Gramsci. Socialista revolucionario

Antonio Gramsci murió hace más de 70 años, el 27 de abril de 1937. Su deceso fue consecuencia de años de maltratos en las prisiones de Mussolini. No obstante, de algún modo sufrió más infortunios después de su muerte, debido a la distorsión de sus ideas. Gramsci fue un revolucionario de tiempo completo desde 1916 hasta su muerte. Durante todo este período insistió siempre en la necesidad de la transformación revolucionaria de la sociedad. El juez fascista que encabezó el proceso judicial contra Gramsci, exigió su prisión “para que, durante 20 años, este cerebro deje de trabajar”. Los fascistas no consiguieron esto, pero al cortar los lazos de Gramsci con la participación directa en la lucha de clases, sí consiguieron impedir que su marxismo realizase plenamente su potencial. Este folleto presenta de manera sintética y accesible la riquísima herencia de Antonio Gramsci.

CHRIS HARMAN (1983)

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EL PRIMER PERÍODO DE DISTORSIÓN

El primer período de distorsión de las ideas de Gramsci comenzó en cuanto murió. Pocas semanas después el líder estalinista del PCI, Palmiro To­gliatti, tenía en sus manos los Cuadernos de la Cárcel. Togliatti los dejó sin publicar durante diez años.

Cuando los Cuadernos finalmente comenzaron a apa­recer en 1947, fue de forma truncada y censu­rada. Salvatore Secchi mostró las formas que tomó esta censura:

1. Borrar referencias a varios marxistas –Bordiga, Trotsky, e incluso Rosa Luxemburgo– que eran presentados como “fascistas” por Togliatti en aquella época;

2. Ocultar el hecho de que Gramsci había roto con la línea política del PCI en 1931;

3. Presentar la vida privada de Gramsci como basada en un casamiento perfecto, “un mito útil para hacer creer a las personas, con base en un ejemplo concreto, en la lealtad comunista en relación a la familia nuclear, un instrumento de la política de colabo­ración con los Cató­licos que el PCI adoptó en el período posguerra”;

4. Suprimir el hecho de que Gramsci intentara repe­tidamente obtener los libros que le darían acceso al pensamiento de Trotsky después de su expulsión de Rusia en 1929.[1]

El objetivo de tales distorsiones era presentar a Gramsci como el estalinista leal por excelencia. Presentado así, Gramsci podía proveer de un instrumento extremamente útil a una ideología que virtualmente no había inspirado a pensadores sociales de importancia; un instrumento que podía ser usado para impresionar a otros intelectuales italianos con la rica herencia teórica del PCI, y ocultar la pobreza intelectual del Kremlin y de sus seguidores. Un instrumento, además, para ser usado contra la izquierda, para mostrar que el PCI que gober­nó Italia en alianza con los demócrata-cristianos después de 1945, era el mismo partido que rompió en 1921, con los maximalistas –grupo refor­mista que era la extrema izquierda del Partido Socialista Italiano.

La censura y la distorsión de su pensamiento eran ne­cesarios porque Gramsci, en realidad, no encajaba en el mito estalinista. Su última carta antes de ser hecho prisionero, había sido una protesta dirigida a Togliatti acerca del tratamiento burocrático dado por Stalin a la “Oposición de Izquierda” en Rusia. Togliatti simplemente rompió la carta.[2]

En 1931 el hermano de Gramsci le visitó en la pri­sión. Gramsci le contó haber rechazado la política estalinista ultraizquierdista del “Tercer Período” que Togliatti, por su parte, estaba implementando. (Togliatti había expulsado a tres miembros del Comité Central por haberse opuesto a esta línea política, y él mismo, bajo el seudónimo de Ercoli, estaba en la primera línea de aquéllos que defendían la política del “Tercer Período” contra las críticas hechas por Trotsky.) El hermano de Gramsci sintió demasiado temor en transmitir las noti­cias a Togliatti; sabía que esto significaría el abandono por parte del partido, de la defensa de su hermano contra sus carceleros fascistas.

Gramsci se dio por vencido en sus tentativas de dis­cutir con otros prisioneros comunistas porque algunos de ellos, siguiendo fielmente a Togliatti, denunciaron a Gramsci como un “socialdemócrata” (en esa época la línea de la Comintern y de los PCs estalinistas descarta­ba cualquier colaboración con reformistas porque les consideraban “socialfascistas”). Una de las últimas afirmaciones políticas de Gramsci a amigos suyos antes de morir, expresaba su descreencia en las pruebas presentadas contra Zinoviev en los procesos de Moscú. Mientras tanto, Togliatti estaba en Moscú apoyando los procesos.[3]

Después de la muerte de Gramsci, Togliatti intentó pre­sentarse como su gran confidente político durante su vida. No obstante, aunque habían trabajado juntos en 1919‑1920 y en 1925‑1926, frecuentemente estuvieron distantes acerca de cuestiones relacionadas con la estrate­gia y táctica revolucionarias durante esos años de inter­vención política. Y no hubo ningún contacto entre ellos después del encarcelamiento de Gramsci en 1926.

EL PERÍODO “EUROCOMUNISTA” DE DISTORSIÓN

A pesar de todo, al final, fue el propio Togliatti quien permitió que la verdad sobre las distorsiones pasadas viese la luz, al publicar las cartas y ano­taciones censuradas hasta entonces. En parte, porque estaba siendo forzado a hacerlo una vez que otros viejos comunistas comenzaron a “verter” informa­ción sobre lo que Gramsci de hecho pensó. Y en parte, también porque el paso del tiempo hizo de Gramsci una figura más lejana y menos peligrosa para ellos. Pero por sobre todo, el objetivo era inaugurar un nuevo período de distorsión de las ideas de Gramsci. El PCI estaba dando el primer paso en la ruptura de los partidos comunistas occidentales en relación a Moscú, lo que sería llamado más tarde “eurocomunismo”.

A principios de los años 60 el PCI comenzó a alejarse de Moscú. Sus líderes soñaban con ser readmitidos en el gobierno burgués italiano, de donde les expulsaron en 1947. Para conseguir esta meta intentaron mostrar a los partidos burgueses que ya no dependían del Kremlin. Togliatti, uno de los principales colaboradores de Stalin en los años 30, se convirtió en uno de sus principales críticos después de 1956.

El cambio en la línea llevó a amargas disputas con los defensores de Stalin a nivel internacional y con los estalinistas del propio PCI. Era una batalla en dos fren­tes: afirmar la independencia del partido en relación a los herederos de Stalin en el Kremlin, y probar que un gobierno con la participación del PCI no significaría un cambio drástico en la máquina del Estado. La crítica anteriormente censurada de Gramsci a Stalin, se volvió una arma en el primer frente. Y una distorsión de las ideas de Gramsci sobre el Estado fue útil en el segundo.

De patrono del estalinismo italiano, Gramsci pasó rápidamente a ser el patrono del eurocomunismo. Se invocaron sus ideas para justificar el “compromiso histórico” del PCI con la democracia cristiana. En Gran Bretaña la derecha intelectual del Partido Comunista Británico adoptó a Gramsci. ¡Llegó a ser citado para justificar la política salarial del gobierno![4]

La estrella del eurocomunismo pronto menguó. Pero la interpretación de Gramsci fomentada por este movi­miento, continúa viva: divulgada por revistas como Marxism Today, en un torrente aparentemente intermi­nable de obras académicas,[5] y cada vez más como parte de la terminología habitual de la intelectualidad de izquierda del Partido Laborista.[6]

Sin embargo, ha habido pocos pensadores marxistas cuyo espíritu discrepara tanto con el del reformismo como el de Gramsci. Sus ideas se basaron en nociones que hoy en día el reformismo desprecia como “insurreccionistas”, “obreristas”, “espontaneístas” y “basistas”.

“INSURRECCIONISMO”

De su participación inicial en el movimiento socialis­ta, Gramsci adquirió un amargo desprecio por los parla­mentaristas. En 1918 les equipa­ró a “un enjambre de moscas en una taza de crema, donde se clavan y mueren sin gloria”. Con palabras que po­drían aplicarse a la Italia de hoy, argumentó:

“La decadencia política que trae la colaboración de clases se debe a la expansión espasmódica de un partido burgués que no sólo está satisfecho en aferrarse al Estado, sino también hace uso del par­tido que es antagónico al Estado [el Partido Socialis­ta]“.

El énfasis de Gramsci en la construcción de los conse­jos de fábrica en 1919 emergía de su convicción de que solamente con instituciones nuevas, no parlamentarias, la clase trabajadora podría realizar con éxito su revolu­ción:

“Los socialistas han con harta y supina frecuencia, aceptado la reali­dad histórica dimanante de la iniciativa capitalista; …han creído en la perpetuidad de las instituciones del Estado democrático, en su perfección fundamental. Según ellos, la forma de las instituciones democráticas puede ser corregida, es susceptible de ser retocada aquí y allá, pero tiene que ser fundamentalmente respetada”.

“…[Nosotros] estamos persuadidos de que el Estado socialista no puede encarnarse en las instituciones del Estado capitalista, sino que aquél es una creación fundamen­talmente nueva con respeto a éste”.[8]

La hostilidad de Gramsci hacia el reformismo aumentó aun más en los años siguientes. Esta hostilidad se dirigió no sólo hacia los socialdemócratas de derecha, partidarios de Turati, sino también a los socialdemócra­tas de izquierda, dirigidos por Serrati –los llamados maximalistas– que utilizaban una terminología que hoy produciría infartos en los intelectuales “marxistas” se­guidores de Gramsci. Primero, esos reformistas, por omisión, permitieron que los trabajadores de Turín quedasen aislados y fuesen derrotados por los patrones en una gran huelga en abril de 1920. Después rehu­saron proporcionar una dirección revolucionaria al amplio auge de la militancia que produjo la ocupación de las fábricas en el norte de Italia en setiembre de 1920. Esas traiciones llevaron a Gramsci a unirse a aquéllos que abandonaron del Partido Socialista y fundaron el Partido Comunista Italiano en 1921.

La hostilidad de Gramsci en relación tanto a los re­formistas de derecha como a los de izquierda, no era síntoma de una “inmadurez política” que más tarde habría superado, como pretenden muchos de los actua­les intérpretes de Gramsci.[9] Este sentimiento perma­neció como una marca indeleble en su último gran esfuerzo para construir el Partido Comunista; las Tesis presentadas al Congreso de Lyon del PCI en 1926.

Las Tesis de Lyon[10] fueron el escrito más maduro de Gramsci publicado en su vida. Las Tesis se dirigían principalmente contra el grupo ultraizquierdista de Bordiga, que hasta entonces dominaba el PCI. El princi­pal punto de desacuerdo era la insistencia de Gramsci en desenmascarar a los dirigentes reformistas, proponiéndoles acciones de frente único en cuestiones específicas. Pero al mismo tiempo, Gramsci era inflexible insistiendo en que:

“la socialdemocracia, aunque conserve en gran medida su base social en el proletariado, debe ser considerada, en lo que se refiere a su ideología y el papel político que cumple, no como la ala derecha del movimiento obrero, sino como la ala izquierda de la burguesía, y como tal, debe ser desmascarada delante de los ojos de las masas”.[11]

Esta definición es muy próxima a la definición de Lenin sobre los partidos reformistas como “partidos obreros burgueses”.

No es sorprendente que aunque estén entre los mejo­res análisis hechos por Gramsci, las Tesis de Lyon fueran uno de sus últimos escritos accesibles.

La hostilidad de Gramsci hacia el reformismo reflejaba un claro entendimiento de la necesidad de la insurrección armada. Según las Tesis de Lyon:

“La derrota del proletariado revolucionario en este período decisivo (1919‑20) fue debida a deficiencias políticas, organizativas, tácticas y estratégicas del partido obrero. Como consecuencia de estas defi­ciencias, el proletariado no consiguió colocarse a la cabeza de la insurrección de la gran mayoría de la población, y canalizarla en dirección a la creación de un Estado obrero. En cambio, el propio proletariado fue influenciado por otras clases sociales, lo que acabó por paralizar su actividad”.[12]

De ahí la necesidad de un Partido Comunista, entre cuyas “tareas fundamentales” estuviese la de “plantear al proletariado y sus aliados el problema de la insurrección contra el Estado burgués y de la lucha por la dictadura del proletariado”.[13]

Obviamente no hay mención abierta a la insurrec­ción armada en las anotaciones de los Cuadernos de la Cárcel, escritas bajo los ojos vigilantes de los carceleros fascistas. Pero Gramsci demostró en una de las pocas conversaciones que tuvo en la prisión, que no había abando­nado su “inmadura” insistencia en la insurrección:

“La conquista violenta del poder necesita la creación de un partido de la clase obrera con un tipo de organización militar, ampliamente difundido y enraizado en cada célula del aparato estatal burgués, y capaz de golpear e infligirle serias bajas en el mo­mento decisivo de la lucha”.[14]

“OBRERISMO”

Para Gramsci, la clave de la lucha por el poder era la clase obrera; los trabajadores de carne y hueso que se afanaban en las fábricas de Turín, no los míticos e idealizados trabajadores de extracción estalinista o maoísta. “La concentración capitalista”, escribió Gramsci en 1919, “produce una correspondiente concentración de masas humanas trabajadoras. Éste es el hecho que está en la base de todas las tesis revolucionarias del marxis­mo”.[15]

Este énfasis en el papel central de la clase trabajadora fue la base de la participación de Gramsci en los consejos de fábrica de Turín en 1919 y 1920, y también está presente en las Tesis de Lyon.

“La organización partidaria debe ser construida sobre la base de la producción y, por tanto, a partir del local de trabajo (células). Este principio es esencial para la crea­ción de un partido “bolchevique”. Depende del hecho de que el partido debe estar armado para dirigir el mo­vimiento de masas de la clase obrera, que es naturalmente unificada por el desarrollo del capitalismo a partir del proceso de producción. Situando la base de organización en el lugar de la producción, el partido hace una elección con relación a la clase sobre la cual se apoya. Se proclama partido de clase y partido de una sola clase, la clase obrera.

“Todas las objeciones al principio que fundamenta la organización del partido sobre la base de la produc­ción proceden de concepciones propias a clases ex­trañas al proletariado… y son la expresión del espíri­tu anti-proletario del pequeño‑burgués intelectual, que se considera “la sal de la tierra”, y ve en el obrero el instrumento material de la transformación social y no el protagonista consciente e inteligente de la revolución”. [16]

En el partido deben caber intelectuales y campesinos, pero:

“es preciso rechazar vigorosamente como contrarrevolucionaria cualquier concep­ción que haga del par­tido una “síntesis” de elementos heterogéneos, en vez de sustentar, sin ninguna concesión de ese tipo, que es una parte del proletariado; que el proletariado debe imprimir en ello la marca de su propia organi­zación; y que el proletariado debe tener garantizada una función dirigente dentro del propio partido”.[17]

La razón es simple; la fuerza revolucionaria decisiva es la clase obrera:

“La práctica del movimiento de las fábricas (1919‑1920) demostró que sólo una organización implantada en el local y en el sistema de producción permite establecer un contacto entre las capas supe­riores e inferiores de la masa trabajadora (obreros cualificados, no‑cualificados y braceros).’”[18]

Gramsci estaba lejos de negar la importancia vital de ganar a los trabajadores agrícolas no propietarios y a los campesinos para la revolución. También consideraba que sería muy favorable para la clase trabajadora la conquista de sectores de la clase media. Pero para él esto significaba que la clase trabajadora tendría la dirección, sin ocultar sus metas socialistas. Los revolucionarios tenían que estar dispuestos a luchar junto con no revolucionarios en torno a objetivos no necesariamente socialistas, tales como la reivindicación por una Asamblea Constituyente más democrática. Pero debería quedar claro que:

“…no hay posibilidad de una revolución en Italia que no sea la revolución socialista. En los países capita­listas, la única clase capaz de realizar una transfor­mación social profunda y real es la clase trabajadora”.[19]

Sobre esta base, incluso después de haber roto con el ultraizquierdismo de Bordiga, Gramsci continua­ba en firme oposición a la corriente de derecha en el Partido Comunista dirigida por Tasca (cuya política hoy los situaría a la izquierda de los euroco­munistas). Gramsci insistió en que era “pesimismo” y “desviación” pensar que:

“…ya que el proletariado no puede derrumbar el régimen pronto, la mejor táctica es aquella cuya meta sea, si no un verdadero bloque bur­gués‑proletario para la eliminación constitucional del fascismo, al menos una pasividad de la vanguar­dia revolucionaria y la no intervención del Partido Comunista en la lucha política inmediata, que permitía así a la burguesía utilizar el proletariado como tropa electoral contra el fascismo. Este pro­grama se expresa en la fórmula de que el Partido Comunista debe ser el “ala izquierda” de una opo­sición que reúna a todas las fuerzas que conspiran para derribar el régimen fascista”.[20]

El Partido Comunista tenía que encabezar algunas de las reivindicaciones democráticas de los partidos burgueses de oposición, pero para que “esos partidos, así sujetos a la prueba de las acciones, se desenmascaren delante las masas y pierdan su influencia sobre ellas”.[21]

No hay ninguna duda de que si Gramsci estuviese vivo hoy, sus pretendidos admiradores en el PCI y en los demás partidos reformistas le insultarían por no entender la necesidad de una “amplia alianza democrática” de todas las fuerzas “antimonopolistas”.

“ESPONTANEÍSMO”

El área más acabada del pensamiento de Gramsci concierne a la lucha para desarrollar una consciencia revolucionaria en la clase obrera.

Parte de la insistencia de que la clase obrera no puede ser entrenada mecánicamente para la lucha, como si fuese un ejército. Su disciplina depende de su conscien­cia. Y ésta, a su vez, crece conforme a la experiencia práctica de lucha.

Las ideas de Gramsci sobre esta cuestión se desenvuel­ven a partir de una polémica contra las otras tres princi­pales corrientes de la izquierda italiana en el primer año después de la Primera Guerra Mundial.

La mayor de ellas, dirigida por Serrati, veía al Partido Socialista como la encarnación de la consciencia de clase. La dictadura del proletariado sería, según sus pala­bras, la “dictadura del Partido Socialista”. Para él la consciencia de clase se identificaba con la tarea lenta y metódica de construir el partido. La segunda corriente, la de los revolucionarios ultraizquierdistas agrupados en torno a Bordiga, pensaba que el partido de Serrati jamás se atrevería a tomar el poder. Pero ellos también veían la consciencia de clase personificada en un Partido, el Partido Comunista, concebido como un pequeño grupo de élite, formado por cuadros altamente entrenados y disciplinados. Solamente después de que el partido hubiese tomado el poder en nombre de la clase serían formados los soviets (consejos obreros).[22]

La tercera corriente, el ala derecha del Partido Comunista, dirigida por Tasca, acentuaba por un lado, la educación de los trabajadores, y por otro, los acuerdos con los dirigentes sindicales “de izquierda”. Todos los grupos a pesar de sus divergencias, compartían la noción de que correspondía a los dirigentes del partido “dar” la consciencia de clase a los trabajadores, así como se dan migas a los pájaros.

Para Gramsci por el contrario, lo que determinaba el crecimiento de la consciencia obrera era la naturaleza y la dirección que se daba a las luchas e instituciones que se desarrollaban espontáneamente. Para él como para Lenin y Trotsky, el soviet no era una abstracción a ser creada por el partido en un cierto momento, sino algo nacido como un órgano de la lucha de los trabajadores en la fábrica, iniciándose, eventualmente, en torno a alguna cuestión aparentemente insignificante. Por ejemplo, la ocupación semi-insurreccional de setiembre de 1920 fue provocada por el fracaso de las negociacio­nes entre el sindicato y la patronal sobre el acuerdo salarial nacional de los metalúrgicos.[23] El soviet tenía que desarrollarse como una organización que vincu­lase a los trabajadores en torno al lugar de producción, cualquiera que fuese la categoría profesional, cualquiera que fuese el sindicato, estuviesen o no sindicalizados. Una organización que uniese sus luchas con las de otros trabajadores vinculados a ellos en el proceso productivo, una organización que expresase su creciente consciencia de unidad, fuerza y capacidad de controlar la producción.[24]

Los consejos obreros de Turín no surgieron de la nada. Nacieron como “comisiones internas” en las fábricas, con funciones semejantes en muchos sentidos, a las cumplidas por los comités de delegados sindicales en Inglaterra (shop stewards’ committees). Gramsci pensaba que su papel y el de sus camaradas de L’Ordine Nuovo, el periódico que editaban en Turín, era promover este desarrollo espontáneo, generalizar las comi­siones internas, ampliar sus bases, animarlas a arrancar cada vez más poder a la gerencia, y crear vínculos entre sí.

En palabras de Gramsci:

“El problema del desarrollo de las comisiones internas se volvió el problema central, la idea de L’Ordine Nuovo. Llegó a verse como el problema fundamental de la revolución obrera; era el proble­ma de la “libertad” proletaria. Para nosotros y nuestros seguidores, L’Ordine Nuovo se volvió el “periódico de los Consejos de Fábrica”. Los obreros adoraban L’Ordine Nuovo, y ¿por qué?

Porque en sus artículos descubrían una parte –la mejor parte– de sí mismos. Porque sentían que los artículos estaban impregnados del mismo espíritu de indagación íntima que ellos experimentaban: “¿Cómo podemos liberarnos? Como podemos volver a ser nosotros mismos?” Porque sus artículos no eran estructuras frías e intelectuales, sino que brotaban de nuestras discusiones con los mejores obreros; elabo­raban los verdaderos sentimientos, metas y pasiones de la clase obrera de Turín, los cuales nosotros mis­mos habíamos provocado y puesto a prueba. Porque sus artículos eran, prácticamente, un “tomar nota” de los eventos reales, vistos como momentos de un proceso de liberación interior y de autoexpresión por parte de la clase obrera. He ahí por qué los tra­bajadores adoraron L’Ordine Nuovo y como su idea llegó a ser “formada”.”[25]

Cuando Gramsci escribió esas líneas en 1920 aún era miembro del Partido Socialista. Fue solamente más tarde, durante el mismo año, después de la derrota de las ocupaciones, cuando vio la necesidad de romper con el reformismo y formar un partido revolucionario homogé­neo. Sus escritos sobre los consejos de fábrica, por tanto, carecen de cualquier discusión explícita de la noción de cómo un partido revolucionario debe trabajar en ellos. Pero esos escritos enfatizan de qué modo los individuos revolucionarios y el periódico revolucionario deben actuar para captar los elementos embrionarios de orga­nización y consciencia comunistas, a medida que esos elementos surjan espontáneamente, para genera­lizarlos y articularlos, para hacer a los trabajadores conscientes de ellos.

Gramsci volvió a las mismas cuestiones en 1923, cuando criticó su propia disposición, durante tres años, a enterrar sus opiniones sobre el dogmatismo de Bordi­ga.

“No hemos considerado el partido como el resultado de un proceso dialéctico en el cual el movimiento espon­táneo de las masas revolucionarias y la voluntad organi­zativa y directiva del centro converjan, sino sólo como algo flotando en el aire, que se desenvuelve en y para sí mismo, y el cual las masas han de alcanzar cuando su situación sea favorable y la onda revolucionaria haya llegado a su punto máximo”.[26]

Construir el partido revolucionario no es una cuestión de inculcar ideas en los trabajadores a través de propa­ganda abstracta. Tampoco es una cuestión de esperar hasta que los trabajadores actúen, impulsados por los efectos de la crisis económica. Se trata de relacionarse con cualquier lucha espontánea, parcial, e intentar generalizarla. Gramsci retomó exac­tamente el mismo tema, expresado en terminología más abstracta, en los Cuadernos de la Cárcel. Aquí escribe que el trabajo de un partido debe ser el de extraer los elementos de “teoría” implícitos en las luchas colectivas de la clase obrera, y contraponer esta “teoría” a todas las otras “teorías” atrasadas, preexistentes en la cabeza de los trabajadores.

“Se plantea el problema de… construir sobre una determinada práctica una teoría que, coincidiendo e identificándose con los elementos decisivos de la práctica misma, acelere el proceso histórico en acto, haciendo la práctica más homogénea, coherente y eficiente en todos sus elementos, es decir, potenciándola al máximo”.[27]

Esto está muy lejos de la visión reformista de los eu­rocomunistas y de algunos de la izquierda laborista británica, que ven la lucha por el socialismo como un proceso de educación lento, puramente ideológico, que lleva los trabajadores a votar en número cada vez mayo­r a favor de la combinación precisa de parlamentarios y dirigentes sindicales.

“BASISMO”

Los políticos reformistas inspiraban en Gramsci nada menos que desprecio, en tanto procura­ban restringir el desarrollo de la lucha de clases a cana­les estrechos y preconcebidos, “para obstruir su curso arbitrariamente, a través de síntesis preestablecidas”.[28] En 1919 comenzó a analizar la fuente de esta obstrucción, localizándola en los parlamentarios del Partido Socialista y en la burocracia sindical. Remarcó la alienación que muchos trabajadores sentían en relación a sus propios sindicatos, y pasó a analizar los orígenes de ese fenómeno, explicándolo por el hecho de que los sindicatos funcionan con la finalidad de conseguir re­formas dentro del capitalismo, y tienen un cuerpo admi­nistrativo y una estructura adaptados a esta finalidad.

Los sindicatos, explica Gramsci:

“constituyen el tipo de organización proletaria espe­cífico del periodo de historia dominado por el capi­tal… En tal periodo, en el que los individuos valen tanto más cuanto mayor sea la cantidad de mer­cancías que posean y mayor sea el tráfico que con ellas hagan, también los obreros se han visto constreñidos a obedecer las férreas leyes de la necesidad general y se han convertido en comerciantes de su única propiedad, de su fuerza de trabajo… han creado ese enorme aparato de concentración de carne y fatiga, han fijado precios y horarios, y han organizado el merca­do… La naturaleza esencial del sindicato es competitiva; no es, en manera alguna, comunista. El sindicato no puede ser, pues, un instru­mento de renovación radical de la sociedad”. [29]

“De esta manera se viene creando una verdadera casta de funcionarios y de periodistas sindicales, con un espíritu de cuerpo en absoluto contraste con la mentalidad obrera”.[30]

Este análisis, y la experiencia de los consejos de fá­brica de Turín, llevaron a Gramsci progresivamente a ver a la burocracia sindical como un saboteador activo de la lucha de clases: “El funcionario sindical concibe la legali­dad industrial como una perpetuidad. Y con demasiada frecuencia la defiende desde un punto de vista idéntico al del propietario”.[31] Después de la traición de 1920, Gramsci quedó plenamente convencido del papel contra­rrevolucionario de la dirección sindical.

“La huelga general de Turín y del Piamonte chocó contra el sabotaje y la resistencia de las organi­zaciones sindicales… puso de manifiesto la urgente necesidad de luchar contra todo el mecanismo burocrático de las organizaciones sindicales, que son el más sólido apoyo para la labor oportunista de los parlamentaristas y de los reformistas, labor tendiente a la sofocación de todo movimiento revolucionario de las masas trabajadoras”.[32]

De la misma manera, Gramsci escribió en las Tesis de Lyon que:

“El grupo que dirige la Confederación del Trabajo [la principal confederación sindical italiana al prin­cipio de los años 20] también debe ser considerado de ese punto de vista, en otras palabras, como el vehículo de una influencia desagregadora de otras clases sobre la clase obrera” [33]

Recordemos que el Gramsci de los Cuadernos de la Cárcel no abandonó estas opiniones “inmaduras”, “obreristas”, y “basistas”. En 1930 escribió:

“Descuidar o, aún peor, despreciar los llamados mo­vimientos “espontáneos”, esto es, no darles una dirección consciente, o dejar de elevarlos a un nivel superior articulándolos con la política, frecuentemente puede llevar a consecuencias extremamente graves”.

Para Gramsci la derrota de 1920, que preparó el ca­mino para el golpe de Mussolini en 1922, tenía que ver con la incapacidad de Serrati, Bordiga y Tasca para ofrecer tal dirección a los movimientos espontáneos de obreros y campesinos:

“Ocurre casi siempre que un movimiento “espontáneo” de las clases subalternas [los trabaja­dores y campesinos] coincide con un movimiento reaccionario de la derecha de la clase dominante, y ambos por motivos concomitantes: por ejemplo, una crisis económica determina descontento en las clases subalternas y movimientos espontáneos de masas, por una parte, y, por otra, determina complots de los grupos reaccionarios, que se aprovechan de la debili­dad objetiva del gobierno para intentar gol­pes de estado. Entre las causas eficientes de estos golpes hay que incluir la renuncia de los grupos res­ponsables [el Partido Socialista] a dar una dirección consciente a los movimientos espontáneos para con­vertirlos así en un factor político positivo”.[34]

Evidentemente Gramsci no era un “obrerista”, “espontaneísta”, o “basista” propiamente dicho, en el sentido de menospreciar la importancia de la intervenci­ón de los marxistas en la lucha de clases. Todo lo contrario. Su propia actividad en 1919‑20 y en 1924‑26 fue un ejemplo brillante (aunque no perfecto, claro) de tal intervención.

EL ARGUMENTO CENTRAL

La base de las distorsiones reformistas del pensamien­to de Gramsci se resume en lo siguiente:

Gramsci demuestra que las sociedades occidentales son bastante diferentes de la Rusia zarista. El poder de la clase dominante en Occidente se asienta principalmente, no en el control físico a través del apa­rato policial‑militar, sino en la dominación ideológica ejercida a través de una red de instituciones voluntarias que se extienden a través de la vida cotidiana (“sociedad civil”): los partidos políticos, los sindicatos, las iglesias, los medios de comunicación. El aparato represivo del Estado es apenas una entre las muchas defensas de la sociedad capitalista.

Se desprende de esto que la lucha clave para los revolucionarios no es un asalto directo contra el poder estatal, sino la lucha por el dominio ideológico, por aquello que Gramsci llama “hegemonía”. La hegemonía se conquista a través de un proceso prolongado por muchos años, y exige paciencia y sacrificios ilimitados por parte de la clase obrera. En particular, la clase trabajadora puede hacerse “contrahegemónica” sólo conquistando las principales secciones de la intelectualidad y las clases que ésta representa, a causa del papel decisivo que desempeñan al manejar los aparatos de dominación ideológica. Para conseguir esto, la clase trabajadora tiene que estar dispuesta a sacrificar sus intereses económicos inmediatos. Y en tanto no haya realizado esta tarea, o sea, en tanto no se haya convertido en clase “hegemónica”, las tentativas de tomar el poder estatal no acabarán sino en derrota.[35]

La justificación para esta posición se asienta en la dis­tinción que Gramsci hace en los Cuadernos de la Cárcel entre dos tipos de guerra:

(1) La guerra de maniobra o movimiento, que implica el movimiento rápido por parte de los ejércitos enemi­gos, con repentinos avances y retrocesos, en que cada uno procura desbordar el flanco del otro ejército, y cercar sus ciudades;

(2) La guerra de posición, una lucha prolongada en que los dos ejércitos en batalla llegan a un impase, cada uno casi incapaz de avanzar, como en las guerras de trinchera de 1914‑18.

“Los técnicos militares… [consideran] que en las gue­rras entre los Estados más adelantados industrialmente y en civilización, la guerra de movimiento tiene que con­siderarse como reducida ya a una función táctica más que estratégica”…

“La misma reducción hay que practicar en el arte y en la ciencia de la política, al menos por lo que hace a los Estados más adelantados, en los cuales la “sociedad civil” se ha convertido en una estructura muy compleja y resistente a los “asaltos” catastróficos del elemento económico inmediato (crisis, depresiones, etc.)”.[36]

El último ejemplo victorioso de la aplicación de la guerra de movimiento, o sea de un asalto frontal contra el Estado, fue la Revolución de Octubre de 1917:

“Me parece que Ilich [Lenin]… había comprendido que era necesario pasar de la guerra de movimiento, victoriosamente aplicada en Oriente el año 17, a la guerra de posición o de trinchera, que era la única posible en Occidente”.[37]

La base para este cambio en la estrategia se asentaba en las diferentes estructuras sociales de la Rusia zarista y de Europa occidental:

“En Oriente, el Estado lo era todo, la sociedad civil era primaria y gelatinosa; en Occidente… detrás del tem­blor del Estado podía de todos modos verse en segui­da una robusta estructura de la sociedad civil. El Estado era sólo una trinchera avanzada, detrás de la cual se encontraba una robusta cadena de fortalezas y fortines”.[38]

La fórmula de la revolución permanente:

“pertenece a un período histórico en el cual los gran­des partidos políticos de masas y los grandes sindica­tos económicos aún no existían, y la sociedad estaba aún, por decirlo así, en un estado de fluidez en mu­chos aspectos… En el período después de 1870… las relaciones organizativas internas e internacionales del Estado se volvieron más complejas e imponentes, y la fórmula de 1848 de la “Revolución Permanente” [Marx adoptó este slogan después de la revolución de 1848] es ensanchada y superada en la ciencia política mediante la fórmula de la “hegemonía ci­vil”.[39]

Las formulaciones de Gramsci no deben ser aceptadas acríticamente, como mostraré más adelante. Pero primero debe quedar claro que no permiten, en modo alguno, conclusiones reformistas.

En primer lugar, la guerra de posición es una guerra. No es colaboración de clases, como se está practicando actualmente por el Partido Comunista Italiano. El des­precio de Gramsci por los reformistas, que predicaban la colaboración de clases, no disminuyó en absoluto en la prisión. Comparaba su pasividad frente a los fascistas al “castor [que], seguido por los cazadores que quieren arrancarle los testículos de los que se extraen medicamentos, para salvar la vida se los arranca él mismo”.[40]

En segundo lugar, no es una revelación sorprendente afirmar que la política revolucionaria se dedica por mucho tiempo a la “guerra de posición”. Después de todo, Lenin y Trotsky defendieron en el Tercer Congreso de la III Internacional Comunista en 1921, a partir de la experiencia de los bolcheviques rusos, la forma­ción de frentes únicos con partidos reformistas, para conquistar la mayoría de la clase trabajadora para el comu­nismo. Ellos lucharon duramente contra la ultraiz­quierdista “teoría de la ofensiva”, muy en boga entonces, particularmente en el Partido Comunista de Alemania: la visión de que los Partidos Comunistas podían simple­mente lanzarse al asalto del poder, sin el apoyo de la mayoría de la clase, a través de repetidas aventuras insurreccionales. Gramsci reconocía el papel de Trotsky en el viraje de la Internacional Comunista a la táctica del frente único obrero. [41]  E identifica explícitamente la “guerra de posición” con “la fórmula del frente único”.[42]

En las Tesis de Lyon Gramsci intentó aplicar la tác­tica del frente único obrero a Italia. La adopción de esta táctica (a la cual se había opuesto inicialmente, si­guiendo a Bordiga) no representaba ninguna disminu­ción de la hostilidad de Gramsci hacia los re­formistas. Describió la táctica del frente único como “actividad política (maniobra) cuya finalidad es desen­mascarar a los partidos y grupos llamados proletarios y revolucionarios que tienen una base de masas”.[43] La táctica se adopta con respecto a las “formaciones inter­medias que el Partido Comunista combate, como obstá­culos para la preparación revolucionaria del proleta­riado”.[44]

En tercer lugar, la batalla por la hegemonía no es simplemente una batalla ideológica. Es cierto que Gramsci rechaza continuamente la opinión de que el deterioro de las condiciones económicas de los trabajadores lleva automáticamente a la consciencia revolucionaria. Subraya este punto porque en los Cua­dernos de la Cárcel lo que le interesa es refutar las tesis estalinistas del “Tercer Período”, que sostenían que la crisis mundial por sí sola llevaría a la revolución mun­dial. Gramsci “forzó el argumento” para contrarrestar esta deformación mecanicista del marxismo.

Pero Gramsci nunca niega el papel determinante de la economía en la vida política. Así, en cuanto “puede excluirse que las crisis económicas inmediatas produz­can por sí mismas acontecimientos fundamentales; sólo pueden crear un terreno más favorable para la difusión de ciertos modos de pensar, de plantear y de resolver las cuestiones que afectan a todo el desarrollo ulterior de la vida nacional”.[45] Formuló la relación entre la economía y la ideología en los siguientes términos: “los hechos ideológicos de masas van siempre retrasados respecto de los fenómenos económicos de masas”, y entonces “en ciertos momentos el empuje automático debido al factor económico se frena, se detiene, o hasta queda momentá­neamente destruido por elementos ideológicos tradicio­nales”. Era precisamente por causa de ese atraso de la ideología en relación a la economía por lo que la intervención del partido revolucionario en las luchas económicas de los trabajadores era necesaria, para arrancarles de la influencia reformista.

“Por eso tiene que haber una lucha consciente y pre­parada para hacer “comprender” las exigencias de la posición económica de la masa que puede contradecirse con las directivas de los jefes tradicionales. Una iniciati­va política adecuada es siempre necesaria para liberar el empuje económico de los obstáculos de la política tradicional”.[46]

Y en uno de los pasajes centrales de los Cuadernos de la Cárcel, Gramsci volvió a la experiencia del mo­vimiento de los consejos de fábrica de Turín de 1919‑20, para contraponer de un lado, la convergencia que allí se daba entre la teoría marxista y las luchas espontáneas de los trabajadores, y de otro, tanto las luchas económicas estrechas, seccionales y “corporativistas”, como una actitud puramente intelectual y “voluntarista”, que predi­ca la política a los trabajadores desde fuera:

“El movimiento torinés fue acusado al mismo tiempo de ser “espontaneísta” y “voluntarista”… La acusación contradictoria muestra, una vez analizada… [que la] dirección no era “abstracta”, no consistía en una repeti­ción mecánica de las fórmulas científicas o teóricas. No confundía la política, la acción real, con la disquisición teorética. Se aplicaba a hombres reales, formados en determinadas relaciones históricas, con determinados sentimientos, modos de concebir, fragmentos de con­cepción del mundo, etc., que resultaban de las combina­ciones “espontáneas” de un determinado ambiente de producción material, con la “casual” aglomeración de elementos sociales dispares. Este elemento de “espontaneidad” no se descuidó, ni menos se despreció: fue educado, orientado, depurado de todo elemento extraño que pudiera corromperlo, para hacerlo homogé­neo, pero de un modo vivo e históricamente eficaz, con la teoría moderna [el marxismo]. Los propios dirigentes hablaban de la “espontaneidad” del movimiento, y era justo que hablaran así: esa afirmación era un estimulan­te, un energético, un elemento de unificación en profun­didad; era ante todo la negación de que se tratara de algo arbitrario, artificial, y no históricamente necesario. Daba a la masa una consciencia “teórica” de creadora de valores históricos e institucionales, de fundadora de Estados. Esta unidad de la “espontaneidad” y la “dirección consciente”, o sea, de la “disciplina”, es precisamente la acción política real de las clases subal­ternas”. [47]

En cuarto lugar, la lucha para ganar políticamente a otras clases oprimidas (sin hablar de las capas más atrasadas de la clase obrera) no significa que la clase obrera abandone la lucha por sus propios intereses. Cuando Gramsci contrastaba la actitud “corporativista” con la “hegemónica”,[48], estaba diferenciando a aquéllos que sólo defienden sus intereses particulares dentro de la sociedad capitalista (como hacen los sindicalistas re­formistas) de los que presentan sus luchas como la clave para la liberación de todos los grupos oprimidos.

En la Italia de los años 20 y 30 la lucha por la hege­monía implicaba la ruptura con la estrategia de los viejos reformistas de intentar ganar concesiones para los traba­jadores del norte del país, consintiendo en el empobre­cimiento del Sur dominado por los propietarios de tierra y el clero.[49] En cambio, la clase trabajadora, además de luchar por mejoras en sus propias condiciones, tenía que ofrecer tierra a los campesinos y la perspectiva de una sociedad digna a la intelectualidad.

Así como en la lucha por la consciencia de la clase trabajadora, la clave para ganar el campesinado se encontraba en la vinculación de las cuestiones políticas con las reivin­dicaciones prácticas. Repetidas veces Gramsci critica a los radicales extremistas (el Partido de la Acción), en la lucha para unificar a Italia en el siglo XIX (y por impli­cación a los socialistas reformistas del siglo XX), por dejar de tomar la única acción que podía romper el dominio de la reacción y del catolicismo en el Sur: la lucha para dividir las grandes propiedades entre los campesinos. Porque veía la lucha por la hegemonía como una lucha puramente intelectual, el Partido de la Acción no consiguió aprovechar la situación. “La incapacidad de resolver el problema agrario llevó a la casi imposibilidad de resolver el problema del clerica­lismo”.[50]

La clase trabajadora puede tener que hacer ciertos “sacrificios de orden económico‑corporativos” para ganar el apoyo de otras clases. “Pero también es indudable que tales sacrificios y el mencionado compromiso no pueden referirse a lo esencial, porque si la hegemonía es éti­co‑política no puede no ser también económica, no puede no tener su fundamento en la función decisiva que ejerce el grupo dirigente [la clase trabajadora] en el núcleo decisivo de la actividad económica”.[51]

No hay indicación alguna de que Gramsci hubiera abandonado en los Cuadernos de la Cárcel la posición defendida en las Tesis de Lyon, según la cual los trabajadores tenían que hacer grandes esfuerzos para ganar a los campesinos, pero se podía hacerlo sólo a través de la construcción de comités de trabajadores basados en su posición económica en las fábricas, usándolos para estimular la formación de comités de campesinos. Lo interesante es que, aunque Gramsci hablaba de “bloques dominantes”, y aunque enfatizaba la necesidad de que la clase trabajadora ganase al campesinado, no usó la jerga estalinista en boga en la época, de “bloques obrerocampesinos”. Menos aún concebía a los intelec­tuales de clase media como aliados en pie de igualdad con la clase trabajadora. No se les podía ganar para seguir la dirección de la clase trabajadora a no ser en el curso de la lucha.[52]

En quinto y último lugar, Gramsci nunca sugiere en los Cuadernos de la Cárcel que la lucha por la hegemo­nía pueda resolver por sí sola el problema del poder estatal. Incluso en un período en el que la “guerra de posición” cumple un papel predominante, Gramsci habla de un “elemento “parcial” de movimiento”,[53] y dice que la “guerra de movimiento” cumple “más una función táctica que una función estratégica”.[54]

En otras palabras: la mayor parte del tiempo los revolucionarios se ocupan de la lucha ideológica, usando la táctica del frente único en luchas parciales para arre­batar la dirección de las manos de los reformistas. Toda­vía hay momentos periódicos de violenta confrontación, en los que uno de los lados intenta romper las trincheras del otro por medio de un ataque frontal. La insurrección armada seguía siendo para Gramsci, como dejó claro en las conversasaciones que tuvo en la prisión, “el momento decisi­vo de la lucha”.

El énfasis en la “guerra de posición” en los Cuader­nos de la Cárcel debe situarse en su contexto histórico. Es una metáfora cuya intención es la de dejar definitiva­mente clara una cuestión política concreta: la voluntad revolucionaria de unos pocos millares de revolucionarios en un momento de crisis no crea las condiciones para una insurrección exitosa. Estas condiciones tienen que ser preparadas por un largo proceso de intervención política y lucha ideológica. Pensar de otro modo, como hicieron Togliatti y otros estalinistas del “tercer perío­do” en el inicio de los años 30, era una completa locura. En aquellas circunstancias, Gramsci estaba menos preocu­pado en argumentar a favor de la necesidad de la insur­rección armada –dado que los estalinistas estaban en la época totalmente decididos a organizar levantamientos armados, por poca posibilidad de éxito que hubiera– que en enfatizar, como lo hizo Lenin en julio de 1917 y nuevamente en el caso de Alemania en 1921, que una insurrección sólo puede triunfar con el apoyo activo de la mayoría de la clase trabajadora.

Es erróneo por lo tanto, aplicar la metáfora como si tuviese validez universal, independientemente de su contexto histórico. Después de todo, incluso en términos puramente militares, la “guerra de posición” estática no siempre es apropiada, como aprendió para su desgra­cia, el Estado Mayor francés cuando los tanques alema­nes superaron la línea Maginot en 1940.

AMBIGÜEDADES EN LAS FORMULACIONES DE GRAMSCI

Cualquier metáfora tan sujeta a interpretacio­nes erróneas como la distinción gramsciana entre la “guerra de posición” y la “guerra de maniobra” debe ella misma, estar abierta a la crítica. Perry Anderson en un interesante ensayo, señaló que las metáforas de Gramsci envuelven una serie de ambigüedades y contradicciones, un “deslizamiento” conceptual, que los reformistas pueden aprovechar para deformar la esencia revolucio­naria de la obra de Gramsci.[55]

Sin duda, el contraste entre la “guerra de posición” y la “guerra de maniobra” es un poco impreciso. En un punto de los Cuadernos, Gramsci sitúa la transición de la “guerra de posición” política en el período posterior a 1871; en otro punto, no obstante, se desplaza al período de estabilización de la economía capitalista mundial, en el comienzo de los años 20. Esta confusión sobre el momento de transición es importante, porque deja por resolver la cuestión si la “guerra de posición” es una estrategia eterna o una estrategia apropiada sólo en ciertos períodos. Algunas de las formulaciones de Gramsci apuntan a la primera interpretación. Pero de­bemos necesariamente rechazar esta interpretación si atendemos a su repetida insistencia en la interacción entre el partido revolucionario y las “luchas espontáneas” de la clase, y a su creencia en la necesidad de la insurre­cción armada.

Una segunda confusión reside en el contraste entre Rusia y Occidente. El contraste implica una interpreta­ción incorrecta del movimiento revolucionario ruso. De hecho, las primeras tentativas de “guerra de maniobra” –los ataques armados al régimen zarista por los de­cembristas, en los años 20 del siglo pasado, y por los populistas, que consiguieron asesinar el zar en 1881– fallaron. Generaciones posteriores de revolucionarios tuvieron que adoptar una estrategia diferente. La derrota de la autocracia exigió una prolongada “guerra de posi­ción”; diez años de círculos de discusión marxista y otros diez años de agitación “economicista”, antes de que el partido de masas pudiera surgir en 1905, y después 12 años más de recuperación de fuerzas. Esta “guerra de posición” fue necesaria para preparar el terreno para la “guerra de maniobra” en 1905‑1906 y 1917.

Extendamos la metáfora de Gramsci: la guerra de posición militar se vuelve obsoleta y peligrosa con el descubrimiento de una nueva arma que puede romper las defensas adversarias, como en el caso de los tanques al final de la Primera Guerra Mundial (aunque no fuesen utilizados con resultados efectivos) y al principio de la Segunda Guerra Mundial. El equivalente político del tanque es el repentino, espontáneo y revolucionario “impulso de abajo” (en palabras de Gramsci) de las masas, que cogieron por sorpresa incluso a Lenin en febrero de 1917. Los revolucionarios no pueden adap­tarse a estos repentinos cambios sin un salto rápido de una postura defensiva a una postura que concuerde con la nueva “guerra de maniobra”, intentando guiar e influenciar a la vanguardia. La grandeza de Lenin reside en su habilidad en comprender exactamente cuando se debe hacer el cambio estratégico de la “guerra de posición” a la “guerra de maniobra”.

Lo que Lenin (así como Trotsky y Rosa Luxemburgo) comprendió fue que es necesaria la lucha prolongada por la hegemonía, por la organización y consolidación de las propias fuerzas, en ciertas etapas de la historia del mo­vimiento revolucionario. Pero este proceso contiene un peligro: el propio éxito organizativo en una determinada etapa de la lucha lleva al conservadurismo cuando se da un cambio en el estado de ánimo de las masas.

A fin de cuentas, el arquetipo del partido que proseguía la “guerra de posición” en la Europa anterior a la Primera Guerra Mundial era el Partido Socialdemó­crata Alemán (SPD). Este partido construyó una inmensa red de “fortificaciones” en el interior de la sociedad burguesa: centenares de periódicos, cientos de miles de militantes, cooperativas y clubes locales, un movi­miento de mujeres, una poderosa máquina sindical, y hasta una revista teórica capaz de granjearse la admiración de algunas secciones de intelectuales de gran reputación. Su tentativa de mantener estas “posiciones” cuando la Guerra Mundial estalló le llevó a pasar de la oposición a la colaboración de clases. (Es interesante recordar que la metáfora de “guerra de posi­ción y guerra de maniobra” fue empleada por Kautsky, en términos muy próximos a los de Gramsci, contra los ataques dirigidos por Rosa Luxemburgo a la dirección reformista del SPD en 1912).[56]

RUSIA, ITALIA Y OCCIDENTE

Italia es tomada por Gramsci como el prototipo de sociedad en la cual es necesaria la “guerra de posición”. Pero Italia en los años 20 y 30 de este siglo estaba lejos de ser una típica sociedad capitalista avanzada. Aquello que Gramsci considera característico de la “sociedad civil –la iglesia, las asociaciones culturales y políticas urbanas, los múltiples partidos burgueses y pe­queño‑burgueses, la influencia de “intelectuales funcio­nales” tales como profesores, abogados y sacerdotes–  parece hoy un fenómeno histórico transitorio, sintomáti­co del atraso de Italia de los años 20 y 30, de la prepon­derancia numérica del campesinado, del lum­penproletariado y de la pequeña burguesía. Incluso las asociaciones políticas y culturales urbanas tienden a declinar en importancia en las sociedades capitalistas más avanzadas.

En Gran Bretaña, tanto como en los otros países capi­talistas avanzados, el período de posguerra se ve carac­terizado por el fenómeno de la “apatía”; una caída de la participación de masas en asociaciones políticas y culturales, tales como el Partido Laborista y la Workers’ Educational Association,[57] el declive de la influencia política de los Orange Lodges[58] en Liverpool y Glasgow, una reducción de cincuenta por ciento, en un período de diez años, en el número de miembros religiosos activos. Los “intelectuales funcionales” –los abogados, profeso­res, sacerdotes, médicos– han dejado de desempeñar un papel clave en la formación local de opinión pública.

El capitalismo avanzado lleva a una centralización del poder ideológico, a la atomización de las masas –con la excepción decisiva de las organizaciones sindica­les basadas en el lugar de trabajo– y a un debilitamien­to de las viejas organizaciones políticas y culturales.

Esto se debe por un lado, a la intensificación del pro­ceso de trabajo –el trabajo por turnos dificulta la organización de asociaciones políticas o culturales locales. Por otro lado, la comercialización de la vida social, la llegada de la radio y de la televisión, la concen­tración del control sobre los medios de comunicación de masas, han debilitado el interés en otras actividades de ocio. La cantidad de estructuras efectivas de la “sociedad civil” entre el individuo y el Estado ha diminuido. Cada vez más los medios de comunicación de masas ofrecen una intermediación directa. Al mismo tiempo, la impor­tancia de la organización sindical basada en los lugares de trabajo ha crecido dramáticamente, convirtiéndose en la única institución de la “sociedad civil” no subverti­da por la atomización.

En estas circunstancias, la “red defensiva de trinche­ras” de que dispone la clase dominante en un tiempo de crisis llega a ser muy débil, cuando los trabajadores comienzan realmente a luchar. En efecto, la burguesía, para contener a la clase trabajadora, viene a depen­der crucialmente de la burocracia sindical, y en grado menor, de las organizaciones políticas reformistas. Pero con el paso del tiempo esto lleva a un desgaste de la con­fianza en los líderes reformistas y a explosiones espontá­neas de los trabajadores que ni aquellos líderes pueden controlar. En tales circunstancias se puede desarrollar una verdadera “guerra de maniobra”, en la cual los trabajado­res, a pesar de su falta de conciencia revolucionaria, se encuentran en conflicto directo con el Estado capitalista.

Como señaló Tony Cliff, en un artículo muy impor­tante fechado en 1968, el capitalismo avanzado crea “privatización” y “apatía”. Pero “el concepto de apatía no es un concepto estático. Cuando el camino de la reforma individual es bloqueado, la apatía puede trans­formarse en su opuesto, en acción directa de masas. Trabajadores que han perdido su lealtad a las organiza­ciones tradicionales se encuentran impulsados, por cuenta propia, a luchas extremas y explosivas”.[59]

Las metáforas de Gramsci se aplicaban en los años 30 para tratar de problemas concretos relacionados con la estrategia. Quienes ahora dicen ser sus seguidores intentan utilizarlas de un modo grosero para impedir la discusión actual, sin darse cuenta que desde entonces la sociedad se ha modificado en determinados aspectos decisivos. Se trata de un dogmatismo idéntico al que Marx, Lenin o Trotsky sufrieron en muchas ocasiones.

LAS DEBILIDADES DE GRAMSCI

Las limitaciones inherentes al pensamiento de Gram­sci se deben a las condiciones en las que vivió y escribió. En el caso de los Cuadernos de la Cárcel, estas limitaciones sientan la base para la distorsión de sus ideas.

La primera y más obvia limitación era la de que el Estado fascista le vigilaba noche y día y leía cada pala­bra que escribía. Para evitar la censura de la prisión tenía que ser vago cuando se refería a algunos de los más relevantes conceptos del marxismo. Tenía que usar un ambiguo lenguaje esopiano que ocultaba sus reales pensamientos, no sólo de sus carceleros, sino también frecuentemente de sus lectores marxistas y, a veces, se sospecha, de sí mismo.

Para tomar un punto decisivo: Gramsci frecuentemen­te usa la lucha de la burguesía por el poder, contra el feudalismo, como una metáfora para referirse a la lucha de los trabajadores por el poder y contra el capitalismo. Pero la comparación es peligrosamente engañosa. Puesto que las relaciones de producción capitalistas tienen como punto de partida la producción de mercancías –la producción de bienes para el mercado– que puede desarrollarse dentro de la sociedad feudal, la burguesía puede utilizar su creciente dominio económico para construir su posi­ción ideológica dentro de la estructura del feudalismo, antes de tomar el poder. En cambio, la clase trabajadora puede llegar a ser económicamente dominante sólo a través del control colectivo de los medios de producción, lo que requiere la toma, por medio de las armas, del poder político. Sólo entonces los trabajadores controlarán las imprentas, las universidades, etc., mientras que los capitalistas fueron capaces de comprarlos mucho antes de llegar a ser políticamente dominantes. Gramsci tenía necesaria­mente que most­rarse ambiguo en este punto. Pero hoy esta ambigüedad ofrece una excusa para presuntos intelec­tua­les que pretenden practicar la lucha de clases a través de una “práctica teórica”, “una lucha por la hegemonía intelectual”, cuando de hecho, no hacen más que avanzar en sus propias carreras académicas.

Además, Gramsci no podía escribir abiertamente so­bre la insurrección armada. Esta laguna en los Cuader­nos de la Cárcel ha dado a sus supuestos seguidores la posibilidad de ignorar la dura realidad del poder estatal que mantenía a Gramsci en sus garras.

Pero Gramsci tenía otras limitaciones, no sólo las físicas. Le encarcelaron justo cuando Stalin estaba ampliando su dominio sobre Rusia. Su incapacidad para com­prender plenamente este proceso marcó su pensamiento más profundamente de lo que puede parecer a primera vista.

Gramsci declaró su apoyo al bloque Stalin‑Bujarin formado en 1925. Parece haber aceptado el intento de construcción del “socialismo en un solo país” a través de concesiones a los campesinos, como parte de una “guerra de posición” a nivel internacional. Así, identificaba la oposición de Trotsky respecto al “socialismo en un solo país” con un rechazo ultraizquierdista del frente único, aunque sabía bien que Trotsky había sido uno de los principales responsables de la táctica del frente único.

Gramsci, como hemos visto, era muy consciente y muy crítico con el sofocante burocratismo estalinista. Pero su aceptación de la versión bujarinista-estalinista (1925‑28) del “socialismo en un solo país” le impidió entender los fracasos que se dieron en Rusia. Escribió en los Cuadernos de la Cárcel: “La “guerra de posición” exige enormes sacrificios por parte de infinitas masas de personas. De modo que es necesaria una concentra­ción sin precedentes de hegemonía, y de ahí, un gobierno más “intervencionista”, que tome la ofensiva contra los oposicionistas…”.[60]

Pero esta semidisculpa para las tendencias totalitarias es seguida por una cita de Marx, a modo de adver­tencia: “Una resistencia demasiado prolongada en un campo sitiado es desmoralizante en sí misma. Implica sufrimiento, fatiga, pérdida de descanso, enfermedad y presión continua, no del agudo peligro que tempera, sino del peligro crónico que destruye”.

Gramsci parece querer al mismo tiempo criticar este estado de cosas, y decir que está basado en una estrategia correcta. Esta contradicción no puede sino ejercer efectos debilitadores en otros aspectos de su teoría.

En 1919‑20 comprendió mejor que nadie en Europa Occidental la interrelación entre la lucha en la fábrica y la creación de los elementos de un Estado obrero. Tam­bién llegó a comprender la interacción dialéctica entre el desarrollo de la democracia obrera y su propulsor, el partido revolucionario. Este entendimiento sigue presen­te en gran parte de los Cuadernos de la Cárcel, pero en ciertos lugares está corroído por la tendencia a consi­derar el “socialismo en un solo país” como un método de la “guerra de posiciones” aplicable en otros países.

Gramsci no fue el único en no enfrentar la realidad del estalinismo. En la época en que estaba encarcelado y sin contacto con el movimiento internacional, los horrores del estalinismo aún estaban por acontecer. En esa época, futuros trotskistas como Andreu Nin y James P. Cannon, aún apoyaban a Stalin contra Trotsky. Pero en el caso de Gramsci este error dejó un elemento de confusión en su teoría, del cual se valen aquéllos que intentan justificar políticas reformistas hoy en día.

Hay aún una deficiencia más fundamental en Gram­sci. Aunque hace una exposición correcta a nivel abstracto, de la relación entre lo económico y lo político, Gramsci está solo entre los grandes marxistas, al no integrar una dimensión económica concreta en sus escritos políticos. Esto produce una arbitrariedad en sus escritos que no existe en Marx, Engels, Lenin, Rosa Luxemburgo o Trotsky. Por ejemplo, en 1925 pensaba que el fascismo estaba al borde de la ruina. Pero en los Cuadernos de la Cárcel, pocos años después, habló como si el fascismo tuviese una larga vida por delante. Habla aún del peligro de una integración “corporativista” de la clase trabajadora en el sistema, sin examinar las condicio­nes económicas que podrían hacerla posible.

En general, no llega a mostrar la verdadera interrela­ción entre una situación económica particular y las luchas políticas e ideológicas de individuos por ella afectados. En los años 1918‑26 puede cubrir esta laguna, en cierta medida, apoyándose en su experiencia directa de la lucha de clases. Por tanto, sus mejores escritos son aquéllos en que, asociándose con los trabajadores e intentando guiarlos, trata de problemas centrales de las luchas en curso.

Pero en 1926 el Estado fascista le separó brusca­mente de cualquier contacto con las masas. Gramsci era muy consciente de lo que esto significaba:

“Los libros y revistas contienen nociones generales, y apenas esbozan el curso de los eventos en el mundo, en la medida de lo posible: ellos nunca te dejan tener una idea directa, inmediata y vívida de la vida de José, Juan y María. Si no eres capaz de entender los individuos reales, no eres capaz de entender lo que es general y universal”.[61]

Esto puede aplicarse al propio Gramsci, que fue inca­paz sin la experiencia personal directa, de entender la interrelación concreta entre la situación económica y la reacción política de los individuos afectados por ella. Pero no lo fue en el caso de Marx que, en el exilio, pudo escribir El 18 Brumario, ni en el caso de Trotsky que exiliado en Turquía, pudo producir textos profundos sobre el desarrollo diario de los hechos en Berlín.

Los Cuadernos de la Cárcel sufren por encima de todo, de la incapacidad de pasar de los conceptos abstractos a los análisis concretos de situaciones concretas. Es este hecho, evidentemente, el que atrae a aquellos burócratas y académicos que quieren un “marxismo” reformista, divorciado de las luchas de masas de los trabajadores.

Aunque tal proyecto sea contrario al principal im­pulso de la vida y del pensamiento de Gramsci, no por esto debemos ignorar la deficiencia de los Cuadernos, deficiencia ésta que surge de su falta de concrección. Aunque tienen un discernimiento penetrante, no se igualan a la grandeza de los mejores trabajos de Marx, Lenin o Trotsky.

El juez fascista, en el proceso judicial de Gram­sci, exigió su prisión “para que, durante 20 años, este cerebro deje de trabajar”. Los fascistas no consiguieron esto. Pero al cortar los lazos de Gramsci con la participación directa en la lucha de clases, sí consiguieron impedir que su marxismo realizase plenamente el potencial ma­nifestado en L’Ordine Nuovo y en las Tesis de Lyon.

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Notas

Chris Harman fue editor de la International Socialist Journal, revista teórica y política marxista publicada en Gran Bretaña por el Socialist Workers Party (SWP). Y también autor de numerosos libros, entre los que se destacan Economics of the Madhouse (1995), The Lost Revolution: Germany 1918 to 1923(1997), A People’s History of the World (1999) y Explaining the crisis. A marxist re-appraisal (2001). Además de ser un dirigente revolucionario excepcional y militante del movimiento anticapitalista y del movimiento antiguerra. Falleciendo cuando todavía tenía mucho para brinda al movimiento obrero internacional, a la edad de 67 años el 7 de Noviembre de 2009. La redacción de este folleto data de 1983, mientras que la primera edición en Uruguay de Octubre de 2001.

AGA – Antonio Gramsci Antología, M Sacristán (Ed), siglo XXI, México 1970.

CF – Consejos de fábrica y Estado de la clase trabajadora, Antonio Gramsci, Ed Roca, México 1973.

IFP – Introducción a la filsofía de praxis, Antonio Gramsci, Ed Península, Barcelona 1972.

PP – Pasado y Presente, Antonio Gramsci, Ed Granica, Buenos Aires, 1974.

PW  1910‑20 – A Gramsci, Selections from the Political Writings 1910‑1920, Londres [Selecciones de los Escritos Políticos 1910‑1920]

PW 1921‑26 – A Gramsci, Selections from Political Writings 1921‑1926 [Selecciones de los Escritos Políticos 1921‑1926]

PN – A Gramsci, Selections from the Prison Notebooks [Selecciones de los Cuadernos de la Cárcel]

1 – Spunti Critici sulle ‘Lettere dal Carcere’ di Gramsci.

2 – A Davidson, Antonio Gramsci (Londres 1977), p. 240.

3 – Davidson, p. 269.

4 – Ver el discurso de David Purdy en la Conferencia sobre Gramsci, Polytechnic of Central London, 6 de marzo de 1977.

5 – Un reciente ejemplo representativo y particularmente grotesco es el libro de Roger Simon, Gramsci’s Political Thought [El pensamiento político de Gramsci] (Londres 1982).

6 – Ver por ejemplo el discurso hecho por el parlamentario británico Stuart Holland en el ‘Debate de la Década’ en Londres en el año de 1980, en The Crisis and Future of the Left (Londres 1980), p. 21.

7 – PW 1910‑20, p. 45.

8 – CF, pp. 30-31.

9 – Ver, por ejemplo, la reseña de Betty Matthews de PW 1910-20 en el Morning Star [periódico del Partido Co­munista de Gran Bretaña], 3 de marzo de 1977.

10 – Las Tesis de Lyon salen enteras en inglés en PW 1921‑26, p340-375. [Agradeceríamos notificación de donde se puede encontrar la traducción en castellano. N del T]

11 – PW 1921‑26, p. 359.

12 – PW 1921-26, p. 349.

13 – PW 1921-26, p. 357.

14 – Relato de una conversación con Gramsci por Athos Lisa, Rinascita.

15 – PW 1910-20, p. 93.

16 – PW 1921-26, p. 362.

17 – PW 1921-26, p. 363.

18 – PW 1921-26, p. 363.

19 – PW 1921-26, p. 343.

20 – PW 1921-26, p. 359.

21 – PW 1921-26, p. 375.

22 – Ver los artículos de Bordiga en PW 1910-20.

23 – Ver P Spriano, The Occupation of the Factories [La Ocupación de las Fábricas] (Londres 1975).

24 – Ver CF y PW 1910-20, Sección II.

25 – PW 1910-20, p. 293‑4.

26 – Citado en Davidson, p. 208.

27 – IFP, p. 66.

28 – PW 1910-20, p. 46.

29 – CF, p. 37.

30 – CF, p. 46.

31 – CF, p. 117.

32 – CF, p. 160.

33 – PW 1921-26, p355.

34 – AGA, p. 311-312. Gramsci ilustra su argumento con un ejemplo de la historia medieval italiana, pero queda claro que tiene en mente la derrota de las ocupaciones de fábri­cas y la ascensión del fascismo. Ver también PN, p. 225.

35 – Para ejemplos de su argumento ver Roger Simon, Gram­sci’s Political Thought, y ‘Gramsci´s Concept of Hege­mony’, Marxism Today, marzo de 1977.

36 – AGA, p. 420-421.

37 – AGA, p. 284.

38 – ibid.

39 – PN, p. 243.

40 – PP, p. 80.

41 – PN, p. 236: aunque Gramsci, por razones propias, a las cuales haremos referencia más abajo, en otro lugar iden­tifica a Trotsky con la ‘teoría de la ofensiva’.

42 – AGA, p. 284.

43 – PW 1921-26, p. 373.

44 – PW 1921-26, p. 373.

45 – AGA, p. 417.

46 – AGA, p. 408.

47 – AGA, p. 310-311.

48 – Gramsci, no obstante, no inventó esta terminología, a pesar de lo que piensan muchos ‘especialistas’ que no han estudiado la historia de la III Internacional Comunista. Véase, por ejemplo, G. Zinoviev, ‘La política campesina de la NEP es válida universalmente’ en H. Gruber (ed.) Soviet Russia Masters the Comintern (New York, 1974).

49 – Véase el artículo de Gramsci sobre ‘Algunos temas de la cuestión meridional’ en PW 1921-26, p. 441‑62. Hay frag­mentos del artículo en AGA, p. 192-199

50 – PN, p. 101.

51 – AGA, p. 402.

52 – Frases sobre tales ‘bloques’ han sido atribuidas a Gramsci como parte de la fraseología ‘gramsciana’ de moda. No obstante tales referencias raramente aparecen en sus es­critos, y cuando la palabra ‘bloque’ es usada, aparece ge­neralmente entre comillas y se refiere a coaliciones de fuerzas de la burguesía.

53 – PN, p. 243.

54 – PN, p. 243.

55 – Perry Anderson, ‘The antinomies of Antonio Gramsci’, New Left Review Nº 100. El artículo es muy interesante porque derrumba muchas posiciones defendi­das por Anderson en el pasado.

56 – Ver Anderson, pp. 61‑69. Ver también Lelio Basso, Rosa Luxemburg (Londres, 1975), pp. 152‑153 nota 148.

57 – Workers’ Educational Association: Asociación Educativa de los Trabajadores, fundada en el inicio de este siglo, por intelectuales de la burguesía liberal, y financiada directa e indirectamente por el Estado. Para muchos de sus inte­grantes, la WEA ha sido una respuesta efectiva a la ver­dadera carencia de acceso de los trabajadores a un buen nivel de educación. No obstante, su principal finalidad es convencer la clase trabajadora a procurar mejoras en sus condiciones de vida individualmente, a través de la edu­cación, en vez de hacerlo a través de la lucha de clases. [N del T]

58 – Logias Orangistas: confrarias laicos protestantes estable­cidas en la década de 1880, pero significativas sobre todo a partir de los años 1920. [N del T]

59 – Tony Cliff, ‘On perspectives’ en International Socialism Nº 36. Reimpreso en T. Cliff, Neither Washington nor Moscow [Ni Washington ni Moscú] (Londres 1982) p. 234.

60 – PN, pp. 238‑239.

61 – Carta a Tatiana, noviembre de 1928, citado en Carl Boggs, Gramsci’s Marxism (Londres 1977) p. 62.

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