cuáles eran las ideas claves que formaron e impulsaron esa extraordinaria obra?

“La moderna sociedad burguesa que se alza sobre las ruinas de la sociedad feudal no ha abolido los antagonismos de clase. Lo que ha hecho ha sido crear nuevas clases, nuevas condiciones de opresión, nuevas modalidades de lucha, que han venido a sustituir a las antiguas”.

(Marx y Engels, Manifiesto Comunista)

Primero, el capitalismo representaba una etapa de una historia en desarrollo constante (¡y no, como insisten algunos teóricos modernos, “el fin de la historia”!). Surgió en circunstancias históricas específicas, y como todas las sociedades de clases anteriores, estaba agrietada por contradicciones internas. Segundo, la incansable búsqueda de la plusvalía producía tanto avances tecnológicos como la persecución de los medios para aumentar la productividad de los obreros. De allí ese “constante revolucionar de la producción” que había comentado Marx con tanto lirismo en el Manifiesto Comunista. Tercero, la fuente de la plusvalía es el trabajo mismo, o mejor dicho, la explotación de la fuerza de trabajo. En el mundo contemporáneo se suele ver la explotación como un problema moral, como un abuso de poder. Para Marx, el término tenía un sentido más técnico y preciso, pues describía una relación entre capital y trabajo, donde el capital busca, de todas las formas posibles, sacarle al trabajador cantidades de valor cada vez mayores o por encima de lo que cuesta mantener al trabajador en sus funciones: es decir, plusvalor o plusvalía.

Por eso para Marx, el capitalismo era una sociedad de clases donde una clase minoritaria acaparaba los medios de producción (él la llama la burguesía, aunque hoy la llamaríamos mejor la clase capitalista) y los demás, la inmensa mayoría, eran dueños solamente de su propia capacidad para trabajar (ellos eran el proletariado, o la clase trabajadora).

Al interior de cada clase podía darse una gran diversidad —de género, de etnia, de apariencia, de gustos. Podría haber empresarios tiranos y otros caritativos, unos racistas y otros liberales, estos nacionalistas y aquellos cosmopolitas. Entre los trabajadores habría gente educada y otra no, habría blancos y negros, hombres y mujeres. Pero, todos con un rasgo que los vincula; pertenecían a clases sociales por su relación común con los recursos de la sociedad y la forma en que éstos se organizaban. La burguesía, todos ellos y a pesar de sus diferencias, actuaban en forma unánime al defender su posesión de la riqueza social; es más, aprovechaban su poder y autoridad para organizar la producción social en beneficio propio.

“¡Acumulad, acumulad! ¡Eso es Moisés y los Profetas!”

(Karl Marx, El Capital)

Con esa frase tan simple, Marx resumía lo que impulsaba al capitalismo. Los dueños de los medios de producción forman una sola clase, aunque al mismo tiempo compiten entre ellos para acaparar mercados y aumentar sus ganancias; es la plusvalía que mueve el sistema. Un capitalista no es solamente una persona dueña de medios de producción, sino que es además una persona que se aprovecha de esos recursos para ganar más dinero y al mismo tiempo ganarle terreno al competidor. Y el capitalismo es una forma de organizar el sistema económico para que esto sea posible.

Ese sistema de producción, o como lo decía Marx, ese modo de producción, es bastante complejo, claro está. Requiere no sólo cierta manera de preparar la producción misma, sino también otras formas y prácticas que la mantengan, desde medios de transporte que lleven a la gente al trabajo y la educación que les enseñe cómo usar la nueva maquinaria, hasta la creación de una gama de instrumentos culturales para convencer a los productores de que, a pesar de su pobreza, están en el mejor de todos los mundos posibles. Marx discutió y analizó cada uno de estos distintos aspectos.

Pero el corazón de todo era la producción. ¿Cómo aseguraban los capitalistas sus ganancias? Invertían su dinero, compraban las máquinas, empleaban a la gente y decidían qué y cómo se debía producir. La creación de las cosas, en cambio, era obra de los trabajadores a quienes se les pagaba un salario para que pasaran sus días en las máquinas. En tiempo de Marx la cantidad de gente involucrada en este tipo de actividad aumentaba cada día. Y no era difícil para él imaginarse las inmensas fábricas del siglo veinte con sus miles de manos produciendo bienes en largas líneas de producción.

En su época, al igual que ahora, la producción era un proceso muy elaborado que involucraba a muchas personas y actividades distintas. Los molinos de algodón, del siglo XIX, empleaban algodón recogido por esclavos en Egipto y la India; muchos más se encargaban de transportarlo hasta las fábricas inglesas. Otros (menos en aquel entonces que ahora) se dedicaban a alimentar, educar y cuidar a los trabajadores del molino.

Desde aquellos tiempos se han creado ejércitos de trabajadores para tratar a los heridos y dañados por un sistema cada vez más brutal e inhumano. Lo que vincula y une a toda esta gente, trabajando en los distintos puntos de la cadena de producción, desde los que trabajan en los centros de llamadas hasta los trabajadores sociales y los conductores de camión, es su relación con el sistema en su totalidad. Todos venden su fuerza de trabajo a los dueños de los medios de producción a cambio de un sueldo.

La clave de la producción capitalista, sin embargo, es el hecho de que los trabajadores producen mucho más de lo que ellos reciben en sueldos; la diferencia entre el valor que producen y el dinero que reciben al final de la quincena —la plusvalía— se queda en el bolsillo del capitalista.

Los empresarios siempre insistían en que era legítimo que ellos tomaran ese dinero, porque por un lado lo necesitaban para reinvertir y por el otro era justo que se les compensara el “riesgo” que, en un principio, tomaron al invertir. Pero, cuando la inversión falla y los trabajadores pierden sus puestos de trabajo, se les compensa igual a los ejecutivos y gerentes y, a diferencia de sus trabajadores, se les protege contra las consecuencias negativas de esos “riesgos”.

Una vez renovadas las máquinas y pagado el préstamo del banco, lo que queda es ganancia, una parte de la cual se dedica a mantener el estilo de vida del burgués. Otra parte se invierte en nueva maquinaria que aumentará la cantidad de plusvalía producida por cada trabajador, dándole al inversionista la posibilidad de adelantarse a la competencia. Ahora bien, cada capitalista debe estar haciendo lo mismo. Entonces, ¿qué le da a uno la ventaja sobre los otros? La respuesta está clara; el ganador es aquel que logra sacar la máxima producción de sus trabajadores.

Pero, conforme cada trabajador tiene que operar cada vez más maquinaria, la propia fuente de los beneficios —que es el trabajo vivo del obrero— disminuye como proporción del proceso productivo total. El resultado es una tendencia a disminuir el nivel de ganancia, aun cuando la suma total de las ganancias vaya aumentando. A largo plazo esto representa una seria amenaza para el capitalismo.

Resumiendo; lo que impulsa la producción capitalista es la necesidad imperante y desesperada de acumular plusvalía a expensas de los demás capitalistas. Sus consignas son la acumulación y la competencia. Si el trabajador de una fábrica produce más que el trabajador de la fábrica vecina por el mismo sueldo, esto significará mayores ingresos para la primera planta. En los hechos, esto ha significado la expropiación de cada vez más recursos naturales, consumiendo o destruyéndolos, como consecuencia de esa carrera por dominar el mercado. Los bosques se talan, el petróleo y el gas se escarban de la tierra, el carbón y las fuentes fósiles de energía se queman, y en el proceso la tierra queda agotada. Y las fábricas de hoy —en un principio se encontraban exclusivamente en Europa y América del Norte, pero ya aparecieron en China, Corea, México, Colombia, Irán entre otros países— ya están agotando los recursos de mañana.

Pero, ¿por qué no lo pueden ver? ¿Por qué será que George Bush se niega a reconocer lo que para el resto del mundo es de lo más obvio? En la carrera constante por rebasar al otro, el capitalista no piensa en el día de mañana —o mejor dicho de pasado mañana— porque todos los demás piensan de la misma manera. Lo irónico, como señalaba Marx, es que a la larga, el capitalismo acabará por destruir el planeta. Pues a Halliburton y General Motors les importa un bledo lo que pase el día de mañana; lo único que les interesa son las ganancias de hoy. ¡Es Moisés y los Profetas!

La última incógnita es, ¿para quién se producen los bienes? En una sociedad donde la producción sirva para satisfacer las necesidades del pueblo, ellas determinarían qué se produce y cuándo; las fábricas producirían alimentos para los hambrientos o ambulancias para los enfermos. En el capitalismo, pero, prevalece otro criterio; por eso una escasez de ambulancias convive con un inmenso exceso de armas y millones de personas con hambre carecen de comida, mientras que al mismo tiempo se siguen produciendo cantidades inmensas de alimentos que nadie come y que al final se echan a la basura.

Esto ocurre porque los productos se compran y se venden; no hay relación directa entre el productor y el consumidor. Es así que la decisión sobre qué producir se toma exclusivamente sobre la base de las ganancias. Otra consecuencia más de la producción para el mercado es que nadie hace el intento de coordinarla según las necesidades sociales. Como decía Marx, el despotismo en la fábrica tiene su contrapartida en la anarquía que rige en la economía en general. Existe la planificación dentro de cada fábrica, pero el sistema en su totalidad carece de un plan. Esto crea la inestabilidad, las crisis y los boom inherentes en el capitalismo como sistema económico: no son, como pretenden sus apologistas, casualidades imprevisibles o accidentes. El capitalismo, pues, es un sistema basado por naturaleza en el conflicto, la lucha y la contradicción.

Lo que queda es una paradoja. Por un lado, el capitalismo busca constantemente formas de hacer más “eficiente” la producción: abaratando el trabajo, desarrollando tecnologías nuevas que permitan que uno haga el trabajo de muchos, peleando para que los precios de las materias primas se mantengan lo más bajos posible. Por otro lado, el trabajador hoy en día pasa más tiempo en el trabajo que nunca y parece que, dentro de poco, tendrá que trabajar más años, pues el valor de su jubilación, conseguida a regañadientes hace poco, está hoy amenazado por el gran capital.

El capitalismo ha generado la capacidad tecnológica para suprimir el hambre, garantizar el abrigo y cuidar la salud de toda la población del planeta; sin embargo, son millones y cada vez más millones los que padecen hambre, están sin techo y sufren enfermedades, sin tener acceso a los medios para cubrir esas necesidades más básicas. Lo que debería facilitar la liberación de la humanidad, de hecho, tiene el efecto opuesto bajo el capitalismo.

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8. LAS CRISIS Y LAS OPORTUNIDADES

Para Marx, 1848 fue una época de crisis capitalista que produjo una respuesta revolucionaria, aún cuando el resultado no fue lo que él hubiera deseado. Sin embargo le sirvió para demostrar tanto el poder de la clase obrera como la ferocidad de las clases dirigentes. Era una lección importante que serviría para la próxima crisis, crisis que, como demostraban sus estudios, sería consecuencia inevitable de la naturaleza anárquica del capitalismo. Y la próxima vez, la clase trabajadora estaría preparada.

En 1857 ocurrió otra crisis económica. Era irónico, ya que un año antes Jenny Marx recibió una pequeña herencia que les permitió saldar las deudas y conseguirse un alojamiento mejor. El crack de 1857 de hecho no produjo un aumento de las luchas, aunque sí hubo señales de actividad, en Europa sobre todo. La clase trabajadora crecía en Francia y Alemania y surgían nuevas expresiones políticas que ocupaban el espacio político que dejó el Cartismo, la expresión más radical de la organización obrera, ahora desaparecido.

En Inglaterra en 1865 hubo grandes concentraciones de trabajadores en apoyo al norte en la guerra civil norteamericana, oponiéndose al plan del gobierno británico de intervenir del lado de los estados esclavistas del sur. Para Marx esto tenía implicancias profundas. El líder radical italiano Garibaldi fue agasajado en reuniones masivas en Londres y hubo un apoyo generalizado a la insurrección en Polonia. Todos estos mítines fueron organizados por el Consejo Sindical de Londres, con el que Marx y Engels llevaban años trabajando.

En septiembre de 1864, el mismo grupo de líderes obreros convocó una reunión internacional con el fin de promover la solidaridad más allá de las fronteras nacionales y evitar que los trabajadores de distintos países se enfrentaran a instancia de los capitalistas. Aunque no estuviera implicado en la fundación de lo que más tarde se transformaría en la Asociación Internacional de los Trabajadores, se invitó a Marx a que participara. No había estado muy activo durante los dos años anteriores, pero ahora sí aprovechó la oportunidad que se le ofrecía, decía que “se trataba de gente de peso real”, esto es, dirigentes del movimiento obrero. Pero en realidad, no todos los que asistieron a la reunión eran obreros, y tampoco todos estaban comprometidos con la causa internacional de los trabajadores.

A Marx le pedían que redactara las reglas y principios de la nueva organización; requería una delicadeza real. Aun aquellos que reconocieron el papel clave que había desempeñado y le pidieron su colaboración, sospechaban en muchos casos del socialismo, o no estaban convencidos de la necesidad de hacer la revolución. Para los dirigentes sindicalistas ingleses el objetivo era ganar el derecho al voto para todos los trabajadores. Los delegados franceses por otro lado estaban muy influidos por Proudhon, el antiguo adversario de Marx; y entre los italianos dominaba el nacionalismo radical de Mazzini.

Esta era una oportunidad política extraordinaria para ganar entre la dirección del movimiento obrero una influencia para las ideas revolucionarias; aun cuando, en este momento, pudiera parecer más bien un movimiento embrionario. Pero las investigaciones realizadas por Marx sobre el desarrollo del capitalismo en el El Capital, le convencieron de que la época de expansión del capitalismo europeo significaría también el crecimiento de la clase obrera. El resultado sería inenarrable, habría conflictos cada vez más intensos entre el capital y el trabajo. Su recuento de la experiencia de las luchas obreras en su Manifiesto Inaugural de la Internacional mostró hasta qué punto estas se habían arreciado desde 1848. Su conclusión clave era que el internacionalismo, aún en esta etapa relativamente primaria, era indispensable para la lucha por el socialismo.

En los estatutos, Marx deja claro que no se piensa imponer a las secciones nacionales los estatutos únicos. Al mismo tiempo Marx y Engels estaban convencidos de la necesidad de una dirección unificada y centralizada, cuestión que no tardaría en plantearse en las discusiones internas en la Internacional. La primera declaración que prologa los estatutos hace eco de esta, la más central de las ideas de Marx:

“…que la emancipación de la clase obrera debe ser obra de los obreros mismos; que la lucha por la emancipación de la clase obrera no es una lucha por privilegios y monopolios de clase, sino por el establecimiento de derechos y deberes iguales y por la abolición de todo privilegio de clase.”

Los estatutos hacían hincapié en que “la conquista del poder político se ha convertido en el gran deber del proletariado”, frase que los distintos actores entendían de muy distinta manera, dando lugar a una serie de debates y discusiones. Un año después algunos delegados franceses cuestionaban el derecho de Marx de asistir, un sindicalista inglés, entre los presentes, les recordó que “el ciudadano Marx ha dedicado su vida al triunfo de la clase trabajadora”. Otro insistía que el congreso debía estar abierto a “todos aquellos que han estudiado la economía política desde el punto de vista de la clase trabajadora”.

Los más hostiles a Marx eran los discípulos de Proudhon; eran obreros en su mayoría, pero casi ninguno trabajaba en las grandes industrias del nuevo capitalismo. Más bien se ubicaban en el sector artesanal; de allí su afición por el concepto proudhoniano de crear asociaciones mutuas como una especie de alternativa paralela al capitalismo. Esto era exactamente lo contrario a lo que sostenía Marx, que insistía en la necesidad de crear una organización revolucionaria de los trabajadores, capaz de enfrentarse con el poder de clase de la burguesía y construir un orden social distinto en donde los intereses de la mayoría prevalecerían y la búsqueda de la plusvalía dejaría de ser la fuerza motriz y el principio organizador de la sociedad entera.

En Alemania se libró una batalla parecida con los seguidores de Fernando Lassalle. De allí que la formación del Partido Obrero Socialdemócrata de Alemania, bajo la dirección de Wilhelm Liebknecht, representara un gran salto adelante para “el partido de Marx”.

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9. UN NUEVO PODER. LA COMUNA DE PARÍS

En 1871 la historia da forma real a estos debates. En julio de 1870, Louis Bonaparte (Napoleón III) de Francia permitió que el líder prusiano Bismarck le provocara a declarar la guerra. Para septiembre Louis Napoleón ya estaba preso. En París el gobierno declaró una república bajo un gobierno de defensa nacional. Sin embargo, duró poco su resistencia, y para febrero de 1871 se eligió una Asamblea Nacional con el propósito explícito de negociar la paz con una Alemania recién unificada.

El gobierno, encabezado por el reaccionario Thiers, se estableció en Versalles, fuera de París. La capital, mientras tanto, asediada por los prusianos, quedó abandonada; el gobierno y los ricos huyeron de la ciudad. Sólo quedaban los milicianos de la Guardia Nacional para defenderla. Cuando Thiers, atemorizado por la amenaza de una población armada, intentó apoderarse de las cañones de la Guardia en Montmartre, los habitantes de la ciudad montaron resistencia y declararon fundada la Comuna.

Durante los dos meses de su existencia, Marx apenas quitó la vista de la Comuna. Le fascinaba. Sus críticas y denuncias a la segunda república de Louis Napoleón eran feroces; pero confiaba en que faltaba poco para que ocurriera una nueva revolución francesa. La verdad, sin embargo, era que las condiciones imperantes de escasez, después de meses de asedio, no eran las más ventajosas para una sublevación de los trabajadores. El gran temor de Marx era que los trabajadores parisinos quedaran aislados y al final derrotados, a menos que marcharan contra Versalles. Era muy consciente también de que una insurrección obrera no sería tan implacable, ni brutal, como la respuesta de un estado burgués, pues este sí que no tendría reparo alguno en reprimir a su enemigo de clase con máxima ferocidad.

En marzo de 1871 nació un nuevo tipo de poder. En su análisis inspirador de la Comuna de París, Marx da una visión del poder obrero, de sus límites y posibilidades, de los problemas que tendría que enfrentar y la creatividad que sería capaz de expresar al construir un orden nuevo y diferente. A pesar de sus dudas Marx era uno de sus defensores más apasionados; hasta mandó a su yerno, Paul Lafargue, a París a trabajar con la Comuna.

Pero ¿qué tenía de nuevo la Comuna? En La guerra civil en Francia, donde examina los acontecimientos de París, Marx contesta la pregunta a su generación y a las venideras:

“La Comuna era, esencialmente, un gobierno de la clase obrera, fruto de la lucha de la clase productora contra la clase apropiadora, la forma política al fin descubierta que permitía realizar la emancipación económica del trabajo.”

Lo más importante era que la Comuna acabó con los instrumentos del dominio burgués: el ejército profesional, remplazado por una milicia del pueblo, “el pueblo en armas”. Las instituciones de la democracia burguesa se vieron sustituidas por una democracia directa donde todos los delegados podrían ser instantáneamente destituidos y nuevas elecciones convocadas (un derecho renacido en los soviets durante las revoluciones rusas de 1905 y 1917) y donde ninguno percibiría privilegio alguno como resultado de sus deberes políticos. Además, “el servicio público se cumplirá al salario promedio de un obrero”. Era un nuevo tipo de estado. Los estados anteriores descansaban siempre “en última instancia sobre la represión violenta de la mayoría”, como señaló Lenin. En el nuevo Estado de la Comuna, en cambio, el gobierno no estaba ni separado de la mayoría ni por encima de ella sino, al contrario, sujeto a la voluntad mayoritaria. Esta era precisamente la dictadura del proletariado tal como se la había imaginado Marx años antes.

En sus escasos dos meses de existencia, los comuneros no tuvieron el tiempo suficiente para establecer un orden nuevo donde estaría garantizada la liberación de la mujer, se acabaría con la explotación y se crearían nuevas estructuras colectivas de vida social. Como dijo Marx, “el éxito más importante de la Comuna era su existencia misma”. Y de allí sacó Marx la conclusión de mayor envergadura política;

“Pero la clase obrera no puede limitarse simplemente a tomar posesión de la máquina del estado tal como está, y a servirse de ella para sus propios fines.”

El Estado burgués existe para defender y prolongar el dominio de la clase capitalista. Una sociedad dedicada a la redistribución del ingreso, la igualdad y a acabar con la explotación requiere su instrumento de poder propio, el Estado obrero. En París, durante esos dos meses, se vislumbró, aunque muy brevemente, cómo sería esa sociedad, cómo se construyen los órganos del poder obrero, y al mismo tiempo, el precio terrible de la derrota.

La Asamblea de la Comuna incluía a 17 miembros de la Internacional (sólo una minoría de ellos pertenecían al “partido de Marx”). Los 92 miembros de la Asamblea representaban un amplio espectro de visiones y posturas y más allá de la defensa de la Comuna y la denuncia de la república reaccionaria, había muy poca claridad. Los seguidores de Proudhon, por ejemplo, estaban divididos entre sí, incluyendo algunos que se quedaron todo el tiempo en Versalles sin decir nada.

Otros apoyaban las posiciones de Blanqui y de Mijaíl Bakunin, el anarquista ruso que más tarde disputaría la herencia de la Comuna con Marx y que finalmente acabaría con la primera Internacional. Bakunin era aficionado a las conspiraciones y enemigo a ultranza del estado. Es más; Bakunin decía que la clase trabajadora no podía organizarse, ni preparar su propio asalto al poder, pues esto sería una forma de autoritarismo. Irónicamente, él sostenía que el ataque al estado lo debía lanzar una red de células conspirativas clandestinas, sin obligación de responder ante la gente a quien decía representar.

De esta manera Bakunin rechazaba el principio más central y más preciado para Marx: que la emancipación de la clase trabajadora tenía que ser acto de la clase obrera misma. En el siguiente congreso de la Internacional, en 1872, Bakunin atacó el concepto de una organización centralizada y disciplinada. Marx y Engels respondieron de la forma más tajante. La Internacional, según ellos, “era un motor poderoso para la revolución, no un salón de debate… es una sociedad organizada para la lucha y no para la elaboración de elegantes teorías.”

La Comuna era testimonio del coraje y de la creatividad de la clase trabajadora; en ella se vislumbró un nuevo orden socialista posible y se demostró sin lugar a dudas la absoluta necesidad de abolir el estado burgués para que ese nuevo orden se realizara. Y en la derrota y la terrible venganza de parte de una clase dirigente aterrorizada que siguió a esa derrota (fueron asesinados decenas de miles de comuneros), quedó demostrada la apremiante necesidad de la Internacional.

La Comuna cayó, decía Marx, “porque no reprodujo en todos los demás centros, en Berlín, en Madrid, etc., el movimiento revolucionario correspondiente al levantamiento del proletariado de Paris”. La tarea para el futuro era aprender de la experiencia para asegurar que la próxima vez la rebelión triunfara.

Las divisiones internas entre Bakunin y Marx significaban que esta Internacional no podía ser el instrumento idóneo. Eran Marx y Engels mismos los que “acabaron con la bestia agonizante”. Para 1876, la Internacional ya no existía oficialmente.

En marzo de 1883, Marx murió. Paradójicamente, en sus últimos años no tenía la presión económica que volvía tan precaria y difícil su vida con Jenny y sus hijos. Algún consuelo hubo en el crepúsculo de su vida, pero nada podía compensar la muerte de sus hijos y de su querida Jenny dos años antes. Engels, como era de esperar, lo acompañó en su lecho de muerte, tal y como lo había acompañado a cada paso por el camino revolucionario desde su primer encuentro. Engels sobrevivió otros doce años más, tiempo que dedicó a diseminar la obra de su amigo, colaborador y compañero Karl Marx. Con su modestia de siempre, Engels declaró en el sepelio que la humanidad perdió un cerebro con la muerte de Marx.

“Pues Marx era, ante todo, un revolucionario. Cooperar, de este o del otro modo, al derrocamiento de la sociedad capitalista y de las instituciones políticas creadas por ella, contribuir a la emancipación del proletariado moderno, a quién él había infundido por primera vez la conciencia de su propia situación y de sus necesidades, la conciencia de las condiciones de su emancipación: tal era la verdadera misión de su vida. La lucha era su elemento. Y luchó con una pasión, una tenacidad y un éxito como pocos.”

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10. MARX PARA NUESTROS DÍAS

Siempre habrá gente que insiste en que “Marx no tiene nada que decir en el siglo XXI”. Siempre hay quien argumenta, a cada paso, que sus ideas caducaron —que su momento pasó. La caída del “comunismo” en 1989 se interpretó como la prueba definitiva de que Marx ya no tenía nada que decirnos.

Es cierto que en 1989 cayeron los regímenes de Europa del Este, en rápida sucesión, uno tras otro. También es cierto que se llamaban socialistas. Sin embargo, cuando cayeron las fachadas, quedó fuera de toda duda que aquellas sociedades ni estaban bajo el control de la clase trabajadora, ni la distribución de los recursos sociales obedecía a los intereses de la mayoría. Todo lo contrario; el concepto central del marxismo —la revolución significa la auto emancipación de la clase trabajadora — se había vuelto al revés. Así, se aprovechaba para legitimar tiranías grotescas y brutales creadas por un reducido grupo de dirigentes que protegían sus propios intereses a expensas de las mayorías. En cada uno de esos estados prevalecía la lógica del capitalismo: la acumulación a cualquier coste, la competencia entre estados, rasgos definitivos del capitalismo, no del socialismo.

Para entender los impulsos y las leyes de moción que explican el funcionamiento del capitalismo, tenemos que volver una y otra vez a Marx. La búsqueda de la plusvalía sigue prevaleciendo sobre todas las demás consideraciones, y es el dominio del capitalismo lo que forma, o mejor dicho deforma, definitivamente el mundo.

El proceso del trabajo cambia de apariencia a través del tiempo; la burguesía cambia de ropa y de estilo de vida, los trabajadores se visten ahora de bata blanca o de uniforme en vez de mono, y las fábricas de hoy zumban en vez de rugir como antes. Pero las relaciones entre los dueños de la riqueza y los recursos de la sociedad, o quienes los controlan y administran, y quienes dependen del salario que perciben por producir la riqueza para sobrevivir, sigue siendo exactamente la misma que definió Marx. Es más, el capitalismo del siglo XXI se parece más que nunca al sistema descrito por Marx. La clase trabajadora de Corea del Sur es más grande hoy que la clase obrera en su totalidad de la época de Marx. Es mucho más fácil concebir lo que significa una clase trabajadora mundial hoy que en la época de Marx.

El efecto invernadero, los lagos envenenados, la desertificación de tantas extensiones de tierra y las fábricas vacías y abandonadas de antaño que sirven de monumentos a la industrialización son testigos de la constante e imparable transformación del mundo que nos acerca cada vez más al borde de la destrucción.

Marx quería entender el capitalismo y su brutalidad no para hacerle una crítica moral, sino para preparar la emancipación de la clase trabajadora. El capitalismo no reconocía las fronteras ni aceptaba traba alguna a su expansión; de la misma manera, el movimiento revolucionario debía ser internacional. Su fuerza organizada, un día, arrasaría con las estructuras de poder y dominación y finalmente acabaría con el estado mismo. Pero eso no ocurriría de forma automática, sino como resultado de las luchas de los trabajadores. Y en el curso de esa lucha, no sólo se retaría y se acabaría con el poder del capital, sino que nacería una nueva sociedad en la que los recursos de la humanidad se emplearían para lograr la libertad humana.

La tarea resulta hoy más urgente que nunca.

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NOTAS

Mike González es miembro del Socialist Workers Party de Gran Bretaña, realiza tareas académicas en la Universidad de Galsgow y escribe regularmente sobre temas vinculados a América Latina. Entre sus obras pueden destacarse: Cuba, Castro and Socialism with Peter Binns (1980), Cuba, Socialism and the Third World with Peter Binns and Alex Callinicos (1980), Nicaragua: Revolution Under Siege (1985), Nicaragua: What Went Wrong? (1990), Which Way Forward for the Movement? with Alex Callinicos (2002), Che Guevara and the Cuban Revolution (2004), Bolivia: Rising of a People (2005). Con pequeños cambios tomamos este trabajo de la web de nuestro grupo hermano en el Estado español (www.enlucha.org)

1. También llamados “izquierda hegeliana”, hicieron una crítica radical al gobierno, el Estado y la religión (N. Ed.).

2. Discípulo de Hegel, este filósofo alemán hizo una profunda crítica de la religión (N. Ed.)

3. Título de un libro famoso de John Reed sobre la revolución rusa.

4. De hecho se encontraron el año anterior, pero apenas se hablaron.

5. En 1838 un grupo de parlamentarios y trabajadores ingleses redactaron una Carta del Pueblo reivindicando el sufragio universal. Recogieron miles de firmas de apoyo pero el Parlamento se negó a recibir la petición. Los líderes cartistas acordaron organizar un movimiento de masas extraparlamentario que movilizó a miles de trabajadores en los años posteriores. En 1848, el movimiento llega a su punto máximo con inmensas concentraciones en las ciudades principales del país coincidiendo con la presentación al parlamento de dos millones de firmas apoyando la Carta.

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